Un epílogo XXL

 

 

 

Begoña llega tarde... Qué raro. Hay cosas que nunca cambian. Aunque ahora le puede echar la culpa a Marcos, con el que lleva saliendo oficialmente un mes y del que no se despega porque, dice, le endulza la vida. Tanto que le resulta imposible abandonar sus dedos de mantequilla y su lengua de caramelo. Muy bonito, así, de palabra, pero ya llevo diez minutos esperando y me temo que quedan otros diez como poco.

Vamos a comprar los regalos de Navidad: tengo muchas ganas de llegar a casa de mis padres con cosas que les hagan felices... Aunque ahora voy de visita mucho más que antes, una vez al mes como poco, sé que ha sido duro asumir que, de momento, no voy a volver para quedarme.

Hasta última hora mi amiga del alma no se ha dignado a decirme dónde quedábamos, porque estaba ocupada con sus cosas de bloguera, pero a mediodía me ha mandado un mensaje muy concreto: «Quedamos en la esquina de plaza de España con Gran Vía. La del banco, no la del Starbucks. Espérame más hacia la calle que sube al cubano donde Miki se durmió aquella noche con la frente apoyada en un mojito. No hagas más preguntas.»

Yo ya ni las hago, porque es una mandona y porque su novio vive al ladito, en la calle de la Manzana, así que tiene toda la lógica del mundo que me cite ahí. Alguien se ha liado a darse besos de toffee otra vez.

De pronto, un coche negro, perfectamente limpio y brillante, se para a mi lado, la ventanilla del copiloto se baja y el conductor, un joven trajeado, se dirige a mí:

—Por favor, señorita, suba.

Sé que es un tópico, pero miro por si se lo está diciendo a alguien por detrás. No es la primera vez que me doy la vuelta cuando dicen: «Eh, guapa», y no era para mí. No hay nadie. Y el del coche me sigue mirando. Inquisitivamente, creo.

—Eh... ¿No?

—Me han avisado de que rechazaría. Insisto.

¿Qué es esto, un secuestro? Así se lo digo.

—Me pidió su amiga Begoña que dijese, y disculpe porque cito textualmente: «Sube, imbécil, que siempre tienes que complicarlo todo.»

—¿Begoña? ¿Te ha enviado Begoña?

La mato. LA MATO.

El conductor no contesta. Me veo en la obligación de entrar porque si viene de parte de ella, gracia no me hace, pero malo no será. Y temo mucho a esa chica, lo juro.

Me siento en la parte trasera y allí me esperan, sorpresa, una bolsa de papel y una caja de zapatos. El coche se pone en marcha a velocidad de tortuga.

Decido que lo que hay allí es para mí y me dispongo a abrir la caja: dentro, sobre algo envuelto en seda hay una nota: «Amiga, POR FIN eres Carrie Bradshaw. Solo te faltaban el tutú y los Manolos. Como sabemos que eres un poco torpe, hemos elegido algo un poco más acorde a ti. Póntelo todo. YA. Dice Tony que es una orden. Firmado: Bego, Adri, Miki y Tony.»

Miro a mi alrededor buscando una cámara, pero aunque la hubiese estoy segura de que ni la vería de los nervios.

Creo que es un buen momento para señalar que vivo rodeada de pequeños dictadores. Quizá debería pedirle ayuda a La Coach y que me enseñe a no seguir sus dictados siempre, pero... Soy débil. Y esto que han montado me hace un poco mucho de ilusión.

El conductor me ve inquieta: dicen que me lo ponga todo, ¿se supone que tengo que cambiarme de ropa ahí? Él se da cuenta, para el motor del coche (tengo la sensación de que en total nos habremos movido 20 metros), se vuelve y dice: «Cuando termine, llámeme por la ventanilla.» Y se va del coche y se queda fuera, apoyado, tapando la ventanilla para darme privacidad.

¿Qué es este espectáculo?

Voy a dejarme llevar porque quiero cotillear la bolsa y porque una amenaza de Tony significa que el asunto es serio.

Dentro encuentro un jersey negro de punto con cuello barco, mi favorito, y una preciosa falda de tul negra a media pierna con estrellitas doradas. ¡Cómo mola! Me lo pongo todo y ahora agradezco que Bego me obligase a ir con ella a hacerme la cera el sábado. Lo de: «Me he rozado contigo y tus pelos se me han clavado a través del pantalón» no fue amable, pero coló. Lo tenía todo planeado, al parecer.

Después me concentro en la caja. Siempre me dejo lo mejor para el final: quito el papel de seda y se me corta la respiración. Una bola sube por mi garganta y a mis ojos, se me va a caer una lágrima. Lo sé porque es eso o dejar de respirar para siempre. Son los zapatos con los que ilustré el post de mi blog. Mi post, el que consiguió que cumpliese, al fin, mi sueño. Los zapatos de Cenicienta, mis zapatos. Son de Miu Miu, tienen el tacón medio con cristalitos, y rosas. Son perfectos. Con ellos podría sentirme la mujer más poderosa del mundo porque concentran mis necesidades, anhelos y toda mi valentía. Podría no, puedo: porque ahora son míos y me los puedo poner.

Estoy llorando, con gotitas de cristal, en silencio, pero lloro por todo lo que he vivido y porque me siento querida. Se han dejado una pasta. ¿De qué va todo esto? ¿Por qué ahora?

Dentro del zapato derecho me encuentro una tarjeta: «Zapatos para Cenicientas bajo la nieve. P.D.: No hay ticket regalo, así que te los pones y punto. P.D.1: Te los mereces, te queremos, nos debes una cena. Firmado: los mismos.»

Sonrío. Son imbéciles, les quiero.

Me pongo los dos zapatos y golpeo la ventanilla con los nudillos. Estoy lista.

El conductor entra y, sin decirme nada, pone el motor en marcha. De nuevo, nos movemos a paso de caracol. Por algún motivo, me concentro en doblar mi ropa, dejándola encima del asiento, como si eso fuese importante ahora. ¿Adónde iremos?

Doblamos la esquina y... ¿Eso que veo al final es plaza de España de nuevo? El coche se vuelve a parar, se ve que vamos a ir haciendo paradas cada 10 metros en la misma zona. El conductor me mira sonriente por el retrovisor. «Este es cómplice de esos mamarrachos», me digo.

—Ya hemos llegado.

Alucino pepinillos. ¡Pero si estamos en la calle paralela a la que me ha recogido!

No me da tiempo a protestar: mi puerta se abre desde la calle y alguien tira de mí hacia fuera. ¡Es Bego! Estoy superemocionada y quiero abrazarla, pero una vez que salgo, Tony cierra de golpe la puerta y el coche arranca. Están los cuatro y están muy exaltados, pero ignorándome por completo.

Me recuerda a aquel día en el que subieron a mi casa con comida de todo el mundo... ¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquello?

Como aquella vez, tampoco se dirigen a mí, ni siquiera cuando pregunto qué va a ser de mis cosas, que se han quedado en el coche... ¡Y mi móvil! Siento un pequeño ataque de ansiedad, pero a nadie le importa: solo hablan entre ellos mientras Bego organiza todo.

—Miki, graba. —Y Miki tiene el móvil grabando y me hace unos planos que hasta me saca los puntos negros, creo yo. No sé dónde piensan publicar todo esto, pero va a parecer una película de esas que le gustan a Adri y que echan los viernes en La 2. Igual planea mandársela a Almodóvar, ahora que tiene contactos en el mundo cinematográfico. Espero no salir fatal, ahora que soy medio famosa en las redes, por mucho que lo mío sea precisamente esto, escribir de situaciones aparentemente glamurosas pero de lo más corrientes... Como estar con taconazos y faldaza pero pelándome de frío en la puerta de una sidrería.

Entretanto, Tony sujeta una bolsa de deporte y Adri busca metódicamente dentro de ella. Yo voy de uno a otro intentando que me expliquen de qué va esto. No sé si es frío, nervios o desconocimiento, pero estoy histérica.

Bego me agarra el antebrazo y me obliga a mirarla a los ojos. Está muy seria y eso solo significa una cosa: que está disfrutando como una loca (lo que es) de estar al mando.

—América. Ahora te vas a estar quietecita y no te vas a mover hasta que yo te diga. Y, sobre todo, ¿qué te ha dicho el conductor de mi parte?

Hummm. Yo qué sé qué ha dicho el chico. Estoy yo como para acordarme de lo que hemos hablado.

—Eh... ¿Que le gustas?

Por tentar a la suerte, yo qué sé.

—Eh... No. —Me mira como si se me hubiese ido la olla, aunque quizás un poco.

No ha colado.

—Espera, ¿te ha dicho eso? —Sonrío, eso es muy de Bego—. Bueno, no, en serio, ¿no te ha dado un mensaje muy importante de mi parte nada más llegar?

—Ah, sí. ¿Que no haga preguntas?

PUES NO HACES MÁS PREGUNTAS Y PUNTO PELOTA. ¿ESTAMOS?

Jolín, qué carácter. Y asiento. Qué miedo. Y qué divertido a la vez.

En ese momento, Adri me coge del pelo y empieza a recogerlo con las manos, es la primera vez que me peina en su vida porque nunca lo he tenido suficientemente largo, ahora debe de estar a su gusto, al parecer. Mientras da vueltas a una goma, Tony saca de la bolsa un aparato y anuncia: «Está listo.» Miro para ver qué es eso que está tan listo y es un cacharro que podría haber salido de los mismísimos Mortadelo y Filemón.

Han enchufado las tenacillas a un cargador de móvil portátil, a saber quién les ha hecho el apaño. Con ese invento, que me da cero confianza, Adri empieza a ondularme las puntas de la coleta que me ha hecho. Está tirante, no creo que pueda guiñar un ojo, si es que lo requiero.

—¿Es esto necesario?

Recibo un genérico «chsss» mientras Miki no para de grabar y se ríe como un loco.

Tras el pelo pensé que me dejarían en paz y me dirían si ha llegado el momento de grabar mi propio videoclip, como el que hicieron los de «Un paso adelante» en la plaza de enfrente, pero Adri saca sus brochas y empieza a maquillarme. Claro, cómo no.

Me hace un maquillaje tan exprés que me extraña que no lo haga con un aerosol. Total, ahora que tienen tantos gadgets...

Se aleja unos centímetros de mí, me mira, da su aprobación y mira a Bego asintiendo:

—Estamos.

Menos mal, porque me estoy pelando de frío. Ellos llevan abrigo, pero yo no porque a nadie se le ha ocurrido que, en diciembre y en la calle, iba a necesitarlo. Esto es poner mi burgalesidad muy a prueba.

Cuando hemos cruzado el paso de peatones y parece que, por fin, nos dirigimos a algún sitio, Tony nos detiene: «¡Esperad!»

Saca su móvil y pienso que quiere una foto de grupo, voy a salir preciosa con la piel de gallina y los dientes castañeteando. Por segunda vez en mi vida, cuando creo que me van a hacer una foto con el teléfono, empieza a salir música de él. Y esa música es... ¡Mariana!

Serán los nervios, la hipotermia, el que estamos locos y queremos hacer una locura porque sí, porque quién nos va a parar, el caso es que empezamos a bailar como descosidos en plena calle, cantando a grito pelao:

 

Qué me has hecho, Mariana,

di qué,

qué me has hecho, Mariana,

mi amor.

 

De pronto, y con la música aún sonando, y mi cuerpo rebosando adrenalina por los poros, me vuelven a coger de la mano y tiran de mí hacia delante. Llegamos corriendo a una puerta giratoria.

La del Edificio España.

Cuántas veces habré pasado ya por delante pensando que me iba a unir más a...

Las luces están apagadas, salvo las de la portería, donde se ve a un guardia de seguridad.

El edificio lleva años cerrado... Pero entramos.

El buen hombre no habla, simplemente señala con el brazo un ascensor, a su izquierda.

Pulsamos el botón y se abre la puerta («Lo bueno es que nadie más llama al ascensor en un edificio vacío», pienso, pensando siempre tonterías en momentos clave). Me empujan dentro y Miki marca desde fuera el piso 25.

Se cierran las puertas. Me he quedado sola. Estoy subiendo.

¿Qué está pasando? Este sitio significa mucho. Mucho desde hace... Casi un año.

Pero también nada.

No puede ser...

Va a ser que voy a subir y me voy a encontrar a los cuatro con un festín de comidas del mundo porque echan de menos ponerse ciegos a especias.

Tengo ganas de hacer pis. El latido de mi corazón rebota en mis oídos.

No puede ser. No puede ser.

Va a ser que se va a abrir la puerta y va a aparecer, por fin, Isabel Gemio con las Spice. Victoria incluida.

Va a estar hasta Beckham.

El ascensor se para. He llegado.

Respiro hondo. No quiero salir.

Voy a salir y va a estar Chenoa esperando explicaciones por lo del baño. ¡Me da vergüenza!

Se está abriendo la puerta, está totalmente oscuro. No hay paredes, alguien las tiró abajo.

Como sea una película de miedo en la vida real me voy a hacer más que pis.

La puerta se abre del todo. Me voy a desmayar.

Aparece él.

Se me ha cortado la respiración. Lo juro, me ahogo. Es Jack.

¿Es Jack?

Cierro los ojos un par de veces para asegurarme de que no me lo estoy inventando, que yo soy muy de inventar y más ahora que soy escritora de un blog. También un poco para acostumbrarme a la oscuridad.

¡Es Jack!

Corro hacia él, que no está a más de dos metros, y con el ímpetu habría podido tirarlo si no fuese americano y tuviese una constitución de quarterback. Lo abrazo y siento el frío recorriendo mi cuerpo. No sé si es frío, quizás es emoción y adrenalina y... ¡Es Jack!

Me aparto un poco y solo oigo mis propios latidos, en mis tímpanos.

Sonríe. Dios mío. En Madrid es todavía más guapo que en Nueva York, aunque no sé cómo es eso posible. Quizás es porque es un año mayor. Un año. ¿Qué hace aquí?

—Hola.

Hola, dice.

HOLA.

Y me da la mano para que nos acerquemos a la ventana, como si fuese una princesa italiana saliendo de su carruaje. Dios mío, qué lejos y qué cerca ha quedado todo eso. Cuántas veces he repetido en mi cabeza nuestra conversación.

Como ya demostré a miles de kilómetros de aquí y con el mismo hombre, soy una persona de lo más ingeniosa, especialmente bajo presión. Y contesto:

—Hola.

Y sonrío con timidez mientras cojo su mano, que activa una descarga eléctrica que va de mis pies a mi cuello dejando piel y vello erizados a su paso.

Y ahora, ¿qué?

Estoy. Está. Y encima, estamos en un sitio que no creo que sea muy legal estar.

Veo que, junto a una ventana, hay una botella de vino rosado (¡se ha acordado!), dos copas y dos menús Big Mac con patatas deluxe.

—Ven. —Y lo dice en español. ¿Va a hablar español ahora? Madre mía, la vida.

En realidad, por sus movimientos veo que está tan nervioso como yo. Menos mal que me acompaña en esto.

Me da una copa, me sirve vino, y frente al ventanal me dice:

—¡Bienvenida al Edificio España!

Y brinda conmigo. Bueno, a decir verdad yo sonrío como una idiota enamorada, que es lo que soy, hablando claro, y siento que soy la prota de comedia romántica más alelada de la historia.

Viendo mi actuación estelar, Jack se apoya en la ventana y me dice:

—Aquí estoy, América.

«Aquí estoy.» Es muy fuerte las expresiones que está usando. Me encanta su acento hablando español y ya no quiero que hable nunca más inglés, pero no sé si sabe mucho más que eso y «piso mojado». Según lo pienso me traslado de nuevo a Nueva York, cuando me contó lo poco que sabía de mi idioma, y elimino en mi cabeza todos los meses que ha habido entre medias.

—¿Hablas español?

—Ahora... Un poco sí. —Me muero aquí mismo. De amor, claro.

—¿Sabes cómo me llamo?

—Sí, claro. Lo supe siempre. También estaba en la etiqueta.

Ah, claro. La etiqueta de la tintorería de nuevo, muy lista, América.

Sonríe. Me vuelvo a morir. América y Jack, por primera vez me permito este pensamiento: qué bien suena.

Estoy nerviosísima.

Diría que estoy pensando en cualquier cosa, pero no pienso en nada, solo floto. Y mi cerebro va a su bola, conectado con mi lengua, haciendo preguntas sin parar.

—¿Cómo me has encontrado? ¿Dónde estabas?

—No tenías redes sociales... Y nunca te encontré. —Pone cara triste y yo quiero pegarme, por lista, por tonta, por ser siempre yo—. Pero pasaron los meses y un día, ¡sí! ¡Te encontré! ¡Tenías un blog!

Mierda. Me quité las redes sociales para olvidar a Javi y así desaparecí para Jack. Pero abrí el blog por mí misma y Jack me encontró. Se me está rompiendo y recomponiendo el corazón todo el rato. Otra vez, veo las cosas desde otro lado, como el propio Jack me enseñó, y no voy a poder olvidar esa nueva perspectiva...

Me como una de mis patatas deluxe para quitarme el mal sabor de boca. La patata está fría, pero rica, y ni siquiera la he rebozado en salsa. Es increíble que en esta vida nada me quite las ganas de comer.

A Jack le hace gracia: saca una hamburguesa y le pega un bocado como si fuese un bocata de chóped. Lo suyo son las hamburguesas, aunque aquel día lo negase.

—Ya sé tu opinión sobre las hamburguesas, pero Begoña me dijo que las patatas...

—Son perfectas. Las hamburguesas ahora me gustan. Me recuerdan a...

Y no acabo la frase.

A ti. Jack, a ti.

Es difícil que me abra. He pasado por mucho. Pero está aquí. ¡Aquí! Y quisiera poder decirle que me muero por este momento. Me he muerto largas horas por tenerlo delante de mí y aquí está.

—América... Me despedí de ti haciéndome el héroe, pensando que esa misma noche podría darte las buenas noches. Tenía tu nombre completo, no podía ser tan difícil encontrarte en internet y... No existías. Pasaron los meses y por fin encontré algo. Tu blog. Usé el traductor, pero me apunté a clases de español para entenderte.

Alucina.

Pero habla muy bien, ¿no? ¿Cuánto tiempo hace de esto? ¡Tiempo en el que él sabía de mí y yo no! ¡Qué injusto! Qué injusto.

—Pero ¿por qué no me escribiste? —Lo digo golpeándolo de broma, enfadada porque no me gusta el tiempo perdido.

—Porque no sabía si te acordarías de mí. Pero entonces leí una entrevista que te hicieron, y decías que le habías dedicado un artículo, el primero, a un ¿Backstreet Boy? Ya me explicarás eso... Supe que era yo. Me volví loco. Di saltos de alegría por toda mi casa y hasta grité. Quería verte, pero necesitaba hacerlo de una forma especial. Entonces... Tuve la idea que debería haber tenido en enero. ¡Bego! ¿Por qué nunca pregunté su nombre en el hotel? Eso habría facilitado mucho las cosas...

Sonríe tristemente. Yo no dejo de comer patatas como si así fuese a digerir toda la información más fácilmente. Que se volvió loco. ¿Por mí?

No puede ser por mí.

Lo quiero.

Solo lo he visto dos veces en mi vida y mi corazón es suyo. Se lo voy a envolver en celofán para que haga con él lo que quiera.

Y entonces Jack me cuenta que conoció por Skype a Bego, pero también a Adri, Tony y Miki. «¿Esos son los que son novios?» Sonrío. Están locos de verdad. Dice que aplaudieron cuando les contó cómo me había buscado y añade: «Adri dijo que le recordaba a una película de Penélope Cruz, yo dije que solo la había visto en Piratas del Caribe y al día siguiente tenía en mi buzón una lista de películas recomendadas. No he tenido tiempo de verlas, por favor, no se lo digas...» Me río un poco exageradamente por los nervios, y porque ha calado a mis amigos desde el minuto uno.

Y al final, explica:

—Yo no sé cómo acabé convenciendo a mi jefe para que entre en un concurso: el de rehabilitación del Edificio España. Le dije que era una forma perfecta de abrir mercado en Europa y no sé por qué, me creyó. Y aquí estoy, supuestamente haciendo trabajo de campo para que planifiquemos la propuesta, Begoña convence al señor de seguridad para que me deje verlo de noche con la jefa de proyecto, que eres tú, América, y...

Y mueve su brazo señalando el edificio, lo que se ve, claro, y Madrid, a nuestros pies, como diciendo: «Y antes, todo esto era campo.»

Y a mí me tiemblan las piernas cada vez que dice mi nombre. América. Parece más bonito si lo pronuncia él.

Hay algo que me persigue desde siempre. Desde que pagase mi compra en el Whole Foods. Se vino conmigo al hotel, al edificio de «Friends», en el avión, a mi casa, me siguió a Burgos, se coló en cada uno de mis tuppers y hasta se ha montado conmigo en el ascensor.

Me lanzo y me la juego:

—¿Por qué yo?

—¿Por qué no? Desde que te vi sentí algo. ¿Flechazo, lo llaman? Me despertaste una sonrisa, pero también quise cuidarte y animarte cuando nuestras vidas se cruzaron. Porque fuiste tan simpática y divertida en ese momento, como si no supieras que lo eres, que además sentí que podías ser tú la que me hicieses reír a mí. Porque, después, durante la cena, sentí que podíamos haber hablado durante décadas y se habría pasado volando igual. Me moría de ganas de pedir postre solo por alargar el momento, pero tú estabas llena y no quería obligarte a nada en el mundo. Por suerte me inventé algo para tenerte unos minutos más cerca. Porque cuando fuimos a la casa de Carrie mi corazón me dijo que solo quería dedicar mi vida a sorprenderte así. Porque cuando esa noche, por hacerme el gracioso y el guionista de cine en la vida real, te había dejado escapar sin saberlo, se me rompió el corazón. Entendí, cuando era tarde, que entre tú y yo se había creado la magia.

Otra vez un escalofrío.

Quizá por el frío o más bien porque esto, todo esto, no puede ser real. Ha hablado de magia, de la que no tiene trucos y no se puede desmontar. Lo fácil es creer, pero me cuesta comprender.

Falta poco para que me ponga a castañetear los dientes, y creo que esta vez es de nervios.

Se acerca a mí y me pone las manos encima, agarrando mis brazos.

Sonríe con su sonrisa americana. Ya la había visto antes. Frente a unos escalones. No nevaba, ni ahora tampoco. Yo qué sé, tampoco hace falta.

Me besa.

Y sabe a Big Mac. Y es perfecto.

Y yo... Me dejo llevar. Y no pienso más porque ya no hace falta.