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Capítulo 18

 

Killian abrió los ojos lentamente, sin estar seguro de qué quisiera ver dónde se encontraba. La habitación estaba a oscuras. No entraba luz natural y la luz artificial estaba apagada. Estaba tendido en una cama, con las manos atadas a lo que seguramente era el cabecero, los pies atados con una especie de cuerda, y una mordaza cubriéndole la boca. Y estaba de un humor de perros.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien consiguió atraparlo. Más de diez años, quizá más de veinte. Lo último que recordaba era haber detenido el coche en el arcén, aunque no sabía por qué. Había creído que Isobel estaba completamente desmoralizada por el incidente en el ferry, y tan enojada por haber tenido que apoyar la cabeza en su regazo que no querría acercarse a él. La había subestimado.

No había hecho falta mucho. Aún podía sentir el escozor en el costado del cuello. Alguien lo había registrado a fondo, evidentemente buscando armas, y ahora yacía en la cama con la camisa abierta, los vaqueros desabrochados, descalzo y furioso.

¿Cómo demonios había conseguido Isobel dejarlo inconsciente? La noche anterior le había registrado lodo el cuerpo. Era imposible que llevara algo escondido. Debía de haber sido cuando insistió en hacer una parada. No podía seguirla al aseo de señoras de la gasolinera, por muy tentado que estuviera. Y ella había vuelto a salir victoriosa. Primero le había disparado, y ahora, dieciocho años después, lo había engañado.

Pero Isobel no era lo bastante fuerte para arrastrarlo hasta aquel lugar si estaba inconsciente, por lo que había tenido que contar con ayuda. Examinó lentamente la estancia... una habitación pequeña y oscura, con la cama en el centro y una ventana con los postigos cerrados. Apenas se filtraba luz entre los postigos, pero aún no debía de haber amanecido. No había estado inconsciente tanto tiempo, lo que significaba que debían de estar en alguna parte de Londres, o cerca de la capital.

Se preguntó cómo estaría Mahmoud. No habría aceptado de buena gana el rapto de Killian, pues a pesar de sus planes para torturarlo y matarlo, el chico demostraba un instinto feroz de protección. Seguramente habría ofrecido mucha más resistencia que Killian y su patética actuación.

Dio un tirón con las manos, pero estaban firmemente amarradas y los amigos de Isobel le habían quitado todo lo que pudiera usar como arma. Aquello no bastaría para detenerlo, tan sólo para retrasarlo un poco. Permaneció quieto y atento a cualquier ruido que le diera una idea de su paradero. Isobel debía de haber pedido refuerzos, pero cualquier otra persona ya lo habría matado. Tal vez por eso había estado más relajado que de costumbre... La gente quería matarlo, y él estaba acostumbrado a evitar que lo asesinaran. Un simple secuestro era algo completamente inesperado.

Había al menos otra habitación además de aquel pequeño dormitorio, del que emanaba una luz tenue y amarilla. Podía ver mantas en la pared... supuestamente para insonorizar el cuarto. Intentó escupir la mordaza, pero la tenía pegada con cinta adhesiva. No le quedaba otra opción que esperar hasta que apareciera su secuestradora. Mientras tanto, podría desatarse las muñecas.

Supo que estaba allí antes de verla y oírla. Era un sexto sentido que había desarrollado a lo largo de los años, y que se mostraba especialmente agudo cuando estaba cerca de ella. Giró la cabeza y se encontró con su tranquila mirada en la habitación ensombrecida.

Se había cambiado de camiseta y seguramente se había dado una ducha. Llevaba el pelo recogido en la base del cuello, ofreciendo una imagen elegante e inaccesible. Volvía a ser madame Lambert, la Reina de Hielo, la Dama de Hierro, muy lejos de Mary Isobel Curwen, Seguramente había creído que aquella chica había desaparecido para siempre. Hasta que él la hizo resucitar en la cama del ferry.

Sus ojos se encontraron y ella esbozó una ligera sonrisa, muy segura de sí misma.

—¿Quieres que te desate?

El no podía responder con la mordaza, de modo que se limitó a mirarla, retándola a que se acercara. Pero ella era una mujer muy inteligente que sabía lo peligroso que podía ser, por lo que se mantuvo fuera del alcance de sus piernas. Incluso teniendo los tobillos atados podía atraparla y romperle el cuello en cuestión de segundos.

No quería hacerlo. Ella se acercó por el costado, lejos de sus piernas, y le arrancó la cinta adhesiva. Killian ni siquiera sintió el dolor. Escupió la mordaza y ella le tendió una botella de agua.

—Seguramente tengas sed. La droga que te suministré hace que se seque la garganta.

—No, creo que fue por el calcetín que alguien me metió en la boca —dijo él—. ¿Fue idea tuya?

—De Peter.

—¿Qué te hizo pensar que podría darte problemas? ¿Acaso no me he mantenido a tu lado durante los últimos días?

—Pensé que sería mejor si no sabías dónde estás. De ese modo nadie podrá torturarte para sacarte la información.

—No estaba pensando en ser torturado —repuso él en tono amistoso—. ¿Por qué las ataduras? Si querías llevar a cabo tus fantasías sexuales sólo tenías que pedírmelo.

Ella no se inmutó. Por mucho que hubiera conseguido afectarla, había conseguido recuperarse. De nuevo parecía inmune a todo lo que había pasado entre ellos.

—Me pareció conveniente mantenerte inmovilizado hasta que estuviéramos seguros de que vas a colaborar.

— Soy el alma de la colaboración, princesa. ¿Está Madsen en la otra habitación?

—Tuvo que salir a comprobar el otro refugio. Le dije que podía ocuparme de ti sin problemas.

—Oh, ¿en serio? Eso habrá que verlo. Mientras

tanto, desátame y dime dónde demonios está Mahmoud. No habrás tenido que matarlo, ¿verdad?

—A diferencia de ti, yo no mato niños. O quizá es que no te parezcan niños los jóvenes de quince años... por no mencionar los de doce.

Por un momento Killian no supo de qué le estaba hablando.

—¿Te refieres a la hermana de Mahmoud? Teniendo en cuenta que estaba embarazada, se la podía considerar una mujer adulta.

—Y sin embargo le pegaste un tiro. ¿Qué estaba haciendo? ¿Se disponía a atacarte con un atizador al rojo vivo?

—¿Quieres una buena y noble excusa? No voy a dártela. Le metí una bala en la frente y murió al instante. No necesitas saber nada más, aparte de lo que soy capaz de hacer.

— Sé todo lo que has hecho en los últimos veinte años —dijo Isobel en voz baja.

—¿Dónde está Mahmoud? No le va a gustar nada perderme de vista, y debes tener cuidado. Puede ser un asesino brutal si le desbaratan sus planes.

—Está bien. Reno lo está vigilando.

—¿Quién es Reno?

Isobel suspiró. No parecía que fuera a desatarlo, pero a él no le importaba. Incluso estando maniatado podría neutralizarla cuando fuera el momento.

—Reno es nuestro nuevo recluta. El primo de Takashi O'Brien.

—Reno no es un nombre japonés.

— Su verdadero nombre es Hiromasa Shinoda. Parece ser que tomó el nombre americano de un videojuego.

—No parece que sea el tipo ideal para el Comité.

—No lo es. Pero no se podía elegir, y había que sacarlo de Japón. Hasta que esté preparado, podrá ocuparse de Mahmoud.

—Desátame.

Ella lo miró a los ojos.

—No sé si confío en ti.

—Claro que no confías en mí. Pero me has traído hasta aquí como estaba acordado, y esto no es precisamente el Ritz-Carlton. Sin embargo, y viendo que tu organización se está yendo por el retrete, puedo mostrarme comprensivo. Desátame y tráeme algo de comer, y yo empezaré a contarte todas las cosas que siempre habéis querido saber sobre la violencia del Tercer Mundo en el nuevo milenio.

—¿Crees que voy a cocinar para ti?

— Creo que ninguno de nosotros ha comido en mucho tiempo, y supongo que esto es un apartamento y que está provisto de cocina y de abundantes provisiones, ya que tenemos que permanecer escondidos aquí. Tomaré café o whisky escocés, dependiendo de la hora que sea.

—Aún no ha amanecido.

—Difícil elección, entonces. El final de una noche muy larga o el comienzo temprano de un nuevo día. Lo mejor será que me traigas un poco de café con un chorrito de whisky. Así no tendré que elegir.

Ella permaneció inmóvil por un momento.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Quédate aquí.

—¿Y adonde podría ir, princesa? —se burló él.

En cuanto ella salió de la habitación, acabó de desatarse la muñeca derecha y se deshizo rápidamente de las otras ligaduras. Era un viejo truco que había aprendido mucho tiempo atrás, una manera de comprimir los huesos de la muñeca para liberarse de cualquier tipo de atadura. Era un hombre alto, pero sus huesos eran delgados, y eso le había salvado la vida en más de una ocasión.

Estuvo tentado de permanecer allí hasta que Isobel volviera y luego tirarla a la cama para acabar lo que debería haber acabado la noche anterior. Su imagen y su fragancia lo estaban volviendo loco, y odiaba la manera en que se había recogido el pelo, como si realmente fuera una frígida solterona.

Estaba lejos de ser frígida. Él había hecho que su cuerpo respondiera, y ella lo odiaba por ello. Había estado muy orgullosa de su frigidez, y sin embargo había tenido un orgasmo bestial. Había mujeres que llegaban al climax tan sólo con un beso o una caricia en los pechos. Killian estaba seguro de que Isobel era una de ellas.

Pero no era extraño que se considerara a sí misma frígida. Se había obligado a protegerse con una armadura de hielo y a no permitir que nadie se acercara. Porque en ese caso podría explotar.

Y él iba a hacer que eso ocurriera. Pero primero necesitaba averiguar qué demonios estaba pasando con el Comité y por qué los agentes estaban siendo eliminados uno a uno. ¿Habría acertado con sus suposiciones y era Isobel a quien habían estado persiguiendo? ¿Y cómo un joven japonés desentrenado iba a proteger a Mahmoud contra un grupo de asesinos dispuestos a acabar con el famoso Josef Serafín?

Se levantó de la cama y se abrochó los vaqueros con desgana, dejándose la camisa abierta. ¿Había sido Isobel la que lo había registrado concienzudamente? Odiaría pensar que lo se había perdido.

Había un pequeño salón, un comedor con un ordenador portátil en una mesa y una diminuta cocina.

Ella estaba de espaldas a él, pero su voz sonó tranquila y natural.

—Es difícil mantenerte inmovilizado, ¿verdad?

—Es imposible —respondió él, entrando en la cocina. Los postigos estaban echados y no dejaban pasar ninguna luz—. Supongo que éste no es tu apartamento.

—¿Crees que te llevaría a mi casa?

—La esperanza nunca se pierde. Ésta parece la clase de sitio para alguien como tú. El lugar perfecto para una penitencia eterna.

—Mi casa es muy grande, muy bonita y bien ventilada —dijo ella, vertiendo agua hirviendo en la cafetera—. Y no tengo ninguna penitencia que hacer.

—Ya no. No conseguiste matarme.

Ella se volvió para mirarlo.

—Nunca me arrepentí de haberte matado. Sólo de haber sido una idiota.

—No estabas en tu ambiente, princesa. No podías saber que estaba jugando contigo. Tengo habilidades que ni siquiera imaginas, y no eras más que una cría enamorada de mí, como yo había previsto.

Sorprendentemente, sus palabras provocaron un ligero rubor en las pálidas mejillas de Isobel. Pero cuando lo miró a los ojos su expresión era tan fría como siempre.

—Como bien dices, era joven y estúpida. Pero ahora no soy ninguna de las dos cosas.

—Yo no he dicho que fueras estúpida. Sólo vulnerable.

—Te aseguro que ya no lo soy.

—Te aseguro que sí lo eres.

Ella había conseguido borrar el rubor de su rostro y volvía a ofrecer una imagen de serenidad y eficiencia.

—Sugiero que empecemos con las confesiones en cuanto hayas acabado tu café. Admito que no todo ha salido como estaba planeado, y no deberíamos perder más tiempo si podemos evitarlo.

—Creía que era Madsen quien se ocuparía del interrogatorio.

—Tiene otros asuntos que atender —dijo ella.

—¿Como cuáles?

—Eso no te importa. Y yo no tengo nada mejor que hacer en estos momentos.

—Creía que querías volver a ese apartamento bonito y bien ventilado...

—Y así es. Por desgracia, no es seguro. La gente que quiere acabar contigo está tan decidida a encontrarte que seguramente hayan descubierto dónde vivo. Tenemos que aprovechar toda la ventaja que tengamos.

—¿Aún crees que es a mí a quien buscan? —preguntó él, quitándole la cafetera—. ¿No crees que el Comité tiene enemigos de sobra? ¿Por qué eliminaron a MacGowan? Estaba en Centroamérica y no tenía nada que ver conmigo.

Ella puso dos tazas en la mesa.

— ¿Cómo puedes saberlo todo sobre nuestras operaciones? Ni siquiera sabemos si MacGowan está muerto. Puede que sólo esté escondido. Su tapadera era tan impenetrable que nadie podría descubrirlo. ¿Le tendiste una trampa? Era un buen hombre...

—Me importa un bledo lo que estén haciendo tus agentes, siempre que no se entrometan en mi camino. Los fallos residen en tu equipo. Si yo puedo obtener esa clase de información, también pueden hacerlo otras personas menos benévolas que yo.

—¿Benévolas?

—No soy el peor hombre del mundo.

—Demuéstralo.

—Aún sigues viva.

Ella lo miró fijamente.

—Tómate el café. Luego nos pondremos a trabajar.

—Primero el desayuno.

Normalmente sabía hasta dónde podía llegar, y conocía a Isobel mejor de lo que ella desearía. Pero quizá se había excedido. Ella parpadeó un par de veces volvió a encerrar sus emociones, como los postigos que cubrían las ventanas del pequeño apartamento.

—Más te vale que todo este esfuerzo haya merecido la pena —dijo—. Hay hombres buenos que han muerto por ti.

—La verdad es que muchos hombres buenos han muerto por mí —repuso él—. Y no permito que eso me afecte. Si tú fueras tan fría como quieres ser, a ti tampoco te afectaría.

— Si no me afectara, no me dedicaría a esto. No me gusta que maten a hombres buenos. Ni me gusta que los malos se salgan con la suya.

— Si es así, debe de fastidiarte mucho mantenerme con vida.

—No te imaginas cuánto.

Él se acercó, arrinconándola deliberadamente en la minúscula cocina. Ella permaneció de pie, pues no podía moverse, y él se inclinó para susurrarle al oído.

—Te prometo que serás tú la que me mate si se da el caso. ¿Eso te hace feliz?

—Estoy loca de alegría —espetó ella.

Killian aspiró su olor a café y jabón. Olía como

Isobel, y él quiso levantarla contra la pared de la cocina y hacerlo allí mismo, sin más preliminares. Dejo que ella viera el deseo en sus ojos, y un repentino destello relució en los suyos propios. Y entonces él se apartó, dejándola con una ilusoria sensación de seguridad.

—Me gustan los huevos revueltos —dijo, y volvió al salón, sonriendo al oír cómo ella dejaba caer algo. Caos, lujuria, confusión... Su trabajo allí había terminado.

 

 

La casa de Golders Green era pequeña, vieja y aparentemente normal. La puerta blindada y reforzada de plomo parecía hecha de madera, las ventanas eran a prueba de balas, había un sistema para detectar explosivos rodeando el perímetro y tres pasadizos de huida subterráneos. Era una fortaleza en el interior de una casa blanca y corriente, y cuando Peter cruzó al menos tres puestos de control invisibles se dijo a sí mismo que Genevieve estaba a salvo. Era él quien no estaba tan seguro... La furia de Genevieve Spenser iba a ser terrible.

Había sido una noche espantosa. La muerte de Morrison lo había obligado a ocuparse de un desagradable imprevisto, sin darle tiempo para lamentar la pérdida de su viejo amigo. El hombre conocido como Serafín estaba inconsciente cuando él y Reno se encontraron con Isobel, pero el niño del asiento trasero fue un incordio inesperado. Sorprendentemente, bastó el tono de voz de Reno para acallar al mocoso, mientras Isobel y Peter sacaban el cuerpo de Serafín y lo metían en el coche que habían llevado para conducirlo al apartamento.

Cuando llegaron a Kensington, Reno y el crío... Mahmoud era su nombre, habían alcanzado un curioso acuerdo, seguramente gracias al iPod que Reno llevaba consigo. Peter odiaba pensar en la clase de rap que Mahmoud estaría escuchando, pero al menos bastaba para mantener al crío tranquilo mientras ellos subían a Serafín por la escalera camuflada hasta el apartamento secreto detrás de las oficinas de Spence-Pierce Financial Consultais, Ltd. Convencido de que Serafín estaba en el piso inferior, Mahmoud acompañó pacíficamente a Reno al apartamento que éste había convertido en su hogar con una absoluta falta de respeto al concepto de propiedad. Cuando Peter los dejó, Reno encendió la moderna consola de videojuegos y los ojos hundidos de Mahmoud se iluminaron como nunca en su vida. Una preocupación menos para Peter.

Isobel estaba sobradamente capacitada para tratar con alguien como Josef Serafín, fuera cual fuera la historia que habían compartido. A Peter le había bastado una mirada al rostro inexpresivo de Isobel para saber que estaba al borde de su resistencia.

Pero ella se recompuso enseguida, como siempre hacía, y asimiló las noticias sobre la desaparición de MacGowan sin inmutarse siquiera.

Peter había atado a Serafín a la pequeña cama del apartamento, y rezaba a Dios porque Isobel tuviera el sentido común de dejarlo allí hasta que él volviera. Nunca lo habría imaginado, pero la indomable madame Lambert era vulnerable, más joven de lo que él había creído, y se estaba quedando sin fuerzas...

Pero mientras tanto tenía que enfrentarse a alguien más terrible aún. Su esposa, que ni siquiera sa bía que por fin estaba embarazada. La enfermera que había atendido su gastroenteritis había trabajado anteriormente para el Comité, y nunca le decía nada a nadie, ni siquiera a la paciente, sin contar con autorización previa.

Peter no se hacía ilusiones, y sabía que su mujer no se habría convertido de repente en una persona dócil y complaciente. Genevieve era una mujer guerrera, y si tenía que proteger a un hijo sería capaz de hacer huir al ejército ruso.

Atravesó el cuarto puesto de control, tecleó el código de seguridad y abrió la puerta de la casa, entrando en un largo y estrecho pasillo con una fila de puertas cerradas a cada lado. Entonces se quedó helado.

En algún lugar de la casa un bebé estaba llorando, y por un momento Peter pensó que se había equivocado de edificio y de vida.

Una de las puertas se abrió, y si Peter no hubiera estado tan desorientado, el hombre que salió al pasillo habría muerto en cuestión de segundos.

—Los años te están pasando factura, Madsen — murmuró Bastien Toussaint—. Será mejor que entres y le expliques unas cuantas cosas a tu mujer.

Peter volvió a meterse la pistola en la funda del hombro.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

El llanto había cesado, el impaciente bebé había recibido lo que quería. Peter se imaginó un futuro lleno de momentos como aquél y se dijo que debería sentirse desgraciado, pero no lo consiguió.

—Es el lugar más seguro —dijo Bastien—. Pasa y conocerás a Swede.

—¿Swede?

—Mi hijo recién nacido. Estamos todos aquí, sanos y salvos, y vamos a quedarnos hasta que averigüemos lo que está pasando. Tres hombres intentaron matarnos en Estados Unidos.

—¿Y no pudiste averiguar quién los envió?

—Murieron demasiado rápido —replicó Bastien con una calma imperturbable—. Decidí no quedarme a esperar por si aparecía alguien más. ¿Dónde está madame Lambert?

—Metida en un buen apuro —respondió Peter—. Como nunca la había visto.

— Entonces tenemos que hacer algo. Chloe se ocupará de tranquilizar a Genevieve. No creo que tengas tiempo para ella... Una mujer embarazada puede ser muy peligrosa.

—¿Cómo sabes que está embarazada? Ni siquiera ella misma lo sabe.

—Es evidente para alguien que está acostumbrado a ver los signos. Chloe se lo acabará diciendo tarde o temprano, lo que significa que tenemos que ocupamos de esto enseguida si no queremos que tu mujer te mate. ¿Qué asunto tan delicado tiene madame Lambert entre manos?

—Josef Serafín. Va a ofrecer una información exclusiva a cambio de inmunidad. Ahora mismo debería de estar poniéndola al corriente sobre las actividades que han venido realizando los gobiernos fascistas de los últimos veinte años.

—Maldita sea... —masculló Bastien—. Lo único que contará serán un puñado de mentiras.

—Supongo que lo intentará, pero Isobel es demasiado lista para tragarse sus mentiras. ¿Por qué crees que no contará la verdad?

Bastien puso una mueca.

—Porque no es un mercenario que trabaje para el mejor postor. Es un agente de la CIA, y siempre lo ha sido.

Peter se había equivocado al pensar que el día no podía ir a peor.