Capítulo 5
El conde reinició la marcha y Farica comprendió que era muy importante que no sospechara que ella había escuchado lo que se dijo o que se interesaba en sus asuntos privados.
Por lo tanto, comentó:
—Pensé que era una familia apellidada Bradshaw la que atendía esa granja.
—Lo hacían, pero no los consideré satisfactorios, así que la cedí a un hombre en quien confío.
—Es una linda granja —comenté Farica en tono de una conversación habitual—, bueno, lo es toda su propiedad.
—Es lo que deseo que piense.
Avanzaron un poco más hacia los bosques, mientras el conde, ocupado en conducir los caballos, lanzaba miradas de soslayo a Farica, como si reflexionara en lo que debía decir. Ella decidió mostrarse interesada en el paisaje y no lo miró de forma directa, hasta que él declaró:
—Sabe lo que anhelo decirle, Farica y me parece una tontería que nos andemos con rodeos.
Los ojos de Farica se agrandaron de la sorpresa al contestar:
—No entiendo lo que quiere decir.
—Creo que sí. Sabe que deseo casarme con usted y tan rápido como sea posible, ya que no tiene objeto esperar.
—¿Por qué tanta prisa? Me parece importante que nos conozcamos bien el uno al otro antes de casarnos.
—Yo ya la conozco y sé que es la mujer que deseo como esposa.
Como ella no contestara, continué:
—Sé que, como todas las mujeres, ansía hacer cambios y mejoras en la casa en la que vivirá y tiene mucha oportunidad para ello tanto en el castillo como en mi casa de la Plaza Berkeley. También estoy seguro de que le gustaría convertir la propiedad en un modelo de su tipo y estoy dispuesto a dejar eso en sus hábiles manos.
Por la mente de Farica cruzó la idea de que pensaba que si ella manejaba la propiedad, eso lo dejaría libre para divertirse en Londres con sus amigos, como la dama de los rubíes y los ruidosos huéspedes que recibiera durante el fin de semana. Pero se limitó a responder con tono tranquilo:
—Todo eso me parece fascinante. A la vez, como le habría dicho papá, no deseo que me apresuren a casarme y todavía no hago mi presentación en el Palacio de Buckingham.
—¡Buen Dios! ¿Y es eso muy necesario?
—Sé que es algo que mi madre habría deseado —contestó Farica con voz firme—, y me gustaría hacer algunas de las cosas que ella deseaba para mí antes de hacerme cargo de las responsabilidades que usted sugirió.
El conde frunció el ceño, como si pensara que había cometido un error. Después de que avanzaron un trecho en silencio, él dijo, como para convencerla:
—Casémonos tan rápido como sea posible, Farica. Entonces yo le brindaré en Londres todo lo que desea, fiestas, bailes, ceremonias en la corte y un ciento de cosas más.
—Es usted muy amable —murmuró Farica.
—¿Entonces se casará conmigo enseguida?
—¡Oh, no, no quise decir eso! Por favor, necesito tiempo para pensarlo… debo estar muy segura de que seremos felices antes que nos convirtamos en marido y mujer.
El conde apretó los labios y ella comprendió que estaba molesto. Era lo bastante hábil para no reñir como ella supuso que deseaba hacerlo, pero como había prometido a su padre que la llevaría de regreso para la hora del té, condujo sus caballos hacia el Priorato. Después de que un sirviente la ayudó a descender del faetón, Farica vio sorprendida que el conde continuaba sentado y no soltaba las riendas.
—¿No va a entrar? —preguntó ella.
—No, tengo algo importante por hacer en el castillo.
Hizo una pausa y agregó, como si pensara en voz alta:
—Por favor discúlpeme con su padre por no quedarme a tomar el té con él y, en cambio sugiérale que sean mis invitados mañana, después de que nosotros demos otro paseo tan agradable como el de hoy.
Farica iba a rehusarse, pero pensó que sería un error. Sintió que era importante mantenerlo ocupado en pasearla, en lugar de que buscara, como sin duda haría, a Iván.
—¿A qué hora vendrá por mí? —preguntó.
—Poco después de las dos de la tarde y gozaremos de un largo paseo antes de reunirnos con su padre en mi castillo a las cuatro.
—Muy bien, avisaré a papá y gracias.
Le hizo una reverencia y en cuanto él partió, subió la
escalinata y cruzó la puerta principal. Era un gran alivio
encontrarse en casa. A la vez, no había olvidado lo que escuchara y
comprendió que tenía que prevenir a Iván. Fue en busca de su padre
con la esperanza de encontrarlo ocupado, lo que le permitiría poner
algún pretexto para ir a la aldea.
Por desgracia, él estaba inmerso con sus planes para la mina de
carbón y deseaba que ella los aprobara. Tenía todos los papeles
extendidos sobre su escritorio y no cesó de hablar de eso hasta la
hora en que había que cambiarse para la cena.
Ella comprendió que en algún momento de la noche tendría que ir a la aldea para avisar a Iván lo que había escuchado. Tenía la certeza de que Riggs, quienquiera que fuese, se había enterado de que Iván estaba en las cercanías, lo primero que haría sería buscar en las posadas.
Después de las diez de la noche, se despidió de su padre, Su doncella la había dejado ya, de inmediato se vistió de nuevo a toda prisa y se deslizó por una de las puertas laterales que no tenía puesto el cerrojo. Como era tan tarde, no se atrevió a sacar a Pegaso, como le habría gustado hacer. Estaba segura de que si lo hacía, al personal de la caballeriza le parecería extraño que cabalgara sola a esa hora tan avanzada, que sin duda lo comentarían, si no a su padre, a otros miembros de la servidumbre. Por lo tanto, lo único que podía hacer era recorrer a pie el camino más corto hacia la aldea, por el campo y a través de un pequeño bosque.
La distancia era más o menos de un kilómetro, pero como Farica se sentía turbada por la idea de que Iván estuviera en peligro, le pareció más largo el trayecto que de costumbre. No le cansó la caminata, porque era muy activa y como la luna estaba en su esplendor todo aparecía bañado en una luz plateada.
Pensó, mientras caminaba a toda prisa, que parecía un país de fantasía, hasta que por fin llegó a la vereda que cruzaba la aldea y llegó a la parada donde se detenían las diligencias camino a Londres. Todo estaba muy tranquilo. Al llegar a la posada vio luces en el bar y pudo escuchar voces.
Se deslizó a la parte posterior, temerosa de que Iván estuviera con Abe y sus amigos reunidos en el bar. Entonces, vio al entrar en el patio donde Abe mantenía a sus animales, a Iván sentado en una banca de madera acariciando a un gatito que tenía sobre las rodillas. Por un momento Farica se mantuvo en las sombras y lo observó. Pero Iván, como si presintiera su presencia, levantó la mirada y ella se acercó a él.
—¡Farica! —exclamó en un susurro—. ¿Qué hace aquí a esta hora?
—Tenía que verlo.
Él se había puesto de pie y la tomó del brazo para cruzar el patio y dirigirse a un lugar más apartado. Iván miró a su alrededor para asegurarse de que no pudieran escucharlos, enseguida preguntó:
—¿Cómo pudo venir y sola?
—¡Tenía que hacerlo! Era demasiado tarde para sacar a Pegaso sin despertar la curiosidad.
—¿Qué sucedió? ¿Por qué deseaba verme?
Farica le contó lo sucedido cuando saliera a pasear con el conde.
—¿Quién es ese Riggs? —preguntó Iván.
—No tengo idea. Pero ha despedido a los Bradshaw y la forma tan altanera en que habló me hizo pensar que debe ser el que intentó matarlo a usted y que ahora chantajea a Fergus para que le entregue no sólo dinero, sino también la granja.
—No me sorprendería.
—Pero debe entender lo que eso significa. No puede permanecer aquí. Sin duda buscarán en todas las posadas de las proximidades y aunque son bastantes, tarde o temprano vendrán a ésta.
Iván suspiró.
—Tiene razón. Será mejor que pregunte a Hagman dónde considera que podría yo mantenerme a salvo.
—¿Está Hagman con usted?
—Vino a verme esta noche, pero pensó que sería más indicado fingir que visitaba a Abe y tomar primero un trago en el bar.
—¿Quién más está ahí?
—Sólo dos hombres de la aldea.
—Tal vez podrían reconocerlo a usted.
—Y aun cuando no tuvieran ni idea de quién soy, ese Riggs podría preguntarles si han visto algún desconocido y ellos me señalarían.
—Me lo llevaré de aquí adonde pueda estar a salvo por el momento.
—Le dije que no deseaba que se involucrara en nada de esto.
Farica sonrió.
—¡Ya estoy involucrada y usted lo sabe! Debemos avisar a Hagman adónde lo llevaré.
—Vendrá en unos minutos más.
Sus ojos se mantenían fijos en Farica. Inesperadamente de forma abrupta, se alejó hacia la puerta que conducía al patio.
Farica tuvo la idea de que había estado a punto de decirle algo importante y deseaba saberlo. Pero cuando lo alcanzó, vio que Hagman se acercaba por el patio de la posada. Iván le hizo la seña de que se apresurara.
—¿Ya se fueron todos?
—Sólo queda uno, señor, aunque ya muy viejo y casi ciego.
—De todos modos, Hagman, avise a Abe que venga. Puede decirle que se trata de uno de los animales enfermos.
Sin decir nada, Hagman regresó a la puerta que daba a la posada y Farica le oyó gritar.
—¡Hey, Abe, uno de tus pacientes se queja de que no recibe suficiente atención!
—¡Ya voy, ya voy! —respondió Abe.
Y entonces Farica escuchó que decía a alguien más:
—Te dejo solo un momento, Bill.
—No te preocupes, ya me voy —contestó el anciano. Como si adivinara que era Iván y no uno de los animales el que lo necesitaba, Abe se dirigió a él.
—¿Pasa, algo malo? —preguntó.
—Sólo que debo partir esta noche y deseaba agradecerle su hospitalidad y decirle que regresaré pronto.
—¿Se va esta noche?
—Sí, enseguida, y deseaba darle algo para ayudar a los animales.
Abe se rió entre dientes. Farica, que se mantenía oculta en la sombra para que no la vieran, observó que Iván ponía dinero en la mano del anciano. Abe quiso rehusarse, pero Iván insistió en que era para quienes lo necesitaban y que los vendajes y la comida no crecían en los arbustos. Abe rió de nuevo.
—Cuídese y será bienvenido a su regreso, cuando lo desee.
—Muchas gracias —respondió Iván.
Esperó hasta que Abe regresara a la posada y después dijo a Hagman.
—Recoge mis cosas y reúnete conmigo en el claro del bosque. Ahí te espero.
—Muy bien, amo —respondió Hagman con un susurro.
Fue tras Abe y Farica supuso que le diría que Iván lo había enviado a recoger sus cosas y que viajarían juntos. En lo único en que ella pudo pensar era en que Iván estaba a su lado y apresuradamente se dirigieron a la caballeriza donde esperaba la montura del vizconde. Éste empezó a ensillarlo y Farica le preguntó:
—No se me ocurrió preguntarle cómo lo llama.
—¡Waterloo, por supuesto!
Ambos rieron y él agregó:
—A eso me enfrento ahora, Farica, a mi Waterloo y será una grandiosa victoria o una derrota vergonzosa.
—Usted sabe lo que será —respondió Farica en voz baja.
Condujeron a Waterloo bajo la luz de la luna y cuando menos lo esperaba ella, Iván la izó para colocarla sobre la silla. Farica no protestó cuando él saltó detrás. Avanzaron manteniéndose fuera de la vista de las casas hasta que llegaron a la vereda que conducía hacia el Priorato.
—¿Cómo sabía que lo llevaría a algún lugar cerca de mi casa?
—Puedo leer sus pensamientos y, además, no creo que mi propiedad resulte un lugar muy adecuado para mí en estos momentos.
Cierta inflexión en su voz la hizo levantar la mirada hacia él, como si deseara reconfortarlo. Al hacerlo, advirtió su proximidad viril. Desde pequeña había cabalgado al frente de una silla de montar propia para hombre, cuando su padre la paseaba así en su enorme semental. Ahora se dio cuenta de lo íntimo que era eso y que era imposible que su cuerpo no tocara el de Iván. Cabalgaban sin hablar, pero de una manera inexplicable ella sintió como si se dijeran miles de cosas uno al otro, sin necesidad de palabras.
Igual que ella lo hiciera camino a la aldea, Iván se mantuvo a la sombra primero de los arbustos y después de los árboles, hasta que llegaron al bosque. No hizo el intento de apresurarse y ella comprendió que se debía a que consideraba que sería incómodo para ella. El la mantenía ceñida a su cuerpo, pensó que nunca se había sentido tan segura y feliz como ahora. Quizá ambos estaban en peligro, pero estaban juntos, la rodeaba con su brazo y se dio cuenta de que su corazón daba vuelcos desconocidos en su pecho.
Ya estaban en el bosque, rodeados de un silencio creado por los árboles, sólo alterado por el ligero sonido de los animales pequeños que corrían a sus guaridas para protegerse, o el súbito vuelo de un ave cuyo descanso habían perturbado. Llegaron al claro donde la luz de la luna deslumbraba con su brillantez y, en un acto instintivo, Farica volvió la cabeza para levantar la mirada hacia Iván, segura que él todo encontraba la situación tan mágica como para ella.
Fue así que él soltó las riendas, la rodeó con el otro brazo y sus labios buscaron su boca. Para Farica fue una sorpresa. Casi sin comprenderlo, supo que eso era su mayor anhelo desde que lo conoció. La besó con pasión, exigente, como si no pudiera dominar su ansiedad. Al sentir la suavidad de la boca de ella y el ligero estremecimiento que la recorrió, se mostró más tierno y, sin embargo, posesivo, como si la cortejara a través de sus besos. La besó hasta que Farica sintió como si la luz de la luna penetrara en ambos y los uniera en un brillo que sólo podía provenir del propio cielo. Nunca la habían besado y las sensaciones que Iván le provocó fueron tan maravillosas y diferentes de cuantas había imaginado en sus más locos sueños.
Ya no eran humanos ni se encontraban en la tierra, eran parte de la esfera celestial. Las estrellas no sólo los rodeaban, sino que permanecían en sus corazones, sus mentes, sus ojos y labios.
Farica sintió como si hubiera tocado el cielo y nunca más volviera a la tierra, pero Iván levantó la cabeza y dijo:
—¡Dios, cuánto te amo! Mi amor, no era mi intención hacerlo esta noche, ni nunca, hasta ser un hombre libre.
—¡Te… amo!
Como su voz reflejaba un éxtasis y un embeleso que le indicaron a Iván cómo se sentía, la besó una vez más. Ella pudo sentir el corazón de él latir contra el suyo y comprendió que nunca en su vida había experimentado tal éxtasis.
Entonces, como si de pronto él se diera cuenta de que continuaban montados en Waterloo, que tranquilo mordisqueaba la hierba, Iván saltó al suelo y después bajó a Farica. Pero antes de depositarla en el suelo la retuvo entre sus brazos y la besó hasta que, casi sin proponérselo, ella levantó las manos como para protestar. Enseguida la dejó libre, pero mantuvo un brazo a su alrededor como para sostenerla.
—Discúlpame, pero me vuelves loco y no puedo pensar con sensatez cuando te tengo tan cerca de mí.
Fue en ese instante que la acudió la razón acudió a ella. Sin embargo, le resultaba difícil pensar en otra cosa que no fueran sus besos que la hacían sentir como si hubiera despertado a la vida y todo su cuerpo vibraba con frenesí.
—¡Te… amo! —repitió en un murmullo.
—Y yo a ti.
Cuatro sencillas palabras, pero ella sabía que surgían de lo más profundo del corazón de Iván y que las decía con una sinceridad que no podría haber sido más sagrada si las hubiera pronunciado en una catedral. Mientras se miraban y sus ojos reflejaban no sólo la luz de la luna sino también la deslumbrante luz del amor que surgía de su interior, escucharon que Hagman se acercaba. Unos momentos después se reunió con ellos, con un bulto que Farica supuso contenía todo lo que Iván poseía.
—Qué suerte que estuviera usted ahí esta noche —dijo ella a Hagman—, me preguntaba yo cómo podría avisarle dónde ocultaré a su amo.
—¿Adónde vamos a ir? —preguntó Iván.
—Tendré que mostrarles el camino, o jamás encontrarían el lugar y será más fácil ir a pie que a caballo.
—Yo caminaré y guiaré a Waterloo en el que tú montarás.
De nuevo la subió a la silla y le entregó la brida. Farica los dirigió por una vereda serpenteante entre numerosos abetos hasta las afueras del jardín del Priorato. Se movieron en silencio, hasta que Farica observó:
—La vereda que sigue estará cubierta de hierba, ya que hace mucho tiempo que nadie la cruza.
Se deslizó para bajarse del caballo y caminó al frente, para mostrarles el camino, seguida de Iván con Waterloo y Hagman.
Hasta que, de pronto, en el centro de un grupo de rododendros, apareció una casita. Era tan pequeña que parecía casi un cobertizo, pero iluminada por la luna, Iván pudo ver que parecía una casa de cuento de hadas, con alto techo de tejas y persianas azules que cubrían las ventanas. Farica abrió la puerta con una llave que llevaba y aunque pudo entrar erguida, Iván tuvo que inclinar la cabeza para poder seguirla.
Tardó unos minutos en encontrar la caja de cerillos y encender la linterna de vela que colgaba en el centro de la habitación. Ya encendida, Farica abrió las persianas que cubrían las ventanitas, a fin de ver mejor. Iván miró a su alrededor, asombrado y Farica se rió.
—Papá me la construyó cuando tenía yo diez años —explicó. —Era mi casa de muñecas, ¡aunque lo bastante grande para darme cabida!
—¡Nunca había visto algo tan asombroso! —exclamó Iván.
—La adoraba —sonrió Farica—, y aun cuando te sentirás como un gigante en ella, es poco probable que alguien te busque aquí. Al menos es un techo y la cama es lo bastante grande para que la uses.
La casa estaba dividida en dos secciones: una salita amueblada con buen gusto y alfombrada, con chimenea, pequeñas sillas, pero en las que un adulto podía sentarse, y un sofá. Había una mesa para comer, rodeada por lindas sillas con asientos de terciopelo y los cuadros de los muros tenían como tema hadas y duendes. En el dormitorio había una cama que Farica había utilizado y varias más pequeñas destinadas a sus muñecas, así como un diminuto tocador y un lavamanos del tamaño adecuado para una niña de diez años.
Iván miró a su alrededor y exclamó:
—¡Sólo tú podrías proporcionarme algo tan fantástico! Cuando te vi por primera vez pensé que habías salido de un país encantado y ahora comprendo que tenía razón.
—Y como es una casita encantada en el bosque, estoy segura que será invisible para cualquiera que te busque.
Intentó hablar con confianza, si bien había cierto temblor en su voz, como si tuviera miedo. Iván dio un paso hacia ella, en un intento para abrazarla, más recordó que Hagman estaba afuera.
—También hay un lugar especial, para Waterloo —explicó Farica—, porque como yo solía venir con mi pony, papa le hizo una pequeña caballeriza donde yo podía atenderlo.
Salieron y mostró a Iván dónde podría guardar a Waterloo. Era un establo pequeño, pero había una cubeta para que bebiera y paja en el suelo. Le quitaron la silla y la brida a Waterloo y el caballo entró al pesebre y pareció muy satisfecho en él.
—¿Qué te parece, Hagman? —preguntó Iván.
—Si no lo viera con mis propios ojos, señor, diría que había bebido de más en la posada.
Iván se rió.
—Ahora que sabes dónde encontrarme, me mantendré oculto aquí hasta que puedas decirme lo que se planea en mi contra.
—Mantendré los ojos y los oídos muy alertas, señor, no se preocupe por eso y vendré a verlo cuantas veces consiga escaparme.
—Gracias, Hagman y, si puedes, tráeme el periódico. Quiero sentir que existe un mundo fuera de aquí.
—Déjelo de mi cuenta, señor. ¡Buenas noches!
Miró a Farica y agregó:
—Y buenas noches a usted, señorita. Ha sido una sorpresa este lugar pero no hay duda de que el amo estará aquí más seguro que en cualquier otro.
—Estoy segura que así será —respondió Farica. Hagman salió al bosque; no era un trayecto largo hasta el castillo.
Farica cerró las persianas que permitían la entrada a los rayos de la luna porque temió que la luz de la linterna pudiera verse a través de los árboles. Como Iván consideró que sería un error que ella estuviera a solas con él en el interior de la casa, salieron hacia la pequeña terraza del frente. Los rododendros habían crecido tanto que la casa estaba casi cubierta por ellos.
—Estoy segura de que aquí te encontrarás a salvo —dijo Farica como si deseara convencerse a ella misma.
—Y nada podría ser más encantador… ¡Excepto tú!
Farica le sonrió.
—Mañana muy temprano, para que nadie me vea, te traeré algo de comida. Ah, olvidé mostrarte un pequeño pozo que hay afuera de la caballeriza. El agua es muy pura, ya que proviene de la colina en lo alto de los bosques.
—¿Qué más podría desearse? —preguntó Iván.
Bromeaba, pero ella pensó, que él que no deseaba vivir en una casa de muñecas, sino en su propio castillo, el que fuera de su padre y de sus antepasados.
=Será mejor que me marche —dijo renuente Farica.
—Sabes que no deseo que te vayas, pero me aterra hacerte daño en cualquier aspecto y hasta las murmuraciones pueden ser peligrosas.
—De eso no tengo miedo.
—Eres tan perfecta que no provocaré que nadie dijera una palabra en tu contra. Sólo deseo arrodillarme frente a ti como si fueras una santa y agradecerte todo lo que has hecho por mí.
La rodeo con sus brazos al decirlo, la hizo levantar el rostro hacia él y la miró un largo rato.
—Nadie podría ser más adorable y sólo puedo decir que lucharé por ti, te defenderé y protegeré el resto de mi vida.
Sus palabras la conmovieron y se estremeció porque la tocaba y también porque lo amaba.
—¡Triunfaremos, no hay duda! —respondió ella—. Pero, por favor, ten mucho cuidado porque sabes que las fuerzas del mal están en tu contra.
Vio la expresión de los ojos de Iván. Comprendió cuánto resentía encontrarse impotente y cómo detestaba tener que ocultarse, en lugar de atacar abiertamente a su enemigo. Comprendió con exactitud lo que pensaba. Quería reconfortarlo tanto como inspirarlo, lo rodeó con sus brazos y lo hizo bajar la cabeza hacia ella.
—¡Te amo y nuestro amor debe ser invencible!
Él la apretó tanto que casi le impedía respirar. Con insistencia la
besó larga y apasionadamente, como si un fuego en su interior
ardiera y se extendiera tan violento como un incendio en los
bosques. Le besó los labios, los ojos, la suavidad de su cuello y
le provocó sensaciones que nunca experimentara antes, pero que, sin
embargo, no la asustaban. Sabía que él necesitaba expresar lo que
mantuviera oculto tanto tiempo y que ahora surgía de él como la
súbita erupción de un volcán. La besó hasta que la luz de la luna
pareció dar vueltas alrededor de ellos, como si ellos viajaran en
rayos de luz hacia lo alto del cielo.
«¡Te amo, te amo!», deseaba decirle Farica, pero le era imposible hablar. Sólo podía sentir cómo latía su corazón y ardía en su interior un fuego que avivaba el que había en los labios de Iván. Sólo cuando ambos estuvieron sin aliento, habló él:
—Perdóname, debí enviarte a casa hace horas, pero, mi amor, sin asustarte.
—No me asustas, pero ignoraba que el amor fuera tan excitante, tan diferente a lo que yo esperaba.
—¿Qué esperabas?
—Siempre pensé que el amor sería muy tranquilo, suave y dulce, como música de violines o, tal vez, como el canto de las aves.
—¿Y ahora?
—¡Es avasallador. Hechizante!
—Creo que ambos estamos bajo un hechizo. Ya no somos humanos, nos hemos convertido en dioses y, por eso… ¡somos invencibles!
La ciñó más a él mientras agregaba:
—Me has motivado a sentirme más hombre que nunca.
—Te amo… como hombre.
—Y yo te amo como mujer, mi mujer, y nadie, jamás, te alejará de mí.
La miró un momento antes de añadir:
—Imagina que no logro reclamar mi lugar como hijo de mi padre. Imagina que fracaso, pero salvo la vida. ¿Aun así te casarías conmigo?
Farica lanzó una risa de felicidad.
—¿Acaso crees por un instante que te amo porque eres el conde? Te amo porque, como acabo de decir, eres un hombre. Porque desde el momento que te conocí comprendí que eras alguien especial y diferente a todos los demás…
Su voz se suavizó al agregar:
—Cuando te volviste para mirarme descubrí que una luz que brotaba de ti rodeaba tu silueta. Entonces creía que era efecto del sol.
—Y para mí también tú estabas iluminada por una luz y al verte de pie un poco alejada de mí, te confundí con una ninfa de los estanques, tan diferente tan inolvidable, ¡que me robaste el corazón y ya nunca más lo devolviste!
—Es lo que deseaba escuchar. Suceda lo que suceda, júrame que nunca nos perderemos el uno al otro.
—¡Lo juro! —exclamó Iván con tono firme—. Y si nos es imposible vivir en el castillo, te construiré un castillo en otro lugar, aunque tenga que hacerlo con mis propias manos. Lo que realmente importa, Farica, es que eres mía, mía del todo y no puedo perderte.
La besó de nuevo, pero esta vez ella sintió su desesperación, su temor no sólo por él y por la posición que le habían arrebatado, sino por el miedo a perderla.
—Como esta noche ambos somos presa de un hechizo sé, puesto que soy una hechicera, que todo saldrá bien. Tal vez tengamos que trabajar como Hércules para lograr lo que es correcto y justo, pero tendremos éxito si lo hacemos juntos.
Iván le besó la mano y dijo:
—Eres perfecta, pero ahora vete a descansar, mi amor, mientras tengo fuerzas para dejarte marchar. Un día, con la voluntad de Dios, nos casaremos y entonces ni siquiera la noche nos separará. Pero ahora, tendremos que sacrificarnos.
Farica le dio un tierno beso en la mejilla y al instante el fuego sustituyó la solemnidad en sus ojos y sus labios buscaron ansiosos, los de ella. La besó hasta que la hizo sentir que le había robado el corazón y lo había hecho suyo.
—Te deseo, oh, Dios, te deseo —murmuró él.
Y abruptamente, como si su cuerpo y su sangre no pudieran resistir más, se alejó de ella, entró en la casita de muñecas y cerró la puerta tras de sí.
Por un momento ella apenas pudo creer que se había alejado. Su corazón latía tumultuoso y todo el mundo parecía girar a su alrededor. Después, como sabía que era lo correcto, corrió hacia el Priorato. En lo íntimo de su ser repetía, una y otra vez:
—¡Gracias, Dios mío, gracias! ¡Me ama como yo lo amo y nada más tiene importancia!