TERCERA PARTE
LA NOCHE
DE LOS PERROS RABIOSOS
Después de maquinar durante horas, Reina, que fue quien realmente llevó la voz cantante en la horripilante noche que nos esperaba, activó su «red de control zonal». A través del teléfono móvil puso en alerta a los taxistas más allegados de la parada de Escairón y a los que, en Monforte de Lemos, poseían la concesión del hospital. Tenían la misión de, ante cualquier novedad relacionada con «el caduco suicida de la dos-cero-siete», avisarlo inmediatamente, de día o de noche, estuvieran cagando o de servicio, así les dijo. A continuación llamó a un conocido suyo, subalterno en el centro sanitario, y lo contrató para que se prestase voluntario para «cuantas guardias haya que hacer, desde este instante hasta que el viejo deje la cama». Él correría con todos los gastos, cafés incluidos, y también, porque estaba al tanto de la movida interna, de los sobornos nocturnos que provocaría vigilar continuamente aquella habitación. Para ello, contactó con una enfermera con la que años atrás había tenido un movido asuntillo —iniciado durante una operación de apendicitis en la que ella se había ocupado, con todo el mimo y mayor estupor, contó, del más íntimo rasurado—, y eso que la tal Marica «tengo que confesarte que no es ni por asomo el ideal de mujer por la que bebería los vientos». Ella, para no repetir lo de hacernos pasar por médicos, tenía el encargo de, por la mañana y dada la buena relación que mantenía con el facultativo que atendía a Ramón, acercarse a su consulta e informarse de la evolución del paciente.
Así, en una malgastada vigilia en la que deambulamos a saltos por los gustos literarios —para Reina, Auster es Dios; para mí, que no soy religioso, solo Luis Landero ha llegado a profeta—, esperamos a que, bien pasadas las doce del mediodía, el móvil nos desperezase. La voz de Marica nos transmitió un esperanzador parte médico, para concluir con que, gracias a que el paciente, alimentado por vía intravenosa, no había mostrado reacción contraria a las sedaciones y a la medicación, después de dos días tranquilo en una habitación individual sin más vigilancia que la de un guarda privado, «con permiso expreso de la dirección», precisó, y dada la contumaz insistencia de los familiares, concretamente de su yerno, para sacarlo cuanto antes de allí y hacerse cargo él mismo, el médico optaba por darle el alta, hecho que, si el paciente evolucionaba como esperaban, se produciría al día siguiente, justo después de la revisión en planta.
—Tenemos esta noche —advirtió Reina al colgar. Y, convencido como yo de que la custodia que Evaristo le aplicaría a su suegro me cerraría la única vía, preguntó—: ¿Te atreverás?
Apreté los dientes y asentí con la cabeza, decidido a romper con cualquier consideración. Entonces mi taxista, entregado más que nunca a la causa, se puso en pie y, resollando con fuerza, agitó un puño en el aire y dijo «de acuerdo», pero que antes tenía que bajar a Monforte «para amarrar bien amarrado el plan que en pocas horas nos proporcionará un rotundo éxito o el más duro de los fracasos». Así lo dijo. Preguntado sobre el particular, solo hizo un ambiguo gesto con la barbilla que inmediatamente me llevó a temer lo peor, pero, me pregunté, ¿qué venía a ser lo peor en ese caso?, ¿dejar que todo se echara a perder por no decidirme a actuar fuera de la legalidad o bien… o bien, qué? La idea, que como si algún enemigo tuviese instalados micrófonos en aquella triste bodega ninguno de los dos se atrevió a pronunciar, atravesó de nuevo y como un relámpago por lo más recóndito de mi mente. Entonces decidí que no hay nada peor que acobardarse y luego lamentar no haber sido un auténtico irresponsable.
—¡Adelante! —indiqué, sin querer pensarlo ni un instante más.
Y allá se fue.
Cuando regresó, horas después y, por lo que comentó, con todo en marcha, Reina parecía poseído por tal agitación interna que, de valorarlo como debería, nunca me hubiera camelado. Pero como no estaba seguro del todo y tampoco tenía un plan alternativo, además de que había dado el visto bueno y no era plan dar marcha atrás, acaté cuanto dispuso.
Para llevarse al viejo —evidente eufemismo—, Reina solo iba a necesitar mi colaboración como chófer, pues en principio involucrar a alguien más no nos interesaba. Para eso, además de estar decidido y sacar fuerzas de donde fuese, aseguró, observándome con gravedad, debería mostrar mi lado más canalla. La expresión utilizada por Reina, justo antes de desaparecer de nuevo, esta vez con los cuatro mil euros y pico que yo tenía guardados en la artesa, para, al parecer, atar muy finamente los hilos de la trama, me hizo meditar con fruición durante la siesta. «Tu lado más canalla, pero canalla canalla», había añadido, «piensa en ello». Y pensé, sí, pero también pensé que yo no poseía esa cara salvaje y temeraria, ese temperamento audaz y desbocado de otras personas, ese proceder bravo y, al mismo tiempo, atrevido de los más procaces aventureros que no dudan en arriesgar cuanto tienen, incluso la vida, y que salen en novelas y películas o aparecen de improviso en la imaginación para llenar de sueños imposibles la monótona existencia de un individuo normal. Yo poseía, única y limitadamente, la palabra, algo así como una larga lista de vocablos muertos que, en un día inspirado, podía combinar para, quizás, construir algún que otro personaje vitalista y animoso que dejase huella en algún lector con más ganas de perder el tiempo o de evadirse que de sentir, pero que nunca sonaba a vivo porque no lo estaba, porque solo es tinta emborronando el papel.
No, yo no podía transformarme en uno de ellos. Crearlos, a lo mejor y con esfuerzo; ser uno de ellos, jamás. Era incapaz. Pero por otro lado consideré que ya no tenía nada que perder, estaba en las últimas de las últimas y, por mi enfermedad, por mi carácter, por mi desánimo ante el mal hado, no presentía más futuro que un constante y rápido desaparecer, justo hasta acabar. Acabar, duro palabro. Pero acabar esa búsqueda era lo que me mantenía vivo, lo que me sostenía y lo que tocaba, lo que aún me daba fuerzas para respirar. Acabar lo que con tanto empeño había empezado y que estaba teniendo en la figura de «ese loco irreverente de Reiniña» —creo que no lo dije, pero esa ha sido siempre la consideración que doña Carlota había tenido de aquel vecino descarado y buscavidas— el único apoyo. Lo haría por él. Por él y por mí. Y también por Serafín, por su memoria, diese en lo que diese. E incluso por mi madre y por Ana, por Lolo y por Marielisa y por Estrella, lo haría. Lo haría por cuantos me rodeaban —excepto por Evaristo Moreiras— y por todo lo que, de una forma u otra, había conformado mi insulsa existencia hasta entonces.
Yo esperaría en el taxi hasta que, en el momento oportuno, que vendría a ser alrededor de las tres de la madrugada, Reina me diese un tono de aviso en el móvil, entonces me pondría una peluca —la cabeza rasurada cantaba mucho, el gorro me hacía sospechoso— y el coche en marcha y, procurando esquivar la ronda de vigilancia, me acercaría a la puerta trasera que emplea el personal hospitalario para acceder al trabajo. Allí, si todo iba según lo previsto, los recogería, a él y a Pallares, para salir pitando. Grosso modo, ese debía ser el resultado final del plan. Todo perfecto, vaya. Pero, aunque lograra contener los nervios y cumplir con mi insignificante cometido, ¿cómo iba Reina a entrar y deshacerse del guarda privado, apostado día y noche en la puerta de la habitación de Ramón?, ¿cómo iba este a acceder a marcharse con su vecino taxista con el que ni se trataba?, ¿cómo iban los dos a sortear el control del encargado de planta?, ¿cómo lograrían atravesar el hospital, salir por la puerta y meter en el coche a un viejo geniudo sin levantar la más mínima sospecha?
—Eso corre de mi cuenta —fue su respuesta.
Tal entramado tenía sus riesgos, desde luego, pero debo decir que el taxista se había movido toda la tarde y parte de la noche para devanar en condiciones aquel ovillo. Por eso, ya de vuelta alrededor de las cuatro de la mañana y con el rapto consumado, mientras Ramón de Pallares, somnoliento y con la boca como reseca, amarrado por el cinturón de seguridad en el asiento trasero y con las bolsas de suero colgadas del asa derecha, mascullaba no sabíamos muy bien qué, Reina, sentado a su lado y echando un pestilente cigarro que le servía para desahogar, me contó la operación con todo detalle.
En primer lugar la enfermera de tarde, que mira tú por dónde no era otra que la tal Marica, justo antes de terminar su turno, le había añadido un somnífero a la dosis intravenosa del paciente de la cama dos de la habitación siete del segundo piso, lo que lo transformó en un auténtico lirón, y anotó en su parte individual que no se le administrara más suero que el prescrito para antes de medianoche, lo que eliminaba cualquier visita inoportuna posterior a la habitación del auxiliar de turno. La inocente colaboración de la sanitaria salió más que barata en el aspecto económico y no hizo falta regatear, sino todo lo contrario. «Toma mil euracos para algo así como darte un capricho, mujer», exclamó Reina, con una sonrisa.
El segundo y último cómplice, que hacía horas extras como subalterno de guardia y para todo, al que no quiso poner nombre, pues su actuación había tenido más riesgo y compromiso —también había cobrado exactamente el doble, la mitad antes y la otra mitad al rematar la faena—, estuvo atento a facilitarle la entrada, proporcionarle una bata y una silla articulada y, a partir de las dos, vigilar si el guarda privado iba a echar una meada o, de no darle por ahí a la vejiga, como realmente sucedió, de acercarse al hombretón aquel con el que ya había contactado por la tarde y proponerle compartir cafetito y tertulia futbolera en la sala de espera del fondo del pasillo. En esa simple jugada radicaba el éxito o el fracaso del plan. Como había supuesto, el amodorrado guarda, al ser las tantas y estar todo tan calmado, no vio mayor problema y aceptó la invitación. Así, metieron las monedas en la máquina expendedora y, como sucede entre colegas recientes y para enredarse en tan elevada discusión, consideraron adecuado arrimar la puerta, no fuera que alguien desde un cuarto escuchase sus tácticas. Ese preciso instante lo aprovechó un audaz Reina para, con guantes, embozo y mucho sigilo, pasar con la silla de ruedas por delante de la garita de servicio con la puerta entornada donde echaba una cabezada el auxiliar de guardia, entrar a oscuras en la habitación número siete, descubrir el liviano y en pijama cuerpo de Ramón y acomodarlo en la silla acompañado de la bolsa de suero que, tan adrede, habían olvidado retirarle. También dejó la almohada ocupando su lugar en el lecho. Ni treinta segundos le llevó sacar del pasillo aquel fardo de piel y huesos e instalarlo en el compartimento de los productos de limpieza del mismo piso. Luego le dio un tono de aviso con el móvil al liante del café, que tardó algo más de lo previsto en deshacerse del sesudo guarda, pero que se presentó para concluir la faena: con toda naturalidad trasladar al anciano, un enfermo terminal al que la familia prefería ver morir en casa —esa sería la coartada que esgrimirían de presentarse cualquier complicación, lo que no sucedió—, por el somnoliento laberinto hospitalario y sacarlo por la puerta de servicio. Allí los esperaba yo, con una melena de prestado, la mirada inquieta y el corazón avanzando a desacompasados saltos por el pecho.
Ya en la bodega, sentados delante del catre en el que colocamos el cuerpo de Ramón, que masticaba la pastosa saliva y parecía despertar lentamente, los dos nos miramos y, como embazados por la complicidad en el delito que acabábamos de cometer, no dijimos nada porque seguramente nada había que decir. Desde el inicio del plan resultaba evidente que Reina estaba tan involucrado como yo, o más, pues él había sido el brazo ejecutor de un rapto alevoso y nocturno, además de sobornar al personal —que, por cierto, negarían cualquier colaboración en caso de que los nombrásemos ante un juez— y por mucho que en mi declaración me hiciese único responsable o dejase claro que esa noche solo había contratado un taxi para que me transportara a Monforte, su cara le sonaría a alguien del hospital y todo, de una forma u otra y porque la policía no puede ser tan estúpida, lo implicaría. Lo único que en ese momento podía hacer por él era aliviarle la carga de lo que vendría, por eso dije, sin convicción:
—Será mejor que te vayas.
—¿Irme? —preguntó, extremadamente desconcertado—. ¡No me jodas, Charly! ¿Ahora que empieza la verbena quieres que me vaya? Mira, no sé si mi deseo de saber lo que pasó aquella noche es tan fuerte como el tuyo, pero te puedo asegurar que no me deja salir por esa puerta. Así que me quedo, si te parece.
—No soy quien…
—Entonces no hay nada más que hablar, me quedo —resolvió—. Además, tú solo no podrías con este cernícalo. Será duro de roer, te lo aseguro.
—Ya sé que hay que ser un tanto canalla para…
—No solo canalla, sino cruel —sostuvo—. Piensa que en un par de horas tendremos un ejército de guardias civiles rodeando la caseta y montándonos la película. Y todo lo que hemos hecho hasta ahora no servirá de nada si no habla enseguida. Y no hablará porque no creo que le interese hablar, a no ser que nos pongamos muy, pero que muy en serio. Así que, con la prisa que tenemos, o armamos algo rápido y eficaz o ya nos veo pringaos a los dos.
—¿Qué propones? —pregunté, seguro de que ya había ideado algo.
—Propongo que primero actúes tú, que lo intentes por las buenas o como te salga. Diez, quince minutos, máximo. Luego, como sé lo cabrón que es y que no le sacarás nada, entro yo en acción y le aplico mi fórmula. Y listo.
—¿Tu fórmula?
—Fórmula, método… Llámalo como quieras. Algo drástico.
—Ten en cuenta que no podemos torturarlo.
—¿No podemos torturarlo? ¿Pero qué dices? ¡Podemos y lo haremos! —exclamó Reina, con tanto énfasis y gravedad que me asustó—. ¡Y cuanto haga falta! Ten por seguro que este falangista de espíritu y raza nos arrancaría los huevos si el viejo Moreiras se lo pidiera. ¡Y no solo eso, también nos los rebanaría y nos los metería en la boca como hizo con…!
—¡Calla, por favor! —Y miré al viejo—. Parece que se despierta.
—Marica dijo que lo haría algo atontado, pero que con unos tragos de agua y unos cachetes estaría preparado. Hazlo así —medio ordenó, serio—. Yo me voy fuera a echar un pitillo y respirar. Si no me avisas, cuando vuelva a entrar, no digo que te marches, pero, por favor, no intentes detenerme porque ya no seré yo. ¿De acuerdo?
No sé si asentí o qué precaria contestación di a la despiadada pregunta, lo cierto es que, mientras Reina cogía algo en el estante de las medicinas y salía, yo miré para el indefenso cuerpo de Ramón y sentí pena. Simplemente pena. De él y de mí.
Tras dos tragos de agua, le di unos leves golpecitos en la mejilla para devolverlo a la realidad mientras lo animaba con un «Vamos, señor Ramón, vamos, que tenemos que hablar». Pero él, desde su vidriosa y mustia mirada, como si no fuese consciente de dónde estaba o quién era realmente yo, no dejaba de mirarme con un raro estupor. Y cuando, pasados unos minutos, decidí que estaba consciente y que podría comprender cuanto le dijera, sin dilación apunté a la cuestión que le planteara la otra vez:
—Señor Ramón, ¿qué fue lo que pasó aquella noche en la taberna de Mazarelos? ¿Qué fue de Estrella y de su hija y de toda la familia Mazaira? ¡Cuéntemelo, vamos! ¿Qué tuvo que ver Serafín en todo aquello? ¿Por qué dejaron de hablarse si de jóvenes eran tan amigos? ¿Por qué…?
—¡Cállate de una vez, sarnoso! —bramó, despectivamente, como si quisiera dejar claro que, a pesar de su debilidad, no se sometería—. ¡Eres tan cagón como él y no te voy a contar nada de nada!
Después de esta intervención, Ramón cerró los ojos casi con placidez y se dejó estar en la cama como un pajarillo escondido bajo la manta que yo mismo le había acercado para que no cogiese frío. Y ya no volvió a hacer caso de mis preguntas ni movió un solo músculo, sino que permaneció totalmente impasible, como si las acusaciones le resbalasen del pensamiento o mis agitadas amenazas no fuesen capaces de asustarlo lo más mínimo, y eso que a nivel de términos y de entonación eran extremadamente duras —digamos, para que se entienda, que eran lo más canalla que yo podría emplear con una persona mayor e indefensa—. Y así, por más que grité e insulté, por mucho que le recordé aquel suceso y quise negociar y evitarle la vergüenza de darlo a conocer, incluso después de cogerlo por los hombros y zarandearlo con mi escaso vigor, no logré sacarle otra palabra. Él era un viejo tozudo, y yo, un inepto incapaz de concebir una malvada acción para que contara algún detalle que arrojase luz sobre aquel pasado en el que tenía puestas, quizás injustificadamente, mis esperanzas de redención. Y así, preso del desánimo, más abatido que nunca, arrimé una silla, me senté en ella, me restregué el rostro con las manos y esperé a que Reina apareciera por la maldita puerta para ayudarme y, de paso, sembrar el terror.
Cuando entró, me miró y ni siquiera fue necesario que le hiciese un gesto con la cabeza para que se diera cuenta del fracaso. Entonces cerró el postigo con tal estruendo que alertó al viejo, se acercó hasta él y, sin contemplaciones, sin decir nada, apartó la manta, cogió de cualquier manera aquel cuerpo a punto de romperse, lo arrojó con saña sobre la silla de ruedas y lo asentó en ella. Vi que Ramón de Pallares, con los ojos muy abiertos, se estremecía con el desaforado trato, pero no protestó ni dijo nada, ni siquiera cuando Reina, con un cordel de los que se emplean para atar las vides, le amarró férreamente las extremidades y el pecho, este con varias lazadas al respaldo. A continuación, empujó la silla y la colocó junto a la pared, mirando hacia el centro de la estancia, sacó del bolsillo una bolsa de suero que se había traído del hospital, la colgó en un palo que sobresalía entre dos piedras a dos palmos de la cabeza del viejo, quien seguía las maniobras sin perder detalle, y, conectando con habilidad las gomas al mecanismo de regulación del líquido intravenoso que seguía prendido con esparadrapo al dorso de la mano izquierda de Ramón, puso a funcionar el gotero.
La operación, de la que puedo asegurar que una enfermera experimentada no la desarrollaría con más maña, nos tenía como asombrados espectadores al viejo y a mí, seguramente porque ninguno esperaba que el papel de duro que a Reina le tocaba representar fuese por ese camino. Pero lo que siguió fue todavía más extraño, pues el taxista, serio, callado, como un autómata sin el menor asomo de duda, sacó de la faltriquera un frasquito con una etiqueta blanca y cogió una jeringuilla del estante de las medicinas. Enseguida agitó el recipiente, lo miró frente a la lámpara del techo y, cuando lo consideró oportuno, introdujo la aguja por el tapón de goma y absorbió casi la mitad del líquido que contenía.
—¿Qué es eso? —pregunté, mordido por la curiosidad.
—¡A ti qué coño te importa! —fue su brusca respuesta. Luego me espetó—: Si prefieres irte, Charly, hazlo ahora, antes de que sea tarde. Si no, ¡cierra el puto pico!
Tragué la saliva que repentinamente se me vino a la boca y observé que Reina miraba al viejo con odio, como calculando la dosis que le iba a aplicar, por eso optó por extraer todo el producto y, posando el frasco vacío en la mesa de al lado, empujó el dosificador para eliminar el aire hasta que de la punta de la aguja salió una minúscula gota. Finalmente, como con todo dispuesto, me dio la espalda y encaró al viejo armado con la jeringuilla en la mano derecha. Fue entonces cuando, sin poder aguantar más, me levanté, cogí el frasco y leí la etiqueta, que mostraba una calavera roja en una esquina.
—¡Pero esto…! —me espanté—: ¿Qué hostias haces, Pepe? ¡Esto es veneno!
—Veneno, no, ¡matarratas del más fuerte que he encontrado! —soltó con desprecio hacia Ramón, que se retorció un poco al escucharnos—. ¡El necesario para acabar con este mal bicho! ¡Y cuanto antes mejor!
—¡No te tengo miedo, hijo de puta! —bramó entonces el viejo, componiendo una colérica máscara con el rostro desencajado y los tendones del cuello saltando con cada crispada sílaba que pronunciaba—. ¡Que te den por el culo, cacho cabrón, hijo de perra! ¡Nunca le he tenido miedo a nada y ningún mierda como tú me va a hacer hablar!
Pero Reina, con la jeringuilla delante de los ojos del viejo y aguantando sus improperios —desde morderle el alma a dentelladas, abrirlo en canal como un cerdo y colgarlo de una viga para que lo comieran los cuervos, que fueron algunas de las amenazas con que lo agasajó, que yo recuerde, además de revolcar sin contemplaciones a toda su familia en algo peor que excrementos—, ni se inmutó. Y así, una vez transcurridos los escasos dos minutos que Ramón de Pallares empleó para, al tiempo que se removía intentando desatarse, gritar escandalosamente y, poco a poco, ir cediendo hasta cansarse y callar, Reina solo le espetó, rechinando los dientes, con una voz tan ronca y cavernosa que me dio miedo:
—¡Es la hora! Entonces el viejo se quedó quieto y, realmente asustado, abrió la boca y los ojos. Reina añadió:
—Pero antes te voy a aclarar algo, Ramón. Te equivocas si piensas que soy como este. —Y gesticuló hacia mí—. Él solo quiere que hables, yo quiero matarte —pronunció con frialdad. Y enseguida, tensando los labios al hablar, completó—: Pero matarte lentamente, para que te retuerzas y te duela y pagues todo lo que has hecho en tu puta vida. ¿Entiendes lo que digo, Ramón? ¡Quiero que sufras como un perro antes de palmarla!
Cuando yo ya consideraba que Reina había conseguido su objetivo de amedrentarlo y que no iría más lejos, llegó la respuesta del viejo, que no fue otra que amontonar saliva en la boca y, con desprecio, lanzarle un escupitajo tan pastoso que a él mismo se le quedó desparramado por la barbilla. Reina, indiferente, sonrió y, sin hacerle caso, se limpió con la manga, se acercó a la bolsa de suero con la jeringuilla y se dispuso a introducir el líquido. Entonces yo, puedo decir que dominado por ese repentino arrebato de compasión que todos tenemos dentro y no podemos remediar y que otros llaman misericordia, pensé que no podía dejar que lo matase. No podía. Por mucho daño que el viejo hubiera hecho, por muy cruel y malnacido que fuese o por muy manchadas de sangre que Ramón de Pallares tuviese las venosas y rudas manos, no podía dejarlo morir, y menos así. Era un vecino más, una persona que había cometido errores, como todos los cometemos alguna vez, pero tenía un corazón, tenía una familia, tenía una vida y… y era el padre de Ana. Quizás fue por todo eso o por mucho más que no acertaría a explicar, por lo que me eché hacia delante y agarré a Reina por los hombros. Recuerdo que al hacerlo fui consciente de estar dispuesto a todo, incluso a pelear hasta el límite de mis fuerzas, que no eran muchas, desde luego, para evitar que mi amigo le procurase a aquel desalmado representante de la raza humana el fin que seguramente merecía. Era cierto que estaba defendiendo a un asesino, pero por lo menos en aquel instante yo no podía verlo así, no, porque mi propio padre también podría haberlo sido y no hubiera deseado que acabase con un suplicio como el que el despiadado taxista había tramado aquella madrugada. Pero el intento fue visto y no visto, porque Reina, en cuanto se percató de mis intenciones y delante del perplejo viejo, reaccionó propinándome un violento sopapo que no solo me hizo recular, sino que derribó mi cuerpo como un fardo sin energía e hizo golpear mi cabeza contra la pata de madera del catre. Sentí, al tiempo que el dolor del golpe, la sangre caliente de un corte en el labio que me llenaba la boca y, al momento, la brutal voz de Reina dirigida a mí:
—¡No te metas, Charly, no te metas! Tu oportunidad ya ha pasado. ¡Ahora me toca a mí!
Impotente, dolorido, tirado en el sucio suelo, me di cuenta de que ya nada estaba bajo mi control. Parecía que había llegado la hora de la violencia, la hora de un desconocido y cruel taxista dispuesto a imponer su ley hasta las lindes del despropósito. Y no se lo podía permitir. Por eso traté de incorporarme mientras le recordaba la animalada que estaba haciendo, que debía recapacitar antes de… Pero Reina, aquel hombrecillo contratado las veinticuatro horas de cada día para servirme fielmente, harto de mi insistencia, ni siquiera dejó que acabara la frase, me largó un puntapié en las costillas que me devolvió al sitio. Así, encogido por el dolor y esparrancado en el suelo, observé cómo vaciaba el contenido de la jeringuilla en el suero, cómo cogía una silla y cómo, con toda la pachorra, se sentaba para algo así como gozar del espectáculo de observar el camino sin retorno que le procuraba al viejo falangista.
Imposibilitado para moverme, pensé que aquel proceder era el sumun de la crueldad humana y lamenté haber dado con aquel monstruo. ¿Cómo había podido confiar en él?, ¿cómo había sido capaz de entregarle mis secretos, mis sentimientos y, casi, poner en sus manos mi vida? Concluí que solo un desahuciado, una persona sin esperanzas y, además, solitario y sin ayuda —realmente a eso había llegado yo—, podía caer en las redes de un ser tan despreciable. Entonces me pregunté a qué vendría ese giro hacia el mal. ¿Tenía Reina algo que ver con Pallares o había desarrollado, gracias a mí y repentinamente, ese demente odio? La respuesta llegó al momento, cuando el torturador hizo su larga y hasta diría que sádica proclama dirigida al viejo:
—Me he estado informando y los efectos de este raticida dependen de cada uno, pero en un animal como tú, Ramón, y porque te lo he metido diluido, yo diría que pueden empezar por una vasodilatación general. Sentirás algo así como un mareo, para enseguida, en cuanto penetre algo más la dosis, producirse una necrosis parcial e insospechada, lo que traducido a tus conocimientos quiere decir que se te irá paralizando alguna parte del cuerpo. ¿Hacemos apuestas, a ver qué muere primero? ¿Será un ojo, una mano, o quizás la lengua? ¿Irá primero al bazo, al pulmón o les tocará a los dos a la vez? ¡Quién sabe! ¡Da lo mismo! El caso es que habrá coagulación en unas partes y hemorragias en otras. Se producirá lo que los yanquis denominan un shock. ¡Un hostiazo, vaya! ¡Pero un jodido hostiazo interior, para que lo entiendas! Entonces te retorcerás con el dolor y por uno de tus orificios, cualquiera de ellos, saldrá algo así como un líquido mezclado con sangre. Puede ser baba, puede ser orina, puede ser cualquiera de esas repugnantes cagarrutas que llevas por dentro. Incluso el alma, si me apuras, te saldrá para fuera. ¿O es que de eso no gastas? Puede que nunca la hayas tenido. Ah, me olvidaba, y el corazón también pasará las suyas. Ese pedrusco que tienes incrustado en el pecho empezará a golpear duro y a querer pararse, lo mismito que cualquiera de esos viejos cacharros que aún circulan por las carreteras. Pero esta vez lo hará poco a poco, muy poco a poco, para que sientas que en esa especie de borrachera todo se acaba sin terminar de acabarse. Y resollarás, sudarás, y te faltará el aire, y se te bloquearán los tendones, y tendrás una parálisis tras otra. Y agonizarás, y sollozarás… En fin, nada comparable a lo que le hiciste a mi pariente de Mazarelos y a su familia. Sí, no te espantes ahora, no merece la pena: Pepe del Mazaira era primo de mi padre.
Y con eso es suficiente para que sepas que no te puedo perdonar. Aunque me lo suplicaras, tengo toda una recua de difuntos chuzándome el cerebro y no puedo. Aunque quiera, aunque hayan pasado setenta y tantos años desde entonces, no puedo perdonarte, Ramón. No. Ellos, desde el más allá, no olvidan. Por eso mismo no tengo la preocupación de este por que le cuentes si su padre estaba o no en aquella cuadrilla, de que a lo mejor se alivie cuando sepa la puta verdad de lo que hicisteis por orden o no de don Evaristo. Por mí puedes contárselo o guardarlo todo dentro a ver si así revientas de una vez. Yo también creo, como tú, que porque uno tenga un cáncer y se vaya a morir un día de estos no se acaba el mundo. Hay cosas peores, ¿no crees? Cosas que no tienen cura. Que te mire a ti, que te mire y tome nota. Que deje de arrastrarse y lloriquear como un cretino y piense que podría estar en tu pellejo, sin apenas tiempo para gimotear. ¡Pero yo no voy a hacerle pagar a él las que hizo su padre, no! Tú a lo mejor sí, porque eres un malnacido. Yo solo te voy a hacer pagar a ti todo lo que les hiciste a los míos. ¡Pero todo! Y mira que me he aprovechado de su búsqueda, mira si soy mala persona que prefiero verte convertido en un chorizo criollo que alegrarle la vida. Veo que masticas, veo que te mueves porque a lo mejor te gustaría tener tiempo para cualquier cosa. Excusas, Ramón, excusas retorcerte o pedir clemencia. Y te diré algo más, para acabar de completar la vendetta, porque esto lo aprendí de los italianos en los años que pasé en América: también me ocupé de tu familia. Sí, de tu familia, para que veas. Mientras estaba ahí fuera, y como sabía cómo eras y en lo que daría lo tuyo con este, he hecho una llamadita a casa de tu yerno. No he tenido suerte, porque me ha cogido tu hija. Sí, ella, Ana. ¡Le he contado lo que pasaba y no me creía! Pero le he dicho que llamara al guarda del hospital para comprobarlo y le he advertido que no se le ocurriera avisar a nadie de fuera, que sería mucho peor. Le he dicho que se dieran prisa en venir si no querían encontrarte tieso. Y lo que son las cosas, están de camino. Por eso me pregunto: ¿será posible que todavía haya alguien que te tenga aprecio? ¡Vaya sorpresa! Calculo que en tres o cuatro minutos se presentarán aquí, los dos, porque a los nietos es mejor dejarlos aparte, ¿no crees? En fin, que vendrán y sabrán por mí o por este infeliz de las letras quién eres y lo que hiciste, porque tú, con esa mierda que te corre por las venas, no creo que llegues a tiempo de contárselo. Pero como me gusta jugar, como me gusta arriesgar, hasta que lleguen te voy a dejar a solas con el hijo de Serafín. A él, porque no puede con su carga y no quiere pasar por la cuchilla, también le queda poco. No sé, por si tenéis algo que deciros. Aunque si de mí dependiera, Ramón, ten por seguro que yo pasaría de mover un dedo por ti. ¡Yo en su lugar, porque eres puro estiércol, o peor, porque ni tienes sentimientos ni te has arrepentido nunca de todo el daño que has hecho, yo me sentaría a mirar cómo te retuerces y te mueres lentamente como un puto perro rabioso!
Nada más decir esto, Reina se levantó y, todo resuelto, sin ni siquiera mirarme, salió.
En el cochambroso cuartucho de la bodega, aquella a la que se acercaba mi padre cada tarde de su desasosegada vida para quitar malas hierbas entre las cepas, recoger las herramientas o podar las vides, aquella desde la que se divisaba, como una penitencia, el lugar de Mazarelos donde había sucedido lo que solamente la memoria de Ramón de Pallares guardaba escondido, en aquella fría y minúscula estancia custodiada por un cosmos sembrado de estrellas pero completamente ajeno, en ese cubil que yo había convertido en triste morada, allí nos encontrábamos el poseedor del secreto y el que lo ambicionaba, el viejo falangista comido por el mortal raticida y el apesadumbrado enfermo, con la cabeza y el labio abiertos y, seguramente, con varias costillas rotas. Dos calamidades juntas, dos meras inmundicias que tal vez se odiasen, tal vez se necesitasen, tal vez estuviesen dispuestos a desaparecer juntos para siempre.
Los humanos, además de ser criaturas insignificantes, tenemos cosas peregrinas, de esas que acontecen de improviso y sin saber por qué. Por eso mismo pienso que la verdadera existencia es una sucesión de momentos sobre los que tú no tienes ni el más mínimo control. Pasas por la vida consumiendo un segundo tras otro, un minuto tras otro, instantes y más instantes de un tiempo que nos es dado y que no sabemos aprovechar. Pero la cuestión relevante no es si esos instantes son muchos o pocos, sino si son especialmente intensos y si te dan lo esencial. ¿Y qué es lo esencial?, pregunto. La única respuesta que se me ocurre es, por resumirlo, sentir. Sentir, sí, ya sea con el cuerpo o con el espíritu, sea la sensación que sea, pero sentir. Lo demás parece puro relleno.
Llevaba semanas, justamente desde que me habían comunicado la enfermedad y había empezado a quemarme por dentro, intentando aprovechar cada instante, intentando por lo menos concretar los sentimientos. Y había pasado por todo, desde el deseo de venganza hasta un desmesurado afecto, desde el odio intenso hasta la simple perversión moral, de casi todo había tenido, menos misericordia. Pero viendo a aquel hombre aturdido e indefenso delante de aquel gotero ya mediado que lo llevaría por el más oscuro camino, no tuve otra alternativa que ceder. Y no fue una rendición ante el mal, no fue perder la guerra que había librado con el pasado, ni siquiera fue un rebajarse ante el miedo a la justicia de los hombres que, presuntamente, se haría cargo de mí en el escaso tiempo que me quedaba. No. Tampoco la debilidad. Fue algo así como una rara e inefable inquietud interior la que me obligó, penosamente, a arrastrarme hasta donde Ramón permanecía atado, alargar el brazo y arrancarle la aguja clavada en el dorso de la mano. Lo hice porque sí, seguramente sin él merecerlo, sin yo pensarlo bien, contradictoriamente tal vez, pero lo hice. Y luego caí desfallecido, boca arriba, al pie de su silla y con una sensación de vacío tal que si me hubiera muerto en aquel instante tampoco me habría importado.
De aquellos momentos lo conservo todo grabado en la mente, cada ruido, cada olor, cada extraña latencia, por eso recuerdo que, con los ojos cerrados pero amarrado a la realidad por el contacto con la fría tierra, escuché una lamentosa voz que como una serpiente venenosa se deslizaba por el suelo y llegaba hasta mí:
—Aquella noche… aquella noche no se borrará nunca.
Quien hablaba era Ramón, y lo hacía rebañando los sonidos de la garganta, confundiéndolos a veces, en un estado de lasa embriaguez que atribuí a los primeros y devastadores efectos del veneno y que, ciertamente, le trababa la lengua. Pero como ya no podía ayudarlo más, y porque él seguía lamentándose y yo intentaba entender su difuso parlamento, nada dije.
—Te voy a contar lo que pasó, te lo voy a contar para que veas con lo que hemos tenido que cargar desde entonces. Aquí a la ribera llegamos en dos coches. En uno iba yo, con el Trécolas y, sí, Serafín, tu padre, que conducía porque no había bebido. Pero el Trécolas y yo estábamos algo mamados. Veníamos de celebrarlo en casa de don Evaristo y… Allí habíamos cogido las armas y disparamos por todo Escairón para asustar y festejar que España, por fin, se ponía en pie. Porque era un día de fiesta, ¡vaya si lo era! Sabíamos que los que habían ido a Lugo se habían llevado un buen repaso y las cosas se iban aclarando. Todo consistía en, llegado el caso, actuar rápido, como nos habían dicho que había que hacer, y dar un escarmiento a aquellos jodidos campesinos de la milicia. Y listo. Don Evaristo, que también había bebido mucho y estaba cabreado por lo que le habían hecho el día anterior, dio las órdenes y todos se dispusieron para lo que mandara, fuera lo que fuera. Pero a nosotros… a nosotros nos reservó para lo suyo. Id a buscar a Serafín y salid a Mazarelos, dijo, rechinando los dientes. Odiaba a Pepe, sí. Y no por ser un bocazas ni por estar metido en la Agraria. ¡Qué va! Era por ella. Todo lo que guardaba dentro y tenía en su contra era por ella, por su mujer, así que… ¡La puta que nos parió! ¡Al diablo con todo! Vinimos y…
En aquel momento percibimos el motor de un coche que llegaba, su frenada en la gravilla y, enseguida, la agitación de unas voces que cortaban la noche. Ramón se calló un instante, lo justo para escuchar una rápida conversación en el exterior en la que participaba Reina. Luego sentí cómo una ráfaga de aire fresco, producida por la apertura de la puerta, me enfriaba el sudor acumulado en las sienes. Pero ni abrí los ojos, tan contrariado me vi por la interrupción del relato.
—¡Papá! —se espantó una voz de mujer.
—¡Ramón! —se alteró casi al tiempo otra, esta masculina, acercándose—. ¿Qué le habéis hecho?
—¡Dejadme! ¡Sentaos! —ordenó entonces el viejo. Y aunque hubo protestas e intentos de liberarlo, Ramón chilló de nuevo, desaforadamente—: ¡Sentaos, joder, sentaos de una puta vez, que quiero contaros algo!
—Ramón, Ramón, piense que no tiene que contar nada —se apresuró a decir Evaristo—, piense que lo que le han hecho…
—¡Cállate! —gritó de nuevo—. ¡Cállate la boca y siéntate! Tengo poco tiempo y, ahora que he empezado, quiero contarlo. No me quiero morir con esta carga.
—No necesita… —insistía Evaristo.
—Aquella noche vinimos hacia aquí dispuestos a acabar con los Mazaira —impuso el viejo.
—¡Papá, papá, por favor! —La voz de Ana parecía desfallecer.
—Escucha, hija, escucha, porque lo que hicimos ahí en Mazarelos no tiene nombre. Pero tienes que saberlo. Quiero que lo sepas.
A partir de ese instante y en una fría bodega en el Cabo do Mundo, sobre los que el destino había reunido para rendir cuentas con el pasado, cayó, como una losa, toda la verdad. Con Ana sentada y llorando en una silla, con el receloso Evaristo arrimado junto al catre, con Reina de pie en la puerta y conmigo todavía tirado por el suelo, la rota y repetitiva voz del anciano fue recordando aquel funesto suceso en una confesión que a lo mejor necesitábamos, pero que hubiéramos deseado no haber escuchado nunca. Los hechos, más o menos, los contó así:
—El Trécolas y yo fuimos a buscar a Serafín y le dijimos que tenía que venir con nosotros, que don Evaristo lo requería y que era importante. Él dudó si venir o no, tal y como estaban las cosas, pero yo lo convencí de que le convenía, que no podía quedar retratado. Éramos compadres y, al final, no pudo negarse. Pero quiso conducir él, porque nosotros estábamos como cubas. Ya en la camioneta le dijimos que tirara hacia Mazarelos. No dijo nada, pero torció el gesto al vernos así armados, como si presintiera que íbamos por ellos. Porque íbamos por ellos, con toda la intención. Él no lo sé, pero el Trécolas y yo lo teníamos claro. Don Evaristo estaba frenético porque el día anterior los de izquierdas lo habían retenido en su casa, junto a toda su familia, y porque se habían reído de él y no le habían dejado ni hacer una llamada. Y allí, con los de la Agraria que no paraban de insultar, había estado todo el día Pepe del Mazaira. Pero en unas horas todo dio la vuelta y…
Entonces reunió a una cuadrilla de hombres y ordenó la detención de todos los que habían estado en el ajo. Y repartió armas y dinero y prometió que iba a haber más premio si… Pero para nosotros tenía reservado lo mejor. O eso dijo.
—¡No quiero escuchar más mierda! —protestó en aquel instante Evaristo—. No tengo por qué aguantar…
—Puedes marcharte cuando quieras —lo cortó el viejo, y el yerno permaneció en su sitio—. Puede que ya lo supieras, porque en cuanto viste lo que le hicieron al Curuxás te faltó tiempo para despedir a los portugueses de tu padre y meterlo a él en la residencia. Y buena prisa te diste en quitarle el mando y… Pero aquella noche fue él quien dio todas las órdenes, como siempre hacía, todas. No voy a decir que a mí no me gustara, pero… Nunca he tenido compasión de nadie… Ahora ya da igual. El caso fue que antes de llegar al Pousadoiro, ya con noche cerrada, notamos que un coche nos daba las luces por detrás. Era él, que quería estar presente y hacerlo a su modo, quería… quería estar con Estrella, la mujer de Pepe. Con los dos coches bajamos lentamente por la pista hasta aparcar en la campa que había antes de la cantina. Allí mismo lanzamos unos tiros, para que los vecinos de Lagar, de Cuñas, del Pousadoiro, de Sabariz…, para que en todas partes se enteraran de lo que había, ¡qué coño! Y de que íbamos en serio. Como conejos, cerraron todas las contraventanas, y desde ese momento no se vio una triste luz asomar a los caminos. Y, sin miramientos, tiramos la puerta a patadas y entramos como diablos dispuestos a cualquier cosa. Estaba todo a oscuras, pero encendimos unos hachones y la buscamos por la casa, en el granero, por todas partes hasta que dimos con ellos, con los dos, porque Pepe había vuelto no sabemos ni cómo de la escabechina de Lugo. Los encontramos encogidos junto a las cuadras, en una especie de gallinero, él muy malherido y tratando de proteger a su mujer, pero sin fuerzas, sin armas, y ella en camisón, con la barriga enorme, con… Los llevamos arrastras hasta la taberna, donde esperaba don Evaristo sentado en una mesa y con una botella de aguardiente ya casi vacía, con la mirada encendida como pocas veces le había visto. Y allí sucedió. ¡Allí sucedió, me cago hasta en la zorra que nos parió a todos, allí sucedió todo, alumbrados por la luz de unas putas candelas! De lo que recuerdo, ¡que me quede ciego si sabíamos lo que hacíamos! O si lo sabíamos no tuvimos cuidado alguno. Mientras el Trécolas agarraba a la mujer, yo le destrocé a culatazos los brazos y las piernas a Pepe, yo le rompí los huesos, uno tras otro. ¡Y don Evaristo que quería más! ¡Dale, dale!, decía. Y yo le daba y él gritaba enardecido. Y cuanto más gritaba él, más le daba yo. Pero debía mantenerlo consciente para que pudiera ver lo que al parecer iba a pasar. Después de la paliza ya no hizo falta ni atarlo, solo amordazarlo con un trapo para que dejase de quejarse. Creo que fue en ese momento cuando Serafín se decidió a protestar. No había bebido y conservaba todas las luces, por eso quiso detenerlo antes de que fuera a más. Entonces don Evaristo se levantó y le llamó de todo, como para provocarlo. A empujones, le mandó ir por la horca al cobertizo, para el estiércol, según le dijo. Y él, para librarse de aquel asedio, prefirió bajar la cabeza e ir a buscarla. Mientras estuvo fuera no pronunciamos palabra, ni la primera, bastaba con mirar, pero cuando Serafín llegó con la horca en la mano, don Evaristo le ordenó que sacara el estiércol. El estiércol era Pepe y quería que le clavase los ganchos y lo arrastrara fuera. Tu padre se negó con la cabeza y entonces don Evaristo le arrebató la escopeta al Trécolas, se la puso en las manos y, arrinconándolo allí mismo, le gritó: ¡Quítate de mi vista, cobarde! ¡Si no tienes cojones ve a vigilar si a algún vecino le da por aparecer! Al principio pensé que Serafín se opondría, que… Pero no. Me miró como para preguntarme si estaba con él o con el amo. Entonces yo… yo volví la cara hacia él y se dio cuenta de que no le merecía la pena seguir adelante. Y allá se fue, bufando su disconformidad, mientras nosotros, ¡la puta que nos parió!, mientras nosotros rematábamos la faena.
—Pero… ¿qué hicisteis, papá? —sollozó Ana—, ¿qué fue lo que hicisteis?
—¡Todo el daño posible! ¡Y más también! Los tres le habíamos echado mucho vino al cuerpo y, no sé, en aquella época disfrutábamos haciéndolo, maltratando, de tanto que nos azuzaba don Evaristo con los rojos. Estábamos mamados, pero teníamos el poder de las armas, todo el poder de nuestro lado y, una vez allí, ya no hubo manera de parar. Aunque quisiéramos, no podíamos. Entonces, con lo que quedaba de Pepe arrimado a una pared, don Evaristo nos obligó a coger a Estrella y desnudarla. Todos sabíamos que estaba loco por ella, que la deseaba, que… Le rasgamos el camisón y…, preñada y todo… ¡Dios que nos hizo! Éramos jóvenes, acabábamos con todo en las noches de juerga… Nos mandó tumbarla boca arriba en una mesa de la taberna y abrirla de piernas para él. Entonces cogió una botella del mejor licor que había allí, le arrancó las bragas y el sujetador y le empapó el coño y todo el cuerpo. Nosotros la sujetábamos y Pepe nos miraba como alelado sin poder hacer nada, que no conseguía ni retorcerse de tanto hueso como le había partido. Así fue como don Evaristo se vengó de él, porque follándose a Estrella, lamiéndole el cuerpo, actuaba para él. Todo para él. Y le hablaba de aquel coño peludo, prometía metérsela por todos los agujeros, incluso por el culo, morderle las tetazas… ¡Yo qué sé lo que le dijo! ¡De todo y más, cuanto se le pasó por la cabeza! Pero con cada palabra que daba, al Trécolas y a mí nos comían los demonios por gozar de aquel cuerpo nosotros también. ¡Habrá para todos, habrá para todos!, prometía don Evaristo, que no tardó en bajarse los pantalones y, con aquella barrigaza y todo, esparrancada como la teníamos, espetársela allí mismo. Y yo lo veía empujar, jadeando, mientras bebía de la botella y le caía la baba gimiendo como un buey sobre ella…
Recuerdo que en ese momento solo pensaba… pensaba en cuándo me tocaría y… Después de don Evaristo fue el Trécolas, que yo quedé para el final. ¡Dale, dale, bramaba don Evaristo como un animal fuera de sí, como si no hubiera nada comparable a aquella venganza! Y nosotros le dábamos, sí, le dábamos hacia dentro en aquellas carnes blancas como si no viéramos otra salida para este puto mundo. ¡La madre que nos parió a todos! —El viejo sollozaba o gemía en un extraño rictus. Pero continuó como si un escozor interno asediase su cuerpo y su mente—: Así nos lleve el diablo, ¡lo bien que lo pasamos! ¡En aquel momento no había Dios ni había infierno, que estábamos poseídos por el demonio y no había tutía! No sabíamos lo que hacíamos, pero lo hicimos, porque había que hacerlo, porque eran tiempos duros los que se acercaban, porque… Lo hicimos, y en un primer momento no nos pesó, ni siquiera cuando don Evaristo, antes de marcharnos, sacó una pistola y sin más ni para qué, le pegó un tiro en un ojo a Pepe. Así, solo a él. Después dejó ordenado que nos deshiciéramos de todos y que le prendiéramos fuego a la casa.
—¿Y mi padre? —pregunté, con una espesa saliva amontonada en la boca—. ¿Qué hizo mi padre?
—Serafín volvió más tarde. Había vomitado al presentir lo que pasaba dentro y estaba pálido, descompuesto, como si no fuera capaz de hacer nada, por no haber bebido o por… Pero no quiso probar lo que había. Nos llamó mierdas, hijos de puta, viendo nuestras risas. Nos dijo que éramos bestias sin entrañas y salió. Entonces, el Trécolas y yo sacamos los cuerpos, atamos a la mujer, destrozada, y la metimos en el coche sin saber muy bien qué íbamos a hacer con ella. Después le prendimos fuego a la casa y bajamos hasta el río con el cuerpo de Pepe a la espalda o arrastras con la horca. Le atamos una piedra y lo echamos al agua, en una curva del Cabo do Mundo. Él se quedó allí arriba, pegando algún tiro y esperando por si a alguien le daba por acercarse. Cuando volvimos tenía una niña pequeña en el regazo. Era la hija de los Mazaira, que se había escondido en un arcón y que había salido por el humo. Mira por donde, nos habíamos olvidado de ella. Lloraba sin saber lo que había pasado. Pensamos en matarla también, que por eso discutimos allí mismo. Pero Serafín, que estaba sereno y había recobrado el color, se opuso como si le fuera la vida en ello. Dijo que ya lo había pensado, que él la cuidaría sin que nadie se enterara y que no teníamos que preocuparnos, que don Evaristo nunca sabría nada.
—Esa niña es mi madre, ¿verdad?
El silencio que siguió no fue debido a que Ramón de Pallares dudase o tardase en darme una respuesta, seguramente fue la pena, toda junta e inclemente, la que pareció llegar para enlodar algo más que la palabra.
—Sí —pronunció, finalmente.
—Y de la señora Amalia, su mujer, ¿qué me dice de ella?
—¿Qué sabes tú de eso? —protestó el viejo, abriendo desmesuradamente los ojos—. ¿Quién coño te contó…?
—Papá, ¿qué pasa con ella? —preguntó Ana—. Habla. Un día me dijiste…
—No te dije nada. Y tampoco ahora debería…
—Será mejor que se lo cuente —intervine de nuevo—. Lo sé todo y…
—Me dijiste que no debía salir con Carlos —prosiguió ella—, que éramos como de la familia. Me lo soltaste cuando yo…
—Te lo dije para que eligieras a Evaristo, pero también por tu bien, para protegerte de lo que sucedió aquella misma noche. Porque la cosa no se acabó ahí. No. Realmente nunca se acabó. Por eso te has equivocado al detener el veneno, hiciste mal al quitarme la trencha aquella tarde, porque ahora ya estaría descansado.
—¿Qué pasó después? ¡Cuente, vamos! —lo apremié.
—Discutimos por la niña y discutimos por la madre. Tanto que Serafín, ¡me cago en la leche que mamó!, decidió marcharse andando con la niña en brazos, para que por lo menos a ella no le hiciéramos daño. ¡Os va a pesar toda la vida!, recuerdo que gritó cuando arrancamos la camioneta y pasamos a su lado, con la mujer dentro. ¡Toda la vida!, dijo. Y tenía razón, ¡mala chispa lo mate!, que ya se podía haber callado. Juro que yo quería matarla cuanto antes, quería pasar dos o tres curvas y, donde no hubiera casas, pegarle un tiro y acabar de una vez con aquella jodida historia. Entonces, más o menos a la altura de Fión, paramos por los alaridos que pegaba. El Trécolas se bajó antes y fue atrás. Yo esperé un momento, me metí otro trago y lo pensé. Decidí que allí mismo sería, en una cuneta y listo. Saqué la pistola del cinturón y esperé. Pero entonces Estrella va y, sin más ni para qué, va y caga una criatura, una criatura toda cubierta de grasa, tanta que brillaba bajo la luna. Recuerdo que me agaché y el Trécolas me la echó encima, en el regazo, diciendo que era una niña. Cuídala, me pidió entonces la madre, tirándome por la chaqueta, ¡cuídala! ¡La madre que nos parió a todos!, ¿por qué tenía que pedirme nada? Y luego murió allí mismo. Como si lo dejara todo arreglado, se murió dejándome con aquel pedazo de carne entre las manos. La pistola en una y la niña en la otra, como un castigo divino, ¡tócate los huevos! No le había prometido nada, nada le había contestado, pero… Entonces recordé que una vecina de Bouzuás acababa de malparir y… Se la llevé aquella misma noche, mientras el Trécolas echaba el cuerpo de la madre a una poza del pantano y limpiaba la sangre de la placenta. Así pues, Eudosia no era tu abuela, hija, como tampoco el Leletas… Aparecí en su casa por la noche y para ellos fue como si se les hubiera aparecido un ángel. Hicimos un pacto de silencio y se comprometieron a mantener a la criatura como si fuera su propia hija. Y así fue. Le pusieron Amalia, como tenían pensado con la malograda, y después todo sucedió como si lo dejáramos ir, como si nada hubiera sucedido. Cuando se hizo mayor la saqué del pantano, la llevé conmigo y nos casamos. No sé, tenía esa idea metida dentro y… Serafín igual, que tampoco logró librarse nunca de los remordimientos, pues incluso se alistó en el Tercio, yo creo que para morir antes. Y actuó como quiso o como pudo con la otra niña. Pero Serafín nunca supo lo que había pasado después de marcharnos con Estrella. Y como ya no nos volvimos a hablar más, como tampoco él quiso saber nada de don Evaristo, por más que él insistiera en tomarlo a su servicio, con los años se fue convirtiendo en el Hurón que todos recuerdan. Lo consumió la culpa, sin tenerla. Y el Trécolas se murió al poco tiempo en un accidente y nunca lo contó, nunca, porque lo tenía bien avisado. Y eso fue todo, no hay nada más. Le dije a don Evaristo que nos habíamos cepillado a toda la familia y no pidió más explicaciones. Nos pagó muy bien y ahí se acabó la historia, o él hizo que se acabara en los papeles. Luego, con el tiempo… Pero no… Por mucho que lo he intentado, por muchas que llevo hechas, ninguna como aquella, que ni con los años he conseguido olvidar cuanto desgraciamos esa noche. No he podido. Los recuerdos siguen ahí, en carne viva. Es la bilis de los que… de los que ni falangistas éramos.
De lo que sucedió a continuación o de cómo salí de la bodega, seguramente porque importa poco o porque me encontraba en un estado de conmoción tal que me alejaba de la realidad, tengo un vago recuerdo.
Pasados unos minutos, Reina —y no el violento energúmeno que me había golpeado antes— entró y avanzó por el pesar que nos tullía como avanzaría un fantasma por el infierno, silencioso y dispuesto a rescatar de la quema lo que le importaba. Le importaba yo, lo que me alegró. Y mientras me ayudaba a ponerme en pie, con el viejo aún atado y consciente —y añadiría en un estado de lasitud que parecía aturdido por el amargor o por el veneno—, con Evaristo petrificado en el mismo sitio y Ana plantada en la silla llorando desconsolada por el peso de los hechos, me pregunté si mi mente, después de la crudeza de aquel relato, todavía podría soportar otra sacudida. Había obtenido respuesta a la primera pregunta de mi lista y, al fin, y porque no necesitaba proclamarlo ni revelárselo a nadie, ya podía descansar en paz por ese lado. La memoria de Serafín estaba a salvo: mi padre no había sido un asesino, más bien todo lo contrario. Pero… ¿qué pasaba con la segunda duda? ¿Seguía siendo tan esencial saber si la mujer que siempre había llevado en el corazón me amaba también o me había amado alguna vez? La tenía allí delante, destrozada por el terror, quizás desmoronada como una muñeca rota que ya nunca se recompondrá, a pesar de no tener culpa de nada. ¿O sí que la tenía, pensé, por haber tomado la decisión que había tomado y por no haberse dado otra oportunidad, por no haberme dado otra oportunidad? Como poco, había sido culpable de lo nuestro, era culpable de… Me detuve ahí y, aprisionado en esa rencorosa vereda del pensamiento, me cuestioné quién era yo para juzgar a nadie y si tenía derecho a hacerlo. Por eso, sabiendo lo que en ese instante conocía del pasado y de mí mismo, no quise aventurarme más por lo inútil e ignorado que pertenece a otros. A pesar de que ciertamente los dos necesitábamos consuelo, consideré que no era quién para arrancarle una contestación, consideré que, si esta se producía, tenía que salir de ella, porque cada uno es dueño de sus pasos y pronuncia o no las palabras que el sentimiento le dicta. Con todo, detuve la ayuda de Reina, justo delante de ella, y la miré, sin saber qué decirle. Pero en aquel breve lapso ella no dio palabra.
—Adiós, Ana —dije entonces, sin importarme su sed, pues para nada parecía coincidir con la mía.
—Adiós, Charly —soltó por fin, como de prestado, pesarosamente. Y mientras ella se refugiaba en sí misma enjugando con las manos el rostro mojado por las lágrimas y proseguía con hipidos entrecortados que, supongo, tampoco le proporcionaban consuelo, yo salí sostenido por el vigor de mi único amigo, un minúsculo taxista de Escairón apodado Reiniña que con una sola y memorable actuación se había hecho tan enorme. Salimos y, en aquel impreciso fulgor de la alborada, notando en la piel la fresca neblina de la ribera, Reina me introdujo en el coche, me colocó el cinturón, cerró la puerta y se puso al volante.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
Yo, que quizás en el rincón más remoto de mi espíritu todavía esperaba que la que había sido la mujer de mi vida asomase por la puerta de la bodega y, con valentía, no sé si mucha o poca, simplemente la necesaria, pronunciara un sí o un no —lo único que con la mirada le había pedido, un pequeño monosílabo puesto en sus labios que, como en una vaga imagen de mi cerebro, mezclase lo posible con lo deseado—, lo miré como se mira a un niño travieso que acaba de cometer un delito mayor y le di mi absolución. Se la di porque, a pesar de la debacle que Reina había provocado, me sentía liberado de la inmundicia que había sido mi vida y, poseído por un raro sarpullido interior que no acierto a decir si era alegría o qué rayos era lo que en ese instante sentía, sonreí al tiempo que le contestaba:
—Lo que veas.
—Veo una oportunidad para ti —me soltó entonces, en una adivinanza, quizás leyendo en mi interior—. Veo una mujer morena. Pero no una mujer morena cualquiera, sino una que te está esperando. Sin conocerla, veo que te acompañará a donde vayas y que seguirá a tu lado cada minuto de tu vida. Una mujer que estará ahí cuando la necesites. Y eso también puede ser amor. Ya sé que suena cursi, pero es lo que veo, tío.
—¿Iremos, entonces? —creo que pregunté.
No respondió. Encendió el coche. Arrancamos y, mientras nos alejábamos de la bodega, me volví para mirar por última vez aquella puerta cerrada y certificar que las sombras del pasado ya no asomarían más la cabeza. Allí dentro quedaban atrapadas. Todos mis fantasmas. Esas migajas que la vida había ido soltando en mi pensamiento y que la memoria más cruenta se había encargado de, definitivamente, sacudir. La confesión del viejo. La indecisión de Ana. Los dos me habían otorgado el salvoconducto para situarme en el presente. Ese. Ese que de ninguna manera pasa por lo que ya no tiene remedio.