7

El lunes Charlotte recibió una nota manuscrita de la tía Vespasia en la que la invitaba a ir a su casa aquella mañana y le avisaba que fuera preparada para una visita larga, ya que deseaba que se quedara para el almuerzo y parte de la tarde. Aunque no aducía ninguna razón para ello, Charlotte la conocía lo suficientemente bien para saber que no se trataba de una trivialidad. Una petición cursada con tan poca antelación y en la que se indicaba una hora y una duración tan concretas no podía ser fortuita. Charlotte no podía desatenderla de ninguna manera; dejando aparte los buenos modales, la curiosidad convertía la visita en algo del todo ineludible.

Así pues, dejó a Jemima con la señora Smith, que vivía enfrente y siempre estaba dispuesta a cuidar de ella con cariño a cambio de algún chismorreo relacionado con el modo de vestir, las maneras y, sobre todo, las manías de los miembros de la sociedad con quienes Charlotte se codeaba. En consecuencia, la importancia que había adquirido en la calle como confidente de Charlotte era inconmensurable. De todos modos se trataba de una mujer bondadosa que disfrutaba prestando ayuda, y más aún cuando se la prestaba a una mujer joven como Charlotte, que evidentemente tenía escasa preparación para hacer frente a la realidad de la vida tal como ella, la señora Smith, la conocía.

Como había cometido la imprudencia doméstica de comprar tocino tres días seguidos en lugar de arreglarse con harina de avena o pescado como de costumbre, Charlotte se vio obligada a olvidarse de los cabriolés, coger el ómnibus que le dejara más cerca de Gadstone Park y recorrer a continuación el resto del camino andando pese a que el aguanieve arreciaba.

Llegó al portal con los pies mojados y temiendo tener la nariz roja como un tomate. Su aspecto distaba mucho de la imagen elegante que le habría gustado ofrecer. Era la última vez que compraba tocino para desayunar.

La doncella que le abrió la puerta estaba habituada a las excentricidades de su señora y no permitía que los pensamientos se le reflejaran en la cara. Ya no había prácticamente nada que la sorprendiera. Charlotte la siguió hasta la sala de las mañanas y, en cuanto se quedó sola, se acercó a la chimenea todo lo que pudo pero sin arriesgarse a quemarse. El calor le sentó de maravilla, le reanimó los entumecidos talones e hizo que de sus botas empezara a salir vapor.

Tía Vespasia apareció al cabo de unos segundos. Echó una ojeada a Charlotte y, quitándose los impertinentes, exclamó:

—¡Por el amor de Dios, hija mía! Parece que hubieras venido nadando. Pero ¿qué has hecho?

—Fuera hace un frío de muerte —respondió Charlotte intentando justificarse y apartándose un poco del fuego, que ya empezaba a quemarle—. Y la calle está llena de charcos.

—Pues al parecer te has zambullido en todos —repuso tía Vespasia fijándose en sus humeantes botas. Sin embargo, tuvo el tacto de no preguntarle por qué había venido andando—. Será mejor que busque algo seco que puedas ponerte; de lo contrario vas a estar realmente incómoda.

Cogió la campanilla y la hizo sonar con fuerza.

Charlotte estuvo a punto de poner reparos, pero estaba aterida, y si iba a quedarse allí durante cierto tiempo, sería mejor que le prestaran algo seco con que abrigarse. Así pues, decidió aceptar y dijo:

—Gracias.

Tía Vespasia le lanzó una mirada de perspicacia; había advertido que a Charlotte le había faltado poco para protestar y seguramente comprendía por qué. Cuando volvió la doncella, se refirió el asunto como si no tuviera la menor importancia.

—La señora Pitt ha tenido la mala suerte de que le salpiquen en el trayecto y ha acabado empapada —explicó sin tomarse la molestia de mirar a la muchacha—. Dile a Rose que traiga unas botas y unas calcetas secas, y también el vestido de tarde verde azulado con el encaje en las mangas. Rose sabrá a cuál me refiero en cuanto se lo describas.

—¡Oh…! —La doncella miró a Charlotte con gesto de comprensión—. Algunos cocheros no se preocupan de mirar por dónde van, señora. No sabe usted cómo lo lamento. El otro día la cocinera no hizo más que poner el pie en la calle y acabó cubierta de barro: dos de esos lunáticos pasaron delante de ella como si estuvieran participando en una carrera. Cuando volvió a casa soltó una serie de improperios. Voy a traerle algo seco ahora mismo.

Salió presurosa, con el deber de cumplir una misión de caridad y la esperanza de que el castigo eterno recayera sobre los cocheros en general y los descuidados en particular.

En el rostro de Charlotte se dibujó una amplia sonrisa.

—Gracias, ha tenido usted un tacto extraordinario.

—En absoluto —contestó tía Vespasia dando el asunto por zanjado—. He organizado una pequeña soirée esta tarde, una soirée demasiado pequeña, a decir verdad —añadió meneando la mano para indicar lo insignificante que era—. Y me gustaría que estuvieras presente. Me temo que el desdichado asunto de Augusto no va nada bien.

Charlotte no entendió a qué se refería, pero la imagen de Dominic acudió de inmediato a su cabeza. No era posible que alguien sospechara realmente de él…

Tía Vespasia advirtió la expresión de su rostro y captó su significado con una facilidad que hizo sonrojar a Charlotte. Si ahora era tan transparente, en el pasado debía de haberlo sido hasta extremos lamentables.

—Oh, lo siento —se apresuró a decir—. Tenía la esperanza de que la gente se hubiera olvidado del asunto después del entierro. Desde luego parece que lord Augusto ha sido la desventurada víctima de un desequilibrado que se dedica a profanar tumbas por todas partes. Han encontrado dos más, ¿sabía usted? Dos aparte de lord Augusto y el hombre del coche.

Charlotte tuvo la satisfacción de ver cómo tía Vespasia le miraba con ojos muy abiertos en señal de sorpresa. Le acababa de decir algo que no sólo ignoraba sino que además no había previsto.

—¿Dos más? No tenía la menor idea. ¿Cuándo ocurrió? ¿De quién se trata?

—De nadie que usted conozca —respondió Charlotte—. Uno de ellos era un hombre normal y corriente que vivía cerca de Resurrection Row.

—Es la primera vez que oigo hablar de esa calle. Por el nombre parece un lugar poco saludable. ¿Dónde se encuentra?

—A unos tres kilómetros de aquí. Sí, es muy desagradable, aunque no es una barriada sino una callejuela, y, evidentemente, tiene un cementerio. Algo lógico, con ese nombre… Es ahí donde han encontrado el otro cadáver, en el camposanto.

—Muy apropiado —comentó la anciana secamente.

—En efecto, aunque no tanto si el cadáver aparece sentado en una lápida y con el sombrero puesto.

—Ya —dijo la anciana con una mueca de malestar—. ¿De quién se trata?

—De un hombre llamado Horacio Snipe. Thomas no ha querido decirme a qué se dedicaba, pero supongo que se trataba de algo escandaloso… Me refiero a algo peor que el robo o la falsificación. Yo diría que tenía una casa de citas o algo semejante.

Tía Vespasia hizo un gesto de desdén y, soltando un bufido, dijo:

—¿De veras, Charlotte…? Bueno, supongo que estarás en lo cierto, aunque no creo que sirva de nada. Las sospechas son algo muy extraño; incluso cuando se demuestra que son totalmente infundadas, su olor perdura, como si fuera algo desagradable de lo que nos deshacemos pero cuyo hedor permanece. La gente acabará olvidándose del motivo por el que se sospechaba de Alicia y Dominic, pero se acordará del hecho de que sospechara de ellos.

—Pero eso es injusto —exclamó Charlotte airadamente—. E ilógico.

—Por supuesto —asintió tía Vespasia—. Pero la gente es injusta e ilógica sin tener la menor conciencia o intención de serlo. Espero que te quedes para la soirée; es la razón principal por la que te he invitado. Tienes cierta perspicacia con la gente. No he olvidado el hecho de que comprendieras antes que cualquiera de nosotros lo que realmente estaba sucediendo en Paragon Walk. Quizá puedas ver algún aspecto de este asunto que a nosotros se nos oculta…

—Pero en Paragon Walk hubo un asesinato —replicó Charlotte—. En este caso no se ha cometido ningún crimen, a menos que usted piense que lord Augusto fue asesinado…

Aquella idea era terrible; ella no la había aceptado y tampoco la aceptaba ahora. Había hecho el comentario como una crítica, como una muestra de su conmoción más que como una pregunta.

Tía Vespasia no se inmutó.

—Lo más probable es que haya muerto por causas naturales —repuso como si estuviera hablando de algo cotidiano—. Pero hay que contemplar la peor posibilidad. Sabemos mucho menos sobre la gente de lo que imaginamos. Es posible que Alicia sea tan sencilla como parece, una joven agradable de buena familia y una belleza extraordinaria que contrajo un matrimonio de provecho a instancias de su padre. Si el enlace no la satisfizo, no mostró ni la imaginación ni la rebeldía suficientes para poner reparos, ni siquiera en su fuero interno. Sin embargo, querida, también es posible que, a medida que su matrimonio fue cayendo en el aburrimiento, se le hiciera insoportable la idea de que pudiera durar otros veinte años sin que se produjese en él ningún cambio. Entonces se le presentó una buena oportunidad de librarse de su marido, justamente en el momento en que apareció Dominic Corde, y se apresuró a aprovecharla. No sería complicado hacerlo, ¿sabes?; bastaría con mover la mano y coger una o dos pastillas, no más. No habría pruebas ni tendría que mentir cuando le preguntaran dónde había estado y quién la había acompañado en el momento de la muerte de su marido. Podría incluso olvidarlo, borrarlo de la memoria, convencerse a sí misma de que no había sucedido.

—¿Usted se cree todo esto?

Charlotte tenía miedo. Incluso a pesar de la cercanía del fuego, sintió nuevamente frío y tuvo la sensación de que sus pies seguían húmedos. Fuera, el aguanieve golpeaba ruidosamente el cristal de las ventanas.

—No —le respondió la anciana con voz queda—. Pero no descarto la posibilidad.

Charlotte guardó silencio.

—Ve a cambiarte esas botas mojadas —le ordenó tía Vespasia—. Vamos a almorzar aquí; quiero que me hables de tu hija. ¿Qué nombre decías que le habías puesto?

—Jemima —respondió Charlotte al tiempo que se levantaba.

—Tenía entendido que tu madre se llamaba Caroline —dijo tía Vespasia enarcando las cejas en señal de sorpresa.

—Así es —confirmó Charlotte. Al llegar a la puerta se volvió y, dirigiéndole una radiante sonrisa, añadió—: Y mi abuela se llamaba Amelia. Pero tampoco me gusta.

La soirée fue informal. Los invitados se dedicaron a conversar más que a escuchar música, algo que Charlotte lamentó, ya que ésta era buena y ella tenía afición al piano a pesar de que, a diferencia de Sarah y Emily, nunca había tocado bien. El suave toque de aquel joven le trajo recuerdos de la niñez y de su madre cantando.

Dominic se sorprendió de verla, pero o no se fijó en lo bien que le quedaba el vestido que le había prestado tía Vespasia o bien tuvo la delicadeza de no hacer ningún comentario al respecto, consciente de que en sus circunstancias sólo podía tratarse de un préstamo.

Charlotte todavía no había visto a Alicia, y su curiosidad no había hecho sino aumentar desde la llegada de Virgilio Smith, que había sido el primer invitado en hacer acto de presencia. Tal como había dicho tía Vespasia, era un hombre realmente poco agraciado. Su nariz era cualquier cosa menos elegante y tenía menos similitud con el mármol que con la cera caliente. Sin embargo, si bien cabía la posibilidad de que su peluquero se hubiera valido de unas tijeras y un tazón para cortarle el pelo, su sastre era ejemplar. Sonrió a Charlotte con una calidez que le iluminó los ojos y le habló con un acento que a ella le hubiera encantado remedar tal como lo hubiera hecho Emily para luego imitarlo ante Pitt. Pero ella no tenía destreza en ese arte.

El señor Desmond Cantlay y su esposa no se acordaban de ella o, si se acordaban, decidieron disimularlo. Charlotte podía comprenderlo; cuando uno se encuentra con un cadáver en las manos en medio de la calle, uno no se acuerda de las caras de los transeúntes, incluso si éstos le ofrecen ayuda. La saludaron con el educado y apacible interés de los conocidos que no tienen otra cosa en común que el lugar en el que se han conocido. Charlotte les vio alejarse preguntándose si creerían que Alicia y Dominic podían haber contemplado la posibilidad de cometer un asesinato.

El comandante Rodney y sus hermanas tampoco le prestaron gran atención; ella musitó cortésmente un par de tonterías que le recordaron a las interminables fiestas en que, siendo todavía soltera y acompañada por su madre y Emily, había tratado de aparentar verdadero interés en la reciente enfermedad de la señora de fulanito o en las probabilidades de compromiso de la señorita mengano.

Ya se había formado una imagen mental bastante clara del aspecto que tendría Alicia: piel blanca y pelo con rizos de aspecto natural (no como el suyo); estatura media, hombros suaves y cierta tendencia a engordar. Luego comprendería que la imagen que se había creado respondía vagamente a Sarah.

Cuando por fin llegó, comprobó que era totalmente distinta, aunque, al menos en ciertos aspectos, no por una cuestión de físico. Tenía la piel blanca, en efecto, y sus cabellos se ondulaban con una suavidad y asimetría tales que sin duda habían de ser naturales. Sin embargo era tan alta como Charlotte, y tenía una figura estilizada y los hombros casi delicados. Más aún, la expresión de sus ojos era totalmente distinta. No se parecía nada a Sarah.

—Es un placer conocerla —dijo Charlotte al cabo de un segundo de vacilación.

Aunque no sabía si esperaba que le gustara o no, lo que vio la dejó asombrada. Como Dominic estaba enamorado de ella, había creado en su mente una especie de sombra de Sarah, por lo que no estaba preparada para ver a una persona distinta e independiente. Además se había olvidado de que para Alicia ella también sería una extraña y, a menos que Dominic le hubiese hablado de Sarah y de su relación con ella, una extraña sin importancia.

—El placer es mío, señora Pitt —respondió Alicia.

Charlotte observó que su rostro no reflejaba curiosidad y comprendió enseguida que Dominic no le había dicho nada. Alicia retrocedió un paso, vio a Dominic y se quedó totalmente inmóvil por un momento. Entonces se volvió hacia Gwendoline Cantlay y le dirigió un cumplido a propósito del vestido que llevaba.

Charlotte estaba todavía pensando en la instintiva interpretación que había hecho de lo ocurrido cuando se percató de que le estaban hablando.

—Tengo entendido que usted es una aliada de lady Cumming-Gould.

Se volvió para ver a la persona que le había dicho aquello. Era un hombre delgado, con las cejas en forma de ala y que al sonreír mostraba unos dientes un tanto torcidos.

Charlotte se esforzó por adivinar qué había querido decir.

—¿Una aliada? —Seguramente se referiría al proyecto de ley en que se interesaba tía Vespasia, el proyecto con el que se buscaba sacar a los niños de los asilos para desamparados y meterlos en escuelas. Aquel hombre debía de ser el que había llevado a Dominic a la calle de Seven Dials para enseñarle el asilo que tanto le había afectado. Lo miró con mayor interés. Podía entender la preocupación que mostraba Thomas por tales asuntos; su vida diaria le obligaba a ser testigo de los resultados de tales tragedias y conocer a sus víctimas. Sin embargo, ¿qué motivos tenía aquel hombre para preocuparse?—. Sólo en espíritu —dijo con una sonrisa. Ahora estaba segura de saber quién era; de todas las personas que había en la sala, él era posiblemente el que menos le desagradaba—. Digamos que soy una partidaria; no soy en absoluto tan útil para considerarme una aliada.

—Creo que se subestima, señora Pitt —respondió él.

A Charlotte le molestó que la tratara con condescendencia. La causa era demasiado importante como para decir trivialidades y halagos gratuitos. De pronto se sintió ofendida, como si él no la considerara digna de la verdad.

—No me hace ningún favor disimulando —dijo con cierta brusquedad—. No soy una aliada. No tengo los medios.

La sonrisa de Carlisle se ensanchó.

—Me merezco su amonestación, señora Pitt. Le ruego me disculpe. Tal vez me haya precipitado, convirtiendo un deseo en un hecho.

Habría sido una grosería por su parte no aceptar la disculpa.

—Sería para mí una satisfacción si usted pudiera convertirlo en un hecho —repuso ella con suavidad—. Es una causa digna del esfuerzo de cualquiera.

Antes de que él pudiera responder, les presentaron a otras personas. Lord St. Jermyn y su esposa acababan de llegar, y Charlotte tuvo ocasión de conocerlos. La primera impresión que recibía de la gente era con frecuencia equivocada: la mayoría de las veces, las personas que acababan gustándole eran las que en principio la habían dejado indiferente. Así y todo, no concebía que llegara alguna vez a sentirse cómoda en compañía de lord St. Jermyn. Tenía algo en la boca que le repugnaba. No era feo en absoluto, sino todo lo contrario; sin embargo había algo en la manera en que unía los labios que le traía un vago recuerdo, una imagen borrosa que le resultaba desagradable. Se oyó a sí misma responder una necedad y notó que los ojos de Carlisle la miraban; tenía todo el derecho del mundo a reprocharle precisamente la falsedad por la que ella acababa de criticarle.

Poco después Alicia se unió a su grupo, seguida de cerca por Dominic. Charlotte los observó y pensó que formaban una buena pareja; se complementaban perfectamente. Qué extraño era que aquella idea le hubiera dolido y desconcertado unos años atrás y que ahora, en cambio, le causara únicamente una sensación de inquietud debida a la posibilidad de que la imagen se rompiera y detrás de su perfección no hubiera nada sólido.

La conversación derivó nuevamente hacia el proyecto de ley. St. Jermyn estaba hablándole a Dominic.

—Me ha dicho Somerset que usted es amigo del joven Fleetwood. Si le tuviéramos a nuestro lado, nuestras posibilidades aumentarían enormemente. Fleetwood tiene una influencia considerable, ¿sabe usted?

—No lo conozco muy bien.

Dominic había empezado a eludir responsabilidades. Estaba nervioso. Aunque ya le había visto girar el pie de un vaso de aquel modo en Cater Street, Charlotte se dio cuenta en ese momento del gran número de veces que se lo había visto hacer. Nunca había sido consciente de ello.

—Lo conoce lo suficiente —repuso St. Jermyn con una sonrisa—. Usted es un buen jinete y un conocedor de animales todavía mejor. No se necesita más.

—Tengo entendido que usted también tiene un buen establo.

Dominic seguía tratando de evitar que le presionaran.

—Para carreras… —St. Jermyn meneó una mano—. Fleetwood prefiere los caballos de tiro; le gusta conducirlos él mismo, que es lo que a usted se le da mejor. He oído que en una ocasión incluso le venció. —Sonrió—. No se acostumbre a ello. No creo que le guste perder muy a menudo.

—Conduje para ganar, no para contentar a lord Fleetwood —dijo Dominic con cierta brusquedad, lanzando una mirada fugaz a Charlotte, casi como si fuera consciente de sus pensamientos y de lo que ella hubiera dicho en tal situación.

—Ése es un lujo que no podemos permitirnos. —St. Jermyn no estaba contento. Sin embargo la insatisfacción desapareció de su rostro apenas Charlotte la hubo advertido; un segundo más tarde ya no quedaba ni rastro de ella en su expresión. Charlotte tuvo la impresión de que Dominic no había reparado en ello—. Si deseamos que Fleetwood nos dé su apoyo, no sería inteligente vencerle con demasiada frecuencia —concluyó St. Jermyn.

Dominic respiró hondo para responder, pero Charlotte se le adelantó. Dominic no se enfadaba con facilidad; de hecho era una persona sumamente afable. Rara vez adoptaba una posición firme con respecto a cualquier tema, pero, por lo que ella recordaba, en las pocas ocasiones en que lo hacía jamás cambiaba de opinión. Cabía la posibilidad de que se comprometiera ahora y luego, al arrepentirse de lo dicho, se viera incapaz de echarse atrás.

—No creo que el señor Corde haga eso —dijo haciendo un esfuerzo por dirigir una sonrisa a St. Jermyn—. Además seguramente lord Fleetwood preste más atención a un hombre que le haya vencido al menos en una ocasión. Difícilmente puede decirse que una segunda posición sirva para distinguir a una persona de la multitud o para hacerla merecedora del interés de lord Fleetwood.

En los labios de Dominic se dibujó una de sus hermosas sonrisas, y por un momento ella evocó lo que había sentido hacia él tiempo atrás. Entonces volvió al presente y se encontró con que estaba mirando a St. Jermyn.

—En efecto —dijo Dominic—. Me gustaría que viera el asilo de Seven Dials tal como yo lo he hecho. Le causaría una impresión que no olvidaría fácilmente.

Alicia tenía cara de perplejidad y había fruncido el entrecejo ligeramente.

—¿Qué tiene de espantoso el asilo? —preguntó—. Me dijiste que hay pobreza, pero ninguna ley conseguirá que desaparezca. Al menos los asilos proporcionan a la gente comida y cobijo. Siempre ha habido ricos y pobres, e incluso si pudieras hacer un milagro y cambiar la situación, al cabo de pocos años o incluso menos, todo volvería a ser igual, ¿no? Un hombre pobre, por el mero hecho de recibir dinero, no es rico por mucho tiempo…

—Es usted más perspicaz de lo que tal vez se proponga —dijo Carlisle enarcando las cejas—. De todos modos, si se alimenta a los niños, se les mantiene lejos de la enfermedad y la desesperación de tal modo que lleguen a adultos sin necesidad de robar para vivir, y además se les proporciona alguna clase de educación, la siguiente generación no será tan pobre.

Alicia se quedó mirándole, asimilando la idea y dándose cuenta de que había hablado muy en serio.

—¡Por Dios! —exclamó Dominic—. ¡Si lo hubieras visto no estarías aquí discutiendo detalles intrascendentes! ¡Estarías deseando hacer algo! —Volviéndose hacia Charlotte, añadió—: ¿No es así?

Alicia le miró con una fugaz expresión de dolor y se apartó de él de manera casi imperceptible. Charlotte lo observó y supo exactamente cómo se sentía; conocía la repentina sensación de alejamiento, la que se tenía cuando una se veía excluida de algo que para la otra persona era importante.

Lo miró con severidad y habló con voz suave y nítida:

—Supongo que sí. Desde luego, si a ti te afecta este asunto es porque has ido a ese sitio. Has cambiado por completo. Sin embargo, a tenor de lo que me han dicho sobre él, dudo que sea el lugar más apropiado para llevar a la señora Fitzroy-Hammond. Mi marido no me permitiría ir allí.

Pero Dominic, a quien no le gustaba que le llevaran la contraria, no adivinó el significado profundo de sus palabras.

—No tiene por qué llevarte —dijo acaloradamente—. Tú ya sabes cómo son esos lugares y las condiciones en que vive la gente que trabaja en ellos. Además, a ti te preocupan este tipo de cosas. Recuerdo que me hablaste de ello hace años, pero entonces no logré comprender lo que me decías.

—No creo que me escuchases —respondió ella con sinceridad—. Te ha costado mucho tiempo creerlo, así que deberías dar también algo de tiempo a los demás.

—¡Pero no hay tiempo!

—En efecto, no lo hay, señora Pitt —dijo St. Jermyn levantando su vaso—. Mi proyecto de ley será presentado dentro de pocos días. Si deseamos que se apruebe, es necesario que reunamos todo el apoyo posible para esa fecha. No hay tiempo que perder. Señor Corde, le estaría sumamente agradecido si pudiera abordar a Fleetwood mañana o pasado mañana como muy tarde.

—Por supuesto —dijo Dominic—. Lo haré mañana mismo.

—Bien. —St. Jermyn le dio una palmada en el hombro y apuró su vaso—. Vamos, Carlisle. Será mejor que vayamos a hablar con nuestra anfitriona. Conoce a todo el mundo y eso es lo que necesitamos.

Una mueca de disgusto cruzó fugazmente el rostro de Carlisle, pero desapareció antes de que Charlotte lograra captar su significado. Carlisle se reunió con St. Jermyn y juntos pasaron al lado del comandante Rodney y sus hermanas. El comandante tenía un vaso en la mano y estaba mirando sobre sus cabezas con cara de estar buscando a alguien o, posiblemente, de temer a alguien.

Se produjo un incómodo silencio, pero entonces apareció Virgilio Smith, quien miró a Charlotte con vacilación. Sin embargo enseguida suavizó el gesto e hizo un comentario a Alicia. No era más que una observación sin importancia, trivial, pero expresada con una dulzura que hizo que Charlotte se olvidara bruscamente de la pobreza, los proyectos de ley parlamentarios e incluso las sospechas de asesinato. Era algo triste, algo en lo que tal vez nadie había reparado, pero ella no había tardado en advertirlo: Virgilio Smith estaba enamorado de Alicia. Probablemente ella no tuviera ojos más que para Dominic y ni siquiera fuera consciente de ello; quizá él supiera lo inútil que era su amor y nunca le hablara de él. Por aquellos escasos segundos Charlotte se puso en el lugar de Alicia y revivió el encaprichamiento que había sentido por Dominic, el dolor, las absurdas esperanzas, las falsas y tontas ilusiones que había concebido, todas las virtudes que había visto en él y lo poco que había llegado a conocerlo. Con aquellos sueños le había perjudicado a él y a sí misma, atribuyéndole unas virtudes que él nunca había afirmado poseer.

Ella tampoco se habría fijado en Virgilio Smith, con sus desagradables facciones y sus insufribles maneras, y desde luego no se habría enterado ni habría querido enterarse de que la amaba. Le habría resultado violento, aunque tal vez habría salido perdiendo por ello.

Pidió disculpas y fue a hablar con tía Vespasia y Gwendoline Cantlay. En los ojos de ésta vio en varias ocasiones una mirada de perplejidad que atribuyó al hecho de que, a pesar de sus esfuerzos, no lograba identificarla y sólo la recordaba vagamente. No estaba segura de si la conocía de alguna reunión social. Con cierta malevolencia, Charlotte dejó que siguiera esforzándose; la satisfacción que le produciría decírselo no sería tan grande y posiblemente pondría en un aprieto a tía Vespasia. Quizá a ésta no le importara en absoluto que todos supieran que se trataba con la esposa de un policía, aunque seguramente preferiría elegir a las personas a quienes fuera a decírselo, así como la manera de hacerlo.

Era tarde y ya se habían ido algunos invitados. Había empezado a oscurecer cuando Charlotte se encontró sola, cerca de la puerta del invernadero, y vio acercarse a Alicia. Había estado esperando aquel momento; de hecho, si Alicia no hubiera dado la ocasión, ella misma se las habría ingeniado para que se proporcionase.

Era evidente que Alicia había estado preparando mentalmente el comienzo de la conversación; Charlotte se dio cuenta de ello porque ella habría hecho lo mismo.

—Ha sido una tarde sumamente agradable, ¿verdad? —comentó Alicia con naturalidad cuando llegó a su lado—. Lady Cumming-Gould ha mostrado una gran delicadeza al organizarlo todo de tal manera que mi presencia no pareciese inapropiada. El luto acaba pareciéndote eterno y sólo sirve para que la pérdida resulte más difícil de sobrellevar. No te permite la diversión necesaria para apartar la idea de la muerte y la soledad.

—Tiene razón —dijo Charlotte—. Creo que la gente no se da cuenta de la carga añadida que supone el luto para una persona que ya ha tenido que sufrir una pérdida.

—No he sabido hasta hoy que lady Cumming-Gould era tía de usted —prosiguió Alicia.

—Yo diría que es algo más que eso —respondió Charlotte con una sonrisa—. Es la tía abuela de mi cuñado, lord Ashworth. —A continuación le contó lo que quería decirle desde la conversación con lord St. Jermyn—. Mi hermana Emily se casó con lord Ashworth hace poco. Mi hermana mayor, Sarah, estuvo casada con Dominic antes de morir; aunque estoy segura de que usted ya lo sabe… —En realidad estaba segura de lo contrario, pero quería darle a Alicia la ocasión de fingir que sí lo sabía.

Alicia disimuló su confusión con un esfuerzo supremo. Charlotte simuló no advertirlo.

—Sí, claro —afirmó Alicia—. Aunque Dominic ha tenido últimamente la mente tan ocupada en el asunto del señor Carlisle que no he tenido la oportunidad de hablar mucho con él. Le estaría agradecida si pudiera decirme algo más al respecto. Parece que usted cuenta con su confianza y confieso que soy una persona terriblemente ignorante.

Charlotte se sorprendió a sí misma mintiendo.

—A decir verdad, me parece que la confianza con que cuento es más bien la de tía Vespasia —dijo con tono afable—. Está muy preocupada por este asunto, ¿sabe? El señor Carlisle suele tratar el tema con ella, quizá para conseguir su ayuda de cara a convencer a otros miembros de la cámara de que les apoyen. —Lanzó una mirada a Alicia y observó que el recuerdo del comentario que había hecho St. Jermyn se reflejaba fugazmente en su rostro—. Conoce a mucha gente. Yo nunca he visto uno de esos asilos, desde luego, pero según tengo entendido la situación de miseria en que se encuentran es realmente espantosa y habría que remediarla. Si mediante este proyecto de ley se proporciona sustento y educación a los niños indigentes de las metrópolis y se les evitan los perjudiciales efectos de la convivencia con vagabundos, por lo que a mí respecta, espero y ruego que sea aprobada.

Las facciones de Alicia se suavizaron con alivio.

—Oh, yo también —afirmó con vehemencia—. Me pregunto quién podría ayudarnos; debe de haber alguien entre los amigos y familiares de Augusto.

—¿Sería eso posible?

Charlotte no estaba fingiendo esta vez; Dominic y Alicia le preocupaban porque eran personas concretas a las que comprendía. De todos modos, si era honesta consigo misma, tenía que reconocer que el proyecto de ley era más importante que un simple asesinato, fuera cual fuese la tragedia que lo hubiera causado o pudiese provocar.

Alicia sonrió.

—Por supuesto. Me pondré a la tarea en cuanto llegue a casa. —Impulsivamente, le tendió la mano—. Gracias, señora Pitt. Ha sido usted tan amable que me siento como si la conociera de años. Confío en que no considere esto una impertinencia.

—Lo considero un cumplido —contestó Charlotte con sinceridad—. Confío en que tenga la misma sensación en el futuro.

Alicia mantuvo su palabra. Lo primero que hizo al llegar a casa, después de darle la capa a la doncella y ponerse unas botas secas, fue ir al estudio y sacar su libro de direcciones. Antes de subir a sus habitaciones y cambiarse para la cena, había redactado cuidadosamente cuatro cartas y las había pasado a limpio.

Como Verity había ido a casa de una prima a pasar unos días, durante la cena Alicia sólo tuvo la compañía de su anciana suegra. Echó de menos a la joven, ya que disfrutaba de su compañía y deseaba hacerle partícipe de su nuevo proyecto y de su sentir acerca de la señora Pitt, que había pasado de la intensa antipatía que le suscitaba el evidente respeto y aprecio que Dominic mostraba hacia ella a la enorme simpatía que sentía ahora. Aquella mujer era muy distinta de como la había imaginado.

—¿Lo has pasado bien en el té? —preguntó la anciana dama ensartando un trozo de pescado con el tenedor y llevándoselo a la boca—. ¿Nadie ha considerado extraño que salgas siendo tan reciente el entierro de tu marido? Supongo que los invitados habrán extremado su cortesía.

—Hace más de cinco semanas que murió, suegra —replicó Alicia sacando delicadamente una espina del pescado—. Y no ha sido un té, sino una soirée.

—¡Conque música, encima! Muy inapropiado. Supongo que habrán tocado sólo canciones de amor y que tú harías el ridículo mirando embobada a Dominic Corde. Pues no creas que va a casarse contigo. No tiene agallas. Cree que envenenaste a Augusto.

Alicia tardó en comprender el significado de aquellas palabras. En un primer momento sintió enojo ante la insinuación de que su presencia en la soirée había sido motivo de habladurías, pero cuando se disponía a desmentirla cayó en la cuenta de lo que la anciana había dicho acerca de Dominic. ¡Era repugnante y absolutamente falso! ¡Pero en qué cabeza cabía que Dominic la considerase capaz de tanta maldad!

—No podrá probarlo, por supuesto —prosiguió la anciana con ojos brillantes—. Y tampoco dirá nada sobre ello; únicamente se comportará con algo más de frialdad cada vez que lo veas. Recuerda que últimamente no ha venido a visitarte. Se acabaron los paseos en coche…

—No ha venido por el tiempo —repuso Alicia acaloradamente.

—¡Eso no le detuvo antes! —La anciana tomó otro pedazo de pescado y continuó hablando con la boca llena—. Le vi venir por Navidad cuando las calles estaban cubiertas de nieve. ¡No seas tonta, muchacha!

Alicia estaba demasiado enfadada para seguir manteniendo las formas.

—¡La semana pasada usted dijo que el asesino de Augusto era él! —exclamó—. Así pues, ¿cómo es posible que piense que fui yo quien lo mató? ¿O acaso cree usted que lo asesinamos cada uno por nuestra cuenta? Si ése es el caso, debería alegrarle la idea de que nos casemos. Somos tal para cual.

La anciana la fulminó con la mirada, fingiendo que no podía hablar porque tenía la boca llena mientras buscaba una respuesta adecuada.

—¡Tal vez piense que lo hizo usted! —prosiguió Alicia, animada por la idea—. ¡Al fin y al cabo el digital es de usted, no mío! ¡Quizá tenga miedo de instalarse en esta casa y vivir con usted!

—Dime, te lo ruego, ¿por qué habría yo de matar a mi propio hijo? —La anciana tragó el bocado e inmediatamente se metió otro trozo—. ¡Yo no tengo intención de casarme con un donjuán joven y guapo!

—Tanto da —respondió Alicia con brusquedad—, puesto que no tiene ninguna posibilidad de hacerlo.

Estaba horrorizada consigo misma, pero los años de buen comportamiento habían tocado a su fin y la sensación era maravillosa, estimulante, como si estuviera cabalgando a galope tendido a lomos de un corcel.

—¡Tú tampoco, muchacha! —La anciana enrojeció—. Y eres una tonta si piensas que tienes alguna. ¡Has envenenado a tu marido en balde!

—Si piensa usted eso —respondió Alicia clavándole la mirada en sus viejos ojos—, me sorprende que cene con tal voracidad sentada a la misma mesa que yo mientras busca mi enemistad con tanto ahínco. ¿Acaso no tiene miedo también?

La anciana se atragantó y se llevó una mano a la garganta al tiempo que su semblante palidecía.

Alicia se echó a reír con amarga alegría.

—Si hubiera envenenado a alguien, ese alguien sería usted, no Augusto. Pero, como bien sabe, ése no es el caso; de lo contrario usted habría reparado en ello tiempo atrás y habría encargado a Nisbett que probara todo antes de que usted se lo llevara a la boca. De todos modos tampoco me habría importado envenenar a Nisbett…

La anciana tosió y sufrió un espasmo. Alicia no se dio por enterada.

—Si ya ha comido suficiente pescado —dijo fríamente—, le diré a Byrne que sirva la carne.

Pitt no sabía nada de la soirée. Estaba decidido a averiguar la identidad del cadáver aparecido en el coche, por lo que en cuanto llegó a comisaría el resultado de la autopsia, se lo arrebató de las manos al chico de los recados y abrió el sobre bruscamente. Había acabado agotado haciendo conjeturas sobre la causa de la muerte; quizá fuera algo exótico, excepcional, que condenara a alguien y diese razón de las peculiares circunstancias que se habían dado. Si no guardaba relación con ningún crimen o escándalo, ¿qué motivo tendría cualquiera para llevar a cabo la horrenda y peligrosa tarea de desenterrar el cadáver y abandonarlo en el pescante de un coche de punto? Naturalmente, habían obtenido la identificación del coche, pero ésta sólo les había llevado a averiguar que el vehículo había sido robado mientras su dueño se reconfortaba con liberalidad un tanto excesiva en una taberna del lugar. Una situación que acontecía con bastante frecuencia, más aún en una noche de enero. Sólo los policías, los cocheros y los lunáticos frecuentaban las calles durante la noche con semejante tiempo.

Leyó la hoja que contenía el sobre. La causa de la muerte había sido algo sumamente común: apoplejía. Una manera normal y totalmente natural de morir. En el cadáver no había señales de violencia; de hecho no se había encontrado nada que mereciera comentario alguno. El fallecido era un hombre de edad avanzada, buena salud en términos generales, bien alimentado, bien cuidado, limpio y con tendencia a engordar. En realidad, tal como había comentado el ayudante del depósito de cadáveres, la descripción que cabía esperar tratándose de un lord.

Pitt dio las gracias al chico de los recados y le dijo que podía irse; a continuación metió la hoja en el cajón de su escritorio, se encasquetó el sombrero, se protegió las orejas con la bufanda y, cogiendo el abrigo del perchero, salió a la calle.

Faltaba una tumba. Aquello era quizá el aspecto más extraño del asunto; tenía tres tumbas y cuatro cadáveres: lord Augusto, William Wilberforce Porteous, Horacio Snipe y el hombre desconocido del coche de punto. ¿Dónde estaba su tumba? ¿Por qué había decidido el profanador llenarla cuidadosamente de modo que no se notara que la había abierto?

Las otras tumbas se encontraban todas dentro de un área relativamente pequeña. Empezaría a buscar en la misma zona. Evidentemente no podía registrar todas las tumbas en que se hubiera enterrado a alguien recientemente. Iba a tener que interrogar a todos los médicos que hubieran certificado una muerte por apoplejía durante las cuatro o cinco últimas semanas. Quizá conseguiría reducir el número de posibilidades hasta quedarse con sólo uno o dos médicos a los que llevaría a ver los desagradables restos que todavía reposaban en el depósito de cadáveres.

Hasta la tarde del día siguiente no pudo subir, cansado, con frío y de mal humor, los escalones de piedra de la consulta de un tal doctor Childs.

—No recibe pacientes a esta hora —le dijo su ama de llaves con aspereza—. Tendrá que esperar. En este preciso momento está tomando el té.

—No soy un paciente —respondió él tratando de dominar el tono de voz—. Soy de la policía y no voy a esperar.

Clavó la mirada en la mujer hasta que ésta se vio obligada a apartar la vista.

—Aunque no sé a qué ha venido —dijo ella encogiendo los hombros—, supongo que será mejor que le deje pasar. No olvide limpiarse la suela de los zapatos.

Pitt la siguió, entró en la consulta y se encontró con el médico descalzo y delante del fuego, mirándole sobresaltado con un bollo en la mano y el mentón manchado de mantequilla.

Cuando le hubo explicado el objeto de su visita, el doctor dijo:

—Oh… Traiga otra taza, señora Lundy. Coja un bollo, inspector… Sí, supongo que se trata de Albert Wilson. Acérquese al fuego, hombre, tiene cara de estar congelado. Era el mayordomo del señor Dunn, pobre hombre… Aunque no sé por qué digo esto, ya que murió instantáneamente. Es muy posible que ni siquiera se enterara. Tiene las botas mojadas; quíteselas y séquese los calcetines. Este tiempo resulta insoportable… ¿Por qué tiene interés en Wilson? Su muerte se debió a causas naturales. No tenía parientes ni nada que dejar en herencia. Sólo era un mayordomo, de los buenos, según tengo entendido, pero por lo demás un tipo corriente. Así, póngase cómodo. Coja otro bollo; cuide la mantequilla, se escurre por todas partes… ¿Ha ocurrido algo en relación con Wilson?

Enarcó las cejas y miró al inspector.

Pitt fue entrando en calor junto al fuego a medida que iba cobrándole simpatía a aquel médico.

—Hace tres semanas un cadáver desenterrado fue encontrado en el pescante de un coche de punto a la salida de un teatro…

—¡Dios Santo! ¿Me está diciendo que era el pobre Wilson? —Sus cejas se arquearon agudamente hasta alcanzar casi el nacimiento del pelo—. Pero bueno, ¿por qué demonios alguien habría de hacer algo semejante? Es esto lo que está investigando, ¿verdad? Gracias, señora Lundy; sírvale al inspector una taza de té.

Pitt cogió la taza airosamente y aguardó a que el ama de llaves abandonara la habitación.

—Es una mujer terriblemente curiosa —comentó el médico meneando la cabeza—. Lo cual no deja de tener sus ventajas, ya que sabe más de mis pacientes que lo que ellos me dicen. No se puede curar a un hombre si sólo se sabe la mitad de las cosas que le aquejan. —Observó el vapor que se elevaba de las botas de Pitt y añadió—: No debería andar por ahí con los pies mojados. No es bueno.

—Sí, eso es lo que estoy investigando —dijo Pitt sin poder evitar una sonrisa—. Lo extraño es que no han dejado la tumba abierta. Supongo que Albert Wilson fue enterrado.

—Oh, claro que fue enterrado. No sé dónde, pero estoy seguro de que el señor Dunn podrá decírselo.

—Entonces iré a preguntarle —dijo Pitt sin moverse de su sitio. Dio un mordisco a otro bollo y agregó—: Le estoy muy agradecido.

El doctor cogió la tetera.

—No tiene importancia, amigo. Sólo he cumplido con mi deber profesional. ¿Quiere un poco más de té?

Pitt fue a casa de los Dunn y averiguó el nombre de la iglesia; sin embargo no tenía ningún sentido ir a buscar tumbas en la oscuridad, por lo que fue a la mañana siguiente cuando encontró la de Albert Wilson, el difunto mayordomo, y obtuvo permiso para abrirla. A las once de la mañana se encontraba junto a los sepultureros, mirando cómo apartaban la última palada de tierra negra de la tapa del ataúd. Les pasó las cuerdas y esperó a que las deslizaran por debajo de la caja y las ataran; a continuación retrocedió para que subieran y empezasen a tirar de los cabos. Era un trabajo de expertos, una cuestión de equilibrios y fuerzas de apoyo. Cuando al final lo dejaron sobre la húmeda tierra al lado del hoyo, soltaron un suspiro de alivio: al parecer les había resultado pesado.

—No se hace usted idea de cómo pesa esto, jefe —comentó uno de ellos con seriedad—. No me parece que esté vacío.

—A mí tampoco —dijo el otro sepulturero negando con la cabeza y mirando a Pitt con expectación.

En lugar de responder, Pitt se inclinó y miró los cierres de la tapa. Al cabo de un momento rebuscó en su bolsillo y sacó un destornillador. Silenciosamente, se puso a la tarea, rodeando el ataúd hasta que tuvo todos los tornillos en la mano. Los metió en otro bolsillo, encajó la hoja de la herramienta entre la tapa y la caja y la levantó.

Los sepultureros estaban en lo cierto. El féretro no estaba vacío. El cadáver que había en su interior era delgado y tenía abundante pelo rojo. Llevaba una camisa blanca holgada y tenía pintura en los dedos, una pintura poco espesa, tipo acuarela, como la que utilizaban los artistas.

Pero fue la cara lo que llamó la atención de Pitt. Aunque los ojos estaban cerrados, tenía la piel hinchada y abotargada, y los labios azules. Bajo la superficie de la piel, allí donde los capilares habían reventado, había docenas de marcas rojas del tamaño de un alfilerazo. Sin embargo, lo que más saltaba a la vista eran los oscuros moretones de la garganta.

Por fin aparecía el cadáver del asesinado.