—¿Tú estás realmente seguro de que es médico? —le preguntó el ofidio mirándole con desconfianza los vaqueros raídos, la camiseta gastada, el desorden descuidado de los cabellos. Estaban ambos en el pequeño automóvil del psiquiatra («No sé si voy a entrar en este chisme»), junto al impresionante autobús de turistas que recibía de vuelta su carga de norteamericanas viejas con vestidos de noche, con gafas suspendidas del cuello con cadenas de plata como los chupetes de los bebés, acompañadas de individuos rubicundos parecidos al Hemingway de los retratos finales.
—No suelo desconfiar de las personas, pero nunca se sabe —añadió examinando policialmente el carnet profesional que el otro le extendía—, y ya llevo una larga lista de desengaños. Una se fía, se fía y de repente, zas: trae para acá el bolso, bonita, y una se queda compuesta y sin novio. Perdona, no tiene nada que ver contigo, siempre pagan justos por pecadores, como dicen los curas, y nunca está de más prevenir. Tengo un primo por parte de mi padre, en Sao José, en el Servicio Uno, Carregosa, ¿lo conoces? ¿Bajo, fuerte, calvo, un poco tartamudo, loco por el Atlético? ¿Que usa el escudo por encima de la bata, jugó en los Junior, su mujer se quedó medio mema, solo dice partaunrayo partaunrayo? Perdona que sea tan desconfiada, pero Mendes siempre me decía: Dóri (me llamo Dóri), ten cuidado con los extraños que más vale prevenir que curar, hasta se lo he oído decir a una señora a la que le quitaron los pechos en el instituto del cáncer, siempre con sus labores de punto, ahora siempre con sus bolsas de suero, está casi tan mal como Mendes, pobre, que después de la revolución tuvo que emigrar a Brasil, qué remedio, me dejó una carta amorosa asegurándome que me llevaría con él, que nunca había querido a nadie como me amaba a mí, era solo una cuestión de meses hasta ordenar su vida y listo, mulatas ni verlas que huelen mal. Unos meses después cojo el Boeing a Río de Janeiro, él es doctor en finanzas y económicas, no se va a quedar sin conseguir empleo, que nunca he visto inteligencia como la de Mendes, trabaja como un perro el desgraciado a pesar de padecer de los pulmones y además no es solo eso, es la delicadeza, los modales, la forma de tratar a una mujer, adivina lo que una quiere, nunca me ha pegado, casi todas las semanas eran flores, eran joyas, eran cenas en el Comodoro, eran cines. Yo le decía, claro, querido, no es necesario tanto lujo, pero Mendes sabía que a mí me encantaba, no hacía caso, era un santo de altar, estoy viéndolo con sus patillas muy bien cuidadas (le regalé una filipcheiv para Navidad), la camisa rosa y negra impecable, la laca de las uñas siempre brillando.
Pausa.
—¿Por qué no te pones una corbata de seda natural, una chaqueta piedepul, fijador bilcrim en la cabeza? Nunca he visto un médico tan poco arreglado, así vestido como un mecánico, los médicos deben cuidar la apariencia, ¿no?, ¿quién querrá tratarse con un psiquiatra desgreñado como un pope? Yo cuando voy a la Seguridad Social exijo respeto, seriedad, se nota enseguida en la cara de las personas si son profesionales o no, ¿no crees?, los especialistas como es debido usan chaleco, tienen bemeuves plateados, casas con lámparas de araña, grifos dorados que son peces echando agua, una entra en un sitio así y se nota el dinero, dime, ¿qué se hace hoy en la vida sin dinero?, yo sin dinero me siento morir, es mi gasolina, ¿entiendes?, me sacan mi bolso de cocodrilo y me vuelvo loca, estoy habituada a los lujos, ¿qué quieres?, tal vez no lo creas, pero mi padre era profesor de veterinarios en Lamego.
Sacó un Camel de contrabando de una horrorosa cigarrera de cartón imitación de yacaré, lo encendió con un encendedor de baquelita que quería ser carey. El psiquiatra reparó en que sus zapatos, con tacones increíblemente altos, necesitaban medias suelas, y que unas grandes líneas sin betún estriaban el cuero del empeine: saldos de la praça do Chile, diagnosticó. Las raíces de los mechones rubios nacían grises en el lugar de la raya, y el polvo de arroz intentaba sin éxito disimular las múltiples arrugas profundas alrededor de los ojos y a lo largo de las mejillas fofas, pendientes del mentón en flácidas cortinas de carne. Debía de llevar las fotografías de los nietos (Andreia Milena, Paulo Alexandre, Sónia Filipa) en el monedero.
—La semana que viene cumplo treinta y cinco años —informó ella con descaro—. Si me prometes ponerte un esmoquin y llevarme a cenar a un restaurante decente lo más lejos posible de los Caracóis da Esperança, te invito: desde que Mendes se fue, tengo un vacío en el corazón.
Y palpándome el hombro:
—Soy una persona muy afectuosa, vaya, yo no sé vivir sin amor. Tú no debes ganar mal, ¿no?, los médicos la despellejan a una, si te arreglases, te peinases, te comprases un trajecito en la avenida de Roma tal vez estarías más guapetón, aunque eso para mí, el dinero, el aspecto, no tenga ninguna importancia, son los sentimientos lo que me interesa, la belleza del alma, ¿no? Un hombre que me trate bien, me lleve a pasear a Sintra los domingos y basta para que yo me sienta feliz como un canario. Soy muy alegre, ¿sabes?, muy sosegada, muy casera. Yo pertenezco, querido, al género amor y una cabaña, mi baño de espuma, mi depilación de las piernas, cuenta abierta en la cafetería, no exijo nada más. ¿Tienes ahí doscientos escudos que me prestes para el taxi a Lisboa?, que a mí los trenes, qué agobio, seguro que tienes doscientos escudos, debes de ganar bien, eres un caballero, no aguanto a los tipos ordinarios que no son caballeros, vaya groseros, siempre con joder en la boca me cago en la hostia. Disculpa que te hable así, pero es que yo soy sincera, no me corto un pelo, sé lo que digo, por las buenas todo, por las malas nada, y además me caes bien, puedo darte muchos placeres si me quieres, me comprendes, me pagas el alquiler de la casa, yo lo que quiero es dedicarme, tener a alguien que me lleve al cine y al café, me pague el alquiler de la casa, me trate como es debido, le guste mi basset, me acepte. Quizá podríamos ser felices los dos, tú y yo, ¿no crees?, ¿me darás los doscientos escudos? ¿Tienes miedo de que esto sea puro blablablá? Ay, querido, las pasiones son a primera vista, no hay nada que hacer, me has caído simpático, deja que me ponga las gafas para observarte mejor, para amarte aún más.
Sacó primero un estuche, volvió a meterlo al fondo del bolso («Uf, éstas son las de ver de lejos») y extrajo de una confusión de pañuelos de papel, de billetes de tranvía y de documentos arrugados, un par de gafas gruesas como un caleidoscopio tras las cuales sus pupilas desaparecieron, disueltas en el espesor del cristal: el psiquiatra se sintió examinado por un microscopio de mala calidad.
—Ay, querido, pero si tú eres muy joven —exclamaron las dioptrías asombradas—, tienes más o menos mi edad, treinta y tres, treinta y cuatro a lo sumo, ¿no? Apostaría doscientos cincuenta gramos de percebes a que tienes treinta y cuatro, yo en esto de los años nunca me equivoco, si me pasase lo mismo con las quinielas ya habría abierto una boutique en Arreiro hace la tira de siglos, Mendes me juró por los huesos de su hermano que está bajo tierra que me pondría una en la Penha de França y luego tuvieron que venir los comunistas a robarnos a todos, a estropearlo todo, el proyecto quedó en agua de borrajas, pero si piensas que he renunciado estás más equivocado que un marido, que a mí, Dóri, cuando algo se me mete en la cabeza, en el amor y en los negocios soy un perro guardián, no lo dejo escapar, tengo los clientes afilados. Oye, a propósito, ¿cuánto tienes en el banco?, más de cien mil escudos, ¿no?, anda, confiésaselo a tu Dóri, si quieres podríamos abrir una peluquería de categoría, Salón Dóri quedaría finísimo, ¿no crees?, con letras luminosas fuera, decencia, clientela rica, empleadas elegidas a dedo, música ambiente, sillas de terciopelo, una cosa como en el cine, yo me quedaría en la caja que mi fuerte es el comercio, estuve diez años en la quincallería de Mendes y nunca hubo pérdidas en la Havaneza de Arroios, cerró porque tenía que cerrar, los negocios decaen, ¿sabes?, es como la herramienta de los hombres, la tuya ya debe de estar muy gastadita, pillín, pero eso Dóri lo arregla, lo importante es saber tocar la guitarra de una cuerda sola, y además los proveedores de Havaneza metían la mano en el saco a lo bestia y me tocó encontrarme con Leal, uno que cantaba en la radio, seguro que lo conoces, estuvo a punto de ir a la televisión, me dedicó unas canciones bonitas, tipo romántico, hasta lloré, ya ves, una estampa de mozo bien plantado, mejorando lo presente, llegaron a invitarlo para una fotonovela de Crónica, la historia de un ingeniero hijo de una condesa que quiere a la criada de su madre que al final es la nieta de un marqués y no lo sabía, el marqués vivía en Campo de Ourique en una silla de ruedas, yo bien que le insistí Oye, Leal, tú acepta, acepta la oferta que andas de capa caída y tienes pinta de ingeniero, pero el muchacho tenía mucho orgullo y se jodió por eso, si por lo menos fuese una película, me respondía, si por lo menos fuese una película me lo pensaría siempre que me dejasen dormir la siesta, una película hindú, tenía la manía de las películas hindúes, se parecía a Arturo de Córdoba y a Tony de Matos, la misma voz, los mismos rizos bien peinados, la cintura muy delgadita, hacía pesas y barras los martes y jueves en el Ateneo, en Caxias y en la playa las chicas se volvían locas, Mendes lo entendió todo, me perdonó, él conocía mi temperamento y me perdonaba, Leal se casó con la dueña de una joyería de Amadora, una zorra de cuidado que ni tetas tenía, viuda de un marinero que se sacó una mierda de pasta con el contrabando de las radios, tal vez andaba con el cono de su mujer de puerta en puerta, yo estuve tomando pastillas para dormir todo un mes, solo suspiraba, hasta perdí el gusto por el folletín, Mendes me preparaba tila, pobrecito, me aconsejaba con buenos modales, Dóri, si el médico del corazón me deja iré a hacer gimnasia al Ateneo, sufría de anginas de pecho, pobre, subir las escaleras era un calvario, se ponía enseguida a jadear, yo qué sé cuántas veces tenía que ayudarlo a subir, Dóri, tranquila, que aquí tienes a tu Riquiño, Mendes se llamaba Ricardo, Ricardo da Conceiçáo Mendes, pero yo lo llamaba Riquiño porque a él le gustaba, adelgacé cinco kilos por la desdicha, ah, coño, que si pillo a esa cerda la abro en canal, asquerosa de mierda, calientapollas, reventó este octubre por un bendito aneurisma, pagué una misa de acción de gracias en Beato, me vengué de la sinvergüenza con tacones para toda la vida, el cura con sus latines en el altar y yo diciendo de rodillas No tienes idea de por quién estás rezando, bonito, viva el Benfica que ya palmó la que me dio por el culo.
El médico alcanzó la Marginal y volvió hacia monte Estoril: había una boîte en la falda de la colina donde no corría grandes riesgos de tropezar con personas que lo conociesen: le avergonzaba que lo viesen en compañía de aquella mujer demasiado ruidosa, que por lo menos lo doblaba en edad, luchando contra la decrepitud y la miseria a través de un montaje absurdo al mismo tiempo ridículo y conmovedor, que le hizo sentir vergüenza de su vergüenza: en el fondo no eran diferentes el uno del otro, y en cierto sentido sus frenéticos combates se parecían: huían ambos de la misma soledad imposible de aguantar, y ambos, por falta de medios y de valor, se abandonaban sin un ademán de lucha a la angustia del amanecer como mochuelos aterrados. El médico se acordó de una frase de Scott Fitzgerald, tripulante afligido del barco en el que seguían, desembarcado en un viaje anterior, con el corazón exhausto alimentado por el oxígeno amargo del alcohol: en la noche más oscura del alma son siempre las tres de la mañana. Extendió la mano y acarició la nuca del dinosaurio con una ternura sincera: salve, mi vieja, atravesemos juntos estas tinieblas, declaraba su pulgar subiendo y bajando a lo largo de su cuello, atravesemos juntos estas tinieblas que solo hay salida por el fondo según nos ha informado Pavia antes de abrazar su tren, solo hay salida por el fondo y tal vez apoyándonos mutuamente lleguemos allí, ciegos de Brueghel tanteando, tú y yo, por este pasillo lleno de los miedos de la infancia y de los lobos que pueblan el insomnio de amenazas.
—Ja, ja —exclamó Dóri con una sonrisa de triunfo—, lanzado, el muchacho, ¿eh?
Y me apretó los testículos con las falanges en cascanueces hasta hacerme gritar de dolor.
La boîte debía de estar al final de su viaje de esa noche: los únicos habitantes además del camarero tuerto que nos sirvió una ginebra y un plato de plástico con palomitas con malos modales evidentes, y de la chica de los discos que leía el Tío Güito en su jaula sonora, figura de caja de música encorvada sobre sí misma como un feto, eran dos hombres somnolientos apoyados en la barra, con sus narices equinas sumergidas en cestos de aguardiente, y que miraron a la mujer terciaria, que meneaba ante mí sus caderas gigantescas, con la atención distraída que se otorga a una ruina sin interés. Las luces del techo, parpadeando blandamente al compás de un tango, aclaraban el escenario pretencioso de mi ejecución: sillas de hierro de terraza de café, un televisor apagado en un estante alto, cáscaras y huellas circulares de vasos en el tablero de las mesas: murió en la miseria, explicaban los libros de lectura acerca de los poetas difuntos, barbudos esqueléticos suspendidos en actitudes pensativas, meditando probablemente en qué empeñarse después, o fabricando en su cabeza alejandrinos preciosos. Dóri, que regresaba con la madrugada próxima a una juventud de criada dorada por las sólidas promesas matrimoniales de un primo soldado, pedía un sandwich de chorizo con manteca, del que ofreció al médico, en un rapto de súbita delicadeza, el mordisco inaugural: masticaba con la boca abierta como las hormigoneras, y bailaron intercambiando tiernamente trozos de corteza («Patata para el niño, que está flaquito»), a la manera de náufragos repartiendo, fraternales, la ración de la balsa. El tuerto avisó con un codazo a los equinos del aguardiente y se quedaron los tres observándolos con una estupefacción inmóvil, fascinados por el abracadabrante cuadro de un adolescente envejecido en brazos de una ballena paleolítica con una gran melena leonina rizada. Mierda, pensó el médico aterrado, inhalando el perfume semejante a gas de guerra del catorce que se desprendía en volutas letales de la nuca de la mujer, ¿qué haría yo si estuviese en mi lugar?