SEGUNDA PARTE
LA BUSCA
Esperé hasta última hora, cuando en las aulas apenas quedan alumnos y los de mi profesión se convierten en fantasmas interinos que, cartera en mano, repasan con desidia pasillos en penumbra. En absoluto quería complicarme con explicaciones, no deseaba entrar en pormenores sobre una excedencia que de ningún modo incumbía a quien solo podía ayudarme hurgando en la herida, por eso ni siquiera saludé al ocioso hombrecillo que, devorado por los destellos de la fotocopiadora y cansado de vigilar la puerta de entrada, ejercía de bedel.
Antes de entrar en la biblioteca inspeccioné el letrero de las guardias en el que figuraba mi nombre, siempre por la tarde, siempre al caer el día, cuando la agitación de las sombras arrebata el estrépito del alumnado, y sentí que algo mío permanecía entre aquellas estanterías donde se amontonaban los volúmenes y sus historias y donde había gastado —¿o debo decir perdido?— tantas horas de una existencia que ahora fermentaba sin remedio en otro ambiente que no era ni mejor ni peor, sino diferente. Y, aunque en principio me inundó ese regusto a humanidad y calor que solo la compañía de los libros puede dar, y divisé, como abanderando el abandono, las telarañas de siempre en las esquinas de un techo altísimo, consideré que debía protegerme ante esa evocación, pues para nada necesitaba alimentar el recuerdo de lo que había sido mi paso por el centro educativo, ni mucho menos sumergirme de nuevo en una atmósfera que percibí asfixiante. En aquella biblioteca de instituto buscaba un especialista en memoria histórica, concretamente en el apartado de represión del régimen franquista, algo así como dar con una fuente informativa rápida y fiable sobre esa poza del pasado. Y punto.
Encontré a Chas detrás de la mesa, enredando con sus etiquetas adhesivas de códigos de barras que pegaba en la tapa de las novedades. Era su sino. Eso o revolver entre las estanterías abarrotadas como si buscara un tesoro, o incluso rebuscar entre libracos de cualquier tema en un oficio de bibliotecario para el que pocos tenían una palabra amable, quizás porque no entendían el sentido de tanta necesidad lectora o porque tampoco le perdonaban ese empaque intelectual que a veces lo perdía ante el claustro. Yo sí, lo entendía y lo perdonaba —acaso por ser un mero antecedente de su elevada función—, porque aquel saco de piel y huesos, siempre con una colilla apagada colgada de los labios como cuelga una baba perenne en la boca de un descuidado, que no parvo, oficiaba entre nosotros como un entregado sacerdote del laicismo.
Tras el efusivo «¡Caramba, Carlos! ¿Cómo tú por aquí?» que me espetó, enseguida atendió mi requerimiento.
—Aunque me pillas en fuera de juego, algo he leído sobre esas patrullas en la Guerra Civil. Pero poco, no creas, porque en nuestro país no hay nada publicado sobre el tema. ¿Ya has mirado en Internet?
—Sí, pero no me sirve. Hablan de grupos de Valladolid, de fosas comunes descubiertas por Castilla, León y en otros lugares. Por ahí también las llaman «brigadas del amanecer», e incluso «escuadras». Pero la denominación es lo de menos, lo que me importa es su forma de actuar. Y para ser más preciso, quiero saber si del otro lado del Faro, en el municipio del Saviñao, hubo de esas patrullas.
—Pues en eso sí que no puedo ayudarte. Pero para la forma de actuar, tocada un poco de refilón, te voy a recomendar alguna lectura. En general son opiniones de gente que se echó al monte y que no habla exactamente de ellas, por lo que tendrás que deducir o entresacar, aunque creo que los métodos que empleaban eran comunes a toda la Península. Por si acaso, yo echaría un ojo a unos trabajos sobre la Guerra Civil en Galicia de Bernardo Maíz, publicados en A Nosa Terra. Son de la serie A Nosa Historia y están todos agotados. Quiero decir que ya no los encontrarás en las librerías, por viejas que sean, pero en esta biblioteca los conservamos muy guardaditos en un cajón. Puedo pasártelos, si quieres.
—Te los devolveré mejor de lo que están.
—¡Qué menos! Y ahora que lo dices, porque el tema es interesante de cojones, recuerdo un artículo de Henrique Acuña que hablaba sobre Juan Canalejo y que te servirá. Habrás oído hablar de ese elemento, supongo.
—Como todo el mundo. ¿Pero no habrá más…?
—No busques en publicaciones oficiales o en editoriales afines y subvencionadas por el poder. No busques porque, desde siempre, a este asunto del terror, pues las patrullas son eso, mero terror nocturno, se le ha dado carpetazo y no se ha querido revolver. No procedía, al parecer, después de tanta transición pacífica y la hostia, que ya da la sensación de que no conseguimos salir de ella. En cuanto a lo del Canalejo, perdona que insista, A Nosa Terra lo sacó cuando el BNG pidió que se cambiase el nombre del hospital de A Coruña y el de todas las calles con nombres de insignes falangistas.
—Ya vi la que montasteis aquí con la placa de Generalísimo. En la portada de todos los periódicos, ¡nada menos!
—Estuvo bien la movida, estuvo, pero mal tratada por parte de los periodistas. A ellos les conviene la polémica para llenar y vender, pero luego cero en compromiso y se acabó el cuento. Por lo menos sirvió para abrirnos los ojos y comprobar que todavía quedan grupos de fascistas con el rabo recogido. Mira tú que despertaron como si les fuese la vida en ello, con panfletos y todo. Volviendo al tema, te diré que Juan Canalejo fue uno de los artífices de esos grupos clandestinos y armados dentro de la propia Falange de Primo de Rivera. El tipo, un facha coruñés del copón, como tantos en aquella época, activista al máximo contra el régimen republicano, ya hacia 1934 organizó los primeros comandos violentos en la ciudad. Acuña dice que se llamaban Primera línea o algo por el estilo, ya ves tú, que incluso tenían un local donde, pintada en la pared, además del consabido yugo y las flechas, estaba presente una calavera. Puro culto a la violencia. Y luego hablamos de ETA, del GRAPO y de las pintadas del Exército Guerrilleiro. ¡Pacotilla pura!
Pero toda la movida de entonces venía de más atrás, de principios de la década, y además muy relacionados con las JONS de Ramiro Ledesma Ramos. Tú léelo. Es interesante para captar la forma de obrar que tienen, que más tarde trasladarán por toda Galicia. En muchos pueblos lo que hacen es incorporar afiliados procedentes de la burguesía y de esas familias rancias y descontentas con una República que los apartó de sus privilegios y les redujo la entrada como mandos en el Ejército, donde siempre habían encontrado un sitio. Ellos mismos reclutaban gente, fíjate bien, y hacían campamentos de entrenamiento con formación militar, con pruebas de tiro, marchas nocturnas… ¡La hostia! ¡Y todo clandestino, eh! Eran pequeños grupos terroristas que difundían sus ideas por toda Galicia con el único objetivo de violentar la vida social y crispar el debate político en los ayuntamientos. Los métodos de siempre, como ves. Es lo que podemos llamar «trabajo de campo» previo al Alzamiento. Había que preparar el golpe de Estado, así que Primo de Rivera da las consignas desde Madrid, Canalejo desde A Coruña, y la correa de transmisión funciona en reuniones con los representantes de las zonas o de los pueblos. Lo que ya no sé es si de donde tú eres…
—Tampoco yo.
—Pues para tener algo con seguridad deberías patear caminos y hablar con los más viejos, esos a los que el régimen les apretó las clavijas, a ellos o a sus familias, y que a pesar de todo lograron sobrevivir. Pero piensa en la edad que deben de tener, de noventa para arriba, porque a los más jóvenes los mandaron rápidamente al frente. Y no creas que les pasó lo mismo a los de las patrullas, no, que estos eran cucos y a la sombra de las autoridades militares montaron esas cuadrillas con la función de ejercer ellos mismos la represión, ya fuese bajo paraguas legal o ilegal, que para los derechos que había tanto daba. En mi opinión, todo consiste en eso: hablar con los que quedan, si queda alguno, eso sí, y preguntarles. Siempre por las buenas, ojo, y acompañado por alguien conocido o de confianza, que yo lo tengo claro, ellos guardan bien guardadas esas cosas y recelan de Dios y su madre. Escarmentados que quedaron, vaya, que la dictadura no se andaba con chiquitas. Aunque te parezca extraño, su memoria conserva frescos y muy vivos los recuerdos más intensos. Aunque, por lo que he comprobado, con los nombres y las fechas les patina algo el coco.
—Veré lo que puedo hacer.
—Y no les metas prisa, que van muy lentos.
—Eso es lo malo —suspiré.
Chas, observándome detrás de sus gafas de culo de vaso, pareció leerme la mirada. La bajé enseguida, como para evitar ser desarmado.
—No te preocupes, cada uno carga con lo suyo —sentenció—. Lo que sí debo indicarte, para que no te ciegue una sola visión, es que el elemento ese fue escogido en una «saca» de la Modelo de Madrid.
—No te entiendo. ¿Saca, dices?
—Todavía no estás muy puesto, lo que tampoco me extraña. Pues si sigues adelante con la investigación, deberías prepararte para lo peor, por lo menos que nada humano te espante. Las sacas no fueron más que las limpiezas de falangistas que se hacían en las cárceles de la República durante la Guerra Civil. Fusilamientos irregulares de personas escogidas o al azar, que de todo hubo. Realmente las realizaron los dos bandos, pero las sonadas y mayores fueron las finales, cuando la guerra ya se veía perdida. Y, si no, que se lo pregunten a Santiago Carrillo, que conserva la memoria para casi todo menos para eso. Pues al bicho del Canalejo, por las que había hecho, no le esperaron tanto. Consúltalo si quieres, pero creo que fue en el mismo treinta y seis cuando lo despacharon.
—Entiendo. Y de zonas concretas, ¿dónde puedo…?
—Ya te lo he dicho: en la memoria de los vivos. Comprueba también, que a lo mejor en esto hasta tienes suerte, si hay alguien que se haya preocupado de investigar el pasado de tu municipio. Eso vale. Haya publicado o no, quizás te ayude.
—¿Y para consultar documentación oficial, nombres y…?
—¿Documentación, nombres? ¡Ja! —Y enseñó los dientes, avalando mi torpeza—. No busques papeles escondidos ni nombres en una lista. ¡Que no hay! Tú ponte en situación. ¿Eres un represor y vas a publicar para la posteridad todo el mal que has hecho? Aunque ganes la guerra, sería del género tonto. Además, si eliminaron personas, ¿cómo pretendes que dejaran anotaciones desperdigadas por ahí?
Mientras Chas, durante la media hora siguiente, se afanaba en buscarme libros, fotocopiaba artículos, anotaba en un folio la bibliografía que le venía a la cabeza o rebañaba alguna recensión por la Red, yo permanecí aparte, sentado frente a la enorme ventana. Mirando hacia fuera, aun con el cristal empañado, podía distinguir el fulgor con el que las enormes farolas teñían de sepia las calles. Y veía a los peatones, encogidos como sombras intentando guarecerse en sus solapas, atravesar las aceras, veía a los coches pasar a gran velocidad como animales aguijoneados por la tromba de agua, me veía a mí mismo desdibujado en el cristal y buscando atajos en una época de la que no sabía nada y para la que necesitaba tiempo, ese mal.
Entonces pensé que, si quería descifrar lo sucedido, debía sumergirme en un pasado que no era exactamente el mío, y que, a pesar de hacerlo con prisas, ¿por qué no iba a ser bueno hurgar en lo desconocido?
Cuando les comenté que había ido solo porque no deseaba importunar a la familia, ellos se miraron entre sí y tardaron tres segundos en proseguir. Tres.
Entonces el oncólogo me lo soltó como quien azuza a un perro rabioso, para acompañarte o perseguirte. Un perro. Un perro en la senda por la que transitas y que, justo en ese instante, descubres. Sí. Que se trata de un infausto atajo. «Te voy a ser muy claro, Carlos», fueron las palabras exactas, «pero muy claro: las células están infectadas y no hay más salida que…». En momentos así es. O no. Vino el latigazo aquel. Cuando, aun sin creer, interiormente. Gritas «¡Dios!». Y lo repites apretando los dientes y buscando. A-yu-da. Pero no hay tutía. Él nunca está, ni dentro ni fuera. Por eso permaneces quieto. Confuso. Tal como si una calza trabase cualquier movimiento. Del pensamiento. Deshecho. Destrozado. A ca-chos. Con el mundo encima. Desesperanzado. Por los médicos, ¡hay que ver! Y todo porque en mi caso —demostrado por los análisis, por la cruda biopsia y por introducirme dos veces en una estratosférica máquina que, después de inyectarme en las venas un líquido dorado que acaba agriándote el espíritu, inspeccionó con todo detalle cada intersticio de mi cuerpo— al parecer no había. No. Vuelta de hoja. «Pero, antes de nada», apuntó alguien, «convendrá que te sometas a una quimioterapia de choque». «Antes de nada», sentenció, y en aquel momento no me percaté de cuánta razón tenía. Y prosiguió hablando. De la supuesta calidad de vida. De lo que quedaba. De la convivencia. Que debía aguantar. De instantes dichosos e instantes pesarosos. Inútil retórica que no atendí porque mi cerebro ya se había desmantelado. La fisura. Incluso cuando nombró los días, que podían ser realmente duros. Pero, pienso ahora, ¿y qué coño pasa con las noches? ¿Es que las noches, ese retorcido martirio que hay que sufrir y que no se acaba nunca, no cuentan en estos casos? ¿Por qué nadie me avisó? De ellas, estrujando el pensamiento. De ellas, rasguñando el alma sin compasión. Te quieren aliviar los días.
Palabras vanas y drogas y cuentos. De esta jodida vida. Y no cuentan con la insomne crudeza noctámbula. Esa que tú has descubierto. A solas. Esa que, cuando llega el momento y se apagan las luces, hay como una negrura desolada en la que te sumerges y de la que, por mucho que lo intentes, no puedes no puedes no puedes salir. Porque no hay dios. Ni manera. No hay. De huir. De ese abismo. «Si te decides», aconsejó, «yo en tu lugar le daba una pasada al pelo».
«¿Cómo dice?», acertaste a preguntar, extrañado. «Aunque cada persona responde de un modo diferente», explicó, grave, como sembrando a puñados cada sílaba, «la quimio tiene sus efectos secundarios, como sabes. En tu caso, por el número de sesiones y por la urgencia, mucho más. No hablo solo de los vómitos y del malestar que provoca, también del trauma de ver caer los cabellos en el lavabo cuando te peinas. Eso de que cada mañana la almohada esté llena de ellos y te haga pensar, se anula definitivamente con un buen rasurado, ¿no te parece?». Pero. Yo. En. Ese. Instante. Ya. No. No tenía. Parecer. Ni opinión. Desamparo. Solo desamparo.
—Buenas noches, don Carlos —la sorna del bedel fue deliberada—. Si tiene un momento, el jefe de estudios quiere hablar con usted.
—¿Cuál de ellos?
—Nocturno, por supuesto —dijo, como si la pregunta fuese de una evidencia que me acreditaba—. En su despacho.
Pensé que me habían cazado, que me estaba bien por regresar allí sin tomar precauciones, pero como tampoco procedía huir ante un subalterno de sonrisa maliciosa, me acerqué a la puerta que, como siempre, mostraba a través del entrepaño de cristal un espacio de trabajo que nunca me complacía visitar. Dentro moraba el ínclito Emilio Ribao, él solo, como prisionero del ordenador, entregando horas, manejando los hilos de un instituto que le permitía tener cubierta la dosis de inquisidor que le exigía su egocentrismo. Cuando fue nombrado jefe de estudios del turno de noche, más que nada porque no había otro dispuesto para tal tarea, nadie excepto el director desconocía que su ambición de mangoneo no pararía ahí, por eso y sin recato ya abarcaba territorios ajenos y manejaba, o eso creía él, cuanto con dedicación extrema se puede abarcar desde un centro de enseñanza. Un infeliz, en una palabra.
Llamé con cuidado y entreabrí.
—¿Querías algo? —pregunté, dando pábulo a la aversión que nos unía.
Ribao levantó la vista y me miró como si me perdonase la vida. Sentí, además de repulsión, ganas de cerrar la puerta e irme sin esperar palabra.
—Siéntate, anda —soltó entonces, con calma, incluso conciliador, dispuesto a transigir mis modales groseros—. Y buenas noches.
—Estoy bien así —dije—. Además, tengo prisa.
—Parece que de nuevo empezamos mal. Pues ya que no trabajas ni haces nada podías cultivar la buena educación.
—Mira, Emilio, lo que hago o dejo de hacer es cosa mía —impuse—, igual que la educación. Y como tampoco ahora le vamos a poner remedio, te agradecería que dejaras los consejos para quien quiera oírlos. A ver, ¿pasa algo con mi excedencia?
—No. Eso lo tengo resuelto. Hoy quiero hablarte de un asunto más… delicado, digamos. Un asunto que te toca o que te apunta, como quieras tomarlo, por lo que será mejor que te sientes y prestes mucha atención.
Fruncí el ceño, puse cara de extrañeza y me senté, mientras él, parsimonioso, se levantaba, rodeaba la mesa y cerraba la puerta para que nadie escuchase. Después de avivar mi curiosidad con esas palabras, volvió a su puesto frente a mí y, observándome con expresión aburrida, como quien da una cuchillada, pronunció:
—Marielisa Gomes da Silva.
Mientras en mi interior repasaba hasta lograr dar con el oportuno rostro, sentada en los pupitres de la primera fila del último grupo de nocturno en el que hacía unas pocas semanas aún impartía clases, a duras penas sostuve la sibilina mirada de aquel miserable.
—¿Qué pasa con ella? —dije.
—¿Que qué pasa con ella? —repitió, más que con énfasis, teatral y despreciable—. Tú sabrás lo que pasa o pasó aquí con esa mulatita, o mejor dicho, tú sabrás lo que hubo o dejó de haber entre un profesor y una alumna de este instituto, por muy mayor de edad que sea. Y que conste que no soy yo quien lo dice, solo recojo el rumor que anda por ahí y que nos afecta a todos.
—¿A qué te refieres?
—No te hagas el sueco, que a estas alturas no pega. Te lo voy a preguntar una sola vez, Carlos, y en esto no trates de ver enemistad o algo por el estilo, soy el jefe de estudios de este instituto y tengo…
—Eres uno de los dos jefes de estudios de este instituto —precisé, intentando atajar la infamia con un ingenuo rodeo—, ahora que, si pretendes hacer de todo, incluso de inspector, allá tú.
—Soy lo que soy y hago lo que tengo que hacer —respondió, sereno—. Pero no estamos hablando de mí, sino de ti y de tus andanzas en este centro educativo, del que al parecer procuras escapar. Después de que por este despacho pasaran varias personas que me informaron de ciertos hechos sucedidos aquí y en los que tú —recalcó el pronombre apuntándome con el dedo— estás implicado, la pregunta que quería hacerte, la pregunta que como jefe de estudios me veo obligado a hacerte —remachó aún más su facundia— es, simplemente: Carlos, ¿tiene algo que ver esa alumna con tu sorprendente, y supongo que momentáneo, abandono de la enseñanza?, o mejor, ¿pasó algo con esa señorita más allá de lo estrictamente académico, incluso en el aula? Contesta.
Meneé la cabeza y solté un bufido en total desacuerdo con lo que acababa de escuchar, quizás para inventar una respuesta y pararle los pies a aquel saco de malicia que tenía delante. Por eso me levanté y le espeté con desprecio:
—¿Pero quién eres tú para venirme con esa historia? ¿De qué vas? ¿Es que no te llega con anotar faltas e imponer castigos o qué? ¿Se te ha subido tanto el cargo a la cabeza que ya te dedicas a espiar a los demás, o es que ahora te crees un policía que interroga y juzga la vida de todos? Será eso, porque no hay otra explicación para este desbarre. Pues sabes lo que te digo, Emilio, ¡ocúpate de tus asuntos y déjame en paz!
Cuando con ímpetu abría la puerta le oí decir, desde su asiento y con aquel timbre de voz tan repulsivo y sereno que aún me alteró más:
—Si no me contestas es que algo hay.
—¡Que te den por el culo! —bramé entonces—. ¿Me has oído? ¡Que te den bien dado por culo! Es lo único que hay y lo que mereces.
Después de informarte de las cuestiones que brotan como la peste y que para ellos son el pan. De cada día. De citarte como a todo quisque con una nota en un sobre, se despiden con cortesía y te quedas. Te quedas tocado al percibir la respiración, incluso la propia agitación. Que sale del fondo del estómago, allí donde ya notas que todo va. Va mal. Todo menos el desasosiego. Ese. «Te acostumbrarás rápido», indica o apuñala el radiólogo de bata blanca. Entonces piensas. Piensas que aunque te lo repitan cien veces no te acostumbrarás nunca. Pero nunca nunca. Y caminas. Recordando. La voz del que, tratando de ayudar, sin querer. Él. Te remató: «Hoy en día no es como antes, Carlos, hoy hay un porcentaje de enfermos en fase tan avanzada como la tuya que sale del paso, incluso años. Y no te miento».
¡Pero mentía! Mentía como un cosaco porque. En esa circunstancia cualquiera es capaz de leer. Entre líneas. ¿O acaso tenía que intentar creer? ¿Creer en sus palabras y no en la expresión adusta que mostraba al consultar mi historial neoplásico? Si el porcentaje era pequeño. Si eran pocos los que salían del paso. Si todo empezaba y terminaba con una decisión. La que debería tomar. Cuanto antes. Entrar o no. Quirófano. Realmente solo. Me quedaba. Hacer. Le. La. Pregun. Ta. Que. Ella. Sola. Des. Desar. Desarma todo fu. Fu. Ni consigo articular. El futuro:
—¿De cuánto tiempo dispongo, doctor?
¿Qué podía hacer contra aquel embuste que, aparte de golpearme con inusitada saña, se propagaba por el pueblo a la velocidad que Ribao marcaba con su inflexible método de entrevistas personales en la Jefatura? ¿Iba a permitirlo? Intenté convencerme de que me convenía pasar. ¡Que murmuren lo que quieran, que critiquen lo que les plazca! Pero no. Pensé que, si no poseía argumentos en contra, si no disponía de tiempo para rebatir, si ya me daba lo mismo que los conocidos escuchasen algo así de mí, entonces, ¿por qué me atormentaba de esa forma? Enseguida comprendí que, más que por mí, temía por la familia, ese artificio que a duras penas subsistía en la distancia, porque, por mucho que el eslabón que nos unía fuese cada día más débil y llevásemos vidas alejadas, aunque la gente no estuviese al tanto de esa separación, más forzada que forzosa, tenía la certeza de que, si mis supuestas veleidades sentimentales con una alumna brasileña llegaban a oídos de Carmen y de los niños, el rumor les iba a hacer daño. Y mucho. ¿Pero cómo derrotarlo? Quizás un esposo cualquiera puede presentarse ante los que ha abandonado para languidecer, porque sabe que en ese hogar no encontrará el sosiego, y convencerlos de que no hay nada de cierto en esos chismes que, intencionadamente, se ensañan con ellos; quizás hasta se le escapa una lágrima o intenta dar un abrazo y pedir perdón y así obtener el indulto o el consuelo que busca en el descarriado camino que, como una penitencia, ha escogido. Puede que haya alguien así. No yo. A mí, en aquel momento, no me quedaba más que proclamar lo injusta que resulta la vida para quien se ve arrastrado por un torrente de inmundicia. Marielisa es un ángel, que nadie lo dude, aunque su vida pasada no pueda figurar en un manual de buenas costumbres y cargue con un hijo sin padre. Y yo, entonces, tampoco era un demonio. ¿Qué sucedía entonces para que, sin quererlo, sin merecerlo, maliciosamente y porque sí, se me impusiera otro martirio, el de la calumnia?
Para tratar de evadirme de ese «reconcomio», me desplacé a Santiago para, en dos afanosas jornadas, recopilar la bibliografía recomendada por Chas, además de otra que encontré sobre las actividades contra la República en Galicia durante los años anteriores a la guerra. Y así, decidido a ponerme al día, cargando con el portátil para consultas en Internet y con toda esa documentación, incluso fotocopiada, me fui con algunas provisiones al que, allá en la Ribeira Sacra, debía ser mi último refugio: la vieja y abandonada bodega de mi padre.
Instalado sin más en esa incomodidad, perseguido por las prisas, ya a las pocas horas de devorar párrafos me horroricé con lo que en alguno de ellos se contaba, no solo porque me resultase increíble aquella lucha armada y clandestina en tiempos de paz, sino porque no esperaba dar con la ignominiosa y violenta actuación de los que no estaban en el poder y de la que Chas me había adelantado algo. A la vista de aquellos datos, aunque por fuera todo pareciera provocación, crispación y desorden social, con continuos disturbios, tumultos e incluso atentados para debilitar al estado democrático surgido de las elecciones de febrero del 36 que le habían dado el poder al Frente Popular, por dentro anidaba en ellos un único y esencial empeño: fortalecerse como fuera, armándose y formándose a escondidas para, cuanto antes, recuperar el poder político por la fuerza. Así me enteré de que el tal Canalejo era el jefe superior de un grupo falangista denominado Silencio, ocupado en realizar las acciones más violentas y representativas de lo que sería su calculado y común proceder, que enseguida propagarán por todo el país y que en aquella época, en el año 35, era visto como el método más eficaz para una futura «depuración» de elementos subversivos o contrarios a sus ideas. Ellos habían sido los primeros ejecutores y, también, el ejemplo a seguir.
El plan de actuación, transmitido en reuniones clandestinas con los representantes de las secciones falangistas de los pueblos de Galicia, donde más tarde se trabajaba a conciencia y se adaptaba a cada circunstancia, consistía en la entrada nocturna y alevosa en los locales de las asociaciones vecinales y en las sociedades y agrupaciones agrarias o sindicales vinculadas a la izquierda. El propósito, por mucho que revolviesen, destrozasen o expoliasen todo tipo de cachivaches para confundir a las pertinentes investigaciones, no era otro que sustraer o copiar los ficheros con los nombres de los afiliados y simpatizantes de esas organizaciones. ¿Y a qué venía la apropiación de sus, digamos, bases de datos? ¿Cuál era el fin último de tal trama? Simplemente preparar el futuro, ese momento bélico que tan próximo se veía y que tendría una escalofriante concreción en las ejecuciones sumarias y clandestinas, los denominados «paseos», que en elevado número se habían sucedido en todo el país durante la guerra, especialmente en el año 36.
Dentro de la virulenta acción represiva que se llevó a cabo en este rincón apartado de la Península, donde no había frente de guerra, se habían producido también, además de los fusilamientos por parte del ejército y de los destierros, de las sanciones y de las multas impuestas por los gobernadores civiles, palizas y ultrajes de todo tipo, esos que los historiadores más comprometidos todavía seguían sacando a la luz tantos años después. Así fue como, con lo conseguido en aquellas rapiñas previas, los rebeldes triunfadores desde el principio de la contienda iban siempre —triste y atinada expresión— a tiro fijo. «¿Y quién ejecutó esa represión extraoficial en el año 36?», me pregunté, como para poner orden en mis reflexiones y una vez constatada la terrible realidad. Estaba cantado: los propios militantes derechistas, fundamentalmente los que ya habían actuado antes para minar al régimen, y también los falangistas de nuevo cuño, aquellos que por conveniencia se habían subido al carro en el último momento, todos ellos ejerciendo de eficaz policía política, protegida o consentida —casi siempre sin control— por las autoridades militares, que desde el inicio se situaron del lado de los «golpistas» y fomentaron esas represalias que tanto bien les hacían a los insurgentes, ocupados en desalojar a «las hordas rojas» del poder con un extenso frente bélico en el resto de la Península. Por aplicarles el nombre que los distinguía: las patrullas del amanecer. Estos grupos, tan temidos y callados por todos, o lo que es lo mismo, las feroces cuadrillas nocturnas que sembraron el terror por todo nuestro país, aunque se tratase de hijos de los propios vecinos vestidos con camisa azul y con el cabello repasado por la brillantina y peinado hacia atrás, poseían, además de armas y las neuronas recalentadas, un algo que los caracterizaba: actuando al amparo de aquellos tiempos de ignominia, estaban dispuestos a realizar una rápida y sanguinaria depuración de los «elementos subversivos», depuración que, al tiempo, debería ser todo lo exhaustiva que se considerara en cada pueblo o comarca, de ahí que no solo asesinaran a líderes obreros, a sindicalistas y a miembros de la izquierda, sino a todo elemento «desafecto a la causa nacional», además de aprovechar el momento para cumplir ciertos «caprichos» o venganzas personales. Y para llevar a cabo esa ardua tarea, los que ejercían de mandos ya habían recibido la oportuna instrucción en aquellas reuniones previas al 18 de julio en las que se rendía culto a la violencia. Por lo visto todo había estado, fue triste saberlo, muy bien tramado.
La manida pregunta a la que llegué, una vez superada esa etapa documental de la que solo puedo decir que me abrió los ojos, era de cajón: «¿Había tenido mi padre algo que ver con alguna de aquellas patrullas del amanecer?». Después de asimilar lo leído y contrastarlo con la carta de mi madre, la respuesta venía a ser un golpe tan grande que, con seguridad, me salpicaba. Por eso, sin querer, me maltrataba la mente la imagen de un chico joven —Serafín había nacido en el dieciséis, por lo que en aquella época ¡no llegaba ni a los veinte!— metido en un torbellino de odios que parecía cegarlos a todos y desterrar la cordura. Y lo veía forzando puertas o ventanas y entrando como una sombra vivaz en algún local de mi infancia —no sé por qué, pero lo situaba en el Frente de Juventudes de Escairón, donde, a finales de la década de los sesenta y muy esporádicamente, yo mismo practicaba ping-pong y lanzamiento de dardo contra una maltrecha diana de corcho colgada en una pared, en la que, junto a la foto del Generalísimo de los Ejércitos de España, destacaba el retrato de un estirado personaje de decidida mirada y amplia frente al que siempre nos habían obligado a admirar y del que poco o casi nada sabíamos— y memorizando el nombre, aunque solo fuese uno, de cualquier ciudadano que de allí en adelante se me antojaba marcado con un destino sangriento. Y si aquella idea era ya penosa por sí misma, la consecuente, la del brazo ejecutor que sacaba a un vecino de su cama, lo llevaba a cualquier camino embarrado del Saviñao y, bajo el rugido del motor de una vieja camioneta y a la luz de los faros amarillos, quizás entre risas y humillaciones, lo mataba y tiraba su cuerpo a una cuneta sin que hubiese hecho nada grave, simplemente porque estaba en la lista de una organización agraria o había participado en una manifestación, me cruzaba la mente como un relámpago atraviesa el cielo en una noche tranquila dejando en mí un poso de miseria y temor que no olvidaría ni con el paso de las horas ni con la presunción de inocencia que, para bien, siempre había considerado que hay que otorgar. Y juro que, aunque en esos instantes porfiaba por apartar de mí esa idea obsesiva, incluso con calmantes, no había manera, era tan pertinaz el sentimiento de culpa que sentía por mi padre que llegaba a confundirse con el propio dolor físico.
Aun así, después de varios días indagando en los libros, martirizando la mente y abandonando la higiene y el sustento del cuerpo, resolví que, si quería profundizar en lo sucedido setenta y dos años atrás y dadas mis prisas, debía calcular con precisión cada paso e ir, como los propios falangistas, a lo seguro. Para ello mi madre ya no me servía, pues en esa época era muy joven, y de su testimonio no conseguiría más que una aportación posterior y cariñosa, viciada por los muchos años de convivencia. Entonces recordé las recomendaciones de Chas y entendí que solo me quedaban dos vías: rebuscar en la memoria de los viejos, en la de los muy viejos, mejor dicho, y tratar de averiguar si entre los estudiosos de esa etapa de vergüenza había alguien del Saviñao que pudiera, y quisiera, echarme una mano.
¿En qué pienso cuando cuento? Pues puedo no pensar en nada o en lo que se me pase por la cabeza. Así, sin más. Es mano de santo, por lo menos para mí, porque siempre lo hago cuando pasa algo que me enfada, que me duele, algo que hay que roer como un perro hambriento roe un cacho de pan reseco en una tarde miserable. Y, además, compito conmigo en batir marcas. Por ejemplo, aquel día en la arboleda que hay detrás del parque, cuando me enteré de que habían atropellado a David, y aun tropezando con las ramas y arañándome con las zarzas conté hasta setenta y dos antes de caerme al arroyo. Y no abrí los ojos. ¡No los abrí! Setenta y dos, marca absoluta de mi autodestrucción. Después, empapado y alejado de todos, me sentí desolado por no tener un escondrijo donde ocultarme eternamente. Y todo porque la culpa es un roedor indómito. No hay manera de cortarla, no tiene horario. Una vez que se apodera de ti está siempre ahí, devastando por dentro. Aquella vez había llegado por teléfono, implacable, con ese resabio agrio que solo Carmen sabe poner en las interrogativas que pronuncia:
—¿Se puede saber dónde coño te has metido?
Obsesivamente aparcado delante del ordenador, enredado con mis personajes, debo decir que había perdido la noción, había perdido el sentido, había perdido el instante en que debía cumplir con la tarea de recoger a un hijo de ocho años en la puerta del colegio, entregarle el bocata y el zumo de la merienda y llevarlo hasta la puerta de las clases particulares. Lo abandoné en el lapso en que suena el timbre del aula y todo acaba, incluso el alborozo de un niño que no sabe adónde ir porque nadie lo espera, y que, ya fuera, da tres pasos y, en medio del chaparrón, se mete delante de un coche que no consigue frenar y que le tronza la alegría misma. Por eso se instala la culpa, por eso sigue ahí, incordiando.
—¿Qué tal, David? —recuerdo que le pregunté, ya cuando despertaba.
—Bien, papá —dijo, con la voz pastosa por la anestesia—. Bien.
¿Es que hay algo peor para un padre que la misericordia de un hijo? ¡Por favor, que alguien responda! Entonces, tras el crudo silencio, es cuando llegan, de repente y todas juntas, esas irreprimibles ganas de penar. Lo insoportable desgarrando el alma. Por eso cierro los ojos y cuento. Cuento todo seguido. Y en el coche también he probado. Por ejemplo, al volver de las clases de nocturno con esa desazón que ya sé que no era nada comparado con lo que ahora siento. Y trece. Máximo. No pasaba de ahí en la recta que me llevaba a casa. Porque me entraba pánico. Y abría los ojos, abría, justo cuando escuchaba el estridente pitido de los otros vehículos. Llamadle derrota, llamadle falta de valor, cobardía si queréis, pero es tanta que sufro por no ser capaz de llegar más lejos.
El volumen La represión franquista en la provincia de Lugo, 1936-1940, publicado en Edicións do Castro, Sada, A Coruña, 1998, en principio no es que me sirviera de mucho, pues sabía que buscaba un detalle tan mínimo que sería extraño que figurase en un libro, pero era el que más se acercaba a lo sucedido en la comarca. Por eso, una vez que leí en Internet que la autora, una tal María Xesús Souto Blanco, hacía tiempo que había dado una charla en Escairón, llamé a Enrique Sampil, el activo presidente de la Junta Directiva del Círculo Saviñao, que pasaba por ser —en realidad es— el centro cultural del pueblo, donde no solo se habían celebrado unas concurridas presentaciones de mis novelas, sino que además había encontrado el calor que cualquier escritor a ratos necesita para seguir dándole al teclado, y le pedí información sobre la historiadora.
Después de indicarme que no era de allí, pero que en alguna ocasión había colaborado con él, se atrevió a preguntarme qué le quería. Hablar con ella sobre la Guerra Civil y la represión en la zona, le dije, por si me puede echar una mano. Entonces Sampil, un tanto receloso, exclamó:
—Mira… Yo te doy su teléfono, pero no creo que lo logres. Primero porque anda muy ocupada, y segundo porque desde que tuvo problemas con una investigación de ese tipo ya no descuelga a números desconocidos. Yo que tú, antes de nada, le echaría una ojeada a su artículo sobre la represión que aparece en el número dos de Circular polo Saviñao; es muy interesante, pero después, desde luego, hablaría con Toña do Raxo.
—¿La catedrática?
—La misma. Aunque está jubilada, sigue investigando en todo lo que se refiere a su municipio, que es el mismo que el tuyo. ¿Tú la tratas, no?
—Alguna vez hemos hablado.
—Estaría encantada de ayudarte, te lo aseguro.
—Pero la represión no es su especialidad —consideré.
—Del Saviñao, hazme caso, controla más que nadie. ¿De dónde crees que han sacado la documentación todos los que han escrito sobre nosotros? En cuanto al libro conmemorativo del Círculo, el que contiene el artículo de M.ª Xesús del que te he hablado, ya lo tienes porque yo mismo te lo envié a casa. De todas formas, piensa que buena parte del material que ahí figura se lo hemos pasado ella y nosotros, incluidas las fotos.
—Es un buen principio.
—¿Para otra novela, quizás? —aventuró.
—Nunca se sabe.
—Me parece bien, pero tú no eres historiador —advirtió entonces—. Ya sé que toda novela histórica que se precie debe ser la recreación de una realidad, pero no deja de ser creación, pura ficción. Una mentira, si me apuras. Además, hacer ficción de la realidad puede ser todo lo atractivo que quieras, pero se corre el riesgo de no ser entendido o de que se malinterprete el objetivo. No sé si me explico.
—Quieres decir que…
—No quiero decir, digo simplemente que tú eres de aquí, Carlos, y se mirará con lupa cuanto sobre ello publiques. Tenlo en cuenta, si es que te importa. Con el pasado hay que andar con mucho cuidado, porque en este pueblo, como en todas partes, había, y aún hay, gente de los dos bandos y… ¡Bah, tú ya me entiendes!
Tenía razón, pero yo, que no tenía pensado escribir una línea, ni podía ni quería entretenerme en teorizar sobre la narrativa histórica y sus implicaciones. Así que, una vez anotados los teléfonos de dos investigadoras, me disculpé por no adelantarle nada. Entonces él se despidió con una desagradable comparación:
—Eres igual que tu padre. Vaya si lo eres.
Resulta penoso imaginarlo, pero regresé a escondidas al olor de lo que había sido mi hogar, fui directamente al anaquel de historia, cogí el libraco y salí de mi propia casa protegido por las sombras como haría un vulgar ladrón que se aprovecha de la ausencia de los más allegados. Después de conducir unos kilómetros bajo una lluvia torrencial para que no me localizase ningún conocido, aparqué a un lado de la carretera y lo abrí con avidez hasta encontrar el artículo «Represión en O Saviñao. 1936-1940».
Al leer las primeras líneas, tan comprometidas, no pude sino estar de acuerdo con la referencia a la pérdida de la memoria colectiva promovida por las clases dominantes, vistas como «señores del olvido». Pero a esa enfermedad social no todos se resignaron, porque la autora, cumpliendo con la propuesta de profundizar en lo específico de cada municipio para tener un conocimiento más preciso del pasado, se centraba en O Saviñao, analizando el contexto socioeconómico, interpretando datos y sucesos, llenando cuadros con los nombres, apellidos y apodos de los represaliados, y anotando las circunstancias políticas y vitales de cada uno de ellos.
Pensé que era exactamente lo que necesitaba y por eso rebusqué con ansia en aquel microanálisis de lo que había sido la represión del 36 al 40 en mi pueblo natal, más que nada para tratar de encontrar una referencia a las patrullas del amanecer, a mi padre o a quien lo relacionase de alguna forma con aquel recordatorio de infamias. Pero fue inútil. A pesar del riguroso informe —y aun consciente de que para la investigación quedaba un campo intencionadamente oscurecido, por ejemplo, la documentación «extraviada» de la cárcel de Monforte—, lo cierto es que su línea investigadora no penetraba en el otro bando, el de los vencedores de la guerra, el de los que ejercieron la represión sobre los que ya desde el inicio se consideraban perdedores. Entonces supuse que esa otra y necesaria «versión de los acontecimientos», que ella no mostraba, estaba motivada, no por negligencia o por desidia, sino porque, además del propio interés en que no se conociesen esos hechos degradantes, hablaba de un pasado que con certeza salpicaría a todas las familias del municipio, que muy posiblemente ya habrían olvidado aquellos sucesos y estarían relacionadas por algo más afectivo que el furor de la contienda: los parentescos que durante los años posteriores se establecieron.
De los triunfadores de la guerra, Souto solo nombraba a una persona, Luis Moure Mariño, falangista del Saviñao que posteriormente ocuparía elevados cargos en el Servicio de Prensa y Propaganda franquista, quien, en su libro autobiográfico La generación del 36. Memorias de Salamanca y Burgos, por lo visto describía brevemente la situación vivida aquel 18 de julio del 36, día del Alzamiento. Además, todo el artículo dejaba clara la excitación propia de un municipio con una fuerte implicación de las organizaciones izquierdistas (que incluso ilustraba con dos fotos de la manifestación del Primero de Mayo en su capital, Escairón), nombrando las cinco sociedades agrarias y políticas que, de los dos bandos, estaban registradas en el Gobierno Civil de Lugo, lo que provocaba una tensión social que se había hecho patente en los atentados contra las iglesias de Lamaigrexa y Vilacaíz, los dos recogidos en el Informe oficial sobre incendios, destrozos y saqueos en el patrimonio artístico, llevados a cabo por la revolución marxista anterior al 18 de julio de 1936, editado por la Diputación Provincial de Lugo en el año 1938.
Aunque lo leído sobre esa etapa previa a la guerra no hizo sino avisarme del terror que vendría, pensé que, si quería disponer de todo lo publicado, tenía que moverme de nuevo. Por eso, una vez comprobado que en Edicións do Castro estaba agotado, acudí a la biblioteca pública de Monforte, retiré el libro del falangista —muy conocido en el ámbito cultural y judicial en las Tierras de Lemos, hijo del industrial y exjuez municipal del Saviñao Prudencio Moure López, al parecer detenido en abril del 36 por sus simpatías fascistas y siguiendo una disposición del gobernador civil— y lo ventilé al sol en una intensa y meticulosa lectura.
Después de repasar lo que había subrayado y marcado con un pliegue en las esquinas de las hojas, pues ni por asomo tenía pensado devolverlo, catalogué a aquel personaje, no solo por lo que él mismo decía de sí, sino por lo que dejaba de decir y había hecho. En la vida de todos hay, como es el caso, momentos para definirse, pero si para hacerlo solo se cuenta con el oportunismo de la circunstancia y no de las obras que se realizaron y de la filiación escogida, entonces podemos hablar de mero interés personal —aunque no sea lo mismo que el de su vecino Charolé, «Yo creí que íbamos a ganar las izquierdas y resulta que ganamos las derechas», dice de él, en la página 153, sí muy semejante— o también de notable hipocresía. ¿A qué le viene, en el «Breve introito», escrito en el año 89, cuando se publicó el libro, reiterar «Me declaro galleguista y doy fe de que nunca he vacilado en mi amor a Galicia», si él fue uno de los máximos representantes del pensamiento falangista, defensor de la Grande España unida a hierro y sangre? ¿O acaso no estuvo metido hasta las cejas en las JONS fundadas en Valladolid por Onésimo Redondo? Sí lo estuvo, como dice en la página 43 y se constata en todo el libro. ¿O acaso no loa la figura de su compañero en el semanal La Libertad —Onésimo Redondo era «alma y guía de aquel periódico de juventud»— y de Girón de Velasco, el que sería ministro con Franco, diciendo de él que era «un mozo arriscado y valiente, siempre en la vanguardia de los disturbios callejeros»? Ya lo creo que los loa, página 45. Y podría proseguir por esa vía, porque todo cuanto recorre ese opúsculo —que, aun así, calificaría de interesante para conocer algunos momentos del pasado—, con pretensiones de sincera confesión, no es más que un vano intento de justificar una vida entregada a la causa franquista y a la propia medra.
Valorando las ideas (contrarias a la República y justificativas de una «reacción necesaria» a favor de la unidad de España y del ideario religioso) en las que a menudo insiste ese destacado vecino que es Luis Moure Mariño —al que, según él, ¡en la Universidad le llamaban Robespierre!—, volví a mi búsqueda como empapado de un saber que, además de ponerme en guardia, me permitía entender que mi infancia tampoco estaba exenta de la huella invisible que había imprimido la infausta posguerra. Y, aunque cautivado por esos acontecimientos, llamó especialmente mi atención un suceso del año 36, aquel que marcaría la vida de las familias del municipio para décadas futuras y que Moure Mariño, por fortuna desde el punto de vista de la derecha más rancia, ofrece en la página 65. Se trata de su versión de las requisas que algunos elementos frentepopulistas llevaron a cabo en Escairón el mismo día del Alzamiento y de la suerte que corrieron:
Una tarde, mientras leía, debía de ser el 17 de julio, aparecieron por el robledal un grupo de mozalbetes, vestidos de paisano y armados con carabinas. Conocía a uno de ellos, compañeros de escuela que, con cara de pocos amigos, se acercó para amenazarme:
—Márchate de ahí, si no quieres que te levantemos la tapa de los sesos —me conminó.
La noche de aquel día aciago, un grupo de vecinos afiliados a la «izquierda» vinieron a nuestra casa y nos requisaron el aparato de «radio» (debía de ser la única «radio» del pueblo y se la llevaron para colocarla en un balcón de la plaza, en cuyos bajos había un café que era una especie de ateneo del extremismo en la localidad). Según me dijeron, la «radio» se pasó la noche transmitiendo las órdenes y «consignas» de la «unión Radio» madrileña en las que se convocaba a las «milicias populares» para recibir armas.
A la mañana siguiente, estaba yo tumbado a la sombra amorosa de los viejos robles, cuando escuché gran ruido de camiones que se acercaban por una carretera próxima. Era una ringlera de coches diversos, todos ellos de carga, que venían repletos de mozos aldeanos. Aquellos mozos vociferantes parecían miembros de alguna tribu salvaje: unos berreaban; otros bebían vinazo al chorro de panzudas botas; otros llevaban horcas de rastrillar la hierba y había varios que sacaban por la parte trasera de los camiones hoces mangadas en palos que rielaban bajo el hiriente sol de julio. Uno gritaba:
—¡Morran os cregos! (Supongo que querría decir «mueran los clérigos» al calor de la pasión anticlerical que entonces estaba de moda).
Toda aquella jarca de salvajes que parecían arrancados de un lienzo de Solana eran, según pude enterarme, mozos de las aldeas reclutados para llevarlos como «carne de cañón» a la “toma de Lugo”: No contaban con lo que, muy pronto, iba a suceder. Al llegar a Lugo, la muralla que circunvala la ciudad estaba tomada por los militares. Sonaron los primeros tiros y aquellos mismos que por la mañana proferían gritos amenazadores huyeron por la tarde como gamos[1].
Si reparé en ese hecho fue porque esta formación de milicianos armados adeptos a la República, junto con la requisa de armas y la participación en la constitución del grupo, sobre todo con obreros y labriegos, que marchó inútilmente el 20 de julio del 36 hacia la capital provincial para apoyar al gobernador civil depuesto por los insurrectos, provocaría, según M.ª Xesús Souto, el mayor expediente de responsabilidades civiles y políticas instruido a los vecinos del Saviñao. Los acusados, a los que la historiadora investigó e individualiza en su artículo, serían detenidos por esta acción, por lo que concluye: «Prácticamente toda la directiva de la Agrupación Socialista ingresó en prisión, y fue procesada en un Consejo de Guerra».
Cuando, cuatro años antes, había leído muy de pasada su artículo, recuerdo que no había causado en mí más sensación que la de tener conocimiento de unos sucesos que ya no eran noticia. Me habían resultado interesantes para pasar el tiempo, sí, pero, ya que no me tocaban ni siquiera por los apellidos, no los valoré en su justa medida y enseguida olvidé esas tablas que Souto había completado con los dirigentes y vinculados a las organizaciones sindicales y políticas, además de simpatizantes, todos ellos represaliados. Allí estaban los encarcelados, los expedientados, los procesados, e incluso los acusados y los condenados a tantas penas —multas, confinamientos, destierros, reclusiones temporales o cadenas perpetuas, que de todo hubo—, además de los dos ejecutados por rebelión militar, Antonio López Barro, apodado el Ruso (el 29 de diciembre del 36), y Antonio Sánchez Quiroga, Follés (el 14 de enero del 37), y del paseado Camilo Fernández Rodríguez, como tesorero del Ayuntamiento.
A las penosas acusaciones vecinales que se produjeron tras los ingresos en prisión y las, también mencionadas por la autora, posteriores visitas al hospital de los propios detenidos —por lo visto precedidas de un «tortuoso interrogatorio»—, fueron de una lectura tan conmovedora que acabé por rendirme a la historia viva y preguntarme cómo se había llegado a tal extremo en el Saviñao, si, además de conocidos, vecinos, amigos y parientes, todos eran personas civilizadas. No encontré una respuesta que calmase mi inocencia y tapase la infamia; por eso retorné, como quien para escarnecerse se revuelca más en el fango, yendo a la página que tenía abierta ante mí, al último caso que figuraba en la relación, un simple labrador, de nombre Manuel Calleja Méndez, al parecer vinculado al PCE, y leí sus pecados y su penitencia, sacados literalmente de la «versión oficial»:
Es conducido por un grupo de falangistas a la Cárcel de Monforte del 9/9/36, donde queda a disposición del Comandante Militar acusado de rebelión. Juzgado en Consejo de Guerra (1275/36) por rebelión militar, fue condenado a 20 años de reclusión temporal. Fue acusado de ser un comunista peligroso que solía hacer pública ostentación de sus ideas usando brazalete rojo y corbata con hoz y martillo. Su temperamento revolucionario lo llevó, según las autoridades franquistas, a interesar que en una feria se ejecutase la Internacional por la Banda de Música. También fue acusado de formar parte de un grupo de 20-30 rojos en los primeros días de Alzamiento, que se dedicaron a requisa de armas, si bien su actitud no se caracterizó por utilizar la violencia, procurando obtener armas sin medios coactivos.
Y estos y otros textos no eran mentira, no brotaban del poso de la mente tremendista de un fabulador, pues la historiadora los había sacado de las transcripciones literales de los expedientes de castigo, tal y como los había anotado un simple funcionario del régimen acostumbrado a ser burocráticamente correcto, además de eficaz, porque con seguridad tenía prisa por despachar a otro procesado de la enorme cola que desfilaba ante sí en aquellos fatídicos primeros días de la contienda. Historia real. Carne viva.
Sabido eso, ya no tuve ninguna duda: debía hablar cuanto antes con la investigadora y autora del artículo. Pero después de insistir una y otra vez por teléfono, cansado de escuchar el mismo insidioso pitido, recordé las palabras de Sampil y, qué remedio, le hice caso y marqué el otro número.
Les chocas la mano. Uno a uno. Pura conveniencia. Y sales sin decir nada. A la nada. Entonces es cuando nadie te espera. Pero nadie. Así lo has querido. Como para tragártelo a solas. Y en la sala de espera los pacientes y sus acompañantes te observan como si llevases de adorno una infausta medalla. Quizás ya sepan que no vendes fármacos, que eres otro escogido por el infortunio. Por él. Infortunio de tener las horas más que contadas. Y que lo único que puedes hacer es tejer inútilmente para, un día, en un instante cualquiera, dejar de hacerlo. Triste sino, ¿no?
—Listo, jefe —oigo—. ¿Afeitamos o qué?
Pasmado ante el espejo, tardo en reaccionar. Pronuncio. Algo como «Está bien así» mientras apunto en mi debe la pregunta que en la consulta callé. O no fui capaz. De articular y me doy cuenta de lo que hay. Porque fue justo. En ese instante. En una triste barbería. Delante de un espejo que reflejaba un tipo que había dejado de ser. Él. Yo. Cuando por fin comprendí. Lo que ahora soy. Un ciego que camina. Por las horas. Sin saber para qué. Un náufrago. Sin esperanza. Un ser. Irremediable. Prematuramente. Condenado. Con-de-na-do a… no ser.
En una cafetería de Lugo de la que no recuerdo el nombre, recogida en una esquina donde las cortinas tamizaban la luz matutina, sentada en una silla y con los codos apoyados en el mármol, doña Antonia Suárez, Toña do Raxo para los allegados, más conocida en el Saviñao por el sobrenombre de la Catedrática debido a su dilatado trabajo en la universidad compostelana, me esperaba en silencio, sosteniendo una infusión. Me pareció que aquel era el rincón propicio para las confidencias, incluso para un encuentro de enamorados, la típica y concertada cita que decidirá una relación. No era el caso, pero lo consideré así.
Nos saludamos juntando levemente las mejillas, sin decir nada. Me senté y nos miramos. Pensé que, a pesar de conservarse bien, los años dejan su huella en forma de arrugas. Luego, mientras yo profundizaba en lo que ya le había adelantado por teléfono, ella no apartó su escrutadora mirada de mi rostro. Por eso terminé como pude la exposición y ventilé el amargo café de un solo trago. A continuación, como para mostrarme tal como era, me quité el gorro y pasé la mano por la cabeza pelada. Enseguida dejó ver un pedacito de sus dientes blancos entre los labios y, no sabría decir si fue pregunta u opinión, dijo:
—Lo estás pasando mal, eh.
Al tiempo que pensaba que tenía delante a una persona acostumbrada a escuchar a los demás y a leer entre las líneas de las proclamas ajenas que, por mucho que lo intenten, no consiguen ocultarse, apreté los labios y callé.
—Pues meterte en el berenjenal en el que te quieres meter —añadió—, te lo aseguro, no va a ser plato de gusto.
—¿Qué quiere decir? —Yo sabía, cómo no lo iba a saber, lo que quería decir.
—Revolver en el pasado, concretamente en los años de la guerra, no es buena terapia para nadie —advirtió, como si estuviese de vuelta de un infierno en el que se había quemado—. Solo por preguntar llevas palos de todos lados, porque todo el mundo, todo el mundo, recuerda lo que te digo, piensa que andas buscando algo que puede salpicarlos. Y si encima eres de allí, si encima tienes vínculos con las familias y con los vecinos, entonces todo se volverá aún más en tu contra. No te lo perdonarán. ¿Por qué crees que en los estudios sobre el Saviñao no aparecen los nombres de los confidentes o de los represores falangistas que buscas? ¿Qué significa que lo publicado se remita estrictamente a fuentes documentales o a alguna que otra foto?
—Está claro lo que significa —señalé—. Y no vaya a pensar que quiero acusar a nadie de nada. Lo que yo busco es… No sé, puede que un suceso que no figura en ningún estudio y en el que participó…
—Si no figura es porque quizás no se sabe, o porque no pasó. Mira, he pateado tanto y hablado con tanta gente sobre ese asunto de la represión que puedo deducir que en el 36, en el Saviñao, como en todas partes, hubo purgas, paseos, venganzas particulares o lo que fuese. Y ya se ha demostrado algo. Pero en eso que buscas hay tantas posibilidades que por mucha memoria histórica que queramos resucitar, con aquel miedo, ¿crees que hoy queda alguien vivo dispuesto a contar lo que no es seguro o lo que no se transmitió porque había que sobrevivir? ¿A lo mejor eres tan iluso como para pensar que los escasos falangistas que todavía viven, muchos de ellos reconvertidos en la Dictadura y en la democracia, se van a poner a contarte que formaron parte de una patrulla que se dedicaba a pasear rojos por las noches? ¡Ni por asomo! Piensa que para ellos era la guerra y todo estaba permitido, incluso lo más atroz, lo que hoy para nosotros parece no tener ningún sentido. Así que, después, tuvieron que ocultarlo y callarlo.
—¿Y los reprimidos?
—¿Y tú de quién eres, si puede saberse?, empezará por preguntarte el viejuco de cualquier aldea que aún holgazanea por ahí, para luego empezar a dar vueltas con medias palabras, sacar un librillo, liar su picadura y refugiarse en la fragilidad de la memoria. Todo para no contar nada que te sirva. Nada. Perderás el tiempo en una desesperante búsqueda que te hundirá cada vez más. Y no intentes asomarte al saber de las siguientes generaciones, como la mía o la tuya, no lo intentes porque los más viejos no transmitieron nombres ni hechos, prefirieron intentar olvidar guardándolo cuanto más dentro mejor. Si saben algo, es suyo, solo suyo. Supongo que la mayoría pensaba que era una especie de seguro de vida tener el pico cerrado, tanto los de un bando como los del otro. Este es el lamentable resumen de mi experiencia. Recurres a ellos y, setenta y tantos años después de la guerra, no creas que es fácil sacarles de la mente lo que pasó, si es que lo saben, vaya. Inténtalo, pero piensa también que son gente con las limitaciones propias de una educación condicionada y con lagunas que no solo el deterioro físico puede justificar, también la ignorancia y el miedo. Porque durante los cuarenta años que siguieron el sometimiento fue el pan de cada día. Quien manda, manda, es el lema que asimilaron y con el que los asimilaron. Por mucho que les digas que servirá para no inventar la historia, para tener la certeza de lo sucedido, para que el pasado sea visto y anotado con objetividad, y que por supuesto no les pasará nada si lo cuentan, ellos callan o confunden o lo que sea. Sí, a lo mejor uno te monta una película de aventuras de maquis que tú ya no sabes si la vio en televisión o qué. Pero nada de nombres, nada de hechos concretos, como no sea la propia experiencia de la guerra en el bando franquista, pues la mayoría, para librarse del estigma de rojo, si no era reclutado se alistaba él mismo en el frente. Porque el frente era el elemento más redentor de ese pasado que podía condenarlos. Las cosas fueron como fueron. Sabemos algo de oídas, pero nunca será posible conocerlo todo, porque para eso habría que vivirlo, y los que lo vivieron prefirieron callarlo y morir. Así pues, dura porfía te queda.
—Solo busco lo que tiene que ver con mi padre.
—Una aguja en un pajar. Y yo, lo siento, no te voy a ser de mucha ayuda. De todas formas, si intuyes lo que intuyes por lo que te ha dicho tu madre o lo que has leído, ya tienes algo. O eso creo. ¿Él no te contó nunca nada?
—¿Mi padre? Casi no nos hablábamos. Cuando nací él tenía cuarenta y cuatro años. Pues imagínelo de mayor, pero mayor en todos los sentidos. Y cuando yo empecé a tener preocupaciones de otra índole, él… Además, lo suyo no era comunicarse ni convivir. Era un hurón, verdaderamente.
—No lo trataba, pero sí, algo he oído. ¿Ya has preguntado allí donde nació y a sus amigos de infancia o durante la guerra?
—En la aldea, Albaredo, solo queda una vieja que ni se enteró de ella. Y amigos, lo que se dice amigos, no tenía.
—Pues en casos así hay que partir de algo e ir sumando poco a poco. ¿No dices que tu madre nombró a Moreiras?
—Sí.
—Pues ahí tienes. Evaristo Moreiras, además de convencido falangista que se puso al frente de todo, fue alcalde durante infinidad de años en la posguerra. ¡El eterno mandamás! Si le diese por abrir la memoria, que no creo, porque yo ya lo intenté y no conseguí nada, seguro que te servía. Pero, claro, si tratas a su hijo…
—Ya no. Y tampoco quiero ir por ese lado.
—¿Tienes un nombre y no te atreves a usarlo? —censuró—. Entonces, ¿qué pretendes, cerrar los ojos e ir a tientas?
—Fuimos amigos de jóvenes. Y punto.
La catedrática torció el gesto, sorprendida por mi respuesta. Yo cambié de tema y pregunté:
—¿Qué me dice del suceso aquel de la requisa de armas y del grupo armado que se formó para venir a Lugo?
—Lo que seguramente has leído o te han contado. El Saviñao es otro ejemplo de lo sucedido en el país. Ahí se ve cómo de un día para otro cambiaron las cosas. El 18 de julio requisaron las armas los de la izquierda, pero luego, una vez consumado el Alzamiento y la adhesión del ejército a los golpistas, los falangistas se echaron a la calle y asumieron el papel de defensores del nuevo orden, mientras los otros se escondían con el rabo entre las piernas rezando para no estar en ninguna lista, para que nadie pronunciase su nombre en esas reuniones de la «nueva legalidad» que tenían lugar por las noches delante de una botella de aguardiente y mientras se engrasaban las escopetas o las pistolas. Y también para que no fueran a buscarlos a casa. Fue el momento del miedo. Por eso hubo quien se echó al monte, quien se hizo guerrillero o pistolero, y quien se metió en una covacha. Incluso hubo quien se dio prisa en «enderezarse», que hasta los padres y las mujeres iban a pedirle favores al cura, al médico o al cacique del lugar, todo para salvar la propia piel o la de un pariente que cualquiera podía vincular con la República. Las mujeres, en este sentido, eran más prácticas y no tenían reparo en ir a pasarles la mano y luego deber favores a quien fuese. U ofrecerse a pagar directamente. Ya me entiendes. Sabían que estaba en juego la vida de los suyos y ponían todos los medios para zafarse. Ahí los escritores, pienso yo, tenéis materia de sobra para narrar, porque siguen sin darse a conocer miles de pequeñas historias llenas de pasión y de ese miedo a la muerte que provocó una época tan… tan…, ¿qué calificativo le pondrías?, furibunda, a lo mejor. No sé si es apropiado mencionarlo, pero no creo que haya nada más fuerte que cuanto arrastra tras de sí una guerra civil, pues no solo es caos y destrucción, también se enardecen los sentimientos, de todo tipo, y se lleva al límite cuanto de irracional tenemos dentro las personas. Imagina lo peor y acertarás. Si te da por seguir adelante, te darás cuenta. Y, por cierto, debes entender cuanto antes que Guardia Civil e Iglesia son una rémora dispuesta a no mostrar las vísceras de ese pasado casi borrado. Y es fácil comprenderlo, por el partido que tomaron. Pero tampoco los que yo llamo parroquianos te van a servir de mucho. Te encontrarás con que, si aquellos procuraron destruir cuanto antes todo lo oficial que los manchaba, estos, como te he dicho, se callaron la boquita y han ido muriendo. Puede que pensasen que no hay nada mejor que la propia tumba para enterrar lo que pasó o lo que sabían.
—Entonces, ¿no le ve salida a lo mío?
—Digamos que soy escéptica. A no ser que de la gente más cercana puedas sacar algo en limpio que no haya transcendido, a día de hoy, no, no se la veo. A pesar de las muchas horas que le he dedicado, por muchos documentos, fotos, por muchas grabaciones y anotaciones que tenga hechas y revisadas y que hablan del pasado de nuestro Ayuntamiento, en todos los ámbitos, material que naturalmente pongo a tu servicio, no soy capaz de decirte si hubo o no un «caso Hurón». Además, te confieso que estoy harta de intentar desenterrar lo que casi todos prefieren que siga oculto. Así que, si me lo permites, te cedo sin recelos esta patata caliente.
—¿Tan duro es?
—Lo será en función de lo que descubras. No lo olvides.
Después de la advertencia, la mujer tomó un sorbo de la taza, para añadir:
—Hay una cuestión que no quiero que te pase inadvertida. ¿Has leído que se anularon las elecciones del 12 de abril en cuarenta y tantos municipios de la provincia de Lugo, por coacciones y falsedad documental? —Yo asentí, ella continuó—: Por aquel entonces toda la estructura social estaba condicionada por un caciquismo difícil de tasar, pero extremadamente manipulador en lo que a política se refiere. Por eso hubo que convocar nuevas elecciones, concretamente el 31 de mayo del mismo año. En el Saviñao, los dieciocho concejales conservadores electos en abril fueron sustituidos por otros pertenecientes a la Federación Regional Gallega, y, más adelante, cuatro de ellos se pasaron al Partido Socialista. Parece ser que el hecho de repetir las elecciones, de que se escogieran otros y de que encima hubiera cuatro tránsfugas, ¡mira tú, que pensamos que es algo actual!, provocó un gran malestar en las relaciones entre vecinos. Pero con enfrentamientos de todo tipo, eh, que incluso me contaron que se llegó a las manos en la propia corporación, siendo período de paz. Así pues, antes, como ahora, por allí se cocía una política casera que hervía a más no poder y que generó mucha tensión y una enorme brecha en el pueblo. No sé si esto tuvo algo que ver con la represión posterior, a todas luces desmesurada, pero ¿dónde se vio un consejo de guerra por requisar armas después de un golpe militar antidemocrático y por formar un grupo para defender el gobierno legal que, además, no derramó ni una gota de sangre? Pues al parecer esa tensión estaba muy latente y se manifestó durante la guerra con espolios continuos para abastecer el frente bélico y, seguramente también, con pequeñas venganzas particulares que no se transmitieron oralmente ni figuran en ningún escrito, ya sea oficial o no. Me parece importante que lo sepas. Esas supuestas venganzas, sin duda disimuladas entre la barahúnda de terror que les llegaba a los oídos, no sé si mis informantes las callaron porque no las conocían o porque prefirieron no mencionarlas, pero murieron con ellos, a pesar de la confianza que tenían en mí.
—Si me pudiera dar sus…
—¿Nombres? Contaba con eso. Pero ya te digo, al mejor confidente de la represión en el Saviñao lo enterramos hace cuatro años, y los otros descansan para siempre. Piensa que cada nueva lápida que se coloca en una tumba es una losa que se le pone a la memoria.
—Buena metáfora.
—Pero cierta, lo que es una pena. En fin, aquí te he anotado la dirección de dos personas que todavía viven y que, si vas de mi parte, no tendrán ningún reparo en recordar algunas cosas. Incluso les puedes preguntar por el Hurón, a ver, pero a mí, que yo recuerde, nunca nadie me nombró a tu padre para nada. Nunca.
Es una manía. Ya lo sé. Pero no tengo qué hacerle. Va conmigo. Incluso después de confirmar el diagnóstico, ya en la autopista y deseando acabar con mi vida, conté. Hasta quince. Pero esa vez me impuse que no. ¡No, Charly, no! ¡Acaba lo que has empezado!, creo que grité. Por eso. Abrí los ojos al rozar la baliza. Pisé el freno. Porque no podía. No podía quedar así. Tan a oscuras. Tan a medias. No me lo perdonaría. En aquel momento no. Ahora entiendo que es importante. Tomarse tiempo. Disponer de una última oportunidad. Por pequeña que sea. Para. Mientras andas el camino. Mientras arreglas otros asuntos. Calmarte. Sí. Calmarte por dentro.
—¿Lolo? ¿Eres Lolo?
—¡Joder, Charly, cuánto tiempo! ¿Cómo te va?
—Bien, bien. ¿Y tú, qué tal?
—Lo de siempre, entre las vacas, pisando mierda, con perdón. Es lo que hay. Por lo demás, vamos tirando.
—Currando, claro.
—¡Qué remedio! Entre cuidar a los viejos y atender a los animales… Es mi destino. Pero algo hay que hacer, ¿no crees? Y menos mal que de vez en cuando puedo pegar cuatro tiros por el monte o pescar truchas, que… Ah, y discutir con los de derechas, que esos no hay manera de acabar con ellos.
—¿Sigues de concejal, entonces?
—Muy a su pesar. Pero si te digo la verdad, y esto que quede entre nosotros, estoy más quemado que el marcapasos de Fraga, que han tenido que aparcar como la chatarra más inservible. Porque aquí, ya lo sabes, todo sigue igual y no hay dios que cambie las cosas.
—Algo habrás podido hacer.
—¡Nada, no he podido hacer nada! Crearme enemigos, todo lo más.
—¿Y de… de la vida, qué?
—Eso son palabras mayores.
—¿Todavía no has encontrado quien te aguante?
—No, Charly, no. Ya me conoces… Bueno, ¿y qué milagro…?
—Te llamo por un asunto personal. No sé si procede, después de tanto tiempo, pero… Se trata de…, de mi padre.
—¿Tu padre? Tu padre está muerto.
—Sí. Pero tú estabas en el entierro y lo oíste como lo oímos todos. Y como nadie me dice nada…
—Creía que por fin te habías acordado de mí, que me ibas a invitar a cenar, para tomar unas copas o recordar u olvidar el puto pasado, pero…
—Estoy muy ocupado, Lolo. Discúlpame.
—Pues venga, ¡dispara a dar!
—Lolo, ¿quién era aquel viejo? ¿Sabes de dónde vino o dónde vive?
—Yo no lo conocía. Quiero decir que no lo trataba. Lo había visto en la feria, porque pasar desapercibido con esa enorme cicatriz… Pero… ¿qué pretendes ahora?
—Eso es asunto mío.
—Será.
—¿Puedes ayudarme o también prefieres seguir con ese lastre?
—¡No me jodas, Charly! A mí no me vengas con esa monserga. El que nunca ha soltado lastre has sido tú, así que… Si ya han pasado seis o siete años, ¿a qué viene ahora meterte en ese lío? ¿Por qué no lo hiciste entonces? ¿Era duro coger el toro por los cuernos o qué? ¿Era bravo? Pues si no lo cogiste cuando debías, ¿qué quieres que haga yo ahora, desde aquí y sin saber si estabas muerto o vivo en todo este tiempo?
—Nada, no hagas nada. Lo siento…
—¡Espera! ¡Espera, Charly, no cuelgues, por favor! Escúchame y no pienses lo que no es. A pesar de los años y de la separación sigo siendo el amigo fiel de toda la vida. Es posible que me haya embrutecido un poco desde que dejé la facultad y me volví al monte, pero el envoltorio es lo de menos, ya lo sabes. Así que, ya sea mierda o sea arrebato lo que dejo ver, soy el mismo Lolo que… ¡Bah! ¡Basta de historias! Pídeme lo que quieras, menos dinero, que no tengo, y te lo daré. Te lo daré todo, cuanto soy, ya lo sabes. Pero en el asunto aquel… ¡Pfff! No sé. A mí me sorprendió que tú y Sara… Perdona que te lo diga, me sorprendió que no os movierais, que recularais. Y todo porque recuerdo como si fuera ahora en el entierro cómo te volviste y… Aquella mirada tuya se me quedó grabada. Pero luego no hiciste nada. ¡No hiciste nada, joder! ¿O es que ya no te acuerdas? Y después tampoco moviste una paja, no volviste a aparecer, ni dijiste ni preguntaste, no… ¡Nada, no hiciste nada, Charly, nada! ¡Desaparecer! Y yo, ¿qué podía hacer yo si habías prescindido definitivamente de mí? No te estoy echando la culpa, que cada perro lame las heridas de su polla y… Y no sé si aquello tuvo algo que ver o no con tu retirada de Escairón, pero las malas lenguas decían que, si ya no andabas mucho por aquí desde que se casó Ana, desde ese suceso, por lo que soltó aquel viejo, que puede que no tuviera nada mejor que hacer que venir a gritarle a tu padre cuando la palmó, pues eso, que te retiraste de la circulación. Y no quiero preguntártelo, o no debo. Pero a mí me duele que estos babosos de la onda de Evaristo digan trolas de ti, que ya te digo que incluso a alguno he estado en un tris de partirle la cara más de una vez. Pero mira, que digan lo que les dé la gana, que sacando la lengua a pacer tampoco arreglan nada. Lo que debes saber es que yo soy Lolo, y a mí no me importa lo que dicen estos ni lo que dijo o dejó de decir aquel viejo chocho delante de todos, que ya le pudo quedar el cuerpo descansado de la que armó. Que fue muy fuerte, vale, pero… Pero yo sabía que a ti sí te importaría. Es más, quiero que sepas que, porque te conozco bien, ¡cavilador de los cojones!, aun sin haber aparecido por aquí, sin haber dado señales de vida en todos estos años, sabía que el destrozo por dentro iba a ser importante. Y eso me dolía. Puedo decirte que aún me duele, Charly. Pero se daba la circunstancia de que tenías una familia, otros amigos y… Supuse que habías abandonado. No sé, incluso dudé si…
—Porque me conoces, sabes que es mucho suponer.
—Perdona, Charly, perdona. Fue culpa mía no llamarte. Conociéndote, debí haber dado yo el primer paso y… debí entender que tú nunca cogerías el teléfono para llamarme, que nunca aparecerías por casa para darme una explicación o tomar una copa o cualquier otra cosa. Incluso me doy cuenta de lo mucho que te habrá costado marcar hoy mi número y pronunciar una palabra. Llevarás días dándole vueltas y rompiéndote la cabeza con todo aquello. Lo sé. ¡Joder si lo sé! Pero ya que lo has hecho y porque eres tú, te voy a ayudar. Así que ahí va y que sea lo que Dios quiera. Después del entierro yo también pensé en ello y, sí, al poco tiempo, no habían pasado ni dos días, lloviendo a cántaros como nos llovía a todos, busqué lo que tú me pides ahora, intenté averiguar algo sobre el jodido carcamal aquel de la puta cicatriz. Y no fue difícil. Vive, o vivía, porque ya entonces estaba muy acabado, en Sabariz, cerca de A Cova, por donde se va hacia Santa Mariña de Rosende, enfrente mismo del Cabo do Mundo. ¿Sabes dónde te digo?
—Por dónde queda, sí, pero el lugar concreto…
—Pues vas y preguntas, porque el resto ya es cosa tuya, que a mí no me quiso decir ni mu. Le llaman Curuxás.
El hombre, un animal desaliñado con el pitillo colgado del labio inferior, posó el hacha, le dio una patada al tronco de roble resquebrajado, que se separó en dos trozos, y miró a lo lejos.
—¿Pereiro, dices? —preguntó.
—Serafín Pereiro. También le llamaban Hurón.
—¿Hablas del Hurón de cerca de Escairón?
—Sí, del mismo.
—Ni sé ni me importa lo que tenías con él —soltó, arisco—, pero seguro que fue otro mal bicho.
—¿Por qué lo dices?
—No lo sé.
—¡No lo sé, no lo sé! ¿Cómo que no lo sé? Por algo lo dirás, ¿no?
Él calló, yo insistí:
—¿Pero tú lo conocías o no?
—¡Uy, qué coño! Conocer no lo conocía, pero mi abuelo me dijo un día que era retorcido como él solo.
—¿Y te dijo algo más?
—Nada más —respondió, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—O sea, que hablas de oídas —lo acusé.
El hombre me miró de reojo, como si perdonase mi ignorancia de lo habitual por aquellos lares.
—Casi todos hablamos de oídas, tío —exclamó entonces, rascándose los cañutos de la papada sin afeitar—. ¿O es que no te das cuenta? Pero si la murga le fue por ese lado, por algo será, ¿no crees?
—Entonces habrá alguien que pueda demostrarlo.
—Puede ser.
—¿Y quién, a ver? ¿Quizás tu abuelo, el Curuxás? Porque él le fue al entierro y armó una buena…
—De eso sí que no sé nada.
—Ya —concedí, con segundas—. ¿Puedo hablar con él?
—No.
—¿Por qué?
—Porque está muerto.
—¿Cuándo murió?
—¡Hay que joderse! Hará unos seis años, por lo menos.
—¡Vaya, hombre! —solté, dolido por la gratuidad de sus opiniones—. Pones a una persona a caer de un burro porque te lo dice alguien con quien puede que ni se tratara, a lo mejor por una tontería de esas que hoy ni merecen la pena, y no te preocupa. ¿Tú crees que es justo?
—Yo no sé lo que es justo o no, pero a mí tampoco me cuelgues nada, eh. Faltaría más. Si mi abuelo no lo podía ver, no lo podía ver por algo. Y punto. Así que si el Hurón hizo algún mal…
—¡Hizo algún mal, hizo! —insistí—. ¿Pero quiero saber qué tipo de mal y cuánto?
—¡Hay que joderse! —repitió, díscolo—. ¡Pues, al parecer, todo el que le mandaron!
—¿Y quién se lo mandó?
El hombre me observó y, mientras mordisqueaba el filtro del cigarro, expulsó el humo por la nariz. Luego, como si quisiera evitar el compromiso de la palabra, removió la saliva en la boca.
—¿Quién? ¡Venga, habla! —apremié.
Entonces él, con calma, dijo:
—Tú parece que no eres de aquí.
—¡Pues lo soy, claro que lo soy!
—Entonces piensa quién está siempre por encima y te darás cuenta. ¡El miedo es libre, tío!
Yo abrí la boca. Él me examinó de soslayo y asintió casi imperceptiblemente con la cabeza. Luego escupió en las manos, se frotó una contra la otra y cogió el mango. Después de recolocar el tronco con el pie derecho, alzó el hacha hacia el cielo, apuntó bien y, justo antes de golpear, advirtió:
—Pero yo de eso no sé nada, eh, que en esa época no estaba ni encargado. Habla con mi madre, si quieres, cuando vuelva de la apaña.
Y, al tiempo que la garganta emitía un violento gemido, descargó con saña un machetazo que partió el leño por la mitad.
—Usté se cree que no tengo nada más que hacer que andar papando moscas, ¿o qué?
—Pero su padre…
—Mi padre, que en paz descanse, ya no tiene nada que rascar. Nada. Y, si no, vaya a su nicho y verá que es de razón lo que le digo.
La mujer, todo carácter, con el cabello blanquecino por la edad y recogido por detrás con un lazo deshilachado, siguió aclarando la ropa en aquel helado lavadero mal enrasado y cubierto de verdín en las grietas. Hacía frío y, viéndola así arrodillada, metiendo las manos en el agua y, al estirarse, enseñando las corvas y parte de los muslos blancos y adiposos, yo sentía en mi cuerpo un escalofrío de atraso congénito que me descentraba.
—No voy a parar hasta saberlo —sostuve, justo cuando apareció por el camino otra viejecita con un enorme barreño asentado en la cabeza con un rodete—. Si mi padre hubiera dicho eso del suyo, también usted insistiría hasta averiguarlo, ¿o no?
—¡La verga, chaval! —respondió, entendí que para hacerme callar.
Entonces saqué una tarjeta personal y se la coloqué al lado. Ella, después de enjugarse rápidamente la mano derecha en el delantal, la cogió y, cuidando que la que llegaba no se diese cuenta, la guardó en un bolsillo sin mirarla. Luego, metiendo la mano derecha por la abertura del escote, se rascó sin recato la teta izquierda, se retiró hacia atrás el cabello y le dejó un sitio libre a su comadre, que me saludó con un receloso gesto al sentarse.
Cuando me alejaba, las escuché hablar:
—¿Quién es ese, Celia?
—No lo sé.
—¿Qué se le habrá perdido por aquí?
—¡Y a mí qué rayo me cuentas! ¡Si eres tan amiga de saber, ve tras él y pregúntaselo!
Tras la sorpresa inicial, Ana se me acercó apenada por verme tan deteriorado, desgraciado tal vez, y hacer deducciones. Apenada porque lo que no había podido ser regresaba a su lado marchito y sin sentido. Y yo no supe qué hacer con las manos, si abrazarla, si intentar acariciarla, si dejarme caer en esa serenidad infinita que aun así me quemaba por dentro. Había soñado tantas veces con un abrazo suyo que, con aquel ordinario amago, interpreté que nunca había sentido nada por mí, o que mi presencia solo representaba ese incordio del pasado que, tal una figura espectral, tememos que un día aparezca por la puerta. Y resultó duro, por lo menos nada especial, tenerla así, cerca, casi pegada. Entonces, atrapado por el aroma a insidiosas gotas de colonia cara y cuerpo ajeno que en ese instante percibí, la escuché pronunciar mi nombre, de nuevo, con tan poco mimo y acompañado de una vaharada de licor desconocido en su aliento que desconfié aún más de ella y de la mañana. Y, mientras se separaba y con la mano me invitaba a pasar como haría con cualquier locuaz y encorbatado viajante de productos de cosmética femenina, entendí que quería eludir una pregunta que ni era consuelo ni redención para ella.
De esa forma entré en la lujosa mansión que venía a ser su casa y con la que su vida de años atrás no parecía armonizar. Cerró la puerta, me indicó el camino y fui a su lado en silencio hacia un pequeño gabinete en el que la luz también entraba animada por las horas que van pasando. Nos sentamos, entre cojines con ribetes dorados, como dos desconocidos que no saben qué decirse, uno frente al otro y, como a propósito para separarnos, con una pequeña mesita colocada en medio. De aquel instante en que las miradas se evitaron, quizás puedo recordar que tuve miedo de quitarme el gorro, de moverme y derribar con mi fragilidad la de las figuras de porcelana aparcadas por todas partes, de no ser lo que ella esperaba que fuese e, incluso, de amordazar el presente diciendo tonterías que aliviasen la distancia, esa que habíamos dejado crecer desde un pasado que aún habitaba en mí y en el que con frecuencia buscaba la fuerza para continuar. Ella no, por eso preguntó: «¿Qué te pasa, dime?». Entonces pensé que si le contaba lo de mi enfermedad ya nunca me zafaría de su compasión, pero también que si pretendía acabar con las mentiras tampoco podía esconder una agonía que se había apoderado de mí y de la que, por mucho que quisiera, no conseguiría escapar. Merecía la pena, pues, ser sincero. «Vengo porque ando algo delicado de salud», advertí, revisando las fotos familiares con marco de plata, permitiendo que ella me inspeccionase. Luego añadí: «Pero nadie lo sabe». «¿Ni tu mujer?». Negué con la cabeza, observándola sosegadamente, envuelta en esa aura de fortaleza que no era tal pero que necesitaba para seguir adelante. «Hace unos días cogí una baja y dije en casa que tenía que aislarme para acabar un encargo de la editorial. Les llamo por teléfono y va colando. Así ellos se libran de mí y yo de que se compadezcan». «¿Y qué haces?», se interesó, «¿dónde vives?». No contesté, pero, incómodo, apreté los labios. «Perdona el interrogatorio», dijo. «Digamos que llevo una vida retirada», concedí. «Me paso el día por ahí, de un lado a otro, pensando». «Ya hay que tener valor», opinó. «O estar desesperado», repuse. Ella se mordió los labios. «Es lo que hay, Ana», alegué, metido en aquella conversación vacía, «y tampoco le demos más vueltas». «¿Ya no escribes, entonces?», preguntó. «Ya no. ¿Para qué?». «No sabía nada de ti. Hace tanto que… No sé, queda todo tan lejos», adujo. «Pero he leído tus libros. Y me parecen…», dudó, mientras yo ladeaba la cabeza, «me parecen preciosos». Ni siquiera la ternura de aquella palabra, que en otra época puesta en sus labios me habría llenado de dicha, me importó en ese instante. Quizás fue por eso por lo que permanecí callado. «¿Y qué puedo hacer…?», preguntó al fin. «Responder a la pregunta», le dije, «Solo eso». Entonces Ana miró hacia fuera, donde el día llegaba todo junto, como con prisa por acabar su tarea, y calló.
—Usté quiere saber si mi padre fue a aquel entierro, ¿no es así? —exclamaron, tras un intrigante silencio, desde el otro lado del interfono. Si no respondí fue porque reconocí la voz de la mujer del lavadero y excusaba confirmárselo—. ¿Y cómo es que supo que había sido él?
—Entenderá que su padre, con aquella cicatriz y soltando lo que soltó, no iba a pasar inadvertido. Pero a mí me llega con saber por qué lo hizo.
—¡Y yo qué sé! Le daría por ahí. O se las tendría juradas.
—¿Su padre y el mío eran amigos, conocidos…?
—Se conocerían, digo yo, que a mí no llegó a decírmelo. Pero ese día tuvo que animarse con unas gotas de aguardiente. Recuerdo que se lavó la cara, se puso la zamarra, cogió el tractor y allá se fue. A mí ya me parecía que no iba a la cantina, pero… Lo supe al poco, justo antes de morir.
—Señora, ¿y no podríamos vernos y hablar tranquilamente?
—¡De eso nada! Después del asunto de mi padre, por nada del mundo quiero que nos vean juntos. Le digo lo poco que sé, mejor dicho, lo que él me contó, y luego no quiero volver a verlo ni a oír hablar más de esta historia. ¿Queda claro?
—Como vea —acaté—. Hábleme de él.
—Mi padre, que en paz descanse, lo único que hizo en su vida fue partirse el espinazo trabajando en las viñas, que tampoco le quedaba otro remedio. Pero voy al tema. Al poco del entierro, después del accidente, cuando se estaba muriendo…
—¿Qué accidente?
—Mire… Aquí podemos parecer del género idiota por lo que tragamos, pero no lo somos —se enfadó la mujer—. ¿Me ha entendido? Y, ahora, ¿quiere que se lo cuente o no?
—No piense que…
—¡Pienso lo que pienso, faltaría más! Pero mejor no revolver en la mierda, no vaya a ser que nos coma el mal olor. Mi padre, aquel día, mientras agonizaba… Soy hija única y, aun así, ¿a quién más se lo podía contar? Pues va y me dice todo acabadito el pobre que había tenido que ir, que había tenido que ir y nada más. Yo no lo entendía, no sabía muy bien ni de qué hablaba ni… Chochear ya chocheaba hacía tiempo, que entre el morapio y los años… Pero en ese trance, a punto de morir, a uno se le encoge el alma y… Entonces lo debió de pensar, o puede que no le rigiera bien la chaveta. El caso es que calló la boca y no me quiso contar nada más. Pero esa fue la primera vez, el primer intento, digamos. Un rato después va y arre de nuevo que había tenido que ir. ¿Pero adónde coño tuvo que ir, padre?, le pregunté, a ver. Al entierro, al entierro, dijo, todo cabreado, y eso que no le entendía todo de lo que se atascaba, que era como si tuviera algo atravesado en la garganta. Entonces fue cuando recordé aquel día que se había marchado sin saber yo adónde y sin poder detenerlo. Más tarde pregunté por saber a quién habían enterrado en Escairón y supe de quién se trataba. Lo supe, sí, pero nadie me dijo que él…, vaya, que había soltado lo que soltó.
—Pues sí —dije, como si la revelación que esperaba me aplastase—. Yo estaba allí. «Adiós, asesino», gritó, delante de todos.
—Eso dicen.
—Lo gritó y luego se marchó. Pero no le demos más vueltas, señora, lo que yo quiero saber es por qué se lo dijo. ¿Sabe algo de eso?
—Él… Él, nada. Ya no llegó ahí, que prefirió quedárselo. Como si quisiera protegerme, a mí y a la familia.
—Protegerla, ¿de qué? ¿O de quién?
—A lo mejor de usté —indicó.
El silencio que siguió me recordó el aullido del miedo. Lo rompí enseguida:
—Yo soy una persona normal, se lo aseguro. Nunca…
—Lo sé. Ya se ve, a pesar de las pintas. Por eso lo llamo. Y también para pedirle perdón, vaya.
—Déjese de tonterías, ande, y cuénteme lo que sabe.
—En eso estoy. Como le dije, mi padre nunca hablaba de sus cosas, y eso que era muy bromista, que por aquí todos recuerdan para bien al Curuxás, por las juergas que montaba. Pero de sus cosas no hablaba, no. No sé si todos los que tienen algo de aquella época lo callan, pero él lo hacía. Y en los últimos años siempre escuchaba las necrológicas, como si esperara por alguien que, que… El caso fue que unos días antes, con la radio puesta, pegó un salto del copón tomando café. Escuchaba Radio Monforte y, me acuerdo como si fuera ahora, pegó un brinco como un crío y arrimó bien la oreja para oír mejor. «¿Lo conoce, padre?», le pregunté. «Un poco», dijo. Era de pocas palabras, pocas pero acertadas, no como yo. «Será de su quinta», dije, por charlar un poco. Pero él no soltó prenda, se colocó la boina y allá se fue a hacer lo que hacía en el huerto. Luego resultó que no, porque el difunto andaba por los ochenta y tantos.
—Ochenta y cinco —precisé.
—No me acuerdo. Mi padre ya había llegado a los noventa, así que tampoco me importaba si habían ido de mozas o se habían emborrachado juntos o qué. Después de aquello estuvo como nunca lo había visto. No paraba quieto, dando vueltas de un lado para otro y… bebiendo. Siempre le dio duro, pero con aquella euforia que tenía, no voy a negarlo ahora, mucho más. Y era como si necesitara del morapio para coger fuerzas e ir allí y… Hizo mal yendo, lo reconozco, pero también le sentó muy bien ir. Para la salud, quiero decir. Si llevaba veinte años acabadito, el pobre, después de aquella salida lo vi más espabilado. Fue como si volviera con el deber cumplido, como si vaciara toda la bilis que llevaba dentro, y toda junta. Fue, ¡vaya si fue!, santo remedio para sus achaques. Morir tenía que morirse, porque no hay más hacia dónde ir, pero…
—Perdone que insista, señora, pero lo que a mí me importa ahora, tiene que entenderlo, no es la salud de su padre, sino… Alguna razón tendría, digo yo.
—Pues sobre eso… Fuera por lo que fuera, él no dijo nada. Pero no estuvo bien, lo reconozco. Y nada más.
—¿Siempre ha vivido con él? En la misma casa, digo —intenté retenerla.
—Sí, siempre.
—¿Y no hay nada que recuerde, algún suceso, cualquier hecho que él tuviera muy presente en su vida?
—Mientras vivió, ya digo, lo suyo fue tirar para adelante. Acarreó él más brazadas de sarmientos en la viña que María Santísima. Y que Dios me perdone, pero si es justo y hay cielo en el que caer, él…
—¿Y de antes de la guerra, o en ella, cualquier cosa que…?
—En Santa Mariña se habla de que antes había otra prosperidá. Y mucha gente. Pero al parecer luego todo se torció y no hubo manera. Lo torcieron a propósito, o eso decía él. Y enderezar lo torcido…
—¿Y no le contó nada más? Yo qué sé, una muerte, un…
—Ahora que lo dice… Tenía un amigo de juventud que al parecer liquidaron. Contaban que andaba metido en esas cosas, ya me entiende, en lo que no debe meterse quien no puede. Pero no sé si procede…
—¿Metido en política?
—No sabría decirle. Agrupaciones para prosperar, juntas de labradores y cosas por el estilo. Pero eso mucho antes, que yo ya no lo recuerdo.
—¿Cuántos años tiene usted?
—Setenta y tres. Así que…
—¿Y cómo se llamaba?, ¿dónde vivía ese amigo?
—Se llamaba Pepe y vivía ahí abajo, en Mazarelos. Pero yo no llegué a conocerlo, eh, quiero decir que era una niña y no lo recuerdo. Ni a él ni a su mujer. Y lo que pasó se lo llevó el viento.
—¿Lo que pasó? ¿Y por casualidad no conocerá a alguna persona mayor que se acuerde y quiera…?
—Mi padre, que en paz esté, era con mucho el más viejo de este lado, así que no hay nadie.
—¿Por dónde queda eso de Mazarelos?
—Ahí al lado, bajando por el arroyo de la Lama. Él siempre me decía que, incluso de noche, atajando por los viñedos, se ponía allí antes que cualquier coche, que tiene que hacer todas las curvas del Pousadoiro yendo por Fión. Y por la Cova otro tanto. ¿Conoce esto, no?
—Un poco. Pero ese lugar…
—Es ribera pura, trabajo de hombres, que entre cavar y estercolar muchos se dejaron la vida. Pues mi padre fue uno de ellos. Y eso es todo lo que sé. Y, ahora, si no le importa, procure no enredar más con…
—Su hijo me habló de su abuelo y de quien mandaba en aquella época.
—Martín es un tarambana que no sabe mantener la boca cerrada. Estaban muy unidos los dos, que incluso echó a perder a su nieto con tantos mimos y dinero que le daba. Pero lo que le dijo tampoco es nada nuevo, que todo el mundo sabe quién está detrás de todos los tejemanejes de por aquí.
—Ya —reconocí—. ¿De verdad no sabe nada más o es que no quiere contarme…?
—No sé nada más, y tampoco quiero contarle lo que no es seguro.
—¿Lo que no es seguro? ¡Señora, se lo prometo… —iba a decir por mi padre, pero me di cuenta de que no procedía—, le prometo que nunca la nombraré! Ni a su familia. Pero cuéntemelo, por favor. ¿Confesó su padre algo más antes de morir o…?
Un extraño silencio, teñido por el abatido jadear de la mujer, ocupó entonces el lugar de la palabra. Enseguida la comunicación se cortó y los pitidos que escuché en el auricular me espolearon la mente. Fui consciente de que no podía dejarlo así, que después de hablar con varios confidentes del Saviñao y no conseguir ni la primera pista, por fin había dado con una vía.
Durante las jornadas que siguieron vigilé con prismáticos la casa de la mujer, asentada en la ribera y engullida por la bruma que enturbia la vista en el impresionante meandro del río Miño, ante lo que por allí llaman con temor el Cabo do Mundo, y hablé con algún que otro ocioso dispuesto a compartir un tinto casero a cualquier hora en la taberna más próxima. Así, entresacando del maremágnum de los recuerdos, me informé de las extrañas circunstancias de la muerte del Curuxás: había aparecido sepultado por el muro de un bancal que se había venido abajo sin razón aparente y después de que, unos días antes, dos hombres con acento portugués merodearan por los alrededores. Aunque antes de morir el viejo había agonizado varias horas en su casa y las malas lenguas decían que «se lo había buscado», nadie tenía seguridad de nada.
La entrevista tuvo lugar de mañana, muy temprano, porque como un torrente repentino la ansiedad me devoraba. Esperé de pie a que ella, como acostumbraba, saliera a buscar la leche con un recipiente de aluminio colgado del antebrazo y, justo al divisarla, fui a su encuentro por el borde del camino de gastadas losas dispuesto a cualquier cosa, incluso a ofrecerle dinero. Como una figura espectral de piernas arqueadas que surgía poco a poco entre la neblina, ella me vio y se detuvo a escasos metros. Nos miramos.
Merece la pena pararse a observar a estas viudas de aldea que parecen poca cosa, pero que, incluso en galochas, siguen apurando un mundo olvidado y sus bregas. Viven como al margen, porque ni pierden el tiempo leyendo la prensa o escuchando las noticias ni se enteran de lo que pasa fuera de allí o se legisla para ellas y los suyos. Aun así, llevando una vida retirada, poseen una fuerza propia, innata y esencialmente práctica, la que les da el no esperar nada de nadie, la de saber que solo su trabajo les da coraje y pan para pasar el frío invierno y alcanzar de nuevo el tiempo cálido que con seguridad llegará. Por eso tanto pelan patatas como podan las cepas, tanto lavan la ropa como encienden una vela a un santo remolón en una triste y solitaria capilla, tanto estercolan las tierras como se acercan al mercado y regatean por unas docenas de repollos que luego plantarán en el huerto, siempre en luna llena. Por muy desorientado que parezca su caminar por esos barrizales sin desbrozar del interior, por mucho que sepan que en esta vida estamos vendidos, por mucho que el mundo censure a menudo ese proceder o mire para otro lado, ellas, tenazmente, siguen defendiendo lo suyo en cualquier aldea remota de este resquicio del mundo. Y eso sí es valor, no el de otros.
Celia do Curuxás, puedo jurarlo porque me fijé bien, era de esa casta, pero ella, justo al reconocerme, no pudo evitar que las pupilas le bailasen como badajos desorientados en medio de los ojos.
—Sé que lo sabe, señora —dije, sin esperar—. No porque me lo hayan dicho, sino porque se lo noto.
—¿Pero qué dice? —preguntó, para escabullirse.
—Que no me ha contado toda la verdad. ¿A que no?
Entonces ella, endureciendo la mirada, se mordisqueó los labios. Ya no era necesario ningún tipo de conformidad, por eso me acerqué.
—Quedará entre nosotros —declaré, tal vez por ayudarla. Pero ella, como harta, expulsó con fuerza el aire por la nariz y no dijo nada. Entonces yo le pedí o supliqué o algo así me salió mientras con la mano le tocaba la manga de la ropa que vestía—: ¡Lo necesito, señora! ¡Hágame ese favor!
La vieja, consumida y frágil, con un fuerte hedor a orines, rechazó el contacto y se adentró en la hierba mojada de alrededor, desde donde se divisaban los bancales de la ribera. A continuación, parsimoniosamente, posó la lechera sobre un montón de piedras y, mirando hacia la niebla y como poseída por un ser misterioso que desde allí le dictase las palabras, exclamó:
—No le hará ningún bien saberlo, pero allá usté. Aquel lugar del fondo, donde malamente se ve una casa, es Mazarelos. Mire. Pues era la suya, la de los Mazaira. Allí sucedió, según me contó mi padre. Era de noche, y en aquella época todo había cambiado para mal, que no hacía nada que había empezado la guerra. Por lo visto ya se barruntaba que iban a venir, y cuando mi padre divisó los faros de los coches bajando por el Pousadoiro supo con seguridad que iban por él, por Pepe. Desde Mazarelos no se pueden ver las luces ni se oye el ruido de los motores, que la casa queda muy enterrada, así que él, el pobre, se echó a zancadas por entre las cepas para llegar antes y avisarlo. Pero no llegó, esa vez no llegó, porque, aunque era joven, con las prisas tropezó y se fue de bruces contra una estaca, que se le incrustó en una mejilla y… Toda la vida llevó la cicatriz aquella como una marca de lo que le dolía por dentro, que eso fue lo peor, no haber conseguido avisar a su amigo, y salvarlo, a él, a su mujer y a la hija que tenían. Esa era su pena. Y nadie salió, ni en San Mamede ni en el Pousadoiro, nadie salió afuera, ya no digo a defenderlos, que no podrían, pero en lugar de salir y mirar para tratar de averiguar quiénes eran, cerraron las contraventanas y trancaron los postigos. En aquella época era lo mejor, meterse en casa y rezar para que no llamaran a tu puerta por la noche y te llevara el diablo o la barahúnda que se montó. Y él, mi padre, que Dios lo tenga en la gloria, con el cuerpo arrastras, sangrando como un cabrito, que incluso daba pena cuando me lo contaba antes de pasar a mejor vida, no llegó a tiempo de avisar. No llegó, no, pero se escondió detrás de unas zarzas y vio lo que vio.
—¿Qué vio? Cuente.
—Poca cosa, porque todo sucedió dentro, en un cuartucho que tenían de cantina. Al parecer fueron tres o cuatro los que vinieron, armados y rabiosos como perros, dispuestos a hacer todo el daño posible. Y lo hicieron. Pero del resto no sé nada, que ni él soltó prenda ni nadie más lo recuerda. Él solo oyó los gritos desde fuera y, aunque llevaba una navaja en el bolsillo, ante las escopetas poco más podía hacer que salvar su vida encogido entre las cepas. No sé si los mataron allí mismo, si se los llevaron, o qué fue de ellos, que tampoco me lo dijo, porque cuando me lo contaba ya no le regía mucho la chaveta y el juicio le bailaba de un lado a otro con el horror. El caso es que borraron a la familia para siempre, y todo porque Pepe del Mazaira parece ser que se había metido donde no lo llamaban. Y puede ser también que a muchos hombres se les caía la baba por Estrella, la mujer, al parecer bonita como una rosa. Por eso acabaron con todo, pero con todo, que incluso le prendieron fuego a la casa. Él me lo contó porque por lo visto el Pepe era, o iba a ser, mi padrino. ¡Mira tú que para las veces que me pudo tener en brazos! ¡La vida es una jodienda, mala chispa la coma! Y no sé nada más, que él ya no dio palabra ni me dijo nombres, que en eso fue muy cuco. Pero le sentó muy bien aliviar las alforjas conmigo. Y tan bien que le sentó. Mi padre siempre estaba de coña, siempre, le podía más la alegría que la pena, pero aquello no lo olvidó nunca. Hay cosas que ni adrede se olvidan, ¿no le parece? De ahí quizás el arrebato de ir a gritar al entierro, porque vivía con ese hormiguillo dentro, el pobre. Y ahora haga lo que le dé la gana con lo que sabe, pero, si me hace el favor, no le cuente a nadie quién se lo dijo ni vuelva por aquí, que tampoco tengo yo necesidad de amasar más este engrudo. Entonces recogió la caldereta, se giró sin mirarme y emprendió el camino. Por el contrario, yo me asomé a aquel abismo de niebla que envolvía una ribera como con vida propia y miré hacia abajo. Si no veía la casa de los Mazaira, por lo menos la imaginación, temblando, la presentía.
—Señora —llamé—, ¿y qué me dice del accidente de su padre?
—Pregúnteles a los que en aquella época husmeaban por el lugar —respondió, sin detenerse—. Ellos sabrán.
—Pero ¿qué hacían?
—Lo mismo que usted. Tal cual —exclamó.
Y se perdió entre la niebla.
Después de la entrevista y tratando de relacionar, empecé a darle vueltas a otra duda: ya que había sucedido pocas semanas después, ¿tendría algo que ver la muerte del Curuxás con la de mi padre o, mejor aún, con aquella desafortunada intervención en el entierro? Aunque no podía probarlo, la sospecha de una precipitada venganza, incrementada por los recelos que había tenido su hija para hablar conmigo, cobraba visos de realidad y me agitaba el pensamiento. Pero, de seguir lo que la intuición me dictaba, ¿quién la había ejecutado?, y, lo que juzgaba tan importante, ¿quién la había impulsado? Yo, que como hijo bien podía ser el principal sospechoso, desde luego que no.
A pesar de lo averiguado, recuerdo que ya entonces era cada vez más consciente de mi debilidad y de que, por tanto, no tenía futuro. Poseía un presente, mejor dicho, me arrastraba por él, tortuosamente, y parecía marcado por un pretendido pasado en el que debía sumergirme sin remedio, pero resultaba que ese mismo pasado no me traía recuerdos propios como para llenar el pensamiento —en realidad, yo no había hecho viajes exóticos, no había corrido increíbles aventuras, no me había entregado a nuevas sensaciones, no había tenido otros amores y apenas me había acostado con más mujeres que la mía—. Así, me miraba y veía a un hombre sin experiencias, que solo contaba, y gracias, con una modesta imaginación, la misma que poco a poco había volcado en unas novelas en las que un puñado de lectores ocupaban su tiempo. Había vivido amando en secreto a quien nunca supe si me amaba y temiendo ser hijo de un padre salpicado por una palabra que me arañaba el alma. Había vivido sin vivir, ciertamente, deslizándome por los momentos de un reloj que traía las horas desde muy lejos y cubiertas de penuria. Por eso desdeñaba el escaso presente, por eso en aquel instante me acuciaron aún más, si eso era posible, las prisas por constatar el miserable pasado y hundirme en él, porque —para rematar la tortura no paraba de hacerme preguntas—, ¿qué podía esperar de la vida?, ¿qué dejaría de mí para la eternidad al morir? Si acaso, una mísera nota que llenase la esquina de una página en la sección de «Cultura y TV» de un periódico cualquiera. Poco más. Y encima era consciente de la inutilidad y entrega de tantos instantes entre cuatro paredes inventando historias, creando personajes, construyendo párrafos en los que a veces ni los adjetivos parecen corresponderse con lo que piensas, sientes o deseas transmitir. Tanto tiempo y esfuerzo gastados, tanta sensación perdida o sin probar, tanto por hacer o por andar en esta vida… ¿Y total para qué? Para llegar, simplemente, a la nada. ¡Triste miseria humana!, pensaba entonces. ¡Tanta que nadie con una mínima esperanza merece catar tal desaliento!
Además de eso, otro fragor interior empezó a importunarme. Fue justo cuando, definitivamente instalado en la bodega, no muy lejos de Mazarelos, empecé a dudar de que la enfermedad me dejase llegar allí adonde ansiaba, de que era muy probable que truncara mis pasos en los momentos decisivos de la búsqueda. Por eso, y porque seguramente necesitaba las pastillas para levantarme y afrontar cada día, busqué enseguida un médico. Recuerdo que el primer doctor al que acudí después de la espantada hospitalaria, tras indicar que «Para casi todo hay solución» y olvidar la segunda parte de la máxima, al cabo de unos minutos de consulta, me había puesto la mano en el hombro y, paternalmente, me había hablado de los beneficios del Lexatín, un ansiolítico que crea adicción, y que, tras dos semanas, no menos, y solo en el caso de enérgico rechazo corporal, podría sustituir por otros antidepresivos. Pero no llegué a tomar ese medicamento porque, en un foro de Internet sobre el tema, un sensato doctor insinuaba que la perspicacia del médico acaba dándole al enfermo lo que quiere por un hedonismo insaciable de esta sociedad, hecho del que se aprovechan, y bien, ellos y las multinacionales del sector. Por eso mismo no tenía la certeza de si necesitaba psicofármacos, porque no me habían diagnosticado ninguna de esas raras enfermedades con síntomas tan abstractos y de difícil catalogación como la tristeza, el miedo o la incapacidad para sostener el día a día. Sentía, eso sí, un cierto pánico, lo reconozco, pero ya formaba parte de mí, vivía con él. Y tampoco estaba loco. O eso creía.
Necesitaba tiempo, solo tiempo, y notaba que aquel del que disponía se me escapaba sin remedio de las manos. Por eso cuando, confuso como estaba, el médico al que visité en Chantada, un tal Sarmento, me habló del Idalprem «Para salir del paso», vi la luz. Gastaba perilla de cabra y melena, tenía granos y manchas en la nariz, y vestía un tanto estrafalario, pero comentó con indolencia, sin sentir lástima por mí, lo que me gustó, que en lo que se equivocaban sus colegas era en «Creer que ese mal cicatriza como una herida cualquiera».
—En la mente ni hay herida —me espetó— ni venda que valga. Mejor dejar todo a la bartola, y que el mal, si lo hay, se cure solo o te joda por completo.
Con todo, me lo recetó para cuando tuviera un ataque fuerte y «Como un salvavidas al que te puedes agarrar justo cuando creas que te estás ahogando», dijo, y el símil resultó: me fui de la consulta persuadido. Y aunque ese fármaco también crea adicción, en aquellos instantes me miraba al espejo y le hablaba a la triste figura que en él divisaba, para convencerla: «Eso ya no importa, amigo, tal y como tienes trastornada la vida».
Por lo visto disponía de un solo hilo que devanar, pero necesitaba un huso que ovillase la historia; por eso, sentado en aquel patio de la casa de los Mazaira engullido por la maleza, con paredes desmoronadas y conquistada por la hiedra y el hollín de un fuego viejo y tan intenso que incluso había retorcido las tejas, intenté ordenar lo que sabía. Según Celia, habían sido tres o cuatro falangistas que allí habían llegado, en dos coches y dispuestos a todo. Pero de lo que había pasado dentro de la cantina ribereña aquella noche de julio del 36, como si la crueldad de la guerra alcanzase los lugares más recónditos, solo poseía una extraña palpitación, la de la culpa, que enseguida daba en un presentimiento martirizador para el que no encontraba consuelo, y todo porque el resultado final estaba bien a la vista en aquel estrago de hacía setenta y tantos años.
Aunque no había nada seguro, ni siquiera que Serafín formase parte de la supuesta patrulla de falangistas, pues fiarse de la frágil memoria de un anciano alcoholizado parecía un tanto aventurado, todo apuntaba a que el Curuxás lo había visto a él, a lo mejor solo a él, y que había guardado el secreto hasta el momento en que oyó en la radio la necrológica que le confirmaba que aquel hombre había fallecido. Entonces no había resistido la tentación y se había presentado en el entierro para hacérselas pagar bien pagadas por la muerte de su amigo. Por eso se lo escupió todo junto y en una sola palabra, en un escarnio público en el que todos, yo el primero, bajamos la oreja. Luego, justo antes de morir, en unas circunstancias como mínimo extrañas, el viejo había sentido algo así como la necesidad de confesar, de no llevarse el secreto a la tumba, y va y le cuenta el suceso a su única hija. ¿Y qué hizo Celia? Nada, optó por callar la boca. Ahora bien, ¿por qué no se preocupó de investigar?, ¿por qué, al saberlo, no indagó algo, no denunció o…? Consciente de la inutilidad de esa actitud para su familia, solo entreveía una respuesta en las palabras del nieto del Curuxás: tuvo miedo, simplemente. Pero ahora yo, ya que también lo sabía y quería ir más allá, pues ese miedo en mi penosa condición era pura pacotilla, me preguntaba por dónde proseguir. Por los falangistas, no veía otra. Tres o cuatro, sí, pero…, ¿quién más formaba parte, además de Serafín, de aquel grupo de hombres? ¿Seguirían vivos o habrían muerto también?
De entrada necesitaba sus nombres, incluso me servirían los apodos, pero no tenía nada de eso, solo una sospecha, que no pista, la que nadie se había atrevido a pronunciar y que apuntaba directamente al mayor cacique de siempre en el pueblo de Escairón. ¿Estaría entre ellos, o dirigiéndolos, el viejo alcalde del Ayuntamiento del Saviñao, don Evaristo Moreiras? ¿Cómo era posible que en ningún libro de historia que estudiase la represión que ejercieron los falangistas en la comarca durante la Dictadura franquista ni siquiera se mencionase su figura? Ni el mismo Antón Patiño Regueira en Memoria de ferro, un impresionante librito que me leí de una atacada y que recoge algunos de los hechos más conocidos de la represión en Monforte de Lemos y en sus alrededores, cita a nadie del Ayuntamiento del Saviñao, por mucho que se pare en dar nombres y apellidos de los asesinos que teñían de sangre y desgracia las noches del sur de la provincia de Lugo. De esas páginas se desprende el proceder de aquella época, que el autor relata después de loar la convivencia democrática en la República (Eran tiempos de empanadas de currucas y buenos vinos de Amandi. De caza de biosbardos y amistad por encima de todo. Trato y hermandad, y profunda querencia en los días en que todavía se escuchaba a los herreros y la bigornia), literalmente: Pero en su cielo azul asomaron nubarrones. […] De la noche a la mañana, jayanes con camisas azules y fusiles al hombro escupían palabras como «pasear», «alzamiento», «marcial» o «patria». Manolo Abeledo despachaba tranquilo en su farmacia. Cumplía ajeno a que alguien al mismo tiempo esculcara en las fotos del Primero de Mayo de 1936. Y en ellas, junto a la bandera republicana, allí estaba Manoliño. Una cruz reparó en su cara y quedó marcado.
El notario Villalobos por la noche escribía las listas. Un este sí y un este no con las fotografías en la mano a la luz de una vela. La brigada del amanecer se ocupaba del resto y a ella llegó el nombre de Manolo Abeledo. De la Compañía hacían las sacas entre los presos. Los pocos salvados de la primera hora salían hacia Lugo a diligencias. Pero aparecieron en las cunetas con la marca en los antebrazos de los grilletes de acero y los cuerpos baleados llenos de plomo.
Después de releer varias veces solo pude imaginar a la familia Mazaira sacada a la fuerza, ultrajada, aniquilada por unas actuaciones que parecían reiterarse en todos los ayuntamientos: revisar las listas robadas previamente o escrutar rostros en las fotos de los asistentes a las manifestaciones sindicales de las Fiestas del Trabajo. Por eso volví al artículo de M.ª Xesús Souto y examiné las dos fotografías de la concentración del Primero de Mayo de 1936 cedidas por el Círculo Saviñao. Allí, llenando la plaza Mayor de Escairón, había hombres y mujeres apiñados, muchos de ellos jóvenes que portaban banderas, algunos con el puño alzado y el rostro alborozado. Me pregunté si estarían entre ellos Pepe del Mazaira y Estrella, su mujer. Quizás sí. Y quizás también el perverso procedimiento se iniciase, precisamente, es triste decirlo, en aquella instantánea.
Sin poder controlarlo, en aquel momento sentí algo más que pena, una profunda rabia, pues los contemplaba en aquel gastado blanco y negro y no dejaba de preguntarme si había habido algún miserable que, tal como el notario Villalobos había rastreado un álbum de Nuevo[2] el retratista de Monforte, se hubiese servido de esas fotos para ejercer una callada pero mortal represión en el pueblo donde vivía. Y encima los veía tan alegres que no podía apartar la amarga idea de que mi padre, llevase o no fusil, vistiera o no camisa azul, pantalón negro y boina roja, formaba parte de toda esa gentuza que se había manchado las manos con la sangre de sus vecinos. Visto lo visto, todo me lo decía, todo apuntaba hacia él, todo estaba en su contra. Y yo, ofuscado por esta desalentadora intuición, ¿qué podía hacer por él, por su nombre, por sacar a la luz un pasado impune que enfangaría todavía más cuanto me rodeaba? No lo sabía, casi prefería ni pensarlo, pero consciente del daño que, sin ser tanto como el que parece irse destapando, podía causar a mi familia, por primera vez dudé si seguir adelante.
A duras penas convencido —por algo interior que me empujaba—, insistí otra vez en lo que sabía, como buscando las causas del desastre, y entendí la advertencia de la catedrática sobre la tensión existente en aquella época en el Saviñao: elecciones repetidas por coacciones y falsedad, sindicalismo y asociacionismo radicalizado, atentados contra iglesias, formación de grupos armados, requisa de armas y amenazas al estallar la guerra… Todo indicaba una conflictividad que bien podía ser el caldo de cultivo para la posterior represión de la derecha. Por eso tampoco me extrañaría que los Mazaira estuvieran en esas fotos, ni que el mismo Pepe figurase entre los miembros o directivos de las sociedades agrarias —la de Ribas do Miño era la más próxima a Mazarelos— o, ¿por qué no?, de la Agrupación Socialista del Saviñao, a cuyos componentes habían metido en prisión después de un consejo de guerra. La pega radicaba en que en las listas de ingresos políticos de ciudadanos domiciliados en el Saviñao en el 36 en la cárcel provincial de Lugo y en la de Monforte no figuraba nadie de esta parroquia, mejor dicho, no aparecía ningún agricultor de los alrededores, y mucho menos una mujer. Estaba anotada una labriega y una «sus labores», pero ya de los años 37 y 38, respectivamente, y no empadronadas en el Saviñao, lo que no casaba con el suceso que me ocupaba.
Así pues, no me quedaba otra idea a la que echar mano, a lo mejor tenía razón Celia al decir que los habían borrado, pues todo tenía visos de una eliminación drástica y callada, el resultado de la ocasional acción de una patrulla del amanecer formada por varios hombres sin conciencia que ni los historiadores ni sus informantes habían llegado a conocer, talmente un ajuste de cuentas, una venganza política o personal como cualquiera de las muchas alevosas e impunes que habían tenido lugar después del Alzamiento. ¿Pero es que acaso en aquella época resultaba tan fácil suprimir a una familia? Por ligera, temía dar una respuesta, pero si en ese instante me preguntaran qué había sucedido con los Mazaira, qué había sido de sus cuerpos y de los de tantos otros desaparecidos en esa ruin represión, las fosas comunes que los recuperadores de la cacareada memoria histórica estaban sacando a la luz por todo el país respondían por mí, y lo hacían sobradamente. Entonces, ¿a qué podía agarrarme para continuar la búsqueda? A la mera intuición de un nombre: don Evaristo Moreiras, el eterno mandamás de la Dictadura en mi municipio. Hacia él dirigí las pesquisas, recordando la última vez que lo había visto, taimado y de mirada torva, a un lado del camposanto, precisamente en el entierro de mi padre.
«¿Puedo hacértela yo a ti?», preguntó. «Sí», acepté el juego, como si dominase la espera, «pero no será necesario, porque ya me la respondí hace un tiempo, justo después de meterme con los médicos». «Lo mismo da», dijo ella, «a ver: ¿qué harías si supieras que te queda poco de vida?». «¡No, Ana, no!», reprendí enseguida, «necesito que lo entiendas. ¡No es qué harías si supieras que te queda poco de vida! La pregunta es: ¿qué harías si sabes que no te queda nada de vida? Cambia mucho, aunque no lo parezca. Dar respuesta a la primera no tiene ningún interés porque todo el mundo sabe que un día u otro la muerte llegará. Es una fatalidad, pero desde que nacemos lo tenemos asumido. La segunda no resulta tan fácil, porque te ata con la certeza de saber que no tienes salida, de que, por mucho que luches, nada puedes contra ese mal que te condena y que está ahí, ya. Es el tiempo, mejor dicho, su escasez, lo que te obliga a darte prisa para solucionar lo más crucial, y, lo más jodido de todo, lo que te come por dentro al no saber si dispondrás de minutos para llevarlo a cabo. Por eso poco puede ser suficiente, pero nada es un tormento, te lo aseguro».
Me miró con pena, eso sí, antes de remedar: «¿Qué harías si sabes que no te queda nada de vida?». Y yo sonreí, por fin. Al hacerlo estaba seguro de parecer un cómico triste obligado por la concurrencia o los aplausos a estirar la boca. No sé si fue cinismo o incomprensión hacia ella, pero lo hice también porque no tenía que devanarme el cerebro buscando lo que tan fácil se me mostraba, porque no iba a perder el tiempo y era justo que yo también le respondiese.
Hacía semanas que, con desasosiego, eso sí, anotaba en un cuadernillo lo que llamaré los cabos sueltos de mi existencia. La lista contenía palabras sueltas, frases e, incluso, extraños dibujos, pero se me había quedado clavada en la mente como un desesperado manual de agotamiento del que iba eliminando, uno tras otro, los casos menos primordiales, aquellos que podía dejar sin resolver. Había decidido que en tal circunstancia tenía que prescindir del lastre de lo superfluo, pero también de lo vital —lógico, si el resto de mi vida tenía algo así como fecha de caducidad—, incluso eliminar lo importante era necesario. Debía quedarme solo con lo esencial de lo esencial, aquello que, en carne viva, llevaba muy dentro y sentía tan de verdad como se siente esa sed furibunda que siempre has querido saciar pero que nunca has sido capaz. Le he llamado sed, sí, pero sed interior. Y concluí, tras la comedura de coco, que intentar saciarla sería la única e imperiosa tarea a la que me entregaría antes de morir, ya fuese en paz o desesperado.
«Tratar de resolver dos dudas», respondí entonces, mirándola fijamente.
«Solo dos, pero que siempre me han atormentado y que no dependen de mí».
«¿Cuáles?», preguntó, ansiosa. «Una: saber si mi padre era o no un asesino».
Ana abrió la boca y frunció el ceño. Cuando habló, tras humedecer los labios con la lengua, fue como pretender remendar un descosido: «No creo que lo que aquel viejo dijo…». «Pero lo dijo», sostuve. «Todos decimos tonterías alguna vez, Charly». «Nadie hace algo así sin tener un motivo», repuse.
«Todos cometemos errores alguna vez», afirmó, interpreté que leyéndose por dentro. Después prosiguió: «¿Y la otra duda?».
En verdad que algunas conversaciones parecen sacadas de una patética telenovela de sobremesa. Son instantes. Por la agitación de las ramas que rozaban los cristales por fuera adiviné el mismo temor que mostró la voz al desnudarme por dentro y exclamar: «Saber si la mujer a la que siempre he amado me ama también o alguna vez me amó». Luego llegó el silencio, un insondable silencio. Lo rompí enseguida: «Simplemente saberlo».
Evaristo Moreiras López, nacido en 1910 en la parroquia de Freán, ayuntamiento de O Saviñao, provincia de Lugo. Destacado industrial y político. Concejal electo en abril de 1931, exjuez municipal de O Saviñao, detenido en abril de 1936 y puesto a disposición del Gobernador Civil republicano por sus simpatías fascistas. Como destacado miembro de la Falange Española y seguidor de la doctrina franquista oficial durante varias décadas de la posguerra ostentó la alcaldía de ese municipio del sur de la provincia lucense.[3]
Si notas biográficas como esta son las que apenas figuran en libros serios, mi experiencia también puede dar testimonio de este cacique de pueblo que me llevaba, exactamente, cincuenta años y del que siempre consideré que ni la más fértil imaginación sería capaz de mostrar sus abusos sobre los ciudadanos de a pie. Pero, visto desde la circunstancia en que me encontraba, a este personaje únicamente le atribuía una tara: ser el padre de Evaristo. Al parecer todavía vivía, según Carmiña, «en un asilo privado de mucho postín próximo a La Coruña» en el que su hijo, como para edulcorarle la senilidad, había tenido a bien internarlo.
Localizada la residencia, aparqué y entré muy animado por la puerta principal. Me identifiqué como vecino y amigo y supe que el anciano tenía prohibidas las visitas «por expreso deseo de su familia». Recuerdo que la remirada recepcionista, con el cabello recogido y sin capacidad para opinar, me lo comunicó como quien da la hora a un condenado, aunque luego, cuando solicité hablarle por teléfono, reveló que «el enfermo tampoco está para esas». Salí de allí con el pensamiento tambaleante, pero, al ver el viento golpeando las ramas, pensé que en modo alguno me iba a conformar, por eso aproveché la oportunidad que me ofrecía la desavenencia de una pareja de sexagenarios que habían llegado en un Mercedes y que buscaron una puerta lateral con la entrada restringida. El caso fue que me pegué a ellos y me colé ante la mirada del retaco guarda jurado, que, hurgándose en las uñas, hacía que controlaba.
Una vez perdido en los amplios y solitarios corredores, echando algún que otro vistazo más allá de las puertas entornadas, no se me ocurrió mejor idea que acercarme a una operaria de la limpieza entretenida con una vidriera de colores y, como médico nuevo en la institución, pedirle ayuda para encontrar a un interno. Entonces ella, con la piel sudorosa y esa cadencia triste de las mujeres de cincuenta y tantos que se saben perdidas de tanto frotar en la misma parada, pero que sabía de la habitación, se ofreció a acompañarme. Caminando a su lado y en silencio llegamos a «la zona de los enchufados», eso dijo, para enseguida situarse frente a la puerta de Moreiras. Tras empujar la puerta con cuidado, no encontramos a nadie porque, según ella, que con presteza revisó el horario en un tablón de corcho pegado a la pared, a esa hora le tocaba paseo con la cuidadora.
—¿Tan mal está? —pregunté.
—Eso será más cosa suya que mía.
—Desde luego —me precipité a decir.
Entonces quise saber por dónde lo daba y cuánto duraba el paseo. Me miró con fingida extrañeza al tiempo que se acercaba a la ventana y señalaba con la mano extendida hacia la especie de mundo o prisión, aún no lo había catado, que representaba aquella edificación verdosa rodeada por un muro de piedra. Cuando asomé la vista, sin mucho interés, la mujer afirmó:
—Usted no es médico, ¿verdad?
—No lo soy, no —reconocí—. ¿Se nota mucho?
—La mentira se nota siempre. ¿Y qué busca aquí, si puede saberse?
—A don Evaristo. La familia no me deja verlo y…
—¿Es amigo o…?
—Conocido, digamos.
—¿No vendrá a causarle algún daño?
—¡Qué va! Solo para que me cuente algo sobre mi padre.
Ella frunció el ceño.
—Es una vieja historia —indiqué, por salir del paso de su curiosidad—, de los tiempos de la guerra. No creo que le interese.
—No, no me interesa. Pero si saben que ando…
—Vaya tranquila, que ya lo busco yo.
Ella hizo ademán de irse, pero se detuvo y, como si lo necesitase, expuso su parecer:
—Mire, conozco un poco a ese hombre. Más que nada es un viejo verde con un cuerpo acabado y una cabeza que le chochea. Lleva años aquí y sé lo que digo, que dos veces a la semana me toca limpiar en esta parte. Está para el arrastre, créame, y aun así es duro aguantarlo.
—¿Por qué lo dice?
—Porque sí. Usted tenga en cuenta que cuando razona aún dice algo con sentido, pero la mayor parte del tiempo o está callado o suelta unas parrafadas sin sentido que no hay quien las entienda. A ver cómo le coincide hoy.
—Si doy con él.
—Dará —sostuvo, volviéndose a mirar tras los cristales—. Es aquel que camina del ganchete con la muchacha morena, la cuidadora. Se la cambian cada poco. Esta estará más sobada que un pasamanos, se lo aseguro, pues ya lleva meses con él. Necesitará el dinero, la pobre, porque, si no, no me lo explico —opinó—. Ahora que dejar que te toque las tetas un vegetal así tampoco es para tanto. Le alegras la vida, papas un dinerito y todos contentos. ¿No le parece?
—No sé qué decir. ¿Por qué me ayuda?
—Por guapo, no, no se vaya a pensar. A mí el viejo no me gusta ni una pizca. Cabrones como él los hay a patadas, no lo niego, pero a este no lo trago. —Y arrugaba la nariz al hablar—. Será millonario o de alto copete, ¡qué sé yo!, pero debe de pensar que los que lo rodean tienen que lamerle el culo a diario. En la aldea de donde viene puede ser que pise cuanto se le ponga delante, pero aquí no se le debería consentir, ¿no cree?
—Siempre ha sido así —dije, porque me salió, no por justificarlo—. Ya no va a cambiar.
—¡Pues entonces que la palme de una vez!
Sentado en un banco con la pintura desconchada y apoyado en un bastón con extrañas figuras talladas en el mango, don Evaristo, el viejo alcalde de O Saviñao, no me miró cuando me acerqué. Contuve la respiración con la saliva retenida en la boca, pues sentía algo más que emoción por estar tan cerca de quien seguramente tenía la llave del pasado, me senté a su lado y revisé detenidamente su estado, desamparado a más no poder. Ataviado con una especie de batín verdoso con solapa ribeteada, con un amplio pantalón de ligera tela a juego y calzado con chinelas de cuero y finos calcetines blancos, el anciano parecía vivir entre los huesos como de prestado, pues la pálida piel del rostro y de las manos era puro papel de fumar; el cabello, una suave pelusa dispuesta a caer al mínimo contacto; los ojos, un agujero en el fondo de las cuencas y el desbarbado cuello, o la débil conexión con el cuerpo que dejaba entrever, la mera latencia de una progresiva decapitación. Por lo demás, a aquella angustiosa estampa del abandono le temblaba casi todo, desde las comisuras de unos labios por las que asomaba la baba reseca hasta las delicadas y huesudas manos que de milagro se sostenían en el aire.
Una vez identificado como vecino ante la cuidadora, la convencí para que se fuese a tomar un café mientras yo entretenía a aquel viejo casi centenario, al que, viéndolo así, consumido y sin energía, seguramente nunca nadie creería capaz de hacer daño. Pero yo conocía su pasado, su poder, su inexcusable arrogancia. Había soportado dos décadas en ese su territorio de antojos sin el más mínimo escrúpulo y no quería caer en la trampa de la senilidad. Por lo menos tenía claro que no deseaba ser un bálsamo para sus años ni buscaba alegrarle la jornada con palabras amables o gestos amigos.
Mi presencia allí no era una visita de cortesía ni tampoco yo representaba al pordiosero que se acerca al poderoso en decadencia para pasarle la mano como se le pasa a un perro que, a punto de caerse de viejo, todavía temes. Porque si él fuese un perro para mí, sería un perro rabioso, y yo sabía que, aun sin dentadura y muriéndose —en esto coincidíamos—, aun agonizando, don Evaristo querría hincarme los dientes.
Al principio no hablamos. Él permanecía en la misma erguida posición y yo no sabía si me había reconocido o no. Pero al cabo de unos minutos consideré que debía hacer algo, pues no había ido allí para sentarme a su lado y mirar cómo pasaba la brisa.
—A ver, don Evaristo, ¿me conoce o no? —pregunté.
Como si no me oyese, prosiguió tranquilo y tembloroso, completamente ajeno a mi presencia.
—Don Evaristo —insistí—, ¿puede oírme?
Pero nada, en él no percibí ni el más mínimo pestañeo, por eso pensé que me encontraba ante un auténtico vegetal al que no le sacaría ni la primera palabra. Entonces fue cuando escuché su débil y bronca voz al decir:
—Eres igual que tu padre.
—Entonces, ¿sabe quién soy? —me apresuré a decir, sin contener la alegría.
No respondió, y tampoco se movió.
—No voy a andarme con rodeos, don Evaristo —le solté entonces, muy resuelto—. Usted y yo nunca nos hemos tenido consideración y no vale la pena que a estas alturas hagamos el paripé. Si estoy aquí es porque necesito saber algo sobre Serafín. El día de su entierro, en el que también estaba usted, le llamaron asesino delante de todos, ¿se acuerda? Necesito saber por qué. A eso vengo, don Evaristo. A nada más.
Recuerdo que, mientras los estorninos trinaban como locos y un leve rayo de sol se extendía por la hojarasca del patio, pensé que aquel era el lugar ideal para entregar un secreto, para curar uno de mis males. Por eso esperé, confiado como nunca, una respuesta que, por dura o cruel que fuese, necesitaba como respirar. Pero no se produjo. El viejo permaneció callado, inmutable, como si su indefensión fuera un escudo para proteger todavía más lo ocultado. No me resigné:
—Sé que ya no se llevaban bien, y que Serafín…
Me detuve, irritado, al ver su rostro imperturbable.
—Don Evaristo, mire —solté entonces—, al poco de empezar la guerra hubo una patrulla de hombres haciendo de las suyas por el Saviñao. No sé si antes o después también, pero sí durante la guerra. ¡Una patrulla de falangistas en la que puede que estuviera mi padre! No sé si fue usted quien la formó o quien la mandaba, que tampoco me importa, yo solo quiero saber si él era uno de ellos, si hizo tanto daño como para que se lo echaran en cara el día de su entierro y si mereció cargar con la pena con que cargó toda su puta vida. ¿Entiende lo que le digo, don Evaristo? ¿Puede decirme algo o no?
Mientras hablaba, no porque se agitase, asintiese o menease la cabeza y negase, simplemente porque el anciano apretó levemente los labios, creí adivinar que se daba cuenta de todo. Pero parecía como si, con intención, algo en su interior lo apremiase a cerrar la única ventana por la que sería capaz de escapar su declaración. Pensé entonces que a aquel ser despreciable se le podían remover las entrañas, podía perder el sentido o martillear sin compasión el más ruin de los pasados en la puerta de su memoria, lo que nunca haría sería ceder, por eso prefería seguir, además de ignorándome, callado como una tumba.
Juro que no soy violento, que siempre he escogido el diálogo o la discusión frente a la fuerza, pero en aquel instante, ante su silencio, sentí un odio tal que, si me lo hubiesen ofrecido, le hubiera clavado un hierro al rojo vivo en la frente si con eso hubiese tenido la seguridad de que aquel viejo canalla me iba a contar cuanto sabía del indigno pasado que yo presentía. Pero si la tortura no entraba dentro de mis recursos, ¿qué otro método podía usar además de la insistencia? Opté entonces por la más feroz elocuencia, eso sí, cuidando las palabras, posándolas con suavidad y arteramente muy cerca de su oreja:
—No se engañe, don Evaristo, sé que en Escairón se formó esa patrulla de castigo a los rojos como lo sabe mucha gente. Tampoco somos imbéciles. Lo callamos porque a nadie le gusta que se proclame por ahí, porque todos, de una forma u otra, estamos en el ajo. Los hijos de las familias se casan entre ellos y tienen hijos y nietos y todos se mezclan y procuran olvidar porque el tiempo corre que se mata. ¿Quién quiere saber, a estas alturas, lo que no conviene? Nadie, téngalo por seguro. Pero esto es algo distinto, digamos que de consumo propio, particular. Yo quiero dejarle morir en paz, don Evaristo, puede creerme, pero tampoco piense que callando aquello se va a ir más contento para el otro barrio. No es así. Usted morirá y la vida seguirá tal cual. Tenga en cuenta que a la mayoría de la gente le da igual que haya sido un alcalde represor o un constructor al que pertenecen la mitad de las casas del sur de la provincia, le da igual que le fueran las hembras del puticlub de la Morriña y que las visitara cada semana mientras la señora Manuela, tan religiosa ella, ofrecía novenas a la Virgen de los Dolores en la capilla de Vilasante para salvar su alma pecadora. Ya ve que todo se sabe, don Evaristo, porque, con tal de seguir viviendo, a la gente le da igual lo suyo. Y ya nadie lo va a castigar por lo que hizo o dejó de hacer en aquella época. Es así, así será, ¡no habrá castigo porque nadie lo va a juzgar! —recalqué las palabras para que en su cerebro, quizás temeroso de una penitencia, no apareciera esa duda, mientras él permanecía impasible, en una pose que solo unas débiles ráfagas de viento, cardando su escaso cabello, parecían alterar—. Al parecer, Serafín era muy pero que muy terco. Pues yo lo soy aún más. Así que, sea genético o no, a mí ahora se me ha metido entre los cuernos averiguar lo que pasó. Y si no me lo cuenta usted lo voy a saber todo y con detalle por cualquier otra persona que puede que no lo mire tan bien y esté deseando que se muera para ponerlo a parir. Así que dispóngase. Yo quiero oírlo de usted, don Evaristo, por eso vengo. Por eso vengo sin tapujos, por eso le digo lo que hay y lo que quiero de ese jodido pasado. Y si se pregunta por mis prisas, piense que me ha dado por ahí. Quizás es que no somos nada y encontramos consuelo en la mierda de los otros. A mí, porque no le temo a la verdad, me tranquilizaría saber si mi padre era o no un asesino. A usted, ¿qué le tranquilizaría, don Evaristo?, ¿acaso no le vendría bien echarlo fuera? ¿Qué me dice? ¡Venga, hable!
Callé y esperé, casi jadeando. Pero nada. Con los labios apretados, con el mismo temblor en las manos y la barbilla, ni con la deficiente respiración nasal asomó la palabra. Era terco, el viejo, consideré, terco terco. Y así pasaron varios minutos, en silencio, yo pensando en cómo vencer tal resistencia, y él… ¿Qué podía estar cavilando aquel despojo senil y desconfiado? ¿Comprendería mi indignado discurso o andaría perdido en un lapso amnésico en los que, a veces, se revuelcan las neuronas más caducas? Recordé las palabras de la mujer de la limpieza sobre la variable disposición del viejo. ¿Le tocaría esta vez callar, antes del desconcierto mental o la pérdida del juicio? Puede ser, pero al menos había pronunciado una idea coherente, y me había reconocido, así que consideré que se encontraba en un momento lúcido y que debía aprovecharlo. Fue entonces cuando, a lo lejos, vi salir a la cuidadora por la puerta del edificio y detenerse con un hombre trajeado. Los dos miraron hacia el robledal y, a continuación, ella apuntó con la mano derecha al preciso lugar donde nos sentábamos. «Me han pillado, sin duda», pensé. Y también pensé que no me quedaba tiempo, que tenía que darme prisa, por eso me volví hacia el viejo y, un tanto harto, le espeté:
—Como quiera, don Evaristo, pero usted se lo ha buscado. ¿Se acuerda de Mazarelos, ese lugar en A Cova donde tiene tantas posesiones y produce tanto vino? Lo recuerda, ¿verdad? ¡Cómo no se va a acordar si hay cosas que no se olvidan en la puta vida! ¡Pues allí se presentó su patrulla aquella noche, al poco de declararse la guerra! —acusé sin contemplaciones, consciente de que cuanto le contaba rozaba la incerteza—. ¡Allí les montaron la fiesta a un hombre y a su familia! ¿Me lo va a negar? Posiblemente los mandó matar porque Pepe del Mazaira, un pobre sindicalista de aldea como cualquier otro, le hacía la puñeta con los vecinos, o porque le requisó las armas el día del Alzamiento, o porque le quitó la radio, o por… por lo que fuera. Lo mataron como a un perro. ¡Como a un perro y por su culpa, don Evaristo! ¿O ya no recuerda lo que hicieron allí?
Pero el viejo, impertérrito, pura roca, no cambiaba la expresión con mis palabras. Y yo, arrebatado, tanto que ya notaba una cierta lasitud en el habla, proseguí jugando duro mientras los otros se acercaban:
—Pues hubo quien lo vio todo. ¡Hubo quien lo vio y lo sabe todo! ¡Por eso le llamaron asesino a Serafín el día de su entierro, por eso usted calla, porque incluso le mandó unos hombres y…! ¡Mierda! Pues ahora se lo pregunto yo, el hijo del Hurón, porque lo necesito: ¿estaba mi padre entre los de la patrulla?, ¿fue él también por los Mazaira?, ¿qué hostia hizo Serafín por usted o con usted esa noche, a ver? ¿Fue mi padre un asesino?
Sentí ganas de zarandear su obstinado silencio, ganas de, a pesar de mi debilidad, propinarle un furibundo sopapo, para castigarlo y para que de una vez por todas hablase aquel detestable saco de huesos y maldad en que para mí se había convertido con el paso de los años el alcalde Moreiras. No fui capaz. Entonces, a la vista de los que ya a escasos veinte metros iban a interrumpir aquel insistente y rabioso monólogo, pensé que me iría con las manos vacías, que allí terminaba mi búsqueda, por eso disparé, con rapidez, la última bala de que disponía:
—Lo mismo da que calle. Pero recuerde, don Evaristo, voy a hacer cuanto pueda por dar con las respuestas. ¡Gastaré hasta el último aliento, no pararé hasta saber lo que allí pasó y por qué pasó! ¿Por qué metió a mi padre en aquello? ¿Qué tenía él o usted con Pepe del Mazaira para hacerle lo que le hicieron? Matarlo a él y a toda su familia, ¡manda huevos! ¿Era un malnacido, era un problema, qué era, ya, ese aldeano para usted, a ver? Tenía una hija de pocos años y una mujer muy guapa. Estrella, le llamaban.
¿Qué…?
Me detuve porque en aquel instante, cuando ya se oían los pasos de la cuidadora y de su acompañante en la gravilla, observándolo desde un lado, bajo los párpados del viejo me pareció advertir una leve excitación, como si casi imperceptiblemente se le agitase el iris al escuchar aquel nombre. Y si vi un camino, me lancé por él con toda la saña:
—Todos me dicen que era bonita como una rosa. ¡Cuántos por entonces andarían detrás de ella! ¡Cuántos la deseaban! ¡Cuántos la amaban en silencio sin poder conseguirla y sin que Estrella…! ¿Era usted uno…?
Entonces don Evaristo, de improviso, abrió la boca. Una pegajosa baba unía con finos hilos los temblorosos labios y, al respirar con esfuerzo, la saliva acumulada se le atragantó. Pero tampoco habló.
—¡Oiga usted! —llamó una voz ajena.
—¡Estrella, claro! —lo acusé sin compasión, mientras me levantaba sobre él y los otros llegaban—. Ahora lo entiendo: ¡fue por ella!, ¡por Estrella!
Entonces el viejo se estremeció dolorosamente, con el aguijón clavado en el alma, cerró los ojos y, por fin, dijo:
—¡Estrella, Estrella!
Como si cada nueva revelación fuese una piedra que llenara el saco de la memoria con el que sin remedio tenía que cargar, regresé fatigado al refugio de la ribera, y allí, aunque lo intenté, no dejé de pensar en el amor y en el deseo, en esa apasionada fuerza que desgarra las mentes poseídas, y también rechazadas, hasta provocar un daño que, a pesar de todo, ni calma el sentimiento ni nos deja completamente curados o indiferentes. ¿Había sido don Evaristo Moreiras un poseído más? No había que ser muy espabilado para estar seguro de ello, como tampoco era necesario poner a trabajar la imaginación o recurrir a la ayuda del recuerdo chismoso de ancianos de cien años para componer con mayor o menor fidelidad su historia de desamor.
Pero en el viejo cacique yo sabía que había otra obsesión, rayana en lo perverso, la de considerar que todo cuanto se movía por la comarca le pertenecía o podía conseguirlo si así se le antojaba. Eso había sido siempre lo peligroso de esa especie de señor feudal del Saviñao que él representaba y en esa sospecha veía yo, o creía vislumbrar, el móvil de la actuación de aquella patrulla en Mazarelos. Porque, ¿cómo puede, quien siempre ha convivido con la ventura de satisfacer sus más enrevesados caprichos, soportar una negativa tras otra de la mujer que ama?, ¿cómo resiste los embates de la propia mente punzando cada segundo?, ¿de qué manera soporta esa inútil porfía o competición contra alguien que considera inferior y que, aun así y según su opinión, le rapiña lo que más desea? Dura prueba, pensé, para un señorito, la de verse superado por un aldeano que no posee más que una garrida figura y el trabajo de sus manos. Y todo porque, quizás, aquella hermosa mujer, la hembra codiciada, no había podido ni sabido dirigir hacia él ese inexplicable afecto que brota no se sabe de dónde pero que palpita en el pecho. De esa suerte esquiva, de ese amor que no cuajó, pensaba yo, había nacido el rencor.
Estrella y Pepe del Mazaira, seguramente un fortachón ribereño implicado con los sindicatos agrarios, tan activos en la República, se habían casado y habían tenido una hija, además del odio, los celos o la maldición de un rico que se enamoraría de ella en cualquier romería, fiesta, procesión o donde fuese y como fuese, pero que nunca podría poseerla. La pareja había tenido, además, la triste fortuna de que empezara la guerra y de que esa animadversión oculta dispusiese de una excusa para ir por ellos. La patrulla del amanecer recibió la orden y se dispuso, para, al final, realizar un trabajo tan impecable que apenas dejó huella. «Estábamos en guerra», había leído hacía nada en una hipócrita justificación de los vencedores con semblante aséptico y mirada pretenciosamente desafecta, «no había más remedio». «Lo había», pensaba yo, «seguro que lo había».
Sumido en esas cavilaciones, repasé una vez más la documentación sobre el Saviñao, releí la escena de la requisa de radios en Escairón contada por Moure Mariño, y así pude imaginar, entre aquellos muchachos vociferantes subidos en las camionetas y armados con hoces, palos y alguna que otra escopeta, a Pepe el del Mazaira agarrado a la barandilla con una mano y con la otra gesticulando amenazadoramente hacia el cacique y sus sicarios. Pero todo dio la vuelta con tanta rapidez que, al día siguiente, las radios ya estaban en su sitio, los muchachos escondidos donde podían y los caminos y pistas del Saviñao recorridos por patrullas armadas que, al grito de «¡Arriba España!», imponían el nuevo régimen por la fuerza. También en las que llevaban al lugar de Mazarelos.
Ana volvió la cabeza e hizo que miraba por la ventana mientras un mechón de cabello le ondulaba el perfil. Por muchos personajes que crease, por mucho sentimiento y turbación que lograra atribuirles o les hiciese sentir, juro que en aquel instante podía adivinar mejor por dónde pululaba el inquieto vuelo de los jilgueros que su pensamiento, tan ajena y desconocida resulta la mente femenina para un hombre confuso. «¿Siempre me has amado, entonces?», preguntó, como ida. «Siempre», respondí, agradecido por ponérmelo tan fácil y sorprendido de mi firmeza. Noté que suspiraba por el movimiento acompasado de su pecho. Lo noté y pensé que tenía derecho a venir y preguntar, y si no lo tenía ya lo había cogido, por eso preparé la defensa ante lo que presentía arrebato de mujer casada que parece tenerlo todo atado y no quiere líos con amantes despreciados o novios resentidos, aunque tampoco fuese ese mi papel. Pero Ana no replicó con Evaristo ni con los niños, no habló de la sirvienta, a punto de llegar, no buscó disculpas ni se escudó en el qué dirían vecinos y conocidos si escucharan conversación tal entre una señora acomodada y el supuesto amigo de la infancia en el gabinete privado. Tampoco me miró como al infeliz personaje que yo, en esa escena, parecía representar. Sin recogerse el cabello, sin dejar de escapar con la mirada, se levantó y, mientras caminaba o huía hacia la licorera que en un estante mostraba una seductora mudez, dijo: «Pues cuando resuelvas la primera duda, tendrás respuesta a la segunda».
Refugiado tal eremita sin dios en la bodega donde Serafín perdía las horas con cualquier cosa para, quizás, intentar olvidar lo que había hecho, el estruendo de la imaginación —ese ser fabuloso que, por perverso, doña Carlota temía— injertaba en mí un diáfano camino trazado en el pasado. Y así, angustiado por un creciente desánimo y la paulatina pérdida de fuerzas, me esmeraba en reconstruir una cruenta historia que, a pesar de salpicar a la familia y a mí mismo, me permitía ocupar la mente en algo que no fuese la debilidad que la enfermedad me provocaba, lo que ya de por sí constituía un bálsamo, quizás el único bálsamo del que en aquel momento podía disponer.
Por eso pensaba una y otra vez en los Mazaira, personas de las que nunca antes había oído hablar, que no había conocido, pero que anidaban en mi imaginación con la fuerza de unos personajes de ficción que, sin contar mucho al principio, como tantas veces les sucede a los escritores, arramblan con todo para ser los verdaderos protagonistas. Ellos representaban la pasión, la lucha, la resistencia popular y sentimental ante la imposición de un antagonista atravesado por la herida de un dios irresponsable.
«¡Qué buena novela podría escribirse solo con dejar volar la imaginación!», pensé entonces, fascinado por el presentimiento. Pepe, Estrella y don Evaristo como vértices de un triángulo amoroso que fácilmente se me dibujaba y para los que no habría límite, pues, desde una postergada pasión infantil hasta un repentino flechazo, divisaba o se me figuraban miles de escenas que bien podían haber sucedido, con sus enredos y sus perversiones, porque todo formaba parte de una cautivadora historia posible. Y obstinadamente pensaba en una seductora hija de campesinos por la que sin recato babeaban los muchachos de la comarca, podía ver al poderoso don Evaristo enamorado y suspirando en secreto por ella, por su cuerpo de hembra creída, derritiéndose por rozar sus labios provocativos y sabrosos en las borracheras de San Roque o en las juergas de la fiesta de los Dolores, abrazándola cada noche en un lecho vacío que le retorcía la mente hasta rayar el odio hacia quien, simplemente moceando, podía mordisquear los suaves pechos de aquella sílfide e, incluso, enterrar sus carnes en las carnes abiertas, gozosas, espléndidas de la deseada, aunque inalcanzable, Estrella. Y así, dándole vueltas a ese polígono imaginario, cualquier circunstancia mostraba visos de ser realidad pasada con la que debía contar si quería desenredar el ovillo, y únicamente el funesto final le ponía freno al frenesí de la imaginación, pues marcaba el límite de la fantasía. ¿Será que la muerte no le hace concesiones a la inventiva?, ¿será que, por mucho que lo intentemos, ante ella incluso el mismísimo caletre hinca la rodilla? ¿Por qué la muerte, solo ella, posee tan injusta potestad?, inquiría, ¿por qué?
Concluí que ese torrente que me hervía en el cerebro nunca se convertiría en novela, nunca, pues lamentablemente no entraba en el terreno de la ficción, no era papel emborronado sin más para llegar a ser, al final, un libraco olvidado en una estantería polvorienta de una librería cualquiera. De aquel cruento final de la vida no se podía huir, como yo tampoco podía escapar del sentimiento de culpabilidad que por mi padre me embargaba y que, como una mano lo hace con un folio lleno de ideas baldías, me estrujaba la mente.
Apenas liberado de esa elucubración, me centré en el final de los hechos, en lo sucedido en aquella noche que situaba al día siguiente del Alzamiento de Franco, es decir, en las sombras que abarcaban del 19 al 20 de julio del 36 y que urgían mi búsqueda. Partí, además, de que habían paseado a los Mazaira, sí, y en mi mente como oscuros pájaros se mostraban sobradas causas. Incluso concedí que mi padre estuviera presente. Pero para seguir adelante debía buscar otra vía distinta a la que me había llevado hasta el alcalde Moreiras. ¿Cuál? Ni lo dudé: dar con los, digamos, camaradas de amanecer de Serafín, que bien podían ser falangistas afiliados, sicarios reclutados en los ayuntamientos próximos —procedimiento que, según los historiadores, empleaban a menudo para evitar ser reconocidos por los vecinos—, o simples compañeros de juerga del mismo pueblo de Escairón que habían armado a la cuadrilla represora, seguramente bajo el mando del propio don Evaristo. Dar con ellos, o con su identidad, constituiría la única misión válida, pues resultaba poco probable que, aparte del fallecido Curuxás y de la imposible confesión del viejo cacique, quedaran otros testigos de aquella noche. ¿Pero quién, con más de noventa años y próximo a don Evaristo o a Serafín —que por cierto no tenía amigos, y como hijo sé lo que digo—, podría soportar el paso del tiempo sosteniendo en la mente unos asesinatos nocturnos, entre ellos, quizás, el de una niña?, ¿quién podía ser capaz de semejante atrocidad sin pararse a pensar, tan siquiera un poco, lo que en forma de remordimiento se le venía encima? Quien fuese —un monstruo, desde luego—, si todavía vivía, solo podía estar hecho de un pellejo inservible, pura inmundicia. Sin dejar de darle vueltas, también me pregunté: ¿Fue tan cruel mi propio padre para degollar o dispararle a una criatura inocente que, desde el fondo de la mirada, seguramente lo observaba sin entender el porqué de tanta saña?
En estas amargas bregas andaba liado cuando oí unos golpes en la puerta.
Era noche cerrada, silbaba el viento en las tejas y, aun así, golpeaban e importunaban, pensé, mientras me acercaba a abrir.
Los dos hombres, de mirada torva y gestos contenidos, impusieron las siluetas delante de los faros del coche y no respondieron a mi saludo.
—Que se venga con nosotros —soltó el más joven, un resuelto retaco que rondaría los treinta, sin afeitar, con las mejillas coloradas y, por lo que me pareció, con un moco que asomaba por el orificio derecho de la nariz. Y añadió—: ¡Ahora mismo!
Me quedé anonadado, tanto que el otro, un esmirriado de arrugas hasta en la barbilla y pelo cano, que roía con los dientes un palitroque pelado, le echó una mano al hombro y, como si terciara entre nosotros, dijo:
—Calma, Luciano, que este es señorito y no será necesario insistirle. Déjame a mí, anda.
El aludido, aunque torció el gesto, le cedió el sitio al hombre, quien, después de dar un paso adelante y observarme con media sonrisa, prosiguió:
—Verá, amigo, la persona que nos paga nos ha enviado a buscarlo. Nos ha dicho que lo invitáramos por las buenas, que lo está esperando y que…
—¿Y si no quiero ir? —me atreví, mientras entornaba la puerta.
Entonces el más joven no pudo contenerse y echó su enorme mano a las tablas, deteniendo mi acción con facilidad, al tiempo que bramaba:
—¡No te queda otra, coño! ¡O vienes o te llevamos a rastras!
—Tranquilo, Luciano, que las cosas también hay que razonarlas un poco —medió de nuevo el más viejo—. Estás hablando con un vecino de toda la vida. El hijo del Hurón, nada menos, ¿o es que ya no lo recuerdas? Además, es amigo de… —El hombre se detuvo, comprendí que para no pronunciar el nombre del que los enviaba. Enseguida agregó—: En fin, amigo, que si puede ser por las buenas…
—¿Tú no eres el hijo del Fandelo —pregunté, justo cuando me pareció reconocer al que hablaba—, el que recogía la leche hace años?
—Sí —admitió de mala gana.
—Buen hombre, tu padre —proseguí—. Siempre que me veía, no sé por qué, paraba el camión y me daba una golosina. ¿Qué ha sido de él?
—Está en casa, impedido —apuntó, con un asomo de tristeza en la voz, y a continuación escupió el palillo, como si no le agradase aquel giro de la charla.
—¡Vaya, hombre! —lamenté—. Pues dale recuerdos míos, de Carlos Pereiro, Carlitos, como él me llamaba, el hijo del Serafín. En cuanto a mi amigo Evaristo —apunté muy adrede, y ellos abrieron mucho los ojos al mismo tiempo—, por muy bien que os pague, quiero que le deis un recado. Decidle que no tengo ganas de verlo, pero ninguna, y que si quiere algo de mí, ya sabe dónde estoy. ¿Entendido?
Los dos cazurros aquellos se miraron el uno al otro y, como bloqueados, no supieron qué responder. Luego, aunque el tal Luciano quiso reponerse bufando su disconformidad, el otro, del que desconocía el nombre, pero que parecía poseer más luces, le indicó con un contenido gesto que era mejor marcharse.
—Así lo haremos —exclamó—. Quede con Dios.
Cerré rápidamente y atranqué la puerta por dentro, desconfiando de un arrepentimiento que no se produjo. Después no me fue difícil imaginarlos a la luz de la luna, discutiendo sobre cómo era posible que un tipo sabiondo y estrafalario como el que les había salido a la puerta, al que encima le da por albergarse en una lóbrega bodega, pudiese hacer oídos sordos a tal orden, y, lo que más me divertía, regresando al lado de un irascible Evaristo, que, con seguridad, los iba a poner a caldo, porque vaya par de inútiles tenía empleados que ni de llevarle a un esmirriado como yo eran capaces.
A través de la ventana lo vi bajar del todoterreno en aquel neblinoso amanecer y pensé que llegaba temprano un viento desafortunado, de esos que, por mucho que lo intentes, nunca logras evitar que te roce. La silueta avanzó unos metros entre las cepas para luego, arrimado a un muro y ya cerca de la bodega, detenerse a mear. Con la minga entre los dedos y el vaho de la orina disipándose en el aire, lo observé bajo la claridad de la luna. Gabán caro doblado en el antebrazo, traje holgado y sin prestancia, camisa blanca y corbata floja en el cuello, pura fachada de empresario triunfador al uso, con la honestidad dañada y pasando reiteradamente la mano por el cabello después de una noche en vela en la que con seguridad no faltaría el whisky y los cigarros, no sé si alguna mujer. Un poco más robusto de lo que lo recordaba, especialmente el abdomen, y con entradas que le prolongaban una frente sudorosa, Evaristo Moreiras hijo parecía un caduco galán que, despreciado, se había lanzado de cabeza y porque sí a la mala vida. A pesar de todo, yo sabía que en el interior de aquella traza moraba el impositivo Evaristo de siempre, albardado por el tiempo y sus llagas, esas de las que ni los propios dioses consiguen librarse.
Pensé entonces que cualquiera podría considerar, sin equivocarse, que él y yo éramos viejos amigos, pues, además de formar parte de la misma pandilla, aquella que nos llevó de la infancia a la juventud, pasando por una adolescencia en la que yo proyectaba y él ejecutaba, los dos habíamos tenido parecidas vivencias y una relación que, superando la mera complicidad, alcanzaba las lindes de la confidencia. No nos habíamos criado juntos, porque él era el heredero del opulento alcalde que vivía en las afueras del pueblo, en una mansión rodeada por un enorme muro de piedra y con criados que le hacían la vida fácil, y yo, el hijo de un triste mutilado de guerra que vivía del otro lado, en las casas baratas, pero casi.
Y a pesar de eso, a pesar de todo lo que habíamos sido y compartido, yo lo odiaba. Lo odiaba, sí, pero no por sus muchos defectos, no con ese tipo de odio que es arrebato o furor y que te proporciona fuerzas de flaqueza para intentar destruir como sea a quien es más poderoso que tú, ni mucho menos con la saña de los que solo les queda una cáustica labia para vengarse, tampoco con esa rabia intelectual de quien se esconde o huye, porque nunca vencerá en un combate para el que se sabe sin armas y, más que nada, sin la capacidad para que todo le dé igual. Aun reconociendo que anidaba en mí un poco de cada caso, mi odio bien podía considerarse indigno, y digo esto condicionado por la educación recibida, por la edad, por todo cuanto me había influido, incluso por ser como era y para lo que ya no había remedio. Por eso nunca había tenido fuerza de voluntad para enfrentarme a su proceder, por eso me había callado, por eso mismo había desaparecido o había huido de su lado o… ¿qué más había hecho yo para no enfrentarme a él y a sus vilezas? De todo. De todo, pero nada. Nada porque él seguía con las artimañas que siempre lo habían distinguido y yo me había convertido en un auténtico pusilánime, hecho que, en esos instantes, me escocía aún más. Así de insano era, pues, mi odio hacia él. Y lo era fundamentalmente por un motivo, porque yo, desde el fondo de un espíritu destrozado, en vano y a mi modo, yo amaba a su mujer.
Ya sé que esto que acabo de reconocer no es nada vergonzoso, que sucede a menudo y que, para superarlo, otros como yo se remangan ante la vida y buscan soluciones tan ordinarias como tener amantes, chupar como garrapatas la sangre del enemigo, intrigar a su alrededor hasta hundirlo, atiborrarse de estupefacientes o saltarse el decoro con un brinco feroz e indolente hacia donde sea, incluso hasta caer en la más pura indecencia. Otros. Pero yo no fui capaz de nada de eso, por lo que tampoco sorprenderá que, parapetado del pasado y de ellos dos, intentase tener una familia y, más que nada, poco a poco intentar olvidar esa tortura. Está claro que no lo he logrado. Resulta que por muchas vueltas que le demos, aunque nos queramos rebelar ante el destino, las personas cavilosas y aprensivas como yo no tenemos más salida que claudicar ante nosotros mismos y el corrosivo poder del propio pensamiento. No hay otra.
Éramos, pues, antiguos amigos, llevábamos muchos años sin vernos y, aun así, una vez que entró en la estancia y nos enfrentamos, ni nos saludamos. Muy al contrario, desde el principio él vareó, con una crispada mirada y el arañazo de su despectiva voz, mi refugio:
—¡En qué te has convertido, Charly, mira en qué te has convertido! ¡Pelón y andrajoso, tirado en este cuchitril como cualquier baldragas que no tuviera nada! ¡Como un gallina escapando de la gente!
—Puedes decirme lo que quieras, Evaristo —indiqué, sin mirarlo, sentado en la silla junto al catre a medio hacer—, puedes insultarme e, incluso, restregarme por la cara el dinero o las posesiones que tienes, no me va a importar. Pero recuerda que eres tú el que vienes a mí. Y eso sí importa.
—Te importará a ti, que siempre has sido muy espurrido con todo. A mí solo me importa lo que hay, y lo que hay es lo que has hecho.
—¿A qué te refieres?
—A que si me da la gana te puedo complicar la vida, Charly —repetía el nombre como si quisiese golpearme con esa fusta—, porque cualquier abogado de oficio puede acabar contigo en unas horas.
—No sé de qué me estás hablando.
—Hablo de tu visita a mi padre, Charly. De eso hablo. Puede que lo mirase con extrañeza tal que no pudo contener la sonrisa.
—¿Pensabas que porque los guardas y las enfermeras no te identificaran pasarías inadvertido para las cámaras? ¿Pensabas que disfrazado con esas pintas te colarías y no te pillarían? —exclamó con desdén—. Pues no ha sido así, Charly, y eso que al principio me costó reconocerte.
—Muy bien, era yo —concedí, sin comprender—. ¿Y qué?
—¿Y qué?, ¿todavía dices y qué? —parecía escupir, frunciendo el entrecejo—. ¿Acaso no sabes lo que has provocado? No entiendes que con una simple denuncia…
—¡Pues preséntala, hombre! Pero si por ir a hablar con un vecino…
—Un vecino que después de esa visita entró en crisis —dijo, con una gravedad que me alarmó—, que se puso a agonizar y, a las pocas horas, murió.
No supe ni qué decir, tan confuso me sentí ante la noticia. Reconozco que lo normal hubiese sido darle el pésame, pedir disculpas, arrimar con voz cálida una explicación a su supuesto pesar de hijo. No lo hice porque, conociéndolo como lo conocía, una sospecha me hizo callar y esperar la consiguiente refriega.
—Ha muerto, sí. Era viejo y duro, pero algún día tenía que tocarle. Lo hemos enterrado hoy y que Dios lo acoja en el cielo, si quiere, que bastantes años aguantó y mucha lata dio a los que lo aturamos aquí abajo —soltó, mostrando su sentido práctico ante la vida. Y a continuación reveló su verdadera cara—: Pero aun siendo grave de cojones lo que has hecho, que no te lo tomaré como un favor personal, lo que quiero saber es otra cosa, Charly.
Como si buscara mi participación, se calló un instante. Pensé entonces en sus sentimientos, en su caminar de indigna sanguijuela por la existencia, tanto que incluso no había aprendido a ser recatado en el hablar, y me sentí tentado por su duda. ¿A qué se refería? ¿Qué quería de mí, además de acusarme de un fallecimiento del que ni por asomo era o me sentía responsable? Opté por seguir a la defensiva y no pronunciar palabra, por eso me apoyé en el respaldo de la silla y miré hacia la neblina del amanecer de la ribera.
—¿Es que no te interesa? —preguntó.
—Has acertado. En realidad, y siento decírtelo, Evaristo, hay cosas que me preocupan más que lo tuyo. Si quieres algo pídemelo de una vez, y si no márchate cuanto antes, pues ya sabes que no eres bien recibido en esta casa.
—¿Que no soy bien recibido en esta casa? ¡Manda cojones contigo! —exclamó, gesticulando con los brazos abiertos—. Debo recordarte, Charly, que estas cuatro paredes de mierda las puso mi padre a nombre del tuyo cuando eran jóvenes. Y la viña también. Para que lo entiendas: ¡esta casucha fue un regalo del señor alcalde a un simple asalariado! Ya tu padre era un don nadie, y tú, el listo de Carlitos Pereiro, la mente más despierta y con más futuro de Escairón, en la opinión de casi todos esos necios visionarios que pensaban que el mundo era lo que no es, tú, Charly, vas camino de ser incluso menos que él. Pero a mí no me importa lo que digan ni lo que seas, ni siquiera que aun contradiciendo a tu madre te empeñes en no vender, porque, para que lo sepas, ya hace bastantes años que, por petición suya, esta viña la trabajan mis peones, y meo y cago en ella cuando y cuanto me da la gana. Si yo quisiera, esta viña estaría ahora echada a perder y de la bodega ya no quedaría piedra sobre piedra. Puedes creerlo. Ya sé que está en medio de mi propiedad y que es un puto incordio. Pero no hay problema, ¡es tuya, hostia! Ya que te la ha dejado tu padre, ¡quédate con ella y que te aproveche! Y ahora voy a lo que he venido: ¿qué fue lo que le dijiste a mi padre o qué pasó para…?
—Nada —me apresuré a responder, sin siquiera mirarlo.
—¡Cómo que nada! Si…
—Te digo que nada. Fui porque quería saber algo de Serafín.
—¡Pero también fuiste a mi casa! —descubrió—. ¿O no? Y hablaste con Ana, que no tuvo más remedio que contármelo, porque… Te lo voy a preguntar por tu bien, Charly, para que de una vez sepas a qué atenerte. Y ante todo procura darme una razón convincente. ¿A qué has vuelto?, ¿quién coño te ha dado permiso para meterte con mi familia y conmigo?, ¿qué hostias andas hurgando por aquí?, ¿qué buscas tantos años después por el Saviñao?
Guardé silencio, el mejor antídoto para aquel rebrote de neura.
—¡Acabo de hacerte una pregunta, Charly! —gritó.
—¿No has dicho que hablaste con Ana?
—Ella no quiso… ¡No me calientes la cabeza, Charly! ¡Habla de una puta vez si no quieres complicarte!
—¿Me estás amenazando, Evaristo?
—¡Te estoy hablando claro! Tómalo como te plazca.
—Pues también yo voy a ser muy claro, aunque no conteste a ninguna de tus preguntas. Por mucho que grites, por muy poderoso que seas, resulta que no tengo que pedirte permiso para hablar ni con tu padre ni con tu mujer. Eso lo primero. Y segundo, para que se queden intactas todas tus dudas: hago lo que me da la gana, busco y hurgo en lo que me parece, y estoy donde puedo estar y sin molestar a nadie, cosa que no puedes decir tú.
En ese instante, azuzado por mis palabras, Evaristo dio varios pasos, me echó las manos al cuello, me levantó de la silla como un monigote y me giró violentamente hacia él, al tiempo que, apretando los dientes, escupía:
—¡Tú, tú, Charly, me cago en todos tus putos muertos!
Entonces se calló, sorprendido de mi debilidad, porque yo, colgado, no tenía fuerzas ni para intentar defenderme. Y me miró a los ojos y cerró la boca y esbozó un inefable rictus en el rostro que no era sino pena. Pero pena por mí. No lo pude soportar, así que le espeté, aún con la garganta apretada:
—Márchate, anda, que esta batalla la tienes perdida.
—Ana dijo… —balbució mientras me soltaba—, dijo que estabas…
—¡Completamente perdida! —insistí aún, sin ánimo.
—¡Cacho cabrón! —bramó, al tiempo que con solo soltarme me tiraba encima de la cama. Y a continuación, reculando hacia la puerta, me soltó—: ¡Tus batallas son siempre tan retorcidas que no hay Dios que las entienda! Quizás por eso has ganado alguna que otra. Pero recuerda que en la guerra vale todo, Charly, todo. Por eso siempre la gano yo.
Percibir la compasión. De los demás. Es una sensación que no puedo permitir. Por eso trato de frenarla. Como freno al diablo que aún ahora me consume la cordura. Y aun siendo capaz de soportar este sentimiento. Indefensión que pulula por mí como una criatura rabiosa que no quiere dejarme descansar, que estruja las tripas como si constantemente me las revolviese y que trepa sin compasión hasta la mente para amargarme cada instante —y todo porque, sin serlo, al final, este mal es un bicho inmundo con el que aprendes a convivir—, yo convivía y convivo con él. Porque habita en mí. Me tiene cogido. Por las entrañas. Me las rasga. Una y otra vez. Úlcera inevitable. De la que. No hay manera. De zafarse. Ya pueden los cirujanos quitarte carne. Cuanta consideren. Y más. Ya puede el psicólogo divagar. El mal permanece en el espíritu, que diría un creyente. Porque el persistente bicho sabe. Sabe para qué está. Y se ceba. En el pensamiento. Incluso con saña. Con toda la saña. Y puede que esto que siento. Ni es dolor ni es mal. Es. Es una latencia que apareció de repente. No cuando me lo comunicaron, sino en el mismo instante en que lo presentí… Lo presentí. Y desde entonces soy otro. ¿O debo decir que los dos, el bicho y yo, ya somos uno? No lo sé. Pero si él no siente compasión por mí, si no la siente, Evaristo Moreiras sí la sintió. La sintió, sí. Cuando me dejó. Allí tirado. Y se fue. Y eso… En aquel momento… Eso. Duele.
Después de ese encuentro, la mente, espoleada por las entrañas, no dejó de maquinar. Si, por un lado, con la muerte del viejo Evaristo Moreiras se cerraba un camino para mi búsqueda, pues él, sin duda, formaba parte de los hechos que implicaban a Serafín, por otro también se abría una nueva y extraña vía, aquella que, rondando la intuición, se preguntaba por los motivos que había tenido su hijo para venir a verme. ¿Proseguiría, tal herencia de padre-alcalde, con el intento de control de cuanto se movía por el pueblo o bien lo ofuscaban las dudas por mi visita a su padre? ¿Tendría algo que ver con Ana, su esposa? Aunque no acertaba con las respuestas, consideré que Evaristo nunca había manifestado interés por los demás, nunca se preocupaba por nada que no fuese su propio provecho, y todo porque había sido educado de esa forma, le iba bien así e, incluso, él era como era y no había manera de cambiarlo para mejor. Por eso concluí que la visita, y su consiguiente cabreo, nada tenían que ver con su padre, tenían que ver, exclusivamente, con él. Fue así como deduje que algo en su vida, lo que fuera, no marchaba bien.
Aunque cualquiera de nosotros —yo mismo, que en esos momentos me aventuraba por otros derroteros— puede preguntarse si hay alguien a quien le vaya bien todo en la vida y jamás lograr responder con seguridad, pero ya fuese el pasado, ya fuese el presente —¿qué representaba Ana en ese momento para él?, me pregunté a mayores—, sin duda había algo importante que se le desmoronaba sin remedio, y yo, quizás por casualidad, pero codiciándolo, tal una termita que a modo de engrudo aparece de improviso sobre un mueble del salón, yo había aparecido. Y eso representaba el pusilánime Charly para él, deduje, una triste termita que repentinamente se manifiesta en un montoncito de polvo, pero que entonces, solo entonces, uno se da cuenta de que siempre estuvo ahí, tejiendo o tramando en silencio. Por eso Evaristo, queriendo tener atado lo que podía descomponerle el futuro —¿realmente poseía yo ese poder?—, reaccionó con rapidez buscándome y presionándome. Concluí entonces que aquella no iba a ser una batalla más entre dos personalidades antagónicas —poderoso promotor versus irredento pensador—, aquel era el combate definitivo de una guerra vital que llegaba al final y para la que, de tapadillo, de una forma u otra, quizás sin ser consciente, siempre me había estado preparando. El triunfo o la derrota, en mi caso, solo sería el anticipo de otro ineludible desastre, ese que el destino depara a cada uno.
Aun así, pensé que Carlos Pereiro, el gastado Charly, incluso consumiéndose como el enfermo terminal en que se había convertido, además de las inútiles armas que siempre había enarbolado frente a las afiladas púas de los Moreiras, poseía ahora una de la que nunca había dispuesto, o mejor dicho, se había liberado de una traba que siempre lo había atenazado: el miedo interior. Y todo porque entendía que ya nada podía asustarlo. Nada podía asustarlo más de lo asustado que estaba.
Una vez leída la noticia de la muerte del notable señor del Saviñao y asqueado de tanta loa de pseudoperiodista digital que ni a contrastar datos se para, aparté de mí el portátil y salí de la bodega dispuesto a remover cielo y tierra con tal de encontrar algo sobre Mazarelos. Solo adelantaré que, ante todo, tuve suerte.
Si aquel puro saco de huesos, desgalichado como un espantapájaros, se sostenía en pie al salir de la taberna, no era debido a la consciencia sino a un raro sentido del equilibrio que solo los años de ebriedad y abandono permiten alcanzar. Yo lo he visto y doy fe. Hablo de Gumersindo. Pero unas horas antes, para saber de sus andanzas, tuve que identificarme ante un grupo de ociosos ocupados en cantar las cuarenta en una mesa tapada con un cochambroso hule de cuadros como «de la universidad, para la que andamos un buen grupo de personas a vueltas con el pasado, investigando cómo se vivía y recogiendo palabras antiguas, de esas que hay que anotar cuanto antes porque solo los más viejos las llevan prendidas en la memoria».
—¿Los que la palman con una helada? —preguntó uno de ellos entre las carcajadas del resto.
—Esos mismos —me apresuré a responder.
—¿Y eso pa qué vale? —interpeló el más dicharachero.
—Pa nada, seguramente —aseveraron, para evitarme la complicación.
Y así, sentado en aquel rincón del saber que mezclaba el olor a lejía y orujo con el tufo a fritanga que desde un cuchitril a modo de cocina ventilaba hacia los sufridos clientes, conseguí la información. Sin querer, mientras los escuchaba charlar, tuve la impresión de que se reían de su propia miseria, la de aquella tierra bravía y plagada de hombres recios y curtidos por el sol que entregaban la flor de la vida partiéndose el alma entre viñas escalonadas para, al final, no tener nada, para no ser nada, solo pura ignorancia.
Muy jóvenes todos ellos para haber vivido la República, e incluso la guerra, de su parloteo resultó que aquel vejete solitario —en otra época jornalero en el tiempo de la bina, la vendimia o la poda, ahora dedicado a la pesca nocturna de truchas y anguilas, a la cestería artesanal y a ejercer de barquero para aventureros de pacotilla que navegan por el embalse de los Peares—, duro como una piedra pero completamente consumido por el licor café y la picadura mal liada, ya muy arrimado a los noventa, siempre según los presentes, tras la muerte del Curuxás, ostentaba el privilegio de ser el más longevo de aquellos lugares que conservaba todo el sentido, eso teniendo en cuenta que no vivía en esta orilla del río, sino en una chabola escondida en la espesura del otro lado, en el mismo Cabo do Mundo, perteneciente a la parroquia chantadina de Nogueira do Miño. ¿Y a qué se debía, pues, que cada lunes de cada semana, sin faltar el primero, atravesara el río y subiera a pie, entre bancales y robles, la empinada ribera del Saviñao? Simplemente a la proximidad de la taberna de A Cova, pues emplearía el doble de tiempo en llegar a la de Nogueira, además de serle, digamos, menos familiar.
De ese modo, Gumersindo llegaba siempre con la siesta echada, ventilaba tres cuartillos bien medidos de un vino que al parecer le sabía a gloria al tiempo que parrafeaba con cualquiera repitiendo lo de la calorina que se echaba y la mierda de dinero que se habían inventado con el fin de confundirlo, para a continuación colocarse una hogaza en el sobaco, una lata redonda de sardinas en un bolsillo del tabardo y una botella de licor de café en el otro, preguntar si debía algo, dejar un «Con Dios» que sonaba a lavativa para los presentes y coger billete de vuelta como si una ocupación mal presentida lo apremiase, por esta vez y por precaución, por la angostura de la pista que, cuesta abajo, se retuerce como una serpiente buscando el agua.
Luego, ya a la sombra de los sauces de la playa de la Cova, montaba en su destartalada barca y atravesaba tranquilamente el río, meaba donde le apetecía, incluso por sí, y se echaba a dormirla, justo hasta que los primeros rayos del día siguiente deshacían la niebla y la claridad entraba por las rendijas de las paredes de la chabola para despertarlo. Entonces, con el hambre taladrándole el estómago, abría la lata con su tremendo cuchillo, mojaba la miga del pan en el apetitoso aceite aquel y se tragaba cuanto se le ponía delante, migajas incluidas. Y en eso consistía su vida junto al Miño, en eso consiste todavía hoy.
—Pero ¿se puede hablar con él o no? —pregunté.
—¡Sí, hombre, sí —respondieron—, que la chimenea aún le rula que no veas!
—Pero ojo —advirtió uno—, mejor que lo acuerdes antes con el Chuchamel.
—¿Quién es ese?
—¿El Chuchamel? ¡Un randa de tres pares de cojones! Se llama Toñito y vive ahí mismo, en Sabariz. Él dice que es de la familia, que vela por lo suyo y que tal, pero lo que hace es quedársele con la paga y vivir sin dar golpe a cuenta del viejo. Aquí, en la cantina, le deja pagados los vicios y cuatro cosas para que vaya tirando, mientras él le mete brasa por las pistas a una cafetera de segunda mano que se ha comprado. Está como una puta cabra.
—Zumbado perdido —confirmaron.
—Mejor sería que se lo hablaras antes, no vaya a ser el demonio que se le crucen los cables y lo tome por donde no es. Y entonces puede que sí.
—¿Entonces puede que sí, el qué?
—Que te rompa la crisma, así de claro. Es capaz, eh.
—Ya lo creo —aseguró otro, desdentado él, acercándose al sanedrín—, que tiene unos prontos… Y con el viejo peor, que siempre piensa que le andan meneando las perras.
—Hombre —apunté—, si por preguntarle algo…
—Tú verás. Pero anda con cuidado.
El caso fue que, con las prisas, me salté la protección del tal Chuchamel y esperé en la tasca a que apareciera el viejo.
—Este hombre, aquí donde lo ve, manda mucho, Gumersindo, ¡ya lo creo que manda! —exclamó la mujer que atendía tras el mostrador, después de presentarme como, casi, del gobierno—. Hágame caso y cuéntele cosas, ande.
Así que, después de proponerle hablar fuera y una vez completado un ritual tabernario que incluyó tres emboquillados seguidos, salimos juntos y caminé a su lado intentando darle confianza. Pero a Gumersindo, entre otros problemas, no era fácil seguirle la conversación, pues en la boca, mientras revolvía saliva y lengua, no solo no le salían completas las palabras, sino que repetía una y otra vez ideas extraviadas que, de improviso, iban y venían de su mente sin razón ni porqué. Nada logré, hasta que, una vez junto al río, el anciano posó el trasero en una piedra bajo un árbol que daba sombra al sendero de pescadores y, al tiempo que se limpiaba el sudor de la frente, me miró con extrañeza. Yo, más cansado que él por el bochorno, y ya liberado de ropa, no me senté, sino que me dediqué a tirar piedrecillas procurando que saltasen sobre la superficie del agua.
—Y, entonces, ¿qué se le ha perdido por aquí, míster? —preguntó.
—No se me ha perdido nada, señor Gumersindo. Solo quiero hablar.
—¿Hablar y más nada?
—Eso es. Hablar.
—Pues pa eso no creo que… ¡Venga, hombre, que lo mío no val pa na! —exclamó—. ¡Na de na!
Y durante un rato le aguanté el tambaleo del pensamiento, con expresiones inconexas e incompletas y gesticulaciones varias que acompañaban un descontrol que, realmente, no parecía llevar a ninguna parte. Hasta que repitió:
—¿Y puede saberse qué se le ha perdido por aquí, míster?
Tomé aire y lo expulsé lentamente, armándome de paciencia, pues entendía que su memoria era lo único valioso para mis pesquisas. Si él no recordaba nada, yo ya no podría desentrañar aquel hecho del pasado sucedido cerca de donde nos encontrábamos. Ya fuese el vino o el tabaco, ya la edad o la solitaria y dura vida, deduje que la mente del viejo no estaba para un rescate con la distancia que yo pretendía. Con todo, nada perdía por intentarlo:
—¿Recuerda algo de la guerra, señor Gumersindo?
—¿Qué guerra? —preguntó con el ceño fruncido.
—¿En qué año nació?
—¿Quién, yo?
—Sí. ¿Sabe en qué año…?
—En el veinticinco, ¿no?
—Pues eso, si nació en el veinticinco —me alegré de esa precisión, por lo que podría seguir—, ahora tiene… tiene ochenta y dos u ochenta y tres años. ¡Y, joder, está hecho un chaval! ¿Sabe que es usted el más viejo de por aquí?
—¡Me voy a morir, carajo! —exclamó, sin tristeza alguna.
—Eso todos —le ayudé, y me sentí extraño al hacerlo—. ¿Siempre ha vivido aquí?
—Sí.
—Y de mujeres, ¿qué? Quiero decir, si no se ha casado o…
—¿Y con quién me iba a casar?
—No sé, pero…
—¿Y quién iba a querer venirse conmigo pa este bujero? Hay que estar guillao.
—Pero alguna habría que le gustara, digo yo.
—Había una, había, allá por Santa Mariña, que tenía unas piernas muy majas, ¡la cabrona! —Y estiró el labio, no la sonrisa. Luego, conmigo muy atento y, quizás, más adaptado a su difícil pronuncia, continuó—: Muy majas, sí. Se casó con un vecino y allá se fue pa Suiza. Se fue, que ni sé qué ha sido de ella. Pero aquí no quedan mujeres, ¡qué va!
—Pues esto es muy bonito para vivir —consideré.
—Será será. ¡Y para tomar por culo! —me cortó como si nada.
—Y si tanto le disgusta, ¿por qué no se marcha usted también?
Gumersindo me miró desde sus ojos castaños como si un poso de resentimiento los trabase a él y a la osadía que nunca había tenido para, como habían hecho tantos otros, abandonar la tierra. Entendí que, aunque conocía todos los atajos que bordean el Miño y era capaz de sobrevivir a todas las adversidades de la vida como un animal solitario que no necesita más que una guarida para refugiarse y un cacho de carne que roer, para irse de allí estaba limitado por lo que era: una persona sin educación, sin higiene, sin una mínima posibilidad de sobrevivir en una sociedad de la que él mismo se había apartado y que rechaza a los bichos raros, por humanos que sean.
—Tengo que irme —dijo, levantándose—. Se hace tarde.
—¿Cómo sabe qué hora es sin reloj?
—No sé la hora, no —y miraba hacia las sombras del otro lado y se movía—, pero es tarde.
—Espere, señor Gumersindo, espere —dije, mientras me acercaba a su indefinible hedor y lo agarraba por una manga—. A ver, ¿puedo ir con usted?
—¿Adónde? —se sorprendió.
—Allá. —E indiqué con la barbilla hacia la orilla contraria—. Dicen que hace de barquero, así que le pagaré el viaje e iremos hablando. Entendí que aceptaba cuando frunció el ceño y se echó a andar. Lo seguí y, en silencio, llegamos a la barca, o a las cuatro tablas rehechas con maderas gruesas —a la manera de las barcazas empleadas tiempo atrás para pasar gente o uvas de una orilla a otra del Miño— y cubiertas con pez mohosa para que no penetrase el agua. Luego desató el nudo de una rama de sauce, asentó los remos y subimos con cuidado.
El viaje duró lo que dura un camino desconocido en el que nadie da palabra, pues en esa curva el río se ensancha y el agua remansada se vuelve oscura por la profundidad, pero yo, desde la popa, solo miraba el ribazo hacia el que nos dirigíamos y que hablaba de otro modo de vida que siempre había estado presente y para el que la mayoría de nosotros nunca tenemos ojos: salvaje, abrupto, frondoso a más no poder, increíblemente bravo y pavoroso por el verde sombrío y las enormes rocas que parecían querer precipitarse por la ribera sin conseguirlo. Entonces pensé en aquel espacio agreste como en un peligroso paraíso en estado primitivo en que solo los más fuertes logran sobrevivir. Y Gumersindo formaba parte de él, era un ejemplar más, minúsculo y singular, eso sí, pues no había más que observar sus uñas, uñas como garras, y la mirada vivaz y acechante, sin duda preparada para cualquier contratiempo, para darse cuenta de ello.
Con todo, me sentía satisfecho por haber subido a la barca e iniciado ese periplo. No por nada, pues quizás solo consumía el tiempo que me quedaba en una descorazonadora empresa que no era sino el arrebato final de quien se sabe perdido, pero muchas veces sucede que con mirar alrededor y de otra forma es suficiente para descubrir algo, no sabes qué, tan oportuno o único que te sosiega por dentro. Me pasó en ese instante, en aquellas cuatro tablas en medio del río, y fue como una extraña alegría que no quise contener.
Cuando dejó de remar y por orden suya eché mano a una rama y puse el pie en una roca colocada a propósito en la otra orilla. Liberada de mi peso, el viejo giró con habilidad la barca hasta atracarla en una especie de muelle natural entre raíces, para luego, muy resuelto, bajar él. Yo, dispuesto a pagar, saqué un billete de la cartera y se lo ofrecí.
—Guárdelo pa quien coma d’eso, ande, que aquí no val una perra —indicó, para enseguida soltarme—: Y ahora ya me dirá qué coño va a hacer trepando ribazo alante. A no ser rasguñarse con un espino o romperse la crisma con un pedrusco, no veo otra.
Sonreí, quizás porque tampoco yo veía otra salida. Fue entonces cuando, todo serio, insistió con qué era lo que se me perdía allí.
—Ya se lo he dicho —sostuve—, hablar y poco más.
—¡La verga que me dio! —exclamó, como cabreado—. ¡Hablar por hablar no produz, lo sé de sobras!
—Señor Gumersindo, hágame el favor, a lo mejor usted se acuerda de unas muertes que hace muchos años sucedieron ahí, en Mazarelos…
—Yo no entiendo de esas vainas —se escabulló sin dudar—. Además, ahora tengo una jodida bicha desde hace días tentando la suerte. La he colocado el armadijo muy de mañana y quiero ver qué ha sido de ella. Si ha caído, hay cena y se puede quedar, si no…
—¿Me invita, entonces?
—¡Ay, cona! ¡Si hay que pacer se pace!, ¿o no? —exclamó, casi con una sonrisa. E inmediatamente, estirando la mano, indicó una dirección—: Por esta trocha arriba no tiene pérdida, da con la casa. Vaya por ella y no se desvíe, que luego no habrá dios que lo gobierne.
Sin más, el viejo apretó el paso por una pequeña cuesta que quedaba a un lado y me dejó solo en medio del bosque.
Gumersindo, un tanto desparrancado por el esfuerzo y enseñando el diente por la comisura, llegó cuando ya oscurecía. Venía excitado y ni saludó, pues traía a la espalda un saco de esparto con un animal todavía vivo dentro. Sin reparo y menos ceremonia, se hizo con un oxidado cuchillo incrustado en la pared, metió una mano en el saco, cogió por las orejas lo que resultó ser una enorme liebre, la sujetó entre las piernas y le rebanó el pescuezo. Y no hubo estertores o quejidos, sino varias frenéticas convulsiones justo antes de morir. Enseguida la tiró al suelo, donde el animal se retorcía manchando con su sangre espesa y oscura la abundante hojarasca, y se dispuso para la faena remangándose hasta los codos.
Yo, con la boca abierta y la saliva retenida, paralizado por la cruenta escena que no hacía sino confirmarme lo presentido en la barca, me caí sentado en el tronco de roble que había servido para sostener la espera. Pero el viejo, siempre sin mirarme y silbando de contento, se metió dentro a revolver en las cazuelas. Cuando volvió, recogió la desangrada liebre, la metió de nuevo entre las piernas y le pegó un corte a la piel del lomo. Luego se volvió y, por fin, me llamó para que le ayudase. Me levanté y fui a su lado, sin saber muy bien en qué consistiría mi tarea.
—Agárrelo con las dos manos —indicó.
Cogí con asco la parte de piel que me ofrecía, la trasera, mientras él agarraba la sanguinolenta delantera.
—Tire —ordenó.
Tiré hacia mí y no logré despellejar ni un palmo.
—¡Tire, cona! —gritó.
Lo intenté con todas mis fuerzas, escasas, debo decir, hasta que la piel se desgarró un poco, las manos me resbalaron en la grasa del animal y, mal asentado en las hojas del suelo y sin poder evitarlo, me caí hacia atrás como un fardo, sin energía. Entonces, el viejo, al verme despatarrado entre palos y latas de sardinas vacías esparcidas por allí, se rio con ganas enseñando los dientes.
—¡A ver si se va a joder, míster! —gritaba entre carcajadas—. ¡Hay que ver, tiene menos fuerza que un pedo de burra!
Con rabia, me puse en pie, agarré la liebre y tiré cuanto pude, pero a duras penas pude remedar los violentos tirones del viejo, que remató él solo la faena rompiendo las patas, cortando las pezuñas, retirando la piel y poniendo a parir mi disposición, en su opinión «muy señorita».
Sin más adobo que sal gorda aplicada al mismo tiempo que asaba la liebre al espeto, acompañada eso sí por la hogaza que había traído pegada al sobaco y el licor de café, servido en un enorme vaso de cristal, seguramente nunca pasado por agua y del que, a pesar de mis escrúpulos, bebíamos los dos, se convirtió en un suculento manjar del que dimos cuenta junto al fuego. Tampoco es que estuviera para chuparnos los dedos, pero me agradaba comerlo en aquella extraña y montaraz circunstancia que me envolvía o que, insospechadamente, me evadía.
Mientras limpiábamos los huesos de carne apenas hablamos, y no porque Gumersindo fuese —que lo es— un viejo huraño al que por mucho que lo intentes no hay forma de que entre en conversación o que a veces no se le entienda bien lo que quiere decir —y más con un bocado atravesado en la garganta—, tampoco por una especial dificultad para conectar, sino más bien por un mecanismo defensivo que emplea para mantener la distancia necesaria, como si la coraza de desconfianza pudiese más que la necesidad de relacionarse con los de su misma especie. En ese momento estábamos dos desconocidos dando cuenta de una liebre asada junto a un seductor fuego y ni por asomo a él le daba por preguntarme de dónde venía, quién era o a qué me dedicaba, por nombrar las preguntas típicas de un inicial trato.
—Señor Gumersindo, verá, he venido aquí por… —pronuncié de una vez y con toda seriedad.
—Vendrías porque te ha dado por ahí —soltó, ya tuteándome, lo que atribuí a los efectos del licor de café.
—Ya le he dicho que para hablar de cosas que sucedieron en el pasado.
—El pasado pasó. Pasó. ¡Y come y calla —cortó mi iniciativa—, que se enfría!
Más tarde volvería a intentarlo:
—A lo mejor conoció a un tal Pepe. Pepe del Mazaira, que dicen que murió en el año 36 en Mazarelos.
—Ahora tengo que cagar —me soltó entonces, levantándose con cierta prisa—. O cago o reviento.
Y allá se fue, hacia las sombras que tan bien conocía, dispuesto a darse un gusto y, al parecer, ajeno a mis interrogantes.
—¿Y de qué vive, si puede saberse? —pregunté, cuando regresó y yo ya no podía más, también por coger otra vía—. Quiero decir, ¿qué come y qué…?
—¿No lo ves? Liebre.
—Pero no comerá liebre todos los días.
—¡Hombre, no! Hoy es fiesta, que hasta me has dado suerte.
—Y cuando no caza una liebre, ¿qué hace? Pesca, claro.
—Pesco, pesco, que lo que sobra aquí es comida. Pero para los animales hay que ponerles el armadijo, a todos, si no… Igual que a las cobras y a las ratas de agua. También me he papado salamandras, lagartijas y… Que se papan bien, no creas.
—¿Pero come de eso?
—Yo papo a Cristo bendito, aunque no lo parezca. Papo, papo. Lo único que no me van son las castañas. Esas no, las putas, que un día, de joven, cogí un empacho de castañas con leche batida que por poco me voy p’allá de la cagalera que agarré. Por eso como la hogaza y las sardinas. Me sientan bien.
—Pero vivir sin nadie al lado…
—¿Y qué quieres? Me acostumbré así, desde pequeño. Antes tenía una perra. Tenía, tenía. La Chispa. Se la llevó el diablo, seguramente, y ya no volvió, la muy cabrona. Y ahora me voy a dormir —dijo desperezándose y bostezando sin mesura, después de limpiarse los labios llenos de grasa en la manga—. Es mi cura. Si me muero, mejor que me coja durmiendo, y luego que me coman los gusanos o la madre que los parió a todos, que gran favor nos hacen con tanta mierda como engullen. ¡Vaya si hacen! Si quieres puedes meterte en un saqueto que hay en ese rincón. —Señaló hacia dentro con un gesto—. Hay un cobertor que te puede servir. Pero lleva una brasa pa ver, que aquí no se aprovecha más luz que la del sol.
Y con esto, Gumersindo, liberando un eructo, encendió un manojo de pajas en el fuego y se fue adentro. Por la puerta entornada pude ver cómo se quitaba los zuecos y se dejaba caer en un deshilachado colchón de hojas de maíz, para luego taparse con un grueso manto de cuadros y apagarse al mismo tiempo que la luz de la paja que había tirado al suelo.
Yo, que no tenía ni pizca de sueño, antes de acostarme preferí meditar sobre aquel indómito vivir, aquel pasar por el mundo, ya no como un asceta, sino como un animalillo silvestre que se adapta a una naturaleza que te da lo justo para ir consumiendo los días que te tocan. Y, por lo visto, a aquel anciano le habían tocado más que a cualquier otro de la comarca, lo que también me dio qué pensar. Por eso, juntando palos y hojas secas para que aguantase la hoguera, consideré que yo, de tener que vivir allí, no duraría ni una semana. Entonces, quizás comparando, consulté con las llamas cómo era posible escoger una vida tan dura y apartada de las comodidades de un hogar y de una familia, incluso pregunté si Gumersindo creía o no en algo más que no fuese la mera supervivencia, porque, ¿conservaba aquel viejo temerario alguna ilusión? Y llegados a eso, ¿qué esperaba de la vida? ¿Se emocionaba con algo mejor que cazar un animal o ver caer por allí un alelado personaje llegado de una supuesta civilización a tiro de piedra y que ni maña se daba para despellejar una liebre? Por mucho que fuese una persona, tuviese sentimientos, sensibilidad y deseos, no me atreví a responder por él, pues en ocasiones resulta tan ajena la condición humana que quizás por devanarnos los sesos en exceso es por lo que nos equivocamos tanto.
Me despertó un violento empellón. Abrí los ojos y, herido por la luz de la mañana y zarandeado por poderosas garras, me vi arrastrado fuera de la chabola, donde un gigantesco energúmeno, sin afeitar y vociferante a más no poder, mientras me amarraba sin contemplaciones por la mandíbula, acercó su encolerizado rostro y me largó improperios del tipo «¡me cago en la puta madre que te parió, mamón!, ¿qué hostias de cojones crees que haces con el viejo, eh? ¡Habla! ¡Habla ya o te parto la crisma!». Pero yo, con el maxilar trabado por la férrea zarpa y sin poder físico, no pude ni siquiera balbucir que nada, que no hacía nada.
—¡Si piensas que me estoy chupando el dedo estás aviado! —bramó entonces, alterado por la respuesta—. Tú bien sé yo lo que buscas, ¡me cago hasta en el coño bendito! ¡Pero de la somanta que te vas a llevar te va a quedar un buen recuerdo!
Y, sin más explicaciones, soltando otro de aquellos estentóreos juramentos con los que enmerdaba a todos los santos, el hombre, barrigudo y vigoroso, levantó la mano derecha y me propinó un cachete en la boca. Apenas me dio tiempo a notar el instantáneo calor de la sangre entre los dientes, porque enseguida me echó al suelo y sentí el dolor de una patada en la espalda, a la que siguió otra en los muslos.
Tirado y sin protección, pues no sabía si Gumersindo seguía durmiendo o consentía aquel maltrato, mientras me estremecía con cada impacto y temía el tino del siguiente, fui consciente de que, dada mi debilidad, nunca lograría librarme, mucho menos defenderme, de aquel animal enfurecido; por eso, decidido a resistir, me encogí todo lo que pude tapándome la cabeza con las manos y cerrando los ojos. Luego, cuando ya el dolor se había apoderado de todo mi cuerpo y ni reptando conseguía escapar de la injusta paliza, opté por suplicar que parara.
—¡Cierra el pico, sarnoso! —gritó él, apretando los dientes con saña, mientras proseguía con la tunda, golpeando en cualquier parte, unas veces con la mano y otras con el pie—, ¡que pareces un puto listillo sarnoso!
Cuando por fin se cansó de golpearme, me cogió de nuevo por la ropa y, resollando desaforadamente, me arrastró entre la maleza sin dejar de amenazarme y cagándose una y otra vez en la madre que me parió o en quien coño me abatanó, por recordar alguna de las delicadezas que su boca vomitaba. Y aunque para mi cuerpo era un alivio no recibir más golpes, la mente no dejaba de preocuparse por lo que aquel bruto irado había ideado como remate del suplicio, pues entre dientes también lo oía mascullar que me iba a acordar toda la vida de haber cruzado el río. Y así, rozado por tojos, zarzas, raíces y cuanta rama nos encontramos, llegamos al agua. Después de escoger bien el sitio, el hombre me agarró por las piernas y me colgó cabeza abajo como a un muñeco de trapo. Me di cuenta de lo que pretendía y quise revolverme, pero cogido entre mi flojedad y la desmesura de su proceder, solo fui capaz de chillar por si alguien podía socorrerme. Entonces, conmigo colgado, se acercó a la orilla y, esparrancado entre dos piedras, bajó las manos hasta sumergir completamente mi cabeza en el agua.
El estremecimiento que sentí no fue debido al frío contacto con el líquido, sino al pavor que me entró justo cuando el primer trago penetró por boca y nariz. Agité afanosamente las manos, que rozaron las piedras y la arena del fondo, y doblando el cuerpo intenté sacar fuera la cabeza, pero lo único que logré fue que el hombre me bajase más y me separara las piernas para que no pudiera ni patalear. Y así, metido en el río, abrí los ojos para no catar sino el lodo que mis convulsiones levantaban y el abismo que cualquiera puede presentir en tal situación.
Nunca conseguiré precisar cuánto tiempo duró el tormento, nunca, porque lo único que podía percibir era que en aquella circunstancia se me iba la vida. Pero en el momento en que, ya sin fuerzas, dejé de luchar, porque más que ser débil consideré que todo esfuerzo por permanecer en este indigno mundo resultaba inútil, sucedió el milagro: el hombre tiró de las piernas hacia arriba y me rescató de la asfixia. No sé si se lo agradecí o no, pero, aún colgado, expulsé toda el agua y boqueé cuanto pude procurando enganchar de nuevo con la existencia. Juro que, como si lo necesitase para vivir, hasta mordí rabiosamente el aire.
—¿Te llega o necesitas más? —aulló, para enseguida repetir la obra. Tras la tercera inmersión, angustiosa a más no poder, tanto que recuerdo que lo único que me importaba era no seguir padeciendo, el animal aquel me alzó de nuevo y dejó caer mi cuerpo, inerme como una bolsa de basura, en la orilla del río.
Jadeando, hipando indefenso, logré abrir los ojos y vislumbrar mejor, ahora sí, su sombría silueta. Escarranchado y amenazador, subido a unas piedras a ras del agua y tan alto como la ribera del otro lado, el hombre parecía un titán, un increíble titán al que todo le pertenece y que podría hacer conmigo cuanto se le antojase. Y más me lo pareció cuando se volvió hacia el río y, ligeramente inclinado, buscó en la bragueta, sacó la supuesta verga —porque en él no cabía esperar otra cosa— y, sin ni siquiera sostenerla con las manos, pues prefirió rascarse la cabeza con ellas, la dejó mear por libre al tiempo que emitía gemidos de placer. Pensé entonces, escuchando el chorro precipitándose ruidosamente en el agua, que aquel espécimen no podía ser humano. Más salvaje y montaraz que Gumersindo, más becerro y descosido que el más becerro y descosido de los pobladores de aquellas indómitas tierras, se trataba de una bestia, ¡pero una auténtica y desmandada bestia brava! Y yo había caído en sus garras, era un prisionero de su feroz represalia y no podía hacer más que someterme. Por un momento pensé en levantarme y, reuniendo todas mis fuerzas, darle un empujón, pero…, ¿qué lograría tirándolo al agua sino avivar su cólera? A mi lado vi una piedra, la toqué incluso, y pensé que, tal y como estaba de espaldas, bien podría atinar con un cantazo y… No fui capaz. Me sentía débil, enfermo, magullado, y en ese lamentable estado no iba a poder ni con la piedra ni con mi cuerpo. Así pues, lo único que podía hacer era esperar sumisamente a que él decidiera qué hacer conmigo.
De aquel instante de dudas e impotencia también recuerdo una meada larga y abundante, una repulsiva sacudida final del pene y un restregarse las manos en el agua, justo antes de volverse y exclamar, con desprecio.
—¡Manda güevos, tío, que ni cojones tienes para escapar! ¿Pero qué clase de cagón eres? ¡Cómo le vas a sacar tú un duro a nadie, si…! Y venga, habla, si no quieres llevar otra paliza, ¿qué haces aquí con el viejo, a ver?
—¿Dónde está? —pregunté por preguntar.
—Por él no te preocupes, que el Gumersindo es duro como un cantazo —apuntó—, y a estas horas ya habrá pillado algo para comer.
—¿Eres el Chuchamel, entonces?
—¡Me cago en tu puta madre, mamón! —se encabritó de nuevo el hombre, echándose a mí—. ¡Nadie me llama así sin que le parta la crisma!
Cuando de nuevo me había cogido por el cuello y temía lo peor, se oyó una fuerte voz detrás de mí:
—¡Tú eres el Chuchamel y no hay más que hablar!
Creo que nunca me alegré tanto de que apareciera alguien.
—¡Gumersindo! —pronunció el aludido, deteniéndose, soltándome y mirando al viejo, que salió de entre los matorrales.
—¡No hay Gumersindo que valga, muchacho! —le soltó entonces, con una firmeza que me sorprendió—. Acordamos que por este lado no te quería ver más, así que deja en paz a ese hombre, que ya le has desgraciao bastante, y lárgate. Si es que te interesa que todo siga igual.
El Chuchamel, tardo en encontrar palabras, pareció acobardarse.
—Arre o so, Toño —impuso el viejo, en el mismo tono—. ¡Arre o so!
Entonces el Chuchamel, el increíble monstruo aquel, refunfuñando, pero dócil como nunca imaginaría verlo, se echó a andar por la ribera hasta desaparecer para siempre de mi vida, mientras yo cerraba los ojos y suspiraba de puro alivio.
Los humanos, además de ser poca cosa, parecemos avestruces. Ante la muerte. No queremos mirarla. Decimos que no tenemos tiempo para pensar en ella, que ya llegará el día, que queda lejos o quizás que es pronto para palmarla. Metemos la cabeza en un agujero para no afrontarla y escupimos frases tan vacías que da la sensación de que somos más estúpidos de lo que realmente somos. Lo olvidamos. Lo obviamos. Escondemos la mirada y el ser. Ocupamos la mente y el tiempo en otras historias. Historias de todo tipo y condición. Para bien y para mal. Y luego llega el instante fatal.
Casualmente. En cualquier recodo del camino. Y resulta que no tenemos nada planificado. Lo que será. Este descuidado comportamiento tiene su explicación en nuestro desconocimiento de lo que hay detrás de esa misteriosa puerta. Porque la muerte parece una puerta. Sí. Y por mucho que las religiones o las filosofías ofrezcan lo que cada una de ellas se ha inventado para calmar tal inquietud, resulta que lo único cierto es que llegamos a ella. Y llamamos. ¿O es ella la que nos abre? Lo mismo da. A veces llegamos a ella y esperamos que, de un momento a otro, abra. Como es el caso. Y otras veces llega ella sola y abre. Así, de repente. Sin que podamos hacer nada. Entonces uno se pregunta: ¿le tenemos miedo?, ¿es simple recelo? No. Lo hacemos a propósito. Simplemente a propósito. Porque la muerte no es un ruin compañero de viaje, no es un amigo rencoroso, no es nadie al que estudiar científicamente como se estudia un bicho raro al que, si hace falta, se le practica una disección y se remira a conciencia. La muerte es un enemigo implacable. Que siempre está ahí. Al que nunca podremos enfrentarnos porque, también, siempre vence. Pero siempre. Nos pongamos como nos pongamos. Cojamos una rabieta o lloremos de impotencia. Y también, repito, porque nada sabemos de ella. No hay siquiera una mera intuición a la que echar mano. Por eso cerramos los ojos. Como los avestruces. Pero esto no les sucede porque sientan pánico. Qué va. Sino porque quizás poseen un sexto sentido: el de no lidiar con lo inexplicable.
Ahí está. Ahí está el parecido.