Trabajar con tranquilidad
«El estrés no es el elixir de la vida de nadie. Convierte el descanso en el elixir de tu vida y rendirás más que nunca.»
Paul WilsonA nadie le gusta tenerlo, aunque la mayoría de las personas tiene más de lo que desean: me refiero al estrés, a esa mezcla de presión, fatiga y ajetreo que provoca que fumemos más, tomemos más café y no podamos dormir de noche. Antes, el estrés era el carné de identidad de las personas muy trabajadoras. La gente cumplidora tenía estrés. Y quien no sufría estrés despertaba sospechas. Ahora, las cosas han cambiado. Cada vez hay más gente que renunciaría de buen grado al látigo del estrés y preferiría vivir tranquila. Y eso puede lograrse. El estrés crónico no tiene por qué existir y se puede evitar. Con la ayuda de los consejos y los métodos que aparecen en este libro podrás conseguir que tu vida sea mucho más tranquila y relajada. Pero ¿podemos suprimir totalmente el estrés?, ¿no estar sometidos nunca más al ajetreo o a la presión? Afirmar algo así no sería realista. De vez en cuando se producen ataques de estrés puntuales. Porque la vida es una caja de sorpresas y, como bien dice el refrán, «donde menos se piensa, salta la liebre». Incluso en los días más tranquilos hay sorpresas. Poco antes del cierre de edición, cuando todo tiene que imprimirse deprisa, el impresor todavía detecta errores. Los aviones sufren retrasos precisamente cuando tenemos que hacer trasbordo. El día que nos vamos de vacaciones, nuestro hijo pequeño se levanta con una erupción cutánea por todo el cuerpo. Con ese estrés, nos las arreglamos bien. Son momentos de tensión en los cuales movilizamos fuerzas extraordinarias. Es también una aventura: las cosas se arreglarán a pesar de todo lo desfavorable. Y el ataque de estrés se supera. Respiramos aliviados y ya tenemos una nueva anécdota para explicar a los amigos. Podemos vencer los ataques de estrés puntuales si mantenemos la calma y no perdernos la cabeza. A continuación, encontrarás algunos consejos para lograrlo aún con más facilidad.
Cómo mantener la calma en una situación estresante
* Respira profundamente. cuando la tensión aumenta, nuestra respiración cambia de inmediato. Respiramos menos profundamente. Inspiramos menos aire. Pero es precisamente entonces cuando nuestro cerebro necesita mucho oxígeno para poder pensar bien. Así pues, toma aire. Inspira y expira profundamente varias veces.
* Acéptalo. Algo se tuerce o se retrasa. Acabarás antes si aceptas los hechos. Si te sublevas, se crearán perturbaciones innecesarias como ajetreo, enfado y conducción temeraria. Esa confusión mental te robará la fuerza y te impedirá ver el problema con claridad y solucionarlo deprisa. Por lo tanto, primero acepta las cosas y después cámbialas.
* Cambia lo que vaya que cambiar. Si estás bajo presión, ha llegado la hora de ser elástico. Retrocede un poco, crea distancia y reflexiona tranquilamente: ¿Qué podrías hacer para arreglar las cosas? ¿Quién podría ayudarte? ¿Puede solucionarse de otra manera lo que tienes entre manos?
* Quítale importancia al asunto. El gran secreto de la tranquilidad: «Lo que está ocurriendo no me impresiona porque no es tan importante». No se trata de una enorme desgracia; tu supervivencia no está amenazada. Únicamente es algo desagradable. Quizás incluso muy desagradable. ¿Cómo se las arregla uno con una sensación desagradable? Se aguanta, y punto. No te defiendas. Las sensaciones desagradables no son tan terribles.
Cómo superar un montón de trabajo: ¿saltando de cabeza o aplazándolo?
Aunque trabajemos con inteligencia y sin estrés, los montones de trabajo siguen apareciendo. Puede tratarse de una mudanza, de un examen o de hacer reformas en casa. Incluso ordenar el trastero puede convertirse en el proyecto del siglo, sobre todo para la gente incapaz de tirar nada.
El primer síntoma para reconocer un montón de trabajo es llevamos las manos a la cabeza, a la par que decimos: «¡Dios mio! ¡Si pienso en todo lo que me queda por hacer!». Las pilas de trabajo se amontonan primero en nuestra mente. Acto seguido, aumentan las notas y las listas. Y entonces pueden observarse dos reacciones distintas.
Algunas personas se ponen nerviosas y se lanzan de cabeza al trabajo, siguiendo el lema de «no hay que perder tiempo o no acabará nunca». Pero saltar de cabeza puede ser peligroso. Al sumergirse tan de repente, se puede perder de vista lo esencial y desperdiciar fuerzas en lo secundario.
La segunda reacción es casi la opuesta. La gente se deprime al ver tanto trabajo y aborda el asunto sin ganas. ¿Y qué pasa cuando no tenemos ganas de hacer una cosa? Correcto: hacemos otra. Primero, ordenamos el escritorio o desayunamos. Luego, leemos el correo y después el periódico. Maniobras de evasión. Puede que parezca que así actuamos con calma, pero con cada aplazamiento aumenta la presión; hasta que es tan inmensa que nos empuja a saltar de cabeza.
Cómo desmenuzar un montón de trabajo
Entonces surge la pregunta de si hay una forma tranquila de superar un montón de trabajo. ¡Pues claro! Lo más sencillo es tomar cierta distancia. El mejor modo de conseguirlo es con la ayuda de lápiz y papel. No uses hojas pequeñas de bloc de notas; utiliza un folio y escribe qué hay que hacer.
Para que quede más esquemático, anota en la parte superior de la hoja el punto clave o el objetivo. A partir de ahí, puedes hacer una lista con los pasos necesarios y anotarlos de arriba a abajo en el orden adecuado. Las cuestiones secundarias y las menudencias, anótalas en los márgenes. Si el tiempo desempeña un papel importante, escribe al lado de cada paso cuándo debe estar solucionado. De este modo, dividirás el montón en partes más pequeñas y accesibles. Y empezarás por el paso más próximo. Esta fórmula también es válida para evitar los aplazamientos. Preocúpate únicamente de lo que toca hacer ahora según tu esquema. Así desaparecerá la sensación de estar ante un montón de trabajo enorme. Además, tu mente podrá relajarse. Ya no será necesario que lo tengas todo en la cabeza: está resumido esquemáticamente en un papel.
En el fondo, se trata de desmantelar algo grande paso a paso, pieza a pieza. Y para ello necesitas constancia. La constancia de un corredor de maratones, al que no le sirve de nada hacer un sprint al iniciar la carrera. Lo importante es dosificar las fuerzas para llegar a la meta. A continuación, te ofrezco algunos consejos para que dosifiques bien tus fuerzas y alcances tu objetivo.
Divide el montón de trabajo en pequeños tramos que puedas superar.
Cómo hacer que el trabajo resulte fácil
* Decir «sí» mentalmente. No opongas resistencia cuando vayas a hacer algo. Recuerda: si haces algo contrariado, te resultará más fatigoso. Tu «no» mental es como arena en un engranaje. Por lo tanto, conéctate al «SÍ».
* Visión de conjunto en vez de actividad frenética. Si tienes muchas cosas que hacer, evita actuar a ciegas. Antes de poner manos a la obra, ten bien claro qué resultado buscas. Averigua qué es lo realmente importante para poder repartir de forma adecuada tus energías. ¿Qué importa de verdad? ¿Qué es secundario? Estos breves momentos de planificación pueden ahorrarte mucho gasto de energía innecesario.
* Paso a paso. Divide los trabajos extensos en pequeñas tareas abarcables. No te dediques a todo a la vez; piensa sólo en lo que toca concretamente en ese momento. Separa el siguiente pequeño tramo del montón de trabajo. Como bien sabes, incluso el viaje más largo empieza por el primer paso. Luego vienen el segundo y el tercero... Concéntrate en el siguiente paso.
* La constancia proviene de los descansos. La peor solución imaginable: intentar resolver las grandes tareas a todo gas, darlo todo hasta caer desplomado. Es más productivo alternar la tensión y el relax. Esto genera una constancia enorme. Relájate mientras trabajas, y no cuando te jubiles. Y si pasas demasiado tiempo sentado, ponte en movimiento. Aunque sólo sea subiendo por las escaleras en vez de utilizar el ascensor. Y antes de caer rendido, tómate un descanso.
Cómo crear más puntos fuertes personales
En la actualidad, muchas personas ven que sus puestos de trabajo sufren cambios o incluso están amenazados. Cada vez hay menos contratos fijos, se eliminan puestos de trabajo y las empresas cierran determinadas secciones. A muchos empleados estos cambios les dan miedo. Ese miedo suele provocar un aumento de la presión y muchos creen que sólo podrán salvarse rindiendo más.
A continuación, me gustaría enseñarte una forma de hacer frente al miedo y a la presión. No se trata de no volver a sentir miedo nunca más. Eso no sería realista. Es más importante evitar la dependencia y la debilidad, y desarrollar los puntos fuertes personales. Antes de enseñarte cómo puedes hacerlo, analicemos objetivamente algunos hechos. En un sistema económico en continua transformación, no encontrarás un empleo que te ofrezca seguridad para siempre. Se acabó el típico proceso de formarse profesionalmente primero, luego firmar un contrato indefinido, ascender en la empresa y trabajar allí hasta jubilarse. Los puestos de trabajo ya no duran toda la vida. Y cada vez resultará más difícil orientarse en el mercado laboral, donde los cambios son lo único seguro. En la actualidad, se buscan profesionales para cubrir muchos empleos que antes no existían. Y en muchas profesiones que en mi juventud se consideraban completamente ajenas a la crisis, ahora se están produciendo despidos masivos.
Por lo tanto, ya no encontrarás seguridad en una empresa, sino en ti mismo. Sólo puedes confiar en tus propios puntos fuertes. Y estos puntos no son algo que poseas o no, sino algo que tú fabricas. A continuación, te enseño brevemente cómo se consigue.
En la economía actual, hay cuatro pilares básicos que te hacen fuerte:
1. Tu capital personal.
2. Tus habilidades para presentarte convincentemente.
3. La creación y el fomento de una red colegial.
4. Tu creatividad.
Estos cuatro puntos te exigen una nueva manera de pensar. Una nueva perspectiva de tu capacidad productiva. Ya no eres un simple asalariado, sino el empresario de tus propios asuntos. Tom Peters llama «Yo, SA.» a esta nueva perspectiva. Y William Bridges la denomina «empresa personal» (en los libros, sumamente recomendables, de esos dos autores se trata el tema con más detalle). En cualquier caso, se trata de ver la propia capacidad productiva como un factor de producción que uno mismo crea y comercializa. Esa perspectiva no se basa en un concepto psicológico sino que es el resultado de la evolución de la economía actual. En la nueva era de la información, el conocimiento se ha convertido en el factor de producción decisivo. Y el conocimiento lo producen las personas; las máquinas pueden elaborar información, pero no pueden crear conocimiento. Por eso también se habla de capital humano. El know-how (conocimientos y experiencia) y la capacidad de aprendizaje de los empleados son los recursos más importantes de cualquier empresa. De ahí surge el primer pilar de tus puntos fuertes.
Tu capital personal
En el nuevo mundo laboral, cuantos más conocimientos útiles puedas ofrecer, más fuerte serás económicamente. Tu know-how es tu capital personal. Tú aportas capital, o dicho de otra manera: eres un capitalista.
Forman parte de tu capital personal:
* Todos los cursos de formación y perfeccionamiento que hayas cursado.
* Todos tus talentos y habilidades.
* Todos los conocimientos adquiridos en empleos anteriores.
* Las especialidades en que trabajas actualmente.
* Todas las áreas laborales en que has trabajado.
* Todas tus competencias comunicativas, los llamados soft skills.
* Todo lo que te gusta hacer y te divierte.
* Tu capacidad de aprendizaje.
Presentarte convincentemente
Sin embargo, no basta simplemente con poseer ese capital. También necesitas la capacidad de presentarte con él, incluso en la empresa donde ahora trabajas. En este aspecto, la retórica desempeña un papel importante. ¿Eres capaz de presentar tu capital de forma inteligible, completa y acertada? ¿Verbalmente y por escrito? Si no encuentras palabras convincentes para explicar en qué consiste tu capital, los demás no podrán valorarlo. La idea de hacerse publicidad sigue resultando extraña sobre todo a los empleados fijos. Antes, para presentarse bastaba un currículum bien escrito y una entrevista de trabajo en toda regla. Hoy en día, la «autocomercialización» es una tarea permanente para cualquier «capitalista».
Seguro que en la empresa donde trabajas ya te has formado una imagen. Allí ya eres una «marca». La cuestión es si tú has creado esa imagen a conciencia y si esa imagen es realmente la mejor para ti. No esperes que tus compañeros o los «de arriba» te valoren. Crea tu propio perfil.
Crear y fomentar una red
Crea una red colegial y fomenta el contacto con profesionales de otras empresas y autónomos que trabajen en tu sector. De este modo evitarás estar limitado a tu trabajo actual y tendrás una idea más amplia de cómo se trabaja en otros sitios. Ver horizontes más amplios te sacará de la estrechez de tu experiencia. Tendrás nuevas ideas y nuevos impulsos que jamás se te habrían ocurrido a ti solo. Además, es muy probable que encuentres tu próximo empleo a través de los contactos de tu red.
Tu creatividad
Tu puesto de trabajo no es únicamente el lugar donde te ganas la vida, sino también el sitio donde aumenta tu capital. Probablemente, cuentas con una descripción del puesto donde se relacionan tus tareas. Pero es importante que tú también describas su desarrollo, y que lo hagas para ti mismo. Coméntale a tu jefe o en el departamento de personal en qué dirección te gustaría desarrollarte. Determina qué temas, ámbitos laborales o proyectos te interesan o consideras que valen la pena. Esto significa que negociarás constantemente y aportarás de nuevo tus ideas. Y tu poder de negociación será mayor cuanto más atractivo sea el capital que tengas para ofrecer.
Todos estos puntos refuerzan tu independencia. Pero es tarea tuya ocuparte de ellos. Ningún superior te los dejará sobre el escritorio. Tú eres el único responsable de lo que hagas contigo. El lema clave es «ser responsable de uno mismo». En este caso, es muy importante lo que pienses, puesto que en este punto fuerte no hay lugar para opiniones deprimentes. Cuando estés en plena creatividad, procura que tu mente no te sabotee con pensamientos como: «Tengo cincuenta años; estoy desfasado»; «Soy demasiado joven e inexperto»; «Madre sola con un hijo: no llegaré muy lejos»; «No tengo estudios; nunca tendré un trabajo así». Cualquier cosa que te desprestigie no tiene cabida en tu pensamiento. Ocúpate activamente de tener confianza en ti mismo, puesto que eso es la base en la que se apoya tu capital. No eres una hoja al viento, arrastrada por las tormentas de la economía. Tú eres el viento que determina su propia dirección.
Cómo estar de buen humor
En una ocasión, dicté una conferencia sobre el tema «Dominar sin esfuerzo los montones de trabajo». Al acabar, pensé si me había olvidado de algo. Ligeramente ensimismada, pregunté: «¿Falta alguna cosa?». Y repasé los papeles de la conferencia. De hecho, no esperaba respuesta, pero uno de los oyentes contestó: «Se ha olvidado del buen humor. Cuando uno tiene mucho que hacer, el buen humor es como un lubrificante. Hace que todo funcione mucho mejor». Tenía razón. Cuando estoy contenta, escribo sin esfuerzo. Y las conversaciones van mejor cuando están amenizadas con una pizca de humor. Sí, es cierto, el trabajo resulta más fácil cuando estamos de buen humor. Una oyente preguntó si era posible estar de buen humor a propósito. Buena pregunta. ¿Podemos estar contentos intencionadamente? Hay algunas indicaciones al respecto. Por ejemplo, hacer footing. Al correr o practicar un deporte, el nivel de endorfinas en el cuerpo aumenta al cabo de poco. Estas «hormonas de la felicidad» provocan un estado de relax y bienestar. No obstante, no ocurre lo mismo si un día corremos para no perder el autobús. Las hormonas de la felicidad se segregan después de haber practicado regularmente un deporte durante algún tiempo. Y no se sabe si la segregación de endorfinas tiene efectos duraderos en la vida cotidiana. Es decir, si el buen humor se mantiene después trabajando varias horas delante del ordenador.
En un quiosco, encontré por casualidad otra forma de provocar el buen humor. En la portada de una revista encontré el siguiente titular: «Come buen humor». Según el artículo, el consumo de fruta y verdura provoca alegría. Y se mencionaban los mangos, las fresas, la piña, los guisantes y la lechuga. Admite que soy un poco escéptica al respecto. Seguro que la fruta y la verdura son alimentos sanos. Pero ¿podemos ponernos de buen humor consumiendo esos productos? Nuestra experiencia cotidiana lo contradice. Si alguien te explica que anoche pasó una velada agradable celebrando algo y que la gente se divirtió mucho, ¿qué imagen se formará en tu mente? ¿Verás gente divertida comiendo mangos y guisantes?
El buen humor está en la infancia
Mucha gente está interesada en mejorar su estado de ánimo. Pero, de momento, aún nos falta saber cómo podemos conseguirlo. Las investigaciones sobre el buen humor todavía están en pañales. Y precisamente en los pañales, en la infancia, es donde habría que buscar, puesto que, de niños, éramos capaces de vivir única y exclusivamente para lo que hacíamos. Y la mayor parte del tiempo estábamos de buen humor. En aquella época, realizábamos grandes tareas. Construíamos una ciudad entera con arena: casas, calles y un túnel. Y hacer un túnel con arena no es tarea fácil. En el suelo de la sala de estar montábamos una granja, y nos pasábamos horas construyendo establos para los animales. Justo cuando íbamos a hacer un gran lago para los cocodrilos, nuestros superiores nos lo impedían. Quizás pienses que no puede compararse, que eso eran juegos de niños. Pero hazme un favor: recuérdalo. Cuando éramos pequeños, nunca nos dedicábamos a hacer chiquilladas. Construíamos cosas complicadas. Un castillo feudal con puentes levadizos o una selva con tigres y trampas. ¿Estábamos motivados? Sí. No sabíamos qué significaba la palabra, pero no queríamos dejarlo. Cuando los superiores gritaban « ¡A recoger!», nuestra respuesta era: «¡No!». Cuando decían «¡A la cama! », siempre protestábamos. En aquella época no nos hacía ilusión salir del trabajo. Creábamos mundos enteros y lo hacíamos de buen humor. En aquella época lo podíamos todo. ¿Y ahora? ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no podemos seguir trabajando así de adultos?
Si yo me dedicara a investigar el buen humor, indagaría por este camino. El secreto del disfrute está en la infancia. Al llegar a la edad adulta, nos esforzamos por ser serios e importantes. Y apartamos todo lo que sea jugar. Trabajamos de manera provechosa y objetiva. Sin magia y sin chispa; sin disfraces, sólo con la ropa adecuada; sin tigres, hadas ni búsquedas del tesoro. Sólo documentos, agendas y notas de actas. Y entonces nos preguntamos dónde está nuestro buen humor. Y por qué a veces nos sentimos tan desanimados. El desánimo surge donde todo el mundo se toma las cosas muy en serio.
Un poco de diversión puede llevarte lejos
¿Qué puedes hacer para estar de buen humor mientras trabajas? Muy fácil: recupera las ganas de jugar y la imaginación que dejaste de lado. Transforma tu trabajo en una aventura. Despréndete de la mitad de tu seriedad y sustitúyela por diversión. Y deja de ser siempre tan adulto. ¿Hace meses que evitas ponerte a ordenar el garaje o el desván? Te espera una tarea pesada y polvorienta. Eso sería un buen trabajo para un pirata, para un auténtico bucanero. Anúdate en la cabeza el clásico pañuelo pirata y ponte el parche en el ojo. Colócate la bolsa de la basura en el cinturón y conquista el tesoro. Lucha cruzando el mar bravío y apodérate del botín. Sumerge en el cubo de la basura lo que tengas que tirar, profiriendo un grito pirata. Si te falta valor, haz que te acompañe un niño. Enfréntate al siguiente montón de trabajo preguntándote cómo lo habría acometido Robin Hood, el príncipe de los desheredados. O Balú, el oso del Libro de la selva. Un poco de diversión puede llevarte lejos. Lo único que necesitas es tu lado imaginativo, infantil. El buen humor está en tu propia infancia.