Capítulo 10
Dos días después de que Andy fuese liberado, Marion estaba sentada frente a Glenn en un restaurante italiano que habían abierto recientemente en pleno centro de Chippingville. Ella siempre había tenido ganas de visitarlo, pues el nombre «Piazza Genova» le parecía evocador y la decoración estaba cuidado hasta el mínimo detalle.
Era una noche agradable y el restaurante estaba lleno. Los camareros revoloteaban por las mesas con la mejor de sus sonrisas, las luces creaban un entorno íntimo y, por qué no decirlo, romántico. Glenn estaba guapísimo con una camisa de cuadros azules, pantalón blanco y unos zapatos náuticos. Sus ojos avellana transmitían una calma que lograban que Marion se sintiera cómoda.
—Cada día te encuentro más intrigante, Marion. Tienes un don maravilloso para descifrar enigmas —dijo Glenn inclinándose hacia adelante, dejando una mano sobre la mesa, no muy lejos de donde ella tenía la suya—.
—Oh, ya me gustaría. Lo único que me fastidia es que no se haga justicia. Eso es todo. Lo demás es pensar un poco y ya está —dijo con una copa de vino en la mano.
—Pero ¿cómo te diste cuenta de que Trevor y Georgia eran los culpables? Andy tiene antecedentes,parecía el culpable, y luego Vincent tenía los motivos…
Marion se encogió de hombros.
—La verdad es que todos tenían motivos, pero lo que habíamos pasado por alto era una cosa obvia. La caja con el material robado se había movido de casa. Dimos por hecho que la casa de Andy era el único destino, por eso nada encajaba. ¿Por qué Georgia y Vincent iban a preparar una trampa para Andy si él no sabía nada de su aventura? ¿Por qué George iba a tender una trampa para Andy si era Vincent quién se acostaba con su mujer? En cuanto se me ocurrió que lo robado tenía sentido solo de haber estado antes en casa de Vincent, el resto fue sencillo.
El médico asintió con la cabeza, admirándola. La camarera llegó con los platos: para Marion, unos raviolis rellenos de trufa; para Glenn, una ensalada de nueces y manzana. A ambos se les hizo la boca agua, pues el aspecto de la comida era espléndido.
—Entonces, ¿Vincent no tuvo nada que ver en el robo? —preguntó Glenn.
—No lo creo. Trevor, que quería que lo detuvieran, colocó la caja de Blue Chip en su casa y cuando Vincent la descubrió llamó a Georgia para que se encargara de ella. En su confesión, Georgia le ha exculpado de todo… Mmmm… qué buenos que están los raviolis, ¿y tú ensalada?
—Muy buena. Cada bocado es un viaje de los sentidos —dijo, divertido, guiñando un ojo—. No, en serio, está muy rico. Además, este plato como tiene manzana, por lo que viene el postre incluido.
Marion sonrió ante la ocurrencia de Glenn. Le alegraba que no solo fuera atractivo, sino también ocurrente. No cesaba de preguntarse si de verdad lograrían adaptarse al mundo del otro. A ella lo que le apetecía era ir al cine a disfrutar de una película de Jennifer Aniston, no una sueca donde no ocurra nada y encima esté subtitulada.
—Mi hermano estuvo genial —dijo Marion—. No había pruebas contundentes ni contra Georgia ni contra Trevor, así que se le ocurrió ponerles contra la espada y la pared. O confesaban los dos, o uno de ellos salía libre y el otro cargaba con toda la culpa.
—Carter estuvo muy bien, pero yo quiero proponer un brindis por ti, Marion. Por tu belleza e inteligencia —dijo alzando su copa.
Algunos de los clientes de alrededor se fijaron en la pareja para luego murmurar. Marion dedujo que en breve todo Chippingville sabría que entre ellos había «algo», aunque aún no se sabía el qué. Ella alzó también su copa, se oyó el choque delicado del cristal y ambos bebieron sin dejar de mirarse.
Marion revisó su reloj de pulsera y se acordó de Whisky. Por suerte, se había acordado de dejarle comida y bebida antes de salir.
—¿Sabes que no he podido olvidar el beso que me diste? —dijo Glenn tomándola de la mano. Marion sintió el suave roce de su piel y su cuerpo se estremeció.
—Perdona, pero fuiste tú quien se abalanzó sobre mí como un desesperado —dijo Marion, tomándole el pelo.
El atractivo médico sonrió dulcemente.
—Si es que perdí el control de mí mismo, me suele ocurrir cuando estoy delante de una mujer atractiva e interesante —dijo con un tono seductor.
—Ya será para menos, Glenn. Seguro que estás acostumbrado a desayunar en barcos, ir a la ópera, a conciertos… A mí me encanta mi profesión, pero soy solo una peluquera… —dijo recogiendo un mechón de pelo sobre la oreja.
—Estás completamente equivocada. Eres más interesante de lo que imaginas. Además, estoy cansado de toda esa vida de la ciudad, te lo dije.
—¿Conoces a Jennifer Aniston?
—¿A quién? —dijo Glenn con el ceño fruncido—. ¿Es una cantante?
La peluquera miró al techo, e hizo un gesto de desesperación con las manos.
—Nooo… Es una actriz que hizo una serie de televisión que es muy famosa, y ahora protagoniza películas románticas. Es mi actriz favorita desde siempre.
Glenn tomó un largo sorbo de su copa y se quedó pensativo durante unos segundos.
—Pues no había oído hablar de ella. ¿Por qué no me llevas al cine a verla? —preguntó Glenn sonriendo—. Suena interesante.
—Genial, no he visto su última película. Pero ni se te ocurra dormirte —advirtió Marion.
—Recuerda que soy médico, me puedo recetar unas pastillas para mantener la concentración.
Después de finalizar la cena se fueron caminando por el paseo marítimo, donde las luces de los bares y restaurantes bañaban la orilla del mar. En lo alto, la luna proyectaba su fascinante resplandor. Familias, amigos y parejas caminaban, distendidos, disfrutando de una noche de temperatura magnífica.
—¿Te apetece un helado? —preguntó él.
Ella respondió que le encantaría. Así que Glenn tomó la cintura de Marion y ambos se perdieron entre la masa gente que paseaba en esa mágica noche, llena de promesas.
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Amy