Orígenes
Prohibida la entrada (Fredric Brown)
Fredric Brown (1906-1972) fue un escritor igualmente dotado para la ciencia ficción y para el género de misterio, siendo el ganador del Edgar Award of the Mystery Writers of America, en 1948. Como autor de ciencia ficción es reconocido sobre todo por sus relatos ultracortos, muchos de los cuales sólo tienen unos cientos de palabras. También fue uno de los principales introductores del humorismo en la ciencia ficción, y algunos de sus libros, como Universo de locos (1949) y Marciano, ¡vete a casa! (1955), llenos de una deliciosa ironía, todavía divierten hoy día a miles de lectores. Brown trabajó durante muchos años para el Milwaukee Journal. Una muestra excepcional de su obra puede encontrarse en su antología Lo mejor de Fredric Brown (1977).
Al sopesar la enorme diferencia entre la vida y la no vida, cabe preguntarse cómo llegaron ambas a producirse.
¿Lo hicieron por separado? ¿Eran ya en origen cosas distintas? ¿Existía al principio sólo una de ellas, y la otra se sumó de algún modo más adelante? ¿Estaba el Universo vivo al principio, y ha ido muriendo gradualmente? ¿O estaba muerto al principio y luego ha ido surgiendo la vida?
En los tiempos anteriores a la ciencia la idea más extendida era que la vida y la no vida habían surgido por separado, mediante el acto creador de algo omnipotente. Existen numerosos mitos que detallan la creación del Universo y de la vida por un «ser sobrenatural», es decir, no sujeto a las leyes de la naturaleza según se manifiestan en el Universo que nos rodea.
Muchos millones de personas creen firmemente en uno u otro de tales mitos, pero no existen evidencias científicas de ninguno de ellos.
Las evidencias científicas, recogidas poco a poco durante los tres últimos siglos, dan a entender que el Universo era algo no vivo al principio y que, de algún modo, aquí en la Tierra, surgió la vida de la materia no viva.
¡Qué extraño! La vida es tan diferente de la no vida. ¿En qué consiste la chispa inicial de la vida y cómo se inserta por primera vez en los seres no vivos? ¿Podemos encontrar una respuesta sin vernos obligados a apelar a lo sobrenatural?
Un modo de hacerlo es concebir el tema como una cuestión de organización. La vida es un sistema químico mucho más organizado que la no vida, y ofrece la posibilidad de un cambio químico tendente a una mayor organización, cambio impulsado por alguna fuente energética como la radiación solar o el calor volcánico.
En otras palabras: en la Tierra recién formada, los elementos químicos se hicieron cada vez más complejos y, mediante cambios en sus estructuras provocados por la aplicación de energía, dieron lugar a reacciones químicas progresivamente más complicadas. Así, al final, se produjeron unas substancias químicas capaces de reproducirse a sí mismas, y en ese instante podemos hablar ya de «vida».
Después de ese punto, ya añadida la propiedad de la vida, la reproducción de los elementos no era siempre perfecta; siempre existía la posibilidad de un cambio accidental o producto del azar, al que denominamos mutación. De vez en cuando, una de tales mutaciones daban lugar a una forma de vida modificada que se aprovechaba de algunos aspectos del cambio producido para realizar una nueva y mejor —o, por lo menos, distinta— adecuación al medio. Así, se iniciaba una nueva especie.
La humanidad ha alcanzado actualmente el nivel suficiente para manipular el material que compone los cromosomas de las células, el ácido nucleico que constituye éstos. Estos ácidos nucleicos se reproducen y dan origen a las mutaciones. Actualmente los científicos están en condiciones de modificar la conducta y propiedades de formas de vida simples como las bacterias. Algún día serán capaces de modificar los cromosomas humanos y podrán eliminar deficiencias congénitas y, por último, producir nuevas especies.
En Prohibida la entrada, Brown aborda esta cuestión. Quizá su daptina no sea precisamente la dirección en que se mueve la ciencia al respecto en nuestra época, pero la cuestión de qué sucede una vez se ha dado lugar a una nueva especie seguirá de actualidad, sea cual sea el método utilizado para crearla. Y la respuesta de Brown es perfectamente realista, teniendo en cuenta la conducta humana que podemos observar aquí en la Tierra.
Isaac Asimov
El secreto es la daptina. O adaptina, como fue denominada al principio. Después, el nombre fue acortado hasta convertirse en daptina. Es la substancia que nos permite adaptarnos.
Nos lo explicaron cuando cumplimos los diez años. Supongo que antes nos consideraban demasiado pequeños para entenderlo, aunque ya sabíamos muchas cosas al respecto. Nos lo contaron cuando acabábamos de aterrizar en Marte.
—Ahora estáis en casa, hijos —nos dijo el Instructor Jefe una vez estuvimos en la bóveda de cristalita que habían construido para nosotros.
A continuación nos anunció que esa noche habría una conferencia especial, muy importante, a la que debíamos asistir todos.
Y esa noche nos explicó toda la historia con los cómos y los porqués. Se puso de pie ante nosotros. Naturalmente, tenía que llevar el casco y un traje espacial con calefacción, ya que la temperatura de la bóveda era agradable para nosotros, pero insoportablemente fría para él, y el aire era demasiado enrarecido para que pudiera respirarlo. Su voz nos llegó por la radio desde el interior de su casco.
—Hijos —nos dijo—, ya estáis en casa. Esto es Marte, el planeta en el que pasaréis el resto de vuestras vidas. Vosotros sois marcianos, los primeros marcianos. Habéis vivido cinco años en la Tierra y otros cinco en el espacio. Ahora pasaréis diez años en esta bóveda hasta que seáis adultos, aunque hacia finales de este período se os permitirá pasar lapsos de tiempo cada vez más prolongados en el exterior.
«Después podréis abandonar definitivamente la bóveda, construir vuestras propias casas y vivir vuestras vidas como marcianos. Os casaréis y tendréis descendientes, que también serán marcianos.
»Es hora de que conozcáis la historia de este gran experimento del cual cada uno de vosotros forma parte.
Y entonces nos la explicó.
El hombre, nos dijo, había alcanzado Marte en 1985. No había encontrado en el planeta vida inteligente (aunque sí muchas formas de vida vegetal y algunas variedades de insectos no voladores), y lo había catalogado de inhabitable para las características terrestres. El hombre sólo podía sobrevivir en Marte dentro de las bóvedas de cristalita o enfundado en el traje espacial cuando salía de ellas. Salvo en los días de la estación más cálida, la temperatura era demasiado fría para él. El aire era demasiado tenue y la exposición prolongada a los rayos solares —menos filtrados de radiaciones perjudiciales que en la Tierra debido a la menor densidad atmosférica— podía matarle. La bioquímica de los vegetales marcianos le era extraña y no podía utilizarlos como alimento, por lo que tenía que traer la comida de la Tierra o cultivarla en invernaderos hidropónicos.
Durante cincuenta años habían tratado de colonizar Marte, y todos sus esfuerzos habían fracasado. Además de la bóveda construida para nosotros, sólo existía otro puesto avanzado, una segunda bóveda de cristalita mucho más pequeña que la primera y situada apenas a un kilómetro de ésta.
Se hubiera dicho que la humanidad no podría extenderse a ningún otro planeta del sistema solar salvo su Tierra natal, pues de todos ellos Marte era el menos inhóspito; si el hombre no era capaz de sobrevivir en él, no merecía la pena intentar siquiera la colonización de los demás.
Y entonces, en 2034, treinta años atrás, un brillante bioquímico llamado Waymoth había descubierto la daptina, un fármaco milagroso que actuaba no en el animal o la persona que lo ingería, sino en los descendientes que engendraba durante un período de tiempo limitado después de haberse inoculado la droga.
La daptina daba a la progenie una capacidad casi ilimitada de adaptación a los cambios de condiciones ambientales, siempre que tales cambios se llevaran a cabo gradualmente.
El doctor Waymoth inoculó la daptina a un par de conejillos de Indias y después los apareó; los animales habían tenido una camada de cinco cachorros, a los que el doctor colocó bajo condiciones diferentes y gradualmente cambiantes. Los resultados que obtuvo fueron sorprendentes y asombrosos. Al alcanzar la madurez, uno de los conejillos de Indias vivía tranquilamente a una temperatura de -40 °C, mientras que otro se sentía perfectamente a gusto en un ambiente a 65 °C sobre cero. Un tercer animal se alimentaba con una dieta que habría resultado necesariamente mortal para un primo suyo normal, y un cuarto conejillo de Indias sobrevivía sin problemas bajo un bombardeo constante de rayos X que habría matado a sus padres en cuestión de minutos.
Experimentos posteriores con muchas otras camadas pusieron de manifiesto que los animales que se habían adaptado a condiciones ambientales similares se apareaban y sus descendientes quedaban adaptados desde su nacimiento para vivir bajo tales condiciones.
—Diez años después, hace de eso diez años —siguió contándonos el Instructor Jefe—, nacisteis vosotros, hijos. Vuestros padres fueron cuidadosamente seleccionados entre quienes se prestaron voluntariamente al experimento y, desde vuestro nacimiento, habéis crecido bajo condiciones ambientales cuidadosamente controladas y gradualmente cambiantes.
»Desde el momento en que os dieron a luz, el aire que respirabais fue enrarecido poco a poco, reduciéndose su contenido de oxígeno. Vuestros pulmones han compensado esta escasez aumentando muchísimo de tamaño, y ello explica por qué tenéis unos pechos mucho más desarrollados que los de vuestros maestros y ayudantes; cuando alcancéis la madurez y respiréis con normalidad el aire de Marte, la diferencia será todavía más acusada.
«Vuestros cuerpos están desarrollando pelo para permitiros resistir el frío, y ahora os sentís cómodos bajo unas condiciones que matarían en poco tiempo a la gente normal. Desde que cumplisteis los cuatro años, vuestras cuidadoras y maestros han tenido que llevar protecciones especiales para sobrevivir en un ambiente que a vosotros os ha parecido normal.
»Dentro de otros diez años, cuando alcancéis la madurez, estaréis completamente aclimatados a Marte. Su aire será el vuestro, y sus vegetales, vuestro alimento. Os resultará fácil soportar sus temperaturas extremas y os sentiréis cómodos en sus temperaturas normales. Ahora mismo, incluso, después de haber pasado cinco años en el espacio bajo una fuerza gravitacional progresivamente menor, la gravedad de Marte os parece normal.
»Éste será vuestro planeta. Aquí viviréis y os multiplicaréis. Sois hijos de la Tierra, pero seréis los primeros marcianos.
Naturalmente, nosotros va sabíamos muchas de las cosas que nos contaba el Instructor Jefe.
El último año fue el mejor. Para entonces, el aire en el interior de la bóveda —salvo en las zonas presurizadas donde vivían los maestros y ayudantes— era ya casi como el del exterior, y nos permitían pasar fuera periodos de tiempo cada vez más prolongados. Qué bien se siente uno al aire libre…
Durante los últimos meses empezaron a relajar la segregación de sexos existente y pudimos empezar a elegir parejas, aunque nos dijeron que no habría matrimonios hasta el último día, cuando se nos concediera la libertad total. En mi caso no me ha sido difícil escoger. Ya tenía hecha la elección desde hace tiempo y estaba seguro de que ella sentía por mí lo mismo que yo por ella. No estaba equivocado.
Mañana es el día de nuestra liberación. Mañana seremos marcianos, los marcianos. Mañana nos apoderaremos del planeta.
Algunos de nosotros estamos impacientes, llevamos semanas expectantes, pero la razón se ha impuesto y seguimos esperando el día. Hemos esperado veinte años y podemos aguardar hasta el día final.
Y mañana es el día final.
Mañana, cuando suene la señal, mataremos a los instructores y a todos los demás terrestres que nos rodean antes de seguir adelante con nuestros planes. Ellos no sospechan nada, así que resultará sencillo.
Llevamos años disimulando y no tienen idea de cuánto les odiamos. No saben lo desagradables y repugnantes que les encontramos con esos cuerpos feos y deformes de hombros estrechos y pechos enclenques, con esas vocecillas débiles y sibilantes que precisan amplificadores para que resulten audibles en nuestro aire marciano, y sobre todo con esas pieles blanquecinas, pálidas y desprovistas de pelo.
Les mataremos y luego iremos a la otra bóveda y la destruiremos para que mueran también todos los demás terrestres.
Y si vienen más terrestres para castigarnos, huiremos a las montañas y jamás nos encontrarán. Y si intentan edificar nuevas bóvedas, las destruiremos como las primeras. No queremos saber nada más de la Tierra.
Éste es nuestro planeta, y no queremos extraños en él. ¡Prohibida la entrada!