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Del adonis al cerdo ibérico
En la montaña rusa en que se había convertido mi cabeza, pasaba por diferentes etapas.
A ratos, pensaba: «Ojalá volviese a agosto, cuando era feliz dentro de mi precariedad laboral. Todo era rutina y Javi no se había convertido en mi archienemigo.»
Pero también me rondaba por la cabeza la idea de que, entonces, nunca habría conocido a Jack. En la radio nunca me hubiesen dado vacaciones para irme a Nueva York (lo mío era cubrir las de los demás, no cogérmelas) y así nunca habría acabado tirando la compra por el Whole Foods y cenando en el edificio de «Friends».
Claro que, ahora, no tenía ni el trabajo que tanto había odiado y encima Jack, en la realidad, no existía.
Había desaparecido en pleno Times Square y nunca más volví a saber de él. Nada. Había prometido encontrarme, pero yo soy muy lista y le había dado un nombre falso... Creyendo, todo el rato, que a pesar de eso sería capaz de localizarme.
Lo había hecho una vez, ¿por qué no dos?
Pues porque no, América, porque por una vez te habías hecho la difícil y había salido mal. Jack, o no me había encontrado, o había desaparecido de forma voluntaria. Esta última opción intentaba no contemplarla, porque en mi estado era prácticamente hundirme en la miseria, pero estaba ahí.
Quizá todo había sido mentira, una de efectos especiales estilo americano, una cita que queda muy bien para contarla a los colegas, pero que no tenía por qué llevar a más. Mucho menos si ella (o sea, yo) vivía a miles de kilómetros.
Pero, a su vez... Había sido tan especial. No como en las comedias románticas donde, sin conocerte, un extraño te llena la casa de flores, te compra un collar de Swarovski o le grita al mundo entero que te quiere. Al principio había sido un poco de todas esas pelis, es verdad, pero a medida que avanzaron las horas se había vuelto real.
No me había dicho que era guapa o maravillosa, pero me sentí eso y más. Por eso lo echaba de menos: porque con él todo lo que hice o dije me convertía en especial, sacaba al exterior lo que tanto tiempo había creído y que, en ese momento, tanto me costaba creer. Con Jack era única, y no una perdedora que había tomado decisiones cada vez más equivocadas.
Y él... Él era perfecto. Me había costado explicarlo a los chicos cuando volvimos, y Bego lo aderezó marcándole unos abdominales y músculos que ni ella ni yo habíamos visto. En nuestro grupo, Jack era un adonis, un sueño, así que me convencían para que lo guardase como un bonito recuerdo, pero irreal.
Pero lo cierto es que pensaba en él a menudo. Que no estuviese en mi vida, más lo del trabajo, era como la guinda de un pastel que no estaba bueno. Es más, era el cilantro de una montaña de coles de Bruselas. Todo estaba mal, y encima, él había desaparecido.
Por eso, y por todo lo demás, el mensaje de Javi me había pillado por sorpresa. Hacía meses que no hablábamos; desde el momento en el que le tiré una cerveza a su carita de bueno/malo, y habían pasado diez días desde que me había ido forzosamente del trabajo.
—Hola, Amy, ¿cómo estás? Ya me he enterado.
¿Amy? «Para ti no soy Amy, pequeño cerdo», pensé.
Y decidí que jamás iba a contestarle.