3

Al día siguiente Pitt fue a visitar a Alicia. Por muy desagradable que fuera, tenía que interrogarla, aunque fuese de forma indirecta, acerca de lord Augusto y de su relación con él y con Dominic Corde. Luego, naturalmente, tendría que hablar de nuevo con éste.

No se veían desde el día de su boda con Charlotte, hacía ya casi cuatro años. En aquel entonces Dominic acababa de enviudar y estaba todavía aturdido, presa del miedo que le habían infundido los crímenes de Cater Street. Pitt, por su parte, se sentía tan asombrado ante el éxito cosechado al conseguir a Charlotte que apenas había sido capaz de fijarse en nadie más.

Ahora sería diferente. Dominic habría superado la conmoción y comenzado una nueva vida lejos de los Ellison y los recuerdos de Sarah. Con toda seguridad volvería a contraer matrimonio; no tendría más de treinta y tres años y sería un viudo sumamente deseable. Incluso aunque no lo pensara, Pitt conocía la sociedad lo suficientemente bien para saber que alguna madre ambiciosa le atraparía para casarlo con su hija soltera. Sería simplemente una competición por ver quién se salía con la suya.

Él personalmente no tenía aversión hacia Dominic; sólo se sentía molesto por la relación que había mantenido con Charlotte y por los sueños que ésta había tejido en torno a él. Además se sentía culpable por tener que ser él quien le arrastrara hasta la sospecha del asesinato.

Eso si no lograba esclarecer el asunto antes de que fuera necesario mentar la palabra asesinato.

Era una mañana plúmbea y gris y amenazaba con nevar cuando Pitt tiró de la campanilla del 12 de Gadstone Park y el mayordomo de aspecto fúnebre le hizo pasar no sin antes soltar un suspiro de resignación.

Lady Fitzroy-Hammond está desayunando —dijo—. Si no le importa esperar en la sala de las mañanas, la informaré de su presencia.

—Gracias. —Pitt le siguió obedientemente, pasando cerca de una doncella menuda y entrada en años vestida con un pulcro uniforme adornado con puntillas blancas. Las facciones de su enjuta cara se afilaron cuando le vio y sus ojos brillaron. Dio media vuelta y volvió sobre sus pasos escaleras arriba, para a continuación cruzar el rellano y desaparecer en el momento en que él entraba en una silenciosa y fría sala de las mañanas.

Alicia apareció cinco minutos más tarde, con semblante pálido y expresión un tanto apurada, como si hubiera abandonado la mesa del desayuno sin acabar de comer.

—Buenos días, señora.

Pitt permanecía de pie. Hacía demasiado frío en la estancia para mantener una conversación, y más aún para emprender la indagación, relajada y algo errática, que le era necesario llevar a cabo ahora.

Ella se estremeció.

—Creo que ya hemos hablado de todo sobre lo que se podía hablar. El vicario me ha asegurado de que se va a hacer cargo de… tomar todas las medidas pertinentes. —Titubeó—. No… no estoy muy segura de si debería hacerse… Al fin y al cabo ya… ya se ha celebrado un funeral y… —Frunció el entrecejo y meneó la cabeza—. No sé qué más puedo decirle.

—Tal vez pudiéramos hablar en un lugar más cómodo —sugirió él. No deseaba decir exactamente en un lugar donde hiciera más calor.

Ella pareció confusa.

—¿Hablar de qué? No sé nada más.

Él le respondió con la mayor delicadeza.

—La profanación de una tumba es un delito muy grave, señora. No parece probable que desenterrar el mismo cadáver en dos ocasiones se deba simplemente a una delirante coincidencia.

Alicia palideció completamente y miró a Pitt de hito en hito.

—¿Sería posible ir a una habitación donde pudiéramos hablar cómodamente? —Lo dijo de tal modo que pareciera un consejo, tal como alguien hablaría con un niño.

Sin responder, ella se volvió y le condujo a una sala de estar más pequeña y de aire femenino situada en un ala de la casa. El fuego ardía en el hogar e irradiaba calor. En cuanto hubieron entrado, Alicia se volvió. Había recuperado la ecuanimidad.

—¿Qué sospecha, inspector? ¿Algo más que locura? ¿Algo intencionado?

—Me temo que sí —contestó él sobriamente—. La locura no suele estar… dirigida.

—¿Dirigida a qué? —Cerró la puerta y fue hasta el sofá para sentarse. Él se sentó enfrente de ella, sintiendo cómo el calor relajaba sus músculos entumecidos.

—Eso es lo que debo averiguar —contestó—, si he de garantizar que no vuelva a ocurrir. Usted me dijo que no sabía de ningún enemigo que pudiera desear que su marido sufriera tal agravio o de quien cupiese esperar semejante comportamiento…

—Es cierto.

—Entonces sólo me queda investigar qué otros motivos pueden haber dado lugar a esta situación. —Lady Fitzroy-Hammond era más inteligente de lo que esperaba, y más sosegada. Empezaba a comprender la razón por la que Dominic podía sentirse atraído por ella; no tenía por qué tratarse de una cuestión de dinero o posición. Recordó lo que tía Vespasia le había dicho acerca de la risa y los sueños de juventud y sintió enojo ante las restricciones y la falta de sensibilidad de la rígida educación que había hecho posible que Alicia contrajera matrimonio con un hombre como Augusto Fitzroy-Hammond—. O qué otra persona podría ser considerada como víctima —concluyó.

—¿Víctima? —repitió ella—. Sí, supongo que está en lo cierto. En cierto modo todos somos víctimas de esto… Toda la familia.

Como todavía no estaba preparado para preguntarle acerca de Dominic, dijo:

—Hábleme de su suegra. Estaba en la iglesia, ¿verdad? ¿Vive aquí?

—Sí. Pero no sé qué puedo decirle sobre ella.

—¿Piensa que ella podría ser la persona a quien se quiere dañar?

Pitt creyó ver en su cara una pequeña mueca, una expresión como de reconocimiento, incluso tal vez un fugaz gesto de burla dirigido a sí misma. Quizá se trataba sólo de imaginaciones suyas, un producto de sus propios sentimientos.

—¿Me está preguntando si tiene enemigos?

—¿Los tiene?

Había dejado de ser un secreto entre ellos; él lo sabía y ella se había percatado de ello.

—Por supuesto. Nadie puede llegar a su edad sin hacerse enemigos. Pero, por la misma razón, la mayoría de ellos han muerto. Todos sus rivales de juventud, de los tiempos en que ostentaba poder en la sociedad, han desaparecido o tienen demasiada edad para dedicarle su atención. Imagino que la mayor parte de las cuentas pendientes quedaron saldadas hace tiempo.

Aquellas palabras eran demasiado sensatas como para discutirlas.

—¿Y su hija, la señorita Verity?

—Oh, no. —Alicia meneó la cabeza—. Hace poco que fue presentada en sociedad. No siente despecho y no ha hecho daño a nadie, ni siquiera por omisión.

Pitt no sabía cómo decir lo inevitable. Normalmente era difícil elegir las palabras adecuadas para expresar una acusación, y más aún cuando el interlocutor no se la esperaba. No obstante, con el paso de los años él había acabado acostumbrándose, de la misma manera que uno aprende a sobrellevar el reumatismo sabiendo que el dolor se dejará sentir de vez en cuando, moviéndose para soportarlo mejor, anticipándose al momento en que se producirá la punzada, habituándose a él… Sin embargo, en esta ocasión le resultaba más difícil que de costumbre, y en el último momento volvió a expresarse de manera indirecta.

—¿No podría haber envidia? —preguntó—. Es una joven encantadora.

Alicia sonrió, y al hacerlo manifestó paciencia ante la ignorancia del inspector.

—Si hay alguien que envidia a las jóvenes damas de la sociedad son las demás damas de la sociedad. ¿Piensa realmente, inspector, que una de ellas podría pagar a alguien para desenterrar a su difunto padre?

Pitt se sintió estúpido.

—No, por supuesto que no. —Esta vez tendría que abandonar el tacto; era más torpe con él que sin él—. Entonces si no se trata de la viuda lady Fitzroy-Hammond y tampoco de la señorita Verity, ¿podría tratarse de usted?

Alicia tragó saliva y aguardó un segundo para contestar. Sus dedos estaban rígidos sobre la madera tallada del sofá, aferrados al borde del apoyabrazos.

—No pensaba que alguien pudiera odiarme tanto —musitó.

Pitt se dejó de tapujos. No podía permitir que la piedad le obligara a morderse la lengua. No sería la primera asesina que demostrara ser la mejor de las actrices.

—Se ha cometido más de un crimen por celos.

Ella se quedó de piedra y Pitt pensó que no iba a responder.

—¿Está hablando de asesinato, inspector Pitt? —dijo por fin—. Es algo horrible y repugnante, una especie de pesadilla, pero no se trata de un asesinato. Augusto murió de un ataque cardíaco. Llevaba enfermo más de una semana. Pregúntele al doctor McDuff.

—¿Y si alguien quisiera hacernos creer que fue asesinado? —Pitt mantenía un tono sosegado, casi impasible, como si estuviera estudiando un problema académico y no hablando de vidas humanas.

De repente ella se percató de lo que estaba pensando.

—¿Está sugiriendo que… que alguien está desenterrando a Augusto para llamar la atención de la policía? ¿Cree que alguien podría odiar tanto a alguna de nosotras?

—¿No cabe la posibilidad?

Ella se volvió para mirar al fuego.

—Sí… supongo que sí. Sería una necedad afirmar lo contrario. No obstante se trata de una idea espantosa. No sé quién podría hacerlo… o por qué.

—Según tengo entendido, usted conoce al señor Dominic Corde.

Ya estaba dicho. Observó cómo el color subía a las mejillas de lady Fitzroy-Hammond. Creía que él la despreciaría por ello, que la censuraría; al fin y al cabo acababa de enviudar. Sin embargo no fue así. Se sorprendió a sí mismo lamentando su azoramiento, lamentando incluso el hecho de que probablemente se encontrara en esa incierta etapa del amor en que uno no puede negar sus propios sentimientos pero todavía no está seguro de los de la otra persona.

Ella siguió sin mirarle.

—Sí, lo conozco. —Estaba rascando el borde del sofá. Sus manos eran muy suaves, habituadas al encaje y al cuidado de las flores. Se sentía impelida a decir algo más; no podía limitarse a pasar por alto el tema—. ¿Por qué lo pregunta?

Esta vez Pitt demostró más tiento.

—¿Cree que puede haber una persona que sienta celos por su amistad? Conozco al señor Corde; es un hombre realmente encantador y además con buenas posibilidades de matrimonio.

El rubor de Alicia se intensificó, y quizá a causa del sofoco su azoramiento se hizo más lastimoso.

—Es posible, señor Pitt —dijo alzando los ojos bruscamente. Él no lo había advertido hasta aquel momento, pero los tenía de un tono castaño dorado—. Pero yo acabo de enviudar… —se interrumpió. Posiblemente se había dado cuenta de lo presuntuosas que eran sus palabras. Así pues, comenzó de nuevo—: No puedo imaginarme a nadie tan desequilibrado para hacer algo semejante movido por una envidia de tipo social, ni siquiera a causa del señor Corde.

Pitt seguía sentado enfrente de ella, a poco más de un metro de distancia.

—¿Se le ocurre alguna razón sensata para que una persona pueda hacer algo así, señora?

Nuevamente se produjo un silencio. El fuego crepitaba y soltaba chispas. Él cogió las tenazas y echó al hogar un trozo de carbón. Era un lujo quemar combustible sin tener que pensar en su precio. Arrojó un segundo trozo y después otro. El fuego se inflamó irradiando calor.

—No —contestó ella quedamente—. Está usted en lo cierto.

Antes de que él pudiera decir nada, la puerta se abrió y una corpulenta anciana vestida de negro entró en la estancia, anunciando su llegada a golpe de bastón y observando con desdén a Pitt, quien se había puesto en pie con presteza.

Alicia también se había levantado.

—Suegra, le presento al inspector Pitt, de la policía. —Volviéndose hacia éste, añadió—: Mi suegra, lady Fitzroy-Hammond.

La anciana no se movió. No iba a permitir que le presentaran a un policía como si fuera un igual, y aún menos en lo que ella todavía consideraba su propia casa.

—Claro —dijo con acritud—. Ya me lo imaginaba. Supongo que tendrás deberes que atender, ¿no, Alicia? La marcha de la casa no tiene que detenerse porque alguien haya muerto. No puedes esperar que los sirvientes se vigilen a sí mismos. Ve a ver qué menú hay para hoy y comprueba si las doncellas están ocupadas como es debido. Ayer había polvo en el alféizar del rellano de arriba. Me manché el puño con él. —Aspiró hondo—. Bien, no te quedes ahí, muchacha. Si el policía quiere verte otra vez, siempre puede volver.

Alicia miró a Pitt, que meneó la cabeza de manera imperceptible. Ella aceptó la situación con la cortesía y el respeto hacia los mayores que le habían enseñado. Cuando se hubo ido, la anciana se acercó anadeando hasta el sofá y se sentó sin soltar el bastón.

—¿Por qué ha venido aquí? —inquirió con tono conminatorio. Lucía un gorro de encaje, pese a lo cual Pitt observó que llevaba el pelo sin arreglar. Seguramente había oído a la doncella anunciar su llegada y se había levantado para poder verle.

—Investigo quién ha desenterrado a su hijo —contestó escuetamente.

—¡Pero por el amor de…! ¿Acaso cree que ha sido una de nosotras?

La anciana sintió una repentina irritación ante la estupidez del policía y se ocupó de que se diera buena cuenta de ello.

—En absoluto, señora —respondió él con serenidad—. Ha sido obra de un hombre, pero considero muy probable que la causa haya sido una de ustedes. Como ha ocurrido en dos ocasiones, hemos de descartar que se trate de una coincidencia.

Ella golpeó el bastón contra el suelo.

—¡Pues debería investigarlo! —dijo con satisfacción, tensando sus pómulos—. Averigüe todo lo que pueda. Mucha gente aparenta ser lo que no es. Si estuviera en su lugar, yo empezaría por Dominic Corde. —Sus ojos no se apartaban de los de Pitt—. Es un hombre excesivamente amable; no me extrañaría que pretendiese el dinero de Alicia. No le quite el ojo de encima. Andaba husmeando por aquí antes de que muriera Augusto, mucho antes… Qué muchacha más estúpida, fijándose en su bonita cara y sus buenos modales… Como si una cara valiera algo. Vamos, vamos, pero si cuando tenía su edad, yo conocía a veinte como él… —Chasqueó los dedos bruscamente—. Las cortes de Europa están llenas de ellos; hay una cosecha cada temporada, como si fueran patatas. Sólo valen para una temporada, luego desaparecen, a menos que se casen con alguna mujer rica que se deje engañar. ¡Majaderos! Investigue de qué fondos dispone y qué deudas tiene.

Pitt enarcó las cejas. Habría renunciado al sueldo de una semana por poder replicarle como se merecía. Por desgracia, habría tenido que renunciar al de toda una vida.

—¿Cree que podría haber desenterrado a lord Augusto? —preguntó con fingida inocencia—. No alcanzo a ver por qué habría de hacerlo.

—¡No sea idiota! —le espetó ella—. Seguramente lo asesinó o convenció a esa estúpida muchacha para que lo hiciera. Me atrevería a decir que alguien lo sabe y que ha desenterrado a Augusto para sacar el asunto a la luz.

Pitt la miró sin pestañear.

—¿Usted lo sabía, señora?

Presa de una furia incontenible, la anciana le fulminó con la mirada sin saber cómo reaccionar.

—¡¿Desenterrar a mi hijo?! —exclamó finalmente—. ¡Usted es un bárbaro! ¡Un cretino!

—No, señora —contestó Pitt sin morder el anzuelo—. Se equivoca. Lo que quise decir es si sospechaba que su hijo había sido asesinado.

De pronto ella se percató de la trampa y su mal humor se desvaneció. Le miró con ojillos cautelosos y dijo:

—No, no lo sabía. Aunque ahora empiezo a considerar la posibilidad de que así sea.

—Nosotros también, señora. —Pitt se levantó. Necesitaba averiguar todo lo posible, pero la venenosa maledicencia de aquella anciana podía enturbiar el asunto antes de lo debido. El asesinato no era todavía más que una posibilidad, y aún quedaban otras por investigar: el odio o el simple vandalismo…

Ella soltó un bufido, alzó la mano para que le ayudara y entonces se acordó de que era un policía y la retiró para levantarse por sí sola. A continuación golpeó el bastón contra el suelo y exclamó:

—¡Nisbett!

La omnipresente doncella apareció como si todo el rato hubiera estado tras la puerta.

—Acompaña a este hombre hasta la puerta —ordenó la anciana levantando el bastón para indicárselo—. Luego llévame una taza de chocolate a mi habitación. No sé qué le sucede a este mundo. Cada invierno hace más frío. Antes no era así. Sabíamos calentar las casas como es debido. —Cojeando, salió de la estancia sin volver a mirar al inspector.

Pitt siguió a Nisbett hasta el vestíbulo, pero cuando se disponía a salir oyó voces en la sala de estar que había a su izquierda. Una pertenecía a un hombre y, aunque no era alta, se oía con nitidez y las palabras que decía eran pronunciadas con corrección. A Pitt se le agolparon los recuerdos en la cabeza: sólo podía ser Dominic Corde.

Dirigió a Nisbett una sonrisa de oreja a oreja, dejándola estupefacta y alarmada, se volvió de repente hacia la puerta, llamó suavemente con los nudillos y, ni corto ni perezoso, entró en la habitación.

Dominic estaba con Alicia de pie al lado de la chimenea. Los dos se volvieron sorprendidos y ella se ruborizó; Dominic hizo ademán de pedir una explicación, pero entonces reconoció a Pitt.

—¡Thomas! —exclamó con asombro—. ¡Thomas Pitt! —Recuperando la serenidad, sonrió y le tendió la mano; era un gesto sincero.

Pitt notó cómo a su pesar la aversión que sentía se disipaba. Sin embargo no podía olvidar el motivo que lo había llevado allí. Estaba investigando un posible caso de asesinato y una de las personas que tenía delante, o quizá las dos, podía estar implicada en él. Incluso si se tratara sólo de la profanación de una tumba, seguramente fueran ellas las víctimas en quienes se había pensado al cometer el delito.

Pitt estrechó la mano que le tendía Dominic y dijo:

—Buenos días, señor Corde.

Dominic seguía siendo tan inocente como siempre.

—Buenos días. ¿Cómo está Charlotte?

Pitt experimentó una extraña mezcla de alegría —por el hecho de que Charlotte fuera ahora su esposa— y rencor —por la naturalidad y sencillez con que Dominic había hecho la pregunta. Sin embargo, éste había vivido con ella en la misma casa durante todos los años de su matrimonio con Sarah y le había visto crecer y pasar de adolescente a joven mujer, y en ningún momento había sospechado que Charlotte pudiera estar encaprichada con él.

Pero esto era diferente. Ahora tenía treinta años y seguramente sería más maduro y más consciente de los efectos que causaba en las mujeres. Además, la mujer que tenía delante era Alicia, no su joven cuñada.

—Tiene una salud excelente, gracias —le contestó, y no resistió la tentación de añadir—: Jemima tiene dos años y habla sin cesar.

Dominic se quedó un tanto asombrado. Quizá nunca se le había pasado por la cabeza que Charlotte tuviera hijos; él y Sarah no habían tenido ninguno. Pitt se arrepintió de su jactancia. Ahora, una vez dichas aquellas palabras surgidas del apasionamiento, había perdido toda posibilidad de mantener cierta imparcialidad y destruido la conducta estrictamente profesional que pensaba observar.

—Espero que se encuentre usted bien —dijo con cierta vacilación—. El asunto de lord Fitzroy-Hammond es una verdadera desgracia.

Dominic se sonrojó y, acto seguido, palideció.

—Es algo horrible —comentó—. Espero que encuentre al hombre que lo haya hecho y consiga que lo encarcelen. Seguramente se trata de un loco y será fácil de reconocer.

—Por desgracia, la locura no es como la viruela —respondió Pitt—. No produce un sarpullido que pueda advertirse a simple vista.

Alicia permanecía en silencio, haciéndose todavía a la idea de que, evidentemente, los dos hombres se conocían y que su relación no era ni casual ni meramente formal.

—No a la vista de alguien sin la preparación adecuada —respondió Dominic—. Pero usted sí lo está. Además, ¿no tienen médicos o algo así en la policía?

—Antes de poder hacer algo con una enfermedad, uno tiene que estar familiarizado con ella —repuso Pitt—. Y la profanación de tumbas no es algo que un policía se encuentre con frecuencia a lo largo de su carrera profesional.

—¿Y si venden los cadáveres para la investigación médica? ¿No había alguien que se dedicaba a ello? Lo siento, Alicia… —se disculpó.

—¿Los resurreccionistas? De eso hace mucho tiempo —contestó Pitt—. Ahora obtienen los cadáveres legalmente.

—Entonces no puede tratarse de eso. —Dominic dejó caer los hombros—. Es espeluznante. ¿Cree usted que…? No, no puede ser eso. No han hecho daño al cadáver. No pueden ser nigromantes, satanistas o algo semejante…

Alicia se decidió finalmente a hablar.

—El señor Pitt está obligado a considerar la posibilidad de que no eligieran a Augusto por casualidad, sino a propósito, por odio hacia él o hacia alguno de nosotros.

Dominic no se mostró tan sorprendido como Pitt hubiera esperado. Se le ocurrió que tal vez ella se lo hubiese dicho antes de que él entrara en la habitación. Quizá fuera aquello precisamente lo que estaban discutiendo cuando él les había interrumpido.

—No concibo que alguien pueda odiar tanto a otra persona —dijo Dominic lacónicamente.

Pitt había estado esperando aquella oportunidad, y la aprovechó.

—Puede haber muchos motivos para odiar —dijo procurando que su tono fuera más suave y ligero—. El miedo es uno de los más antiguos. Sin embargo todavía no he conseguido descubrir ninguna razón por la que una persona pudiera temer a lord Augusto. Es posible que ostentase un poder del que yo no sepa nada, un poder económico o incluso un poder consistente en una información que otra persona prefiriera mantener en secreto. Quizá se había enterado de algo fortuitamente.

—En tal caso él también lo habría mantenido en secreto —dijo Alicia con convicción—. Augusto era un hombre muy leal y jamás practicaba la maledicencia.

—Quizá considerara un deber hablar si el asunto era un delito —indicó Pitt.

Ni Alicia ni Dominic respondieron. Los dos seguían de pie, y Dominic estaba tan cerca de la chimenea que debía de tener las piernas abrasadas.

—O venganza —prosiguió Pitt—. Una persona puede abrigar un ansia de venganza manteniéndola larvada durante años hasta el punto de convertirla en algo monstruoso. La ofensa original no tiene por qué ser grave, incluso es posible que ni siquiera se trate de una ofensa sino de algo inocente, como el hecho de que una persona obtuviera éxito cuando la otra fracasaba.

Respiró hondo y se acercó un poco más a lo que quería decir en realidad.

—Luego está la avaricia, uno de los móviles más comunes en el mundo. Cabe la posibilidad de que una persona estuviera en posición de beneficiarse de su muerte de algún modo que no resulte obvio a primera vista.

Alicia palideció para a continuación experimentar una oleada escarlata en sus mejillas. Aunque no se había referido a algo tan simple como una herencia, Pitt era consciente de que ella pensaba que sí lo había hecho. Dominic también guardaba silencio, y se apoyaba en un pie y luego en el otro; tal vez se debiera al desasosiego o simplemente al hecho de que estaba demasiado cerca del fuego y no se podía mover sin pedirle antes a Pitt que también se moviera.

—Y también están los celos —concluyó Pitt—. El deseo de libertad. Quizá se interpusiera en el camino para llegar a algo que otra persona deseaba fervientemente.

En aquel momento era incapaz de mirar directamente a ninguno de ellos, aunque sabía que ellos tampoco se estaban mirando el uno al otro.

—Hay muchos móviles. —Retrocedió un poco para que Dominic se apartase del fuego—. Cualquiera es posible mientras no averigüemos de qué se trata.

Alicia tragó saliva.

—¿Los va… los va a investigar todos?

—Tal vez no haga falta —respondió con la sensación de que estaba siendo cruel y detestando su trabajo porque la sospecha ya estaba cobrando forma en su cabeza, configurándose como una imagen en la niebla—. Es posible que descubramos la verdad antes de lo previsto.

Aquello no le supuso ningún alivio a ella, tal como esperaba Pitt. Alicia avanzó y se interpuso entre él y Dominic. Se trataba de un gesto que Pitt había visto cientos de veces en mujeres de toda condición: una madre defendiendo a un niño travieso, una esposa mintiendo acerca de su marido, una hija excusando a su padre borracho…

—Confío en su discreción, inspector —dijo Alicia con voz queda—. Si no lo hace, podría causar mucho dolor innecesario y agraviar la memoria de mi padre, así como la de aquellas personas que, según se deduce de sus palabras, podrían tener tales motivos.

—Por supuesto. Es posible que haya que investigar los hechos, pero de ello no se derivarán consecuencias.

Alicia no parecía muy dispuesta a creerle, pero aun así guardó silencio.

Pitt se despidió, y el lacayo se aseguró de que esta vez salía realmente de la casa.

En la calle el frío hizo presa en él, traspasando su abrigo y su chaqueta para entumecerle la piel y agarrotarle los músculos. La niebla se había levantado, y ahora el viento soplaba cargado de aguanieve, oscureciéndolo todo de lluvia. No quedaba otra alternativa que pedir la autopsia del cadáver de lord Augusto Fitzroy-Hammond. La posibilidad de un asesinato no podía pasarse por alto en atención al dolor que podría causar a mucha gente.

Había averiguado con anterioridad dónde podía encontrar al doctor McDuff, y hacia allí se encaminó. Cuanto menos tiempo tuviera para pensar en ello, mejor. Se lo contaría a Charlotte cuando tuviera que hacerlo.

La casa del doctor McDuff era amplia, sólida y convencional, al igual que él; no había nada con que avivar la imaginación, nada que pudiese ofender a los satisfechos de sí mismos. A Pitt le condujeron a otra fría sala y le dijeron que esperara. Al cabo de unos minutos le llevaron a un estudio lleno de libros forrados de cuero, un tanto desgastados, donde se detuvo delante de un enorme escritorio, como si fuera un escolar que fuera a responder ante su maestro. Al menos había una chimenea encendida.

—Buenos días —dijo el doctor McDuff austeramente. Tal vez hubiera sido un joven bien parecido, pero el tiempo y la impaciencia habían ajado su cara, y la suficiencia había surcado de arrugas la piel en torno a la nariz y la boca—. ¿Qué puedo hacer por usted?

Pitt cogió la única silla que había a su disposición y se sentó. Se negaba a que aquel hombre le tratara como a un sirviente. Al fin y al cabo, no era más que un profesional como él, educado y remunerado para hacer frente a los problemas menos agradables que se planteaban a la sociedad.

—Usted es el médico que atendió al difunto lord Augusto Fitzroy-Hammond hasta el día de su muerte… —dijo.

—En efecto —respondió el doctor McDuff—. Se trata de un asunto que no atañe a la policía. Murió de un infarto. Fui yo quien firmó el certificado de defunción. No sé nada de las espantosas profanaciones que se han cometido desde entonces. Eso sí es asunto suyo, y cuando antes haga algo al respecto, mejor.

Pitt notó el antagonismo en el ambiente. Para McDuff él representaba un mundo sórdido ajeno a la elegancia y las comodidades de su propio círculo, una ola que siempre había que frenar con sacos terreros de discriminación y diferencias sociales. Si esperaba sacar algo de él, no lo conseguiría mediante un ataque frontal, sino mediante la astucia y espoleando su vanidad.

—Sí, se trata de un asunto espantoso —coincidió—. Es la primera vez que me enfrento con algo semejante. Para mí tendría un inestimable valor su opinión profesional en lo tocante al tipo de persona que podría verse afectado por un afán tan desquiciado.

McDuff se disponía a decir que él no tenía nada que ver con ello, pero su reputación profesional había sido invocada. Aquello no era lo que esperaba oír de Pitt, y por un momento se sintió desconcertado.

—Ah… —dijo al tiempo que trataba de reorganizar rápidamente sus pensamientos—. Vamos a ver. Ésa es una cuestión muy compleja. —Había estado a punto de decir que tampoco sabía nada al respecto, pero jamás reconocía su ignorancia abiertamente. Después de todo, sus años de experiencia le habían proporcionado un variado conocimiento del comportamiento humano en todas sus comedias y tragedias—. Tiene usted toda la razón; es una locura sacar el cadáver de un hombre de su tumba. No cabe la menor duda.

—¿Conoce algún estado patológico que pudiera llevar a alguien a cometer semejante acto? —inquirió Pitt con expresión perfectamente sobria—. ¿Quizá alguna clase de obsesión?

—¿Una obsesión por los muertos? —McDuff barajó aquella idea en la cabeza, en busca de alguna afirmación categórica—. Se llama necrofilia.

—Sí —asintió Pitt—. Quizá una obsesión causada por un sentimiento de odio o envidia hacia lord Augusto. Al fin y al cabo, a la desdichada criatura la han desenterrado en dos ocasiones. No se puede decir que se trate precisamente de una coincidencia.

McDuff endureció el gesto y en su rostro se dibujaron arrugas aún más severas de desagrado. Ahora era su propio mundo, su círculo social, el que se veía amenazado.

Pitt se percató de ello.

—Naturalmente, su ética profesional no le permite dar nombres, doctor McDuff —se apresuró a decir—. Sin embargo podrá decirme, siendo como es un hombre con una larga experiencia en la medicina, si existe tal estado patológico. Luego tendré que investigar por mi cuenta. Es nuestro deber, el suyo y el mío, garantizar que a lord Augusto se le da sepultura decentemente y se le permite descansar… como también a su desgraciada familia. A su viuda y a su madre…

El doctor McDuff reparó en el tema monetario.

—Por descontado —respondió—. Haré todo lo que pueda… dentro de los límites de la discreción ética —agregó—. De todos modos en este preciso momento no me viene a la cabeza ningún mal que pueda dar lugar a una forma tan repulsiva de locura. Daré al asunto mi mayor consideración y, si no le importa volver a visitarme, podré darle una opinión más meditada.

—Muchas gracias. —Pitt se levantó y se acercó a la puerta; antes de abrirla, se volvió y dijo—: Por cierto, sé que es sumamente desagradable, pero hay indicios que permiten suponer que lord Augusto tal vez haya sido asesinado. Alguien lo sabe y está desenterrando el cadáver para llamar la atención y obligarnos a investigar. Supongo que su muerte fue totalmente natural… y esperada.

El rostro de McDuff se tornó sombrío.

—¡Desde luego que fue totalmente natural, señor mío! ¿Cree usted que yo habría firmado el certificado de no haber sido así?

—¿Y esperada? —insistió Pitt—. ¿Llevaba tiempo enfermo?

—Una semana. Pero tratándose de un hombre de sesenta años de edad… Su madre tiene el corazón débil.

—Pero ella sigue viva —observó Pitt—. Y tiene más de ochenta años, diría yo.

—¡Eso no tiene nada que ver con lo que estamos discutiendo! —barbotó McDuff cerrando el puño sobre la mesa—. La muerte de lord Augusto fue totalmente natural y, tratándose de un hombre de su edad y estado de salud, nada extraordinaria.

—¿Le practicó usted la autopsia? —Pitt sabía que la respuesta era negativa.

McDuff dio un respingo. La mera idea sugerida por Pitt le escandalizaba.

—¡Claro que no! —Su cara enrojeció—. Ha trabajado demasiado tiempo en los barrios bajos, inspector. Desearía recordarle que mis clientes no guardan ninguna semejanza con los suyos. ¡Lo que nos ocupa no es un asesinato ni un crimen, a menos que la profanación de tumbas se considere como tal; y no cabe duda de que es una persona de su mundo, no del mío, a quien hay que culpar por ello! ¡Buenos días, inspector!

—Entonces tendré que pedir que se practique una autopsia ahora —dijo Pitt suavemente—. Voy a solicitárselo al juez esta tarde.

—¡Y yo me opondré con firmeza, inspector! —McDuff descargó el puño sobre la mesa—. Y puede estar seguro de que la familia de lord Fitzroy-Hammond me apoyará. No carecen de influencias. ¡Ahora, por favor, salga de mi casa!

Pitt acudió a sus superiores con la petición de que se practicase la autopsia a lord Augusto y fue recibido con inquietud. Le dijeron que tendrían que considerar la petición y que no podían trasladarla al juez mientras no sopesaran debidamente todos los aspectos. No se podía llevar a cabo una autopsia a la ligera o de forma irresponsable, por lo que antes de comprometerse debían estar seguros de que tal medida estaba justificada.

Pitt se sintió enfadado y decepcionado, pero sabía que la respuesta era la que cabía esperar. No solía destriparse a los cadáveres de la aristocracia y ponerse en tela de juicio sus muertes a menos que fuese por una razón muy válida, e incluso en tal caso lo normal era presentar una prueba irrebatible antes de seguir adelante.

Al día siguiente McDuff había movido todos sus hilos. La respuesta le llegó a Pitt a su despacho: no había motivos fundados para la autopsia y por tanto no se llevaría a efecto. No supo si sentirse enfadado o aliviado. Si no se practicaba la autopsia, era poco probable que pudiera probarse que se había cometido un asesinato. La rúbrica del certificado de defunción daba fe de una muerte natural a causa de insuficiencia cardiaca. Después de la entrevista mantenida con el doctor McDuff sabía que necesitaría muchos más argumentos que los que era capaz de esgrimir para hacerle cambiar su opinión de profesional. Y si no había asesinato, Pitt estaría obligado a proseguir formulariamente las investigaciones sobre quién había desenterrado el cadáver y lo había dejado expuesto de forma tan extraña, pero sin abrigar esperanza alguna de averiguarlo. Con el transcurso del tiempo el caso sería relegado por crímenes más acuciantes, y Dominic y los Fitzroy-Hammond seguirían viviendo su vida en paz.

A menos, ciertamente, que la persona que había desenterrado a Augusto decidiera no rendirse con tanta facilidad. Si él —o ella— creía o sabía que se había cometido un asesinato, cabía la posibilidad de que tuviera más ideas para llamar la atención. ¡Sólo Dios sabía cuáles podrían ser!

Por su parte, Pitt detestaba los casos abiertos. Sentía simpatía hacia Alicia e incluso, en la medida en que su imaginación le permitía visualizar una forma de vida totalmente ajena a la suya, la comprendía. Le desagradaría enterarse de que era la responsable o cómplice del asesinato de su marido. Y por el bien de Charlotte, tampoco quería que fuese Dominic.

De momento no podía hacer nada, así que se concentró en un caso de falsificación en el que había estado ocupado antes de que lord Augusto cayera del coche a la calle.

Eran las cinco y media y fuera, entre los faroles de gas que envolvía la niebla, estaba tan oscuro como una bodega sin alumbrar. Un agente subalterno abrió la puerta para anunciarle que un tal señor Corde venía a visitarle.

Pitt se sintió asombrado. El primer pensamiento que le vino a la cabeza fue que se había producido una nueva atrocidad, que su peculiar adversario acababa de darle un nuevo aviso. Sintió repugnancia y tristeza.

Dominic entró con el cuello del abrigo alzado y el sombrero calado hasta las orejas. Tenía la nariz roja y los hombros encorvados.

—Dios santo, hace una noche espantosa —dijo mientras se sentaba en una silla de respaldo duro y miraba a Pitt con inquietud—. Compadezco a los pobres diablos que no tengan cama y fuego.

En lugar de preguntarle a qué había venido, Pitt le respondió con el comentario que le vino instintivamente a los labios.

—Habrá miles de ellos. —Miró a Dominic a los ojos—. Tampoco tienen cena y, por cierto, están a un tiro de piedra de aquí.

Dominic se estremeció. No tenía mucha imaginación cuando Charlotte le había conocido, aunque quizá los años transcurridos hubieran operado un cambio en su persona. O tal vez se tratara sólo de su desagrado ante la respuesta de Pitt a lo que sólo había sido un comentario de pasada.

—¿Es cierto que quiere practicar una autopsia a lord Augusto? —preguntó, quitándose los guantes y sacando un pañuelo blanco del bolsillo.

Pitt era incapaz de desaprovechar una ocasión para decir la verdad.

—Sí, es cierto.

Dominic se sonó la nariz; su expresión era tensa.

—¿Por qué? Murió de insuficiencia cardiaca, una dolencia familiar. McDuff le dirá que su muerte fue absolutamente natural, incluso esperada. Comía en exceso y rara vez hacía ejercicio. Los hombres de esas características mueren siempre cuando llegan a los sesenta. —Dominic arrugó el pañuelo y se lo metió en el bolsillo—. ¿No comprende usted lo que significará para la familia, sobre todo para Alicia? Vivir con esa anciana ahora es un verdadero infierno; imagínese cómo será si se practica una autopsia. Culpará de todo a Alicia y dirá que si Augusto no se hubiera casado con ella jamás habría ocurrido cosa semejante. Si Alicia no tuviera treinta años menos que él, nadie le daría la menor importancia.

—No tiene nada que ver con la edad —repuso Pitt pacientemente. Deseaba poder dejar el asunto, quitárselo de la cabeza al igual que el deber que suponía para él—. Quiero practicar una autopsia porque el cadáver ha sido desenterrado en dos ocasiones y abandonado en lugares donde era inevitable encontrarlo. Dejando aparte el hecho de que se trata de un delito, hemos de impedir que vuelva a suceder. ¿Cómo es posible que no lo comprenda?

—¡Entonces entiérrenle y pongan a un agente de guardia! —exclamó Dominic con exasperación—. Nadie va a desenterrarle teniendo a un policía al lado. No puede ser una tarea fácil, o rápida, remover toda esa tierra y sacar el ataúd. Habrá que hacerlo por la noche y utilizar un equipo considerable; palas, cuerdas y objetos de ese tipo… Y, lógicamente, tiene que hacerse entre varios.

Pitt evitó mirarle.

—Un hombre fuerte podría hacerlo solo a poco que se esforzara —repuso—. Y no le harían falta cuerdas. Sólo cogieron el cadáver; el ataúd permaneció en su sitio. Podríamos poner a un agente de guardia durante una o dos noches, incluso durante una semana, pero en algún momento tendríamos que retirarlo, y entonces el profanador podría volver a las andadas, si así lo deseara.

—¡Por Dios!

Dominic cerró los ojos y se los cubrió con las manos.

—O si no hará algo diferente —agregó Pitt—, si está decidido a empujar a alguien a que actúe.

Dominic alzó la cabeza.

—¿Algo diferente? ¿Como qué, por amor de Dios?

—No lo sé. Si lo supiera tal vez podría impedirlo.

Dominic se levantó, con la cara sonrojada.

—¡Pues bien, yo voy a impedir que se practique una autopsia! Hay muchas personas en Gadstone Park que se opondrán a ello. Lord St. Jermyn, sin ir más lejos. Y si es necesario podemos pagar a alguien para que monte guardia junto a la tumba y se encargue de que el cadáver descanse en paz y decentemente. ¡Sólo un loco puede molestar a los muertos!

—Sólo un loco puede hacer ciertas cosas… —comentó Pitt—. Lo lamento, pero no sé cómo poner fin a esta situación.

Dominic meneó la cabeza y se dispuso a marcharse.

—No es culpa suya, ni su responsabilidad. Tendremos que hacer algo por el bien de Alicia. Dele recuerdos a Charlotte de mi parte, y a Emily, si llega a verla. Buenas noches.

Cerró la puerta al salir y Pitt se quedó mirándola, sintiéndose culpable. No le había dicho que no se iba a practicar la autopsia porque quería saber qué le decía al respecto; y ahora sólo sabía que se sentía peor que antes. La autopsia podría haber disipado definitivamente cualquier sospecha de asesinato. Quizá debió decírselo.

De todos modos, ¿por qué Dominic no era capaz de verlo por sí mismo? ¿Acaso temía que de ese modo se demostraría lo contrario? ¿Que realmente había sido un asesinato? ¿Era Dominic culpable o temía por Alicia? ¿O sólo temía el escándalo, todas las perversas y corrosivas sospechas, las viejas heridas que una investigación haría que volviesen a abrirse? Dominic no podía haber olvidado Cater Street…

Sin embargo, mientras Dominic quería que se silenciara el asunto, había al menos una persona que no compartía su deseo. A la mañana siguiente Pitt recibió una carta bastante formal de parte de la anciana suegra en la que le recordaba que su deber era averiguar quién había importunado el descanso de lord Augusto en su tumba y por qué. Si se había cometido un crimen, la sociedad le pagaba a Pitt para que lo descubriera y vindicara a la víctima.

Pitt gruñó y dejó la hoja sobre la mesa. Era papel blanco para cartas normal y corriente; tal vez guardara el elegante para la alta sociedad. Le pasó fugazmente por la cabeza que tal vez debería enseñársela a sus superiores y dejarles que discutieran qué era más importante para sus carreras y sus deberes: la prohibición impuesta por el sistema o el peso social de la anciana dama.

Todavía estaba considerando el asunto, con la carta en el cajón superior del escritorio, cuando apareció Alicia, arrebujada en pieles hasta el cuello. Su llegada dio lugar a varios comentarios de sorpresa en la comisaría y a que el agente que la anunció le dijera a Pitt que tenía los ojos tan redondos y bulbosos como canicas.

—Buenos días, señora. —Pitt le ofreció una silla e hizo una señal al agente de que se retirara—. Me temo que no tengo novedades; de lo contrario habría ido a verla para decírselo.

—Entiendo… —Miraba a todas partes excepto a Pitt.

El inspector se preguntó si estaba simplemente esquivándolo o si tenía algún interés en las desconchadas paredes, los austeros grabados que las decoraban y las cajas atestadas de archivadores. Aguardó, permitiéndole que hiciera acopio de valor.

Finalmente Alicia lo miró y dijo:

—Señor Pitt, he venido a pedirle que abandone el asunto de la exhumación de mi marido… —Aquello era un eufemismo ridículo; ella se dio cuenta y balbuceó con cierta torpeza—: Me refiero a la profanación de su tumba. He llegado a la conclusión de que ha sido obra de locos, de vándalos sin discernimiento. Jamás los atrapará, y su persecución no puede deparar nada bueno.

A Pitt se le ocurrió una idea.

—Cierto, es posible que no los atrape —dijo lentamente—, pero si no los persigo puede darse una situación muy dolorosa, sobre todo para usted.

La miró a los ojos fijamente, de tal manera que ella no pudiera apartarlos a menos que evitara su mirada de forma manifiesta.

—No le comprendo —respondió ella meneando un poco la cabeza—. Vamos a enterrarle y, si es necesario, pagaremos a un sirviente para que monte guardia durante el tiempo que haga falta. No veo cómo eso puede dar lugar a una situación dolorosa.

—Tal vez sea cierto que haya sido simplemente obra de un lunático —dijo Pitt inclinándose levemente—, pero me temo que no todo el mundo cree lo mismo.

Las facciones de ella se pusieron tensas. Al inspector no le había hecho falta utilizar la palabra «asesinato».

—Que piensen lo que quieran. —Alzó el mentón y se cerró las pieles con fuerza.

—Lo harán. Y algunos querrán pensar que usted se ha negado a que se practique la autopsia precisamente porque hay algo que ocultar.

Lady Fitzroy-Hammond palideció y entrelazó los dedos entre las pieles.

—La crueldad se caracteriza por ser sorprendentemente perspicaz —prosiguió Pitt—. Estarán quienes hayan advertido la admiración que siente el señor Corde hacia usted y sin duda también quienes hayan sentido envidia de ella.

Aguardó un momento para que digiriera la idea y todas sus consecuencias. Estaba dispuesto a añadir que habría sospechas, pero no fue necesario hacerlo.

—¿Me está diciendo que se preguntarán si fue asesinado? —preguntó ella con un susurro—. ¿Y que dirán que fue Dominic o yo misma?

—Es posible.

Ahora que había llegado el momento de decirlo, le resultaba difícil hacerlo. Deseaba poder restar crédito a la idea, pero, allí sentado, recordando a Dominic y mirándola a ella a la cara, con los ojos empañados y expresión de desdicha mientras se retorcía las manos a la altura del cuello, sabía que Alicia tampoco estaba completamente segura, ni siquiera en su fuero interno.

—¡Pues se equivocan! —exclamó con furia—. ¡Nunca hice nada que dañara a Augusto, jamás, y estoy segura de que Dominic… de que el señor Corde tampoco!

Era una protesta surgida del miedo, para convencerse a sí misma. Pitt había oído aquel tono de voz a menudo; se trataba de una reacción que se daba siempre que la primera duda asaltaba la mente de una persona.

—¿Entonces no sería mejor permitir que se practicara la autopsia? —preguntó con voz queda—. De ese modo se demostraría que la causa de la muerte fue natural. Y por tanto nadie seguiría pensando en el asunto, salvo como una tragedia normal.

Pitt observó las diferentes expresiones de temor que se sucedían en el rostro de Alicia: tras dejar entrever que se aferraba a la esperanza que él le ofrecía, surgía la duda y luego el lacerante dolor que le suponía pensar en la posibilidad de que se demostrara exactamente lo contrario: que el asesinato era un hecho incontestable.

—¿Cree usted que el señor Corde podría haber matado a su marido? —preguntó Pitt brutalmente.

Ella le fulminó con la mirada, presa de la ira.

—¡Qué dice! ¡Por supuesto que no!

—Entonces demostremos que fue una muerte natural; practiquemos una autopsia que nos saque de dudas.

Ella titubeó, sopesando todavía el escándalo público y sus temores personales. Hizo un último intento.

—Su madre no lo permitirá.

—Al contrario. —Ahora podía permitirse cierta amabilidad—. Me ha escrito para solicitármelo. Quizá desee silenciar esas voces tanto como usted.

Alicia puso cara de burla. Sabía tan bien como Pitt qué quería en realidad la anciana. Y también sabía lo que la anciana diría y seguiría diciendo hasta el día de su muerte si no se practicaba la autopsia. Era el factor decisivo, tal como lo había planeado el inspector.

—Muy bien —cedió—. Puede añadir mi nombre a la solicitud y llevársela a la persona que decida estos asuntos.

—Gracias, señora —dijo él sobriamente. La victoria no le proporcionaba ningún placer. Pocas veces había luchado tanto por algo que le supiera tan amargo.

La autopsia fue una operación horripilante. Nunca eran agradables, pero ésta, practicada en un cadáver de casi un mes, resultó más espantosa que la mayoría.

Pitt asistió a ella porque, dadas las circunstancias, se esperaba que alguien de la policía estuviera presente, y además quería enterarse personalmente de cada respuesta en el mismo momento en que se obtuviera. Era un día en que el frío parecía oscurecerlo todo y la sala de autopsias tenía un aspecto tan inhóspito e impersonal como una fosa común.

Él médico forense llevaba una mascarilla; Pitt se alegró de poder ponerse una también. La fetidez revolvía el estómago. Trabajaron durante horas, con calma y en silencio salvo por las breves instrucciones que había que dar cada vez que un órgano era extraído y cambiaba de manos y cuando se tomaban muestras para buscar venenos. El corazón fue examinado con particular minuciosidad.

Al final Pitt salió de la sala, aterido y con el estómago encogido por las náuseas. Se puso la chaqueta y se levantó la bufanda para protegerse las orejas.

—¿Y bien? —preguntó.

—Nada —contestó el patólogo sombríamente—. Murió de insuficiencia cardiaca.

Pitt guardó silencio. Por una parte deseaba oír aquella respuesta, pero por otra no podía creérsela, no le veía sentido.

—No sé qué la pudo causar —prosiguió el médico—. No tiene el corazón en mal estado para ser un hombre de su edad. Está un poco gordo y tiene las arterias algo gruesas, pero no es causa suficiente para matarle.

Pitt se vio forzado a preguntar:

—¿Podría haber sido veneno?

—Podría. Disponía de una buena cantidad de digital, pues la anciana lo utiliza para el corazón. Podría habérselo tomado él mismo. No parece que sea bastante como para hacerle daño, pero no puedo decirlo con certeza. Las personas no reaccionan todas de la misma manera, y ya lleva tiempo muerto.

—¿Entonces podría haber muerto de envenenamiento con digital?

—Es posible —contestó el patólogo—, pero no probable. Lamento no poder servirle de más ayuda, pero no he encontrado nada definitivo.

Debía darse por satisfecho. Aquel hombre era un profesional y había hecho su trabajo. Con la autopsia no se había demostrado nada, aparte de confirmar a todo el mundo que la policía era imbécil.

A Pitt le aterraba tener que dar la noticia a sus superiores. Se permitió coger un cabriolé para volver del hospital a la comisaría. Cuando llegó estaba lloviendo. Corrió escaleras arriba, subiendo precipitadamente los escalones de dos en dos en busca del refugio del portal. Se sacudió las gotas de la chaqueta, salpicando el suelo, y entró.

Antes de llegar al extremo del vestíbulo y subir las escaleras para dar la noticia, se encontró con un joven sargento de cara sonrojada.

—¡Inspector Pitt!

Éste se detuvo, irritado; quería zanjar aquel asunto lo antes posible.

El sargento respiró hondo.

—Hay otra tumba… Quiero decir, otra tumba abierta… inspector.

Pitt se quedó inmóvil.

—¿Otra tumba? —repitió anonadado.

—Sí, señor. Robada, como la anterior. Han dejado el ataúd pero se han llevado el cadáver.

—¿Y de quién es?

—Del señor W. W. Porteous, inspector. William Wilberforce Porteous, para ser exactos.