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—Llevo muchos años navegando —dijo Brisbane—, y he tenido que cruzar el Atlántico con frecuencia. Tengo mis preferencias. La mayoría de los hombres tienen sus preferencias. He visto a un hombre esperar tres cuartos de hora en una parada de autobús para subir a un vehículo determinado. Yo tengo la costumbre de esperar determinados barcos cuando me veo obligado a cruzar el charco. Tal vez sea un prejuicio, pero nunca di por mal empleado el precio de mi pasaje… excepto una sola vez. La recuerdo perfectamente; era una cálida mañana de junio, y los funcionarios de Aduanas, que esperaban la llegada de un vapor procedente de la Cuarentena, tenían un aspecto preocupado y pensativo. Yo no llevaba mucho equipaje… nunca lo he llevado. Me mezclé con la multitud de pasajeros, mozos de cuerda y oficiosos individuos con chaquetas azules y botones de latón, que parecían brotar como setas de la cubierta de un buque atracado para ofrecer sus innecesarios servicios a los pasajeros adinerados. Había observado a menudo con cierto interés la espontánea evolución de aquellos individuos. No están allí cuando uno llega; cinco minutos después de que el piloto ha gritado «¡En marcha!», ellos, o al menos sus chaquetas azules y sus botones de latón, han desaparecido de la cubierta y de la pasarela de un modo tan absoluto como si hubieran sido consignados a aquella alacena que la tradición asigna unánimemente a Davy Jones. Pero, en el momento de partir, allí están, recién afeitados, con su chaqueta azul, ávidos de obtener alguna propina. Me apresuré a subir a bordo. El Kamtschatka era uno de mis buques preferidos. Y digo era, porque ya ha dejado de serlo. No puedo imaginar nada que me indujera a hacer otro viaje en él. Sí, sé lo que van a decirme. Es un barco insólitamente limpio, la comida es excelente, y la mayoría de los camarotes son dobles. Tiene muchas ventajas, pero yo no volvería a navegar en él por nada del mundo. Y perdonen la digresión. Subí a bordo. Me dirigí a un marinero, cuya enrojecida nariz y cuyas rojizas patillas no me eran desconocidas.

—Ciento cinco, cubierta inferior —le dije, con aire despreocupado, de hombre para el cual cruzar el Atlántico tiene la misma importancia que tomarse un whisky en el bar de la esquina.

El marinero cogió mi maleta, mi abrigo y mi manta de viaje. Nunca olvidaré la expresión de su rostro. No es que hubiera palidecido. Los más eminentes teólogos afirman que ni siquiera los milagros pueden cambiar el curso de la naturaleza. No vacilo al decir que no había palidecido; pero, a juzgar por su expresión, creí que iba a echarse a llorar, a estornudar, o a dejar caer mi equipaje. Y como la maleta contenía dos botellas de un coñac excelente que mi viejo amigo Snigginson van Pickins me había regalado para el viaje, me asusté de veras. Pero el marinero no hizo ninguna de aquellas cosas.

—Estoy algo mareado… —murmuró en voz baja, y echó a andar.

Supongo que mi Hermes, mientras me conducía a las regiones inferiores, no las tenía todas consigo, pero no dije nada y le seguí. El camarote ciento cinco se encontraba del lado del puerto, muy a popa. No tenía nada de notable. La litera inferior, como la mayoría de las del Kamtschatka, era doble. Había mucho espacio; había los habituales elementos de limpieza, calculados para infundir una idea de lujo en la mente de un indio norteamericano; había los habituales estantes de madera pardusca, en los cuales resulta más fácil colgar un paraguas de gran tamaño que un modesto cepillo de dientes. Sobre el colchón, de aspecto poco atractivo, estaban dobladas aquellas mantas que un gran humorista moderno ha comparado acertadamente con unas tortas frías de trigo negro. El asunto de las toallas era un simple problema de imaginación. Los recipientes de cristal estaban llenos de un líquido transparente levemente teñido de gris, el cual despedía un olor leve, aunque no agradable; un olor que combinaba las propiedades aromáticas del agua salobre estancada con las del aceite pesado requemado. Unas cortinas de colores fúnebres tapaban a medias la litera superior. A través del ojo de buey, el sol de junio iluminaba débilmente el desolado escenario. ¡Uf! ¡Cómo odié aquel camarote!

El marinero dejó mis cosas en el suelo y se me quedó mirando, como si deseara marcharse… probablemente en busca de más pasajeros y de más propinas. Siempre resulta conveniente ganarse la buena voluntad de esos funcionarios, y en consecuencia le di unas cuantas monedas.

—En lo que de mí dependa, procuraré que tenga usted un viaje cómodo —me dijo, mientras se guardaba las monedas en el bolsillo.

Sin embargo, en su voz había una extraña reticencia que me sorprendió. Posiblemente, consideraba mezquina la propina que le había dado; aunque me sentía más inclinado a creer que, como él mismo lo hubiera expresado, «había empinado el codo». Desde luego, estaba equivocado y cometí una injusticia al pensar eso de aquel hombre.