Las olas violetas se encrespan bajo el cielo carmesí. Adopto mi forma delfínida y me sumerjo. Cruzo y ahuyento los bancos de asustados peces junto a la superficie. A los pocos metros la oscuridad es casi absoluta, pero tengo mi faro iluminándome ahí abajo en las profundidades: la ciclópea R'lyeh, el mítico hogar de Cthulhu y sus dioses hermanos, brilla con su resplandor dorado-esmeralda; ningún pez o monstruo marino se acerca a ese santuario del horror y del mal. Pero yo sí. Yo sí.

—Faltan sesenta segundos para la desconexión automática —dice una voz en mi cabeza. La ignoro.

La ciudad está cada vez más cerca. Agito con fuerza la cola para impulsarme. Las ominosas torres brillan centelleantes, como grandes joyas malsanas. Seres incognoscibles pululan entre ellas.

—Faltan treinta segundos para la desconexión automática —dice la voz.

Estoy ya sobre la ciudad. Los seres que pululan por ella y alrededor de ella se arremolinan. Parece que quieren atacarme. Estoy preparado.

Y, de pronto, ahí está: Cthulhu. ¡Ha despertado, sin duda ante mi presencia! Su cuerpo gelatinoso brilla obsceno, sus innumerables tentáculos se agitan en las aguas. ¡Es enorme!

—Faltan quince segundos para la desconexión automática —dice la voz.

Avanzo impetuosamente hacia él. Estoy preparado para la lucha.

—Desconexión inmediata —dice la voz.

Sonrío. Esta vez no, me digo sin aminorar la marcha. Esta vez te he vencido. No vas a desconectarme. Me costó mucho dinero el inhibidor de desconexión automática de la realidad virtual, pero esta vez la «vuelta automática» no va a actuar sobre mí. No voy a volver. No regresaré a ese otro mundo frío y gris y compartimentado donde millones y millones de seres humanos morimos en vida. Éste es mi mundo.

—Desconexión —dice fríamente la voz. Oigo como un chasquido dentro de mi cabeza, pero todo sigue igual a mí alrededor. Mi sonrisa se hace más amplia. He vencido.

Éste es mi mundo, me repito a mí mismo.

Allá abajo, Cthulhu tiende amenazador sus tentáculos hacia mí. La lucha puede ser épica, y nada ni nadie podrá ya interrumpirla. Con un enérgico movimiento de mi cola delfínida, sintiéndome invencible, me lanzo exultante hacia su gran ojo y el horrible pico de su boca.