2

El domingo, Alicia Fitzroy-Hammond se levantó como de costumbre, pasadas las nueve, y tomó un ligero desayuno de tostadas y confitura de albaricoque. Verity ya había desayunado y ahora estaba escribiendo cartas en la sala de las mañanas. La viuda lady Fitzroy-Hammond, madre de Augusto, desayunaría en sus habitaciones, como siempre. Aunque había días en que se levantaba, lo normal era que no lo hiciera. Permanecía en la cama con su chal indio recamado sobre los hombros y releía sus viejas cartas, que comprendían un período de sesenta y cinco años y se remontaban a cuando había cumplido los diecinueve, el 12 de julio, exactamente cinco años después de la batalla de Waterloo. Su hermano había sido alférez del ejército de Wellington y su segundo hijo había muerto en Crimea. La anciana también conservaba viejas cartas de amor escritas por hombres fallecidos mucho tiempo atrás.

De vez en cuando ordenaba a su doncella, Nisbett, que bajara a ver qué sucedía en la casa. Pedía una lista de todas las visitas, cuándo llegaban y cuánto tiempo se quedaban, si dejaban tarjeta y, sobre todo, cómo iban ataviadas. Alicia había aprendido a sobrellevarlo. Sin embargo, lo que aún consideraba intolerable, eran las constantes inspecciones de la marcha de la casa que llevaba a cabo Nisbett, quien pasaba el dedo por las superficies para ver si se quitaba el polvo todos los días y abría el armario de la ropa blanca a hurtadillas para contar las sábanas y los manteles y comprobar si todas las esquinas estaban planchadas y zurcidas.

El domingo era uno de los días en que la anciana dama se levantaba. Le gustaba ir a la iglesia. Se sentaba en el banco de la familia y veía entrar y salir a todo el mundo. Aunque fingía sordera, en realidad tenía un oído excelente. Prefería no hablar, excepto cuando quería alguna cosa, y el hecho de que no se le entendiera, circunstancia que se daba de vez en cuando, tal vez no fuera un desacierto.

También iba vestida de negro. Apoyándose pesadamente sobre su bastón, entró en el comedor y golpeó fuertemente la puerta para llamar la atención de Alicia.

—Buenos días, suegra —dijo ésta—. Me alegro de que se sienta con fuerzas para bajar.

La anciana dama se acercó a la mesa y, mientras esperaba a que la omnipresente Nisbett le acercase una silla, posó una mirada de desagrado en el aparador.

—¿Es eso todo lo que hay para desayunar? —barbotó.

—¿Qué le gustaría desayunar? —La educación recibida por Alicia durante toda su vida había estado encaminada a un único objetivo: ser cortés en todas las situaciones.

—Ya es demasiado tarde —dijo la anciana fríamente—. Tendré que arreglármelas con lo que hay. Nisbett, sírveme unos huevos y algo de ese jamón y esos riñones, y pásame las tostadas. Imagino que irás a la iglesia esta mañana Alicia.

—Sí, suegra. ¿Usted también va a ir?

—Jamás falto a la iglesia, a menos que esté demasiado enferma para ponerme en pie.

Alicia no se tomó la molestia de contestar. Nunca había conseguido saber con exactitud qué dolencia sufría la anciana, si es que sufría alguna realmente. El médico la visitaba regularmente y le decía que tenía el corazón débil, para lo cual le recetaba digital. No obstante, Alicia pensaba que no se trataba más que de la edad y el deseo de que le prestaran atención y obediencia. Augusto siempre la había atendido, posiblemente debido a una costumbre adquirida a lo largo de toda una vida y al hecho de que detestaba las desavenencias.

—Imagino que tú también vendrás —dijo la anciana con las cejas alzadas antes de llevarse una enorme porción de huevos a la boca.

—Sí, suegra.

La anciana asintió con la cabeza, pues tenía la boca llena.

Llamaron al coche a la diez y media, y Alicia, Verity y la anciana recibieron, una a una, ayuda para subir a él, la misma que recibieron más tarde para bajar cuando llegaron a la iglesia de St. Margaret, donde durante más de cien años la familia había ocupado su propio banco. Que se supiera, nadie que no fuera un Fitzroy-Hammond se había sentado en él.

Llegaron temprano. A la anciana le gustaba sentarse en el fondo de la iglesia y ver llegar a todos los asistentes y luego, cuando faltaba un minuto para las once, ir al banco. Aquel domingo no sería una excepción. Había sobrevivido a las muertes de todos sus parientes carnales, excepto Verity, con la suprema serenidad que se le exigía a un aristócrata. El segundo entierro de Augusto no tenía por qué suponer ninguna diferencia.

Dos minutos antes de las once se levantó y abrió la marcha en dirección al banco familiar. Al llegar se detuvo en seco: había ocurrido algo inconcebible. Ya había alguien sentado en él, un hombre que, con el cuello del gabán levantado, estaba inclinado en actitud de oración.

—¿Quién es usted? —le espetó la anciana—. ¡Váyase de aquí, señor! Este banco pertenece a mi familia.

El hombre ni se inmutó.

La anciana golpeó su bastón fuertemente contra el suelo para llamar la atención del desconocido.

—¡Haz algo, Alicia! ¡Háblale!

Alicia pasó a su lado con dificultad y tocó al hombre suavemente en el hombro.

—Disculpe…

El hombre se tambaleó, cayó de lado y quedó tumbado en el banco boca arriba.

Alicia chilló. Inconscientemente sabía que la anciana se lo reprocharía, y también los feligreses, pero el chillido le salió de la garganta sin que ella pudiera remediarlo. Era Augusto una vez más, con su cara de muerto, blanca y exánime, mirándola boquiabierto desde el banco de madera. Las grises columnas de piedra oscilaron en torno a ella; oyó su propia voz, que seguía chillando como si de un sonido incorpóreo se tratara. Deseaba que cesara, pero no tenía dominio sobre ella. La oscuridad descendió sobre ella, y tuvo la impresión de que alguien le sujetaba los brazos y le daba golpecitos en la espalda.

No tuvo conciencia de nada más hasta que abrió los ojos y se encontró tumbada en la sacristía. El vicario, pálido y sudoroso, se encontraba acurrucado junto a ella, cogiéndole la mano. La puerta estaba abierta y el viento entraba en la habitación a ráfagas, como si fuera un río helado. La anciana se hallaba enfrente del vicario, con la cara escarlata y sus negras faldas extendidas en torno a sí como si fueran un globo atado a tierra.

—Vamos, vamos —decía el vicario con tono de preocupación—. Ha sufrido una terrible conmoción, querida señora. Realmente terrible. No sé adónde iremos a parar si se permite que los locos sigan sueltos entre nosotros. Voy a escribir a los periódicos y a mi representante en el Parlamento. Ha de hacerse algo. Esto es intolerable. —Tosió y volvió a darle palmaditas en la mano—. Y también vamos a rezar todos, por supuesto. —La posición le resultaba ya demasiado incómoda y empezaba a sentir calambres en las piernas. Se levantó—. He mandado que llamen al médico para que atienda a su desdichada suegra. El doctor McDuff, ¿verdad? Estará aquí enseguida. Es una lástima que no estuviera entre los feligreses. —Su voz denotaba cierto reproche. Sabía que el doctor McDuff era escocés y presbiteriano, algo que él desaprobaba enérgicamente. Un médico asignado a una zona como aquélla no tenía derecho a ser un inconformista.

Alicia hizo un esfuerzo por sentarse. Los primeros pensamientos que acudieron a su cabeza no estuvieron dirigidos a la anciana, sino a Verity. Hasta ese momento la joven nunca había estado en presencia de la muerte, y Augusto era su padre, pese a que no hubieran tenido una relación estrecha.

—Verity… —balbuceó con la boca seca—. ¿Cómo está Verity?

—¡No se agite, señora!

La posibilidad de una crisis de histeria inquietaba al vicario. No tenía idea de cómo hacer frente a aquella situación, y menos aún en la sacristía de su iglesia. El servicio de la mañana ya era un completo desastre; los feligreses se habían ido a casa o bien se habían quedado aguardando bajo la lluvia, impelidos por la curiosidad de ver la última y horripilante parte de aquel episodio. Se había llamado a la policía para que acudiera directamente allí, a la iglesia, y el asunto se había convertido en un escándalo sin remedio. El vicario deseaba vivamente irse a casa y almorzar; allí ardería el fuego en el hogar y tendría la compañía de un ama de llaves sensata que sabía guardarse las emociones para sí.

—Mi querida señora —prosiguió el vicario—, por favor, tenga la seguridad de que la señorita Verity ha sido atendida con el mayor esmero. Lady Cumming-Gould la ha llevado a casa en su coche. Estaba realmente consternada, por supuesto; quién no lo estaría, con lo espantoso que ha sido todo… No obstante debemos sobrellevar estas cargas con la confianza de que la gracia de Dios nos asiste. ¡Oh! —Algo próximo a la satisfacción iluminó su rostro.

La gruesa figura del doctor McDuff acababa de entrar en la sacristía y había cerrado la puerta de un golpe. Por fin el vicario podría declinar su responsabilidad, tal vez incluso transferirla por completo. Al fin y al cabo, el médico debía ocuparse de los vivos, mientras que él tenía la obligación de cuidar de los muertos, ya que nadie más estaba capacitado para tal menester.

El doctor McDuff se acercó a la anciana, desentendiéndose de las otras dos personas presentes. Le cogió la muñeca, le tomó el pulso durante unos segundos y a continuación le miró a la cara.

—Una conmoción —diagnosticó lacónicamente—, una grave conmoción. Le aconsejo que vuelva a casa y se tome todo el descanso necesario. Que le lleven todas las comidas a la cama, y que no reciba visitas, excepto las de los familiares más próximos, y ni siquiera éstas si usted no lo desea. No realice esfuerzos y evite disgustarse por cualquier motivo.

El rostro de la anciana dama se relajó de satisfacción y el intenso rubor que lo coloreaba remitió ligeramente.

—Bien —dijo al tiempo que se ponía en pie con ayuda del médico—. Estaba segura de que usted sabría qué hacer. Ya no puedo más… No sé adónde iremos a parar. Nunca vi cosa igual en mi juventud. Una persona sabía cuál era su lugar y no se movía de él. La gente estaba demasiado ocupada trabajando para ir por ahí profanando tumbas. Hoy en día se educa a las personas equivocadas; ése es el origen del problema. Ahora tienen intereses y apetitos que no les valen para nada. ¡No es normal! ¡Vea lo que ha sucedido aquí! ¡Incluso la iglesia ha dejado de ser un lugar seguro! ¡Es peor que si los franceses nos hubieran invadido! —concluyó y echó a andar cojeando. Al salir dio un furioso golpe con su bastón a la puerta.

—Pobre señora —musitó el vicario—. Ha sido una conmoción espantosa para ella, y a su edad además, cuando ya debería haberse ganado un respiro de los pecados del mundo…

Alicia seguía sentada en el banco de la sacristía expuesta al frío. De repente tomó conciencia de la gran aversión que sentía hacia la anciana. No lograba recordar ni un momento desde que había contraído matrimonio con Augusto en que se hubiera sentido cómoda con ella. Hasta ahora se lo había ocultado a sí misma, por el bien de su marido, pero ya no había necesidad de ello. Augusto estaba muerto.

Súbitamente se acordó del cadáver que había visto sobre el banco y sobre la tabla del gélido depósito, y de aquel hombrecillo vestido de blanco que no dejaba de mostrar su repulsiva alegría en su sala llena de cadáveres. Gracias a Dios, el policía al menos se había comportado con más sobriedad; de hecho había dado muestras, a su manera, de una gran discreción.

Como si le hubiera llamado con el pensamiento, la puerta se abrió y Pitt entró en la sacristía, meneándose como si de un perro grande y mojado se tratara, salpicando agua de los faldones y de las mangas de su abrigo. Alicia no recordaba que la policía tenía que venir, y ahora se agolparon en su mente toda clase de pensamientos desagradables. ¿Por qué? ¿Por qué había vuelto a levantarse Augusto de su tumba como si fuera un pertinaz e indecente recuerdo de su pasado que le impidiera entrar en el futuro? Su futuro parecía tan halagüeño… Había conocido a nuevas personas, y en concreto a un hombre, delgado, elegante y con todo el buen humor y el encanto del que Augusto carecía. Quizá en su juventud hubiera contado con tales virtudes, pero ella no le había conocido entonces. Ella quería bailar, gastar bromas triviales, cantar algo a la espineta que no fueran himnos y baladas solemnes. Quería enamorarse, decir cosas estrafalarias y divertidas, tener un pasado digno de ser recordado, como el de la anciana, quien se dedicaba a repasar su juventud mediante la lectura de cientos de cartas. Sin duda habría tristeza en ellas, pero también pasión, si es que había algo de verdad en lo que decía cuando relataba su contenido.

El policía la miró fijamente con sus brillantes ojos grises. Era la criatura de aspecto más desaliñado que hubiera visto jamás, hasta el punto de que su derecho a entrar en la iglesia resultara discutible.

—Lo lamento —dijo Pitt con voz queda—. Creía que el asunto había quedado concluido.

A Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta.

—¿Conoce a alguna persona capaz de hacer esto? —prosiguió.

Ella alzó la vista para mirarle a la cara y todo un abismo de terror se abrió ante ella. Había dado por supuesto que sería un delito anónimo, obra de vándalos de mala ralea. Había oído hablar de robos de tumbas, de ladrones de cadáveres, pero ahora comprendía que aquel policía pensaba que lo ocurrido podría tratarse de algo personal y dirigido expresamente contra Augusto o incluso contra ella.

—¡No! —contestó, y se le hizo un nudo en la garganta. Tragó saliva y agregó—: No, por supuesto que no. —Podía sentir el sofoco que le acaloraba la cara. ¿Qué pensaría el resto de la gente? Habían abierto la tumba de Augusto en dos ocasiones; alguien parecía no estar dispuesto a que el difunto descansara o, en otras palabras, a que ella se olvidara de él.

¿Quién podía querer algo semejante? La única persona que se le ocurría era la anciana. Desde luego le irritaría saber que ella podía volver a casarse tan rápidamente… y además por amor esta vez.

—No tengo la menor idea —dijo con toda la calma posible—. Si Augusto tenía enemigos nunca me habló de ellos; y me resulta difícil imaginar que alguien que él conociera pueda haber hecho algo semejante, cualesquiera sean sus sentimientos.

—Sí. —Pitt hizo un gesto de asentimiento—. Lo ocurrido se sale de una venganza normal… Aquí hace un frío terrible; será mejor que vuelva a casa, entre en calor y coma algo. No hay nada que pueda hacer ahora. Nos encargaremos del asunto y nos ocuparemos de que cuiden del cuerpo decentemente. Creo que su vicario ya ha ordenado que se tomen las medidas necesarias. —Se dirigió a la puerta, pero antes de salir se volvió y añadió—: Supongo que está completamente segura de que se trataba de su marido. Ha visto su cara con claridad, ¿verdad? ¿No sería otra persona?

Alicia negó con la cabeza. Podía ver ante sí el cadáver, con su piel grisácea, más real que las frías paredes de la sacristía.

—Era Augusto, señor Pitt. No tengo ninguna duda al respecto.

—Gracias, señora. Lo lamento profundamente. —Salió y cerró la puerta.

Una vez fuera, Pitt se detuvo un momento para observar a los feligreses que aún no se habían ido, todos los cuales afectaban actitudes de condolencia o fingían encontrarse en aquel lugar por casualidad y estar a punto de seguir su camino. Seguidamente continuó andando por el sendero y salió a la calle. Lo ocurrido le había afectado más de lo que la relativa seriedad del delito justificaba. Aunque todos los días sucedían cosas mucho peores (palizas, extorsiones y asesinatos), este caso tenía un componente de despiadada indecencia que turbaba la parte de su mente que previamente había permanecido en silencio, aquella que daba por sentado que al menos la muerte era intocable.

¿Por qué demonios alguien querría seguir desenterrando el cadáver de un anciano aristócrata cuya muerte había sido perfectamente natural? ¿O acaso se trataba de una retorcida aunque insoslayable manera de decir que ésta no había sido así? ¿Cabía suponer que lord Augusto había sido asesinado y que alguien lo sabía?

Tras la segunda profanación Pitt no podía pasar por alto aquella cuestión. No podían limitarse a enterrarlo una vez más y quedarse de brazos cruzados.

Sin embargo, no había nada que pudiera hacer aquel día, si no quería cometer una indiscreción. Tenía que guardar el decoro exigido por las circunstancias, porque de lo contrario no obtendría cooperación de las personas más próximas al difunto, las que con mayor probabilidad sabrían o sospecharían algo acerca de lo sucedido. Aun así, no esperaba obtener mucha ayuda. Nadie quería oír hablar de asesinatos ni tener a la policía en casa ni soportar investigaciones y preguntas.

Por si todo esto no fuera razón suficiente, el domingo era su día libre. Quería irse a casa. Estaba construyendo un vehículo para Jemima del que se podía tirar con un cordel. Conseguir que las ruedas quedaran redondas le estaba resultando más difícil de lo que esperaba; sin embargo, su hija estaba encantada y le hablaba incesantemente con una mezcla de sonidos ininteligibles que para ella seguramente tenían un importante significado.

A media mañana del lunes salió en dirección a Gadstone Park en medio de una espesa niebla con el propósito de comenzar los interrogatorios. La perspectiva no era tan deprimente como cabría suponer, dado que tenía pensado ver en primer lugar a la tía abuela Vespasia. El recuerdo que tenía de ella en el caso de Paragon Walk era muy grato, de tal suerte que se sorprendió sonriendo a solas en el cabriolé.

Había elegido aquella hora con cuidado: lo suficientemente tarde para que la anciana hubiera terminado de desayunar pero demasiado temprano para que hubiese salido de casa.

Sin embargo, se quedó de una pieza cuando el lacayo le informó de que tía Vespasia ya tenía compañía. Si el inspector lo deseaba, de todos modos, informaría a su señoría de su llegada.

Decepcionado, Pitt contestó que sí, sí lo deseaba, tras lo cual dejó que le condujesen hasta la sala de las mañanas para aguardar la respuesta.

El lacayo volvió inesperadamente pronto y lo llevó al salón. Tía Vespasia estaba sentada en una butaca, con el pelo recogido meticulosamente sobre la cabeza y una blusa de encaje de Guipur que le llegaba hasta el mentón y le confería un aire de engañosa fragilidad. Lady Cumming-Gould era tan delicada como un sable de acero, como Pitt bien sabía.

Las personas que la acompañaban eran el señor Desmond Cantlay, lady St. Jermyn y Somerset Carlisle. Cuando se hubo acercado a ellos, Pitt observó sus caras. Hester St. Jermyn era una mujer sorprendente; su mechón plateado parecía natural y resultaba llamativo en contraste con su cabello negro. Somerset Carlisle no era tan delgado y anguloso como le había parecido al verle vestido de luto junto a la tumba; sin embargo, su nariz un tanto aguileña y sus curvadas cejas seguían teniendo el aire propio de una persona dotada de sentido del humor.

—Buenos días, Thomas —dijo tía Vespasia secamente—. Esperaba que vinieras a visitarme, aunque he de reconocer que no tan pronto. Imagino que ya conocerás a mis otros visitantes, aunque no sé si ellos te conocerán a ti —añadió volviéndose hacia ellos—. Al inspector Pitt le conozco desde hace cierto tiempo. —Su voz evidenciaba todo un mundo de significados tácitos.

Hester St. Jermyn y el señor Cantlay le miraron con cara de estupefacción; Carlisle, en cambio, esbozó una sonrisa y permaneció impasible, algo que a Pitt no le pasó inadvertido. Tía Vespasia no parecía dispuesta a dar más explicaciones.

—Estábamos hablando de política —le comentó a Pitt—. Una actividad poco habitual por la mañana, ¿verdad? ¿Conoces los asilos para desamparados?

Los pensamientos de Pitt volaron a aquellos austeros y mal ventilados recintos repletos de hombres, mujeres y niños seleccionando y remendando camisas viejas para dejarlas como nuevas a cambio de un techo y un plato de potaje. Tenían los ojos cansados y las extremidades entumecidas. En el verano se desmayaban a causa del calor y en el invierno sufrían el azote de la bronquitis. Pero el asilo era el único refugio que había para quienes no tenían familia o para las mujeres solas demasiado mayores, feas u honradas para salir a la calle. Miró el encaje de tía Vespasia y las minúsculas alforzas de Hester y respondió bruscamente:

—Sí, los conozco.

Los ojos de la anciana se iluminaron; tía Vespasia había adivinado inmediatamente los pensamientos de Pitt.

—Y estás en contra de ellos —dijo lentamente—. Son unos lugares abominables, sobre todo para los niños.

—Así es —dijo Pitt.

—Pero necesarios de todos modos, y todo lo que la insuficiente ley permite —agregó ella.

—Así es. —La respuesta de Pitt sonó severa.

—La política tiene su utilidad. —Con un leve movimiento de la cabeza tía Vespasia señaló a los demás—. Así es como se transforman las cosas.

Pitt cambió su opinión sobre ella y se disculpó para sus adentros.

—¿Van a tomar medidas para transformarlas?

—Merece la pena intentarlo… De todos modos, seguramente estás aquí a causa de la atrocidad de ayer en la iglesia. Fue una vileza realmente blasfema.

—Le estaría agradecido si pudiéramos hablar a solas, si no es molestia. Hay ciertas investigaciones que es mejor llevar a cabo con… discreción.

Ella soltó un bufido. Sabía perfectamente lo que Pitt quería decir: la discreción permitía llevar a cabo las investigaciones con menos esfuerzo y probablemente mayor eficacia. Sin embargo, la presencia de los demás le impedía decírselo. Pitt, adivinando sus pensamientos por la expresión de su cara, sonrió.

Tía Vespasia comprendió claramente lo que él estaba pensando; sus ojos se iluminaron, pero se negó a responder con otra sonrisa.

Carlisle se levantó lentamente. Era más corpulento y probablemente más fuerte de lo que a Pitt le había parecido en el entierro.

—No creo que podamos hacer mucho más en este momento —le dijo a Vespasia—. Encargaré que redacten nuestras notas y así podremos volver a discutirlas. Me parece que todavía no tenemos toda la información. Hemos de proporcionarle a St. Jermyn todos los datos disponibles; de lo contrario no podrá defender nuestra causa ante aquellos que vean en ella contradicciones.

Hester St. Jermyn también se puso en pie; Desmond Cantlay la imitó.

—Sí —dijo éste—. Estoy seguro de que estás en lo cierto. Buenos días, lady Cumming-Gould… —Miró a Pitt con vacilación, incapaz de dirigirse a un policía como si fuera un igual, y sin embargo confundido por el hecho de que se le tratase como un invitado más en el salón de su anfitriona. Carlisle acudió a su rescate.

—Buenos días, inspector. Espero que tenga éxito en el asunto que le ocupa.

—Buenos días, señor Carlisle. —Pitt inclinó levemente la cabeza—. Buenos días, señora St. Jermyn.

Cuando se hubieron ido y la puerta se hubo cerrado, tía Vespasia le miró.

—Por amor de Dios, siéntate —le ordenó—. Haces que me sienta incómoda quedándote ahí de pie como un lacayo.

Pitt obedeció. El sofá, que tenía una cantidad excesiva de relleno, le resultó más acogedor de lo que le había parecido; era lo bastante mullido y espacioso como para arrellanarse cómodamente en él.

—¿Qué sabe sobre lord Fitzroy-Hammond? —preguntó, dejando que la muerte volviera a sus pensamientos; la muerte y tal vez el asesinato.

—¿Sobre Augusto? —Tía Vespasia le miró fijamente—. ¿Te refieres a si conozco a alguien que pudiera haber pagado a unos lunáticos para desenterrar al pobre desdichado? Pues no, no conozco a nadie. No era una persona de mi agrado; no tenía imaginación y, por tanto, como es natural, tampoco sentido del humor. Pero no se puede decir que éste sea motivo suficiente para desenterrarle; más bien al contrario, diría yo.

—Yo también —dijo Pitt con voz queda—. De hecho, es motivo de sobra para desear que acabara en la tumba.

A Vespasia se le demudó el rostro. Pitt no recordaba otra ocasión en que le hubiera visto perder su templada ecuanimidad.

—¡Por Dios! —Dejó escapar un prolongado suspiro—. No pensarás que fue asesinado, ¿verdad?

—He de considerarlo al menos como posibilidad. Le han sacado de la tumba dos veces, lo cual es más que una coincidencia. Puede que sea obra de un demente, pero no de uno que actúa al azar. Sea quien sea, está claro que quiere que el pobre lord Augusto permanezca fuera de la tumba.

—Pero si era un hombre de lo más normal… —dijo ella con exasperación y cierta piedad—. Tenía dinero, pero no más de lo habitual; el título no vale nada y, en cualquier caso, no hay quien pueda heredarlo. No era un hombre mal agraciado pero no resultaba atractivo y, además, era demasiado envarado para tener una aventura romántica. Realmente no se me ocurre…

Se detuvo e hizo un pequeño gesto de cansancio con las manos.

Pitt aguardó. Se entendían tan bien que habría resultado insultante por su parte tratar de convencerla de algo. Tía Vespasia era tan capaz como él de advertir los diferentes matices de la sospecha y el miedo.

—Supongo que es preferible que te lo diga yo a que te enteres por las habladurías del servicio —dijo, irritada no con él sino con las circunstancias.

Él lo comprendió.

—Y es probable que sea más exacto —apuntó.

—Alicia contrajo matrimonio por conveniencia, como no podía ser de otra manera tratándose de una joven de veinte años que no había salido de debajo de las faldas de su madre y un hombre de cincuenta años bien acomodado y carente de imaginación.

—Así pues, ella tiene un amante.

—Un admirador —corrigió ella—. En primer lugar, no era más que un conocido en sociedad. Me pregunto si tienes idea de lo pequeña que es en realidad la sociedad de Londres. Con el tiempo uno acaba conociendo prácticamente a todo el mundo, a menos que sea un ermitaño.

—Pero ahora será más que un conocido…

—Por supuesto. Ella es joven y se ha visto privada de los sueños de la juventud. Los ve desfilar ante sus ojos en los salones de Londres, así que no cabía esperar que hiciera otra cosa.

—¿Va a casarse con él?

Ella enarcó sus plateadas cejas levemente y le observó con ojos brillantes. En su mirada había un seco reconocimiento de la diferencia social existente entre ambos, aunque Pitt no sabía si a ella le resultaba divertida.

—Thomas, una mujer no vuelve a contraer matrimonio y ni siquiera considera la posibilidad de hacerlo hasta que ha pasado un año desde la muerte de su marido. Da igual lo que uno sienta o incluso haga en la intimidad de su dormitorio. A condición, claro está, de que el dormitorio se encuentre en la casa de otra persona y se acuda a él durante los fines de semana. Pero respondiendo a tu pregunta, imagino que es bastante probable, una vez haya pasado el intervalo prescrito.

—¿Cómo es él?

—Moreno y sumamente atractivo. No es un aristócrata, pero su condición de caballero es suficiente. No le faltan modales ni simpatía.

—¿Tiene dinero?

—Qué práctico eres… No mucho, creo, aunque no parece que esté necesitado de él, al menos de manera urgente.

—¿Va a heredar lady Alicia?

—Junto con su hija Verity. La anciana tiene su propio dinero.

—Sabe usted mucho sobre sus asuntos. —Pitt quitó hierro al comentario con una sonrisa.

Tía Vespasia respondió con otra sonrisa.

—Por supuesto. ¿De qué otra manera se puede mantener una ocupada durante el invierno? Soy demasiado mayor para tener aventuras propias que revistan algún interés.

Pitt la miró con una amplia sonrisa, pero no hizo ningún comentario: el halago era demasiado obvio.

—¿Cómo se llama y dónde vive?

—Ignoro dónde vive, pero estoy segura de que podrás enterarte sin dificultad. Se llama Dominic Corde.

Pitt se quedó helado. No podía haber dos Dominic Corde que fueran bien parecidos, simpáticos, jóvenes y morenos. Le recordaba claramente: la naturalidad de su sonrisa, su elegancia, su indiferencia hacia su joven cuñada Charlotte, que estaba desesperadamente enamorada de él. De aquello hacía cuatro años, antes de que ella conociera a Pitt, cuando habían comenzado los crímenes de Cater Street… Pero ¿mueren alguna vez los ecos del primer amor? ¿Acaso no perdura algo, más cercano quizá a la imaginación que a los hechos, afín a los sueños que nunca se hicieron realidad? ¿Algo que en cualquier caso resulta doloroso…?

—¿Thomas? —La voz de tía Vespasia le devolvió al presente: Gadstone Park y la profanación de la tumba de lord Augusto Fitzroy-Hammond. De modo que Dominic estaba enamorado de lady Alicia o al menos la pretendía… Sólo la había visto en dos ocasiones, pese a lo cual ya se había formado la opinión de que era totalmente distinta de Charlotte; se trataba más bien de un recuerdo de Sarah, primera esposa de Dominic y hermana de Charlotte, asesinada durante el caso de Cater Street… Sarah, bella y un tanto piadosa, con el mismo cabello de Charlotte, la misma tez suave…

Pitt sólo podía pensar en Charlotte y Dominic.

—¡Thomas! —Pitt levantó la cabeza y se encontró con la cara de tía Vespasia. Se había inclinado hacia adelante y le miraba con preocupación—. ¿Te encuentras bien?

—Sí… —respondió él—. ¿Ha dicho usted «Dominic Corde»?

—Lo conoces. —Era una afirmación, no una pregunta. Pocas cosas se escapaban a la percepción de la anciana dama.

Pitt era consciente de que, si mentía, ella lo sabría.

—Sí. Estuvo casado con la hermana de Charlotte, antes de que muriera.

—Dios santo… —Si sus palabras le habían permitido llegar a alguna conclusión, tía Vespasia tenía demasiado tacto para comunicárselo.

Pitt, por su parte, no quería hablar de Dominic. Sabía que ese momento llegaría, pero aún no estaba preparado para él.

—Hábleme de los demás residentes de Gadstone Park —dijo.

Ella se quedó algo sorprendida. Pitt hizo una mueca de ironía y añadió mirándola a los ojos:

—No imagino a Alicia desenterrándolo, ni a Dominic.

Tía Vespasia relajó el cuerpo, alterando la curva de su cuello de encaje.

—No —dijo suspirando con aire cansino—. Claro que no. Serían los últimos en desear que volviera. De todos modos, a menos que este asunto resulte algo completamente fortuito, parece como si alguno de ellos hubiera matado a Augusto o como si alguien creyese que fueron ellos.

—Hábleme de los demás residentes de Gadstone Park —repitió.

—La anciana es una criatura temible. —Tía Vespasia no tenía pelos en la lengua—. Permanece todo el día sentada en su dormitorio releyendo viejas cartas de amor y también cartas llenas de vanidad militar manchadas de sangre de Waterloo y Crimea. Se considera a sí misma el último miembro de una gran generación. Saborea una y otra vez todas las victorias de su pasado, tanto las reales como las imaginarias, a fin de apurar la vida hasta las heces antes de que se la arrebaten. No siente aprecio por Alicia; cree que no tiene valor ni estilo… —De pronto se le iluminó el rostro y añadió con sequedad—: Aunque, sinceramente, no sé si sentiría más aprecio por ella si la considerara capaz de haber asesinado a Augusto.

Pitt disimuló una sonrisa convirtiéndola en una mueca.

—¿Y qué me dice de la hija, Verity?

—Es una muchacha agradable. No sé de dónde le viene; quizá lo heredó de su madre. No es especialmente bella, pero tiene una gran vitalidad tras esos buenos modales que le han enseñado. Espero que no le encuentren marido antes de que haya tenido ocasión de divertirse un poco.

—¿Cómo se lleva con Alicia?

—Bastante bien, que yo sepa. Pero olvídate de ella; no sabría dónde encontrar un ladrón de tumbas y ella sería incapaz de hacerlo a solas.

—Pero podría animar a otra persona a hacerlo —indicó Pitt—. Alguien enamorado de ella… si pensara que fue su madrastra quien asesinó a su padre.

Vespasia soltó un bufido.

—No lo creo. Demasiado retorcido. Es una buena muchacha. Si creyera tal cosa habría hablado claramente y la habría acusado, no se habría dedicado a persuadir a alguien de profanar la tumba de su padre. Además se diría que le tiene verdadero cariño a Alicia, a menos que sea mejor actriz de lo que me parece.

Pitt tuvo que darle la razón. Aquello era absolutamente descabellado. Después de todo, quizá se tratara de la obra de un trastornado y el que hubiese sido el mismo cadáver en ambas ocasiones fuera sólo una grotesca coincidencia. Así se lo dijo a tía Vespasia.

—Suelo desconfiar de las coincidencias —repuso ella—, pero supongo que acaban dándose. El resto de los residentes del parque es muy normal, a su modo. Lord St. Jermyn parece una persona intachable; aunque tampoco me gusta, pese a que va a ser el defensor de nuestro proyecto de ley en el Parlamento. Hester es una buena mujer que trata de sacar el mayor partido de una situación carente de interés. Tienen cuatro hijos, pero no recuerdo sus nombres.

»El comandante Rodney es viudo. No asistió al entierro, así que aún no lo conoces. Luchó en Crimea, según tengo entendido. Nadie se acuerda de su esposa; debió de morir hace treinta años. Vive con sus hermanas solteras, Priscilla y Mary Ann. Hablan demasiado y se pasan el día haciendo mermelada y almohadillas de lavanda; aparte de esto son mujeres agradables. No hay nada que decir sobre los Cantlay. Creo que son precisamente lo que aparentan: corteses, generosos y algo aburridos.

»Carlisle es un diletante; toca el piano bastante bien. Intentó que le eligieran miembro del Parlamento, pero fracasó; sus posturas radicales son un tanto excesivas. Desea reformas. Es de buena familia y tiene dinero de alcurnia.

»La única persona con cierto interés es ese abominable americano que ha comprado el número siete, Virgilio Smith. Dime —enarcó las cejas—, ¿a quién sino a un americano se le ocurriría llamar a su hijo Virgilio? ¡Apellidándose Smith además! Es más feo que Picio y tiene unos modales a tono. No sabe cómo ha de comportarse, qué tenedor tiene que utilizar o cómo dirigirse a una duquesa. Para colmo habla con los perros y los gatos que ve por la calle.

Pitt, que también hablaba con los perros, empezó a cobrarle simpatía a aquel hombre.

—¿Conocía a lord Augusto?

—Claro que no. ¿Crees acaso que lord Augusto hubiese mantenido esa clase de relaciones? ¡Pero si carecía de imaginación! —Su expresión se suavizó—. Por suerte tengo edad suficiente como para que ya no importe que se me vea con determinadas compañías. Además me resulta bastante simpático; por lo menos no es aburrido. —Lanzó a Pitt una mirada significativa, y éste comprendió que él estaba incluido en el grupo de personas cuya inaceptable condición social quedaba compensada por el hecho de que no eran aburridas.

Tía Vespasia no podía decirle nada más de momento, así que, tras expresarle su agradecimiento por la llaneza con que le habían hablado, Pitt se despidió. Aquella noche tendría que decirle a Charlotte que Dominic Corde estaba relacionado con aquel caso y quería estar preparado para el mal trago.

Charlotte no había mostrado un interés especial en el caso de la exhumación de lord Augusto Fitzroy-Hammond. A diferencia de los asesinatos de Paragon Walk, cometidos el año anterior, no afectaba a ninguna persona que ella conociera. Tenía mucho de que ocuparse en casa, y a Jemima le consumía la curiosidad cada minuto que estaba despierta. Una y otra vez lograba, gracias a destellos de instinto, comprender lo que su hija trataba de expresar y repetía las palabras claramente para que ésta las imitara con solemne diligencia.

A las seis, cuando Pitt llegó a casa mojado y con frío, ya estaba cansada y tan ansiosa como él de poder sentarse. Fue en el acogedor silencio que siguió a la cena cuando Pitt se lo dijo. Había dudado de cómo abordar el tema, si preparar antes el terreno o exponerlo directamente. Al final la sensación de apremio que le embargaba se impuso.

—Hoy he ido a ver a tía Vespasia. —Posó la mirada en su esposa y volvió a apartarla para fijarla en el fuego—. Quería hablar con ella sobre el caso de las profanaciones.

Charlotte esperó a que continuase.

Pitt acostumbraba a expresarse con evasivas, tratando las cosas a su manera; sin embargo aquel asunto era demasiado acuciante y tenía que ser abordado abiertamente.

—Dominic está relacionado.

—¿Dominic? —Le miró con incredulidad; aquello era demasiado increíble e inesperado como para tener sentido—. ¿Qué quieres decir?

—Dominic Corde está relacionado con los Fitzroy-Hammond. Lord Augusto murió hace unas semanas y su cadáver ha sido exhumado en dos ocasiones y abandonado con el propósito de que alguien lo encontrara, la primera vez en el pescante de un cabriolé y la segunda en el banco de la iglesia en el que se sienta su familia. Alicia, su viuda, tenía un admirador… lo tiene desde hace tiempo: Dominic Corde.

Charlotte se quedó inmóvil, repitiendo las palabras mentalmente, tratando de entender su significado. Hacía meses que no pensaba en Dominic; ahora en cambio todos sus sueños de adolescente volvieron a ella desbordándola, embarazosos por su torpeza y ardor. Sintió que el rubor le subía a la cara y deseó que Pitt nunca hubiera sabido nada al respecto, que ella se hubiese mostrado menos transparente en su chifladura cuando él la había conocido en Cater Street.

Entonces empezó a comprender la enormidad del asunto. Pitt le había dicho que Dominic estaba relacionado. ¿Pensaría realmente que tenía algo que ver con la profanación de una tumba? No conseguía imaginárselo, aunque sólo fuese porque no consideraba a Dominic capaz de tener el arrojo o la locura necesaria para cometer semejante atrocidad.

—¿Relacionado hasta dónde? —preguntó.

—No lo sé. —Su tono fue de una brusquedad poco habitual—. Supongo que tendrá intención de casarse con ella.

Por una vez Pitt no había comprendido a su mujer.

—Me refiero a si está relacionado con la profanación de la tumba. No pensarás que ha sido él, ¿verdad? ¿Por qué habría de hacerlo?

Él titubeó, escrutando sus ojos, pugnando por adivinar qué estaba pensando y cuánto le importaba aquel asunto. Había visto el rubor en sus mejillas cuando él había pronunciado el nombre de Dominic, rubor que a él le había provocado cierta inquietud y una incertidumbre que no experimentaba desde hacía años, desde que su padre había perdido su trabajo y la familia había tenido que abandonar la gran finca en que él había nacido y crecido.

—No pienso que haya sido él —respondió él—. Pero he de considerar la posibilidad de que la causa de la muerte de lord Augusto no fuera tan natural como se supuso en su día.

Charlotte palideció.

—¿Estás hablando de un asesinato? ¿Piensas que es posible que Dominic le asesinara? Oh, no… no lo creo. Lo conozco… Él no es… —No encontraba la manera de decirlo sin crueldad y sin faltar a la justicia.

—¿No es qué? —preguntó él con cierta dureza—. ¿No es capaz de cometer un asesinato?

—Exacto —contestó ella—. No lo considero capaz de hacerlo, a menos que estuviese muy asustado o sufriera un acceso de ira. O que fuese por accidente. De todos modos, se habría entregado. No sería capaz de soportarlo.

—¿Tan delicado es de conciencia? —repuso Pitt con sarcasmo.

Ella se sintió dolida. No sabía a qué podía deberse semejante reacción. ¿Habría recordado su necesidad juvenil y estaría enfadado por ello? ¿Le resultaría molesta su estupidez incluso después de tanto tiempo? Pero no podía ser tan implacable con algo que al fin y al cabo sólo había sido producto del romanticismo de una muchacha; con ello no había hecho daño a nadie más que a sí misma. Recordaba con claridad todo lo sucedido en Cater Street. Ni siquiera Sarah se había percatado de sus sentimientos; Dominic tampoco, naturalmente.

—Todos tenemos aspectos cuya existencia preferimos no reconocer —dijo con voz queda—. Aspectos que justificamos con todo tipo de razonamientos para condenarlos en los demás y comprenderlos en nuestro caso. A Dominic se le da tan bien como a la mayoría, quizá en ciertos casos mejor. Sin embargo, sus defectos son sólo producto de la educación que recibió. Aprendió sus valores de otras personas, al igual que todos. Podría excusarse a sí mismo con bastante facilidad por haber tenido una aventura con una doncella, ya que se trata de algo que la mayoría de los caballeros aceptan. Pero nadie acepta que alguien asesine a un hombre con el propósito de casarse con su viuda. Es imposible que Dominic pudiera excusarse a sí mismo o a cualquier otra persona con ese motivo. Después de hacerlo se sentiría aterrorizado. Esto es lo que quería decir.

Pitt se quedó inmóvil. Durante varios minutos no se oyó nada excepto el crepitar del fuego.

—¿Cómo está tía Vespasia? —preguntó ella finalmente.

—Como siempre —respondió él. Quería decir algo más, restablecer el contacto sin tener que pedir disculpas, ya que esto supondría confesar los pensamientos que le habían pasado por la cabeza—. Ha pedido que vayas a visitarla alguna vez. Me lo dijo cuando la vi en el entierro; se me había olvidado comentártelo.

—¿Le volverán a enterrar? Parece un tanto… ridículo.

—Supongo. De todos modos no voy a permitir que lo hagan inmediatamente. El cadáver está ahora en manos de la policía. Le haré practicar la autopsia.

—¿La autopsia? ¿Te refieres a despedazarlo?

—Si prefieres decirlo así. —En sus labios se dibujó lentamente una sonrisa; ella respondió sonriendo a su vez. De pronto Pitt sintió que el calor inundaba de nuevo su cuerpo y se quedó sonriendo tontamente, como un muchacho.

—A la familia no le agradará —comentó ella.

—Se pondrán como basiliscos —dijo él—. Pero ya lo he decidido.