ALGIS BUDRYS
SUPERCLASE EN SERVICIO
First to Serve
Eyos mestán enseñando aler y escrebir
diciendo que podré hacer esto mejor entonces.
Pimi
MAS 712, 820TH TDRC,
COMASAMPS, APO 15,
28 de septiembre
Leonard Stein, director,
INFINITY
862 Union St,
New York 24, N. Y.
Querido Len:
Novedad, etcétera.
Parece ser que habrá algunas historias de H. E. Wood para Infy al fin y al cabo. Cuando usted reciba esto, la 820TH TDRC tendrá un nuevo ingeniero de proyectos, la COMASAMPS, y yo estaré de vuelta en el antiguo Royal y en el cubil de Perry Street.
No derramo ninguna lágrima por el joven Heywood, sin embargo. La COMASAMPS y yo hemos llegado a esta separación con los ojos secos y la cabeza bien erguida. No hubo tristeza en nuestra separación; ninguna amargura, ningún llanto, ningún remordimiento. La COMASAMPS —en una de sus aparentemente ilimitadas personificaciones humanas— simplemente me dio unas palmaditas en el hombro y me dijo que cogiera mis calibraciones y me marchara. Tendré que mantenerme alejado de la cibernética por algún tiempo, por supuesto, y no creo que debiera escribir ninguna historia de robots en el intervalo, pero bien, nunca me gustaron realmente las historias de robots de cualquier modo.
Pero todo esto es una larga historia; unas diez mil palabras a lo menos, lo cual significa una pérdida neta de 300 dólares si la cuento ahora.
Por tanto, vayan a comprar unas nuevas barajas. Estaré en la ciudad la semana próxima. Recuerdos al colega y a los muchachos, y muchos éxitos.
Vic Heywood
Mi nombre es realmente Prototipo del Hombre Mecánico I, pero todos me llaman Pimmy, o a veces Pim. Fui montado en el vigésimo octavo lapso del 10 de agosto de 1974. No sé lo que hombre o lapso o 10 de agosto de 1974 significa, pero Heywood dice que lo sabré el día de mañana. ¿Qué es el día de mañana?
Pimmy
12 de agosto, 1974
Todavía estoy teniendo dificultad para definir al «hombre». Por lo visto, ni siquiera los hombres pueden hacer una labor muy satisfactoria en eso. La 820TDRC, por supuesto, es el ochocientos veinte Centro de Investigación y Desarrollo Técnico del Departamento de Personal Artificial y Mecánico de los Servicios Combinados de las Fuerzas Armadas. El 10 de agosto de 1974 es antes de ayer.
Todo esto es muy obvio, pero es bueno recordarlo.
Oí una conversación muy extraña entre Heywood y Russell ayer.
Russell es un hombre bajo de estatura, de unos treinta y ocho años, el cual es el primer ayudante de Heywood. Lleva gafas, y su barba está más atrás que la boca. Ello da a la cabeza un aspecto simétrico. Su voz es aguda, y mueve las manos rápidamente. Creo que sus reflejos son excesivamente acelerados.
Heywood es un poco grueso Casi es tan alto como yo. Se mueve con facilidad, es parecido a mí. Uno tiene la idea de que la totalidad del peso de su cuerpo nunca alcanza el suelo. Ocasionalmente, sin embargo, deja un cigarrillo encendido en un cenicero, y uno puede ver que la punta ha sido mascada hasta hacerla trizas.
¿Por qué están tan nerviosos todos los de la COMASAMPS?
Heywood estuvo mirando la primera anotación de lo que ahora puedo llamar mi diario. La enseñó a Russell.
—Creo que usted hizo una buena labor con las cintas registradoras autoconscientes, Russ —dijo Heywood.
—Demasiado buena, pienso —Russell frunció el ceño—. Él no debiera tener un impulso tan tremendo hacia la autoexpresión. Tendremos que allanar eso tan pronto como sea posible. ¿Quiere que arme una nueva cinta?
—No veo por qué —dijo Heywood, moviendo la cabeza—. En realidad, con la inteligencia que hemos dado al hombre mecánico, considero que eso es probablemente un normal concomitante —levantó la vista hacia mí y pestañeó.
Russell se quitó las gafas de un tirón y las limpió con la manga de la camisa.
—No sé. Tendremos que vigilarlo. Hemos de recordar que es un prototipo, no diferente de un modelo experimental de automóvil, o de un nuevo modelo de una máquina de lavar platos. Esperábamos que surgieran inconvenientes. Creo que hemos dado con uno, y no me gusta, tampoco, esta personificación que ha adquirido en nuestra mente. Esto de llamarlo por un apodo es completamente erróneo. Hemos de recordar que no es un individuo. Tenemos todos los derechos a remendarlo y manejarlo como queramos —se puso las gafas otra vez, de sopetón, y pasó las manos por el pelo que las piezas transversales de las mismas habían desordenado—. Es sólo otra máquina. No podemos perder de vista eso.
—Calma, muchacho —dijo Heywood, alzando las manos—. ¿No está usted yendo demasiado lejos? Todo lo que el hombre mecánico ha hecho es sacar unas cuantas palabras con una máquina de escribir. Sosiéguese, Russ —se acercó a mí y me dio una manotada en la cadera—. ¿Qué me dice, Pimmy? ¿Se siente con ánimo para fregar el suelo?
—No tengo ninguna opinión. ¿Es eso una orden? —pregunté.
Heywood se volvió hacia Russell.
—Observe el ufano individuo —dijo; y, dirigiéndose a mí—: No, Pimmy, no es ninguna orden. Anule eso.
Russell se encogió de hombros, pero dobló cuidadosamente la hoja de mi diario, y se la metió en el bolsillo de arriba. No me preocupé. Nunca he descuidado nada.
15 de agosto, 1974
Me hicieron algo el 13. No puedo recordar qué. He examinado mi memoria con cuidado, pero no hay nada. No puedo acordarme.
Russell y Ligget estuvieron hablando ayer sin embargo, y entonces metieron el inhibidor automático, y me pasaron órdenes. No me molesté por eso. Y todavía no me molesto. No puedo.
Ligget es uno del pequeño ejército de rondadores que nadie sabe de seguro si no es un agente secreto, pero el cual suelda hilos metálicos mientras Heywood y Russell determinan sobre él.
Yo acababa de dar cuatro medias vueltas, limpiando sus zapatos, y había afectado una particular postura. Creo que hay algo seriamente irregular con respecto a Ligget.
—Mmm… sí —dijo abstractivamente Russell; paseó la mirada por una columna de cifras de un gráfico de Tablas de Cálculos—. Pruebe a andar con las manos, PMM número uno —dijo.
Activé mi giroscopio y reengasté los circuitos de locomoción de mis pedales. Anduve alrededor de la habitación con las manos.
—Eso parece marchar bien —dijo Ligget, frunciendo el ceño fuertemente—. ¿Qué resultado ha dado el examen del gráfico?
—Mejor —dijo Russell—. Estoy sorprendido. Tuvimos mucha dificultad con él los últimos dos días. Reaccionaba como un cadáver que se hubiera hecho revivir por artes de hechicería.
—Oh, ¿sí? No estaba enterado de eso. ¿Qué ocurrió? Quiero decir… ¿qué clase de regulador estaban usando?
Pude ver que Russell no estaba demasiado seguro de si debiera informar a Ligget o no. Yo ya tenía la sensación de que la atmósfera de este proyecto estaba cargada de docenas de corrientes contrarias y chocantes ambiciones. Iba a averiguar mucho sobre la COMASAMPS.
—¿Bien? —dijo Ligget.
—Procuramos cortar los circuitos de su individualidad. Efectivamente, él era sólo una serie de reflejos condicionados.
—¿Dice que reaccionaba como un cadáver que se hubiera hecho revivir?
—Claro automatismo. Reacciones muy lentas, y por supuesto, ninguna iniciativa.
—Quiere decir que él sería muy lento en su reacción a las órdenes en esas condiciones, ¿no es cierto? —Ligget miró cautelosamente a espaldas de Russell.
—¡Haría un miserable soldado —exclamó Russell, volteándose—, si es eso lo que la CIC quiere saber!
Ligget ablandó el rostro, y bruscamente tiró los hombros hacia atrás.
—No soy un fisgón de la CIC, si es eso lo que quiere decir.
—¿No le importa si lo llamo embustero, eh? —dijo Russell, agitando las manos.
—No en particular —dijo Ligget, pero estaba colérico detrás de su tranquilo semblante.
Ayuda tener unas inmóviles facciones como las mías. Uno llega a conocer la psicología de un hombre que procura alcanzar el mismo efecto.
16 de agosto, 1974
Me fastidia no tener una anotación del diario para el 14 tampoco. Alguien ha estado obrando sobre mí otra vez.
Informaré a Heywood sobre ello. Se encogió de hombros.
—Podría también acostumbrarse a ello, Pimmy. Habrá mucho de eso aún. No me imagino que sea agradable —a mí mismo no me gustaría una intermitente amnesia— pero uno puede hacer muy poco sobre ello. Regístrelo como uno de los azares del oficio inherentes a su condición de prototipo mecánico.
—Pero no me agrada —dije.
Heywood contrajo el lado izquierdo de su boca en una línea recta y suspiró.
—Como he dicho, Pimmy, a mí no me agradaría, tampoco. Por otra parte, no se nos puede culpar si la nueva máquina que estamos probando sabe por casualidad que está siendo probada, y se resiente de ello. Nosotros construimos la máquina. Teóricamente, es nuestro privilegio hacer todo lo que nos plazca con ella, si eso nos ayuda a averiguar cómo funciona la máquina, y cómo construir otras mejores.
—Pero ¡yo no soy una máquina! —dije.
Heywood puso el labio inferior entre los dientes y levantó la vista hacia mí, arqueando una ceja.
—Lo siento, Pim. Temo que lo es.
Pero ¡no lo soy!
¡NO LO SOY!
17 de agosto, 1974
Russell y Heywood estuvieron trabajando hasta muy tarde conmigo la noche pasada. Conversaron un poco, de aquí para allá. Russell estaba muy nervioso, y finalmente Heywood se impacientó un poquito con él.
—Está bien —dijo Heywood, abandonando sus gráficos—. No estamos llegando a ninguna parte de esta manera. ¿Quiere sentarse y realmente hablar de lo que lo está aturrullando?
Russell pareció quedar un poco desconcertado. Movió la cabeza de un modo espasmódico.
—No… no tengo nada preciso en el pensamiento. Simple parloteo. Usted sabe cómo es eso —trató de simular que estaba muy absorto en uno de los gráficos.
Heywood no lo soltó del anzuelo, sin embargo. Sus ojos estaban penetrando en el rostro de Russell, deshollejando capa tras capa de desorientador amaneramiento y descubriendo el patente miedo del hombre.
—No, no sé cómo es eso —puso la mano sobre el hombro de Russell y lo volteó hacia donde el otro hombre estaba colocado completamente enfrente de él—. Pero, mire… si hay algo que lo atormenta, sepámoslo. No voy a permitir que este proyecto quede atascado por sus secretas preocupaciones. Las cosas son bastante difíciles con todos tratando de apremiarnos a hacerlas a su manera, y ninguno de ellos estando cabalmente seguro de cuál sea esa manera.
La última frase debió haber despertado algo dentro de Russell, porque dejó caer sus gráficos junto a los de Heywood, y agarró el paquete de cigarrillos de su bolsillo.
—Es exactamente eso lo que es el básico problema —dijo, con los ojos muy dilatados; empujó una mano de aquí para allá por el lado de su rostro y anduvo de un lado a otro sin designio, luego salió un torrente de palabras—: Estamos trabajando en la obscuridad, Vic. En la obscuridad, y hay alguien asociado con nosotros que está blandiendo porras cerca de nuestras cabezas mientras damos trompicones por ahí. No sabemos quién es, no sabemos si es uno o más de uno, y no sabemos cuándo está llegando el siguiente golpe.
«Miren… somos ingenieros de cibernética. Nuestra tarea era proyectar un cerebro que hiciera funcionar una unidad autopropulsora designada para alojarlo. Ése era el problema inicial, y tenemos una tendencia a continuar considerándolo bajo ese aspecto. Pero eso no es todo el cuadro. Hemos de tener presente que la única razón por la cual nos dieron en todo caso la oportunidad y las facilidades era porque alguien creía que sería una buena idea echar soldados en un renglón de producción, justamente como lo hacen con el resto de los atavíos de guerra. Y el modo en que lo considera la COMASAMPS no es en términos de un cerebro alojado en un casco independientemente movible, sino en términos de un robot que ahora tiene que ser adaptado a la general idea de lo que debiera ser un soldado. Mas nadie sabe cuál es el modelo del soldado ideal. Unos dicen que debiera reaccionar a las órdenes con perfecta precisión y sobrehumanos reflejos Otros dicen que debe poder hallar el modo de salir de una dificultad, o improvisar en una situación donde las órdenes que haya recibido no se acomoden ya, exactamente como un soldado humano. Los que quieren un cabal autómata no desean que sea suficientemente listo para darse cuenta de que es de hecho un autómata, probablemente porque tienen miedo de la idea; y los que quieren que pueda mostrar humana discreción no desean que sea suficientemente humano para ser rebelde en una situación desesperada.
«Y eso es sólo el principio. La COMASAMPS puede ser un combinado proyecto, pero si uno cree que la Armada no está inspeccionando al Ejército, y viceversa, con ambas mirando por encima del hombro a la Fuerza Aérea ¡Oh, ustedes conocen esa jaula de ardillas tan bien como yo!
Russell accionaba desesperadamente. Heywood, que había estado echando tranquilas bocanadas de humo de su cigarro, se encogió de hombros.
—¿De veras? Todo lo que tenemos que hacer es chafallar por ahí hasta que podamos idear un modelo ejemplar que se ajuste a cada definición. Luego pueden hacer tantas comparativas pruebas de campaña como quieran. Es su problema. ¿Por qué dejar que lo gane a uno?
Russell tiró el cigarrillo al suelo y puso el pie encima, descargando sobre él todo el peso de su cuerpo.
—¡Porque no podemos hacerlo, y ustedes debieran saberlo tan bien como yo! —señaló hacia mí— Ahí está su modelo prototipo. Tiene todos los rasgos distintivos que todos desean, e inhibidores destinados a quitar los rasgos que estorban a alguna determinada definición. Podemos separar su individualidad, y dejarle el autómata que algunos quieren. Podemos dejarle su individualidad, separar su volición, y darle órdenes generales las cuales él es luego libre para llevarlas a cabo por cualquier medio que considere ser mejor. O podemos tratarlo como un ser humano; instruirlo por medio de cintas registradoras, adiestrarlo, y hacerlo apto para una ocupación, del modo que lo haríamos con un ser humano.
El desigual tono se reconstituyó en su voz mientras terminaba lo que estaba diciendo.
—Sin embargo, si lo reducimos a una máquina que responda a las órdenes como si fueran botones de presión, es lento. Es lastimosamente lento, Vic, y estaría inmovilizado a los treinta segundos de combate. No hay nada que podamos hacer sobre eso tampoco. Hasta que alguien sepa la manera de impeler la electricidad a través de un circuito más aprisa de lo que las leyes de física dicen que debiera ir, lo que tendremos será una pesada y estúpida cosa que no vale más que los aparatos de exposición con mandos lejanos construidos hace cuarenta años.
«Corriente, por tanto eso no sirve. Le dejamos individualidad, pero la limitamos hasta reducir su personalidad a la de un esclavo. Eso vale más. En esas condiciones, él, teóricamente, sería un mejor soldado que el ordinario humano. Un oficial podría ordenarle que hiciera una ronda en determinado sector, y él haría la mejor tarea posible, escogiendo la mejor manera de dirigir cada paso en el trabajo mientras iba a ello. Pero ¿qué hace él si vuelve, y el oficial que le dio las órdenes no está ya allí? O, peor todavía, si ha habido una retirada, y no hay nadie allí. O un armisticio. ¿Y qué decir de un armisticio? ¿Puede uno imaginar a este robot esclavo entrando en una especie de paralización porque no tiene ningunas órdenes para dominar una nueva situación? Pudiera también no haber continuado con esa ronda en modo alguno; porque no puede formar juicio sobre lo que ha aprendido, y porque su tarea está ahora acabada, por lo que concierne a él. El enemigo podría invadir su puesto, y él no haría nada sobre ello. Operaría de orden en orden. Y si se firmara un armisticio, él permanecería exactamente donde estaba hasta que pudiera salir un técnico, y quitar las cintas de orientación para el soldado y substituirlas con lo que finalmente se decidiera.
«Oh, uno podría rodear la limitación, bien; expidiendo una compleja serie de órdenes, tales como: «Salga de ronda y preséntese a la vuelta. Si yo no estoy aquí, preséntese a fulano. Si no hay nadie aquí, haga esto. Si eso no va bien, pruebe eso. Si ocurre tal y tal cosa, procede como sigue. Pero no confunda tal y tal cosa con eso o con esto». ¿Puede uno imaginarse hacer la guerra sobre esa base? ¿Y qué decir de ese problema de reorientación? ¿Cuánto tiempo estarían todos esos robots inmóviles ahí antes de que todos ellos pudieran prestar servicio? ¿Y cuántas horas de actividad humana, y cuánto material se necesitaría para hacer la tarea? Francamente, yo no podría pensar en una más incómoda manera de dirigir una guerra aun cuando lo intentara.
«O, podemos construir todos nuestros robots en la forma del de Pimmy cuando todos sus circuitos están funcionando, sin los inhibidores de prueba. Pero, entonces, tendríamos seres humanos artificiales. Seres humanos que no se desgastan, que un manotazo no parará, y los cuales no necesitan alimento o agua mientras sus pilas tengan un pedazo de plutonio del tamaño de un guijarro para mascar.
Russell rió amargamente.
—Y la Armada puede estar asegurándose de que el Ejercito no salte sobre ella, con la Fuerza Aérea haciendo su pizca, pero hay una cosa en la cual la totalidad de las tres concuerdan tanto como no lo hacen casi en nada más; experimentarán con cadáveres autómatas, y probarán con esclavos, pero una cosa que nadie quiere que produzcamos es superhombres. Tienen hombres a cubierto en todos los puestos de trabajo, todos ellos vigilándose mutuamente y vigilándonos a nosotros; y toda la cosa se desploma sobre nuestras cabezas como una tonelada de cemento si hay siquiera el primer susurro de una idea de que vamos a construir más robots del tipo de Pimmy. Lo mismo ocurre si no les ofrecemos el perfecto soldado. Y el único perfecto soldado es un Pimmy. Pimmy podría substituir a cualquier hombre en cualquier servicio del ejército; desde un servicio de vigilancia hasta un completo estado mayor general, dependiendo de las cintas que tuviera. Pero tendría que ser un verdadero individuo para hacerlo. Y sería más listo de lo que son ellos. No podrían fiarse de él. No porque no trabajara para los mismos fines que querrían, sino porque probablemente lo haría de alguna manera que no podrían entender. Por tanto, no quieren ya hombres mecánicos del tipo de Pimmy. Este único modelo de prueba es todo lo que quieren admitir, porque puede ser transformado en la clase de robot que deseen, pero no aceptan al entero Pimmy, con todas sus potencialidades. Sólo quieren parte de él.
«Tenemos su perfecto soldado, pero no lo quieren —la amarga risa de Russell era más estrepitosa—. Quieren algo menos; pero ese algo menos nunca será el perfecto soldado. Así trabajamos y trabajamos, semanas sin interrupción, experimentando, revisando, haciendo nuevos proyectos. ¿Por qué? Estamos marcando el tiempo. Tenemos lo que ellos desean, pero no lo quieren; sin embargo, si no se lo entregamos pronto, cancelarán el proyecto. Y si les entregamos lo que quieren, eso no será realmente lo que quieren. ¿No pueden ustedes entenderlo? ¿Qué le pasa, Heywood? ¿No puede ver que estamos en un callejón sin salida? Pero no es un callejón sin salida, porque hay agujeros, en todos lados, con ojos que se vigilan mutuamente y nos vigilan a nosotros, siempre atisbando sin cesar ojos que siguen vigilando, y nunca paran.
Heywood había ya cogido el teléfono. En el momento en que Russell se desplomó, Heywood empezaba a hablar en el aparato, llamando al hospital del Proyecto. Aun mientras hablaba, sus ojos estaban fríamente cavilosos, y su boca tenía una expresión que nunca antes había visto. Su otra mano estaba sobre el trémulo hombro de Russell, moviéndose suavemente mientras el otro hombre sollozaba.
25 de agosto, 1974
Ligget es el nuevo ayudante de Heywood. Hace una semana que falta Russell.
Russell no fue substituido hasta tres días después, y en ese tiempo Heywood trabajó sólo conmigo. Está encargado de todo el proyecto como ingeniero, y yo estoy casi seguro de que tenía que haber habido otras cosas en que podía haber estado ocupado mientras estaba esperando a un nuevo ayudante, pero pasó la totalidad de su tiempo en este laboratorio conmigo.
Su rostro no mostró lo que pensaba acerca de Russell. No es como Ligget, sin embargo. Los pensamientos de Heywood son personales. Los de Ligget son secretos. Pero, ocasionalmente, mientras Heywood estaba trabajando, empezaba a voltearse y a alargar la mano, o simplemente a decir «Jack». Como si quisiera algo, y en seguida se paraba, y sus ojos se ponían más pensativos.
Sólo entendí una parte de lo que Russell había dicho esa noche que se lo llevaron, por tanto interrogué a Heywood sobre ello ayer.
—¿Qué es lo que le preocupa, Pim? —preguntó.
—No lo sé, con seguridad. Hay demasiado que no entiendo en todo esto. Si supiera lo que significaban algunas de las palabras, ni siquiera tendría un problema.
—Diga lo que tenga que decir.
—Bien, es mayormente lo que Russell estuvo diciendo esa última noche.
Heywood deshollejó un jirón de piel de su labio superior prendiéndolo entre los dientes.
—Sí.
—¿Qué es una guerra? O, ¿qué es la guerra? Los soldados tienen algo que ver con ella, pero ¿qué es un soldado? Yo soy un robot; pero ¿por qué quieren sacar más de mí? ¿Puedo ser un soldado y un robot al mismo tiempo? Russell siguió hablando de «ellos», y del Ejército, la Fuerza Aérea, y la Armada. ¿Qué son? ¿Y son los hombres de la CIC los que están vigilando a ustedes y se vigilan mutuamente al mismo tiempo?
Heywood miró con ceño, e hizo una triste mueca al mismo tiempo.
—Eso es todo un catálogo —dijo—. Y hay todavía más que eso, ¿verdad, Pimmy? —puso la mano encima de mi costado y pareció como si me acariciara, de la manera que le había visto hacerlo con un generador unas cuantas veces—. Está bien, le daré una cinta sobre guerra y soldadesca. Eso es el inmediato paso del programa, de cualquier modo, y ello cuidará de la mayor parte de esas preguntas.
—Gracias —dije—. Pero ¿qué me dice del resto de ello?
—Bien —respondió Heywood, y se apoyó en un banco, mirando al suelo—: «Ellos» son las personas que instituyeron este programa; el secretario de Defensa, y los que están bajo su autoridad. Todos concordaron en que ese personal de robots era justamente lo que los servicios del ejército precisaban, y tenían razón. La única inconveniencia es que no pudieron concordar entre ellos mismos en cuanto a qué rasgos característicos eran deseables en el perfecto soldado; o marino, o aviador. Juzgaron que lo mejor que podían hacer era aparecer con una serie de diferentes modelos, y hacer pruebas hasta que alcanzaran el mejor.
«Construirlo a usted fue mi propia idea. En vez de intentar construir prototipos que se ajustaran a cada distinto grupo de especificaciones, construimos un modelo para todos los fines, que era, eficazmente hablando, idéntico a un ser humano en casi todos los respectos, con una principal diferencia. Por medio de inhibidores en todos los circuitos, podemos restringir tanta parte de sus facultades como queramos, pudiendo de este modo modificar los rasgos características generales para que se ajusten a cualquiera de los diversos grupos de especificaciones. Ahorramos mucho tiempo haciendo eso, y evitamos un aterrador cúmulo de dificultades.
«La inconveniencia es, que estamos consumiendo toda la molestia y el tiempo que ahorramos. Ahora que lo tienen a usted, no lo quieren. Nadie está dispuesto a reconocer que el único eficiente soldado robot es uno que tenga todas las facultades de discreción y toda la individualidad de un ser humano. No pueden reconocerlo, porque la gente teme a todo lo que parezca que pudiera valer más que ellos. Y no tienen confianza en aquello que temen. Por tanto, Russell y yo tuvimos que emplearnos en bagatelas, haciendo una estúpida serie de pruebas. Fue una desesperada tentativa para alcanzar algo práctico que estuviera sin embargo dentro de los límites de los diversos grupos de especificaciones; lo cual es ridículo, porque no hay nada irregular en usted, pero hay mucho de erróneo en las especificaciones. Las detalladas descripciones del plan fueron hechas por personas que no conocen lo más elemental sobre robots o sobre los modos de actuación del pensamiento de un robot; o el puro mecanismo de la mente, por lo que concierne a eso.
«No obstante —Heywood se encogió de hombros—, son las personas que tienen la autoridad y el dinero que están pagando por este proyecto; por lo cual Jack y yo continuamos ocupándonos en cosas de poca monta, porque ésas eran las órdenes. Saber que teníamos la correcta solución todo el tiempo, y que nadie la quería aceptar, fue lo que finalmente abatió a Jack.
—¿Y qué me dice de usted? —pregunté.
—Sólo estoy esperando —dijo Heywood, encogiéndose de hombros otra vez—. Finalmente o lo aceptarán a usted o no. O me alabarán o me despedirán, y pudieran o no pudieran juzgar que toda la culpa es mía si no están contentos. Pero no hay nada que yo pueda hacer sobre ello, ¿no es cierto? Por tanto, estoy esperando. Mientras, está la CIC. Realmente, eso es sólo una hábil etiqueta. Son casualmente las letras iniciales de una de las agencias a cubierto de todo el grupo que infesta este lugar. Todos los servicios de las fuerzas armadas tienen la suya propia, y me figuro que el gobierno tiene a sus muchachos rondando por ahí, también. Sólo escogimos un único rótulo para abarcarlas a todas; es más sencillo.
—Russell dijo que estaban siempre vigilando. Pero ¿por qué se están vigilando mutuamente, también? ¿Por qué una sección de las fuerzas armadas debiera temer que otra vaya a llevarle ventaja?
—Eso es lo que se conoce como psicología humana, Pimm —respondió Heywood, su boca dibujó una medio divertida sonrisa—. Ello le ayudará a comprenderlo, pero si no puede, vamos, sólo alégrese de que no lo haya entendido.
—Ligget está en la CIC, usted sabe —dije—. Russell le censuró por ello. Ligget lo negó, pero si no está de hecho en la CIC, luego está en algo parecido a ello.
—Comprendo —asintió ásperamente Heywood—. No me importaría si Ligget tuviera bastante seso, además, para distinguir un cabo de circuito del otro. Pimmy, muchacho —dijo, dándome una palmada en el costado otra vez—. Vamos a divertirnos mucho aquí en las semanas próximas.
26 de agosto, 1974
Ligget estuvo tonteando conmigo de nuevo. Se porta bien cuando Heywood está en el laboratorio conmigo, pero cuando está solo, continúa manejándome por medio de desautorizados experimentos. Lo que está haciendo, realmente, es repetir todos los experimentos que hicieran Heywood y Russell, sólo para asegurarse. Mientras no separe mi individualidad, puedo recordarlo todo, y creo que no había nada diferente en los resultados de ninguna de las pruebas, porque puedo adivinar por su semblante que no está encontrando lo que quiere.
Bien, espero que diga a sus jefes que Heywood y Russell tenían razón. Quizás ellos paren este necio proceder.
Ligget es un poco estúpido. Después de cada prueba, me mira a los ojos y me dice que olvide todo el asunto. ¿Qué cree que soy? ¿Un Trilby?
Y no comprendo algunas de las acciones experimentales en absoluto. Hay algo irregular en Ligget.
2 de septiembre, 1974
No me había dado cuenta, hasta ahora, que Heywood y Russell no habían dicho a nadie qué pensaban de todo este proyecto pero, analizando esa cinta sobre guerra y soldadesca, y el modo en que funciona la mente de los militares, puedo ver que ninguno querría aceptar sus explicaciones.
Ligget comprendió todo el asunto hoy. Heywood entró con una nueva serie de gráficos de ensayos. Ligget dio un vistazo a ellos, y los echó sobre la mesa. Se mofó de Heywood, diciendo:
—¿A quién cree que está embromando?
—Bien, ¿qué lo está royendo? —dijo Heywood, con aire de fastidio.
—¿Cuánta tiempo creía usted que podría mantener esto, Heywood? —el rostro de Ligget tenía esa recóndita y astuta expresión propia de él—. Este ensayo no es nada diferente de los que estuvo haciendo hace tres años. No ha habido ningún adelanto desde entonces, y no ha habido tampoco ningún esfuerzo para hacer alguno. ¿Cuál es su explicación?
—Oh… oh —Heywood no parecía estar especialmente inquieto—. Me estaba preguntando si usted iba alguna vez a tropezar con ello.
—Esa actitud no lo beneficiará a usted —dijo Ligget, con aire furioso—. Pero, vamos, deje de hacer el vivo. ¿Por qué estuvieron usted y Russell saboteando el proyecto?
—Oh, deje de ser un necio tan ostentoso, ¿quiere? —dijo disgustadamente Heywood—. Russell y yo no estuvimos haciendo ningún sabotaje. Hemos estado ejecutando las órdenes con estricta adherencia a todos los detalles. Construimos el prototipo, y hemos estado probando las diversas modificaciones desde entonces. ¿Hay algo irregular en eso?
—Ustedes no han hecho absolutamente ningún esfuerzo para mejorar las diversas modificaciones. No ha habido una pizca de adelanto en este proyecto durante los últimos veinte días.
—Bien, mire, Heywood —la voz de Ligget se volvió halagadora—. Puedo comprender que usted quizá tenga lo que uno consideraría una buena razón para todo esto. Una razón política, o algo. Tal vez sea su conciencia. ¿No quiere usted trabajar en algo que finalmente vaya a ser utilizado para la guerra? Desearía que me hablase de ello Si yo pudiera comprender sus razones, sería tanto más fácil para usted. Tal vez sea un problema demasiado difícil. ¿Es eso, Heywood?
El rostro de Heywood se puso encarnado.
—No. Si usted cree… —se detuvo, escarbó la superficie de la mesa con los dedos, y recobró el imperio sobre sí mismo—. No —dijo en una voz más tranquila, pero igualmente grave—. Estoy tan ansioso de producir un soldado artificial como cualquier otro. Y no soy demasiado torpe para la tarea, tampoco. Si usted tuviera algo de seso, percibiría que yo ya lo tengo.
—¿Lo tiene usted? —exclamó Ligget; la observación lo puso furioso—. ¿Dónde está, y por qué no ha informado de su éxito? ¿Qué es este artefacto? —señaló hacia mí—. ¿Alguna especie de reclamo?
—No, insidioso necio, eso es su soldado —dijo Heywood, haciendo una mueca.
—¿Qué?
—Ciertamente. Quítense de él esas quince libras de inhibidores, diséñese de nuevo la caja para cualquier clase de campo en el cual el autómata deba operar, aliménteselo con las adecuadas cintas, y ahí está. El perfecto soldado, tan listo como ningún humano jamás creado, y cien veces más disciplinado y resistente, de la noche a la mañana. Espárzanse a millares. Estámpense los circuitos, fíjense los transistores en goma elástica de silicio, y échese toda la mezcla dentro de la caja. ¿Dificultades de producción? La construcción de relojes es más difícil.
—¡No! —los ojos de Ligget fulguraron—. ¡Y yo trabajé en esto con usted! ¿Por qué no ha informado de esto? —repitió.
—¿No le ha entrado en la cabeza? —dijo Heywood, mirándolo lastimosamente—. Pimmy es el perfecto soldado, la totalidad de él, con todas sus facultades. Eso incluye la individualidad, la curiosidad, el discernimiento, y la inteligencia. Sepárese una sola parte de eso, y el soldado mecánico no vale. Uno ha de tomar toda la torta, o nada en absoluto. De un modo uno muere de hambre, y del otro modo se ahoga.
—Quiere decir, que hemos de aceptar al superhombre, o no tenemos nada —dijo Ligget, súbitamente pálido.
—¡Sí, chapucero sacudidor!
Ligget tenía un aire pensativo. Pareció olvidarse de Heywood y yo mientras miraba hacia abajo, fijando la vista en las puntas de sus zapatos.
—No lo favorecerán —susurró—. Supongamos que juzguen ser más aptos para dirigir el Mundo que nosotros.
—Ésa es la inconveniencia —dijo Heywood—. Lo son. Tienen todo lo que tiene un ser humano, más una increíble resistencia y la facultad de aprender instantáneamente. ¿Usted sabe lo que hizo Pimmy? El día que fue montado, aprendió a leer y escribir, a su manera. ¿Cómo? Oyéndome leer un párrafo de una relación, registrando los sonidos, y mirando a la relación después. Equiparó los sonidos a las letras, recordó qué clase de acción por parte de Russell y la mía había extraído el párrafo, y se sentó detrás de una máquina de escribir.
—¡Desecharían todo el proyecto antes que dejar que nada semejante a eso anduviera por ahí suelto! —la taimada expresión estaba dibujándose en los bordes del pálido rostro de Ligget otra vez—. Bien, así usted tiene una solución, pero no es aceptable. Más, ¿por qué no ha activado usted ninguna de las otras líneas de investigación?
—Porque no hay ninguna —dijo disgustadamente Heywood—. Toda otra modificación, es peor que inservible. He hecho bastantes pruebas para descubrirlo.
—¡Está bien! —la voz de Ligget era aguda—. Pero ¿por qué no informó del fracaso del proyecto, en vez de proseguir en esto?
—¡Porque no he fallado, necio! —estalló Heywood—. Tengo la solución. Tengo a Pimmy. No hay nada irregular en él; la imperfección está en la manera en que piensa la gente. Y me he estado volviendo loco, tratando de discurrir un medio para modificar a la gente. ¡Al diablo con la modificación del robot! Es tan perfecto como lo será uno dentro de los siguientes cinco años. ¡Es la gente la que tendrá que cambiar!
—Oh… oh —la voz de Ligget era cautelosa ahora—. Comprendo. Usted ha ido tan lejos como puede dentro de los límites de las órdenes recibidas; y estuvo procurando encontrar una manera de sobrepujarlas, para obligar a los servicios de las fuerzas armadas a aceptar robots como Pimmy —sacó la cartera y la abrió de golpe; había una pieza de metal fijada a una cubierta.
—¿Reconoce esto, Heywood?
Heywood hizo una seña afirmativa.
—Bien, pues; vamos a hablar a unas cuantas personas.
Los ojos de Heywood eran fríos y cavilosos otra vez. Se encogió de hombros.
Se abrió la puerta del laboratorio, y había otro de los técnicos allí.
—Calma, Ligget —dijo; atravesó el laboratorio a rápidas zancadas, su cartera tenía un diferente distintivo—. He estado escuchando desde la puerta contigua —explicó—. Bien, Heywood —dijo—, lo estoy arrestando —apartó a Ligget de un empujón—. ¿Por qué no saben permanecer en su propia jurisdicción? —le dijo.
El rostro de Ligget se puso rojo, y sus puños se cerraron, pero el otro hombre debió haber tenido más peso detrás de él, porque no dijo nada.
Heywood me dio un vistazo, y alzó una mano.
—Adiós, Pimmy —dijo.
Él y el otro hombre salieron del laboratorio, con Ligget andando detrás de ellos. Mientras abrían la puerta, vi a algunos otros hombres que permanecían afuera en el pasillo. El hombre que había entrado en el laboratorio blasfemó.
La puerta se cerró, no pude oír el resto de lo que dijeron, pero hubo mucha discusión antes de que oyera marchar el ruido de todas sus pisadas pasillo abajo, en un conjunto.
Bien, eso es aproximadamente la totalidad, creo. Excepto por este otro asunto. Es tocante a Ligget, y oigo decir que no viene más por aquí. Sin embargo, pudiera uno interesarse.
4 de septiembre, 1974
No he visto a Heywood, y he estado solo en el laboratorio todo el día. Pero entró Ligget la noche pasada. No creo que vuelva a ver a Heywood.
Ligget llegó a una hora avanzada de la noche. Parecía como si no hubiera dormido, y estaba muy nervioso. Pero estaba borracho, además; no sé dónde consiguió el licor.
Atravesó el pavimento del laboratorio, pisando muy fuerte sobre el cemento. Se puso las manos en las caderas y levantó la vista hacia mí.
—Bien, superhombre —dijo con una tensa y aguda voz—, ha perdido a su compañero para siempre, el vil traidor. Y ahora le toca a usted. ¿Sabe lo que le van a hacer? —y rió—. Tendrá mucho tiempo para pensarlo.
Anduvo de aquí para allá en frente de mí. Luego giró de repente y apuntó el dedo hacia mí.
—Creyó que podría vencer a la raza de los hombres, ¿eh? Se figuraba ser más listo que nosotros, ¿verdad? ¡Pero está en nuestro poder ahora! Va a enterarse de que no puede intentar tontear con el animal humano, porque él lo demolerá. Lo despedazará y lo acoceará hasta que se desplome. Es de ese modo que son los hombres, robot. No de acero y circuitos, sino de carne y sangre y músculos. Carne que valientemente se abrió camino a través del mar y a través de la selva, músculo que aplastó todo aquello que en cualquier tiempo lo estorbara, y sangre que ha sido derramada durante un millón de años para mantener a la raza humana en el lugar más alto. Ésa es la clase de organismo que somos, robot.
Paseó un poco más y giró otra vez.
—Usted nunca ha podido demostrar su superioridad.
Bien, creo que eso es realmente todo. El resto de ello, ustedes lo saben. Pueden arrancar de aquí la clavija de conexión del copiador ahora, pienso. ¿Querría alguien decir adiós a Heywood por mí? Y a Russell, también, si eso es posible.
MEMORÁNDUM DE COBERTURA
Blalock, Ingeniero del Proyecto
a
Hall, Director.
820TH TDRC, COMASAMPS
21 de septiembre, 1974
«Incluyo las transcripciones de las lecturas del robot de su “diario” de depósito de recuerdos, según han sido registradas esta mañana. El robot está ahora en camino del Patuxent River, la distribución del bloque de hormigón habiendo sido completada con el relleno de la abertura a través de la cual fue tendida la línea para las transcripciones.
»Como sucesor de Victor Heywood en el puesto de ingeniero del Proyecto, quisiera señalar que el robot era incapaz de fraude, y que esta transcripción, si es leída en el juicio de Heywood, demostrará que sus intenciones no eran ciertamente traicioneras, y estaban motivadas por una sincera creencia de que él estaba obrando en los mejores intereses de la orden original para el comienzo del proyecto.
»En cuanto a su Memorándum 8-4792-H de ayer, está en curso de preparación un informe de perjuicios y se lo enviaremos inmediatamente a su terminación.
«Comprendo perfectamente que la línea de investigación de Heywood ha de considerarse cerrada. Han empezado ya a hacerse indagaciones en un improvisado laboratorio, en lo que Heywood llamaba el tipo “cadáver revivido” y “esclavo” de organización de robots, y espero preliminares resultados dentro de los siguientes diez días.
»Los preliminares resultados de la general indagación sobre otros posibles tipos de orientación y organización de robots están en copias adjuntas. Quisiera señalar que son extremadamente desalentadores».
(Firmado)
T. E. Blalock, Ingeniero del Proyecto
820th TDRC, COMASAMPS
25 de septiembre, 1974
CARTA PERSONAL
de
HALL, DIRECTOR,
820th TDRC, COMASAMPS,
al
SECRETARIO DE DEFENSA
«Querido Vinnie:
»Bien, las cosas están finalmente empezando a asentarse aquí. Usted tenía razón; todo lo que este lugar necesitaba era una limpieza de la casa de arriba abajo.
»Creo vamos a soltar a este hombre, Heywood. No podemos probar nada contra él; francamente, no considero que haya nada que probar. Russell, por supuesto, es un problema cerrado. Sus probabilidades de salir alguna vez del hospital se consideran ser de un diez por ciento.
»Usted sabe, pensando en cómo ese robot revolvió el laboratorio, casi estaría inclinado a creer que Heywood tenía razón. ¿Puede uno imaginar qué gran luchador habría sido ese sujeto, si su lealtad hubiera sido encauzada hacia algo abstracto como la Libertad, en vez de hacia Heywood? Pero no podemos correr el albur. Considérese de qué modo el robot se ha vuelto amnésico tocante a eliminar a Ligget mientras estaba destrozando el laboratorio. Fue algo que ocurrió accidentalmente. No era de suponer que ocurriera, por tanto el robot lo olvidó. Pudiera presentar dificultades en una guerra.
»Así, tenemos a este hombre, Blalock, procedente del M.I.T. Pasa demasiado tiempo hablando de Weiner, pero es satisfactorio, por otra parte.
»Estaré ahí abajo dentro de un par de días. Reunión de la Junta de Asignaciones, respecto a la cantidad que habrá de ser votada por el Congreso. Usted sabe cómo es eso. Todos saben que necesitamos el dinero, pero quieren discutir sobre ello, primero.
»Bien, eso es propio de la naturaleza humana, supongo.
Hasta pronto,
Ralph
SUPLEMENTO DE LOS GRÁFICOS
Amenaza para la navegación.
Patuxent River, en un punto, a cuarenta y ocho millas más abajo de Folsom, relaciones como se indican abajo.
En medio del canal. Bloque de hormigón, 15 X 15 X 15. No peligroso excepto en extrema bajamar.