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En cuanto puse un pie en la terminal del aeropuerto de Las Vegas me vi apretujada entre dos cuerpos, uno largo y espigado y el otro menudo y fiero. En mis fosas nasales entró un torrente de chicle de menta y cerezas mientras los dos cuerpos serpenteantes me columpiaban arriba y abajo sin parar de gritar. Parecían las risas de las hienas del zoo al que habíamos ido Alec y yo en Seattle.
—Te he echado de menos un montón —dijo Gin antes de plantarme un beso en los morros. Ah, ella era la del chicle de menta.
Mi hermana Maddy me la quitó de encima y entonces me estrechó entre sus largos brazos. Ella era la de la cereza. Olía a cerezas desde que era pequeña. No le interesaba saber por qué. Igual que con todo lo demás, aceptaba que simplemente era así. Era lo único que importaba. Maddy me abrazaba con fuerza y, como era tan alta, me hacía parecer bajita pese a mi metro setenta. Pese a que yo era la mayor, ella era la más alta de la familia con su metro ochenta. A los diecinueve años era ya una belleza, pero aún no tenía las curvas que tenía yo a su edad. Parecía poseer un metabolismo imbatible que siempre la mantenía como un palillo. Qué suerte tenía.
A Maddy se le llenaron los ojos de lágrimas. Le cogí la cara entre las manos.
—Eres la chica más guapa del mundo —le dije viendo rodar los lagrimones—, pero sólo cuando sonríes.
—Siempre me dices lo mismo. —Sus labios se curvaron hacia arriba y me regaló la sonrisa que yo adoraba más que a nada en este mundo.
—Porque es verdad y porque lo eres, ¿verdad, Gin?
Mi amiga hizo estallar una pompa de chicle y me cogió del brazo.
—Sí. Hora de mover las cachas.
Puse los ojos en blanco.
—Se dice «hora de mover el culo», Gin.
Ginelle se detuvo en mitad de la terminal de llegadas.
—Lo que tú digas, barrigas. ¿Quién te ha nombrado catedrática de Lengua?
Me reí con ganas y me sentí muy bien. Genial, en realidad. La tensión salió por mis poros como si pudiera cobrar forma física, caer al suelo y desparramarse por el linóleo. Dios, qué bien sentaba volver a casa.
Las chicas me llevaron al coche de Gin.
—¿Dónde está el coche de papá, Mads?
Metí el equipaje en el maletero y subí al vehículo.
Maddy se sentó en el asiento de atrás del Honda de Ginelle y comenzó a retorcerse un mechón.
—Pues… —Se puso a observar por la ventanilla, sin saber muy bien adónde mirar, como si intentara pensar algo que decir.
Se me cayó el alma al suelo.
—¿Qué le ha pasado al coche de papá?
—Nada —dijo con un largo suspiro sin dejar de retorcerse el mechón rubio con la espalda encorvada. Fuera lo que fuese, no quería decírmelo.
—Cuéntaselo, Mads —la presionó Gin.
Maddy resopló y se sentó derecha. Cerró los ojos, los abrió. La determinación manaba de sus profundos ojos verdes en llamaradas esmeralda.
—Los tipos que le pegaron a papá también destrozaron su coche —dijo finalmente.
Me ardía la sangre en las venas.
—¿Por qué no me habías dicho nada? —Notaba cómo la rabia me tensaba la espalda y cerraba mis puños. Los mantuve cerrados. Como se me acercara alguien, lo llevaba claro.
—Pensé que…
—¿Qué? ¿Qué haces para ir a clase?
—Por lo general, cojo el autobús y algunas veces me acerca Ginelle. —Miró a mi mejor amiga un instante. Gin esbozó una pequeña sonrisa—. También me lleva Matt, el chico del que te he hablado. Ha venido a recogerme un par de veces. Dice que lo hará siempre que pueda —afirmó con voz tensa.
—Seguro que sí. Mads, me preocupa tu seguridad. No vives cerca de la universidad y cuando acaban las clases estás rendida. ¿Cómo lo haces cuando te quedas hasta tarde en la biblioteca? —Cogí aire y lo solté de mal humor, cabreada y en mi sitio.
Mi hermana, en peligro. No podía usar el coche de papá porque Blaine y sus putos matones lo habían destrozado. Y ¿qué más? ¿Qué más podía pasar?
Maddy me puso la mano en el hombro y me dijo con suavidad:
—Estoy bien, Mia. Nos las apañaremos con lo que tenemos.
—Y una mierda. Mañana mismo compraremos un coche. No me puedo creer que no me hayas explicado que llevas todo este tiempo sin vehículo. —Con el índice, pinché a Gin en el brazo—. Y tú… tú deberías haberme contado lo que estaba ocurriendo. —Con un largo suspiro me aparté el pelo de la cara.
—No puedes permitírtelo, Mia…
—No te atrevas a decirme lo que puedo o no puedo permitirme. Eres mi responsabilidad desde hace quince años. Que ahora tengas diecinueve no significa que vaya a dejar de cuidar de ti por arte de magia. —Apreté los dientes intentando recuperar el control—. Dios, sólo de imaginarte yendo a pie a la parada del autobús… ¡En nuestro barrio! Se me pone la carne de gallina, Mads. No vuelvas a hacerlo. Te lo pido por favor. —Suavicé mi tono y añadí—: Mañana te conseguiré un coche. He ganado un dinero extra con los dos últimos clientes.
—¿De veras? —Gin me miró de reojo; sabía lo que había tenido que hacer para ganarme la paga extra—. Y ¿cómo lo has hecho, chochín? ¿Boca arriba? —se burló.
Esta vez le pegué un buen puñetazo en el brazo.
—¡Ay! ¡Serás zorra! Te has pasado.
—¿Tú me llamas zorra a mí? No me he pasado para nada.
Entorné los ojos y la miré de reojo. Aunque iba conduciendo sabía que podía sentir los puñales que le lanzaba con la mirada.
—Vale —dijo—. Me lo he ganado, pero te obligaré a ver siempre que pueda el cardenal que me va a salir.
—Como quieras. ¿Puedes llevarnos a Mads y a mí a comprar un coche mañana?
Asintió.
—Me he cogido libres los días que vas a estar aquí.
—Qué dulce por tu parte.
—Soy muy dulce —dijo frunciendo el ceño.
—Nunca he dicho que no lo fueras.
—Pero has dejado caer que no suelo serlo. Te diré que anoche estuve con un tío y no paraba de repetir lo dulce que era mi vag…
Le tapé la boca con la mano.
—¿Te importa contármelo en otro momento, pendón? —Hice un gesto con la mirada señalando a Maddy en el asiento de atrás.
—Por favor… —intervino Maddy—. Como si no supiera de qué está hablando. ¿Te crees que me chupo el dedo?
Le quité a Gin la mano de la boca y me volví al instante.
—¿Quieres decir que ya has perdido la inocencia? —Apostaría cincuenta pavos a que mi piel, siempre bronceada, se puso blanca como el papel en ese momento.
Maddy se cruzó de brazos y levantó la vista al techo.
—Sigo siendo virgen. Si no, te lo habría contado, jolines. Pero sé lo que es que se lo coman a una. No soy imbécil.
—¿Te lo han hecho alguna vez? —Contuve la respiración, no muy segura de querer saber la verdad.
Negó con la cabeza, se mordió el labio y miró por la ventanilla.
—No, pero a veces me cabrea que me trates como si fuera una niña. Soy una adulta, hermanita. Tienes que aceptarlo. Y, si quiero dejar que un chico se arrodille y me coma el chichi, lo haré.
—¿Te coma el chichi? —repitió Gin—. ¿Te refieres al co…? —Le di un pellizco en la pierna antes de que pudiera cabrear más a Maddy.
—¡Ni una palabra! —rugí por su bien.
Ginelle abrió unos ojos como platos y me apartó de un manotazo.
—Mads, sabes que estoy aquí, que puedes hablar conmigo de lo que quieras. —Extendí la mano hacia el asiento de atrás para poder coger la suya—. Aunque no esté en Las Vegas, siempre puedes llamarme. De día o de noche, ¿entendido?
Ella apoyó la frente en mi mano.
—Te he echado de menos —susurró.
Le apreté los dedos con cariño.
—Yo a ti más.
Eso me valió su sonrisa perfecta característica. Madre mía, Dios había sido muy bueno conmigo el día en que me había dado una hermana pequeña como Maddy. Ni yo misma habría elegido una mejor.
—¿Vamos al centro de convalecientes? —preguntó Gin estropeando el momento.
—Sí. Tengo que ver a papá.
El hospital para convalecientes estaba en lo alto de una colina con vistas al desierto. Era raro, como si estuviera hecho para mantener a los enfermos lejos de Las Vegas y evitar así que arruinaran las luces y el glamour del centro de la ciudad.
Sin querer, caminé más despacio mientras recorríamos los pasillos. Las paredes estaban pintadas de amarillo claro y de ellas colgaban mosaicos del desierto. Teníamos que ir hasta el fondo.
Maddy se detuvo y abrió la puerta.
—Aquí es. ¿Quieres entrar tú sola?
—¿No te importa? —dije.
Ella se limitó a sonreír con cariño. Mi hermana era un alma vieja. La forma que tenía de leer las emociones de la gente era un don natural. Uno que yo no tenía, eso estaba claro. Tal vez si mi personalidad se hubiera parecido a la suya y si hubiera tenido unos ojos tan bondadosos como los suyos, yo también habría sido capaz de mantenerme lejos de hombres que no me convenían. Lo más probable era que por eso siguiera siendo virgen. Era capaz de reconocer a un cabrón a kilómetros.
—Ven, Gin. Vamos a la cafetería a comprobar si la señora Hathaway ha hecho sus famosas galletas.
Los ojos de Ginelle brillaron como si acabaran de regalarle un diamante.
—Hasta luego. —Cogió a Maddy del brazo y se fueron en busca de golosinas.
«Puedo hacerlo. Es papá. Papá», me dije.
Con pasos minúsculos, entré en la habitación. Caminé alrededor de la cortina, que estaba corrida para dar privacidad, y encontré a mi padre. Parecía estar durmiendo, aunque sabía que no era así. Las lágrimas me nublaron la vista cuando me acerqué y me senté en la silla que había junto a su cama.
Tenía la mano en el costado. La cogí entre las mías, me incliné hacia adelante y se la besé.
—Papá… —dije, aunque apenas me oía a mí misma. Me aclaré la garganta y lo intenté de nuevo—: Papá, soy yo, Mia. Estoy aquí —susurré.
Me llevé su mano al pecho y me acerqué a él todo lo que pude. Tenía mil veces mejor aspecto que cuando lo había encontrado el día que Blaine y su panda de animales le dieron la paliza, hacía ya dos meses. Un par de líneas rojas como dibujadas a lápiz descendían desde la sien hasta la mandíbula. Puede que siempre hubieran estado ahí, tal vez desaparecieran. El tiempo lo diría.
Por lo demás, tenía buen aspecto. Había perdido mucho peso. Tanto, que no parecía el grandullón achuchable que siempre había sido; sólo era una carcasa sin vida que antaño había pertenecido a un gran hombre. Porque lo había sido, al menos antes de que mamá se fuera. Contuve los sollozos, pero las lágrimas cayeron sin remedio.
—¿Por qué tuviste que endeudarte así con Blaine? ¿Por qué, papá?
Le acaricié la mano con la barbilla, apoyé la cabeza en su pecho y entonces dejé que saliera todo. Lo enfadada que estaba con él por haber acabado en ese estado, por endeudarse tanto, por apostar, por ser un borracho y dejarme a mí sola intentando solucionarlo todo. Una vez más. Como siempre hacía.
—Papá, esta vez te has superado. Lo que tengo que hacer por ti… —Dejé caer las palabras sin querer confesar que era escort.
Me acostara o no con mis clientes, sonaba fatal. La expresión chica de compañía tenía de por sí connotaciones negativas.
—Estoy haciendo todo lo que puedo para proteger a Maddy, por asegurarme de que no deja los estudios. Le va muy bien. Incluso ha conocido a un chico… Tal vez tengas que levantarte para patearle el culo. —Lo miré a la cara, rezando, esperando que abriera los ojos. Nada.
Cogí un pañuelo de papel de la mesilla de noche y me soné la nariz.
—He conocido a gente estupenda estos últimos dos meses. Al principio pensaba que trabajar para la tía Millie iba a ser una pesadilla pero, ¿sabes qué?, no está nada mal. Mi primer cliente fue Weston Channing tercero. Sí, tercero. Me burlaba de él a todas horas.
Me eché a reír y pensé en Wes y en cómo nos habíamos conocido. En cómo, en cuanto lo vi subir la escalera de la playa el primer día, tuve claro que no iba a poder resistirme a su encanto.
—Wes me enseñó a hacer surf. También me enseñó que no todos los hombres son iguales.
Reí de nuevo mientras me reclinaba hacia atrás y apoyaba los pies en el borde de la cama de papá y le hablé de mis dos chicos favoritos, de que Wes hacía películas y tenía una familia genial. Le prometí que, si se despertaba, lo llevaría a ver una de sus películas y le compraría un cubo de palomitas extragrande.
—Y luego está Alec. Es francés, papá. Un francés de verdad. Me llamaba jolie, que significa «bonita» en francés. He de admitir que me gustaba que me llamara así.
Me aparté un mechón de la cara y levanté la cabeza para mirar al techo. Estaba pintado con paisajes de playa. Me gustaba. Me parecía bonito pensar que, cuando abriera los ojos, lo primero que vería sería la playa y no el yeso blanco.
—Alec me pintó, papá. Algunos de los cuadros no te gustarían porque no llevo nada de ropa, pero no se aprovechó de mí. No. Nos lo pasamos bien y me quiso. Sólo que era una clase de amor diferente de todo lo que conozco, y tampoco se parece a los sentimientos tan intensos que todavía tengo por Wes. Es comparable a mi amor por Ginelle, sólo que con un chico y con algo más de contacto físico. —Mucho más, para ser sinceros.
Sonreí y miré a papá. No, no había abierto los ojos.
—Alec me enseñó que no hay nada malo en amar a más gente y no sólo a ti, a Mads y a Gin. Que uno puede querer a otra persona, incluso amarla, sin tener que estar con ella para siempre. Fue muy bonito. El tiempo que pasé con él me ayudó a comprender un par de cosas sobre mí misma. Me da pena pensar que no volveré a verlo. Aunque puede que sí vea a Wes. No me aclaro con él, papá.
Lo miré la cara, tan serena y pacífica, y supe que era el momento de admitir lo que llevaba un mes torturándome por dentro, de expresar con palabras lo que rondaba por mi subconsciente.
Eché un vistazo hacia la puerta y no vi a nadie. Segura de que no había oídos curiosos cerca, lo solté:
—Papá —me temblaba la voz. Me pasé la lengua por los labios y suspiré—, podría enamorarme de Wes, papá. Podría enamorarme perdidamente de él. Y ¿sabes qué? —pregunté pese a saber que no podía contestarme—. Me asusta horrores. Mi historial con los hombres es lo peor. Todo un récord. Mi corazón quiere dar el salto, pero mi cerebro me recuerda a todos los desgraciados que he conocido. Además, debo trabajar diez meses más antes de poder liquidar la deuda con Blaine. —Resoplé—. Por supuesto, Wes se ofreció a pagarla. Me pidió que me quedara con él. Y no lo hice. Lo dejé en Malibú.
Cerré los ojos y me eché atrás en la silla antes de llevarme la mano al corazón. Me dolía. Me dolía por la promesa perdida de tener algo más con Wes, cosa que no podía aceptar. Pero que quería. Más que nada. No era la clase de chica con grandes ideas, ni creía que la vida iba a consistir en dinero fácil, coches y eterna juventud. No. Había crecido pobre y trabajé duro para cuidar de mi hermana y ayudar a mi padre a sobrevivir. La vida que había tenido Wes no se parecía en nada a la que llevaba yo, lo cual era parte de su atractivo. Pero Wes y yo nos habíamos conocido en mal momento. Por eso había sido tan fácil caer en brazos de Alec. Hay mucho que vivir y muchas experiencias de las que disfrutar hasta que llegue el momento oportuno.
—Querría que te despertaras. —Le cogí la mano y se la besé una vez más—. Papá, no tardes en despertar. Nos haces mucha falta. Mads te necesita, y yo también.
Mi hermana y Ginelle volvieron a los pocos minutos. Oí cómo Maddy ponía a papá al día sobre la universidad y omitía, a propósito, lo del chico. Iba a hacerle un tercer grado después al respecto. Luego Gin le contó los chistes que había aprendido últimamente. Tres pares de ojos observaban a mi padre, esperando cualquier señal que nos indicara que seguía allí, que no nos había abandonado.
Antes de irme, el médico me informó del pronóstico de papá. En el aspecto físico iba bien, estaba casi recuperado del todo de sus heridas. Un fisioterapeuta trabajaba todos los días sus brazos y sus piernas. Iban a enseñarle a Maddy cómo hacerlo para que papá recibiera más estimulación. Detestaba la idea de que mi hermana tuviera que aprender a hacerlo. Me mataba no poder ser yo quien sacara a la familia de ésa.
Para cuando nos fuimos, sentía un rencor tremendo y estaba afilando el hacha de guerra. A casa. Necesitaba ir a casa. Necesitaba comida casera, tomarme unas cervezas con mi mejor amiga y dormir hasta olvidar los últimos dos meses. Al día siguiente iría a ver a Blaine.