Hace frío, respirar es llenar los pulmones de diminutas agujas de hielo. Alonso no lo advierte, tampoco parece notar cómo las correas de cuero, prietas a los hombros y la cintura, le muerden la carne hasta hacerle cardenales. Inspira todo lo hondo que puede, pero no es bastante, necesita absorber el cielo completo, esa límpida extensión de vacío que llega hasta la sierra, en el horizonte. Cuando ya no puede más, expulsa el aliento en densas nubes de vapor condensado. El peso del arnés le aplasta contra el trineo. Se remueve afianzando las manos en los agarraderos. A derecha e izquierda, la larga estructura de madera y tela tiembla y se agita; los tirantes de acero, el cuero y la tela estiradas sobre los armazones recuerdan, más que nunca, las alas de un pájaro desplumado, tiernas, expuestas, incapaces de volar.

Tensa la pierna y presiona el mando de profundidad. El cable, aceitado, circula en su cánula de latón y una parte de las complejas alas se curva en un movimiento natural, silencioso. Prosigue probando los tres ejes de mando: profundidad, con los pies; alabeo con las manos, desplazando las guías adelante o atrás; de guiñada moviendo la cadera de derecha a izquierda. Todo se desplaza suave, engrasado, sin tropiezos.

Una ráfaga de aire helado le estremece. Traga saliva, no queda mucho ya. Alguien grita una orden, escucha los gruñidos de los cilindros empujados por las manivelas de inercia, se escuchan las primeras explosiones; penachos de humo negruzco manchan el tenue aire de amanecida. En los ojos, detrás de las gafas de aeronauta, solo le cabe un color, el azul, sin nubes, la perfección de una nada desafecta. Aquellos penachos negros, el ruido, lo estropean, le recuerdan que está allí para algo.

Antes de que pueda completar su regreso a la realidad, antes de que pueda recuperar los nervios que no le habían dejado dormir en toda la noche, hay otra orden, los motores gimen, los cables de arrastre se tensan, zumban, resbalan sobre los soportes haciéndolos humear; siente el tirón, el trineo avanza sobre la cuna de lanzamiento, una estructura de madera que sostiene una larga curva hecha con rieles de acero. El trineo gana velocidad, el ala izquierda cae, sin pensarlo la mano derecha se tensa, el ala se torsiona, el desequilibrio se ajusta. La cuna se termina, un topetazo imprevisto y el trineo queda atrás. El arnés deja de pesar, ahora tira de él hacia arriba. Apenas se puede sobreponer a la sensación, el aire sopla robándole todo el calor, rugiendo en los oídos. Tiene los ojos muy abiertos, el corazón acelerado, los pulmones hinchados, llenos de ese aire delicioso y frio como un vino de bodega en pleno agosto.

El arnés se eleva sin intervención de su voluntad deslizándose en el aire. No toca los mandos, la inercia del despegue le sigue impulsando, gana altura perdiendo velocidad hasta que se detiene, se silencia el grito del viento en la cara, el flameo de las telas. A cien metros bajo él, hay un campo lleno de charcos helados, que reflejan el sol como si fueran espejos. Está detenido en medio del cielo, allí le gustaría quedarse, en ese segundo eterno, detenido en mitad de un cielo tan azul, limpio como el corazón de un diamante.

—Alonso de Quijorna.

—¡Presente, señor!

—¿Jura servicio leal y firme hasta la última gota de sangre en el Real Cuerpo de Caballeros Aéreos, al servicio de la su majestad, del imperio y de Dios?

—Juro.

—Acérquese y tome sus armas.

El aire de primavera está lleno de sabores y olores. La banda se ha detenido, las fanfarrias han muerto dentro de los metales brillantes al sol. Aún quedan ecos de la voz de mando del general de la infantería real, tiene que moverse, avanzar hacia el estrado. Traga saliva y camina con pasos medidos sobre la grava del patio. Lo miran muchos pares de ojos: la banda, el regimiento de alabarderos reales y el público —negro por los trajes de gala de los hombres, multicolor por los trajes y sombrillas de las mujeres—. El general espera de pie detrás de una mesa vestida con fieltro rojo. No se oye una mosca, tan solo el rumor de los castaños de indias sacudiéndose levemente.

Al acercarse contempla el brillo oscuro, casi malsano, del revólver, y el plateado del sable desnudo. Antes de que pueda volver a pensar en nada, las manos han aferrado el Villegas y, en dos movimiento cortos y secos, lo han guardado en la funda. Toma el sable y lo sujeta con la mano, recto, en continuación del brazo y apuntando al suelo. Ejecuta el saludo, el acero hiende el aire. Gira sobre los talones y emprende el camino de vuelta a la formación. Ya antes de que retorne a su posición, el general está nombrando a otro. Gonzalo de Sevilla, ¿jura servicios?… No lo escucha. El tabardillo de tela gruesa e hilado en oro, le pesa sobre los hombros. Suda bajo la camisa de encaje, el uniforme de gala es incómodo. Y ahora ¿qué? Ya tiene el sable y el Villegas, símbolo de su graduación en la academia del aire. ¿Debería sentir la herencia de sangre militar removiéndosele dentro de las venas, la llamada del abuelo que luchó en los conflictos de Madrid contra la turba anarcolista, o el grito de guerra del bisabuelo, muerto en tierra de herejes más allá de Francia? No, simplemente se aburre de escuchar el monótono sonsonete de los nombramientos, tan solo punteado por el rumor de las correas ajustándose o el zumbido de algún insecto cruzando el aire. Servicio leal y firme, ¿hasta la última…? Un pájaro, un gorrión joven, cruza el cielo sobre la formación de caballeros. Le recuerda algo muy lejano, lo sigue con la vista. Vuela mal, desparejo, pero aún así, mucho mejor que cualquier aparato que pueda ingeniar el hombre. No está ya allí, firme en la formación, aguantando con el sombrero emplumado el sol de justicia que cae sobre el patio de armas; vuela con el ave, lejos del suelo, lejos de su nombre, de su herencia, de todo.

Se han parado uno frente al otro, en el patio del colegio, y se miran. Benjumeda es un extremeño delgado y fibroso, de mirada empecinada. Alonso, también delgado, pero menos musculoso, más alto.

No es ya la pelea de los niños, que caen al suelo y se zarandean mientras los demás gritan. Tienen catorce años, corre la sangre de los cortes que se han hecho y mancha las camisas del colegio. No puede haber duelos en aquellos que aún no llevan ni espada ni revólver, pero quedan los cinturones de cuero duro y ancho, terminados en gruesas hebillas de metal. Son suficientes para matar a alguien y Alonso lo sabe.

Es Febrero, ambos sudan, los alientos flotan como nubecillas efímeras en el aire helado.

Benjumeda parece que se va a erguir para respirar mejor, pero no, es una finta. Lanza el cinturón tras un giro de medio lado, el cuero silba buscando la sien, Alonso se agacha y la hebilla tan solo le roza el pelo. Lanza el brazo, el cinturón, viaja bajo, no yerra y se le enreda a Benjumeda en la pantorrilla. Tira de él y logra derribarlo, Benjumeda da con la espalda en el adoquinado, el aire se le sale de los pulmones de golpe, en un enorme quejido. Los padrinos se acercan, advierten los de Alonso. Benjumeda respira con los ojos cerrados, no se mueve. El brazo de la correa está laxo, pero Alonso no se fía, rodea el cuerpo caído, pisa la punta del cinturón y luego, ya sin precaución, se arrodilla a su lado. Tiene un pómulo hinchado y cortes en la sien.

—¿Benjumeda?

—Vete a la mierda, Alonso. Tú siempre lo tienes que hacer todo bien.

Alonso se encoge de hombros y sonríe. Benjumeda lo mira desde el suelo, también sonríe y se incorpora, lo ayuda, ambos resbalan, parece que van a caer, Alonso detiene con un gesto de la mano a todos los que se aproximan. Renqueando, sujetándose uno al otro, se alejan ambos del lugar de la lucha, camino de las habitaciones.

—¿De verdad que tu padre fabrica los arneses de vuelo?

—Sí, pero el genio de la familia es mi abuelo, él los inventó.

—Yo creía que habían sido cosa de los turcos, que los usaron para quitarnos Túnez.

—¡Bah!, menuda tontería, lo que ellos usaron fueron derviches cometeros, cometas con cestas. Los arneses son mejores, no necesitan a nadie en el suelo.

Alonso se calló, temía volver a meter la pata. Al fondo del salón su madre departía con varias mujeres. A ellos dos les habían servido en una mesa a parte, cerca de la ventana. Al fondo, de un enorme mueble de madera oscura, lleno a rebosar de engranajes, fuelles y cuerdas tensas, surgía una lenta melodía.

Mientras la invitada se servía té, Alonso volvió a mirarla. Tenía la tez morena, el pelo muy negro, sujeto por un pasador de plata, largas pestañas, una frente redonda y grande. Su familia no había frecuentado a moriscos. Aún le resultaba curioso verlos de lejos, con sus largas chilabas hasta el suelo, normalmente de colores claros. Shayla no llevaba el tradicional pañuelo cubriéndola los cabellos; su madre, sentada unos metros más allá, sí tenía la cabeza cubierta.

—¿Tú padre va a invertir en los arneses del mío?

—No lo sé, a mi no me consulta esas cosas.

Shayla volvió a beber el té moruno que, en su honor y en el de su madre, habían preparado aquella tarde. Tocó el vaso, estaba muy caliente, tanto que apenas podía sujetar el cristal, y ella se lo estaba ya bebiendo. Hizo acopio de valor, tomó el vaso e intentó llevárselo a los labios. Se quemó con el borde, pero aguantó. El líquido, al contrario que su contenedor, estaba templado. Olía a hierbabuena, azúcar moreno y, al fondo, se paladeaba un amargor vegetal, como de hierba mordida en primavera.

—¿Dónde estudiarás el bachillerato?

—No lo sé, supongo que en el colegio de Atocha.

—A mi me gustaría entrar en la academia del aire.

—No admiten mujeres, creo.

—Ya, por eso me gustaría entrar. Me moriría por poder volar con los arneses de combate.

Alonso nota enrojecer la punta de las orejas, ella coge de nuevo el vaso y se ríe de él desde detrás del cristal del vaso.

—Creo que no son aún más que un cuerpo experimental, muchos dicen que no tienen futuro.

—Nunca has probado uno ¿verdad?

Alonso no dijo nada. Entre los jóvenes de la buena sociedad había una nueva moda: volar. Lo sabía, pero nunca, hasta ese momento, se había planteado unirse a la moda. Su padre se lo prohibiría, su madre le coaccionaría para que no lo hiciera.

—No, nunca los he probado, pero eso se puede cambiar fácilmente.

Cuando entró, tambaleándose, en la pequeña buhardilla de la plaza de la paja, tenía el sable y la funda del villegas en la mano. Shayla los tomó despacio y los colocó, casi con reverencia, en el tablero repleto de libros y resmas escritas, dónde estudiaba. El aire de madrugada era fresco, entraba por la ventana de la mansarda y arrastraba tufo de cocido, olor a meada de gato y a hollín. Solo una pequeña bombilla iluminaba aquel espacio diminuto bajo el tejado inclinado. Ella, tras dejar reposar las armas sobre los libros abiertos, apagó la bombilla. Descubrió Alonso que, afuera en el cielo, brillaba la luna.

No había más distancia de un par de metros entre la mesa, cerca de la pared, y la cama, en el rincón más bajo de la vivienda. Sin luz, sin referencias, tan solo con el engañoso brillo lunar entrando por la ventana abierta, el espacio se ampliaba. No había techo, no había muros, tan solo negrura y perfiles afilados, campos de contrastes, cosechas de siluetas. Shayla se quitó la camisola, luego desató el corpiño y lo dejó caer al suelo. Alonso había bebido en una taberna tras otra; creyó que, de pronto, todo el alcohol ingerido le había subido a la base del cráneo, hinchándola, bombeando a punto de explotar. Se mareaba, manoteó hasta que encontró una viga dónde apoyarse. La morisca desnuda se había convertido en una colección de guadañas lunares que le miraban, esperando. Muy alto, volando en medio de la noche, sin referencias, se soltó de su amarre y picó vertiginosamente hacia sus labios, una barrena que se estrelló en la humedad salvaje de su boca. La sintió en silencio, a obscuras, con las manos, que subían y bajaban las dunas de aquel desierto nocturno, perdiéndose en la tersura de los pechos enhiestos, en las suaves curvas de las caderas. La piel la olía a aceite nuevo, a hierbabuena; de pronto no había alcohol, no había celebración, todo se había ido con la luz, solo quedaba piel, manos, labios, dientes ebrios de pasión, suspiros como disparos en una tensa noche de escaramuzas. Rodaron sobre la cama, se golpeó contra una viga, el dolor, el placer, brazos, piernas, ojos, labios, la humedad, el vello enraizado, todo giraba, se mezclaba y resolvía en una marea final, un vaivén primordial al que se aferraban los dos, que los transportaba a un lugar al que siempre habían querido ir, nunca habían visitado y, posiblemente jamás regresasen.

Ardía carbón en un brasero y aún así no era bastante para calentar la tienda, el aire del desierto se había enfriado mucho con la llegada de la noche. Alonso se arrebujó en la manta de lana zamorana.

—No lo entiendo. Después de lo que ocurrió… Yo la hubiera matado, y a él también. Nunca me han gustado los franceses.

Alonso, sentado sobre una alfombra raída, bebía orujo traído de la península. Torció la cabeza un poco, lo suficiente como para mirar al comandante Franco, parado de espaldas en la puerta de la tienda, al parecer insensible al frio: una cicatriz le partía la mejilla y ascendía hasta la ceja, todo ese lado de la cara permanecía inexpresivo. Decían que, durante una de las muchas campañas contra los insurgentes bereberes, había caído un obús en medio del estado mayor matando a un general, a tres coroneles, y a varios oficiales más. A Franco le había dejado mal herido, lleno de cicatrices, de las cuales la de la cara no era la peor.

Alonso dejó el vaso vacío sobre la bandeja, al lado de una tetera de plata y los vasos de cristal ornamentado con hilo de cobre en los que habían bebido el té del desierto. Un poco más allá humeaba un narguile cargado de hashis. El comandante se sentó a su lado en silencio, se sirvió y bebió el orujo de un solo golpe. Era un hombre pequeño, medio calvo, con tendencia a la obesidad; sin embargo en el fondo de los ojos le brillaba una locura que pocos habían visto desatada pero que había llenado muchas portadas de periódicos en Madrid.

Franco tomó el narguile y aspiró. Los carbones se iluminaron, el agua burbujeó, la mirada fanática perdió sus aristas, se volvió lejana, confundida de bruma. Solo entonces Alonso pudo imaginárselo sentado en una mesa camilla en Burgos, junto a su hermano, notario de la capital de provincia, y su cuñada, Carmencita, aquella pareja de plácidos burgueses que siempre mencionaba a poco que surgiese la nostalgia del hogar. Entreverados en el humo del narguile, se los imaginó tomando chocolate con picatostes en la vicaria, tras la misa, charlando hasta la hora de la cena de temas píos con el párroco, al compás de algún invisible reloj de vaivenes lentos y pesados. Era y no era el mismo hombre que dirigía la brigada de asalto aéreo dónde servía, temido entre los moros por ser un reconocido demonio capaz de beberse la sangre de los muertos.

—Saldré mañana, quiero cubrir un cuadrante por día.

—Ahora la cosa está tranquila, pero si caes no vamos a poder ir a buscarte.

Franco hablaba despacio y lo miraba.

—Sí, lo sé.

Alonso se sintió como si acabara de pronunciar su propia sentencia de muerte.

La casa estaba en el norte de Madrid, cerca de lo que había sido la villa de Barajas, justo en el límite de la ciudad. Más allá la ciudad moría en carreteras, campos y varias grandes industrias de manufacturas y alimentación que se iban espaciando hasta abrirse a grandes extensiones de campos cultivados. Las chimeneas de algunas de esas fábricas se veían sobresalir del horizonte, tras el muro encalado de la propiedad. Soplaba un viento fresco y el suelo estaba mojado. Los sarmientos del emparrado que cubría el patio, desprovistos de hojas, parecían llenar de grietas un cielo encapotado, gris como el alma del mundo.

—Dame.

—Toma.

—Tsch, gírate, que nos van a ver desde dentro.

—Shayla, ¿no deberían aceptar en tu casa que fumes?

—¿Estás idiota? Bastante hacen dejándome ir a la universidad.

Alonso se volvió tal y como le había dicho Shayla, y chupó el cigarro de cáñamo. El humo le llenó los pulmones, ahuyentando la humedad y el fresco de aquel noviembre lluvioso y frio. El viento soplaba muy alto, desgajando con rapidez las nubes. Grandes claros de un azul intenso comenzaron dibujar un puzle de color en la grisura del cielo. El sol, no muy alto en aquella hora de la tarde, aparecía y desaparecía manchando de oro nubes cada vez más deshilachadas.

Ninguno de los dos dijo nada, tan solo se pasaban el cigarro de hierba, fumaban apretados los costados, las manos libres unidas, apoyados en el pretil de la verja que separaba el patio emparrado del jardín.

A Alonso le sorprendió escuchar un grito a lo lejos, algo parecido a un canto, pero más monótono, frases cortas repetidas una y otra vez. Tardó unos segundos en comprender que era la llamada a la oración del almuédano.

—¿No tienes que ir a rezar?

—¿Tú me has visto alguna vez dejar de comer, de hablar contigo o de follar por ir a rezar?

—Creía, supuse…

—No supongas tanto. No todos los musulmanes somos unos mojigatos obsesionados con la mezquita. En mi casa son bastante liberales en eso. Mi madre y mi hermano mayor si estarán rezando, pero ni mi padre ni mi hermana pequeña se agachan en la esterilla tan a menudo como mandan los preceptos.

—En mi casa discutía siempre con mi padre por la misa de los Domingos. Odio ir a la iglesia a fingir arrepentimiento, a lucir galas, a decir estupideces corteses.

Shayla no dijo nada, tan solo lo arrastró, agarrándolo del brazo, a un corto paseo por el jardín. El suelo era de grava suelta, había parterres, una pequeña huerta, arboles frutales, una acequia. Alonso se dejó llevar en silencio y se sorprendió cuando, tras torcer un recodo del camino y caminar detrás de una pequeña caseta, Shayla le besó con una pasión que le dejó sin aliento.

—¡Shayla, nos van a ver desde la casa!

Ella se detuvo jadeando.

—No en este rincón.

Alonso se dejó empujar contra los adobes terrosos de la caseta. Las manos de Shayla, delgadas e implacables, le desabrocharon los corchetes del pantalón. Sin que apenas pudiera hacer nada, capturó su miembro, vibrante, tenso hasta lo imposible. Se echó encima de él arrebujándose la falda con la izquierda y dirigiendo la maniobra con la derecha. Entró en ella deslizándose, con una maravillosa sensación de facilidad. No había mejor lugar en el mundo para sus jadeos combinados, para los empujones de ella contra la pared, que le estaban lastimando la cabeza contra los ladrillos. Alonso miraba el muro, una blanca franja de cal, y sobre él, un cielo en el que casi habían desaparecido las nubes, de un azul límpido, libre de contaminación. El azul lo llenó todo, le inundó los ojos, se le metió en las venas, le abrió la carne en relámpagos de azul eléctrico, le hinchó en una espiral de placer creciente y se le reventó en el centro de su pelvis en una explosión de placer que saltó el arco de piel y fluidos que le separaba de Shayla y los empapó a los dos en un orgasmo que casi los derriba al suelo.

Tardaron un largo minuto en recuperar el resuello, apoyados contra la pared, abrazados uno contra el otro.

—Sigamos… con el paseo. —Shayla se recompuso las faldas, se recolocó el pañuelo que le ceñía el pelo—. Ahora no te pongas colorado si mi hermana hace bromas respecto a besos contra tapias del jardín, y si mi padre o mi hermano te miran raro.

—Besos contra tapias… ¿has hecho esto otras veces?

Shayla contestó con una sonrisa silenciosa, en absoluto culpable.

Era Alonso quién conducía el autocoche de su padre, Shayla le dirigía por cruces sin indicaciones y pueblos en ruinas de la sierra norte de Madrid. Acababan de dejar atrás la una aldea sin nombre, de la que no quedaban sino montones de piedras y vigas podridas, y traqueteaban por un camino lleno de baches en dirección al nevero de Lozoya, un claro en lo alto de la ladera de un monte.

—¿Todos los pueblos están así por aquí?

—Sus habitantes murieron de unas pestes a principios de siglo. Nunca se repoblaron.

—¿Vienes mucho por aquí?

—Todos los fines de semana.

Arriesgó una mirada. Shayla, sentada en el asiento del copiloto, parecía otra. Se había quitado el pañuelo que, cuando estaba junto a su familia, le ocultaba el pelo. Largas ondas de cabello ensortijado le caían sobre los hombros. Tenía la frente despejada, amplia, los labios gruesos, relajados, y una mirada de ojos oscuros que se comía los rayos del sol, el paisaje y las masas de pinos que casi cerraban el camino a su paso.

—¡Cuidado!

Alonso maniobró para esquivar una roca y volver al centro del camino. Miró por el retrovisor. En la parte de atrás del autocoche, sobresalía, pintado en rojo y azul, la ligera estructura del arnés de vuelo de Shayla.

—¿Dónde miras cuando conduces?

Alonso no movió la cabeza, ni siquiera contestó, pendiente de nuevo de la carretera, que empeoraba por momentos. Por el rabillo del ojo la vio sonreír y mirarle de ese modo que le ponía tan nervioso. Aceleró a pesar de que las rodadas, los socavones y los charcos habían convertido el camino en una senda irregular y peligrosa. El coche, un gomeznarro de tracción a las cuatro ruedas, tenía capacidad para superar aquel camino y otros mucho peores; el motor écija de cuatro cilindros rugió por encima del ruido de las ruedas machacando piedras, y avanzaron creando pequeñas avalanchas de tierra que se derramaba por los bordes del camino.

Llegaron cuando ya Alonso se había hecho con la el coche y comenzaba a divertirse. Era media mañana, el bosque se abría a un pequeño claro rocoso rodeado de pinos. La llanura se cortaba en un espolón de granito y más allá se abría el valle del Lozoya. Al fondo, la montaña de Peñalara llenaba el paisaje de sus laderas azuladas, consteladas de neveros y canchales.

—Esto se llama Peñaportillo.

Alonso se bajó del autocoche casi sin mirar dónde pisaba, un poco abrumado por la montaña, deslumbrante al aire de la mañana. Había aparcado, sin verlos, al lado de un camión pequeño y un triciclo deportivo. Shayla se había bajado del vehículo. Sin esperarle, avanzaba hacia el precipicio. Al borde mismo del espolón había gente. Shayla llegó y comenzó a saludar a todo el mundo. Se miró, llevaba puesta una gorguerilla ligera, pantalones y juboncillo formales, de terciopelo negro. Se sintió súbitamente mal. Deseo haberse puesto unos pantalones de trabajo, de cuero desgastado, cortos en la pantorrilla, iguales a los que llevaba puestos Shayla, similares a los que se estaban poniendo de moda entre los jóvenes de Madrid.

Se quitó la gorguerilla y la arrugó en un bolsillo. Mientras avanzaba hacia Shayla y sus amigos, deliberadamente se manchó un poco el terciopelo del pantalón, restregó contra los musgos de las piedras y la hierba húmeda, los botines cortos y las medias. Tirado en el suelo, observó material variado: telas, rollos de cuerda, cables, un par de arneses de vuelo a medio montar.

Llegó al espolón y nadie pareció darse cuenta de su presencia, todos miraban como uno de ellos se acercaba al precipicio. Se vestía con un mono de cuero marrón acolchado en hombros, rodillas y codos. Sujeto al mono por correajes, un complejo yugo de madera daba soporte a unas enormes alas de más de cuatro metros de envergadura, un arnés de vuelo al completo. Las enormes alas, curvadas, construidas con largueros de acero hueco, madera de boj, fresno y caoba, y tensa tela encolada, temblaban y vibraban con cada paso.

El aeronauta se detuvo a un paso del precipicio. A Alonso se le formó un nudo en la tráquea. Miró a la morisca, Shayla lo contemplaba con la misma mirada indescifrable que a Alonso lo ponía tan nervioso.

El hombre-pájaro se decidió, dio una corta carrera y saltó al precipicio. Desapareció sin dejar rastro. Nada se movía. El sol iluminaba el aire hasta hincharlo de luz. Ni una nube, ni un pájaro perturbaba la claridad azul del cielo. Alonso sabía que no se había suicidado, que volaría, pero aún así miraba el reborde de piedra con horror.

Volvió la vista hacia la morisca, no había miedo en sus ojos. Se olvidó del aeronauta, Shayla relucía como iluminada por algún extraño fuego interior. Abrió la boca, levantó la barbilla en una expresión de éxtasis que solo la volvería ver cuando hicieran el amor, mucho después de aquel día, levantó la mano para señalar, abrió la boca y el grito rodó libre en el cielo, muy parecido al graznido de un águila surcando las cumbres.

—¡Mira!

Giró la cabeza a regañadientes. El hombre con el arnés remontaba en el claro aire de la mañana. Había colocado los pies en el mando trasero y colgaba enteramente de la estructura. Giraba y se retorcía en el aire siguiendo una espiral ascendente. Escuchó el sonido tenue, lejano, un susurro tan solo. El hombre-pájaro se cernía sobre ellos, ganando altura. Todos levantaron la cabeza para no perderlo de vista. Bruscamente, el aeronauta rompió un giro y picó hacia ellos. El susurro se convirtió en el rugido del viento arañando la superficie de aquellas frágiles alas artificiales. Volaba rápido, recto hacia ellos. Alonso reaccionó sin pensar, se abalanzó sobre Shayla para evitar que el aeronauta la golpeara. Ambos cayeron al suelo y las alas artificiales pasaron muchos metros por encima de ellos. El suelo estaba duro, húmedo de rocío; había caído sobre Shayla, que reía sin poder contenerse. Alguien les ayudó a levantarse.

—¿Estás bien?

—Sí… gracias.

—Lo siento, me he asustado.

—No te preocupes, Jaime es siempre así.

Shayla no dejaba de reír, se había manchado de barro los pantalones y el juboncillo pero no parecía importarle. Cuando pudo contener la risa le puso una mano en el hombro.

—Parecía que te atacaban los mismísimos derviches…

Todos rieron, Alonso un poco obligado por las circunstancias. Mientras, muy alto ya en el cielo, Jaime remontaba la ladera de Peñalara quizá buscando alcanzar el mismísimo sol.

Poco después fue Shayla la que se ciñó el mono de vuelo, de cuero muy desgastado. La ayudó, de forma bastante torpe, a sujetar los cables de mando, la polea en «y» que era la parte más importante del equipo de control.

Se quedo atrás en la preparación final del arnés, los amigos aeronautas de Shayla ajustaron los correajes, hicieron la comprobación final de la tensión en los mandos de manos y pies. Shayla le miró antes de despegar, luego se concentró brevemente, Alonso la observó, tenía los ojos cerrados, murmuraba quizá una oración a Alá. Se acercó un poco, no era una oración, recitaba las maniobras que iba a realizar nada más salir, elevación, giro hacia la garganta, tirón, giro hasta la peña, giro, tirón…

Apenas corrió, fue más un corto salto. Esta vez Alonso se asomó por el borde del precipicio. Las alas de Shayla caían equilibradas, hinchándose y curvándose con el aire del descenso, siguiendo la curva de la pendiente en sombras. Tragó saliva, si seguía aquella trayectoria se estrellaría contra la escorrentera al fondo del barranco. Pero no, al llegar a la zona soleada, Shayla se estiró, el sol iluminó la tela embreada haciéndola transparente, y Shayla se elevó sobre las rocas del fondo, subiendo muchos metros de golpe, hasta superar el promontorio desde dónde Alonso la veía evolucionar. Comprendió la maniobra, caían, acumulaban velocidad hasta topar con alguna corriente ascendente y comenzar a subir.

Shayla elaboraba giros cerrados, uno tras otro, luego elegía amplias trayectorias para encarar la montaña, siempre ascendiendo sobre los vientos de ladera. Muy pronto la perdió de vista entre las estribaciones de Peñalara. Alguien le prestó unos prismáticos militares. La localizó cerca de la cumbre, aumentando de altura en cada giro, sin desaprovechar ni una partícula de viento, rozando a veces los peñascos, casi detenida en lo alto de una torbellino, en otras ocasiones.

—Se arriesga mucho, pero solo así puede volar tan alto… y tan bien.

Jaime, el pelirrojo que le había asustado antes, había resultado ser un tipo afable, de sonrisa abierta y manifiesta habilidad por hacerse querer. Al rato de estar a su lado, Alonso había olvidado el incidente y no se sentía en absoluto un extraño en medio de aquel grupo de aeronautas aficionados.

Shayla voló una larga hora. Aterrizó cerca del mediodía, muerta de hambre, con la piel de la cara tan fría como un carámbano.

En grupo, riendo y corriendo más de lo debido en aquellos caminos de cabras, bajaron hasta Lozoya. Después de la comida, entre bromas, sacaron el libro de vuelo del club y anotaron en él nombres, tiempos y alturas. Alonso comprobó que todos los presentes, seis hombres y tres mujeres, habían volado y mucho.

Ya de vuelta, antes justo de dejarla en casa de sus padres, Shayla le preguntó por qué no se apuntaba a un cursillo y aprendía a volar. Alonso recordó mucho tiempo aquella conversación, el autocoche detenido, los labios de ella, húmedos y tentadores, esa mirada que le sacaba de sus casillas.

—Es peligroso y no creo que sirva para mucho.

Shayla salió del coche sin una sola palabra de despedida y caminó al portal de su casa. Ni se detuvo a mirar para atrás antes de entrar y cerrar la puerta tras ella.

El volatero retiembla contra el aire y avanza en medio de la penumbra del amanecer. Es una estructura de maderas ligeras y fuertes, cubiertas de tela embreada, tensa sobre los bastidores. Ya no piensa en ello, pero apenas se parece a los primeros arneses de combate, ligeros, de poca capacidad, sin motor, que habían dado nombre a la infantería aérea. La hélice gira detrás de él, movida por un pequeño motor de ciclo ligero, alimentado por bencina. Tan solo cinco años atrás las hélices no existían y ya se usaban para la guerra.

Los controles son los mismos que los de los arneses que ha pilotado anteriormente, salvando la diferencia de que ahora va sentado, no tumbado: hay un mando deslizadera de guiñada, otro de profundidad, uno más de cabeceo. Aún se asombra de que el manejo sea casi igual con la única diferencia de las reacciones más lentas, proporcionales a la mayor masa y envergadura del aparato. Mira por un momento la pequeña chapa de latón sobre el montante principal del ala derecha, el nombre de su familia y el de Shayla «Quijorna y Allobar» está grabado en ella.

Hace frio. Antes de que saliese el sol, mientras ultimaban los preparativos, a los mecánicos el aliento se les helaba en penachos de vapor que las hogueras de bencina iluminaban, mientras trajinaban apretando tirantes, cargando depósitos y engrasando los carriles de disparo de la Ortmaexea.

El sol brilla tenue aún. Abajo discurre un seco rio de piedras. La luz del amanecer alarga las sombras. A su derecha hay otro volatero, y a su izquierda, volando en formación, tres aparatos más, incluido el del comandante. Siguen un valle fluvial descendiendo desde las estribaciones sur del Atlas, cerca ya de los arenales infinitos del desierto. Los motores levantan ecos de las paredes del valle pero nadie, más allá de unas cuantas cabras, parece advertirles.

Repasa el mapa, de tela, cosido al antebrazo. En él, los geógrafos del ejército han dibujado con trazos sencillos y gruesos, los ríos, las montañas, los caminos, las principales poblaciones. Unos kilómetros más adelante el valle de aplana, se abre y comienza el erg, un abrasador desierto de piedras. Justo un poco antes, les espera el oasis de Ksour.

Llegan allí cuando el sol ya despunta en el horizonte, han calculado la hora al milímetro para atacar con el sol a la espalda, la norma básica del combate aéreo. Las montañas que definen el valle se desgastan y desparraman en geosinclinales rotos, desaparece la vegetación, masas de piedra desnuda, tallada por el viento, despuntan aquí y allá. Al fondo, más al sur, la tierra se vuelve marrón intenso, abrasada por el sol. Las palmeras y acacias del oasis son un manchón verde, el último color antes del desierto.

El comandante gira hacia el sol y todos lo siguen. Avanzan unos minutos en esa dirección, alejándose de Ksour. Ya han tenido que oírlos. Giran otra vez, buscando el oeste. El comandante ha alzado el banderín rojo, la formación se abre. Alonso acciona el seguro de la Ortmaexea. La misma palanca que libera el gatillo hace que el primero de los cuatro rollos de balas que se almacenan, uno encima del otro, en las guías de munición, baje y se cale en el mecanismo de disparo.

Con los motores no hay silencio, se ha desechado la estrategia de caer sobre el enemigo sin que vea ni oiga. Solo se pica, se aumenta la velocidad, y se centra la mira en las almenas de adobe de la pequeña fortaleza. Escucha los disparos de los otros una fracción de segundo antes de que accione el gatillo él mismo. La ametralladora es un tubo que brama y despide calor y humo, hace temblar el aparato, la vibración apenas le deja ver. Aprieta los dientes y sigue disparando en intervalos de, como mucho, diez disparos, hasta que casi tiene encima las murallas de adobe, las tiendas, la confusa algarabía de gritos, humo y polvo en que se ha convertido Ksour.

Aumenta la potencia del motor y siente como el volatero se eleva sin demasiada alegría. Escucha silbar balas de fusil, responden al fuego, mientras se aleja. Si solo son eso, fusiles se sentiría aliviado. Son rebeldes bereberes, valientes pero mal armados y peor entrenados. Pero Alonso y los otros saben que se ha visto hombres de bigotes recortados, algún caftán rojo sangre y camiones mamelucos en caravana por el desierto.

Gira a la derecha estableciendo el circuito y se aleja volando por debajo del nivel más alto de las palmeras, usándolas como escudo para protegerse. En medio del ancho valle, vuelve a encarar hacia el oasis, tomando altura contra el brillo del sol. Lo ve en ese momento, un reflejo remoto sobre su hombro izquierdo, luego, de inmediato, el aire se llena de metralla volando a su alrededor como pequeñas avispas asesinas. Una bala perfora la tela del timón. A su derecha, de uno de los aparatos, surge una nube de astillas de madera y pedazos de tela. Con el ala destruida, el volatero gira, entra en barrena y cae, el motor quemando aceite en una larga estela negra.

No puede reaccionar nada más que tensando la pierna y mano derecha hasta el fondo. El volatero se encabrita, se retuerce pero obedece, bascula a la derecha y pica. Junta los pies y guiña aún más, el suelo se acerca a toda velocidad. Remonta a menos de cinco metros de estrellarse contra las rocas. No ve a nadie, hay un par de aparatos atacando el fuerte, detrás de las palmeras. Gira y sigue buscando. Lo ve de refilón, volando bajo contra el lado opuesto del oasis. Es un aparato color arena, biplano, de alas mucho más cortas que las suyas. Vuela muy rápido. La saliva se niega a ser tragada. Los rumores son ciertos, los turcos han traído sus temibles Buraq hasta el sur del Atlas. Comprende enseguida que están perdidos, no pueden permitirles volver, tienen un buraq, quizá más, y deben ocultarlo. De inmediato gira el aparato y se aleja del oasis. Al menos debe quedar un testigo, alguien que avise de que están interviniendo en una zona asignada tras la tregua de Arwi.

No mira atrás, el ruido del viento le impide escuchar nada. Pronto se aleja tanto que de nuevo vuela sobre la rala pero verde vegetación del valle. Ahora el sol, a su derecha, le molesta mucho. Gira la cabeza, no hay nadie persiguiéndole, vuelve a hacerlo un minuto después, hay una mota a lo lejos, se acerca, crece. Distingue la hélice girando, las alas cortas. Le va a alcanzar sin remedio. No tiene muchas posibilidades, los buraq son algo nuevo, un fantasma del que no se conoce mucho, tan solo que no hay nada en el aire capaz de oponérsele. Ningún plano, ningún dibujo ha llegado de él a occidente.

Alonso desciende, consciente en ese momento de la pesadez de los mandos. Si pilotara un arnés de combate individual, podría girar casi en redondo, meterse entre las rocas, burlar a su enemigo, planear en las corrientes ascendentes del amanecer y elevarse, de nuevo caer entra las peñas. Mira atrás, lo tiene casi encima. Mientras gira rodeando una estribación de la montaña, el Buraq cae del cielo sobre él; escucha silbar las balas, el sonido del motor turco, un zumbido frenético, poderosa. Lo sobrepasa a una velocidad pasmosa, lo ha visto. El buraq se aleja y gira para regresar. No entiende como puede volar tan rápido, recuperar altura de esa manera. La máquina no tiene la cola con el mismo diseño plano que la suya, de hecho solo está formada por una aleta como la de un pez. Se fija en que tiene un morro alargado del que sobresalen una ametralladora de color azulado y dos alas cortas. No se ven patines de aterrizaje, tan solo dos faldas cortas al final de unos tubos de las que desconoce su uso.

Podría dibujarlo con facilidad, si consigue sobrevivirle.

Alonso se esfuerza por sobre pasar la estribación que le ha protegido del ataque. Deja caer el aparato a un estrecho cañón, una sima rocosa que empareda una torrentera de fuerte pendiente. Fuerza el motor, se eleva esperando que no le haya visto meterse por allí, pero no tiene suerte. El buraq le sigue, avanza subiendo mucho más rápido que él, ambas aeronaves encajonadas entre piedra. Ahora no puede girar, se estrellaría, tampoco dispone de motor para intentar ascender más rápido, le va a cazar. La ametralladora brama, las balas se estrellan contra el suelo de piedra, justo delante de él.

Apenas lo piensa, se ha quedado sin opciones, hace lo único que puede hacer, lo único que el otro piloto jamás esperaría: de un tirón, apretando los dientes, quita el pasador al seguro de inclinación y baja las manos a tope. Las alas basculan sobre sus ejes de control, en el encastre, exponiéndose de plano contra el viento. Aquel mecanismo no está pensado para usarse en vuelo, tan solo para almacenar el aparato o para repararlo, de ahí el seguro. Para el volatero es como si chocase contra un muro de aire. La estructura cruje, tiembla, rechina, un tirante de acero se parte y silba en el latigazo de retroceso. Alonso es estrujado contra las correas, se queda sin respiración; la vista es tan solo una niebla roja. A ciegas, fuerza los brazos hacia así, las alas se resisten, quieren continuar en esa postura forzada, se partirán. El buraq pasa como un rayo sobre él, escucha el motor forzado al máximo, intentando elevarse para no chocar contra la pendiente ascendente. Alonso cae, apenas volaba a cien metros de altura. Tira de los cables de control con saña, el volatero se queda sin velocidad, las alas giran, recuperan su inclinación correcta y se bloquean de nuevo. El morro apunta al cielo y bascula, casi a punto de entrar en barrena. Fuerza la pierna izquierda, la torsión de la cola de control amenaza con partir la tela. Poco a poco, con una lentitud aterradora, el volatero encara la dirección del movimiento, la tierra está ya muy cerca, el aire sopla sobre las alas, vuelve a tener control, tira con fuerza y, con renuencia, pero obedeciendo al fin, el volatero eleva el morro. La montaña, inmensa parece ocupar todo el cielo.

Mucho más arriba, el buraq tiene problemas parecidos, el zumbido del motor es frenético. Se ha pasado de trepada, la montaña es muy alta y el aparato no es capaz de subir lo suficiente como para salir del cañón. Alonso ni lo intenta. Deja que el volatero pierda velocidad, con el morro muy arriba y luego lo gira con un brutal golpe de cola, una maniobra acrobática que nunca creía que iba a servirle para algo.

Desciende a toda la velocidad que le permite el motor y luego gira y sigue el valle hacia el norte, hacia la base, intentando volar pegado a los árboles, entre las quebradas y canchales. El buraq no le persigue, quizá no logró salir de aquel cañón infame.

Mirando continuamente detrás de él, pendiente de la velocidad, del motor, del combustible, no le queda mucho tiempo para pensar en sus compañeros. Aterriza deslizando sobre los patines, el motor ya apagado.

Como no se les esperaba tan pronto, no hay nadie en la pista, una polvorienta explanada de tierra. Se quita los correajes y baja del aparato. A derecha e izquierda tan solo hay tierra suelta, algunas tiendas, montones de barriles, la estructura de la torre de observación, agitada por el viento.

Mira al volatero, uno de los puntales del ala izquierda está casi partido, media hora más de vuelo y se habría arrancado junto con el ala.

Con las gafas en la mano se vuelve al sur, mira al cielo haciendo sombra con la mano, ningún volatero se acerca desde esa dirección. El aire sopla levantando viento, llenándole la boca de tierra. El cielo permanece vacío. Solo entonces comprende que no, que ninguno regresaría nunca.

La fiesta había sido larga. Seis años de estudio en la universidad también eran un tiempo muy, muy largo, lo merecían. Alonso caminaba despacio, pisando con cuidado sobre los adoquines de la calle de la madera. Era muy tarde o muy temprano, no hubiera sabido decirlo. Las farolas brillaban tenues, haciendo relucir una leve capa de rocío nocturno que abrillantaba los adoquines. Era a principios de Junio, pero ese año el frio aún no se había marchado y esa madrugada helaba. Se arrebujó en la capa. Solo entonces notó que había perdido la gorguerilla, esa estúpida gorguerilla que había tenido que ponerse para la entrega de Licencios.

La vejiga le venía molestando desde muy atrás, se arrimó a un rincón y orinó contra la pared. No solo había perdido la gorguerilla, también a Shayla en medio de la vorágine, de los cuerpos entregados al baile y el estruendo de la música. Recordaba nítidamente la primera parte de la noche. Sonrió estúpidamente volviendo a verla reluciente, vestida de damasquino y granate, los cabellos casi sueltos, solo sujetos por un mínimo tul shador. Los padres estaban justo delante de él, en la primera fila. Por un momento, mientras sonaban las cuerdas de los mitrolaudes rituales y los licencios cum laude subían las escaleras del gran atrio del palacio del teatrón, creyó que la madre de Shayla se iba a desmayar, transida de la emoción. Con algunos tambaleos, aguantó, al igual que su padre. Cuando ya Shayla subía las escaleras, el hermano mayor se volvió un segundo como para comprobar que seguía ahí, que estaba pendiente del gran triunfo de la familia, y le sonrió. Alonso le devolvió la sonrisa.

Sobre el escenario, dónde terminaba la larga alfombra roja, reposaba, henchido de dignidad y oropel, el colegio cátedro en pleno. Vestidos con la púrpura tradicional, esperaban a los que iban a recibir el licencio. Eran todos carcamales de doscientos años cada uno. Por un momento se le cruzó en la mente una imagen especialmente escabrosa, aquellos vejestorios abusando de las estudiantes, seleccionando los cum laudes por métodos poco dignos. Salió de la ensoñación cuando los mitrolaudes conectaron la amplificación neumática y el leve chirriar de los arcos sobre las cuerdas, se convirtió en un estruendo de acordes de varias octavas mezcladas. Nunca dejaba de asombrarle la cantidad de ruido que podían hacer aquellos instrumentos.

—Reciban, estos jóvenes, el fruto de su esfuerzo, de su inteligencia, de la inversión de recursos personales, familiares para hacer de ellos las más afiladas herramientas de un imperio tan necesitado de ellas.

Uno por uno fueron nombrados y recibieron la vara de plata, los gestores, el cuchillo de oro, los médicos, el anteojo de cristal de roca los naturalistas. Shayla también recibió su licencio, un compás de geógrafo hecho en brillante latón, bronce y plata. Hasta el palco que ocupaban llegaron los brillos de aquel instrumento, y hasta su corazón la sonrisa de triunfo que exhibía a la vuelta a su estrado. Solo uno de toda la promoción de la universidad de cada una de las carreras recibía un licencio cum laude.

Terminó de orinar y tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Había bebido demasiado. Después de la ceremonia, la familia había ido a cenar a un figón elegante. Había corrido el vino de Méntrida, fuerte y sabroso, regando abundantes fuentes de cordero asado, de capones y truchas. Recordaba, más que el sabor del vino y la carne, el de los labios de Shayla, que en un aparte había respondido a su felicitación.

Alonso sonrió a pesar del leve mareo que le impedía andar recto y del frio que comenzaba a filtrársele en los huesos; atrás quedaban largos años de sacrificios, él en la academia en Toledo, ella en Madrid, viéndose solo los fines de semana. Ahora podrían estar juntos. Lo destinarían a Madrid nada más licenciarse, había pedido un puesto en la Castellana, en el ministerio de la guerra. Todos querían ir a África, no iba a tener competencia por un puesto burocrático y aburrido. No le importaba lo más mínimo.

Llegó al edificio trastabillando. El portal era oscuro como boca de lobo y la luz nunca funcionaba, no obstante sus pies recordaban la ubicación de cada escalón, de cada hueco, de los techos altos y los bajos, las esquinas traicioneras. Subió despacio, resoplando, agarrado a la barandilla, intentando no hacer demasiado ruido.

Se detuvo un momento en el descansillo del segundo. Había algo que no estaba bien, se sentía culpable sin saber muy bien por qué. La fiesta había sido una locura. Tras la cena con la familia, habían acudido a un corral cubierto, una antigua casa de reala que ahora se alquilaba para fiestas, en las cercanías de la iglesia del divino pastor. Allí se habían reunido todos, los suspensos, los aprobado y los cum laudes, los compañeros de promoción de Shayla, y otros que no habían estudiado pero que aún eran de su círculo de amigos. Por todo Madrid había fiestas similares, repletas de asado, limonada, mucho cáñamo y algunas otras cosas prohibidas pero más o menos toleradas por los alguaciles. Y música, una rondalla épica, no podía haber una fiesta sin mitrolaudes eléctricos, una versión más ligera y sencilla de los neumáticos, pero que conseguía atronar bastante. Hasta tenían una gargalia, una gaita de tres bocas soplada por un gigante pelirrojo que conseguía hacerse oír por encima del monumental estruendo de público y rondalla que apabullaba el local.

Bebieron, rieron, bailaron, perdió la gorguerilla, sonrió, bromeó. No conseguía recordar que más había pasado, toda la fiesta se le confundía en un gigantesco instante de muchas facetas multicolores.

Continuó subiendo más despacio, sujetándose para no caer en la precaria barandilla. Había algo más, algo que no recordaba y que era de capital importancia. Se detuvo en el rellano del último piso. En frente tenía la puerta de la buhardilla de Shayla. No se atrevió a moverse. La cabeza le daba vueltas.

Había ruido tras la puerta. Quizá Shayla se habrían traído a su hermana a dormir; no importaba, él dormiría en el catre del rincón, no necesitaría mucho esfuerzo, apenas se tenía en pie. Por debajo de la rendija se colaba la luz de un lámpara. Shayla murmuraba. Como un cañonazo, como si le hubieran roto el pecho de un mazazo, escuchó la risa de un hombre, profunda, baja. Recordó al instante lo que había pasado, había bailado con Rosaura otras veces, ninguna de ellas le había hecho ninguna gracia a Shayla. Rosaura era una de sus mejores amigas, por eso él no entendía esos celos. Los comprendió cuando Rosaura cuando se le abalanzó en el calor de baile y se metió dentro de su boca. Antes de que la pudiese rechazar, antes incluso de que fuera consciente de que tenía que hacerlo, vio a Shayla mirándolos desde un hueco abierto entre los danzantes. Sintió como la culpa le atenazaba el estómago. En el rellano, a oscuras, se dobló un poco sobre si mismo ¿había sido sincero?, ¿no habría buscado, un poco tontamente, ese beso de Rosaura? Siempre le había parecido atractiva, por supuesto nada que ver con Shayla, que era un sol abrasador, pero la rubia se había bastado para ser una tentadora estrella en el cielo.

Caminó hasta la puerta, metió la llave en la cerradura y tiró de la vieja madera. La puerta rechinó sobre los goznes, como siempre hacía, Shayla, fue tan solo un beso robado, estaba desnuda, los senos agresivos, vueltos hacia él, un hombre, el gigante pelirrojo que tocaba la gargalia también estaba desnudo, esto no era necesario Shayla, no lo era. El hombre, con marcado acento francés, preguntó que ocurría; Alonso miraba a Shayla. No supo descifrar su expresión, hubiera podido ser odio, hubiera podido ser rabia, hubiera podido ser amor. No se quedó a averiguarlo, cerró despacio y descendió las escaleras sin ser consciente de dónde se encontraba, de hacia adónde iba.

No volvió a verla en todo aquel verano, ni en el invierno siguiente. Aquel tiempo lo pasó acampado la pie de la cordillera del Atlas, en África, volando todos los días, aprendiendo el terrible arte de la guerra en el aire.

Shayla tenía diez años. Su hermano estaba subido en la estructura de un arnés, fingiendo que volaba agarrado a los tirantes de la parte inferior.

—¿Y por qué yo no puedo subir?

—Las chicas no podéis volaaaar. Solo los hombres… como papá y yo.

Su hermano tenía tres años más que ella. Shayla se acercó a la estructura y por enésima vez, la rechazó de un empujón. El grito de frustración, de pura rabia, resonó por todo el taller de su padre, un viejo zaguán al lado de la casa de la familia, donde construía los arneses que luego vendía a los primeros aeronautas.

Shayla cerró los ojos, muda por un instante, y comenzó a ponerse roja. Luego inspiró una larga bocanada de aire, lo retuvo, y buscó a su alrededor.

—¡Estoy volando sobre los pirineos, ya estoy en Francia!

Su hermano hacia balancear al arnés, sujeto al techo por una cadena. La cadena pasaba por una riostra y se anclaba a una argolla en el suelo por medio de un pasador. Shayla se dirigió a ella, tiró del eje de metal como había visto a su padre hacer muchas veces. El armazón de tela, cuero, madera y tela embreada se vino abajo. El estruendo fue breve, una horrísona mezcla de golpes, chasquidos, gritos, telas removidas. Le siguió el silencio. Una leve nube de polvo se elevó del suelo de tarima y se quedó flotando a la luz que entraba por los lucernarios del techo. Su hermano se quejaba vagamente debajo de la tela flácida y las vigas del arnés derribado.

Shayla no corrió, enfurruñada miraba aquel desastre sin moverse, ni siquiera trato de esconderse ni se asustó cuando acudió su padre, asustado, y comenzó a buscar a su hijo entre los restos del arnés. Luego, mucho más tarde, cuando la preguntaron por qué lo había hecho, tan solo respondió que si ella no podía volar, nadie lo iba a hacer entonces.

Cuando Shayla entró en el aula, una sala alargada, llena de bancos corridos y pupitres de madera altos e incómodos, todo el mundo dejó de hablar. El ambarino sol de la tarde se derramaba sobre el suelo de madera a través de un lateral del aula, recorrido por arcadas y grandes cristaleras. Detrás se mecían los árboles del parque del oeste, manchados de ocre, lloviendo hojas a cada soplido del viento. Por un momento se escucharon los susurros de hojas y ramas. A lo lejos, el sol se ponía sobre Madrid, filtrándose a duras penas entre una capa de hollín.

Shayla bajó la vista y caminó hasta la primera fila sin mirar a nadie, vestida con un medio miriñaque sin aros, abierto delante y una blusa blanca, con gorguerilla a la moda; sacó su cuaderno y el libro de texto —medidas del mundo, de Alberto Santoña— y lo abrió por la primera página. Poco a poco las conversaciones se fueron reanudando. Había escuchado desde el pasillo, aún sin decidirse a entrar, como los alumnos del primer curso de ciencias geográficas fumaban, reían, bromeaban. Todos ellos eran de su misma edad, novatos absolutos, pero a diferencia de ella, no eran de las pocas mujeres que estudiaban en la universidad.

Shayla arriesgó una mirada atrás, en la última fila del aula se sentaban tres chicos que no parecían ni tan jóvenes, ni tan asustados. Repetidores, adjudicó enseguida. Sonrió para sí. Sus amigos universitarios del club de vuelo la habían advertido contra las novatadas: el primer día uno de los profesores siempre era sustituido por un alumno de curso superior, que embromaba a los asustados novatos ante el pitorreo de sus amigos, sentados en las últimas filas. Respiró hondo y frunció el ceño.

El supuesto profesor entró pisando fuerte sobre la tarima. Vestía una toga negra y roja, bordada con el compás y el astrolabio, escudo de la facultad. Shayla sonrió, no era muy mayor, tenía una mirada viva, barba recortada y el pelo negro, sin una cana.

—Buenos días, futuros geógrafos y… geógrafa. —Shayla le mantuvo la mirada, apretando los dientes— esta va a ser su primera clase en la facultad del geografía y mensurología terráquea. Yo, Alberto Santoña, les voy a enseñar los rudimentos de la geografía descriptiva. Usted, sí, usted, aquel rubio que mira hacia atrás ¿qué cree que va a aprender aquí?, ¿se le ha comido la lengua el gato? —Hubo risas, incluso el aludido, rojo como un tomate, sonreía, sin saber que decir ni que hacer—. Pues lo que van a aprender es esto.

Con un trazo rápido, el profesor dibujó un círculo en el pizarrón.

—¿Qué es? ¿Alguien lo sabe?

Shayla, antes de que pudiera siquiera pensarlo, levantó la mano.

—Un círculo.

Más risas, está vez al profesor no le hizo tanta gracia.

—¿Y qué diría usted, señorita, que vamos a aprender aquí?

—¿A hacer círculos?

Shayla se desconcertó al ver que el bromista no elevaba la apuesta, como ella había calculado para ponerlo en evidencia. En silencio, tan solo parecía levemente fastidiado.

—Salga a la pizarra señorita, quiero hacerle unas preguntas.

Shayla se levantó con cuidado, la temblaban un poco las piernas, pero disimuló intentando pisar fuerte. Los pasos sonaron a pistoletazos sobre la tarima del estrado.

—Eso que bien dice, es un círculo, pero también una representación plana de la tierra. ¿Sería capaz de dibujar las fronteras generales del agua sobre ese círculo?

Shayla miró al profesor. El bromista aguantaba el tipo admirablemente. La ofrecía la pizarra con un gesto de la mano y una leve sonrisa. Shayla dio la espalda al aula, tomó una tiza y respiró hondo. Si dibujaba un mapa, por bien que lo hiciera, ya tendría motivo para burlarse de ella, cualquier imperfección, real o imaginaria, sería causa de mofa. Estaba atrapada.

Con determinación, tomó la tiza, dio un picotazo blanco, otro simétrico, y luego trazó un arco en la parte inferior del círculo. Cuando se volvió la clase entera pareció estallar en carcajadas. Había dibujado una cara sonriente. El profesor se quedó lívido durante unos instantes, Shayla lo miró y sonrió. Había vencido. Miró luego al resto de la clase. Todos sonreían. Había vencido, o eso creía. Su vista alcanzó a ver a los repetidores, atónitos, quietos y mirando al estrado con la boca abierta. Lo entendió al instante, no era una broma, era un profesor de verdad. Los miró con horror y se volvió lentamente. El profesor había vencido la estupefacción y sonreía admirando la cara dibujada. Elevó las manos simétricas, al tiempo que el rostro de Shayla pasaba del encarnado al blanco absoluto y de nuevo al encarnado.

—Reconozco mi fracaso, esta señorita me mostrado que el mundo sonríe, no me parece mala manera de empezar el curso. Vuelva a su sitio.

Shayla se sentó en el pupitre, muerta de vergüenza. Cuando terminó la clase, sin quedarse el resto de la jornada, salió de la universidad y volvió a su casa. No quiso salir de su habitación. Allí, sin que nadie la viera, lloró su rabia durante horas, sin hacer caso de su familia, que no hacia sino preguntarla que la pasaba.

Al cuarto día de encierro escuchó voces en el patio. Alguna visita. Se levantó de la cama y se arropó con un albornoz. Tenía un pequeño espejo sobre el escritorio. En él contempló una criatura de ojos brillantes, enrojecidos, de pelo sucio, alborotado, y piel pálida. Parecía una enferma o una loca. No tenía intención de salir a ver quién había llegado a la casa. Arriesgó una mirada al exterior, era otoño y llovía.

Alguien llamó a su puerta.

—Señorita Shayla, ¿puedo hablar con usted un momento?

Reconoció la voz al instante. Era el profesor. Alguien tomó su corazón, arrugado, derrotado, exprimido, abrió una trampilla y lo tiró a un profundo pozo. Arriesgó una contestación con voz que pretendió ser normal.

—Sí, sí, un momento, ahora salgo.

Se recogió el pelo con un shador azul, y se vistió con lo primero que tuvo al alcance, que fue el mismo vestido que había llevado a la universidad el primer día.

El profesor la esperaba sentado sobre cojines, tomando un té. En vez de toga vestía un sobreveste informal, de sarga gris, pantalones completos, sin jubón, y botines de piel negra. Su madre se había retirado, dejándolos solos. Su padre no estaba, había salido a llevar unos encargos. Se sentó enfrente de él, respiró hondo y le miró a los ojos. No encontró ningún reproche, y sí mucha diversión.

—He de decirle, señorita, que en los veinticinco años que llevó dando clase, es el inicio de curso más divertido y sorprendente que he tenido. Si todas las alumnas futuras que van a venir a estudiar a la universidad son como usted, va a ser francamente interesante.

—Quisiera disculparme…

El profesor levantó la mano, vigorosa aún, pero manchada por la edad.

—No hay disculpa que valga, no es necesario. Creyó que era una broma, de esas que gastan los veteranos todos los años. En mi clase no lo tolero, yo también fui, una vez, alumno novato. Entonces solo había internados, los primeros días de curso eran terribles. Juré que si alguna vez llegaba a profesor no iba a consentir algo así. Las cosas han cambiado pero los juramentos son los juramentos, ¿no cree?

Hubo unos segundo de silencio, que el profesor aprovechó para beber un sorbo de té.

—Delicioso. Si mi mujer supiera hacer el té así, no la dejaría las noches de los sábados para jugar la partida con los amigos. Bueno, y aclarado lo de la broma, ¿cuándo regresa a clase?

Regresó la mañana siguiente, y todas la mañanas de curso durante seis años hasta que obtuvo el licencio cum laude.

Alonso tocó con los dedos enguantados la pequeña chapa de latón: «Quijorna y Allobar. Modelo Cierzo-N23. 1958». Aquel aparato había salido de la fábrica que su padre y el de Shayla habían construido en Cuatro Vientos, al lado del puerto aéreo. Había pasado poco menos de diez años desde la primera vez que ambos hombres se habían visto y se habían puesto de acuerdo para colaborar, Aben había desarrollado los prototipos y ajustado la producción. Su padre, Francisco, había movido la parte financiera de la empresa. El día que habían conseguido el contrato con el ejército para construirles ciento cincuenta cierzos, ambas familias habían ido a comer a un restaurante de lujo en Madrid, pero no al completo. Ni Shayla ni él habían acudido a la celebración.

Amanecía. En el oeste, tras las montañas, comenzaba a despuntar el sol. El volatero permanecía en calma, protegido por lonas y anclado al suelo para evitar que el viento nocturno pudiera moverlo. Alonso comenzó a comprobar la tensión en los tirantes que sujetaban las alas, a tirar de las argollas de metal que abrazaban la dura madera de fresno, a observar la tela buscando desgarrones, astillas, alguna costilla de madera partida. El aparato parecía en estupendas condiciones.

—Buenos días mi teniente.

—Buenos días Miguel.

Miguel quitó las lonas que tapaban la hélice y el motor, situados en la parte trasera de la estructura. El mecánico, sin apenas mirarle, se afanó en aceitar diversas piezas del motor, a comprobar las charnelas de accionado de los mandos. Luego tomó varias latas de bencina y llenó el depósito situado en el centro del aparato, justo detrás del asiento del piloto.

—Miguel, asegúrate que llega hasta el rebosadero.

—Descuide. López dice que le saca seis horas a los suyos. Con los ajustes que le he hecho y con el depósito hasta el borde este pájaro se mantiene en el aire al menos siete.

Alonso sonrió.

—Listo. ¿arrancamos?

Alonso asintió, se caló los guantes y las gafas y subió a la estructura de madera y cables de acero.

—Magneto.

—Vale, gira.

Miguel acopló un mecanismo con forma de plato y una manivela al motor. Comenzó a dar vueltas al plato de inercia. Un zumbido bajo comenzó a aumentar de frecuencia hasta que llegó a estabilizarse.

—Listo.

—Dale.

Miguel liberó el embrague y el disco de inercia se acopló con el cigüeñal. Alonso tomó la palanca de gases y tiró de ella a golpes secos. El motor comenzó a toser y al fin arrancó. La calma del desierto despareció, destruida por la llegada un estruendo profundo. Miguel desacopló el mecanismo de arranque, tiró de los calzos y saludó con la mano abierta, dándole vía libre. Alonso dejó que el motor llegase a la temperatura de servicio y, luego, poco a poco, aceleró. El volatero se sacudió y comenzó a moverse. Giró y encaró el sol naciente y frenó el aparato. El polvo de la pista salía despedido por la hélice, formando un penacho que el sol inflamaba justo tras él. Comprobó como los mandos deformaban las alas del modo adecuado. Tenía el equipo de primeros auxilios y señales abordo, sujeto en su sitio, la cantimplora llena, barras de chocolate, la pistola. El sol apenas le dejaba ver el fin de la pista, pero no le hacía falta, hubiera podido despegar con los ojos cerrados.

Aceleró, toda la estructura del volatero comenzó a vibrar. Corrió por la pista, traqueteando por los inevitables baches. El aparato tomó velocidad, el suelo se convirtió en un borrón gris y al fin, la estructura de madera se volvió liviana y se elevó con pereza en el aire frio y denso del amanecer, sin corrientes ascendentes que tiraran de ella hacia arriba.

Ya en el aire, Alonso consultó la brújula sujeta a un montante y el mapa cosido en el antebrazo de su mono de vuelo. Giró hacia el sur dejando el sol a su derecha. Piedras, algunos árboles, muretes que servían como corrales para cabras, casas encaladas con techos semiesféricos, todo dibujaba largas sombras sobre el terreno y quedaba atrás rápidamente.

Miró el mapa, había ocho cuadrantes que ya había investigado, ocho días de búsqueda dificultosa, uno de ellos había vuelto a la base perseguido por el simún; otro casi se estrella contra un saliente rocosa; un tercero había creído ver el brillo de un buraq turco a lo lejos.

Había despegado la mañana del 13 de Febrero de Tánger, con intención de cubrir una larga etapa hasta Kenitra. Había sido un día de sol y moscas hasta que el simún comenzó a soplar. No llegó nunca. Nadie sabía dónde había ido a parar pero lo más lógico es que se hubiera desviado para evitar la masa de aire y arena que se le venía encima desde el desierto y después hubiese tenido que aterrizar sin combustible en algún sitio remoto de la terrible sartén que era el desierto de piedra que los beduinos llaman erg.

Alonso maniobró hasta obtener una lectura de 148º en la brújula. Sobrevolaría una zona al sur de Volubilis, una pequeña ciudad de adobe rodeada de ruinas romanas que los moros usaban como establos o estercoleros. Hasta llegar allí tenía más de trescientos kilómetros, dos horas de vuelo, otras dos de vuelta, eso, con suerte, le dejaba tres para sobrevolar un territorio casi tan grande como la provincia de Toledo. Esperaba que si oía el motor haría señas de humo, luminosas, cualquier cosa que le ayudase a encontrarla.

Pronto el ronroneo del motor, el calor del sol naciente que se derramaba sobre el cuero del mono caldeándolo, casi lo adormecen. Debía haber tomado más café antes de salir. Sentía las manos agarrotadas, los músculos pesados, la vista torpe. Se había acostado a las tres de la mañana, tras una jornada agotadora reparando el volatero. Llevaba ocho días sin apenas descansar.

Sacudió la cabeza y elevó el morro del aparato. Un día más, nueve, y un cuadrante más cubierto.

Shayla entró en el antigua zaguán que había sido el primer taller de su padre, y que ahora era una oficina llena de mesas de dibujo e ingenieros en bata. Miró a un lado y al otro. Siempre había mucho calor en aquel lugar. La cábalas automáticas, una fila de enormes armarios llenos de luces arrumbados contra la pared de adobe, desprendían un calor de horno. Localizó a su padre sentado a un tablero, dibujando en un enorme pedazo de papel cebolla. Se acercó a su mesa sin hacer ruido. Tenía puesto el mono de vuelo, desde que terminó la universidad volaba muy a menudo, para disgusto de su padre. Aben levantó la cabeza del plano. Tenía el pelo canoso, escaso, pero el mentón, cuadrado, y la mirada, acerada, aún eran las de su juventud.

Shayla arrojó sobre la mesa un periódico.

—Mira.

Su padre miró primero el mono de cuero desgastado de su hija, luego volvió la cabeza al periódico, los titulares de un anuncio a toda página, gritaban el desafío de Garrigas, la empresa aeronáutica catalana. El periódico se preguntaba «¿El fabricante Quijorna y Allobar aceptaran el reto después de que Benabeth Allobar, su piloto principal, este en cama con una pierna rota tras el accidente que destrozó el prototipo del ganso?». Levantó la vista y dijo tan solo una palabra. —No— antes de volver a su tarea.

—Sabes que podemos hacerlo.

—Benabeth está en el hospital y no hay otro piloto para el ganso.

—Sí, sí lo hay.

—He dicho que no y no lo voy a repetir. Por muy bien que vueles, no voy a dejarte ir hasta las azores para batir un estúpido récord, por muy bien patrocinado por el rey y la real sociedad de mensurología que esté el premio.

Dos días después, Shayla contemplaba como un tractor tiraba de la imponente envergadura del ganso sacándolo del hangar. A su lado, su padre miraba el volatero deslizarse fuera del edifico de chapa, casi una mariposa saliendo del capullo.

—Shayla, confío en ti, si tienes un accidente y te hieres o matas, no te lo perdonaré y tú madre no me lo perdonará a mí.

Shayla besó a su padre en la cabeza, era un poco más alta que él, y lo arropó contra su pecho. Aben se liberó del abrazo y la miró a los ojos.

—Escucha atentamente, el motor está sobrepotenciado, anoche le dimos un par de vueltas al sobresoplante. Eso quiere decir que ira bien por encima de dos mil, por debajo se puede calar, no tendrá fuerza ninguna. Tenlo en cuenta en los descensos y en los giros. No creo que tengas problema en batir al Garrigas. Creo que han salido antes del amanecer, quieren aprovechar el viento favorable al máximo, pero da igual, lo que ganen ahora lo perderán en la llegada, justos de combustible, es una locura.

—No te preocupes, subiré lo máximo que pueda y luego… abajo.

—Recuerda la navegación, es más importante que la velocidad punta. Las referencias, los tiempos. Tienes una tabla de cronómetros atornillada al tablero. No se te olvide pulsarlos en los pasos.

Los operarios de Quijorna y Allobar, cargaban de combustible aquella colección de vigas y tirantes, ajustaban vientos y cebaban el motor, antes de arrancarlo.

Cuando Shayla ya iba a subir al aparato, se les acercó un hombre grueso, de grandes bigotes. No podía hacer mayor contraste con Abas, sin embargo ambos se sonrieron con la familiaridad que da muchos años de amistad. Shayla no quiso volver la vista, lo hizo involuntariamente cuando el hombre grueso le puso una mano en el hombro.

—Mucha suerte.

—Gracias.

Caminó hasta el aparato sin mirar atrás. Había mucho en juego, el prestigio de la fábrica, el premio de veinte mil ducados, el contrato con el ejército. Su hermano se había roto una pierna pilotando el otro prototipo, también él estaría pendiente del vuelo, una vez que le dijeran que había partido.

Llegó a la cercanía del volatero. Los operarios, bigotudos, manchados de grasa y vestidos con monos de dril, detuvieron sus mil tareas previas al vuelo y la miraron acercarse. Estaban acostumbrados a verla trastear siempre cerca de aquellas máquinas, pero no a que las pilotase.

Les saludó con una sonrisa, y volvieron a su trabajo. Tocó el ala del aparato, la tela estaba tibia, parecía piel de un ser vivo. Si fallaba no tendría ocasión de lamentarlo, lo más probable es que muriese. Eso lo hacía todo mucho más fácil.

No volvió a pesar en aquello hasta que, cuatro horas después, llegó a Azores casi sin combustible, planeando muy cerca de las crestas de las olas, a punto terminar el vuelo en tres cuartos de hora menos que las más optimistas previsiones. Había llevado el motor muy por encima de la eficiencia calculada, el sobresoplante de su padre había funcionado muy bien. Pero si no lograba aterrizar de nada valdría. La dolían los hombros y las piernas, los mandos estaban tan duros como el hierro. El viento racheado la zarandeaba apartándola una y otra vez de la senda ideal. Unos minutos antes había comenzado a llover, masas de aire frio y nubes se echaban encima de la isla, arropándola de negrura. La alas se habían mojado y los últimos kilómetros el volatero se resistía a mantenerse en el aire.

Alguien debía estar avisado porque vio líneas de fuego arder a cada lado de la pista. Corrigió el rumbo y se acercó a la tierra más rápido de lo que hubiera deseado. No podía dar más fuerza al motor, el depósito marcaba ya cero, se apagaría de un momento a otro. Cayó hasta el suelo casi como una hoja de otoño, zarandeada por las corrientes. Golpeó el suelo con los patines, se deslizó sobre la hierba cincuenta metros y, por fin, sin que ella tocase el estrangulador, el motor se detuvo. Escuchó entonces, el rugido del viento, la furia de las olas rompiendo contra la costa, a menos de doscientos metros de dónde había aterrizado. Un hombre cojo, tocado con una gorra de marinero raída por el tiempo, se acercó a ella medio saltando, medio corriendo.

—Bienvenida…, Bienvenida a las Azores.

Shayla sonrió mientras se quitaba las gafas.

La primera tarde que salieron juntos, caminaron por la calle mayor parándose todas las veces que quisieron en las diversas confiterías que ofrecían dulces y chocolate. Recién estrenada la primavera aún hacia frío. Aún así, la gente, harta del invierno, paseaba aireando ropas ligeras y claras por primera vez en muchos meses, incluso se veía alguna sombrilla.

Salieron de Romerales hermanos, comiendo una trufa de chocolate. Shayla reía continuamente, una sonrisa de sorna continua que ponía nervioso a Alonso. El chico había buscado temas de conversación, reflejo de los de sus hermanas mayores, pero a ella no parecían interesarla los cotilleos de la corte, la política del imperio ni las hazañas de los navíos en las costas del caribe luchando contra piratas borgoñeses.

Pasearon por la acera, ambos bien separados. Unos metros más atrás caminaban el hermano de Shayla y su novia, una chica de Soria que apenas hablaba pero que tenía los ojos más azules que Alonso había visto nunca. Ambos se mantenían discretamente al margen; a pesar de ello, sentía en la nuca las brasas de una mirada inquisitiva, vigilante.

—Mira, un lector de noticias. Escuchémosle.

—¿Y no es mejor comprar el periódico?

Shayla le miró con reproche, a Alonso no le gustaban esos hombres vestidos con harapos imitando trajes de corte noble, terciopelo que era sarga teñida, gorguerilla ajadas. Su padre le contaba que antes se reunían grandes multitudes a oírlos, en cada plaza había uno, ahora apenas eran una reliquia de otra época, la gente había aprendido a leer. Aquel lector era un anciano de pelo blanco, largo y enmarañado y la cabeza coronada con un sombrero de color amarillo que se veía a mucha distancia. Daba vueltas y hacía ademanes agitando un roñoso gabán que parecía tener aún más edad que él mismo. Se había reunido a su alrededor unos cuantos niños, algunos adultos aburridos y varios ancianos ociosos.

—Escuchen las noticias del imperio, frescas, traída de allén de los mares o desde el patio de sus propios vecinos, señora. Noticias narradas, leídas, veras, las más veces, falaces lo justo, de raigambre, noticias de siempre, de ahora, nunca de mañana, porque mañana… mañana habrá más, señoras y señores.

El lector hablaba mientras hacía aspavientos con las manos, parecidas a aspas de molino. El sombrero amarillo era un poderoso faro que se agitaba en el aire prístino de la tarde. Cuando creyó reunidas a las personas adecuadas, hizo ademán de pedir silencio, cerró los ojos y pareció concentrarse. Luego comenzó a declamar con una voz profunda, clara, que parecía escribir palabras de fuego en el aire de la tarde.

—El señor comendador de la ciudad de Toledo, el ilustre Don Gil Marcos de Buendía y Alameda, ha sido hallado culpable del nefando crimen de desacato contra la ley del asentamiento al autorizar la construcción de cigarrales con más fanegas de las previstas por la ley de impuestos imperiales. El asunto trae cola, más de uno, y más de dos alcaldes de ciudades del imperio ponen ya sus terrenos en barbecho, detienen la paleta, aplanan las fanegas de constructos ante la comisión de inquisidores reales que el consejo de los cuatrocientos ha asignado a la persecución de los muchos abusos que, de ese tipo, se producen en el suelo patrio y santo. Tengan los oídos de vuecencias la gracia de acordarse de estas palabras.

»Ha ya diez días que llegaré al buen puerto de Gades, la nao Ciudad de Torrijos, culmen de la muy larga y honrosa expedición que la ha llevado hasta los hielos polares. Es la Ciudad de Torrijos, una nave de hierro, movida por palas y hulla, que ha vuelto repleta de muestras de los continentes australes. Su capitán, el Conde de Musgazo, ha declarado que de las muchas peripecias sufridas, la más grande ha sido bregar con los submarinos ingleses, que parecen abundar en el mar más que los arenques.

Escucharon un largo rato, y al fin, volvieron la espalda al lector, no sin antes soltar un par de blancas y alguna media perra gorda en el sombrero amarillo. Su voz, clara y potente, que ya empalmaba su retahíla de noticias con los resultados de las carreras y los partidos de frontón, se fue quedando atrás y se confundió al fin con el ruido de pasos y autocoches.

Alonso arriesgó una mirada a la morisca, y le pareció que los ojos, enormes, muy negros, parecían brillar con especial intensidad.

—Te imaginas, viajar al sur, hasta que no haya ya tierra conocida y solo se encuentren ya islas solitarias, hielos sin nombre.

—Sí, qué frio.

—Ser los primeros en poner el pie en una tierra desolada, habitada por especies animales que nadie conoce, encontrar tribus de salvajes que, cuando llegan a la mayoría de edad, para poder heredar la canoa del padre, se comen su propias orejas maceradas en el vinagre que extraen de cocinar las vesículas de las morsas.

—Puaj, ¿dónde has leído eso?

Shayla le miró con desprecio.

—En los viajes de Alvar Nuño, el explorador del siglo pasado. Él fue el primero en ver las costas de la Antártida, antes incluso de lo que dicen los ingleses y su Stanton.

—¿No decían los borgoñeses que uno de sus capitanes había circunnavegado el continente sur?

—Sí, Gulvier, pero se demostró que era un fraude, ese tan Gulvier era un caradura que había viajado a la Patagonia por pieles de foca y que se inventó el cuento de la exploración. Sin embargo, le han puesto su nombre al cabo sur, fíjate. Ahora se llama cabo de Gulvier.

Caminaron calle mayor adelante y terminaron en la puerta del patio de armas del palacio Real. Enfrente, tras una valla de madera medio podrida, había un solar sin nombre, el lugar dónde muchas generaciones de madrileños hubieran querido erigir una catedral y nunca se había construido. La plaza terminaba en una barandilla de piedra elevada sobre los jardines de palacio, que caían, en prados y paseos arbolados, hasta el rio.

En el extremo sur, tras los altos muros del jardín, corría la ribera del manzanares, la derecha limpia al fin de chabolas y lupanares tras la reforma urbanística del 35 y convertida en un paseo arbolado. Enfrente, en la ribera derecha, comenzaban las barriadas sociales, la zona que había sido destruida por un pavoroso incendio en el 34. El gobierno sociero de aquella época había reconstruido el barrio completo con casas de ladrillo todas iguales, formando manzanas cuadradas con un patio interior en el centro, casas sociales para pecheros y gentes de baja renta. Rectas avenidas recorrían el barrio conduciendo hacia las chimeneas de las industrias manufactureras que rodeaban la ciudad por el sur. Desde dónde estaban no se veían, pero el espeso humo que desprendían sus calderas, nunca apagadas, creía en el cielo azul manipulado por la luz del sol hasta hacerlo parecer piedra, penachos sólidos de escorias borrosas, desdibujadas, pero firmes, asentada en el suelo y extendidas, como paraguas, sobre el sur de la ciudad.

Al rato de estar allí, mirando los tordos volar por encima de los árboles del jardín, Alonso notó unos metros más allá, a una pareja besándose apoyados en la verja. Un poco azorado, giró la cabeza y se encontró con la cara de Shayla iluminada por un gozo o una ilusión interior que, en aquel momento, Alonso no comprendió. Enrojeció sin saber por qué. Casi como respuesta a su rubor, sonaron los sones metálicos de una marcha militar.

—Es el cambio de guardia.

Ambos, seguidos de cerca por el hermano de Shayla y su novia, se acercaron a la verja del palacio. En el inmenso patio, una escuadra de dragones maniobraba exhibiendo sus uniformes azul oscuro, cubiertos de charretes de plata. La banda, que tenía hasta un mitrolaud portátil, atronaba el cielo con acordes marciales.

A Alonso, siempre que veía aquellas hombres moverse con precisión ejecutando los cambios de posición y formando complejas figuras geométricas, se le llenaba el pecho de emoción. Cuando era más pequeño reproducía aquellos movimientos con sus soldados de lata. Ahora, se imaginaba formando parte de aquellas maniobras, vestido de azul oscuro y con el casco de acero calado hasta los ojos.

—¡Qué cabezas cuadradas!

—¿Cómo? —Alonso volvió la cabeza. A Shayla se le había borrado la magia de la mirada.

—Que me parecen idiotas, todos haciendo lo mismo como piezas de una máquina estúpida.

Alonso volvió a mirar a los hombres moviéndose con pasos coordinados, largos y dificultosos. Idiotas por hacer todos lo mismo, no lo comprendía. Cuanto más miraba menos lo entendía. Shayla abandonó la verja y se acercó a su hermano, que comía pipas sentado en un banco junto a su novia. Alonso no quiso acercarse, no tan pronto; continuó mirando el cambio de guardia hasta que el capitán de maniobra tocó el cornetín de plata que daba por finalizada la operación. Sonó a lata rota. Fastidiado se dio la vuelta y volvió con Shayla.

Afuera del piso de sus padres, se escuchaba el sonido de muchos pasos, muchas gargantas gritando, pidiendo limonada, niños llorando, hombres llamando a sus mujeres. Toda su familia, su padre, su madre y sus hermanas, se asomaban a los balcones.

Leía el periódico despacio, como si no hubiera nada más importante, como si la tarde de verano fuera larga y aburrida.

—Tened cuidado, esos viejos balcones quizá no aguanten tanto peso.

—Alonso, no hagas más el idiota y sal a ver la comitiva, mira, ya están girando por carretas.

No hubiera hecho falta la advertencia. El clamor, que antes era poco soportable, aumento de volumen y se convirtió en un rugido inarticulado. A su pesar, dejó el periódico y se asomó entre los hombros de su hermana mayor y su padre. Entrevió una larga comitiva de viejos autocoches de gala, enormes escarabajos de charol negro que refulgían al sol de la tarde como si se hubiesen incendiados. Sobre el terciopelo rojo de los coches abiertos, se exhibían las autoridades vestidas con largos gabanes de gala hechos en finísimo lino. En el centro de la comitiva, un enorme gomeznarro de cinco ejes, rugiendo, avanzaba triturando los adoquines de la calle con su peso descomunal. A su paso la población de Madrid enloquecía. Shayla parecía una pequeña muñeca sobre los enormes asientos acochados del gomeznarro, empequeñecida por los corpachones del alcalde y los concejales.

Alonso no se fijó en ella, prefirió mirar el volatero que arrastraba el propio gomeznarro de honor. Tenía las alas plegadas, y aún así casi abarcaba toda la Gran Vía. Una semana atrás había cruzado el atlántico hasta las azores en una hora menos que su competidor, un aparato catalán del que nadie recordaba ya el nombre.

Cuando no pudo aguantar más, dejó el balcón y salió de la casa por la puerta trasera. Huyó de la algarabía del centro y se refugió en un politeatrón, allí se sentó en la oscuridad y procuró olvidarlo todo, excepto el drama que se desarrollaba delante de él. No lo consiguió, la obra era mala, sin actores reales, tan solo mecanismos y grabaciones móviles en seda, sistema que estaba sustituyendo a marchas forzadas al teatrón clásico. A mitad del desarrollo, uno de los complejos mecanismos que daban soporte a los efectos visuales, se rompió. A las dos o tres personas que había en la sala, les devolvieron el dinero. Alonso salió a la calle sin siquiera mirar a la taquilla, camino de una taberna dónde había quedado con un viejo amigo de otros tiempos.

Aún no sabía por qué había aceptado, porque había dicho que sí cuando Santiago le había enviado una tarjeta por correveidile citándole para aquella tarde. Habían pasado tres años y ya nada le unía a los tiempos de la academia, a las juergas universitarias con los amigos y amigas de Shayla, un tiempo que la memoria había vuelto amarillento, rugoso como un cuero sin cuidar que se cuartea en un rincón olvidado.

La taberna estaba escondida en la judería vieja, en tiempos había sido prostíbulo y casa de juego, pero las ordenanzas y los alguaciles habían puesto coto a las casas de mala reputación de esa zona tan céntrica de la capital. Hacia ya muchos años que no había muertes a espada, ni siquiera eran abundantes las broncas a trompadas. La taberna tenía muchas mesas distribuidas en lo que antes había sido un zaguán iluminado por las velas. Buscó a Santiago no muy convencido de estar allí. Lo encontró sentado junto a una mujer que no reconoció.

—¡Santiago!

Ambos se volvieron, la mujer era Shayla, tenía el pelo más liso, la piel más oscura, pero los ojos eran los mismos y le atraparon en una súbita red de añoranzas, en aquella intensidad de azabache había muchas noches, días, caricias, penas y alegrías, todo un pasado, toda una vida que había quedado atrás. Vaciló unos instantes, los suficientes para que Santiago se despidiese. Se sentó enfrente de ella sin dejar de mirarla. Un camarero dejó dos jarras de cerveza sobre la mesa. Alonso tomó una, se la llevó a los labios, cerró los ojos y bebió hasta que le dolió la garganta. Al dejar la jarra sobre la mesa, casi vacía, Shayla aún seguía allí, mirándole.

—Lo siento.

—No hay nada que sentir. Hiciste tu elección. —La mirada de Shayla cambió, se hizo más dura, brillante como un ónice recién desenterrado. Alonso tuvo que volver la cabeza, agachar la mirada, ponerse a jugar con la jarra, removiendo el fondo una y otra vez.

—Solo quiero saber de ti, bueno, ya sé de ti, y tú de mí, por nuestras familias, seguro.

Alonso asintió resignado. El silencio entre ellos se estiró hasta formar una membrana de vacío enganchada con garfios a sus miradas.

—Sé que en África están las cosas difíciles.

—A los bereberes los están ayudando los turcos, aunque de forma no oficial. Estamos perdiendo influencia en la zona. Patrullamos mucho, pero hay poco que hacer contra los ataques a caravanas, oficialmente atribuidos a los beduinos y ladrones inidentificados.

Alonso se volvió a buscar al camarero, sentía la boca seca. Se volvió tras ordenar una cerveza más, Shayla seguía mirándolo, había olvidado la intensidad fanática con que podía centrar su atención sobre algo, en aquellos momentos ese algo era él. Alonso cerro los ojos y se frotó el puente de la nariz. El tiempo no había transcurrido, volvían a estar juntos una tarde de Domingo en la buhardilla soleada, sin decirse nada, tan solo mirándose el uno al otro, intentando penetrar la piel y los tejidos y llegar a esa zona recóndita del otro, aquel lugar dónde ardía un misterio que tejía cadenas invisibles, hielo y fuego, labios y sangre; la cueva dónde ambos eran esclavos secretos del otro.

Alonso hizo un esfuerzo por hablar, pero las palabras no le salían. Volvió a beber, ella no había tocado su vaso.

—Shayla…, yo no…

—Alonso, —por primera vez bajó la vista— siento mucho lo sucedido. No, déjame hablar. No quise que las cosas fueran así, no quiero que vayan así. Quiero que me perdones. Seguro que seguirás tu vida con otra; yo, con Santiago estoy más o menos bien. —Santiago, por eso había sido él quien le había llamado. Ella lanzó las manos y atrapó las suyas. Ahora su mirada era miel servida en una copa de frio diamante. Alonso se retrajo, intentó zafarse sin conseguirlo, los músculos no le obedecían—. No sabía como hacer esto, como pedírtelo después de… pero me han convencido, los chicos me dijeron que estabas bien, que todo había quedado atrás. Verás, lo de hoy no es nada, lo de las Azores una tontería. Quiero llegar a Guinea, completar la ruta continental, no por la costa, sería el primer aeronauta en hacerla, pero el ejército me niega el paso a las bases, dice que es muy peligroso. Sí pudieras hablar con el general Sanchidrián…

Alonso retiró las manos. Había sentido hielo, luego fuego, la piel la había recordado aún mejor que él mismo. Le temblaba el pulso, los dedos añoraban la suave curva de sus senos, la morbosa tensión de los labios entreabiertos, los latigazos de lengua y saliva. Se levantó y caminó hacia atrás sin dejar de mirarla. Hasta varios metros de la mesa no pudo girarse y salir corriendo.

Es primavera, el sol se cuela entre el tremolar de las hojas verdes de los árboles. El niño, de apenas cuatro años, pestañea pero no deja de mirar al sol. Algo se le cruza delante de los ojos, una criatura pequeña y rápida. La sigue con los ojos, la criatura aterriza unos metros más allá de dónde juega. La niñera está adormecida, dando cabezadas en el banco de madera. A su alrededor hay viejos jubilados que pasean, otras niñeras, madres, y niños, muchos niños jugando en el parque, armando jaleo envueltos en lazos y puntillas como si fueran animados paquetitos de regalo.

Alonso se acerca despacio al pájaro, cuando está ya muy cerca, a punto de estirar la mano y coger aquel juguete nuevo, el gorrión gira la cabeza y le mira de medio lado con un ojo que no es más que una punta de alfiler negra. El niño se detiene, mira aquel ojo que lo contempla, gira la cabeza.

En un instante el pájaro captura la miga que había bajado a buscar, aletea y sale disparado hacia el aire. Alonso lo ve discurrir por el cielo, doloroso de tan azul, cada vez más pequeño, hasta desaparecer.

Parpadea para espantar la ensoñación que lo ha atrapado; miraba al horizonte y recordaba un color, el azul. Corrige la caída del ala derecha, vuelve a comprobar los grados de la brújula y echa un vistazo al mapa sujeto en el antebrazo. Todo igual. Sujetando los mandos con una sola mano, destapa la cantimplora y bebe despacio de ella.

Azul. Mira a derecha e izquierda, el sol está alto en el cielo, no hay una sola nube, el aire es claro y diáfano, tanto que dilata las distancias y parece que el volatero no consigue avanzar, que está detenido sujeto por invisibles tirantes a una bóveda de intenso cristal azulado. Mira al suelo, la sombra del aparato corre por un terreno ocre, interrumpido de vez en cuando por masas de verdor, altas acacias y matorrales espinosos de madera dura como la piedra. A su derecha hay una cordillera baja cuyo nombre no se molesta en buscar en el mapa.

Cambia la postura en el asiento, los riñones son dos masas de calambres continuos, tiene una contractura en el brazo derecho y la rodilla izquierda, herida en un accidente en la academia, apenas le responde. Esos malestares han dejado de ser importantes, hace días que no los siente urgentes, tan solo le apabullan al tumbarse en el camastro, por la noche. Está más allá del cansancio, la mente sumergida en un mar de muelles que amortiguan el mundo y sus habituales aristas. Lejos de la necesidad de sueño, de descanso, los pensamientos flotan en un fluido azul claro, inconmensurable y eterno. Vuelve a mirar al cielo. Le cuesta esfuerzo pensar en el motivo por el cual sigue pilotando; no es necesaria una causa, volar es, ya para él, como respirar, una actividad automática, irracional.

Recuerda a Shayla, recuerda su avión perdido, pero no tienen más importancia que el aire cálido y seco que le golpea en la cara.

Está perdiendo altura de nuevo, corrige la inclinación del morro. Vuelve a parpadear, agita la cabeza de derecha a izquierda, va a dormirse o a perder el juicio y estrellarse.

El motor gira a régimen constante. Consulta el reloj y luego echa una mirada al indicador del tanque. En media hora tendrá que dar la vuelta y comenzar el regreso a la base. No va a tener bastante combustible para llegar a Volubilis, según el mapa el campo de ruinas está tras la colina hacia la que enfila, a 30 º sur. Justo, muy justo.

La colina crece, la sobrepasa volando a diez metros de la cumbre, cubierta de las viejas piedras desmoronadas de lo que antes fuera una torre de señales o vigilancia. El valle tras la colina es amplio, regado por un rio rodeado de vegetación. Allá dónde mira ve ruinas, desde el aire es fácil reconocer el recto trazado de las calles, los huecos cuadrangulares de los edificios. Distingue un espacio en forma de teatro, columnatas roídas por el viento, muros derrumbados, aljibes hundidos, los restos de una gran ciudad olvidada durante más de dos mil años.

No hay rastros de un accidente, tan solo piedras olvidadas.

Gira suavemente abarcando toda la ciudad. Espanta a algunos animales que echan a correr entre los matojos.

Lo ve tan solo cuando termina el giro. Arrumbada contra un muro, medio cubierta de arena, reconoce la estructura, la tela rota, los jirones aleteando al viento. Sobrevuela el ala rota y distingue otros restos del fuselaje. Contra una columna, protegida del viento por una pequeña duna, alguien ha construido una tienda con ramas y piezas del volatero destruido.

Le queda el combustible justo, es una locura aterrizar sin embargo gira el aparato, busca un espacio dónde los patines puedan resbalar sin obstáculos. Encuentra uno muy cerca de la tienda, un espacio de unos cien metros libres de vegetación y ruinas. Aterriza muy suave, desliza sobre la fina arena, y frena sin contratiempos. Apaga el motor cortando la alimentación del preciado combustible. De inmediato le asalta un silencio que no había esperado. Baja del volatero moviéndose con dificultad enfundado en el traje de vuelo. Allí no hay nada, tan solo arena, viejas piedras talladas y el viento que sopla removiendo los arbustos. Las piernas no le sostienen, están acalambradas por las muchas horas de postura forzada. Jadeando, tropezando, se orienta y llega a la tienda. De cerca es mucho más tosca de lo que le ha parecido desde el aire, apenas habrá servido para proteger del viento y del frio nocturno. Delante hay restos de una fogata. Desperdigados alrededor encuentra pertrechos de campaña, unos prismáticos rotos, la manivela de acero de una arranque, una llave fija, una caja de emergencia abierta y vacía.

Otea alrededor de la tienda, nada, tan solo el viento silbando entre las rocas. Dentro encuentra un tosco lecho hecho con la tela de las alas. Se inclina sobre el lecho, toma la tela y la huele, identifica la pintura, el olor a lino y un perfume tenue y lejano, que actúa como abono para sensaciones remotas, que crecen despacio. Afuera escucha ruido. Sale de la tienda y se encuentra de frente con una figura delgada y muy morena, cubierta, de la cabeza a los pies, por tela blanca y sucia. El beduino, que tiene una pistola en una mano y un conejo muerto en la otra, le sonríe.

—Alonso.

Solo entonces, al escuchar la voz, la reconoce: es Shayla, los mismos ojos negros, la misma sonrisa. Tiene la piel sucia y muy morena, los pómulos se le marcan en la piel y la nariz sobresale del rostro más de lo que recordaba. Los labios, secos y agrietados, sangran al ser forzados en una amplia sonrisa. Cuando la besa, saborea su sangre, espesa y densa, sazonada de arena.

El fuego crepita, apenas logra ahuyentar el frio del desierto. Shayla se acurruca a su lado.

—Creo que hubiéramos debido regresar. Ahora creerán que tú también has desaparecido.

—Hasta mañana no. Les dije que me dejasen un día de margen, por si tenía que aterrizar y buscar en tierra.

Durante un rato no hablan, los restos del guiso de conejo ensucian una cacerola abandonada sobre la arena. Minutos antes han yacido sobre esa misma arena, aún templada por el calor del día, Alonso ha recorrido con brazos ansiosos la geografía aprendida y nunca olvidada de Shayla, se han amado con languidez y desesperación, sin prisa, como si todo el esfuerzo, primero de su accidente y segundo de la búsqueda, hubiesen tenido el único sentido de unirlos de nuevo bajo aquellas estrellas feroces, lejanas a cualquier luz de civilización.

—¿Qué han dicho los periódicos de mí estos días?

—Los primeros días los titulares eran continuos. Luego la cosa se fue apagando. Se hablaba de hacer un funeral de estado en la castellana, ya sabes, formación de alabarderos y un féretro vacío sobre un autocañón.

Durante un rato Shayla se abraza las piernas y mira al fuego chisporrotear.

—Estoy cansada. Cuando estas muerto todo es mucho más fácil, ya eres un héroe, no hay que pelear, —gira la cabeza y mira a Alonso— nos podríamos quedar aquí los dos. A un día andando hay un poblado, pobre pero con algunos recursos. Cerca hay agua, caza… Sabes, en el desierto es muy fácil ser libre, las únicas normas son el viento, el sol, la noche. Las únicas necesidades, el agua, la comida.

Alonso no contesta.

A la mañana siguiente, a la media luz del amanecer, el sonido de un motor despertando del sueño nocturno forma ecos en las paredes derruidas, en las columnas rotas y caídas, contra las dunas peinadas por el viento. El motor arranca al fin, se estabiliza lentamente. Al poco el volatero acelera, gira y encara el viento. Pesadamente, despega del suelo de regreso a la civilización. El aparato asciende despacio cargado con dos personas. Shayla se sienta en el otro soporte de tela, cuero y madera detrás de Alonso.

El regreso es sencillo, Alonso sigue la ruta que ha le ha llevado a Volubilis, avanza de hito en hito, aquella cumbre, aquel poblado, lee los tiempos y los rumbos en el mapa atado a su antebrazo.

Lucha contra el sueño, apenas ha dormido, ha usado la noche para mirarla tendida a su lado, arropada por una manta de campaña, sonriendo aún con la misma curvatura de los labios rotos y generosos que le han recibido aquella tarde. Recuerda esa sonrisa nocturna, no sabía cuando la había echado de menos hasta que la ha visto.

—Alonso, ¿crees que habrá periodistas en el campamento?

Alonso no contesta, a duras penas ha escuchado la pregunta sobre el ruido del aire y el motor. Se gira para mirarla, la sonrisa de Shayla ya no está, sustituida por un rictus de decisión sin limites. Mira el indicador de combustible, apenas quedan unos litros. El campamento está detrás de las colinas herbosas que tienen delante.

El cielo permanece tan azul como el día anterior, se diría que siempre ha sido así, que no ha habido noche, ni que las estaciones han transcurrido, aquel aire diáfano, traspasado de un sol purísimo, permanece en el mismo estado en que algo o alguien lo creo de la nada. Alonso imagina que el combustible se agota, el motor se detiene, que el aparato lucha por mantenerse en el aire, planeando, pero que están demasiado lejos, no pueden cruzar las colinas herbosas. Busca un lugar dónde posarse con suavidad, no lo encuentra, tan solo hay espinos y rocas. Gira una vez, perdiendo altura, otra vez más, sin dejar de buscar un lugar dónde posarse. Se decide por un canchal entre acacias. El volatero se desploma sobre las piedras puntiagudas, destrozándose al primer toque.

Siente los huesos del cuerpo astillados. A unos metros el cuerpo de Shayla yace roto sobre una piedra manchada de sangre. La morisca le mira con los ojos muy abiertos, llenos de asombro. Inmovilizado, con la espina quebrada, imagina que el combustible ha durado lo suficiente para superar las colinas, que han descendido planeando sobre el campo, que han tomado irregularmente sobre la polvorienta pista despertando el estupor de todos. Escucha los vítores, las celebraciones, imagina que Shayla sigue con su vuelo hacia Guinea y que él se queda de nuevo solo, fumando, tarde tras tarde, en la tienda del comandante Franco, intentando borrar con té del desierto, el sabor de sus labios.