Capítulo 7

Durante el resto de la tarde, Marta se sintió sumergida en un mar de indecisiones, inclinándose primero por un tipo de solución y decidiéndose después por otro.

Su primer impulso fue comunicarle a Friedrich que estaba enterada de sus maquinaciones y que no tenía intención de rebajarse a espiar por el kaiser ni por ningún otro hombre del mundo.

Era despreciable que, además de utilizar a su esposo, la quisieran mezclar también a ella.

Al mismo tiempo, se daba cuenta de que Friedrich ansiaba desesperadamente volver a ganarse la estima del emperador, recuperar la importancia que había tenido en Berlín en otro tiempo.

«Pero aunque tenga éxito en esta empresa», pensó Marta, «no creo en absoluto que se muestren agradecidos; y cuando ya no les sea útil, lo relegarán como a un mueble viejo».

Después de haber vivido tres años en Alemania conocía la crueldad y la falta de humanidad del kaiser y de todos los que le rodeaban.

Para ella resultaba degradante que un hombre de la posición de Friedrich, aunque fuera por motivos de estado, fuera utilizado de aquel modo por generales y almirantes que no eran capaces de ocuparse ellos mismos de los trabajos sucios.

Recordaba vagamente todo el escándalo que habían levantado los periódicos acerca del problema de Marruecos, y supuso que aquello debía ser lo que le interesaba al general von Echardstein.

Estaba segura de que si el rey Edward confiaba a Lord Arkley sus planes secretos y sus aspiraciones para el futuro, éste no se las revelaría, bajo ninguna circunstancia, ni a ella ni a Friedrich.

¿Y esperaban que ella iba a saber comportarse como la baronesa von Kettler?

Según lo que había dicho la duquesa, la baronesa era una espía de primera categoría. ¿Pero es que los hombres podían llegar a ser tan tontos, por muy enamorados que estuviesen, como para dejar que una mujer les hiciera revelar unos secretos que debían guardar celosamente?

¿Cómo se hacía? ¿Cómo era posible que un hombre no se diera cuenta, cuando una mujer le hacía una pregunta, de que su respuesta podía ser indiscreta?

De pronto comprendió cómo se lograba y, al pensar en ello, se ruborizó.

Marta era muy ingenua en lo referente al sexo y al comportamiento de los hombres y las mujeres.

Siempre había salido acompañada de su madre y, aunque en muchas casas de los Esterházy había hombres jóvenes con quienes una muchacha podía bailar y reír, ciertos temas de conversación eran inaceptables, y las insinuaciones, muy comunes entre los franceses, eran consideradas de mal gusto.

Marta no había cumplido dieciocho años cuando se casó y, aunque era muy inteligente, todavía no había despertado emocionalmente.

Aunque pareciera extraordinario, aunque ya casi tenía veintiún años, nunca le había besado apasionadamente ni ningún hombre le había hecho el amor.

A pesar de todos los libros que había leído, no comprendía realmente lo que ocurría entre una pareja cuando hacían el amor.

Aunque sospechaba de qué medios se valía la baronesa para obtener información de los jóvenes diplomáticos, el solo pensamiento la hacía ruborizarse.

Pero aquellas reflexiones no resolvían el dilema de si debía decirle directamente a Friedrich que fuera lo que fuese lo que había planeado que hiciera, no estaba dispuesta a complacerlo.

Cuando se sentaron a la mesa, Marta estaba muy nerviosa y apenas si pudo comer. Pero comprendió que era imposible sincerarse con su esposo.

Estaba bebiendo demasiado, ordenándoles a los camareros que llenaran y volvieran a llenar su copa con un clarete muy fuerte, que enrojecía aún más su rostro.

Se quejó de la comida y cuando la miraba, Marta creía percibir un destello de odio en sus ojos. Ya estaba acostumbrada y aquella noche le pareció idéntica a otros cientos de noches en que habían cenado solos.

Pero, debido a que el descubrimiento de la verdad le había causado una fuerte impresión, o quizá, a que aquella mañana había experimentado una felicidad inefable, toda aquella escena se le hacía más dolorosa que otras veces.

Friedrich había llegado a la fase en que pedía coñac, se lo bebía rápidamente y volvía a llenar su copa, como si creyera que los camareros no estaban cumpliendo con su obligación.

—¿Saldrás a montar mañana por la mañana con Arkley? —preguntó tan súbitamente que Marta se sobresaltó.

—Sí… si tú… me lo permites.

—Está bien, pero escucha lo que te diga y háblale de los asuntos que le interesan.

—¿Cuáles son? —A Marta le pareció que una persona ajena a ella había hecho aquella pregunta.

Se hizo un silencio, como si Friedrich estuviera estudiando lo que tenía que decir, forzando a su mente a pensar con claridad.

—Habla acerca de Francia —dijo por fin—. El rey Edward está obsesionado con esos malditos franceses.

—¿Cómo lo sabes?

Como si aquella pregunta le hubiera advertido de que debía vigilar sus palabras, Friedrich titubeó unos instantes y después gritó:

—Puedo leer los periódicos, ¿no? Y puedo saber al igual que todo el mundo que el rey Edward prefiere la informalidad y la falsa alegría de París a la sobriedad intelectual de Berlín.

—Tal vez… Su Majestad va a París… a divertirse.

—Va a congraciarse con esas «ranas» —dijo en tono desdeñoso el príncipe Friedrich—, y los franceses saben muy bien cómo halagar al viejo zorro.

Marta no respondió y, poniéndose cada vez más iracundo, Friedrich continuó:

—Le dedican canciones, cena con artistas y damas de mundo. No me importa decirte que los franceses cantarán «Vive Edouerd» con una tonada diferente si no tienen cuidado.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Marta. Pensó que Friedrich iba a decirle lo que ella empezaba a sospechar: que Alemania pretendía invadir Francia.

Entonces, a través de las brumas que invadían su cerebro, el príncipe evitó en el último momento caer en una total indiscreción.

—¿Por qué demonios haces tantas preguntas? Sólo tienes que hacer lo que yo te diga. Háblale a Arkley de Francia y oigamos su opinión.

Marta no contestó. Se levantó en silencio de la mesa, mientras su esposo se servía otra copa de coñac.

Al llegar a su dormitorio, sintió frío aunque era una noche calurosa. Todo a su alrededor parecía frío y oscuro y tenía la impresión de que no podía encontrar una salida hacia la luz.

Por un instante pensó en ir a ver a la duquesa a pedirle consejo. Pero no podía ser tan desleal con su marido, aunque fuera con alguien tan querido como la duquesa. No debía olvidar que la anciana era francesa.

Sólo había una persona en la que podía confiar; una sola persona a quien tenía que contarle la verdad, por su bien más que por el de ella.

Le pareció que transcurría mucho tiempo antes de que llevaran a Friedrich a la cama.

Insultaba a Josef como de costumbre, pero su voz ya no sonaba tan fuerte y muchas frases se perdían en murmullos ininteligibles.

Todos los cuartos de la habitación se comunicaban con el balcón. El primero era el salón, adyacente a la habitación de Lord Arkley. Después estaba el dormitorio que ocupaba Marta, que se comunicaba con otro dormitorio más grande, en el que dormía Friedrich y, por último, había un pequeño vestidor donde dormía Josef.

Marta estuvo escuchando hasta que todo quedó en silencio en el cuarto contiguo. Josef habría llevado a su esposo a la cama y éste se habría dormido instantáneamente.

Sin embargo, era posible que una hora después se despertara y empezara a gritar que fuera alguien a atenderlo.

Miró el reloj. Todavía era temprano, casi las diez y media, y seguramente Lord Arkley estaría cenando con el rey o habría ido a una de las lujosas villas cuyos distinguidos dueños ofrecían fiestas todas las noches.

Pero a cualquier parte que hubiera ido, Marta confiaba en que volviera al hotel cruzando el jardín.

La mayoría de las fiestas terminaban en el casino y la forma más rápida de volver al hotel era por un camino que iba a dar a la avenida iluminada, por donde estaban los arriates de flores.

«Me sentaré debajo del sauce y lo esperaré», se dijo Marta.

Desde allí podría ver si se encendían las luces del saloncito de la habitación de Lord Arkley y sabría si su espera había sido en vano.

Aunque la noche era cálida, cogió una capa de suave terciopelo y, salió de su aposento. Después bajó por una escalera lateral hasta que llegó a una puerta que daba al jardín.

No había nadie a la vista, así que caminó por el jardín hasta donde se encontraba el sauce. Se sentó en el banco donde Lord Arkley la había encontrado la primera noche y se preparó para una larga espera.

Trató de no pensar en la maquinación que había descubierto, sino en cómo podría escaparse al mundo encantado del que habían hablado.

Pero no podía evitar mirar hacia el camino o hacia las ventanas de su habitación.

Debían haber transcurrido unas dos horas, Marta seguía ensimismada en sus pensamientos, cuando de pronto, le encontró frente a ella.

Sintió su presencia aún antes de que él apartara las ramas del sauce para llegar hasta el banco. Las luces que se divisaban detrás de él daban la impresión de que había un halo a su alrededor.

—Tuve el presentimiento de que la encontraría aquí esta noche —le dijo él con voz grave.

Marta con contestó y Lord Arkley se sentó a su lado.

—¿Qué le preocupa? —preguntó él después de un momento.

—¿C… cómo sabe… que estoy preocupada?

—Puedo sentirlo. Lo sentí antes de llegar hasta aquí. Tuve el presentimiento de que me necesitaba.

Marta abrió mucho los ojos y dijo:

—Es verdad, le necesito. Por eso… le he estado esperando.

—¿Qué ha ocurrido?

Era lógico que, estando tan compenetrados, Lord Arkley no perdiera tiempo en superfluas frases de cumplido.

Como Marta no respondía, Lord Arkley dijo después de un momento.

—Déme su mano.

Marta lo obedeció porque la petición la cogió desprevenida.

Cuando Lord Arkley cogió sus frías manos y las cubrió con las suyas, Marta sintió que su calor le daba fuerzas. Le miró con ojos suplicantes en los que había algo de patético.

—¿Qué ha ocurrido? —volvió a preguntar él.

—N… no sé… cómo decírselo.

Lord Arkley sintió que los suaves dedos de la muchacha temblaban entre los suyos.

—Creo que no existe nada que no podamos decirnos, Marta.

—Es que… no quiero… asustarle.

Lord Arkley sonrió.

—Es muy difícil que pueda conseguirlo.

—No sabe… lo que tengo que decirle.

—Entonces, dígamelo. No debe tener miedo.

—Sí… lo tengo.

—No debe tenerlo. No tiene por qué sentir temor estando conmigo.

—Sólo… de cuáles serán sus sentimientos.

—Lo que siento por usted, Marta, es algo que temo pronunciar en voz alta.

La muchacha se puso tensa y entonces Lord Arkley le dijo suavemente:

—Dígame lo que le preocupa.

Sabía que casi iba a tener que obligarla a pronunciar aquellas palabras, pero al final salieron de sus labios.

—L… le ha ordenado a Friedrich… que le espíe a usted. —¿Es eso todo?

—Quiere… que yo le espíe a usted.

—¿Y eso es lo que la ha puesto tan nerviosa?

—¡Claro! ¡Cómo iba a hacer yo… algo semejante! ¡Cómo iba a portarme de esa manera con nadie… y mucho menos con usted!

—¿Y mucho menos conmigo? —repitió Lord Arkley muy lentamente—. ¿Es que me encuentra especial, Marta?

Marta desvió la mirada y Lord Arkley sólo pudo contemplar su perfil.

—¿Sí o no? —volvió a preguntar él con voz suave.

Como si su voz la obligara, Marta volvió el rostro y sus miradas se encontraron.

La luz que se filtraba a través de las ramas iluminaban el rostro de la muchacha y Lord Arkley pudo leer en sus ojos la pena que la embargaba.

—¡Adorada mía! —dijo él—. No debes atormentarme por algo que carece de importancia.

—¿C… cómo me ha llamado? —preguntó Marta con una voz apenas perceptible.

—La he llamado adorada mía, lo que no tengo el derecho de hacer —contestó Lord Arkley—, pero es lo que ha sido desde el primer momento en que la vi.

Al ver que su rostro se alegraba, Lord Arkley prosiguió:

—Cuando nos conocimos, supe que era la persona más adorable que había visto en mi vida, pero para mí es usted mucho más que eso. Su corazón le ha hablado directamente a mi corazón, y su alma a la mía y no ha habido necesidad de palabras.

—Eso es… lo mismo que yo sentí —murmuró Marta—, pero no debo decirlo.

No está bien.

—Sí está bien —dijo Lord Arkley—, porque ninguno de los dos ha hecho nada malo y el amor es algo que nadie puede evitar.

Marta se estremeció al oír la palabra amor y los dedos de él apretaron las pequeñas manos que temblaban entre las suyas.

—¡Sí, Marta, amor! ¡Te amo! Lo sabía, aunque no quería reconocerlo, la primera noche que nos sentamos aquí. Pero esta mañana, junto al lago, ya no pude seguir negándolo.

—P… pero… no podemos… es imposible —empezó a decir Marta y se detuvo, luego, como cobrando nuevos bríos, exclamó:

—¡Yo también te amo! Pensé que sería el amor, pero, como no he estado enamorada nunca,… no estaba segura.

—Nunca he amado a una mujer como te amo a ti —dijo Lord Arkley. Marta cerró los ojos.

—No puedo creer que sea cierto. Muchas veces he deseado morirme… para no seguir arrastrando esta vida… nunca creí que esto pudiera pasarme a mí.

—Sin embargo ha ocurrido.

—No es malo. No puede ser malo. Algo tan hermoso… tan perfecto… no puede ser pecado.

—Como ya he dicho —contestó él—, no podemos evitar amarnos con nuestros corazones, con nuestra mente y con nuestras almas, pero son las consecuencias de este amor lo que tenemos que discutir.

Comprendiendo lo que él trataba de decir, Marta murmuró:

—¡No podemos… mancharlo!

—Eso es lo que esperaba que dijeras.

—Te amo con todo mi corazón, pero no estoy dispuesta a comportarme como… la baronesa von Kettler.

Lord Arkley se quedó asombrado.

—¿Qué sabes de la baronesa von Kettler?

—Oí al general von Echardstein advertir a Friedrich que si él no podía hacer lo que el kaiser exigía, enviarían aquí a la baronesa von Kettler.

Marta contuvo el aliento.

—No sabía lo que había querido decir. No he comprendido el alcance de sus palabras hasta hoy, cuando le pregunté a la duquesa quién era la baronesa von Kettler.

—¿Y ella te lo dijo?

—Sí… ella me lo contó… y entonces comprendí lo que Friedrich… me estaba pidiendo que hiciera.

Pronunció estas palabras en un susurro y Lord Arkley comprendió lo impresionada que estaba.

—Escucha, cariño —dijo suavemente—. Comprendo ahora por qué estás tan inquieta, pero déjame decirte que ni en un millón de años podrías ser como la baronesa o portarte como ella.

—¿La… conoces?

—He oído hablar de ella desde hace tiempo. Y la he visto en varias ocasiones.

—Pero… ¿no le habrás dicho lo que quería averiguar?

—Creo que tengo demasiada experiencia por ser víctima de las conjuras urdidas por los servicios secretos alemanes —contestó Lord Arkley—. Y puedo decirte, adorada mía, para que estés tranquila, que cuando cené con vosotros la primera noche, sabía bien por qué me habíais invitado.

—¿Lo sabías? ¿Cómo podías saberlo?

—La verdad es que vi a von Echardstein y von Senden cuando salían de visitar a tu esposo y me pareció muy raro. Además las simpatías del barón Karlov son bien conocidas.

—¿Lo sabías? Y sin embargo… quisiste ser mi amigo.

—¿Crees que en algún momento pude sospechar que estuvieras mezclada voluntariamente en este sucio asunto de espionaje?

De pronto sintió que flotaba entre ellos una pregunta que no había sido respondida todavía, y dijo sonriendo:

—Mi misión en Alemania fue diferente. Debía preparar un informe sobre los sentimientos de las cortes alemanas y de la gente hacia Francia y Gran Bretaña.

Observó que Marta escuchaba atentamente y prosiguió:

—Sólo debía anotar las impresiones que recogía en mis conversaciones cotidianas, en contactos normales. No había en ello nada siniestro, por mucho que los servicios secretos alemanes se obstinaran en malinterpretar mi visita. —¡Me alegro tanto!

—Y puedo asegurarte que no miré por el ojo de ninguna cerradura, ni leí la correspondencia privada de otras personas, ni traté de arrancarles sus secretos a los borrachos o… a las mujeres.

Lord Arkley hablaba apasionadamente, pero al sentir el temblor que recorrió el cuerpo de Marta, dijo rápidamente:

—Perdóname. No debí haber hablado así. Olvidaba todo lo que te ha estado preocupando.

—Esto significa… que no podré ir a montar contigo… mañana. —¿Por qué no?

—Porque Friedrich querrá que le cuente… todo lo que hayas dicho.

—¿Y qué importancia tiene? A menos que se enfade contigo.

—Se enfadará, de todas maneras, lo mismo que se enfadó hoy cuando no pude decirle nada.

La muchacha le miró fijamente y preguntó:

—Excepto que habías dicho que, si alguien podía mantener la paz en Europa, ese alguien era el rey Edward.

Hizo una pausa y después volvió a preguntar:

—¿Lo dijiste… para que yo lo repitiera?

—Pensé que era una frase inocente que podrías repetir si alguien te preguntaba.

—¡Esto es horrible… es degradante! —gritó Marta—. ¿Cómo vamos a poder hablar como esta mañana, sabiendo que se van a enterar de todo, como si hubieran estado escuchando nuestra conversación, Friedrich, el general von Echardstein, el almirante von Senden… y el kaiser?

Vibró en su voz tanto desconsuelo, que Lord Arkley se llevó la temblorosa mano de Marta a los labios.

—¡Olvídate de ellos! —dijo él—. ¡Olvídate de todo, adorada mía, excepto de que te amo!

Marta se estremeció cuando él besó su mano nuevamente.

—¡Te amo! —volvió a decir Lord Arkley—, y como el amor que nos profesamos es puro, te prometo que nunca haré nada que te haga sentirte culpable.

—Pero… tal vez… sea pecado amarte.

—El amor, como te he dicho antes, es un sentimiento que no se puede dominar.

—Yo no puedo evitarlo —susurró Marta—. Ahora tú llenas toda mi vida, todo mi ser. Nada importa. Sólo existimos tú y yo.

—Eso es lo mismo que siento por ti.

—P… pero yo estoy casada… y juré que sería la esposa de Friedrich… en la salud y en la enfermedad.

—¡Fue un juramento cruel y condenable!

—Pero no hay nada que podamos hacer… excepto… tratar de olvidarnos.

—¡NO! Eso no será necesario —la contradijo él—. Eres la esposa de Friedrich y tenemos que aceptarlo. Pero mi amor no reclama que le seas infiel. No pido nada, excepto la esperanza de que mi amor le proporcione un nuevo sentido a tu vida.

—¡Llenará toda mi vida! Me dará lo que siempre he deseado. Me he sentido tan sola y asustada… además, Friedrich me odia.

—Entonces yo te llenaré de amor, el amor que necesitas y al que tienes derecho, adorada mía.

—Lo necesito tanto… Ahora ya no deseo morir. Aunque no pueda verte, sabré que estarás siempre dentro de mí.

—Tendremos que separarnos —dijo Lord Arkley—. Pero todavía nos queda algo de tiempo. Mientras el rey permanezca en Marienbad, tendré un pretexto para estar aquí.

—¿Y podremos… vernos?

—¿Por qué no? —preguntó él—. Y no pensemos más que en nosotros mismos durante el tiempo en que podamos estar juntos.

Durante un instante, Marta pensó en la ira de Friedrich cuando no pudiera decirle lo que él deseaba saber, pero apartó esa idea de su mente y se sintió de nuevo radiante de felicidad.

—Deseo hablar contigo… quiero escuchar tu voz, y tal vez podamos escapar juntos a ese otro mundo del que hablamos esta mañana.

—Lo conseguiremos —aseguró él—. Y te prometo, adorada mía, que no haré nada que pueda avergonzarte.

—Creo que sería incapaz de hacerlo, porque nuestro amor es… sagrado, procede directamente de Dios… y no podría soportar que fuera…

Su voz se quebró y él comprendió que ella iba a añadir: «Como los amores que has conocido».

Besó de nuevo su mano, deleitándose con la suavidad de su piel. Entonces dijo:

—Nuestro amor es diferente al de los demás y también lo son nuestros ideales, por eso, querida mía, podremos confiar siempre el uno en el otro.

Marta alzó la vista hasta Lord Arkley y, cuando sus ojos se encontraron, sintió como si la hubiera estrechado entre sus brazos y sus labios se hubieran posado sobre los suyos.

Permanecieron inmóviles hasta que con un suspiro de felicidad, Marta dijo:

—Tengo que volver.

—Te dejaré ir —dijo él—, porque nunca te obligaré a hacer algo que vaya en contra de tus naturales inclinaciones. Pero, adorada mía, pensaré en ti, soñaré contigo, te añoraré…

Se miró en los luminosos ojos de Marta y prosiguió:

—Me será muy difícil esperar hasta las siete de la mañana para poder volver a verte.

—¿Estás… completamente seguro… de que puedo ir contigo?

—¡Completamente seguro! Es absurdo hacernos desdichados dejando escapar esta oportunidad.

—Entonces iré. Quiero ir contigo, lo sabes.

—Al igual que lo deseo yo.

—Será maravilloso cabalgar contigo y visitar nuestro lago encantado.

—Entonces, esta noche no pienses más que en eso. Olvídate de todas esas sórdidas maquinaciones y piensa tan sólo en la belleza del agua y de la niebla y en todo lo que hablamos.

—Cuando vine aquí a esperarte —dijo Marta—, pensé que después de lo que tenía que confesarte… no ibas a querer verme más.

—Eso es una tontería. Tienes que comprender que te quiero, y que a pesar de cualquier «delito» que puedas haber cometido, mi cariño permanecerá inalterable.

Apretó con fuerza su manita y añadió:

—Nuestro amor es más fuerte y más importante que las acciones. Lo que cuenta son los instintos de nuestras almas.

—¿Cómo puedes entenderlo todo tan bien?

Sólo porque te amo.

La muchacha se puso de pie, pero Lord Arkley retuvo su mano entre las suyas y una vez que la hubo mirado largamente, la dejó ir.

—Buenas noches, adorada mía —dijo él—, y que Dios te acompañe.

Marta comprendió que no era prudente que volvieran juntos al hotel, así que se dio la vuelta y cruzó el jardín, mientras Lord Arkley la observaba alejarse a través de las ramas del sauce.