El médico aparcó el coche en una de las callejuelas que salen del Jardim das Amoreiras a la manera de las patas de un insecto cuyo caparazón fuese de césped y árboles, y se encaminó hacia el bar: tenía dos horas libres antes de la sesión de análisis y había pensado que tal vez se distraería de sí mismo observando a los demás, sobre todo la especie de los demás que se miran al espejo dentro de vasos de whisky, peces de las seis de la tarde en su acuario de alcohol, cuyo oxígeno es el anhídrido carbónico de las burbujitas del agua del Castillo. ¿Qué hacen por la mañana, pensaba, las personas que frecuentan los bares? Y se le ocurrió que al acercarse el final de la noche los bebedores debían de evaporarse en la atmósfera enrarecida de humo como el genio de la lámpara de Aladino, hasta que a la llegada del nuevo crepúsculo recuperaban carne, sonrisa y gestos demorados de anémona, los tentáculos de los brazos se extendían hacia el primer vaso, la música comenzaba otra vez a sonar, el mundo ingresaba en los carriles de costumbre, y grandes pájaros de porcelana alzaban vuelo desde el cielo de fórmica de la tristeza.

Los arcos de piedra por encima del jardín poseían la curva exacta de cejas asombradas por encontrarse allí, junto a la confusión de hormiguero anárquico del Rato, y el psiquiatra tuvo la sensación de que era como si un rostro de muchos siglos estuviese examinando, sorprendido y grave, los columpios y el tobogán que había entre los árboles y que nunca había visto utilizar por ningún niño, abandonados como los tiovivos de una feria difunta: no sabía explicar la razón, pero el Jardim das Amoreiras se le antojaba siempre algo solitario y sumamente melancólico, incluso en verano, y ello desde los años remotos en que iba allí una hora por semana a recibir lecciones de dibujo de un individuo gordo que vivía en un segundo piso repleto de aviones de plástico en miniatura: las inquietudes de mi madre, reflexionó el médico, las eternas inquietudes de mi madre respecto a mí, su permanente temor a verme un día recogiendo trapos y botellas en los cubos de basura, con un saco a cuestas, transformado en advenedizo de la miseria. Su madre creía poco en él como individuo maduro y responsable: tomaba todo lo que él hacía como una especie de juego, y aun en la relativa estabilidad profesional de su hijo sospechaba la engañadora tranquilidad que precede a los cataclismos. Solía contar que había acompañado al médico con ocasión del examen de ingreso en el instituto Camões, y que, al mirar por la ventana de la sala, había visto a todos los chicos inclinados ante la prueba, concentrados y atentos, a excepción del psiquiatra, que, con el mentón hacia arriba, completamente ajeno, estudiaba distraído la lámpara del techo.

«Y por ese ejemplo me di cuenta enseguida de cómo iba a ser su vida», concluía la madre con la sonrisa triunfalmente modesta de los Bandarras con puntería.

Para quedarse en paz con su conciencia, no obstante, se esforzaba en combatir lo ineluctable solicitando todos los años al director del curso que colocase a su hijo en un pupitre de la primera fila, «incluso frente al profesor», para que el médico bebiese a la fuerza los efluvios de la descomposición de los polinomios, la clasificación de los insectos y otras nociones de utilidad indiscutible, en lugar de los versos que escribía a escondidas en los cuadernos de los resúmenes. La carrera del psiquiatra, sembrada de peripecias, había adquirido para ella las proporciones de una guerra tormentosa, en que las promesas a Nuestra Señora de Fátima alternaban con los castigos, los suspiros de dolor, las profecías trágicas y las quejas a las tías, testigos desolados de tanta infelicidad, que se consideraban siempre personalmente afectadas por el más insignificante seísmo familiar. Ahora, mirando la ventana del tercer piso del profesor de dibujo, el médico se acordaba de su espectacular suspenso en la prueba práctica de anatomía, en la que le habían pasado un frasco viscoso con la arteria subclavia dentro, pintada de rojo entre una maraña de tendones descompuestos, de cómo el formol de los cadáveres le irritaba los párpados y cómo, después de pesar en la balanza de la cocina los cuatro tomos del tratado sobre huesos y músculos y articulaciones y nervios y vasos y órganos, se había dicho a sí mismo frente a aquellos seis kilos ochocientos gramos de ciencia compacta: «Ni borracho me pongo a estudiar esta mierda, coño».

Por aquella época pensaba en la composición de un largo poema malísimo inspirado en el Pale fire de Nabokov, y creía que había en él la amplia fuerza del Claudel de las Grandes odes templada por la contención de T. S. Eliot: la ausencia de talento es una bendición, comprobó; solo que nos cuesta habituarnos a eso. Y asumida su condición de hombre común reducido a los raros vuelos de perdiz de una poesía ocasional, sin la giba de la inmortalidad pegada a las espaldas, se sentía libre para sufrir sin originalidad y eximido de rodear sus silencios con la muralla de la taciturna inteligencia que asociaba al genio.

El psiquiatra rodeó el Jardim das Amoreiras junto a las casas para aspirar el olor del sol en las fachadas, la claridad que la cal bebía como los frutos la luz. En una pared a la que se adherían restos de carteles como mechones ralos a una nuca calva, leyó escrito a carbón:

EL PUEBLO

HA LIBERADO

AL CAMARADA

HENRIQUE TENREIRO

Y la sigla de los anarquistas por debajo, irónica A inserta en un círculo. Un ciego que circulaba delante de él golpeaba la acera con el bastón con un ruido de castañuelas indecisas: ciudad muerta, pensó el médico, ciudad muerta en tumba con azulejos esperando sin esperanza a quien ya no vendrá: ciegos, jubilados y viudas, y Salazar que si Dios quiere no ha expirado. Había un enfermo en su hospital, un alentejano muy serio y muy comedido, el señor Joaquim, siempre con sombrero blando en la cabeza y un mono impecable, que estaba en comunicación permanente y directa con el antiguo presidente del consejo a quien llamaba respetuosamente «nuestro profesor» y de quien recibía órdenes secretas para la conducción de los negocios públicos. Guardia republicano en un pueblo perdido de la planicie, apuntó un día la escopeta contra sus coterráneos, pretendiendo obligarlos a construir una prisión de Caxias de acuerdo con las instrucciones que nuestro profesor le susurraba al oído. De cuando en cuando, el psiquiatra recibía cartas del pueblo del señor Joaquim, firmadas por el cura o el jefe de bomberos, pidiendo que no liberasen a aquel aterrador emisario de un fantasma. Una mañana, el médico llamó al señor Joaquim a su despacho y le dijo lo que los enfermeros no se atrevían a decirle:

—Señor Joaquim, nuestro profesor falleció hace más de un mes y medio. Incluso publicaron su foto en el periódico.

El señor Joaquim fue hasta la puerta para asegurarse de que nadie los escuchaba, volvió adentro, se inclinó ante el psiquiatra y lo informó con un susurro:

—Todo ha sido una farsa, doctor. Pusieron ahí a uno parecido a él y la Oposición se tragó el anzuelo: hace apenas un cuarto de hora me nombró ministro de Hacienda, fíjese. Nuestro profesor les toma el pelo a todos.

Salazar, pedazo de cabrón que nunca acabas de morir, pensó él en ese momento, sentado ante el escritorio, enfrentándose con la obstinación del señor Joaquim: ¿cuántos señores Joaquim había dispuestos a seguir ciegamente a un antiguo seminarista torpe con alma de gobernanta de abad contando monedas en la despensa? En el fondo, meditaba el médico rodeando el Jardim das Amoreiras, Salazar espichó, pero de su barriga salieron cientos de pequeños Salazares dispuestos a prolongar su obra con el celo sin imaginación de los discípulos estúpidos, cientos de pequeños Salazares igualmente castrados y perversos, dirigiendo periódicos, organizando comicios, conspirando en los escondrijos de sus doñas Marías, vociferando en Brasil el elogio del corporativismo. Y esto en un país donde hay tardes así, perfectas de color y luz como un cuadro de Matisse, bellas de la rigurosa belleza del monasterio de Alcobaça, en un país de cojones negros que el Estado Novo quiso esconder bajo faldas de sotana, oh, Mendes Pinto: y con muchos avemarías y muchos cañones nos fuimos hacia ellos y en un santiamén los matamos a todos.

Entró en el bar con el espíritu de quien penetra en la sombra húmeda de un parral a la hora del calor, y antes de que sus pupilas se habituasen a la media luz del establecimiento solo distinguió, en una bruma de tinieblas, brillos vagos de lámparas y reflejos de botellas o de metales, como luces dispersas de Lisboa vista desde el mar en noches de neblina. Tropezó en dirección a la barra por puro instinto, perro miope camino del hueso que intuye, mientras que poco a poco se formaban bultos, flotaron cerca los dientes de una sonrisa, un brazo empuñando un vaso onduló a su izquierda, y un mundo de mesas y sillas y alguna gente surgió de la nada, ganó volumen y consistencia, lo rodeó, y era como si el sol de fuera y los árboles y los arcos de piedra del Jardim das Amoreiras estuviesen de repente muy lejos, perdidos en la dimensión irreal del pasado.

—Una cerveza —pidió el médico mirando a su alrededor: sabía que su mujer solía frecuentar aquel bar y buscaba algo que la prolongase en los asientos vacíos del mismo modo que el hueco del colchón anuncia la ausencia del cuerpo, un indicio de su paso, algo que le permitiese reconstruirla a su lado en carne viva y sonriente, tibia, cómplice. Una pareja con las cabezas juntas se susurraba en un rincón, un hombre gigantesco daba palmadas vigorosas en el hombro resignado de un amigo, transformando sus articulaciones en una papilla fraternal.

¿Con quién vendrás aquí?, se preguntaron los celos encendidos del psiquiatra. ¿De qué conversarás, con quién te acostarás en camas que desconozco, quién te aprieta con sus manos lo enjuto de las caderas? ¿Quién ocupa el lugar que fue el mío, que es aún el mío en mí, espacio de ternura de mis besos, liso combés para el mástil de mi pene? ¿Quién navega de bolina en tu vientre? El sabor de la cerveza le recordó Portimão, el olor a aliento de diabético del mar de la Praia da Rocha erizado por el soplo femenino del Levante, la primera vez que hicieron el amor, en un hotel del Algarve, casados en la víspera, trémulos de aflicción y de deseo. Eran entonces muy jóvenes y se aprendían mutuamente las veredas del placer, tanteando, potros recién nacidos cabeceando ávidos en busca de un pezón, pegados el uno al otro en el asombro enorme de descubrir el color verdadero de la alegría. Cuando nos citábamos en casa de tus padres, se dijo el médico, ante las feas muecas de las máscaras chinas, yo esperaba oír tus pasos en la escalera, el sonido de los tacones altos en los peldaños, y crecía en mí un ímpetu de viento, una rabia, un ansia de vómito al revés, el hambre de ti que siempre me habitó y me hacía volver más temprano de Montijo para acostarnos sobre la colcha con la prisa de quien puede morir al poco rato, me hacía alzarme en súbitas erecciones tan solo de pensar en tu boca, en tu voluptuoso modo de darte, en la curva de tus hombros en concha, en tus senos grandes, tiernos y suaves, me hacía masticar y masticar tu lengua, recorrer tu cuello, entrar en ti con un movimiento único de espada en la vaina, deslumbrado. Nunca me he encontrado con un cuerpo para mí como el tuyo, se dijo el médico sirviéndose la cerveza en la jarra, tan a medida de mis humanas e inhumanas medidas, las auténticas y las inventadas que no por serlo lo son menos, nunca he tenido una capacidad tan grande y tan plena de encuentro con otra persona, de absoluta coincidencia, de entenderse sin hablar y de entender el silencio y las emociones y los pensamientos ajenos, que me resultó siempre un milagro el habernos conocido en la playa donde te conocí, delgada, morena, frágil, tu antiquísimo perfil serio apoyado en las rodillas dobladas, el cigarrillo que fumabas, la cerveza (igual a ésta) en la banqueta a tu lado, tu perpetua atención de animal, los muchos anillos de plata de tus dedos, mi mujer desde siempre y mi única mujer, mi faro para la oscuridad, retrato de mis ojos, mar de septiembre, mi amor.

Y por qué solo sé querer, se preguntó observando las burbujas de gas pegadas a la pared del cristal, por qué solo sé decir que quiero a través de los comodines de perífrasis y metáforas e imágenes, de la preocupación por embellecer, por poner flecos de ganchillo en los sentimientos, por volcar la exaltación y la angustia en la cadencia bonita del fado menor, alma exhibiéndose, sensiblera, a lo Correia de Oliveira con pelliza, si todo esto es limpio, claro, directo, sin precisión de lindezas, enjuto como un Giacometti en una sala vacía y tan simplemente elocuente como él: depositar palabras a los pies de una escultura equivale a las flores inútiles que se entregan a los muertos o a la danza de la lluvia alrededor de un pozo lleno: mierda para mí y para el romanticismo meloso que me corre por las venas, mi eterna dificultad en pronunciar palabras secas y exactas como piedras. Alzó el mentón, bebió un trago y dejó el líquido escurrirse dentro de él con una lentitud de estearina sulfúrica sacudiendo la laxitud de sus nervios, enfadado consigo mismo y con los topicazos de Crónica Femenina que se había grabado él mismo en su cabeza, arquitecto de la propia cursilería a pesar de la advertencia piloto de Van Gogh: intenté expresar con el rojo y el verde las terribles pasiones humanas. La brutal sencillez de la frase del pintor le estremeció físicamente las costillas como le ocurría, por ejemplo, al escuchar el Réquiem de Mozart o el saxofón de Lester Young en «These Foolish Things», corriendo a lo largo de la música a la manera de dedos sabios por una nalga dormida.

Pidió otra cerveza y el teléfono al camarero que explicaba al amigo del individuo muy grande las razones de queja que tenía contra la profesora de francés de su hijo, y marcó el número que le había dado la muchacha pelirroja y que había apuntado en el trozo de página rasgado del periódico de las misiones: el teléfono sonó nueve o diez veces en vano. Colgó y volvió a marcar, suponiendo que había habido algún error de clavijas en los cables de la compañía y que la voz Marlene Dietrich le respondería ahora a través de los agujeritos de baquelita negra, minúscula y nítida como el grillo de Pinocho. Acabó devolviéndole el teléfono al camarero.

—¿No está la chica? —preguntó éste con el afecto irónico de los capitanes de los barcos de alcohol soltando amarras para la larga travesía de la noche.

—Es posible que se haya prolongado el congreso de las Hijas de María —sugirió el pachorrudo que subía a bordo de la cuarta ginebra y había comenzado a sentir que los suelos se inclinaban.

—O que esté explicando la circuncisión en la clase de catequesis —añadió el amigo que pertenecía a la especie de aquéllos a quienes no les gusta quedarse atrás e intentan a toda costa andar al ritmo de los restantes.

—O se cague en mí —opinó el médico ante la botella de cerveza aún entera. Una de las ventajas de los bares, pensó, es poder conversar con los golletes sin riesgo de bronca ni alboroto: y de repente, en el lapso de un segundo, entendió a los borrachos, no técnicamente, a costa de las explicaciones de fuera hacia dentro de la Psiquiatría, exageradamente seguras y por consiguiente equivocadas, sino una comprensión de tripas, hecha de las ganas de huir que tantas veces eran las suyas.

El índice del pachorrudo le tocó el hombro con inesperada delicadeza:

—Amigo, estamos solos en el combés.

—Pero hay muchachas con escafandra a la espera en Singapur —añadió el amigo para que el pelotón no se le escapase.

El pachorrudo lo miró con el desprecio mayestático de la ginebra:

—Usted puerta, que la conversación es de hombres.

Y al médico, confidencial y fraterno:

—Cuando salgamos de aquí, nos vamos a Cova da Onça a ahogar las miserias en tetámenes.

—Putas —rezongó el amigo, mosqueado.

La tenaza del calavera le apretó el codo hasta estallar:

—Menos que tu madre, soplapollas.

Dirigiéndose a las mesas vacías, autoritario:

—A quien hable mal de las mujeres delante de mí, le arreo una hostia.

La cara se le retorcía de furia amenazadora buscando un blanco al que apuntar, pero salvo la pareja absorta en su rincón, en un complicado juego de roces de cabeza y toqueteos, y las lámparas pálidamente encendidas, nos encontrábamos sin pasajeros en la balsa, condenados a la compañía unos de otros como, pensó el psiquiatra, en el alambre de espinos de África: hacia el final de la misión, ya jugábamos al king con entonaciones de odio en la garganta, hormigueros de bofetadas en los dedos, la ira dispuesta a disparar con la boca amartillada. ¿Por qué será que continuamente me acuerdo del infierno?, se interrogó él, ¿por no haber escapado aún de allí o por haberlo sustituido por otra categoría de tortura? Bebió la mitad de la cerveza como quien toma una medicina desagradable y rasgó en pedacitos lo más pequeños que pudo el número de teléfono de la muchacha pelirroja, que a esa hora debía de estar contándole a su novio cómo se había divertido a costa de un idiota en la sala de espera del dentista: imaginó la risa de ambos y con ella en los oídos acabó lo que quedaba de la cerveza hasta dejar en el vaso solo una baba de espuma: caracol de centeno fermentado, pon los cuernos de la borrachera al sol y ayúdame a flotar porque nadar no sé. Y se acordó de una historia que formaba parte del patrimonio familiar, la de una pareja amiga de la abuela, los Fonseca, en la que la mujer robusta tiranizaba a su marido bajito: el señor Fonseca, por ejemplo, emitía un sonido tímido y ella gritaba enseguida Fonseca no habla porque Fonseca es estúpido, el señor Fonseca iba a encender un cigarrillo y ella graznaba Fonseca no fuma, y así sucesivamente. Una tarde, su abuela servía el té a un círculo de visitas y al llegar al señor Fonseca le preguntó Señor Fonseca, ¿verde o negro? La mujer del señor Fonseca, atenta como perro guardián enfermo de la vesícula, farfulló El señor Fonseca no bebe té; y en el silencio que siguió ocurrió un fenómeno asombroso: el señor Fonseca, hasta entonces y durante cuarenta años de dictadura conyugal, manso, obediente y resignado, dio un puñetazo en el brazo de la silla e informó con voz apagada desde sus testículos deshibernados:

—Quiero verde y quiero negro.

Es el momento, se dijo el médico pagando las botellas y soltándose del abrazo del pachorrudo que había llegado mientras tanto a la fase de los abrazos, es el momento de hacer salir de los huevos una corrida como Dios manda.

Fuera oscurecía: tal vez esa noche su mujer fuese a aquel bar y ni reparase en los arcos de piedra del jardín.