Capítulo 3
Todavia bajo el impacto emocional de lo que viera y sin sentirse segura de qué hacer al respecto, Farica bajó y encontró que su padre la esperaba en el vestíbulo. Al llegar junto a él, lo oyó decirle:
—Creo, cariño, que ya se hace tarde y debemos regresar a casa. El conde comprende que ya soy demasiado viejo para desvelarme.
Era la primera vez que Farica escuchaba decir a su padre algo así y lo miró sorprendida. A la vez, se sintió encantada de no tener que volver al salón. En ese momento se abrió la puerta de esa habitación y se escuchó un ruido intenso que hizo eco en el vestíbulo. Resultó, en contraste con las estatuas clásicas y las columnas de mármol, muy vulgar y desagradable.
Era el conde quien salía del salón y al llegar junto a Sir Robert dijo:
—Lamento mucho que deban retirarse tan temprano, pero lo entiendo. Con franqueza, este grupo de huéspedes que llegó hoy de Londres, es, en su mayoría amigos de amigos y no el tipo de gente que me propongo invitar cuando ya esté casado.
Aunque parecía sincero, Farica supo que mentía y se cubrió con su capa como para protegerse de él.
—Su carruaje lo espera, Sir Robert —anunció respetuoso el mayordomo.
Su padre extendió la mano al conde y Farica le hizo una reverencia.
—Adiós, Lydbrooke. Sabe que nos sentiremos encantados cuando tenga tiempo de visitarnos —se despidió Sir Robert.
—Mis invitados se van la mañana del lunes —respondió el conde—, así que tal vez pueda yo convencer a su hija de que me haga el honor de acompañarme a un paseo en mi faetón. Estoy seguro que podrá mostrarme mucho de mi propiedad, que ustedes dos conocen mejor que yo mismo.
Lo dijo con un tono de humildad que Farica casi se sorprendió de su hipocresía. Sin embargo, escuchó que su padre respondía:
—Estoy seguro que Farica estará encantada de aceptar, pero sugiero que primero almuerce usted con nosotros.
—Lo haré con mucho gusto —respondió el conde.
Farica bajó los escalones cubiertos por una alfombra roja y su padre la siguió, hasta llegar al carruaje. El conde permaneció en lo alto de la escalinata para agitar su mano en señal de despedida al verlos partir. Durante largo tiempo, ella permaneció con la vista fija hacia adelante y no veía el rostro de Fergus Brooke, quien se convirtiera en el sexto Conde de Lydbrooke, sino el hombre que se hacía llamar «John» y a quien ella alojó con Abe Barnes. Su padre se reclinó en el asiento mullido.
—Lo lamento, hijita. Me temo que no fue el comportamiento que yo hubiera esperado de una cena en el castillo.
—Me alegra que me alejaras de allí, papá.
—Vi la expresión de tu rostro al salir del comedor. Pero a la vez, debes darte cuenta de que, de vez en cuando, todos los jóvenes se comportan un poco alocados y supongo que Fergus no tuvo con qué hacerlo hasta ahora.
—Por el contrario —afirmó Farica—. Tengo entendido que el viejo conde pagó sus deudas una y otra vez.
—¡No comprendo cómo das oído a las murmuraciones de la servidumbre! —la reprendió Sir Robert.
—No es solamente lo que los sirvientes dicen. Sabes que todas nuestras amistades que viven cerca de aquí hablaban de él desde antes que heredara.
Se hizo una pausa y enseguida Sir Robert contestó:
—Es evidente que lo que necesita es la guía de una buena mujer que también sea lo bastante sensata para hacer algunas concesiones con un hombre que, inesperadamente, hereda un título distinguido y una de las mejores mansiones de todo el país.
Farica sintió el deseo de replicar que, según Annie, la maltrataba bastante cuando recibía en ella a sus amistades. Pero comprendió que el comentario molestaría a su padre, así que después de un momento dijo:
—Estoy segura, papá, que el conde debería madurar y volverse responsable antes de pensar en casarse.
Su padre volvió el rostro para mirarla, pero ya había caído la noche y no penetraba suficiente luz al carruaje para que sus ocupantes pudieran verse con claridad.
—El conde está muy impaciente por sentar cabeza —repuso después de una larga pausa, —y considera que es importante casarse sin tener que esperar un largo compromiso.
Farica pensó que la verdadera razón era que deseaba apoderarse de su dinero porque le resultaba difícil vivir con el lujo con que lo hacía sin contar con los jugosos ingresos de que disfrutaran los condes de Lydbrooke antes de la guerra. Todos los terratenientes sufrían igual, sus inquilinos no podían pagar las rentas, los granjeros estaban en bancarrota y sus empleados casi morían de hambre con los sueldos que antes les rendían mucho. También sabía que al finado conde le había alegrado no poseer grandes propiedades en Londres.
—El campo es lo importante para los Brooke —le había dicho a Farica en una ocasión en que ella observaba los mapas de la propiedad.
—A mí me alegra que papá deseara vivir en el campo —respondió Farica.
El conde le había puesto una mano sobre el hombro.
—Eso es muy sensato de su parte, querida, cuando se case, elija un hombre que monte como si fuera parte de su caballo, cuyos perros le obedezcan y cuyo ganado esté bien alimentado. Sonrió antes de agregar:
—Si es capaz de cuidarlos bien, lo mismo hará con la gente a su cargo y también con su esposa.
Farica tenía entonces sólo quince años, y se había reído. Pero, de alguna manera, lo que el conde dijera permaneció en su mente y ahora pensó que el nuevo conde y sus amigos jamás se sentirían cómodos ni a gusto en el campo. Eran parte de la ciudad y ahí deberían permanecer.
Continuaron en silencio el trayecto hasta que llegaron cerca del parque de la aldea y la posada donde el hombre que se hacía llamar «John» se hospedaba.
En un impulso, Farica dijo a su padre:
—Cuando el vizconde murió en Waterloo, papá, ¿por qué no lo trajeron para sepultarlo en la cripta familiar?
No podía ver el rostro de su padre en la oscuridad, pero tuvo la impresión de que le sorprendía la pregunta.
—La respuesta es que no lo sé. Lo habitual cuando muere alguien tan importante como el vizconde es traerlo a casa con plenos honores militares, pero en este caso, tal vez debido a lo enfermo que estaba el conde, no se hizo y sin duda consideraron más conveniente sepultarlo en Francia.
Después de un momento, añadió:
—Con frecuencia pienso que debí hacer traer a Rupert, pero el Capellán de su Regimiento me aseguró que estaba sepultado en una iglesia francesa con sus compañeros oficiales y me pareció incorrecto perturbar su paz.
Farica tomó la mano de su padre. Había notado el dolor en su voz y sabía lo mucho que lo lastimaba hablar de la pérdida de su único hijo. Esa noche, pensó que era muy extraño que si el Vizconde Brooke estaba muerto, como todos suponían, sus restos no reposaran con sus ancestros en la iglesia de la aldea.
Si Iván hubiese muerto, razonó, desearía reposar entre los suyos. Deseó haber preguntado antes por qué él era la excepción entre sus familiares. Le resultó difícil conciliar el sueño. No cesaba de ver al conde sentado en el lugar de su tío a la cabecera de la mesa, en la alta silla labrada que parecía un trono y estaba rematada por el escudo de armas de la familia.
De pronto pudo ver, con tanta claridad como si estuviera frente a sus ojos, la mirada traviesa y los labios sonrientes del Vizconde Brooke en el retrato que Annie ocultara. «¿Por qué querría el conde deshacerse de ese retrato en particular?», se preguntó y sabía que no tendría que buscar mucho la respuesta.
Por fin, poco antes del amanecer cayó en un sueño ligero e inquieto hasta que la despertaron las doncellas que descorrían las cortinas y comprendió que le sería imposible esperar hasta la tarde para ver a John y contarle lo que había descubierto. Mientras se vestía intentaba pensar en alguna excusa para enviar una nota a la posada.
Entonces, casi como si el destino la apoyara, un pajarito se estrelló contra su ventana. El golpe le hizo perder el sentido y habría caído, pero su pata se atoró en la enredadera y quedó suspendido y oscilante por la fuerza del impacto. Con una exclamación, Farica abrió la ventana y tomó al ave en sus manos. Estaba aturdido, pero no muerto y supuso que se habría lastimado la pata. Mientras lo mantenía en la mano y pensaba que era muy joven y tal vez se había caído de algún nido que estaría en lo alto de la casa, comprendió que era la solución a su problema.
—¿Está herido, señorita? —preguntó una doncella.
—Me parece que sí y si lo abandono tal vez no pueda volar y lo matarán los perros.
Hizo una pausa antes de añadir, como si súbitamente pensara en ello:
—¡Ya sé lo que haré! ¡Se lo llevaré al viejo Abe a la posada! Ya sabe lo maravilloso que es con las aves y animales heridos.
—Así es, señorita. Cuando el gato de mi abuela se lastima en alguna pelea, él hace que sane mucho antes de lo que podría esperarse.
—Búsqueme una cajita para ponerlo y hágale algunos agujeros a la tapa para que pueda respirar. Lo llevaré a la aldea en cuanto termine de desayunar.
* * *
Poco después, Farica bajó con el ave y la dejó en el vestíbulo antes de dirigirse a desayunar con su padre. Le contó lo sucedido y él estuvo de acuerdo con que lo mejor sería llevar al pajarito con Abe.
—¡Ese hombre tiene unas manos mágicas con todos los animales! —comentó Sir Robert—. Con frecuencia creo que la aldea no sería la misma sin él. De todas partes del condado acude gente en demanda de ayuda para sus animales enfermos.
—A mí me parece un viejecito adorable —comentó Farica.
Ordenó que le prepararan el carrito tirado por un poni. Era en el que solía pasear de pequeña con su institutriz, pero ahora con frecuencia lo utilizaba para recorrer las cercanías. Colocó la caja con el pajarito sobre el asiento junto a ella, tomó las riendas y partió. Tardó sólo diez minutos en llegar a la posada y de un salto descendió ansiosa para llevar la caja al patio trasero, donde suponía que se encontraría Abe. No se equivocó y con él, estaba John. Tenían dificultades en mantener quieto a un polluelo de cisne para que Abe le vendara una pata. Farica no los interrumpió, se limitó a observar hasta que terminaron y se dio cuenta de que John no cesaba de mirarla. Después de que colocaron al polluelo en una pequeña jaula para evitar que caminara hasta que su pata estuviera bien, Abe dijo:
—Señorita Farica, veo que me trajo otro visitante.
—Es un pajarito que cayó de su nido y se lastimó la pata —respondió Farica—. Se golpeó contra la ventana y quedó atorado en la enredadera. No creo que se la rompiera, pero será mejor que se la revise.
Abe tomó la caja, la colocó sobre sus rodillas y abrió la tapa. Entonces ella miró a John y susurró:
—¡Debo hablarle!
Él asintió con la cabeza, cruzó el pequeño patio y abrió un pequeño cubículo.
—Venga a ver los cachorros que nacieron durante la noche, señorita Farica, estoy seguro que le gustarán.
Farica se apresuró en llegar adonde él estaba. Una perra dálmata había dado a luz seis cachorritos y mientras ella se inclinaba para verlos, murmuró:
—¡Debo hablar con usted enseguida!
Pero en voz alta para que Abe pudiera escuchar, agregó:
—¡Qué lindos están! Sé que pertenecen al granjero Johnson y voy a preguntarle si me puede vender uno. Los dálmatas de papá están ya muy viejos.
—Le diré lo que usted desea, si viene más tarde —indicó John.
—Su inesperado visitante no está muy mal —comentó Abe—, pero creo, señorita Farica, que será mejor que permanezca aquí por unos días, hasta que pueda bastarse por sí mismo.
—Es lo que esperaba que dijera, aunque siento que es una molestia agregar uno más a sus numerosos pacientes.
—¡Jamás son demasiados para mí!
Abe miró alrededor del patio con una sonrisa de felicidad en su viejo rostro.
—Papá le envía sus saludos y me pidió que le dijera que vendrá a visitarlo en alguna ocasión, pero de momento está muy ocupado.
—Su padre es un buen hombre y un buen terrateniente —repuso Abe. —¡La gente es feliz en su propiedad!
No añadió algo más, pero Farica comprendió lo que pensaba y con rapidez preguntó:
—¿Podría llevarme unos minutos a John? Deseo que mueva una rama que cayó sobre la vereda por la que crucé el bosque. Puede ser peligroso que una rueda se enganche en ella.
—Qué bien que sabe cuidarse, señorita Farica —respondió Abe—. John está lo bastante fuerte para mover lo que se necesite.
—Así es —respondió Farica.
Salió de la posada y John la ayudó a subir a su carrito y después, dudoso, preguntó:
—¿No estaré muy pesado para subirme?
—No lo creo, además no iremos lejos.
El subió al carrito con cuidado y se sentó en la orilla como si temiera que se derrumbara bajo su peso. No hablaron en tanto cruzaban la aldea y tomaban la vereda que conducía al portón de la casa de ella. Farica se desvió de la vereda para tomar un camino que conducía hacia el bosque. Prosiguió hasta llegar a la sombra de unos árboles, entonces soltó las riendas y preguntó:
—¿Se encuentra bien en la posada?
—No fue eso lo que vino a preguntarme —respondió John.
Mientras hablaba, ella lo observó, a pesar de la cicatriz en la frente, sus facciones no habían cambiado, aunque parecía de mucho más edad que en el retrato.
—No… Sido franco y sincero… conmigo.
—¿Por qué lo dice?
—Anoche, papá y yo cenamos en el castillo.
Vio cómo los labios de él se apretaban un momento, pero no dijo nada y ella continuó:
—Fue una reunión numerosa y bastante desagradable, las amistades del conde, que venían de Londres, no son el tipo de gente que yo esperaba encontrar de huéspedes en Lyde.
—Eso creo y tampoco el tipo de gente con quien debía usted relacionarse. ¿Por qué la llevó su padre?
—El conde nos invitó y papá, como usted ya sabe, está ansioso de que él y yo nos conozcamos mejor.
—Le sugerí que no tomara decisiones rápidas.
—En este momento no pienso en mí misma, sino en la ambición de mi padre para que me case con el Conde de Lydbrooke.
John no dijo nada, Farica sólo lo miró hasta que, después de un momento, casi como si lo obligaran a hacerlo, preguntó:
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—¡Mucho, creo, porque, tal vez, me equivoque, pero pienso que usted es la única persona que podría decir a mi padre que si me casa con el hombre con quien cenamos anoche, no me convertiría en esposa del Conde Lydbrooke!
Advirtió cómo John se ponía rígido y la veía con asombro. Enseguida preguntó con voz gruesa:
—¿De qué habla? ¡No comprendo lo que dice!
—Creo que sí —repuso con voz suave Farica—. Anoche, la vieja Annie, quien lo quiso mucho y no lo olvida, me mostró su retrato que mantiene oculto en un lugar secreto en la salita de su padre. Su primo le ordenó deshacerse de él.
John no habló y Farica continuó:
—¡Eso incluía los retratos de su madre y sus abuelos!
—¡Maldito sea! —exclamó John entre dientes—. Supongo que destruye toda evidencia que pueda usarse en su contra.
—¡Entonces usted es el Conde Lydbrooke!
—¡Para lo que me sirve! —contestó con amargura John—. Pero si otra gente es tan perceptiva como usted, Farica, no viviré lo suficiente para alardear de ello.
Farica lo miró antes de preguntar:
—¿Por qué se oculta? ¿Por qué no regresa a su hogar y dice a todos que vive y no está muerto, como ellos piensan?
El no respondió y Farica agregó:
—En realidad es muy sencillo. Si le cuenta a papá quién es, sé que él arreglará todo sin que resulte muy desagradable.
—¡Si cuenta a su padre quién soy, firmará su sentencia de muerte!
—¿Qué dice? No… comprendo.
—Ya tres hombres murieron por mi culpa y no deseo aumentar su número.
Farica contuvo el aliento. Entonces le suplicó:
—¡Explíquemelo, cuénteme lo que sucedió, debo saberlo!
John miró a su alrededor, antes de decir:
—Como es peligroso que la vean conmigo, sugiero que dejemos aquí el carrito y nos internemos en el bosque.
Descendió al decirlo y ayudó a Farica a hacerlo también. Caminaron por el bosque hasta encontrar varios troncos que se habían caído durante el invierno y que todavía no recogían. Farica se sentó en uno de ellos y se quitó el sombrero. Lo puso en el suelo junto a ella y se dio cuenta de que John la observaba.
—Es usted muy linda —musitó él con voz muy baja—, y joven. No tengo derecho a involucrarla en esto.
—Pero ya lo estoy y como ya sé tanto, debo conocer el resto.
—Comprendo lo que siente, pero si tuviera yo sentido común me alejaría enseguida para que no se viera relacionada en algo que con facilidad puede terminar en tragedia.
—No tengo miedo y también creo que no fue la casualidad, sino tal vez el destino, lo que me hizo encontrarlo ayer en un lugar donde voy siempre que deseo perderme en mis pensamientos. ¡Después de llegar tan lejos, no podemos ser débiles y echarnos para atrás!
John sonrió y eso hizo por el momento que pareciera más joven.
—Como todas las mujeres, puede volverlo todo, por difícil que sea, en una ventaja. Muy bien, Farica, le contaré la verdad, aunque mi instinto me indica que hago mal.
—Tengo que saberla —insistió Farica.
—Soy Iván Brooke y, aunque de nada me sirve, a la muerte de mi padre me convertí en el sexto Conde de Lydbrooke.
—¡Ya que lo admite, sólo tiene que probarlo!
—Me hirieron en Waterloo —prosiguió él como si no la escuchara—, y según me enteré después, de la silla del caballo me derribó una bala que me pegó en la frente, donde puede usted ver la cicatriz, y el caballo me arrastró a bastante distancia del campo de batalla.
Farica lo escuchó atenta mientras él prosiguió:
—A eso se debió que no me encontraran a tiempo, como a otros heridos y muertos de mi regimiento. Los pillos que pululan sobre los campos de batalla como aves de rapiña me robaron el uniforme y, por supuesto, todo cuanto yo poseía, cuando estaba inconsciente y me dejaron por muerto.
Farica exhaló un profundo suspiro, pero no lo interrumpió y después de una pequeña pausa, John continuó:
—Cuando abrí los ojos por primera vez me encontré en un convento cercano a Waterloo, atendido por las monjas. Se mostraron muy bondadosas tiernas y comprensivas y me tomó un poco de tiempo darme cuenta de que había perdido la memoria.
—¿No recordaba nada?
—No podía recordar quién era, en qué regimiento servía, ¡ni siquiera si era oficial o soldado raso!
—¡Apenas puedo creerlo!
John le sonrió antes de explicarle:
—La herida de la frente fue muy profunda. Los doctores diagnosticaron que era muy natural que después de lo que había yo sufrido se afectara mi memoria, y además en ocasiones el dolor era muy intenso. Como yo era inglés me llamaron «John».
Hizo una pausa y se rió.
—La verdad es que creo que eran clarividentes, ya que supongo que sabe que Iván es una variante de John como lo son «Ian» y «Sean».
—No lo sabía, pero me parece muy interesante. ¡Continúe!
—Debí ser despedido del convento, pero como pensaron que no me encontraba en condiciones de salir al mundo, me mantuvieron ahí después de que ya habían enviado a casa a todos los demás pacientes ingleses. De hecho, quedaban sólo franceses muy malheridos y los que parecían que nunca se recuperarían.
Sonrió de nuevo antes de decir:
—Creo también que les resultaba útil a las monjas porque como soy fuerte y grande, podía cargar cosas, mover pacientes que no podían caminar y ayudarles en muchas otras tareas sencillas.
—¿Qué sucedió entonces?
—Los doctores insistían en que debía tomar las cosas con calma, descansar y dar oportunidad a mi memoria para recuperarse. Entonces, de pronto, empecé a recordar cosas.
—¿Qué recordó primero?
—Él lago. No recordaba dónde se encontraba, pero podía verlo con claridad, con los cisnes sobre el agua y el puente cerca del lugar donde yo solía pescar truchas.
—¿Y después?
—Fueron las caballerizas y en especial el establo donde se alojaba mi caballo y cuando pude recordar su nombre, ¡fue día de fiesta en el convento!
Farica se rió.
—¿Y cómo se llamaba?
—Twister —respondió John y ambos rieron juntos. —Tomo bastante tiempo— continuó John, —porque sólo aparecían en mi mente breves escenas de lugares que yo conocía y tenían algún significado especial para mí.
—¿No veía gente?
—Al principio, no. Hasta que un día, en mi mente, vi el retrato de mi madre y supe quién era.
—¡El que yo vi anoche oculto en el lugar secreto!
—Ese mismo. Hay otros de ella en el castillo, pero ése era mi favorito.
—¿Supo entonces quién era?
—Me tomó cuatro días recordar que yo era un vizconde, que mi nombre era Iván Brooke y que había servido en los Guardias de Salvamento.
—¡Debió ser muy emocionante!
—¡Demasiado! Me subió la temperatura y me obligaron a guardar cama varios días, en absoluto reposo. Supongo que, en cierta forma, fue como una tormenta cerebral. De cualquier manera, no recuerdo mucho de la siguiente semana.
—¿Y cuándo se sintió mejor?
—Hablé con el capellán del convento, un viejo muy bondadoso y agradable. Le pedí que escribiera a mi padre para avisarle que estaba yo con vida y explicarle por qué no me había podido poner en contacto con él antes.
—¿No pensó en regresar a casa enseguida?
—Por supuesto, pero no me lo permitieron. El doctor dijo que no estaba aún en condiciones de tolerar los rigores del viaje y como todavía sufría de intensos dolores de cabeza que me cegaban y me dejaban débil y agotado, le hice caso.
—Creo que hizo bien.
—En realidad, creo que no. El sacerdote dirigió la carta que escribió a mi padre, al Conde de Lydbrooke.
—¿Cuando sucedió eso? —preguntó Farica y sintió que debió preguntarlo antes.
—A fines de enero.
Farica lanzó una exclamación.
—¡Para entonces su padre ya había muerto! Lo enterraron pocos días antes de Navidad. Recuerdo que pensé en lo triste que sería para la familia que en lugar de que fuera una temporada festiva, hubiera luto y lágrimas.
—Sí, murió antes de recibir la carta del sacerdote —dijo con lentitud John.
—Pero como la carta venía dirigida al Conde de Lydebrooke, supongo que la recibió su primo Fergus —observó en voz baja Farica.
—Eso imagino que sucedió.
—¿Y contestó?
John se puso rígido un momento, entonces habló con voz baja y horrorizada:
—¡Envió un hombre para asesinarme!
Farica lo miró como si no hubiera escuchado bien. Y, con voz temblorosa, preguntó:
—¿Dice… que envió… a un hombre… para asesinarlo?
—Fue solo por un milagro que no lo consiguió. Como ya estaba yo mejor y empezaban a tratarme como hombre y no como paciente, me habían mudado del convento a una construcción exterior donde en ese instante yo dormía con dos pacientes.
John hizo una pausa antes de proseguir.
—Debo explicarle que el convento se usaba casi siempre como una especie de hospital en esa parte de Francia y en enero, mientras esperaba noticias de Inglaterra, compartía e una choza de madera con un joven granjero que se había provocado una grave cortada en la pierna con una guadaña y un chico de quince años que se había fracturado un brazo al caer de un árbol. Era gente amable y yo mejoré mucho mi francés al conversar con ellos, ya que no tenía nada más que hacer.
—¿Y qué sucedió? —preguntó Farica.
—Una noche, el granjero de la cortada en la pierna empezó a sangrar mucho y pensé que se le habría roto una arteria. Me vestí con rapidez y acudí al convento en busca de la monja que hacía la guardia nocturna.
Hizo una pausa para explicar:
—Siempre había una que velaba en la capilla y, por supuesto, yo tenía prohibido acercarme a las celdas donde las Hermanas dormían. La capilla estaba lejos y cuando llegué, no encontré a la monja. Más tarde me enteré de que la habían llamado para atender a una anciana religiosa que sufriera un ataque al corazón.
John miró a lo lejos, como si viera el pasado, antes de continuar.
—La esperé, sin decidirme sobre si debía regresar y tratar de contener sólo la hemorragia o buscar a alguna de las monjas que eran tan eficientes como enfermeras.
—¿Y qué hizo al fin?
—Cuando ya empezaba a desesperarme, la monja regresó y cuando le expliqué lo que sucedía fue en busca de la Hermana que me había cuidado. Tomó un poco de tiempo para que se vistiera y dispusiera lo necesario.
—Nos dirigimos hacia la puerta del convento que daba al exterior y al acercarnos yo olí a humo y dije a la hermana que caminaba a mi lado:
«¿Huele a humo? ¡Algo debe haberse incendiado!».
«En esta parte del convento no hay ningún fuego encendido —respondió».
—Supuse que imaginaba cosas, pero de pronto, a través de unas ventanas vislumbré la luz de las llamas y lancé una exclamación de horror. Corrimos hacia la cabaña, desgraciadamente era ya demasiado tarde. El techo de paja se había derrumbado y no hubo oportunidad de salvar a nadie. Todas las monjas despertaron, ¡pero ya nadie pudo hacer algo!
—¿Qué lo hace pensar que el fuego estaba destinado a matarlo a usted? —preguntó Farica.
—Fue solo más tarde, cuando se hizo la investigación y el sacerdote interrogó a todos para averiguar la causa del incendio, que la monja portera del convento dijo que un hombre que le pareció inglés porque hablaba muy mal francés, le preguntó si en el convento se encontraba un hombre llamado Iván Brooke.
«Deseo verlo», dijo el hombre.
—Como ya estaba avanzada la tarde, la monja respondió:
«No creo que sea posible que lo vea a esta hora».
«¿En dónde está?», preguntó el hombre.
«Aquí no», respondió la monja, «esta parte del convento es sólo para mujeres y no se permiten hombres».
—El insistió hasta que ella le indicó que yo dormía en una cabaña al otro extremo del terreno del convento y que, si acudía al día siguiente, tal vez pudiera verme.
«Hoy ya es demasiado tarde», le dijo. «Los visitantes deben acudir entre las dos y las cuatro de la tarde».
«¿Podré entonces ver al señor Brooke?», insistió el hombre.
«Arreglaré que lo visite en su cabaña», —ofreció la monja, «pero debe acudir primero conmigo».
—El prometió hacerlo, pero por supuesto, al día siguiente no hubo indicios del desconocido.
—¿Y cree usted que prendió fuego deliberadamente al lugar donde pensó que estaba dormido?
—No lo supuse al principio. Fue solo hasta que no hubo noticias del visitante inglés, que empecé a considerarlo extraño. Dos días después, cuando debió darse cuenta de que había fracasado, el inglés atacó de nuevo.
—¿Qué hizo?
—Como ya no podía dormir en la cabaña, pues quedó reducida a cenizas, me regresaron al convento. El asunto me había provocado uno de mis dolores de cabeza y fiebre. Las monjas insistieron en que reposara, pero como me sentía muy encerrado la pequeña celda que me destinaron. Logré convencerlas para que me dejaran sentarme en el pequeño jardín situado al centro del claustro, para disfrutar del sol de la tarde.
—Hacía mucho frío por la noche, aunque en el día, después del almuerzo, salía un poco de sol y era delicioso, siempre y cuando se cuidara uno del viento. Me llevaron una silla y un taburete para los pies que colocaron junto a una estatua de la Virgen María.
«No debe leer», indicó la monja que me cuidaba, «cierre los ojos y si le es posible, duérmase. El aire le hace bien, pero no se exceda, John».
—Le prometí obedecerla y me coloqué muy cómodo a pensar en mi hogar y lo bellos que se veían los árboles cuando los cubría la escarcha y los hacía brillar.
John hizo una pausa antes de continuar.
—Supongo que el pensar en todo lo que hacía en el invierno me hizo sentir frío. Al comprender que sería un grave error pescar un resfrío que sin duda empeoraría mi herida en la cabeza, me incorporé y en ese momento entró en el claustro un hombre que había ingresado el día anterior con una mano infectada por una mordida de un perro.
«¿Ya se va?», me preguntó. «Pensaba en lo cómodo que se le veía».
«Sólo voy a buscar un abrigo», le respondí, «y tal vez o una manta para cubrirme. Tengo frío».
«Le guardaré caliente el asiento», dijo y se rió. Se sentó, subió los pies al taburete y reclinó la cabeza en la almohada donde yo descansaba. «¡Esto es vida!» exclamó. «¡Y bien que necesito un descanso!».
«Aproveche lo más que pueda mientras regreso», le recomendé. «¡No tardo!».
—Era un largo camino hasta mi celda y cuando llegué encontré en la cama un periódico. Las monjas solían proporcionarme algunos cuando me sentía bien y sabían que me interesaba mucho lo que sucedía en el mundo exterior, en especial las negociaciones entre Wellington y los franceses.
—Lo entiendo —murmuró Farica.
—Leí gran parte del periódico antes de recordar que debía buscar mi abrigo y una manta para cubrirme las rodillas. Después, al regresar al claustro, ¡descubrí que mi enemigo había atacado de nuevo!
—¿Qué había sucedido? —preguntó Farica sin aliento.
—Al hombre que había ocupado mi lugar le habían clavado en el corazón un largo puñal afilado. Al principio pensé que dormía. Pero al agitar la manta con que se cubría y mientras decía: «¡Vamos, despierte, ya es mi turno de descansar!», descubrí la mancha carmesí en su camisa y grité para pedir ayuda.
—¿Está seguro que fue el mismo inglés?
—Un segundo interrogatorio, como el primero, reveló la verdad. Había acudido a la puerta del convento, explicó a la monja que no había podido regresar, como esperaba, dos días antes y se mostró horrorizado cuando le comentaron que la cabaña se había incendiado.
«¿Murió el señor Brooke?», preguntó.
«No, tuvo suerte. No estaba ahí cuando sucedió», le explicó la monja.
«¿En dónde se encuentra ahora?».
«Creo que descansa en el claustro. ¿Desea que pregunte si puede recibirlo?».
«Sería una gran amabilidad de su parte».
«Supongo que comprenderá que tengo que pedir permiso para que entre usted en el convento para verlo».
«Si, por supuesto y se lo agradezco mucho».
—La monja le indicó que esperara afuera de la puerta su regreso y acudió a ver a la Madre Superiora, cuya celda está bastante alejada.
—Pero cuando regresó, el hombre había logrado introducirse en el convento —exclamó Farica.
—Ella confió en él —explicó John—, por lo que no echó llave a la puerta, sólo la entornó.
—¿Y al volver?
—La puerta continuaba cerrada, pero no había señales del hombre.
—¡Y el hombre… que debió ser usted… estaba muerto en el claustro!
—La puñalada en el corazón le provocó la muerte.
—¡Es el relato más terrible que he escuchado! ¿Qué puede usted hacer? ¡Sin duda hay alguien a quien pueda acudir!
—Si lo hago, es muy probable que me asesinen enseguida. Lo que es más, ¡puedo ser el instrumento para que asesinen a cualquiera que intente ayudarme!