1
La niebla se arremolinaba en la calle, espesa y desapacible, oscureciendo las distancias y enturbiando la luz que arrojaban las altas farolas de gas. El aire, húmedo y cortante, enfriaba las gargantas, pero no así el entusiasmo que embargaba a los espectadores que salían en tropel del teatro, entre los cuales había quien se arrancaba a entonar fragmentos improvisados de alguna canción de la nueva ópera de Gilbert y Sullivan, El Mikado. Una muchacha incluso daba saltos de un lado a otro imitando a la pequeña heroína japonesa, hasta que su madre le recordó bruscamente que debía comportarse con el decoro que su familia tenía derecho a esperar de ella.
A doscientos metros de distancia el señor Desmond Cantlay y su esposa se dirigían lentamente hacia Leicester Square con el propósito de llamar a un coche de punto; no habían llevado su propio carruaje debido a la dificultad que suponía encontrar un lugar adecuado donde reunirse con el cochero después del espectáculo. En una noche de enero como aquélla nadie deseaba tener a los caballos parados o dando vueltas por la zona. Era difícil conseguir dos que formaran una pareja realmente buena, así que no tenía sentido poner en peligro su salud de manera innecesaria. Los coches de punto abundaban y estaban reunidos, como no podía ser de otro modo, a la salida del teatro.
—Me ha gustado —dijo lady Gwendoline, dejando escapar un suspiro de placer que se convirtió en un estremecimiento cuando una espiral de niebla se arremolinó en torno a ella y la humedad le rozó la cara—. Tengo que comprar las partituras de algunas de las canciones para tocarlas yo misma; son realmente maravillosas. Sobre todo esa canción que canta el héroe. —Tomó aire, tosió y a continuación cantó con voz dulcísima—: «Soy un juglar errante, hecho de harapos y remiendos…». ¿Cómo seguía, Desmond? Me acuerdo de la melodía, pero no de la letra.
Él la cogió del brazo y la apartó del bordillo en el momento en que un coche pasaba a su lado rechinando y esparciendo los excrementos depositados en aquellos rincones que habían quedado sin limpiar debido a la temprana retirada del barrendero.
—No lo sé, querida. Estoy seguro de que figurará en la partitura. Vaya noche más desapacible; pasear es realmente desagradable. Hemos de encontrar un coche inmediatamente. Por ahí viene uno. Espera aquí, que voy a llamarlo.
Bajó a la calzada en el momento en que un cabriolé aparecía entre la niebla; el caballo avanzaba con la cabeza gacha, casi sin rumbo, y el repicar de sus herraduras quedaba amortiguado por la humedad que cubría la calle.
—¡Vamos! —dijo Desmond Cantlay con irritación—. ¿Qué le ocurre, hombre? ¿No quiere llevar pasajeros?
El caballo se detuvo junto a él y alzó la cabeza, irguiendo las orejas al oír la voz.
—¡Cochero! —exclamó Desmond imperiosamente.
No obtuvo respuesta. El cochero permanecía inmóvil en el pescante, con las riendas flojas sobre la barra y el cuello del sobretodo levantado de tal modo que la mayor parte de su cara quedaba cubierta.
—¡Cochero! —repitió Desmond, cada vez más irritado—. Si no me equivoco está libre, ¿no es así? Mi esposa y yo queremos ir a Gadstone Park.
El hombre continuó sin moverse y sin sujetar el caballo, y éste se movía pausadamente, reposando primero sobre una pata y luego sobre la otra y poniendo en peligro a Gwendoline, que trataba de subir al coche.
—¡Por amor de Dios, hombre! ¿Le ocurre algo? —Desmond estiró el brazo, le agarró los faldones del sobretodo y tiró con fuerza—. ¡Sujete a su animal!
Con horror vio cómo el hombre se inclinaba hacia él y, perdiendo el equilibrio, caía desmadejado del pescante y daba con su cuerpo en el suelo, ante sus pies.
La primera idea que le vino a Desmond a la cabeza fue que el hombre había perdido el sentido debido a un exceso de alcohol. No sería ni mucho menos el único cochero que se protegía de las interminables horas expuesto a aquella penetrante niebla ingiriendo más alcohol del que podía soportar. Lo comprendía perfectamente, aunque no por eso dejaba de ser un fastidio de mil demonios, y si no hubiera sido porque Gwendoline podía oírle y él estaba obligado a contener la lengua, habría soltado una retahíla de juramentos.
—Está borracho —observó con exasperación.
Gwendoline avanzó y le miró.
—¿No podemos hacer algo? —preguntó sin tener idea de qué podía ser ese algo.
Desmond se inclinó y puso al hombre boca arriba en el preciso momento en que el viento removía la niebla y la luz de la farola iluminaba su cara.
Por terrible que pudiera parecer, saltaba a la vista que estaba muerto; más aún, que llevaba tiempo muerto. Todavía más espantoso que la carne pálida y abotargada era el dulzón olor de la putrefacción y los restos de tierra que tenía en el pelo.
Por un instante reinó el silencio, un instante lo bastante largo para tomar aire y hacer un gesto de asco; entonces Gwendoline soltó un chillido alto y agudo que la noche ahogó de inmediato.
Desmond se puso en pie lentamente, con el estómago revuelto, e intentó interponerse entre ella y el cuerpo que se extendía sobre el pavimento. Creía que Gwendoline se iba a desmayar y aun así no sabía qué hacer. Al ver que se le venía encima, la sostuvo, pero su peso era tal que sólo a duras penas logró mantener el equilibrio.
—¡Socorro! —gritó desesperadamente—. ¡Ayúdenme!
El caballo estaba acostumbrado al indescriptible bullicio de las calles de Londres y apenas se había alterado por el chillido de Gwendoline. El grito de Desmond ni siquiera le inmutó.
Éste volvió a gritar a voz en cuello al tiempo que procuraba evitar que Gwendoline se le resbalara de las manos y cayera al sucio pavimento. Tenía que hallar la manera de librarse del horror que tenía a sus espaldas antes de que ella recuperara el conocimiento y se pusiera completamente histérica.
Le parecieron minutos los que pasó rodeado por las volutas de niebla en compañía de la impotente presencia del coche, cuyo silencio sólo rompía la respiración del caballo. Finalmente oyó unos pasos y una voz, y vio una figura.
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa? —Un hombre enorme se materializó en la niebla. Llevaba una bufanda de lana y un abrigo cuyos faldones se agitaban—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Les han atacado?
Desmond seguía sosteniendo a Gwendoline, quien por fin empezaba a despabilarse. Miró al hombre y vio una cara carente de atractivo pero que reflejaba inteligencia y sentido del humor. Visto en el nimbo que formaba la luz de gas, el hombre no era enorme sino simplemente alto, y llevaba una cantidad excesiva de prendas de abrigo, ninguna de las cuales parecía puesta correctamente.
—¿Les han atacado? —repitió el hombre.
Desmond hizo un esfuerzo por recuperar, en la medida de lo posible, la serenidad.
—No. —Agarró a Gwendoline con más fuerza, pellizcándola sin querer—. No, pero… pero el cochero está muerto. —Se aclaró la garganta y tosió al notársela fría como consecuencia de la niebla—. Creo que está muerto desde hace cierto tiempo. Mi esposa se ha desmayado. Si fuera tan amable de ayudarme, señor, voy a intentar reanimarla; luego creo que deberíamos llamar a la policía. Supongo que se hacen cargo de esta clase de cosas. Es espantoso. A este pobre hombre no se le puede dejar aquí.
—Yo soy la policía —replicó el hombre apartando la mirada para observar la forma que yacía en el suelo—. Soy el inspector Pitt. —Buscó distraídamente en su bolsillo un documento de identificación y sacó un cortaplumas y un ovillo de cuerda. Renunciando a la búsqueda, se inclinó junto al cadáver y le tocó la cara por un momento y a continuación la tierra que tenía en el pelo.
—Está muerto… —comentó Desmond—. Incluso… incluso parece casi como si le hubieran enterrado y… desenterrado.
Pitt se puso en pie y se frotó las manos en el costado como si así pudiera hacer desaparecer la sensación que le había causado el contacto con el cadáver.
—Sí, creo que está usted en lo cierto. Es terrible… realmente terrible.
Gwendoline, que había vuelto en sí, se irguió y libró a Desmond de su peso, aunque continuó apoyada contra él.
—Todo va bien, querida —se apresuró a decir al tiempo que procuraba mantenerla de espaldas al inspector y el cadáver—. La policía se hará cargo del asunto. —Al decir esto, miró con gesto severo a Pitt intentando que sus palabras parecieran una orden. Ya iba siendo hora de que aquel hombre hiciera algo más útil que limitarse a darle la razón acerca de lo que resultaba obvio.
Antes de que Pitt pudiera responder, una mujer surgió de la oscuridad, bella y con una calidez en las facciones que se conservaba a pesar de la humedad que inundaba la calle aquella noche de enero.
—¿Qué ocurre? —Miró a Pitt.
—Charlotte —contestó él titubeante, sin saber por un instante cuánto debía contarle—, este cochero está muerto. Parece que lleva cierto tiempo sin vida. Tendré que encargarme de todo. —Se volvió hacia Desmond—. Mi esposa, señor… —Dejó la frase inacabada.
—Desmond Cantlay. —A Desmond le molestó presentarse socialmente a la esposa de un policía, pero el inspector no le había dejado ninguna alternativa cortés—. Y ésta es lady Cantlay —añadió con un leve gesto de la cabeza en dirección a Gwendoline.
—Mucho gusto, señor Cantlay —replicó Charlotte con sorprendente templanza—. Lady Cantlay.
—Encantada —respondió Gwendoline con un hilo de voz.
—¿Serían tan amables de darme su dirección? —preguntó Pitt—. Es sólo por si se abre una investigación. Estoy seguro de que desean llamar otro coche e irse a casa cuanto antes.
—Sí —se apresuró a admitir Desmond—. Sí… Vivimos en Gadstone Park, en el número veintitrés. —Quería hacer notar que no le sería posible colaborar en ninguna investigación, ya que no conocía al hombre ni tenía la menor idea acerca de qué le había ocurrido. No obstante, en el último momento comprendió que lo mejor sería no tocar aquel tema. El mero hecho de poder marcharse ya era motivo suficiente de satisfacción.
Hasta que él y su esposa se encontraron en otro coche camino de casa no reparó en que la esposa del policía tendría que volver a su casa sola o esperar junto a su marido a que llegara el coche del depósito de cadáveres para acompañarle a él y al cadáver. Tal vez debiera haberse ofrecido a llevarla. Pero ya era demasiado tarde, y lo mejor era olvidar aquel desagradable asunto lo antes posible.
Charlotte y Pitt seguían en la calle al lado del cadáver. Pitt no podía dejar marchar sola a su esposa con la niebla que hacía, pero tampoco podía dejar de vigilar el cadáver. Volvió a buscar en sus bolsillos y al fin encontró su silbato. Lo hizo sonar enérgicamente un par de veces.
—¿Cómo es posible que un cochero lleve muerto tanto tiempo? —preguntó Charlotte con voz queda—. El caballo le habría llevado a casa.
Pitt arrugó la frente y frunció su larga y curvada nariz.
—Eso sería lo lógico.
—¿Cómo habrá muerto? ¿De frío? —Su voz denotaba pena.
Él la acarició con suavidad en la mejilla, un gesto que la confortaría más de lo que él pudiese decir en una hora.
—No lo sé —musitó al fin—. Pero lleva muerto bastante tiempo, tal vez una semana o más. Y tiene tierra en el pelo.
Charlotte palideció.
—¿Tierra? —repitió—. ¿En Londres? —Sin mirar al cadáver, preguntó—: ¿Cómo ha muerto?
—No lo sé. El forense…
Pero antes de que tuviera tiempo de expresar la idea que tenía en la cabeza, un agente de policía surgió repentinamente de la oscuridad seguido poco después por otro. Pitt explicó en pocas palabras lo sucedido y les dijo que se encargaran de todo. Le llevó diez minutos encontrar otro coche de punto, pero para las once y cuarto él y Charlotte ya estaban en casa.
Aunque silenciosa, la casa estaba caliente después del frío penetrante de la calle. Jemima, su hija de dos años, pasaba la noche con la señora Smith, que vivía en la casa de enfrente. Charlotte había preferido dejarla allí en lugar de despertarla a aquellas horas.
Pitt cerró la puerta y dejó fuera el mundo, los Cantlay, los cocheros muertos y la niebla; todo excepto las notas de música que le recordaban el regocijo y el color de la ópera. Al casarse con él, Charlotte había renunciado sin rechistar a la comodidad y la posición social de la casa de su padre. Ésta era la segunda vez que había podido llevarla al teatro, y por tanto era una ocasión digna de celebrarse. Había pasado toda la velada mirando alternativamente el escenario y la cara de su esposa, y el júbilo que había visto en ella valía todos los esfuerzos económicos realizados y todos los peniques ahorrados para la ocasión. Sonriendo, se apoyó contra la puerta y la estrechó suavemente entre sus brazos.
La niebla se transformó en lluvia y ésta en aguanieve. Dos días después, Pitt estaba sentado en su despacho de la comisaría cuando un sargento entró con una mueca de disgusto. Pitt alzó la vista y preguntó:
—¿De qué se trata esta vez, Gilthorpe?
—¿Recuerda el cochero muerto que encontró anteanoche, inspector?
—¿Qué sucede? —Se trataba de algo que Pitt hubiera preferido olvidar; era sólo una tragedia más, y bastante habitual, salvo el tiempo que llevaba muerto el hombre.
—Bueno… —Gilthorpe cargó su peso sobre el otro pie—. Por lo visto no era cochero. Hemos encontrado una tumba abierta…
Pitt se quedó helado; en algún rincón recóndito de su mente se había temido algo parecido cuando había visto aquella cara hinchada y había palpado la húmeda tierra adherida al pelo; era algo repugnante e indecente, pero no le había dado importancia.
—¿La de quién? —preguntó con serenidad.
Las facciones de Gilthorpe se endurecieron.
—La de un tal lord Augusto Fitzroy-Hammond, inspector.
Pitt cerró los ojos como si no viendo a Gilthorpe pudiera borrar lo que éste acababa de decir.
—Murió hace apenas tres semanas, inspector. —La voz de Gilthorpe prosiguió inexorablemente—. Fue enterrado hace quince días. Un funeral por todo lo alto, según dicen.
—¿Dónde? —inquirió Pitt mecánicamente, siguiendo adelante a pesar de que su mente todavía trataba de escapar.
—En Saint Margaret, señor. Hemos apostado un guardia, por supuesto.
—¿Para qué? —Pitt abrió los ojos—. ¿Qué mal puede hacerle nadie a una tumba?
—Es por los mirones, señor —contestó Gilthorpe sin inmutarse—. Alguien podría caerse en ella. Es muy difícil salir de una tumba. Las paredes son muy altas y están muy húmedas en esta época del año. Además el ataúd sigue estando allí —añadió adoptando una postura de firmes para indicar que ya había terminado y esperaba órdenes.
Pitt alzó la vista y le miró.
—Supongo que debo ir a ver a la viuda para que identifique el cadáver. —Se puso en pie soltando un suspiro—. Dígales a los del depósito que lo adecenten todo lo posible, ¿de acuerdo? Va a resultar muy desagradable, tanto si es él como si no lo es. ¿Dónde vive?
—En el doce de Gadstone Park, inspector. Las casas de por allí son todas majestuosas; no me extrañaría que fueran muy ricos.
—Es posible —dijo Pitt lacónicamente. Curiosamente, la pareja que había encontrado el cadáver también vivía allí. Toda una coincidencia—. Muy bien, Gilthorpe. Dígales a los del depósito que preparen a su señoría para la visita.
Cogió su sombrero y, tras encasquetárselo, se puso la bufanda y salió a la calle, donde seguía lloviendo.
Tal como había dicho Gilthorpe, Gadstone Park era una zona muy pudiente, formada por grandes casas apartadas de la calle y un elegante parque en el centro donde crecían laureles, rododendros y unas exquisitas magnolias; al menos eso creyó ver al fijarse en su raquítico aspecto invernal. La lluvia había vuelto a dar paso al aguanieve, y la oscuridad del día anunciaba nieve.
Se estremeció al notar una gota de agua que se le metía por el cuello y se escurría fríamente por la espalda. Por muchas bufandas que se pusiera, siempre tenía que ocurrirle aquello.
El número 12 era la clásica casa georgiana, con una calzada curva que se extendía bajo el soportal de la entrada. Las dimensiones le resultaron agradables. A pesar de que desde su infancia como hijo de un guardabosque nunca había vuelto a vivir en un lugar semejante, le satisfacía verlo. Aquellas casas agraciaban la ciudad y proporcionaban a todo el mundo un motivo para soñar.
Al ver que una ráfaga de viento sacudía un enorme laurel situado al lado de la puerta y le cubría a él de agua, se caló el sombrero aún más. Llamó a la campanilla y aguardó.
Abrió la puerta un lacayo vestido de negro. Pitt pensó fugazmente que aquel hombre no había atendido a su verdadera misión en la vida: la naturaleza lo había destinado para enterrador.
—¿Sí… señor? —El tono evidenció una leve vacilación. El lacayo había reconocido a un hombre de clase inferior y le había clasificado de inmediato entre las personas que debían acudir a la puerta de servicio.
Pitt estaba más que habituado a aquella clase de miradas, por lo que no le sorprendió. No tenía tiempo para jueguecitos de ingenio y era menos cruel dar la noticia sin rodeos, sin dejar que se abriera camino poco a poco a través de la jerarquía de los sirvientes.
—Soy el inspector Pitt, de la policía. Vengo por un asunto relacionado con la tumba del fallecido lord Augusto Fitzroy-Hammond. Se ha cometido una atrocidad. Desearía hablar con lady Fitzroy-Hammond a fin de zanjar este asunto lo más rápida y discretamente posible.
El lacayo se sobresaltó y abandonó su fúnebre compostura.
—Pase… pase, por favor.
Echó a andar y Pitt le siguió, demasiado incómodo ante la entrevista que debía afrontar como para agradecer todavía el calor de la casa. El lacayo le condujo a la sala de las mañanas y le dejó, posiblemente para comunicar al mayordomo la terrible noticia y transferirle la carga de la próxima decisión.
Pitt no tuvo que esperar mucho tiempo. Lady Fitzroy-Hammond entró en la habitación con el semblante pálido y se detuvo apenas cruzado el umbral. Pitt esperaba a una mujer bastante mayor; el cadáver aparentaba al menos sesenta años, quizá más; sin embargo, aquella mujer no podía tener más de veinte. Ni siquiera el negro del luto alcanzaba para ocultar el color y la textura de su piel o el aire cimbreante de sus movimientos.
—¿Dice que se ha cometido una… atrocidad, señor…? —preguntó con voz queda.
—Inspector Pitt, señora. Así es. Lo lamento mucho. Alguien ha violado la tumba. —No había forma agradable de decirlo, ni delicadeza con que disimular lo repugnante del acto—. De todos modos hemos encontrado el cadáver, y nos gustaría que nos confirmara si es el de su difunto esposo.
Por un momento Pitt temió que la mujer fuese a desmayarse. Había sido una estupidez por su parte; tal vez debería haber esperado a que estuviese sentada, tal vez incluso a que le acompañara una doncella.
Avanzó con idea de sostenerla si se desplomaba, pero al ver que lo miraba con expresión de alarma, sin comprender qué estaba haciendo, se detuvo, consciente de que temía su proximidad física.
—¿Quiere que llame a su doncella? —dijo con serenidad al tiempo que dejaba caer las manos.
—No —contestó ella con un gesto de negación. A continuación, haciendo un esfuerzo por dominarse, pasó lentamente por su lado en dirección al sofá—. Gracias, estoy perfectamente. —Respiró hondo—. ¿Es realmente necesario que vaya a…?
—A menos que haya algún pariente cercano… —contestó él, deseando poder contestar de otra manera—. Quizá un hermano o… —A punto estuvo de añadir «hijo», pero se percató de que sería una falta de tacto. No sabía si se trataba de la segunda esposa del fallecido. De hecho, se había olvidado de preguntarle a Gilthorpe la edad de su señoría.
—No —respondió ella—. Sólo está Verity, la hija de lord Augusto, y su madre, por supuesto, pero es una anciana y está algo inválida. Iré yo. ¿Puede acompañarme mi doncella?
—Sí, por supuesto. Será preferible que así sea.
Lady Fitzroy-Hammond se puso en pie y tiró del cordón de la campanilla. Cuando apareció la sirvienta, le pidió que dijera a su doncella que trajera su capa y se preparara para salir a la calle. Tras ordenar que sacaran el coche, se volvió hacia Pitt y preguntó:
—¿Dónde… dónde le han encontrado?
No tenía sentido contarle los detalles. Tanto si le había amado como si se había casado con él por conveniencia, no era necesario que se enterara de lo ocurrido a la salida del teatro.
—En un cabriolé, señora.
Ella arrugó la cara.
—¿En un cabriolé? Pero… ¿por qué?
—No lo sé.
Al oír voces en el vestíbulo, le abrió la puerta, la acompañó fuera y le ayudó a subir al coche. Ella no hizo más preguntas, y durante el trayecto hasta el depósito permanecieron en silencio, mientras la doncella retorcía los guantes con las manos y evitaba incluso dirigir una mirada fortuita al inspector.
El coche se detuvo y el lacayo tendió una mano a lady Fitzroy-Hammond para que bajara. La doncella y Pitt lo hicieron sin ayuda de nadie. El edificio del depósito estaba al final de un corto sendero flanqueado por árboles desnudos de los que caían gotas de agua estremecedoramente gélidas y que salpicaban de manera incesante y azarosa cada vez que el viento las arrastraba.
Pitt llamó a la campanilla. Un hombre joven de cara sonrosada abrió la puerta inmediatamente.
—Somos el inspector Pitt y lady Fitzroy-Hammond. —Pitt se hizo a un lado para dejarla pasar.
—Ah, buenos días, buenos días. —Alegremente, el joven les hizo pasar y les condujo por el vestíbulo hasta una habitación llena de camillas discretamente tapadas con sábanas—. Usted debe de estar tras la pista del número catorce. —Su cara resplandecía de orgullo profesional.
Al lado de la camilla había una silla provista de una jofaina, presumiblemente para los casos en que los familiares de visita se sintieran indispuestos, y una jarra de agua y tres vasos sobre una mesa situada al fondo de la sala.
La doncella sacó su pañuelo previsoramente y Pitt se preparó para prestar ayuda física llegado el caso.
—En efecto. —El joven se ajustó las gafas sobre la nariz y apartó la sábana para descubrir el cadáver. Le habían quitado la ropa y peinado pulcramente el escaso pelo que conservaba, pese a lo cual seguía ofreciendo un aspecto repelente. La piel, cubierta de manchas, había empezado a desprenderse en algunas partes y el olor era intensísimo y repugnante.
Lady Fitzroy-Hammond se cubrió la cara con las manos, dio un paso hacia atrás y derribó la silla. Pitt la levantó con presteza y la doncella ayudó a su señora a sentarse. Nadie dijo nada.
El joven volvió a echar la sábana sobre el cadáver y atravesó la habitación apresuradamente en busca de un vaso de agua. Lo hizo con la misma imperturbabilidad que si se tratara de un quehacer cotidiano. Probablemente lo era. Volvió y se lo entregó a la doncella, quien lo sostuvo delante de su señora.
Ésta bebió un trago y lo aferró con ambas manos, mostrando la blancura de sus dedos a la altura de los nudillos.
—Sí —dijo a media voz—, es mi marido.
—Gracias, señora —respondió Pitt sobriamente. Aquello no ponía fin al caso, aunque con toda probabilidad era todo lo que llegaría a saber sobre él. Aunque el robo de tumbas era, naturalmente, delito, no albergaba esperanzas de averiguar quién era el responsable de aquella indecencia y el motivo de la misma.
—¿Se siente bien como para irse? —preguntó—. Estoy seguro de que estará más cómoda en casa.
—Sí, gracias.
Se puso en pie, tuvo un momento de flaqueza y a continuación, seguida de cerca por la doncella, avanzó sin mucha firmeza en dirección a la puerta de salida.
—¿Eso es todo? —inquirió el joven con voz algo más baja pero todavía sanamente alegre—. ¿Puedo clasificarlo ya como «identificado» y dar orden de que lo entierren?
—Sí, puede hacerlo. Se llama lord Augusto Fitzroy-Hammond. Seguramente la familia le informará sobre qué preparativos desea —respondió Pitt—. El cadáver no tiene nada extraño, supongo.
—Nada en absoluto —contestó el joven animadamente. Las mujeres ya habían salido y no podían oírle—. Falleció hace tres semanas y ya había sido enterrado. Imagino que usted está al corriente de todo esto. —Meneó la cabeza y tuvo que ajustarse las gafas—. No comprendo qué motivo puede tener alguien para hacer algo así… Me refiero a desenterrar a un muerto. Ni siquiera lo ha diseccionado o algo semejante, como solían hacer los estudiantes de medicina o los brujos de la magia negra. El cadáver está intacto.
—¿No tiene ninguna marca? —Pitt no sabía por qué preguntaba aquello. No esperaba que el cadáver las tuviera. Se trataba de un sencillo caso de profanación, nada más. Lo habría hecho algún trastornado de mente retorcida.
—Ninguna —le aseguró el joven—. Un caballero de edad avanzada, bien cuidado, bien alimentado, algo entrado en carnes, pero no más que las personas de su edad. De manos suaves y muy limpias. Jamás había visto a un lord muerto, al menos que yo sepa, pero tiene exactamente el mismo aspecto que esperaba.
—Gracias —dijo Pitt—. En tal caso no hay mucho más que yo pueda hacer.
El inspector asistió al segundo entierro por una cuestión de rutina. Cabía la posibilidad de que el responsable de la atrocidad acudiera a ver el efecto que su acción había tenido sobre la familia. Quizá aquél fuera el motivo, un odio larvado que todavía no había hallado desahogo, ni siquiera a través de la muerte.
Naturalmente, todo se llevó a cabo con discreción; uno evita levantar revuelo al enterrar a una persona por segunda vez. Pese a ello, se había reunido un considerable número de personas para presentar sus respetos, tal vez por condolencia hacia la viuda más que por rendir un nuevo homenaje al difunto. Iban todos vestidos de luto y sus coches lucían cintas negras. Avanzaron en procesión hasta la tumba y allí se quedaron, con la cabeza gacha bajo la lluvia. Sólo un hombre cometió la insensatez de levantarse el cuello del gabán por mor de la comodidad. Todos los demás pasaron por alto el gesto fingiendo que no había tenido lugar. ¿Qué suponía el pequeño fastidio de unas frías gotitas resbalando por el cuello cuando uno se enfrentaba con la solemnidad de la muerte?
El hombre que se había levantado el cuello del gabán era delgado, mediría unos cinco centímetros de estatura por encima de la media y mostraba en las comisuras de sus delicados labios las profundas arrugas propias de una persona con sentido del humor. Era un rostro caracterizado por la ironía, de cejas puntiagudas; su expresión, sin embargo, no evidenciaba la menor jovialidad.
El policía que vigilaba la zona se encontraba al lado de Pitt para indicarle cualquier persona que le fuera desconocida.
—¿Quién es ese hombre? —musitó Pitt.
—El señor Somerset Carlisle, inspector —contestó el agente—. Vive en el parque, en el número dos.
—¿A qué se dedica?
—Es un caballero, señor.
Pitt no se tomó la molestia de insistir. Incluso los caballeros tenían de vez en cuando ocupaciones fuera de su ámbito social; de todos modos no tenía importancia.
—Aquélla es lady Alicia Fitzroy-Hammond —prosiguió el agente ociosamente—. Todo esto es muy triste. Contrajeron matrimonio hace sólo unos años, según tengo entendido.
Alicia estaba pálida pero bastante serena; probablemente sentía alivio de que todo aquel asunto llegase prácticamente a su fin. A su lado, también completamente de negro, había una mujer más joven, de unos veinte años, con el pelo castaño miel, y los ojos bajos como era de rigor.
—Miss Verity Fitzroy-Hammond —se apresuró a informarle el agente—. Una joven señorita muy agradable.
Pitt no consideró necesario contestar. Su mirada se trasladó al hombre y la mujer que estaban detrás de la joven. Él era fornido, probablemente habría tenido un físico atlético en su juventud, y no parecía sentirse incómodo de pie. Tenía la frente despejada, la nariz larga y recta y, de no ser por cierto defecto que tenía en la boca, su aspecto habría resultado muy agradable. En todo caso se trataba de un hombre bien parecido. La mujer que había a su lado tenía unos bonitos ojos oscuros y el pelo negro con un maravilloso mechón plateado que le caía de la sien derecha.
—¿Quiénes son aquel hombre y aquella mujer? —preguntó Pitt.
—Lord y lady St. Jermyn —respondió el agente con un tono más alto de lo que Pitt hubiera deseado. Con el silencio que reinaba en el cementerio, incluso la caída de la lluvia era audible.
El entierro llegó a su fin y, uno a uno, todos los asistentes fueron dando media vuelta para marcharse. Pitt reconoció al señor Desmond Cantlay y a su esposa, a quienes recordaba de la salida del teatro, y confió en que hubieran tenido el tacto de no mencionar la parte que les había tocado en aquella cuestión. Era posible que lo hubiesen tenido; el señor Desmond Cantlay le había parecido una persona no carente de consideración.
El último asistente en salir, acompañado por un hombre bastante corpulento de cara amable y poco atractiva, fue una anciana alta y delgada de porte majestuoso y una dignidad casi imperial. Incluso los sepultureros titubearon y se tocaron el ala del sombrero mientras aguardaban a que se alejara para comenzar su trabajo. Pitt la vio claramente sólo por un momento, pero con ello le bastó. Conocía aquella nariz larga y aquellos ojos brillantes con párpados abultados. A sus ochenta años todavía le quedaba más belleza que la mayoría de mujeres llega a poseer nunca.
—Tía Vespasia. —La sorpresa le hizo olvidar las circunstancias y exclamar en voz alta.
—¿Perdón, señor? —preguntó el agente.
—La última señora en irse era lady Cumming-Gould, ¿verdad? —dijo Pitt volviéndose hacia él.
—Sí, señor. Vive en el número dieciocho. Se trasladó aquí en otoño. El anciano señor Staines murió en febrero de 1885, es decir, hace casi un año. Lady Cumming-Gould compró la casa a finales del verano.
Pitt se acordaba perfectamente del verano anterior. Había sido entonces, durante el escándalo de Paragon Walk, cuando había conocido a Vespasia, la tía abuela de Emily, la hermana de Charlotte. Mejor dicho, era la tía del marido de Emily, lord George Ashworth. No esperaba volver a verla, pero se acordaba de lo mucho que le había gustado su mordacidad y su desconcertante franqueza. De hecho, si Charlotte hubiera contraído matrimonio por encima de su nivel social en lugar de por debajo, habría cabido la posibilidad de que con el tiempo se hubiera convertido en una anciana igualmente devastadora.
El agente le estaba mirando de hito en hito, con cara de escepticismo.
—¿Entonces la conoce, inspector?
—Por otro caso. —Pitt prefirió no dar explicaciones—. ¿Ha visto a alguien que no viva en el parque o que no sea conocido de la viuda o la familia?
—No, no he visto a nadie excepto a las personas que uno esperaría ver. Quizá los ladrones de tumbas no regresan al lugar del crimen o quizá regresan por la noche.
Pitt no estaba de humor para sarcasmos, y menos aún si éstos venían de un agente de ronda.
—Quizá debiera apostarle aquí, agente —dijo con mordacidad—. Por si acaso…
Al agente se le ensombreció la cara, pero se le volvió a iluminar en cuanto dedujo que Pitt sólo estaba usando su ingenio.
—Si piensa que servirá para algo, inspector… —repuso fríamente.
—Sólo para constiparse —replicó Pitt—. Voy a presentar mis respetos a lady Cumming-Gould. Quédese aquí vigilando el resto de la tarde —agregó con malicia—, por si viene alguien a echar un vistazo.
El agente soltó un bufido y lo transformó en un estornudo bastante ineficaz.
Pitt se alejó y, alargando la zancada, dio alcance a tía Vespasia. Ella no le hizo caso. No se habla con los sirvientes durante un funeral.
—Lady Cumming-Gould —dijo con claridad.
Ella se detuvo y se volvió lentamente, dispuesta a fulminarle con la mirada. Entonces vio algo en su estatura y en la manera en que los faldones de su abrigo se agitaban que le resultó familiar. Buscó sus impertinentes y los sostuvo delante de los ojos.
—¡Dios santo! ¡Thomas! ¡Qué demonios haces tú aquí! Oh, claro… Supongo que estás buscando a la persona que ha desenterrado al pobre Gussie. No concibo que alguien pueda hacer algo semejante. Es verdaderamente repugnante. No supone más que trabajo para todo el mundo y es de todo punto innecesario. —Le miró de arriba abajo—. No pareces haber cambiado en absoluto, si exceptuamos que llevas más ropa encima. ¿No puedes ponerte algo que armonice? ¿Dónde has comprado esa espantosa bufanda? Emily ha tenido un hijo, ¿lo sabías? Claro, ¿cómo no lo ibas a saber? Le llamará Edward, como su padre. Mejor ese nombre que George: es un fastidio llamar a un niño igual que su padre; nunca se sabe de cuál de los dos se está hablando. ¿Cómo está Charlotte? Dile que me llame; me muero de aburrimiento con la gente que vive en el parque. La única excepción es ese americano con cara de pastel. Es el hombre menos agraciado que conozco, pero es realmente encantador. No tiene la menor idea de cómo ha de comportarse, pese a que es más rico que Creso. —En sus ojos brilló un destello de ironía—. No saben qué hacer con él, si mostrarse atentos con él a causa de su dinero o rehuir su trato debido a sus maneras. Espero sinceramente que se quede.
Pitt sonrió a pesar de que la lluvia le caía por el cuello y de que los mojados bajos del pantalón se le pegaban a los tobillos.
—Transmitiré a Charlotte su mensaje —dijo haciendo una pequeña inclinación—. Le encantará saber que la he visto y que se encuentra bien.
—¡Por supuesto! —exclamó tía Vespasia soltando un bufido—. Dile que venga temprano, antes de las dos. De ese modo no se topará con ninguna de las personas que vienen a visitarme, que no tienen otra cosa que hacer que competir con sus vestidos.
Tía Vespasia guardó los impertinentes y bajó rápidamente por el sendero, sin dar importancia a que las faldas del vestido se le mancharan de barro.