UN HELADO DE PISTACHO

ANNA ZONOVÁ

RENATA y yo fuimos felices durante los primeros años de nuestro matrimonio. Después de todo, era como lo había imaginado y planeado: ingiriendo juntos un saludable desayuno. Frecuentemente muesli y media pinta de leche dietética.

Almorzamos cada uno por separado, yo en mi cafetería y Renata en un pequeño restaurante. Sospecho que ella toma algo frío a la carrera y lo acompaña con café. Por supuesto, café. No puede estar sin él. A pesar de los artículos científicos que le llevé demostrando los efectos dañinos de la cafeína. Pero a Renata no le importa. Al menos, de ayer acá. Simplemente ignora las evidencias científicas. Lo cual está mal, considerando que es universitaria.

La cena que prepara es siempre muy ligera, sólo para mí. Dos rebanadas de pan con mantequilla con algo encima. Puedo comer más pero tengo que velar por mi figura. Renata sólo pone para ella una gran copa de vino blanco. “Para perder peso”, suele decir.

Bajar de peso no es lo más aconsejable en su caso. Se pueden contar sus costillas y se le ven los huesos de las caderas tanto con faldas como con pantalones. Cuando por primera vez traté de explicárselo, ella lo entendió, y desde entonces he tratado de evitar hacer comentarios sobre su hábito de tomar vino.

A veces me irrita también con su obsesión por los olores y su intolerancia hacia las personas que usan ropas deportivas. No puedo entenderlo. Simplemente no puedo oler nada. Después de tres mese de relación decidimos que ella no iba a molestarme más con esto. No obstante, a veces la veo caminando por el apartamento con la punta de su nariz visiblemente crispada. Como los conejos.

—¡Renata! —la regaño. A buen seguro ha descubierto algo que no le agrada.

—¡No te has lavado la boca! O ¿cuánto tiempo llevas usando esa ropa interior?

Me hacía enrojecer con tales comentarios y por ello llegamos a un acuerdo: para que nuestra relación pudiera avanzar y tuviéramos una influencia positiva sobre nuestros hijos, yo debería ganar en autoestima.

Los Pelner se mudaron a nuestro bloque hace cinco meses. Ambos tienen alrededor de treinta años. La señora Pelner parece más joven, diría que tiene veinticinco, pero no se me ocurriría averiguar su fecha exacta de nacimiento. “¿Para qué necesitas saberla?” muy bien podría contestarme. No voy a explicarle a ella mi sentido de la responsabilidad y de la veracidad. Miroslav Pelner trabaja como técnico de mantenimiento en la agencia de vivienda del Ayuntamiento. Lo veo regularmente abandonar el edificio a las 5: 55 a.m. Es la hora en que preparo el té y luego caliento la leche.

Renata se queda en la cama.

Ella encuentra a los Pelner más felices que nosotros.

—Tengo la impresión de que llevan una vida plena, —me dijo la semana pasada justo antes de acostarnos.

—¿Qué quieres decir con una vida plena? —le dije—. —¿Puedes definirlo de manera más precisa?

—La señora Pelnerová vende helados en un puesto frente a la confitería.

—No lo sabía —le respondí.

—Me gustaría ser una gitana de veinticuatro años pesando ochenta kilos —me adelantó—. Vendería helados en un puesto. Moverme lenta y perezosamente, de forma pausada, disfrutando cada paso, y cada saludo. Tendría ocho sabores diferentes de helados Algida para ofrecer. Chocolate, avellana, limón, fresa, pistacho, banana, naranja y arándano (ése es el que más me gusta). Por la noche, alimentaría a mis cinco hijos y haría el amor con mi quinto marido, y otra vez por la mañana. Me sentiría feliz. No me preocuparía el dolor y el sufrimiento de los refugiados extranjeros, los que mueren de hambre en África, los indios americanos desarraigados o los rutenos de Sudetes. No estaría abatida por relaciones desdichadas o amistades con enfermedades terminales, no extrañaría los orgasmos ni tendría pensamientos promiscuos.

Me sorprendió su declaración.

—Podemos analizarlo —le dije—. Tu deseo de cambiar de profesión no parece normal. Espero que te des cuenta que una posición de funcionarla en el Ayuntamiento es socialmente respetada y muy bien pagada. Me gustaría, por supuesto, que engordaras un poco más. Sé que hemos discutido esto en otras ocasiones. Si sólo tuvieras un almuerzo apropiado y...

—¡Imbécil, idiota! —gritó.

Entonces agarró su manta y se fue a la sala de estar. Nunca me había ofendido de esa forma. No supe qué hacer. Ella no debió llamarme así.

Después de todo, no tuvo plena conciencia de las palabras que profirió. Al cabo de un rato, fui y busqué el diccionario, pero el cuaderno que uso para explicarle las cosas estaba en la cocina y no quería pasar por delante de ella. No quería toparme inmediatamente con ella después de este altercado. Por eso, usé el cuaderno de los gastos de la casa, donde escribí: “Idiota: del griego idiotes, persona con severo retardo mental, con la inteligencia de un niño de tres años, incapaz de sostener una conversación coherente o de protegerse frente a un peligro corriente. Imbécil: persona retrasada mental con la inteligencia de un niño entre 8 y 12 años, que posee ciertas habilidades sociales y comunicativas que le permiten cierto grado de educación vocacional o académica. El término es considerado ofensivo y pertenece a un sistema de clasificación psicológico ya en desuso”.

En el desayuno me acerqué con el cuaderno en la mano. Pensé que debíamos tener una charla apropiada.

Me desperté una hora antes de lo usual. Aireé toda la habitación y fumigué el baño con el purificador de aire. Deseaba que nada irritara a Renata de modo que pudiéramos dedicarnos a nuestro problema. Usé el tiempo que había ganado para delinear un boceto de lo que iba a decirle. Era importante que ella entendiera cuán insensato y degradante es introducir la vulgaridad en nuestro matrimonio.

Agrupé montoncitos de muesli sobre el plato. Calenté la leche y preparé el té.

—Buenos días, —dijo Renata, como si nada hubiera pasado el día anterior.

Permanecí en silencio. Ella debía ser la primera en disculparse. Yo evaluaría su excusa y dependiendo de la naturaleza de su desliz decidiría mi comportamiento hacia ella.

Ella vio el cuaderno abierto sobre la mesa.

—¡Ah, nuestra pequeña lección diaria! —dijo haciendo una mueca.

Nunca antes se había comportado así. Llegué a pensar que podía tener algún tipo de problema íntimo. Muy bien, entonces lo afrontaríamos. Pero primero lo primero. Renata volvió hacia la sala de estar. Trajo una botella de vodka de la barra y retornó a la cocina con ella. Vertió un poco de vodka en un vaso que usamos exclusivamente para brindarle café a las visitas. Sacaba el muesli con una cuchara y los mojaba con vodka.

—No es una combinación saludable, —le comenté.

Esperaba que se echara a llorar, de la forma en que lo hace cuando no puede manejar una situación. Pero bajó la cuchara con un movimiento deliberadamente lento, levantó el puño apretado y liberó el dedo índice.

—Necesitas ver a un doctor, —respondí sin dilación.

—Eres tú el que necesita uno —dijo, divertidamente.

Telefoneé al Ayuntamiento y excusé a Renata en el trabajo por ese día. Durante la pausa del almuerzo pensaré qué hacer luego, pero antes le daré un timbrazo alrededor de las diez para ver cuán lejos ha ido en la bebida.

Al final decidí tomarme la mitad del día. A mi jefe no le gusta que sus empleados salgan a deshora, pero ésta era la segunda vez, en quince años, que hacía una corta salida.

La primera vez fue cuando Renata se negó, en el último minuto, a tener un aborto. Tomarse un tiempo libre afecta la marcha de nuestra oficina, pero fue inevitable. Tuve que discutir con ella varias veces sobre la situación. Era muy irresponsable de su parte traer un niño sin haber amueblado completamente el apartamento. Además, habíamos planeado comprar un ordenador para nuestro desarrollo profesional y ella era bien consciente de esto. También un sofá. Mi administrador había venido dos veces a almorzar a nuestra casa en los últimos dos años y el viejo y ordinario sofá que teníamos me hacía sentir avergonzado.

Antes que nada visitaría la biblioteca para prepararme en mi discusión con Renata. No sabía casi nada sobre los romanís, pero era consciente de que mi esposa usaba la inapropiada expresión peyorativa de gitano. Por ahí debo empezar, pensé. Si no puedes organizar tu terminología, nunca lograrás nada. Renata iba a hacer un gesto de aprobación con la cabeza. Hasta ahora, siempre ha seguido mis sugerencias.

No pude concentrarme muy bien y de forma aleatoria hojeé la historia de los romanís en la sala de lectura de la biblioteca. Rótulos que prohibían la entrada de los romanís en las ciudades, decapitación por holgazanería, una propuesta parlamentaria de que serían marcados como al ganado, encarcelación de familias enteras por pequeños hurtos, creación de guetos romanís. Después de cincuenta años de guerra.

¡Dios mío, el mundo se ha vuelto loco!

Y Renata con él, poniéndome nervioso sin necesidad. Hasta ahora éramos una pareja muy bien coordinada. ¿Qué le habrá pasado?

Cerré el libro y lo devolví en el mostrador. Fue una pérdida de tiempo. Simplemente no sabía qué hacer.

Cuando regresamos a casa tuvimos nuestra reunión, como la llamaba Renata. Aún vestidos con la ropa de trabajar. A lo más, aflojé mi corbata y desabotoné mi chaqueta. Renata permanecía con su vestido y sus zapatos de tacón alto. Los tacones dejan marcas en el linóleo finlandés que desaparecen después de dos horas. No le gustan los zapatos sin cordones.

—No luzco bien así, —dijo con aire de disculpa.

—Como quieras, —contesté. Puedo esperar. Sé que más tarde o más temprano ella aceptará mis argumentos.

Entonces evaluamos todo lo ocurrido ese día en el trabajo. Suelo ser yo el que habla sobre sus métodos de trabajo. Tengo más experiencia.

Luego Renata me recibió vestida con mi vieja camisa de rayas, sus muslos al descubierto. Me percaté con alivio de que no había ido a trabajar.

Ella nunca, repito, nunca, se ha comportado tan informalmente. Sus muslos me excitaban, debo admitirlo. A pesar de ser tan delgada, tiene unas extremidades bellísimas, como las de una muñeca.

Ella notó mi excitación y levantó su barbilla, esperando un beso.

—Hueles a vodka, —le dije.

—Y tú hueles a cabra vieja —contestó irracionalmente.

No dije nada.

Había café en la mesa, como siempre. Pero en lugar de las usuales tazas blancas con una raya azul en las que tomamos el café por las tardes, me quedé mirando aturdido dos tazones con un espantoso dibujo de un brontosaurio y las palabras Zum Glück. Debieron haber sido compradas por la madre de Renata que tiene un marcado apetito plebeyo por todo lo kitsch. Se lo he dicho a Renata en varias ocasiones. Particularmente, en una Navidad, hace ocho años, cuando nos regaló una espantosa lámpara de mesa, hecha con una cazuela plástica de cocina llena de agua, con un par de flores artificiales sobre la superficie. La bombilla de luz estaba sujeta a un moldeado, en el fondo de la cazuela.

—El viejo Polášek las hace —declaró—. Te compraré otra con tulipanes cuando me paguen la pensión.

Ambas parecían muy satisfechas. Renata recibe cualquier regalo, no importa cuán absurdo, con un regocijo casi infantil.

Me ahorré los comentarios sobre la violación de las regulaciones para los aparatos eléctricos —si es que ese horrible objeto, sin considerar su aspecto poco atractivo, puede llamarse aparato —hasta después del almuerzo festivo.

No quería café. Incluso no tenía hambre. Esto era inusual. He acostumbrado a mi cuerpo a un régimen regular.

—Vamos a morir con esa disciplina tuya —me decía Renata. De un tiempo acá, cada vez más frecuentemente.

Luego se sentó en la silla con las piernas ligeramente abiertas, llevando el tazón a sus labios. Yo miraba con asco el grabado del brontosaurio. Renata sonreía burlonamente. Observé que faltaba la diéresis sobre la ü de la palabra Glück. Renata no bebía. Metía la nariz en el tazón y hacía burbujas de aire.

—Es gracioso. ¿Quieres probar? —dijo sin parar de hacer burbujas.

Yo estaba callado.

Pasado un tiempo se cansó de hacerlo y sacó la nariz del tazón. La tenía color marrón grisáceo, al igual que la parte de abajo de su rostro. El café se escurrió por detrás del cuello de la camisa.

—Te limpiaré, —le dije acercándome a ella.

—¿Verdad? —sonrió nuevamente de forma burlona. Pero esta vez la burla era del tipo vulnerable que yo conocía bien.

Limpié su rostro con el borde de la camisa. Por debajo, ella llevaba puestas unas bragas con lazos rojos. No la recordaba nunca vistiendo ropa interior coloreada. Presionó su cara a mi cuerpo, limpiándose el resto del café en mi chaqueta de lana gris clara y dejando dos visibles manchas. Observé también que su pelo estaba más oscuro que de costumbre.

Yo no paraba de preguntarme sobre esas bragas rojas.

No nos tocaba hacer el amor hasta el jueves. Hoy era martes. Eso me desconcentró.

Nos despertamos tarde por la noche. La ropa estaba desparramada alrededor de la mesa de la cocina. Me bebí el café frío. Renata terminó un sándwich.

—No sé qué hacer con esto —le dije—. No me siento bien, ¿qué pasó con nuestro régimen regular y todo lo demás?

—Estoy segura de que hay una forma, —rió.

—No sé cómo lidiar con esto, —quise gritarle.

Ella vino hacia mí y limpió nuevamente su cara con mi camisa.

Anna Zonová nació en 1962 en Nižní Komárnik en Eslovaquia, de familia rutena. Creció en Sudetes de Moravia y vive actualmente en Moravský Beroun, al noreste de la República Checa, donde es conservadora en una galería de arte. Su novela Za trest a za odměnu (En retribución y recompensa, 2004) bosqueja el destino de dos familias del siglo veinte de Sudetes.