Capítulo 5
JEMIMA estaba fregando la mesa de la cocina cuando oyó pasos que provenían del pasillo y se paraban en la puerta.
—¿Has tenido suerte? —preguntó sin volverse.
—Sólo en descubrir que es usted una excelente ama de casa —respondió una voz que no era la que esperaba.
Emitió un grito ahogado y se volvió para ver a un Freddy muy elegante, casi opulento, pensó.
Jemima era consciente de que su propio aspecto, en cambio, dejaba mucho que desear.
Bajo un largo y sucio delantal se asomaba el vestido con el que había huido de la casa de su tío.
No se atrevía, mientras hacía las tareas caseras, a ponerse ninguno de los bonitos y costosos vestidos que todavía no habían pagado, y no esperaba visitas.
Sus manos estaban enrojecidas por el trabajo duro de los últimos días y su pelo era una desordenada mata de rizos que caían sobre su frente por el movimiento realizado al limpiar y fregar.
—Debiera tocar la campanilla antes de entrar en casa de otra gente —le regañó con fingida severidad.
—Lo he hecho —explicó Freddy—, pero no funciona.
Jemima se rió.
—Tiene razón. Es otra de las consecuencias de las ratas, ruinas y el polvo.
Freddy entró en la cocina, cogió una silla de madera y se sentó en ella a horcajadas, con los brazos cruzados sobre el respaldo.
—No esperaba encontrarla ocupada en estos menesteres. ¿No ha podido conseguir una criada en la aldea?
—No podemos pagar servidumbre, aunque, por cierto, los pensionados han sido maravillosos.
Mientras hablaba dejó el cepillo en la cubeta de agua. Luego se quitó el delantal, con la esperanza de mejorar su aspecto.
—Me dijo que me mantuviera alejado y así lo he hecho, hasta que ya no he podido contener mi curiosidad. Dígame lo que ha sucedido.
—Justo lo que esperábamos. Cuando llegamos, el lugar estaba tan lleno de polvo y telarañas que apenas se podía respirar.
—Así que lo han limpiado.
—Con la ayuda de Hawkins y, aunque no lo crea, de Valient.
—¿De verdad la ha ayudado?
Jemima sonrió.
—He llegado a descubrir que es más útil fuera que dentro. Así que Hawkins, los pensionados y yo hemos hecho habitables algunas habitaciones.
—Espero que acepte tenerme de huésped.
—¡No!
—¡Qué poca hospitalidad la suya!
—Estaría incómodo.
—Lo estuve mucho más en la guerra.
—Eso era diferente. Como ha sido tan bueno con Valient; me avergonzaría que tuviera que lavarse con agua fría y dormir con sábanas desgastadas.
—Si esas son sus únicas objeciones, me quedo, y no podrá hacer nada para impedirlo.
—Muy bien —respondió Jemima con el tono de quien acepta lo inevitable—, pero no se queje si los ratones corren sobre su cama mientras está dormido y después descubre que han roído su elegante ropa.
—Intenta asustarme —la acusó Freddy—. La he echado de menos, Jemima, y a decir verdad, Londres está muy aburrido sin Valient.
Jemima lanzó una exclamación ahogada.
—¡Por favor, por favor, no se lo diga! Por el momento, se ha resignado a permanecer aquí y como tiene tantas cosas que hacer, no ha añorado Londres tanto como yo temía.
—La culpa de haber caído en tal estado de penuria la tiene él mismo. ¿Por qué no me dijo que las cosas estaban tan mal? No dejo de pensar en los gastos extravagantes que hicimos sin necesidad.
—Las lamentaciones no solucionan nada. Lo hecho, hecho está. Ahora Valient tiene que aprender a vivir por sus propios medios y, aunque todavía no estoy segura de cómo lo conseguiremos, ambos debemos intentarlo.
Hizo una pausa antes de añadir, con un tono de voz diferente:
—Ha sido muy amable por su parte darle ahora el dinero que gastamos, pero yo le pedí que no lo hiciera.
—No se lo he dado —protestó Freddy—. Le he comprado su reloj de oro.
—Con la condición de que se lo devolverá en cuanto pueda reembolsarle el dinero. ¿Cómo voy a hacer que Valient comprenda que no debe esperar a que sus amigos le saquen de todos sus problemas, si usted le ayuda?
Freddy no pasó por alto el tono de desaliento que reflejaba la voz de Jemima.
Mientras ella hablaba, no dejó de mirarla y preguntarse cuántas otras mujeres se habrían comportado con tanta naturalidad al ser descubiertas haciendo tareas que correspondían a la servidumbre.
—Ha sucedido algo maravilloso; ya se lo contará Valient —dijo Jemima, como si se obligara a mostrarse contenta.
—¿Qué?
—Uno de los granjeros tenía dos caballos salvajes y Valient dice que los domará. Así, al menos, tendremos animales para montar.
—Yo iba a ofrecerles dos de mis caballos con ese propósito, pero primero quería ver en qué estado se encuentran las caballerizas.
—No, Freddy —suplicó Jemima—, y no sólo pienso en Valient, sino en usted. Los caballos del granjero son suficientes para nosotros.
—¡Y si uno de ellos la tira y resulta herida! ¿Qué habrá de bueno en ello?
—Soy muy buen jinete y, como mi padre era pobre, nunca he cabalgado en animales finos, como los suyos.
—Es por eso por lo que ahora quisiera ofrecérselos.
—Pero no lo hará, porque yo se lo pido.
—Eso supongo —respondió Freddy—. Me doy cuenta de lo que intenta hacer, Jemima, y la admiro por eso. No sabía que una mujer pudiera ser tan magnífica en condiciones adversas.
Sus palabras turbaron a Jemima, quien le dirigió una leve sonrisa y, se iba a retirar de la mesa, cuando él añadió:
—¿Por qué no sería yo quien la encontrara cuando huyó de la casa de su tío?
—Valient no me encontró, yo me impuse a él.
—Me habría sentido encantado de que se hubiera impuesto a mí.
Algo en la voz de Freddy hizo que Jemima le mirara sorprendida y él continuó:
—¿Me creerá, Jemima, si le digo que la verdadera razón por la cual no he podido continuar alejado de aquí más tiempo es que deseaba verla?
Ella bajó los ojos mientras él proseguía:
—Creo que me enamoré de usted la primera vez que la vi, desarreglada y asustada y, al mismo tiempo, tan adorable y ya convertida en esposa de Valient.
—Por favor… Freddy, no debe hablarme así… sabe… que no debe hacerlo… ni yo… puedo escucharle.
—¿Por qué no? No trato de alejarla de un hombre que la desee para él mismo.
El parpadeo de Jemima y el suspiro que se escapó de sus labios le indicaron que sus palabras le dolían.
—Valient ha sido muy bueno conmigo. Me salvó cuando estaba desesperada y dispuesta a huir sola a Londres… y siempre… le estaré… agradecida.
—Puede sentir gratitud, pero ¿le agradece él suficientemente lo que usted hace?
—¿Lo que hago? —preguntó Jemima con un pequeño gesto de desamparo—. ¿No se da cuenta de que si no se hubiera casado conmigo impulsivamente sólo para vengarse de Niobe, habría podido encontrar con facilidad otra rica heredera? Yo soy ahora un problema más para él.
Después de un silencio, con tono muy diferente, Freddy dijo:
—Supongamos que libero a Valient de ese problema. Si se lo pidiera, ¿se vendría conmigo, Jemima?
Sus palabras la sobresaltaron y le miró con los ojos muy abiertos antes de responder:
—¿Habla en serio?
—Por supuesto. La amo, la quiero, y juro que la haría mucho más feliz de lo que Valient es capaz. Y no tendría que fregar suelos ni vivir en un sitio como éste.
Jemima permaneció inmóvil un momento antes de responder.
—Siempre me sentiré orgullosa de que me haya pedido que me vaya con usted, pero sabe mi respuesta sin necesidad de que la diga.
—¿Por qué? ¿Por qué no quiere hacer lo que le pido?
—La verdadera razón, aparte de mis convicciones respecto a lo que es correcto o no, es que no le amo.
—Yo le enseñaría a amarme.
Jemima negó con la cabeza.
—El amor no es así. Surge o no surge y nada que pueda decirse o hacerse altera ese hecho.
Algo en su voz indicó a Freddy que no sólo se refería a ellos.
—¿Quiere decir que Valient todavía ama a esa presumida y ambiciosa prima suya?
—Por supuesto. Por eso piensa en ella todo el tiempo y se imagina que la odia, cuando en realidad la ama tanto como… antes.
Freddy no pasó por alto que al pronunciar la última palabra, la voz de Jemima casi se quebró en un sollozo.
—¡Ahora comprendo por qué me rechaza! ¡Usted está enamorada de él!
Ella emitió un hondo suspiro.
—Sí, le amo. Creo que le amo desde hace mucho, cuando iba a visitar a Niobe y yo leía las cartas que le enviaba. Solía pensar que renunciaría a mi esperanza de ir al cielo a cambio de recibir unas semejantes dirigidas a mí.
Como si no pudiera tolerar lo que Jemima decía, Freddy se puso de pie y se dirigió a la ventana de la cocina para mirar hacía el sucio y descuidado patio de atrás.
—Lo que quiere decir es que no tengo ninguna posibilidad.
—No es sólo eso, por supuesto. No es posible que desee provocar un escándalo huyendo con una mujer casada… y con su mejor amigo. ¡Piense en lo que dirían todos! Mientras que Valient se reiría… su reputación resultaría dañada… y como le tengo tanto… tanto afecto, Freddy… jamás haría… algo así.
—Me protege, igual que a Valient —observó Freddy con una triste sonrisa.
Jemima sonrió.
—¡Tiene razón! Me siento como… una mamá… que tiene dos… hijos imprevisibles… pero adorables.
Freddy se volvió hacia ella.
—Si sigue hablando así la raptaré, diga lo que diga. La raptaré para cubrirla de joyas y enseñarla a ser feliz, para no ver nunca más una sonrisa triste en sus labios, ni sombras de soledad en sus ojos.
Jemima se sobresaltó.
—¿Así estoy?
—Sólo cuando Valient se pone difícil o se pregunta usted con qué va a pagar las deudas.
Jemima le miró, un tanto confusa y, como si de pronto pensara más en ella que en sí mismo, Freddy añadió:
—No he venido a causarle más problemas y para asegurarme de ser bienvenido, no sólo he traído algo de comer para que no tenga usted que cocinar, sino también una caja de champán para Valient.
Antes de que Jemima pudiera hablar, una voz desde la puerta exclamó:
—¿He oído la palabra champán?
—¡Hola Valient! —saludó Freddy mientras el vizconde entraba en la cocina.
Dejó sobre la mesa dos patos y tres conejos, mientras exclamaba satisfecho:
—No ha estado mal para una mañana. Al menos podremos ofrecerte algo de comer, Freddy.
—He traído comida conmigo —respondió Freddy—, pero veo que no se te ha olvidado cazar.
—Los viejos rifles de aquí están pasados de moda —comentó el vizconde mientras miraba el que llevaba bajo el brazo—. Para ser sincero, he descubierto que un francés es un blanco más fácil. He desperdiciado muchos cartuchos, algo que no puedo permitirme.
—No importa, todo Sirve. Colgaré estas piezas en la despensa —indicó Jemima.
El vizconde no hizo ningún ademán para ayudarla.
—Me alegra verte, Freddy. ¿Por qué no has venido antes?
—Estaba en Londres.
Vio brillar los ojos de su amigo y añadió:
—No imaginas qué aburrido está, las mismas reuniones cada noche, los mismos chismes de siempre. Desde que te fuiste no hay nada nuevo de qué hablar.
—¿Todavía hablan de Jemima y de mí?
Se hizo un silencio, como si Freddy reflexionara en lo que debía decir. Entonces comentó:
—Esta mañana se anunció el compromiso del marqués con Niobe.
—Bueno, al menos yo me adelanté.
—Estoy seguro de que se da cuenta de que su compromiso es un anticlímax.
—Si has traído algo de champán, al menos podremos brindar porque sea muy desgraciada. ¿Dónde lo has puesto?
—Supongo que mi palafrenero ha debido dejarlo en el vestíbulo.
—Vamos a buscarlo. Lo único que queda en mi sótano es un vino viejo y agrio, por eso mi padre no se lo bebió.
—Lo supuse y, como tengo la intención de quedarme con vosotros, si me aceptas, he traído mis propias provisiones.
—¡Muy bien hecho! —aprobó el vizconde.
Se dirigieron hacia la entrada de la casa por uno de los largos corredores que, suponía Jemima, todavía guardaba la paz que dejaran en ellos los primeros habitantes del priorato.
Se encontraron con el palafrenero de Freddy que llevaba una caja de comida y, en cuanto vio a su amo, explicó:
—Llevaba esto a la cocina, señor, y ¿dónde dejo el vino?
—Encontrará la cocina al final de este pasillo. Su señoría y yo nos encargaremos del vino.
—Muy bien, señor.
Después de comer, Jemima, al observar al vizconde reír como no lo había hecho desde que habían llegado al Priorato, se dijo que le alegraba que Freddy estuviera con ellos.
Al principio, se sintió muy preocupada y casi aterrada por las condiciones en que se encontraba la casa; era mucho lo que se necesitaba para hacerla habitable. Pero se había propuesto que el vizconde no adivinara sus verdaderos sentimientos.
Se burló de él al verle tratar de zafarse de las telarañas y le llamó pesimista cuándo dijo que sería una tarea titánica quitar el polvo acumulado durante siglos.
Pasaron la primera noche en habitaciones que olían a polvo y humedad. Hawkins descubrió que los pensionados estaban más que dispuestos a ayudar por unos cuantos peniques al día; aunque algunos de ellos eran tan ancianos que casi no podían prestar ayuda alguna, por poco que hicieran, todo servía.
Jemima se sentía cautivada por la belleza del Priorato, las gruesas paredes, los tranquilos claustros y el hermoso refectorio, que habían soportado guerras, el paso de los años y turbulentos sucesos históricos.
Había sobrevivido y Jemima se dijo que ella y el vizconde harían lo mismo.
Durante los primeros días estaba tan cansada cuando se acostaba, que habría podido quedarse dormida incluso sobre una polvorienta alfombra.
Poco a poco las cosas fueron mejorando y se convirtió en un juego ver cuánto podían hacer cada día. Se emocionaba al apreciar lo diferente que empezaba a estar la casa.
Consideró importante que el vizconde, así como Hawkins, tuvieran suficiente comida, así que fue un alivio encontrar que no tendrían que gastar demasiado porque había alimento suficiente tanto en el parque como en los bosques.
No era temporada de caza, pero los patos y los conejos jóvenes estaban deliciosos y, aunque a Jemima no le gustaba pensar que se les tenía que cazar, también había muchos venados.
Los descuidados jardines se habían convertido casi en una selva, pero, para sorpresa del vizconde, se encontraron con que los viejos pensionados habían utilizado una parte para cultivar verduras con qué cubrir sus necesidades.
Accedieron con gusto a proporcionar a Jemima cuanto ella necesitara de legumbres, lechugas y tomates y no aceptaron que se lo pagara.
Sin embargo, ella insistió en pagar huevos y mantequilla, ya que temió que si los granjeros se mostraban generosos, sería sólo para exigir al vizconde que hiciera las urgentes reparaciones que se requerían en las granjas que les había alquilado.
Con frecuencia, Jemima pensaba qué atractivos debieron ser el Priorato y sus alrededores durante la niñez del vizconde, cuando había dinero para que todo funcionara bien, con todo un ejército de servidumbre para cuidar cada sector.
—¡Nunca había visto tanta plaga en los árboles! —comentó molesto el vizconde una vez al regresar del bosque—. Necesitamos por lo menos seis guardabosques, como en tiempos de mi abuelo.
—Yo insisto en tener primero seis doncellas —respondió Jemima.
—¡No sé por qué! —bromeó él—. La casa parece ya casi normal, mientras que yo necesito palafreneros en las caballerizas, jardineros, lacayos y al menos una docena de caballos para recorrer la propiedad y dar órdenes.
Jemima le lanzó el cazo que tenía en las manos, él lo cogió y se lo devolvió.
—¡Deja de burlarte de mí! —protestó ella—. Y si no tienes nada mejor que hacer, pesca una trucha para la cena. Creo que ya debes estar harto de sopa todos los días.
—No de la que tú preparas. Y eso me recuerda que pronto debemos organizar una cena.
Bromeaba, pero Jemima le miró con seriedad.
—Si te atreves a invitar a una sola persona al Priorato antes de que yo lo convierta en un lugar decente, me iré. No tienes idea de lo mucho que falta por hacer.
Él se rió y cuando salió, Jemima pensó desalentada que, sin dinero y sin ayuda, sería imposible que ella pusiera en funcionamiento el Priorato.
En cada habitación había uno o dos cristales rotos en las ventanas, en otras, el suelo se había hundido y en algunas el techo se había derrumbado.
Durante los tres primeros días les fue imposible tener agua caliente, y mientras el vizconde se bañaba en el lago, Jemima utilizaba agua fría en su habitación tratando de fingir que no la hacía estremecerse de frío.
Ahora que Freddy hacía reír al vizconde, sintió que todos los esfuerzos habían valido la pena, que en realidad no había sido tan duro como le había parecido al principio.
«¡Vamos ganando, vamos ganando!», se dijo.
Entonces se hizo la pregunta que siempre tenía en mente: «¿Qué será del futuro?».
Desde el momento en que Freddy les prestó su carruaje para ir al campo, Jemima había decidido que no acudirían de nuevo a él en busca de ayuda.
Ya era bastante difícil antes, cuando ella se daba cuenta de que era incorrecto aceptar dinero que sabía no podían devolver; pero ahora que Freddy había confesado que la amaba, le resultaría más duro aprovecharse de su generosidad.
Sin embargo, gracias a lo que Freddy había dicho sentía una calidez en su corazón que antes no había.
Fue sincera al reconocer que amaba al vizconde, algo que había admitido ante sí misma desde el momento en que se casó con él. Le bastaba mirar su apuesto rostro y su esbelto y atlético cuerpo para que su corazón diera un vuelco.
Pero se decía con humildad que era muy afortunada de poder hablar con él y cuidarle y que eso era suficiente.
¿Cómo iba a tener la menor esperanza de que, si amaba a alguien tan bella como Niobe, se fijara siquiera en ella?
Ella era útil para contar con tres comidas al día. También le había servido para vengarse de la mujer que le había traicionado. «¿Sería eso suficiente siempre?», preguntó una voz interior a Jemima, al mismo tiempo que se decía que sería muy desagradecida si se atrevía a pedir más.
Cuando terminaron de comer, el vizconde y Freddy se dirigieron hacia la caballeriza para ver los caballos que se iban a domar. Con un suspiro, Jemima empezó a quitar el servicio de la mesa del comedor.
—Yo lo haré, señora —exclamó Hawkins, que en ese momento entró por la puerta de la cocina.
—Primero debe comer. El señor Hinlip ha traído un jamón delicioso, un paté que serviremos en la cena de hoy y una generosa ración de carne de ternera.
—¡Sabía que el señor Hinlip no vendría con las manos vacías!
—Ha sido muy generoso. Y ha enviado a su palafrenero a la posada para que no tengamos que atenderle.
—Ya lo sé, señora.
—Más tarde le prepararemos la habitación contigua a la del señor. La vieja señora Benson la ventiló ayer y si viene alguno de los otros pensionados le pediremos que la limpie lo más que se pueda.
—Eso haré, señora, y la señora Groves puede fregarla; como está mal de las piernas, prefiere ese trabajo a andar de un lado a otro por la casa.
—De acuerdo —respondió Jemima con una sonrisa.
Dejó a Hawkins comiendo y pensó en ir a reunirse con los hombres en la caballeriza.
Antes de comer se había puesto uno de sus vestidos londinenses y, dudosa, se preguntó si sería mejor ponerse otra vez el vestido que llevaba cuando llegó Freddy.
No, no podía tolerar que la viera tan mal vestida, aunque así le sería imposible realizar algún trabajo de la casa.
Se peinó cuidadosamente y se dirigió hacia las caballerizas. Al pensar que sería de poco tacto interrumpirlos tan pronto, no fue por el camino más corto. Cogió la dirección del ala oeste de la casa, una parte que todavía no había tenido tiempo de inspeccionar. Por supuesto, todo estaba lleno de polvo, así que se levantó un poco el vestido para que no rozara el suelo mientras miraba a su alrededor con interés. En las habitaciones que atravesó encontró algunas piezas de mobiliario que quedarían bien en las que estaban ya en uso.
Ya había decidido que lo más sensato sería acondicionar el salón y la biblioteca de la forma más perfecta posible y olvidarse del resto de la casa.
El Priorato era tan grande que no había tenido tiempo de verlo todo. Sólo había hecho un rápido y breve recorrido antes de empezar a limpiar dos habitaciones y un salón pequeño.
En una semana o dos empezaría a cambiar las cosas de lugar. Así, si el vizconde insistía en que invitaran a sus vecinos, podrían recibirlos.
Ya había avanzado bastante por el pasillo y calculó que debía ir hacia la derecha para llegar a la caballeriza.
Abrió una puerta y, para su sorpresa, se encontró en un lugar muy extraño donde había una mujer.
Como la mujer daba la espalda a la luz, por un momento le fue imposible verle la cara. Entonces, mientras Jemima avanzaba, la mujer levantó la vista, lanzó una exclamación e hizo una reverencia.
—Creo que debe ser usted la nueva vizcondesa Ockley —dijo con voz nerviosa pero educada—. Espero, señora, que disculpe que esté aquí sin haberle avisado, pero he preguntado a su criado y me ha dicho que su señoría todavía no recibía a nadie.
Las palabras salían como un torrente debido a su ansiedad por explicar su presencia y Jemima sonrió mientras le extendía las manos.
—Hemos tenido mucho que hacer desde que estamos aquí. ¿Cuál es su nombre?
—Oh, lo siento, señora. Soy la señora Ludlow; mi esposo es el vicario.
—Encantada de conocerla, señora Ludlow.
La esposa del vicario era una mujer de edad madura de rostro agradable y cabellera canosa. Llevaba puesto un sencillo vestido pasado de moda y Jemima vio sorprendida que tenía en la mano una jarra y que en el suelo había otra.
La señora Ludlow siguió el rumbo de su mirada y explicó:
—He venido, señora, aunque tal vez he hecho mal al no pedir permiso, a recoger el agua. Pero estoy segura de que su señoría no se habría opuesto.
—¡A recoger el agua! —repitió asombrada Jemima.
—Sí, señora. Hay en la parroquia quienes no pueden estar sin ella y cuando tengo tiempo, vengo a cogerla para llevársela.
—¿Qué agua, señora Ludlow? No comprendo.
—La que sale de aquí, señora.
Señaló mientras hablaba y Jemima se dio cuenta de por qué la habitación le había parecido tan extraña.
En el centro se encontraba algo parecido a un pozo, rodeado de un círculo de piedras, como una pequeña fuente.
El techo era de viga y las ventanas casi no tenían cristales, lo que debía ser la causa del musgo y hierbas que crecían entre las piedras y el hueco.
Jemima se asomó, intentando comprender a qué se refería la esposa del vicario. En ese instante vio un hilillo de agua que salía de entre la hierba y se acumulaba en el centro.
Había una taza a un lado y pensó que la señora Ludlow debía recoger el agua en ella para verterla en las jarras que llevaba consigo.
—¿Para qué quieren esta agua? ¿No hay suficiente en la aldea?
—¿Quiere decir que no ha oído hablar del agua del Priorato Ockley? Sin duda, su señoría…
—Su señoría jamás me ha mencionado nada con respecto al agua, excepto que apenas acabamos de conseguir que funcione la bomba de agua en la cocina.
—No se trata de ese tipo de agua, señora. Es agua bendita y la gente de la aldea tiene tanta fe que no puede vivir sin ella.
—Explíquemelo todo desde el principio —rogó Jemima.
—Bueno, por supuesto es una leyenda, pero los monjes que construyeron el Priorato eligieron este sitio en particular porque su abad tuvo una visión.
—¿Cuál fue?
—Nuestro Señor se le apareció, le dijo que debía curar a los enfermos y que los medios para hacerlo se le darían si construía el Priorato en este sitio.
—¿Y se refería al agua?
—Sí, señora, por supuesto, pero creo que debió olvidarse eso en el siglo anterior o que el vizconde Ockley de entonces no permitió a los aldeanos que utilizaran el manantial.
Jemima sonrió.
—Pero ahora insisten en tomarla.
—Creo que descubrirá que todos los pensionados la beben. Todos los que viven por aquí hablan del agua y del bien que les hace.
—¿Qué es lo que produce, con exactitud?
—En primer lugar, creen que los mantiene jóvenes y activos y, sin duda, elimina sus dolores de piernas. Yo misma puedo asegurarlo. El invierno pasado el reumatismo me tenía casi inválida, hasta que el vicario me dijo:
«¿Por qué no bebes el agua, mujer, ya que la recoges para todos los demás?».
—¿Y qué sucedió cuando lo hizo usted? —preguntó Jemima.
—Tengo que reconocer que nunca había creído en ella —respondió la señora Ludlow en voz muy baja, como si temiera que la pudieran oír—. Pero en menos de dos semanas se había reducido mucho el dolor de mis piernas y, cuando al fin pude bajar y subir por la escalera de nuevo, comprendí que había sido una incrédula.
—Así que ésta es la historia del agua bendita —dijo Jemima con una sonrisa.
Vio que ya en el centro de la cavidad se había formado un charco.
—¿Nunca se seca? —preguntó.
—No, pero es muy poco lo que brota y creo que lo que sucede es que tanta hierba la impide el paso. Tal vez sea necesario limpiarla.
—Debo decírselo a mi esposo. Pero, por favor, tome toda la que necesite y tal vez podamos hablar más de esto otro día.
—Sí, señora, por supuesto. Me sentiré muy honrada. Espero que su señoría no se moleste porque he recogido el agua sin pedirle permiso.
—Cuando yo le diga que nuestros vecinos la necesitan, estará encantado.
Jemima sonrió a la señora Ludlow y se dirigió a la puerta de salida, la que tenía dos grandes aldabas. Al salir no se encontró lejos de la caballeriza, sólo la separaba un cerco de arbustos.
Vio al vizconde y a Freddy junto al corral donde se iban a domar los caballos.
—Los llamaré Rómulo y Remo —decía el vizconde cuando Jemima se acercó a ellos—. Recordarás que eran niños salvajes a los que adoptó una loba y te aseguro que tendré que ser más fiero que un lobo para domar a estos dos.
Jemima estaba casi sin aliento por la carrera cuando llegó a su lado.
—¡Valient! ¿Qué crees que acabo de descubrir?
—Si ha sido otro techo derrumbado, no deseo saber nada —respondió él.
—No, no es nada de eso. ¡Es el manantial de agua bendita que hay aquí en el Priorato!
El vizconde la miró sorprendido y ella se dio cuenta de que no sabía a qué se refería. Entonces exclamó:
—Oh, ya sé de qué hablas. Hay un manantial al fondo del ala oeste que se supone que tiene poderes mágicos. Recuerdo que mi abuelo me habló de eso, pero, por supuesto, es una tontería de fanáticos.
—No es eso lo que opinan los aldeanos y la esposa del vicario me ha dicho que el año pasado le curó el reumatismo.
—Bueno, personalmente, yo prefiero beber el champán que nos ha traído Freddy —bromeó el vizconde—. ¡Pero cada uno tiene sus gustos!
—¡No es una broma! —protestó Jemima—. Es un descubrimiento y creo… estoy segura de que al fin hemos encontrado lo que buscábamos.
Su tono ansioso y serio hizo que ambos la miraran sorprendidos.
—¿De qué habla? —preguntó Freddy—. Nunca he sabido que Valient tuviera un manantial de agua bendita, pero supongo que algo así cabe esperar en un priorato.
—Los dos carecéis de imaginación. Escuchad, la señora Ludlow dice que la gente de la aldea cree en ella y que la hacen venir una o dos veces a la semana, o cada vez que puede, a recoger agua para ellos. Los pensionados también la beben y cuando pienso en ello, es sorprendente lo bien que se encuentran para su edad.
El vizconde la miró intrigado, como si no pudiera comprender su entusiasmo, así que prosiguió:
—Supongo que sabes lo populares que son los lugares de baños termales. Como los de agua caliente en Bath, el Beaulah en Dulwich y el de agua mineral de Sadlers Wells.
Hizo una pausa para recobrar el aliento antes de añadir:
—Recuerdo que hace años mis padres fueron a Islington y me dijeron que cuando lady Mary Wortley Montagu bebió el agua, mejoró mucho de la gota y la artritis, pero que también empezó a tener más sueño de lo que era habitual en ella.
Después de un momento de silencio el vizconde preguntó en tono que denotaba su incredulidad:
—¿Acaso sugieres que creemos un lugar así aquí?
—¿Por qué no? Con sólo una persona que se curara, cientos de ellas desearían venir a beber el agua y estarían dispuestas a pagar lo que se les pidiera, en especial si no sólo las cura de sus males, sino que les devuelve la juventud.
El vizconde la miró con asombro, pero Freddy exclamó:
—¡Dios mío, creo que Jemima tiene razón! Y las primeras personas dispuestas a beber el agua serán mi madre, que durante años ha sufrido una agonía con su reumatismo, y mi padre, que cada vez está peor de su gota.
—¿Cree de verdad que la probarían y nos dirían con sinceridad lo que sucede? —preguntó Jemima.
—Por supuesto que lo harán si yo se lo pido. Han probado todo tipo de remedios, hasta los más absurdos, sin que ninguno les haga el menor efecto.
—¿Y… si lo… que la esposa del… vicario me ha dicho es verdad… cuánto creéis que podríamos cobrar por beber el agua Ockley?
—¡Tanto como podamos pedir! —afirmó el vizconde.
—¡Venid a verlo! —pidió Jemima impetuosa—. Creo que tendremos que quitar las hierbas para que el agua pueda salir con más facilidad y limpiar el lugar… que tal vez sea una capilla. Pensad lo maravilloso que será si podemos ganar dinero y a la vez ayudar a gente que sufre.
—Todo esto me parece una locura —opinó el vizconde—, pero estoy dispuesto a intentar cualquier cosa.
Los dos jóvenes la siguieron, pero Jemima andaba tan deprisa que mantenían su paso con dificultad.
—Será toda una novedad en ti ganar dinero en lugar de gastarlo, Valient —bromeó Freddy.
—Y espero que me ayudes. Incluso tal vez te encargue que cobres la entrada. Me pregunto si será necesario que lleves uniforme.
Jemima ya había desaparecido a través de los arbustos.
—Pero te diré una cosa —añadió el vizconde mientras se internaba en el cerco—, a menos que me sienta convencido de que es una forma genuina de ganar dinero, no voy a desperdiciar ni un penique, ni mi valioso tiempo en esto.
—Eso es tener sentido común —estuvo de acuerdo Freddy—. Pero no desanimes a Jemima. Debes darte cuenta, Valient, que ninguna otra mujer de las que conoces, y lo digo en serio, habría hecho tanto y con tanta eficiencia como ella, y sin quejarse, además de que parece que disfruta cada momento.
El tono de la voz de su amigo hizo que el vizconde le mirara sorprendido.
—Tienes razón, por supuesto. Le estoy muy agradecido. Toda esta semana ha trabajado como una esclava.
—¿Puedes imaginarte a Niobe en las mismas circunstancias?
Se hizo el silencio. Ya muy cerca de la puerta que conducía al agua bendita, con voz muy diferente, el vizconde dijo:
—Bueno, Niobe jamás habría tenido que enfrentarse a las circunstancias en que nos encontramos Jemima y yo, ¿o sí?
Freddy no supo qué responder, pero deseó decir o hacer algo para que el vizconde se diera cuenta de que Jemima, sin duda, era una mujer excepcional y única.