Genética 2

Mary y Joe (Naomi Mitchison)

Naomi Mitchison (1897- ) es autora de numerosísimos libros para adultos y para niños, pero sólo dos de ellos pueden catalogarse de ciencia ficción: Memorias de una mujer del espacio (1962) y Solution three (1975). Hermana del famoso científico J. B. S. Haldane y amiga de Aldous Huxley, Naomi Mitchison empezó a escribir ciencia ficción con más de sesenta años de edad y, además de las novelas mencionadas, tiene siete relatos cortos de ciencia ficción todavía no publicados en recopilaciones. La señora Mitchison residió en Botswana muchos años y era miembro de adopción de la tribu bakgatla. Es escocesa y actualmente reside en esa parte del Reino Unido.

En el paso de los genes de padres a hijos intervienen los espermatozoides y los óvulos. Cada progenitor tiene veintitrés pares de cromosomas (que son largas cadenas de genes), y cada espermatozoide u óvulo lleva la mitad de cromosomas, uno de cada par. Cuando el espermatozoide fecunda el óvulo, el óvulo fecundado resultante recupera los veintitrés pares de cromosomas, formados cada uno por una parte correspondiente al padre y otra parte correspondiente a la madre. Así, el hijo es genéticamente distinto de sus padres.

Supongamos, en cambio, que el núcleo de un óvulo femenino (que contiene los cromosomas) es extraído y reemplazado por un núcleo normal que contiene unos cromosomas pertenecientes en su totalidad a otro individuo de la especie, sea nombre o mujer. El óvulo fecundado, así manipulado puede evolucionar entonces hasta producir un individuo que sería genéticamente idéntico a la persona cuyo núcleo celular hemos utilizado. A este individuo se le denomina clon y, en los últimos años, los clones han ofrecido muchas posibilidades argumentales a los escritores de ciencia ficción, como lo atestigua el relato de Mitchison, Mary y Joe.

Isaac Asimov

Su marido, alzando la vista del periódico, dijo:

—Parece que Jaycie está otra vez metida en líos.

—Sí —afirmó la mujer—. Recibí una carta suya. ¡Ojalá, oh, Joe, ojalá se tomase las cosas un poco menos a la tremenda!

—Cásala —dijo Joe.

Mary no respondió directamente a la observación de Joe, sino que continuó:

—Comprendo muy bien lo que debe sentir por la política. Después de todo, en nuestros tiempos también nosotros simpatizamos con las ideas liberales, ¿verdad, Joe? Pero para ella es mucho más que política. Mucho más. Y cuando se pone así, parece olvidarse totalmente de las relaciones entre seres humanos.

Su marido sonrió.

—Ésta no es como Simón. Ni como la pequeña Martha… ¿A qué hora regresó esa cría de su salida? En fin… —terminó el café y continuó—. Tengo que irme, Mary. ¿Te importa que me lleve el coche? ¿Cómo va tu trabajo?

—No va mal —respondió ella—. Tenemos que hacer todas las pruebas de rigor para los injertos de piel antes de que podamos seguir adelante. Estos injertos internos son un tanto peliagudos.

—¡Pobres conejos! —dijo Joe sin tomárselo muy en serio, y poniéndose el abrigo.

Conocía y respetaba a Mary pero, de alguna manera, no le hacía mucha gracia.

Pero Mary estaba pensando en la próxima serie de experimentos y pruebas mientras recogía los platos del desayuno. ¡Querido Joe, cuándo aprendería a echar las colillas en el cenicero! Dejó preparado un sitio para Martha, a la que se oía en el piso de arriba dejando correr el agua del baño y cantando sola; se aseguró de que le dejaba bastantes copos de avena en el paquete, y, en todo este tiempo, tenía claramente en la cabeza su plan de trabajo.

La genética básica era razonablemente sencilla, aunque no tanto como le había parecido diez años antes. Pero, si vamos a eso, nada era sencillo. En un caso extremo, la sangre de dos grupos sanguíneos distintos, con todo lo que esto implica, no puede fundirse en el mismo cuerpo. Tampoco las células de determinada constitución genética aceptan a las de otra constitución diferente, y todas son genéticamente diferentes, salvo en un caso de gemelos idénticos, o de una línea rigurosamente pura, si se trabaja con ratones de laboratorio. Si se injerta tejido vivo en un organismo animal, las células injertadas producen antigenes y las células del huésped responden produciendo anticuerpos que destruyen a las injertadas. Este proceso natural continúa mientras las células provengan de individuos genéticamente diferentes, pero puede detenerse, y esto se hizo por medio de trasplantes quirúrgicos. Las células huéspedes, productoras de anticuerpos, podían matarse con radiaciones, o anularse con una serie de fármacos, llamados XQ en la mayor parte de los hospitales del momento, o también podían, en cierto sentido, paralizarse gracias a ciertos métodos de presentación.

Todo esto suponía una larga sucesión de experimentos, que a menudo costaban la vida del animal huésped. Pero se tenía que seguir adelante hasta que se consiguiese completar unos conocimientos esenciales que se pudiesen usar en organismos humanos sin reacciones peligrosas. Hay injertos de individuos genéticamente diferentes que pueden prender en ciertos sitios especialmente favorables, como la córnea y la estructura ósea; hay órganos que se trasplantan mejor que otros. Era muy importante la elección del donante, y sobre esto estaba trabajando Mary, en particular sobre la posibilidad de usar un suero antilinfático. En la práctica, era importante retrasar el rechazo por parte de los anticuerpos; pero esto implicó una serie de experimentos, sobre todo durante los últimos dos años, en conejos dentro del útero materno, con donantes bien tipificados. Naturalmente, no había probabilidad de éxito en un injerto de padre a hijo, ni siquiera en una etapa muy inmadura, ya que, necesariamente, existía una diferencia entre los genes de uno de los padres y los del hijo, que estaban mezclados con otros distintos.

Algunas veces trabajó también con injertos en huéspedes que estaban, ya no in útero, sino en una etapa aún más primaria, en el huevo. Tras un experimento venía otro, con todo el montaje y preparación que implicaba, y que Mary disfrutaba planeando. Éste era el campo de la biología en el que llevaba trabajando veinte años, intercambiando opiniones con sus colegas y asistiendo a congresos siempre que su familia podía arreglárselas sin ella. Era una vida atareada y, en muchos aspectos, feliz.

Camino del gran hospital universitario donde trabajaba, compró otro diario. Parecía que aquellas huelgas iban tomando el cariz que pronosticó Jaycie en su carta. «Es curioso —pensó— cómo las cosas resultan tal como dice Jaycie.» Pero si interviene el ejército… Realmente, no podía hacer ninguna suposición razonable; no estaba informada. Hacía seis meses que Jaycie no iba por casa; no era porque no se llevase bien con los demás, y el bueno de Joe se desvivía por ser cariñoso y acogedor con ella; pero… bueno, a veces parecía como si nada de lo que se hiciese en casa fuese digno de su atención. Ella hacía un esfuerzo, claro que lo hacía, especialmente con Martha, pero era como cuando un adulto pretende hablar con niños. Jaycie resultaba muchas veces irritante. Sí; pero, sin embargo, la gente la seguía. Mucha gente. Y su madre la adoraba incondicionalmente.

Los periódicos empezaban ahora a poner a Jaycie en el candelero. En un primer momento la habían ignorado. Después de todo, una mujer que era hermosa pero no parecía tener vida sexual, les resultaba incómoda; no sabían por dónde cogerla para desprestigiarla. Pero ahora… Mary hubiera querido saber, leer entre líneas. ¿Estaban asustados? Los últimos diez años había estado demasiado ocupada para pensar en política. Cuando Jaycie aparecía por casa, sí; pero en cuanto se marchaba, Mary regresaba con alivio a su trabajo, como a algo sencillo y relativamente limpio…, aunque muchos no pensasen lo mismo. Volvía a sus problemas de genética e inmunología, y en la trastienda de su mente se ocupaba también de sus otros hijos, de su querido Joe, de preparar algo particularmente sabroso para la cena, y quizá de ir a un espectáculo el fin de semana y de los nuevos bulbos de jacinto que tenía que plantar. Pero ahora parecía que todo lo que Jaycie había dicho la última vez que se vieron iba a convertirse en algo que reclamaría su atención, algo real. Y peligroso.

Había llegado ya a la parada del hospital. Iba en autobús, porque era un trayecto sencillo y no le apetecía conducir. Tenía tendencia a abstraerse y reducir la marcha, y la gente le tocaba el claxon; pero en el autobús podía trabajar. Sabía que el conductor la avisaría, divertido, si la veía hundida en cálculos: «¡Su parada, doctora!».

Se bajó, saludó con un movimiento de cabeza a un colega y echó a andar, un tanto abstraída, por el pasillo donde estaba el busto de mármol del fundador, en el que el joven Bowles, como de costumbre, había colgado el sombrero. El trabajo del día iba a ser rutinario, y podría hacerlo concentrándose sólo a medias. Pero en vez de concentrarse en la fase siguiente, siguió pensando en Jaycie. ¿Había hecho bien en decirle aquello? Dios mío, ¿había hecho bien? ¿No hubiera sido mejor dejar que creyese la misma cosa que el bueno de Joe, todo aquel cuento sobre una pasión arrolladora, aquella historia de folletín? Folletín, sí, pero fácil de inventar y de ser creído. Mucho más verosímil que…, que la verdad. No se podía pedir a nadie que creyese aquello y después siguiese como si nada. Y había deseado tanto aquella deliciosa, fuerte, cálida normalidad del querido Joe. Si no le hubiese contado a Joe aquella mentira —a la que él no volvió a aludir—, tal vez no hubieran llegado a tener una vida en común, y no tendría a Simón ni a la adorable y picara Martha. No. No. Y no se podía ni pensar en otra cosa.

Pero pudo haberle contado a Jaycie la misma mentira. Tal vez entonces hubiera sido una muchacha normal. Se habría enamorado y casado, y luego habrían venido los nietos, lindos bebés normales, con toda la felicidad que llevan consigo; si Jaycie no hubiera tenido esa inclinación, habría podido dedicarse a alguna profesión absorbente. Hubiera podido ser una científica como su madre, o arquitecto, como Simón, o seguir uno cualquiera de los mil caminos satisfactorios que en la actualidad se abren tanto a los hombres como a las mujeres.

¿Por qué le había dicho aquello a Jaycie? Mary se puso a recordar, frunciendo el ceño. Fue en aquella época en que Jaycie estaba tan deprimida por ser una mujer, ante el hecho incontrovertible que había muchas más personas geniales entre los hombres que entre las mujeres. Siempre fue mucho más difícil para una mujer avanzar en línea recta hacia su objetivo, implacablemente, porque las mujeres son más maleables, más vulnerables a las interrupciones, más sensibles a los sentimientos de los demás y propensas a que esto las desvíe de sus fines, especialmente cuando los demás son seres queridos.

Recordó cómo estaba Jaycie, hecha un ovillo en el sofá, con el rostro apoyado en la mano; ella se hallaba de pie ante la chimenea, con inmensos deseos de ayudarla, pero sabiendo que la clase de consuelo que Jaycie necesitaba era algo más que los brazos de una madre.

«Supongo, madre —había dicho Jaycie—, que esto es lo que significa ser un "Hijo de Dios", como se solía decir. Tú lo sabes —y Mary había dicho que sí, sintiendo algo que hormigueaba dentro de ella, seguramente una subida de la adrenalina; y Jaycie había continuado—: ¡Por supuesto, no se habla de "Hijas de Dios"! —y rió un poco; luego se puso en pie y lanzó una mirada cara a cara a su madre, diciendo—: Pero yo también sé. Lo sé muy bien.»

Y entonces Mary tuvo que hablar, tuvo que contarle. Era verdad, después de todo. Y desde entonces Jaycie nunca más había vuelto a hacerse un ovillo en el sofá. Nunca más pareció desear el consuelo de sus brazos. Y Mary casi no se atrevía a tocarla. Solamente, en las pocas noches que Jaycie dormía en la casa, Mary subía a su habitación cuando, al parecer, estaba dormida, tranquila y profundamente dormida. Se quedaba mirándola, y deseando coger en sus brazos a la que había sido su nena, y compartir, y consolar. Pero siempre había tenido la suerte de poder contenerse para no hacer tal cosa. Porque de haberlo intentado, Jaycie no volvería siquiera a poner los pies en la casa. De eso estaba segura.

Mary se había olvidado de hacerse los emparedados, y bajó a comer al bar. Se leían más periódicos de lo habitual. El joven Bowles discutía con otro de los profesores, y fruncieron el ceño al verla, pero tal vez no lo hicieron a propósito. El profesor le dijo algunas frases amables por lo de Jaycie. El profesor era un bendito. Pero ¿quién pensaba él que sería el padre de Jaycie? La respuesta resultaba sencilla: no era una cuestión que pudiese dar que pensar al profesor.

En los titulares de las ediciones de la noche, las cosas parecían haberse puesto peor. Era raro que Mary comprase el periódico de la noche, pero esta vez se sintió obligada.

—No te preocupes, mujer —dijo Joe—. Siempre escriben esa clase de porquerías. Así la gente compra sus asquerosos diarios. Nadie se toma eso en serio.

—¡Qué cosa tan infantil… esa manera de insultar! —y se encontró llorando como una tonta.

—Eso a Jaycie le importa un rábano, ¿no lo sabes tú bien? —le replicó Joe alegremente.

«Pero, de todas formas —pensó ella—, ¡si ella y sus seguidores se dieran cuenta de cuándo se han pasado…!»

—¡Apuesto a que a Jaycie le encanta! —chilló Martha; y, por supuesto, dio en el clavo.

Pasaron tres días. Y de pronto los titulares se hicieron más grandes, desplazando a todas las demás informaciones. Ella se puso a meter cosas en una pequeña bolsa de viaje, mientras Joe, a su lado, decía:

—No te lo voy a impedir, Mary; si crees que te tienes que ir, vete.

Y ella no le escuchaba, no pensaba en él; sólo pensaba en Jaycie.

A Jaycie realmente no le habían hecho nada de particular. Y, por cierto, los de la policía no fueron los peores. Pero a nadie que desee que las cosas se queden tranquilas —y eso nos pasa a la mayoría— le hace gracia una persona empeñada en cambiarlas y que lleva trazas de conseguirlo. Ya es bastante malo un agitador; pero un agitador con éxito resulta intolerable. Jaycie tenía algo que hacía que su auditorio creyese en ella; nunca les mentía, ni siquiera en los mítines multitudinarios, con los proyectores encendidos y la masa aclamando, que es cuando las mentiras surgen con más facilidad. Pero Jaycie se mantenía firme e inconmovible ante aquella tensión. No había forma de cogerla en una renuncia.

La mayor parte del daño no se le hizo durante el arresto propiamente dicho, ni siquiera cuando el interrogatorio. En un primer momento, la policía había vacilado en usar sus peores métodos con una mujer. Al final, terminó irritándoles. No reaccionaba por donde ellos querían, y se les fue un poco la mano. Pero lo realmente terrible fue el accidente —por lo menos se dijo después que había sido un accidente— con la gasolina. Aparte de otras cosas, Jaycie había perdido gran extensión de tejido cutáneo y epidermis, incluso en la cara. Demasiado para que su vida no peligrase. Demasiado.

Seguramente no se había pensado en llevarla a una clínica normal. Pero Jaycie tenía más amigos de lo que se creía, y algunos en sitios muy singulares. Alguien se asustó y dio contraorden. Metieron el cuerpo de Jaycie en una ambulancia; tal vez muriese —se esperaba— antes de llegar al hospital. Pero no murió.

En el hospital conocían a Mary por su reputación. La mayoría había leído por lo menos uno o dos de sus trabajos. Pero un nombre escrito al final de un artículo científico parece diferente cuando se convierte en la madre de una chica que está seguramente a punto de morirse de un shock y de qué sé yo, y que está completamente desfigurada. Y que, si se recupera, tendrá que comparecer a juicio. Pero no se recuperará. Incluso algunos del hospital opinaban que más valdría. Los médicos y los cirujanos, como cualquier hijo de vecino, están muy interesados por la conservación del orden de cosas de su momento.

Por supuesto, en la sección de urgencias no daban abasto, y era de esperar, después de los últimos días. Esto explicó el hecho de que el cirujano no se ocupase demasiado de lo que estaba sucediendo junto a aquella cama separada del resto por mamparas. Mary pudo convencer a la enfermera de sala. Luego, con anestesia local, se quitó piel de sus propios muslos. Realmente, no fue nada difícil. Había trabajado muchas veces con aquel tipo de bisturí parecido a una vieja navaja de apache. Sacaba muy bien las tiras de piel, aunque al hacérselo a una misma producía una sensación muy especial. La pequeña resistencia inicial de la piel al filo de la hoja, y luego la singular facilidad con que se cortaban las tiras, era algo que sentía la mano que operaba, pero no el tejido anestesiado. La enfermera trajo material de cura. La nueva piel, todavía viva, quedó situada sobre las quemaduras desinfectadas en el flaco y quebrantado cuerpo de la muchacha.

La enfermera no pudo dejar de observar el extremo cuidado con que la madre hacía los injertos de piel sobre las quemaduras de la mejilla, cuello y frente, y sobre todo en la comisura de la boca.

—Yo no hubiera sido capaz de hacerlo —comentó después, tomándose su buena tacita de té—. A mi propia hija, imposible. Y se veía que debía de haber sido bien mona. Y la madre, hay que ver qué decidida. Ni pestañeó, y eso que le va a doler también a ella. Y todo para nada. Esos injertos nunca prenderán. Y, si vive, la pobre criatura quedará hecha un horror. Pero no tiene muchas probabilidades. De haberle hecho un trasplante quirúrgico en condiciones, le hubiéramos dado radiaciones o por lo menos una inyección de XQ. Pero bueno, ya sabéis cómo andan las cosas esta semana. No se pudo hacer. Y la madre debió saberlo.

—¡Pues yo, por lo que a mí respecta, no me hubiera tomado ese trabajo! —replicó otra enfermera que había estado leyendo el periódico.

—¿Y qué hubieras hecho, si se puede saber? —preguntó la primera enfermera, poniéndose en pie con la taza vacía en la mano.

—¡No me habría molestado en tomarme tantos trabajos por semejante agitadora! ¡De todas formas, aunque viva, se acabaron los mítines!

—¡Pues la cuidaremos, de todas formas! ¡No quiero muertes en mi sala! Pues esa madre que tiene es algo serio. ¡Cómo lo hizo! ¡Qué sangre fría! Pero la cicatriz va a retorcerle la cara a la chica —la enfermera dejó la taza y se dispuso a volver a su puesto—. ¿Recordáis a la mujer que nos llegó cuando aquel incendio tan grande en el Palladium? ¿Verdad que daba miedo? Pues ésta va a ser peor. Pero, eso sí: agitadora o no, va a estar atendida como Dios manda.

El efecto de la morfina empezaba a pasar. Jaycie murmuraba entre sueños, discutiendo entre sueños, negándose. Aun en aquellas condiciones, su voz conservaba mucha de su extraña y persuasiva belleza. La enfermera decía en voz baja al cirujano:

—Ya sé que esos injertos no van a prender; no hace falta que me lo diga. Se van a necrosar y a caer, suponiendo que no se muera antes. Va a ser peor el remedio que la enfermedad, y ahora ya es demasiado tarde para ponerle radiaciones o XQ. Pero es que la madre es un personaje, y yo no podía negarme, ¿verdad? Además, tenía no sé qué teoría…, no me acuerdo ahora qué era. Sí, si ya sé que será peor cuando vea cómo le va a quedar la cara a su hija. Ya lo sé. Pero, ahora, déjelo. ¡Como si no tuviéramos bastante trabajo estos días!

Después todavía hubo menos tiempo para ocuparse de ningún paciente en particular. Las salas se hallaban abarrotadas de camas provisionales. Mary aguardaba al lado de Jaycie cuando ésta fue despertando al dolor y dominándolo. Se estaban acabando los analgésicos, y además Jaycie había asegurado firmemente que no los necesitaba. Tampoco Mary pedía mucho para sí misma: el dolor, aunque muy fuerte a veces, era soportable. Las zonas desolladas de sus muslos estaban en franca curación; habían sido desde el principio completamente asépticas, y hechas por una mano competente. Cuando le era posible, echaba una mano a la enfermera. Así, no pensaba en lo que podía estar sucediendo en su casa, ya que las comunicaciones regulares estaban cortadas. Los militares habían podido dominar la situación. ¿Y si, por el contrario…? Tal vez no.

Pasaron los días y las noches. La tercera semana, la enfermera, todavía asombrada de que Jaycie siguiera con vida cuando tantos habían muerto, se dijo que ahora se iban a desprender los injertos, a caer como una escama muerta, dejando todo peor que antes.

—No se puede hacer nada más —dijo—. Ya verán cómo le va a quedar la cara con las cicatrices. Y no va a ser agradable para la madre.

Pero la piel nueva no cayó ni se necrosó. Podía verse cómo sus bordes prendían, vivos y rojos, con saludables granulaciones, en la carne dañada. Siempre quedarían las finas marcas de las cicatrices del borde, pero no una horrible masa de carne cruda y distorsionada. Se levantaron los vendajes, y quedó patente un hecho innegable: los injertos de piel habían prendido. La zona quemada, las espantosas heridas, quedaban cubiertas. No era extraño que Jaycie viviese.

La enfermera meneó la cabeza: no tenía que haber pasado, pero pasó. Sin embargo, en cierto modo, estaba bastante contenta, porque los médicos se habían vuelto a equivocar. ¡Ellos y sus teorías, que siempre se veían obligados a cambiar! Y aquello no era más que una demostración de cómo, pese a todos los problemas y dificultades por el exceso de pacientes y la falta de médicos, los ciudadanos eficientes —su orgullo, lo que más exigía en su sala— eran los que, de un modo u otro, habían obrado el prodigio.

El cirujano también fue a echar un vistazo. No se pronunció sobre el particular, y no tuvo tiempo de documentarse en sus libros. Ya le hablaría del asunto a su jefe más adelante. Pero, al poco tiempo, con Jaycie mejorando día a día, él y la enfermera se decidieron a hacer con mucho tacto unas cuantas preguntas. Lo raro fue que a Mary le resultó relativamente fácil explicárselo. No le importaba el efecto que iba a causar en ellos. Ni siquiera lo pensó. Tenía bastantes más cosas de que ocuparse. Fue mucho menos fácil decírselo a Joe.

Porque al final llegó. Dios le bendiga, con toda clase de cosas deliciosas para comer en el hospital. Estaban todos bastante hambrientos, porque les habían cortado los suministros. Tampoco se habían recibido muchas noticias.

—Oh, Joe —exclamó—, Joe de mi alma, ¿cómo marcha todo?

—Muy bien —respondió—. La pequeña Martha me dio la gran sorpresa. ¡Nunca hubiese imaginado que esa mocosa tuviese tanto sentido! Y he podido hablar por conferencia con Simón. Naturalmente, no pudo hablar mucho, pero está perfectamente. Y ahora, dime, Mary: ¿qué historia es ésa de los injertos de piel?

—Jaycie tenía una zona muy extensa de piel quemada. A propósito, Joe; fueron tan… tan crueles con ella… Algunos de sus amigos me lo contaron. No querían que sobreviviese. Nunca pensé que en este país la gente fuera capaz de ponerse así por la política. Aunque supongo que eso sucede en todas partes cuando la cosa se pone grave. Cuando llegué estaba medio muerta, ¿sabes?

Se interrumpió un momento y se secó los ojos. Por la mente de Joe pasó fugazmente el pensamiento de que eso hubiera sido lo mejor. Para el mundo, para todo lo presente, para él, Simón y Martha. Tal vez, a la larga, para la propia Mary. Pero no podía pensar en eso ahora, con su mujer sollozándole sobre el chaleco. Le acarició el cabello, algo sucio y pegajoso, y el ajado cuello blanco de su vestido. «¡Pobrecilla!», pensó.

Ella levantó brevemente la mirada, y dijo:

—… y por eso pensé que la mejor solución era un injerto.

—¡Pero Mary —replicó él—, un injerto no sirve si es de otra persona! ¡Hasta yo sé eso!

—Sirve si es de alguien idéntico, genéticamente igual.

—Pero, Mary, tú no eres…, no puedes ser… —Joe experimentó una sensación inquietante, sin saber exactamente por qué.

—Sí, ya lo sé. Es por el padre. Son sus genes lo que hacen a la criatura diferente de la madre. Joe: hace mucho tiempo te dije que Jaycie había tenido padre. Joe, Joe querido, te dije eso porque pensé que te haría mucha más impresión la idea de que no lo había tenido. ¿Ves? Ya estás hecho un lío…

—Mary, mi amor, no te preocupes. Es que no entiendo.

—No tuvo padre, Joe. Yo… yo nunca tuve un amante. Era…, bueno, supongo que no hay otra forma de decirlo: yo era virgen, Joe.

—Pero si tuviste un bebé, cariño… Es imposible que lo fueras.

—Pues lo era. Uno de mis óvulos se empezó a desarrollar, y eso fue todo. ¡Sí, eso fue todo! Dicho así no suena tan raro, ¿verdad?

—Pero ¿qué sería lo que desencadenó el proceso? ¿Cuál fue el estímulo?

—Yo qué sé… Cualquier cosa. Un…, un cambio metabólico.

—Y tú, ¿cómo lo tomaste? ¿Qué te pasó?

Ella no respondió. Aun ahora, era incapaz de pensar en aquello con calma. Pudo haber sido imaginación. Tuvo que haber sido imaginación. Algo más bajo que un trueno lejano, más alto que el grito del murciélago, como el susurro de un millón de hojas. A veces, el murmullo de las hojas movidas por el viento, en verano se lo recordaba. Era imposible que hubiera sido lo que sabía que había sido.

Tomó aliento.

—Fuera cual fuera el estímulo, el óvulo se desarrolló normalmente. La criatura tenía que ser hembra, idéntica a mí, sin el cromosoma Y que procede del varón y se transmite al varón. Claro que siempre había la posibilidad, tal vez la probabilidad, de un haploide, de que los cromosomas fueran impares al dividirse. ¿Entiendes lo que estoy diciendo, Joe? Pero no fue así.

—Qué cosa…, qué cosa más rara —dijo Joe, apartando la vista del rostro de su mujer—. Tuvo que haber… una especie de mecanismo planificador detrás de todo esto.

—Lo puedes llamar así —respondió su mujer—. Sí, claro, Joe, lo podrías llamar así. Pero tal como salieron las cosas, Jaycie y yo somos genéticamente idénticas.

Joe tragó saliva.

—Y tú…, ¿tú sabías esto desde el principio, Mary?

—No estaba segura —respondió—; pero cuando era un bebé, empecé a probar, sacándole un trozo de piel diminuto e injertándolo en mí. Prendió, pero tampoco era una certeza. Quiero decir, que era casi seguro que mis anticuerpos no iban a producir el rechazo. Pero lo que ya no parecía tan seguro era el proceso inverso. Entonces, cuando ya fue un poco mayor, hice esa segunda prueba.

—Pero si sois genéticamente idénticas, Mary, seríais…, seríais tan parecidas como dos mellizas.

—Y lo somos, físicamente; pero la alimentación produce muchas, diferencias, Joe, y la edad también. Yo tengo canas y arrugas.

Él lo negó galantemente, pero ella apenas si sonrió un poco.

—Escucha, querido; en cada generación que pasa, los niños se crían con mejores tratamientos. Además, pensamos cosas distintas. Usando el mismo cerebro, tal vez, pero…

—Pero yo tendría que haberlo visto —murmuró Joe—, observándoos a las dos todo el tiempo.

—Estabas habituado a mí, Joe. Y además, en cuanto se hizo una mujer, la viste como alguien con personalidad propia, aunque siempre has dicho que se me parecía mucho. Te alegraba que se pareciese a mí y no a… otra persona. ¿Verdad que sí? Y siempre procuré peinarme de forma diferente que ella. A propósito, Joe…

—Y no me lo dijiste en todo este tiempo, Mary.

—No…, no podía. Entonces, no. La otra versión resultaba más familiar, algo a lo que estábamos acostumbrados. ¡Oh, Joe, no te hubiera gustado!

—No —dijo Joe—. Supongo que no.

Miró hacia la cama, a través de la sala abarrotada de gente; uno de los amigos de Jaycie estaba sentado, haciendo preguntas y anotando las respuestas en un cuaderno. Ahora, los amigos de Jaycie circulaban abiertamente, y empezaban a hacerse con el poder, y a llevar a la práctica sus ideas. Mal asunto. Por lo menos, no había nada bueno que esperar de eso. La otra alternativa —la militar— no había tenido éxito. Jaycie no sería juzgada. Por el contrario, iban a producirse cambios. Cambios que Joe detestaría, aunque a la larga resultasen un bien. Mucha gente se tragaba esas cosas, pero Joe no. Cambios y cambios…, cambiarlo todo antes de darle tiempo a ser realizado. Toda su vida cambiada de rumbo, de forma distinta a la que él deseaba. «Pero no hay nada que hacer —pensó—; ésta era la niña que él había aceptado cuando consiguió que Mary aceptase casarse con él, hacía ya tanto tiempo.» Era una niñita muy rica. Muy bonita, con aquellos ojazos. Los bebés siempre tenían algo que conquistaba a uno. «Tal vez —pensó— tenga que aceptar los cambios de Jaycie sin rechistar. Por Mary.»

—Quizá fue por eso —seguía diciendo Mary— por lo que siempre fue un poco diferente del resto de la gente. Porque tenía un alma… sin mezcla, de una sola pieza.

Mary no quería que Joe supiese jamás que se lo había dicho a Jaycie antes que a él. Le dolería, y ella no podía hacerle ya más daño del que le había hecho. Era tan de Joe como de Jaycie. Casi tanto.

—De modo que no sabes cuál fue el estímulo —dijo Joe a media voz—. No lo sabes… Asusta…, sí, asusta un poco, Mary.

—Ya lo sé. Por eso te conté lo otro. Lo fácil. Y tú te portaste tan maravillosamente… Perdóname, Joe.

—No tiene importancia, Mary. Qué gracia; muchas veces traté de imaginarme al otro hombre, y si Jaycie salía a él, y si tú pensabas en él alguna vez… Y ahora resulta que no hay otro hombre.

—No —dijo Mary—. No.

—¿Y conseguiste que el médico de aquí te quitara el injerto…?

—Me lo quité yo misma, Joe. No es nada del otro mundo, si se hace en buenas condiciones.

—¿Dolió?

—Sólo un poco, después. Pero no era nada ante la idea de que ella iba a morir. Por Dios, Joe, cualquier madre lo haría por una hija, sin pensarlo dos veces, si supiera que iba a servir de algo. Pero en circunstancias normales, por supuesto que iba a ser inútil.

—Sí —respondió Joe—. Pero tú siempre has preferido las circunstancias normales, ¿no es así, Mary?

—Para todo, menos para esto, Joe —respondió ella, y le apretó fuertemente la mano.

Lentamente y con un prolongado esfuerzo, él consiguió que su propia mano le diera una respuesta cálida, cariñosa, normal. Porque, si la hubiera dejado, su mano desearía retirarse, no tocarla. No tocar.