Capítulo 5
El marqués volvió con lentitud a la casa y después de mantener una breve conversación con Sir Algernon y Charles Collington, se retiró a su alcoba.
Antes de hacerlo dio órdenes a Bush, como Saviya sugiriera, de devolver la peligrosa serpiente al circo que había en St. Albans.
Cuando Hobley lo dejó arreglado para irse a la cama, el marqués se sentó en un sillón a meditar en lo sucedido.
Comprendió, al ver bailar a Saviya esa noche, que todo su ser respondía a ella, haciéndolo sentir lo que ninguna otra mujer había logrado nunca.
Al tocarla, se dio cuenta de una emoción y un éxtasis que lo hicieron darse cuenta de que estaba enamorado.
Habían existido muchas mujeres en su vida que lo habían divertido y que por momentos le habían parecido irresistibles. ¡Pero, por encantadoras que fueran, nunca pudieron darle lo que él deseaba realmente de una mujer!
Ahora, por primera vez en su existencia, había encontrado en la gitana la vivencia de todos los ideales que habían estado latentes en lo más recóndito de su ser.
Comprendió mejor que nunca por qué Eurydice se había mostrado dispuesta a sacrificar todo lo que era familiar para ella, y cruzar la mitad del mundo para estar al lado del hombre que amaba.
Le advirtió que alguna vez se sentiría como ella, pero aun al recordar sus palabras, sabía que era imposible para él ofrecer matrimonio a Saviya.
Era lo que él hubiera querido hacer. Pero habría sido un tonto si no se hubiera dado cuenta de las dificultades y la infelicidad que el matrimonio habría entrañado para la propia Saviya.
Por hermosa, competente y encantadora que fuera, aunque él la considerara ideal para ser ama y señora de su casa, sabía demasiado bien las burlas y los insultos que sus amistades volcarían sobre la joven.
Y no solo sus amigos, sino aun sus servidores la menospreciarían.
Saviya pudo haber encantado a los sirvientes mientras permaneció en la casa, pero ¿la aceptarían como su ama?
¿Y qué decir de los arrendatarios de su finca, sus empleados, granjeros y hasta de los vecinos del pueblo cercano?
El odio y el temor a los gitanos, aunque del todo infundado, estaba muy arraigado en el carácter inglés.
Y, sin embargo, había gitanas como Saviya, más inteligentes que cualquiera de las mujeres aristócratas que él conocía y mucho más cultas que la mayor parte de sus amigos.
Era cierto que era en parte rusa y, de acuerdo con Sir Algernon, los gitanos rusos son diferentes de los del resto de Europa. Pero aun así, socialmente estaría siempre en posición de inferioridad.
No. ¡El matrimonio era imposible! Por lo tanto, decidió el marqués, no le quedaba otro remedio que tratar de convencerla para que se convirtiera en su amante.
Sabía que ella había sido educada con la estricta moralidad de los gitanos y que iría contra todos sus instintos aceptar una posición así; pero ¿qué otra cosa podía hacer? Se preguntó una y otra vez. Y, como no encontrara respuesta, se fue a la cama.
Le fue imposible conciliar el sueño y se levantó muy temprano.
Tenía la impresión de que era urgente para él ver a Saviya tan pronto como fuera posible. La notó vacilante e indecisa después que la tomó en brazos y la había besado. Necesitaba saber qué pensaba ella de lo sucedido.
Él estaba seguro, de manera irrefutable, que aquél era el primer beso en los labios que ella había recibido.
La sintió vibrar y había despertado en ella un éxtasis similar al suyo. Aun sin la posesión física, Fabius sabía que ambos eran ya uno solo en cuerpo, mente y alma.
«¡La amo!» se dijo el marqués y comprendió que era la expresión del sentimiento más profundo de toda su vida.
Tenía que atender esa mañana asuntos urgentes de la propiedad de Eurydice, pero confiaba que al volver, encontraría a Saviya en la biblioteca, con el reverendo, y que cuanto más pronto se fuera, más pronto regresaría a hablar con ella.
Hobley le informó que Sir Algernon había ordenado su carruaje para las once de la mañana, así que mientras lo ayudaba a vestirse, le preguntó respetuoso si debía decir algo a sus huéspedes sobre su retorno.
—Sí, por favor, diles que volveré cuando estén terminando de desayunar. He descubierto un camino rápido para ir a las nuevas tierras, Hobley —dijo con satisfacción, mientras éste le ayudaba a ponerse su chaqueta de montar—. Lo recorrí toda la semana pasada y el camino lo hago en menos de veinte minutos.
—En uno de sus magníficos caballos, milord, lo creo posible —contestó Hobley con una sonrisa.
Frente a la puerta principal, dos palafreneros hacían lo imposible por dominar un potro que el marqués había comprado apenas un mes antes.
Era un brioso caballo, con algo de sangre árabe, y cuando el marqués lo montó, le agradó saber que su cabalgata de esa mañana no sería fácil. Tendría que imponer su dominio sobre un animal que todavía no se sometía al impulso de sus riendas.
El potro reparó varias veces para demostrar su independencia y el marqués tuvo que tirar de las riendas para evitar que se lanzara al galope. Por fin, el animal se contentó con eludir varios objetos imaginarios, antes que el marqués lo dejara trotar por el parque, en dirección del bosque.
Mientras cabalgaba, el marqués recordó cómo había caminado la noche anterior por allí, con Saviya, a la luz de la luna.
Era imposible para él apartarla de sus pensamientos, no recordar su belleza ni el amor que sentía por ella.
El potro lo distrajo de sus pensamientos, porque lo había asustado la presencia de un ciervo que, temeroso a su vez por su presencia, había corrido a refugiarse entre los árboles.
Habían llegado al bosque situado en el lado norte de la casa; cuando la gran mansión de ladrillos rojos fue construida, se planeó que sirviera de fondo a ésta y como protección contra el viento.
Más allá de la parte frondosa del bosque, había un sendero ya muy poco usado, que había sido hecho por los leñadores y los carpinteros, que llevaban en carretas la madera hacia la casa en construcción.
Ahora era un camino recto a través de los árboles, que simulaba un atajo hacia la propiedad de Eurydice. En cuanto entró en él, el marqués lanzó su caballo a galope, a la vez que ponía su sombrero con más firmeza sobre su cabeza.
Grandes árboles, muchos de ellos con varios siglos de antigüedad, se elevaban a los lados del camino. Era todavía muy temprano y la luz del sol aún no lograba penetrar a través de las ramas para secar las gotas de rocío que cubrían el césped como pequeños diamantes.
El aire olía a pino y abedul, y entre las ramas se percibía de vez en cuando el azul intenso de las caléndulas.
Mientras el potro aumentaba la velocidad de su paso, el marqués, que gozaba en esos momentos una gran satisfacción y una sensación de bienestar enorme, vio algo de manera repentina e inesperada que se movía frente a él. En el momento mismo en que llegaba a ese punto, algo se levantó del suelo con un rápido movimiento.
¡Era una cuerda! A la altura de la rodilla de un hombre, se encontraba puesta en tensión frente a su caballo.
No hubo tiempo siquiera para que el marqués frenara las riendas antes que su caballo galopara directamente hacia ella. Se oyó a sí mismo gritar y comprendió, mientras caía, que nada hubiera podido hacer para evitarlo.
Estuvo consciente del violento impacto de su cabeza contra el suelo. Oyó como si un hueso se hubiera quebrado.
Alguien hablaba con mucha suavidad. Una mano le tocaba la frente y el tacto era muy tranquilizante, casi hipnótico.
—¡Duerme! —decía la voz suave—. Estás soñando. ¡Duerme!
Los frescos dedos eran sedantes. Como en sueños el marqués recordó que alguien había gritado… todo era oscuridad y dolor…
Pero no podía soslayar el hipnótico movimiento de la mano suave sobre su frente y de pronto se quedó dormido.
* * *
Volvió con lentitud a la consciencia… Pensó por un momento que estaba con su madre. Se hallaba en los brazos de alguien y tenía apoyada la frente sobre la tibieza de un pecho femenino. Entonces percibió cierta fragancia.
Estaba muy cómodo. Se sentía seguro y le producía una extraña felicidad el saberse amado.
De nuevo pensó en su madre, pero la fragancia incitaba otros recuerdos inquietantes.
Recordó ahora que había percibido ese aroma en el cabello de una gitana que había arrollado con su faetón.
Se sentía muy débil. Le costaba mucho trabajo abrir los ojos. Entonces sintió que quien lo tenía en sus brazos se movía. Él hubiera querido protestar porque su mejilla no descansaba ya sobre el pecho acogedor.
Ahora su cabeza estaba en una almohada y él sintió como si lo hubieran privado de algo inefable.
—¿Cómo está, señorita?
El marqués creyó reconocer la voz familiar de Hobley, aunque se percibía como un murmullo en ese momento.
—Pasó una noche más tranquila, pero todavía no recupera el conocimiento.
Era Saviya quien hablaba. Solo ella tenía esa voz suave y melodiosa, con un leve matiz de acento extranjero.
Con esfuerzo, sintiendo como si sus párpados estuvieran cargados de plomo, el marqués abrió los ojos.
Ella debía haberlo estado observando, porque con un leve grito de alegría, Saviya se arrodilló junto a él y sintió su mano en la mejilla.
—¿Estás despierto?
El marqués la miró. Su rostro estaba muy cerca del suyo y pudo ver la preocupación y, al mismo tiempo, un cierto brillo de excitación en los ojos de la gitana.
—¿Qué… sucedió? —preguntó él.
Mientras hablaba recordó la cuerda tendida en medio del camino. ¡Se había caído del caballo!
—No creo que debas hablar.
—Quiero… saber… qué sucedió —repitió el marqués y su voz fue ahora más fuerte.
Se dio cuenta de que estaba tendido en una cama muy baja, casi pegada al piso y el techo era bajo y curvo. Por un momento supuso que se hallaba en una cueva.
El lugar era tan reducido que apenas si había espacio para él, para Saviya que estaba arrodillada junto a él y para Hobley que asomaba la cabeza por lo que parecía ser una puerta abierta.
—¿En dónde… estoy? —preguntó el marqués.
—Está usted vivo, milord, y eso es gracias a la señorita Saviya —contestó Hobley—. No sabe usted lo preocupados que nos ha tenido.
Con un gran esfuerzo, el marqués volvió la cabeza un poco. Notó que tenía el hombro vendado y recordó que había escuchado con claridad cómo al caer se le fracturaba la clavícula.
—Me caí del caballo, pero no fue culpa de éste. ¿Está bien él?
—Volvió a casa —respondió Saviya—. Había una cuerda tendida entre dos árboles. Los hombres la levantaron en el momento en que tú pasabas.
—¿Qué hombres? —preguntó el marqués, aunque comprendió que era una pregunta innecesaria.
—Los hombres del señor Jethro, milord —contestó Hobley con amargura—, y fueron ellos los que rindieron falso testimonio ante los magistrados, contra la señorita Saviya.
El marqués se sintió de pronto más despierto. Trató de incorporarse y al instante sintió un agudo dolor en la espalda.
—¡No te muevas! —exclamó Saviya con rapidez—. ¡Te apuñalaron!
—Lo habrían matado a usted, milord, si la señorita Saviya no aparece tan oportunamente —agregó Hobley.
—Necesito saber todo lo que sucedió —insistió el marqués, con cierto tono de su vieja autoridad en la voz—. Empiecen por el principio.
Saviya miró a Hobley, como pidiéndole que la orientara respecto a lo que debía hacer.
—Me temo que su señoría se inquietará demasiado —le dijo Hobley—, si no le contamos todo.
—¡Por supuesto que me inquietaré! —afirmó el marqués—. Todo lo que recuerdo es que caí del caballo, aunque me di cuenta de la cuerda tendida para estorbar nuestro paso…
—Es un viejo truco, milord, pero muy astuto —explicó Hobley—. Esos hombres deben haberse dado cuenta de que su señoría hacía ese recorrido todas las mañanas y lo estaban acechando.
—Yo tuve la intuición de que algo andaba mal —intervino Saviya—. Estábamos empacando para marcharnos de aquí…
—¿Pensabas irte? —La interrumpió el marqués.
Él la miró y ella bajó los ojos.
—Tenía que… hacerlo —murmuró y un rubor intenso subió por sus mejillas.
—¡Pero te quedaste!
—Yo presentí que corrías peligro y opté por averiguar si era solo mi imaginación. Pedí a uno de los gitanos que me trajera un caballo y que me acompañara montando en otro.
Lanzó un leve suspiro.
—Pensé que era demasiado temprano para que tú hubieras salido ya de la casa. Mi única intención era verte cruzar el parque, entrar en el viejo sendero y salir del otro lado.
—¿Me habías observado antes hacer eso? —preguntó el marqués.
De nuevo el color tiñó las mejillas de Saviya.
—Casi… todas las mañanas —contestó ella.
—Fue una gran suerte, milord —intervino Hobley—, que la señorita Saviya lo hubiera visto caer en el camino. Si no lo hubiera hecho, no estaría usted aquí ahora.
—¿Qué sucedió? —preguntó el marqués.
Al decir eso cubrió la mano de Saviya con la suya y sintió los dedos de ella temblar bajo los suyos.
—Al llegar al sendero —explicó Saviya—, vi cómo tu caballo tropezaba con la cuerda tendida y tú salías disparado por encima de su cabeza. Entonces, cuando te encontrabas ya en el suelo, dos hombres surgieron de entre los árboles. Uno de ellos tenía un cuchillo largo, como una daga, en la mano. Antes que yo pudiera acercarme más o gritar, te la clavó en la espalda.
El marqués comprendió que ésa era la causa del dolor que había sentido un momento antes, cuando trató de incorporarse.
—El hombre sacó el cuchillo y te lo hubiera vuelto a clavar —continuó diciendo Saviya—, si no hubiera lanzado mi caballo hacia donde se encontraba, gritando a todo pulmón. El gitano que iba conmigo hizo lo mismo. El ruido asustó a los dos hombres y huyeron corriendo por el bosque.
Saviya contuvo unos segundos la respiración antes de decir:
—Cuando llegué a tu lado pensé por un momento que estabas muerto.
—Fue una verdadera suerte, milord —intervino Hobley—. Uno o dos centímetros más abajo, y esos demonios asesinos hubieran logrado su propósito.
—¿Qué hiciste? —preguntó el marqués, sosteniendo la mano de Saviya con más fuerza.
—Yerko, el gitano que iba conmigo, y yo, te ocultamos entre los árboles, por si volvían los asesinos.
—Cómo lograron eso, no me lo explico. Soy muy alto y pesado.
—Yerko es fuerte y yo deseaba salvarte —contestó Saviya con sencillez.
—Cuando un gitano vino a la casa a decirme que la señorita Saviya me necesitaba con urgencia en el bosque, sospeché que algo así había ocurrido —dijo Hobley—. Estaba seguro, milord, de que el señor Jethro se traía algo entre manos, cuando fue visto en «El hombre verde».
—¿Hay alguna prueba de que fue el señor Jethro quien trató de matarme? —preguntó el marqués.
Saviya miró a Hobley y ninguno de los dos dijo nada. El marqués comprendió que se estaban preguntando si debían o no decirle la verdad.
—¡Maldita sea! —exclamó—. No soy un niño. Díganme la verdad.
Saviya puso su mano en la frente de él.
—Has tenido una fiebre muy alta durante algunas horas —dijo ella—, y no queremos que te agites.
—Me agitará mucho más saber que me están ocultando algo —replicó el marqués.
—Muy bien, milord, será mejor que sepa usted lo peor —dijo Hobley—. Hay una orden de arresto contra la señorita Saviya, como presunta responsable de haberlo asesinado. El cuchillo que usaron los asesinos está en poder de la autoridad y el señor Jethro se ha instalado ya en la casa.
—¡Maldición! —exclamó el marqués. Intentó moverse de nuevo, mas no pudo hacerlo por un agudo dolor en la espalda, que perló de sudor su frente.
—Esto es demasiado para ti —observó Saviya—. Debiste haber esperado. No hay prisa para que sepas cosas desagradables.
—¿No hay prisa? —preguntó el marqués—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Poco más de una semana —contestó Saviya.
—¡Más de una semana! —repitió el marqués con incredulidad.
—Tiempo suficiente, milord, para que el señor Jethro haya declarado ante las autoridades que usted fue asesinado por la señorita Saviya, que los gitanos enterraron su cuerpo en el bosque y, por lo tanto, él tiene derecho a tomar posesión del título y de sus propiedades.
El marqués guardó silencio, tratando de asimilar la enormidad de lo que Hobley acababa de decir.
—¿Por qué no me llevaron a casa? —preguntó.
—En el estado en que estabas —respondió Saviya—, estoy segura de que tu primo habría encontrado la forma de deshacerse definitivamente de ti.
—Además —intervino Hobley—, la señorita Saviya habría sido llevada a prisión.
—¿En dónde estoy oculto? —preguntó el marqués.
—En mi carreta, en las profundidades del bosque —contestó Saviya—. Parece un lugar oscuro, porque los gitanos la cubrieron con ramas y enredaderas, de modo que es casi imposible verla.
—¿Y tu gente… está bien?
—Sí, se cambiaron a un lugar donde es más difícil dar con ellos. De cualquier modo, como te podrás imaginar, tu primo no está haciendo ningún esfuerzo por encontrarnos. Lo último que desea es que alguien declare que sus cómplices no están diciendo la verdad.
—¡No voy a permitir que ocupe mi lugar! —exclamó el marqués, con lo que él intentaba que fuera un tono furioso y decidido.
Pero aun a sus propios oídos su voz sonó muy débil y antes de poder decir más, se quedó dormido.
Hasta dos días más tarde el marqués pudo por fin absorber todos los detalles del drama que Jethro preparó y llevó a cabo de forma tan astuta. Si Saviya no hubiera estado observándolo, comprendió, lo habrían asesinado en el camino, con un cuchillo gitano clavado en la espalda.
—El cuchillo tenía caracteres gitanos —explicó Saviya—. Una descripción de él apareció en los periódicos. Mi padre piensa que se trata de una daga española, semejante a la que usan los gitanos en sus reyertas.
—Buena evidencia circunstancial —comentó el marqués.
Fue Hobley quien le relató lo arrogante y dictatorial que se estaba mostrando su primo en la Casa Ruckley.
—Sir Algernon volvió a Londres, milord, después de que el señor Jethro llegó a la casa diciendo que había oído una extraña historia en el pueblo, en el sentido de que dos hombres lo habían visto caer en una emboscada y que una mujer gitana lo había apuñalado.
La voz de Hobley estaba llena de desprecio cuando continuó diciendo:
—Los hombres mostraron la cuerda como evidencia y dijeron que andaban por el viejo sendero, buscando trabajo en las granjas de los alrededores. Tenían una hábil coartada.
—Jethro se encargó de entrenarlos, sin duda alguna —murmuró el marqués.
—Su primo es muy astuto, milord, de eso no le quepa duda. El señor Jethro parecía tan satisfecho al relatar su historia, que Sir Algernon, aunque expresó una profunda pena por la desaparición de su señoría, dijo que consideraba que todo aquello no era más que una sarta de mentiras. Por lo que había visto de la señorita Saviya, podía asegurar que era incapaz de matar a nadie y mucho menos a usted.
—Pero no quiso involucrarse en el asunto, ¿no es así? —dijo el marqués con una sonrisa.
—Eso es evidente, milord. Sin embargo, el Capitán Collington discutió con el señor Jethro acaloradamente.
—¡Me lo imagino! —comentó el marqués.
—Él se quedó una noche más, diciendo que trataría de encontrarlo. De hecho, vino al bosque y lo buscó, hasta que el señor Jethro le ordenó que saliera de la propiedad.
—¿Se atrevió a hacer eso? —exclamó el marqués.
—Sí, milord. Dijo que en su personalidad de nuevo Marqués de Ruckley, no toleraría las impertinencias del capitán y tampoco deseaba ofrecerle por más tiempo la hospitalidad de la casa.
El marqués habría descargado su furia, si Saviya no interviene:
—Prometiste no enfadarte. Te hace daño. Si no escuchas tranquilo, no te diremos más. Lo importante es que te acabes de recuperar.
La expresión furiosa del marqués fue sustituida por una sonrisa contrita.
—Una vez más tengo que agradecerte que me hayas salvado la vida —murmuró el marqués.
—Fue la señorita Saviya, milord —continuó Hobley—, la que pensó que no debía quedarme aquí con usted, como yo hubiera querido, sino que debía ir y venir de la casa.
—Pensé que cuando estuvieras mejor, Hobley podría mantenerte informado así de lo que estaba sucediendo en la casa. Por otra parte —explicó Saviya—, yo no habría podido acomodarte la clavícula como lo hizo él, y debo reconocer que las hierbas y el bálsamo que utilizó para curar tu herida son más efectivos que los usados por gitanos durante siglos.
—Las mías también son medicinas tradicionales y naturales, como las de los gitanos —señaló Hobley.
—Ahora ya estoy lo bastante bien como para enfrentarme a mi primo y echarle en cara todas sus mentiras —declaró el marqués.
Tanto Saviya como Hobley lanzaron exclamaciones de protesta.
—Tú no te moverás de aquí hasta que tengamos la seguridad de que te has recuperado lo suficiente —ordenó Saviya—. Recuerda que él no va a ceder con facilidad. Intentará matarte de nuevo.
Había tanta angustia en su voz que el marqués contestó:
—Seré sensato. No intentaré nada arriesgado, te lo prometo.
—No sabes cómo hemos sufrido por ti —murmuró la joven en voz baja y el marqués vio en sus ojos, asomarse el brillo repentino de las lágrimas.
—No haré nada precipitado —le ofreció—, pero una vez que esté yo lo bastante fuerte, daré a mi primo una lección que no olvidará. Y tengo que dejar tu nombre libre de culpa, Saviya.
—Eso no es lo importante —murmuró ella—, que se me considere una asesina es lo común para una gitana.
—Nadie en la casa cree eso de usted, señorita Saviya —le aseguró Hobley.
Ella le ofreció una sonrisa.
—Gracias.
—¿El señor Jethro no está haciendo cambios en la casa? —preguntó el marqués con voz aguda.
—Todavía no, milord —contestó Hobley—, aunque amenaza con hacerlo. Sin embargo, los albaceas le han informado que aún no pueden declarar muerto a su señoría. Creo que es el Capitán Collington quien los ha convencido de que hay probabilidades de que esté usted vivo.
—El Capitán Collington jamás pensaría que la señorita Saviya sería capaz de matarme. Y conoce muy bien los detalles sobre los otros dos atentados contra mi vida que ha planeado Jethro.
—Creo que ha informado de eso a los albaceas, milord.
Al decir eso, Hobley sacó el reloj de su bolsillo.
—Será mejor que me vaya, milord. Debo tener mucho cuidado de que el señor Jethro no sospeche nada, ni me haga seguir. Eso me obliga a tomar distintos caminos y dar largas vueltas para llegar aquí.
—¡Estoy seguro de que el ejercicio te hará bien! —exclamó el marqués con una sonrisa.
—Yo estaría dispuesto a subir montañas, milord, con tal de verlo restablecido. Lo echamos mucho de menos en la casa.
—Gracias, Hobley. Muy pronto estaré allí —repuso el marqués sonriendo.
Cada vez que llegaba, Hobley llevaba con él cuanto podía transportar en una cesta. Comida, botellas del vino favorito del marqués, sábanas limpias, lociones para la espalda del enfermo y, desde luego, todos los artículos de tocador que su señoría tenía por costumbre usar.
Los cepillos de oro del marqués, con su monograma en diamantes, se veían fuera de lugar en la carreta de Saviya. Sin embargo, él nunca había imaginado lo acogedor que podía ser un lugar tan reducido como ése.
Debido a su elevada estatura su cama ocupaba todo un lado de la carreta, pero había ganchos, repisas y pequeños anaqueles en todas las paredes de ésta, y las cosas se guardaban allí de forma tan ingeniosa que no dejaba de asombrarse.
Los costados estaban pintados con habilidad, en alegres tonalidades, decorados con flores, pájaros y mariposas. El estilo era definitivamente ruso, no inglés, y Saviya le comentó que el exterior de la carreta estaba decorado de forma similar.
Había dos ventanas a través de las cuales casi no penetraba luz debido al follaje con que los gitanos habían cubierto la carreta.
Pero el sol se infiltraba a través de la puerta y de igual manera, Fabius podía ver la luz de la luna, al caer la noche.
Desde que había vuelto en sí, Saviya no permanecía a su lado por las noches, sino que desaparecía. Posiblemente, pensaba él, iba a dormirse con los suyos.
Después de darle de cenar y de charlar un rato, ella solía decir con suavidad:
—Es ya hora de que te duermas.
Él le besaba la mano y entonces la gitana se marchaba, dejándolo solo con sus pensamientos. Al principio estaba tan débil y fatigado que un profundo sopor hacía presa de él, en cuanto ella se iba y volvía a despertar cuando Saviya le traía el desayuno, a la mañana siguiente.
Hobley lo lavaba, lo afeitaba y lo atendía, dos o tres veces diariamente. Algunas veces, si el señor Jethro no estaba en la mansión, permanecía muchas horas cerca del enfermo; en otras ocasiones, pasaba una hora en la mañana, otra a la hora del almuerzo y una vez más por la noche.
Para el marqués era una vida extraña, poco común, y, sin embargo, nunca se había sentido más dichoso.
No se sentía inquieto, ni aburrido.
Algunas veces se mantenía inmóvil por largo tiempo, sin hablar, observando el rostro de Saviya, que se sentaba en la puerta de la carreta. Para él su belleza era como una flor exótica y exquisita que todos los días abría nuevos pétalos, que obligaban a apreciarla cada vez más.
El marqués tenía aproximadamente dos semanas en la carreta cuando una tarde, después de que Hobley había vuelto a la casa, dijo a Saviya:
—Pronto estaré lo bastante fuerte como para enfrentarme con Jethro y entonces no podrás detenerme.
—Estás mucho mejor ahora —comentó Saviya con una sonrisa.
—Antes que deje yo esta idílica existencia —dijo el marqués—, tenemos que hablar de nosotros, Saviya.
Ella se puso rígida y la expresión de su rostro cambió.
—No me has dicho todavía por qué, la mañana en que me salvaste la vida, te preparabas para marcharte.
Ella titubeó y miró hacia otro lado.
—No habría sido correcto que me quedara contigo —contestó.
—¿Correcto para quién? —preguntó el marqués, casi enfadado—. Pensé que habías comprendido que no puedo vivir sin ti, Saviya. Lo sabía entonces, pero ahora ya no existe en mi mente la menor duda de que tú y yo somos parte uno del otro. ¿Cómo puedes negar algo que es tan perfecto, tan maravilloso?
Ella no contestó y él se dio cuenta de que temblaba.
—¡Ven aquí, Saviya! —le ordenó—. Te quiero cerca de mí.
Él pensó que iba a negarse, pero casi como un niño que obedece la voz de la autoridad, abandonó su asiento junto a la puerta para irse a arrodillar junto a la cama de él.
—¡Mírame, Saviya!
Ella levantó la vista hacia él y el marqués vio que sus ojos eran muy grandes y parecían un poco temerosos.
—¡Te amo! —exclamó—. ¿No te das cuenta, mi amor, de cuánto te amo?
—¡Yo te amo también! —contestó Saviya—, pero como eres tan importante… de tan alta alcurnia en el… mundo social… tu unión con una gitana provocaría el escándalo y tal vez distanciaría a tus amigos.
—Si se alejaran no son mis amigos —consideró el marqués—. ¿Y acaso importa algo que no seamos nosotros mismos? Ni tú ni yo queremos la vida alegre de Londres. Podemos vivir en Ruckley o irnos al extranjero parte del año. Tengo un yate que nos puede llevar por la costa de Francia, adonde tú quieras ir. Para mí no importa el lugar en que nos encontremos, mientras estemos juntos.
Ella lanzó un hondo suspiro y él comprendió que estaba profundamente conmovida.
Saviya clamó con una repentina nota de desesperación:
—¡Tú no comprendes!
—¿Qué es lo que no comprendo? —preguntó él con gentileza.
—Que no puedes olvidarte de los prejuicios, las creencias, los odios de siglos enteros. Nosotros somos, como tú dices, dos personas que se aman, pero hay un gran abismo entre los dos, y nada que digas o hagas puede salvarlo.
—¡Eso es ridículo! —protestó el marqués con voz aguda—. Hay algo que puede salvarlo, Saviya, algo más fuerte que cualquiera de tus argumentos.
—¿Qué es? —preguntó, desconcertada.
—¡El amor! —contestó él.
Al decir eso, el marqués extendió los brazos y la atrajo hacia él.
Estaba sentado, apoyado contra las almohadas y la gitana no lo rechazó.
Su cabeza descansó sobre el hombro de él y ahora se hallaba semirrecostada en la cama.
—¿Puede algo en el mundo ser más importante que esto? —preguntó él y sus labios buscaron los de ella.
La besó con frenesí, con una pasión que había estado débil, aunque latente, durante las dos últimas semanas. Pero él comprendió, cuando su boca se apoderó de la de su amada, que su deseo era como una llama devoradora que ardía en todo su cuerpo.
Al mismo tiempo, adoraba, con fervor, la gentileza y la dulzura de la muchacha.
—¡Te amo! Debes creerme, Saviya, cuando te digo que no hay nada más en mi vida, excepto mi amor por ti.
La besó de nuevo, hasta que tembló en sus brazos y entonces el marqués murmuró:
—¿No quieres que nos vayamos juntos ahora, lejos de aquí, y olvidemos que nada he tenido, excepto mi amor por ti? Dejemos que Jethro sea el Marqués de Ruckley y se quede con todos mis bienes. Nada de eso me importa. Lo único que ansío tener en la vida es tu amor.
Saviya le echó los brazos al cuello y ahora él sintió cómo sus besos correspondían a los suyos, y cómo su corazón latía con igual fuerza que el suyo.
Entonces, cuando parecía haber alcanzado la cumbre misma del éxtasis, Saviya se retiró con suavidad de sus brazos.
—Te amo —murmuró—, pero ahora debes descansar.
El marqués protestó y ella colocó las puntas de sus dedos contra los labios de él.
—Reposa —dijo—. Estás cansado y éste no es el momento adecuado para tomar decisiones.
—Dime una cosa, Saviya… dime que me amas como yo te amo a ti. Necesito escucharlo, para saber que es verdad.
—¡Te amo! —murmuró ella.
Y, sin embargo, había una nota de tristeza en su voz.