Prueba
El abuelo (James H. Schmitz)
James H. Schmitz (1911-1981) es conocido entre los lectores de ciencia ficción en lengua inglesa por ser el creador de Telzey Amberdon, una adolescente con poderes telepáticos que fue protagonista de sus novelas The universe against her (1964), y The lion game (1973). La de Telzey fue una de las primeras series de ciencia ficción con protagonista femenina, y todavía sigue siendo muy leída. Schmitz destacó por su estilo ágil, producto de una mente imaginativa, empleado en complejas historias sobre intrigas políticas en otros planetas, y en descripciones ingeniosas de la vida en otros mundos y de extraterrestres exóticos. Entre otras obras suyas de interés se cuentan: The whitches of Karres (1966), The demon breed (1968), y A pride of monsters (1970).
Normalmente, tendemos a pensar en los seres vivos como individuos o, si acaso, como especies. Los seres humanos son seres humanos, los gatos son gatos, las ardillas son ardillas, etcétera. Son objetos de la larga lista de seres vivos: objetos individualizados. Por tanto, si algo malo les sucede a las ardillas, es problema exclusivamente de ellas.
En absoluto. Si «ningún hombre es una isla», lo mismo sucede con las especies. No existe especie animal o vegetal que viva aislada; cada una depende de un modo u otro de otras, que a su vez dependen de otras más, y así hasta el punto en que todas las especies de la Tierra están vinculadas mediante un complejo sistema. Más aún, todas las especies dependen también de distintos aspectos del medio ambiente inanimado, y afectan asimismo a éste.
En la isla Mauricio existe un árbol condenado a la extinción ya que en los últimos tres siglos no ha arraigado ningún brote nuevo. Las semillas de este árbol sólo podían brotar después de haber sido reblandecidas por el paso, a través del tracto digestivo, de una especie local de pájaro, y este animal hace tres siglos que se extinguió. En los mares tropicales, los corales forman unos arrecifes que son el hogar de incontables especies de criaturas marinas. Hay plantas que no precisan alimento vivo pero que dependen totalmente de los insectos (y, en ocasiones, hasta de una especie de insecto en particular) para conseguir la polinización. De no ser por los insectos, se extinguirían como el árbol de la isla Mauricio y su pájaro.
El ganado come hierba, pero moriría de hambre sin los microorganismos de su tracto digestivo, pues son esos microorganismos, y no el animal, quienes digieren la hierba. Las termitas comen madera (eso es algo que cualquier persona sabe sobre las termitas), pero no pueden digerirla, también ellas dependen de unos microorganismos encargados de tal función.
Este tipo de interdependencia es un equilibrio ecológico, y la ecología es el estudio de las relaciones entre las especies en conjunto.
Estos estudios nos son desesperadamente necesarios, pues nunca en la historia de la Tierra ha habido una especie única de animales de gran tamaño que haya registrado tal aumento demográfico, que se haya extendido tanto por el planeta, que haya cambiado tan drásticamente el medio ambiente, que haya favorecido el desarrollo de determinadas especies mientras arrasaba o simplemente reducía las especies que no deseaba o que, sencillamente, le resultaban indiferentes, como ha sucedido con los seres humanos en los últimos tiempos.
Todavía carecemos de los datos suficientes para poder calcular el daño que estamos haciendo a la Tierra en general, y a nosotros mismos en particular (pues también nosotros dependemos del buen funcionamiento del equilibrio ecológico). Si, finalmente, resulta que el equilibrio ha sido suficientemente trastocado como para producir grandes cambios no deseados en el planeta, puede que cuando nos demos cuenta de ello ya sea demasiado tarde para corregir el problema.
La ecología es una ciencia de gran importancia, asimismo, para el escritor de ciencia ficción. Casi siempre, al describir algún mundo distante, se mencionan diversas formas de vida sin hacer el menor esfuerzo por vincularlas entre sí siguiendo un sistema razonable. En pocas palabras, a menudo se trata la vida extraterrestre, pero casi nunca se menciona la ecología extraterrestre. Resulta un hecho comprensible, ya que la ecología no es una rama de la biología demasiado desarrollada y se trata de un tema muy complejo que no resulta fácil comprender con claridad. No obstante, El abuelo, una de las historias de mayor éxito de James Schmitz, nos ofrece un atisbo interesante de la ecología de otro mundo.
Isaac Asimov
Un bicho aterciopelado de alas verdes y del tamaño de una gallina revoloteó sobre la ladera de la colina hasta quedar situado sobre la cabeza de Cord, alrededor de la cual empezó a dar vueltas a una altura de seis o siete metros. Cord, un joven ser humano de quince años, se recostó contra el deslizador posado en la zona ecuatorial de un mundo que sólo había conocido la presencia del hombre durante los últimos cuatro años terrestres y contempló al bicho con aire inquisitivo. Se trataba, en la terminología liberal y sencilla del Equipo Colonizador de Sutang, de un pájaro de los pantanos. Oculto por la piel aterciopelada de la cabeza del animal, había un segundo bicho de menor tamaño, un semiparásito catalogado como un cabalgapájaros.
El pájaro de los pantanos parecía pertenecer a una especie que Cord no conocía. El parásito podía resultar o no desconocido, eso ya se vería. Cord era un investigador por instinto; la primera mirada que había dirigido a la extraña pareja voladora había disparado en su interior una insaciable curiosidad llena de excitación. ¿Cómo se producía aquel curioso fenómeno, y por qué? ¿Qué hazañas fascinantes podría enseñarle a hacer, una vez domado adecuadamente?
Por regla general, las circunstancias le impedían desarrollar investigaciones de aquel tipo. Los estudiantes jóvenes de la colonia, como Cord, debían limitar su curiosidad al modelo de investigación decidido por la estación a la que estaban asignados. La marcada inclinación de Cord por los experimentos independientes le había ocasionado más de una reprimenda de sus superiores inmediatos.
Dirigió una despreocupada mirada en dirección a la Estación Colonial Yoger Bay, situada a sus espaldas. No había rastro de actividad humana junto al edificio bajo, semejante a una fortaleza y emplazado en la colina. La puerta central seguía cerrada. Quince minutos después, estaba previsto que se abriera para dejar salir a la Regente Planetaria, que aquel día inspeccionaría la Estación y sus principales actividades.
Cord decidió que quince minutos era tiempo suficiente para investigar algo sobre aquella nueva especie de pájaro.
Aunque primero debía capturarlo.
Sacó una de las dos armas que llevaba al cinto. La que sostenía era de su propiedad: un arma de proyectiles, del planeta Vanadia. Cord la preparó para lanzar unos pequeños proyectiles anestésicos y, tras el disparo, el animal cayó al suelo alcanzado limpia y microscópicamente en la cabeza.
Cuando el animal dio en el suelo, el jinete salió despedido de su lomo. Un pequeño demonio escarlata, redondo y fláccido como una pelota de goma, avanzó hacia Cord con tres grandes saltos y abrió la boca para mostrar unos colmillos de varios centímetros, que rezumaban veneno. Conteniendo el aliento, Cord disparó de nuevo el arma y le alcanzó en pleno salto. ¡Una especie nueva, evidentemente! La, mayor parte de los cabalgapájaros eran inofensivos herbívoros, meros chupadores de jugos vegetales.
—¡Cord! —dijo una voz femenina.
El aludido soltó una maldición en voz baja. No había oído que se abriera la puerta central. Seguramente, quien le llamaba había venido rodeando toda la estación.
—¡Hola, Gravan! —saludó con aire inocente, sin darse la vuelta—. ¡Ven a ver lo que tengo! ¡Especies nuevas!
Grayan Mahoney, una muchacha esbelta y de cabello negro, dos años mayor que Cord, se acercaba trotando por la ladera de la colina en dirección a él. Era la chica modelo de la escuela colonial, y el director de la estación, Nirmond, no cesaba de repetirle a Cord una y otra vez que la muchacha era un buen ejemplo de comportamiento para el chico. Pese a ello, Grayan y Cord eran buenos amigos.
—Cord, idiota —le recriminó ella mientras llegaba hasta donde se encontraba el muchacho—. Deja de jugar al entomólogo. Si la Regente saliera ahora, estarías listo. ¡Nirmond le ha hablado de ti!
—¿Sobre qué? —preguntó Cord, sorprendido.
—Por ejemplo —le informó Grayan—, que no cumples la tarea que se te asigna.
—Glups —exclamó Cord, abatido.
—Sí, glups. ¡Yo te lo venía diciendo!
—¿Y qué debo hacer ahora?
—Sobre todo, empezar a actuar como si tuvieras un poco de sentido común —de pronto, Gravan sonrió—: ¡Pero si hoy causas alguna molestia en la bahía de las granjas, puedes tener por seguro que quedarás fuera del Equipo! —la muchacha dio media vuelta para irse, pero antes añadió—: También puedes guardar el deslizador, pues no vamos a usarlo. Nirmond nos llevará en el vehículo oruga hasta la orilla, y allí tomaremos una balsa.
Cord dejó que sus especímenes recién capturados revivieran por sí mismos y volvieran a alzar el vuelo, y llevó rápidamente el deslizador al otro lado de la estación para dejarlo en su garaje.
Tres balsas permanecían inmóviles junto a la orilla de la rada pantanosa, al borde de la cual Nirmond había detenido el vehículo. Parecían unos sombreros de pan de azúcar de alas excepcionalmente anchas y bastante raídas, flotando sin variar de posición, de color verde y aspecto coriáceo. O como hojas de nenúfar de siete metros de diámetro con una parte superior en forma de una enorme pifia verdegrisácea en el centro de cada una. Era algún tipo de animal-planta. Sutang era una colonia demasiado reciente para establecer una lista de su flora y fauna que se pareciera, siquiera remotamente, a una clasificación ordenada. Las balsas eran una rareza local que había sido investigada y que podía considerarse inocua y relativamente útil. Tal utilidad residía en el hecho de ser empleadas como medio de transporte, bastante lento, por entre las aguas bajas y pantanosas de Yoger Bay. Hasta ahí era donde llegaba de momento el interés del Equipo por las balsas.
La Regente se levantó del asiento trasero del vehículo, donde había permanecido sentada junto a Cord. La partida se componía sólo de cuatro miembros: Grayan iba delante con Nirmond.
—¿Son ésos nuestros vehículos?
La Regente parecía divertida, y Nirmond sonrió.
—No los subestimes, Dane. Con el tiempo se pueden convertir en un factor económico de importancia en la región. Sin embargo, en realidad esas balsas son más pequeñas que la que me gustaría utilizar —añadió mientras buscaba con la mirada por entre los bordes de la bahía, cubiertos de cañas—. Normalmente, hay aparcado por aquí una especie de monstruo…
Grayan se volvió hacia Cord.
—Quizá Cord sepa dónde se oculta el Abuelo —dijo.
Era una mención muy oportuna, pero Cord había esperado que nadie le preguntara por el Abuelo. Ahora, todos le miraban.
—¿Ah, quieren al Abuelo? —dijo, un tanto azorado—. Bueno, lo dejé en… Quiero decir que lo vi hace un par de semanas aproximadamente a un kilómetro al sur de aquí…
Nirmond emitió un gruñido e informó a la Regente:
—Las balsas tienden a permanecer donde se dejan, siempre que sea un terreno pantanoso de aguas bajas. Utilizan un sistema de pelos-raíces para extraer productos químicos y elementos nutritivos microscópicos del fondo de la bahía. Bueno… Grayan, ¿quieres llevarnos allá?
Cord se acomodó en el asiento, a disgusto, mientras el vehículo se ponía en marcha. Nirmond sospechaba que el muchacho había utilizado al Abuelo para una de sus vueltas no autorizadas por la zona. Y tenía sus motivos para suponerlo.
—Según tengo entendido, eres un experto en dirigir esas balsas, Cord —dijo la Regente Dane a su lado—. Grayan me ha dicho que no podríamos encontrar un mejor piloto, timonel, o como quiera que lo llaméis, para nuestro viaje de hoy.
—Sé manejarlas —asintió Cord, sudoroso—. ¡Nunca dan el menor problema!
A Cord no le parecía haber producido una impresión muy favorable a la Regente, por el momento. Dane era una mujer joven y hermosa, con una conversación fácil y una sonrisa contagiosa, «por alguna razón la habían nombrado directora del Equipo Colonizador de Sutang», se dijo el muchacho.
—Estas plantas, o animales, tienen además una gran ventaja sobre nuestros deslizadores —señaló Nirmond desde el asiento delantero—. Uno no ha de preocuparse de que salte a bordo una cubera o un pez peligroso.
Nirmond continuó con la descripción de los venenosos tentáculos en forma de cintas que las balsas tendían bajo el agua para desanimar a todas aquellas criaturas que pensaran darse un banquete con sus tiernas partes inferiores. Las cuberas y otras dos o tres especies activas y agresivas de la bahía todavía no habían aprendido que era estúpido atacar a los seres humanos armados en los barcos, pero se apartaban a toda prisa del camino de una balsa de tranquilo deambular por las aguas.
A Cord le encantó que se olvidaran de él por un instante. La Regente, Nirmond y Grayan eran todos terrestres, lo mismo que cabía decir de la mayoría de los miembros del Equipo; y los terrestres le hacían sentirse incómodo, sobre todo en grupo. Vanadia, su mundo natal, apenas acababa de superar también el estatus de colonia terrestre, lo cual explicaba la diferencia.
El vehículo oruga dio media vuelta y se detuvo. Grayan se incorporó en el asiento del conductor, y señalando al frente dijo:
—¡Por allí está el Abuelo!
La Regente Dane se levantó también y soltó un suave silbido, visiblemente impresionada por los más de quince metros de diámetro de la criatura. Cord miró a su alrededor con cierta sorpresa. Estaba seguro de que la enorme balsa estaba a varios centenares de metros del lugar donde la había dejado dos semanas antes y, como Nirmond había mencionado, aquellas criaturas no solían desplazarse por sí solas.
Algo confuso, siguió a los demás por un estrecho sendero hasta el borde del agua, que se confundía con los cañaverales, altos como árboles. Aquí y allá, captó fugazmente retazos de la superficie lisa del Abuelo, cuyo borde rozaba la orilla. Entonces, el camino se abrió y por fin pudo contemplar toda la extensión de la balsa sobre las aguas poco profundas e iluminadas por el sol; al instante, se detuvo, asombrado.
Nirmond estaba a punto de subir a la plataforma, seguido de Dane.
—¡Aguarde! —gritó Cord, con un tono de alarma en la voz—. ¡Deténgase!
Se acercó corriendo hasta los demás mientras Nirmond preguntaba en voz baja y tensa:
—¿Qué sucede, Cord?
—¡No suban a la balsa! ¡Está…, está cambiada! —la voz de Cord le sonó temblorosa incluso a él mismo—. Quizá ni siquiera se trata del Abuelo…
Comprobó que se había equivocado en esto último, antes incluso de terminar la frase. Esparcidos por el borde de la balsa se apreciaban los puntos descoloridos dejados por diversas armas de calor, una de las cuales debía de ser la suya. Aquél era el sistema seguido para poner en movimiento aquellas criaturas indolentes y carentes de inteligencia. Cord señaló hacia la parte central de la balsa que, en forma de cono, se alzaba de la superficie del agua.
—¡Ahí, en la cabeza…! ¡Está floreciendo!
La cabeza del Abuelo, en correspondencia con su tamaño, medía casi cuatro metros de altura por otros tantos de diámetro. Estaba rodeada por una especie de armadura similar a la que forma el lomo de un saurio, con lo que se protegía de los chupadores de plantas. Sin embargo, dos semanas antes no era sino un bulto sin otros rasgos característicos, como las demás balsas. Ahora, de todas las superficies del cono surgían puñados de zarcillos largos, ensortijados y sin hojas, como alambres verdes. Algunos se alzaban como muelles tensos y enroscados, mientras que otros caían relajados hacia la plataforma e incluso encima de ésta. La parte alta del cono estaba salpicada de brotes de un rojo intenso, como un sarpullido, que Cord no había visto nunca hasta aquel momento. El Abuelo no parecía en buen estado de salud.
—¡Vaya, es cierto! —asintió Nirmond—. ¡Está floreciendo!
Grayan emitió un sonido de estupor, y Nirmond se volvió hacia Cord con aire sorprendido.
—¿Es eso lo que te preocupa? —inquirió.
—¡Sí, claro! —empezó Cord con aire excitado. Entendía muy bien el tono despectivo de la palabra «eso», pero tenía erizados los cabellos de la nuca y estaba poseído por un irrefrenable temblor—. Ninguna de las balsas se ha puesto nunca así…
De nuevo Cord se detuvo a media frase. En los rostros de sus acompañantes veía que ninguno de ellos había captado el significado de sus palabras. O, más bien, que lo habían comprendido perfectamente y sin embargo no pensaban cambiar sus planes. Las balsas estaban clasificadas como inofensivas, según los Reglamentos, y hasta que se demostrara lo contrario seguirían consideradas así. Uno no perdía el tiempo poniendo en cuestión los Reglamentos, aunque fuera Regente. Entre el Equipo Explorador, uno tenía la impresión de que no debía perder el tiempo sin una razón concreta. Cord volvió a intentarlo.
—Escuchen… —empezó a decir.
Lo que quería meterles en la cabeza era que el Abuelo más un factor desconocido, dejaba de ser tal Abuelo. La balsa era una forma de vida de gran tamaño y conducta impredecible, que debía ser investigada con cautelosa meticulosidad hasta conocer qué significaba aquel factor desconocido. Cord se quedó mirando al resto del grupo con aire desolado.
Dane se volvió hacia Nirmond.
—Quizá sea mejor que hagamos una comprobación —dijo; y tras una pausa, añadió—: ¡Para dar ánimos al muchacho!
Eso era exactamente lo que pretendía dar a entender.
Cord notó que se ruborizaba de ira. Sin embargo, no le quedaba nada que responder o hacer salvo observar a Nirmond encaramarse ágilmente a la plataforma. El Abuelo se estremeció ligeramente varias veces, pero las balsas siempre se comportaban así la primera vez que alguien subía a ellas. El encargado de la estación se detuvo ante uno de los zarcillos ensortijados, lo tocó y tiró de él con suavidad. Después, alargó el brazo hacia arriba y palpó el brote situado a menor altura. Finalmente, se volvió y dijo:
—¡Qué cosas más extrañas! —dedicó una nueva mirada a Cord y añadió—: Bien, Cord, todo parece bastante inofensivo. ¿Vais a subir a bordo de una vez?
Era como uno de esos sueños en que uno grita y grita a la gente y no consigue hacerse oír. Cord subió a la plataforma con pasos rígidos, detrás de Dane y de Grayan. El muchacho sabía perfectamente lo que habría sucedido de haber titubeado siquiera un segundo. Algún acompañante le habría dicho en tono amistoso y con gran cuidado de no parecer molesto: «No tienes que venir, si no quieres».
Grayan había desenfundado su arma de rayos calóricos y se disponía a poner en marcha al Abuelo por los canales de Yoger Bay. Cord blandió también su arma y dijo ásperamente:
—Eso lo haré yo.
—De acuerdo, Cord —asintió la muchacha, dedicándole una sonrisa breve e impersonal mientras se hacía a un lado.
«¡Todos tan terriblemente educados!», pensó Cord.
Por un instante, el muchacho casi deseó que se produjera algo asombroso y catastrófico para dar una lección a la gente del Equipo. Sin embargo, no sucedió nada. Como siempre, el Abuelo se estremeció ligeramente al notar el calor en un extremo de su plataforma y, precavido, decidió alejarse del lugar en la dirección contraria, todo lo cual entraba dentro de la más absoluta rutina. Bajo el agua, fuera de la vista de los viajeros, se hallaba la sección operativa de la balsa: unas estructuras como hojas, cortas y gruesas, en forma de palas y diseñadas para funcionar como tales, junto a los tentáculos viscosos que mantenían alejados a los animales vegetarianos de Yoger Bay y a la jungla de raíces delgadas como cabellos a través de los cuales el Abuelo absorbía su alimento del barro y de las aguas enfangadas de la bahía, y que también le servían para anclarse al fondo.
Las palas se pusieron en movimiento, la plataforma se estremeció y la cabellera se retiró del barro y quedó encogida debajo de la plataforma. El Abuelo había iniciado su parsimoniosa marcha.
Cord desconectó el calor, colocó de nuevo el arma en la cartuchera y se levantó. Una vez en movimiento, las balsas solían avanzar sin prisa alguna durante un buen rato. Para detenerlas, debía dárseles un toque de calor en el borde que hacía de proa; para hacerlas variar de dirección, sólo haría falta aplicar la descarga adecuada en el extremo opuesto de la plataforma. El pilotaje era bastante sencillo.
Cord no dirigió una sola mirada a los demás. Todavía se sentía furioso por dentro. Contempló los cañaverales que se abrían y quedaban atrás, ofreciéndoles breves visiones de las extensiones verdes, amarillas y azules de la bahía, salobre y cubierta por la niebla. Más allá de ésta, al oeste, quedaban los estrechos de Yoger, unas aguas traicioneras y difíciles cuando subían las mareas. Y después de los estrechos se abría el mar, el gran océano de Zlanti, que constituía otro mundo del que todavía no habían explorado casi nada.
—¿Cuál es la mejor ruta para ir a las granjas, Cord? —preguntó Grayan desde donde se encontraba, junto a Dane.
—El gran canal de la derecha —respondió el muchacho; y después añadió, con tono hosco—: ¡Hacia allí vamos!
Grayan se aproximó a él.
—La Regente no quiere verlo todo —musitó, bajando la voz—. Primero, iremos a las granjas de algas y de plancton. Después, le enseñaremos todas las variedades de cereales mutantes que podamos en el plazo de tres horas. Llévanos hacia las zonas de mejor rendimiento y harás feliz a Nirmond.
La muchacha le dedicó a Cord un guiño de complicidad. El muchacho la miró con incertidumbre. Por la conducta de Grayan no podía decirse que nada fuera mal. Quizá…
Le embargó un destello de esperanza. Era difícil dejar de admirar a la gente del Equipo, aunque se mostraran tan tozudos en el seguimiento de los Reglamentos. De todos modos, el día todavía no había terminado, y quizás aún estaba a tiempo de redimirse a los ojos de la Regente.
De pronto, Cord imaginó la visión, alentadora aunque improbable, de algún monstruo de la bahía saltando a la balsa con las fauces abiertas y bien armadas, y se imaginó a sí mismo volando de un disparo la cabeza al animal antes de que ninguno de los demás —y especialmente Nirmond— tuviera siquiera plena conciencia de la amenaza. Los monstruos de la bahía escapaban del Abuelo, desde luego, pero quizás hubiera maneras de tentar a alguno.
El muchacho advirtió que hasta aquel instante se había dejado dominar por las emociones. ¡Era el momento de empezar a pensar!
Primero, en el Abuelo. Estaba floreciendo con unos zarcillos verdes y unos brotes rojos de propósito desconocido, pero, salvo esto, no se observaba ningún otro cambio en su comportamiento. El Abuelo era la balsa de mayor tamaño de aquella parte de la bahía, aunque todas las demás habían crecido a ritmo constante durante los dos años transcurridos desde que Cord viera una por primera vez. Las estaciones del año se sucedían con lentitud en Sutang, ya que su año natural correspondía a más de cinco años terrestres. Los primeros miembros del Equipo en posarse en el planeta todavía no habían visto transcurrir un año entero.
Así pues, el Abuelo debía de estar sufriendo algún cambio estacional. Las otras balsas, de momento no tan desarrolladas, reaccionarían de igual forma poco después. Aquellos animales-plantas debían de estar floreciendo realmente, preparándose para la reproducción.
—Grayan, ¿cómo empiezan las balsas? —preguntó Cord—. Cuando son pequeñas, me refiero.
—Nadie lo sabe todavía —respondió ella—. Precisamente estábamos hablando de eso. Más de la mitad de la fauna costera de las zonas pantanosas del continente parece pasar un estado larvario preliminar en el océano —la muchacha le indicó con un gesto los brotes rojos del cono de la balsa y añadió—: Realmente, parece que el Abuelo vaya a producir flores y dejar que el viento o la marea se lleven las semillas por los estrechos.
Aquello tenía sentido. Pero al mismo tiempo echaba por tierra la esperanza que Cord todavía medio mantenía en que el cambio en el Abuelo resultara lo bastante drástico, en algún aspecto, como para justificar su resistencia a subir a bordo. Una vez más, Cord estudió detenidamente la cabeza protegida del Abuelo, negándose a eliminar del todo tal esperanza. Entre las planchas que le servían de coraza había una serie de rendijas verticales, negras y gomosas, que dos semanas antes no había apreciado. Parecía como si el Abuelo empezara a abrirse por tales rendijas. Lo cual podía indicar que las balsas, por grandes que llegaran a ser, no sobrevivían al ciclo estacional completo, sino que florecían a aquellas alturas del año de Sutang y morían. No obstante, podía apostarse con bastantes garantías a que el Abuelo no iba a entrar en su decadencia senil antes del término de su viaje de aquel día.
Cord dejó de pensar en el Abuelo. Entonces volvió a su mente la otra idea: quizá pudiera forzar a algún complaciente monstruo de la bahía a entrar en acción para demostrarle a la Regente que él no era ningún niño asustadizo.
Porque los monstruos estaban allí, eso era seguro.
De rodillas junto al borde de la plataforma y mirando las aguas claras, de color vino, del profundo canal, pudo verlos merodeando. En unos instantes Cord distinguió una buena selección de ejemplares.
Por un lado, cinco o seis cuberas de gran tamaño. Una especie de grandes langostas aplastadas, de color marrón chocolate la mayoría, con unos puntos verdes y rojos en sus caparazones. En algunas zonas, eran tan abundantes que cabía preguntarse dónde encontraban alimento, aunque se comían cualquier cosa, hasta el extremo de mascar el barro en el que se posaban. De todos modos, preferían grandes bocados de alimento vivo, una de las razones por las que tenían prohibido bañarse en la bahía. En ocasiones, aquellos animales atacaban algún bote, pero la excitación con que los vio retroceder hacia las orillas del canal le demostró que no querían saber nada de una enorme balsa en movimiento.
En el fondo, aquí y allá, había unos pozos de medio metro de diámetro que, a primera vista, parecían vados. Normalmente, según sabía Cord, debería de haber encontrado una cabeza en cada uno de los agujeros. Tales cabezas consistían, a grandes rasgos, en unas mandíbulas triples, pacientemente abiertas como otras tantas trampas para capturar todo aquello que se pusiera al alcance de los largos cuerpos con forma de gusano y ocultos tras las cabezas. Sin embargo, la presencia del Abuelo, con sus tentáculos venenosos como transparentes banderas de señales en el agua, también había hecho huir a aquellos seres.
Salvo esto, no vio más que bandadas de peces de pequeño tamaño. Entonces, un destello de un púrpura casi perverso, a la izquierda de la balsa y debajo de ésta, surgió de entre los carrizos volviendo su puntiagudo morro tras la estela de aquélla.
Cord lo observó sin moverse. Aunque aquella criatura era rara en la bahía y no había sido clasificada, Cord la conocía. Veloz, acechante…, lo bastante alerta para atrapar en el aire pájaros de los pantanos cuando daban pasadas a ras del agua. Una vez, Cord había tentado con un cebo de pescado a uno de aquellos seres para que subiera a una balsa inmóvil, y allí el animal se había debatido furiosamente hasta que el muchacho le había acertado con un disparo.
—¡Qué criaturas tan fantásticas! —dijo la voz de Dane justo detrás de él.
—Son cabezas amarillas —dijo Nirmond—. Tienen un alto índice de utilidad. Controlan la tasa de pájaros de los pantanos.
Cord se puso en pie con aire despreocupado. ¡No era el momento de tonterías! El lecho de carrizos a la derecha rebosaba de cabezas amarillas, toda una colonia. Eran criaturas vagamente parecidas a sapos, del tamaño de un hombre o incluso más. De todas las criaturas que había descubierto en la bahía, eran las que más desagradaban a Cord. Sus cuerpos fláccidos, como bolsas, se asían con sus cuatro débiles extremidades a la parte superior de las cañas, de casi siete metros de altura, que cubrían los márgenes del canal. Apenas se movían, pero sus enormes ojos sobresalientes parecían captar todo cuanto pasaba a su alrededor. De vez en cuando, un aterciopelado pájaro de los pantanos se acercaba lo suficiente; entonces, el cabeza amarilla abría su boca vertical, enorme y llena de afilados dientes, extendía toda la parte frontal de su cabeza como un fuelle en un movimiento relampagueante, y el pájaro era engullido. Quizá fueran útiles, pero Cord los odiaba.
—Dentro de diez años conoceremos el ciclo de la vida costera —afirmó Nirmond—. Cuando instalamos la Estación Yoger Bay no había cabezas amarillas por la zona. Llegaron al año siguiente, todavía con rastros de la forma larvaria oceánica aunque la metamorfosis casi se había completado. Medían unos veinticinco centímetros de largo y…
Dane señaló que ese mismo modelo se repetía en todas las zonas conocidas del planeta. La Regente inspeccionaba la colonia de cabezas amarillas con los visores. Los bajó, miró a Cord y sonrió.
—¿Cuánto falta para las granjas?
—Unos veinte minutos.
—La clave parece estar en la cuenca de Zlanti —dijo Nirmond—. En primavera debe de ser casi un caldo de vida.
—Sin duda —asintió Dane, que había llegado al planeta durante la primavera de Sutang, hacía cuatro años terrestres—. Parece que esa cuenca justificaría por sí sola la colonización. La cuestión por resolver es cómo llegan allí criaturas como esas —añadió señalando hacia los cabezas amarillas.
Nirmond y la Regente se encaminaron al costado opuesto de la balsa, discutiendo sobre las corrientes oceánicas. Cord se disponía a seguirles cuando escuchó un chapoteo a sus espaldas, a la izquierda, no muy lejos. Se quedó a observar qué sucedía.
Al cabo de un instante vio a un gran cabeza amarilla que se había deslizado de su pértiga de cañas, provocando el chapoteo. Casi sumergido bajo la superficie del agua, el animal contemplaba la balsa con unos enormes ojos de color verde pálido. A Cord le pareció que le miraba directamente a él. En aquel instante supo por primera vez por qué no le gustaban los cabezas amarillas: había en aquella mirada algo muy similar a la inteligencia, a una extraña razón. En aquellas criaturas, la inteligencia parecía fuera de lugar. ¿Qué utilidad podían darle?
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo al ver que el animal se hundía por completo bajo el agua. Cord advirtió que intentaba nadar bajo la balsa. El muchacho era presa de una gran excitación. Hasta entonces, no había visto nunca un cabeza amarilla que descendiera de las cañas. El monstruo oportuno que había estado esperando se presentase de un modo inesperado.
Medio minuto después, volvió a verlo nadando torpemente por el fondo. De momento no tenía la menor intención de abordar la balsa. Cord lo vio entrar en la zona de los tentáculos venenosos. Con movimientos natatorios curiosamente humanos, se abrió paso entre ellos y desapareció de su vista bajo la plataforma.
Cord se incorporó, preguntándose el significado de aquello. El cabeza amarilla parecía conocer los tentáculos pues existía una especie de propósito y de voluntariedad en cada movimiento de avance del animal. Estuvo tentado de decírselo a los demás, pero le retuvo el pensamiento del momento triunfal que disfrutaría si, de pronto, el animal aparecía deslizándose por el borde de la plataforma y él le acertaba ante la mirada de todos.
De todos modos, ya era hora de llevar la balsa hacia las granjas. Si antes no sucedía nada…
Siguió observando. Habían transcurrido casi cinco minutos, pero seguía sin rastro del cabeza amarilla. Con algunas dudas y una cierta inquietud, sacudió al Abuelo con un calculado aguijonazo de calor.
Al cabo de un momento, lo repitió. Emitió un jadeo y se olvidó por completo del cabeza amarilla.
—¡Nirmond! —gritó en tono agudo.
Sus tres compañeros estaban cerca del centro de la plataforma, junto al gran cono acorazado, contemplando las granjas. Se volvieron hacia él.
—¿Qué sucede ahora, Cord?
Durante unos segundos, el muchacho fue incapaz de pronunciar palabra. De pronto, volvía a estar terriblemente asustado. ¡Algo había funcionado mal!
—¡La balsa no obedece! —les dijo.
—¡Dale una buena dosis de calor! —replicó Nirmond.
Cord le miró. Nirmond, un par de pasos delante de Dane y Orayan, como si quisiera protegerlas, daba la impresión de estar algo tenso, y no era de extrañar. Cord ya había disparado sobre tres puntos distintos de la plataforma, pero ahora el Abuelo parecía ser refractario al calor. La balsa seguía moviéndose a velocidad constante hacia el centro de la bahía.
Cord contuvo la respiración, puso el mando del calor al máximo y descargó el arma sobre el Abuelo. Un pedazo de plataforma de quince centímetros quedó chamuscado al instante, poniéndose marrón y, finalmente, negro.
El Abuelo se detuvo. Simplemente.
—¡Eso es! ¡Sigue chamus…!
Se produjo un gigantesco estremecimiento. Cord se tambaleó hacia atrás, casi cayendo al agua. Entonces, todo el borde de la balsa se enroscó hacia arriba y volvió a caer, golpeando el agua con el estrépito de un cañonazo. El muchacho quedó un instante en el aire y cayó cabeza abajo sobre la plataforma, aplastándose contra la superficie. La balsa se hinchó debajo de él, repitió dos veces más la enorme sacudida y recuperó la inmovilidad. Cord buscó a los demás con la mirada.
Se encontraba a unos cuatro metros del cono central. En aquel momento, veinte o treinta de aquellos misteriosos zarcillos nuevos que habían brotado del cono central estaban extendidos rígidamente en dirección a él como otros tantos dedos, verdes y delgados. No lograban alcanzarle, pero el zarcillo más próximo estaba a menos de un palmo de sus zapatos.
Todos los demás, en cambio, habían sido atrapados por el Abuelo. Estaban en el suelo, al pie del cono, inmóviles y envueltos en una tensa red de verdes cables vegetales.
Cord retiró los pies cautelosamente, preparándose para otra sacudida, pero no sucedió nada. Observó que el Abuelo había reemprendido su avance en la misma dirección anterior. La pistola calorífica había desaparecido. Cord, con cuidado, desenfundó su arma vanadiana.
Una voz débil y quebrada por el dolor le habló desde uno de los tres cuerpos aprisionados.
—¿Cord? ¿A ti no te ha atrapado?
Era la Regente.
—No —respondió él, también en voz baja; de pronto, se dio cuenta de que, sencillamente, los había dado por muertos; ahora se sentía enfermo y tembloroso—. ¿Qué haces?
Cord observó la enorme cabeza acorazada del Abuelo con cierta ansia. Los conos eran huecos por dentro, y el laboratorio de la estación había decidido que su principal función era mantener suficiente aire bajo las balsas para permitirles flotar. Sin embargo, en aquella sección central se encontraba también el órgano que controlaba las reacciones generales del Abuelo.
—Tengo un arma y doce balas explosivas de gran potencia —susurró en voz baja—. Con un par podría volar el cono.
—¡No, Cord! —le dijo la voz lastimera—. Si la balsa se hunde, moriremos de todos modos. ¿Tienes cargas anestésicas para esa arma tuya?
—Sí —asintió él, con la mirada fija en la espalda de la mujer— antes dispárales una carga a Nirmond y a la chica. Directamente en la médula espinal, si eres capaz. Pero no te acerques.
Por alguna razón, Cord no podía discutir con aquella voz. Se puso en pie con cuidado. El arma emitió un doble chasquido.
—Muy bien —dijo con voz ronca—. ¿Qué hago ahora?
Dane permaneció un instante en silencio.
—Lo lamento, Cord, pero no sé qué decirte. Vamos a ver… —volvió a guardar silencio unos segundos—. Esta criatura no ha intentado matarnos, Cord. Le habría sido fácil, pues tiene una fuerza increíble. He visto cómo le rompía las piernas a Nirmond. Sin embargo, al dejar de movernos, se ha limitado a apresarnos. Nirmond y la chica se hallaban inconscientes… Tienes que seguir como estás. Sin duda la balsa intentaba llegar hasta ti con esos zarcillos o lo que sean.
—Eso creo —dijo Cord, temblando todavía.
En efecto, aquello era lo que había sucedido, y en cualquier momento el Abuelo podía intentarlo de nuevo.
—Ahora nos está administrando una especie de anestésico a través de los zarcillos, mediante unas pequeñas espinas. Produce una especie de insensibilidad… —la voz de Dane se perdió durante un momento; después añadió con toda claridad—: Escucha, Cord, me parece que nos guarda como una reserva de alimento. ¿Lo has entendido?
—Sí.
—Es la temporada de reproducción de las balsas. Hemos registrado observaciones análogas, y somos alimento vivo para las semillas, probablemente. No para la balsa. No podíamos haber calculado que algo así sucediera. ¿Cord?
—Estoy aquí.
—Quiero seguir despierta todo lo que pueda —dijo Dane—. Pero en realidad quería decir otra cosa: la balsa va hacia algún sitio en concreto, a algún punto especialmente favorable. Podrían ser muy cerca de la orilla. Entonces puedes intentar los disparos. De no ser así, toma la decisión que creas más oportuna. Sin embargo, mantén la cabeza fría y espera una oportunidad. Nada de heroicidades, ¿entendido?
—Desde luego —asintió Cord.
El muchacho se dio cuenta de que había respondido para darle ánimos y confianza a la Regente, como si se tratara no de ésta sino de una muchacha cualquiera como Grayan.
—Nirmond es el que está peor —continuó Dañe—. La chica quedó inconsciente de un golpe en el primer momento. Yo, aparte del brazo… De todos modos, si conseguimos ayuda en las próximas cinco horas, todo tendrá solución. Si sucede algo me lo dices.
—Lo haré —asintió de nuevo Cord.
A continuación dirigió el arma con cuidado hacia un punto situado entre los omóplatos de Dane, y la carga anestésica repitió su chasquido. El cuerpo tenso de Dane se relajó un poco, y eso fue todo.
Cord no veía ninguna razón por la cual la mujer tuviera que seguir consciente, ya que en absoluto se dirigían hacia la orilla. Los cañizales y canales habían quedado detrás y el Abuelo no había cambiado en lo más mínimo su dirección. Avanzaba hacia el centro de la bahía… ¡y encontraba compañía!
De momento, Cord pudo contar hasta siete grandes balsas en un radio de tres kilómetros y, en las tres más próximas, alcanzó a distinguir un brote de nuevos zarcillos verdes. Todas ellas viajaban en la misma dirección, y el punto común que constituía su objetivo parecía situado en el rugiente centro de los estrechos de Yoger, que ahora quedaban a unos cinco kilómetros de ellos.
Después de los estrechos se abría el frío océano de Zlanti, las nieblas y el mar abierto. Quizá fuera el momento de soltar las semillas, pero no parecía que las balsas fueran a distribuirlas por la bahía…
Cord era un buen nadador. Tenía una pistola y un cuchillo; pese a lo que opinara Dane, podía haber tenido alguna oportunidad frente a los monstruos que poblaban la bahía. Sin embargo, como mucho, tales posibilidades hubieran sido remotas y, se dijo el muchacho, parecía que todavía podían haber algunas alternativas. La situación no era aún insostenible, y tenía que mantener la serenidad.
Desde luego, como no fuera por casualidad, nadie vendría en su busca a tiempo de rescatarles. Y si alguien les buscaba, lo haría cerca de las granjas de la bahía. Allí había un grupo de balsas inmóviles y todo el mundo pensaría que había tomado una de ellas. De vez en cuando, sucedía algo inesperado y alguno de los colonos desaparecía sin dejar rastro. Cuando descubrieran lo que acababa de suceder en esta ocasión, sería demasiado tarde para el rescate.
Tampoco era probable que durante las horas siguientes alguien advirtiera que las balsas habían empezado a emigrar de los pantanos al océano a través de los estrechos de Yoger. En el lado norte de los estrechos había una pequeña estación meteorológica ligeramente tierra adentro, que contaba en ocasiones con un helicóptero. Era francamente improbable, decidió Cord con cierto desánimo, que el aparato fuera utilizado en el lugar preciso, y tampoco era de esperar que pasara algún jet de transporte a una altura suficientemente baja como para divisarles.
El hecho de que todo dependiera de él, según había dicho la Regente, tomaba un nuevo significado después de aquello.
Cord llevó a cabo un experimento que, estaba seguro, no iba a funcionar, pero que tenía que realizar tarde o temprano. Abrió la cámara de proyectiles anestésicos del arma y contó cincuenta balas. Efectuó el recuento con bastante rapidez porque no deseaba pensar demasiado en cuál podía ser la utilización última que podía verse obligado a darles. Tenía unas trescientas cargas en la recámara. Durante los minutos siguientes, Cord disparó meticulosamente un tercio del total contra el cono o cabeza de la balsa.
Finalmente, cesó en lo disparos. Con una carga menos potente, hasta una ballena habría dado muestras de somnolencia. El Abuelo, en cambio, continuó su avance sin inmutarse. Quizás había quedado adormilado en algunos puntos, pero su sistema nervioso no estaba preparado para distribuir el efecto sedante de aquel tipo de anestésico.
No se le ocurrió qué otra cosa podía hacer antes de llegar a los estrechos. A la velocidad que iba, calculó que esto se produciría más o menos en una hora; y si tenían que cruzar los estrechos, Cord debía prepararse para un posible baño. Consideró que a Dane no le parecería mal, dadas las circunstancias. Si la balsa los llevaba consigo hacia la brumosa extensión del océano de Zlanti, no habría ninguna posibilidad práctica de supervivencia.
Mientras, el Abuelo estaba aumentando claramente la velocidad de la marcha. También observó otros cambios en la criatura, cambios poco importantes, pero que a Cord le causaron un temor reverencial. Los brotes rojos que, como un sarpullido, llenaban la parte superior del cono, se abrían gradualmente. Del centro de la mayoría de ellos sobresalía una especie de gusano delgado y viscoso, de color escarlata: un gusano que se agitaba débilmente, se extendía un par de centímetros, se detenía y volvía a repetir el proceso de agitarse y crecer, elevándose en el aire. Las rendijas negras verticales entre las placas de la coraza parecían más amplias y profundas que unos minutos antes, y de varias de ellas manaba lentamente un líquido denso y obscuro.
Cord sabía que, en otras circunstancias, aquellos cambios en el Abuelo le habrían fascinado. Sin embargo, tal como estaban las cosas, sólo atraían su atención y suspicacia porque desconocía qué significaban.
Entonces, repentinamente, sucedió algo tremendo, espantoso Grayan empezó a emitir unos alaridos terribles al tiempo que se agitaba intentando volverse. Más tarde, Cord advertiría que apenas había transcurrido un segundo antes de que detuviera a un tiempo los gritos y las sacudidas con otra bala anestésica; sin embargo, en el brevísimo lapso transcurrido, los zarcillos habían estrechado su cerco en torno a ella no como tentáculos flexibles, sino como las garras y espolones huesudos y verdosos de una monstruosa ave de presa.
Pálido y sudoroso, Cord bajó lentamente su arma mientras los zarcillos se relajaban de nuevo. Grayan no parecía sufrir ningún daño adicional, y ciertamente había sido la primera en señalar que la furia asesina del Abuelo se habría abatido con la misma saña contra cualquier cosa que se moviera, aunque fuera una máquina. Sin embargo, por unos instantes Cord siguió recreándose furiosamente en la idea de que, en el momento en que él quisiera, aún podía hacer volcar la balsa rápidamente y convertirla en una masa de vegetación sin vida.
Sin embargo, y más sensatamente, se limitó a disparar de nuevo los anestésicos a Dane y a Nirmond para evitar que les sucediera algo similar a lo acaecido con Grayan. Con dos balas, calculó, podría dejar a cualquier ser humano anestesiado durante un mínimo de cuatro horas.
Cord apartó rápidamente de su mente la idea que estaba formándose en ella, pero el pensamiento volvió a él de inmediato, insistentemente, hasta que el muchacho cedió y dejó que tomara forma.
Cinco balas harían que cada uno de sus compañeros de expedición quedara del todo inconsciente, sucediera lo que sucediese después, hasta que murieran por otras causas o les fuera administrado algún antídoto.
Conmovido por la idea, se dijo que no podía hacerlo. Era casi como matarlos.
Sin embargo, al final, Cord se descubrió a sí mismo alzando su arma una vez más, con pulso firme, para completar los cinco disparos sobre cada uno de los miembros del equipo.
Unos treinta minutos después observó una balsa de tamaño similar al Abuelo que se deslizaba entre las aguas blancas y espumosas de los estrechos, a unos cientos de metros delante suyo. La otra balsa se precipitó hacia las abruptas orillas, ladeándose, atrapada por las poderosas corrientes. La balsa dio vueltas y se balanceó, recuperó el ritmo y volvió a ladearse. Por fin, se enderezó una vez más, no como un vegetal animado que actuara ciegamente, sino como una criatura que luchara con inteligencia para mantener la dirección escogida.
Por lo menos, las balsas parecían prácticamente insumergibles.
Cuchillo en mano, el muchacho se aplastó contra la plataforma mientras escuchaba el rugido de los estrechos delante de él. Cuando la plataforma empezó a dar saltos y a girar, Cord clavó el cuchillo hasta la empuñadura en la materia vegetal del Abuelo y se asió de él. El agua fría le cubrió de repente y el Abuelo empezó a vibrar como un motor en funcionamiento. En medio de todo ello, Cord pensó horrorizado en la posibilidad de que la balsa pudiera soltar a sus inconscientes prisioneros humanos en su lucha con los rabiones de los estrechos de Yoger. Sin embargo, en esto subestimaba al Abuelo. La enorme balsa superó también las dificultades de la zona sin mayores problemas.
De pronto, todo terminó. Se encontraban entre unas plácidas olas y contó otras tres balsas no lejos de ellos. Las corrientes las habían juntado, pero no parecían tener ningún interés en mantenerse en compañía. Mientras Cord, con aire tembloroso, se ponía en pie y empezaba a despojarse de sus ropas, las balsas se apartaron visiblemente unas de otras. La plataforma de una de ellas estaba semisumergida; debía de haber perdido gran parte del aire que la ayudaba a mantenerse a flote y, como un pequeño barco, estaba zozobrando.
Desde aquel punto, sólo había un trecho de tres kilómetros hasta la orilla norte de los estrechos, y a poco más de un kilómetro tierra adentro se encontraba la estación meteorológica. La distancia no parecía excesiva, aunque desconocía las corrientes que pudiera haber. Tampoco podía aventurarse a dejar el cuchillo y el arma vanadiana. A las criaturas de la bahía les encantaba el fango y las aguas cálidas, y no solían aventurarse hasta las corrientes; sin embargo, el océano de Zlanti tenía sus propios depredadores, aunque no acostumbraban a dejarse ver tan cerca de la costa.
El panorama se vislumbraba esperanzador.
Mientras procedía a hacer un hato con sus ropas y ponía los zapatos en el interior, encima de donde estaba escuchó una especie de sonidos agudos como el maullido de un gato. Levantó la mirada y observó cuatro magníficos pájaros de los pantanos que daban vueltas sobre él, cada uno con su oculto jinete. Probablemente se trataba de carroñeros inofensivos, pero sus tres metros de envergadura resultaban impresionantes. Con cierta inquietud, Cord recordó el perverso jinete carnívoro que había dejado junto a la estación.
Uno de los pájaros descendió indolentemente sobre él. Le pasó por encima y dio media vuelta, cerniéndose sobre el cono de la balsa.
El jinete que había dirigido al pájaro no se interesó lo más mínimo por el muchacho. ¡Era el Abuelo quien le estaba atrayendo para cazarlo!
Cord contempló la escena, fascinado. Ahora, la parte superior del cono era una masa de excrecencias en forma de gusanos, fofas y de color escarlata, que se agitaban seductoramente y que habían empezado a brotar en el cono central antes de que la balsa dejara la bahía. Presumiblemente, debían de tener un aspecto tentador y delicioso para el jinete.
El pájaro de los pantanos descendió aún más con un movimiento de las alas y rozó el cono. Como si se cerrara la reja de una trampa, los verdes zarcillos se alzaron rápidamente y rodearon al animal, aplastando sus brillantes alas y ocultando casi por completo su cuerpo largo y blando.
Apenas un segundo después, el Abuelo hizo una nueva captura, ésta del propio mar. Por unos instantes Cord vio algo similar a una pequeña morsa de aspecto elástico que saltaba del agua al borde de la balsa con un aire de ciega desesperación, y al instante era atraída hacia el cono donde los zarcillos la atraparon junto al cuerpo del pájaro.
No fue la enorme facilidad de aquella inesperada captura lo que dejó helado a Cord, sino la pérdida de toda esperanza de alcanzar a nado la orilla. En efecto, a unos cincuenta metros, la criatura de la que intentaba escapar el animal capturado por la balsa asomó brevemente a ras de agua mientras se apartaba del Abuelo. El cuerpo de color blanco marfil y las enormes mandíbulas se parecían lo suficiente a los tiburones terrestres como para no reconocer inmediatamente su peligrosidad. Pero lo más importante, lo que más desanimaba a Cord, era que allí donde se desplazaban los cazadores blancos del océano de Zlanti, lo hacían por millares.
Abrumado por aquella increíble jugada de la suerte, y asido todavía al fardo de sus ropas, Cord dirigió la mirada a la orilla. Ahora que sabía qué buscar, divisó las estelas delatoras en el agua, los destellos largos y ebúrneos que brillaban entre las olas y volvían a desaparecer. Bancos de peces de pequeño tamaño saltaban por los aires como fuentes de refulgente desesperación, y volvían a caer entre las olas.
Cord se dio cuenta de que le devorarían como a un pájaro posado en las aguas antes de que hubiera cubierto una vigésima parte de la distancia.
El Abuelo empezaba a comer.
Cada una de las rendijas a los costados del cono era una boca. De momento, sólo una de ellas estaba en acción, y además la balsa apenas podía abrir ésta más que ligeramente. No obstante, devoraba ya el primer bocado, el jinete del pájaro de los pantanos que los zarcillos habían separado del cuello aterciopelado del ave. El Abuelo tardó varios minutos en hacerlo desaparecer, pese a su minúsculo tamaño. No obstante, era un inició.
Cord creyó haber perdido la razón. Permaneció quieto donde estaba mientras observaba con atención la actividad del Abuelo, apenas consciente del hecho de estar temblando intensamente debido a la fría espuma que le mojaba de vez en cuando. Calculó que pasarían al menos unas horas hasta que las rendijas se hicieran lo bastante flexibles y potentes para engullir a un ser humano. Dadas las circunstancias, poco podía importarles eso a los demás miembros de la expedición; sin embargo, en el momento en que el Abuelo intentara devorar al primero de ellos, tomaría la decisión final de hacer pedazos la balsa.
Los cazadores blancos eran, por todos los conceptos, una muerte preferible, más rápida y limpia; y esa decisión era prácticamente lo único que el muchacho todavía tenía en sus manos, perdida cualquier esperanza.
Todavía quedaba la levísima posibilidad de que el helicóptero de la estación meteorológica los encontrara.
Mientras, y llevado por una fascinación horrorizada y abatida, siguió preguntándose qué misterio podía haber provocado aquel cambio espantoso en las balsas. Ahora casi podía adivinar con seguridad su destino: detrás de los estrechos, las criaturas se encaminaban formando cadenas, bien cerca de las corrientes o bien paralelas a la costa, en dirección a la cuenca de Zlanti y su centro de elaboración de plancton animal y vegetal, que quedaba a unos mil quinientos kilómetros hacia el norte. Con tiempo suficiente, incluso las plantas móviles como las balsas podían completar su viaje hasta la zona donde los retoños encontrarían la seguridad del alimento. Sin embargo, nada en su estructura explicaba el repentino cambio producido en ellas, pasando a ser carnívoras muy despiertas y dotadas.
Cord observó cómo los zarcillos levantaban la especie de foca gomosa. Las extremidades verdes rompieron el cuello del animal e introdujeron su cabeza en la boca, hasta los hombros. Después, el Abuelo continuó pacientemente su labor en lo que todavía constituía un bocado algo exagerado. Mientras, sobre la cabeza del muchacho se repitieron más sonidos semejantes a maullidos; poco después, dos pájaros marinos más resultaron capturados casi simultáneamente y se añadieron a la despensa. El Abuelo dejó caer el animal marino ya muerto y se comió otro jinete de pájaro. El segundo jinete abandonó su montura con un rápido salto, clavó sus dientes vorazmente en uno de los zarcillos que le capturó de nuevo, y fue aplastado inmediatamente contra la plataforma, hasta morir.
Cord notó que le asaltaba un nuevo acceso de furia contra el Abuelo. Matar un pájaro de los pantanos era casi como cortar una rama a un árbol; apenas tenían conciencia vital. En cambio, el jinete había despertado la simpatía del muchacho por su apariencia de actuación inteligente, rasgo que le acercaba más, de hecho, a los seres humanos que a la monstruosa forma de vida que, en un acto reflejo y coronado por el éxito, había atrapado tanto a la pequeña criatura como a los humanos. Los pensamientos del muchacho se desviaron de nuevo, admirándose vagamente de la curiosa simbiosis mediante la cual los sistemas nerviosos de dos seres tan diferentes como el pájaro de los pantanos y sus jinetes llegaban a acoplarse tan íntimamente y funcionaban como un único organismo.
De pronto, una expresión de enorme sorpresa apareció en su rostro.
¡Vaya, por fin lo comprendía!
Sin prisas, se puso en pie, temblando de excitación, con el plan perfectamente claro en su mente. Una docena de largos zarcillos reptaron al instante en dirección al súbito movimiento, intentando asirle, tensos y estirados. No llegaban hasta él, pero la furiosa reacción del Abuelo hizo que Cord se detuviera unos momentos donde estaba. La plataforma temblaba bajo sus pies, como si fuera presa de una gran irritación por no poderle alcanzar, pero en aquella posición no podía atraerle cerca del cono con una sacudida como hubiera hecho, sin duda, de encontrarse el muchacho más próximo al borde.
Pese a todo, era una advertencia. Cord fue rodeando con gran cuidado el cono hasta que llegó a la posición que deseaba, en la parte delantera de la balsa, según el avance de ésta. Allí, aguardó. Esperó durante unos minutos, absolutamente inmóvil, con el corazón casi detenido, hasta que las vibraciones furiosas e irregulares de la superficie de la balsa se amortiguaron y el último zarcillo cesó en su ciega búsqueda. Cord pensó que quizá le ayudara el hecho de que, durante los segundos posteriores a sus primeros movimientos, el Abuelo no supiera con exactitud dónde se encontraba.
Echó una nueva mirada para observar a qué distancia se hallaban ahora las instalaciones de la estación meteorológica. Calculó que no debían de estar a más de una hora de su posición. Era una distancia corta, incluso para el más pesimista… siempre que todo lo demás saliera bien. Cord no intento profundizar en detalle en qué podía abarcar aquel «todo lo demás», pues había factores que, sencillamente, eran imprevisibles. Además, tenía la incómoda sensación de que el hecho de especular con excesivo realismo le restaría ánimos para llevar a cabo su plan.
Por fin, moviéndose con cuidado, Cord asió el cuchillo con la mano izquierda y dejó la pistola en la cartuchera. Alzó lentamente el hato de ropa sobre la cabeza, sosteniéndolo con la mano derecha. Con un movimiento lento y largo, lanzó el fardo hacia el otro lado del cono, casi en el extremo opuesto de la plataforma.
El paquete cayó sobre la plataforma con un ruido mortecino. Casi de inmediato, el borde opuesto de la balsa dio una sacudida y volvió a caer al agua para impulsar el objeto extraño hacia los zarcillos extendidos hacia él.
Simultáneamente, Cord echó a correr hacia delante. Durante un instante, su intención de distraer la atención del Abuelo pareció tener un éxito total, pero al segundo siguiente cayó de rodillas mientras la plataforma se levantaba.
Cord estaba a tres metros del borde. Al caer, continuó avanzando desesperadamente sobre la plataforma.
Un instante después, se sumergía bajo las aguas frías y claras por la parte delantera de la balsa, daba media vuelta y ascendía de nuevo a la superficie.
La balsa pasaba por encima de él. Una nube de pequeñas criaturas marinas se repartía entre la obscura maraña de raíces. Cord se apartó de una franja ancha y ondulante de vegetal de aspecto vítreo que constituía un tentáculo venenoso y sintió una ardiente picazón en el costado, lo que significaba que había rozado ligeramente otro. A ciegas se abrió paso por entre los viscosos bucles de las raíces que cubrían el fondo de la balsa. Entonces pasó por encima del muchacho una media luz verdosa y Cord penetró, con un impulso, en la burbuja central que formaba el cono del Abuelo.
Era un hueco a media luz y lleno de un aire cálido y viciado. El agua batía la posición del muchacho, arrastrándole hacia abajo, y no tenía nada a lo que agarrarse. Entonces, encima de él y a su derecha, incrustado en la curva interna del cono como si hubiera estado allí desde su nacimiento, Cord descubrió la silueta parecida a un sapo y levemente humanoide del cabeza amarilla.
¡Aquél era el jinete de las balsas!
Cord alzó la mano, capturó al huésped y guía simbiótico del Abuelo por uno de sus fláccidos remedos de patas y, elevando del agua casi medio cuerpo, propinó dos rápidas puñaladas al animal, que aún no había abierto del todo sus ojos verde pálido.
El muchacho esperaba que el animal no tardaría ni un segundo en soltarse de la balsa e intentaría defenderse, como sucedía con los jinetes de los pájaros. El cabeza amarilla, en cambio, se limitó a volverse hacia él; la boca saltó como un resorte e hizo presa en el brazo izquierdo de Cord, por encima del codo. Con la mano derecha, hundió el cuchillo en uno de los ojos y el cabeza amarilla retrocedió, llevándose el cuchillo aún clavado.
Resbalando, Cord asió con ambas manos la pata viscosa del animal y tiró de éste con todas sus fuerzas. El cabeza amarilla resistió unos instantes más. Después, las incontables conexiones nerviosas que le unían a la balsa se rompieron, desgarrándose o separándose como ventosas; el muchacho y el cabeza amarilla cayeron juntos al agua.
De nuevo, entró en la negra maraña de raíces. Dos descargas de dolor le sacudieron la espalda y las piernas. Medio asfixiado, Cord soltó al animal. Por un instante, el cuerpo de éste se revolvió con gestos extrañamente humanos; después, un muro sólido de agua lanzó al muchacho a un lado mientras algo grande y blanco hacía presa en el cuerpo convulso y se alejaba.
Cord emergió cuatro metros detrás de la balsa. Y allí habría terminado todo si entonces el Abuelo no hubiese aminorado la velocidad.
Tras dos intentos fallidos, a duras penas consiguió subir a la plataforma y permaneció unos instantes tendido, entre toses y jadeos. Ahora no había señales de que su presencia fuera advertida por la balsa. Cuando se acercó a gatas para comprobar que sus tres compañeros seguían respirando, algunos zarcillos laxos se revolvieron inquietos, como si intentaran recordar sus anteriores funciones; sin embargo, Cord no llegó a advertir tal movimiento.
Seguían todos con vida, y Cord comprendió que él solo no podía ayudarles. Tomó en sus manos el arma de calor de Grayan. El Abuelo se había detenido por completo.
Cord no había tenido tiempo de recuperar del todo la razón, pues de otro modo habría tenido en cuenta que el Abuelo, violentamente privado de su huésped controlador, aún podía ser capaz de movimiento propio. En cambio, calculó la dirección aproximada de la estación meteorológica de los estrechos, seleccionó el punto correspondiente de la plataforma y propinó al Abuelo un ligero disparo de calor.
A continuación no sucedió nada. Cord suspiró con aire paciente y subió un poco el graduador del calor.
El Abuelo se estremeció levemente. Cord se puso en pie.
Con lentitud y ciertos titubeos al principio, y luego con más ánimo —aunque ahora privado otra vez de inteligencia— el Abuelo empezó a avanzar hacia el objetivo marcado.