¿Han visto la estrella? Mino se había sentado de un salto sobre la cerca. Llevaba todavía el pantalón raído y sucio del trabajo diario, y, como siempre, el hermoso pecho descubierto, y aquel pañuelo rojo ciñendo la cabeza, con el que intentaba (y a veces conseguía) parecer fiero. ¿Han visto la estrella de Dios? Miré a Rafael. Estoy seguro de que Mino también lo miró; lo traicionó un brevísimo pestañeo, una alteración leve, nerviosa, de su cara ruda y a ratos cruel. No obstante, Rafael continuaba tan impasible como la blancura de su cara, que ni el desalmado sol lograba alterar. La estrella de Dios anuncia el nacimiento del Hijo. Y el provocador esta vez articulaba con exageración, acentuaba la sonrisa, hablaba con voz más potente, mientras el otro, que no estaba dispuesto a dejarse molestar, alzó los ojos con suma lentitud, miró la estrella, y su voz, tan ronca que no parecía suya, se dejó oír: Sí, ya sabemos, la estrella de Belén. Mino escupió. A mí me gustó que escupiera.

En verdad, resultaba imposible no haber visto la estrella, tan ostentosa, allá, en un cielo de brisas y aves raras; un cielo que no era negro (tampoco azul), de escasas nubes. Por desilusionar, el Duce dijo que las aves no eran golondrinas, sino murciélagos. Ella, la estrella, sí que resultaba evidente, desde que comenzó a atardecer resultaba evidente, porque yo la vi cuando nadie todavía se había percatado, en el momento de salir del campo de caña más o menos sembrado, y volver al campamento, a bañarnos, a continuar, porque esa noche excepcional tendríamos trabajo. Allí estaba, en un cielo atardecido, desafiando al sol, brillando ya como si en verdad quisiera anunciar algo. Aunque, por supuesto, mayor esplendor tenía en la noche de ahora. Y mayor todavía, pensé, en los ojos de Mino, porque los ojos grandes y negros se iluminaban al mirar hacia lo alto. Es la estrella de Belén, repitió Mino con seriedad, es decir con cierta punta de burla, mientras algunos de los que siempre estaban riéndole las bromas, de los más dispuestos al choteo, se ponían a cantar

Esta noche es Nochebuena,

vamos al monte, hermanito,

a cortar un arbolito,

porque la noche es serena…

Hubo risas, sin duda. Muchos hasta aplaudieron y miraron también a Rafael, que continuaba siendo, de todos nosotros, el único que tenía valor para reconocerse católico. Él, ya lo he dicho, había aprendido a no dejarse alterar, y no aceptaba provocaciones, y se le podía ver sentado sobre una piedra, silencioso, muy blanco, imperturbable la cara linda, ahora sin mirar la estrella, sin mirar a nadie, con los ojos bajos, escribiendo en la tierra con la ramita de un árbol, fiel a la imagen de sí mismo que había logrado crear y de la que muy poco se sabía (mucho menos si toda aquella actitud correspondía a una verdadera humildad o a un exceso de orgullo). Alguien, para continuar molestándolo, comenzó a rezar el Padrenuestro con voz de falsete. Otro lo secundó tocando un cajón. Se improvisó una conga con el Padrenuestro. De otro salto, Mino bajó de la cerca. Basta ya, gritó, aquí nadie se burla de ningún compañero. Y está de más decir que las risas cesaron y se impuso el silencio, porque a Mino le gustaba jugar, no que jugaran, y le gustaba mostrarse magnánimo y justo, y era además el jefe del campamento, y también el secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas en el colegio, y, lo más importante: sabía dar órdenes y hacer que se le respetara. Las risas buscaron más tarde otros motivos, hasta que llegó el camión que nos trasladaría a la granja donde, según explicó entre carcajadas el Duce, festejaríamos el nacimiento del Hijo de Dios.

(Por primera vez yo celebraba las navidades fuera de casa. Y si empleo este verbo alegre, dichoso, «celebrar», es por seguir una práctica demasiado arraigada en mi familia, una obstinada costumbre que intentaba sobreponerse a las circunstancias ásperas —severas— en que vivíamos. Hacía años que las navidades estaban prohibidas en Cuba. Hacía años también que mi familia las festejaba a escondidas, prescindiendo de lujos y sibaritismos de épocas propicias, intentando que la fecha continuara siéndolo de unión. No importaba que ahora parte de la familia se dividiera entre New Jersey y Miami, o que a mi tío Pablo lo hubieran encerrado en la cárcel por haber pegado fuego a su ferretería el día en que el Estado decidió expropiársela. El núcleo central, mi abuela, mis padres, mi tía Sara, mi hermana y yo continuábamos allí, en la casona de Marianao, armando el pesebre y el árbol en el cuarto de los trastos viejos, y poniendo muy bajo en el tocadiscos villancicos en la voz de Frank Sinatra, de Bing Crosby, y cenando lo que pudiéramos, lo que encontráramos, a puertas y ventanas totalmente cerradas. Ese año, sin embargo, yo no podía estar presente para la ceremonia de Navidad. Para evitar evocaciones religiosas, para educarnos en el más estricto sentido del deber laboral —agrícola—, las escuelas cambiaron para diciembre sus fechas de trabajo voluntario. Y al trabajo voluntario, bajo ningún concepto, se podía dejar de asistir).

La granja a la que nos llevó el camión de la cooperativa no estaba lejos del campamento y se llamaba La Virgen. Ignoro si el Duce poseía suficiente sentido del humor como para haber planeado el llevarnos aquella noche a un sitio con tal nombre, o si el nombre constituía una simple casualidad. Lo cierto es que yo lo tomé entonces como símbolo, premonición, y miré a Rafael, que pareció no percatarse de nada. Nos esperaba un campesino sin sonrisas ni palabras, que nos hizo pasar a una gran nave en cuyo centro crecían varias montañas de vainas de frijoles negros. El Duce se detuvo junto a una de las montañas y exclamó Compañeros, tenemos el privilegio de ver cómo se cierra una época y se inicia otra, somos los privilegiados de la Historia, los elegidos, los que poseemos la enorme facultad de poder transformar el mundo con nuestras manos, se han terminado los tiempos de la servidumbre, en los que unos hombres se constituían en lobos de otros hombres, esta noche comenzamos muchas cosas, y entre ellas comenzamos a destruir los rezagos de la antigua sociedad burguesa, esa sociedad que tanto daño ha causado a nuestro pueblo, ahora nos toca a nosotros, a los humildes, y vamos a arrasar con todo, vamos a arrasar con las supersticiones, porque el hombre, el hombre trabajador, es el único Dios verdadero, y como dijo sabiamente Carlos Marx la religión es el opio de los pueblos… Y de ese tenor continuó el Duce su discurso de media hora. El Duce, nuestro profesor de historia, pasaba la mayor parte del tiempo echando discursos. Por cualquier motivo nos endilgaba una de aquellas arengas que a veces no entendíamos. Creo que por eso lo habíamos apodado el Duce, y porque se llamaba Benito; por lo demás, alto, delgado y mulato, en nada recordaba a Mussolini.

Se dio la orden y nos fuimos sentando alrededor de las montañas de frijoles, junto a grandísimas cestas que iba proporcionándonos el campesino carente de palabra y de sonrisa. Se inició el trabajo. Las vainas vacías comenzaron a caer en una cesta. Los frijoles en otra. Se hizo un inoportuno silencio en la nave de la granja iluminada con faroles de queroseno.

Todavía faltaba más de una hora para las doce. Mino me llamó con un gesto, y con un gesto me indicó que saliera. Fuera de la nave, la noche no parecía percatarse del suceso histórica que el Duce anunciaba, ni del cambio de época que, según él, estaba teniendo lugar. Me vi frente a una de esas noches habituales de diciembre, estrelladas, ligeramente cálidas, recorridas por una brisa húmeda que agitaba los árboles y se esparcía con aroma a flores y a tierra. La estrella continuaba allí, acaso más alta, y su brillo me pareció más intenso. Con nostalgia, me pregunté qué estaría haciendo mi familia en ese instante. Recordé el árbol, a veces con adornos azules, en el cuarto de los trastos. Recordé el pesebre que tía Sara había traído alguna vez de México. Imaginé la mesa puesta y hasta escuché la voz de Bing Crosby. Hace diez años, me dije, yo pude ser feliz en una noche como ésta. No tuve tiempo de sentir lástima por mí mismo, de deleitarme en la melancolía. Mino salió con Rafael por la puerta lateral de la nave. Siempre que podía, el comunista se hacía acompañar por el católico, y hablaba mucho con él, lo «atendía», como se expresaba en la jerga de la Juventud Comunista. «Asunto político», se decía. Se instituyó que un militante comunista debía ayudar siempre a aquellos que padecieran «debilidades ideológicas», debían ayudar a que esos infelices salieran de su error y abrazaran la única ideología verdadera: el marxismo-leninismo. El caso más flagrante de «debilidad ideológica» lo constituía Rafael, puesto que, a pesar de tantas charlas y reuniones, no acababa de renunciar a su condición de católico practicante. Tenemos que ir al campamento a buscar agua, ordenó Mino, y pasó el brazo por encima de mi hombro, como solía, para fingir que se sentía mi igual, o para recalcar la diferencia, o quizá para comprobar que mi cuerpo estaba temblando.

Vamos por el camino del río, volvió a ordenar (siempre ordenaba), es más corto y más agradable. También más oscuro, ripostó Rafael, tajante, con aquella extraña voz ronca y el tono de desafío que desmentía la beatitud y la belleza casi femenina de su cara blanquísima. Qué, ¿tienes miedo?, y la inflexión que Mino agregó a la pregunta dejó traslucir la sonrisa de burla que él se preocupó de no llevar a los labios. Quien camina derecho camina seguro, contestó Rafael y echó a andar rumbo al río. Lo seguimos.

En realidad no había tal río, sino un cauce seco a cuyos lados crecían cañabravas. El sonido del viento entre las cañabravas tenía algo de música, algo de murmullo o de risa. Como arriba el cielo de la noche andaba saciado de estrellas, se podía ver muy bien el camino, el lecho del río, seco pero harto a su vez de piedras blancas y de algo como el recuerdo del agua. A ratos las piedras relumbraban brevemente, reproducían a su modo el otro brillo de las estrellas. Tu Dios nos ilumina el camino, vamos hacia el día del nacimiento de su Hijo, observó Mino con menos maldad que deseos de provocar. Siempre lo ilumina, respondió el otro sin mansedumbre, lástima que tus ojos no estén preparados para la luz. El primero se encogió de hombros y nada respondió. Caminábamos sobre las piedras, haciendo equilibrio, levantando los brazos hasta ponerlos en cruz. Somos los tres reyes en busca del Recién Nacido, el comunista volvió a la carga, y acompañó estas palabras con una de sus hermosas sonrisas. Me pareció que esta vez hasta el católico sonrió. Por delante de nosotros cruzaban a veces insectos iluminados, sombras de murciélagos y hasta fuegos fatuos. El sonido de la noche se mezclaba con el olor intenso del río seco. Chico, ¿sabías tú que un día como mañana Dios envió a su Hijo para hacerlo sufrir y luego abandonarlo, y terminar dejándolo (brutal, brutal) que se muriera en la cruz?, preguntó Mino. Resultaba evidente que la pregunta me estaba dirigida y al propio tiempo no me estaba dirigida. Yo iba el último y nadie esperaba que respondiera, de modo que me hice el desentendido. Yo miraba, olía, escuchaba y hasta saboreaba (no podría ahora precisar cuál de mis sentidos andaba más despierto, porque si es cierto que la Isla adormece la mente, también lo es que despierta los sentidos). No hubiera podido explicarlo entonces con seguridad, pero aquella exaltación alegre de olores, de sonidos, de sensaciones que era el camino del río seco en las sombras de diciembre me hizo tener por primera vez conciencia de mi cuerpo. Había logrado olvidar a mi familia y la posible cena que en ese momento estaría celebrándose en La Habana. Alguien dijo que por mayo, cuando comenzaban las lluvias, el cauce se llenaba, el río se convertía en río. Sin embargo, aun estando seco, caminaba yo por aquellas piedras lavadas imaginando que lo hacía por entre aguas. ¿Qué es para ti primero, preguntó Mino puntilloso, el espíritu o la materia? En este momento, la materia, respondí con toda la audacia del mundo. Mino se volvió y me observó con mayor sorpresa que complacencia en la sonrisa detenida. Bien dicho, exclamó alzando un brazo y haciendo una señal de victoria con los dedos. ¿Y crees la historia de la Inmaculada Concepción? No respondí. Creció una pausa de varios segundos en el camino del río. La noche estaba tan cerca, tan presente, que casi se podía acariciar. Mino, que ahora iba delante, habló mirando hacia lo alto. Esa señora, la Virgen, debe de haberla pasado en grande, la verdad, porque si para una mujer es sabroso gozar con un hombre, imagínate lo que debe ser gozarla con Dios. Rápido, con rapidez que las palabras no permiten narrar, el católico tomó al comunista por los hombros, lo puso frente a él y le lanzó un golpe a la cara que lo derribó. Mino cayó sobre las piedras. Su contrincante no dio tregua, se lanzó a su vez sobre el adversario y comenzaron a golpearse con furia antigua, con furia que llegaba desde otros rincones y lejanías, y que nada tenía que ver con la vulgaridad que Mino acababa de decir. Yo no supe qué hacer: retroceder un poco, ponerme a salvo (mi miedo no es asunto de ahora). Los dos cuerpos se golpearon y confundieron entre las piedras del río, bajo la luz de la estrella.

Cuando se cansaron de golpearse, Rafael se irguió un tanto y se llevó una mano a los labios, donde había un rastro de sangre. No hubo en su cara expresión de susto o de sorpresa. Parecía que simplemente necesitaba tener la certeza de que se trataba de un golpe en sus labios, de su sangre. Los ojos de Mino tampoco mostraron ningún sentimiento especial. Volvió la cabeza a un lado, escupió y llevó luego su mano a la boca del otro, tocó la sangre, intentó mirarla con cuidado en la oscuridad como si no estuviera seguro de lo que veía. No hubo en el movimiento pizca de miedo, odio o compasión. Luego se llevó a los labios su propia mano con la sangre del antagonista. También este gesto lo ejecutó con absoluta indiferencia. Y como si probar la sangre no resultara suficiente, buscó con su boca la boca del otro. A pesar del miedo, de mí mismo, esta vez no huí, todo lo contrario, me acerqué, me senté junto a ellos. Rafael cerró los ojos y dejó que Mino le limpiara con su lengua la sangre de su boca. Con cierta ansiedad, las manos de Mino subieron por los brazos del otro, acariciaron el cuello, se detuvieron en la cabeza, aunque no hizo falta que presionaran, porque ya los labios sangrantes buscaban los de Mino y se perdían entre ellos. Más que ver el beso, lo escuché. El chasquido de ambas bocas mezclando sangres y salivas llegó a ser más fuerte que cualquier otro sonido del río o de la noche. Mientras se abrazaban, comenzaron a hablarse. Fue un susurro, nada más que un susurro. Nunca supe qué dijeron. Lo único que pude escuchar fue un ¡Cállate!, ordenado con impaciencia por quien siempre daba órdenes, y otra vez el sonido tan reconocible de los besos. Hubo un tiempo en que creí que había cerrado los ojos. Cuando Rafael abrió los suyos (y no sólo las bocas, sino también las miradas se encontraron en diferente desafío), yo hubiera jurado que cerré mis ojos. Ahora, no obstante, supongo que no pudo ser cierto, que en verdad dejé los ojos abiertos, y que tampoco, como otras veces pensé, me acosté a mirar el corto vuelo de los murciélagos, o el terral que movía como nunca las copas de las cañabravas y a veces ocultaba la estrella. Si no, ¿cómo puedo recordar que se abrazaron durante un tiempo que me pareció inacabable? ¿Cómo puedo recordarlos desnudos? O mejor: ¿cómo puedo recordarme desnudándolos? Sí, porque los desnudé para evitarles que desviaran la atención que tenían puesta el uno en el otro, para evitarles la tarea demasiado zafia de quitarse la ropa. También yo me desnudé, lo sé. Percibí en una revelación excitante mi cuerpo desnudo por primera vez en un monte sin que esto me provocara desamparo. La conciencia de mi propio cuerpo, que minutos antes me había impresionado, cobró en ese momento una mayor envergadura, pero no me impidió admirar la blancura que tenía la piel de Rafael en contraste con la oscuridad que tenía la de Mino, y la hermosura de aquellos cuerpos de catorce años (más robustos y mayores que yo). Y vi que Mino besaba el pecho de Rafael; y que éste halagaba con el dedo, como si escribiera, las nalgas de Mino; y supe que Mino pasaba su frente por los muslos de Rafael; y me gustó ver cómo se dibujaban luego el uno al otro los labios con los dedos; y yo mismo ayudé a Mino para que se pusiera de rodillas, y ayudé a que la endurecida virilidad de Rafael (blanca y dominadora) se perdiera en su boca, mientras éste arrancaba el pañuelo rojo (que ni la lucha había logrado arrebatar) para luego atraer hacia sí la cabeza de Mino, para que el miembro desapareciera entero en la boca; cuando Rafael mordió después con obstinación el cuello de Mino, se unieron las manos de ambos; las bocas de ambos se buscaban después de cualquier caricia; una boca andaba siempre en búsqueda incesante de la otra. Mino obligó a Rafael a que se acostara sobre el lecho seco del río, pero fui yo quien levantó con cuidado las piernas blancas para que él pudiera llevar su lengua al centro escondido de aquel cuerpo blanco. La expresión de Rafael fue entre desesperada y agradecida. Yo pasé mi mano por su frente y no me atreví a besarlo. Después Rafael hizo que Mino se volviera, besó repetidas veces su espalda. Con saliva y sangre mojó su miembro, que yo me aventuré a tocar. Sé que yo mismo lo conduje hacia el lugar que él necesitaba, allí donde debía clavarlo sin misericordia, el lugar donde la ansiedad de Mino ya no estaba en condiciones de oponer ninguna resistencia. La cara de Mino se embelleció por el dolor fugaz, y luego se embelleció aún más por el placer. Lo acaricié, lo besé, le sequé el sudor. El movimiento de los cuerpos pareció seguir el ritmo de aquellas respiraciones esperanzadas (entre las que se encontraba, por supuesto, mi propia respiración). El movimiento pareció concentrar en ellos todo el resto, lo que quedaba del mundo y de la noche. Cuando Rafael no pudo más y lo vi estremecerse y ocultar su cara en la espalda mordida del otro, yo había caído de rodillas frente a Mino. La leche de éste se precipitó rápida sobre mi pecho, sobre mi cara, en abundancia dichosa. Ellos quedaron detenidos, inmóviles, varios segundos. Luego se separaron con suavidad, como si no lo desearan. Rafael se acercó entonces a mí. También Mino se acercó. Acaso con cierta sorpresa comprobaron que yo me estaba masturbando. Acaso caían en la cuenta de que yo estaba allí. Fue sólo un segundo. No prestaron después atención al movimiento de mis manos. Tocaron mi pecho y mi cara. Precisas, las manos de ambos fueron a los lugares donde mi cuerpo estaba sintiendo deslizarse la leche de Mino. Las bocas se ocuparon luego de recoger aquella leche. A pesar del placer que me proporcionaban, no fui tan ingenuo de ignorar que, poco a poco, con fruición, me estaban excluyendo de modo definitivo, me estaban despojando de algo que consideraban asunto de los dos.

Regresamos al fin con el agua. Mino gritó Aquí está el vino, compañeros. Se despertó una carcajada general. Los muchachos continuaban abriendo vainas de frijoles, entre risas inexplicables, chistes absurdos y canciones en donde un guerrillero, al tiempo que se quejaba de lo lejos que andaba su amada, declaraba un gran amor por el pueblo, su fe en la lucha, en la victoria final. Satisfecho, el Duce alzaba el brazo y repetía, recalcaba con euforia Se acabaron las supersticiones, muchachos, Dios ha muerto, hemos llegado al futuro y ustedes son por fin la esperanza. Supongo que eran aproximadamente las dos de la mañana. Sin nostalgia, pensé que tal vez en mi casa estuvieran retirando los restos de la cena.

La Habana, junio de 1999