6

Pitt no podía hacer nada excepto irse a casa, por lo que tras dar las gracias al ayudante, salió a la calle, donde seguía lloviendo. Anduvo durante media hora sin parar y finalmente enfiló su calle. Cinco minutos más tarde se encontraba sentado enfrente del fogón de la cocina, cuyo guardafuego había abierto para que saliera el calor, con los bajos del pantalón levantados y los pies metidos en una jofaina llena de agua caliente. Charlotte estaba de pie a su lado sosteniendo una toalla.

—¡Estás empapado! —exclamó con irritación—. Tienes que comprarte un par de botas nuevas. ¿Dónde demonios has estado?

—En el depósito de cadáveres. —Movió lentamente los dedos del pie en el agua, dejando que la placentera sensación invadiera poco a poco todo su cuerpo. Estaba caliente y el hormigueo que le producía aliviaba el entumecimiento de los pies con una caricia casi dolorosa—. Ha aparecido otro cadáver.

Ella le miró fijamente con la toalla entre las manos.

—¿Quieres decir que han vuelto a desenterrar uno? —preguntó con incredulidad.

—Sí. Debe de llevar muerto tres o cuatro semanas.

—Oh, Thomas. —Sus ojos se ensombrecieron con expresión de horror—. ¿Qué clase de monstruo puede ser capaz de desenterrar muertos y dejarlos en coches o iglesias? Es una locura. —De repente, le vino una idea y palideció—. ¡Oh! No pensarás que lo ha hecho otra persona, ¿verdad? Quiero decir, ¿crees posible que, en caso de que lord Augusto fuera asesinado o de que alguien lo crea así y haya desenterrado su cadáver para llamar la atención sobre ello, la persona que le mató o alguien que tema ser sospechoso del crimen haya desenterrado el cadáver de un hombre al que ni siquiera conoce para enrevesar la hipótesis del asesinato?

Pitt la miró pensativamente, olvidándose del agua caliente.

—¿Eres consciente de lo que estás diciendo? —le preguntó mirándola fijamente—. Eso apuntaría a Dominic o a Alicia, o a ambos.

Charlotte guardó silencio durante varios segundos. Le entregó la toalla y, cuando él se hubo secado los pies, cogió la jofaina y tiró el agua por el fregadero.

—No creo que sea ése el caso —respondió, todavía de espaldas a él.

Pitt no advirtió angustia en su voz, sólo duda y un poco de sorpresa.

—¿Quieres decir que Dominic no es capaz de cometer un asesinato? —preguntó procurando adoptar un tono impersonal. Sin embargo no pudo evitar que en sus palabras hubiera cierta acritud, reflejo de sus antiguos temores.

—Sí. —Secó la jofaina y la guardó—. Pero incluso en caso de que hubiera asesinado a alguien, estoy segura de que no se le ocurriría desenterrar cadáveres y dejarlos por ahí para ocultar el asesinato. A menos que haya cambiado más de lo que considero posible que cambia la gente.

—Quizá Alicia le haya cambiado —insinuó Pitt. Pero ni él mismo creía aquella posibilidad. Esperaba que su esposa le dijera que podría haber sido Alicia con ayuda de otra persona. Tenía dinero de sobra para pagar a alguien. Pero Charlotte no dijo nada—. Lo han encontrado en el parque. —Extendió la mano para alcanzar los calcetines secos; ella descolgó el tendedero del techo para que los cogiera y luego volvió a ponerlo en su sitio—. Sentado en un banco —agregó—. Por la descripción que me han dado, creo que se trata del hombre cuya tumba profanaron la semana pasada: el señor W. W. Porteous.

—¿Tiene alguna relación con Dominic y Alicia o con algún residente de Gadstone Park? —preguntó Charlotte al tiempo que se volvía hacia el fogón—. ¿Te apetece un poco de sopa antes de cenar?

—Sí, por favor —respondió él de inmediato—. ¿Qué hay para cenar?

—Pastel de riñón y carne. —Cogió un tazón y una cuchara y le sirvió una generosa ración de sopa, llena de puerros y cebada—. Ten cuidado, está muy caliente.

Él alzó la mirada y, sonriéndole, cogió el tazón y lo apoyó sobre las rodillas tratando de colocarlo de manera estable. Tenía razón; estaba muy caliente. Le puso debajo un paño de cocina para protegerse y por fin respondió:

—Ninguna en absoluto, que yo sepa.

—¿Dónde vivía? —Charlotte se sentó delante de él y esperó a que terminara la sopa antes de servir la carne y la verdura. Le había costado cierto tiempo aprender a cocinar bien y de manera económica, y le gustaba observar el resultado de sus esfuerzos.

—Cerca de Resurrection Row —contestó Pitt, sosteniendo la cuchara.

Ella frunció el entrecejo, perpleja.

—Tenía entendido que esa zona era bastante… bastante pobre.

—Y lo es. Esa calle está en malas condiciones, y el lugar es algo sórdido. Que yo sepa tiene dos burdeles, ambos disimulados con gran discreción. También hay una casa de empeños donde hemos encontrado una cantidad de objetos robados mayor que de costumbre.

—Bueno, Dominic no puede tener relación alguna con ese sitio, y Alicia aún menos —dijo Charlotte con convicción—. Es posible que Dominic haya estado en un lugar como ése; incluso los caballeros llegan a hacer ese tipo de rarezas…

—Sobre todo los caballeros —precisó Pitt.

Charlotte dejó pasar la ironía y prosiguió:

—En cambio a Alicia ni siquiera le sonará el nombre.

—¿Crees que no? —La pregunta era sincera; Pitt no lo sabía con seguridad.

Ella lo miró con paciencia, y por un momento ambos fueron conscientes de la distancia social que los separaba.

—Sin lugar a dudas —dijo meneando la cabeza levemente—. Las mujeres cuyos padres tienen pretensiones sociales, verdaderas o imaginarias, están más protegidas, e incluso encerradas, de lo que crees. Papá no me permitía leer el periódico, aunque yo, a diferencia de Sarah y Emily, solía ir a hurtadillas a la despensa del mayordomo para cogerlo. Papá pensaba que no era apropiado que una señorita supiera nada controvertido o mínimamente escandaloso o molesto. Tales cosas no se podían mencionar en una discusión…

—Ya sé que… —dijo Pitt, pero fue interrumpido.

—¿Crees que el comportamiento de mi padre era inhabitual? —Volvió a menear la cabeza, esta vez con vehemencia—. Pues no, no lo era en absoluto. Mi padre no era ni más estricto ni más protector que cualquier otro. Las mujeres pueden saber qué es la enfermedad, un parto, la muerte, el aburrimiento o la soledad, pero nada sobre lo que se pueda discutir: la verdadera pobreza, las enfermedades endémicas o los crímenes. Sobre todo no pueden saber nada sobre el sexo. No se debe tener en consideración nada que resulte inquietante, sobre todo si una se siente empujada a ponerlo en tela de juicio o cambiarlo.

Pitt la miró sorprendido; estaba oyendo hablar a Charlotte de una parte de sus ideas que no conocía.

—No sabía que estuvieras tan resentida por ello —repuso lentamente, extendiendo el brazo para dejar el tazón sobre la mesa.

—¿No lo sabías? —le preguntó ella con tono desafiante—. ¿Sabes cuántas veces llegas a casa y me hablas de las tragedias que has visto y que nunca deberían haber ocurrido? Gracias a ti sé por lo menos que tras las calles elegantes se ocultan tugurios donde la gente se hacina y muere de hambre y frío, donde hay suciedad por todas partes y ratas y enfermedad, donde los niños aprenden a robar para sobrevivir en cuanto pueden dar dos pasos. Yo nunca he estado en tales sitios, pero sé que existen y puedo olerlos en tu ropa cuando llegas a casa por la noche. No hay otro olor que se le parezca.

Pitt pensó en Alicia, con sus sedas y su inocencia. Charlotte era igual que ella cuando la había conocido.

—Lo siento —musitó.

Ella abrió la tapa del horno con un trapo y sacó el pastel.

—No tienes por qué —dijo ella bruscamente—. Soy una mujer, no una niña, y puedo soportar enterarme de este tipo de cosas al igual que tú. ¿Qué vas a hacer con el asunto de ese Porteous? —Cogió un cuchillo y cortó una tajada de pastel; la salsa salió a borbotones por la gruesa costra de suero de color marrón. Por muchas casas atestadas de indigentes que hubiera, a Pitt aquel olor siempre le abría el apetito.

—Cerciorarme de que es realmente Porteous —contestó—. Luego, supongo, averiguar de qué murió y quién sabe algo acerca de él.

Charlotte sirvió las zanahorias y la col.

—Si el cadáver es del señor Porteous, ¿a quién pertenecía entonces el primer cadáver, el del coche?

—No tengo la menor idea. —Soltó un suspiro y cogió el plato de sus manos—. ¡Podría ser de cualquiera!

A la mañana siguiente Pitt centró su atención en el cadáver sin identificar. La solución de todo aquel asunto no podía excluirle, o al menos no podía excluir su nombre y la causa de su muerte. Tal vez fuera la víctima del asesinato, y lord Augusto el recurso utilizado para desviar la atención, para despistar. También cabía que ambos hombres hubieran estado involucrados en algo juntos.

Pero ¿qué asunto podía haber vinculado a lord Augusto Fitzroy-Hammond y al señor William Wilberforce Porteous de Resurrection Row y haber dado como resultado un asesinato? ¿Y el hombre que había aparecido en el coche? ¿Quién era la otra parte interesada, la persona que los había desenterrado a todos?

El primer paso era descubrir la causa exacta por la que había muerto el hombre aparecido en el coche de punto. Si había sido un asesinato, o cabía la posibilidad de que lo fuera, la profanación de la tumba de lord Augusto cobraba un significado totalmente nuevo. ¿Dónde estaba la tumba vacía y por qué nadie había denunciado la profanación? Cabía suponer que la habrían vuelto a llenar y dejado de tal manera que no llamara la atención.

Pero las defunciones normales requerían la certificación de un médico. Una vez conocida la naturaleza del fallecimiento, se podía empezar a investigar todas las muertes causadas por tal motivo. Poco a poco se irían eliminando casos hasta encontrar finalmente al difunto en cuestión. Así tendrían un nombre, una referencia y una historia.

En cuanto llegó a la comisaría, ordenó a su sargento que se ocupara del caso de malversación y subió al piso de arriba a pedir permiso para practicar una autopsia al cadáver sin identificar. Nadie puso ningún reparo. Al fin y al cabo, como no se trataba de lord Augusto y nadie se había presentado en la comisaría para reclamarlo, dadas las circunstancias debía considerarse la posibilidad de que fuera un asesinato. El permiso fue concedido de inmediato.

El siguiente paso consistía en la desagradable tarea de cerciorarse de que el último cadáver recibido en el depósito era el de W. W. Porteous, pese a que Pitt tenía pocas dudas al respecto. Volvió a ponerse el sombrero y el gabán, salió a la calle, donde lloviznaba intermitentemente, y cogió un ómnibus que se dirigía a Resurrection Row. Recorrió unos cien metros, dobló hacia la derecha y buscó el número 10, donde vivía la señora Porteous.

Era una de las casas más grandes de la calle; estaba algo desgastada por fuera, pero tenía el peldaño blanqueado y las ventanas adornadas recatadamente con visillos blancos. Hizo sonar la campanilla y dio un paso atrás.

—¿Sí? —Una fornida muchacha ataviada con un vestido de paño negro y un delantal almidonado abrió la puerta y le lanzó una mirada de interrogación.

—¿Está la señora Porteous en casa? Traigo información relacionada con su difunto marido.

Pitt sabía que si le decía que era de la policía, los sirvientes llevarían la noticia a toda la calle en menos de un día y el asunto se iría transformando en un escándalo a medida que fuera difundiéndose.

La muchacha se quedó boquiabierta.

—¡Oh! Sí, por supuesto, señor. Será mejor que pase. Si espera en el vestíbulo, le comunicaré a la señora Porteous que se encuentra aquí, señor. ¿Qué nombre he de mencionar?

—Señor Pitt.

—Bien, señor.

Dicho aquello, la doncella se marchó a informar a su señora.

Pitt se sentó. La habitación estaba atestada de muebles y objetos: fotografías, adornos, un dechado de encaje en el que se leía «Teme a Dios y cumple tu deber», arreglos de flores secas y dos plantas enormes, brillantes y verdes en sendos tiestos. Pitt sintió una intensa claustrofobia. Tenía la espantosa sensación de que aquel conjunto de cosas estaba vivo y de que, cuando él no miraba, se acercaba sigilosamente a él, hambriento y adoptando una actitud de defensa con respecto al extraño que había invadido su territorio. Al final prefirió esperar de pie.

La puerta se abrió y apareció la señora Porteous, tan vigorosamente encorsetada como siempre, peinada a la perfección y con las mejillas maquilladas de colorete. Su pechera estaba adornada con una innumerable cantidad de collares de cuentas de azabache.

—Buenos días, señor Pitt —dijo con inquietud—. Mi doncella me ha informado que me trae noticias sobre el señor Porteous.

—Sí, señora. Creo que lo hemos encontrado. Está en el depósito de cadáveres; si tuviera la bondad de identificarle, tendríamos la certeza de que es él y podríamos volver a enterrarle cuando corresponda…

—No permitiré que se celebre un segundo funeral —dijo ella, alarmada—. No sería correcto.

—Entiendo. Se trataría sólo del entierro, pero antes tenemos que cerciorarnos de que efectivamente es él.

La señora Porteous pidió a la doncella que le trajera el abrigo y el sombrero y siguió a Pitt a la calle. Todavía llovía un poco. Llamaron un coche de punto y partieron en dirección al depósito de cadáveres.

Pitt empezaba a sentir una especie de familiaridad antiséptica con aquel lugar. El ayudante seguía constipado y tenía ahora la nariz de un tono rosa brillante, pese a lo cual les recibió con la mejor sonrisa que permitía el decoro al que obligaba la presencia de la viuda.

La señora Porteous miró el cadáver, pero no tuvo necesidad ni de la silla ni del vaso de agua.

—Sí —dijo con calma—. Es el señor Porteous.

—Gracias, señora. Tengo algunas preguntas que hacerle, aunque quizá prefiera responderlas en un lugar más cómodo. ¿Preferiría ir a casa? El coche está esperando.

—Si no le importa —dijo en señal de asentimiento.

Sin mirar al ayudante, dio media vuelta y aguardó a que Pitt le abriera la puerta. Seguida de éste, salió a la calle, avanzó por el camino a pesar de la lluvia y subió de nuevo al coche.

Sentada en la sala de recibo de su casa, pidió a la doncella que trajera té caliente y se volvió hacia Pitt con las manos entrelazadas sobre el regazo y las cuentas de azabache brillantes a la luz de la lámpara. Con el día tan oscuro que hacía, resultaba imposible ver con claridad dentro de la casa si no se encendían las lámparas.

—Y bien, señor Pitt, ¿qué desea usted preguntarme? Se trata en efecto del señor Porteous. ¿Qué más quiere saber?

—¿Cómo murió, señora Porteous?

—En su cama, naturalmente.

—Me refiero a la causa del fallecimiento, señora —precisó Pitt procurando expresarse con claridad y evitar parecer ofensivo o causarle más dolor del necesario. Tras su extraordinaria compostura podía ocultarse fácilmente una profunda emoción.

—Una afección digestiva. Tiene nombre científico, claro está, pero lo ignoro. Llevaba tiempo enfermo.

—Comprendo. Lo lamento. ¿Quién era su doctor?

La señora Porteous enarcó las cejas.

—El doctor Hall, pero no entiendo para qué quiere saberlo. ¿No irá a decirme que sospecha que el doctor Hall ha profanado la tumba?

—No, por supuesto que no. —Pitt no sabía cómo explicarle que lo que cuestionaba era la causa de la muerte. Obviamente la señora Porteous no había considerado aquella posibilidad—. Lo que sucede es que para averiguar quién lo ha hecho es necesario recabar toda la información posible.

—¿Espera conseguirlo? —preguntó ella manteniendo una ecuanimidad absoluta.

—No —reconoció él con franqueza mirándola a los ojos con expresión casi risueña. Pero no halló respuesta en el rostro de la señora Porteous y apartó la mirada sintiéndose algo estúpido—. Sin embargo, no es el único caso que se ha dado —prosiguió con tono más profesional—, y cualquier cosa que tenga en común con los otros podría servirnos de ayuda.

—¿Que no es el único caso? —preguntó perpleja—. ¿Me está diciendo que la profanación de la tumba del señor Porteous está relacionada con las profanaciones de las que todo el mundo habla? ¡Debería darles vergüenza! ¿Cómo pueden permitir que les ocurran semejantes cosas a las personas respetables de Londres? ¿Por qué no hacen su trabajo? Eso es lo que me gustaría saber.

—No sé si existe relación, señora —respondió él pacientemente—. Eso es precisamente lo que intento descubrir.

—Es un lunático —dijo ella con firmeza—. Y si la policía no puede capturar a un lunático, no sé adónde iremos a parar. Él señor Porteous era un hombre muy respetable que nunca frecuentaba los ambientes disolutos de la sociedad; cada penique que tenía lo había ganado trabajando y jamás hizo una apuesta.

—Tal vez no haya relación, salvo la del momento de su muerte —indicó Pitt fatigadamente—. Lord Augusto también era un hombre respetable.

—Es posible —respondió ella misteriosamente—. Al señor Porteous no lo encontraron en Gadstone Park, ¿cierto?

—No, señora, lo encontraron sentado en un banco de St. Bartholomew’s Green.

—¡Qué disparate! —exclamó ella bruscamente—. El señor Porteous jamás iría a semejante lugar. No lo puedo creer; ya sabe usted la clase de gente que frecuenta ese sitio. Debe tratarse de una equivocación.

Pitt no se tomó la molestia de discutir; si aquella mujer quería aferrarse a las diferencias sociales incluso después de la muerte, él no se lo iba a impedir. Recordó la desgastada ropa que llevaba el cadáver; difícilmente se podía decir que le hubieran enterrado con sus mejores galas. Quizá en el último momento ella había decidido que el traje negro que los hombres como su marido llevaban los domingos era demasiado bueno para quedar sepultado en el olvido de una tumba. Evidentemente no había previsto que tal olvido sólo iba a ser temporal.

Se levantó.

—Gracias, señora. Si tengo que preguntarle algo más, volveré a visitarla.

—Iniciaré las gestiones para que vuelvan a enterrar al señor Porteous —dijo ella mientras hacía sonar la campanilla para que la doncella le acompañara a la puerta.

—Todavía no, señora. —Deseaba pedir disculpas, pues temía que fuera a escandalizarse—. Lo siento, pero hemos de llevar a cabo algunas pesquisas antes de permitir que se le entierre.

La señora Porteous le miró con una mueca de horror y, haciendo ademán de levantarse, dijo:

—Primero permiten que profanen su tumba y que abandonen su cuerpo en un parque al que van las mujeres públicas a ofrecerse, y ahora quiere hacer una investigación. Es una monstruosidad. Las personas decentes ya no están seguras en esta ciudad. Es usted una vergüenza para su… —Iba a decir «uniforme», pero, fijándose en la mezcolanza de colores que adornaba el atuendo de Pitt (todavía tenía el sombrero en la mano, goteando, y llevaba la bufanda de tal manera que uno de los extremos le colgaba desaliñadamente por delante), decidió no hacerlo—. ¡Es usted una vergüenza! —concluyó sin mucha convicción.

—Lo siento.

No se había disculpado por sí mismo, sino por toda la ciudad, por el conjunto de la sociedad que la había dejado sin nada excepto escasez y los accesorios de la respetabilidad.

El inspector habló con el médico y averiguó que el señor Porteous había muerto de una cirrosis hepática y que seguramente había visitado los bancos de St. Bartholomew’s Green antes de que un grotesco golpe de azar hubiera permitido que su cadáver quedase abandonado a la sombra de uno de sus árboles para ser abordado por una prostituta a la que ni siquiera los muertos sorprendían u horrorizaban.

Se marchó, preguntándose cómo serían las vidas de las personas que llegaban a semejante fin; qué fracasos habrían sufrido, qué circunstancias habrían alentado su soledad, qué pequeñas pero constantes derrotas les habrían infligido…

Con la ilusión de ver de nuevo a Alicia, Dominic se olvidó de Somerset Carlisle y del desventurado almuerzo. Ya se había celebrado el segundo entierro, por lo que a partir de aquel momento podrían pensar en el futuro a condición de que, al menos de puertas afuera, se observase un decoroso luto. No deseaba ofender sus sentimientos más delicados o ponerle en algún aprieto abordándola con demasiada rapidez, pero sí podía visitarla para presentarle sus respetos y pasar algo de tiempo en su compañía. Dentro de pocas semanas Alicia tendría libertad para salir, y aunque no pudiera ir al teatro o a fiestas, al menos acompañaría a su familia a la iglesia y daría paseos en coche para tomar el aire. No le importaba que Verity fuera con ellos para guardar las apariencias, ya que, en realidad, la joven le gustaba por sí misma. Ahora que había tomado confianza con él, resultaba una buena conversadora, y pese a su modestia tenía opiniones propias y un agudo sentido del humor con el que expresarlas.

En resumidas cuentas, Dominic se sentía de buen humor cuando llegó a Gadstone Park el jueves por la mañana y presentó su tarjeta a la doncella.

Alicia le recibió con jubiloso alivio y pasaron una hora de verdadera felicidad hablando de trivialidades y dando a entender todo lo demás. El mero hecho de estar juntos era suficiente; lo que dijeran resultaba irrelevante. Augusto había quedado en el olvido, y en sus pensamientos no había sitio siquiera para el recuerdo de las tumbas abiertas y los cuerpos errantes.

Dominic se marchó antes de la comida y cruzó el parque apresuradamente, con el cuello del gabán levantado para protegerse del viento del norte, que en aquel momento le resultó más enardecedor y excitante que frío. Entonces vio a una persona que venía en su dirección. En sus andares y en la relativa delgadez de sus hombros notó algo familiar que le hizo dudar e incluso considerar la posibilidad de atajar por el césped, pese a que estaba mojado y en malas condiciones. ¿Quién podía ser? Era demasiado pulcro y elegante para ser Pitt, pero tenía su estatura. El inspector llevaba un gabán cuyos faldones nunca dejaban de ondear y se ponía el sombrero en un ángulo diferente.

Dominic no reconoció a Somerset Carlisle hasta que estuvo lo bastante cerca para distinguir su cara, tan cerca que habría sido una descortesía cambiar de dirección.

—Buenos días —dijo sin aflojar el paso. No tenía ninguna gana de hablar con aquel hombre.

Carlisle se interpuso en su camino.

—Buenos días —le contestó, tras lo cual se volvió y echó a andar a su lado.

Aparte de reaccionar con una grosería espantosa, no había nada que Dominic pudiera hacer excepto tratar de trabar conversación.

—Hace un tiempo agradable —comentó—. Al menos este viento mantendrá alejada la niebla.

—Es un buen día para pasear —dijo Carlisle—. Abre el apetito.

—Sin duda.

Desde luego, aquel hombre era un pelmazo de mil demonios. No parecía darse cuenta de cuándo estaba molestando, y él no tenía ningún deseo de que le recordara el almuerzo al que le había invitado.

—Una comida agradable, con calma, al calor de una buena chimenea —prosiguió Carlisle—. Me encantaría tomar una sopa, una sopa sabrosa, exquisita…

No había manera de evitarlo. Dominic le debía una comida, y las obligaciones había que respetarlas si no se deseaba ser apartado de la sociedad. La metedura de pata que supondría no hacerlo no tardaría en ser advertida, y la noticia se extendería como el fuego.

—Una idea excelente —dijo haciendo acopio de valor—. ¿Qué le parecería un cuarto de cordero de segundo? Mi club no está lejos, y para mí sería una satisfacción si accediera a comer conmigo.

Carlisle le obsequió con una sonrisa de oreja a oreja, y Dominic tuvo la desagradable impresión de que la situación le resultaba en cierto modo divertida.

—Gracias —contestó—. Será un placer.

La comida no sólo no confirmó ninguno de los temores de Dominic sino que resultó verdaderamente grata. Carlisle no abordó en ningún momento el tema de la política y demostró ser una compañía agradable y saber hablar en la justa medida. Además, cuando tomaba la palabra resultaba animado e incluso ingenioso.

Dominic disfrutó plenamente de la comida y decidió repetirla en cuanto surgiera la ocasión. Estaba pensando precisamente en esto cuando de pronto se encontró en la calle, donde el viento arreciaba y empezaba a chispear. Carlisle llamó a un coche de punto y, para asombro de Dominic, ordenó que se detuviera un cuarto de hora más tarde en una sólida callejuela cuyas casas tenían un aspecto precario y se apiñaban como si fueran un grupo de borrachos sosteniéndose mutuamente para no derrumbarse.

—En el nombre de Dios, ¿dónde estamos? —preguntó con una mezcla de alarma y perplejidad.

La calle era un hervidero de rapaces y mocosos vestidos con ropa andrajosa y mujeres sentadas en los patios con las manos amoratadas de frío suspendidas sobre hileras de zapatos desgastados. De los sótanos de las casas salían trémulos destellos de luz. El ambiente estaba completamente saturado de un olor viciado y acre que Dominic no pudo identificar pero cuya presencia notaba claramente en lo más hondo de su nariz y en cada bocanada de aire que aspiraba.

—¿Dónde estamos? —repitió con creciente furia.

—En Seven Dials —contestó Carlisle—. En Dudley Street para ser exactos. Estas mujeres son vendedoras de calzado de segunda mano. Allí abajo —añadió señalando los sótanos— cogen zapatos viejos o robados y hacen un apaño con las partes aprovechables para luego venderlos. En otras partes hacen lo mismo con prendas de vestir: las deshacen y utilizan la tela que aún pueda aguantar durante cierto tiempo. La lana usada y remendada es mejor que el algodón nuevo, que es todo lo que pueden comprar. El algodón no abriga.

Dominic se estremeció. En aquella pavorosa calle hacía un frío glacial, y él estaba furioso con Carlisle por haberle llevado allí.

O Carlisle no se daba cuenta de ello o sencillamente le daba igual.

—¡Llame al coche! —masculló—. No tiene derecho a traerme aquí. Este lugar es… —No encontraba palabras.

Espantado por lo que le rodeaba, miró de un lado a otro. La sórdida presencia de los edificios parecía abrumarle. No había lugar donde no se viera miseria, y el olor de la suciedad, la ropa vieja, el hollín, el tizne de las lámparas de aceite, los cuerpos sin lavar y la comida rancia lo impregnaba todo. Después del asado que había comido, aquello era demasiado para su estómago.

—Un anticipo del infierno —comentó Carlisle con voz queda—. No hable tan alto; estas personas viven aquí; éste es su hogar. Es muy posible que les guste tan poco como a usted, pero es lo único que tienen. Muestre su repugnancia y tal vez no logre salir de aquí tan inmaculadamente como ha llegado… en todos los sentidos. Y esto no es más que una muestra; debería ver Bluegate Fields, o Limehouse o Whitechapel o St. Giles… Venga conmigo. Nos quedan unos trescientos metros de camino, por aquí —dijo señalando una callejuela—. En la plaza, al otro lado, está el asilo de Seven Dials. Eso es lo que quiero que vea; esta calle sólo tiene una importancia secundaria. Luego tal vez podamos ir al Campo del Diablo, cerca de Westminster.

Dominic abrió la boca para decir que quería irse, pero entonces vio las caras de los niños que le miraban como embobados: tenían el cuerpo y la piel jóvenes, y la expresión de los ojos tan ajada como la de los libertinos que había visto en compañía de prostitutas en los burdeles de Haymarket. La mirada de avaricia y hastío que vio en ellos le asustaba más que nada; la mirada y la fetidez.

Entonces vio a dos golfillos que jugaban a perseguirse. El primero se acercó a Carlisle y, con un movimiento tan sutil como el de una comadreja, le sacó el pañuelo de seda del bolsillo y siguió su camino.

—¡Carlisle!

—Lo sé —dijo éste reposadamente—. No levante la voz y limítese a seguirme.

Casi con naturalidad, cruzó la calzada, llegó a la acera de enfrente y siguió avanzando por la callejuela. Cuando alcanzó el otro lado de la plaza, se detuvo ante una enorme puerta de madera con persiana y llamó. Le abrió un hombre corpulento que llevaba una levita verde; la adusta expresión de su cara se demudó en una mirada de alarma, pero antes de que pudiera hablar, Carlisle entró en la casa obligándole a retroceder.

—Buenos días, señor Eades. Vengo a ver cómo está usted hoy.

—Bien, gracias… Sí, muy bien, gracias —contestó Eades a la defensiva—. Es usted muy amable, señor. Se preocupa usted mucho, señor, y estoy seguro de que su tiempo es muy valioso.

—Mucho —le aseguró Carlisle—, así que no lo malgastemos. ¿Ha ido alguno de sus niños a la escuela desde la última vez que vine?

—Oh, sí. Tantos como los que había el día de la admisión, señor; no le quepa duda.

—¿Y cuántos eran?

—Ah, vamos a ver; no recuerdo el número exacto. No olvide que la gente entra y sale de aquí según lo necesitada que esté. Si los niños no están aquí el día de la admisión, el cual, permítame que le diga, es sólo una vez cada dos semanas, no van.

—Eso lo sé tan bien como usted —replicó Carlisle con brusquedad—. También sé que salen de aquí el día anterior al de la admisión y que vuelven a entrar al día siguiente.

—Pero, señor, eso no es culpa mía.

—¡Ya sé que no lo es! —exclamó Carlisle con la voz temblorosa de furia ante su propia impotencia.

Pasó resueltamente por el lado del señor Eades y avanzó por un pasillo mal ventilado que olía a húmedo y conducía a un gran salón. Ante la alternativa de quedarse aterido de frío en el gélido pasillo de piedra, Dominic se vio obligado a seguirlo.

La estancia era grande, tenía el techo bajo y estaba iluminada con gas; en una esquina ardía una estufa. Unos cincuenta o sesenta hombres, mujeres y niños estaban sentados descosiendo ropa vieja, seleccionando harapos, cortándolos y volviéndolos a coser. El aire era tan hediondo que Dominic empezó a sentir arcadas y tuvo que esforzarse por no vomitar. Carlisle parecía acostumbrado a ello. Avanzó por entre los harapos y se acercó a una mujer.

—Hola, Bessie —dijo animadamente—. ¿Cómo estás hoy?

La mujer sonrió, mostrando unos dientes ennegrecidos, y farfulló algo a modo de respuesta. Tenía un físico voluminoso y desgalichado. Dominic, que no entendía una palabra de lo que decía, estimó que tenía unos cincuenta años.

Carlisle le llevó unos metros más allá, donde media docena de niños, algunos de los cuales no tendrían más de tres o cuatro años de edad, estaban sentados descosiendo pantalones viejos.

—Tres son de Bessie —dijo mirándolos—. Antes de que derrumbaran las barriadas para construir el ferrocarril y demoliesen el edificio donde tenían su habitación, trabajaban en casa. El marido de Bessie y sus hijos mayores hacían cajas de cerillas; ganaban dos peniques y medio por ciento cuarenta y cuatro, por lo que acabaron dejándolo y desaparecieron. Bessie trabajaba en la fábrica de cerillas de Bryant and Mays. Por eso habla de una manera tan extraña: tiene una «mandíbula fosforada», es decir, una necrosis en la mandíbula causada por el fósforo de las cerillas. Tiene tres años más que Alicia Fitzroy-Hammond. Parece mentira, ¿no le parece?

Aquello ya era demasiado. Dominic estaba perplejo y horrorizado.

—Quiero salir de aquí —dijo quedamente.

—Todos queremos salir de aquí. —Carlisle abarcó toda la estancia con un movimiento del brazo—. ¿Sabe usted que un tercio de los habitantes de Londres no viven en mejores condiciones que estas personas, tanto si tienen su vivienda en un tugurio como si la tienen en una fábrica?

—¿Y qué se puede hacer? —preguntó Dominic con impotencia—. Es tan… abrumador.

Tras hablar con un par de personas más, Carlisle condujo a Dominic a la plaza, despidiéndose bruscamente del señor Eades al salir. Tras respirar el cargado aire del asilo, incluso la gris llovizna que caía parecía limpia.

—Cambiar algunas leyes —repuso—. El contable más humilde, sabiendo escribir y sumar, es un príncipe en comparación con estas personas. Hay que conseguir educar y preparar a los niños indigentes. No se puede hacer gran cosa por los padres, excepto darles limosnas. Pero se puede intentar hacer algo por los niños.

—Es posible. —Dominic tenía que andar rápidamente para mantenerse a su paso—. Pero ¿qué sentido tiene mostrármelo a mí? Yo no puedo cambiar las leyes.

Carlisle se detuvo. Dio unos peniques a un niño que estaba mendigando y observó que se los entregaba de inmediato a un anciano.

—¡Parece mentira! Que un hombre tenga que mandar a su nieto a mendigar por él… —musitó Dominic.

—Lo más probable es que no sea de su familia —Carlisle siguió andando—, sino que lo haya comprado. Los niños son los mejores mendigos, sobre todo si son ciegos o tienen alguna malformación. Algunas mujeres llegan a tullirlos a propósito; de ese modo tienen más posibilidades de supervivencia. Respondiendo a su pregunta, usted puede hablar con personas como lord Fleetwood o sus amigos y persuadirles de que vayan a la cámara y voten.

Dominic estaba aterrado.

—No puedo decirles una cosa así. Se sentirían… —Se interrumpió al darse cuenta de lo que iba a decir.

—Sí —dijo Carlisle—, se sentirían asqueados y ofendidos. Qué desagradable… Un caballero no pone en un aprieto a otro hablándole de semejante tema. Creo que el otro día estropeé su almuerzo. Uno no disfruta de un ganso asado si está pensando en algo como esto, ¿verdad? Sin embargo, ¿cuánta distancia piensa usted que hay de los bancos de la iglesia de Gadstone Park a Seven Dials? —Doblaron la esquina y al enfilar la calle vieron al fondo un coche de punto. Carlisle apretó el paso y Dominic casi tuvo que echar a correr para no rezagarse—. De todos modos, si yo puedo granjearme las simpatías de un bribón desalmado como St. Jermyn —prosiguió Carlisle— para conseguir que presente un proyecto de ley, creo que usted podrá soportar pasar un mal trago con Fleetwood, ¿no le parece?

Dominic pasó una noche terrible y al despertar a la mañana no se sentía mejor. Le dijo a su ayuda de cámara que mandara limpiar toda su ropa y que, si el olor no se iba, se la regalase a la primera persona que la aceptara. Pero las imágenes que poblaban su mente no se borrarían de un modo tan sencillo. Por una parte odiaba a Carlisle por haberle obligado a ver cosas de cuya existencia hubiera preferido no saber. Naturalmente, siempre había tenido noción de que había pobreza, pero nunca la había visto realmente. Uno no llegaba a ver las caras de los mendigos de la calle; no eran más que caras, como los postes de las farolas o los pasamanos. Uno siempre tenía que atender a algún asunto propio y estaba demasiado ocupado para pensar en ellos.

Pero peor que la imagen era el regusto que tenía en la boca, el olor que se le había pegado al fondo de la garganta y que contaminaba todo lo que comía. ¿Sería acaso el sentimiento de culpabilidad?

Se había comprometido con Alicia a acompañarla a hacer una visita para la cual tenía que recorrer cierta distancia y había cogido un coche para la ocasión. Fue a recogerla a las diez y cuarto; ella ya estaba preparada, aunque naturalmente con gran disimulo, hasta el punto de evitar que él se diese cuenta de que lo estaba esperando. Posiblemente se había olvidado de que él había estado casado y conocía algunas costumbres femeninas.

Iba vestida de negro y tenía un aspecto especialmente elegante: el pelo brillante y la piel impoluta, con la finura del alabastro. Toda ella estaba impecablemente limpia. Era imposible equipararla en modo alguno con las mujeres que había visto en el asilo para los desamparados.

Ella le estaba hablando, pero él tenía la mente en otra parte.

—¿Dominic? —repitió—. ¿Te sientes mal?

Necesitaba compartir con alguien la confusión que reinaba en su interior; no podía quitárselo de la cabeza.

—Ayer estuve con tu amigo Carlisle —dijo con brusquedad.

—¿Con Somerset? ¿Qué tal estaba?

—Almorzamos juntos; luego hizo una artimaña para que le acompañara al lugar más espantoso que he visto en mi vida. Jamás hubiera imaginado que pudiese existir un lugar tan terrible.

—Lo lamento. —Su voz denotó inquietud—. ¿Sufriste algún daño? ¿Estás seguro de que te encuentras bien? No me cuesta nada aplazar esta visita; no es urgente.

—No, no sufrí ningún daño. —Su tono sonó más desagradable de lo que hubiera deseado, pero no lograba dominarlo. La confusión y la ira hervían en su interior. Quería que alguien se lo explicara y le devolviera la ignorancia en la que tan apaciblemente había vivido.

Evidentemente ella no le entendía. Nunca en su vida había visto un asilo para desamparados. Nunca le habían permitido leer los periódicos y no manejaba dinero. El ama de llaves era quien llevaba las cuentas y su marido quien pagaba las facturas. La vez que más cerca había llegado a estar de la pobreza había sido cuando le habían restringido la asignación para ropa como consecuencia de un revés sufrido por su padre en sus inversiones.

Quería explicarle lo que había visto y, sobre todo, sus sentimientos al respecto; sin embargo, las únicas palabras que se le ocurrían le parecían indecorosas y, de todos modos, describían cosas totalmente ajenas a lo que ella podía concebir. Dándose por vencido, se sumió en el silencio.

Tras hacer la visita, llevó a Alicia a Gadstone Park, la dejó en casa y, a continuación, sintiéndose triste e insatisfecho, ordenó al cochero que le llevara a casa y se quedó sentado delante de la chimenea durante una hora. Finalmente se levantó y llamó un cabriolé.

Charlotte había decidido olvidarse del tema de los cadáveres. En realidad tenía demasiadas cosas que hacer para interesarse en los casos de Pitt, y la identidad de un hombre que, al decir de todo el mundo, había muerto por causas naturales no era asunto de su incumbencia. Jemima se había sentado en un charco, por lo que había tenido que cambiarle toda la ropa. Ahora estaba ocupada con una colada más grande que de costumbre, y planchar no era uno de sus quehaceres favoritos.

Cuando oyó sonar la campanilla se sobresaltó, ya que no esperaba a nadie. Rara vez iba alguien de visita a una casa a mediodía; toda la gente tenía sus tareas y comidas que preparar. Su sorpresa fue aún mayor cuando vio a Dominic en el escalón de la puerta.

—¿Puedo pasar? —preguntó antes de que ella pudiera hablar.

Charlotte abrió la puerta del todo y dijo:

—Sí, por supuesto. ¿Qué sucede? Tienes aspecto de estar… —Quería decir «abatido», pero al final decidió que «indispuesto» sería más discreto.

Él pasó al vestíbulo, y ella cerró la puerta y le condujo una vez más hasta la cocina. En una esquina estaba Jemima, apilando ladrillos dentro de su parque. Dominic se sentó en la silla de madera que había delante de la mesa. Hacía una buena temperatura en la habitación y la madera lavada olía bien. En el tendedero que colgaba del techo había varias sábanas, y él observó con curiosidad la cuerda y las poleas que servían para subirlo y bajarlo. La plancha estaba calentándose sobre el fogón.

—Te he interrumpido —le dijo sin moverse.

—No, en absoluto. —Sonrió y cogió la plancha para continuar con su trabajo—. ¿Qué sucede?

Estaba irritado consigo mismo por ser tan transparente. Ella le estaba tratando como a un niño, cuando lo que necesitaba en aquel momento era la seguridad suficiente para olvidarse del enojo que sentía.

—Un hombre llamado Carlisle me llevó ayer a un asilo para desamparados situado en los alrededores de Seven Dials. En una de las habitaciones había cincuenta o sesenta personas, todas ellas descosiendo ropa para luego rehacerla. También había niños… ¡Es horrible!

Charlotte se acordó de la ira que había sentido la primera vez que Pitt le había hablado de los barrios bajos y de las casas de pisos cuando vivía en Cater Street y se consideraba a sí misma una persona informadísima por el hecho de leer los periódicos. Se había sentido conmocionada y enfadada por no haberlo sabido antes; pero sobre todo se había sentido enfadada con Pitt porque él lo había sabido en todo momento y había decidido trastornar su mundo introduciendo en él la desgracia y el dolor de otras personas.

No podía decirle nada para consolarle. Siguió planchando la camisa y respondió:

—Lo es. ¿Por qué te llevó el… el señor Carlisle? —El motivo era a un mismo tiempo la mejor y la peor parte del asunto.

—Porque quiere que intente convencer a un amigo mío miembro de la Cámara de los Lores de que asista a la sesión en la que St. Jermyn va a presentar su proyecto de ley.

Charlotte se acordó de las palabras de tía Vespasia y comprendió todo de inmediato.

—¿Y vas a hacerlo?

—¡Por el amor de Dios, Charlotte! —exclamó él irritado—. Cómo demonios voy a abordar a un hombre que sólo conozco por las carreras de caballos y decirle: «A propósito, me gustaría que vote en la cámara cuando St. Jermyn presente su proyecto de ley, porque los asilos para desamparados son verdaderamente espantosos y es necesario proporcionar una educación a los niños, ¿sabe? Debería haber una ley para ayudar y educar a los niños indigentes de Londres, así que pórtese bien y convenza a todos sus amigos de que voten a favor…». ¡Es imposible! ¡No puedo hacer eso!

—Es una lástima —dijo ella sin levantar la mirada de la plancha.

Sentía pena por él; sabía lo difícil que era conseguir que otras personas se interesaran en ideas desagradables, sobre todo aquellas que les hacían sentirse incómodas y suponían una amenaza para sus diversiones al poner en tela de juicio el orden de las cosas. Pero ella no iba a decirle que no tenía obligación de hacerlo o que aquel asunto estaba en manos de otra persona, aunque si lo dijera él tampoco lo aceptaría. Había visto y olido las calles de Seven Dials, y no había palabras que borraran tales imágenes.

—¡Una lástima! —exclamó él con furia—. ¡Una lástima! ¿Es eso todo lo que puedes decir? ¿Nunca te ha contado Thomas cómo son esos lugares? Es algo indescriptible… Puedes notar hasta el sabor de la suciedad y la desesperación.

—Lo sé —dijo ella con calma—. Y hay lugares peores que los asilos para desamparados, lugares ocultos dentro de las casas que ni siquiera Thomas se atreve a describir.

—¿Te lo ha contado?

—Parte, no todo.

Dominic hizo una mueca y miró fijamente la superficie blanca de la mesa.

—Es horrible.

—¿Quieres almorzar? —Dobló la camisa y, tras guardarla, dobló también la tabla de planchar y agregó—: Yo voy a comer un poco. No es más que pan y sopa, pero puedo servirte una ración si lo deseas.

De pronto un abismo se abrió entre ellos, y él cayó en la cuenta de que había estado hablándole como si todavía estuvieran en Cater Street y compartiesen las mismas posesiones materiales. Había olvidado que su mundo era ahora tan diferente del de Charlotte como el de ésta lo era del de Seven Dials. La miró mientras ella cogía dos platos limpios de una alacena y los ponía sobre la mesa, y luego sacaba el pan de la caja, una tabla y un cuchillo. No había mantequilla.

—Sí, por favor —respondió.

Ella levantó la tapa de la olla que había sobre el fogón y sirvió sopa en los dos platos.

—¿Y Jemima? —preguntó él.

Charlotte se sentó.

—Ya ha tomado su ración. ¿Qué vas a responderle al señor Carlisle?

Él pasó por alto la pregunta. Sabía cuál era la respuesta, pero no quería reconocerlo todavía.

—He intentado contárselo a Alicia.

Probó la sopa; era sorprendentemente buena, y el pan estaba fresco y crujiente. Ignoraba que Charlotte sabía hacer pan; habría tenido que aprender.

—Eso es injusto —dijo ella mirándole fijamente—. No puedes explicarle algo a una persona sólo con palabras y confiar en que te entienda o en que experimente la misma sensación que tú.

—Es cierto. Le restó importancia como si sólo fuera una parte más de la conversación. Parecía una extraña. Y yo que pensaba que la conocía bien…

—Eso tampoco es justo —insistió Charlotte—. Eres tú quien ha cambiado. ¿Qué crees que pensaría el señor Carlisle de ti?

—¿Qué?

—¿Te causó una gran impresión lo que te dijo? ¿Acaso no tuvo que llevarte a Seven Dials para que lo vieras con tus propios ojos?

—Sí, pero eso… —Se interrumpió, acordándose de su reticencia y desinterés. Sin embargo, él no significaba nada para Carlisle, mientras que él y Alicia se querían—. Eso es…

—¿Diferente? —Charlotte enarcó las cejas—. No lo es. Los sentimientos hacia otra persona no cambian la situación. El saber podría… —Se arrepintió de haberlo dicho. Un encaprichamiento era algo efímero y la familiaridad tenía poco que ver con ello—. Trata de comprenderla —agregó con voz queda—. ¿Hay algún motivo por el que habría de tener conocimiento de ello o comprenderlo?

—Ninguno —reconoció Dominic. No obstante tenía la sensación de que un vacío le separaba de Alicia y se daba cuenta de que sus sentimientos hacia ella dependían en gran medida del color de su pelo, la curva de su barbilla, las sonrisas que pudiera dirigirle y el hecho de que ella le correspondiera. De todos modos, ¿qué había en su interior, en la parte a la que él no podía llegar?

¿Podría ser la simple eliminación de un objeto que se interpusiera entre ella y sus deseos, un pequeño movimiento de la mano para coger un frasco de pastillas y… cometer un asesinato?

Al final de Resurrection Row había un cementerio. De ahí el nombre del lugar. En el centro se veía una capilla diminuta cuyo lugar habría sido ocupado por una cripta o un panteón familiar en una zona más pudiente. En aquel cementerio, sin embargo, no pasaba de ser un remedo de éstos. Entre las mejores tumbas había alguna adornada con ángeles de mármol, y a lo lejos se veían varias cruces, si bien la mayoría carecían de ornamento y habían acabado algo torcidas con el paso de los años. El hundimiento de la tierra que habían acarreado los frecuentes entierros les había hecho perder la verticalidad. Entre ellas había media docena de árboles esqueléticos que nadie se había ocupado de quitar de en medio. Era un lugar desprovisto de atractivo en cualquier época del año, y en aquella húmeda noche de febrero sólo adornaba una virtud: la intimidad. Para Dollie Jenkins, una sirvienta de diecisiete años que servía para todo tipo de tareas y que mantenía una prometedora relación con un mozo de carnicería, aquél era el único lugar donde podía corresponder al joven sin perder su empleo.

Cogidos del brazo, entraron por la verja, susurrando, soltando risillas entre dientes; no era correcto reírse abiertamente en presencia de los muertos. Unos segundos más tarde se sentaron en una tumba, muy cerca el uno del otro. Ella dejó entrever que no tomaría a mal una pequeña muestra de cariño, y él respondió con entusiasmo.

Al cabo de un cuarto de hora, Dollie tuvo la impresión de que la situación estaba yendo demasiado lejos y que él podría tomarse alguna libertad y tener luego un mal concepto de ella. Lo apartó y con consternación observó que en una lápida había una persona sentada, con las piernas cruzadas y tocado con una chistera torcida.

—¡Mira, Samuel! —musitó—. Hay un viejo ahí sentado que nos está espiando.

Samuel se puso en pie atolondradamente.

—¡Viejo verde! —gritó—. ¡Vamos! ¡Largo de aquí! ¡Mirón! ¡Váyase de aquí antes de que le dé una paliza!

El hombre no se movió; de hecho no hizo el menor caso a Samuel, y ni siquiera levantó la cabeza.

Samuel se acercó a él dando grandes zancadas.

—¡Se va a enterar! —gritó—. Le voy a arrear una buena. ¡Vamos, fuera de aquí, vejestorio!

Cogió al hombre por el hombro e hizo ademán de propinarle un puñetazo.

Pero el hombre perdió el equilibrio y se desplomó hacia un lado mientras su chistera caía al suelo y se alejaba rodando. A la luz de la luna, el hombre tenía la cara azul y el pecho hundido de una manera muy extraña.

—¡Dios todopoderoso!

Samuel lo soltó y, al dar un brinco para apartarse, trastabilló. Rápidamente se incorporó y retrocedió hasta donde estaba Dollie para abrazarla con fuerza.

—¿Qué ocurre? —le preguntó con tono apremiante—. ¿Qué has hecho?

—¡No he hecho nada! Está muerto, Dollie. Está tan muerto como todos los muertos que hay aquí. ¡Lo han sacado de la tumba!

Pitt recibió la noticia a la mañana siguiente.

—¡No se lo va usted a creer! —le dijo el agente a voz en cuello.

—Dímelo de todos modos —respondió Pitt con resignación.

—Ha aparecido otro. Lo encontró anoche una pareja de enamorados.

—¿Por qué no habría de creérmelo? —preguntó Pitt cansinamente—. Ya me creo cualquier cosa.

—Pues porque se trata de Horacio Snipe —exclamó el agente—. Allí estaba, tan cierto como que estoy hablando con usted, sentado en una lápida en el cementerio de Resurrection Row con la chistera puesta. Lo atropelló un carro de estiércol hace tres semanas y fue enterrado hace quince días. Allí estaba, él sólito, sentado en la lápida a la luz de la luna.

—Tienes razón —dijo Pitt—. No me lo creo. No quiero creérmelo.

—Es él, señor. Reconocería a Horacio Snipe en cualquier parte. Era el proxeneta más ocupado que ha habido nunca en Resurrection Row.

—Eso parece —comentó Pitt lacónicamente—. De todos modos, por esta mañana me niego a creérmelo.