19
La prueba definitiva
Miki vivía en la calle Hartzenbusch, algo que nos hizo mucha gracia, aunque habíamos ido mil veces, porque con la lengua de trapo nos costaba un poco pronunciar.
Compartía piso con una fotógrafa de viajes a la que no habíamos conocido nunca porque nunca estaba. La casa era suya y, mira, así tenía un guardián que encima le pagaba por cuidarle el chiringuito.
Ese día Natalia, la fotógrafa, tampoco estaba, y, sin embargo, hay que ver en qué cosas se fija una, me di cuenta de que en la mesa sin recoger del desayuno había dos platos y dos tazones. Y hasta un jarroncito con unas ramitas de lavanda. Uy, pero qué cuqui... Esto olía a chamusquina (con aroma floral).
Miki recogió rápidamente el salón y volvió de la cocina con una botella y cinco vasos:
—Ha llegado la hora de gastar el tequila que trajo Nata de México. Me tiene prohibido que lo tomemos con limón y sal, que dice que es de cuñaos, pero os he traído unos Boca Bits para limpiar la boca si os arde. Vamos a jugar a... ¡«Yo nunca he...»!
—Bieeeeeeen. —Bego mataba por un juego de adolescentes. Como la chica gordita del instituto, nunca tuvo mucha popularidad y jamás vivió esa mezcla etílica de chicos y chicas que jugaban a hacer preguntas para emborracharse rápido. Le flipaba el concepto de negar lo que sí habías hecho para acabar bebiendo si era cierto.
A Tony le cambió la cara. Tenía asumido su papel de padre del grupo y no estaba muy a favor de que nos contásemos todo, ni mucho menos con la sangre alterada: «Si lo sé todo sobre ti de un golpe, ¿qué vas a contarme a lo largo de la vida?», me dijo una vez.
Razón no le faltaba, pero tampoco había que ser aguafiestas. Por suerte habíamos aprendido a pasar de él y arrastrarlo a nuestros juegos. Yo, por apoyar la diversión, posé mi mano sobre mi chupito esperando la primera pregunta.
Como dueño de la casa y la botella, empezó Miki:
—Yo nunca he... Meado en la calle.
Bebimos todos.
Turno para Bego:
—¡Yo nunca he dicho que no volvía a beber y aquí me tienes!
Todos otra vez.
Tony:
—Yo nunca he cantado una canción de Alborán en el baño.
Bebimos Bego, Adri y yo. Maldito Tony, daba donde dolía.
Y llegó el turno de Adri.
Todo iba bien.
Nos habíamos reído, llevábamos un cuarto de botella y, bueno, no hay mal que por bien no venga: para cuando resolvimos su turno dejamos de beber.
—Yo nunca me he enamoriscado con un amigo.
Traducción, porque esta palabra le encantaba: «enamoriscarse», para él, era enrollarse mucho o poco, daba igual.
Y bebió él, bebió Tony, y bebí yo porque supongo que con mi largo historial alguno debió de ser amigo mío antes que novio y príncipe azul. Bego se libraba porque sus únicos amigos hombres eran los tres presentes.
Pero Adri se puso en plan digno:
—Miguel, bebe.
Y colocó secamente el chupito en la mesa frente a Miki.
—No pienso.
—Sí piensas, sí. Que el juego ha sido idea tuya.
Miradas tensas. Adri a Miki. Miki a Adri. Tony a Miki. Bego y yo entre nosotras.
¿Qué estaba pasando?
—Vaaaaale, bebo. —Y se tragó el tequila resignado.
—No, ahora no se vale. Ahora tienes que decir con quién... Por haberlo dicho tarde.
El maldito de Adri parecía estar disfrutándolo. Y lo peor es que hasta Miki se reía, digo yo que nerviosamente.
—Hacemos una cosa: si me asomo por la ventana y pasa una moto, y he dicho una moto, no un coche o una persona, o incluso una bici de esas alquiladas, lo cuento.
—Trato hecho.
Y nos agolpamos todos en la ventana. Todos menos Tony, que se quedó sentado en el sofá mirándonos y sacudiendo la cabeza. Estaba en modo superpadre, era el bajón en persona.
Nosotros, en cambio, nos pusimos a corear bajito: «Moto, moto, moto» hasta que, ¡tomaaaaa! Pasó una moto.
Por fin Miki nos iba a contar eso que, sinceramente, yo pensaba que no iba a ser para tanto, porque total, anda que no habían tenido ligues estos. ¡Más que yo!
Pero si algo era mi amigo, era cobarde. Y juguetón.
—Vale, vale, vale. Pido el comodín del público. Os lo cuento si... ¡Pongo Telecinco y no está ningún colaborador de «Sálvame»!
—O «Gran Hermano» —añadió Tony. De pronto había decidido cooperar, vete tú a saber por qué.
Esto era difícil... O no. Porque era domingo por la tarde, quizá tuviésemos posibilidades, a no ser que hubiesen hecho una edición especial de estos programas. Todo podía ser.
Encendimos la tele, esperamos unos larguísimos segundos, esos en los que el puntito rojo parpadea y tú puedes hasta morderte las uñas de los nervios. Y en pantalla apareció... ¡María Teresa Campos!
Estrictamente María Teresa no era un personaje de «Sálvame», era un ente propio. Venía al pelo porque habíamos tenido una acalorada discusión por la mañana en La Ardosa, cuando debatíamos si Terelu merecía, como su madre, un espacio a su medida, a la altura de «Con T de Tarde», programa mítico de Telemadrid que la convirtió en musa, y que yo conocía porque varias noches me habían obligado a ver vídeos en YouTube.
Por suerte, todos habíamos coincidido en que María Teresa no era de «Sálvame» aunque de vez en cuando participase, y seguro que Miguel Ángel Jiménez, Miki para los amigos, se estaba arrepintiendo de eso. Había vuelto a perder.
—Ahora sí, desembucha. —Mi táctica de amenazas había que pulirla, eso era cierto, pero me acerqué a él mucho para forzarlo a responder. El alcohol, el cine y estar loca me habían convertido, de repente, en un agente del FBI.
Miki apartó mi carita de su carita con la mano y mirando al resto dijo animadamente, a ver si así nos convencía:
—¡A la tercera va la vencida! Venga, decid vosotros la última prueba y ahora sí que sí, de verdad, lo juro, si pierdo confieso.
En lugar de enfadarme por haber sido apartada tan drásticamente, en ese momento sentí que desde el pecho me nacía un calor especial, unos nervios anticipatorios... ¡Tenía el juego definitivo!
—¡Yo tengo una idea!
—No, ella nooo. Por favor, Adri, acepto cualquier reto, pero ella no, ¡que es muy mala!
—Uuuh, ¡lo que me ha dicho!
Miré a Adri, que asintió. Bego se frotaba las manos en plan maligna porque nada le gustaba más que meter miedo cuando sabía que iba a ganar. Tony miraba a la tele, como si, ahora que había acabado María Teresa, las noticias sin sonido le interesaran muchísimo.
—Ahora sí que vas a flipar, chaval. —Me creía una versión moderna de El Padrino.
—La que has liado, pollito. —Bego era mi ayudanta.
—Pensaba ser benévola, pero pienso ponértelo muy difícil.
—La has liado parda.
—Y la prueba elegida es...
—Las cagao, bacalao.
—Bego, por favor, si me dejas terminar alguna frase...
La miré de reojo e hizo el gesto de cerrar la cremallera y tirar la llave. Me hizo mucha gracia porque solo ella y mi madre van de mimos en la vida real.
—Como iba diciendo, Miguel. Esta es la prueba definitiva: todo o nada. Si pierdes, confiesas. Si ganas, bebes de la botella a morro: un segundo por cada acierto que hayas tenido porque algún peaje tienes que pagar por haber sido tan sibli... Silib...
—¿Silicio?
—¿Silicona?
—¿Sili hibli kin li i?
—¿Bsss, bssss, bsss, gatito?
— ¡¿Visillo?!
—¿Bisolvón antitusivo?
—¡Sibilino! ¡Eso era! —Menos mal que me había salido, yo que me las daba de culta me había trabado como si tuviese un año y empezase a balbucear. Los demás se miraron decepcionados. Esperaban haber acertado alguno—. En resumen, tendrás que beber por haberte escaqueado. ¿Estamos?
Miki asintió. Estaba dejando su futuro inmediato en manos de una mujer con lengua de trapo y unos amigos que habían repasado el diccionario buscando la palabra exacta y el resultado había sido nefasto.
Yo tampoco me inspiraba mucha confianza, y eso que no me había visto en un espejo y, por tanto, no había comprobado que tenía el rímel levemente corrido en modo Joker.
—Estupendito entonces. Pues tu prueba es... Por favor, redoble de tambores.
—Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrr. —Lo hicieron con gesto con las manitas y todo. Parecíamos un auténtico programa de la tele.
—¡Una rueda de reconocimiento de «Operación Triunfo»!
Lo dije lo suficientemente emocionada como para que todos, Tony el apático incluido, y Miki, a pesar de ser el afectado, nos levantásemos a aplaudir.
Pronto recuperé la compostura, me volví a sentar y me metí de nuevo en el papel de presentadora eficaz.
—No te emociones tanto, Miguel. Esta vez pienso ponértelo difícil. Por favor, un móvil con batería y datos, que necesito el Spotify. Gracias, Tony. Digo... Antonio. —Al ponerme seria me gustaba decir los nombres completos, por lo que se ve—. Oye, y con wifi, qué bien. Bueno, vamos allá: te voy a poner cinco canciones de «OT» y tu misión es reconocerlas todas, decir su nombre yyyyy decir los nombres de los triunfitos que las cantaban. Un solo fallo y estás fuera.
—Buah, está tirado, tenía todos los discos de las galas, el recopilatorio y hasta los singles de cada uno.
Vaya, vaya, teníamos a un rebelde. El típico concursante contestón, ¿eh?
Sonreí, me gustaban los retos. Se lo pensaba poner MUY difícil porque ya no me importaba el cotilleo, ni me acordaba de qué era lo que tenía que contar, ya solo tenía un objetivo vital: ganar.
—Miki, no. —Adri le sujetó el brazo a modo de advertencia. Había visto la maldad en mis ojos. El fuego tras mis pupilas. Mi corazón de hielo... En fin, ya me entendéis, me había convertido en Maléfica—. No la provoques. ¿Es que no le temes a nada?
—¡Vamos, América! ¡Cómetelo con patatas! ¡Ja, ja, ja!
Y acto seguido la loca de Bego se echó atrás en el sofá partiéndose de risa. Menuda pirada.
—Bien. Veamos. —Me erguí en el sitio y puse un tono de voz algo más grave, quería parecerme a Silvia Jato, mi presentadora favorita y a la que secretamente quería parecerme. Bueno, secretamente... Hasta ese momento en el que creí que la estaba imitando fenomenal y aclaré a los demás:
—Que sepáis que estoy haciendo de Silvia Jato. Miguel, vamos allá. Tu primera canción será...
Conecté los auriculares para escuchar yo sola lo que quería, hice una búsqueda rápida en el móvil, lo coloqué en el segundo perfecto, desconecté los auriculares y:
Quiero dar las gracias
por lo que me hacen sentir, debo admitir
que con la música vale vivir.
Pulsé el pause.
Miki no dudó. Parecía hasta concentrado.
—Nuria Fergó y Rosa López. Gracias por la música, y añado para que valore el jurado el esfuerzo: interpretando una canción original de ABBA.
Volvimos a levantarnos para aplaudir. Es verdad que no queríamos que ganara, pero lo había hecho muy bien.
—Correcto. Prosigamos.
Te extraño
porque vive en mí tu recuerdo.
Te olvido,
a cada minuto lo intento.
Te amo,
es que ya no tengo remedio
Te extraño, te olvido y te amo de nuevo.
De nuevo, solo lo pensó un segundo.
—Te extraño, te olvido, te amo: Álex y Natalia.
—Álex, ¿qué Álex? —Adri era el típico que te preguntaba hasta el último detalle antes de darte un quesito.
—Casademunt, capullo, ¡no va a ser Parreño!
Esta vez no aplaudimos. Llevaba 2 de 5 y, aunque aún teníamos tres posibilidades de ganar, no estaba dudando nada, ni un poquito: había que ponérselo más difícil.
Todos se congregaron a mi alrededor para soplarme opciones al oído.
Salió la propuesta de Tony:
Busca lo más vital, no más
lo que es necesidad, no más
olvídate de la preocupación.
Miki se rio en plan yendo de sobrado. En serio, era el concursante más insoportable que había tenido en todos mis minutos de experiencia como presentadora.
—Ay, por favor. Pero si el disco de Disney es mi favorito... Busca lo más vital, de nuevo Álex, pero con Javián.
¿En serio? ¡Si nadie podía acordarse de esa canción! ¡Las había mucho mejores! ¿Y su mejor amigo Tony no sabía que era ese su disco favorito? No pensaba volver a dejar que me propusiese opciones. Marginado por equivocarse... Quería ganar aunque tuviese que dejar amigos por el camino.
Ya solo nos quedaban dos opciones. Sacando artillería pesada en tres, dos, uno...
Átame a tu piel,
anuda fuerte amor
o arráncame de ti
si puedes hoy,
¡Sí! ¡Por fin lo veíamos dudar! ¡Ya era hora!
Miki pareció repasar la letra por lo bajini, intentando recordar y Adri, que como ya hemos dicho era experto en desconcentrar al adversario, le metió prisa:
—No vale estar más de veinte segundos pensando la respuesta, ¿eh?
—¿Ah, sí? ¿Y eso en qué normas lo pone?
—En las que me salen a mí del...
—Bueno, bueno, chicos. Basta. Miguel, por favor, tienes que dar una respuesta.
—Me la juego. Hemos venido a jugar, Mayka. Átame a tu piel, de Geno Machado.
El resto me miró. ¿Había acertado?
Yo miré al resto. Era imposible acordarse de esta canción, se cantó para la repesca... Era Geno... Por favor, ¡seguro que ni ella misma se acordaba!
Ya no quería aplaudir: miré a Bego con incredulidad.
—¡Ha acertado!
Y Miki saltó de su sitio para celebrarlo con un bailecito. Esto se estaba poniendo muy negro.
Ahora ya solo quería ganar o iba a ser insoportable aguantarlo regodearse para siempre con esta victoria.
Pero el jurado, o sea, Bego, Adri, Tony y yo, estábamos algo alicaídos. Iba a ser muy complicado remontar si había superado hasta la prueba más difícil...
Última oportunidad. Encendí de nuevo el móvil y Bego señaló una canción. Los otros tres la miramos extrañados, era una canción muy conocida, era imposible no acordarse de ella. Sin embargo, es cierto que se parecía a otras, y no iba a ser fácil identificar a los componentes del grupo que la interpretaron.
Había que arriesgarse, y esta iba a ser nuestra última baza.
Nos cogimos de las manos (bueno, yo una, porque tenía que coger el móvil con algo) y le di al play:
Me apasionas, me transformas,
me diluyes, me disuelves.
Me acaloras, me enloqueces,
me desbordas, me diviertes.
Me transformas y no tengo escapatoria,
tienes el control.
Respiramos hondo.
Miki también respiró hondo y se decidió a contestar muy solemne.
—Qué me has hecho, Mariana, de Chayanne. Interpretada por: David Bustamante, Álex y... David Bisbal.
Los demás nos miramos y entendimos lo que acababa de pasar. En esa misma mirada coincidimos los cuatro y nos transmitimos lo que íbamos a hacer a continuación.
Dejé el móvil sobre el sofá y grité:
—¡Noooooooooooo!
Y los cuatro nos pusimos de pie e hicimos la coreografía:
Qué me has hecho, Mariana, no sé,
qué me has hecho, Mariana, mi amor.
Me tienes por las cuerdas, lo sé,
volando por las nubes estoy.
Qué me has hecho, Mariana, di qué,
qué me has hecho, Mariana, mi amor.
Será que es realidad o es alucinación.
Mientras tanto, Miki sacó su móvil para comprobar que había errado doblemente: la canción se llamaba Mariana Mambo y la habían cantado David Bustamante, Álex y Javián.
Era el mejor día de mi vida.