Capítulo 2
El palafrenero que acompañaba al marqués en el faetón corrió para atender a los agitados caballos, mientras su amo bajaba de un salto y corría hacia donde la mujer yacía inmóvil.
Cuando llegó ante ella vio que era muy joven. Tenía sangre en la frente y la blusa blanca que llevaba puesta, desgarrada sobre el hombro izquierdo, permitía ver una herida que sangraba profusamente.
El marqués se inclinó y sacó al mismo tiempo un pañuelo del bolsillo de su chaqueta. Entonces, al darse cuenta de que estaba inconsciente, miró a su alrededor, primero hacia su faetón y después, a lo lejos, su casa. Decidió llevarla en brazos.
Vagamente recordaba haber oído que era peligroso que alguien con heridas internas fuera sacudido, o movido siquiera, pero no podía dejarla tirada a mitad del camino.
Era pequeña y delgada. Seguramente la lastimaría mucho menos si la llevaba en brazos y caminaba hasta su casa… que si intentaba subirla al faetón.
Con mucha solicitud, levantó en brazos a la figura inmóvil. Era muy ligera.
—Lleva el faetón a casa, Jim —ordenó al palafrenero, que observaba desde el vehículo—. Diles que ha habido un accidente.
—Muy bien, milord —contestó el palafrenero y lanzó los caballos en dirección de la casa.
Moviéndose con lentitud, el marqués lo siguió.
Mientras caminaba, bajó la mirada hacia su delicada carga y comprendió que, no tomando en cuenta la herida que tenía en la frente, era una muchacha muy bella, aunque de una belleza un poco extraña.
Tenía cabello negro y tan largo que posiblemente le llegaría más abajo de la cintura. Sus ojos cerrados eran perfectas medias lunas con largas pestañas que sombreaban su piel de marfil.
No parecía inglesa. Entonces, al mirar su ropa, el marqués comprendió.
¡La muchacha a la que había arrollado era una gitana!
Llevaba una amplia falda roja, que él estaba convencido cubría numerosas enaguas; un chaleco de terciopelo negro atado al frente, una banda roja alrededor de su pequeña cintura y una blusa bordada, de bajo escote y mangas cortas.
Él siempre había supuesto que los gitanos eran sucios; pero la muchacha que llevaba en sus brazos estaba inmaculadamente limpia y de su cabellera se desprendía una leve fragancia oriental.
El marqués vio que alrededor del cuello llevaba un collar de monedas de oro unidas con lo que parecían ser pequeños trozos de cristal rojo. Recordó haber escuchado alguna vez que a las gitanas les gustaban mucho las joyas.
Algunas de las monedas que la muchacha llevaba parecían ser muy antiguas y de procedencia extranjera. Entonces se reconvino a sí mismo por preocuparse de nada que no fuera su víctima, que tal vez estaba malherida.
Desde luego, solo había perdido los sentidos y eso era un consuelo. Respiraba con regularidad y su aparente palidez quizá era su color habitual.
No le llevó mucho tiempo llegar al patio que había frente a una escalinata que conducía a la entrada principal.
Al acercarse, varios sirvientes corrieron a su encuentro.
Bush, el mayordomo, fue el primero en llegar a su lado. Cuando lo hizo, exclamó:
—Supimos que hubo un accidente, milord. ¿Quién es la señorita? —Se acercó y al verla agregó—: ¡Vaya, es una de las gitanas, milord!
—¿Qué gitanas?
—En esta época del año, siempre hay grupos de gitanos que acampan en el bosque, milord.
El marqués subió la escalinata.
Había un número considerable de sirvientes en el vestíbulo de mármol al que entró; pero él, sin decir nada, subió por la escalera hasta el primer descanso, donde encontró a la señora Meedham, el ama de llaves, que al verlo, procedió a hacerle una reverencia.
—¿Qué dormitorio está listo? —preguntó el marqués.
—Todos, milord.
En seguida, al mirar a la figura inconsciente en los brazos del marqués, la mujer exclamó:
—¡Pero, si es una gitana! Una habitación en la sección de la servidumbre será suficiente para ella, milord.
El marqués caminó por el corredor.
—Abra la puerta —ordenó con firmeza.
Después de un momento de asombro, la señora Meedham obedeció y el marqués entró en uno de los bien dispuestos dormitorios que había en el primer piso. La señora Meedham entró detrás de él, protestando aún, pero una mirada del marqués la obligó a callar.
La mujer se apresuró a quitar del lecho la colcha de seda bordada, la destendió para dejar las sábanas al descubierto, mientras murmuraba entre dientes:
—¡Las sábanas pueden lavarse, cuando menos, milord!
Con mucho esmero, el marqués depositó a la muchacha sobre la sabana bordada con el escudo de armas de los Ruckley.
La cabeza de la muchacha descansó sobre la almohada y la blancura de ésta resaltó la negrura de su cabello.
—Mande llamar a Hobley —ordenó el marqués.
—Aquí estoy, milord.
Un hombre de edad madura acababa de entrar y se acercaba con prontitud hacia el lecho.
Hobley había estado en la Casa Ruckley desde que el marqués podía recordar. Oficialmente era su valet, pero de forma no oficial era el médico de la casa, por su habilidad como curandero.
Era más eficiente que cualquier médico de la localidad y todos en la casa y en la finca lo consultaban cuantas veces enfermaban o se lastimaban.
Hobley se acercó a la cama, examinó la herida en la frente de la muchacha, que yacía inconsciente, así como las magulladuras que tenía en el brazo. Después notó que escurría sangre por debajo de sus enaguas y las levantó ligeramente para descubrir una profunda cortada en un tobillo.
Al hacerlo, el marqués vio que la muchacha llevaba las piernas desnudas y que calzaba zapatillas rojas, adornadas con hebillas de plata.
—Necesito agua caliente y vendas, por favor —dijo Hobley. La señora Meedham y varias doncellas que se habían congregado cerca de la puerta se apresuraron a ir en busca de lo que pedía.
—¿Tendrá algún hueso roto? —preguntó él marqués.
—No lo sé todavía, milord. ¿Le pasó la rueda encima?
—No estoy seguro. Todo sucedió tan rápidamente… —Se detuvo antes de agregar con aire contrito—: fue mi culpa, Hobley. Iba yo conduciendo demasiado aprisa.
—Tengo idea de que la muchacha está menos malherida de lo que parece observó Hobley con aire consolador.
—Pero está inconsciente.
—Eso es debido a la herida que tiene en la cabeza —contestó Hobley—. Déjela en mis manos, milord. Voy a revisarla para ver con exactitud qué tiene y yo avisaré a su señoría si es necesario llamar al médico o no.
—Gracias, Hobley —dijo el marqués, con una nota de alivio en la voz.
Abandonó la habitación y se dirigió hacia la biblioteca, situada en la planta baja. La biblioteca era una de las habitaciones más lujosas de la casa. En tiempos de su padre, había sido renovada por completo, pues se le agregaron dos mil o tres mil volúmenes más a los que ya tenía su abuelo.
Sentado frente a un escritorio, en el centro mismo de la biblioteca se encontraba un anciano de cabello blanco.
Levantó la cabeza con indiferencia cuando el marqués abrió la puerta; pero al ver de quién se trataba, se levantó con una exclamación de sorpresa y placer.
—No lo esperaba yo, milord. ¿Por qué no me avisaron que iba a venir usted?
—Vine de forma repentina —contestó el marqués—. Fue apenas anoche cuando decidí venir al campo.
Estaba hablando con el hombre que había sido su preceptor, amigo y compañero por muchos años…
El Reverendo Horace Redditch fue contratado por el difunto marqués, para preceptor de Fabius, antes que éste fuera a Eton.
Se había adaptado tan bien y fue tan estimado por la familia, que en el curso del tiempo se convirtió en el capellán personal del marqués, así como en bibliotecario y encargado de las obras de arte de la finca.
Era conocido por todos como «el reverendo» y disfrutaba de la familiaridad que hacía de ese título en términos de afectuosa consideración.
Había acompañado al actual marqués, cuando era muy joven, en muchos viajes a través del país.
—Me alegra mucho verlo, señor —añadió el marqués con una nota de cariño en su voz que pocas personas recibían de él.
—¿Está usted disfrutando de su estancia en Londres? —preguntó el reverendo.
—No mucho —confesó el marqués—. Por cierto, acabo de tener un accidente. A mi llegada a Ruckley atropellé a una muchacha gitana. Está arriba y Hobley la atiende ahora mismo.
—¿Una gitana? No es de sorprender. Ésta es la época del año en que los gitanos nos visitan.
—Dígame lo que sabe de ellos, por favor.
—Fue la abuela de usted, creo, quien les dio autorización para acampar en los terrenos de la finca. Era una mujer muy piadosa, que se compadecía de las personas sin hogar. Creo que le interesaban mucho los gitanos, que vagan por el mundo sin quedarse jamás en ninguna parte.
—Yo no sé casi nada acerca de ellos.
—Llegaron de la India, según se cree, milord. Eso, tal vez, explique el color oscuro de su cabello y de su piel.
—¿Han sido siempre nómadas?
—Se cuentan, por supuesto, numerosas leyendas y explicaciones del porqué no pueden permanecer en ningún sitio.
—¿Hay muchos gitanos en Inglaterra?
—Un número considerable, creo. Pero los gitanos se encuentran en todos los países. Si le interesa, puedo ver si tenemos algún libro sobre ellos.
El marqués encogió los hombros.
—Me parece recordar que a los guardabosques no les simpatizan los gitanos porque sin permiso matan a los faisanes.
—En esta finca ha sido una tradición que no se les moleste, ni se les expulse, milord. Yo creo que son personajes pintorescos e inofensivos. Espero que usted no les negará la hospitalidad que han encontrado en Ruckley por casi un siglo.
—¡Por supuesto que no lo haré! —exclamó el marqués—. Después de todo, me siento responsable de la chica a la que acabo de lastimar. ¿Cree usted que debo ponerme en contacto con su tribu, o como se llamen sus grupos?
—Tal vez no esté muy malherida, milord. Será conveniente esperar a que Hobley vea cuál es su estado.
—Sí, tiene usted razón, señor.
El marqués se dirigió hacia el salón y tenía unos cuantos minutos allí, cuando llegó Hobley a buscarlo.
—¿Cómo está la muchacha? —preguntó el marqués.
No hay huesos rotos, milord, pero el golpe que recibió en la cabeza parece haberle causado conmoción. No me sorprendería que esta noche tuviera fiebre.
—Pero ¿no es nada grave?
—No, milord. Las heridas y golpes son del todo superficiales. Cuando la gitana recobre el conocimiento podremos determinar cuanto la afectó el golpe.
—Entonces debe permanecer aquí hasta que esté mejor —dijo el marqués.
—La señora Meedham está ansiosa por pasarla a otra parte de la casa, milord. Ella siente que no es correcto que una gitana ocupe uno de los dormitorios de la familia.
—Correcto o incorrecto, ella se quedará donde está —replicó el marqués con voz aguda—. Es culpa mía que la muchacha haya resultado herida y debe ser tratada con toda la consideración posible. Toda la servidumbre debe ser enterada de eso, Hobley.
—Muy bien, milord. Yo me encargaré de eso; pero su señoría debe comprender que la gente tiene miedo a los gitanos.
—¿Por qué?
—Temen que les hagan «mal de ojo», que les roben a sus niños y que hagan caer maldiciones sobre ellos.
El marqués rio de buena gana.
—Razón de más para que sean amables con nuestra huéspeda, aunque ella no me parece el tipo de criatura que pueda maldecir a nadie. Bien, Hobley, si no hay nada más por hacer, creo que regresare a Londres.
—Imaginamos que eso iba usted a desear, milord. Los caballos han sido cambiados y están listos para el momento en que lo ordene su señoría.
—Entonces haz que los traigan a la puerta —indicó el marqués. Y cuando nuestra invitada esté en condiciones para irse, procura que la recompensen por el daño que le causé.
—¿Cuánto se le debe dar, milord? —preguntó Hobley en tono respetuoso.
—Creo que cinco libras serían lo adecuado, Hobley. Pide al señor Graystone el dinero.
—Así lo haré, milord. ¿Cuándo volveremos a ver a su señoría?
—No tengo idea —contestó el marqués—. La temporada está en pleno apogeo, Hobley, y supongo que no querrás que me pierda ninguna de las extravagantes y agotadoras diversiones que tienen lugar noche a noche.
El marqués habló con sarcasmo y entonces sonrió, casi con aire de disculpa, al viejo y fiel sirviente que lo amaba desde niño.
—¿Sucede algo, señorito Fabius? —preguntó Hobley.
Era la misma pregunta que el marqués había oído muchas veces a través de los años. Era Hobley el que intuía siempre si las cosas andaban mal o si algo lo inquietaba.
—No, Hobley, no sucede nada, en realidad. Lo que pasa es que el Capitán Collington y yo estábamos diciendo apenas anoche que nos estamos volviendo viejos. Las cosas ya no resultan tan divertidas como cuando éramos jóvenes.
—Usted aún es lo bastante joven como para gozar de la vida, milord —comentó Hobley con un brillo alegre en los ojos—. Y si su señoría sigue mi consejo, no desperdicie un solo momento de goce que la vida le ofrezca.
—¿Lamentas no haber disfrutado lo suficiente de tu propia juventud?
—No, milord. No tengo nada por qué lamentarme y eso pido a Dios que suceda a su señoría. De acuerdo con mi experiencia, hay siempre algo emocionante por esperar y surgen aventuras donde menos las espera uno.
—Me renuevas los ánimos, Hobley.
El marqués iba sonriendo cuando a través del vestíbulo, caminó hacia la puerta.
Una semana más tarde, el marqués volvió a hacer el mismo recorrido desde Londres, para ir a visitar a Eurydice.
Esperaba verla en el baile de la Duquesa de Devonshire, o en cualquiera de las fiestas importantes que tuvieron lugar en los días siguientes, pero no la vio en ninguna parte.
Mientras conducía su faetón hacia la casa de Eurydice, se reprochó a sí mismo haberle pedido que fuera su esposa, en su afán de frustrar los planes asesinos de su primo Jethro.
Si era sincero consigo mismo, el marqués sabía muy bien que no deseaba casarse con ella. En teoría, le había parecido una buena idea. En la práctica, se daba cuenta de que no tendrían la menor posibilidad de ser felices juntos y muy poca esperanza de llevarse siquiera medianamente bien.
Estaba seguro de que Eurydice lo había hecho llamar porque Severn no le propuso matrimonio, como ella esperaba y, por lo tanto, estaba dispuesta a ser la Marquesa de Ruckley.
Deprimido y temeroso, detuvo su faetón ante el pórtico de columnas de la casa de Eurydice, bajó y lo condujeron con la debida ceremonia al salón donde ella lo aguardaba.
No pudo menos que reconocer que estaba extraordinariamente hermosa. La luz del sol formaba una aureola en torno a su cabello rubio, cuando se volvió de la ventana y se dirigió hacia él con una sonrisa que nunca le había parecido tan radiante como en ese momento.
—¡Por fin llegaste, Fabius! ¡Me alegro muchísimo de verte!
El marqués se llevó la mano de ella a los labios.
—Me honra tan cordial bienvenida —la saludó él con su profunda voz.
—Debes perdonarme por hacerte venir de Londres por segunda vez —dijo Eurydice—; pero lo que tengo que decirte es de suma importancia.
El marqués contuvo el aliento y esperó a que cayera el golpe sobre él.
—¿No quieres que nos sentemos? —sugirió Eurydice.
Con la mano indicó un sillón y cuando el marqués se hubo sentado en él, ella lo hizo en el sofá.
—Tengo tantas cosas que contarte, Fabius; pero creo que empezaré por algo que es muy importante para ti y para mí. Quiero preguntarte si estarías dispuesto a hacerte cargo de mi finca y manejarla al mismo tiempo que la tuya.
—Pues, por supuesto. Eso se sobreentiende —dijo el marqués—. Sería un desperdicio de tiempo y de dinero ocupar gerentes y administradores por separado. Todo es cuestión de decidir quiénes de nuestros empleados son dignos de quedarse en el puesto que ocupan, pero ya cubriendo las dos propiedades.
Eurydice sonrió.
—Lo que te estoy diciendo en realidad, aunque tal vez no lo hago con mucha claridad, es que posteriormente tal vez te venda mi propiedad. Por el momento, lo que prefiero es que me la administres. Si lo prefieres así, puedes rentármela.
El marqués la miró, desconcertado.
—No comprendo.
—¡Claro que no! ¿Cómo podrías hacerlo? —preguntó Eurydice y lanzó un leve suspiro. Había en ella una expresión satisfecha y feliz que nunca había mostrado antes—. Me voy del país, Fabius, y no puedo dejar mi propiedad sin nadie que se responsabilice de ella. Me parecería una traición a mi propia casa.
—¿Quieres decir que has aceptado la propuesta de Severn?
—No, rechacé la propuesta de matrimonio que me hizo.
El marqués se quedó inmóvil.
—Entonces…
—Voy a casarme —aclaró Eurydice con voz suave—, pero no con el duque, ni contigo.
—¿Vas a casarte con alguien más? —preguntó el marqués, incrédulo—. Pero ¿con quién?
—Con alguien de quien jamás has oído hablar siquiera. Se llama Silas Wingdale.
El marqués enarcó las cejas.
—¿Silas Wingdale? —repitió—. ¿Y quién diablos es él?
Eurydice se puso de pie de un salto y empezó a reír.
—Me imaginé que ibas a asombrarte. Él es norteamericano. ¡Vive en Virginia y lo amo! ¡Sí, lo amo! Y voy a casarme con él, Fabius. No me importan nada la corona ducal, ni los diamantes de los Ruckley, ni la posición social, ni nada de las cosas que tú pensabas que eran trascendentales para mí. Estoy enamorada como nunca en mi vida lo había estado. Ni siquiera cuando conocí al pobre de Beaugrave. ¡Esto es muy diferente! Silas es mayor y me ama de una manera distinta, mucho más profunda. De hecho, estar con él es para mí como alcanzar el mismo cielo.
El marqués se llevó la mano a la frente.
—¿Estás segura de que esto no es una broma? ¿Lo dices en serio, Eurydice?
—Nunca en mi vida he hablado más en serio —repuso ella—. Silas y yo nos casaremos, en una ceremonia discreta mañana. Después nos embarcaremos en Plymouth, con destino a los Estados Unidos y solo Dios sabe si algún día volveré a este país.
—¿Sabes siquiera a lo que te estás lanzando o en qué tipo de lugar vas a vivir? —preguntó el marqués.
—He visto dibujos de la casa de Silas y es muy hermosa. Parece una gran casa solariega de Londres. Pero no me importaría si fuéramos a vivir en una casucha. ¡Lo amo, Fabius, y él me ama a mí! Eso es más importante que cualquier otra cosa… ¡aunque yo apenas acabo de comprenderlo!
Una hora más tarde el marqués, todavía desconcertado por lo que había escuchado, se dirigió a su propia casa.
Casi no podía creer que alguien, mucho menos Eurydice, sería capaz de olvidarse de todo lo que antes le parecía tan importante, y lanzarse a través del mar con un hombre al que apenas conocía, a pesar de ponderar su amor con todas las virtudes imaginables.
El marqués había discutido con ella y le había pedido que pospusiera su matrimonio cuando menos el tiempo suficiente para que sus amigos tuvieran oportunidad de conocer a Silas Wingdale.
—Carecería de importancia lo que ustedes opinaran de él. Así que, ¿por qué voy a posponer mi boda? —preguntó Eurydice, con un leve asomo de su antigua agresividad. No estoy pidiéndote que te cases con él, Fabius, así que tu criterio al respecto no me interesa.
Entonces extendió la mano para tocar la mejilla del marqués.
—Cuando te enamores, como sin duda alguna lo harás un día —dijo con suavidad—, comprenderás por qué no hay argumento capaz de hacerme cambiar de opinión ni nada que pudiera influir en mí. Es Silas al que quiero y al que anhelo tener.
Eurydice habló con tanta pasión, que el marqués comprendió que ahora era una persona muy diferente a la fría y ambiciosa jovencita en la que se convirtió después de la muerte de su marido.
Era asombroso que se transformara de la noche a la mañana, de una mujer decidida y ambiciosa, en una criatura gentil y femenina cuyos ojos se encendían de felicidad cada vez que mencionaba al ser amado.
«¡Caramba!» pensó el marqués, mientras conducía su faetón hacia la Casa Ruckley. «¿Por qué no puedo sentir yo así?».
Entonces se echó a reír de sí mismo por imaginar que tal cosa podría suceder.
Los sirvientes se mostraron sorprendidos de verlo.
—Es un placer tenerlo con nosotros, milord —dijo el mayordomo, que salió a toda prisa al vestíbulo.
—¿En dónde está Hobley? —preguntó el marqués.
—Enviaré a buscarlo, milord. El reverendo está en la biblioteca.
—Entonces iré a hablar con él.
El marqués abrió la puerta de la biblioteca y vio que su preceptor no estaba, como él esperaba, sentado en el gran escritorio que había en el centro de la habitación. En cambio, de pie junto a uno de los anaqueles de libros se encontraba una esbelta figura que él conocía.
Ella se dio vuelta para quedar frente a él y lo primero que observó el marqués fueron sus ojos, demasiado grandes para su rostro.
Bordeados por las oscuras pestañas que él había notado antes, eran ojos poco comunes, pero solo cuando se acercó un poco más se dio cuenta de que aunque las pupilas le habían parecido demasiado grandes, el color de los ojos de la gitana no era negro, como era de esperarse, sino verde oscuro.
Ella no dijo nada, sino que se quedó esperando, mientras el marqués caminaba hacia ella. Cuando llegó a su lado, el marqués le tendió la mano.
—Soy el Marqués de Ruckley —se presentó—, y le debo a usted una disculpa.
Casi contra su voluntad, supuso él, la muchacha extendió su mano.
Sus dedos estaban fríos y cuando él los rodeó, sintió que una inexplicable y extraña vibración emanaba de ellos.
—¿Está usted mejor? —le preguntó.
—Ya me he recuperado, gracias.
La voz era suave y musical, con un leve acento extranjero.
El marqués miró hacia la frente de la joven. La herida que le había producido la rueda del faetón se veía todavía roja y la piel que la rodeaba estaba descolorida, con partes amoratadas.
Vestía el mismo y atractivo traje de gitana con que la vio por primera vez, aunque advirtió que la blusa no era la misma que se había rasgado a la altura del hombro. En un brazo traía aún un vendaje.
—No necesito decirle cuánto siento haberla lastimado —dijo Fabius.
—La culpa fue mía —contestó la gitana—. Estaba contemplando su casa y me olvidé de todo lo demás, embelesada como estaba por su belleza.
—Me alegra que le guste. Supongo que alguien le habrá dicho ya que se construyó en tiempo de la Reina Isabel y que no hay muchas casas de la época de los Tudor, en todo el país, semejantes a ésta.
Había una nota de orgullo en su voz, porque Ruckley significaba demasiado para él.
—No pensé que las casas inglesas pudieran ser tan bellas.
—Habla usted como si no hubiera estado en Inglaterra mucho tiempo.
—No, ésta es la primera vez que vengo.
—¿Cómo se llama usted?
—Saviya.
—Es un nombre muy poco usual.
—Así puede parecerle a usted, pero es común en mi tribu.
—¿A qué tribu pertenece usted?
—A los kalderash. Mi tribu es la de los artífices del metal, los herradores, los curanderos, los músicos y los magos.
—¿Los magos? —exclamó el marqués y entonces añadió—: Oh, se refiere a los que adivinan la suerte y ese tipo de cosas. Creo que los gitanos son muy buenos para eso.
Saviya le dirigió una leve sonrisa con cierta insinuación de burla, antes de decir con voz baja:
—Debo darle las gracias, milord, por haber dado órdenes para que me trataran tan bien en su casa y me devolvieran la salud. Ha sido una experiencia muy interesante para mí.
—¡Me lo imagino! —comentó el marqués—. Tal vez no había dormido nunca bajo techo antes.
Una vez más la gitana le dirigió esa extraña sonrisa que hacía comprender al marqués que había dicho algo ridículo. Pero se dijo que quizá era un truco habitual en ella.
—¿De dónde vienen ustedes? —preguntó él—. Quiero decir, ¿de qué país?
Ella titubeó, pero antes que pudiera contestar, la puerta se abrió y entró el reverendo.
—¡Ah, allí está usted, milord! —exclamó—. Me enteré de que había llegado. Es un placer tenerlo de nuevo entre nosotros. Y veo que ya ha conocido a mi joven alumna.
El marqués estrechó la mano del reverendo y preguntó sorprendido:
—¿Su joven alumna?
—Saviya tiene el cerebro más brillante y la memoria más notable que he encontrado en mi vida —explicó el reverendo con entusiasmo—. No lo va usted a creer, milord, pero asimila cuanto le enseño, de un modo que yo considero fenomenal.
Saviya escuchaba y al marqués le dio la impresión de que lo hacía con esa misma leve sonrisa en los labios.
—Tenía yo la idea —empezó a decir el marqués con lentitud—, tal vez equivocada, de que los gitanos no sabían leer ni escribir.
—Es verdad —reconoció Saviya—, y no les interesa aprender. Memorizan todo lo que oyen y hay narradores que trasmiten nuestras leyendas, en forma de poemas y canciones, de generación en generación. Además, los gitanos que andamos de un lado a otro no tenemos espacio para llevar libros.
—Y, sin embargo —insistió el marqués—, usted sabe leer.
—Yo soy la excepción —entonces, sonriendo en su peculiar forma, añadió—. Pero ¿sabe? Yo soy bruja.
—¿Bruja? —repitió el marqués con asombro.
—Por supuesto —contestó ella—. De otra manera, no hubiera yo alcanzado ese halagador informe que el reverendo acaba de hacerle acerca de mí.
El marqués se sintió intrigado.
—Ambos tendrán que explicarme mucho mejor todo esto —dijo—. Ante todo, quiero saber de dónde viene Saviya y por qué su tribu visita Ruckley por primera vez.
—Yo he sabido, no por Saviya, sino por otras personas —contestó el reverendo—, que los gitanos tienen ciertos lugares que visitan por rotación, y Ruckley es uno de ellos.
—Lo asombroso es que no solo vengan gitanos ingleses, sino extranjeros también —comentó el marqués.
—Todos los gitanos somos extranjeros —intervino Saviya—. No tenemos un lugar al que podamos llamar nuestro.
—¿Y por qué es así?
—Estamos condenados a vagar por la tierra —contestó—, tal vez para expiar pasadas culpas, o porque para nosotros ésa es la felicidad.
El marqués se sentó en la orilla del escritorio.
—Pero aún no contesta mi pregunta sobre el lugar del cual vienen ustedes.
—De Alemania.
—¿Y antes?
—Estuvimos en Polonia y en Rusia.
—Alguien me dijo que los rusos tratan a sus gitanos de manera muy diferente a como son tratados en otros países. ¿Es cierto?
—Todos los países, en una época o en otra, han perseguido a los gitanos contestó Saviya, —a excepción de los rusos. Allí ocupamos un lugar muy diferente en la sociedad.
—¿Por qué? —preguntó el marqués.
—Debido a nuestra música y a que los rusos aprecian mucho nuestros bailes.
El marqués contempló la esbelta figura de la doncella y comprendió que aun como estaba, de pie e inmóvil, era dueña de una gracia nunca advertida por él, en ninguna otra mujer.
—¿Es usted bailarina? —preguntó.
Ella asintió con la cabeza.
—Me enseñó mi madre, que era hija de una de las más grandes bailarinas gitanas que Rusia haya visto. Príncipes y archiduques pugnaban entre ellos para lograr el privilegio de que apareciera en sus teatros privados. En varias ocasiones bailó ante el zar.
—Es fascinante, ¿verdad? —exclamó el reverendo—. Éstas eran las cosas que yo siempre había deseado escuchar, pero nunca, hasta ahora, había tenido oportunidad de saber nada sobre los gitanos.
—Cuéntenos más —invitó el marqués a Saviya.
—¿Para que se pueda usted reír de nosotros? —preguntó.
—Usted sabe que jamás haría eso —contestó él muy serio—. Estoy tan interesado como el reverendo, porque ambos comprendemos hasta dónde ignoramos todo respecto a la raza de ustedes.
—Los gitanos preferimos que la gente no sepa nada de nuestras vidas. Así, al marcharnos, casi pasamos inadvertidos.
Un lacayo entró en la habitación para informar al reverendo que alguien deseaba verlo.
—No se vaya antes que yo vuelva, milord —suplicó.
—No tengo prisa —contestó el marqués.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, el marqués se volvió hacia Saviya.
—Venga, sentémonos a conversar.
Se sentaron en unos sillones que había cerca de la ventana que daba al jardín. Saviya miró hacia éste y el marqués pudo contemplar su exquisito perfil.
«¡Es muy hermosa!» pensó él, de pronto. Sin embargo, su belleza no era clásica, ni pertenecía a ningún determinado período artístico.
Era única, con los ojos verdes un poco rasgados, el rostro ovalado que terminaba en una barbilla puntiaguda, y los labios, que al sonreír, se curvaban de esa forma ligeramente burlona.
Su cabello caía recto, lacio y brillante hasta abajo de la cintura y ahora llevaba zarcillos hechos de monedas antiguas que hacían juego con las de su collar y cuando movía la cabeza, brillaban a la luz del sol.
—¿Le entregó Hobley el dinero que le ordené? —preguntó el marqués.
—Yo no lo acepté —contestó ella.
El marqués supuso que las monedas que llevaba en el cuello y en las orejas debían costar un centenar más que las cinco libras que le dieran como compensación a sus heridas.
Tuvo también la inquietante sospecha de que las piedras rojas que él había catalogado como simples vidrios de colores eran en realidad rubíes.
Se preguntó lleno de asombro cómo era posible que los gitanos poseyeran cosas de tanto valor.
—Cuénteme más sobre su tribu, los kalderash —suplicó.
—Ya le he dicho que somos los artífices del metal.
—¿Y qué metales usan?
—Cobre, plata y oro. El metal que sea necesario para el trabajo que tenemos que hacer.
—¿Dice que usan oro?
—Los nobles de Hungría usan copas de oro para beber el vino y vasijas de muy variados tipos para adornar sus mesas. Somos los kalderash los que hacemos todo eso.
—Me gustaría mucho conocer al resto de su tribu. ¿Podría ir a su campamento?
—¡No!
La negativa fue rotunda.
—¿Por qué no?
—Porque si lo ven a usted, no podré volver aquí.
El marqués se mostró sorprendido.
—¿Por qué?
—Usted no comprendería.
—¿Qué no comprendería?
Saviya titubeó antes de decir:
—Mi padre, que es el Voivode, o sea, el jefe de los kalderash, me permitió venir a leer sus libros, porque no estaba usted en su casa. Si sabe que ha vuelto, no podré venir más.
—Pero ¿qué tiene su padre contra mí? —preguntó el marqués.
—¡Usted es un hombre!
—¿Qué quiere decir con eso?
—Tal vez se lo explique otra vez —dijo Saviya, poniéndose de pie—. Se está haciendo tarde y debo irme o vendrán a buscarme.
—¿Adonde va?
—Adonde está mi campamento, en el bosque de usted.
—Yo pensé que estaba viviendo aquí.
—Solo estuve los primeros dos días, porque estaba inconsciente. Pero como el señor Hobley fue tan bondadoso al tratar mis heridas, me permitieron volver para que me las siguiera curando. Así, después de suplicarle por horas a mi padre, él me permitió venir a leer algunos de sus libros. No debe haber otra razón para visitar su casa.
—Pero ¿vendrá mañana? —preguntó el marqués.
—Creo que me permitirán hacerlo.
—Entonces, no le diga a su padre que estoy aquí.
Ella lo miró por un momento a través de sus largas pestañas.
—Por favor, vuelva mañana —suplicó el marqués—. Hay tantas cosas que quiero saber sobre usted. Por qué es una bruja, por ejemplo, y qué clase de extraños encantamientos puede realizar.
Saviya sonrió, pero no contestó.
Se alejó del marqués y mientras cruzaba la biblioteca, él pensó que jamás había visto a una mujer moverse con tanta gracia como ella. Parecía flotar en el aire, no caminar.
Cuando llegó a la puerta, se volvió hacia él.
—¿Vendrá usted mañana? —insistió el marqués.
—Si es posible —contestó ella.
Entonces se marchó.
El marqués se quedó de pie, inmóvil, mirando por un momento la puerta que la gitana había cerrado.
—¡Una bruja! —exclamó en voz alta—. ¡Ése es ciertamente un ser que nunca había esperado encontrar!