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Capítulo 19

 

—Me estás mintiendo —dijo Isobel.

—¿Por qué iba a hacerlo? No tengo nada que ganar... Espero que la generosidad del Comité sea proporcional a la cantidad de información que tenga para ofrecer. No tengo ninguna razón para callarme nada — Killian giró la cabeza para mirarla. Estaba tendido en el sofá, ocupando todo el asiento con su cuerpo largo y delgado. Ella no tenía el menor deseo de sentarse junto a él. Estaba muy bien en la silla, aunque fuera incómoda, manteniendo las distancias. Le había dado de comer, simplemente porque ella también se moría de hambre. Y porque en un hipotético duelo de voluntades, seguramente habría vencido él. Y se había pasado las tres últimas horas interrogándolo. Sin llegar a ninguna parte.

No le había contado nada que no supiera. El Comité no era una organización como otra cualquiera, y us servicios de información eran excelentes. Killian no estaba aportando nada nuevo.

—¿Qué ocurrió en Mauritzia?

Él se encogió de hombros.

—Fue uno de mis fracasos más sonados. Tenía que trasladar a los habitantes de tres pequeñas ciudades a un campo de concentración, donde todos serían exterminados bajo mi supervisión. De ahí me viene el sobrenombre «el Carnicero». Por desgracia, alguien dio el chivatazo y los barrios quedaron desiertos antes de que yo llegara. Personalmente, no veía dónde estaba el problema... Los gobernantes querían vaciar esas ciudades y así fue; todos sus habitantes cruzaron la frontera y acabaron en campos de refugiados. Pero Busanovich no lo vio así. Conseguí escapar por los pelos.

—No pareció que aquello afectara tu futuro laboral —observó ella.

Killian esbozó una gélida sonrisa.

— Siempre hay trabajo para un hombre con mis habilidades y mi flexibilidad moral. Con gusto te daría los nombres y datos personales de los asesores del presidente Busanovich, pero todos están muertos, incluido Busanovich, y Mauritzia esta descubriendo las maravillas de la democracia. Me gusta pensar que contribuí en parte a la liberación del país.

—Lo próximo que me dirás será que estabas salvando al mundo gracias a tu incompetencia. Él volvió a encogerse de hombros.

— Se podría decir que sí. Pero me temo que Fouad Assawi estaba un poco más decidido a acabar conmigo que algunos de mis otros jefes. Por eso decidí arrojarme a los brazos del Comité.

Ella no dijo nada y se limitó a cerrar su portátil.

— Si has acabado con el ordenador, ¿te importaría si consulto mi correo? —preguntó él, incorporándose—. Estaba pujando por un par de artículos en eBay y quiero ver si he ganado...

— Oh, cierra la boca. Tú nunca has pujado en eBay.

—Te equivocas. Hay todo un abanico de oportunidades en el mercado negro... si se sabe dónde buscar.

—¿Y para qué quieres tu correo ¿Para buscar citas on-line, quizá?

—No, princesa. Ya te tengo a ti.

Ella se levantó bruscamente. Necesitaba apartarse de él.

—No tenemos Internet aquí. Ni tampoco cobertura para los móviles. Estamos completamente incomunicados. Las paredes están forradas, de tal modo que ninguna señal puede entrar ni salir.

—Entonces ¿cómo vas a saber lo que tienes que hacer conmigo? —preguntó él perezosamente.

—La puerta aún funciona, si sabes dónde encontrarla y cómo abrirla. Si no conoces los códigos secretos puedes morir, pero Peter no comete ese tipo de fallos.

—Claro, por eso se ha quedado cojo para toda la vida —dijo él, estirando las piernas sobre el costado del sofá.

Isobel se apartó, pero era esperar demasiado que Killian no la siguiera. Se dijo a sí misma que no debía retroceder, pero a pesar de ello sus pies la llevaron hacia atrás, hasta que chocó contra una de las paredes forradas. Él se acercó, y ella no podía recordar haber sido nunca tan consciente de otra presencia humana.

—Eso quiere decir que nadie te oirá gritar —dijo él suavemente—. Nadie acudirá en tu rescate. Estás tan atrapada como yo.

—Sí —respondió sin vacilar. Su mirada era fría y serena, y Killian no podía saber que el corazón le latía desbocado.

Él llevó una mano hasta su cuello y le rodeó la garganta con sus largos dedos.

—El pulso te late frenéticamente, Isobel. ¿Me tienes miedo?

—No. No siento nada en absoluto.

Él acercó el rostro, quedando su boca a escasos centímetros de la suya, y a Isobel le costó un enorme esfuerzo reprimir el temblor de sus labios.

—¿Me estás mintiendo, princesa? —le preguntó mientras le acariciaba la suave piel del cuello con la punta de los dedos—. Yo creo que sí.

Podría apretar hasta aplastarle la laringe y dejar que se ahogara en su propia sangre. Podría acercar su boca un milímetro más y besarla.

O podía retroceder y liberarla de su mirada hipnótica.

— Si hemos acabado por hoy, creo que iré a darme una ducha —dijo, dejando caer la mano.

—Debe de haber ropa limpia en el dormitorio. Nuestra gente se ocupa de esos detalles —dijo ella con una voz ligeramente ronca. Casi nadie notaría el temblor. No cometió el error de pensar que Killian era cualquiera, pero su control era bastante bueno, dadas las circunstancias.

— Te sugeriría que me acompañaras, pero me puedo imaginar tu reacción.

—Ya me he duchado.

Esperó hasta que la puerta del baño se hubo ce rrado tras él y entonces se dejó caer en el sofá. Pero al segundo siguiente se levantó de un salto, porque los cojines aún estaban calientes por su calor corporal.

—Basta ya —murmuró en voz baja. Estaba perdiendo el control, reaccionando a cosas estúpidas, y Killian estaba jugando con ella como si fuera un juguete.

En los últimos dieciocho años se había enfrentado a la gente más manipuladora y monstruosa del mundo. Gente que haría parecer a un personaje ficticio como Hannibal Lecter un payaso de feria. Y nunca había fallado. Aquello tenía que acabarse, enseguida. Necesitaba un respiro, pero no iba a tenerlo. Con la organización en peligro todos debían ponerse a cubierto, y no podía encargarle aquel trabajo a Peter. Ella no tenía nada que perder, pero Peter tenía a Genevieve, quien se había convertido en su salvación.

Isobel aún no podía creerse que Hiromasa Shinoda fuera Reno. Los agentes del Comité podían fundirse con cualquier entorno y situación... Reno destacaría en cualquier parte como un loro de colores chillones y una melena de fuego. En cualquier otra circunstancia Isobel lo habría mandado de vuelta a casa, pero en aquellos momentos se encargaba de vigilar y cuidar a Mahmoud, y no parecía que hubiera nadie mejor que él para hacerlo. Peter habría estrangulado al chico a las pocas horas.

Se acurrucó en un extremo del sofá. Estaba muy cansada, después de haber permanecido en vela la noche anterior. Killian era tan impredecible que no se podía prever cuándo se le pasarían los efectos de la droga, y cuando eso ocurriera estaría muy furioso. De modo que se había limitado a echar una breve ca bezada, diciéndose a sí misma que al final podría descansar. De momento tenía que permanecer en alerta a base de litros y litros de café. No era extraño que las manos le temblaran y el corazón le latiera frenéticamente. No tenía nada que ver con Killian.

El se estaba demorando en el cuarto de baño, seguramente intentando encontrar una vía de escape. Pero Isobel podía estar completamente segura al respecto. A menos que intentara excavar un túnel con el cepillo de dientes, no encontraría ninguna salida. La casa era una prisión además de un refugio.

El viento azotaba los muros exteriores. A pesar de que la casa estaba insonorizada, era imposible aislarse por completo del vendaval. Seguramente estaba lloviendo otra vez. Noviembre era un mes muy frío y húmedo en Inglaterra. Isobel había vivido allí tanto tiempo que casi había olvidado lo desapacible y deprimente que era el clima. El sol del desierto habría sido un agradable respiro, si ella no hubiera estado inmersa en aquella misión.

Olió a agua caliente y champú cuando él abrió la puerta... olores normales y agradables en un mundo desquiciado. Y entonces él entró en el pequeño salón sin otra cosa que una toalla alrededor de las caderas.

Isobel se quedó sin habla. No por su desnudez... no era tan inocente. Ni por la innegable belleza de su cuerpo, alto y fibroso. Ya sabía cómo era su físico; lo sabía desde hacía veinte años.

Fueron sus cicatrices. Una herida de arma blanca sobre su cadera derecha, en forma de media luna y muy profunda. Un corte le dividía el pecho. Marcas de abrasión en el cuello, como si alguien hubiera intentado estrangularlo o colgarlo.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó él en tono burlón, girándose lentamente para darle una imagen completa.

Marcas de latigazos le atravesaban la espalda. La rotura del codo no había sanado del todo, aunque no parecía que le diese ningún problema. También su rodilla había sido destrozada y reemplazada, como demostraba una larga cicatriz. Y las heridas del hombro derecho sólo podían haber sido provocadas por balas. Era increíble que siguiera vivo.

— Soy un bonito cuadro —dijo él—. Pero a menos que vayas a desnudarte tú también, será mejor que me vista. ¿Dónde está esa ropa limpia?

—En el armario —respondió ella. Había visto a muchas víctimas de la tortura y a muchas que habían muerto por las heridas. Lo que no podía entender era cómo había conseguido Killian sobrevivir a una vida tan brutal.

Él se quitó la toalla, se la arrojó a Isobel y entró en el dormitorio.

—No seas tan predecible —dijo ella cuando consiguió recuperar la voz—. Me sorprende que te hayas puesto una toalla para salir del baño.

El volvió a aparecer en la puerta abierta, abrochándose la cremallera de unos vaqueros negros.

— Quería hacerlo más interesante para ti —dijo él, sacando una camisa de la funda de plástico.

Ella vio cómo desabrochaba los botones, intentando reprimir la pregunta que se formaba en sus labios. Pero finalmente la formuló de todos modos.

—¿Dónde está la cicatriz?

Él la miró, sosteniendo la camisa en la mano.

—¿Qué cicatriz? Mi cuerpo parece un mapa de carreteras, princesa. ¿Hay alguna que te interese especialmente, o sólo una vista general?

—La herida de mi disparo. Creía que te había disparado a bocajarro.

—Por aquel entonces ni siquiera conocías esos términos, Isobel —dijo él amablemente—. Estabas tan nerviosa que tuviste suerte de rozarme.

—¿En el brazo? —podía ver una larga y fina cicatriz sobre el codo.

—En el hombro —se acercó y esa vez ella no retrocedió—. Mira bien.

Isobel no podía ver nada. Tan sólo una maraña de líneas casi invisibles recorriéndole la superficie dorada. Él le tomó la mano y colocó la punta de los dedos sobre su hombro, presionando para que ella pudiera sentir la cicatriz, un pequeño nudo bajo la piel cálida.

—Te vio un buen médico —dijo ella, retirando la mano.

—De los mejores.

—¿Quién?

—Si no quieres oír la respuesta, no lo preguntes.

Aún no se había puesto la camisa, pero a ella no le importaba.

—Mi marido —murmuró—. Es obra de Stephan.

— Sí, fue él. Pero aún no era tu marido. Estaba más preocupado por tu estado que por sacar la bala de mi hombro, pero yo no corría peligro de morir. Tú, en cambio, habías perdido mucha sangre, y a Stephan siempre le habían gustado los desafíos. Además, a pesar de todos tus cortes seguías siendo guapa, y él sabía que yo no estaba especialmente interesado.

—¿En mí?

—En él. Tu marido era gay, ¿recuerdas? Me suministró una buena dosis de morfina y me dejó ver cómo te recomponía. Fue muy impresionante.

—¿Por qué no me mataste?

—¿Por qué debería matarte? Fui yo quien te llevó allí.

Ella se dio la vuelta. No podía seguir mirándolo.

—No —susurró, pero sabía que era cierto.

—No te lo tomes tan a pecho, Isobel. Aún puedes odiarme. Aquella noche maté a cinco hombres, a tres de ellos con mis propias manos. No es la clase de comportamiento heroico que podrías admirar.

—¿Quiénes eran esos nombres?

—Los hombres del general Matanga. Se me pagó para eliminarlo y eso fue lo que hice. Sus guardaespaldas se interpusieron en mi huida. Y luego fueron mis tres socios, los hombres con los cuchillos. Me temo que he olvidado sus nombres después de tanto tiempo.

—¿Por qué los mataste?

No hubo el menor atisbo de humor en su sonrisa, ni el más ligero brillo en sus ojos grisáceos.

—Te habían arrastrado de vuelta al almacén y se estaban divirtiendo contigo. Habías perdido el conocimiento, pero podías sentir el dolor... Tu cuerpo se retorcía con cada puñalada. Aquello me enfureció tanto que los maté a todos.

—¿Y luego me llevaste a Stephan?

—Bueno, me pareció lo más caballeroso que podía hacer, ya que yo también iba hacia allí. Fue un suplicio cargar contigo con una bala incrustada en mi hombro. Y encima tuve que permanecer sentado mientras veía cómo te salvaba la vida. Y luego ese hijo de perra decidió que yo aún podía perder un poco más de sangre, a pesar de toda la que había derramado gracias a tu disparo.

—¿Un poco más de sangre?

—Necesitabas urgentemente una transfusión, y él no tenía reservas en su pequeña clínica. Se dio la casualidad de que los dos éramos AB negativo, princesa. Una prueba más de que estábamos destinados a estar juntos.

Ella sintió ganas de vomitar. La sangre de Killian fluía por sus venas. Le había disparado y él le había salvado la vida. Y allí estaba, mirándola con aquellos ojos enigmáticos.

Se aclaró la garganta para reprimir el deseo de gritar.

—Interesante. Estás lleno de sorpresas.

—No puedes engañarme, princesa. Estás a punto de derrumbarte, pero no vas a permitírtelo. Una parte de ti desearía haberme matado cuando tuviste la oportunidad, pero otra parte sabe que entonces tú también habrías muerto. Soy un demonio, un monstruo que te salvó la vida cuando debería haber dejado que murieras desangrada. ¿Puedes aceptar esa verdad tan incómoda?

—Desde luego. Has hecho lo posible por intentar manipularme, pero no soy la mujer sensible y sentimental que tú crees. Sé lo que hago y por qué lo hago. Eres tú quien se equivoca.

—Explícamelo, por favor —le pidió él—. Siempre me han interesado las opiniones de los demás sobre mi comportamiento sociópata.

—Me tienes miedo.

Esa vez había conseguido desconcertarlo. No estaba ni mucho menos indefensa, y finalmente había descubierto un punto débil en la coraza de Killian.

— ¿Miedo de ti? —preguntó él, riendo—. Odio decírtelo, pero no tengo miedo de nada ni de nadie. Es mi principal fortaleza, y al mismo tiempo mi ma yor debilidad. Me da igual si vivo o muero, y no me importa a quien hiera o mate. No tengo miedo.

—Me tienes miedo —repitió ella—. Y creo que siempre me lo has tenido. Me tuviste drogada en aquel hotel de Marsella... lo recuerdo mejor de lo que crees. Y nunca me permitiste que te tocara. Fue como si estuvieras experimentando conmigo, como si quisieras ver lo que podías hacerme sentir.

—Estabas drogada, Isobel, y sólo tenías dieciocho años...

—Y hace dos noches —continuó ella despiadadamente—, a bordo del ferry. Sólo querías demostrar que podías hacerme sentir algo. Pero tú no sentiste nada. No te lo permitiste.

Él apenas parecía mostrar un vago interés por su teoría, pero ella no se dejó engañar. En aquella ocasión sabía la verdad y no iba a dejar que la distrajera.

—No llegaste al orgasmo. No pudiste hacerlo. Me manipulaste lo suficiente para dejarme indefensa y luego te apartaste. ¿Tienes miedo de las mujeres, Killian, o sólo de mí?

Él la miró durante unos momentos con expresión inescrutable.

—¿Qué intentas hacer, Isobel?

—Desvelar tus verdaderas intenciones y conseguir que me dejes en paz. No me deseas, sólo quieres acostarte conmigo. Pues aquí estoy, maldito hijo de perra. Tómame.

Podía sentir cómo la recorría una ola de poder. Era una sensación extrañamente agridulce. Era un triunfo haber descubierto que Killian sólo había estado jugando con ella, y también lo era saber que a ella no le importaba.

Killian esbozó una sonrisa que casi pareció melancólica.

—Tienes razón en una cosa, Mary Isobel Curwen Lambert. Quiero acostarme contigo. Así que... ¿por qué no vienes y me demuestras que tienes razón?

Un silencio sepulcral reinó en la habitación. La cafeína debía de estar haciéndole efecto, porque el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que era imposible que Killian no lo oyera. Si se retiraba él habría vencido, y no podía dejarlo ganar. Nunca más.

Sus rodillas golpearon con fuerza el suelo al arrodillarse frente a él. Las manos le temblaban mientras le desabrochaban los vaqueros. Él no se movió. Permaneció de pie con las manos en los costados, dejando que ella manejara torpemente la cremallera.

No llevaba ropa interior. Ella agarró la tela vaquera y tiró hacia abajo, encontrándose con una erección más grande y dura de lo que había esperado.

Levantó la mirada hacia él, fría y hostil.

—Puedes tener una erección, ¿y qué? Es una lástima que no puedas tener un orgasmo.

Y diciendo aquello llevó la boca hasta su miembro. Fue una provocación, una ofensa deliberada, un desafío erótico del que estaba convencida que podía salir victoriosa. Cerró la boca en torno a su sexo y empezó a chupar, recorriéndolo con los labios y pasando la lengua por toda su rígida e insensible longitud, demostrándole que...

Sintió sus manos en la cabeza, extrañamente suaves, sus dedos entrelazándose en los cabellos, soltándole el recogido para derramar la melena sobre los hombros. Le acarició el cuero cabelludo, masajeándole la piel, dejándole que se deleitara con su sexo.

Y de repente todos sus músculos se tensaron y su sexo descargó un torrente de ardiente humedad en la boca que lo devoraba.

Ella se echó hacia atrás, sobresaltada, y se frotó la boca con la mano. Apenas podía ver la expresión de su rostro a la tenue luz del salón.

—Tienes razón en otra cosa —dijo él con voz áspera—. Te tengo miedo. Un miedo mortal. Porque te deseo... Te deseo en contra de mi sentido común y de mi experiencia, que me dicen que debería matarte. Te deseo, y si sucumbo a esa necesidad estaré en tus manos, expuesto y desarmado.

Ella no dijo nada. Podía paladear su sabor en la boca, sentirlo entre las piernas...Y estaba a punto de tener un orgasmo sólo por pensar en lo que acababa de hacer.

— Pero es demasiado tarde para resistirse, ¿verdad? Tú ganas, princesa. Vamonos a la cama y hagamos esto bien.