No sabría cómo definirme, por que me conozcáis. Lunático, sí. Inconformista. Protestatario. Todo ello parece algo anticuado, o por mejor decir, acaso futuro. Porque este mundo de mierda tiene, de un modo u otro, que saltar en pedazos. Este mundo de aburrimiento y orden… Pero la verdad es que mi rebeldía o mi actitud lunática —como dice mi madre— sólo estalló cuando terminé la carrera, y aún sin tener trabajo, me sentí fuerte y libre. Indudablemente rebelde lo había sido desde muy joven (desde que me supe algo sometido y distinto) pero, supongo que por timidez, tardé en dar el salto. Estaba —y estoy— en contra de casi todo lo que la familia significa. Por eso, al poco de acabar la carrera y aunque malvivía de clases particulares (licenciado en Historia Moderna y Contemporánea, tenía que dar clases de latín) decidí marcharme de casa. No concebía la genuina libertad sino dejando de vivir con los míos —tan agobiantes— así es que alquilé un pequeño departamento (un estudio, mejor) y me largué la mar de feliz —como suele decirse— a vivir mi vida.

Desde luego no era fácil. El dinero no me llegaba y me obstinaba en no querer ayudas de mi padre. Por lo que —como seguía sin trabajo— añadí a las clases particulares el curro nocturno en un bar de copas en el que trabajaba ya un amigo. Un sitio tranquilo durante la semana y agobiado y agobiante —como todos los bares— en la estúpida y voraz noche del sábado… Tenía veinticuatro años (aún no hace tanto) y la verdad es que —arregladillo todo— me sentía dichoso.

Pero no pretendo contar mi vida. Mi idea es deciros lo que me ocurrió una Nochebuena —la segunda que no pasé en familia— en la que descubrí que la vida no tiene límites, ni merece restricciones ni censuras ni etiquetas. La vida sobrepasa, generosa, a los curas y a los padres. La primera Nochebuena (dos meses después de irme de casa) en que decidí no ir a la cena familiar, mi madre se llevó un berrinche y mi padre —creo— dijo que yo era un desagradecido o un perdido o alguna de esas cosas que dicen los padres cuando se meten demasiado en su papel. Pero —aunque mi hermana me rogó que reconsiderase el tema— decidí no ir ni ceder, porque un símbolo vale mucho. Y rechazar la Navidad en familia —todos con cara de angelotes diciendo gracias— resulta un símbolo más que fundamental. Pero yo, solo en mi apartamento, me aburrí como una ostra. Y me emborraché, tontamente, con una botella entera de champán. Un muermo, sin remedio.

Por eso decidí —tras la borrachera en solitario, con brumas irreales de melancolía— no pasar otra Nochebuena solo, aunque —evidentemente— tampoco regresar a la familia. Mi hermano mayor, César (con quien nunca congenié) ni se inmutaba. Delia, la pequeña, insistía de nuevo:

—Claro que es un rollazo, tío. Pero es una noche… Una. ¿Qué más te da?

No cedí. Y poco antes de que llegara la fatídica noche (un auténtico coñazo, pesadilla pura) pensé qué hacer para no volver a quedarme solo. Ricardo, mi exnovio, se iba con su familia, a Bilbao. ¡Menudos son los vasquitos para eso, por maricas que sean! Charo y Mili, otras amigas, se largaban de viaje a Egipto. Podría haber ido con ellas, pero no tenía tantas pelas. Los chicos del bar estaban en familia hasta la una, y luego tenían que abrir. Yo toda la noche libre. Pensé también en ir, como ayuda, a poner copas. Aunque, hasta la una, ¿qué hacer? La verdad es que empecé a desesperarme. No había nadie —literalmente— nadie disponible. ¿Y si me apuntaba a una ONG para servir cenas de Navidad a indigentes? Muy noble, pero igual terminaban, con alguna monjita camuflada, soltando los villancicos de rigor. No, si la familia era mala, la familia curil me resultaba aún peor… Y entonces se me ocurrió —como una auténtica iluminación budista— el disparate. (Mis amigos, al menos, lo dirán así). Llamar a un chico de alquiler. Uno de esos que se anuncian en el periódico y proponerle —supuse, como es lógico, que la tarifa aumentaría— una velada especial de Navidad. Aunque me dije enseguida: ¿por qué narices iba a ser «especial» para él?

El asunto era delicado, pero urgente. Tenía que ponerme a llamar cuanto antes. Superando el corte, claro, porque —de verdad— era la primerísima vez que lo hacía. Tracé una lista (del abundante periódico del día) procurando ser, teóricamente, generoso. Es decir, apuntando el número de teléfono incluso si no decía, bajo el nombre de guerra, «moreno, macizo, espectacular…». La mayoría me contestaron —con voz muy cordial— que esa noche no trabajaban. En verdad sólo dos se mostraron disponibles, uno era rumano, dijo. El otro, extremeño. ¿Por qué elegí al que elegí, me diréis? Quedó claro que ellos, como yo, estaban solos. Y claro también —como imaginé— que tendría que ser generoso. Luego hubo precisiones. Yo no las pedí, de entrada, pero me gustaron. El rumano me dijo que era moreno, que tenía muy buen cuerpo, que hacía de todo (con preservativo, desde luego) y que la tenía muy grande.

—¿Muy grande? —repetí yo inquisitivo.

—Grande, sí. —Y se rió ligeramente—. O gorda. Grande y gorda…

Yo no sabía preguntar, pero me atreví un poquitín. Había oído que algunos de estos chicos no besaban. (J’embrasse pas. La película de Techiné…). Pregunté:

—¿Te gusta besar?

—¿Me gusta? Beso. Sí, beso.

El extremeño —de Mérida— no me habló de tamaños. Me dijo que era redondo y que no le importaba ser pasivo. Añadió que tenía el pelo largo. Y que era guapo.

—¿Guapo? —me sorprendí.

—Bueno. No sé. Eso me dice todo el mundo. Las chicas, los chicos…

A lo mejor no habéis adivinado por qué me decidí —tras una noche de autorreflexión con la almohada— por el extremeño. No por guapo ni por redondo ni por el pelo largo (que en general me encanta) sino por una razón sentimental y probablemente absurda a aquellas alturas. El primer chico con el que me acosté en mi vida (en un viaje universitario a Italia, en segundo) era un muchacho guapísimo y de Mérida. Evaristo era una preciosidad, lo juro, pese al nombre. Alucinantemente guapo. Pero sólo me acosté un par de veces con él. Al regresar a Madrid me dijo —muy serio— que tenía novio. Y que le gustaba la fidelidad. ¿De veras? Joder, tío, me lo podías haber dicho antes. Evaristo. Ojazos negros, pestañas gigantescas. Maravilloso culo. Evaristo, emeritense, una belleza…

En fin, me decidí por el de Mérida (la cosa era igual, carísima, veinticinco mil pesetas toda la noche) aunque aquello de grande y gorda no dejaba de repicarme los oídos. Me imagino a mi padre. Él hablando del porvenir, de la vida honrada y buena —más aburrida que el mundo— y yo chupando una polla gorda y grande. Tiene razón, el pobre hombre: desagradecido o perdido. Mejor perdido entonces, caray, tiene más morbo…

El extremeño se llamaba Iván (me dijo) y quedamos en que vendría a mi apartamento a las diez en punto de la noche, justo cuando se acaban los autobuses y el metro, en esa nochecita de paz y truenos. Por supuesto que lo pensé: ¿y si no me gusta? Pero la respuesta era fácil. Me haría compañía. Pues si el sexo había repuntado, de súbito, como pitón dormida, no olvidaba —no quería olvidar— que mi móvil primero al llamar al chico fue no sentirme solo. No buscaba sexo sino amistad, cordialidad, benévolos sucedáneos del amor. Aunque, por supuesto, a nadie le amargue un dulce y sobre todo si se define «guapo. Eso me dice todo el mundo. Las chicas, los chicos…». Dulce. Prometedoramente dulcísimo. Era inevitable.

Iván llegó a la hora convenida, muy puntual. Y cuando abría la puerta, la verdad es que quedé un pelín apesadumbrado porque vi un inmenso anorak negro. Capucha, manoplas, todo hinchado de plumas caloríficas. Y de repente —¡zas!— una sonrisa.

—¡Hola! ¿Llego bien? Se te ha puesto cara de susto…

De hecho estaba preparando —un poco informalmente— lo que había comprado para cenar. Langostinos y Codorníu. Un kilo y cuatro botellas. O sea otro pastón. Pero ya que me metía en gastos era tonto —una noche— ahorrar con perejil. De postre unas cajas de Donuts (bastante más cutre, evidentemente) pero sólo por si nos entraba hambre. Y me había vestido de negro. Con un polo ancho de lana fina y unos estupendos zapatos de cordones, nada pertinentes para estar en casa. Iván entró sonriendo (yo no había dicho más que «pasa») y me dijo que hacía mucho frío. Entonces se quitó las manoplas, la capucha y el anorak y francamente —ya sabéis que temí equivocarme— me quedé de piedra. Botas, vaqueros ceñidos y una camiseta sin mangas (roja) que mostraba un cuerpo de gimnasio y depilado. Exquisito y salvaje. Un cuerpo que parecía bruto y delicado a la par. Me reí yo.

—Claro que se me ha puesto cara de susto, ¿no? Te lo habrán dicho muchas veces, es evidente…

—Sí, ya te lo dije. A veces tengo complejo de escaparate.

—Te miran y todo eso… ¿Te molesta?

—Joder, no me molesta. Pero te da cierta rabia, porque sabes que estarán pensando: guapo y gilipollas.

Pero además (y lo dejo para el final, porque era mucho más espectacular que el cuerpo) Iván era un rostro perfecto, unos ojos negros de alucine. Y un pelo —atado en coleta— que prometía ser un tránsito de goce. A mí los chicos me gustan más (no me he preguntado por qué) con el pelo largo. Y por si todo lo dicho resultase poco, sumaba una sonrisa brillante y un aire cordial, desinhibido, limpio, encantador… En algún momento de la noche estuve por decir una tontería: ¿eres real? ¿O un ángel —como Brad Pitt— para que crea por fin en la Navidad? Una pamplina, naturalmente. Iván me dijo que si se podía descalzar —la moqueta era cálida— y yo también me descalcé. ¿No os gustan los pies desnudos?

Según parecía lógico, nos explicamos enseguida nuestras aparentes coincidencias. El extremeño tenía veintiún años y era estudiante de arquitectura, pero se ganaba un dinero «puteando» porque en su casa no le daban un duro, por humildes primero y porque —además— se llevaba fatal con su padre, viudo, que se había vuelto a casar con su tía, o sea, la hermana de su madre. No los podía ni ver. Había aceptado mi oferta —siguió— no por dinero (habitualmente cobraba más) sino porque notó que yo estaba solo, que no tenía experiencia en relax —es decir, en puterío— y porque le caí bien de repente.

—Me diste buen feeling, tío. Y además entendí que eras joven…

—Bueno, tengo cuatro años más que tú…

—Joven, hombre, muy joven. ¿Te imaginas los carrozas barrigones que me llaman? En fin, no te los imagines. Yo no voy con cualquiera. Ni aunque me paguen mucho…

Pero era obvio que no teníamos que hablar del oficio. Estábamos en Navidad. Pusimos música de salsa. Abrimos champán, saqué los langostinos de la nevera y, naturalmente, le di un beso. Estábamos solos y tranquilos. El mundo se moría de familia alrededor. Y nos habíamos caído bien, igual que si llevásemos ocho años siendo amigos…

Faltaría más. La cena no es lo que voy a contaros. No, tampoco la cena. Ni a lo mejor tampoco la ternura. Ni cuando me dijo —mucho más adelante— que le llamara José, que era su nombre verdadero. Y yo le contesté, después de meterle la lengua, que Iván me gustaba más, José. Iván está como un queso, macho. Me voy a comer a Iván enterito, como si fuese una ostra o un plato riquísimo de ternera en su jugo. ¡Iván, qué pedazo de rabo, hijo de puta! ¡Iván, vámonos tú y yo por ahí, compañero, a follar y a quemar la vida! Porque lo que se dice cenar, cenamos más o menos tranquilos, mientras la cordialidad —y el deseo— crecían. Iván me había dicho —a la mitad— que le gustaban también las chicas y que tenía novia. Yo no dije nada, o simplemente «ah, bueno», y no me lo creí del todo, porque la declaración (pensaba yo) era como la regla del oro del morbazo: Estás con este joyón, y además es un macho como un piano. ¿Mentira, verdad? Morbo. La seducción del deseo.

Acabábamos de finalizar los langostinos, cuando sonó el teléfono. Por supuesto era mi hermana Delia, «la niña», como decíamos en casa. Delia (ya con veinte años) era quien sabía todo de mí y probablemente se lo habría dicho a mi madre, pero las mamás, por lo general, se callan. Delia, digo, sabía que a mí me gustaban los chicos. Como a ella. Y alguna vez —tomando café en una terraza— jugábamos a ver quién veía más «dieces», «más chicos cañón», la expresión es suya. La niña me llamaba por puro cariño. Atribulada, dulce: «¿Estás solo, pituso? ¿Solo, solito?». Me parece que había bebido más que nosotros. Delia sabía todo, lo de esa noche, quiero decir ahora. Que mi pretensión era pasar la Nochebuena con un chico de alquiler, un tarifado. La idea le atraía y le parecía disparatada a partes iguales, pero además, creo que no estaba nada segura de que me atreviese a llevarla a puerto. Por eso, indudablemente, llamó, para saber cómo iba mi noche santa de antihogareño incorregible, pero evidentemente —la muy loba— también para saber si había o no había chico. «Pues aquí estamos, sí», contesté, «aquí estamos Iván y yo atiborrados de langostinos y de Donuts. Todo muy familiar, señorita, pero ya ve usted, de otra familia… En realidad (para que se te pongan los dientes largos) ahora mismo somos una familia incestuosa… ¿Y tú, tesoro, qué tal lo estás pasando?».

En ese momento —mientras yo hablaba por teléfono— Iván (que algo entendió de jugueteos con una chica) empezó a desnudarse frente a mí, despacio, y como haciendo striptease. Primero se desanudó la coleta (me encantaba el pelo espléndido, comanche) y por último —yo seguía diciendo bobaditas a mi hermana— se quitó unos slips negros y ajustados. «¡Joder, que tío más bueno!», chillé. «¿De verdad?», se le escapó a ella. «¿De verdad está muy bueno? ¿No me engañas, pituso? ¿De verdad?».

Por supuesto que no la engañaba. Iván estaba cachas y su cuerpo lo constituía una trilogía de oro: cara adolescente, acentuada por el pelo largo. Torso juvenil, macizo, gimnástico. Y unos torneados muslos potentísimos, virilmente femeninos, prietos… ¿Más? Imposible. O no, pero ya se me escapó antes: un rabo poderoso. Un nabo gordo, suave, rico… Esto lo supe enseguida, pues apenas colgado el teléfono de mi pesada hermanita, me puse a chupárselo como un poseso (¿debiera decir «una posesa», para envilecerme un poco más?) mientras le apretaba los cojones. Noté que Iván estaba a gusto. Respiraba a buen ritmo. Era un tío cachondo y simpático. Una mezcla activa —pensé— de príncipe y soldado paracaidista…

Me detengo otra vez. ¿Debo? ¿Puedo? ¿Es el erotismo narrable como se cuenta un amor, aun cuando sabemos —y más los lunáticos y los protestatarios— que erotismo no es amor casi nunca y desde luego no necesariamente?

Pinceladas: Bebimos champán uno en la boca del otro. / Sentí el más consumado 69 que había gozado hasta entonces, y no en la cama, sobre la moqueta y la alfombra. / Lamí los pies de Iván, divinamente hechos para unas permanentes sandalias. / Me folló, tras lubricar el condón con una crema inglesa mentolada. Luego le pedí que se corriera en una copa vacía. Para nada. Para verlo. Porque me había dicho —y no mintió— que iba a ser abundante el esperma. Tres sacudidas fastuosas. / Me enseñó a follar —si puede llamarse así— metiéndola en la axila, entre los músculos y los pelos de la axila. Fue raro y magnífico. / Le comí los muslos femeninos y los pezones masculinos. / Él me comió por todas partes donde quiso y perdí de gusto el resuello… ¿No era todo eso placer —heterodoxo placer— de Nochebuena?

Más tarde —tras la gloria carnal, balsámica y venenosa— cuando estábamos tirados en el sofá oyendo música tropical (toda la noche hubo música caribeña) desnudos, desfogados, gansos, cómplices, cachondos en veda, guarrazos de cariño, pitañosos de ternura, atiborrados de champán, amodorrados de vicio, entonces (rompiendo tal plano de sublimidad) sonó el telefonillo. Alguien estaba en la puerta, con el mucho frío de las dos y media de la madrugada, y supe —intuí— que no podía ser otra que Delia, la niña, mi hermana…

Después de haber abierto el portal, le dije rápidamente a Iván:

—No te preocupes. Es mi hermana y lo sabe todo. Pero quiero darle una sorpresa. Tiéndete ahí, en el sofá, desnudo, sí, y con el pelo revuelto… Voy a apagar todas las luces, menos la de la entrada, y le diré que estás dormido. Luego, cuando se acerque y te vea (le encantan los chicos guapos) se va a quedar muerta de envidia…

Corrí a ponerme una bata y vi cómo Iván —delicadamente borracho, como yo, con su carne dorada y la picha pendulona— se tumbaba en el sofá, lánguido, sensual, rotundo, disponiéndose a hacerse el dormido, mientras, con la lengua, se humedecía los labios. Igual que si fuesen a hacerle una fotografía… Sonó el timbre. Delia me había dicho por el telefonillo: «¿No me vas a dejar verlo, pituso? ¿Te lo quieres zampar tú solo, rey?». También estaba borracha, desde luego.

La Navidad es una noche rara. E, inevitablemente, se vuelve familiar. No hay modo de dejar atrás esa sombra, esa orden trascendente y absurda. ¿Por qué tenía que venir mi hermana a verme en Nochebuena, sabiendo como sabía mi ansia de estar solo, sin familia, a mis anchas, como me diese realmente la gana? Claro que yo le acicateé el deseo. Y le puse los colmillos largos, contándole que iba a llamar a un chico de alquiler, a un chapero de lujo o como se llamase esa profesión tan ilustre… Pero, decidme: ¿tengo yo la culpa, me incumbe en algo que Iván fuera el novio de Delia, el chico adorado de mi hermana, y ella supiese que estudiaba arquitectura José, que se pretendía un niño litri aunque quizás no lo fuera, pero no que también se llamara Iván y, además de aspirante a arquitecto, resultara un consumado y expertísimo amador profesional, un rent boy absolutamente de primera? Decidme: ¿tengo yo la culpa de eso? ¿O era puñetera culpa también de la Nochebuena jodida, la rancia Navidad del demonio, cabrita, que siempre va y lo enfanga todo?

Madrid, mayo de 1999

(Este cuento está dedicado a quienes detestan el falso dulzor de la Nochebuena. El horror familiar de sus falsas peritas en dulce).