Capítulo 6

Josef entró al salón donde Marta estaba esperando.

—Su alteza real está dormido, princesa.

—¿Estás seguro que no me necesitará, Josef?

—No, alteza. El tratamiento al que le ha sometido el médico ha sido extenuante.

Hizo una pausa y suspiró antes de añadir:

—Pero me temo, alteza, que no le harán mucho bien.

—Creo que ambos lo sabemos, Josef —replicó Marta—, pero de todas formas, mientras su alteza crea que le sirve de algo, es mejor continuar con ellos.

El criado le dirigió una mirada comprensiva. Sabía mejor que nadie que, a menos que estuviera ocupado con los médicos, los tratamientos y las aguas, sus accesos de ira aumentarían.

Y las dos personas que sufrirían las consecuencias serían la princesa y él.

Josef nunca hablaba de los golpes que había recibido cuando vestía al príncipe o cuando lo llevaba a la cama porque estaba demasiado borracho para saber lo que hacía.

Pero aunque no era muy alto, Josef era un hombre fuerte. Además había adquirido una gran destreza a la hora de esquivar los golpes dirigidos a su cabeza y sabía mantenerse fuera del alcance del príncipe cuando éste trataba de darle puñetazos en el pecho.

Por otra parte, el príncipe Friedrich, tanto sobrio como borracho, era lo suficientemente astuto como para darse cuenta de que no podía pasarse sin los servicios de Josef.

Aunque era un hombre autoritario, respetaba el valor de su criado y no quería obligarle a un completo sometimiento.

Pero con Marta, era diferente. Ella era una mujer y como tal, debía ser humilde, sumisa y además, penitente. Se había quedado inválido por haberse casado con ella. Debía castigarla por ello.

—Si estás seguro de que su alteza no me necesitará —dijo Marta en voz baja, iré a visitar a la duquesa.

Josef miró el reloj.

—Si regresa a las cinco, alteza, cuando yo tenga preparado el té, no habrá ningún problema.

Marta le sonrió y salió de la habitación.

Aquel día se sentía contenta, a pesar de que Friedrich había estado muy grosero durante el almuerzo.

Por primera vez sus insultos y palabras hirientes no la habían lastimado porque se imaginó que todavía se encontraba en aquel mundo mágico que había al otro lado de la niebla.

Y, mientras el príncipe Friedrich estuvo ocupado siguiendo su tratamiento después de haber dado juntos un paseo por los alrededores de la columnata, Marta no se sentó a leer como de costumbre en la austera sala de espera, sino que volvió a contemplar en su imaginación las claras aguas del lago y los ojos de Lord Arkley fijos en ella.

Le pareció imposible que hubiera podido hablar con él como lo había hecho, ya que nunca se había dirigido a nadie de aquel modo, y mucho menos a un hombre.

Al día siguiente iba a verle nuevamente, pero, a pesar de lo que le había dicho acerca de vivir día a día, su vida se detendría hasta que pudiera volver a cabalgar con él, y entraran otra vez juntos a su mundo encantado.

Llegó hasta el cuarto de la duquesa y, cuando la doncella abrió la puerta, vio con alegría que la duquesa estaba sola.

No había colgados sombreros ni bastones en el pequeño vestíbulo y no se escuchaba ningún murmullo de voces en el salón.

—¡Su alteza real la princesa Marta! —anunció la doncella—. La duquesa lanzó un leve grito de alegría y le tendió su mano con un gesto de bienvenida.

¡Ma petite! ¡Cuánto me alegro de verte! —exclamó—. Hace tiempo que esperaba que pudieras venir a verme.

Marta cruzó la habitación y, cuando se inclinó para besar la mejilla de la anciana, ésta dijo:

—Tienes un aspecto adorable, querida, y me atrevería a decir que algo distinto.

Sus astutos ojos escudriñaron el rostro de Marta y después añadió:

—¡Estás contenta! ¿Qué ha sucedido?

Marta se echó a reír.

—Es imposible ocultarle nada. He pasado una mañana encantadora y me siento feliz.

—Cabalgando con Lord Arkley.

—¡Ya lo sabía!

—¡Por supuesto que lo sabía! ¿Crees que se puede ocultar algo en este hotel? Bueno, en realidad fue que Henri, mi criado, había sacado a mi perro a pasear y vio cómo te alejabas.

—¡Ha sido maravilloso volver a montar un caballo!

—Y estar en compañía de un hombre tan atractivo —completó la duquesa.

Al ver que Marta se sonrojaba, la duquesa le dijo:

—No quería ser indiscreta, pero es que estoy tan contenta de que hayas podido escaparte de tus obligaciones al menos durante unas horas.

—¡Me quedé sorprendida, completamente atónita, cuando Friedrich lo propuso! Quise venir a decírselo ayer, pero tenía miedo de contarlo antes de que hubiera ocurrido realmente.

—¿Por si acaso Friedrich cambiaba de idea?

Marta asintió con la cabeza.

—No puedo imaginarme quién le dio esa idea, pero lo único que importa es que me permitió salir a montar hoy y dijo que también podría ir mañana.

La duquesa se quedó callada un momento. Después, como escogiendo las palabras con cuidado, preguntó:

—¿Qué piensas de Lord Arkley?

—Es muy bondadoso… y tan diferente a todos los hombres que he conocido hasta ahora… —Lo encuentro encantador.

—¿Ha venido a verla?

—Sí, vino ayer después de que le diste mi recado. Hablamos de su madre y creo que, si Leila pudiera verlo ahora, se sentiría muy orgullosa de él. —Es… muy inteligente.

—Pero eso es algo que carece de importancia para la mayoría de las mujeres que conoce.

—Siempre he oído decir que a los hombres no les gustan las mujeres inteligentes.

La duquesa sonrió.

Depende de cómo muestren su inteligencia. Lo que les disgusta a los hombres es que una mujer trate de dominarlos y de demostrarles que ella es más inteligente.

—En otras palabras, debe ser humilde y sumisa —dijo Marta—. Me temo que ése es un punto de vista típicamente alemán.

—No es eso lo que he querido decir. Las mujeres francesas han gobernado Francia desde la época de Diane de Poitiers, pero lo hacen con astucia, utilizando su instinto femenino para encubrir las maniobras con que lo manipulan todo.

—Yo no quiero manipular a nadie —dijo Marta sonriendo—. Me encanta que un hombre… me enseñe porque comprendo lo ignorante que soy.

—Estoy segura de que eso es lo que le agrada a los hombres, especialmente cuando se trata de lecciones de amor.

Como si se sintiera un poco incómoda por el giro que estaba tomando la conversación, Marta dijo rápidamente:

—No deseo hablar de mí, estoy cansada de ese tema. Quiero hablar de usted, Madame. ¿Ha venido a verla el rey?

—Vendrá a tomar el té mañana por la tarde —dijo la duquesa—, y eso significará que a todas las mujeres hermosas, que están esperándole en sus perfumados cuartos, les entrarán deseos de sacarme los ojos.

El tono de satisfacción con que pronunció aquellas palabras hizo que Marta se echara a reír.

—¿Es cierto que perfuman sus habitaciones?

—¡Por supuesto! Y se ponen ésos impropiamente llamados «vestidos para tomar el té», que no son más que camisones magnificados.

Por la expresión de Marta, la duquesa comprendió que no estaba pensando en el rey, sino en las mujeres que trataban de seducir a Lord Arkley.

—Esas aventuras amorosas no son serias —dijo la anciana con voz suave—. Son sólo para pasar el tiempo. El amor, el verdadero amor, es muy diferente y no necesita de escenarios perfumados ni vestidos para el té.

Marta no respondió, pero leyó en la expresión de la duquesa que le apenaba al pensar que en su vida no había lugar para el amor.

—No desesperes, ma petite —le dijo con ternura—. En la vida todo pasa, especialmente la infelicidad.

—Debo tratar de pensar únicamente en que Friedrich tiene que curarse —dijo con determinación y después, decidida a cambiar de tema, exclamó:

—¡Oh… ahora me acuerdo de lo que quería preguntarle! Usted, que conoce a todo el mundo, ¿ha oído hablar de la baronesa von Kettler?

La duquesa miró sorprendida a Marta.

—¿La baronesa von Kettler? —repitió—. ¿Por qué me preguntas por ella?

—Alguien… mencionó su nombre —contestó titubeando Marta—, y quisiera saber quién es.

—Te contaré toda su historia —dijo la duquesa—, por lo menos, todo lo que se sabe de una mujer tan extraordinaria como ella.

¿Por qué es tan extraordinaria?

—Una descripción más apropiada sería que ha tenido una carrera extraordinaria. Se rumorea que al principio cantaba y bailaba en un café de baja categoría, pero no se sabe con seguridad si eso es cierto.

—¿Es artista?

—Ésa sería una palabra demasiado suave. La primera vez que se supo de ella fue cuando atrapó, y estoy segura de que ésa sí es la palabra apropiada, al pobre barón von Kettler, un viudo inmensamente rico y de gran importancia en el mundo social.

—¿Y se casó con ella?

—Se casó con ella y la presentó con la misma actitud triunfal con que un ilusionista saca un conejo de un sombrero.

—¿Y ha sido aceptada en los círculos sociales? Nunca he oído hablar de ella.

—No en los círculos en que os movéis Friedrich y tú —dijo la duquesa—, pero fuera de las cortes reales son muy pocas las puertas que se le cierran a la baronesa von Kettler. —¿Es alemana?

—¡No, no, no he dicho eso! Tiene una mezcla de nacionalidades. Algunos dicen que tiene sangre turca, o mora, o egipcia, pero sólo Dios lo sabe. Creo que dijo una vez que su madre era polaca.

—¿Y… es muy hermosa?

—No tiene la clase de belleza que yo admiro —dijo despreciativamente la duquesa—, pero es muy atractiva. Tiene los ojos rasgados, los cabellos rojizos y unos ademanes sensuales que me recuerdan a una serpiente.

Marta escuchaba admirada. Si la baronesa era así, ¿por qué el general von Echardstein había amenazado a Friedrich con traerla a Marienbad si él no lograba lo que el kaiser quería?

Recordó que el general había dicho:

«Es una mujer fascinante y ha hecho excelentes trabajos para nosotros».

De pronto, comprendió lo que significaba todo eso. Con voz temblorosa, murmuró:

—¿Cree… que la baronesa… puede ser una espía?

—¡Por supuesto! Está mezclada en todas las intrigas relacionadas con los servicios secretos de Berlín.

Al ver la expresión de asombro de Marta, añadió:

—La baronesa creó tanta confusión entre los jóvenes diplomáticos de París que el presidente de Francia amenazó con prohibirle la entrada a la casa de los von Kettler a los ciudadanos franceses.

Se quedó pensativa un momento y luego continuó:

—También hubo otro escándalo, no recuerdo ahora los detalles, pero se relacionaba con España. Se acallaron los rumores y nadie sabe bien lo que pasó, pero la baronesa andaba mezclada también en aquel asunto.

—¿Entonces, por qué…? —empezó a decir Marta, pero se detuvo.

Empezaba a comprender lo que estaba sucediendo como quien va armando las piezas de un rompecabezas.

El barón von Echardstein y el almirante von Senden habían venido a ver a Friedrich para algo relacionado con el rey Edward y Lord Arkley.

Sabían que Lord Arkley conocía al príncipe y que había estado en su palacio en Wilzenstein.

Por orden del kaiser, le habían dado instrucciones a Friedrich para que averiguase algo que deseaban saber y, como el príncipe no había conseguido la información durante la cena que le habían ofrecido a Lord Arkley, habían pensado en ella.

Ahora se daba cuenta por qué su esposo había insistido tanto en que le repitiera lo que Lord Arkley le había dicho. Ahora comprendía por qué le había permitido salir a montar con él.

Le pareció increíble que creyeran que iba a espiar a alguien y, mucho menos a un inglés, cuando ella tenía sangre inglesa en las venas.

Pero luego comprendió que los alemanes suponían que ella iba a ser completamente fiel a su esposo y al país «superior» del que había tenido el «privilegio» de entrar a formar parte.

Le impresionó enormemente aquella idea, aunque debía haber imaginado desde el principio que, después de haber ignorado a Friedrich durante tres años, no se habrían comunicado con él nuevamente si no hubieran tenido un motivo que lo justificara.

Absorta en sus pensamientos, Marta se puso en pie y se acercó a la ventana.

La duquesa, que la observaba, le dijo con voz tranquila:

—Mi querida niña, lo más conveniente es afrontar los hechos por desagradables que nos parezcan.

—¿Y si los hechos… nos… horrorizan o nos parecen muy desagradables?

—Los Esterházy siempre habéis sido valientes.

—No es cuestión de valentía… el problema es saber lo que hay que hacer… pero sentirse impotente para hacerlo.

—En esas circunstancias —comentó la duquesa—, siempre he seguido los dictados de mi corazón.

Se hizo un silencio durante el cual Marta podía escuchar los latidos de su corazón. Se dijo que la duquesa le había dado la respuesta que buscaba.

Se apartó de la ventana, y dijo:

—Debo regresar. Friedrich está descansando, pero puede preguntar por mí y, como usted sabe, le disgusta que la visite.

—Friedrich o no Friedrich, espero que vuelva a verme.

—Sabe que lo haré… y gracias.

—No necesitas agradecerme nada, querida.

La duquesa miró a Marta cuando se dirigía hacia la puerta. Cuando le dijo adiós sonriendo, la anciana permaneció un rato con los ojos cerrados. Estaba rezando, y con una sabiduría, casi una clarividencia, que se alcanza con la edad, intuía que sus oraciones serían escuchadas.