8
Gadstone Park había sido el centro de tantos sucesos que a Pitt no le costaría mucho averiguar la identidad del hombre aparecido en la tumba de Albert Wilson. En aquel caso sólo se había hecho mención a un pintor, Godolphin Jones; enterarse de si aquél era su cadáver era por tanto coser y cantar.
Pitt volvió a poner la tapa y se levantó. Llamó al agente que aguardaba al final del sendero y le dijo que se encargara de que llevaran inmediatamente el cadáver al depósito. Él mismo iría a Gadstone Park para pedirle a un mayordomo o un lacayo que fuera a identificarlo. Tras dar las gracias a los sepultureros, que se quedaron enfadados y confusos mirando el ataúd manchado de tierra, se ajustó la bufanda, se caló el sombrero para evitar que la llovizna le mojara la cara y se marchó.
La identificación fue un trámite rápido y desagradable. La cara, pese al abotargamiento y las marcas, tenía unos rasgos característicos, y al mayordomo le bastó con un vistazo para reconocerla.
—Sí, señor —dijo con voz queda—. Es el señor Jones. —Entonces titubeó—. Señor, no… —Tragó saliva—. No parece que haya fallecido de muerte natural.
—No —respondió Pitt—. Lo han estrangulado.
El mayordomo estaba pálido. El ayudante del depósito de cadáveres fue por el vaso de agua.
—¿Significa que le han asesinado y que va a haber una investigación, señor?
—Sí —contestó Pitt—. Me temo que así es.
—Dios santo. —El hombre se sentó en la silla que había para tal fin—. Qué horror.
Pitt aguardó unos minutos a que el mayordomo recuperara la serenidad, tras lo cual volvieron al coche que les esperaba y regresaron a Gadstone Park. Había mucho que hacer. Hasta aquel momento nada de lo ocurrido había afectado a Godolphin Jones en modo alguno. El pintor no tenía al parecer ninguna relación con Augusto Fitzroy-Hammond, ni con Alicia, ni con Dominic, ni había sido mencionado en referencia a nada, ni siquiera al proyecto de ley que tanto interesaba a tía Vespasia. Nadie había afirmado haber tenido trato con él fuera del ámbito profesional o del contacto mínimo que establece una persona con los vecinos más próximos.
Charlotte le había dicho que tía Vespasia consideraba que sus cuadros eran demasiado oscuros y demasiado caros, pero esto no constituía motivo para sentir antipatía por alguien, y menos aún para matarlo. Si a una persona no le gustaban los cuadros de un pintor, simplemente no los compraba. Con todo, Jones había sido una persona popular y bastante acaudalado, a juzgar por su casa.
La casa era, precisamente, el lugar por donde había de comenzar la investigación. Cabía la posibilidad de que el pintor hubiera sido asesinado allí, lo cual, si se llegaba a demostrar, serviría para determinar horas y buscar testigos. En cualquier caso, podría averiguar cuándo había estado Godolphin Jones en ella por última vez, si le habían visto irse, quién le había visitado y cuándo. Los sirvientes solían saber mucho más acerca de sus señores de lo que éstos imaginaban. Unos interrogatorios discretos y bien preparados podrían arrojar información de todo tipo.
Naturalmente, también habría que llevar a cabo una meticulosa batida de la propiedad.
Pitt, acompañado por un agente, comenzó la larga tarea.
En el dormitorio no encontraron nada. Estaba en orden y decorado de una manera un tanto desmesurada para el gusto de Pitt, pero ofrecía un aspecto limpio y por lo demás no llamaba la atención. Tenía todos los enseres de rigor: un aguamanil, un espejo y una cómoda para ropa interior y calcetines. Los trajes y las camisas estaban guardados en un vestidor. Había varias habitaciones de invitados, desocupadas y fuera de uso.
En las habitaciones de la planta baja no encontraron nada relevante hasta que llegaron al estudio. Pitt abrió la puerta y miró con atención. No había nada ostentoso e inmoderado: el suelo carecía de alfombras y dos paredes estaban ocupadas en su mayor parte por enormes ventanas. En una esquina había un montón de trozos de estatua y algo que parecía una silla blanca de jardín. Más allá se veía una silla estilo Luis XV medio tapada con un retal de terciopelo rosa y, en el suelo, una urna tumbada de lado. Junto a la puerta, en la pared, había estantes llenos de pinceles, pigmentos, productos químicos, aceite de linaza, licores y varios montones de trapos. Debajo, en el suelo, se veían varios lienzos, y en el centro de la habitación un atril con dos paletas a su lado y un lienzo a medio pintar. A primera vista no se veía nada más, excepto un desvencijado escritorio de persiana y, junto a él, una silla de cocina con respaldo.
—Vaya con el artista… —dijo el agente, como era de esperar—. ¿Piensa que podemos encontrar algo aquí, inspector?
—Eso espero. —Pitt entró—. De lo contrario sólo nos quedará interrogar a los sirvientes. Empiece por aquí. —Le señaló el lugar de los lienzos.
—Sí, señor —contestó el agente, pasando por encima de la urna y chocando contra la silla, que cayó al suelo ruidosamente volcando un jarrón de flores.
Pitt se abstuvo de hacer ningún comentario. Ya conocía la opinión que tenía el agente sobre el arte y los artistas.
La mayoría de lienzos estaba preparada, pero todavía no habían sido utilizados. Sólo dos tenían pintura; en uno se veía el fondo y el esbozo de una cabeza de mujer; el otro estaba casi terminado. Pitt los puso derechos y retrocedió unos pasos para examinarlos. Tenían, tal como había dicho tía Vespasia, tonos bastante oscuros, como si se hubieran utilizado demasiados pigmentos en la mezcla, pero resultaban equilibrados y su composición era satisfactoria. No reconoció a la mujer retratada en el cuadro que estaba a medio acabar, ni tampoco a la que aparecía en el del atril, pero probablemente el mayordomo podría decirle quiénes eran. Además, Jones guardaría con toda seguridad algún registro, aunque sólo fuera para llevar las cuentas.
El agente derribó un trozo de columna y musitó un juramento. Pitt fingió no haber oído nada y se concentró en el escritorio. Estaba cerrado con llave, por lo que se vio obligado a hurgar en la cerradura con un alambre para abrirlo. En su interior había pocos papeles, en su mayoría facturas de materiales de pintor. Las cuentas de la casa debían de estar guardadas en otra parte. Probablemente las tendría el cocinero o el mayordomo.
—Aquí no hay nada, señor —dijo el agente con tono de desesperación—. Con este desorden es imposible saber si alguien se ha peleado en medio de estos trastos o no. Supongo que estará así porque es el estudio de un artista, ¿verdad? —No tenía un buen concepto del arte, al que consideraba una ocupación indigna de un hombre. Los hombres debían trabajar en un oficio y las mujeres debían encargarse de cuidar de la casa, de mantenerla limpia y ordenada si es que valían para ello—. ¿Y viven todos de esta manera? —preguntó mirando el estudio con desdén.
—No lo sé —respondió Pitt—. Vea si puede encontrar restos de sangre. Tenía en la cabeza una herida de mil demonios. Lo más probable es que haya algún rastro en el objeto con que se la hizo.
Pitt continuó el registro del escritorio. Sacó un fajo de cartas y les echó una ojeada. A primera vista no tenían ningún interés; todas hacían referencia a encargos de retratos, indicaciones sobre las posturas deseadas, los colores de los vestidos y las fechas más convenientes para las sesiones.
A continuación se encontró con un cuadernillo de notas en el que había apuntadas varias cifras que podrían tener cualquier significado y, a su lado, unos dibujos que representaban insectos y pequeños reptiles. Había un lagarto, una mosca, dos tipos de escarabajo, un sapo, una oruga y varios bichillos con patas y pelos. Todos se repetían al menos media docena de veces, excepto el sapo, que aparecía sólo en dos ocasiones y hacia el final. Quizá si Jones hubiera vivido, el sapo hubiese continuado apareciendo.
—¿Ha encontrado algo? —El agente pasó de nuevo por encima de la urna y la silla y se acercó a Pitt.
—No lo sé —respondió éste—. No parece gran cosa, aunque tal vez si entendiera su significado…
El agente trató de ver por encima del hombro del inspector, se dio cuenta de que le quedaba muy alto y decidió asomar la cabeza por detrás del codo.
—Bueno, no sé… —dijo al cabo de un minuto—. ¿Tenía interés en este tipo de cosas? Algunos caballeros son… no tienen otra cosa mejor que hacer con su tiempo. De todos modos, para mí es un misterio por qué una persona puede interesarse por las arañas y las moscas.
—No se trata de eso. —Pitt hizo un gesto de negación con la cabeza y frunció el entrecejo—. No son dibujos naturalistas; son todos iguales y están repetidos a intervalos bastante regulares. Son como un jeroglífico, una especie de código.
—¿Para qué? —preguntó el agente haciendo una mueca—. No es una carta ni nada parecido…
—Si supiera para qué es, sabría qué paso he de dar a continuación —respondió Pitt con aspereza—. Estos números están ordenados para indicar sumas de dinero, fechas o ambas cosas.
El agente perdió interés.
—Quizá ésta fuera su manera de llevar las cuentas y de mantener alejadas a las amas de llaves entrometidas o algo así —sugirió—. Allí no hay gran cosa, sólo trozos de escayola unidos para que parezcan una roca, trozos de tela pintados, cosas de ese tipo… No hay sangre. Y está todo tan desordenado que no se sabe si alguien lo ha tirado o si simplemente él lo dejó así. Se diría que los artistas son desordenados por naturaleza. Al parecer también sacaba fotografías; he visto una de esas cámaras allí.
—¿Una cámara? —Pitt se irguió—. Yo no he visto ninguna fotografía. ¿Usted ha visto alguna?
—No, señor; ahora que lo dice, no he visto ninguna. ¿Cree usted que las vendería?
—Es improbable que las vendiera todas —respondió Pitt, perplejo—. Tampoco había ninguna en las otras habitaciones de la casa. Me pregunto dónde estarán.
—Quizá no la usara —sugirió el agente—. Está entre todas las cosas que ponía en sus cuadros. Quizá sea eso, parte de un cuadro.
—No me parece que sea el tipo de cosa que ponga un pintor en sus cuadros. —Pitt pasó cuidadosamente por encima de la silla, la urna y las columnas y llegó junto a la cámara, que era negra y estaba apoyada sobre un trípode—. No parece muy nueva —comentó—, así que, a menos que fuera de segunda mano, hacía tiempo que la había comprado. De todos modos podemos preguntar a sus antiguos clientes si tienen un retrato de Jones en el que aparezca una cámara o si encargaron uno de esas características.
—Es un objeto bastante feo. —El agente tropezó con un pedazo de terciopelo y soltó un juramento. Entonces vio la cara de Pitt—. Lo siento, señor. —Tosió entre azorado y enfurecido y añadió—: Quizá tomara fotografías de las personas que iba a retratar para acordarse de su aspecto cuando no estuvieran aquí o algo así.
—¿Y luego las destruía o las regalaba…? —Pitt se quedó pensativo—. Es posible, aunque lo normal sería que quisiera ver a sus clientes en color. Al fin y al cabo, un pintor trabaja con colores. De todos modos, es posible.
Pitt empezó a examinar la cámara, tocando sus diversas partes. Nunca había utilizado una, pese a que las había visto utilizar unas cuantas veces a los fotógrafos de la policía y había empezado a valorar sus posibilidades. Sabía que la impresión de la imagen se realizaba sobre una placa que luego tenía que ser revelada. Tras hurgar durante unos segundos, sacó la placa de la cámara con cuidado, manteniéndola tapada con tela negra para evitar que le diera la luz, ya que no tenía costumbre de hacerlo y no sabía lo frágil que podía ser.
—¿Qué es eso? —preguntó el agente con suspicacia.
—La placa —contestó Pitt.
—¿Y se ve algo en ella?
—No lo sé. Hay que mandar que la revelen. Probablemente no se vea nada, porque de lo contrario no la habría dejado aquí. De todos modos tal vez tengamos suerte.
—Seguramente no sea más que alguna mujer que estaba pintando —concluyó el agente restándole importancia.
—Es posible que le hayan asesinado por culpa de alguna mujer que estaba pintando —comentó Pitt.
El agente le miró con súbito interés.
—Así que tenía una aventura, ¿eh? Vaya, vaya, no es mala idea. ¿Cree usted que se tomaría alguna libertad con las posturitas?
Pitt le lanzó una mirada divertida, pero sin perder la seriedad.
—Llame a los sirvientes y dígales que pasen uno por uno —ordenó—. Que venga el mayordomo en primer lugar.
—Sí, señor.
El agente obedeció, pese a que, evidentemente, estaba dándole vueltas a las ilimitadas posibilidades que aquella idea acababa de sugerirle. No le gustaban los hombres afeminados que ganaban fortunas pintarrajeando cuadros por ahí vestidos con una blusa y retratando a personas que deberían emplear su tiempo de forma más sensata; sin embargo aquel caso era más interesante que las tragedias corrientes y molientes que solía ver. Le molestaba tener que hablar con los sirvientes, por lo que cumplió la orden a regañadientes.
Al cabo de unos segundos apareció el mayordomo. Pitt le sugirió que se sentara en la silla de jardín mientras él hacía lo propio en la silla que había junto al escritorio.
—¿A quién estaba pintando su señor antes de irse? —preguntó.
—A nadie, señor. Acababa de terminar un retrato del señor Albert Galsworth.
Aquello lo decepcionó; no sólo se trataba de alguien del que nunca había oído hablar, sino que además era hombre.
—¿Y qué me dice de ese cuadro que hay en el suelo? —preguntó—. Es el retrato de una mujer.
El mayordomo se acercó y lo miró.
—No sé, señor… A juzgar por la ropa que lleva, parece una dama de la aristocracia. Pero, como puede ver, la cara está sin dibujar; no sé quién puede ser.
—¿No ha venido nadie por aquí últimamente para posar?
—No, señor, que yo sepa. Tal vez la dama haya retrasado la fecha del encargo a causa de un compromiso más urgente.
—¿Y éste?
Pitt le enseñó el otro lienzo, el que estaba prácticamente acabado.
—Oh, sí, señor. Ésa es la señora Woodford. No le gustó el retrato, dijo que le hacía parecer regordeta. El señor Jones lo dejó sin acabar.
—¿Hubo resentimiento entre ellos?
—Por parte del señor Jones no, señor. Estaba acostumbrado a… a la vanidad de… de ciertas personas. Un artista tiene que estarlo.
—¿No se ofreció a cambiarlo para dar satisfacción a la señora?
—Por lo visto no, señor. Creo que ya había realizado modificaciones considerables para ajustarse a la imagen que la señora tenía de sí misma. Si hubiera ido demasiado lejos habría puesto en peligro su reputación.
Pitt no insistió; la cuestión no tenía relevancia.
—¿Ha visto esto alguna vez?
Sacó el cuaderno y lo abrió.
El mayordomo le echó un vistazo y puso cara de no comprender.
—No, señor. ¿Tiene alguna importancia?
—No lo sé. ¿Era el señor Jones fotógrafo?
El mayordomo enarcó las cejas bruscamente.
—¿Fotógrafo? Oh, no, señor; era un artista. A veces pintaba acuarelas y a veces óleos, pero nunca hacía fotografías.
—Entonces ¿de quién es esta cámara?
El mayordomo puso cara de sorpresa; no se había fijado en el artilugio.
—No tengo la menor idea, señor. Es la primera vez que la veo.
—¿Es posible que alguien pidiera prestado el estudio al señor Jones?
—Oh, no, señor. El señor Jones era muy quisquilloso. Además, si lo hubiera prestado yo me habría enterado. Pero por aquí no ha pasado ningún extraño; de hecho en esta casa no ha habido ninguna visita desde que el señor Jones se… se fue.
—Comprendo. —Pitt estaba perplejo. Aquel asunto empezaba a resultar absurdo. Él quería un misterio, algo que investigar; pero aquello era un disparate. La cámara tenía que proceder de alguna parte; tenía que pertenecer a alguien—. Gracias —dijo al tiempo que se levantaba—. ¿Le importaría confeccionar una lista de todas las personas que recuerde haber visto venir aquí para encargar un retrato, comenzando por el primero e incluyendo hasta el último del que tenga memoria y las fechas más aproximadas que recuerde?
—Sí, señor. ¿No llevaba el señor Jones alguna relación de cuentas que pueda usted consultar?
—Si tiene alguna, aquí no está.
El mayordomo se abstuvo de hacer comentarios y fue a llamar al próximo sirviente. Pitt habló con todos, de uno en uno, pero no averiguó nada importante. A primera hora de la tarde ya había terminado, por lo que aún tenía tiempo para visitar al menos a uno de los residentes del parque. Eligió la última persona que el mayordomo había incluido en la lista de retratos: lady Gwendoline Cantlay.
Evidentemente ésta no se había enterado de la noticia, ya que le recibió con muestras de sorpresa y cierta irritación.
—Francamente, inspector, no veo qué utilidad puede tener insistir en este desdichado asunto. Augusto ha sido enterrado y no se ha cometido ninguna atrocidad más. Le sugiero que deje a su familia reponerse como buenamente pueda y que no vuelva a mencionar el tema. ¿No ha sufrido ya bastante?
—No tengo intención de volver a mencionar el tema, señora —dijo él con paciencia—. A menos que sea necesario. Me temo que he venido a verla por algo muy diferente. Si no me equivoco, usted conoce al señor Godolphin Jones, pintor…
¿Se lo imaginó o los dedos de la dama se crisparon sobre su regazo y un leve sonrojo atravesó sus mejillas?
—Ha pintado mi retrato —contestó ella mirándole fijamente—. Ha pintado muchos y tiene muy buenas referencias. Es un artista conocido, ¿sabe usted?, y con una sólida reputación.
—¿Lo considera usted un buen pintor, señora?
—Yo… —Respiró hondo—. Yo no tengo conocimientos suficientes para opinar al respecto. Estoy obligada a fiarme de las opiniones de los demás. —Le miró con cierto aire desafiante. Había vuelto a crispar los dedos sobre el regazo, arrugando la tela del vestido—. ¿Por qué lo pregunta?
Por fin había llegado al punto crucial. Pitt sintió una repentina inquietud, como si la noticia pudiera afectar a la dama más de lo que él esperaba.
—Lamento tener que decirle esto, señora —dijo con una torpeza insólita en él. Había hecho aquello en muchas ocasiones y tenía preparadas las palabras que debía decir—, pero el señor Godolphin Jones ha muerto. Asesinado.
Ella se quedó paralizada, como si no le hubiera comprendido.
—Pero si está en Francia…
—No, señora, lo lamento pero está aquí, en Londres. Su cadáver ha sido identificado por su mayordomo. No hay lugar a dudas.
La miró, y luego echó un vistazo en busca de la campanilla para llamar a los sirvientes en caso de que fuera necesario pedir ayuda.
—¿Ha dicho asesinado? —preguntó ella lentamente.
—Sí, señora. Lo siento.
—¿Por qué? ¿Quién ha podido asesinarlo? ¿Lo sabe usted? ¿Hay alguna pista?
Estaba alterada. Pitt hubiera jurado que la noticia había significado una verdadera conmoción para ella, pero había cambiado. Ahora estaba asustada, y no por histerismo o sin razón: sabía por qué estaba asustada. Pitt hubiera pagado por averiguar el motivo.
—Sí, hay varias pistas —dijo, fijándose en su cara, su cuello y sus manos, que tenía aferradas a los brazos de la silla.
Ella le miró con ojos muy abiertos.
—¿Puedo saber qué pistas son ésas? De ese modo quizá pueda ayudarle. Como es natural, llegué a conocer un poco al señor Jones posando para él.
—Por supuesto —asintió Pitt—. En su estudio hay unos lienzos sin acabar; el mayordomo no sabe si las damas que aparecen retratadas en ellos fueron a casa del señor Jones para posar o por algún otro motivo. También hay una cámara…
Pitt no tuvo duda de que la sorpresa de lady Gwendoline Cantlay era sincera.
—¡Una cámara! Pero si era un artista, no un fotógrafo.
—En efecto. Sin embargo cabe suponer que era suya. Es muy poco probable que tuviera en su estudio la cámara de otra persona. El mayordomo está seguro de que el señor Jones no permitía a nadie utilizarla.
—No lo entiendo.
—Nosotros tampoco, señora, todavía… Imagino que el señor Jones nunca le haría fotografías a usted, por ejemplo, para trabajar cuando usted no pudiese ir a posar…
—No, nunca.
—Quizá pueda ver su retrato, si todavía lo conserva usted.
—Por supuesto, si así lo desea.
Lady Cantlay se levantó y condujo a Pitt a la sala de estar, donde había un gran retrato suyo colgado sobre la chimenea.
—Perdone.
Pitt avanzó y empezó a examinarlo meticulosamente. No le gustaba mucho. La pose era muy buena, aunque algo estilizada. Reconoció varios accesorios del estudio, en concreto un trozo de columna y una mesa pequeña. Las proporciones eran correctas, pero a los colores les faltaba algo, claridad tal vez. Parecía como si Jones los hubiera mezclado con una base permanente de ocre o sepia, la cual confería un aspecto sombrío incluso al cielo. La cara era, sin duda, la de lady Cantlay; no obstante, y pese a que la expresión de sus facciones era bastante agradable, carecía de atractivo.
Pasó a examinar el fondo y, cuando se disponía a dejarlo, advirtió en la esquina inferior izquierda, dibujada con suma claridad, una pequeña mata de hojas; sobre una de éstas había un escarabajo de aspecto inconfundible, estilizado y exactamente igual a uno de los que aparecía en el cuaderno al menos en cuatro o cinco ocasiones.
—¿Podría decirme cuánto le costó, señora? —preguntó.
—No veo qué relación tiene eso con el asesinato del señor Jones —respondió ella con súbita frialdad—. Además ya le he dicho que era un artista de excelente reputación.
Pitt cayó en la cuenta de que había preguntado una impertinencia que jamás se mencionaba en sociedad.
—Sí, señora —reconoció—. Eso es lo que usted me ha dicho y también lo que he podido saber gracias a otras personas. Sin embargo, tengo buenas razones para preguntárselo, aunque sólo sea por la comparación.
—No deseo que medio Londres esté al corriente de mis acuerdos financieros.
—No voy a hablar de ello, señora Cantlay; es únicamente para uso de la policía, y sólo en caso de que sea relevante. Preferiría averiguarlo con su ayuda a tener que interrogar a su marido…
Lady Cantlay endureció el gesto.
—Está usted excediéndose en su deber, inspector. Sin embargo, no deseo molestar a mi marido con este asunto. Pagué trescientas cincuenta libras por el retrato, aunque no veo de qué puede servir saberlo. Es un precio bastante normal tratándose de un pintor de su renombre. Tengo entendido que el comandante Rodney pagó una suma parecida por su retrato y por el de sus hermanas.
—¿El comandante Rodney tiene dos retratos? —Pitt estaba sorprendido. No hubiera imaginado que el comandante fuera un hombre interesado en el arte o que pudiera permitirse tal derroche en él.
—¿Por qué no? —repuso ella enarcando las cejas—. Uno de sí mismo y otro de la señorita Priscilla y la señorita Mary Ann juntas.
—Comprendo. Gracias, señora. Agradezco su ayuda.
—No sé cómo…
Él tampoco lo sabía con seguridad, pero al menos tenía otros lugares donde ir a investigar. Por la mañana visitaría al comandante Rodney y sus hermanas. Se despidió y echó a andar en medio de la niebla para ir a comisaría y regresar a continuación a casa.
Si lady Cantlay se había sobresaltado al enterarse del asesinato de Godolphin Jones, el comandante Rodney se quedó destrozado. Se sentó en una silla como un hombre que ha estado a punto de ahogarse y, esforzándose por recuperar el resuello y con la cara enrojecida, dijo:
—¡Oh, Dios mío! ¡Qué espanto! ¡Qué tragedia! ¿Y le han estrangulado, dice usted? ¿Dónde lo han encontrado?
—En la tumba de otra persona —contestó Pitt, sin saber una vez más si debía hacer sonar la campanilla para llamar a un sirviente.
Era una reacción para la que no estaba preparado. Aquel hombre era un militar; debía de haber estado miles de veces en presencia de la muerte, de una muerte cruel y sangrienta. Había luchado en Crimea y, por lo que Pitt había oído decir sobre aquella trágica y violenta guerra, un hombre que hubiese sobrevivido a ella debiera ser capaz de asomarse al mismísimo infierno sin que se le revolvieran las tripas.
Rodney había empezado a calmarse.
—Qué horror. ¿Cómo demonios supieron que estaría en la tumba?
—No lo sabíamos —dijo Pitt—. Lo encontramos por casualidad.
—Eso es absurdo. No pueden ustedes dedicarse a abrir tumbas para ver qué encuentran en ellas… por casualidad.
—Por supuesto que no, señor. —Pitt se sentía torpe una vez más. Jamás se había comportado con tan poca soltura—. Pensábamos que la tumba había sido profanada, que estaría vacía.
El comandante Rodney le miró de hito en hito.
—Ya teníamos el cadáver que debía estar en ella —agregó Pitt haciendo un esfuerzo para que le comprendiera—: el cadáver que en un primer momento identificamos como lord Augusto, el cadáver que apareció en el coche a la salida del teatro…
—Oh. —El comandante Rodney se irguió como si fuera montado a caballo en un desfile—. Comprendo. ¿Por qué no lo ha dicho antes? Bueno, me temo que no hay nada que pueda decirle. Le agradezco que haya venido a darme la noticia.
Pitt permaneció sentado.
—Usted conocía al señor Jones.
—No en sociedad; no era una persona de nuestra clase. Era un artista, si entiende a qué me refiero…
—Pintó su retrato, ¿no es así?
—Oh, sí. Lo conocía por motivos profesionales. Pero esto es todo lo que puedo decirle sobre él; no hay nada más que contar. Y no voy a permitir que importune a mis hermanas hablándoles de asesinatos y muertes. Se lo diré yo mismo como estime conveniente.
—¿Le encargó que pintara también un retrato de ellas?
—Así es. ¿Ocurre algo? Es una cosa de lo más corriente. Hay muchísima gente que tiene retratos.
—¿Podría verlos, por favor?
—¿Para qué? Son bastante normales. Aunque supongo que será lo mejor, si de ese modo consigo que se vaya y nos deje en paz. Pobre hombre. —El comandante meneó la cabeza—. Qué desgracia. Es una forma horrible de morir.
Se levantó, pequeño, frágil y tieso como una vara, y condujo al inspector al salón.
Pitt observó el severo retrato que había colgado en la pared del fondo sobre un aparador y decidió que no le gustaba. Era grandilocuente y estaba lleno de escarlatas y metales brillantes. Representaba a un niño con cuerpo de anciano jugando a ser soldado. Si su propósito hubiera sido irónico, el cuadro habría resultado acertado, aunque una vez más los colores carecían de delicadeza y parecían un tanto turbios.
Se acercó a él y sin darse cuenta posó la mirada en la esquina izquierda. Allí había una pequeña oruga que, pese a no tener nada que ver con la composición, aparecía inteligentemente disimulada en el fondo: una criatura de cuerpo marrón bajo una abigarrada sombra del mismo color.
—Y supongo que también tendrá el de sus hermanas —dijo retrocediendo y volviéndose hacia el comandante.
—No sé qué motivo puede tener para querer verlo —repuso el comandante, sorprendido—. Es un cuadro bastante corriente. Pero si desea…
—Sí, por favor.
Pitt le siguió a la habitación de al lado. El retrato colgaba de la pared del fondo, entre dos jardineras, y era de mayor tamaño que el otro. La pose era rebuscada, el fondo contenía demasiados accesorios y los colores, aun siendo mejores, tenían un exceso de rosa. Miró en la esquina izquierda y vio la misma oruga; las patas y los pelos eran exactamente iguales, y habían sido pintados con idéntica estilización; el cuerpo, sin embargo, era verde, de forma que quedaba disimulado por la hierba.
—¿Cuánto pagó por él, señor? —preguntó.
—Lo suficiente —gruñó el comandante—. No veo qué importancia puede tener el precio para su investigación.
Pitt intentó recordar las cifras que acompañaban a las orugas en el cuaderno, pero éstas eran tantas, y las orugas aparecían repetidas tantas veces, que no logró acordarse de todas.
—He de saberlo, comandante. Prefiero preguntárselo personalmente a tener que enterarme por otros medios.
—¡Maldita sea, inspector! ¡Eso no es de su incumbencia! ¡Haga todas las pesquisas que quiera!
Pitt sabía que insistiendo no llegaría a ninguna parte. Lo mejor sería buscar en el cuaderno las cifras de las orugas, en la columna que había debajo de «350 libras», junto a la del escarabajo, y sumarlas todas; luego pondría a prueba al comandante Rodney diciéndole la suma y observando su reacción.
El comandante soltó un bufido, satisfecho de su victoria.
—Bien, ¿eso es todo, inspector?
Pitt se preguntó si debía insistir en ver a las hermanas Rodney y decidió que había poco que ellas pudieran decirle. Le sería de mayor provecho interrogar a la otra persona que había comprado un retrato de Godolphin Jones: lady St. Jermyn. Aceptó la despedida del comandante y un cuarto de hora más tarde se encontraba delante de lord St. Jermyn sintiéndose bastante incómodo.
—Lady St. Jermyn no está en casa —dijo éste fríamente—. Ni ella ni yo podemos servirle de más ayuda en este asunto. Lo mejor será olvidarse de ello, y le recomiendo que haga usted lo mismo a partir de este momento.
—Uno no puede olvidarse de un asesinato, señor —repuso Pitt con aspereza—. Incluso aunque lo desee.
St. Jermyn enarcó las cejas en señal no tanto de sorpresa como de desprecio.
—¿Qué le hace pensar de repente que Augusto fue asesinado? Sospecho que un incontenible afán por indagar en la vida de las personas superiores a usted.
Pitt hubiera dado cualquier cosa por mostrar la misma grosería, pero se contuvo.
—Le aseguro, señor, que mi interés en la vida privada de los demás es únicamente profesional —siseó fríamente, con una modulación de voz tan preciosista como la de St. Jermyn—. Ni la tragedia ni la miseria me producen satisfacción. Prefiero que el dolor privado siga siendo privado siempre que las obligaciones públicas lo permitan. Según tengo entendido, lord Augusto murió por causas naturales; sin embargo no hay duda de que Godolphin Jones fue estrangulado.
St. Jermyn se quedó de piedra, palideció y aguzó la vista de manera casi imperceptible. Pitt observó que entrelazaba las manos. Al cabo de unos segundos de silencio, preguntó lentamente:
—¿Asesinado?
—Sí, señor.
St. Jermyn mantuvo los ojos clavados en su cara, observándolo en actitud casi expectante.
—¿Cuándo ha descubierto el cadáver? —preguntó.
—Ayer por la tarde —respondió Pitt.
St. Jermyn aguardó una vez más; Pitt, sin embargo, no le prestó su colaboración.
—¿Dónde? —preguntó aquél finalmente.
—Enterrado, señor.
—¿Enterrado? —exclamó St. Jermyn—. ¡Eso es absurdo! ¿Qué quiere decir «enterrado»? ¿Enterrado en el jardín de alguien?
—No, señor, enterrado como es debido: en un ataúd, en una tumba y en un cementerio.
—No sé de qué está hablando usted. —St. Jermyn estaba enfadándose—. ¿Quién enterraría a un hombre que ha sido estrangulado? Ningún médico firmaría el certificado de defunción de un hombre estrangulado y, sin él, ningún sacerdote accedería a un entierro. Está diciendo una tontería.
St. Jermyn estaba a punto de dar el asunto por concluido.
—Estoy hablando de hechos, señor —repuso Pitt con ecuanimidad—. No sé qué explicación darles; lo único que puedo decir es que no estaba enterrado en su tumba, sino en la de un tal Albert Wilson, que falleció de una apoplejía y fue enterrado como corresponde.
—¿Y bien? ¿Qué le sucedió a… a ese Wilson? —preguntó St. Jermyn con tono apremiante.
—Su cadáver fue el que resbaló de un coche de punto a la salida del teatro —contestó Pitt sin apartar la mirada de St. Jermyn. En su rostro no podía ver más que una confusión absoluta y rodeada de misterio. Una vez más permaneció varios segundos sin decir nada. Pitt aguardó.
St. Jermyn le miró de hito en hito, con los ojos sombríos e inescrutables. Pitt intentó arrancarle aquella máscara de autoridad y aplomo y acceder al hombre que se ocultaba detrás de ella. Su fracaso fue completo.
—Supongo que no tendrá idea de quién le ha matado —dijo finalmente St. Jermyn.
—¿A Godolphin Jones? No, señor, ni idea.
—¿Y el motivo?
Por vez primera Pitt no se atuvo exactamente a la verdad.
—Eso es distinto. Tenemos una ligera idea sobre el motivo.
El rostro de St. Jermyn seguía pálido, y las aletas de su nariz se dilataban suavemente cada vez que respiraba.
—¿De veras? ¿Y de qué se trata?
—Cometería una ligereza si hablara antes de disponer de pruebas. —Pitt eludió la pregunta esbozando una sonrisa—. Podría suponer un agravio para alguna persona; cuando se difunde una sospecha rara vez se olvida, por muy falsa que luego se demuestre.
St. Jermyn dudó si preguntarle algo más, pero luego se lo pensó mejor y, haciendo un gesto de asentimiento, dijo:
—Sí, claro. ¿Qué piensa hacer ahora?
—Interrogar a las personas que mejor le conocían tanto por motivos sociales como profesionales —respondió Pitt aprovechando la oportunidad—. Tengo entendido que usted fue uno de sus clientes.
St. Jermyn le respondió con una sonrisa que apenas fue una relajación de sus facciones.
—Ésa es una palabra curiosa, inspector… Yo no fui cliente suyo en absoluto; sólo le encargué que pintara un retrato de mi mujer.
—¿Y se sintió satisfecho con el trabajo?
—Es aceptable. A mi esposa le gustó bastante, que era lo que más importaba. ¿Por qué lo pregunta?
—Por ningún motivo en concreto. ¿Podría verlo?
—Si lo desea; de todos modos dudo que saque nada de ello. Es muy corriente.
St. Jermyn se volvió y salió por la puerta que daba al vestíbulo, dejando que Pitt le siguiera. El cuadro se encontraba en un lugar discreto de la pared de la escalera, algo que a Pitt no le sorprendió a la vista de la calidad de los demás retratos de familia. Sus ojos examinaron el rostro de la retratada por un momento y a continuación se posaron en la esquina izquierda del cuadro. Allí estaba el insecto: en este caso se trataba de una araña.
—¿Y bien? —preguntó St. Jermyn con cierta ironía en la voz.
—Gracias. —Pitt bajó las escaleras para ponerse a la misma altura que St. Jermyn—. ¿Le importaría decirme cuánto pagó por él?
—Probablemente más de lo que vale —respondió St. Jermyn con naturalidad—. Personalmente, creo que no le hace justicia, ¿no le parece? Pero, claro, usted no puede saberlo. No conoce a mi esposa.
—¿Cuánto, lord St. Jermyn?
—Unas cuatrocientas cincuenta libras, si mal no recuerdo. ¿Desea saber la cantidad exacta? Me llevará cierto tiempo averiguarlo; al fin y al cabo, no creo que pueda considerarse una transacción importante.
A Pitt no le pasó inadvertida la referencia a las abismales diferencias económicas que había entre ambos.
—Gracias por todo —dijo zanjando el asunto sin añadir ningún comentario.
St. Jermyn sonrió abiertamente por primera vez.
—¿Le sirve para avanzar en sus investigaciones, inspector?
—Tal vez. Lo sabré cuando la compare con otros datos. —Pitt se encaminó hacia la puerta de la casa—. Le agradezco el tiempo que me ha dedicado, lord St. Jermyn.
Al llegar a casa, cansado y con frío, Pitt fue recibido por el agradable olor que despedía una humeante sopa y la ropa seca que colgaba del techo de la cocina. Jemima ya estaba dormida y reinaba el silencio. Se quitó las húmedas botas y se sentó, dejando que la calma, cuya presencia se hacía notar de una forma casi tan física como la del calor, le envolviera. En un principio Charlotte sólo le dirigió un breve saludo, cuando por fin se sintió dispuesto a hablar, Pitt dejó el tazón que ella le había dado y la miró.
—Me estoy comportando como si supiera lo que hago, pero sinceramente no le veo el menor sentido a este asunto —dijo con gesto de impotencia.
—¿A quién has interrogado? —preguntó ella, secándose las manos y cogiendo un trapo para abrir la puerta del horno y sacar el pastel.
Lo puso rápidamente sobre la mesa. La costra estaba crujiente y tenía un color dorado excepto en una de las puntas, donde había estado a punto de quemarse y el tono era más oscuro.
Él lo miró y esbozó una sonrisa.
Al verle, Charlotte se apresuró a decir:
—Yo me comeré esa esquina…
Él rio.
—¿Por qué el horno quema las puntas?
Ella le fulminó con la mirada.
—Si lo supiera lo evitaría.
Sirvió la verdura con rapidez y él observó con gesto de aprobación cómo se elevaba el humo.
—¿Con quién has hablado sobre el pintor?
—Con todos los residentes del Gadstone Park que tienen retratos hechos por él. ¿Por qué?
—Por curiosidad. —Alzó el cuchillo de trinchar y lo mantuvo en el aire sobre el pastel mientras pensaba—. Una vez encargamos un retrato de mamá y otro de Sarah; el pintor no hizo otra cosa que adularlas, le dijo a Sarah que era una belleza y le dedicó una serie de halagos disparatados. Incluso llegó a decirle que era tan delicada como una rosa de Damasco. Sarah pasó varias semanas sumida en una ensoñación, dando vueltas por la casa de una manera insufrible, con la cabeza erguida y mirándose de reojo en todos los espejos.
—Sarah era muy bella —comentó Pitt—. Aunque lo de la rosa de Pitiminí me parece un tanto excesivo. ¿Qué quieres decirme?
—Bueno, Godolphin Jones se ganaba la vida pintando retratos, lo cual, en cierto modo, es el colmo de la vanidad. ¿O acaso no lo es que inmortalicen tu cara? Es posible que halagara a todos los retratados de igual manera. Y si lo hacía, no sería descabellado pensar que un buen número de las mujeres que pintó respondiera a esos halagos.
De pronto Pitt se dio cuenta de lo que Charlotte quería decir.
—¿Te refieres a que tuvo una o varias aventuras? ¿Que una mujer celosa llegó a creerse que lo era todo para Jones y entonces descubrió que sólo era una de tantas y que los bonitos piropos que le dirigía eran únicamente parte de sus herramientas de trabajo? ¿O que algún marido se puso celoso?
—Es posible.
Charlotte bajó por fin el cuchillo y cortó el pastel. Una espesa salsa rezumó de él y Pitt se olvidó por completo de la parte quemada.
—Tengo hambre —dijo.
Charlotte le dirigió una sonrisa.
—Bien… Pregúntale a tía Vespasia. Si se trata de un residente de Gadstone Park, seguro que ella lo sabe, y si no lo averiguará.
—Sí, se lo preguntaré —prometió Pitt—. Pero, por favor, ahora concéntrate en la cena y olvídate de Godolphin Jones.
Sin embargo, la primera persona a la que visitó a la mañana siguiente fue Somerset Carlisle. Naturalmente, todos los residentes de Gadstone Park estaban ya al tanto del descubrimiento del cadáver, de modo que Pitt ya no contaba con el factor sorpresa.
—No le conocía muy bien —dijo Carlisle—. No teníamos mucho en común, diría yo. Y desde luego no tenía el menor deseo de que me pintaran un retrato.
—Si no hubiera sido así —dijo Pitt lentamente, escrutando su cara—, ¿se lo habría encargado a Godolphin Jones?
Carlisle le miró con cierta sorpresa.
—¿Qué demonios importa eso?
—¿Se lo habría encargado a él?
Carlisle titubeó.
—No —dijo finalmente—. No se lo habría encargado.
Pitt esperaba aquella respuesta. Charlotte le había dicho que Carlisle había hablado en términos desdeñosos acerca de las habilidades de Jones como artista. Si le hubiera elogiado, se habría contradicho a sí mismo.
Pitt insistió en aquel punto.
—¿Diría usted que estaba sobrevalorado?
Carlisle le miró con gesto impasible; sus ojos eran de color gris claro y expresaban tranquilidad.
—Como pintor diría que sí, inspector. Como pretendiente y acompañante, posiblemente no. Era un hombre muy ingenioso, de una gran ecuanimidad, y conocía el nada despreciable arte de soportar a los estúpidos con afabilidad. Si uno no vale para ello, es difícil fingir afabilidad durante mucho tiempo.
—¿No es el arte en cierto modo una moda? —preguntó Pitt.
Carlisle sonrió, mirándole todavía a los ojos sin el menor titubeo.
—Por supuesto. Pero con frecuencia las modas son fabricadas. El precio se alimenta a sí mismo, ¿sabe? Venda una cosa a un precio elevado y la próxima vez podrá pedir aún más dinero.
Pitt lo comprendía, pero con ello no respondía a la cuestión de por qué Godolphin Jones había sido estrangulado.
—Ha mencionado otras clases de valía —dijo—. ¿Se refería exclusivamente a su valía como acompañante o quizá también a otras, como la de amante?
Carlisle le siguió mirando con expresión impasible, aunque divertida.
—Tal vez le sea provechoso investigar esa posibilidad. Discretamente, por supuesto; de lo contrario daría lugar a sentimientos de hostilidad que acabarían repercutiendo sobre usted.
—Desde luego —asintió—. Gracias, señor Carlisle.
Las primeras muestras de discreción las dio con tía Vespasia.
—Esperaba ayer tu visita —dijo ella con sorpresa—. ¿Por dónde vas a empezar? ¿Sabes algo sobre ese desdichado? No tenía ninguna relación con Augusto, que yo sepa, y Alicia es una de las pocas bellezas, o bellezas imaginarias, de Gadstone Park que no retrató. Por el amor de Dios, siéntate. Me entra tortícolis mirándote de este modo.
Pitt obedeció. No solía tomarse libertades antes de que le invitaran a ello.
—¿Era un buen pintor? —preguntó. Pitt daba importancia a la opinión de tía Vespasia.
—No. ¿Por qué?
—Charlotte me ha dicho lo mismo.
Ella le miró de soslayo, entornando los ojos.
—No me extraña. ¿Y qué conclusión sacas de ello? Estás intentando decirme algo. Vamos, desembucha.
—¿Por qué cree usted que podía pedir un precio tan elevado por sus cuadros y conseguir que se lo pagaran? —preguntó.
—Ah… —Tía Vespasia se recostó ligeramente, y esbozó una sonrisilla—. Los retratistas que pintan a las mujeres de la sociedad también han de ser cortesanos. De hecho, es posible que esto sea lo primero que tienen que ser. Los mejores pueden permitirse el lujo de pintar lo que desean, pero los demás deben pintar a gusto de la persona que tiene el dinero. Si poseen habilidad, halagan con el pincel; si no la tienen, han de halagar con la lengua. Algunos lo hacen incluso con ambos.
—¿Y Godolphin Jones?
Los ojos de tía Vespasia brillaron divertidos.
—Ya has visto su obra, por lo que deberías saber que lo hacía con la lengua.
—¿Cree usted que fue más allá de los halagos?
Pitt no estaba seguro de si la anciana se sentiría incómoda por el hecho de que él contemplara semejante posibilidad y le preguntase por ello de manera tan directa. No obstante, no tenía sentido ser evasivo con ella, y ya estaba demasiado confuso y cansado de aquel caso como para expresarse con sutilidad.
Tía Vespasia guardó silencio y él empezó a temer haberla molestado. Finalmente habló, midiendo las palabras.
—¿Me estás preguntando si sé de alguien que haya tenido una aventura con Godolphin Jones? Supongo que si no te lo digo lo investigarás por tu cuenta, así que será mejor que hable. Imagino que será la solución menos embarazosa. En efecto, Gwendoline Cantlay tuvo una aventura con él. No fue nada serio; sólo un desahogo del aburrimiento que sentía con un marido agradable pero que cada vez mostraba menos interés por ella. Desde luego no fue una gran pasión, y ella se comportó con suprema discreción.
—¿Sabe usted si el señor Desmond Cantlay se enteró de ello?
Tía Vespasia pensó durante unos segundos antes de responder.
—Yo diría que lo adivinó pero tuvo suficiente tacto para mirar hacia otro lado —dijo finalmente—. Me resulta difícil admitir que matara a ese desventurado hombrecillo por ese motivo. Uno no reacciona de tal manera, a menos que haya perdido el juicio por completo.
Pitt no disponía de información suficiente para formarse una opinión, por lo que no tuvo otro remedio que aceptar que tía Vespasia sabía de qué estaba hablando. No podía imaginarse cuál sería su comportamiento si descubriera que Charlotte se había rebajado a algo tan repugnante. Acabaría con todo lo que él quería, supondría la profanación, el derrumbamiento de todo lo que consideraba valioso y lo dejaría indefenso ante las tragedias que veía todos los días. No le parecía inconcebible la posibilidad de estrangular al hombre, y menos aún si la relación para él sólo fuese una de tantas.
Tía Vespasia le estaba mirando, tal vez adivinando sus pensamientos.
—No debes juzgar a Desmond Cantlay desde tu punto de vista —dijo con voz queda—, sino investigar la posibilidad; ésa es tu obligación. Supongo que a estas alturas no se puede precisar cuándo fue asesinado.
—No. Debió de ser hace tres o cuatro semanas, pero esto no sirve para determinar dónde se encontraba una persona cualquiera y demostrar si es culpable o inocente. Supongo que le asesinaron poco después de la última vez que le vieron sus sirvientes, es decir, hace tres semanas contando desde el pasado jueves. Pero ni siquiera eso está demostrado. Ni siquiera sabemos dónde le asesinaron.
—Es sorprendente lo poco que sabes —comentó ella con severidad—. No busques información difundiendo sospechas. Es posible que Desmond no lo supiera. Además lo más seguro es que, tratándose de una herramienta de trabajo, Jones la usara con bastante frecuencia.
Pitt frunció el entrecejo.
—Es probable, pero ¿se atrevería con lady St. Jermyn?
A Pitt le vino la imagen de su cabellera negra con el mechón plateado. Aquella mujer transmitía una extraordinaria sensación de dignidad. Sólo un pintor muy osado se atrevería a excederse en halagos para intentar ablandarla.
Tía Vespasia lo observó abriendo los ojos levemente, pero Pitt se sintió incapaz de adivinar qué expresaba su mirada.
—No —se limitó a decir—. Y tampoco con las hermanas Rodney, diría yo.
La idea de una aventura con las hermanas Rodney era ridícula, pero pocas personas son insensibles a los halagos, y quizá Jones se hubiera mostrado especialmente hábil en ciertas circunstancias.
—Tendré que buscar a las demás mujeres que retrató —dijo Pitt—. El mayordomo me ha proporcionado una lista.
Quería seguir preguntando, pues tenía la impresión de que Vespasia le ocultaba algo. ¿Estaría protegiendo a Gwendoline Cantlay o a otra persona? ¿Acaso Alicia? ¿O, aún peor, Verity? Pero no podía preguntárselo; con ello sólo conseguiría ofenderla.
Se levantó.
—Gracias, lady Cumming-Gould. Le agradezco su ayuda.
Ella le miró con gesto suspicaz.
—No seas sarcástico conmigo, Thomas. Apenas te he servido de ayuda, lo sabes muy bien. No tengo idea de quién mató a Godolphin Jones, pero sea quien sea puedo comprenderle. De todos modos, mi interés en este asunto es meramente marginal. Es una lástima que no haya permanecido decentemente enterrado en la tumba del mayordomo. El proyecto de ley para el Parlamento es mucho más importante que la muerte de un obstinado artista de medio pelo. ¿Tienes idea de lo que la aprobación del proyecto podría suponer para la vida de miles de niños que malviven en esta lamentable ciudad?
—Sí, señora, la tengo —respondió Pitt mostrando la misma seriedad que ella—. He estado en los asilos y las fábricas y he arrestado a niños hambrientos de cinco años que lo único que sabían hacer era robar.
—Lo lamento, Thomas.
Aunque tía Vespasia no solía batirse en retirada, en aquella ocasión lo hizo sinceramente.
Pitt lo sabía. Sonrió, luminosa y francamente, y por un instante fueron iguales. Pero no duró mucho. Tía Vespasia hizo sonar la campanilla y el mayordomo acompañó a Pitt a la puerta.
Sin embargo había algo que no dejaba de darle vueltas en la cabeza, de modo que, en lugar de sacar la lista del mayordomo, llamó a un coche, recorrió más de tres kilómetros y, tras pagar al cochero, subió por una sombría escalera que conducía a una pequeña habitación provista de una gran ventana orientada al sur y un tragaluz aún mayor.
Un hombrecillo de ojos enormes y aspecto desaliñado alzó la vista y lo miró sorprendido.
—Hola, Froggy —dijo Pitt animadamente—. ¿Tienes un minuto?
El hombrecillo frunció el entrecejo.
—No tengo nada que no deba tener. ¡No tiene derecho a registrarme!
—No voy a registrarte, Froggy. Quiero que me des consejo.
—¡No voy a chivarme de nadie!
—Quiero tu consejo artístico sobre la valía de un cuadro perfectamente legítimo —concretó Pitt—. O, para ser más exactos, de un pintor.
—¿Quién?
—Godolphin Jones.
—No vale una mierda, pero el muy puñetero es carísimo. ¿Sabe a cuánto vende los cuadros? A cuatrocientas o quinientas libras cada uno.
—Sí, lo sé, y no voy a preguntarte por qué lo sabes. ¿Por qué vende a unos precios tan altos si no vale nada?
—Ah, ése es uno de los misterios de la vida. No lo sé.
—¿Cabe la posibilidad de que estés equivocado y que sí sea buen pintor?
—Oiga, inspector, no tiene por qué faltarme al respeto. Conozco mi oficio. No podría vender un Jones ni aunque regalara un pollo con él. La gente a la que vendo quiere cosas que pueda guardar durante cierto tiempo para luego, cuando los polizontes hayan dejado de buscarlas, poder mandárselas a algún coleccionista no demasiado escrupuloso acerca de su procedencia. No hay ningún coleccionista que quiera un Jones. ¿Que por qué vende tan caro? Quizá por vanidad. Yo no entiendo a la maldita aristocracia; nunca la he entendido, y usted pierde el tiempo si cree que puede hacerlo. Pertenecen a una clase animal diferente de la nuestra. No hay forma de saber qué puñetas van a hacer o por qué. Lo único que puedo decirle es esto: los Jones nunca cambian de manos; nadie los vende porque nadie los compra. Hay una regla que dice que si algo merece ser comprado, alguien, en alguna parte y en algún momento, acabará vendiéndolo.
—Gracias, Froggy.
—¿Eso es todo?
—Sí, gracias, eso es todo.
—¿Le he servido de algo?
—No lo sé, pero espero que sí.
Al regresar a la comisaría para acabar la jornada, Pitt fue recibido por el sargento que le había informado de la aparición de los cadáveres. En cuanto vio que el agente tenía el rostro encendido por los nervios, el corazón se le encogió.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—La placa, señor, la placa fotográfica que usted encontró en la casa del muerto.
—¿Sí?
—Usted mandó que la revelaran, señor. —Prácticamente temblaba de los nervios.
—Naturalmente… —Pitt empezó a concebir esperanzas—. ¿Qué se ve en ella? Venga, dígamelo, no se quede ahí como un pasmarote.
—Señor, es una fotografía de una mujer desnuda, desnuda como la trajeron al mundo, aunque no se parece nada a un recién nacido, si sabe a lo que me refiero…
—¿Dónde está? ¿Qué ha hecho con ella?
—Está en su despacho, señor, en un sobre marrón lacrado.
Pitt pasó por su lado a grandes zancadas y cerró la puerta de golpe. Con dedos trémulos, cogió el sobre y lo rasgó. En la fotografía se veía lo que el agente le había descrito: una mujer desnuda en una pose elegante pero sumamente erótica. La cara se distinguía perfectamente. No la había visto nunca, ni en vida ni en pintura. Era una perfecta desconocida.
—¡Maldición! —exclamó con furia—. ¡Maldición!
Pitt pasó el día siguiente tratando de descubrir la identidad de la mujer de la fotografía. Si tenía alguna categoría social, aquella fotografía constituía por sí sola un motivo para cometer un asesinato. Entregó al sargento una copia y le encargó que preguntara en todas las comisarías de los barrios céntricos si alguien la conocía; él conservó una copia con el cuerpo cuidadosamente tapado para ver si algún miembro de la alta sociedad la conocía. No tenía por qué ser una aristócrata; incluso una doncella que hubiera intentado ganar algo más de dinero perdería no sólo su empleo sino también cualquier esperanza de conseguir uno en el futuro, con todo lo que esto suponía en lo tocante a seguridad, ropa, comidas, compañía y, en cierta medida, integración social. Esto también podía ser motivo de asesinato.
Como era lógico, volvió a recurrir a tía Vespasia.
Ésta vaciló durante un rato antes de contestar, sopesando la respuesta con tanto cuidado que Pitt llegó a pensar que iba a contarle una mentira.
—Me recuerda a alguien —dijo finalmente con lentitud, ladeando un poco la cabeza y pensando todavía en ello—. El pelo me resulta extraño; yo diría que lo llevaba peinado de otra manera, si es que realmente la conozco. Quizá lo tenía algo más oscuro.
—¿Quién es? —preguntó Pitt con apremio.
Le consumía la impaciencia. Pudiendo tener en la punta de la lengua la pista definitiva para resolver el asesinato, tía Vespasia estaba gastando saliva como una novia nerviosa.
Hizo un gesto de negación con la cabeza.
—No lo sé. Me resulta familiar pero…
Pitt soltó un suspiro de exasperación.
—No conseguirás nada presionándome, Thomas —dijo ella—. Soy una anciana…
—¡Tonterías! ¡Si va a alegar debilidad mental, le acusaré de perjurio!
Ella lo miró con una triste sonrisa en los labios.
—No sé quién es, Thomas. Quizá la hija de alguien o incluso una doncella. Tal vez se trate de una cara que veo habitualmente tocada con una cofia; el pelo cambia mucho a las personas, ¿sabes? Si vuelvo a verla te lo comunicaré de inmediato. ¿Y dices que la has encontrado en casa de Godolphin Jones, en su cámara? ¿Por qué es tan importante? —preguntó echando un vistazo a la fotografía—. ¿Es el resto indecente? ¿Aparece otra persona en ella? ¿O se trata de ambas cosas?
—Es indecente —respondió Pitt.
—Claro. —Enarcó las cejas y se la devolvió—. Es un motivo de asesinato. Me lo suponía. Pobre criatura.
—¡Necesito saber quién es!
—Comprendo —dijo ella con calma—. No tienes por qué insistir en ello.
—Si todo el mundo se dedicara a asesinar testigos de indiscreciones…
Se sentía frustrado y a punto de perder la paciencia. Ahora estaba prácticamente seguro de que la anciana le ocultaba algo, si no una certeza al menos una fundada sospecha.
Ella le interrumpió.
—No apruebo el asesinato, Thomas —dijo mirándole fijamente—. Si logro recordar quién es te lo diré.
Pitt tendría que contentarse con aquello. Sabía perfectamente que tía Vespasia no le iba a decir nada más. Se despidió con toda la cortesía que consiguió demostrar y salió a la calle, donde la niebla era cada vez más espesa.
Pasó el resto de la jornada haciendo pesquisas con ayuda de la fotografía, pero nadie se mostró dispuesto a admitir que conocía a la mujer, y antes de que cayera la tarde no sólo tenía frío, una ampolla en un talón y dolores en las piernas y los pies, sino también hambre y una profunda sensación de abatimiento.
Entonces, viendo que un cuarto cabriolé pasaba delante de él sin detenerse y le dejaba en medio de un gélido mar de niebla a la luz de una farola de gas, tuvo repentinamente una idea. Se había olvidado de los demás cadáveres de forma provisional, dando por sentado que tendrían una importancia secundaria. Todos habían muerto por causas naturales; sólo Godolphin Jones había sido asesinado. Pero ¿y si existía entre ellos alguna extraña relación? Horacio Snipe se había dedicado al proxenetismo. ¿Y si Godolphin Jones hubiera sido uno de sus clientes, para satisfacer sus propios deseos o bien para encontrar modelos para sus fotografías? Quizá ésa fuera su afición particular: la fotografía pornográfica.
Salió corriendo a la calle y, viendo que se acercaba un coche, dio un grito. El vehículo se detuvo rechinando.
—¡A Resurrection Row! —bramó.
Pese a la expresión de miedo que se dibujó en su rostro, el cochero hizo dar media vuelta al caballo y se puso en camino musitando airados comentarios acerca de la oscuridad y los cementerios y de lo que les sucedería a los residentes de esa zona si se subían a un coche de punto y no podían pagar el viaje.
Pitt salió por el otro lado a riesgo de caerse y, tras arrojarle unas monedas al alarmado cochero, echó a andar a grandes zancadas por la acera en busca, pese a la escasa iluminación, del número 14, donde vivía la viuda de Horacio Snipe. Cuando lo encontró, tuvo que aporrear la puerta, dar voces y armar el alboroto suficiente para que se abrieran varias ventanas a lo largo de la calle y se oyeran varios improperios, hasta que la viuda respondió a su llamada.
—¡Un momento! —gritó ésta con furia. Abrió la puerta y le miró con enfado; entonces, lo reconoció y cambió de expresión—. ¿Qué quiere? —preguntó—. Horacio está muerto y ya lo han enterrado dos veces. Debería saberlo. Fue usted quien lo trajo la segunda vez. No vendrá a decirme que lo han vuelto a desenterrar, ¿verdad?
—No, Maizie, no ha ocurrido nada. ¿Puedo pasar?
—Si es necesario. ¿Qué quiere?
La habitación era pequeña, pero estaba más limpia de lo que Pitt esperaba y el fuego ardía con fuerza en el hogar. Había incluso un par de buenos candeleros sobre la repisa de la chimenea, y también objetos de peltre pulidos y antimacasares de encaje sobre las sillas.
—¿Y bien? —preguntó ella con impaciencia—. No tengo nada aquí que no sea mío, si eso es lo que está pensando.
—No estoy pensando eso. —Sacó la fotografía y le preguntó—: ¿Conoce a esta mujer?
Ella cogió la copia con el índice y el pulgar y dijo:
—¿Qué ocurre si la conozco?
—Que tengo diez peniques para usted —contestó Pitt temerariamente—, si me dice su nombre y dónde encontrarla.
—Bertha Mulligan —contestó ella sin titubear—. Se aloja en casa de la señora Cuff, en el número treinta y siete, bajando a mano izquierda. Pero me extrañaría que la encontrara en este momento. Empieza a trabajar a esta hora de la noche.
—¿De qué?
Maizie soltó un bufido ante la estupidez de la pregunta.
—Pues haciendo la calle. ¿De qué va a ser? Seguramente la encontrará en uno de esos cafés que hay cerca de Haymarket. Es una chica muy mona.
—Ya. ¿Y tiene la señora Cuff más huéspedes?
—Si lo que está preguntando es si tiene una casa de citas, le diré que lo compruebe usted mismo. Me gusta hablar de mis vecinos tan poco como que cuenten chismes sobre mí o sobre el pobre Horacio cuando estaba vivo.
—Comprendo. Gracias, Maizie.
—¿Dónde están mis diez perras?
Pitt rebuscó en el bolsillo y sacó un cordel, un cuchillo, lacre, tres trozos de papel, un paquete de caramelos, dos llaves y una libra en calderilla. De mala gana, contó los diez peniques; había hecho la promesa empujado por la emoción del descubrimiento. Pero Maizie ya había extendido la mano y ahora no había manera de echarse atrás. Se los arrebató y los contó cuidadosamente.
—Gracias —dijo apretándolos con la misma fuerza que un moribundo aferrándose a la vida y se los guardó entre las enaguas—. Es Bertha, se lo aseguro. ¿Por qué quiere saberlo?
—Su fotografía ha aparecido en la casa de un muerto —respondió Pitt.
—¿Asesinado?
—Sí.
—¿Quién era?
—Godolphin Jones, el pintor.
Quizá no hubiera oído hablar de él, y era probable que no supiera leer y que el asesinato no despertase interés en el barrio. En todo caso, no parecía sorprendida.
—Furcia estúpida —comentó sin inmutarse—. Le dije que no fuera a posar para él, que se conformara haciendo lo que sabe. Pero eso no es bastante para ella; quiere prosperar. Es una avariciosa. A mí no me gustan las cosas que quedan reflejadas en papel; sólo traen disgustos.
Pitt la cogió por el brazo impulsivamente, pero ella se desasió con brusquedad.
—¿Sabía que posaba para Godolphin Jones? —le preguntó con apremio.
—¡Pues claro que lo sabía! ¿Me toma por tonta? Sé perfectamente lo que hacen en esa tienda que tiene.
—¿Una tienda? ¿Qué tienda?
—La tienda del número cuarenta y siete, ¿cuál va a ser? Donde saca esas fotografías que luego vende. A mí me parece una obscenidad. Puedo entender que un hombre desee a una mujer y no pueda conseguirla; de eso era de lo que se ocupaba Horacio, de conseguirlas. Pero que un hombre se divierta mirando fotografías… eso me parece enfermizo.
De repente Pitt tuvo la sensación de que todo encajaba y un mundo de posibilidades se abría ante él.
—Gracias, Maizie —dijo cogiéndole la mano con una calidez que la alarmó. Entonces agregó con inusual confianza—: Eres una joya de mujer, un lirio que crece en un vertedero de basuras. ¡Que el cielo te lo pague!
Dio media vuelta, salió por la puerta y, gritando de alegría, se sumergió en la oscuridad que invadía Resurrection Row.