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Tía, me han hecho un serendipity

 

 

 

Eran las 5.30 de la tarde y la astuta de Bego me había arrastrado de vuelta al hotel. También es cierto que habíamos visitado la Estatua de la Libertad, la City, la Zona Cero y hasta Chinatown y Little Italy y estábamos muertas, así que en el fondo lo agradecí. Pero no pensaba ir a la cita. Es más, para dejarlo claro, nada más llegar a nuestra habitación me había puesto el pijama: si ese chico quería algo conmigo tendría que ver más allá de los dibujos de Winnie the Pooh (tenía más pijamas, pero claramente este era mi preferido).

Sin embargo, la curiosidad me pudo. Y a las 6 me asomé a la ventana... ¿Quién sabía? Imagínate que me asomo y está ahí, con un ramo de flores y una caja roja de bombones. O, mejor, con un cochazo de lujo, con su propio conductor, como Mr. Big, el de «Sexo en Nueva York», que me ofreciese unos Ferrero Rocher mientras yo, que soy muy graciosa, lo llamo Ambrosio sin que él entienda bien por qué.

Eso, si fuese a aparecer. Y yo a bajar.

Nada. No había nadie esperando, solo turistas intentando disfrutar de una ciudad que vivía uno de sus escasos días de letargo, el día de Año Nuevo.

Sentí un poco de decepción, pero aun así la historia sería lo suficientemente divertida y bonita como para contarla a la vuelta: «Chicos, no sabéis lo que me pasó con un loco el día de Nochevieja...» Eso, si las cosas se arreglaban, porque en el último mes los chicos no habían tenido tiempo para vernos, según ellos por los muchos compromisos sociales que surgen cerca de Navidad, pero Bego y yo pensábamos que nos daban esquinazo para que Miki y Tony viviesen su amor sin presiones. Nos daba pena, pero a tanta distancia pensábamos que precisamente lo que necesitaban era eso, distancia, y que se la íbamos a dar mientras la pidiesen.

Una lástima, porque ni ellos ni, desde luego, mis compañeros de trabajo podrían escuchar la historia del loco del Whole Foods.

Puse en el móvil mi lista de canciones neoyorkinas, la que nos acompañaba cada vez que visitábamos un lugar emblemático, tal y como habíamos prometido, y me encerré en el baño: tenía que desmaquillarme y lavarme el pelo, por mucho que la pereza y el cansancio hiciesen mella.

Estaba restregando mi cara con un algodón empapado en desmaquillante cuando... Sí. Quizá leerás esto y pensarás que lo que ocurrió era de esperar, aunque reconozcamos que parecía improbable, pero hemos visto tantas historias improbables que quizá yo fui la única que, como siempre, no lo vi venir.

—¿Américaaaaaaaaa? ¿Cómo es ese chicoooooo? ¿Es rubiooo? —La voz chillona de Bego se coló entre el estribillo de Walk on the Wild Side de Lou Reed. Apagué la música.

—Hummm, algo así, no sé. ¿Poooooor? —Seguía encerrada en el baño porque, lo juro sobre la Cuore, yo no esperaba en absoluto que hubiese venido.

—¡Porque creo que está aquíiiiii!

Abrí la puerta. Qué frío hacía: Bego había abierto la ventana y se había descolgado por ella para ver mejor.

La aparté y, exacto: ahí estaba. Eh... ¿Qué hacía ahora? Tenía que cambiarme, y medio maquillarme. Tan convencida había estado de que ya no tenía plan esa noche que ahora era el Ecce Homo a medio hacer porque jamás de los jamases hubiese pensado que nadie hubiese sido capaz de encontrarme en una ciudad tan gigantesca sin saber nada de mí. En un pueblo todavía puedes preguntar y tirar del hilo. Pero... ¿Nueva York? ¿Cómo lo había hecho?

Qué miedo de Era de la Información, en serio. A saber cómo me había encontrado. Yo pasaba de esta historia, que mi madre siempre me había dicho: «Ten cuidado, que a veces pasan cosas.» Y esas cosas acababan saliendo en las películas de Antena 3 por la tarde, y mi madre asustada y así era el ciclo sin fin que lo envolvía todo.

—Es un loco. No voy a bajar. —Me senté sobre la cama, esto era una locura. Yo ya no hacía locuras. Bastante tenía con lo que tenía en casa, con lo que había pasado con Javi, con haber cambiado de trabajo porque me dio un impulso vital como para meterme en otra movida. A ver cómo le contaba esto a La Coach luego.

—Mira, pringada. Vas a bajar como que me llamo Begoña Carolina. Porque como no bajes te juro que voy yo y le digo que suba, y que te pille con el pijama ese que a ver si tiras ya que tiene hasta agujeros, guapa. Tú sabes que en el Primark los tienen tirados de precio, ¿verdad?

—Pero es que yo...

—América, que no hay discusión. —Y, en realidad, pensé que La Coach seguramente me regañase por no tomar buenas decisiones para mí. Por haber seguido con esa filosofía de dejar que la vida me llevase en lugar de volver a coger yo las riendas.

Venga, vale, iba a ir. Que me asesinase en un callejón del Bronx si así estaba escrito.

Ay, pero qué agobio, porque esta conversación nos había llevado diez minutos por lo menos y ahora iba a ser demasiado tarde.

¡Y tenía que arreglarme!

—¡Pero que se va a ir! ¡No me va a dar tiempo!

Y acto seguido Bego tiró de mí para ponerme de pie y me empujó al baño. Dijo que me preparaba la ropa mientras yo me volvía a maquillar y me hacía algo en el pelo. «Desenrédalo, al menos.»

Al poco, me dejó unos pantalones negros, un jersey de rayas y hasta unos botines sobre el váter y desapareció cerrando la puerta. Me pareció oír otra puerta fuera y, efectivamente, cuando a los cinco minutos salí vestida del baño, había desaparecido.

¿No estaría...? Me asomé a la ventana: sí. Estaba. En pijama, con el abrigo encima y hablando con el Backstreet Boy. Gesticulando a tope para entenderse, de hecho. Cogí mi bolso, me puse un plumas porque el frío ese día se había vuelto importante y bajé a la calle.

Llegué a tiempo para oírlos reír y que Bego le dijese poniendo acento inglés pijo porque le habría encantado ser de la pandilla de «Gossip Girl»: «Oh, no te preocupes, ella también está loca, seguro que os enamoráis rápido...»

Como siempre, estaba tonteando, pero es que era algo que le salía innato y, en realidad, todos lo considerábamos parte de su encanto.

Me acerqué, miré a Bego con lo que quería que fuese una mirada asesina, lo miré a él un poco menos asesinamente porque no había confianza y pregunté:

—¿Cómo me has encontrado?

Él sonrió al verme, quizás había dudado de que fuese a bajar. Yo dudaba de eso y de todo lo demás. Dudaba incluso de que esto fuese verdad.

—Magia.

—Ya, magia. Ahora en serio... ¿Cómo...?

—Ay, qué pesada. —Era Bego, hablando en español, porque para regañar le iba más su lengua oficial—. Deja de hacer preguntas y ve. Si hasta a mí me parece mono, que sabes que siempre le pongo pegas a todos tus novios. Vete, que voy a llamar a los chicos, a ver si hay alguno despierto, y les cuento esto que es superfuerte. Bye! —Movió la manita hacia él y se volvió.

Y se fue. Dejándome sola con un desconocido. Un posible terrorista. El hijo secreto de Brad Pitt, que venía dispuesto a asesinarme, pero que antes de liarse a descuartizarme lo primero que hizo fue mirarme y decirme: «Bueno, ¿vamos?», y se acercó a un coche y abrió la puerta trasera para que nos sentásemos.

¿Qué era esto? ¿Quién era? ¿Tenía chófer? ¿Qué cojones había pasado que había pedido un deseo y había dado un vuelco a mi vida?