TODA CIVILIZACIÓN TIENE SU MOMENTO DE AUGE

MAGDALENA PLATZOVÁ

LLEVO seis meses aquí y no hemos rodado ni un pie de película. La Sra. K. está parada en la ventana del cuarto piso del lujoso edificio en la Plaza Wenceslao y mira el ajetreo y el bullicio debajo de ella. Son casi las nueve, los vendedores y empleados se apresuran a sus trabajos. Van en direcciones diversas, los ojos fijos en el pavimento, el teléfono en una mano y el maletín en la otra.

La Sra. K. levanta su mirada y observa cuánto techo cobrizo se ha puesto en el edificio de enfrente. Desde el techo, sus ojos bajan un poco, y como es usual, repasan la apariencia de la chica en el cartel de publicidad, que cubre toda la fachada del edificio en reconstrucción. La Sra. K. mira fijamente el rostro de la chica. A buen seguro no es tan bella como nuestra Eva. La olvida rápidamente. La Sra. K. se aleja de la ventana, va hacia el escritorio y con cuidado presiona los ocho dígitos que la conectan con su única hija.

—Hola, soy yo —dice la Sra. K—. ¿Entonces, qué dijo él? ¿Que estuvo hasta tarde en la oficina? ¿Y no salió?

La Sra. K. echa una mirada de reproche a la puerta cerrada donde su jefe suele estar.

—¿Tomaste la píldora? Bien, entonces, toma la píldora y acuéstate. Te llamaré luego.

La Sra. K. cuelga el teléfono, medita un momento y marca otro número. Esta vez el teléfono suena en su apartamento, desde donde vino hace poco tiempo.

—Hola, soy yo. ¿Has visto a Eva? Le he dicho que vaya al médico. La depresión es una enfermedad como cualquier otra. El doctor le prescribirá algo. ¿Sacaste la carne del congelador? Bien, te llamo luego.

La Sra. K. medita otro momento, entonces cierra la oficina y toma el ascensor hacia la planta baja. Detrás de la ventana de la garita se sienta una mujer con la que conversa ocasionalmente, a pesar de su estatus inferior. Saluda a la mujer con una sonrisa deliberada. No, el portero no trabajó ayer, pero ella puede mirar el registro y ver el código de su tarjeta magnética y el momento en que se fue. No hay entrada. Eso significa que el jefe no ha salido o salió y no marcó la tarjeta. ¡Acabáramos, los antiguos libros de visitas eran mejores!

La Sra. K. regresa a su oficina y de paso recoge la correspondencia. Para mayor seguridad telefonea a Eva al instante y le anuncia que no ha podido averiguar nada. También comprueba que su esposo ha descongelado la carne. Ha pasado una hora y media de su jornada laboral. La Sra. K. se sienta ahora en su escritorio. Los bolígrafos y los papeles están apilados. Revisa su correo electrónico, ella ha aprendido a hacerlo, y espera a que llegue su jefe. Está aburrida. Llama a su cuñada al trabajo y le cuenta lo que ocurrió frente al edificio de su madre. Algún vago robó la cartera de una señora a la vista de todos. Lo capturaron y se supo que era un albano de Kosovo.

—¡Estamos hasta el cuello con esto! Aquí en la Plaza Wenceslao todos ellos llevan navajas en los bolsillos, y tienen esos ojos como de lobos. La otra noche había un enorme charco de sangre en la acera frente al edificio. ¡Ten cuidado Líba! Jarouš no me deja ir a ninguna parte sola.

Alguien tocó a la puerta de la oficina. La Sra. K. colgó rápidamente, agarró un bolígrafo y un papel e hizo como si estuviera trabajando. Entró un hombre pequeñito y encogido. Se arrastró hasta el escritorio, la saludó y excusándose, se sentó. Es uno de los protegidos del jefe, un compañero expatriado. El jefe le da un poco de dinero de vez en cuando y charla con él sobre la antigua Yugoslavia, recuerda y filosofa:

—Cada civilización tiene su momento de auge y luego sucumbe —dice el jefe—. Yugoslavia, fue un imperio sin igual. Y esta fue la causa de su caída, al igual que Egipto y Roma. —El hombre asiente y añade—: Cuando el emperador Diocleciano quiso construir un palacio, observó todo el Mediterráneo y no encontró ningún lugar apropiado. Hasta que encontró Split. Él no vaciló. Puso su dedo en el mapa y dijo: ¡Constrúyanlo aquí!

El viejo, aun en el calor, se viste muy abrigado, como si tuviera hielo en sus huesos. La Sra. K. prepara un café para él, el viejo le agradece de alguna manera, espera un rato y comienza a contar una historia.

—Siempre me ha fascinado el destino humano —parlotea—. ¿Por qué, por ejemplo, Eva Braun se convirtió en la amante de Hitler y murió junto a él? El destino, nada más que el cruel destino. Me gustaría contarte toda la historia, es fascinante. En 1925...

La Sra. K. baja la cabeza e implora para que alguien llegue y la rescate. El teléfono suena. Al mismo tiempo la puerta se abre y aparece el jefe de la Sra. K., seguido de su inseparable hombre de confianza y recadero Zoki.

Detrás de ellos hay un hombre alto y huesudo de tez aceitunada. Probablemente uno más de ellos, provenientes del sur. La Sra. K. saluda y contesta el teléfono. Habla discretamente porque es Eva y quiere saber si hay alguna noticia.

—Acaba de entrar —le susurra la Sra. K., cubriendo con sus manos el auricular—. Te llamaré más tarde.

Cuando cuelga el teléfono siente un extraño cosquilleo en la nuca. Se vuelve. El hombre huesudo le clava la mirada, sus ojos parecen dos carbones encendidos. ¿Quién es él? ¿Acaso un hipnotizador? El jefe, que parece haber tenido un dulce sueño, la llama:

—Sra. K. haga café para nosotros.

A la Sra. K. le hierve la sangre. Siempre le pasa cuando le piden que haga café. ¿Cuántas veces le ha dicho que ella es una asistente, no una secretaria? ¿Cuántas veces le han prometido contratar una persona para que conteste el teléfono y haga el café pues es algo que ella, Květa, no tiene que hacer? Y menos ahora, cuando le quedan tres años para jubilarse. Quiso trabajar en películas porque, a fin de cuentas, es su vocación. Ella fue una actriz y no fue culpa suya el no haber alcanzado un nombre. Recuerda con nostalgia los años que pasó en teatros provinciales. Las fiestas, las parrandas, los otros actores. Algunos de ellos famosos ahora.

El arte es el arte, dice la Sra. K. La persona nace artista. Un artista es simplemente una persona tocada por las musas, alguien que no está destinado al trabajo de oficina. No fui al conservatorio para aprender a hacer café o contestar un teléfono, se queja la Sra. K. ¡Promesas, promesas! Al final, después de toda esta charla sobre arte, la Sra. K. vio el diagrama de la estructura organizativa de la oficina en el escritorio del jefe y ella estaba inscrita como secretaria, en la misma casilla que la auxiliar de limpieza. Ella pensó presentar su renuncia en el acto, pero Eva la convenció de que no lo hiciera.

—¿Dónde vas a encontrar otro trabajo a tu edad mamá? —le dijo.

Los caballeros se encerraron en una de las oficinas y la dejaron a ella con el pequeño viejo. La Sra. K. tiene que pensar ahora en alguna artimaña. Tiene que descubrir si el jefe estuvo ahí la noche anterior o no. Piensa en esto, pero no logra concentrarse. ¿De qué estarán hablando detrás de esa puerta? A veces ellos rompen en carcajadas, y luego hacen silencio. Maldita costumbre, siempre tirando las puertas. El escritorio de la Sra. K. está ubicado justo en medio entre la oficina del jefe y la de Zoki. Siempre están corriendo de aquí para allá y los tirones de puerta la han dejado mareada más de una vez. ¡Como si necesitaran esconderle algo a ella! Probablemente estarían discutiendo asuntos de arte y le cerraban la puerta porque la tomaban por una secretaria tonta. El viejo continúa contando la historia que interrumpió en el momento en que llegó el jefe. Ya está en la parte en que Eva Braun tiene la primera cita con Hitler, el aciago veneno ya está listo. Pero a la Sra. K. no le interesa. Se le ocurre una idea y sonríe contenta. Será más agradable con el viejo y en medio de la charla le preguntará dónde estuvo el jefe la noche anterior. El viejo está halagado por la atención que ella le presta. Piensa que le agrada a la Sra. K. y sutilmente cambia la charla sobre la amante de Hitler y comienza a hablar de sí mismo y de sus hazañas heroicas.

La Sra. K. le cree. La Sra. K cree lo que quiere creer. Sin hacer comparaciones ni poniendo diversas cantidades de información en el cerebro. Además, esto complica las cosas innecesariamente y a las personas no les gusta.

Hay un silencio de muerte detrás de la puerta de la oficina. En este momento, la puerta se abre y sale el hombre de la mirada fogosa, sosteniendo una varilla mágica. El jefe y Zoki le pisan los talones. Ellos bordean el escritorio de Květa y desaparecen dentro de la otra oficina cerrando la puerta. La Sra. K. y el viejo esperan. Entonces la puerta vuelve a abrirse. El caballero obviamente se está despidiendo y el jefe lo acompaña. Pero antes de partir, el extraño se aproxima a la Sra. K., la mira abrasadoramente y le aprieta en sus manos una tarjeta profesional.

—Llámeme —le dijo con un acento denso y un tono de voz irresistible.

Sólo cuando las pisadas dejaron de oírse la Sra. K. abrió su sudorosa mano y leyó. MB Damian Rosco, acupuntura, digitopuntura, psicocinesis, radiestesia, etc. El jefe apareció y dijo que había una espiral de energía negativa en su oficina. Quizá por esto se sentía tan mal.

Ahora es el turno del viejo. Atraviesa la puerta abierta del jefe y la Sra. K. le hace un guiño para recordarle que le preguntara. Zoki se va al banco y la Sra. K. vuelve a estar sola.

Jarouš tiene que subirse en una silla para acceder a la nevera. Cuando algo está al frente puede alcanzarlo. Pero esta carne a buen seguro está en el fondo y Jarouš es muy pequeño para alcanzarla.

La nevera está reventada por las juntas. Hay montones de cajas y bolsas con diferentes rótulos: salsa de espagueti: 3 ࢤ 4-99, albóndigas: 6 ࢤ 6-98. A medida que Jarouš escarba más profundo, las fechas van retrocediendo. Es como ir descubriendo capas de sedimento en las profundidades de un lecho marino: el cretáceo, el jurásico, el triásico. En el pérmico encuentra una pierna de cerdo rotulada. Pero si sigue rebuscando en el ordovícico o incluso en el cámbrico seguro que encontrará alguna salchicha de la era comunista. Pero Jarouš ya está cansado de esto. Cierra la nevera, pone la carne en el mostrador de la cocina y se sienta a descansar.

Klára, el perro, le da vueltas en derredor y gimotea. Jarouš suspira, se levanta de la silla nuevamente y va en busca de la correa. Finalmente, la encuentra en el zapatero, se la engancha al perro y abandonan juntos el edificio. Es el primer día caluroso de la primavera. El primer día primaveral del retiro de Jarouš. Finalmente puede comprobar por sí mismo cómo es la primavera en detalles. El perro corre por el pavimento, lamiendo escupitajos y revolviendo el polvo y Jarouš observa a las mujeres. Algunas de ellas están muy bronceadas, quién sabe como lo logran. Probablemente vayan a esos solanos que producen cáncer. Eva va a uno de ellos. Quizá para impresionar a ese tipo que es sólo unos pocos años menor que Jarouš y que la trata muy mal. Son una banda de inmorales esos eslavos del sur. Gentuza, mafia. Si vas a un restaurante o a una barra en Praga los dueños son de esta clase o árabes. Allí lavan su dinero sucio. Y ahora los albaneses están llegando también y formando sus barullos. Jarouš aprieta su pequeño puño. ¡Si sólo pudiera! El móvil comienza a sonar en su bolsillo.

Es la Sra. K. Ella le pregunta si ha sacado la carne y qué está haciendo ahora.

—Estoy sacando a Klára a pasear —responde Jarouš.

No dice nada de sus divagaciones sanguinarias. La Sra. K. piensa que el jefe es un buen partido para Eva. Con la ayuda de Dios y de la Sra. K. que vigila al jefe en la oficina, ellos se las arreglarían para conseguir una boda. Entonces Eva podría entrar en las ligas mayores de las películas. Sí, un productor de cine como él es lo mejor. A fin de cuentas no vienen mal algunas lágrimas. La Sra. K. la imagina en un lujoso yate, el White Flag, en Split. Ella arreglaría las cosas, enviaría a Eva a un psiquiatra y esperaría por los antojos del jefe.

Jarouš dice adiós, pone el móvil en su bolsillo y continúa su camino. En la esquina está parada una muchacha, hinchada y de pechos abultados, con una minifalda. Jarouš cambia de dirección.

Él prefiere seguir con sus amargas reflexiones. Quizá el jefe hizo películas. Dicen que incluso fueron famosos. Pero eso fue en otras circunstancias, ¿qué es él ahora? Un hombre sin hogar va a la ruina, solía decir la madre de Jarouš. Pero quizá estaba equivocada. Quizá es como dice su esposa. Habrá película, habrá boda, habrá dinero. Ellos, particularmente, necesitan el dinero. ¿Por qué, entonces, siempre tiene ese sentimiento de que algo grande y terrible pende sobre su cabeza?

Se dirige a casa de Eva. Toca el timbre, pero no se siente nadie en el interior. Jarouš toma sus propias llaves.

Echa una ojeada y verifica si hay algo en el refrigerador y si ella regó las plantas.

Está todo tranquilo en el apartamento. Las ventanas de la cocina están tapiadas. En la sala, que también sirve de dormitorio, las persianas están cerradas. Jarouš las abre y echa una ojeada. Su mirada recae en la cubierta multicolor de un casete de vídeo que está a sus pies como si alguien lo hubiera tirado.

—Esta muchachita nuestra es abandonada.

Jarouš mueve la cabeza y procede a poner la caja en la mesa del televisor. Al tenerla en sus manos, intenta averiguar de qué película se trata, buscando las gafas en su bolsillo. Se queda perplejo observando las fotografías.

Jarouš está jubilado pero jamás en su vida había visto tamaña suciedad. Limpia sus gafas que se habían empañado, y estudia cuidadosamente las fotografías. Esa rubia está muy bien. Y la morena le es familiar, ¿dónde la ha visto anteriormente? A su espalda algo se mueve. Eva duerme en la cama. Ella ha pateado la manta y su brazo cuelga sobre el borde de la cama. La caja cae de las manos de Jarouš.

Cautelosamente, para no despertar a su hija, atraviesa la cocina y sale del apartamento. Se sienta en un banco frente al edificio, toma el móvil y marca el número de la oficina.

La Sra. K. está sentada en el escritorio estudiando la tarjeta profesional del doctor. Siente como si ese pedazo de papel estuviera vivo, como si emitiera algún tipo de vibración magnética. Cuando pasa los dedos por encima de ella, los dedos se le entumecen. Pone su mano en el teléfono, toma un respiro y en ese momento el teléfono suena. Con voz apagada ella anuncia el nombre de la compañía productora.

—Soy yo —dice la voz sepulcral del compañero de toda su vida.

Se hace un silencio. La Sra. K. está asustada.

—¿Todo está bien? ¿Eva está bien?

En ese momento Jarouš se percata de que su esposa no va a creer la verdad que él ha descubierto. No encaja con sus sueños del yate y la alfombra roja de Cannes. Jarouš no dice nada, abrumado en su repentina soledad. Entonces le espeta:

—Ya descongelé la carne.

—Pero eso ya lo sé —dice la esposa—. ¿Qué estas haciendo ahora?

—Nada, dando un paseo. Te veo luego.

—Te llamo luego —dice la Sra. K. pero Jarouš ya ha colgado. Una lágrima cae sobre la pantalla verde del móvil. Jarouš la quita con sus dedos y guarda el móvil en el bolsillo.

—¿Qué pasa con él? —se pregunta la Sra. K.

Marca nuevamente el número pero es en vano, su esposo no contesta. Ella desabrocha su collar. Ese calor a principio de abril, no es normal. El clima está cambiando.

Una vez más observa el número de teléfono del hipnotizador. No hay nadie en la oficina. El jefe terminó su charla y salió junto al viejo. No le dijo dónde estuvo ayer el jefe. ¿Acaso olvidó preguntarle?

Ella puede hacerlo ahora. Su dedo sudoroso se desliza por los botones.

—¿Eres tú? —dice la voz de penetrante acento—. Sabía que eras tú. ¿Cuándo puedes venir?

—¿Pero, por qué? —susurra la Sra. K.

—Te lo digo cuando estés aquí —dice el hombre.

—¿Esta tarde? No puedo hoy. —Tengo carne descongelada en casa, quiso decir la Sra. K., pero se contuvo—. Tengo que trabajar.

—Mañana puede ser tarde.

¡Esa voz...! La Sra. K. está temblando.

—Muy bien, iré hoy.

Ella anotó la dirección y le dijo que estaría después de las cinco. Abandonaría la oficina temprano pero estaría en casa a más tardar a las siete.

—Nos vemos entonces —dijo el hombre.

Květa bajó el auricular y por un momento se sintió calmada. Le dirá a Jarouš que tuvo que llevar un recado urgente para el jefe.

Hace calor afuera. Las gotas de sudor corren desde el pequeño sombrero de lana del vagabundo. Él ya ha recorrido toda la plaza Wenceslao, se ha comido todas las salchichas y ha husmeado en todos los depósitos. Ahora descansa un poco en la pared baja de la entrada del metro. El muchacho se pega a la pared gris y se quema al sol. Dobla las mangas de su chaqueta, sosteniéndola con una correa, pero no se quita el sombrero. Por el contrario, lo presiona más hacia sus orejas. Sus ojos, ligeramente oblicuos, exploran el terreno y penetran el espacio buscando las grietas que son su única fuente de sustento. La melodía del lenguaje extranjero y el sonido del tráfico perforan el grueso tejido que protege sus oídos. Se mezclan en un sonido único como el rugido del viento. El vagabundo escucha por un momento. Es un viento diferente al de su país de origen. Éste resopla por aquí y por allá. Apenas lo golpea, cesando rápidamente. Este viento jamás pudiera allanar una estepa. El muchacho se levanta y emprende una nueva ronda.

Vladimir, el jefe de la Sra. K., salió de la oficina temprano por la tarde. Ahora está sentado en una pequeña mesa en el café del Hotel Jaita con una joven y famosa periodista a la que encontró e invitó a un café. La periodista tiene un hermoso trasero, lo cual Vladimir aprecia mucho. A él le gusta comentar a cualquiera que lo oye que los senos de las mujeres tienen una importancia secundaria. Sólo los ingenuos se fijan en ellos. Una verdadera mujer se identifica por lo que tiene detrás y por su triángulo íntimo. Esa es la zona, dice Vladimir, que irradia mayor energía. Allí se revela el carácter de una mujer. En este sentido, él está satisfecho con la muchacha. Anotará su número telefónico. A Vladimir le gusta almacenar. Esto le complace y reconforta. Tiene un frigorífico llena de queso, otro llena de carne, una bodega repleta de vinos. En el armario de la cocina hay botellas de aceite, aceitunas y alcaparras en conserva traídas del sur. Es bueno también tener algunas mujeres en la despensa. Cada una tiene su uso y un hombre tiene que asegurarse de nunca estar solo. Le debemos todo a las mujeres, dice Vladimir. Sí, siempre una mujer que te atienda.

La periodista dice adiós.

—Pasa por mi casa por la noche, después de las seis —le dice Vladimir—. Tomaremos vino, tengo buenas reservas.

La periodista sonríe estridentemente y acepta. Luego acepta uno de los cigarrillos de Vladimir y permite que se lo encienda. Sus manos tiemblan.

Vladimir la ve marcharse y sonríe. Una vez más, se siente satisfecho con él mismo. Admira ese trasero en retirada y lo disfruta hasta que desaparece en la muchedumbre. ¡Qué maravilloso y encantador día! Desde la elevada terraza, Vladimir bendice el mundo y sonríe incluso a ese muchacho de cara plana, con ese extraño sombrero verde oscuro, que vagabundea por la acera. El muchacho mira a Vladimir con sus ojos oblicuos y no le devuelve la sonrisa.

Jarouš se retira a una remota esquina del bar. No aparta los ojos de su jarra de cerveza. Desde muy joven está escuchando a su mujer decirle que él, un simple dependiente, no puede entender el arte, al que ella se ha entregado. Todos los días sirviendo alguna clase de pasta artística para complementar el almuerzo. Para Jarouš la palabra arte adquirió un significado siniestro. Cuando su hija, impulsada por la madre, se decidió por la carrera artística, él no dijo nada. Incluso pagó una escuela privada. Él sabía que tenía que hacer algún sacrificio por esa deidad con la cara pintada y amenazadora. Y ciertamente, la deidad comenzó a ser más bondadosa. La despreciada madre puso la mirada en un futuro, ya no de ella sino de la hija, en el que ascendería las escaleras de la fama y el dinero. ¡Espera a que ella se gradúe! ¡Espera a que ellos la conozcan!

Bien, ellos se fijaron en ella, Jarouš meneaba la cabeza amargamente. Ordenó otra cerveza. Hoy podía hacerlo.

La Sra. K. miró su reloj y su pelvis se puso rígida.

—No debería, realmente no debería —dijo y soltó otro botón. Entonces sacó el estuche de maquillaje de su bolso. Con el dedo sudado limpió los contornos manchados de sus ojos y los pintó. Se empolvó y puso desodorante sobre su blusa. Apagó el ordenador que había estado ronroneando todo el día a sus espaldas. Apiló las tazas de café en el depósito plástico y salió. Con algo de suerte, el jefe no preguntaría por ella.

Ella camina apurada por la plaza Wenceslao. Se cruza con el vagabundo y trata de evitarlo. Él está recostado en un árbol oyendo a dos gitanos que tocan el acordeón. Ha encajado aún más su sombrero sobre sus orejas. El gitano es más pequeño que su acordeón. Tiene una cara muy seria, no parece la de un niño, piensa la Sra. K.

Media hora después, ella toca a la puerta del doctor. El hombre la esperaba. Silenciosamente extiende su huesuda mano y la conduce a través del lobby hacia una sala donde colgaban un enorme diploma y varias cartas de agradecimiento. También había una cama, dos poltronas, un escritorio y un armario con algunas botellas pequeñas. Sin más dilación, el doctor le pidió que se quitara la blusa y se acostara en la cama. La Sra. K. obedeció bajo los efectos de su penetrante mirada. Primero, puso su mano sobre la cabeza. La mujer sentía cómo la mano se calentaba y penetraba un flujo caliente y vibrante en su cráneo. Ella cerró los ojos. Luego sintió esas manos calientes en su pecho y en el estómago. Con movimientos lentos y circulares fueron moviéndose hacia el bajo vientre. Květa estaba excitada, disuelta en una especie de fluido caliente y denso. Las sintió en su pelvis y suspiró dulcemente. Cuando se vino a dar cuenta las manos habían desaparecido. En medio de una niebla roja, ella escuchó las palabras, puede vestirse.

—¿Cómo es eso? —la Sra. K. abrió sus ojos.

—Cuando la vi en la oficina —dijo el hombre—, lo supe inmediatamente. Ahora pude comprobar que no estaba en un error.

Květa se sentó en la cama, sus enormes pechos caían en su regazo.

—En el hospital le dirán que es incurable, pero yo le digo que puede ser curada. Si no completamente, al menos puedo prolongar su vida unos cuantos años. Vamos a conversar con calma. Los primeros pasos del tratamiento hay que darlos inmediatamente. ¿Quiere beber algo?

Después de la última llamada de su madre, Eva siguió durmiendo. No despertó hasta las cuatro. Permaneció un momento recordando dónde estaba y luego fue a ducharse. Con su pelo aún mojado cogió el teléfono y llamó a su madre a la oficina. Ella no se encontraba allí. Entonces llamó a su padre a la casa y tampoco logró hablar con él. ¿Dónde se han metido todos? Encendió un cigarrillo y marcó el móvil de Vladimir.

El sudor corría por los ojos de Zoki. Subía las escaleras hacia el apartamento del jefe, llevando la pintura en sus manos. El jefe le ordenó que se lo trajera de una tienda de antigüedades. Él tiene cerca de cincuenta piezas con temas marinos en su apartamento. Todos los vendedores de antigüedades de Praga lo conocen. Tan pronto lo ven aparecer en la puerta le dicen:

—Tenemos una pieza para usted; o

—No tenemos nada.

Finalmente llegó al rellano. Vladimir le abrió y Zoki, con su último aliento, pudo entrar la pintura en la habitación. Vladimir se sentó iluminándosele el rostro. Observó la nueva adquisición, la evaluó y dijo:

—Cuélgala allí, sobre el sofá.

Además de piezas con temas marinos, Vladimir también colecciona santos, y en la esquina cerca del sofá rojo de cuero sintético reposa una estatua de San Wenceslao de tamaño natural, su mejor pieza. Una mano de madera agarra un estandarte y la otra apunta a su pecho. Tiene las mejillas rosadas y los ojos azules. Enrollado a su cuello hay una tira de luces eléctricas multicolores remanentes de la Navidad.

—Pon ese barco por aquí —Vladimir ondula su cigarrillo encendido—, y ese allí.

El teléfono en su bolsillo comienza a sonar. Observa la pantalla y le hace una señal a Zoki. Él sabe de inmediato lo que tiene que hacer. Se sienta cerca del jefe y comienza a hacer un ruido similar al de un motor.

—Hola nena —responde Vladimir.

Eva le pregunta si se van a ver por la noche.

—Hoy no puedo querida. Zoki y yo vamos en este momento en el coche hacia una reunión importante. Te llamaré esta noche. —Las ondas electromagnéticas transmiten el sollozo de Eva—. Transitamos por un túnel ahora, caramelito —dice Vladimir—. Estoy perdiendo la señal.

Colgó.

Después de las cinco Zoki termina su trabajo. Vladimir se prepara para la visita anticipada. Toma una ducha prolongada, se masajea y se unta loción perfumada. Luego se envuelve en una holgada bata, toma una botella de vino de la despensa, dos vasos de la cocina y enciende la luz encima del sofá.

Las olas de la nueva pintura se elevan y rompen en un aerosol dorado bajo la mirada desafiante de San Wenceslao. En el horizonte se observa la quilla de un barco oscuro, apuntando al cielo y los blancos cuerpos de los ahogados resaltan en las profundidades verdes y azules. Vladimir se para frente a la pintura y la observa. ¿Dónde está él? Todo está oscuro a su alrededor. No oye nada. No respira. Ahora algo lo mueve. La presión del agua lo transporta y lo empuja a través de un pasadizo estrecho sacándolo a la superficie. Debajo de él puede ver cómo el barco naufraga hundiéndose en las oscuras profundidades. Aquí, donde él se encuentra, el mar está sereno y totalmente silencioso. Trenzas de algas marinas cuelgan de las rocas y animales fantásticos desfilan ante los ojos desfallecidos de Vladimir.

La Sra. K. se arrastra hacia la parada del tranvía. Está ligeramente borracha por el licor que le brindó el doctor, pero, a pesar del alcohol, puede sentir la aguda puñalada. Casi desmayándose, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, su cerebro trata de seguir la línea normal de pensamiento, pero de algún modo la pierde.

—El tranvía está llegando —se dice a sí misma—. Jarouš debe estar esperándome. ¿Sacó al perro? En casa la carne está descongelándose. Tengo que asarla.

El vagabundo se sienta en el pasamano de piedra en la rampa del Museo Nacional y observa cómo se va iluminando la gran ciudad a sus pies. Echa hacia atrás su cabeza. ¿Cuán lejos están esas estrellas? Sus ojos se sumergen en el cielo hasta que su cabeza comienza a dar vueltas. El viento arrecia.

Una vez más, el vagabundo mira hacia abajo, sobre la cabeza del jinete de bronce. Ve los edificios derrumbados y el pavimento cubierto por la hierba. Las estrellas flotan sobre su cabeza de forma callada. El viento canturrea y se encrespa en los montículos plateados de la hierba. Una franja de tierra comienza a levantarse al fondo de la plaza hasta el centro donde está sentado el muchacho. Cada vez más grande. ¡No es una plaza, es un caballo! Enorme y salvaje. Cabalga en el viento furioso bajo el negro cielo donde parpadean las estrellas. El vagabundo cabalga sobre su lomo y grita de júbilo.

—¡Bastardo! Lárgate rápido, antes de que te delate a ti y a tu sucio negocio. Sé la clase de pornografía que haces, productor. Si no te largas de esta república en un mes te voy a entregar a las autoridades. Serás encerrado. —Jarouš terminó su cerveza, dobló la carta en su bolsillo, pagó y salió tambaleándose. Pensó en ponerla en el buzón de Vladimir inmediatamente, pero luego decidió dejarlo para otro momento. Su esposa debe estar esperándolo.

Salió dando tropezones a través de la Plaza Wenceslao hasta Můstek. En la esquina de la calle Vodičkova se sintió mal. Se apoyó en el pasamano. Una vez más, se sintió sobrecogido por la sensación de algo terrible pendiendo sobre él. ¿Qué puede ser? Inclinó la cabeza y miró hacia arriba. Entonces pudo verla. Unos pocos pies encima de la cabeza de San Wenceslao, encima de los kioscos y los grandes almacenes, encima de la luces de neón, las prostitutas y los proxenetas, de McDonald’s y Bata, encima de toda la Plaza Wenceslao, colgaba una enorme, amorfa y apestosa plasta de mierda.

Magdaléna Platzová nació en 1972 en Praga. Es editora jefe de Literární Noviny (Noticias Literarias). Sus cuentos y obras teatrales Sůl, oovce kemení (Sal, ovejas y piedras, 2003), fueron seguidos por su novela Návrat přítelkyně (El retorno de un amigo, 2004). Sus cuentos han sido traducidos al croata y al esloveno.