ARTHUR C. CLARKE:
«Un procesador de textos accionado por vapor»

El último de los galardonados con el Premio Gran Maestro Nebula es, sin duda, uno de los escritores más eminentes que jamás lo hayan merecido. Arthur C. Clarke nació en Minehead, Somerset, Inglaterra, en 1917. Cursó sus estudios en el King’s College de Londres y se licenció, con las mejores calificaciones, en física y matemáticas. Fue presidente de la British Interplanetary Society y actualmente es miembro de la Academy of Astronautics, de la Royal Astronomical Society y de otras instituciones de igual carácter científico. Sirvió como oficial de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial, encargado de las primeras pruebas con el sistema de aterrizaje por radar. La novela que publicó en 1963, Glide Path, a la que a Clarke le gusta describir como la única de sus novelas que no es de ciencia ficción, está basada en su experiencia con aquellos primeros radares. En realidad, la novela es ciencia ficción retrospectiva (si se hubiera publicado en 1940 hubiera sido ciencia ficción en su acepción más pura), ya que escribe sobre un hecho pasado con la misma penetración y con los mismos toques proféticos que cuando escribe sobre el futuro.

Las cincuenta obras de Clarke se han traducido a más de treinta idiomas. Entre la larga lista de premios que ha recibido destacan el Premio Kalinga de 1961, otorgado por la UNESCO, quien también lo había concedido, entre otros, a Bertrand Russell y Julián Huxley; el premio a la mejor obra científica concedida por AAAS-Westhinghouse, el Bradford Washburn y los Premios Hugo, Nebula y John W. Campbell, por su novela Cita con Rama. En 1968 compartió con Stanley Kubrick una nominación al Oscar por la película 2001: una odisea en el espacio. En 1981, Clarke recibió un Emmy por su contribución a las comunicaciones por satélite. Los trece capítulos de su serie de televisión El misterioso mundo de Arthur C. Clarke se han emitido en muchos países, aunque ya se hiciera famoso en este medio al participar, junto a Walter Cronkite, en la información de la CBS sobre las misiones del Apolo en la Luna.

Por su descubrimiento de los satélites de comunicación en 1945, se le concedió el título de miembro de Marconi International en 1982, la medalla de oro del Franklin Ins titute, el título de miembro de la cátedra Vikram Sarab hai del Physical Research Laboratory de Ahmedabad, India y el título de miembro del consejo de gobierno del King’s College de Londres. En la actualidad, es rector de la Universidad de Moratuwa, cerca de Colombo, en Sri Lanka, país en el que tiene su residencia.

Hasta el momento, son nueve los volúmenes que recogen los cuentos de Clarke, y de sus novelas más famosas cabe destacar El fin de la infancia, La ciudad y las estrellas, En las profundidades, Claro de tierra, Expedición a la tierra, 2001: una odisea espacial y Fuentes del paraíso. Algunos de sus trabajos no literarios más importantes incluyen títulos como Perfiles del futuro, The Promise of Space y Ascent to Orbit, una antología de estudios científicos de Clarke. La novela más reciente de Clarke lleva por título Cánticos de la tierra lejana.

De este hombre, cuya influencia sobre la cultura de masas ha superado incluso la de H.G. Wells, se ha dicho: «Es un personaje dividido en muchas facetas, pero sólo en apariencia. Clarke es homogéneo; es nuestra cultura la que está dividida. En mayor grado que ningún otro escritor de ciencia ficción, Clarke vive de verdad en esa zona intermedia entre la ciencia y la literatura. Su carrera se ha consagrado a la lucha consciente por hacer de esta tierra de nadie un lugar en el que merezca la pena vivir y trabajar. Y ha conseguido que desde las dos orillas le respeten en sus propios términos».

En respuesta a su designación como Gran Maestro, escribe Clarke:

«La noticia de ni nombramiento como Gran Maestro Nebula ha sido para mí tan inesperada como grata. Inesperada, porque nunca pude imaginar que se me concediera ese honor siendo yo tan joven. Grata, porque, aunque en modestia sólo me supere Isaac Asimov, me gusta que me recuerden de cuando en cuando que hay gente por ahí que lee de verdad mis libros.

»Lo de la edad sólo es una broma a medias. No puedo olvidar que la primera novela de ciencia ficción que leí allá por 1931, estaba escrita por un Gran Maestro que actualmente parece trabajar más que nunca. ¿Qué tal, Jack? Todavía me acuerdo de tu The Green Girl y admito que al menos una vez le he fusilado algunos fragmentos.

»También estoy muy agradecido por obtener el primer título de Gran Maestro que se concede fuera de Estados Unidos. Aunque ese país haya sido el hogar espiritual de la ciencia ficción durante medio siglo, mis compatriotas Wells y Stapledon siguen siendo los grandes gigantes sin rival en este campo nuestro. Eso sí, me complace decir que están teniendo una competencia muy dura desde ambos lados del Atlántico. Se sigue hablando de aquella Edad de Oro de la Ciencia Ficción, pero la Edad de Oro la estamos viviendo ahora, sin duda alguna. Lo que creímos que era oro era sólo un baño, aunque a menudo un baño de la mejor calidad.

»Acepto con mis más sincera gratitud este Magisterio (¿o este Maestrazgo?) pero tengo que decir que con él se me ha clavado una pequeña espina. Que estoy interesado en el futuro es un secreto a voces, y ahora, con este galardón, ya no me queda nada por alcanzar. No creo que ni siquiera la famosa llamada desde Estocolmo me diera un placer mayor que este homenaje de mis amigos y colegas.

»Y de todas maneras hace demasiado frío allí en diciembre.»

El mensaje de Clarke, con fecha del 31 de mayo de 1986, llegó como es natural, por medio de una transmisión informatizada via satélite desde Sri Lanka, medio habitual que utiliza Clarke para comunicarse, mediante módem, con Gentry Lee, científico planetario que trabaja en el Jet Propulsión Laboratory, encargado de la futura expedición Galileo a Júpiter y que prepara en estos momentos un proyecto cinematográfico con Clarke.

El breve artículo que sigue a continuación, basado en una investigación meticulosa y documentada, sirve de excelente muestra de lo que da de sí un Gran Maestro en acción.

Prólogo

Es muy escaso el material existente en torno a la notable carrera del hoy casi olvidado genio de la ingeniería reverendo Charles Cabbage (1815-188?), el que fue pastor de la parroquia de St. Simians, en el pueblo de Far Tottering, Sussex. Sin embargo, tras muchos años de búsqueda exhaustiva, he descubierto algunos datos nuevos que, a mi juicio, deberían ponerse en conocimiento de un público más amplio.

Quisiera expresar mi gratitud a miss Drusilla Wollstonecraft Cabbage y a las buenas señoras de la Sociedad Histórica de Far Tottering, cuyos apremiantes deseos de desvincularse de muchas de mis conclusiones yo respeto y comprendo.

Ya en 1715, The Spectator hace mención de la familia Cabbage (o Cubage) como rama menor de los Coverley (gente siniestra, lamentablemente, aunque el propio sir Roger quede al margen). Consiguieron amasar rápidamente una enorme fortuna, como otros muchos miembros de la aristocracia británica, gracias a sus sabias inversiones en el negocio de los esclavos. Hacia 1800, los Cabbage eran la familia más opulenta de Sussex, y de Inglaterra según decían algunos, pero, dado que Charles era el menor de once hermanos, no tuvo más remedio que entrar en la Iglesia sin muchas esperanzas de heredar algo de la fortuna de los Cabbage.

No obstante, antes de cumplir los treinta años, el titular de la parroquia de Far Tottering experimentó un importante cambio de fortuna debido al prematuro fallecimiento de cada uno de sus diez hermanos, en una serie de trágicos accidentes.

Este giro en su vida, que, a los comentaristas contemporáneos les gustaba llamar «la maldición de los Cabbage», guardaba una relación muy estrecha con la magnífica colección de armas medievales, venenos orientales y reptiles mortíferos del pastor. Lógicamente, estos desdichados accidentes dieron pie a numerosos comentarios maliciosos, y podrían ser la razón de que el reverendo Cabbage optara por conservar la protección de sus Ordenes Sagradas, al menos hasta su brusca partida de Inglaterra[2].

También cabría preguntarse por la razón que movió a un hombre de tan gran riqueza y tan escasas obligaciones públicas a dedicar la mayor parte de sus años fértiles a la construcción de una máquina de increíble complejidad, cuya finalidad y manejo sólo él comprendía. Afortunadamente, el reciente hallazgo de la correspondencia Faraday-Cabbage en los archivos de la Royal Institution arroja nueva luz sobre este punto. Leyendo entre líneas, se puede deducir que el reverendo odiaba la tarea de redactar las dos horas de sermón semanal, jugando siempre con los mismos temas fundamentales, ciento cuatro veces al año. (El reverendo dirigía además la parroquia de Tottering-in-the-Marsh, pob. 73.) En un momento de inspiración, que debió de producirse hacia 1851, probablemente después de visitar la Exposición Universal, aquella maravillosa muestra del saber hacer Victoriano, Cabbage concibió la idea de una máquina que organizara automáticamente masas de textos diferentes en cualquier orden que se deseara. De esta forma podría componer cualquier número de sermones a partir del mismo material básico.

El proyecto, muy tosco en sus comienzos, fue adquiriendo con el tiempo una gran sofisticación. Aunque, como veremos, no llegara nunca a terminar la versión definitiva de su «Telar de palabras», planeó con todo detalle una máquina que no sólo funcionara con párrafos por separado, sino también con frases independientes. (No pasó nunca a la siguiente fase, la de palabras y letras, aunque hace referencia a la posibilidad de llevarla adelante en su correspondencia con Faraday, considerándola su objetivo último.)

Una vez terminado el proyecto del telar de palabras, el inventivo clérigo inició su construcción. Su habilidad mecánica nada habitual, más bien deplorable según algunos, había quedado bien patente en las ingeniosas trampas con las que protegía sus enormes fincas y con las que eliminó al menos a otros dos pretendientes a la herencia familiar.

Llegado a este punto, el reverendo Cabbage cometió un error que puede haber cambiado el curso de la tecnología, si no de la historia. Ahora, gracias a la perspectiva que nos ofrece el tiempo, nos resulta obvio que sus problemas sólo los podía haber resuelto la electricidad. Hacía ya varios años que se venía utilizando el telégrafo de Wheatstone, y Cabbage mantenía correspondencia precisamente con el genio que había descubierto las leyes fundamentales del electromagnetismo. ¡Qué raro nos parece ahora que no viera la respuesta, cuando la tenía ante sus propias narices!

Sin embargo, debemos recordar que el bueno de Faraday se adentraba en ese momento en la década de senilidad que precedió a su muerte en 1867. Muchas de las cartas que han sobrevivido hasta nuestros días giran en torno a su extravagante credo, la ya extinguida religión «sandemanista», que era algo que sacaba de quicio a Cabbage.

Asimismo, el pastor mantenía contacto diario, o por lo menos semanal, con una tecnología muy desarrollada que había ido perfeccionándose a lo largo de más de mil años. La iglesia de Far Tottering gozaba entre sus pertenencias de un magnífico órgano con veintiún registros construidos por el mismo Henry Willis que en 1875 fabricara la obra maestra que se encuentra en el Palacio Alexandra, al norte de Londres, y que Marcel Dupre elogió como el mejor órgano de concierto del mundo[3]. Cabbage no lo tocaba mal del todo y conocía a la perfección su intrincado mecanismo. Estaba convencido de que, uniendo una serie de tubos neumáticos, válvulas y bombas, podría controlar todas las operaciones de su futuro telar de palabras.

Fue un error fatal, aunque comprensible. Cabbage había pasado por alto el hecho de que la lenta velocidad del sonido, unos insignificantes trescientos treinta metros por segundo, reduciría la velocidad operativa de la máquina a un nivel de rendimiento prácticamente nulo. Como máximo, la versión definitiva podía haber alcanzado así un índice de transmisión de datos de 0,1 Baudio, con lo que la elaboración de un solo sermón requeriría nada menos que diez semanas.

Pasaron varios años antes de que el reverendo Cabbage se diera cuenta de esta limitación fundamental. Al principio creía que simplemente con aumentar la potencia disponible podría darle una aceleración indefinida a la máquina. La versión definitiva absorbía toda la energía de una enorme trilladora de vapor, tosco antecedente de nuestros tractores y cosechadoras.

Éste es un buen momento para resumir lo poco que se sabe acerca de la mecánica del telar de palabras. Para ello, tenemos que fiarnos de la información algo tendenciosa aparecida en el Tottering’s Bulletin, del que sólo se conservan algunos ejemplares del período comprendido entre 1860 y 1880, años cruciales para nuestro estudio, y de las notas esporádicas y fragmentos de la correspondencia aún existente del reverendo. Irónicamente, en 1942 todavía se conservaba una buena cantidad de piezas de la máquina definitiva, pero fueron destruidas cuando una bomba incendiaria de la Luftwaffe redujo a cenizas la ancestral mansión de Tottering Towers3[4].

La «memoria» de la máquina se basaba en las tarjetas perforadas de un telar Jacquard para estampado de tapicerías, cosa nada extraña pues no existía otra alternativa posible en aquella época. A Cabbage le gustaba decir que tejería pensamientos igual que aquel telar tejía tapicerías.

Cada línea de salida constaba de veinte, y posteriormente treinta, caracteres que el operador veía a través de unas ventanillas y que iban colocados sobre unas ruedas giratorias.

Los principios que regían el SOT (Sistema Operativo por Tarjetas) de la máquina no han llegado hasta nosotros y parece, lo cual no es nada sorprendente, que el mayor problema al que se enfrentaba Cabbage era el de colocar, retirar y poner al día las diferentes tarjetas. Terminado el texto en cuestión, era fundido en tipos de plomo para su posterior impresión. Este sorprendente clérigo construyó una linotipia rudimentaria por lo menos diez años antes de que la patentara Mergenthaler en 1886.

Antes de que la máquina estuviera lista para ser utilizada, Cabbage se encontró con la ingente tarea de perforar en las tarjetas, además de la Biblia entera, todo el Concilio de Cruden, pero encargó este trabajo, a cambio de unos emolumentos irrisorios, a las viejecitas del Hogar de Descanso para Vecinos de Edad Avanzada, hoy discoteca y club de breakdance, de Far Tottering. Otra desconcertante primicia que se anticipa en unos doce años a la famosa mecanización del Censo de Estados Unidos, ideada por Hollerith en 1980.

Pero en ese mismo momento llegó la ruina. Habiendo oído, y no por primera vez, extraños rumores sobre la parroquia de Far Tottering, nada menos que el arzobispo de Canterbury en persona visitó al ya obsesionado pastor. Se comprende que se quedara atónito al descubrir que el órgano de la iglesia había quedado incapacitado para desarrollar su función original al menos por cinco años. Cantuar, indignado, lanzó un ultimátum: o desaparecía el telar de palabras o se marchaba el reverendo Cabbage (mejor que se fueran los dos; se hablaba ya de exorcismo y de volver a consagrar la iglesia).

El dilema provocó, al parecer, una crisis en el ya desequilibrado clérigo, que intentó una última prueba con la enorme e ingobernable máquina, que ya ocupaba todo el crucero oeste de St. Simians. Pese a las protestas de los granjeros, pues era la época de la cosecha, la inmensa máquina de vapor, con sus piezas de cobre relucientes, fue remolcada hasta la iglesia y una vez allí pasaron la correa de transmisión a través del hueco que habían dejado al retirar algunas de las vidrieras de su sitio.

El reverendo tomó asiento ante la irreconocible consola (no puedo resistirme a la idea de imaginarme activando el sistema a golpe de pedal) y empezó a teclear. Las ruedas con los caracteres empezaron a dar vueltas ante sus ojos formando frases lentamente, línea a línea. En la sacristía, los crisoles con el plomo fundido aguardaban las órdenes que les llegarían trabajosamente con cada chorro de aire procedente del órgano.

—¡Más rápido, más rápido! —gritaba el pastor, impaciente, mientras los obreros arrojaban paletadas de carbón en aquel monstruo que no dejaba de vomitar humo en el patio de la iglesia.

La correa, como una larguísima culebra atrapada en la ventana, se retorcía sobrecargada, arriba y abajo, bombeando un caballo de vapor tras otro hacia el forzado mecanismo del telar.

El resultado era previsible. Algo, en alguna parte de las entrañas del inmenso aparato, se rompió. En sólo unos segundos, la desgraciada máquina se hizo pedazos. Según testigos presenciales, el pastor tuvo suerte de escapar ileso.

El posterior desenlace fue tan rápido como inesperado. El reverendo Cabbage abandonó la Iglesia, a su mujer y a sus trece hijos, y se fugó a Australia con su primer ayudante, el herrero del pueblo.

A juicio de aquellos Victorianos, tan preocupados por la conciencia de clase, era imperdonable que se hubiera asociado a un vulgar obrero (incluso un lacayo habría sido más aceptable)[5]. El nombre de Charles Cabbage fue desterrado de la sociedad elegante y se desconoce cuál fue su destino final, aunque llegaron algunas noticias según las cuales se había hecho capellán de Botany Bay. Y también es seguramente apócrifa la leyenda que corre sobre su muerte en el desierto australiano, provocada por una máquina esquiladora de su invención que se volvió loca.

Epílogo

La sección de libros raros del Museo Británico posee el único ejemplar conocido de los Sermones a vapor del reverendo Cabbage, que, según viene tradicionalmente alegando su familia, fueron elaborados por el telar de palabras. Desgraciadamente, no hace falta un estudio en profundidad para ver que no es así. A excepción de las últimas páginas, 223-4, resulta evidente que el volumen se imprimió en una prensa plana.

Pero las páginas 223 y 224 son una clarísima interpolación. La impresión es muy desigual y el texto está repleto de faltas de ortografía y errores tipográficos.

¿Se trata, acaso, del único producto existente del más notable, y peor encaminado, esfuerzo tecnológico de la era victoriana? ¿O es un fraude deliberadamente creado para hacernos creer que el telar de palabras funcionó de verdad una vez por lo menos, aunque lo hiciera mal?

Nunca sabremos la verdad. Pero, como inglés que soy, me siento orgulloso de que uno de los inventos más importantes de nuestra época fuera ideado por primera vez en las Islas Británicas. De haber tenido un desenlace más feliz, Charles Cabbage probablemente sería ahora tan famoso como James Watt, George Stevenson o incluso Isambard Kingdom Brunel.