Capítulo 2
Alloa cerró la maleta y lanzó un leve suspiro de satisfacción. Todo estaba preparado. No había tardado mucho tiempo en disponer sus cosas porque eran muy pocas; pero ella y Jeanne habían trabajado durante todo el día guardando las pertenencias de la señora Derange y de Lou.
Era un poco triste ver la poca ropa que ella tenía. Pero cada semana enviaba dos y a veces tres libras de su sueldo a su casa.
Ella sabía lo mucho que ese dinero debía significar para sus padres, pero le quedaba muy poco para gastar en ella misma.
Su apariencia no importaba mucho, pensó, mientras estuviera limpia y bien arreglada. Sin embargo, desde que se había instalado en el Claridge, se daba cuenta de lo inadecuado de su vestuario comparado con la elegancia del de Lou Derange.
Alloa aplicaba todos los trucos que aconsejaban las revistas femeninas para hacer que un viejo vestido pareciera nuevo o que un sencillo modelo, adquiriera un toque de elegancia. Ella misma se lavaba y se cortaba el pelo.
Aun así, se había dado cuenta de que necesitaba gastar algo de dinero en ropa. Para ir a Biarritz, por ejemplo, había tenido que comprarse dos vestidos ligeros, de algodón, un traje de baño y unas sandalias. Ella se había sentido feliz con sus compras, hasta que había visto las muchas prendas que Lou había añadido a su vestuario.
Alloa trató de no sentir envidia y se consoló diciéndose a sí misma que nadie se iba a fijar en ella.
Además, debía sentirse más que feliz con la aventura que le esperaba.
Los planes de la señora Derange habían cambiado en el último momento. Originalmente se había decidido que todas irían en avión a Biarritz. Sin embargo, cuando Alloa le dijo el límite de peso que se permitía en el avión, la mujer comprendió que no podrían llevar todo el equipaje y que tendrían que buscar otra forma de hacerlo llegar a Biarritz por tierra.
Se puso a hacer inmediatas investigaciones y el resultado fue que encontró a unos amigos norteamericanos, dispuestos a prestarle un amplio Cadillac azul, que tenían en Londres.
—Lou, Jeanne y yo, iremos en avión —dijo—, con el equipaje necesario para dos o tres días. Alloa viajará en el automóvil junto con el resto del equipaje. El único problema es que tendremos que buscar un chófer. Mis amigos me prestan el automóvil, pero necesitan a su chófer. ¿Tú sabes dónde podemos conseguir un buen chófer, Alloa?
Alloa titubeó un momento antes de preguntar con timidez:
—¿No sería posible que yo condujera el coche?
—¡Por supuesto! ¡Ésa es la solución perfecta! —Exclamó la señora Derange—. No sé cómo no se me había ocurrido.
A un patrón inglés no le habría gustado mucho la idea de permitir que una jovencita, de la que sabía muy poco, condujera un lujoso automóvil a través de Europa, pero los norteamericanos parecían confiar más en las mujeres que en los propios hombres y la señora Derange no titubeó ni un momento en aceptar la idea.
Alloa calculó que podría hacer el recorrido a Biarritz en tres días. La señora Derange aceptó muy pronto todo lo que le propuso y la muchacha estuvo lista para iniciar la gran aventura.
«Cuando meta tanta maleta en el automóvil», pensó Alloa riendo, «va a parecer que me estoy mudando de casa».
Era muy emocionante pensar que iba a hacer sola el recorrido a través del Continente al volante del largo Cadillac azul, que le había fascinado desde el momento mismo en que le había visto.
Cuánto se alegraba ahora de las muchas horas que había pasado conduciendo el viejo Austin de su padre cumpliendo encargos que él le hacía.
Se retiró de la ventana y al hacerlo, sus ojos se detuvieron en el ramo de flores que se encontraba junto a su cama. Era de azucenas y, a pesar de que llevaban ya tres días allí, continuaban llenando la pequeña habitación con su fragancia dulce y exótica.
Se las habían entregado una mañana, casi cuando acababa de despertarse. Había una tarjeta entre las flores e, incluso antes de abrir el sobre, Alloa adivinó quién se las había enviado.
Gracias, Dix. Era todo lo que decía. Alloa la había leído varias veces, deseando que le hubiera escrito algo más.
Era irritante no saber si de verdad estaba buscando trabajo y si se había vuelto honrado. Por otra parte, pensaba que si Dix no hubiera intentado hacer lo que ella le había sugerido, no le habría enviado las flores.
Hubiera querido dejarle un mensaje, por si iba a verla o la llamaba por teléfono. Había tenido la esperanza de que lo hiciera y, en realidad, le habría gustado volver a verle. Sin embargo, comprendía que ya no podía decirle más de lo que le había dicho y que era imposible dejarle un mensaje, puesto que ni siquiera sabía su nombre.
Miró a su alrededor. Luego cogió su bolso y una lista que había puesto sobre su tocador. La señora Derange y Lou habían salido a comer, dejándole una lista de cosas que debía hacer en el curso de la tarde, incluyendo numerosas compras de última hora.
Salió al corredor y se dirigió al ascensor.
Automáticamente se paró en recepción para decir que estaría ausente durante un par de horas, pero que volvería a las seis.
—En este momento iba a llamar a la suite, señorita —le dijo el encargado—, para preguntar a qué hora volvería la señorita Derange, porque aquí hay un caballero que desea verla.
Alloa miró al hombre apoyado en una esquina del mostrador. Era alto, ancho de hombros y de facciones agradables, aunque un poco toscas. Una sola mirada le bastó para comprender que era norteamericano. Le agradó la seriedad de su rostro al decir:
—Estoy ansioso por hablar con la señorita Lou Derange.
—No tardará en llegar —contestó Alloa—. Pero saldrá casi inmediatamente porque va a un cóctel, y después tiene un compromiso para cenar.
—Sólo la entretendré unos minutos —dijo el joven—. Sé que se va mañana de aquí.
—La señorita Derange se va con su madre a Biarritz mañana —confirmó Alloa, moviendo la cabeza en sentido afirmativo.
—¡Qué pena! Pero necesito verla, de todas formas. Mire usted, señorita… señorita…
—Derange —contestó Alloa riendo—. Soy Alloa Derange.
—¿De veras? Bueno, mire usted, señorita Derange, me gustaría hablar con usted un momento nada más.
Alloa pensó, desolada, en la lista de cosas urgentes que tenía que hacer, pero no tuvo valor para negarse a escucharle. Anduvo a través del vestíbulo hacia la parte inferior de una escalera, bajo la cual había un sofá vacío. Allí podrían hablar sin ser molestados.
—¿Cómo es que se apellida usted igual que ellas? —preguntó él cuando se sentaron.
—Pertenezco a la rama inglesa de la misma familia —contestó Alloa—. Pero no se deje engañar por eso. Fui contratada por la señora Derange como su secretaria y algo así como dama de compañía de Lou.
—Entonces usted es justo la persona que ando buscando —dijo él con firmeza—. ¿Ella… quiero decir, Lou, no le ha hablado de mí? Soy Steve Weston.
—¡Oh! —exclamó Alloa sorprendida, y entonces sonrió—. Sí, sí me ha hablado… me ha dicho que usted… siente cariño por ella.
—La verdad es que estoy loco por ella —declaró Steve Weston—. Yo pensé que íbamos a casarnos, pero se le ocurrió esta absurda idea de venir a Europa.
—Entonces, ¿qué hace usted aquí? ¿Por qué ha venido? —preguntó Alloa.
El la miró con evidente turbación.
—Si quiere saber la verdad, ni yo mismo lo sé —contestó—. Me han dado una semana de vacaciones. Me sentía muy solo, así que cogí un avión y aquí estoy. No he querido mandar un telegrama a Lou sobre mi llegada, no siquiera llamarla por teléfono al llegar, por temor a que su madre se enterara. Esa mujer es un verdadero dragón. ¿No se ha dado cuenta aún?
Alloa se echó a reír sin poder evitarlo.
—No debe hacerme ese tipo de preguntas sobre mi jefe.
—Hay muchas cosas más que podría decirle sobre ella —comentó Steve con aire sombrío—. Lou me ama. Yo sé que me ama; pero su madre está obsesionada con que se case con un aristócrata. Todas las madres norteamericanas muy ricas son así. Yo no tengo la menor esperanza de ser aprobado por ella, porque ni soy aristócrata, ni soy rico.
—Me parece que nada de eso tiene importancia, si Lou le quiere de verdad —observó Alloa.
El joven se golpeó una rodilla con el puño cerrado.
—¡Ella me quiere! —exclamó—. Me ama de verdad, pero no quiere reconocerlo. Yo sé que la vuelve loca la vida de la alta sociedad. También sé que su madre quiere casarla con un hombre que tenga un título, pero Lou no será feliz con nadie, excepto conmigo. Yo lo sé, hace muchos años que conozco a Lou…
—¿Le ha dicho a Lou esto?
—Ella lo sabe muy bien —repuso Steve Weston con aire abatido—. No he podido acercarme a ella últimamente. Su madre me declaró persona non—grata desde que murió su padre. Yo estoy enamorado de Lou desde hace bastantes años, mucho antes de que supiera que un día iba a heredar tanto dinero. Pero cuando su padre murió, su madre me borró del mapa. Según ella, soy un caza—fortunas; el vecino pobre que no merece a su hija porque ahora es muy rica. Sin embargo, yo amo a Lou y sé que si pudiera hablar con ella, le haría comprender su error.
—¿No pudo verla cuando estaba en los Estados Unidos?
Steve negó con la cabeza.
—Nunca tuve la menor oportunidad. La vieja prohibió que me dejaran entrar en la casa. Si llamaba por teléfono, la secretaria, que era quien contestaba siempre, me decía que no estaba. Pensé en escribirle, pero comprendí que mis cartas jamás llegarían a sus manos.
—Yo creía que las muchachas norteamericanas eran muy independientes —observó Alloa—. Lo que me está usted contando me suena a novela rosa.
—Oh, yo sólo le estoy exponiendo mi versión de la historia. La verdad es que Lou ha aceptado la situación. Si ella hubiera querido verme, se las habría ingeniado para hacerlo; sin embargo, su madre parece haberla convencido de que yo no le convengo. He tenido que estar leyendo las revistas del corazón en los últimos meses para saber qué es de ella. Así me he enterado de que se habían venido a Europa.
Alloa suspiró.
—Supongo que quiere que le diga a Lou que está aquí.
—¿Haría eso? —preguntó él, sonriendo.
—Supongo que sí —contesta ella, con cierta tristeza—. Aunque si la señora Derange lo descubre, puede estar seguro de que me despedirá.
—Sólo quiero ver a Lou cinco minutos —insistió Steve—: ¿Se da usted cuenta? En cinco minutos puedo decirle que la quiero y puedo convencerla de que ella me quiere también.
Había algo decente, franco y honesto en su mirada que hizo que Alloa sintiera una oleada de simpatía hacia él.
—Yo sé lo diré —le prometió—. Debe estar aquí a las seis en punto para cambiarse de ropa antes de ir al cóctel. Si me permite irme ahora, volveré más o menos cuando ella llegue. Procuraré esperarla. ¿Dónde estará usted?
—Aquí abajo. Evitaré que su madre me vea; pero estaré en el edificio. Si usted me lo dice, iré al tejado o a los sótanos… a donde sea, con tal de poder hablar con Lou unos minutos.
—Haré todo lo que pueda —prometió Alloa—. Pero, por favor, ahora tengo que irme. Hay muchas cosas que debo hacer.
Se pusieron de pie y Steve extendió la mano.
—Gracias —dijo—. Es usted una gran muchacha.
Alloa le sonrió y salió a la calle.
Termino de hacer las compras y todos los encargos que le había ordenado la señora Derange y pudo volver al Claridge a las seis. Al entrar en el hotel, se preguntó si estaba haciendo bien al servir de intermediaria entre Lou y Steve. ¿No era eso una deslealtad hacia la señora Derange, para quien trabajaba?
Por otra parte, tampoco deseaba traicionar la confianza que el joven norteamericano había depositado en ella. Además, debía lealtad a Lou por la amistad que le había brindado, y algo en el fondo de su corazón le decía que Lou y Steve se querían, que su unión tendría como base el amor y no intereses mezquinos.
Subió en el ascensor y se dirigió rápidamente hacia la puerta de la suite. Lou no había llegado todavía. Jeanne tenía ya listo el atuendo que iba a ponerse.
Alloa acababa de dejar sus compras sobre el tocador, cuando la puerta se abrió y entró Lou.
—¡Oh, ahí estás Alloa! —exclamó—. No te imaginas lo mucho que me he divertido. No sé por qué mamá quiere irse de aquí, cuando yo lo estoy pasando bien.
Alloa cerró la puerta que Lou había dejado abierta.
—¡Escúchame! —dijo—. Hay alguien aquí que quiere verte. —No puedo recibir a nadie ahora. Tenemos que estar en el cóctel a las seis y media. ¿De quién se trata?
—De alguien que está desesperado. Alguien que ha cruzado el Atlántico con la esperanza de intercambiar unas palabras contigo.
—¿No… no será Steve? —tartamudeó Lou, llena de asombro.
Alloa asintió con la cabeza.
—Sí, Steve. Está abajo, esperando en el vestíbulo. Me suplicó que te dijera que está aquí. Quiere verte solo cinco minutos.
Lou mito a Alloa durante un largo rato. Entonces se volvió hacia el espejo. Estaba pálida y la sonrisa había desaparecido de sus labios.
Se sentó y miró su propia imagen mientras Alloa esperaba. Cuando habló por fin, su voz era áspera.
—No. ¡No! No quiero verle —exclamó.
—Pero, Lou… —exclamó Alloa—. Ha venido a verte desde los Estados Unidos.
—¿Qué objeto tiene que le vea? —preguntó Lou—. Lo único que hará será discutir, pretendiendo que me case con él. No quiero casarme con él. Al menos, no todavía. Me estoy divirtiendo. Steve es demasiado serio. Yo ya le había olvidado; si le veo, sé que todo empezará de nuevo.
Alloa se quedó asombrada y por un momento no supo qué decir. Lou se quitó la pulsera de diamantes y la dejó sobre el tocador.
—Baja con él y dile que vuelva a Nueva York. Yo no le he pedido que viniera aquí y no quiero verle. No tengo nada que decirle.
—Pero eso es muy cruel —observó Alloa con lentitud.
—Todos tenemos que enfrentarnos a la realidad, tarde o temprano —contestó Lou, encogiéndose de hombros.
Con gesto decidido, empezó a desnudarse, Alloa comprendió que no había nada más qué decir. Salió de la habitación, sintiéndose curiosamente desdichada por lo que iba a hacer.
Steve la estaba esperando en un rincón del vestíbulo. Su rostro se iluminó al ver que Alloa se acercaba a él. Se puso de pie con rapidez.
—Lo siento mucho —empezó a decir Alloa.
—¿Ella… no quiere verme? —preguntó él.
Alloa movió la cabeza de un lado a otro.
—Ya me lo temía —suspiró Steve—. Las mentiras que su madre le ha dicho parecen haberla convencido.
Su rostro pareció de pronto muy joven y muy vulnerable.
—¿Qué va a hacer? —preguntó Alloa.
—Vuelvo a casa. Espero que un día ella recobre la cordura.
—¿Y si no lo hace?
—Entonces, tal vez, sea yo quien la recobre… —sonrió con tristeza y extendió la mano—. Ha sido muy amable conmigo, gracias.
—He hecho todo lo que he podido —murmuró Alloa con tristeza.
—Me lo imagino. Si alguna vez va a Nueva York, me gustaría corresponder a sus atenciones.
Estrechó la mano de Alloa y se marchó.
Alloa le vio marcharse y sintió una profunda pena. Aquél era un muchacho decente.
Alloa se preguntó si un hombre como Steve Weston daría una oportunidad de trabajo a alguien como Dix. ¿Comprendería él lo que significaría para un muchacho como Dix el poder tener un empleo honrado, que alguien le tendiera una mano amiga, cuando en el pasado nadie lo había hecho?
Alloa volvió a la realidad. ¡Qué ridículo era pensar en tales cosas! Steve volvía a Nueva York y Dix estaba perdido en algún rincón de Londres, donde ella jamás le encontraría.
Subió a la suite. Permaneció en la salita recogiendo cosas y vaciando ceniceros, hasta que Lou salió de su dormitorio, ya lista para la fiesta. Evitó mirar de frente a Alloa.
—¿Está lista mamá? —preguntó.
—Iré a ver —contestó Alloa.
Fue a llamar a la puerta de la señora Derange. La encontró vestida, en el centro de la habitación.
—¿Está lista Lou? —preguntó.
—Yo venía a hacerle la misma pregunta —sonrió Alloa.
—No debemos llegar tarde —murmuró la señora Derange con impaciencia—. Creo que es posible que asista uno de los miembros jóvenes de la familia real.
Salió del dormitorio hacia la salita donde Lou estaba esperando.
—Déjame verte —dijo la señora Derange—. Bueno, te veo muy bien; pero no te has puesto el broche que hace juego con ese collar.
Yo que tú, me lo pondría en la cintura.
—Muy bien —respondió Lou con indiferencia.
—Y date prisa, que llegaremos tarde.
—Alloa, ven a ayudarme a buscar el broche.
Alloa entró con Lou en el dormitorio.
Lou había abierto un cajón y miraba hacia su interior un poco desconcertada.
—Lo dejé aquí la última vez que me lo puse —estaba diciendo—. Recuerdo que había enviado el collar y la pulsera a la caja fuerte; con Jeanne, cuando me di cuenta de que había olvidado el broche, I Estaba todavía en mi vestido, así que lo dejé en el fondo del cajón, Y ya no está.
—Debes haberlos puesto en otra parte —dijo Alloa—. Lo buscaré.
Revisó entre los frascos de crema, peines y cosméticos. No había señales del broche.
—¿Cuándo te lo pusiste la última vez? —preguntó la señora Derange desde la puerta.
—¿No recuerdas? Fue el día que ofrecimos una fiesta aquí abajo.
—Sí, ya recuerdo —dijo la señora Derange—. Ahora, veamos.
Eso fue el lunes pasado.
De pronto, Alloa se quedó petrificada.
Había sido la noche del lunes cuando había entrado en la habitación y había encontrado allí a un hombre.
Había encontrado ya el broche y se lo había metido en el bolsillo:
Sintió que todo su ser se rebelaba contra esa idea. Ella había creído en él, había confiado en él. Y, sin embargo…
—Oh, ya no podemos perder más tiempo —dijo la señora Derange con voz aguda—. Alloa puede seguir buscando el broche en caso de que no te veamos esta noche, Alloa, ¿tienes todo preparado para mañana?
—Sí, todo, gracias, señora Derange —contestó Alloa.
—Bien, entonces nos veremos en Biarritz. Avísanos por teléfono si algo te sucede en el camino, pero date tanta prisa como te sea posible.
—Así lo haré —contestó Alloa.
—Bueno, entonces, hasta mañana, y busca bien ese broche. —Lo buscaré por todas partes— prometió Alloa. —Buenas noches, Alloa.
Lou evitó mirarla a los ojos y Alloa comprendió por qué. Sin embargo, había dejado de preocuparse por Lou y Steve, y añora estaba pensando en cómo Dix la había mirado a los ojos al decir que no había robado nada, cómo ella había creído en él y cuánto había rezado para que él se reformara.
¡Y él era un ladrón! ¡Un ordinario y vulgar ladrón! Como una autómata Alloa registró el cuarto de arriba abajo aunque sabía que no iba a encontrar el broche.
«Fue absurdo por mi parte», se dijo a sí misma, «pensar que con unas cuantas palabras iba a reformar a un ladrón. ¡Cómo debe haberse reído de mí!».
Eso le dolió hasta que recordó las azucenas que le había enviado. Le consolaba un poco darse cuenta de que había tenido el detalle de enviarle flores y darle las gracias.
Se miró en el espejo. Su expresión era triste. No sabía por qué, lo sucedido la había afectado tanto, pero recordó que, ya desde niña, cuando alguien le fallaba, era como si le golpeara el alma.
A ella le gustaba creer en la gente. Le ayudaba pensar que todos eran sinceros, honestos y buenos, como ella misma trataba de ser.
—Si sigues confiando de ese modo en la gente, Alloa, un día vas a tener un brusco despertar —le había advertido en una ocasión una compañera de escuela.
Alloa nunca lo había olvidado. No obstante, con mucha frecuencia permitía que su instinto se impusiera y su confianza en la gente había resultado acertada.
En este caso, se había equivocado y eso la hacía daño, porque esta vez, su instinto le había dicho que aquel hombre merecía ser salvado. Trató de no pensar en las azucenas, que se encontraban en un florero junto a su cama. Le habían parecido un símbolo de algo bello y simple. En cambio, sólo representaban traición… eran como el beso de Judas.