Cuando entró en el restaurante, casi corriendo porque el reloj del garaje vecino marcaba la una y cuarto, ya lo esperaba su amigo al otro lado de la puerta de cristal, examinando los libros policiales que se acumulaban en una especie de estante giratorio de alambre, pino de metal abonado por un estiércol de periódicos de derechas apilados en el suelo. La empleada con cara de raposa del estanco, protegida por una muralla de revistas, ensayaba su inglés esquemático para anglos benévolos con una pareja de mediana edad que se sorprendía ante aquel argot extraño del que reconocían nebulosamente alguna que otra palabra ocasional. La raposa completaba su discurso con gran abundancia de gestos ilustrativos de títere de feria, los otros le replicaban en un morse de muecas, y el amigo, que había abandonado los libros, asistía fascinado a ese ballet frenético de seres que seguirían siendo irremediablemente extraños a pesar de sus denodados esfuerzos por encontrarse en un lenguaje común. El psiquiatra deseó con desesperación un esperanto que aboliese las distancias exteriores e interiores que separan a las personas, aparato verbal capaz de abrir ventanas matinales en las profundas noches de cada individuo, como ciertos poemas de Ezra Pound nos muestran de pronto los desvanes de nosotros mismos en el prodigio de una revelación: la certidumbre de haber encontrado a un compañero de viaje en un asiento a primera vista vacío y la alegría de una ceremonia compartida inesperada. Una de las cosas que más lo acercaba a su mujer consistía precisamente en lograr eso con ella sin necesidad siquiera de armarse de frases, la capacidad de entenderse con una rápida mirada de soslayo y que nada tenía que ver con el conocimiento mutuo porque, desde la primera vez que se encontraron fue así, entonces eran ambos aún muy jóvenes y se habían quedado fascinados con la extraña fuerza oculta de aquel milagro que no les sucedía con nadie más, unión tan perfecta y tan profunda que, pensaba, si las hijas la consiguiesen un día habría valido la pena para él haberlas generado y para ellas todos los sinsabores de la vida tendrían sentido. La mayor, principalmente, lo asustaba: temía la fragilidad de sus arranques intempestivos, sus múltiples miedos, los tensos y atentos ojos verdes en el rostro de Cranach: por estar en la guerra en África nunca la había sentido moverse en el vientre de la madre y él había representado para ella, durante meses, una foto en la sala que le señalaban con el dedo, desprovisto de relieve y de espesor de carne. En los besos fugaces que se intercambiaban vivía algo parecido a un resto de ese resentimiento mutuo, contenido a duras penas al borde de la ternura.
El almirante melancólico, que arrastraba su jubilación galoneada junto al estanco del restaurante soñando con Indias trémulas a lo lejos, abrió la puerta de cristal para dejar pasar a dos individuos de aspecto respetable, ambos con gafas, uno de los cuales le decía al otro:
—Le dije cuatro frescas, ya sabes cómo soy. Me fui derecho al despacho del tipo y le solté: si no me manda de vuelta a mi sección, cabrón, no le quedará un hueso sano. Me gustaría que hubieses visto a ese pedorro cagarse de miedo.
¿Qué lleva a los porteros-almirantes, pensó el médico, a cambiar el mar por restaurantes y hoteles, con puentes de mando reducidos a las proporciones de felpudos raídos, y extendiendo el hueco de la mano en pos de propinas como el elefante del Jardín estira la trompa hacia los manojos de zanahorias del cuidador? Georges, ve a ver mi país de marineros navegando en las aguas insulsas del servilismo resignado. En el bordillo de la acera los individuos con gafas hacían señas a un taxi vacío como náufragos a un barco indiferente. La pareja de mediana edad intentaba, con la ayuda del catecismo de una gramática, exclamaciones en zulú en las que resonaban, distorsionadas, semejanzas remotas con el portugués de Linguaphone del tipo El patio de mi tío es más grande que el lápiz de tu hermano. El psiquiatra, que había aprovechado la salida de los náufragos para introducirse de perfil, como los egipcios de la Historia de Matoso, en el vestíbulo de las Galerías, correspondió con una reverencia aproximativa al saludo indefinido del almirante y se sorprendió (como siempre le sucedía) de que el marino no depositase una gota de saliva en el dedo cordial y lo alzase para estudiar la dirección del viento, a la manera de los corsarios con la órbita parcheada de las películas de su infancia. Somos él y yo Sandokanes de mediana edad, pensó el médico, para quienes la aventura consiste en descifrar la página necrológica del periódico con la esperanza de que la omisión de nuestro nombre nos garantice que estamos vivos. Y vamos mientras tanto partiendo en pedazos, por fracciones, el pelo, el apéndice, la vesícula, algunos dientes, como encargos desmontables. Allí fuera el viento se deslizaba entre las ramas de los plátanos como él había tocado la cabeza del chico en el hospital, y por detrás de la Penitenciaría se acumulaba un gris espeso de amenazas. Su amigo le tocó levemente el codo: era alto, joven, un poco encorvado, y sus ojos poseían una serena suavidad vegetal.
—Mi abuelo estuvo allí una porrada de meses —le informó el psiquiatra señalando con la barbilla el edificio de la prisión y el muro de cartulina a lo largo de la rúa Marqués da Fronteira, ahora sombría por la lluvia inminente—. Estuvo allí una porrada de meses después de la revuelta de Monsanto, militar monárquico, ¿entiendes?, hasta que al final firmó el Debate. Mi padre solía contarnos cómo iba a visitarlo con mi abuela a la trena y subían por la avenida en verano, abrumados por el calor, él vestido con traje de marino como un mono de organillo, ella con sombrero y sombrilla empujando su barriga encinta hacia delante como Florentino, aquel mozo de cordel, cargaba pianos por Benfica en una carretilla descomunal. No, en serio, imagínate el cuadro: la alemana de órbitas azules cuyo padre se suicidó con dos pistolas, se sentó en el escritorio y pum, y el chico ceñido con su uniforme de carnaval, dueto camino de un capitán con bigotes que bajó del Fuerte con un tipo herido a cuestas hasta topar con las escopetas de los carbonarios. No se distinguen sus facciones en las fotografías ovales de aquel tiempo ardiente, y cuando nosotros nacimos ya Salazar había transformado el país en un seminario domesticado.
—Cuando yo iba al colegio —dijo el amigo—, la profesora, a quien le olían mal los pies para colmo torcidos, nos mandó dibujar los animales del Zoológico y yo hice el cementerio de los perros, ¿te acuerdas de cómo es? ¿El Alto de Sao João de los caniches? A veces me da la impresión de que todo Portugal es un poco eso, el mal gusto de la saudade en diminutivo y ladridos enterrados bajo lápidas ordinarias.
—A nuestro Montego la eterna saudade de su Leniña —declaró el médico.
—Al querido Bijú de sus amos que nunca lo olvidan, Milu y Fernando —respondió el amigo.
—Ahora —dijo el psiquiatra— sustituyen los entierros de los mastines por los agradecimientos al Divino Espíritu Santo o al Niño Jesús de Praga en el Diario de Noticias. Tierra del carajo: si el rey don Pedro volviese al mundo no encontraría en todo el reino a quién capar. Ya se nace Inválido del Comercio y reducimos las ambiciones al primer premio del sorteo de la Liga de Ciegos Joao de Deus, Ford Capri resabiado encima de una camioneta con altavoces estruendosos.
El amigo rozó su barba rubia en el hombro del médico: parecía un ecologista que hubiese hecho a la burguesía la generosa concesión de una corbata.
—¿Has escrito? —preguntó.
Una vez al mes soltaba de repente esta pregunta aterradora, porque para el psiquiatra el manoseo de las palabras constituía una especie de vergüenza secreta, obsesión eternamente postergada.
—Mientras no lo haga puedo siempre creer que si lo hiciese lo haría bien —explicó—, y compensarme así por ser un ciempiés cojo con muchas patas tullidas, ¿me sigues? Pero si comienzo un libro en serio y me sale una mierda, ¿qué disculpa me queda?
—Puede no salirte una mierda —argumentó su amigo.
—También puedo ganar la casa de Eva do Natal sin comprar la revista. O ser elegido papa. O marcar tiros libres con efecto en un estadio lleno. Tú tranquilo, que después de que yo muera, publicarás mis inéditos con un prefacio aclaratorio, «Fulano, tal como lo conocí». Tú serás Max Brod y podrás llamarme en la intimidad de la cama «Franz Kafka».
Habían abandonado al almirante sonándose tumultuosamente con la vela del pañuelo y elegido el piso del medio, que el médico prefería por la tonalidad de incubadora de la luz, bombillas escondidas en tubos con abrazadera de latón. Las personas comían hombro con hombro como los apóstoles en la Última Cena y del otro lado de las herraduras de las barras los camareros se agitaban con un frenesí de insectos, uniformados de blanco, dirigidos por un tipo de paisano con las manos a la espalda que le recordó al psiquiatra esos inspectores de obras que presencian con un palillo en los dientes el esfuerzo de galeotes de los obreros: nunca había entendido la razón de ser de esas personas autoritarias y silenciosas observando el trabajo de los demás con pupilas de jurel, apoyados en gigantescos Mercedes azul braguita. El amigo se inclinó para coger el menú colocado en una bandeja de metal sobre frascos de mostaza y de salsas diversas (los productos de belleza del arte culinario, pensó el médico), lo abrió con unción cardenalicia, y comenzó a leer bajito el nombre de los platos con un regocijo frailesco: nunca le había concedido a nadie compartir esa operación voluptuosa, al tiempo que el psiquiatra se interesaba sobre todo por los precios, herencia de la casa de sus padres donde la sopa se multiplicaba, interminable, comida tras comida, en un prodigio aguado. Un día, siendo ya hombre, apareció una botella de vino en la mesa y la madre explicó, repartiendo sus ojos claros entre la descendencia estupefacta: «Ahora, gracias a Dios, podemos».
Mi vieja, pensó, mi vieja-vieja, nunca supimos entendernos bien el uno con el otro: después del parto casi te maté de eclampsia, sacado con fórceps de ti, y desde tu punto de vista he transitado por los años a trompicones camino de una desgracia final, una desgracia cualquiera pero segura. Mi hijo mayor está loco, anunciabas a las visitas para disculpar las (para ti) extrañezas de mi comportamiento, mis inexplicables melancolías, los versos que segregaba a escondidas, capullos de sonetos para una angustia informe. La abuela a la que visitaba los domingos con la idea fija en las nalgas de la criada, y que vivía a la sombra de la gloria y de las condecoraciones de dos generales difuntos, me avisaba doloridamente a la hora del filete: «Matarás a tu madre».
¿Y te mato o me mato, vieja, que durante tanto tiempo pareciste mi hermana, pequeña, bonita, frágil, pastorcilla de vitral y bruma de Sardinha, con el horario repartido entre Proust y el París-Match, paridera de herederos machos que te dejaron intacta en lo enjuto de las caderas y en el alambre fino de los huesos? Heredé tal vez de ti el gusto del silencio, y las sucesivas barrigas no te dejaron espacio para amarme como yo necesitaba, como yo quería, hasta que al tomar conciencia de nuestra existencia, uno frente al otro, tú mi madre y yo tu hijo, era demasiado tarde para lo que, en mi forma de sentir, no había habido. El gusto del silencio y el mirarnos como extraños separados por una distancia imposible de abolir, ¿qué pensarás realmente de mí?, de mi voluntad inexpresada de entrar de nuevo en tu útero para un prolongado sueño mineral sin sueños, pausa de piedra en esta carrera que me aterroriza y que, se diría, se me impone desde el exterior, enfebrecido trote de la angustia rumbo al reposo que no hay. Me mato, madre, sin que nadie o casi nadie lo note, me columpio colgado de la cuerda de una sonrisa, lloro por dentro humedades de gruta, sudor de granito, secreta neblina en la que me escondo. Silencio hasta en la música de fondo del restaurante, pastilla Rennie en clave de sol que favorece la digestión de quien come deprisa para avestruces que comulgan con pizzas a contrarreloj, música de fondo que me recuerda siempre lenguados de fusas adhiriéndose a las arenas del pentagrama con ojitos melosos que observan saltonamente el acuario, balanceo de intestinos resignados. El amigo pudo por fin atraer el interés de un camarero que vibraba de impaciencia, espoleado por múltiples llamadas, como un caballo picado por órdenes simultáneas y contradictorias, sacudiendo las crines ralas del cabello con una indecisión compungida.
—¿Qué vas a pedir? —preguntó al médico que disputaba su metro de barra a una enorme dama obesa ocupada con la pirámide de un enorme helado obeso, barroco de frutas escarchadas, con el cual se batía ferozmente a grandes golpes de cuchara: no se entendía bien cuál de los dos devoraría al otro.
—Hamburguesa con arroz —dijo el psiquiatra sin mirar el misal de los pescados y las carnes en el que el latín había dado paso a un francés de cacerolas dictado por la autoridad de prima donna del cocinero—. Pemican, oh rostro pálido, mi hermano, antes de ingresar en la Pradera de las Eternas Cacerías.
—Una hamburguesa y una pierna de cerdo —le tradujo el amigo al camarero casi a punto de estallar de desesperación. Un minuto más, pensó el médico, y se le abren grietas de terremoto en las mejillas y todo él se desintegra en el suelo con un fragor de derrumbe.
—Síncope de edificio antiguo —dijo en voz alta—, síncope de Premio Valmor atacado de lepra y de carcoma.
La señora del helado le lanzó una mirada de soslayo propia de perro vagabundo dispuesto a la refriega por temer amenazada su recogida de basura comestible: primero el chantillí y después la metafísica, reflexionó el psiquiatra.
—¿Qué? —preguntó el amigo.
—¿Que qué? —preguntó el médico.
—Estabas moviendo la boca y no me llegó ningún sonido —dijo el amigo—. Como las beatas en las iglesias.
—Estaba pensando que escribir es en parte como hacerle la respiración artificial al diccionario de Moraes, a la gramática de cuarto de primaria y a las restantes tumbas de palabras difuntas, y yo ora lleno ora vacío de oxígeno, atosigado de dudas.
Frente a ellos, una muchacha bizca idéntica a un gorrión en celo susurraba risas confidenciales a un cuadragenario curvado como una concha para recibir sus carcajadas saltarinas. El psiquiatra casi apostaba que el hombre había sido cura por la ausencia de aristas de sus gestos y por la curva blanda de los labios en los que introducía trozos de pan a un ritmo regular de metrónomo, poniéndose a masticar despaciosamente con pausas desdeñosas de camello. De sus párpados bajaban miradas opacas y lentas y la muchacha bizca, maravillada, le mordisqueaba con sus dientes estropeados un pedazo de oreja a la manera de una jirafa que extendiese su gruesa lengua, por encima de las rejas, hacia las hojas de los eucaliptos.
Un segundo camarero, parecido a Harpo Marx, empujó hacia los manteles de papel las lonchas de cerdo asado y la hamburguesa. Con el tenedor en ristre, el médico se sintió ternero amarrado al pesebre que compartía con otros terneros, todos aprisionados por la tiranía de sus ocupaciones, sin tiempo para la alegría y la esperanza. Trabajo, el paseo en automóvil los domingos según el inevitable triángulo Casa-Sintra-Cascais, nuevamente trabajo, nuevamente el paseo en automóvil, y esto hasta que un coche fúnebre nos coja de sorpresa en la esquina del infarto y termine el ciclo en el punto final del cementerio de los Prazeres. Deprisa, por favor, deprisa, pidió con todo el cuerpo al Dios de su niñez, barbudo coco amigo íntimo de las tías, dominio del sacristán cojo de Nelas, colombófilo divino dueño del cepillo de las limosnas y de los Santos Expeditos de los altares laterales con quien mantenía la relación desencantada de amantes que poco esperan el uno del otro. Como nadie le respondía, se comió el único champiñón que guarnecía la hamburguesa y que se asemejaba a una muela amarillenta por falta de dentífrico. Por el silencio, notó que su amigo esperaba la justificación de la llamada telefónica de la mañana con su paciencia habitual de árbol tranquilo.
—Estoy tocando fondo —dijo el psiquiatra con el champiñón aún en la lengua, recordando que de pequeño, en la catequesis, le habían advertido de que era un pecado horrible hablar antes de tragar la hostia—. El fondo del fondo, joder. El fondo del fondo de los fondos.
Al lado de la bizca, un caballero de cierta edad leía Selecciones mientras esperaba el almuerzo: «Yo soy el testículo de Juan». ¿Para qué querrá los testículos un individuo de sesenta años?
—Estoy tocando el fondo del fondo —continuó el psiquiatra—, y no estoy seguro de poder salir de este barrizal. Ni siquiera estoy seguro de que haya alguna salida para mí, ¿entiendes? A veces oía hablar a los pacientes y pensaba en cómo aquel tipo o aquella tipa se metían en el pozo y yo no veía la forma de sacarlos de ahí debido al poco alcance de mi brazo. Como cuando de estudiantes nos mostraban a los cancerosos en las enfermerías aferrados al mundo por el ombligo de la morfina. Pensaba en la angustia de aquel tipo o de aquella tipa, sacaba remedios y palabras de consuelo de mi espanto, pero nunca pensé que un día llegaría a engrosar esas filas porque yo, joder, tenía fuerza. Tenía fuerza: tenía mujer, tenía hijas, el proyecto de escribir, cosas concretas, boyas para mantenerme a flote. Si la ansiedad me acuciaba un poco, por la noche, ¿sabes?, iba a la habitación de las niñas, a aquel desorden de trastos infantiles, las veía dormir, me serenaba: me sentía apuntalado, ah, apuntalado y a salvo. Y de repente, carajo, mi vida se volvió del revés, me vi como una cucaracha patas arriba, sin apoyos. Nosotros, ¿entiendes?, quiero decir ella y yo, nos queríamos mucho, seguimos queriéndonos mucho y la cagada es que yo no pueda ponerme otra vez derecho, telefonearla y decirle Vamos a luchar, porque tal vez he perdido las ganas de luchar, los brazos no se mueven, la voz no suena, los tendones del cuello no sujetan la cabeza. Cono, eso es lo único que quiero. Creo que nosotros dos hemos fallado por no saber perdonar, por no saber aceptarnos del todo, y mientras tanto, en herir y en ser herido, nuestro amor (es bueno decirlo así: nuestro amor) resiste y crece sin que hasta hoy ningún viento lo apague. Es como si solo pudiese amarla de lejos con las ganas que tengo, carajo, de amarla de cerca, cuerpo a cuerpo, que en eso ha consistido nuestro combate desde que nos conocemos. Darle lo que hasta hoy no he sabido darle y hay en mí, congelado aunque respirando siempre, semillita escondida que aguarda. Lo que desde el principio quise darle, quiero darle, la ternura, ¿entiendes?, sin egoísmo, la vida cotidiana sin rutina, la entrega absoluta de un vivir compartido, total, cálido y sencillo como un polluelo en la mano, animal pequeño asustado y trémulo, nuestro.
Se calló con un nudo en la garganta mientras el caballero de Selecciones, después de doblar una página antes de cerrar la revista, echaba el contenido de un sobre de azúcar, con golpecitos cautelosos, en la ictericia de la infusión. La dama obesa había vencido por fin al helado y cabeceaba levemente con una saciedad de boa. Tres adolescentes miopes deliberaban sobre los filetes respectivos, mirando de reojo a una pelirroja solitaria con el cuchillo suspendido en el aire como la pata levantada de una cigüeña, entregada a meditaciones indescifrables.
—Ninguno de vosotros conseguirá a nadie semejante —dijo el amigo apartando el plato vacío con el dorso de la mano—, ninguno conseguirá a nadie tan el uno para el otro como vosotros, tan de acuerdo el uno con el otro, pero tú te castigas y te castigas con una culpabilidad de alcohólico, te encerraste como un idiota en Estéril, desapareciste, nadie te ve, te esfumaste en el aire. Sigo esperándote para que acabemos el trabajo sobre acting-out.
—Estoy vacío de ideas —dijo el médico.
—Estás vacío de todo —respondió el amigo—. ¿Por qué no te das de una vez por todas con la cabeza contra una pared?
El psiquiatra se acordó de una frase de su mujer poco antes de separarse. Estaban sentados en el sofá rojo de la sala, bajo un grabado de Bartolomeu que a él le gustaba mucho, mientras el gato buscaba un espacio tibio entre las caderas de ambos, y en eso ella fijó en él sus grandes y resueltos ojos castaños y afirmó: «No tolero que te abandones, juntos o separados, porque creo en ti y aposté por ti a pie juntillas».
Y se acordó de cómo eso lo había incentivado y le había dolido y de cómo había ahuyentado al animal para abrazar el cuerpo estrecho y moreno de su mujer, repitiendo TQT, TQT, TQT, con una emoción compungida: ella había sido la primera persona en amarlo entero, con el peso enorme de sus defectos dentro. Y la primera (y la única) que lo había estimulado a escribir, pagara el precio que pagase por esa casi tortura sin finalidad aparente de meter un poema o una historia en un cuadrado de papel. Y yo, se preguntó, ¿qué hice yo verdaderamente por ti, en qué intenté, de verdad, ayudarte? ¿Contraponiendo mi egoísmo a tu amor, mi desinterés a tu interés, mi retirada a tu combate?
—Soy un miedica pidiendo socorro —le dijo al amigo—, tan miedica que no me sostengo en las piernas. Pidiendo una vez más la atención de los demás sin dar nada a cambio. Lloro lágrimas de cocodrilo gilipollas que ni a mí me ayudan y tal vez solo estoy pensando en mí.
—Intenta ser un hombre para variar —respondió el amigo enganchando al hermano Marx por la manga para pedirle un café doble—. Intenta ser un hombre aunque sea un poquito: puede ser que te sostengas en el columpio.
El médico miró hacia abajo y se dio cuenta de que no había tocado la hamburguesa. La vista de la carne con la salsa, endurecida y fría, encendió en él una especie de mareo angustioso que le subió como un torbellino desde las tripas hacia la boca. Se apeó del asiento como de una montura difícil, de repente excesivamente móvil, conteniendo el vómito a costa de los músculos de la barriga, con las manos abiertas sobre la boca, aturdido. Pudo llegar a los aseos e, inclinado hacia delante, comenzó a devolver entre arcadas, en el lavabo más cercano a la puerta, restos confusos de la cena de la víspera y del desayuno de esa mañana, pedazos blancuzcos y gelatinosos que se escurrían, repulsivos, por el desagüe. Cuando consiguió dominarse lo suficiente para lavarse la boca y las palmas, vio en el espejo que el amigo, detrás de él, miraba su cara hundida de palidez, deformada aún por el sofocón y los retortijones.
—Eh, tío —le dijo a la imagen reflejada, ángel tutelar de su angustia inmóvil sobre un fondo de azulejos—, coño de tu madre, culo de vieja babosa, cojones del padre Inácio, es realmente muy jodido ser hombre, ¿no?