9

De la mano, Alec y yo salimos del almacén. El sol brillaba con fuerza, el viento agitaba mi pelo y el mundo abría los brazos para recibirme. «Hola, mundo. Te he echado de menos.»

—¿Eres consciente de que es la primera vez que salimos del almacén desde que llegué? Aquí sólo me quedan tres días.

Alec levantó mi mano y me besó el dorso.

—La verdad es que no, ma jolie. Perdóname, he sido un anfitrión lamentable.

Me reí y balanceé su brazo mientras caminábamos.

—Es que tenías…

—Mucho trabajo que hacer —dijimos al unísono, y rompimos a reír.

—Lo siento, chérie. Cuando me concentro sólo existen el trabajo, la comida, la gratificación sexual y el dormir.

—Lo último lo practicas poco —lo regañé. Era verdad. El hombre dormía menos que un insomne.

Le estreché la mano y me volví hacia él.

—¿Adónde vamos?

Alec llevaba el pelo recogido en su moño de siempre. El sol le daba un tono menos dorado y más rojizo. Seguía siendo increíble. Llevaba una camiseta blanca de cuello redondo y unos vaqueros gastados de color índigo. La cámara colgaba descuidadamente de su hombro. Alec Dubois, más bueno que el pan. Masculino, sexi, para chuparse los dedos y lo que a una le dejaran. Y yo era la afortunada que iba a disfrutarlo… tres días más.

—¿Qué te apetece hacer? —preguntó.

Miré las calles de Seattle y dije lo que diría cualquier turista:

—¡Ir a la Aguja Espacial!

Sonrió.

—Me alegra oírlo porque tenemos mesa reservada allí para cenar. Pero en este momento, ¿qué te parece si te sorprendo?

—Vale.

Alec llamó a un taxi. Le dio una serie de indicaciones que a mí no me decían nada y yo me dediqué a mirar por la ventanilla hasta que el vehículo se detuvo. Alec pagó al conductor y me abrió la puerta. Salí y me quedé de piedra.

A cinco metros había un letrero de madera con letras gigantes en blanco nuclear donde se leía «ZOO». Para ser más exactos, «PARQUE ZOOLÓGICO WOODLAND».

—¿Vas a llevarme al zoo? —Sonreí de oreja a oreja.

—¿Por qué no? No he ido nunca y hace años que vivo aquí.

—Por nada. —Lo cogí otra vez de la mano—. Vamos a ver los animales.

No le dije que nunca antes había pisado un zoo. Jamás. No era una atracción popular en Las Vegas y, cuando mi madre nos abandonó, papá no nos llevaba a pasar el día en familia.

Resultó que me encantaban los zoos. Había mil cosas para ver, tocar y explorar.

—¿Qué es lo que más te ha gustado hasta ahora? —preguntó Alec pasándome el brazo por encima de los hombros.

Negué con la cabeza.

—Es imposible elegir. Si tuviera que escoger, diría que los ocelotes.

—¿Los felinos?

Asentí y continué:

—Me identifico con las gatas. Llevan una vida solitaria, se emparejan cuando lo necesitan, cuidan de la progenie, les enseñan a cazar y luego los dejan en libertad. —Las cejas de Alec estuvieron a punto de convertirse en una sola, arrugando su precioso ceño—. Además, son preciosas. Si fuera un animal, sería una de ellas. ¡Son sexis a rabiar! —dije para animar la cosa—. ¿Y tú?

Él frunció los labios. Recé para que no escudriñara en mi respuesta. No era momento de abrir antiguas heridas, sino de vivir, de crear recuerdos que durasen toda la vida ahora que casi había llegado el día de mi partida.

—Si tuviera que elegir, elegiría al zorro ártico.

Qué elección más rara. Me lo imaginaba como una gacela o algún animal exótico.

—Guay, ¿por qué?

—Porque son monógamos y se emparejan una vez en la vida. Siempre he envidiado a las personas capaces de hacer eso. Ahora que he visto que una criatura tan deslumbrante como el zorro lo hace…, siento que para mí también hay esperanza.

—Ay, ay, ay, francesito. Eres un blando debajo de todo ese músculo. —Le toqué el pecho, me puse de puntillas y le di un pico.

Él me rodeó con sus brazos por la cintura y me besó con ganas. Entonces oí un clic.

Abrí los ojos y vi que había sacado la cámara para hacernos un selfie mientras nos besábamos.

—Pero qué cursi… ¿Un selfie? ¿Tú, que eres un artista? ¡No tengo palabras!

—Y ¿de qué otro modo iba a inmortalizar este beso para siempre?

Le toqué la sien con el pulgar.

—Usa la cabeza. El tiempo que hemos pasado juntos vivirá siempre en tu recuerdo.

—Y ahora también en foto.

Pasamos el resto del día paseando entre las jaulas de los animales. Empecé a entender su atractivo. Había familias por todas partes. Me hicieron echar de menos a mi Maddy. ¿Había estado alguna vez en el zoo? Tomé nota mental de llevarla en el futuro. Había muchas cosas que Maddy y yo nos habíamos perdido en la infancia. Iba a tener que corregir eso, en cuanto librase a mi padre del «corredor de la muerte» en el que se había metido con los prestamistas y se despertara del coma. Era poco probable, pero no imposible.

Más tarde, el taxi nos dejó en la entrada de la Aguja Espacial. La primera parada fue la cubierta de observación, con vistas de trescientos sesenta grados de la Ciudad Esmeralda, como la llamaban sus habitantes. Parejas y familias salpicaban el paseo. Encontramos un pequeño afloramiento del terreno desde el que podíamos ver con facilidad la puesta de sol. Era tan bonita que quitaba la respiración. Me quedé de pie con las manos apoyadas en la barandilla, mirando fijamente el cielo. Una oleada de clics me desconcentró de la maravilla visual que tenía delante.

—¿Qué? —Le sonreí a Alec.

Se acercó, me pasó la mano por el pelo y me besó. Fue un beso para recordar. Lento, suave, firme y ardiente. Una corriente de deseo arrasó mi sistema nervioso. Luego él se apartó y pegó su frente a la mía.

—Eres demasiado preciosa. Demasiado bella. Demasiado para que alguien te retenga para siempre. El hombre que se gane tu amor… para siempre… será un homme très chanceaux.

—¿Eso qué significa? —susurré contra sus labios antes de acariciar su nariz con la mía.

Sus dedos se hundieron en los mechones de mi melena y me cogió de la nuca. Tenía los ojos dorados como la arena, de un color que sólo existe en los cuentos de hadas.

—Significa que será un hombre muy afortunado. Que tener tu amor para toda la eternidad hará de él un hombre muy rico.

—Alec… —Meneé la cabeza y la apoyé en su pecho, el lugar más seguro en el que podía refugiarme en ese momento.

—Ay, ma jolie, cuánto voy a echar de menos tu amor en mi vida —dijo abrazándome tan fuerte como yo lo estaba abrazando a él. Puede que más.

Pese a que me quedaban un par de días más con Alec, ése era el momento que recordaría toda mi vida. El momento en que me había dado cuenta de que había muchas clases de amor y de que estaba bien amar a quienes les dabas una parte de ti, incluso aunque no la merecieran. Alec se la merecía, y siempre tendríamos ese momento.

Habíamos hecho arte juntos, habíamos amado juntos, a nuestra manera. Y eso era lo que importaría cuando reflexionara sobre mi vida y sobre mis decisiones pasadas. Y sobre las que iba a tomar en el futuro. Mi tiempo con Alec había sido especial, y supe que, a medida que fuera avanzando esa aventura, cada cliente añadiría algo al tapiz de mi vida.

—Ven, vamos a cenar para poder volver a casa. ¡Vas a ser mi postre! —Levantó las cejas y me llevó de vuelta al ascensor.

La noche en el restaurante Skycity fue más que impresionante. Yo tomé el pollo jidori, que estaba rebozado con mozzarella ahumada y pan rallado. ¡Estaba para morirse! Alec se pidió el solomillo. Llevaba un queso parecido al de la fondue que hizo que me temblaran las rodillas. Durante la cena intercambiamos bocados de nuestra comida y un poco de nuestras vidas antes de «Amor en lienzo». Alec se sorprendió de que me hubiera criado en el desierto. No me preguntó por qué era escort ni qué me había empujado a elegir el oficio, cosa por la que me sentí muy agradecida. Le interesaba más mi breve y prometedora carrera de actriz y mi amor por las motos. A cambio, yo descubrí que había venido a vivir a Estados Unidos con veinte años pero que volvía a Francia al concluir las exposiciones importantes. Se marcharía allí a los pocos días de que yo pasara al siguiente cliente.

Conectar con Alec más allá de nuestra atracción física estuvo muy bien. Nos imaginaba siendo amigos una vez me hubiera ido, aunque nada parecido a lo que creía tener con Wes. Mi surfista era único en su especie.

Y llegó el gran día. La exposición «Amor en lienzo» de Alec Dubois. El loft había sido totalmente transformado para celebrar un evento como los de una galería de arte, o eso me habían dicho. Me tenía un poco nerviosa qué impresión iba a llevarse la gente del arte de Alec, más que nada porque yo era el tema recurrente en todas las obras. Una vez acabadas, había un total de siete lienzos expuestos. Dijo que tenía otro más que yo no conocía y que quería que fuera una sorpresa. Trabajar en ese último había ocupado la mayor parte de su tiempo de los dos últimos días.

Necesitábamos esa separación porque al día siguiente yo cogería un avión rumbo a Las Vegas, un viaje que me sacaría de la vida de Alec… seguramente para siempre. Nadie sabía qué nos depararía el futuro, sólo sabíamos que era imposible detenerlo.

La tía Millie me había enviado el billete de avión a Las Vegas y el billete de ida a Chicago, donde Anthony Fasano me estaría esperando en persona. Se acababa mi tiempo en Seattle. Antes de veinticuatro horas estaría en un avión rumbo a casa. Gin y Maddy me recogerían en el aeropuerto y me llevarían directamente a ver a papá. Necesitaba ver a mi padre.

El reloj marcó las seis, hora de prepararme para la gran noche. Rebusqué en la maleta y saqué el vestido que me había traído. Al ser una chica de Las Vegas siempre llevaba un vestido negro conmigo, uno que sirviera para ir arreglada, que no se arrugara y que resistiera ir hecho un moco en el bolso. Estaba segura de que iba a tener que ir descalza, con chanclas, o cometer un atentado contra la moda y ponerme botas de motera. Estaba sopesando mis limitadas opciones cuando una gigantesca caja blanca con un lazo rojo brillante apareció sobre la cama, junto al lugar donde estaba revolviendo mis cosas.

—Para ti. —La voz de Alec llenó la habitación y despertó mis sentidos con un sensual saludo.

Me volví con la boca abierta. Estaba de pie, ya arreglado para la velada. Iba de traje. Era la primera vez que lo veía vestido tan formal. Me quedo muy corta al decir que estaba deslumbrante. Se me hacía la boca agua de ver su hermoso cuerpo envuelto en seda fina. Todo negro. La chaqueta, la camisa, la estrecha corbata de satén. Me puso a mil. Se me humedecieron los muslos y noté la tensión bullendo en el aire. Dejé que la toalla con la que me había envuelto mientras buscaba algo que ponerme cayera al suelo.

Douce mère de toutes les choses saintes —susurró en francés.

Eso no ayudó a mi libido. En vez de calmarme, me encendió aún más. Me mordí el labio inferior y me balanceé, observando cómo se me acercaba. En un abrir y cerrar de ojos, la boca de Alec cubrió la mía, y yo tenía la espalda contra la pared. Sus manos se deslizaron bajo mis nalgas y me levantaron del suelo. Gemí al sentir lo que llevaba dentro de los pantalones apretándome aún más contra la pared, justo donde yo más lo deseaba.

—Ahora no puede ser —le advertí, aunque no me lo creía ni yo.

Le chupé el cuello y los labios y le clavé los talones en la cintura. Gruñó y me metió la lengua en la boca. Durante unos momentos eternos no hubo nada más que lentas y profundas pasadas de su lengua, mordiscos de sus dientes y la seda contra mi piel.

—Se puede. Podemos. —Sentía su aliento en mi cuello con cada una de sus palabras—. Nous allons nous dépêcher.

—¿Eso qué significa? —Le mordí donde tanto le gustaba, detrás de la oreja, y le tiré del moño para verle la cara.

Tenía la mirada profunda, en la negrura de sus pupilas sólo existía la promesa de complacerme.

—Significa que podemos darnos prisa. —Se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones, sacó un condón del bolsillo y, en cuestión de segundos, ya estaba a punto de empalarme.

—Joder, Alec, no te detengas. ¡Te quiero entero! —dije.

Le encantaba que le dijera esas cosas, y yo lo sabía. Deslizó la punta gorda por mi raja, bañándola en mis jugos, masajeándome el culo con las manos. Luego me la metió hasta el fondo.

—La madre de… —exclamé, con su polla de acero llenándome más que nunca, tan adentro que no podía respirar y sólo cogía aire cuando él me lo insuflaba con sus besos—. Es la gloria. Siempre es glorioso contigo.

Gimió contra mi cuello, me empotró contra la pared y me sostuvo allí, colgada de su tranca, mientras con las manos acariciaba la piel sensible de mis tetas y me retorcía los duros pezones, que eran como dos picos anhelantes y en carne viva. Con cada pellizco, tirón y caricia me enviaba al nirvana.

—Me voy a correr —le anuncié, y él sonrió contra mi pezón erecto y lo cubrió con la boca.

No hizo falta más. Con eso bastaba. El orgasmo me hizo mil pedazos, igual que una motosierra convierte un tronco en virutas.

—Jamás olvidaré cómo te sientes en este instante, ma jolie. Je t’aime. Te quiero —dijo antes de comerme la boca.

Mi coño seguía succionando su polla, dándole lo que necesitaba mientras me follaba como un poseso. Cuando hubo terminado, me despegó de la pared y me llevó a la cama. Se sentó todavía dentro de mí. Hicieron falta varios minutos para que mis extremidades temblorosas se recuperasen. Alec continuaba abrazado a mí, calmándome como hacía siempre. A menudo había pensado si lo relajaba tanto como a mí.

—Vamos a llegar tarde a nuestra propia exposición —dije con una risita tonta.

Sonrió.

—Por una buena razón. —Me guiñó el ojo y señaló la caja blanca—. Es para ti. Póntelo esta noche.

Emocionada, salté de encima de él y me quedé de pie junto a la cama. Alec se encargó del preservativo mientras yo destapaba mi regalo.

Dentro de la caja encontré un vestido de cóctel de color champán. Tenía cristales diminutos que brillaban y resplandecían según les daba la luz, y el cuello desbocado caía incitante sobre mis pechos. La tira de tela que lo sujetaba a mi hombro lo hacía de tal manera que la caída de la tela resultaba del todo natural. El bajo llegaba justo por la rodilla, y el vestido me quedaba que ni pintado. Los zapatos eran de Gucci. Eran de oro brillante con tacón de aguja de diez centímetros de alto y un poco de plataforma. Absolutamente perfectos.

—Nunca he conocido a una mujer que no amara los zapatos.

—A todas las mujeres les gustan los tacones de «ven y fóllame». Sobre todo si son sexis y están buenas. Lo llevamos en el ADN —dije encogiéndome de hombros—. Hemos nacido así.

Alec se alisó el traje mientras yo terminaba de arreglarme. Luego me llevó a la fiesta. Cuando bajamos ya estaba de lo más animada. En cuanto cruzamos el umbral se dispararon los flashes en toda la sala. Una rubia con un traje blanco ajustado me robó a Alec al instante. Era su publicista. No la había visto desde los primeros días, pero lo cogió del brazo con tanta fuerza que parecía que fuera a hacerle sangre. Él se dio la vuelta para mirarme, bajó las comisuras de los labios y frunció el ceño para hacerme saber que no estaba contento con el cambio, y yo le envié un beso.

Un hombre con una bandeja de champán me ofreció una copa. Cogí las burbujas rosa y me dirigí al primer cuadro. Era yo, estaba claro, aunque Alec le había añadido mucha más profundidad que la primera vez que lo había visto. Ahora era como si pudiera atrapar la lágrima que rodaba por la mejilla de mi imagen y emborronar los besos rojos que cubrían el cuadro.

Debajo de la imagen se leía «No hay amor para mí». Caminé unos cinco metros y vi la misma imagen, sólo que esta vez incluía la serigrafía de la pintura en la que yo salía acariciando el corazón de la original.

«Amarse a uno mismo.» Leer aquello era como atravesarme el corazón con una lanza que tocaba emociones que no estaban lo bastante ocultas bajo la superficie.

Incapaz de mirarla ni un segundo más, me acerqué al conjunto de tres cuadros, uno junto a otro, donde más animación había. Los invitados eran muchos y la luz brillaba sobre los tres lienzos gigantes. Encima del trío se leía «Amor roto», pero vi que debajo cada uno tenía su propio nombre.

El primero era de Aiden dándose placer con mi mano cubriendo su erección y se titulaba «Amor prohibido». En el cuadro del centro, Alec había capturado un momento especialmente duro entre Aiden y yo y lo había llamado «El amor duele». Y entonces llegaba el último. Alec y yo juntos, entrelazados en plena pasión. Era sin duda el más impactante de los tres. Había añadido remolinos de pintura roja alrededor de la pareja para subrayar la intensa pasión que compartían. Debajo, el nombre simplemente era: «Nuestro amor».

Y era nuestro amor. De Alec y mío. Bello y apasionado, salvaje y, aun así, un amor al que había que mimar y cuidar. Su pureza había quedado perfectamente plasmada en el lienzo.

Seguí andando a lo largo de la pared, observando cómo la gente comentaba las obras. No oí ni un solo grito de desagrado ni un comentario ofendido. Eso debía de significar que la gente aceptaba su visión de artista.

El cuadro me había puesto cachonda. Tenía las bragas empapadas y estaba lista para abalanzarme sobre Alec en cuanto volviera a verlo. «Amor egoísta», lo había titulado: servidora dándose gusto para que todo el mundo lo viera. Era poderoso, sincero y valiente. Al menos, así me hacía sentir a mí.

Los brazos de Alec me rodearon mientras contemplaba el lienzo.

—¿Te gusta?

—Me gustó más hacerlo —dije con voz ronca y un gemido.

—Ya veo. Luego repetiremos la escena, ¿te parece? —Asentí a toda velocidad—. Quiero enseñarte el último. Es mi mejor fotografía hasta la fecha.

Eso era mucho decir. Alec Dubois era un artista y un fotógrafo extraordinario. Sus fotos estaban por todas partes: calendarios, litografías firmadas… Me llevó hacia el único cuadro que se hallaba cubierto por una gran cortina blanca.

Me quedé quieta mientras la muchedumbre que nos rodeaba esperaba la gran revelación.

—Este retrato se va a vender por el doble de su precio. La mitad de ese dinero será para ti, ma jolie.

Eso no me lo esperaba, y negué con la cabeza varias veces, pero él se limitó a sonreír y a descorrer la cortina. Era yo, sólo que era yo de verdad. Yo a secas. Sólo Mia. Estaba de pie en la cubierta de observación de la Aguja Espacial, mirando al horizonte. Mi pelo ondeaba al viento como una bandera negra en alta mar. Estaba serena, feliz, extasiada y absorta por la belleza que tenía ante mí. En aquel momento parecía libre, en vez de atrapada en los confines de un trabajo que no quería pero al que me estaba acostumbrando. No estaba salvándole el pellejo a mi padre ni pasándolas canutas intentando ser actriz en Los Ángeles. Belleza en estado puro. Y, por primera vez, me vi bonita. Alec hizo que me viera tal y como era en esa imagen.

Las lágrimas se agolparon tras mis párpados mientras contemplaba lo que había inmortalizado. Sentía el cuerpo envuelto en calor, el centro de mi visión era un haz de luz brillante, y lo demás, una cueva oscura. Busqué el título al pie del lienzo. Las lágrimas rodaban por mis mejillas, caían sobre la piel de mis pechos y al hormigón bajo mis pies. Miré a Alec fijamente a los ojos. Los tenía cristalinos, húmedos, aunque no permitió que se le escapara ni una lágrima.

Debajo de la foto más bella que jamás había visto de mí, se decía todo: «Adiós, amor».