Capítulo 6

El duque esperó hasta que fue cerca de la media noche.

Le resultaba difícil tener paciencia pero se sentó en la calesa y trató de relajarse.

Sabía desde hacía mucho tiempo que antes de participar en una carrera siempre era conveniente relajar su cuerpo y evitar la fatiga.

Era consciente de los peligros que lo esperaban al tratar de rescatar a Alysia.

Suponía que ella estaba en la habitación encima del balcón.

Pero también podría equivocarse.

Si tenía que registrar la casa era muy probable que alguien lo descubriera.

Entonces se encontraría en la incómoda posición de un intruso.

Si Miles Maulcroft le había dicho a Alysia que lo mataría entonces no vacilaría en hacerlo si lo encontraba dentro de su casa.

En realidad estaba arriesgando la vida.

Pero por otra parte como la situación era peligrosa y muy diferente a cualquier otra empresa que él hubiera realizado antes, se sintió muy fuerte y alerta.

Estaba determinado a rescatar a Alysia sin importarle cuál fuera el peligro que corría.

Todo su cuerpo estaba preparado para enfrentarse al reto.

Por fin, decidió que el momento había llegado cuando la luna estaba en lo alto del cielo y las estrellas brillaban como diamantes.

El duque acercó los caballos a la finca.

Ahora solamente tenía que atravesar los arbustos para llegar hasta la casa.

De nuevo amarró los caballos a una cerca para que no se alejaran.

Entonces caminó con mucho cuidado por entre los arbustos, cuidándose de que nadie lo viera.

Antes dio un rodeo para no atravesar la parte descubierta del jardín.

Poco después llegó junto a un lugar, cerca de la casa, donde había visto un banco de madera.

Éste era muy pesado.

Sin embargo, pudo moverlo porque su constitución era muy fuerte.

Lo colocó justo debajo del balcón.

Se quitó la chaqueta y los zapatos.

Descubrió que subiéndose en el respaldo del banco podía alcanzar el balcón.

Como era muy atlético se subió hasta éste y pasó una pierna por encima de la barandilla.

Había esperado encontrar cerrada la ventana para que Alysia no pudiera escapar una vez más. Para sorpresa suya ésta estaba abierta.

Con mucha cautela entró en la habitación.

La luz de la luna iluminaba parte del dormitorio.

Al fondo, el duque pudo vislumbrar la cama con alguien que dormía en ella.

Y se acercó caminando de puntillas.

Sabía que si no se trataba de Alysia quizá tuviera que escapar de inmediato.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad pudo ver los cabellos de la joven esparcidos sobre la almohada.

El duque se sentó sobre la cama y, suavemente, se inclinó para susurrarle algo al oído.

En ese momento Alysia abrió los ojos y lo vio.

El duque pensó que ella iba a dar un grito ya fuera de terror o de gusto.

Se inclinó un poco más y sus labios presionaron los de ella.

Cuando los rozó, se dio cuenta de que eran tal como se los había imaginado: suaves, dulces y virginales.

En el primer momento, Alysia se puso tensa pero después sus brazos rodearon el cuello de él.

Entonces el duque comprendió que algo muy extraño había sucedido.

La sangre latía con tuerza en sus sienes.

Los labios de la joven estaban debajo de los de él y el duque sintió un éxtasis que jamás había experimentado antes.

En aquel momento comprendió que, aunque pareciera increíble, estaba enamorado.

Él la besó hasta que sintió que ella se le acercaba aún más.

Entonces él levantó la cabeza.

—¡Has venido, has venido! —murmuró ella.

Él casi no pudo escuchar las palabras, pero percibió toda la emoción que había en ellas.

—Te voy a llevar conmigo —dijo él—, pero no hables, puede ser peligroso.

En ese momento pudo sentir cómo los brazos de la joven lo apretaban.

Cuando la mantuvo un poco más cerca, se dio cuenta de que Alysia estaba desnuda.

Antes que ella pudiera hablar el duque supo qué iba a decirle.

—Él… él se llevó toda… mi ropa para que yo no pueda… escapar.

El duque se incorporó.

Al otro lado de la habitación vio que había un lavamanos.

Allí encontró dos toallas de lino.

Las tomó y las llevó hasta la cama.

Entonces se inclinó y sugirió:

—Envuélvete en éstas por el momento. Yo no miraré mientras saltas de la cama.

Por un momento, Alysia cuestionó lo que él estaba haciendo.

Entonces lo obedeció.

El duque se volvió de espaldas mientras ella lo hacía pues no quiso amedrentarla.

Había demasiado en juego.

Ella se levantó de la cama y se fue hasta un rincón de la habitación a donde no llegaba la luz de la luna.

El duque quitó la colcha y después las mantas y las sábanas.

Las llevó hasta el balcón.

Recordó que al otro lado del lugar por donde él había subido se extendía un sembrado de flores.

Primero arrojó la colcha, extendiéndola lo más que pudo.

En seguida dejó caer las dos mantas y las sábanas encima de la colcha.

Después regresó a la habitación y recogió de la cama el larguero y las dos almohadas.

Cuando los llevó hacia el jardín se dio cuenta de que Alysia lo seguía.

Ella se había atado una de las toallas alrededor de la cintura.

La otra le caía por encima de los hombros, ocultando los senos. El duque arrojó las dos almohadas y el larguero de la cama sobre las demás mantas.

Cuando él se enderezó se encontró con que Alysia estaba a sus espaldas.

Él pensó que muy pocas de las mujeres que él había conocido en el pasado habrían sido lo bastante inteligentes como para comprender qué era lo que él estaba haciendo.

La joven se veía encantadora a la luz de la luna.

Sintió deseos de tomarla en sus brazos y besarla.

Pero cada minuto, cada segundo era apremiante y hubiera sido un error entretenerse.

Él hizo que Alysia se colocara mirando hacia el jardín.

Entonces la subió a la barandilla del balcón.

Quería decirle que no tuviera miedo pero comprendió que el hablar sería un riesgo.

El sonido de las voces se percibe a grandes distancias en la oscuridad.

El duque la sujetó por las muñecas y ella comprendió perfectamente qué era lo que él iba a hacer.

Con mucho cuidado la deslizó por encima del borde del balcón.

Y él se inclinó lo más que pudo.

La sostuvo hasta que Alysia quedó justo encima de las almohadas que él había arrojado.

De inmediato la soltó.

El único peligro era que ella gritara al caer o que se rompiera una pierna.

Sin embargo, cayó justo sobre las almohadas, tal y como el duque lo había planeado.

Él esperó hasta que vio que ella se sentaba, ilesa.

Al segundo él se fue hasta el otro lado del balcón y bajó por donde había subido.

Se puso la chaqueta y los zapatos que había dejado sobre el banco.

Movió a Alysia hacia un lado y recogió la ropa de cama.

Arrojó a un lado las almohadas y envolvió a la joven primero en una sábana y después en una de las mantas.

Después la levantó y, para sorpresa de ella, la depositó encima del banco.

Entonces le entregó la otra manta y la colcha antes de levantarla en brazos una vez más.

Resultaba incómodo llevarla por tantos bultos pero ella, en sí, era muy liviana.

El duque la condujo a través del jardín hasta las sombras de los árboles.

Rezó porque nadie los viera desde una ventana.

Le tomó tan sólo uno o dos minutos atravesar los arbustos.

El carruaje y los caballos lo estaban esperando.

Depositó a Alysia sobre el asiento y la cubrió con las mantas y la colcha y, una vez hecho esto, procedió a desatar los caballos.

Se sentó junto a Alysia, tomó las riendas y se puso en marcha.

El hacerlo le llevó muy poco tiempo.

Si alguien los había visto en el jardín era imposible que los pudieran alcanzar.

Los caballos avanzaron con rapidez a través de los campos.

El duque se acordó de atravesar el bosque que los llevó hasta la carretera.

Unos minutos más tarde cruzaban la aldea.

Cuando estuvieron ya bastante lejos de Meadowley, el duque habló por primera vez:

—¿No tienes frío? —preguntó él.

—¡Estoy… soñando, sé que estoy… soñando! —respondió Alysia—. ¿Cómo pudiste ser tan maravilloso y… rescatarme?

Y sollozó ligeramente antes de añadir:

—Yo ya me creía perdida… mi padrastro había hecho los arreglos para que… me casara mañana.

El duque se volvió un momento para mirarla.

Los ojos de Alysia brillaban como si las estrellas se hubieran metido en ellos.

Estaba encantadora a la luz de la luna.

Así que no pudo evitar inclinarse hasta que sus labios rozaron los de ella.

En cuanto volvió a concentrarse en el camino Alysia exclamó:

—¡Te… amo! ¿Cómo podría hacer otra cosa sino… amarte?

—¡Y yo te amo a ti! —afirmó el duque.

Ella lanzó una exclamación.

—¿Es verdad? ¿Es verdad… que me amas?

—Ya te demostraré cuánto, mas no ahora que nos vemos obligados a viajar con tanta rapidez —respondió él.

Al segundo se percató del estremecimiento que recorrió el cuerpo de Alysia.

—¿Temes que… mi padrastro pueda… alcanzarnos?

—Supongo que lo intentará —respondió el duque—, y por eso tienes que ser muy valiente y sensata. Nos falta un largo camino por recorrer.

—Nada me… importa si puedo estar… contigo —declaró Alysia—. ¿Cómo conseguiste… el carruaje y los… caballos?

—Los alquilé —respondió el duque—. Creo que esta vez a tu padrastro le resultará muy difícil encontrarte.

—Yo pensé que… cuando tú te dieras cuenta de que… yo me había ido ya no te ocuparías de mí y tendría que… casarme con ese hombre horrible.

—¿Cómo pudiste pensar tal cosa? —preguntó el duque—. Además, se trata de un reto y hasta ahora hemos tenido, mucha suerte, pero no me voy a arriesgar.

—Cuando mi padrastro rompió la cerradura de mi habitación en la posada y entró, comprendí que… tú estabas demasiado lejos como para… percatarte de lo que estaba… sucediendo.

—Fui un tonto al alejarme de tu habitación —dijo el duque—. Y más aún, por haber permitido que ayudaras a los Parkinson.

—Mi padrastro me dijo que ellos… le dijeron lo bondadosos que nosotros habíamos sido y por supuesto sintió curiosidad por saber… quién eras tú y… cómo me habías… conocido.

—¿Y tú que le dijiste? —preguntó el duque.

—No le dije… nada —repuso Alysia—, aunque él me golpeó cuando me negué a responderle.

El duque frunció el ceño y apretó los labios.

Si alguna vez tenía la oportunidad iba a hacer que Miles Maulcroft se arrepintiera de haberle pegado a alguien tan pequeña y vulnerable como lo era Alysia.

Ésta se le acercó un poco cuando dijo:

—Mi padrastro me amenazó y… me dijo que si te encontraba… te iba a hacer arrestar por el secuestro de… una menor de edad.

—¿Para que me desterraran? —preguntó el duque.

—¿Sabías que… ése es el… castigo?

—¡Por supuesto que sí!

—¡Y aún así… viniste a salvarme! ¿Cómo puedes ser tan… bondadoso y a la vez tan… valiente?

—Porque no deseo perder a quien amo —contestó el duque.

Mientras hablaba, él supo que, aunque no lo admitiera, se había dado cuenta de que amaba a Alysia desde mucho antes que la besara.

Siempre pensó que las debutantes que había conocido en Londres eran tontas y muy poco atractivas.

El duque había dedicado todo su tiempo a las mujeres del gran mundo, por lo general, casadas.

Éstas habían hecho un arte de la coquetería.

Sabían como ser seductoras con cada palabra que pronunciaban y cada movimiento que hacían.

En cambio, Alysia le había parecido como el espíritu mismo de la primavera.

Completamente desinhibida, ponía un entusiasmo casi infantil en todas sus actitudes.

Pero al mismo tiempo era una mujer.

El duque había quedado cautivo ante su belleza.

El encanto de su cuerpo lo hechizaba.

Cuando él la bajó del balcón y la depositó sobre las almohadas, la toalla que le cubría los hombros se resbaló.

Él miró hacia abajo y encontró que Alysia estaba desnuda hasta la cintura y a la luz de la luna le pareció un ángel que había bajado del cielo.

Sólo pudo observarla durante unos segundos. No obstante, sabía que aquella imagen iba a permanecer en su mente por el resto de su vida.

Alysia era la criatura más hermosa que él jamás había visto.

Era consciente de que Alysia había traído a su vida algo que hasta entonces le faltaba.

El amor verdadero que ahora le fluía por las venas.

El amor que hacía que el mundo fuera muy diferente a como lo había sido hasta ahora.

Ambos siguieron avanzando.

Cuando el duque llegó a la carretera principal dejó que los caballos tomaran su paso.

No había tráfico.

La luna estaba tan brillante que no resultaba peligroso viajar con cierta rapidez.

El duque no había encendido los faroles del carruaje.

Hubiera sido muy peligroso hacerlo cuando los caballos estaban escondidos junto al bosque.

Ahora sólo deseaba poner la mayor distancia posible entre ellos y Miles Maulcroft.

El duque sabía que sería equivocado el subestimar a aquel hombre por segunda vez.

Por consiguiente, lo único que importaba era llegar a Eagle Hall donde Alysia estaría segura.

Por lo menos hasta que Miles Maulcroft averiguara quién era él.

Continuaron su recorrido y después de un tiempo el duque hizo de nuevo la misma pregunta:

—¿No tienes frío?

—Estoy demasiado… feliz como para sentirlo —respondió Alysia—. Sólo tengo frío en los pies.

El duque levantó su bolsa del suelo del carruaje donde la había puesto cuando salió de la posada.

—Encontrarás un par de medias en la bolsa —dijo él—. Quizá logres ponértelas sin que yo tenga que detener el carruaje.

Alysia rió.

—Piensas en todo —dijo ella—. ¿Cómo iba yo a imaginar que tú me ibas a proporcionar hasta unas medias?

El duque pensó que más bien tendría que darle las gracias a Harry.

Alysia movió las mantas y las sábanas con cuidado.

Levantando los pies poco a poco logró ponerse las medias.

Éstas le quedaban grandes pero se sentían calientes y cómodas.

En seguida se recostó sobre el asiento una vez más.

El duque la cubrió con la colcha y mientras conducía con una mano.

—¡Me siento mucho mejor! —exclamó Alysia—. Pero me pregunto cómo podremos hacer para proveerme de ropa. No creo que… pueda bajarme en ninguna parte llevando solo… un par de medias.

Ella hizo que aquello sonara humorísticamente y el duque rió una vez más.

—Voy a agitar mi varita mágica —dijo él—, y tú vas a aparecer vestida como la Cenicienta.

Cenicienta por lo menos tenía algunos harapos con qué cubrirse —repuso Alysia.

Entonces exclamó consternada:

—Me acabo de dar cuenta de que no llevo puestas… mis perlas. ¡Ahora ya no tengo nada… nada que sea mío!

—Yo puedo darte todo cuanto quieras —ofreció el duque.

—Estoy segura de que te será difícil pagarlo —opinó Alysia—, como tampoco podrás pagar fácilmente este carruaje.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Dime, Theo, ¿ha sido un grave error el que yo… haya venido… contigo? No veo cómo… podremos recuperar mi dinero sin que… ese hombre se entere de mi paradero.

—Creo que te muestras poco agradecida —se quejó el duque—. No esperabas que yo te salvara y, sin embargo, logré sacarte de tu propia habitación. Ya estás muy lejos de tu padrastro. Después de eso ¿no confías en que yo pueda proporcionarte ropas, alimento y cuanto necesites?

—Lo único que yo… necesito —contestó Alysia— es que tú… me ames. Sin embargo, debo también pensar en ti y no puedo permitir que… sufras o te involucres en… dificultades por… culpa mía.

El duque pensó que aquello era algo que jamás le preocupó a ninguna de las mujeres que él había conocido antes y respondió:

—Tienes que prometerme que confiarás en mí porque quiero que todo cuanto ocurra sea una sorpresa agradable. Lo único que te suplico es que esperes y pronto te convencerás.

—Lo haré… por supuesto que lo haré —prometió Alysia—, pero no se cómo podré… agradecértelo.

—Más adelante yo te diré cómo —respondió él.

Por un momento, Alysia apoyó su mejilla sobre el brazo de él.

Aquello hizo que éste sintiera algo muy diferente a cualquier sensación que experimentara en el pasado.

«¡La amo!», se dijo, «¡y mataré a cualquiera que pretenda apartarla de mí!».

Siguieron adelante.

Después de un rato el duque advirtió que Alysia se había quedado dormida.

No era extraño que ella estuviera cansada.

Había pasado la noche anterior viajando con su padrastro mientras que él dormía tranquilamente.

«Es lo mejor que puede hacer» —decidió el duque y siguió conduciendo los caballos con una destreza a la que éstos respondieron. Por lo tanto, recorrieron muchos más kilómetros de los que habían imaginado.

Por fin, él sintió que ya habían avanzado bastante y que era hora de cambiar de postas.

El duque entró en el patio de una posada muy grande que estaba sobre la carretera a Reading.

Ya se encontraban próximos a Eagle Hall, pero pensó que sería un error esforzar más a los caballos.

Todavía no eran las tres de la mañana.

La posada estaba en silencio aunque en el patio se veían varios carruajes estacionados.

Después de uno o dos minutos, el encargado de noche salió de las caballerizas.

El duque bajó del vehículo y se dio cuenta de que Alysia se había despertado.

—Buenas noches, señor —dijo el posadero—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Necesito dos de sus mejores caballos —respondió el duque—, y que los enganchen lo más pronto posible a mi vehículo.

El posadero lo miró como preguntándose si el solicitante sabría lo que iba a tener que pagar.

El duque lo llevó aparte pues no quería que Alysia escuchara lo que él le iba a decir.

—En el carruaje viene una dama que está muy enferma. Yo la llevo a Eagle Hall donde milady será huésped del Duque de Eaglefield.

El posadero murmuró algo y él continuó:

—Necesito dos de sus mejores caballos para conducirla el resto del camino. Éstos le serán regresados pasado mañana. Mientras tanto, quiero que usted cuide de estos dos ya que pertenecen a alguien que me los prestó y debo regresárselos en perfectas condiciones.

El posadero asintió y el duque continuó explicando:

—Yo le pagaré bien por sus servicios y sé que su señoría le estará muy agradecido por su ayuda.

Aquellas palabras tuvieron un efecto mágico pues como el duque bien sabía, su nombre era ampliamente conocido en aquella parte del país.

El posadero lo guió hasta donde tenían los caballos de posta.

El duque escogió a dos que le parecieron los mejores y que no habían sido utilizados durante los últimos tres días.

En seguida ayudó al posadero a desenganchar los caballos con los cuales había llegado hasta allí.

Cuando los metieron en los establos, el duque recomendó:

—Cuide bien de estos animales. Han venido desde muy lejos y a gran velocidad. Estoy seguro de que usted no me fallará.

—No lo haré —le respondió el posadero.

El duque lo ayudó a enganchar la nueva posta.

Cuando el hombre ajustaba las bridas él entró en la posada.

En el vestíbulo encontró a un velador, tal como lo había esperado.

Éste se encontraba sirviéndose una taza de café.

El duque la tomó, le puso azúcar y dijo:

—La necesito para la dama que está en el carruaje y que se siente demasiado mal para moverse. Para mí, deseo una copa de su mejor brandy francés.

El hombre, dándose cuenta de que aquel forastero era más rico de lo que parecía, corrió a buscar el brandy.

El duque le llevó la taza de café a Alysia.

—Pensé que esto te gustaría —dijo él—. ¿Tienes hambre?

Alysia negó con la cabeza.

—No. Mi padrastro me mandó algo de comida cuando me encerró en mi habitación.

Ella bebió el café y sonrió antes que él regresara a la posada con la taza.

El portero había encontrado una botella de brandy que sin lugar a dudas era francés y de buena calidad que de seguro había entrado en el país sin pagar impuestos.

Él sabía que los contrabandistas seguían con su tráfico clandestino entre Francia e Inglaterra tal y como lo hicieran durante la guerra.

El duque bebió el brandy y puso dos monedas de oro sobre la mesa.

El velador las recogió con avidez.

Al salir, Eaglefield advirtió que los caballos ya estaban listos y que el posadero lo estaba esperando.

El duque deslizó la mano en su bolsillo.

—Voy a pagarle el precio normal por la renta de dos caballos —le dijo al posadero—. El resto es para asegurarme de que nadie utilizará los míos hasta que un lacayo del duque venga por ellos. También es como una recompensa por la ayuda que usted me ha dado y que le agradezco mucho.

El hombre se quedó con la boca abierta cuando vio el billete que le entregó el duque.

Asombrado se llevó la mano al sombrero cuando el duque subió al carruaje y tomó las riendas.

Los caballos nuevos estaban lo bastante descansados, tal como lo había dicho el posadero.

El duque los condujo a la mayor velocidad posible durante el resto del viaje.

Estaba ansioso por llevar a Alysia a Eagle Hall y llevar a cabo los arreglos que la pondrían a salvo de su padrastro.

Él pensó que a Miles Maulcroft le iba a ser difícil encontrarla.

Sin embargo, ya habían tenido poca suerte antes.

El duque sabía que muchos sirvientes de Maulcroft harían preguntas por todas partes.

Alguien podría mencionar a un hombre y una mujer que viajaban hacia el Norte. La luna comenzaba a perder su brillo cuando el duque entró por las puertas de Eagle Hall.

Se dio cuenta de que la servidumbre todavía estaba dormida.

Y eso era lo que él quería.

Detuvo los caballos delante de la puerta principal.

Un momento después el lacayo de guardia se asomó.

Entonces acudió corriendo.

El duque se bajó del carruaje y llevó al lacayo a un lado para que Alysia no escuchara lo que él le decía.

—Eres Henry, ¿no es así? —preguntó él.

—Así es, milord. No esperábamos a su señoría esta noche.

—Lo sé —respondió el duque—. Ahora, Henry, lo que necesito es que lleve los caballos hasta las caballerizas y después regrese a la casa y no haga nada, me entiende, nada, hasta que la servidumbre de día entre a trabajar.

—¿Se refiere usted al señor Bates, señoría?

Bates era el mayordomo y el duque asintió.

—Sí. Cuando Bates aparezca, dígale que yo he llegado y que he traído a una visita conmigo, pero que nadie debe molestarnos. ¿Me entiende? Nadie deberá molestarme hasta que yo llame a Danvers.

—Muy bien, milord. Haré lo que su señoría me dice —respondió Henry.

El lacayo era un chico bastante listo.

El duque pensó que no era probable que él se equivocara.

Se dirigió entonces al otro lado del carruaje, levantó a Alysia en brazos y la llevó dentro de la casa.

Subió directamente por la escalera, consciente de que ella miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos.

Alysia no habló por si él no deseaba que lo hiciera.

El duque caminó a lo largo de los amplios pasillos, llenos de cuadros de valor incalculable y muebles exquisitos.

Por fin llegó a la habitación que estaba junto a la de él.

Ésta había sido la habitación de la duquesa.

Cuando abrió la puerta le pareció sentir el aroma de las violetas, que fueran la fragancia favorita de su madre.

—Espera un momento mientras enciendo unas velas —le indicó él a Alysia.

Y la dejó sobre la cama.

Salió al pasillo y tomando una vela la trajo a la habitación.

Con ella encendió un candelabro que representaba a un cupido que sostenía tres velas.

Estaba colocado sobre una mesa junto a la cama.

Cuando la luz llenó la habitación, Alysia preguntó un poco nerviosa:

—¿En dónde… estamos?

—Te lo diré más tarde —contestó el duque—. Voy a buscar algo de ropa para que te la pongas. Lávate el polvo y métete en la cama.

Mientras hablaba, atravesó la habitación y salió por la puerta interior que comunicaba con su propio dormitorio.

El duque pensó que Alysia desearía asearse por lo que no regresó de inmediato y se despojó de la chaqueta que estaba cubierta de polvo.

También se quitó la corbata que traía atada al cuello.

Se quitó, después, la demás ropa que había llevado durante tanto tiempo.

Posteriormente se lavó con agua fría antes de ponerse un camisón de noche y una bata muy larga.

Buscó en un cajón y encontró un camisón que estaba confeccionado con la seda más pura y que él usaba durante el verano.

Se lo puso encima del brazo y llamó con cuidado a la puerta de intercomunicación.

—¿Puedo pasar? —preguntó él.

—Sí… pasa —respondió Alysia.

Entró y vio que ella se había lavado el polvo de la cara. También había hecho uso de los cepillos y peines de su madre.

Éstos estaban sobre el tocador y eran de oro, con las iniciales de la duquesa incrustadas con diamantes.

Alysia se había peinado los cabellos que ahora caían sobre sus hombros como una nube dorada.

Se había metido en la cama y estaba cubierta por la sábana que le llegaba hasta el cuello y que ella sostenía con las dos manos.

El duque caminó hasta la cama y le puso el camisón de seda blanca delante de sus ojos.

—Ponte esto y duérmete —le dijo él—. Tendré mucho qué decirte en la mañana, pero se que tú estás tan cansada como yo.

—¿En dónde estamos? —insistió Alysia—. No parece una… posada.

—En un lugar donde estás a salvo y en el cual tu padrastro no podrá encontrarte —respondió el duque—. La puerta por la cual acabo de entrar da a mi habitación, así que si tienes miedo o necesitas algo, llámame y yo vendré de inmediato.

Ella respiró profundo.

—¿Vas a… dejar la puerta… abierta?

—Sí —respondió él—, y estaré alerta por si deseas algo.

—Y… en realidad ¿estoy… a salvo? —preguntó Alysia.

—Supongo que sabes que tu ángel de la guardia también te está cuidando —repuso el duque con una sonrisa—. Fue él quien me guió para encontrarte.

En ese momento vio cómo los ojos de Alysia se iluminaban.

—Yo sabía que ibas a decirme algo así —dijo ella.

—Es algo que tú me has impulsado a decir —respondió el duque— porque te amo.

Mientras hablaba, se inclinó y la besó con delicadeza.

No fue un beso de pasión sino de ternura.

La llevó a la habitación de su madre porque aquél era el lugar que le correspondía.

—¡Te amo, mi amor! —exclamó él.

—¡Y yo… te adoro con todo… mi corazón! —respondió Alysia.

—Entonces nada más importa —declaró el duque—. Mañana, a primera hora, resolveremos todos los problemas.

Y se encaminó hacia la puerta.

—Buenas noches, mi preciosa.

Él ansiaba quedarse para seguirla besando, pero comprendía que Alysia estaba exhausta.

El duque miró una vez más los cabellos de su amada que brillaban a la luz de las velas y los ojos llenos de amor.

Entonces entró en su propia habitación pero dejó la puerta entornada.