Capítulo 12
Escúchame bien, Lou, no te precipites cuando tomes tu decisión. No hagas ni digas nada hasta que hayas tenido tiempo de pensar las cosas con todo cuidado. Recuerda lo que tu padre decía siempre… todo debe ser considerado con mucho cuidado.
La voz nasal y un poco aguda de la señora Derange armonizaba con el ronroneo del motor del coche, que Alloa conducía hacia el castillo.
Lou no respondió.
—Comprendo que estás pasando por un momento crucial en tu vida —continuó diciendo la señora Derange—. Pero es muy importante que tomes la decisión correcta. La gente joven sólo piensa en lo que está sucediendo en el momento. Olvidan que tienen todo el futuro por delante. Años en los que el amor termina porque llega a ser un sueño vacío y las cosas materiales ocupan un lugar más importante. Quiero que te representes tu imagen a los cuarenta y sesenta años, y que pienses qué es lo que te importa entonces.
Lou se encogió de hombros y dijo en tono de cansancio:
—Está bien, mamá, entiendo tu punto de vista. Tu mayor anhelo es que sea duquesa.
—Quiero que seas feliz, queridita —corrigió la señora Derange—. Pero la felicidad no siempre significa bailar mejilla con mejilla con algún joven cuya única posesión es un perfil atractivo.
—¡Oh, mamá, deja de decir tonterías! —exclamó Lou—. Sé a quién te refieres y podías llamarle por su nombre.
—No hablo de nadie en particular. Todo lo que te pido es que no te precipites.
—Desde luego, no estamos haciendo nada precipitado en estos momentos —comentó Lou—. Alloa conduce como si siguiéramos a un cortejo fúnebre.
Alloa se estremeció.
—Oh, lo siento —se disculpó—, creía que disponíamos de mucho tiempo.
Lo que en realidad pasaba era que iba pensando en Dix y no prestaba mucha atención a lo que hacía.
¿Dónde estaría Dix?, se preguntó. ¿Estaría a salvo?
Había tenido que hacer un gran esfuerzo para abandonar Biarritz y cumplir con todas los deberes que le habían encomendado, tales como pagar la cuenta, dar propinas y revisar el equipaje.
Durante toda la tarde Alloa estuvo recordando al hombre que la había amenazado con cortarle el cuello. Si la policía trataba de arrestar a hombres como él, sin duda alguna se suscitaría una pelea, en la que se utilizarían armas.
Antes de salir del hotel, Alloa le preguntó a Lou si deseaba conducir, pero ella se negó.
—Si me pones al volante, lo más probable es que decida conducir en dirección opuesta al castillo —dijo—. ¿Y qué haría mamá entonces?
Las dos muchachas estaban solas en la habitación de Lou. Al oír su respuesta, Alloa extendió una mano hacia ella.
—No vayas si te sientes así —sugirió a Lou—. Quédate aquí.
—¿Para qué? Por lo menos iré a echar un vistazo.
Alloa estuvo a punto de confesarle que Steve Weston estaba en camino, pero se arrepintió. Lou debía ver primero al duque. Si a Lou le gustaba el duque, Steve tendría que volver a su país con las manos vacías, pero si ocurría lo contrario tendría más posibilidades de triunfar a su llegada.
Lou se acercó a la ventana y miró hacia el mar.
—¿Qué harías en mi lugar, Alloa? —preguntó agregando antes de que Alloa pudiera responder—: no me lo digas… ya lo sé. Tú te inclinarías siempre a favor del amor, ¿verdad?
—Así es —contestó Alloa—. El amor es lo más importante del mundo.
—Para algunas personas, pero yo no soy de ese tipo.
Se dirigió al espejo con presunción.
—Estaría muy bien con una corona de duquesa, ¿no crees? —preguntó en tono burlón.
—Estás hermosa con cualquier cosa que te pongas. Pero creo que es la felicidad lo que hace que una mujer se encuentre mejor, no las joyas, por caras que sean.
—Siempre tienes la respuesta correcta, ¿verdad? Por cierto, ¿te sientes mejor? Todavía estás un poco pálida.
—Ya estoy bien, gracias —contestó Alloa.
—¿Qué te ha afectado tanto? —preguntó Lou, llena de curiosidad—. No me digas que estás enamorada de alguien.
Lou habló sin pensar, pero el rubor que tiñó el rostro pálido de Alloa fue una clara respuesta a su pregunta.
—¡Alloa! —exclamó incrédula—. ¡Estás enamorada! Pero… ¿de quién?
—No quiero hablar de eso. Por favor, déjame en paz.
Sin proponérselo se había expresado bruscamente, pero no soportaba hablar de su amor por Dix en ese momento.
Tenía los nervios en tensión por la preocupación. Hubiera querido estar a su lado, enfrentarse con él a cualquier cosa, incluyendo la muerte misma, pero no había sido posible.
¿Qué sabía Lou del amor si estaba pensando en casarse con un hombre al que nunca había visto y que probablemente era un inválido?
Si hubiera experimentado el éxtasis de estar en brazos de un hombre al que amara y que la amara a ella, jamás hubiera vacilado ni hubiera tenido la menor duda en tomar su decisión.
Alloa salió de la habitación.
Oyó a Lou que la llamaba, pero no hizo caso. Cuando llegó el momento de salir del hotel, tuvo buen cuidado de no quedarse a solas ni con Lou, ni con la señora Derange.
Estuvo muy ocupada revisando el equipaje, ayudando a Jeanne, haciendo diversas cosas que debían quedar arregladas antes de salir y que le permitieron mantener ocupada su mente.
Cuando el equipaje estuvo listo, se dieron cuenta de que había demasiadas cosas para que cupieran en un solo automóvil, además de las cuatro personas que iban a viajar en él. Por lo tanto, alquilaron un taxi para que Jeanne fuera en él con las maletas más grandes.
—Si llega antes que nosotros —dijo la señora Derange—, tanto mejor, porque podrá empezar a deshacer las maletas y a planchar lo que vamos a ponernos esta noche. Lou se pondrá su vestido de satén rojo. Estará magnífico en esos enormes salones, además, quiero que dé una buena impresión.
—Como un borrego que es conducido al matadero —comentó Lou.
—Ser sarcástica nunca te ha sentado bien, querida —contestó su madre con un gesto de desaprobación—. Si no quieres ir, podemos cancelar la visita.
Era una sugerencia ociosa, como sabían tanto Lou como la señora Derange. Nada en ese momento habría impedido a la señora Derange ir al castillo. No había la menor duda de la excitación que reflejaba su voz y el brillo que despedían sus ojos cuando por fin salieron del hotel.
Hasta Lou parecía de buen humor cuando el Cadillac salió del patio hacia la carretera principal. Pero tan pronto como dejaron Biarritz atrás, la señora Derange cometió el error fatal de empezar a hablar.
Sus comentarios no tardaron en poner de malhumor a Lou. Se sumió en su asiento y apretó los labios, sin hacer ningún esfuerzo por responder a su madre.
«Déjela en paz», hubiera querido decir Alloa. «Deje que las cosas se resuelvan solas, sin hablar tanto de ellas».
Paulatinamente, la voz monótona de la señora Derange dejó de afectarla.
Ella estaba sumida en sus propios pensamientos, recordando a Dix, rezando por él, deseando que saliera bien librado de todo y volviera a ella sano y salvo.
—¡Allí está el castillo! —exclamó de pronto la señora Derange.
Momentos después llegaron a la entrada, donde un portero abrió las enormes rejas de hierro, rematadas con coronas ducales.
El castillo surgió a la vista, bañado por la luz del atardecer. Alloa olvidó sus tribulaciones, embelesada por la belleza del lugar.
Era como un palacio de cuento de hadas, concebido con gran delicadeza y construido con toda la genialidad de los artesanos del siglo XVII.
Y, sin embargo, una vez más, Alloa tuvo la impresión de que no era un lugar ostentoso, sino acogedor. Había algo íntimo y amable en él que complacía no sólo la vista, sino el corazón.
Detuvo el automóvil al pie de la escalinata de piedra que conducía a la puerta principal. Dos lacayos bajaron a abrir las puertas del coche.
—¿Llevo el automóvil a la cochera? —preguntó Alloa.
—No, claro que no —protestó la señora Derange—, sin duda enviarán a alguien para que lo haga. Tú debes entrar con nosotras. Hoy también eres invitada.
Alloa pareció un poco sorprendida. No era característico de la señora Derange ser tan efusiva. Pero recordó que llevaba el mismo apellido y, por lo tanto, en esta ocasión iba a ser considerada como ele la familia.
El mayordomo las condujo a través del vestíbulo, que olía a cera y a claveles, hacia el gran salón donde la duquesa les estaba esperando.
Dejó su bordado al verlas entrar, se levantó del sofá y cruzó con gesto gracioso el salón.
—Me alegra mucho darles la bienvenida al castillo —dijo sonriendo.
Estrechó la mano de la señora Derange, después la de Lou y por último la de Alloa.
—Deben considerar esta visita como la llegada a su casa —dijo—. El castillo es el hogar de todos los que llevan el apellido de la familia. ¿Por qué no pasan a sentarse? —señaló el sofá y los sillones colocados en torno a una mesa baja cubierta con objetos de porcelana de Sevres—. He organizado una fiesta para mañana por la noche. Conocerán a otros miembros de la familia: primos que viven en las cercanías y uno o dos de nuestros amigos más íntimos.
—Es muy amable por su parte —dijo la señora Derange—. Pero estamos contentas de estar con usted y con… su hijo.
Titubeó un poco antes de mencionar al duque. Alloa, que observaba a la duquesa, notó que su rostro era del todo inexpresivo.
—Mi hijo estará aquí dentro de unos momentos —dijo—. Siente no haberlas podido esperar; pero como ha estado ausente durante algún tiempo, tenía asuntos urgentes que atender. Una propiedad tan grande como ésta requiere mucho trabajo.
—Me lo imagino —comentó la señora Derange—. Cuando mi difunto esposo, el señor Derange, compró una propiedad en Florida, me decía con frecuencia que le daba más problemas atenderla que rodos sus otros negocios juntos.
—Mi hijo, desde luego, tiene muchos expertos que le ayudan —explicó la duquesa—. Pero le gusta encargarse de algunas cosas personalmente.
Alloa dejó de escuchar la conversación. Estaba pensando de nuevo en Dix. ¿Vendría esta noche, como le había prometido? Todavía no sabía dónde iba a estar su habitación. ¿Hablaría en serio cuando dijo que le silbaría al pie de la ventana? ¿Y si había un vigilante o perros protegiendo la propiedad?
Tenía que correr muchos riesgos, y, sin embargo, Dix había hablado con ligereza del asunto. A ella le hubiera gustado que él fuera más serio, más formal. Pero pensó que no quería que cambiara, le amaba tal y como era.
Golfo, contrabandista o ladrón… le amaba de cualquier manera.
Y, sin embargo, le dolía el corazón al pensar en sus padres y en la carta que recibirían dentro de dos o tres días. Les había escrito esa tarde y había echado la carta al correo antes de salir del hotel.
Nos vamos lejos de aquí, les decía. Pero no sé dónde. Cuando lo sepa, trataré de escribiros, aunque ta vez no sea fácil. La policía le persigue. Ha hecho cosas equivocadas; pero no ha podido evitarlo. Sin importar lo que suceda, debo estar con él, debo mantenerme a su lado. No sé siquiera dónde ni cuando nos casaremos. Trataré de informaros al respecto, aunque tal vez resulte peligroso para él que diga demasiado.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas incluso antes de terminar la carta. Era consciente del dolor y la angustia que iba a causarles pero sabía que tenía que decirles toda la verdad. A ellos nunca les mentiría.
No había siquiera podido decirles el nombre del hombre con quien iba a casarse. Esperaba que ellos lo consideraran una distracción, pero se daba cuenta de que les parecería un presagio de la oscuridad que a partir de ese momento rodearía la vida de su hija y, además, de lo poco que sabrían de ella.
Concluyó la carta diciendo:
Perdonadme por favor, si esto os hace desdichados.
Tratad de comprender que siempre seré muy feliz porque le amo.
Ahora, sentada en el gran salón, Alloa trató de calcular cuánto tiempo tardarían sus padres en recibir la carta. Había pensado en llamarlos por teléfono, pero comprendió que era imposible.
Además, sabía que si hablaba con ellos, le pedirían que esperara, le rogarían que volviera a casa antes de dar un paso tan decisivo. Pero no había tiempo para eso. Tenía que irse con Dix esa misma noche.
Esperaba que hubiera oportunidad de subir a su habitación pronto.
Había tratado de poner lo más indispensable en una maleta pequeña.
Se preguntó si tendría que dársela a Dix por la ventana o si la bajaría ella misma y saldría por alguna puerta lateral.
Era muy difícil saber qué hacer, o formular planes, cuando no sabía con exactitud cómo iba a llegar Dix hasta ella.
—¿No estás de acuerdo, Alloa? —preguntó Lou de pronto.
Alloa se estremeció.
Comprendió que Lou le había hecho una pregunta y que tanto la duquesa como la señora Derange estaban esperando su respuesta. Y ella no tenía la menor idea de lo que se trataba.
—Lo… siento —tartamudeó—. Estaba pensando… en otra cosa. ¿Qué me has preguntado, Lou?
—Te he preguntado… —empezó Lou.
En ese momento la puerta del salón se abrió y un lacayo anunció:
—¡El señor duque!
Alloa sintió que el corazón le daba un vuelco. Vio a Lou volver la cabeza con rapidez y a la señora Derange fijar los ojos en la puerta. La duquesa se levantó y avanzó hacia su hijo.
El duque fue conducido en una silla de ruedas al salón. Era todavía más pequeño y frágil de lo que parecía en la fotografía del periódico.
Sin ninguna duda tenía muy pocas fuerzas. La mano que extendió para saludarlas parecía casi transparente.
Paró su silla junto a la señora Derange.
—Siento mucho no haber estado aquí para recibirlas —se disculpó en voz baja, en un inglés, casi perfecto—. No estábamos seguros de la hora en que iban a llegar y yo tenía que firmar unos papeles con mi notario.
La señora Derange estrechó su mano.
—Entendemos muy bien —dijo—. Hemos admirado su hermosa propiedad, y nos hemos dado cuenta de que es muy grande y debe exigir mucho tiempo y atención.
—Demasiada para mi estado de salud —reconoció el duque.
Extendió la mano hacia Lou. Ella le cogió con suavidad, como si temiera hacerle daño.
—Mi madre me ha hablado mucho de usted, señorita —comentó el duque.
Lou no dijo nada.
—Y ella es Alloa Derange —intervino la duquesa—. Es otro miembro de la familia por el lado británico.
El duque sonrió a Alloa con mucha cordialidad.
—Debo enseñarle el árbol genealógico de la familia —dijo el duque.
—Me encantaría verlo —contestó Alloa.
El duque miró a su alrededor.
—¿Dónde están los cócteles, mamá? —preguntó—. Te he dicho que gustarían a nuestras invitadas norteamericanas.
—Ya los he pedido —respondió la duquesa.
Hizo sonar una campanilla de oro que había sobre la mesa.
La puerta se abrió en seguida y apareció un lacayo.
—Los cocteles, por favor —pidió la duquesa en francés.
Casi inmediatamente aparecieron dos lacayos con unas bandejas donde había una gran variedad de botellas, hielo y vasos.
—No han debido molestarse por nosotras —protestó la señora Derange—. Estoy segura de que ustedes no suelen tomar cocteles.
—Mi madre siempre se ha negado a probarlos —confesó el duque—, pero ésta es una buena ocasión para que supere sus prejuicios. Personalmente, me gusta mucho el martini seco. ¿Qué van a tomar?
—Ha sido muy considerado por su parte pensar en nuestros gustos —dijo la señora Derange—. Me encantaría un cóctel de champán, aunque supongo que Lou, como usted, prefiere un martini.
—Si me permiten expresar mis propias preferencias —dijo Lou en tono desagradable—, preferiría un whisky.
Estaba mostrándose desafiante de forma deliberada, comprendió Alloa.
Lou casi nunca bebía whisky. Por alguna razón, deseaba molestar a su madre y tal vez escandalizar a la duquesa.
Alloa pidió, con timidez, un zumo de tomate y recibió una mirada de aprobación por parte de la duquesa.
El duque levantó su copa.
—Y ahora, me gustaría hacer un brindis —dijo—. Brindo por nuestras primas norteamericanas y porque esta visita sea sólo una de muchas más.
Alloa se sintió un poco desconcertada por sus palabras. No parecía que el duque esperara que la estancia de Lou fuera permanente. La señora Derange no pareció sorprendida. Como respuesta, levantó su propia copa diciendo:
—Por usted, señor duque, y porque pronto esté bien.
—Eso es lo que todos deseamos —declaró la duquesa en voz baja—. Estoy convencida de que dentro de un mes, o algo así, ya no necesitará la silla.
El duque sonrió.
—Tu fe, madre mía, es inquebrantable —comentó con suavidad.
—He ido a Lourdes mientras has estado ausente —confesó ella en voz baja.
Él le sonrió de nuevo y se inclinó para acariciarle una mano. Por un momento, los ojos de la duquesa se llenaron de lágrimas. Después se puso de pie.
—Y ahora, si han terminado, les enseñaré sus habitaciones —dijo—. La cena es a las ocho en punto. Espero que una hora será suficiente para que se bañen y se cambien.
—Sí, es suficiente —contestó la señora Derange, dejando su copa.
La duquesa las llevó a través de la gran escalera, hacia los enormes y lujosos dormitorios que les habían sido asignados.
La señora Derange y Lou fueron instaladas en la suite y Alloa en una habitación contigua, igualmente magnífica, con un pequeño balcón que daba al jardín.
—Es un dormitorio precioso. Muchas gracias —dijo a la duquesa. En cuanto se quedó sola, corrió hacia la ventana.
¿Podría Dix llegar hasta ella desde el jardín? Y si él estaba allí, ¿cómo lo sabría para reunirse con él? Se quedó en el balcón, mirando hacia fuera.
Resultaría muy peligroso, pensó, que él hiciera ruido en ese lado de la casa. Ella esperaba que las habitaciones del duque o de la duquesa no estuvieran en esta parte del castillo.
Se dijo que tan pronto terminaran de cenar, trataría de ver si alguna puerta lateral daba al jardín.
Decidió, por lo tanto, tener lista su maleta y estar preparada para lo que pudiera suceder.
Entonces, descubrió con horror, que habían sacado toda su ropa. Todo cuanto poseía estaba colgado en el armario.
Y lo peor era que sus maletas habían desaparecido. Las buscó por todas partes, incluso en el baño, pero no las encontró.
Éste era un golpe que no había anticipado y se preguntó con desesperación qué debía hacer. Tocar el timbre y pedir una de sus maletas parecería muy extraño si acababa de llegar.
Todo se estaba complicando. Comprendió que no le quedaba más remedio que hacer un paquete con las cosas que iba a llevarse.
«Como una gitana», se dijo con una sonrisa.
Cogió algunas prendas, tales como, un camisón, una muda, medias y pañuelos, y las envolvió en un chai que se ponía algunas veces por las noches. Luego escondió el paquete en el fondo del armario y empezó a cambiarse.
Después de bañarse se sintió un poco menos nerviosa. ¿Por qué se preocupaba tanto si estaba segura de que podía confiar en Dix? Si él había dicho que vendría a buscarla, lo haría.
En seguida sacó su vestido negro y se lo puso. La noche anterior se había visto radiante con el vestido que Jeanne le había prestado. Esta noche Cenicienta volvía a sus harapos.
En ese momento llamaron a la puerta.
—Adelante —ordenó.
Una doncella, con cofia y delantal entró en la habitación.
—He traído esto para usted, señorita —dijo, extendiendo una bandeja de plata donde había un hermoso ramillete de rosas.
—¿Para mí? ¿Está usted segura de que no son para la señorita Lou Derange?
—No, son para usted, señorita —afirmó la doncella sonriendo.
—¡Oh, muchas gracias! —exclamó Alloa.
Prendió inmediatamente el ramillete al vestido.
—Es justo lo que necesitaba —comentó en voz alta, pero advirtió que la doncella se había marchado y que estaba hablando sola.
Cuando salió al pasillo tuvo que esperar sólo unos minutos para que Lou y la señora Derange se reunieran con ella y bajaran I untas.
Lou se había puesto un magnífico vestido de satén rojo. Sin embargo, no llevaba ninguna flor. La señora Derange llevaba una orquídea prendida en el hombro. Alloa supo que era costumbre enviar flores a las invitadas antes de la cena. Era un bonito detalle, y se preguntó si el duque no se sentiría ofendido de que Lou no hubiera apreciado ese gesto de cortesía.
La duquesa les estaba esperando en el gran salón, y el duque se encontraba sentado cerca de ella, en su silla de ruedas. Madre e hijo parecían enfrascados en una acalorada discusión cuando entraron, y Alloa tuvo la impresión de que la duquesa estaba un poco agitada.
Sin embargo, había sido educada para no revelar sus emociones. Se levantó y avanzó hacia ellas.
—Espero que hayan encontrado todo lo que necesitan —dijo—, y que su doncella les esté atendiendo bien.
—Todo está perfecto —respondió la señora Derange—, y Jeanne es feliz por estar hospedada de nuevo en una mansión francesa. Nada de lo que podemos ofrecerle en los Estados Unidos es tan bueno como lo que ella ha tenido aquí.
El duque se echó a reír.
—Eso es típico, me temo. Nuestra gente se queja mucho cuando está en casa, pero cuando se encuentra en el extranjero, sus recuerdos son de oro —se volvió hacia Alloa al hablar y dijo—: ¿Usted, también recuerda sólo las cosas agradables y olvida las que no lo son?
—Creo que cuando uno siente nostalgia, todo parece mucho mejor de lo que es en realidad —contestó Alloa.
—¿Y no añora su hogar en estos momentos?
—No —contestó Alloa—. Sólo quisiera que mi padre pudiera ver el castillo… me ha hablado de él con mucha frecuencia.
—Debe traerle —dijo el duque—. Me gustaría que él se sintiera orgulloso de lo que he hecho para preservar los tesoros de la familia.
Alloa se preguntó si el duque le haría la misma invitación cuando se hubiera fugado. ¿Qué diría al día siguiente, cuando encontraran su habitación vacía? ¿Cuándo todos supieran que había desaparecido con un hombre al que buscaba la policía?
Lanzó un leve suspiro. El duque la miró.
—¿Está triste? —le preguntó él en voz muy baja, para que los demás no lo oyeran. Algo en sus ojos obligó a Alloa a contestar la verdad. Asintió con la cabeza—. No lo esté —continuó diciendo él—. La felicidad está siempre esperando donde uno menos sospecha.
Lo dijo con tanta convicción que conmovió a Alloa. Sin embargo, sus palabras desataron de nuevo en su interior una tempestad de temores e inquietudes.
¿Y si la felicidad no la estaba esperando a ella? ¿Y si ella le esperaba toda la noche y nunca llegaba? ¿Qué podía hacer?
Como si volviera desde una gran distancia, porque estaba concentrada pensando en Dix, oyó que la duquesa decía:
—Siento mucho que la cena se haya retrasado un poco. Pero estamos esperando a dos personas más.
—Pierre siempre llega tarde —murmuró el duque.
La duquesa se volvió hacia la señora Derange.
—Me temo que mi hijo menor es incorregiblemente impuntual —dijo—. Y esta noche va a traer a un amigo con él.
En el momento en que terminaba de hablar, se abrió la puerta.
—¡El conde Pierre! —anunció un lacayo.
Alloa volvió la cabeza hacia la puerta con indiferencia. Pero al hacerlo, su corazón pareció dejar de latir.
¡Dix se encontraba en el umbral de la puerta! Sus ojos oscuros y sonrientes recorrieron el grupo con toda tranquilidad. Había alguien con él. Un hombre alto, con un traje gris un poco arrugado.
—Debes perdonarnos por llegar tarde, mamá —se disculpó Dix avanzando hacia la duquesa—, pero el avión ha llegado con retraso. ¿Me permites presentarte al señor Steve Weston?
Fue Lou quien rompió el encantamiento que parecía haberse apoderado tanto de ella como de la señora Derange.
—¡Steve! ¡Steve! —exclamó con visible placer y corrió hacia él.
Sin detenerse a pensarlo dos veces, le echó los brazos al cuello.
Steve inclinó la cabeza y la besó.
—¿Me permiten presentarles a mi hijo más joven? —dijo la duquesa.
En apariencia indiferente a lo que sucedía entre Lou y el joven desconocido que acababa de entrar en la habitación, la duquesa empezó a presentar a su hijo a los demás.
Alloa miró a Dix.
—Nosotros ya nos conocemos —declaró él.
Se inclinó y cogió las manos de Alloa en las suyas.
Con mucha gentileza la puso de pie.
—Te pedí que confiaras en mí —murmuró—. Te dije que vendría a por ti.
—Pero… yo no… entiendo… —tartamudeó ella.
Sus ojos eran los de una niña asustada.
—Yo te lo explicaré todo —le prometió él—. Pero, por el momento me estoy muriendo de hambre. No he comido nada en todo el día.
—¡La cena está servida! —exclamó el mayordomo desde la puerta.
—Vamos al comedor, entonces —sugirió la duquesa a la señora Derange.
Por un momento, la señora Derange no la oyó. Miraba a Lou estupefacta. Steve Weston la tenía rodeada con un brazo por la cintura. Se había transformado de una muchacha malhumorada y descontenta, en una criatura cuyo rostro irradiaba de felicidad.
—Estoy seguro de que todos estamos ansiosos por cenar —comentó el duque.
Con un gran esfuerzo, la señora Derange logró contestar:
—Sí, desde luego.
Había logrado resistir la tentación de hacer una escena y de tratar de separar a Lou de Steve Weston. Había sido derrotada y lo sabía. Sin embargo, cuando se dirigió hacia el comedor llevaba la cabeza erguida y la mente ocupada con los planes para la boda.
Dix había agarrado a Alloa del brazo.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó ella.
—Tengo tanto que contarte, que no sé por dónde empezar.
—Pero tú has fingido… has mentido… —murmuró Alloa.
—En realidad no —contestó él—. Y si lo he hecho, vas a tener que perdonarme.
Eran los últimos de la procesión que avanzaba hacia el comedor. Indiferente a los lacayos que se encontraban en la puerta, él inclinó la cabeza y besó su frente.
—Te amo —murmuró.
Eso era todo lo que ella quería oír.
La cena hubiera resultado violenta de no haber sido por Dix. Lou y Steve pasaron el tiempo mirándose, indiferentes a lo que sucedía a su alrededor. La señora Derange estaba ensimismada en sus propios pensamientos, y Alloa sentía que le era imposible comer o hablar.
Sin embargo, fue una comida alegre, porque Dix los hizo reír y los entretuvo con relatos de sus absurdas aventuras. Y hasta hizo sonreír a la duquesa con sus comentarios sobre los cambios que había hecho en el jardín y sobre un regalo que le había traído de París.
El duque, que reía de buena gana con sus chistes, hacía pareja perfecta con él.
«Parece que le quiere muchísimo», pensó Alloa, observando la forma en que el duque miraba a su hermano menor.
Pero al volver la mirada hacia la duquesa vio una expresión muy diferente en ella. Alloa no estaba segura de lo que significaba. ¿Era desaprobación o era resentimiento porque Dix estaba tan sano y fuerte, mientras que su hermano mayor se encontraba frágil y enfermo?
Cuando la cena terminó, Dix, en lugar de quedarse en el comedor con el duque y Steve, siguió a las mujeres hacia el salón.
—Ven conmigo, tengo que enseñarte algo —dijo a Alloa.
Antes de que se diera cuenta de lo que sucedía, la llevó a una pequeña antesala y desde allí al jardín.
El sol acababa de ponerse y en el cielo empezaban a brillar las primeras estrellas de la noche.
En silencio, él la condujo a través de una rosaleda y de otro pequeño jardín hasta un pequeño banco que había enrejado cubierto de enredaderas, frente a una fuente de piedra.
Entonces Dix se volvió hacia Alloa. Le levantó con los dedos su barbilla para poder mirarla a los ojos.
—¡On, Alloa! —murmuró.
Fue sólo su nombre dicho con una voz profunda, pero tuvo el poder de conmoverla. Estaba deseando con desesperación que él la besara, pero levantó las manos para mantenerle retirado de ella.
—No, todavía no… hasta que no me lo hayas explicado todo.
—Te amo. ¿No es todo lo que quieres oír?
—Es todo lo que importa. Pero quiero saber el resto.
—¿Eres tan curiosa? —sonrió él.
—Más que curiosa, en estos momentos estoy furiosa. ¿Por qué me has mentido? ¿Por qué me has dejado creer que eras un ladrón?
—Porque lo soy. Te he robado el corazón, ¿no es cierto? Ahora tu corazón y tu amor son míos. Lo supe cuando llegaste a buscarme esta mañana y me dijiste que estabas dispuesta a huir, a enfrentarte a un futuro incierto y lleno de peligros, sólo para que estuviéramos juntos.
—Pensaba que estabas en peligro. Jamás habría dicho lo que dije si no hubiera creído eso —contestó Alloa, ruborizándose.
—Mi amor, te adoro por ello. Era lo que quería que dijeras.
—Pero ¿por qué?, ¿por qué?
—¿Puedo besarte antes de empezar mi explicación? Ella movió la cabeza de un lado a otro.
—No —contestó—. Dime lo que tienes que decirme primero. No estoy segura de que vaya a perdonarte.
Él sonrió y levantó una mano para besar la palma. Ella se estremeció y tuvo que dominar el impulso irresistible que sintió de arrojarse en sus brazos.
—Cuéntamelo todo, desde el principio —pidió con firmeza. El lanzó un leve suspiro y la hizo sentarse en el banco.
—Te conté lo que me sucedió durante la guerra —empezó a decir al fin—. Eso fue verdad. Yo huí de casa y mis padres jamás me perdonaron. No los culpo porque ahora comprendo que les causé mucha preocupación. Cuando terminó la guerra, volví a casa, pero me aburrió la rígida vida del castillo. Me pusieron tutores para completar mi educación, la cual había sido truncada por mi escapada, y más tarde me enviaron a la universidad. Pero, después de haber probado una vida de libertad y de aventura, la disciplina no me sentó bien. Me expulsaron de la universidad. Hice todo tipo de cosas incorrectas y, tal como te dije en una ocasión, me convertí en la oveja negra de la familia. Supongo que yo tuve la culpa, pero a mi madre se Te metió en la cabeza que, sin importar lo que sucediera, mi hermano debía tener un heredero. Creo que la horrorizaba la idea de que yo heredara el título y las propiedades.
Dix suspiró.
—Pero nunca ha existido, en realidad, la posibilidad de que mi hermano se case. Ha sido siempre un inválido y no hay esperanza de que se cure. Sin embargo, mi madre siempre ha esperado que suceda un milagro: que mi hermano, sane, se case y tenga un heredero. La primera carta de la señora Derange le dio esperanzas. A ella le pareció una oportunidad enviada del cielo. Una muchacha norteamericana que deseaba un título y que era, además, parienta lejana, era exactamente el tipo de esposa que deseaba para mi hermano.
Alloa se movió, Dix—extendió una mano y cogió la de entre las suyas—Tú sabes lo que sucedió —continuó diciendo Dix—. Las dos mujeres se pusieron de acuerdo y mi madre habló con mi hermano. —Él le dijo que la idea era ridícula y ella le prometió olvidarse del asunto. Sin embargo, cuando sospechó que ella no había desistido me escribió contándome lo que sucedía. Yo estaba en Londres cuado recibí su carta. Me hospedaba en el Hotel Claridge. Pensé que me gustaría conocer a esta señorita Lou Derange de la que tanto hablaban los periódicos.
—¡Estabas hospedado en el Claridge! —exclamó Alloa—. Entonces por eso…
—Vi abierta la puerta de la suite cuando fui a buscarla —dijo Dix—, así que entré. Lo hice obedeciendo a mi impulso. Tratando de averiguar algo sobre esta muchacha que quería casarse con mi hermano sólo porque tenía un título. Vi la fotografía en el tocador y la cogí. Cuando la estaba mirando, tú entraste.
—No estabas pensando en robarla, por supuesto. ¡Oh, qué tonta debí haberte parecido!
La mano de él apretó la de ella.
—¿Quieres que te diga lo que pensé? Pensé que eras la persona más adorable que había visto en mi vida. Y me asombraste, también. Hasta entonces, nadie había tratado de reformarme.
—Debes haberte estado riendo de mí todo el tiempo —murmuro Alloa.
—No me estaba riendo… te estaba amando.
—No es verdad.
—Sí lo es. Te amé desde ese momento, pero tenía muchas cosas que hacer en Londres y no pude verte de nuevo. Te envié las flores y me aferré a la esperanza de que no me olvidarías.
—¿Sabías que veníamos a Biarritz?
—Lo supe dos días más tarde, cuando recibí una carta de mi hermano diciéndome que mi madre insistía en su idea del matrimonio. Me preguntó qué debía hacer. Yo le telegrafié aconsejándole que no hiciera nada, que dejara que las cosas siguieran su curso.
Le dije eso porque así yo tendría la oportunidad de volver a verte.
—Pero, si no me hubieras rescatado…
—Te hubiera buscado en Biarritz de cualquier modo. Fue un golpe de suerte que te encontrara cuando lo hice.
—Pero ¿y el contrabando? ¿Cuando te encontré con el automóvil… y con esos hombres?
—Estoy llegando a eso. El automóvil en que viste era robado, pero no por mí. Yo había estado del lado equivocado de la ley durante tanto tiempo, que cuando fui invitado por el jefe de la Súreté a ayudarlos en un caso muy difícil, acepté. No lo hubiera hecho si la solicitud original no hubiera sido hecha por mis amigos de Biarritz.
—¿Tus amigos?
—¡Sí, mis amigos! Mere Blanchard y algunos más que conociste en la fiesta. Me dijeron que, aunque estaban dispuestos a cerrar los ojos a un poco de contrabando inofensivo a través de la frontera con España… una costumbre que se ha cultivado durante siglos…, estaban alarmados por la pandilla que estaba realizando el contrabando de automóviles.
—¿Los hombres que vi? —preguntó Alloa.
—Sí, ellos —contestó Dix—. Era un grupo terrible, formado por malhechores que no se detenían ante nada, ni siquiera ante el asesinato.
Alloa se estremeció.
—Eso pensé cuando ese hombre amenazó con cortarme el cuello.
—Nunca sabrás lo preocupado que me sentí por ti esa noche —confesó Dix—. Si hubiera pensado que eras realmente peligrosa, si no me hubieran creído cuando les dije que eras mi amiga, no estarías viva ahora —extendió los brazos y la oprimió contra su pecho—. Imagínate lo que eso habría significado. No te tendría abrazada en este momento… no habría sabido nunca que me amabas.
—Continúa. Por favor, continúa —suplicó Alloa.
—Ésa es toda la historia —dijo Dix—. Debido a que mis amigos me suplicaron que les ayudara, trabajé con la Súreté para llevar a esta banda a la justicia. Para hacerlo, tuve que unirme a ella. Los hombres conocían mi historial y mi reputación. Sabían en los muchos problemas que había estado metido y me aceptaron.
—¿Por qué no los detuvo la policía la noche que yo estaba allí?
—Porque dos de los principales miembros de la banda estaban en París. Yo ni siquiera los conocía… lo cual hubiera permitido que huyeran si la policía caía sobre el resto de la banda cuando se encontraban en París. Tuvimos que esperar a que vinieran a Biarritz. Sólo cuando toda la banda se reunió allí, la policía decidió actuar.
—Entonces, el amigo de Lou decía la verdad.
—Es un joven muy tonto y habló demasiado —declaró Dix con severidad—. Te aseguro que sus superiores le van a llamar la atención cuando vuelva a París.
—¿Los han detenido?
—Sí, los han arrestado esta tarde. Con excepción de dos.
—¿Dos? —preguntó ella.
—Sí —contestó Dix—. Otro muchacho y yo, un joven al que he querido salvar. Es un muchacho decente y yo sé que seguirá por el camino recto si tiene la oportunidad de conseguir un trabajo honesto.
—¿Y tú le has buscado ese trabajo?
—Sí, porque es un muchacho que merecía ser salvado.
—¿Y los demás?
—El resto pasará en prisión un buen número de años. Dos de ellos, lo menos, irán a la guillotina. No sólo están acusados de contrabando, sino de asesinato.
—¿Y nunca sospecharon de ti? —preguntó Alloa, casi sin aliento.
—No, hasta el último momento —dijo Dix—, cuando una bala me pasó rozando. Creo, mi amor, que el destino decidió reservarme para ti.
—¡Oh, Dix! —Ella se estremeció—. Eso era lo que yo temía… aunque pensaba que era una bala de la policía la que podía alcanzarte.
—Cuando eso sucede, no importa quien dispara —dijo el, haciendo una mueca.
—Pero ya estás a salvo.
—Estoy a salvo —repitió él con gravedad.
—Y eso es todo —exclamó ella con un suspiro.
—No exactamente. Cuando me dijiste lo de Steve Weston, decidí esperarle en el aeropuerto y traerle al castillo. Yo quería que Lou fuera feliz, como nosotros vamos a serlo. Además, mi hermano y yo tuvimos una larga conversación anoche.
—¿Sobre qué? —preguntó Alloa.
—El me dijo —murmuró Dix, en tono triste y sombrío—, que no le queda mucho tiempo de vida. El especialista que ha visto en Alemania le ha dado seis meses de vida, a lo sumo. El quiere que me case lo antes posible y que me quede en casa, para que me enseñe a dirigir la propiedad. Hay muchas cosas que tendremos que hacer desde el punto de vista legal. A él le alegra saber que el castillo seguirá en poder de la familia, como residencia privada y que un de Rangé seguirá viviendo aquí, al menos por otra generación. Se hizo un breve silencio y Dix añadió:
—¿Estás de acuerdo en que le hagamos feliz? Alloa levantó la vista hacia él.
—¿Eso es lo que tú quieres? —preguntó ella.
—Lo deseo más que cualquier cosa en el mundo. ¡Oh, mi amor! Tal vez he sido muy cruel contigo. Quizá debí haberte explicado que las cosas no eran siempre como tú creías. Pero yo quería que me amaras por mí mismo. He salido con muchas mujeres, no te voy mentir diciéndote lo contrario. Pero siempre tenía la impresión de que no me amaban a mí sino la posición que tenía… tal vez la posición que voy a tener en el futuro. Yo quería ser amado por mí mismo, a pesar de todas las cosas malas que he hecho en mi vida y que tal vez siga haciendo. Quería un amor verdadero, como el que tú me has brindado.
Su voz pareció vibrar alrededor de la pequeña glorieta. Entonces, con mucha lentitud y gentileza, atrajo a Alloa hacia su pecho.
—Trataré de cambiar —dijo—. No creo que vaya a ser difícil ser bueno, contigo ayudándome y guiándome.
—Te amo como eres —contestó ella—. Casi no puedo creer que todo esto está sucediendo. Me siento tan feliz…
—Así quiero que te sientas, no sólo ahora, sino siempre.
—¡Oh, Dix! He sido tan tonta acerca de tantas cosas —murmuró Alloa.
Él se echó a reír y cuando la besó ella sintió que la solemnidad desaparecía.
—Eres mía —dijo él—. Nos pertenecemos mutuamente y ninguna de los dos podremos escapar ya nunca. Después de todo, no creo que vaya a cambiar, seguiré siendo lo que soy… un ladrón que ha robado tu amor y lo retendrá para siempre.
Alloa levantó una mano con timidez y acarició su mejilla.
—Un ladrón —dijo—. Pero mi ladrón. El ladrón al que he amado desde el primer momento en que le vi.
El besó su mano y una vez más sus labios apretaron los de ella.
—El amor lo vence todo… ¿no es cierto, mi cielo? —preguntó él.
FIN