Primer fuego. Londres, Navidad de 1829
El hogar es el refugio de los pecados. Las calles, es cierto, llevan al desorden y la podredumbre. Sólo el diluvio universal podría limpiar estos ríos de miseria e injusticia. En estas circunstancias padezco las desdichas del amor. Mary Beadnell es el fruto de noches insomnes en las que recuerdo mi infancia en Landport y luego en Chafham. Entonces, como los árboles se llenan de ramas en primavera, siento crecer algo en mí. Soy un simple taquígrafo, lo que me llena de pesar. Y Mary aumenta mis inquietudes. En la soledad de la noche intento acabar con la pesadilla: exaltación y esperma son los resultados. Poco a poco me desabrocho los botones de la bragueta y voy trayendo a mi mente los prodigios de Mary: su talle, su recatado escote y esa envoltura carnal que sólo de vez en cuando logro atisbar entre sus recios vestidos. En la noche navideña, propensa a las divagaciones, alcanzo su desnudez. La veo desnuda sin que mis ojos acierten a abrirse. Imagino la ostra de su sexo y la paladeo, me paso luego la lengua por los labios, tratando de encontrar aquello que desconozco y que sé que tiene un gusto extraviado. A oscuras recreo los efluvios de su cuerpo, las emanaciones que olfateé una vez en sus axilas sudorosas, recoveco sensual que se abrió el último verano y que hoy, en plena Navidad, regresa hasta mi nariz como un obsequio generosísimo. La seda de su vestido se humedeció. Cuando ella alzó los brazos, pude aspirar un perfume de íntimas esencias. Mi mano trata de apaciguar los movimientos, de detener ese instante en que el torbellino del placer entrega sus dones. Collar de perlas que recibirá la alfombra añeja y sucia. Mary llena mi pensamiento. Su imagen está anudada a este vaivén, pero le pongo un dique para prolongar el momento.
Mary es la hija de un banquero y sus aspiraciones me devastan. En vísperas de Navidad la he buscado para demostrarle mis mejores sentimientos. He evitado las salpicaduras de los carruajes y me he reservado unos chelines para hacerle un presente, un regalo miserable: una mascada de seda color plúmbago, regateada allá por los rumbos de Candem Town. No bien recuerdo a Mary, todo se precipita, girando alrededor de ella. Apenas si he rozado sus labios con un beso tan furtivo que sólo mi optimismo pudo considerarlo como tal. Ella me ofrece más de lo que me da. La veo y todo mi cuerpo termina por encenderse. Mi virilidad me traiciona y hago esfuerzos para evitar que ella se percate de mi grosería. El calor, esa ingrata elevación de temperatura, confunde mis ideas y me conduce por callejones sin salida. Estoy con Mary y los nervios me traicionan. Equivoco las palabras para expresarle la intensidad de mi deseo. Soy torpe y fútil. Anteayer llegué al pórtico de la residencia Beadnell y, a lo lejos, observé la ornamentación navideña. Por la ventana principal vislumbré un abeto con esferas amarillas y listones. ¿Cómo hacerla mía ante ese abeto? Ahora mi mano acelera el ritmo. Tengo ante mí el pubis de Mary, su vello está escarchado por el inicio de la nevada. Soplo y la veo libre de esa materia intrusa. Acerco mi rostro y la felicidad enciende mis mejillas.
Mi amada se niega con severidad a que pasemos juntos la cena de Nochebuena. Ella, como era de esperar, la celebrará con sus padres. Los mozos de librea recogerán los abrigos de los invitados, y en la fiesta habrá champaña y ocas trufadas. El pavo será trinchado en la mesa. Londres entero clamará por la justicia divina, ya que la terrestre ha huido. ¿Algún día compartirá Mary Beadnell los ardores del lecho con Charles Dickens? ¿Cuándo recibirá los homenajes de mi amor? Enciendo la luz. Veo un miembro tímido que exige satisfacciones.
Mary sabe seducir con una mirada que llega desde el cortinaje de sus pestañas, y que se completa con el gesto pícaro que esboza su nariz. Tiene la voz caprichuda de quien todo lo rechaza. Es una niña mimada trasplantada en una mujer de pechos amplios y ojos inquietos. Algunos amigos me han dicho que el opio es la respuesta a los desamores. Fumarlo tiene el efecto de borrar los recuerdos ingratos. Pero ¿en verdad quiero olvidar a Mary? Hoy más que nunca, la tengo en mi memoria, y por eso mi mano recorre una virilidad despierta, que parece gozar con su aparente autonomía. Mis partes se liberan y todo parece concentrarse en la rigidez de un miembro a punto de entrar en erupción. Cierro los ojos para viajar a través del recuerdo: quiero llegar al instante en que me deleité con una de sus pantorrillas, que al abordar ella un carruaje pude ver con ojos extáticos. La osadía de la maniobra me provocó un pequeño vértigo, un pinchazo al bajo vientre. Ella me mostró sus borceguíes de color menta y yo correspondí: me encontré con la isla de piel entre el zapato y los faldones. Le robé un mendrugo del manjar que anhelaba. Por lo pronto, mi cuerpo se estremece. Cierro los ojos y Mary Beadnell toca mis genitales. Sonríe y, sin quitarse los guantes de gamuza, trata de culminar la faena. Estoy a su merced, la contemplo, lleva sólo los refajos íntimos. Mi mano, es decir, la diestra de Mary, se apura. Estoy en trance y mi amada es toda ella complicidades. Un sonido del exterior rompe el hechizo, es la voz aguda de mi madre: ¡Charly, la cena está servida! ¡La Navidad te saluda y te brinda sus dones!
Segundo fuego. Londres, Navidad de 1836
El amor conyugal tiene algo de respiración. Suave y apacible, es diálogo que estimula las imaginaciones y nos otorga una inmensa paz. Vivo la Navidad con el fulgor de aquellos que han conquistado la justicia. Amo a mi esposa Kate. Noche a noche escucha con afecto la lectura de mis textos. Atiende sin comentario alguno, hasta que la fatiga del día le cierra los párpados y ella se duerme con la placidez de un niño; eso me enternece. Esperaría de mi mujer una crítica, un elogio, algo de una persona que es parte de mi existencia, pero ella se guarda todo para sí. Su boca es cereza de Darlington, su nariz es tan fina que Fidias pudo esculpirla y su piel tiene la suavidad de la brisa de Portsmouth. Cuando estoy apesadumbrado, pienso en el hogar y olvido las tinieblas del ayer. Al contemplar a Kate, dejo atrás mis amarguras infantiles en la fábrica de betunes para calzado, el rigor malsano que reinaba en la zona de Hungerford Stairs. Kate es pudorosa. Apaga las velas y permite el coloquio de las caricias. Por lo regular apresuro los pormenores, pues la incomodan un poco. Previamente, Kate se lava sus partes pudendas tras un biombo ornamentado con escenas de caza. Escucho los ruidos de ese acto que semeja un ritual. Asisto a él como a una especie de sacramento. Kate perfuma el aguamanil de porcelana con sustancias aromáticas de discreto olor a jazmín. Se lava los pliegues de sus axilas, decoradas con finísimos vellos que cubren también la espesura de su triángulo pubiano, al que he visto de reojo. El sexo recibe el bautismo del agua y prepara los caminos de la felicidad reservada a los justos. Kate sabe que los deberes conyugales son el principio de esa pasión que encuentra reposo cuando se satisface con dignidad. Soy un marido que calma sus ansias pero que no abusa de sus derechos. Sabe que el exceso cansa, y que lo que se hace con gratitud puede convertirse al cabo en vulgar y rutinario. De este modo, hemos dejado que los jueves sean el tiempo de las beatitudes amatorias. Kate sabe de las regularidades del coito y las cumple con la sabiduría que otorga la naturaleza, salvo en aquellos momentos en que el periodo irrumpe con sus rojas violencias y cólicos. Ella se postra y evita el contacto. Sin astucias, con los gestos mínimos, hace saber que está indispuesta y que los placeres conyugales deben esperar hasta la semana siguiente. Kate tiene la respiración suave. Proveedora de sensaciones, se deja penetrar sin resistencias. Me recibe y se abandona a mí. Por encima del camisón palpo sus pechos de pezones hinchados. Toco su trasero y mis manos recorren la geografía de la carne. Soy el deleitoso, el marido que se convierte en ciudadano de la lujuria y que trata de compartir los placeres con su esposa. Kate, muchacha educada en la fe cristiana, permanece en calma. Nuestro entendimiento carece de palabras. Pero su humedad es un tributo y una delación. El sexo de mi esposa otorga las beatitudes del amor por medio de esas lágrimas dichosas. En varias ocasiones he probado esa huella líquida. En el secreto de la alcoba, mientras acomodo mi miembro, impregno mis dedos de ambrosía. Luego paladeo esa ambrosía con fruición. Travesura que conservo en mi lengua y que llevo hasta el fulgor de mis anhelos. Después inyecto mi semen hasta perderme en un estertor que semeja el barritar de un elefante. Kate acalla mis clamores, conserva la quietud en medio de la tormenta.
Este jueves se celebra la Navidad, los olores de las viandas auguran una jornada feliz. Vendrán los parientes de Kate, y también mis padres alegrarán mi mesa de recién casado. Las frutas del bosque aguardan en canastos de mimbre. Beberemos un poco más que de costumbre, hasta sentir el cerebro inflamado de alegría. Recordaré los encuentros nupciales y mi memoria preservará largo tiempo la felicidad de esta noche. Entonaré algunos aires de Thomas Arne y, en el punto culminante, interpretaré algunas escenas de Shakespeare, algo de Los dos hidalgos de Verona y de Noche de Epifanía. Tomaré a Kate del talle y bailaremos.
Amo la Navidad porque es el tiempo de las recapitulaciones, con ella viene la gratitud por un año cargado de acontecimientos afortunados. El matrimonio con Kate fue una bendición y ella lo sabe. Sin embargo, desearía que participara de mi vida literaria con ese furor juvenil que desborda su cuerpo; Kate, hija de un colega periodista, carece del ánimo parlanchín de Mary Beadnell, esa mujer que me robó la calma y que me ha dejado una herida profunda que el matrimonio debe cicatrizar. La recuerdo y la ira me desfigura el rostro; luego mudan mis sentimientos y me invade una nostalgia innoble. Soy una especie de guarida, y en mi interior duerme la fiera de mi lascivia, una bestia insatisfecha que espera saciar su voracidad con alguna presa que se acerque a la madriguera. En mi caso, Kate cumple con ese papel. Ignorante del sacrificio, es la víctima de los desequilibrios causados por aquella hembra veleidosa que aún deposita sobre mí las gotas envenenadas de su voluptuosidad. Trato de alejar su recuerdo, pero la pesadilla vuelve a presentarse, y lo hace con el descaro de las visiones nocturnas: muestra las pantorrillas y levanta sus faldones para inquietarme con sus muslos y su vellón de gacela. Gimo, y mi esposa me despierta para sacarme del mal sueño, que se corrompe con dolientes tumefacciones de mi tallo viril. Oigo pasos tras la puerta: mis suegros han llegado.
Tercer fuego. Londres, Navidad de 1837
La muerte es un estigma. Al igual que Vulcano con su hierro candente, la Parca marca sus dominios. Mary, mi cuñada, ha muerto. Ella compartió con nosotros la casa situada en Doughty Street. Era encantadora y supo escuchar mis textos con el aprecio que Kate no muestra. Mi esposa es la eterna aburrida, sólo se la ve vivaz para dormir. Catherine Hogarth, Kate, el blanco de todos mis enfados. He pasado con ella por las escalas que van del abandono al desdén. Kate aumenta libras con la velocidad de un animal en engorde. Por un lado está su embarazo y, por otro, su afición a devorar lo que encuentra al alcance de su boca. El aguamanil en que hacía sus abluciones íntimas ha quedado arrumbado y el biombo es objeto inútil. El acoplamiento adquiere los matices de una cuota mensual. Kate me abruma con su tedio. Hemos olvidado los convivios amatorios de los jueves. En la cópula, mi esposa permanece quieta, apenas si advierte que mi miembro es un intruso que llena su ojiva sexual. El viernes anterior sentí mi hombría mancillada: Kate dio tres bostezos seguidos mientras yo procuraba alcanzar las crestas del placer.
Lo único que ha reanimado mis ensueños fue tener, por una vez, a mi cuñada Mary, nombre que vuelve a insuflarme la esperanza de alcanzar la felicidad. Diecisiete años había cumplido Mary, a quien evoco con una rosa prendida en sus cabellos oscuros. En su rostro, un tanto alargado, he visto la imagen de mis pasiones. Al igual que el Minotauro, he quedado atrapado en esos recovecos, que tantas cosas me dicen y de las que son eco mis palabras. Atento a los modales familiares, guardé con Mary las distancias respetuosas. Aun así, avivé el fuego y traté de permanecer la mayor parte del tiempo con ella. Llegué allí donde se ocultaban las tentaciones, y todo por las sendas que me proporciona el laberinto de mi hogar. Soy el prisionero conyugal y el monstruo devorador que se reconoce enamorado. Al leer mis textos, a veces titubeaba, porque bastaba un movimiento de sus labios, el resplandor de su mirada y una palabra apenas pronunciada para que mis emociones se exaltaran. Mary era un ser exquisito que contrastaba con Kate. En una ocasión tuve fantasías, debo reconocerlo, de que los aromas del jazmín perfumaban las partes secretas de Mary. Esto ocurrió durante una lectura a media tarde, cuando tuve la peligrosa sensación de que poseía a mi cuñada. Percibí el roce de su intimidad, que ennoblecía mi miembro y que atrapaba mi deseo con el fervor de un creyente. Dentro de mí, ante esa presencia amada, todo parecía vivir la canícula del amor. Una obesa gota de sudor evidenció mi estado anímico. La hinchazón de mi virilidad me acongojaba. Sentado en la poltrona disimulé la indiscreción lujuriosa. Mary, con la generosidad que la caracterizaba, pensó que una jaqueca era el motivo de semejante desfiguro. Recuperé el timón de mis actos y volví a la lectura.
Sin embargo, todo se borra el 7 de mayo. Regresábamos del teatro y ella percibe esa agitación que presagia grandes males. Inesperadamente, sufre un ataque cardiaco y su respiración falla. Mary entra en agonía y se aferra a mí para librarse de las garras descarnadas de la muerte. El dolor me invade, presagio su fin y trato de consolarla y consolarme: aspiro los vapores de su cabello. Tengo una reacción que ahora encuentro por demás condenable: mi virilidad parece exaltarse en un momento en el que todo reclama duelo. Un océano de emociones me derrumba. Diríase que Mary se hunde en un abismo. Su cuerpo se distiende por completo, los estertores finales preparaban este instante en el cual percibo la certidumbre de aquello que quiero negar. Todavía mi cuerpo lucha contra la lascivia. Jamás estuve tan cerca de Mary, tan próximo a sus pechos, a los que toqué llevado por la debilidad que otorga el amor. Pasé mis dedos pecadores por el escote que resguardaba sus pechos. En su mirada encontré la chispa que, en su silencio, consiente el encuentro con la felicidad. Toqué la huella húmeda del vestido en la cavidad de las axilas. Pretendía robar un dejo de este cuerpo que adoraba. Acerqué mi mano a su piel y me precipité a esbozar una caricia que ordenaba premura. Kate corría en busca de los primeros auxilios. Mary, entretanto, se desvanecía entre suspiros, que yo creía cercanos al éxtasis. El amor y la muerte estaban unidos. De pronto, cuando mis manos se disponían a alcanzar algo más, el tajo cruel: Mary, adolescente inmaculada, se sumió en las frialdades de lo supraterreno. Su alma revoloteaba rumbo a la infinitud celestial, mientras que el pobre pecador de Charles Dickens desbrozaba su pecado en los infiernos del abandono. Oculté mis lágrimas y corrí al gabinete privado. Sin premeditaciones, eso sí, con alevosía y ventaja, tuve una eyaculación que emparentaba mis ardores con los desperdicios del sueño púber. Vi el estropicio en mi pantalón y me invadió la vergüenza. Era un pecador consumado, y ahora recapacitaba en los acechos del dolor: Mary ya formaba parte de la legión de los muertos. Hoy que es Navidad lo primero que evoco es la celebración anterior, cuando aún amaba a Kate, y Mary apenas era un destello. Mi tristeza es infinita. Apenas si probaré el ganso y las papas. Pero he de sobreponerme, de otra manera revelaré mis percepciones íntimas. Debo esconder el secreto de mi amor por Mary, de otra forma reconocería que el hogar es el refugio de los pecados. En este caso, mi pecado es permanecer al lado de Kate. Y sería injusto descararme con una mujer que admite quererme con ese afecto con el que se premia a una mascota. Yo entiendo el amor de otra manera, como diálogo que tiene que fortalecerse con los días y recobrarse con la pasión militar de quien libera un territorio ocupado. De otra manera, el amor se marchita, como la virilidad desatendida, y también como la compleja hechura de la hendidura femenina, otro laberinto que reclama su Minotauro. Esta Navidad es la más triste de mi existencia. Mary es sombra misteriosa que me envuelve con ese abrazo que tuvo algo de carnal, coito suscitado e interrumpido por la hoz mortecina. ¿Qué me queda ahora? El triunfo literario palidece ante mis desventuras. Probaré un poco de ganso para evitar suspicacias. Está sabroso. Pido un poco más.
Cuarto fuego. Génova, Navidad de 1844
Italia tiene la vitalidad de los repiqueteos de sus campanas. Génova es un tónico que alivia los contratiempos pasados. Resido en el palacio Peschiere, un lugar que tonifica las ideas literarias. Por otro lado, asumo que el hipnotismo forma parte esencial de mi vida. En mis lecturas públicas lo empleo con el objeto de atrapar a los oyentes. La capital de Liguria me proporcionó una paciente para mostrar mis facultades mentales. Mis vecinos son los señores De la Rue; él es banquero y ella padece pesadillas. Al comentarme el hecho, el señor De la Rue me pidió un diagnóstico de la enferma. Observo a la dama, un ser desamparado. Al principio utilizo un cronómetro de oro para hacer que su voluntad ceda y su cuerpo se relaje. Habla de horrores indecibles: seres alados semejantes a avispas se multiplican y la poseen con aguijones inmensos. Otras veces, ella cae en un barranco durante un tiempo que parece dilatarse hasta la desesperación; llega al fondo sin lastimarse, paradojas de los malos sueños, y allí un ser entre lobo y perro la tira al piso y la posee por vía contranatura. La dama es tan explícita en sus descripciones que me sonrojo al escucharla. Tranquilizo sus ánimos y la señora De la Rue agradece mis cuidados. Sin dilaciones propongo la terapéutica: rigor e hipnosis serán el mejor alivio. La mujer pide que la atienda a la hora en que se presentan los excesos oníricos. El banquero, a diferencia de los maridos ingleses, es un hombre comprensivo y exento de celos. Me deja en la habitación, a solas con su esposa. Al principio, el tratamiento hípnico da sus frutos, pero después se complican las cosas. La mujer adopta actitudes un tanto cínicas. Deja al desnudo su anatomía. Apenas se cubre con una bata de seda. La situación acosa mis resistencias: todo hombre de treinta y dos años puede ser presa de la lascivia. Yo he resistido con la entereza de quien defiende un bastión patrio. Evitaba la mirada directa a las partes íntimas, que de pronto quedaban ante mi vista y que apreciaba en su novedad morena. Soy hipnotista, de ningún modo un santo.
Hoy hemos celebrado la Navidad con abundantes libaciones. Bebimos abundante champaña, sin olvidar las garrafas de chianti y los vasos de grappa. ¿Cuánto puede beber un escritor inglés de moral estricta y costumbres recias? Lo ignoro, el hecho es que he llegado a la embriaguez. Mi cabeza llegó a pesarme una tonelada y mis pasos tuvieron la agilidad de la baldada tía Edith. La fiesta terminó de madrugada. El banquero De la Rue quedó peor que yo. Dormía en un sillón, y su abandono lo hacía babear. La señora insistió en la gravedad de su estado. Taquicardia y debilidad eran los síntomas. Necesitaba que la atendiera, de otro modo sufriría un paroxismo. Tuve que acompañarla a sus habitaciones. La dama ni siquiera me oyó cuando le dije que un hipnotista borracho es peor que un cadáver arrojado al mar. Ella, atrapada por la insensatez del alcohol y la obscenidad, me empujó al cálido lecho. ¿Qué hace un hombre recto ante tales convites? Rehusar era tanto como declararme en quiebra. Sin comentario alguno, la señora De la Rue me abrió la bragueta y tomó por asalto un miembro viril que saltaba de alegría y que se acomodó entre los labios de tan gentil compañera. Ella fue hábil maestra, y el pobre hipnotista se encontró con el ojo lánguido de su entrepierna y con el guiño del óvalo anal. Bebí de ambos orificios con la sed de quien cruza el desierto. Probé la sal y la amargura de estas cerraduras que se abrían ante mí y se me ofrecían sin pudores. Perdí la noción del tiempo y disfruté de un placer imposible en las ruinas del matrimonio. El encuentro fue efímero y atropellado. Ambos éramos casados, y esto era un interludio, un don que nos proporcionaba la noche generosa de la Navidad. La esposa de De la Rue me demostró que las costumbres las rompe la geografía. Luego de los deleites, la mujer calmó sus ímpetus y roncó sin que se presentaran las criaturas noctívagas. A pesar del deliquio, creí ver una sonrisa en ese rostro femenino embotado por la bebida y el adulterio. Así culminó la Navidad de 1844, en la que celebraba mi relato Las campanas y mi estancia en Italia. Génova era para mí una ciudad plena de sugerencias, pero nunca imaginé que estas cosas pudieran sucederme. Amanecía cuando escuché los pasos extraviados de De la Rue, que se acercaba a la habitación. Tuve que salir de estampida. Sin despedidas hipnóticas, concluí la Nochebuena genovesa.
Quinto fuego. Londres, Navidad de 1858
El amor es una rencilla que se resuelve en el lecho. Mi hogar se ha convertido en un campo de batalla. Kate es presencia que envenena mis días. Con libros he alzado un muro que nos mantiene aislados. Su voz, su presencia descompuesta y sus insultos conforman la podredumbre en que habito. Sus ojos vivarachos son ahora rendijas porcinas borradas por la obesidad. Diez hijos me ha dado y se lo agradezco. Pero el yugo se rompió al conocer a Ellen Teman, aspirante a actriz de veinte años. Renace el fuego, y mi sensatez desaparece de mi vista al igual que una porción de tierra se aleja al partir la nave. Ellen puede hacerme olvidar los años rudos vividos con este ser de ignorancia errante y de sueño pesado. Con sus mimos, Ellen me ha obligado a consagrarme a ella, a romper el juramento conyugal y a entregarme a sus caricias sin recordarme que soy un viejo de cuarenta y seis años. Las fuerzas de mi virilidad han menguado, pero procuro complacerla con los recursos que me ha proporcionado mi recorrido por la vida. Sé que ella es austera en sus peticiones, aunque me sorprende que en su juventud tenga la destreza que alcanza una mujer sólo después de años de práctica amorosa. Ellen se entrega al amor con desenvoltura: dice que las damas deben gozar del presente con plenitud. Me incita a seguirla en sus juegos y a veces me siento como un fardo al que se lleva en las espaldas. Mi amada me conmueve: toma mi sexo y lo aplica a sus labios hasta que éste comienza a crecer. Siento el fuego de su boca, me consumo en esos largos minutos que pasan tan apresurados y en los cuales ella actúa con virtuosismo. ¿Dónde aprendió tales artes? Su lengua me asedia y ahora recorre mi boca, llega al fondo de mi paladar. Un ósculo semejante es ardor que compensa mis pérdidas, mis años sumergido en el hogar. Ellen tiene la majestad del deseo. Me dice que el goce viene de la antigua Grecia y viaja hasta el sol pálido de Inglaterra. Me quiere y eso está a la vista. Sus demostraciones de afecto se encadenan de tal modo que me entrega su cuerpo en el camerino, en la campiña sembrada de hormigas, en donde sea. Claro está que a veces me conduce por extrañas veredas. En verano me hizo estremecer por algo que antes hubiera considerado una estupidez. Ellen y sus hermanas Mary y Frances organizaron un día de campo en las cercanías de Bloomsbury. Compraron víveres y una botella de ron de las islas. Comimos un delicioso pastel de carne con verduras, una ensalada con nueces e infinidad de bocadillos. La exquisitez del dulce ron antillano hizo estragos en ellas. Ellen se levantó de improviso, y sus hermanas, felices y despatarradas, la siguieron. Sin mediar palabra, y con tan sólo a un árbol de distancia de mí, descargaron sus vejigas con aire señorial. Levantaron sus faldones y mearon, encantadas de compartir ese momento. Dejaron oír el ruido intermitente, suave murmullo, que produce la orina de la mujer. Pocas veces he llegado a sentir la poesía en un sonido que parece intrascendente. Mi soñolienta virilidad despertó ante los arrullos de ese trío de damitas que me proporcionaban un espectáculo que de pronto se convirtió en catapulta para la exaltación de los sentidos. Regresaron las muchachas y sin más les di un abrazo de gratitud que ellas ignoraron. A Ellen, en cambio, le ofrecí mis labios y mi lengua en un beso atenuado por las ramas del mismo árbol que, del otro lado, había presenciado la cantilena dorada. Ella tuvo un detalle de hermosura sin igual: me llevó detrás del árbol, extrajo mi virilidad y la vació de sus líquidos amarillentos. Su mano fue seda pura. Otra vez insistió en sus habilidades: regó mi placer con aire de hada madrina. Las hermanas traviesas se reían, y mientras yo cerraba mis ojos, ellas abrían los suyos para contemplar mi coloquio amoroso con Ellen. Mi pudor no sufrió sobresaltos ante la plenitud del goce. ¿Era esto la felicidad? Por lo menos era el fuego, la incandescencia de la llamarada amorosa. Ahora, en plena fiesta de Navidad, la dicha parece congratularse con uno de sus siervos, con un hombre justo que buscó el divorcio para encontrarse en compañía de Ellen. ¿Merecía tal suerte cuando la vejez me atrapa en sus enredaderas? Al principio me fue grato ir tras Ellen, tras ese cuerpo de piel blanquísima y esos ojos azules por los que navegué. Con ella la desnudez era parte de la concupiscencia: nada de dejarse puestas las múltiples prendas con las que aprendí los rudimentos del amor. Ella prefería estar sin las molestas enaguas, y me conminaba a que me deshiciera de mi vestimenta inútil. Su cuerpo era paisaje que recorría con avidez. Y al recorrerlo comprendí que la verdad de la vida estaba en la pureza, en aquello que parecía necio y que, sin embargo, era parte de la armonía del cosmos y de la justicia supraterrena. Ellen me hacía ver y sentir aquello que se ocultaba bajo los disfraces de la hipocresía. Esta Navidad brindé tres o cuatro veces por la salud de nuestro amor, por el renacimiento de mi alma y por la salvación eterna de quienes permanecen en las tinieblas del odio, como yo estuve durante años. La Navidad me devolvía la gracia, y yo la acepté al igual que la copa de champaña que me traía la pequeña Ellen. Luego me enteraría que el líquido ambarino provenía de otras destilaciones. La muchacha rió hasta el cansancio de su broma y manchó el piso con otra ración de su champaña.
Sexto fuego. Un lugar desconocido, Navidad de 1870
Hablar de la muerte parece una necedad cuando se ha llegado hasta sus confines. Y este año celebro la Navidad en compañía de lo que llamo mis fantasmas. Veo ahora a mi cuñada Mary; conserva sus rasgos esenciales, sólo que ahora tiene la apariencia de un ser de luz. Nada dice, lleva prendida en el cabello la rosa original, y me prodiga una sonrisa, eso es todo. Siente con gratitud el abrazo que nos dimos antes de que falleciera. El gesto tiene algo de jubiloso, una especie de encuentro en el que el sexo parece secundario, pero está lejos de serlo. Mi virilidad crece y está dispuesta al amor. Mary me observa y decide irse. Tiene aspecto de ángel, al menos así quiero verla. Me perturba. Brindo con una copa vacía, y me dejo embargar por los recuerdos.
Llegan hasta mí fragmentos de Pickwick, Nicholas Nickleby, Oliver Twist y otras. Lamento haber dejado inconcluso El misterio de Edwin Drood. De pronto oigo las quejas de Ellen Teman. Ella me califica de «aprendiz de Scrooge», de viejo avaro que apenas si le dejé mil libras. Bebe ron y recarga su cabeza en el hombro del parlamentario conservador Michael Phillipsmoore. Lamenta haber arrojado su vida al fango por mí, un necio que se portó con mezquindad en sus expresiones eróticas y que luego hizo lo propio con su fortuna.
Dickens la ve y la oye con claridad, como si estuviera en la primera fila de un teatro. Lamenta las opiniones que escucha. Él creyó amarla con delicadeza y pasión invernal. Ella grita que nunca amó a ese monumento nacional que la esquivó hasta hacerla a un lado e ignorarla. El testamento fue el tiro de gracia y ella está muerta: la ha matado la desdicha de ser la examante de Dickens y una pobre aspirante a actriz. Ruedan las lágrimas y nada la libra del enojo.
Desde su refugio dorado, Dickens acoge las nuevas imágenes que le proporciona su condición de difunto. En la casa familiar, en Gloucester Crescent, Georgina, Georgy, su cuñada, habilitada como aya, nana y mujer de todas sus confianzas, emite un juicio razonable sobre él, con ese cariño que se transmuta en costumbre familiar. Disiente de los malos juicios de Kate, con la que brinda con un poco de ponche de frutas. Las mujeres hablan y en sus palabras está la huella de lo que significó él en su paso por sus vidas. Georgy confiesa que siempre lo quiso con amor filial. Kate, enojada al oír mencionar con afecto a su exmarido, rompe la copa.
Él puede contemplar los desfiguros de Mary Beadnell, ahora casada con el señor Winter. Baila al ritmo de la embriaguez. Está envejecida. Coquetea con los mismos gestos que en su juventud, pero su rostro es máscara yerta.
Le entristecen esas imágenes, esas presencias que se imponían con la fuerza de un parto. Todo iba y venía sin que pudiera remediarlo. Cerró los ojos y esperó la compasión de la muerte. Al abrirlos, vio a Mary, que estaba abrazada a él, igual que cuando sufrió el ataque cardiaco. Aspiró su pelo y creyó encontrar los mismos vahos perfumados de aquel instante luctuoso. La tenía junto a él, y ese ser de luz, ingrávido y translúcido, se tornó real. De pronto vio los contornos del Edén. Dickens habitó una vez ese territorio en el que la bondadosa muerte le proporcionó un hálito de vida. Pero las cosas se borraron con rapidez: su madre le llamaba y le decía que la cena de Navidad estaba a punto de servirse.
Ciudad de México, junio de 1999