MELVILLE NO SUELE ESCUCHAR EL SONIDO DEL VIENTO

Mario Bellatin

Melville no escucha el sonido del viento, afirma su madre cuando descubre que su hijo ha redactado una página en blanco.

Expresión popular, bastante común en ciertos pequeños poblados de América del Norte.[1]

PANORAMA GENERAL

Cuando una criatura muere en los pueblos situados en las partes altas de la cordillera de los Andes, el padre debe avisar de inmediato a los padrinos para que se encarguen de los gastos necesarios. Horas después la madre del párvulo tendrá que cocinar los alimentos que los padrinos están en la obligación de proveer para la celebración del velorio. Aquellos padrinos dadivosos deben llegar en la noche acompañados de un arpista contratado especialmente para la ocasión. Los invitados dedican las primeras horas de la ceremonia a descubrir si la criatura murió con los ojos abiertos. Uno a uno se acercan a la pequeña mesa donde yace el cuerpo sin vida y dan en voz alta su opinión. No siempre es fácil darse cuenta hasta qué grado los ojos de un muerto, y menos aún tratándose de un infante, están cerrados del todo. En caso de que los invitados no logren ponerse de acuerdo, los presentes saben que esa duda es síntoma de que pronto el párvulo se llevará consigo a alguno de los allí reunidos. El cuerpo de la criatura es trasladado al cementerio a la medianoche. El padrino debe obsequiarle al sacristán media botella de aguardiente para que repique la campana. En la fosa, que ha sido cavada por el propio padre inmediatamente después de haber avisado a los padrinos del deceso, colocan el pequeño cuerpo envuelto en un hábito generalmente marrón. Luego de enterrarlo comienza el baile. Los arpistas en esos momentos deben tocar algo de gran animación. Los primeros en bailar alrededor de la tumba son los padrinos, seguidos después por el resto de los concurrentes. Los padrinos deben brindar con los padres una y otra vez. Por eso, y más aún si han sido realmente dadivosos, son cargados de vuelta a sus casas.

MUERTE DE GEORGE PRESA DE HORRIBLES CONVULSIONES

Cuando me vienen a preguntar si está bien que desentierren de vez en cuando a sus muertos, nunca sé qué contestar. En medio de la fiesta me cuentan cómo se encuentran las calaveras de los padres, de los hijos, de los abuelos, ya que muchas de ellas todavía conservan los ojos en buen estado, con un brillo especial que quiere decir que no han sido destinados por los espíritus a un lugar desagradable. Hablan de los restos de cabellera, atada de la misma manera como fue enterrada. También me cuentan de los vestidos. Me describen principalmente el estado de las telas de las mortajas. Establecen de pronto una extraña competencia entre las telas y la carne. Con el paso del tiempo creo entender el significado de estas comparaciones tan macabras. Cuando se da el caso, con un inusitado orgullo me dicen que los hábitos y las mantas están destrozados por acción de la tierra y los gusanos, y que en cambio las pieles se mantienen tersas, los cutis frescos, las orejas aún delineadas. Parece que tienen obsesión con las uñas. Siempre hacen referencia a ellas. En la forma como siguen creciendo a pesar de las circunstancias. O, por el contrario, puedo ver sus expresiones de quebranto cuando constatan que las uñas es lo primero que la muerte se llevó. Que de las pieles no quedan sino jirones podridos, y que los trajes o vestidos de fiesta con que a veces los entierran se encuentran como acabados de comprar. Nunca me lo han querido decir abiertamente, pero intuyo que piensan que de acuerdo a las condiciones como se mantenga el cuerpo bajo tierra se pueden sacar conclusiones sobre la vida que llevó el difunto. De ese modo saben si se trató de una buena persona, si los dioses estuvieron de acuerdo con la existencia que llevó, y, sobre todo, si esa muerte es capaz de otorgar bienestar a los deudos. En más de una ocasión he visto cómo después de la celebración del día de Muertos se han retirado a sus casas llevando consigo fragmentos de los cuerpos. En un principio pensé que se trataba de demostraciones de un amor que va más allá de los límites establecidos. Sólo con el tiempo descubrí que lo hacen para conducir días después aquellos restos hasta la cumbre de la fortaleza que preside el poblado —se trata de la mítica fortaleza inca de Ollantaytambo— y comprobar desde la altura, para lo cual deben contar con el visto bueno de las montañas de los alrededores,[2] de qué clase de muerto se trata. A pesar de ser una costumbre bastante arraigada entre los pobladores nunca se atreven a proponérmela con relación a mi propio difunto, George Carmichael, que murió presa de terribles convulsiones semanas después de ser mordido por un insignificante perro que rondaba por la plaza principal. Mi tumba es requerida únicamente una vez al año para hacerle los honores de rigor. A pesar de que con el tiempo puedo considerar como normal que se lleven los restos hasta la cumbre de la fortaleza, nunca me han dicho nada relacionado con mi muerto. De habérmelo propuesto hubiera incluso mandado a picar la losa de cemento bajo la cual yace el cuerpo de mi marido. Se trata de una piedra dura. Por eso pienso que fue una buena idea mandar hacer la lápida en el mismo Cuzco para luego trasladarla en una camioneta hasta este cementerio.

INJERENCIA ARBITRARIA Y UN TANTO NECESARIA DEL AUTOR

En aquellos años mi padre era un simple empleado del Ministerio de Agricultura. Salía todos los días con rumbo al trabajo, para lo cual tomaba un auto de servicio público que recorría de extremo a extremo la avenida principal de la ciudad. Me llamaba especialmente la atención la pulcritud de su camisas blancas, que no sufrían mácula a lo largo de la jornada. Después me enteré que una vez en la oficina se colocaba unos guardamangas de plástico para evitar que la tela se desgastara con la rutina diaria. Mi madre, por su parte, estaba encinta. Todos vivíamos en un pequeño y húmedo apartamento que acrecentaba una torturadora asma, que sólo era calmada con una serie de medicamentos que si bien abrían los bronquios me llevaban a un embrutecimiento total, ante el que ni siquiera tenía certeza de si me encontraba dormido o despierto. Mi madre estaba nerviosa. Parecía sentirse realmente mal. Vomitaba el día entero. Se quedaba recluida en la oscura habitación que compartía con mi padre y yo a veces, cuando lograba liberarme del efecto de las pastillas, salía a la calle a reencontrarme con algo de la luz olvidada por el diseñador de las habitaciones de aquel apartamento. En la escuela no me querían recibir porque los accesos de tos que me atacaban de cuando en cuando los achacaban a una enfermedad sumamente contagiosa. Recuerdo cierta mañana, cuando estaba seguramente al borde de la asfixia por tanto toser, en que la maestra hizo venir al salón de clases al mismo director de la escuela, quien se me acercó muy serio y me hizo la gran pregunta. «Tú tienes tos convulsiva, ¿verdad?», y yo contesté muy seriamente que sí. Como prueba saqué de mi boca un pequeño hilo bastante extraño, que no era otra cosa que la fibra con la que ataban el paté de cerdo del desayuno, y que yo sin que nadie lo advirtiera me lo metía en la boca antes de levantarme de la mesa y lo saboreaba horas seguidas. Quizá para mantener durante la jornada entera un trozo de mi vida familiar. De inmediato me enviaron de vuelta a casa, el pequeño y húmedo apartamento en el que vivíamos, con la firme orden firmada por las autoridades escolares de no volver a presentarme al plantel hasta que no llevara un certificado de salud. La maestra que cumplió las órdenes del director dijo algo relacionado con el embarazo de mi madre y la tos convulsiva, pero, como decía, mi madre estaba sumamente nerviosa en esos meses y creo que no tuvo la fuerza para contestar. Se limitó a hacerme pasar, darme una pastilla para el asma y dejarme encerrado en mi cuarto. Antes de que se fuera a su habitación le pedí que abriera, aunque fuera un poco, la pequeña ventana para así poder escuchar los ecos de una televisión encendida en alguna casa vecina.

VIUDAS CÉLEBRES EN UN MISMO POBLADO

Hace algún tiempo me enseñaron una tela de muchos años de antigüedad. Estaba en perfectas condiciones, como si hubiera sido recién fabricada. Envolvía una calavera diminuta, que también se mostraba completa. Me dijeron que se trataba de la momia de la madre de la fortaleza. Algunos afirman que es la princesa por la que Ollantay se arrojó al vacío desde la explanada más alta. La leyenda cuenta que una vez que supo que aquel guerrero se había suicidado por amor, la princesa huyó del templo inca en que estaba recluida y fue a instalarse a una pequeña choza levantada al borde de la fortaleza. Dudo que la tela que me enseñaron haya sido la mortaja de aquella mujer. En todo caso me ayudó para creer que en el poblado existe más de una viuda célebre.

LAS RADIANTES CAMISAS DEL PADRE

Mientras iba haciendo efecto la pastilla del asma, que me habían dado sin necesidad, quizá para darle gusto a la maestra que se había tomado el trabajo de llevarme hasta la casa, lo único que permanecía fijo en mi mente era la brillante camisa de mi padre. Alba y radiante en medio de los lejanos comerciales de la televisión. En esa ocasión mi madre no me pidió que me pusiera el pijama ni que me despojara del brazo ortopédico. El brazo, se llamaba. «Ponte el brazo, quítate el brazo, ¿dónde has dejado el brazo?, mira ya ensuciaste el brazo, no asustes a los niños con el brazo». En efecto, a partir del mal uso del brazo cada vez me fueron invitando menos a las fiestas infantiles. En una ocasión se perdió, no el brazo sino el guantecito mullido que hacía de mano. ¿Quién se lo habría llevado? Menos mal que contaba con uno de repuesto en mi casa. La preocupación para mí no era tanto dónde podía estar el guantecillo, sino que la fiesta del pobre niño de pronto cambió de rumbo y la misión principal de los adultos invitados ya no fue celebrar el cumpleaños sino descubrir qué había podido suceder con el objeto. De más está decir que nunca fui invitado nuevamente, ni a esa casa ni a ninguna. Por un lado era mejor, porque para mi padre, a pesar de sus albas camisas que iban y venían mostrando su impecable pureza, era un verdadero problema cada vez que era invitado a una de esas celebraciones. Principalmente porque había que comprar un regalo. Por lo general, nunca estaba dispuesto a gastar en nada que no hubiera planificado como mínimo con un mes de antelación, y además tampoco le parecía una buena idea dejarme y recogerme de la casa de mis amigos. Era mejor. Yo solía quedarme en mi cuarto, feliz, bajo los efectos de mis pastillas, liberado de las molestias que me producían los arneses que sujetaban «el brazo», y escuchando los rumores de los televisores lejanos.

RELACIONES INCESTUOSAS

Una de las creencias más arraigadas en la zona es que si el muerto ha mantenido durante su vida relaciones carnales con algún miembro de su familia, quien transporta sus fragmentos hasta la cumbre de la fortaleza corre el peligro de morir desbarrancado. Se dice que cuando duerme un hombre que mantiene relaciones carnales con algún miembro de su familia, su espíritu se desprende del sueño y se transforma en un animal desesperado que da sobrecogedores gritos por los lugares que esa persona acostumbra transitar.

EL FAMOSO CERTIFICADO MÉDICO

Pero mi padre sufría también. Principalmente porque no podía asistir a la escuela sin llevar un certificado médico. Porque no podía aprender, o, mejor dicho, perfeccionar mis conocimientos de suma, resta y multiplicación, que parecían ser lo único que tenía valor en la vida. Hasta ahora no comprendo por qué se sulfuraba tanto, entraba en un estado de furia incontrolable cuando me olvidaba que en el resultado final de una suma debía añadirle los dígitos que llevaba de la fila anterior. Por qué me arrinconaba contra una pared para golpearme por olvidar hacer la tarea de sumas y restas para el día siguiente. En estos trances de furia la más dañada resultaba ser mi madre, quien interponía su embarazado cuerpo para impedir que mi padre me siguiera golpeando. «Alfredo ya, Alfredo ya», eran sus palabras. Luego todo volvía a la calma. Mi madre se olvidaba por unos momentos de su malestar y me llevaba a mi pequeña habitación. Me despojaba de mis arneses, ¿por qué razón debían colocar un brazo ortopédico, con su complicado juego de arneses, fierro y cuero, a un niño de tres años?, es una pregunta que hasta el día de hoy no halla respuesta. El apartamento húmedo y oscuro, las destellantes camisas de mi padre, el miedo de mi madre ante un segundo embarazo que podía dar como resultado un niño también anormal, las terribles palizas motivadas por el infinito respeto a las sumas y las restas pueden tener una explicación. Es más, la tienen y es de una simpleza casi vergonzosa. Pero el asunto de la prótesis obtenida gracias a la caridad de un grupo de damas piadosas que dedicaban su tiempo libre a hacer obras de caridad en el Instituto Peruano de Rehabilitación, creo que no admite una interpretación cuerda. Nunca podré olvidar, ya no la parafernalia de estas damas de la guarda que se enorgullecían de ser las promotoras de una prótesis que no tenía ninguna utilidad práctica, sino la pelota que me regalaron en una celebración de Navidad que organizaron en el patio del Instituto. Mi padre me llevó entusiasmado. Había dejado en la casa su alba camisa. Colgada en la misma habitación donde mi madre incubaba sus temores acerca de la criatura por venir. Me dieron esas señoras un boleto con un número. Luego vino el sorteo. Cuando me acerqué vi en una mesa trasera una serie de juguetes que brillaban bajo la luz del sol. Me llamó la atención una locomotora de fierro, de aquellas que cuando se desarmaban evidenciaban que fueron hechas en Japón usando como materia prima los restos de las latas de conserva con que se evitó que durante la posguerra la población muriera de hambre.

HERMAN MELVILLE HACE SU APARICIÓN

En cierto pasaje de la novela Moby Dick, Herman Melville menciona el mal, instalado en el agua, para referirse a la ballena blanca como si de un Leviatán se tratara. Se puede leer cómo las profundidades del mar son el espacio propicio para albergar las tinieblas presentes en el alma humana. Me pregunto lo que sucede cuando el mar se encuentra a cientos de kilómetros de distancia, cuando lo único que se halla cerca son una serie de caudalosos ríos y heladas lagunas. ¿El mal será el mismo?, me digo. Cuando llegamos junto a mi muerto a este poblado traíamos con nosotros un diploma de graduación. La tesis de grado se refería a la simbología del pequeño Pecquod en la obra de Herman Melville.

MUERTE EN LA CUNA

El hijo de mi madre nació muerto. Mejor dicho, murió a los tres días del parto. Aquellos familiares que lograron verlo afirmaban que se trataba de un ángel. Las camisas de mi padre siguieron siendo albas. Mi madre continuó en su habitación. Al garfio que las damas piadosas decidieron instalar en mi cuerpo hubo que colocarle un recubrimiento de espuma para evitar que dañara a mis compañeros de clase. En el fondo de la gaveta de la cómoda de la habitación, debajo de una serie de ropas, se mantenía la foto de la criatura muerta. En aquella época era común la existencia de fotógrafos rondando los anfiteatros de los hospitales para que los deudos se llevaran un último recuerdo de los difuntos.

EL HERMANO ES UNA NUTRIA Y UNA NUTRIA ES EL HERMANO

Hace un año, en el anterior día de Muertos, una de las mujeres que realiza el aseo en el hotel que instalamos apenas llegamos, me sugirió que abriéramos mi tumba sin que nadie lo advirtiera. La noche anterior a la celebración de los difuntos le parecía una buena fecha para hacerlo. Ya ha pasado el tiempo suficiente, me dijo, debe ver si en realidad su muerto se encuentra en el lugar adecuado. Quizá las uñas estén crecidas, pensé, o tal vez las manos no sean sino un puñado de polvo. Sería imposible apreciar la cicatriz de la mordida. La mujer que me lo sugirió estaba en un estado absoluto de embriaguez. Acababa de desenterrar a su hermano, quien abusó de su hija mientras todos dormían en la casa. Fue entonces cuando me contó lo que les sucedía durante el sueño a quienes mantenían relaciones carnales con los miembros de su familia. Su hermano se transformó en una nutria doliente, que todas las noches emitía unos gritos desgarradores en las inmediaciones del camino que conduce a la fortaleza. La madre y la hija estaban empeñadas en cazarla, y dejaban cebos con pequeñas dosis de veneno al final del atardecer. El hermano cada día adelgazaba más. Tenía un puesto en el centro del poblado donde vendía artesanías a los turistas. Regresaba a la casa cada vez más pálido. El día que la nutria fue vista con las primeras luces del alba acostada al lado del camino, el hermano no volvió a despertar. Esta historia, tan evidente y tan falta de gracia, me causó sin embargo cierta impresión. Incluso me dio curiosidad por saber en qué estado se había conservado el cuerpo del hermano. No pude saberlo, porque la mujer ocultó todo el tiempo sus restos en una especie de atado que llevaba consigo, y que dejó a un lado para tomar la cerveza que debía ofrecerle, no sólo a ella sino a todos los que de algún modo se interesaran en mi tumba.

ARNESES TASAJEANDO LAS ESPALDAS

Todas aquellas imágenes de las camisas albas de mi padre, el embarazo difícil de mi madre, el comité de damas de la caridad colocándome una serie de complicados arneses hechos de fierro, plástico y cuero aparecieron durante una de mis lecturas de adolescencia. Cuando el capitán Ajab siente la necesidad de regresar al mar y husmea las vitrinas de las agencias funerarias que exhiben ataúdes para todos los gustos.

BUSCANDO EL PECQUOD Y AL PERRILLO CAUSANTE DEL MAL DE RABIA

Pese a todo, la mujer se llevó al día siguiente consigo los restos de su hermano. Está de más preguntar si los iba a cotejar en la cúspide de la fortaleza. Ni el más valiente del poblado se hubiera atrevido a transportar esos restos. La hija de la mujer había parido un año atrás. Quisieron que yo fuera la madrina, como lo soy de la mayoría de los niños de los alrededores. Me rehusé a aceptar, porque de alguna manera relacionaba ese fallecimiento con el de mi muerto. Si bien es cierto no hubo un animal aullando en las inmediaciones mientras se estaba urdiendo su muerte semanas después de la mordida, hubo animales involucrados y los aullidos que lanzó George antes de morir fueron proferidos por su misma boca. Durante esos días el Pecquod se fue desvaneciendo entre el polvo que fue llenando el diploma de graduación que habíamos colgado en la pared principal del hotel. Nunca encontré al perro que lo rasguñó, como afirmaba George mismo mientras era sedado con fuertes dosis de calmantes en la habitación del hospital regional. Quizá no se tratara de un perro atacado de mal de rabia, sino de la nutria que no podía encontrar sosiego mientras su pecado no fuera expiado. Más de una vez, en la oscuridad de la noche, la he visto saltando a través de la ventana que da al río que corre paralelo al hotel. Otras la he imaginado rascando el piso debajo de mi habitación. Otras apareciendo en medio del dibujo que trazo día tras día en el estudio que he mandado construir en la parte trasera del edificio.

TUMBA PERMANENTE Y TUMBA TRANSITORIA

La foto que de cuando en cuando husmeaba en el fondo de la gaveta de mi madre no fue la última imagen que tuve de mi desconocido hermano. Años después, cuando el padre de las impecables camisas hubo de emigrar del país buscando nuevos horizontes, ambos, mi padre y mi madre, recordaron de pronto que no habían enterrado al menor de sus hijos en una tumba permanente. Habían pagado sólo por quince años. Si después de esa fecha no se hacía el pago respectivo, el pequeño cuerpo sería enviado a la fosa común. Yo era el único que había quedado en el lugar de origen. Querían, no sé bien por qué motivos, que terminara mis estudios en la misma escuela donde los había iniciado. Quizá pensaban que más valía torturadores conocidos que torturadores por conocer. El caso es que me tuve que hacer cargo, junto con una tía bastante anciana que se responsabilizaba de mi supuesto bienestar, del traslado del cadáver de mi hermano a su tumba definitiva. Iba a pasar de la sección del cementerio destinada a los muertos transitorios a la reservada a aquellos cuyas lápidas estarían presentes para eterna memoria.

GRINGA RETRATA NIÑOS MUERTOS

La niña murió un mes después de nacer. Por eso me parece más que extraño que el año pasado la mujer no haya desenterrado a la hija sino a su propio hermano. Quizá no le queden dudas del estado en que se halla la niña. Durante el velorio tuve que ser yo quien pintara la escena necesaria para que la ceremonia no quedara en el olvido. Aguardé para retirarme hasta la llegada del arpista. No estoy dispuesta a visitar cementerios a la medianoche, ni a escuchar los gritos lastimeros azuzados por el alcohol. Al principio hubiera ido detrás de los padrinos con placer, pero ya tengo mi propio muerto y no tengo ningún interés en ritos fúnebres ajenos. Desde entonces me he dedicado sólo a retratar velorios, preferentemente de niños, y más aún de aquellos que han muerto por no haber tenido un nacimiento deseado. Cada vez que ingreso a uno de esos velorios se me hace evidente de qué clase de criatura se trata. Según algunos, la verdadera causa de estas muertes la produce la mente de los familiares, que ponen a prueba a estas criaturas hasta que cumplen los cinco años de edad. Si llegan con vida al cortapelo[3] recién parecen ser abolidos de toda culpa.

LA OPORTUNIDAD ES CALVA POR NATURALEZA

Fue un día de primavera cuando vi por primera vez el pequeño ataúd de un blanco desteñido, así como unos diminutos huesecillos casi convertidos en polvo. El empleado del cementerio encargado de hacer los traslados se empeñó en convencernos de que aquella era la última oportunidad que se presentaba en la vida para apreciar a los muertos queridos. Oportunidad que no a todos les llegaba. Era evidente el interés de aquel hombre por enseñarnos lo que podía quedar de una criatura de tres días de nacida quince años después. Aunque pensándolo bien, la tía anciana, apelando a profundas convicciones de orden cristiano, era la más entusiasta con la sugerencia del sepulturero.

COMPATRIOTAS DE ESPÍRITU

Sin embargo, entender de una manera cada vez más clara estas costumbres no me sirve de consuelo. Intento seguir leyendo a Melville. Hago dibujos que cada vez son más falsos. De un engaño incluso mayor al que siento relatando lo que significa pasar el día entero en un cementerio escuchando lo que los demás pobladores quieren decirme acerca de los que no están más en este mundo. Cuando todo no es sino mera casualidad. Mi muerto afirma, por ejemplo, que escogió a Melville porque ambos nacieron en la misma ciudad. Pero el espíritu de los libros no creo que tenga que ver con esa región. Ni tampoco con esta, Ollantaytambo enclavada en medio de la cordillera de los Andes, tan alejada del mar y dominada por una fortaleza de la que sólo se conocen algunas leyendas. No creo que George antes de morir haya pensado en la ballena blanca como símbolo del empecinamiento del hombre, como dice todo el mundo. Menos en el ridículo Pecquod. Lo único evidente en esos momentos es tan sólo su aversión al agua, un sistema nervioso destrozado y un sinnúmero de terribles aullidos que tenían aterradas a las enfermeras.

NO SE PUEDE SUMAR PAPAS CON CEBOLLAS

Pensando en una camisa blanca ondeando con la brisa de una playa que alguna vez visitamos utilizando el transporte público, en la máxima matemática de que no se pueden sumar papas con cebollas y en un ataúd blanco deteriorado por el tiempo, parece cobrar sentido la inquietud de una madre ante la imposibilidad de su hijo de escuchar el viento.

PIEDRAS TRANSPORTADAS DESDE EL CUZCO EN CAMIONETA PICK-UP

La tumba que construí se encuentra precisamente en la entrada del cementerio. Mandé hacer una explanada de mármol negro, que como dije trajeron del Cuzco en una camioneta pick-up. Una vez que se enterró el cuerpo, los pobladores pusieron encima una gran piedra que extrajeron de la base de la fortaleza. Jamás me habría atrevido a pedir una cosa así. Pero se trata de una costumbre que llevan a la práctica cada vez que se tiene en el poblado un fallecido célebre. A la mujer ebria que desenterró a su hermano violador la he escuchado decir que en una junta vecinal han elegido mi piedra. No me pueden revelar de cuál se trata, pero espero que se encuentre lo más alejada posible de la supuesta morada de la princesa inca.

SOBRE LA POSIBILIDAD DE QUE MELVILLE NO SE HAYA ENFRENTADO JAMÁS AL VIENTO

Melville no escucha el ruido del viento, afirma su madre cuando descubre que su hijo ha redactado una página en blanco. Mientras tanto, los pobladores de Ollantaytambo continúan con la matanza general de cerdos sobre calles empedradas durante la celebración del día de Muertos.

Tijuana, 2001

MARIO BELLATIN (México, 1960) ha publicado hasta la fecha nueve novelas. En el año 2000 fue nominado al Premio Medicis a la mejor novela traducida en Francia por Salón de belleza. Desde 1999 es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México. Este texto es un fragmento de La escuela del dolor humano de Sechuan.