Capítulo 2
Al llegar a su casa, Farica advirtió que había una visita. Le fue fácil identificar el elegante faetón del Conde de Lydbrooke. Sintió que su corazón se desplomaba, ya que no tendría oportunidad de estar a solas y hablar con su padre antes de ver al conde nuevamente. Se dio cuenta de que el conductor la había reconocido y pensó que si se dirigía hacia la caballeriza sin detenerse en la casa, provocaría comentarios. Por lo tanto, desmontó al pie de la escalinata y enseguida se acercó un sirviente para llevarse a Pegaso. Ella acarició el cuello del animal mientras decía:
—Se portó muy bien hoy, Jim y merece una buena comida como recompensa.
—Yo me encargaré de que la tenga, señorita.
Con lentitud, Farica subió por la escalera y en el vestíbulo el mayordomo le anunció:
—El Conde de Lydbrooke está con el amo, señorita Farica.
Farica se detuvo un segundo para arreglarse el cabello frente al espejo con marco diseñado por Chippendale. Entonces se dirigió hacia el salón y un sirviente le abrió la puerta. Al entrar y antes que se dieran cuenta de su presencia, notó que el conde y su padre charlaban de una manera que la hizo sentirse segura de que su tema era ella misma. Al acercarse, el conde se incorporó de un salto y su padre preguntó:
—¿En dónde estabas, Farica? No me avisaste que saldrías a cabalgar.
—Lo lamento, papá, no tenía intención de tardarme tanto, pero era un día espléndido.
Le hizo una leve reverencia al conde, quien exclamó:
—¡Más vale tarde que nunca! Ya temía irme sin poder verla.
—Ya estoy aquí —respondió Farica con voz fría. Y poco después añadió, acusadora:
—Estoy muy perturbada de saber que su señoría permitió que colocaran trampas en sus bosques. ¡Nunca se hizo eso antes!
—Decidí que era tiempo de evitar que cualquiera pensara que podía cazar mis aves y mis conejos —contestó el conde.
Farica lo miró y aun cuando estaba vestido con gran elegancia y era muy apuesto, confirmó que le desagradaba. Antes no estaba muy segura de sus sentimientos, pero ahora comprendió, de forma definitiva, que desconfiaba del conde y nada ni nadie podría conseguir que se casara con él.
—¿Qué tipo de trampa usa? —preguntó Sir Robert a su visitante.
—Del tipo común —respondió el conde—. ¡Son para depredadores, pero si algún intruso cae, me aseguraré que reciba un buen castigo, incluso que se le deporte!
Farica lanzó una exclamación.
—¿Cómo puede pensar en algo tan desagradable? —preguntó—. A la gente de la aldea siempre se le permitió entrar tanto a sus bosques, como a los nuestros. No se enterarán de sus nuevas prohibiciones hasta que alguien resulte malherido o sea llevado ante las autoridades.
El conde esbozó una desagradable sonrisa.
—Cuido lo que es mío —afirmó—. ¡Y no voy a permitir que nadie invada mi propiedad!
—¡Su tío no pensaba así! —le indicó molesta Farica.
—Con los años se volvió senil. No sólo toleró vagabundos e intrusos, sino que permitía que los granjeros fallaran en pagar sus rentas. Ya es tiempo de que alguien ponga orden y haga que el lugar rinda beneficios.
Farica lo miró incrédula.
—¡Pero debe darse cuenta de que las cosas nunca fueron tan difíciles como lo son ahora! —dijo—. Al terminar la guerra, los granjeros tienen dificultad para vender sus productos, los precios han descendido dramáticamente y hasta algunos bancos han cerrado sus puertas.
Miró a su padre al terminar de hablar y agregó:
—Tú sabes que es verdad, papá.
—Me temo que así es —estuvo de acuerdo Sir Robert—. En lo personal, hago cuanto esfuerzo puedo para ayudar a mis granjeros y ya es el segundo año que les reduzco sus rentas.
—¡Usted, por supuesto, puede permitirse ésa filantropía! —Comentó el conde—. Pero yo, en mis actuales circunstancias, es algo que no puedo hacer.
Lanzó una involuntaria mirada a Farica al hablar y ella comprendió que pensaba que si estuvieran casados, contaría con su enorme fortuna y no tendría por qué preocuparse por dinero. Sin proponérselo, ella había provocado que la conversación recayera sobre si misma e intervino con rapidez:
—Es una tarde espléndida, papá, ¿por qué no salimos al jardín? Una de tus azaleas que trajeron de ultramar ha florecido.
Como sabía que su padre tenía un profundo interés en su jardín, era un magnífico pretexto.
—Tienes razón —respondió él y se puso de pie—, me caerá bien un poco de aire fresco.
Se hizo una leve pausa y Farica comprendió que el conde vacilaba en si continuar con ellos o retirarse, lo que era evidente que iba a suceder. Decidió lo último, pero antes dijo:
—Por cierto, Sir Robert, vine a invitarlos a usted y a su hija a cenar conmigo esta noche. Vendrán unas amistades de Londres y estoy seguro que ustedes la pasarán bien.
—Encantados de aceptar, gracias —respondió Sir Robert—. Supongo que la cena será a las siete y media.
—No, yo prefiero el horario de Londres. Cenaremos a las ocho.
El conde extendió la mano hacia Farica al decir:
—Adiós, señorita Chalfont. No sabe lo ansioso que estoy de verla una vez más.
No fue sólo su manera de hablar, sino la forma casi atrevida en que la miró y el contacto con su mano, lo que hizo que Farica sintiera que era repulsivo.
Sus vibraciones, tan acordes con las de John Hamilton, se resintieron al contacto con el conde. Así, con alivio, lo vio alejarse junto con su padre, que lo acompañó hasta la puerta. Farica no se movió y permaneció en el salón junto a la chimenea. Miró la habitación que había sido amueblada por su madre con gusto exquisito y comprendió, aunque no podía explicarlo, que el conde había dejado tras de sí una atmósfera de discordia muy desagradable. En cuanto su padre volvió, le dijo:
—Salgamos al jardín, porque deseo hablar contigo, papá.
—Por supuesto, cariño, pero espero que no sea nada que me perturbe e incomode.
Farica no respondió, se limitó a caminar por el corredor que conducía hacia una puerta que daba al jardín posterior de la casa. Matas de rosas se habían colocado de forma muy hermosa. Tras unos setos aparecía una huerta de hierbas aromáticas que formaba parte de la casa desde la época isabelina en que ésta se construyera. El lugar era precioso y Sir Robert lo había embellecido aún más con plantas exóticas provenientes de otras partes del mundo. Farica mostró a su padre la azalea que a él le interesaba de forma especial y que un amigo le había traído de la India.
—Me preocupó que desaparecieras después del almuerzo, cariño. No era mi intención molestarte —dijo Sir Robert.
—Me sentí perturbada y aun cuando sé que no deseas hablar de ello, no he cambiado de opinión. De hecho, ahora que lo vi de nuevo, ¡estoy decidida a no casarme con el conde!
Habló con firmeza, bajo la sensación de que John le daba el valor para mostrarse decidida. Su padre permaneció en silencio un momento, entonces exclamó:
—¿Cómo puedes ser tan absurda? Si rechazas a Lydbrooke, ¿adónde vas a encontrar un marido que te ofrezca tanto?
—Si te refieres a un título, del hombre con quien me case deseo algo más.
—Sé lo que vas a decir —la interrumpió su padre—. Deseas amor. Por supuesto, todas las mujeres lo desean, pero el amor, hija mía, por lo general llega después del matrimonio.
—¿Y si no es así? ¿Qué puede uno hacer entonces? —preguntó Farica.
Su padre se alejó unos pasos y después regresó, como si no pudiera mantenerse en calma.
—Te quiero, cariño, lo sabes, pero no voy a negar que desde que compré esta propiedad, siempre estuvo en el fondo de mi mente la esperanza de que, si los dioses me sonreían, tú te casaras con el dueño del Castillo Lydbrooke.
Se hizo el silencio y Farica vio el dolor en sus ojos mientras proseguía:
—Por supuesto que en un tiempo supuse que Rupert ocuparía mi lugar cuando yo muriera. Pero ahora la casa será tuya, ¿y qué mejor que usarla como la casa de la viuda si tu marido muere antes que tú o como hogar para un hijo segundo, ya que el primogénito heredaría el castillo?
—¡Basta, papá, basta! Planeas demasiado a futuro y me siento como en una trampa de la que me es imposible escapar.
—No deseo perturbarte. A la vez, Lydbrooke te daría la posición que siempre quise que tuvieras y a la que tienes derecho como hija de tu madre.
Farica sabía que su madre provenía de una familia de Devonshire, cuyo linaje se remontaba hasta antes de la conquista normanda, su padre siempre se había sentido culpable de que su sangre no fuera tan aristócrata como la de ella. Y como ella explicara a John, era sólo barón segundo. ¿Pero qué tenía que ver ella con las ambiciones de su padre?, se preguntó. Por supuesto que podía entenderlo y comprendía que sólo deseaba lo que suponía mejor para ella. Pero nunca podría ser lo mejor si eso significaba que tuviera que casarse con el Conde de Lydbrooke. «¿Por qué me desagrada tanto?», se preguntó y no supo la respuesta.
Al sentir que sería un error reñir con su padre y antagonizarlo al punto de hacerlo obstinarse aún más en que ella se convirtiera en la Condesa de Lydbrooke, deslizó su brazo bajo el suyo y lo invitó:
—Hablemos de nosotros, papá o, lo que es más importante, de los caballos. Supe que esta mañana nació un potro. ¿Ya lo viste?
—No. Nadie me lo avisó.
—Supongo que pensaron que yo querría darte la sorpresa. Vamos a verlo. Ni siquiera me asomé a verlo, hasta que lo hiciéramos juntos.
Sir Robert sonreía mientras se alejaban del jardín rumbo a la caballeriza.
* * *
Mientras se disponía para la cena, Farica estaba inquieta. No deseaba ir al castillo esa noche y suponía que era parte del plan que su padre y el conde forjaran juntos para obligarla a acceder a sus propósitos. Su doncella, que estaba a su servicio desde que era una niña, la ayudó a ponerse un vestido muy atractivo de blanca gasa decorada alrededor del ruedo y en mangas y escote con un bordado de forma de gotas de nieve. Era un trabajo tan exquisito que parecían reales y cuando ya estaba arreglada, su padre exclamó al verla bajar la escalera:
—Pareces Perséfone o el Espíritu de la Primavera, mi amor, y así es justo como deseaba que estuvieras.
—Gracias, papá —respondió Farica.
Aceptó la capa bordeada con plumas de cisne que le ofrecía uno de los sirvientes y mientras descendían por la escalinata pensó que su padre estaba muy distinguido con su atuendo de etiqueta. «¡Y… mucho más agradable que el Conde de Lydbrooke!», añadió. Cuando el carruaje abierto partió en el trayecto que no les llevaría más de un cuarto de hora, preguntó:
—Por cierto, papá, ¿tendrías acaso alguna vacante para un joven, un caballero, que regresó de la guerra pero creo que no sabe qué hacer?
—¿Un soldado?
—De los Guardias de Salvamento. Fue herido en Waterloo.
—En ¿dónde lo conociste?
Farica tenía preparada la respuesta.
—Se hospeda por el momento con Abe Barnes. Ahí estará cómodo, pero tiene que ganarse la vida.
—Eso se aplica a gran cantidad de hombres, cariño.
—Lo sé, papá, pero sólo podemos ayudarlos de uno en uno, conforme recurren a nosotros en busca de apoyo.
—¿Quieres decir que ese hombre se atrevió a pedirte ayuda?
—No, por supuesto que no. Pero yo siento lástima por él. Tiene una herida grave en la frente, aun cuando estoy segura que Abe se encargará de sanarla.
—Es poco lo que yo puedo hacer. Como sabes, estamos sobrados de trabajadores y esta mañana me enteré de que el conde despidió a tres empleados de sus propias granjas y arrojó a los Prosper de la que atendían.
Farica lo miró, asombrada.
—¿A los Prosper? ¡Pero si durante cuatro generaciones ocuparon la Granja Biggin!
—Lo sé, pero tengo entendido que no pudieron pagar más la renta.
—¿Cómo pudo el conde hacer algo tan despiadado?
—Me temo que la respuesta es muy sencilla. No puede costear el vivir en el castillo de la forma en que lo hacía su tío antes de la guerra.
Se hizo una breve pausa en la cual Farica añadió, en su mente: «¡A menos que se consiga una esposa rica!». Y como era evidente que su padre pensaba lo mismo, permanecieron en silencio hasta que los caballos dieron vuelta hacia el impresionante portón de hierro con puntas doradas con una caseta de guarda a cada lado y el escudo de armas heráldico de la familia Brooke tallado en piedra.
Conducía a una larga avenida de robles al final de la cual el castillo, ahora bajo los últimos rayos del sol y las primeras estrellas que empezaban a brillar en el cielo, parecía más hermoso y como emanado de un cuento de hadas. Farica no pudo reprimir el pensamiento de que podría ser suyo ese castillo que estaba en sus sueños desde que tenía memoria y que nunca podía verlo sin sentirse emocionada ante su etérea belleza. Entonces comprendió que por mucho que amara el castillo, ni en un millón de años podría llegar a amar a su propietario.
Se había erigido originalmente como un castillo medieval, pero lo demolieron en tiempos de Enrique VIII y volvió a construirse durante la Restauración de Carlos II. Había sido el abuelo del presente conde quien, con un diseño de Robert Adam, había erigido la actual y hermosa construcción. Excedió todo lo que se había construido en esa parte de la campiña y hasta motivó los celos del rey por su magnificencia.
«Solía ser un lugar tan feliz», se dijo Farica mientras los caballos cruzaban el viejo puente sobre el lago, «pero ahora…». No terminó la frase, sólo sintió que la recorría un estremecimiento al pensar que el conde los esperaba.
Cuando los condujeron al suntuoso salón de recepciones de elevado techo y tres candelabros cada uno con cien velas, Farica sintió que era protagonista de sus propios sueños.
Pero sin duda no fue el «príncipe encantador» quien acudió presuroso a recibirla. Cuando se incorporó después de la reverencia que le hizo, lanzó una mirada inadvertida hacia el rostro de él y le pareció impertinente la expresión de sus ojos que, de una forma que no pudo entender, era como una ofensa para ella.
El conde la tomó del brazo para conducirla hacia el grupo de sus invitados que aparecían al fondo de la habitación.
Farica se enteró de que todos provenían de Londres y vestían muy elegantes. Pero eran muy atrevidos los bajos escotes de las damas y la transparencia de sus faldas, mientras que las corbatas de los caballeros estaban anudadas muy alto y las chaquetas demasiado ceñidas para ser cómodas.
De pronto, advirtió que era la única mujer que no lucía resplandecientes joyas. Le prestaron poca atención, excepto, pensó, para mirar, despectivas, el pequeño hilo de perlas que rodeaba su cuello. Pensó que su madre habría opinado que estaban en exceso arregladas y enjoyadas para una sencilla cena en el campo.
Cuando se dirigieron al comedor, Farica se sorprendió todavía más. Como si estuviera resuelto a hacer manifiestos sus sentimientos respecto a ella, el conde la hizo sentar a su derecha, aun cuando estaba segura que había mujeres presentes mucho más importantes, la mayoría de las cuales parecían casadas.
A su izquierda, el conde tenía a una belleza de cabello negro y brillante mirada que lucía una gran profusión de rubíes y un vestido tan descotado y transparente que Farica pensó que bien podía estar desnuda.
El grupo se mostró muy bullicioso en cuanto se sentaron. Todos habían bebido champaña antes de la llegada de Farica y de su padre, y parecía que algunos de los hombres lo hicieron en exceso, mientras que las voces de las mujeres subían más y más de tono cada vez que se reían. Sin embargo, el conde no prestaba atención a nadie más que a Farica.
—Debo verla a solas —dijo cuando les retiraron el primer platillo y a ella le pareció que era un ejército de sirvientes con librea quienes atendían la mesa.
—Estoy segura que eso sería… incorrecto —respondió.
—¡Tonterías! Es imposible que hablemos usted y yo si su padre está siempre presente. La llevaré a dar un paseo y podremos detenernos en algún lugar, tal vez en el bosque y dejar los caballos al cuidado de un sirviente. Le aseguro que seré muy elocuente para decirle lo mucho que me atrae.
Farica se puso tensa.
—Me parece que mi padre no aprobará tal sugerencia, su señoría y usted debe saber que para mí sería muy incorrecto comportarme de tal manera.
—¡Vamos, entre usted y yo no debe haber protocolo! Deseo casarme con usted, su padre está de acuerdo, pero tenemos que conocernos el uno al otro.
—Creo que sé a lo que se refiere, señor —respondió Farica, turbada de que ese tipo de charla se llevara a cabo durante la cena—, es que mi padre estuvo de acuerdo con dar su consentimiento siempre y cuando… yo acepte… ser su esposa…
Por un momento el conde pareció desconcertado.
—Tal vez eso dijo. Cuestión sólo de palabras. Cuando estemos solos, le probaré a usted que no son necesarias.
Ella comprendió lo que quería decir por la expresión de sus ojos y con rapidez desvió la mirada. Sintió que si la tocaba o intentaba besarla, como era su evidente intención, gritaría para pedir auxilio.
—El problema con usted —insistió el conde—, es que ha vivido demasiado tiempo en el campo y no tiene idea de lo divertido que es Londres. Ahí viviremos cuando nos casemos y haremos fiestas en la Casa Brooke de la Plaza Berkeley que no terminarán hasta mucho después del amanecer.
Se rió y añadió:
—¡La verdad es que apenas si puedo acordarme de una noche en que me haya acostado sin que antes, el sol entrara por la ventana!
Se rió y Farica miró a los demás invitados, que cada minuto se mostraban más ruidosos. No se pudo imaginar nada más intolerable que fiestas donde al parecer lo único que los invitados deseaban era comer y beber en exceso y reír de forma estridente. Recordó las encantadoras cenas que su madre, en vida, ofrecía en el Priorato. Sin que nadie se diera cuenta ella había atisbado, desde la galería, el gran comedor donde los monjes solían tomar sus alimentos. Entonces podía admirar lo adorable que aparecía su madre en un extremo de la mesa y su padre muy señorial en la silla de la cabecera. La mesa se decoraba con candelabros y adornos de oro rodeados de flores y los invitados contribuían a dar realce al ambiente.
Solían charlar animados, pero tranquilos, unos con otros y Farica sabía que comentaban temas de interés común. Al reír, lo hacían de forma feliz y espontánea, no ruidosa y desagradable, como la risa que escuchaba en ese momento. «Ése es el tipo de reuniones que deseo ofrecer», se dijo y con escandalizada sorpresa notó que uno de los caballeros colocaba su brazo sobre los hombros de una de las damas. Entonces, frente a ella, una de las damas se tocó un dedo con los labios y después lo colocó sobre la boca de su compañero de mesa.
—¡Con esto debes conformarte por el momento! —le dijo provocativa.
Y cuando él le tomó la mano y se la besó, ella se rió sin hacer ningún esfuerzo por retirarla. Indignada ante tales comportamientos y molesta con los cumplidos que el conde le dirigía, todos los cuales parecían implicar que no tenía duda de que se convertiría en su esposa, Farica sintió que la duración de la cena se prolongaba de manera interminable. Por fin, con alivio, vio que la dama de la izquierda del conde, se ponía de pie un poco tambaleante mientras decía:
—No se entretengan tanto con su oporto ni beban hasta perder el sentido. ¡Si no se reúnen con nosotras en el salón dentro de diez minutos, vengo por ustedes!
—Oírla es obedecerla —respondió, burlón, el conde. La dama contestó con brusquedad:
—¡Más les conviene no olvidarlo!
Enseguida se dirigió hacia la puerta. Farica la siguió, pero el resto de las damas se mostraron un tanto renuentes a separarse de sus parejas. Cuando llegaron al salón, la dama de los rubíes dijo:
—Nos han dicho que se casará con el conde. Espero que sepa lo que hace.
—Todavía no… se decide… nada —respondió con timidez Farica.
—Bueno, si es tan rica como él dice —intervino otra—. ¡Fergus no permitirá que se le escape! ¡Puede estar segura! Necesita dinero… mucho dinero, ¡y lo ha deseado durante mucho tiempo!
Todas se rieron como si fuera una broma tan especial que Farica no comprendió. Después, la dama de los rubíes le indicó:
—Espero que cuando se convierta en la condesa sea amable con nosotras. Echaremos de menos a Fergus si lo aparta de nuestra compañía. Aunque siempre está metido en algún lío, no hay duda que nos divierte.
—Es cierto —asintió otra dama—. Ya le he dicho que a veces va demasiado lejos. ¡Un día se meterá en un problema sin solución!
—No será así si tiene dinero para zafarse —opinó alguien más y todas se rieron de nuevo.
Farica no quiso escuchar más, se daba cuenta de que todas pensaban que no podría escaparse y que el conde se casaba con ella sólo por su dinero. Como la dama de los rubíes parecía desempeñar el papel de anfitriona, le preguntó:
—¿Podría subir a lavarme las manos?
—Por supuesto, venga conmigo. La llevaré a mi dormitorio.
Cuando salieron al vestíbulo, Farica le indicó:
—No se moleste en subir. He venido con tanta frecuencia que conozco el camino. Si me indica qué habitación ocupa, puedo ir sola.
—Hágalo. Estoy en el dormitorio del Rey Carlos, cosa que no olvidaré, ¡es la primera vez que duermo con un Rey!
Se rió de su propio chiste y regresó al salón mientras Farica subía por la escalera. Al mirar los retratos de la familia Brooke con sus marcos dorados, se preguntó qué opinarían de lo que estaba sucediendo. Sabía que si el viejo conde viviera, se habría escandalizado e indignado del comportamiento de los invitados a la cena. Sólo tenía la esperanza de que su padre estuviera tan disgustado como ella. Sentía que era un insulto a la casa que amaba, y a los Brooke que durante siglos habían luchado y muerto por su patria, como lo hiciera el hijo del conde. «Todo habría sido muy diferente, estoy segura, si él viviera» y recordó que el viejo conde siempre había hecho comentarios desfavorables acerca de su sobrino Fergus. Al entrar en el dormitorio del Rey Carlos II encontró a una vieja doncella que lo aseaba. Al ver a Farica, sonrió.
—¡Señorita Farica! ¡Cuánto tiempo sin verla!
—¿Cómo está, Annie?
—No muy mal, señorita, pero cómo han cambiado las cosas desde la muerte del amo. Apenas si reconocería usted este lugar actualmente.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Farica, aunque sabía la respuesta.
—Son los huéspedes, señorita. ¡Nunca había conocido gente así! El viejo amo se revolvería en su tumba si viera lo que sucede.
Al comprender que Farica deseaba lavarse las manos, vertió un poco de agua en la palangana de porcelana y buscó una toalla limpia, mientras continuaba:
—No tiene idea de cómo se trabaja ahora, señorita Chalfont. Nadie se duerme antes de las cinco de la madrugada, cuando ya es casi hora de levantarse. Las doncellas jóvenes están tan agotadas que quedan dormidas sobre la escoba. ¡Nunca había visto tanta arbitrariedad!
—Lo lamento, Annie.
—También nosotros. Pero usted sabe, como yo, señorita, lo difícil que es conseguir empleo y han despedido a muchos.
—¿Despedido? ¿Por qué?
—Creo que su señoría sólo desea jóvenes a su alrededor. Despidió al viejo Burrows, quien tenía más de cuarenta años de servicio.
—Lo eché de menos al llegar —comentó Farica—. ¡Pero no tenía idea de que lo habían despedido!
—Pues así fue, señorita. Y también a todos los jardineros que alcanzan sesenta años, aunque puedo asegurarle que todavía eran capaces de desempeñar su trabajo.
—Lo creo y su experiencia los hace más valiosos.
—Dígaselo a su señoría. No le interesa nada más que organizar juegos que dejan la casa en un estado lamentable. ¡Y la destrucción! ¡Se escandalizaría usted, señorita, de saber todo lo que se ha roto desde la muerte del antiguo amo!
Farica sintió que no podría tolerar pensar en eso y para cambiar el tema preguntó:
—¿Su señoría ocupa el dormitorio de su tío?
—Oh, sí, señorita. Es el dormitorio del amo. Y al llegar dijo: «¡Yo soy el que manda ahora y me obedecen o todos se van!».
Casi sin proponérselo, Annie imitó la voz del conde. Entonces agregó:
—¡Le mostraré algo, señorita, que la escandalizará!
Farica deseó negarse, pero no le agradó lastimar los sentimientos de Annie. La siguió por el corredor hasta la puerta que daba al saloncito contiguo al dormitorio principal, que el conde anterior utilizaba cuando ya estaba demasiado enfermo para bajar. Al abrir Annie la puerta, Farica pudo ver a la luz de las velas que todos los cuadros que antaño estaban ahí colgados, se habían retirado de los muros. Hacía mucho tiempo que no visitaba esa habitación, pero recordaba que eran retratos de la esposa del conde, de su hijo y de sus padres. En su lugar, había ahora pinturas vulgares de mujeres, algunas de ellas bailando. Otra emergía del mar, mientras otra yacía desnuda sobre las rocas bajo la luz del sol. Eran grotescas; sin embargo, provocaban una desagradable fascinación porque en cada caso se acentuaba el cuerpo femenino de contornos sensuales. Después de lanzar una rápida mirada, Farica desvió la vista y dijo:
—Estoy de acuerdo con usted, Annie, no me parece correcto que se retiraran los cuadros que estaban aquí. En ¿dónde los pusieron?
—Su señoría me ordenó que me deshiciera de ellos, pero yo comprendí que sería incorrecto, los guardé aquí.
Al decirlo, Annie hizo abrirse una sección de los paneles que Farica sabía que el viejo conde llamaba su «caja de seguridad especial».
Era un escondite construido durante la persecución a los jesuitas en el reinado de Isabel I, que se había conservado cuando se remodeló el edificio a fines del siglo anterior. Consistía en un espacio cuadrado y amplio. Annie tomó una vela y entró en él, seguida de Farica. Reclinados sobre la pared, permanecían ahí todos los cuadros que ella recordaba. Había uno de la finada condesa en el que tenía un aspecto muy dulce, amable y hermoso y otros del padre y la madre del viejo conde, ambos con una dignidad y orgullo que era notorio en todos los retratos de sus antepasados. Al fondo, estaba un retrato que ella recordaba de forma muy vaga, ya que como nunca conociera al hijo único del conde, no había despertado su interés.
—Ése es el vizconde. «Amo Iván» solíamos llamarlo de pequeño y no hay una persona en este lugar que no lo amara y quisiera verlo ocupar el lugar de su padre.
La emoción en la voz de Annie resultaba conmovedora. Farica observó el retrato diciéndose que si así pensaban todos de él, era muy diferente a lo que sentían respecto a su primo. Extrañamente, algo en ese rostro le recordó a alguien y supuso que sería al conde, su padre. El «amo Iván», como lo llamara Annie, no tendría más de veinte años cuando le hicieron ese retrato que, por supuesto, fue de antes que partiera a la guerra.
Se veía joven y feliz, con ojos de mirada traviesa, labios sonrientes y el cabello oscuro peinado hacia atrás. De pronto, al mirarlo con más detenimiento, Farica se puso rígida. «¡Es imposible!», se dijo, pero no había duda de que antes había visto esa amplia y cuadrada frente. Y había sido ese mismo día, pero ahora con una profunda cicatriz y el resto del rostro, si lo que pensaba era verdad, más delgado y pálido debido a una enfermedad. Pero el parecido era innegable.
—¿Es realmente el vizconde? —Se escuchó preguntar con voz extraña.
—¡Por supuesto, señorita! Y es muy buen retrato. Naturalmente, al presente tendría veintiocho años y supongo que se vería mucho más adulto.
—Sí… sin lugar a dudas —murmuró Farica.
—Si él estuviera aquí las cosas serían diferentes, ¡muy diferentes! —Comentó Annie—. Pero nada podemos hacer, excepto rogar a Dios que cuide de él, dondequiera que esté.
La vieja doncella se volvió para ocultar las lágrimas, pero Farica no se movió. Inmóvil, observaba el retrato mientras sentía que podía equivocarse en lo que pensaba, que debía ser producto de su imaginación. Pero el parecido era indiscutible. Entonces comprendió que, por casualidad, había descubierto un secreto que podría resultar muy peligroso para John.