Capítulo 4

Farica permaneció un momento en silencio. Transcurrido el mismo preguntó:

—¿Qué hora es?

John sacó un reloj poco costoso del bolsillo de su chaqueta, que ella supuso habría comprado en Francia.

—Casi las diez y media.

—Dije a papá que llevaría el pajarito a Abe y me reuniría con él en la iglesia para el servicio de las once.

John sonrió.

—Olvidé que era domingo.

—No habrá mucha gente en la iglesia —comentó Farica—, ahora sólo los viejos aldeanos suelen acudir.

Entonces lanzó una exclamación:

—¡Pero hay gente que puede reconocerlo, así que debe tener cuidado, mucho cuidado para evitar que lo vean!

—Lo sé. Y como se da cuenta, intento pensar qué podré hacer, pero es muy difícil.

—Deseo discutirlo con usted, así que nos veremos, como habíamos acordado, en el claro del bosque, en cuanto me sea posible acudir.

—Ya conozco el lugar. Fui anoche para asegurarme de no faltar a la cita.

Farica volvió a ponerse el sombrero y se ató las cintas bajo la barbilla antes de decir:

—Ahora que conozco su identidad, voy a rezar mucho para que logre recuperar el lugar que le corresponde.

—Si algunas oraciones son escuchadas, ¡estoy seguro que lo serán las suyas!

Ella le dirigió una cautivadora sonrisa y se apresuró a abordar su carrito. Comprendió que lo mejor sería dejarlo regresar a pie a la posada y cuando se alejaba pensó en su terrible situación y empezó a orar porque Dios le mostrara el camino sin que se sacrificaran más vidas. Sabía que Fergus Brooke lucharía como un tigre para evitar que lo despojaran del lugar que siempre codiciara y que había usurpado. Parecía increíble que un hombre estuviera dispuesto a mandar asesinar a su propio primo, pero ella había oído tantos comentarios acerca de Fergus, a los que no prestó atención porque le parecieron exagerados, pero ahora estaba dispuesta a darlos por ciertos. Le bastaba recordar la fiesta de la noche anterior para estremecerse y recordó cuando Annie le contara cuántas cosas valiosas habían destruido los huéspedes que el nuevo conde invitara al castillo.

«¡Eso debe impedirse!», pensó. Pero comprendió lo difícil que sería lograrlo.

Farica había arreglado que un sirviente aguardara en la iglesia para conducir su carrito de regreso al Priorato, y ella volviera con su padre en el carruaje abierto. Al caminar por el pasillo, lo encontró sentado en la banca tallada que por tradición pertenecía a los dueños del Priorato. Él le sonrió y pensó que su hija era muy hermosa y la persona más idónea para convertirse en Condesa de Lydbrooke. Farica se arrodilló a su lado para rezar. Y rezo con todo el fervor de su corazón por Iván. Sintió como si su madre le hablara para decirle que todo saldría bien.

Cuando terminó el servicio y en unión de su padre se dirigió hacia el Priorato, cuyos rojos ladrillos parecían muy bellos bajo la luz del sol, Sir Robert dijo:

—Pensaba, cariño, que ninguna Condesa de Lydbrooke ha sido tan hermosa como tú. Y sé que, a través de los siglos, muchas de ellas fueron notables bellezas.

—Me halagas, papá, pero como sabes, no tengo prisa por casarme. Soy muy feliz a tu lado… y tenemos muchas cosas que hacer juntos todavía.

—Pero yo deseo verte, antes que muera, ocupar una posición que complacería a tu madre.

Lo dijo con tono solemne, pero Farica se rió.

—¡Eso me da unos veinte o treinta años, cuando menos! No deseo, papá, que me apresuren a ir al altar.

Su padre frunció el ceño y ella comprendió que tenía toda la intención de oponerse a sus deseos. Deslizó su mano en la de él y exclamó:

—Hoy no hablemos de cosas tristes. Disfrutemos el estar juntos.

—Sin duda, lo intentaremos. Pero espero que no hayas olvidado que debo ver a mi administrador esta tarde. Sé que es indebido que venga en domingo, pero me envió un mensaje para decir que es de extrema importancia que nos reunamos lo más pronto posible.

—¿Qué sucede?

—Tengo la impresión de que es algo respecto a la propiedad de nuestro vecino —dijo Sir Robert con tono seco—. Podré comentarte algo más a la hora del té.

Farica se escapó del Priorato poco antes de las tres. Ya había ordenado que le tuvieran listo a Pegaso. Lo montó tal como estaba, sin cambiarse de ropa y partió rumbo al bosque. Eso no sorprendió a los caballerangos. Estaban acostumbrados a que ella aprovechara cuanta ocasión tenía para montar. La miraron alejarse y admiraron la forma en que se mantenía en la silla y el ángulo en que sostenía las bridas. En campo abierto galoparon, pero redujeron el paso al entrar en las angostas veredas del bosque, rumbo al claro.

Tal como esperaba, Iván ya la esperaba. La izó para bajarla de la silla y ella pensó que tomaba más tiempo del necesario para depositarla en el suelo. Y al fin, el le dijo:

—Uds parecía una diosa del Olimpo que surgía de entre los árboles hacia mí. ¡Sólo me sorprende que no volara y cabalgara en algo tan prosaico como un caballo!

—¡Es un caballo mágico! —rió Farica—. ¡No se atreva a pensar otra cosa!

—Por supuesto. ¿Cómo pude ser tan tonto que no lo pensé antes?

Ambos rieron y en lugar de sentarse en un tronco, aunque había muchos de ellos, Farica se dejó caer sobre el césped e Iván se sentó a su lado, apoyando la espalda en un árbol.

—He pensado en usted y en lo que podemos hacer.

—¡Nada de nosotros! —respondió él, cortante—. No permitiré que arriesgue su vida. Debe permitirme, librar mi batalla yo solo.

Se hizo el silencio. Entonces, sin mirarlo, ella declaró:

—¡También es mi batalla!

No había nada que él pudiera decir, y después de un segundo; ella continuó:

—Me preguntaba si hay alguien en el castillo en quien usted pudiera confiar, tal vez un sirviente que lo conoció y que jamás lo traicionaría y en cambio pudiera informarle lo que su primo piensa y planea.

—¡Un espía en campo enemigo! —exclamó Iván mascullando las palabras.

—Eso facilitaría mucho las cosas.

Iván permaneció en silencio un momento, después respondió:

—Hay un hombre, que estoy seguro, me sería del todo leal bajo cualquier circunstancia.

—¿Quién es?

—Fue mi ayuda de cámara desde que salí de las habitaciones infantiles y casi se le rompe el corazón cuando, por su estatura, no lo aceptaron en el regimiento al que yo ingresé.

—¿Cómo se llama?

—Hagman y debe tener ahora como treinta y cinco años.

—Intentaré encontrarlo.

—¡No!

—Le prometo que no cometeré ninguna tontería y creo que es importante que sepamos más que ahora.

Hizo una pausa antes de continuar:

—Su primo debe haber hecho confidencias a alguien, tal vez a varias personas. Cuando menos al hombre que intentó matarlo a usted en Francia, y dudo que haya cruzado el canal solo. Papá dice siempre que los delincuentes trabajan en parejas o tríos, para darse confianza entre ellos.

—Tiene cierta razón en lo que dice —estuvo de acuerdo Iván—. Pero, a la vez, Farica, me siento aterrado por usted y no permitiré que arriesgue ni un cabello de su hermosa cabeza por mí.

—Creo que si lo pensamos con inteligencia, la única persona a quien su primo Fergus no querrá matar será… ¡A mí!

—Sí, por supuesto —admitió Iván—. Pero si algo sucediera a su padre o a alguien a quien usted tuviera afecto, jamás me lo perdonaría.

—Y yo nunca le perdonaría que me abandonara para que me obligaran a casarme con un hombre que es un impostor, un traidor y un asesino.

Lo dijo con violencia y él estiró la mano para tomar la suya.

—Le juro una cosa: impediré que se case con usted, ¡aunque tenga que asesinarlo con mis propias manos!

—Gracias, ¡es todo lo que deseaba saber!

Charlaron un poco más, hasta que Farica anunció que debía irse.

—Papá me espera para la hora del té y es muy importante que no sospeche que hago algo más que cabalgar por el bosque, como es mi costumbre.

—Sabe que siempre deseo verla, pero como lo considero peligroso, no debe venir aquí a menos que tenga algo muy urgente que decirme.

—¿Y usted?

—Vendré todas las tardes a esta hora, con la esperanza de que surja algo urgente.

—Estoy segura que así será —repuso ella con optimismo.

Y cuando levantó la mirada hacia los ojos azules, ambos permanecieron inmóviles. Ella tuvo la extraña sensación de que él deseaba besarla, pero turbada, se volvió con rapidez hacia Pegaso y él la levantó para acomodarla en la silla.

—Cuídese. Me siento avergonzado y humillado por atreverme a involucrarla con la maldad de lo que me acecha.

—No lo considere así —dijo Farica—. Piense que es una lucha, o más bien una cruzada, del bien contra el mal, ¡y debemos ganar!

Por un momento él pareció casi hechizado por sus palabras. Enseguida volvió la cabeza y habló con brusquedad:

—Si fuera la mitad de hombre de lo que usted me considera, ¡me iría de aquí!

—Ningún hombre que se merezca mi respeto abandonaría a su gente —contestó Farica—. No lucha sólo por sí mismo, lucha por los viejos sirvientes despedidos después de años de servicio leal y por los trabajadores a quienes corrieron sin retribución alguna. Olvidé decírselo, ¡los Prosper tuvieron que renunciar a su granja!

—¿Los Prosper? ¿Cómo es posible? Estuvieron ahí por generaciones.

—Lo sé, pero su primo no quiere ayudarlos y, como muchos otros granjeros, están casi en la miseria.

—¡Santo Dios! —exclamó Iván—. Probaré mi identidad y pondré todo en orden, a costa de mi propia vida.

Farica le extendió la mano.

—Venga aquí mañana por la tarde y yo intentaré que Hagman se reúna con usted, pero yo no podré venir.

—¿Por qué?

La pregunta fue brusca y ella comprendió que Iván sabía la respuesta antes que le contestara:

—Su primo almorzará con nosotros y le prometí dar un paseo con él más tarde.

—¡No debe hacerlo! —protestó indignado Iván—. ¡Tengo la intención de decírselo a su padre!

—No sea tonto. Debemos alejar de él cualquier sospecha que pudiera tener, para poder sorprenderlo.

Notó el dolor en la mirada de Iván al expresar:

—Discúlpeme, me porto como un tonto, pero no soporto pensar en usted, tan perfecta, tan dulce e inocente, en contacto con un hombre como Fergus. Es un malvado, lo sé, y por el momento estoy inerme para protegerla.

—El hecho de que esté aquí me da una sensación de protección y también de que, en todos sentidos, libramos una Guerra Santa, sé que con la ayuda de Dios, ganaremos.

Su forma de hablar fue muy conmovedora e Iván se acercó para tomarle la mano. Durante un momento la miró, después sus labios se posaron en su piel y Farica sintió que se estremecía.

El retrocedió un paso e indicó:

—¡Váyase, Farica, mientras puedo aún permitírselo! Y, por amor de Dios, ¡cuídese!

Ella sonrió y guió a Pegaso de regreso, por el bosque y a través de las zigzagueantes veredas cubiertas de musgo, hacia el parque que estaba al otro extremo, hacia el Priorato, y comprendió que Ivan tenía razón al decir que libraban una Guerra Santa. Fergus representaba todo lo criminal y debía ser derrotado.

* * *

Farica hizo sus planes con todo cuidado. La mañana siguiente, muy temprano, cuando supuso que los invitados del conde todavía estarían dormidos después de una noche disipada, cabalgó hasta una puerta lateral del castillo.

Mientras un sirviente la miraba sorprendido, exclamó:

—Deseo hablar con Annie. Por favor, pídale que venga a verme, no deseo dejar mi caballo.

El hombre se alejó a toda prisa y tiempo después apareció Annie.

—¡Señorita Chalfont! ¿Qué hace aquí a esta hora?

—No es una visita social para su señoría, Annie. Sólo vine a preguntar si encontraron un anillo en la palangana donde me lavé las manos la otra noche.

—No, señorita. No encontré nada y las doncellas no me han informado que lo encontraran al hacer la limpieza.

Después agregó:

—La señora que dormía ahí regresó anoche a Londres.

—¡Anoche! —exclamó Farica sorprendida.

—Tuvo un disgusto —explicó Annie con voz más baja—, con otra de las damas del grupo. Me parece que el motivo era su señoría y la señora que dormía en esa habitación se consideró ofendida.

Farica escuchó, asombrada y Annie continuó:

—¡Tuvimos que recoger sus cosas a toda prisa! Ella y uno de los caballeros partieron en un carruaje cerrado tirado por cuatro caballos para que su trayecto fuera más rápido.

—Es un viaje largo, pero supongo que había luna lo que lo haría más fácil.

—Tal vez —la voz de Annie se convirtió en un susurro—, no fue lejos. Regresará hoy a cualquier hora. Con todo lo que le ha dado su señoría, puede soportar unos cuantos insultos más.

Farica pensó en los rubíes y sospechó que Annie tenía razón. A la vez, lo que escuchaba, convenía a sus planes.

—Si la señora se marchó, tal vez pudiera yo subir a la habitación para ver si puedo encontrar el anillo. Era de mi madre y no desearía perderlo.

—Por supuesto, señorita, suba conmigo. Nadie la verá a esta hora. Todos duermen como lirones.

Farica desmontó y entregó las riendas de Pegaso a un sirviente que se aproximó para recibirlo. Siguió a Annie escaleras arriba, por un corredor donde todas las puertas de los dormitorios permanecían cerradas y, al fin, llegaron a la habitación de Carlos II. Al entrar, Farica se dio cuenta de que todavía no lo aseaban y que su ocupante anterior había dejado un gran desorden.

Pero sólo le interesaba poder hablar a solas con Annie, así que se acercó al lavamanos y furtivamente deslizó el anillo de oro que llevaba en su mano derecha y que era verdad que perteneciera a su madre.

—¡Oh, aquí está, bajo la jabonera! —exclamó—. Es tan pequeño que no me sorprende que nadie lo viera.

—Me alegra que lo encontrara, señorita. Y tenga más cuidado con sus joyas. En esta casa, las cosas que se dejan por ahí, con frecuencia desaparecen.

Farica comprendió lo que insinuaba. Miró hacia la puerta para asegurarse de que estaba cerrada antes de preguntar.

—¿Todavía trabaja aquí un hombre llamado Hagman?

—Si, señorita y no cesa de repetir, indignado, que lamenta cómo han cambiado las cosas desde la muerte de su señoría.

—Tengo entendido que fue el ayuda de cámara del vizconde.

—Así fue, señorita y todo el tiempo habla del amo Iván. ¡Apenas podía creerlo cuando se enteró de que había muerto en Waterloo!

—Debió ser muy triste para él.

Farica hizo una pausa antes de agregar:

—Me pregunto, Annie, si sería posible que cruzara unas palabras con el señor Hagman. Uno de los compañeros oficiales del vizconde le contó a mi padre algunas cosas que, tal vez, a él le gustaría escuchar.

—Estoy segura de que al señor Hagman le encantará recibir noticias del vizconde —respondió Annie.

—¿Entonces cómo podría hablar con él?

Annie lo pensó un momento.

—Si desea verlo ahora, podría pedirle que viniera, señorita. Después la bajaré por la puerta trasera y le aseguro que su señoría no se enterará de nada.

—Gracias, Annie, sabía que podía confiar en usted.

—Siéntese un momento, señorita Farica, regresaré cuanto antes.

Se apresuró a salir y Farica se sentó y contempló, asombrada, el desorden que dejara la dama de los rubíes. Sobre el tocador había polvo facial derramado, un alfiletero y los broches para el cabello se habían hecho a un lado, en un montón, para hacer lugar a un espejo manchado de polvo y lápiz labial. Todo aparecía desagradable y sórdido y después de un momento, Farica se incorporó y se dirigió a la ventana para mirar hacia el lago. Se abrió la puerta y al volverse vio un hombre bajo, delgado, de escaso cabello y mirada profunda, que se acercaba a ella. Al llegar a su lado, dijo:

—Soy Hagman, señorita. Tengo entendido que deseaba verme.

—Si, Hagman.

Farica guardó silencio un segundo mientras se preguntaba, frenética, si Iván tendría razón y de verdad podría confiarle su vida, porque de eso se trataba, a ese hombre que fuera su ayuda de cámara, pero que ahora era empleado de su primo. Antes que pudiera hablar, Hagman dijo:

—Si se trata del amo Iván, ¡daría cuanto poseo por saber algo de él!

Farica no respondió y él continuó:

—Cuando supe que no volverla, fue el día más negro de mi vida. Jamás pensé que pudiera morir alguien tan lleno de vida como él.

«Vamos, Hagman», solía decirme, «¿por qué tan sombrío? ¡Siempre a la vuelta de la esquina espera algo bueno!». Hagman hizo una pausa y su voz se quebró al añadir:

—Pero no hubo nada bueno para él, señorita, y para nosotros, todo empeoró.

Farica se sintió segura de que ningún hombre podría hablar como lo hacía Hagman sin ser del todo sincero y dijo en voz muy baja:

—¡Tengo algo que decirle! ¡Su señoría… vive!

Por un momento, Hagman la miró como si pensara que le mentía.

—¿Qué quiere decir? ¿A qué se refiere?

—Su señoría está vivo y necesita su ayuda con desesperación. Pero por razones que él le explicará, es un secreto absoluto y no debe confiar ni una palabra de esto a nadie.

La aguda mirada de Hagman escudriñó el rostro de Farica.

—¡Puede confiar en mí, señorita! ¡Primero me cortaría la lengua que decir una palabra que hiciera daño a su señoría!

Farica sonrió.

—Él me dijo que podría confiar en usted. Por eso deseo que esta tarde, a las tres, vaya al «Bosque Hawk», que es de mi padre. En el centro hay un claro.

—Lo conozco —respondió ansioso Hagman.

—No permita que nadie se entere hacia dónde va. Cerciórese de que crean que va a la aldea o a otro lugar. Y sin que nadie lo vea diríjase al bosque.

—¡Así lo haré, señorita!

Las palabras parecieron brotar de lo más profundo de Hagman y ella tuvo la sensación de que le costaba trabajo respirar. Pero tenía que asegurarse de que la comprendiera.

—Su señoría está en peligro, Hagman, en un grave peligro. Por eso todo tiene que mantenerse en secreto.

—Comprendo, señorita y el peligro está a sólo dos puertas de aquí.

Con el dedo señaló en dirección del dormitorio de su amo.

—Haría cualquier cosa por evitar que su señoría regrese —indicó Farica.

—Es verdad, señorita.

—¡Cualquier cosa!

Farica enfatizó sus palabras y comprendió que Hagman entendía. Entonces agregó:

—Su señoría le confía su vida y yo también. Ahora, debo irme.

Hagman le abrió la puerta y encontraron a Annie que esperaba en el corredor. Sin hablar recorrieron apresuradas por el mismo camino que llegaran y al salir, Farica. El sirviente le ayudó a montar y Farica dijo a Annie, quien estaba en el umbral de la puerta:

—Adiós, Annie y gracias por ayudarme a encontrar mi anillo. ¡Me habría dolido mucho perderlo!

Agitó la mano al alejarse y Annie le contestó el saludo. Se apresuró lo más que pudo para regresar al Priorato. Su padre, que nunca se levantaba muy temprano, se encontraba en el desayunador y cuando Farica se reunió con él comprendió que suponía que venía directo de su dormitorio y no tenía idea de que había salido.

—¿Pasaste buena noche, papá? —preguntó, ya que sabía que a veces le costaba trabajo conciliar el sueño.

—No fue del todo mala. Como sabes, hijita, tengo la tendencia a permanecer despierto y preocuparme por ti.

—Soy bastante capaz de preocuparme por mí misma —sonrió Farica.

—¿No has olvidado que el conde almuerza con nosotros?

—No, por supuesto que no. Y tú accediste, en mi nombre, a que saliera a pasear con él esta tarde, aunque yo habría preferido pasear contigo.

—Lo haremos mañana —prometió su padre—. Deseo ver si hay forma de abrir la vieja mina de carbón y así dar empleo a más hombres.

Farica se inclinó y besó a su padre en la mejilla al pasar junto a él.

—¡Te quiero, papá! No hay nadie más bueno y considerado que tú, algo que no puede decirse de nuestro vecino.

—Tendrás que hablar con él de eso, Farica y, por supuesto, cuando se casen te será fácil insistir en que tu dinero se utilice en la forma en que lo deseas.

Farica deseó decir a su padre que sería muy optimista si esperaba que el conde empleara el dinero de ella en algo que no le complaciera a él mismo. Pero pensó que hacerlo sería un error, se limitó a comentar:

—Sabes que todo lo que deseo es que se devuelva su empleo a mucha gente y que se retiren de los bosques esas horribles trampas.

Era algo que estaba dispuesta a repetir cuando, después de un almuerzo bastante incómodo, el conde la ayudó a subir a su faetón. Como era nuevo, Farica se preguntó cuánto habría costado y tuvo la sospecha de que su importe no se había cubierto. Tampoco, estaba segura, el de el perfecto par de caballos que tiraban de él.

—¡Al fin estamos solos! Me resulta imposible hablarle como deseo ya que siempre hay cerca alguien que escuche —dijo el conde cuando iniciaban la marcha.

—No me imagino que pueda decirme que no deba escuchar papá.

—Lo primero que deseo es decirle lo hermosa que es y lo mucho que me atrae.

Farica miró a lo lejos, pensando que era lo que debió esperar, si bien, de alguna manera le resultaba desagradable la forma en que lo decía el conde.

—Yo deseo hablar con usted respecto a la propiedad —dijo.

—Lo que la propiedad necesita —respondió el conde—, es dinero. Ni con la mejor voluntad del mundo podría yo reparar las casas, emplear más gente o aumentar las pensiones, sin medios para hacerlo.

Lo dijo con brusquedad y antes de poder contenerse, Farica respondió:

—¡La fiesta que ofreció la noche en que fui a cenar, debió costar mucho dinero!

El conde se rió.

—Buen Dios, Farica, no irá a sugerir que renuncie yo a los pocos placeres que me quedan. Además, mucha de esa gente fue muy bondadosa conmigo cuando yo era pobre y sin importancia y estoy seguro que comprenderá que deseo ahora retribuirles su hospitalidad y hasta hacerles algunos obsequios.

Farica pensó en la mujer con los rubíes, pero contuvo las palabras que pugnaban por salir de sus labios. Avanzaban por una vereda que en época de lluvias era intransitable. Farica sabía que llevaba a la granja que, por tradición, cada Conde de Lydbrooke sostenía y la cual proveía al castillo de leche, crema, mantequilla, huevos, corderos tiernos y la mejor carne de res del condado. Por lo tanto, le sorprendió mucho cuando se acercaron, ver que el techo de la granja requería urgentes reparaciones y que los cristales de las ventanas, en lugar de brillantes, estaban muy sucios. El conde condujo los caballos hasta el frente de la granja, que era una atractiva construcción estilo isabelino. Ante el asombro de Farica, en lugar de Bradshaw, el granjero que ella conocía desde niña, el hombre que acudió a la puerta era un individuo delgado, moreno y de aspecto tosco, con ningún parecido a la imagen que ella tenía de un granjero.

—Buenas tardes, Riggs. Tengo entendido que tiene algo que decirme.

—Así es, señor, pero será mejor que entre para que se lo diga.

Habló en tono agresivo, lo cual sorprendió a Farica porque era del todo diferente a como los granjeros de esa propiedad y la de su padre siempre se dirigían a los propietarios.

—¡No pienso bajarme para hablar con usted! —respondió altanero el conde—. Llevo a la señorita Chalfont de paseo y no podemos detenernos.

—Lamento que no quiera enterarse de lo que tengo que decirle —dijo con tono altanero Riggs.

—Bien, dé la vuelta a este lado del faetón y dígamelo —respondió el conde—. ¡Y si lo que desea es más dinero, no lo obtendrá!

Una desagradable sonrisa curvó los labios del hombre antes de decir:

—Estará dispuesto a pagar cuando escuche lo que voy a decirle.

—¿Qué es? —preguntó impaciente el conde.

Riggs rodeó el faetón y el conde se inclinó para que el hombre pudiera hablarle al oído. Los caballos se movían inquietos y tardó un momento en controlarlos. Como había tenido que incorporarse, el conde se inclinó de nuevo y esa vez Riggs habló. Turbada, Farica intentó no escuchar porque no deseaba parecer entremetida. Pero como tenía un oído muy agudo, alcanzó a escuchar a Riggs murmurar:

—Por aquí, en algún lado.

Se hizo una pausa.

—¡Encuéntrelo! —ordenó el conde.