En el silencio, sólo la verdad permanece.
Pero encontrarla… Ah, ésa es la verdadera tarea. Para ello, uno debe preguntarse a sí mismo: ¿qué lugar es verdaderamente silencioso? ¿Dónde se puede encontrar la absoluta quietud de la tranquilidad?
Era la cuestión que se les planteaba normalmente a las novicias en las primeras etapas de su iniciación, y era rara la aspirante que mostraba la sabiduría como para ni siquiera acercarse a la respuesta correcta.
Muchas miraban a las estrellas a través de los portales de las grandes naves de casco de ébano en las que viajaban y señalaban al vacío. Allí fuera, dirían. En la oscuridad sin aire, allí está el silencio. Sin atmósfera que transporte las vibraciones del sonido, sin lugar para las voces ni los cánticos ni los disparos ni los gritos. El vacío es silencio, dirían.
Y las corregirían. Incluso en el lugar en que no hay aire para respirar, aun allí permanece el clamor, el… caos, por así decirlo. Incluso allí, transmitido a través de las ondas que los humanos normales no podían percibir, se encontraba el estallido de radiación cósmica y el constante retumbar de la gran maquinaria estelar del universo que giraba y envejecía. Incluso la oscuridad en sí misma tiene un sonido, si uno tiene el oído apropiado para escucharlo.
Así pues, de nuevo la pregunta: ¿Dónde está el silencio?
«Aquí —Leilani Mollitas dijo las palabras con los labios, con la voz acallada—. Está aquí, dentro de mí». Se tocó el pecho con ambas manos, con las palmas planas y los alargados dedos extendidos, los pulgares cruzados sobre la figura del gran aquila. En el interior de sus pensamientos, tras sus ojos cerrados, más allá de las corrientes de la sangre en las venas, la novicia se esforzó en escuchar y buscar la tranquilidad de su interior; puesto que era únicamente en el interior del corazón humano donde se podía encontrar la absoluta pureza del silencio, la paz que sólo los mudos pueden conocer.
Comenzó a fruncir el ceño en su pálido y agradable rostro. No lo lograba. En cuanto ese pensamiento se formó en la mente de Leilani, ella supo que había perdido el momento. El abrazo total de la serenidad se fue desvaneciendo a su alrededor y dejó escapar un suspiro entre los labios.
En el profundo silencio de aquel lugar sagrado, el ruido de su exhalación resonó como el rugido de una ola al estrellarse contra la orilla, y sintió cómo sus mejillas tomaban color imperceptiblemente. Sus ojos se abrieron repentinamente y parpadeó, disgustada consigo misma.
Su mentora estaba de pie a pocos pasos de ella, observándola con el mismo aire de perpetua vigilancia que era lo más representativo de su carácter. La otra mujer movió la cabeza ligeramente, y la cola de caballo de color negro-púrpura se balanceó sobre su cráneo rasurado y cambió de un hombro al otro de su dorado corpiño de batalla. Aparte de la armadura flexible de combate, unas botas rojas reforzadas hasta el muslo y unos guantes tachonados le cubrían las extremidades. Unas placas de metal reforzaban las mangas y vestía una densa cota de malla como pantalón. El tabardo le colgaba suelto del talle e iba sin armas, casco, ni la vistosa capa de piel para el combate.
Amendera Kendel, miembro de escuadra de la Daga Tormentosa, dama del olvido y hermana del silencio, se mantuvo frente a ella sin emitir un solo sonido. Sus ojos color ámbar revelaban el interés de un maestro por un alumno prometedor.
Leilani contuvo su reacción de sorpresa rápidamente. Se había imaginado a sí misma sola en la sala de meditación de la nave negra, totalmente inconsciente de la llegada de la otra mujer. La chica no pudo evitarlo, y se preguntó desde cuándo llevaba Kendel allí, cuánto tiempo había estado estudiándola mientras ella trataba fallidamente de encontrar la concentración necesaria. Por contraste, la novicia iba vestida únicamente con su malla interior y la ligera túnica con capucha de las aspirantes que aún no habían hecho los votos. Leilani levantó sus manos desnudas y empezó a hacer signos, pero su maestra la interrumpió con una breve sacudida de cabeza en un evidente gesto negativo. En vez de eso, la mujer se llevó la punta de dos dedos a la barbilla. «Habla», le ordenó con el gesto.
La novicia apretó los labios. Ansió el día en que las palabras no pudieran pasar más allá de su boca, pero tal como acababa de demostrar, no sería ese día precisamente. En ese momento, la hermana-novicia Leilani Mollitas se sintió más lejos de alcanzar el Juramento de Tranquilidad de lo que se había sentido nunca.
—Hermana Amendera —comenzó a decir, e incluso su susurro se alzó colmando cada esquina del cavernoso Aphonorium Sagrado—, ¿durante cuánto tiempo estaré a su servicio?
La mano de Kendel cayó hasta la piel carmesí de su cinturón y sus dedos juguetearon con él un instante; Leilani conocía la sutil señal por sus numerosos meses de servicio como ayudante de las damas del olvido. Su maestra estaba formulando sus pensamientos, ordenándolos en formaciones dispuestas en un modo muy parecido a como mandaba sobre sus escuadras de cazadores de brujos. La novicia se preguntó si Kendel habría emitido alguna vez en su vida un dictamen que pudiera considerarse erróneo.
«Sigues estando demasiado insegura». La dama habló en lenguaje signomental, uno de los lenguajes de señales simbólicas empleados por las Hermanas del Silencio. De una magnitud pequeña, lleno de delicados gestos con los dedos y pulgares, servía para transmitir conceptos de gran sutileza o de naturaleza intricada. Era con diferencia más elegante que los grandes movimientos bruscos del lenguaje de batalla, el lenguaje de mando usado por las hermanas para comunicarse en el campo de combate, mucho más complejo y lleno de matices. La mayoría de las elegantes deducciones de las intenciones de Kendel no podrían haber sido traducidas directamente al habla gótica del Imperio. Había matizaciones del grado de sus dictámenes que ninguna voz humana podría nunca haber llegado a explicar, y por eso Leilani se sintió vencida por tener que contestar con palabras.
—Es cierto —admitió—. Las noticias que llegan del límite exterior me son difíciles de asimilar.
Las palabras salieron retumbantes de ella corno una avalancha y resonaron ligeramente en los lejanos muros curvados de acero de la sala de meditación. La novicia se iba sintiendo cada vez más incómoda hablando en voz alta en aquel lugar sagrado. La Aeria Gloris, como ocurría con cada nave estelar al servicio de la Divisio Astra Telepathica, estaba equipada con aphonorias, grandes espacios en los cuales los muros estaban acondicionados con tecnologías de «muerte del sonido» que producían algo muy cercano al silencio más absoluto. Romper ese silencio parecía una obscenidad, un sacrilegio, pero a pesar de ello la hermana Amendera no hizo gesto alguno de apartarse y hacer pasar a Leilani a la antesala cercana, oculta por ornamentadas cortinas negras y doradas.
¿Tal vez era algún tipo de prueba, como la pregunta? Sí, debía de serlo. Kendel dejó claro durante el servicio de Leilani bajo su mando que esperaba mucho de la joven aspirante, y no era la primera vez que la hermana novicia se preguntaba si encontraría lo que deseaba.
—Lo que presenciamos en la Ciudadela Somnus… —continuó diciendo—. La criatura que trajeron desde Isstvan a bordo de la fragata Eisenstein. —La muchacha sacudió la cabeza al recordar al guerrero astartes transformado que se había desmandado de un lado al otro de la fortaleza lunar de la Hermandad, la aberración inesperada que antaño había sido un fiel guerrero del Emperador—. Esas cosas no cesan de acosar a mi racionalidad, y encuentro difícil centrar la mente en las tareas que tengo entre manos. —Leilani apartó la mirada hacia el suelo de acero que tenía bajo las botas—. Todas esas habladurías sobre traidores y herejías. Horus…
El nombre del señor de la guerra salió de sus labios y pareció resonar más atronador que un disparo. Le dio unas cuantas vueltas más a sus pensamientos antes de levantar la mirada de nuevo.
Kendel asintió.
«Esos comunicados sobre su rebelión son noticias muy malas. Sería una mentira decir que ninguna hermana quedó afectada por la terrible duplicidad que se estaba poniendo de manifiesto».
—Todo esto me roba concentración —admitió Leilani—. Pienso en hombres buenos, en los nobles astartes que a menudo tuvimos luchando a nuestro lado, y entonces tomo conciencia de cuántos monstruosos farsantes habrá entre sus filas… —Se estremeció—. Los astartes y los primarcas son un linaje emparentado con el propio Emperador de la Humanidad, y si ellos estaban perturbados por una división semejante entonces… —A la novicia se le secó la garganta y trató de pronunciar las palabras—. ¿Qué ocurrirá si un horror semejante llega a alcanzar a nuestro rango, maestra?
La otra mujer desvió la mirada.
«Tú no lo sabes —le indicó con signos—, pero yo lo vi en una ocasión. Al señor de la guerra. Era todo aquello que cuentan sobre él, y si realmente le ha dado la espalda al gobierno de Terra, entonces se librará una guerra que acabará con todas las guerras con el fin de darle su castigo».
Leilani se sintió aliviada por aquella declaración tan directa de la dama del olvido. Durante su servicio para las Hermanas del Silencio, la novicia había visto muchas cosas: psíquicos conducidos a la locura por su capacidad para ponerse en contacto con la locura de la disformidad, seres que en un principio fueron humanos cuya carne y mente habían sido mezclados más allá de cualquier cosa reconocible, cosas menos que vivas que habían sido consumidas por poderes psíquicos infernales… Sin embargo, todos ellos eran enemigos que ella era capaz de comprender, eran enemigos que, aunque despreciables, Leilani podía entender. Pero… ¿los traidores? ¿Qué motivo podían tener? Aquél era el tiempo más grandioso de la humanidad, con las galaxias girando a sus pies y la Gran Cruzada en su cumbre; ¿por qué querría alguien con una posición tan elevada como el señor de la guerra Horus enfrentarse a la utopía del Emperador, cuando su consecución estaba tan cerca de las manos?
«¿Quién puede saberlo?», le respondió la hermana Amendera.
La novicia se sonrojó, consciente de repente del eco a su alrededor, dándose cuenta de que había expresado en voz alta sus últimos pensamientos.
El sacudir de las finas cortinas de seda que colgaban a lo largo de la entrada de la estancia atrajo la atención de las dos mujeres, al tiempo que la doncella del vacío Thessaly Nortor entraba. Su tenso rostro marcado por cicatrices mostraba un ceño fruncido y gesticuló una respuesta directa en forma de lenguaje de batalla, dejando claro que había escuchado las últimas palabras de la novicia.
«Objetivo el señor de la guerra. Traidor. Rebelión en estado deteriorado. La insurrección será exterminada en muy poco tiempo, antes de que la rebelión pueda expandirse/causar daños colaterales».
Nortor le lanzó a Leilani una mirada severa, reprendiéndola claramente con los ojos. La segunda al mando de la escuadra de la Daga Tormentosa no escondía su opinión despectiva sobre el motín del señor de la guerra. El aliento de la otra mujer pasaba en silencio a través del aparato mecánico de su cuello; donde Mollitas y Kendel mostraban la carne al desnudo, al menos tres cuartas panes de la garganta de Nortor habían sido reemplazadas por implantes mecánicas. Fabricado a partir de acero y plata pulidos, su implante artificial cumplía la función de la carne destrozada durante un combate contra los jorgalli, en el interior de uno de los mundos-botella de los alienígenas. Al igual que su cuello, buena parte de los pulmones de la doncella del vacío eran repuestos sintéticos ensamblados por las biólogas de la Hermandad. En cierto modo, Leilani sentía envidia en secreto de la severa hermana Thessaly. La laringe de Nortor se había deshecho literalmente a causa del mordiente ácido de la atmósfera alienígena de los mundos-botella, y ella había rechazado permitir que su implante incluyera un repuesto artificial de esa laringe perdida. La mujer era una hermana tan silenciosa como era humanamente posible.
—Sólo podemos esperar que el señor de la guerra vea el error de su actitud —comentó Leilani, pero tal como pronunció aquellas palabras, le parecieron poco más que un optimismo débil y estúpido.
«El debe arrepentirse» —la molestia evidente de Nortor se calmó ligeramente y cambió al lenguaje más razonable del lenguaje signomental—. «Oponerse al Emperador es el colmo de la locura. La única explicación es que en el señor de la guerra ha ido creciendo la envidia hacia la grandeza de su padre» —meneó la cabeza—. «Es eso, o que ha perdido la razón».
En la contestación de la otra Hermana, la novicia reconoció el eco de palabras semejantes que resonaban en otras partes de la Hermandad.
Conforme las noticias de la rebelión se iban extendiendo, de igual modo lo hacían los comentarios acerca de una nueva corriente en movimiento: el crecimiento de una secta que adoraba al líder del género humano. Una veneración como aquélla parecía un desatino. Leilani se resistió a usar el término «adoración» en relación a un ser tan claramente declarado a favor de la secularidad respecto a su gente, y sin embargo, ese llamado Lectio Divinitatus estaba apareciendo en los lugares más extraños. Si acaso, la novicia encontraba la cuestión de aquella escuela de pensamiento casi tan difícil de tolerar como la idea de la traición de Horus, y aunque el Emperador no era ninguna deidad, no podía negarse que su magnificencia era tan grandiosa que concederle un estatus semejantemente elevado era al menos un error comprensible. Pero aquello era algo que se podía esperar de las tribus vulgares y arcaicas de los mundos salvajes, no de los educados hombres y mujeres del Imperio.
La hermana Amendera se percató de que su subordinada llevaba una placa de datos aferrada en la mano, y que la apretaba con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. La miró con una expresión inquisitiva. Por toda respuesta, la hermana Thessaly se inclinó ligeramente y le ofreció el artefacto a su comandante. Leilani se imaginó lo que contenía la placa: una actualización de las órdenes de una misión desde hermanas al mando estacionadas en la Luna, y enviada directamente por los altos mandos del Departamento Investigado.
La totalidad de la información sobre las Naves Negras y sus misiones sólo la conocían unos pocos elegidos entre los estratos de rango más elevado de las Hermanas del Silencio, los señores del Gran Consejo de Terra, y el propio Emperador, pero los principios básicos de sus trabajos eran bien conocidos. El número exacto y la disposición de las Naves Negras que recorrían la galaxia permanecía intencionadamente en secreto; todo lo que podía tomarse como seguro era que cada uno de los mundos del Imperio serían testigo de su aparición en los cielos en el momento predeterminado del diezmo, listos para aceptar su carga. Las naves no recibían tributo en forma de riquezas ni bienes. Además de naves de combate, la Aeria Gloris y sus naves hermanas eran también grandes barcazas de contención donde aquellos que habían revelado poseer capacidades psíquicas eran recluidos. Cada mundo bajo la luz del Emperador estaba obligado a entregar a aquellos de su población marcados con el potencial, latente o no, del talento psíquico; y aquellos que no fuesen entregados libremente, aquellos que escapasen de la red, ellos también serían presa de las Naves Negras y de la Hermandad. En los oscuros encarcelamientos en las mazmorras de cubierta, los psíquicos de cada estrato y poder eran encerrados y examinados. Muchos de ellos no soportaban adecuadamente el proceso, y fallecían bajo la severa mirada hostil de las vigilantes y las fiscalizadoras. Otros, aquellos demasiado dañados por su propia psique trastornada o demasiado peligrosos para permitirles vivir, serían eliminados de un modo discreto y las cenizas de sus cadáveres acabarían arrojadas hacia el interior de las estrellas.
Los que eran suficientemente resistentes para sobrevivir y lo suficientemente influenciables como para aceptar los designios del Imperio eran los pocos afortunados. A ellos les esperaban exámenes más duros que se llevaban a cabo en las salas-mentales cubiertas de acero de la Ciudad de la Visión en la propia Terra, el cuartel general de la Divisio Astra Telepathica. Allí, darían los primeros pasos del camino que llevaba hasta el ritual de la «comunión del alma» y el reclutamiento dentro de las filas de los coros astropáticos.
La labor de la cacería y de la vigilancia requería un rigor que ningún humano corriente podía esperar acometer. De hecho, la simple idea de tripular una nave negra con meros soldados de la Armada Imperial, o incluso con los poderosos astartes, sería una invitación al desastre. Eran tales los poderes de algunos psíquicos que podían mezclar y reordenar las percepciones de una mente a su voluntad. No era infrecuente que los peores hechiceros psíquicos se dedicasen a ensombrecer pensamientos, para coaccionar y controlar mediante el puro ejercicio del deseo. Podían hacer que un hombre normal abriera una jaula y pensara que no había hecho nada dañino, sin que llegara a saber que había dejado libre a un monstruo. No podía confiarse a los servidores sin mente que realizasen por sí solos una tarea tan compleja. Únicamente las damas pertenecientes a la Hermandad, que portaban consigo el don del silencio, poseían la fortaleza de espíritu para mantener a raya a los brujos. Lo hacían mediante su voto de fidelidad al Emperador, mediante cada palpitar de sus corazones y mediante cada chorro de sangre que les recorría las venas. Indicaban esa obligación que se habían impuesto mediante su voto de no hablar nunca.
Ya que las Hermanas del Silencio era un veneno para los hechiceros. Las mutaciones aleatorias en el genoma humano, una vez por millón, podían crear un psíquico, pero una vez en varios billones podían producir la piedra preciosa del gen paria, el intocable. Había sido la lógica insensible de la evolución la que los había producido. Si existía el poder sin trabas de un psíquico, entonces en comparación debían ser el extremo opuesto del espectro genético, aquellos cuyas mentes eran la antítesis absoluta de los tocados con la aberración, cuya sola presencia era suficiente para anular el rugiente fuego psíquico. Cada una de las hermanas era una intocable, un vacío psíquico nulo, protegidas así para siempre de la hechicería de los brujos que cazaban. Eran inmunes a los ataques psíquicos, y la simple presencia de su aura era suficiente para anular a sus presas. No había mejores guerreros que ellas para cumplir ese gran deber. Pero aún así, no eran sobrehumanas. Por supuesto, recibían un entrenamiento severo para combatir del lado de la élite militar del Emperador, y sin duda, eran respetadas y veneradas por todos, pero también eran humanas al fin y al cabo, y, como todos, apesadumbradas por las dudas y los miedos humanos.
Amendera Kendel reflexionó acerca de ello mientras sopesaba la placa de datos que tenía en la mano y observaba a la hermana-novicia Leilani, quien mostraba a las claras en su cara la agitación que sentía. No necesitaba el poder sobrenatural de la telepatía para leerle la mente a la joven. El gran temor a la rebelión de Horus se extendía sobre todos los asuntos como un sudario oscuro, que ocultaba la luz con una neblina de confusión. Cada hermana a bordo de la nave, lo admitiera o no, se encontraba con que, en sus momentos de introspección, sus pensamientos volvían una y otra vez sobre el problema que representaba aquel hecho sin precedentes. En la quietud de la Aeria Gloris, era fácil encontrase a uno mismo a la deriva del ensueño, para colmar la mente en la tranquilidad con pensamientos y preguntas que, si no se vigilaban, podían caer en una espiral fuera de control. Como era natural, la férrea disciplina de las hermanas y el reclamo de su deber templaban ese tipo de cosas; pero el tremendo alcance de la rebelión del señor de la guerra… de su herejía… era algo que quebraba la razón y la calma como algo salvaje y desgarrador.
Kendel se obligó a sí misma a guiar sus pensamientos en otra dirección y echó una ojeada a la placa de datos táctil para concentrar de nuevo su atención en la misión que tenía entre las manos. Vio el sello de Celia Harroda, la jefa de las Buscadoras de Hechiceros, y debajo una nota de la hermana comandante Jenetia Krole. Se pasó la lengua por los labios secos. Krole, señora de la Guardia Raptora y una de las confidentes de batalla personales del Emperador, era la hermana viva con mayor rango. Su marca distintiva sobre el mensaje enviado para aquella operación dejaba clara la gravedad de la situación en términos indudables.
Se quitó un guante y puso su piel desnuda sobre el sensor, permitiendo que la placa le punzara un dedo. Un momento después, el código sanguíneo liberó la clave que cambiaba el texto codificado en una jerga indescifrable de nuevo a la forma legible en gótico.
Las primeras páginas reiteraban lo que a Kendel ya se le había hecho saber con las primeras instrucciones en la estación Evangelion. La Aeria Gloris había recibido órdenes de abandonar su ruta normal y se la había emplazado bajo una nueva orden de emergencia. Debía salir inmediatamente de la disformidad para efectuar un reabastecimiento de emergencia en la plataforma orbital antes de dirigirse hacia el sector Opalun. La nave negra acababa de empezar su patrulla para el diezmo, y puesto que sus mazmorras estaban prácticamente vacías, Kendel sospechó que ése fue un factor importante en la elección de la Aeria Gloris para aquella tarea, pero no lo había mencionado.
Las órdenes eran engañosamente directas. Una de las naves más grandes y antiguas, llamada Validus, no había realizado los tres últimos chequeos astropáticos programados y en esos momentos estaba clasificada como perdida, en estado desconocido. La Validus, en contraste con la nave de Kendel, se encontraba al final de su patrulla, y sus mazmorras estaban repletas con una carga de telépatas, pirogénicos, kinéticos, soñadores y embrujadores de mentes de todas las clases. Debería haber llegado a la órbita de Luna hacía ya un mes. La hermana Harroda había dado la siguiente orden a Kendel en un enérgico y severo lenguaje de señas de batalla: «Misión/tarea: buscar-localizar-evaluar. Determinar causa de anormalidad. Recuperar si es posible».
Aquellas palabras abarcaban una multitud de posibilidades. Se habían perdido Naves Negras en el pasado en más de una ocasión. A pesar de toda su capacidad de combate y de la avanzada tecnología de sigilo, las naves al servicio del Astra Telepathica no eran invulnerables. Navegaban solas mucho tiempo por buenas razones, pero eso también significaba que podían caer apresadas por naves enemigas agrupadas en gran número o llegar a ser absorbidas si eran atrapadas por un fenómeno estelar. Recordaba la Honor Haltis, que sufrió una emboscada y fue destruida en batalla por unos piratas eldars, y a la Sol Blanco, destruida por las tormentas de disformidad, y a todas las demás. Sin embargo, una nave negra perdida también evocaba la peor de las posibilidades: un intento de fuga. En una nave cargada de brujos, algo así era un verdadero horror que había que tener en cuenta. Por eso, la orden de Harroda había ocultado la implicación de que, si era necesario, la hermana Kendel debía encargarse de que la Validus iniciara el último de sus viajes para siempre jamás.
La Aeria Gloris estaba ahora a sólo unas horas del área confirmada como la última localización conocida de la nave errante, y a cada momento que pasaba Amendera Kendel sentía crecer su malestar. Se reprochaba a sí misma que el origen de su aflicción no fuera simplemente la cuestión evidente de saber qué causó que la nave desapareciera en la oscuridad, sino también una inquietud personal trivial. Se sentía ligeramente culpable por el trato que había dado en público a su ayudante. La hermana novicia Leilani había permitido que la ansiedad que sentía ante la rebelión del señor de la guerra ocupase demasiados de sus pensamientos, y eso estaba afectando a su meditación; pero bajo ese mismo razonamiento, Kendel se había dejado obsesionar por algo que era, con toda sinceridad, mucho más intrascendente.
La Validus estaba bajo el mando de la hermana dama del olvido Emrilia Herkaaze, y la mujer no era una desconocida para Amendera Kendel. Todo lo contrario. Se habían encontrado por primera vez en las oscuras salas de hierro de una nave negra como aquélla, ambas atraídas cuando eran niñas por la vocación de las Hermanas del Silencio. Ambas fueron reclutadas en mundos situados en la zona de Belladona Reach. Kendel y Herkaaze habían compartido una cierta amistad a lo largo de las pruebas de iniciación, pero cuando ambas alcanzaron el grado de hermanas, esa amistad no tardó en agriarse. En esos momentos, años después, eran rivales resentidas, y cada una albergaba una fuerte antipatía contra la otra. No quiso rebuscar en la memoria las razones de todo aquello, y en lugar de eso permitió que la antipatía borboteara y se removiese bajo la superficie de sus pensamientos. Obsesionarse con ese tipo de cosas únicamente conllevaría que su concentración se diluyera aún más.
La hermana Amendera se preguntó si la cazadora de brujos Harroda era consciente de las mala relación entre ambas. Pensó que era bastante probable, ya que era muy poco lo que se le pasaba por alto a la mirada inquisitiva de la hermana Celia. Quizá, en ese sentido, aquello no era más que otra prueba para ella. Kendel se había dado cuenta desde del incidente ocurrido en la Ciudadela Somnus, en el que se había visto involucrada con Garro, el astartes renegado de la Guardia de la Muerte, que sus camaradas la vigilaban de forma constante. No estaba segura de cuál era el motivo.
La dama tomó consciencia de que su ayudante y su segunda al mando la observaban atentamente, a la espera de que comenzara a dar órdenes. Asintió e hizo avanzar la lista de los informes codificados en la placa de datos.
«Es la confirmación de lo que ya se nos había comunicado —indicó por señas con la mano que le quedaba libre—. Los registros de los diezmos del barco y las escalas previas. Estimación de las armas arrojadas por la borda y capacidades del sistema…».
Se detuvo bruscamente. La densa transmisión de los datos que les habían enviado mediante un mensaje de comunicador llevaba añadido cierta información adicional, y entre ellos resultaba clave un dato individual digitalizado captado de una comunicación astropática parcial. No existían protocolos asociados a las señales de las Naves Negras. Normalmente, cualquier comunicación enviada de nave a nave tendría como prefijos un número de codicilos y de cifras. No había nada. El mensaje había sido enviado sin codificar, a las claras.
En voz alta, bien alta.
Kendel pulsó la tecla «ejecutar» y la placa repitió los datos. En el silencio del aphonorium, aquello sonó como un disparo.
Era una voz de mujer, con un tono áspero y extraño, como si hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez que la había usado y no recordara del todo cómo hablar. Eran dos palabras. Tan sólo dos palabras, pero tan llenas de terror que la hermana Amendera sintió que las manos se le contraían formando un puño, y vio como Nortor y Mollitas se quedaban sin aliento.
—La voz… —decía la mujer—. La voz… —Y después, una vez más, pero como un grito rasgado—: ¡La voz!
—¿Qué significa esto? —La novicia parpadeó y frunció el ceño mientras miraba fijamente a la placa de datos—. Debe de haber sido una hermana, pero dijo las palabras, las dijo en voz alta.
A su lado, la doncella del vacío asintió lentamente. Lo habitual en las transmisiones de la Hermandad que se enviaban a localizaciones más allá de la línea de visión era que no se hiciera con palabras, sino con una antigua máquina legible, una variante del lenguaje signomental conocida coma orsköde, un chasqueador mecánico que para los oídos no entrenados podía parecerse a los sonidos de un engranaje. Que aquella mujer, sin lugar a dudas un miembro del grupo de Herkaaze, no sólo prescindiese de este método, sino que además rompiera intencionadamente su voto de silencio… Las implicaciones de todo aquello no auguraban nada bueno.
«La nave no llegó a salir del empíreo —advirtió Thessaly—. No quiero ni imaginarme lo que deben de haberse encontrado en el espacio disforme».
Amendera sintió que un escalofrío la recorría, igual que el que se sentía en un día de verano si una sombra ominosa pasa por delante del sol. Recordó la pestilencia de la muerte y descomposición que inundó los pasillos de la Ciudadela Somnus en aquel incidente, una forma humana rodeada por un enjambre, un ser que era algo repulsivo y sucio, que mataba y corrompía con cada zarpazo que daba.
No necesitaba imaginar qué horrores podía llegar a albergar la disformidad. Ya los había visto desparramándose dentro del mundo real.
Un mar enloquecido de olas ensangrentadas, unas cortinas de un color imposible e innombrable, unos grandes salones aullantes de emociones desolladas. La pesadilla infernal de cólera inmaterial fue rodeando a la Aeria Gloris a medida que la nave negra acortaba la distancia que le separaba de su nave hermana, que seguía a la deriva. La incalculable monstruosidad del espacio disforme golpeaba la burbuja de energía del campo Geller y propinaba zarpazos a la nave que se atrevía a penetrar en su reino de para fuerza psíquica. Ni siquiera el gran número de intocables a bordo era suficiente para mantener tal energía a raya. Sin la barrera protectora, la Aeria Gloris podría ser engullida.
La Validus estaba flotando allí, y la única señal de vida era la tenue incandescencia color esmeralda de las bobinas emisoras visibles alrededor de sus motores de disformidad. La energía seguía fluctuando a través del pecio, pero la nave no hacía ningún movimiento para ir a su encuentro, ni para ofrecer contacto a través del comunicador o del láser de rayo compacto. Viva y sentenciada a muerte al mismo tiempo, la Validus flotaba serena en mitad de aquella locura.
Si las dos naves se hubiesen encontrado en el espacio normal, lo habitual habría sido enviar una partida de exploración, lo que permitiría a la Aeria Gloris hacer una pausa y poner a punto sus cañones y lanzaderas de torpedos, por si de repente la Validus se convertía en una amenaza a la que hubiera que eliminar. Sin embargo, allí, dentro de las aullantes cavernas de la disformidad, no se podían seguir aquellos protocolos. En lugar de eso, era necesaria una aproximación mucho más delicada.
Con cuidado, la tripulación del puente de mando de la Aeria Gloris llevó a la nave más y más cerca de la Validus hasta que el brillo de la antimateria de su campo Geller rozó el de la otra nave. Los cogitadores programados exclusivamente para ese tipo de tareas pasaron las órdenes pertinentes a través de los manojos de cables dorados y mecadendritos a los servidores que utilizaban unos sensores para medir el espectro energético que se estaba emitiendo desde la otra nave negra. Durante unos momentos angustiantes, mantuvieron la cubierta protectora de la nave en sincronía con la de su vecino. Como dos burbujas que se encontraran en la superficie de una charca, se tocaron mutuamente, cambiaron de posición y, finalmente, se fusionaron. Una operación como aquélla era una acrobacia realmente difícil, pero la nave negra la tripulaban algunos de los mejores siervos pensadores que había disponibles en el Imperio. Aquello requería una vigilancia constante para mantener la fusión de campos. Un simple error de cálculo podría hacer que ambos se colapsaran, y eso dejaría expuesta a la nave estelar al océano de demencia que chapoteaba a su alrededor.
Y a pesar de todo, la Validus flotaba a la deriva como si se encontrara en mitad de un mar en calma. Los veteranos más curtidos de la tripulación de siervos hablaban con preocupación sobre aquella circunstancia tan inusual. Algunos, aquellos que pensaron que era seguro hacerlo lejos de la vista de las hermanas, incluso se arrodillaron y le rezaron a Terra y al Emperador.
La disformidad era tormentosa, y siempre había sido así. Pero allí, en aquel lugar, había una cavidad sin agitación ni estruendo, una extensión donde todo parecía calmado. Si se hubiera tratado de la superficie de un océano planetario, no hubiera habido un soplo de aire, tan sólo agua tranquila y cristalina de un horizonte a otro. El capitán de la nave jamás había visto algo así, y siguiendo la tradición de todos los marineros desde los primeros viajes de la humanidad en embarcaciones de madera, tanto él como sus tripulantes se atemorizaron y maldijeron.
En otro lugar, en las cubiertas inferiores de la Aeria Gloris, la energía se canalizó hacia los mecanismos capaces de abrir túneles a través de las capas del espacio-tiempo, y una gran llama de luz incandescente envolvió la plataforma teletransportadora de la nave. Las mujeres que estaban sobre ella brillaron con luz trémula, como si hieran espejismos, y desaparecieron.
El resplandor de transición se desvaneció en la oscuridad y la hermana Amendera hizo indicaciones con la espada ya desenvainada. A su derecha, Leilani empuñaba una pistola bólter en una mano y un auspex en la otra, con la atención puesta en el repiqueteo del dispositivo sensor.
A su izquierda, Thessaly cortaba el aire gesticulando sus órdenes, en dirección a las tres hermanas vigilantes que las habían acompañado.
Kendel deslizó rápidamente un dedo por su frente sin pensarlo y trazó con gesto distraído las líneas rojas del tatuaje del aquila. Tomó aliento y miró rápidamente a su alrededor para estudiar el pasillo bajo y amplio en el que habían aparecido. La dama había esperado encontrar la sala fría, y tal vez el aire enrarecido por la ralentización de las funciones de soporte vital y la proximidad con el casco exterior. Le había ordenado al servidor de teletransporte que no las dirigiera demasiado profundamente hacia el interior de la masa del Validus por temor a que el riesgo de una integración incorrecta pudiera acrecentarse con la distancia de proyección. Pero el aire allí era cálido y seco, como un desierto justo tras la puesta del sol.
Y aún más, había una quietud muy peculiar, como si las motas de polvo a su alrededor estuviesen suspendidas en alguna clase de fluido espeso.
Kendel avanzó sosteniendo la espada por delante de ella, cortando el aire con pequeños movimientos exploratorios. Pese a su leve incomodidad, no podía encontrar nada fuera de lugar. La gravedad parecía normal, y no olía a… nada.
—Afloramientos termales en esa dirección —indicó la hermana Leilani, con la voz extrañamente monótona.
Apuntó hacia delante, hacia el final del pasillo. Allí había formas apiladas desordenadamente más allá del resplandor verdoso de los lumes de las paredes, afiladas estructuras de tubos de metal y cables.
«Jaulas», indicó Nortor.
La dama asintió y avanzó. No se había aventurado más de unos pocos pasos cuando un grito sofocado de alarma hizo que se diese la vuelta. Una de las vigilantes se había aproximado a un pilar de hierro que salía desde la cubierta hasta el techo superior. Tenía una mano cerrada formando un puño y la abrió hacia su comandante. Amendera vio caer suavemente una lluvia metálica de entre sus dedos resplandeciendo bajo el brillo del lume. La vigilante señaló hacia el pilar indicando dónde lo había tocado. Los guantes de la hermana habían dejado marcas en el hierro. Se desmoronaba incluso bajo el toque de la luz, convirtiéndose en polvo.
Kendel chasqueó los dedos y la hermana Leilani se dirigió obedientemente hacia el puntal. Una vez allí, pasó el dispositivo de exploración por toda la superficie. Frunció el ceño y repitió la acción, claramente descontenta con la lectura inicial.
—Es extraño —admitió. Sus palabras sonaban apagadas y distantes—. El auspex indica que esta pieza de la estructura de la nave es mucho más antigua que el resto del metal de este pasillo… —Frunció todavía más el entrecejo—. Del orden de varios millones de años.
La dama se permitió a sí misma la rareza de un débil gruñido de rechazo e indicó a sus tropas que siguieran adelante. Pese a lo extraño de la situación, no podían perder tiempo en minucias como ésas. El grupo avanzó en dirección a las jaulas vacías, y Kendel comprendió de inmediato dónde las había depositado el teletransportador. Se encontraban en el perímetro de los rediles de la Validus, donde se guardaban los animales de caza utilizados por las escuadras fiscalizadoras de la nave.
Un momento después de darse cuenta de aquello, como si hubiera cruzado una membrana invisible, un bombardeo de sensaciones la asaltó. Allí no había ninguna barrera de campo de fuerza, ningún muro separaba unas secciones del pasillo de otras; era simplemente que en un momento el aire a su alrededor parecía muerto y quiescente y al siguiente era denso y estaba repleto de olores y sonidos. Quizá, al igual que la distorsión del tiempo alrededor del puntal metálico, los dos extremos del pasadizo existían en diferentes estados. Nortor se acercó a ella y vio como la cara de la otra hermana se arrugaba con una mueca sutil de disgusto. Allí, el aire era espeso, con el pestilente y rancio olor a cobre de la sangre derramada, un pesado perfume de óxido que casi ocultaba otro, el olor terroso de la carne podrida y los excrementos. El aire contaminado transportaba también un sonido diferente; era claro y chirriante. Kendel oyó un rechinamiento metálico, un goteo procedente de una de las esquinas envueltas en sombras. Avanzó por una estancia arrasada y vio una masa de pequeños huesos, carne y plumas blancas en su interior. Entre las piezas del raptor muerto había circuiros cibernéticos de un dorado brillante que destellaban cuando les daba la luz.
Una de las hermanas vigilantes apuntó con su bólter en dirección al sonido y pulsó con el pulgar un interruptor en un lado del arma; una barra iluminadora fijada al cañón se activó y proyectó un óvalo frío de luz blanca frente a ella. El mido metálico cesó, y en el eje luminoso de la antorcha brillaron unos ojos. Más haces luminosos cruzaron el aire para descubrir a un gran mastín de pelaje pálido que olisqueaba en dirección a la mujer. El hocico del perro biónico estaba húmedo, y al ritmo de sus jadeos, las ampollas de vidrio de fluido acelerador implantadas en su espalda tintineaban unas contra otras. A un lado, Nortor chasqueó los dedos para impartir una serie de órdenes, pero el animal hizo caso omiso de las mujeres. Después de un momento, el perro de caza miró alrededor e inclinó la cabeza para volver con lo que estaba haciendo. Kendel dio un precavido paso para acercarse y el animal quedó por completo a la vista. Estaba lamiendo una amplia mancha de sangre estancada alrededor de la cabeza y el cuello de un siervo de la tripulación. La parte superior del cráneo del hombre estaba abierta y en una mano sostenía un lanzaestacas de la Hermandad. Kendel estudió con atención la escena durante unos momentos. Parecía que el siervo había intentado usar el arma para clavarse las piernas a la cubierta disparando, en primer lugar unos clavos largos a través de cada tobillo y luego otro atravesando su mano libre.
—Ha tratado de crucificarse a sí mismo —dijo Leilani.
El perro biónico las estaba mirando de nuevo, y lentamente sus labios se separaron y dejaron a la vista unos dientes metálicos. Un gruñido grave comenzó a subirle por la garganta. Kendel oyó el fluido borbotear y silbar en los tubos. Conocía de primera mano el daño que esos animales podían hacer ya que ella misma había dado en alguna ocasión órdenes de soltarlos. La dama miró a la hermana Thessaly e hizo un gesto con la mano abierta.
«Quémalo».
La hermana obedeció al instante. Nortor se descolgó el arma del hombro y encendió la llama piloto con un solo movimiento fluido. Antes de que el perro tuviese la oportunidad de lanzarse a la carga con sus zarpas de acero, la hermana apretó el gatillo y roció al animal con un chorro de promethium abrasador. Murió dando un alarido y lo dejaron en el lugar en que cayó, moviéndose hacia uno de los bordes de la rampa de acceso.
Kendel vio a su novicia entretenerse un momento alrededor del cadáver del animal y chasqueó los dedos. La cabeza de Leilani se inclinó en un gesto de aceptación y la siguió de inmediato.
La luz de las lámparas de los bólters barrió la zona a izquierda y derecha alrededor de ellas, y Kendel miró de reojo a las otras mujeres.
«No será el único muerto que veamos hoy —indicó mediante señas—. Mirad».
Las vigilantes avanzaron y amontonados, aquí y allá, apilados contra los muros o las jaulas hechas añicos, había un muerto tras otro. Raptores, perros de caza y sirvientes.
Pero ni una sola hermana.
Los planos de cubierta del Validus habían sido codificados en los tubos de memoria del auspex de Leilani, y una vez que la expedición de a bordo había encontrado su rumbo, era simplemente cuestión de orientarse con el fin de reconocer las cubiertas interiores de la nave negra para dirigirse hacia la comandancia y el puente de mando. La hermana Thessaly se detuvo un momento para enviar de vuelta a la Aeria Gloris un mensaje, una serie de chasquidos que significaban que todo iba bien, que la misión procedía conforme a lo planeado; pero la novicia no pudo evitar preguntarse cómo aquello que habían encontrado podía ser «como estaba planeado».
La Validus era una nave muerta, una tumba flotante, y si no había sido silenciosa en el pasado, en esos momentos lo estaba siendo realmente. Leilani conocía los protocolos de emergencia tan bien como cualquier hermana. Las órdenes de a bordo de las Naves Negras eran rígidas e inamovibles: en el caso de que alguna catástrofe en la nave fuera de una magnitud tal que la comandante de la tripulación no pudiese dominarla, los dispositivos de seguridad podían inundar las cubiertas de las mazmorras con el devorador de vida, un arma biológica de terrible y fulminante virulencia. Si las hermanas a bordo de aquel navío estaban tan muertas como los siervos que habían encontrado, también lo estarían los brujos.
Debía de ser así; si no, ¿por qué entonces la expedición seguía con vida, por qué no habían sido atacadas en el momento en que fueron teletransportadas a bordo? Más aún, ella sabía que cualquiera que fuese la cosa que hubiese matado a los desafortunados que habían encontrado no había sido ni gas ni armas biológicas.
Siguieron avanzando hacia las profundidades de la nave negra y pasaron por largos corredores de celdas de evaluación amuralladas en las cuales unas placas esféricas de fases de hierro psicotóxico cruzaban las bases entre las cubiertas útiles. Sobre sus cabezas, los vagones colgados de raíles angulares que en otro tiempo transportaron a la tripulación y el material de una cubierta a otra por todo lo largo y ancho de la nave, del tamaño de una ciudad, estaban detenidos a mitad de trayecto. A lo largo del camino encontraron más signos de fenómenos extraños: otros lugares donde el casco de metal había sido transformado en polvo o en una masa húmeda por alguna causa desconocida; una sección donde el aire estaba nublado por un humo que pendía como una imagen congelada incluso cuando se pasaba a través de él, y habitaciones en las que las paredes, suelos y techos estaban cubiertos por una capa de pintura molecular formada por sangre humana. No había coherencia o razón alguna en todo aquello para Leilani. Quizá todas aquellas aberraciones habían sido provocadas por el contacto con la disformidad.
Finalmente, llegaron al puente de mando, donde otro ancho corredor se ramificaba hacia pequeñas cámaras auxiliares, abiertas en un extremo hacia el anfiteatro del puente del Validus. Allí, iluminadas por el resplandor amarillo sin llamas de los lúmenes, había masas de cuerpos apilados unos sobre otros de un modo desordenado, como si una multitud apretujada hubiese desfallecido al unísono y sus componentes se hubieran quedado en el mismo sitio donde habían caído. Delante ella, la hermana Thessaly vaciló un momento y alzó la mano para dar el alto al resto del grupo. Había un extraño murmullo en el aire, un tenue fluir, como el sonido de las olas en la orilla. La novicia necesitó un tiempo para darse cuenta de lo que estaba respirando. Escudriñó un grupo de cuerpos cerca de ella. Eran siervos de la tripulación, y sus uniformes de faena estaban sencillamente adornados, con el mínimo de galones y símbolos. Se sobresaltó. No estaban muertos. Ninguno de los que había allí estaba muerto. En lugar de ello, la totalidad de la masa de tripulantes permanecía tendida, con los ojos en blanco mirando pero sin ver, sumidos en una especie de catatonia.
Nortor empujó levemente a uno de ellos con la puntera de una de sus botas. Viendo que no reaccionaba, se agachó y tomó la mano de uno de los siervos. Sin pensárselo demasiado, la hermana del silencio le rompió uno de los dedos de la mano. Sonó el chasquido húmedo del hueso al partirse, pero nada más.
La hermana Amendera se abrió camino a través de los cuerpos para ojear en el interior de una escotilla abierta en la pared más lejana. Leilani la siguió y reconoció el hueco. Era la entrada a una de las capsulas de salvamento. Allí dentro había más cuerpos, alguno de ellos con los cinturones de los asientos de la cápsula de escape ya abrochados. Otros yacían dispersos como gotas sobre el suelo. Como los siervos del corredor, todos ellos estaban vivos pero inconscientes. La novicia evaluó el rostro de un hombre y vio por los galones de sus hombreras que se trataba de un oficial de puente. Sus ojos eran como los de una muñeca, vítreos e infinitamente abiertos.
—Sea lo que sea, les ha destruido las mentes. —Echó nuevamente una mirada alrededor del corredor—. Todos ellos, todos al mismo tiempo.
A Leilani se le secó la garganta al imaginar esta escena repetida por toda la Validus, con cada miembro de la tripulación reducido a una cáscara carnosa. Todas las mentes aniquiladas por algún catastrófico e instantáneo destello de fuerza psíquica.
—En nombre de Terra, ¿qué ha ocurrido aquí? —se preguntó con un susurro.
A lo lejos, corredor abajo, una de las vigilantes dio un golpe seco en la pared de acero para atraer su atención.
«No hay hermanas», indicó mediante gestos.
«Adelante», ordenó la dama del olvido.
Las vigilantes apartaron los cuerpos de los tripulantes caídos para despejar el acceso al puente, y las hermanas del silencio entraron con las armas preparadas y lanzando miradas a cada una de las sombrías esquinas, preparadas para repeler cualquier ataque. Una larga plataforma se extendía sobre el óvalo principal del foso de control varios metros más abajo. El puente estaba diseñado de modo tal que la oficial al mando de la nave negra pudiera permanecer en la borda como si fuese la proa de un navío oceánico y ver a su personal de menor rango bajo ella. Sólo el tripulante más experimentado tenía acceso a ese puesto, y una amplia pantalla frontal de parpadeo hololítico formaba un arco de lentes cristalinas sobre sus consolas. La mayoría de los monitores eran poco más que una lluvia de interferencias, pero algunos seguían funcionando, mostrando los procesos autónomos del interior del núcleo conductor de la nave negra, el latido constante del soporte vital. Leilani se percató de que uno de los monitores mostraba imágenes de una cámara exterior. La proa roma de la Aeria Gloris era visible, desvelando entre sombras el agitado infierno rojo púrpura del espacio distorsionado. Otros monitores activos mostraban líneas de oscuro carmesí y dejaban un rastro de señales de emergencia. Una de las vigilantes escudriñó un panel de ingeniería moviendo sus largos dedos cubiertos de cuero a lo largo de las teclas.
«El aniquilador de vida no está activado —informó—. No se liberó la opción de exterminación en la nave».
Nortor alzó la vista de una consola situada junto al trono del comandante.
«El cuaderno de bitácora está intacto».
Kendel envainó su espada con una mueca y le indicó por señas a la hermana Thessaly que continuara. La otra mujer tecleó una cadena de claves y un crepitante zumbido salió de las rendijas del comunicador camuflado en la estructura de acero.
Leilani miró hacia un hombre ataviado con el quepis oscuro de comandante que estaba tendido contra un puntal con forma de «Y» de la cubierta de sotavento. Era la voz de ese hombre la que llenaba el aire húmedo del puente mientras el cilindro de datos se rebobinada. Cada entrada era corta y precisa, y estaba subrayada por un código chasqueante que indicaba una serie de datos numéricos. El capitán de la nave hablaba de una señal urgente que había sido recibida fuera de las normas habituales para los protocolos de contacto, una débil súplica. Los astrópatas a bordo del Validus habían considerado que estaba expresada de un modo extraño, y se sintieron ligeramente perturbados. Los psíquicos autorizados se quejaron por la inquietud que les provocaba el comunicado, y también se sintieron asqueados por la peculiar resonancia que se aferraba a la señal, un desplazamiento en las fases que los incomodaba en gran medida. Y aun así, el mensaje estaba en orden, ya que contenían las claves que garantizaban la autoridad de los más altos niveles de la Hermandad del Silencio. La novicia vio el ceño fruncido en el rostro de su señora, y cómo entrecerraba los ojos. Las órdenes impartidas por la hermana Harroda no habían mencionado en absoluto un mensaje enviado a la nave antes de su desaparición.
El capitán habló de la única orden que contenía la transmisión. Le ordenaban dirigir a la nave hasta esa región de la constante turbulencia de la disformidad y quedar a la espera de posteriores contactos. Así lo había hecho, y lo único que encontró fueron los primeros incidentes de aquel fenómeno atemporal que las hermanas habían detectado en su paso a través de las cubiertas más bajas. Concluida la entrada y tras una pausa, Nortor accionó la siguiente secuencia.
«Es la última», indicó.
Se oyó de nuevo la voz del capitán, pero en esta ocasión parecía un hombre diferente. La lucidez impasible con la que había grabado los primeros registros había desaparecido. Leilani escuchó cuidadosamente y detectó picos de un pánico puro en las palabras del capitán, que luchaba por mantener el poco autocontrol que le quedaba. Lo oyó detenerse y murmurar, y su voz subía y bajaba conforme lo hacía su inquietud acerca del destino de su nave.
Allí, entre la repentina y ajena calma, algo había empezado a devorar las cubiertas de las mazmorras. Toda la masa de psíquicos se despertó al mismo tiempo, se movió como una marea e irradió como una nova dentro de las celdas metálicas de contención y sobrecargó los grilletes neurales que los mantenían apresados. Los potentes filtros amortiguadores bombeados a su torrente sanguíneo se volvieron débiles e ineficaces. El coro astropático de la Validus comenzó a gritar. Hubo llantos y gritos y…
Silencio.
«El último registro termina aquí —señaló la hermana Thessaly—. No hay nada más».
Leilani se sintió asqueada, como si una pátina de suciedad cubriera repentinamente su cuerpo. La idea de unos psíquicos sin control y sueltos en tal número le parecía totalmente aborrecible. Era todo contra lo que estaba la Hermandad, y el pensar que estaba tan cerca de una cosa así la hizo sentirse mancillada.
La novicia luchó por reprimir un estremecimiento y se encontró con la mirada perdida en la pasarela que recorría la plataforma del puente. Arriba había una escotilla simple, un delgado disco de metal fijado en un duro anillo de hierro negro, tras el cual había un estrecho túnel que conducía al habitáculo de los astrópatas, donde los psíquicos entrenados de la nave podían enviar mensajes para su transmisión a través de las profundidades interestelares. Este tipo de secciones de las naves estelares estaban siempre fuertemente protegidas, ya que incluso la cantidad más ínfima de interferencias telepáticas podía alterar las delicadas vías sensoriales. A bordo de una nave negra, ese tipo de problemas se multiplicaba por mil.
Únicamente los mejor entrenados, los especímenes astrópatas más firmemente controlados, podían llegar a servir en una nave que era como una explosión de ruido psíquico, e incluso para ellos la expectativa de vida era una fracción de la de sus compañeros que se encontraban a bordo de naves interestelares convencionales. Incluso su santuario, aislado del resto del navío mediante tecnologías muy avanzadas, campos de energía y metales psíquico-resistentes, era una endeble protección para ellos. Leilani no pudo evitar preguntarse qué habría pasado allí tras ese… despertar. Miró hacia atrás buscando la mirada de la dama del olvido. La hermana Amendera hizo varias señas en el lenguaje de batalla. Estaba claro que había llegado a la misma conclusión.
«Investiga y evalúa».
La novicia asumió las órdenes con ánimo sombrío y asintió con la cabeza. Se quitó la capa para poder entrar con facilidad en el estrecho conducto situado sobre sus cabezas. Leilani desenfundó la pistola bólter, comprobó el arma y alargó una mano hacia la escalera de acceso tratando de que no le temblara.
La escotilla se abrió de par en par frente a ella para mostrarle un túnel oscuro y poco profundo cuyo lejano extremo final se mostraba a la luz de iluminadores de color azul pálido. Sin mirar atrás, ascendió con su pistola preparada. Notó el olor a descomposición en el aire estancado del compartimento.
La estancia era esférica y sus paredes perfectamente lisas. La luz tenue que se derramaba desde los lumes ovales se concentraba formando un anillo alrededor del ecuador interior. La superficie de la lóbrega sala relucía suavemente por las intrincadas líneas microscópicas de texto que la cubrían por completo de un polo a otro. Leilani se sintió confusa durante unos momentos al notar algo fuera de lo habitual, y al segundo siguiente supo la razón.
—La gravedad —dijo en voz alta—. Aquí hay gravedad.
Generalmente, los astrópatas a bordo de una nave de esta clase vivían en un burbuja libre de gravedad, aislados de los generadores de gravedad del resto de la nave, de tal forma que pudieran flotar libremente sin verse afectados por algo tan bajo, tan mundano como andar sobre los pies. Pero allí, el campo anulador estaba inactivo. Buscó y encontró un centelleante panel de control algo alejado de los curvados muros, donde los interruptores de mando habían sido manipulados para inutilizarlos. Fue entonces cuando los vio y comprendió lo ocurrido. Había tres astrópatas en el coro de la Validus, y parecía como si, en el tiempo en que estuvieron flotando, se hubiesen desprendido con mucho cuidado de sus capas y las hubieran usado a modo de cuerdas, fijando un extremo a las cadenas de la parte superior de la sala vacía y el otro alrededor de sus cuellos. Entonces, uno de ellos debió de destruir los controles, lo que permitió que el peso de la gravedad reclamara sus cuerpos y les quebrara el cuello.
Los cadáveres de los psíquicos muertos se balanceaban ligeramente en la corriente de aire que había seguido a Leilani por el túnel de acceso. No puedo evitar fijarse sólo en ellos bajo la tenue luz. Tenían los rostros hinchados, con las órbitas de los ojos veteadas de sangre y las mejillas convertidas en jirones de carne húmeda en los lugares en los que se habían arañado presas de alguna especie de enloquecimiento.
Cuando la hermana Leilani regresó a la plataforma del puente, Kendel leyó en la palidez de su rostro lo que la joven había visto en la cámara astropática.
«Todos los objetivos han acabado consigo mismos».
La hermana novicia dio su informe en lenguaje de batalla sin pensar, pero Kendel prefirió no corregirla. La visión había conmocionado a la chica. Mollitas era mucho más fuerte de lo que ella creía. De no haber sido así, la dama nunca la habría elegido como su ayudante. Sin embargo, la muchacha se mostraba reticente a poner a prueba sus propios límites, y, hasta haberlo hecho, el Juramento de Tranquilidad, la marca del aquila y la verdadera Hermandad estaban más allá de su alcance.
«¿Ordenes?».
La hermana Thessaly se había puesto delante de su comandante mientras jugueteaba con su arma.
La dama del olvido vaciló un momento y luego señaló con un gesto a la más veterana de las hermanas vigilantes.
«Dividid las escuadras —indicó mediante señas—. Las vigilantes, dirigíos a popa. —Kendel se tocó el pecho—. Esta unidad, adelante. Descended y reagrupaos».
Luego unió las manos en una palmada. En cierto contexto, el símbolo podía significar «alianza», en otro, «colisión», y en otro, «amalgama». En aquél, indicaba un objetivo que debía ser localizado y aislado. No era necesario que indicara cuál era el objetivo. Las últimas palabras del capitán lo habían dejado muy claro.
Cambió el código de lenguaje. «Encontraremos a nuestras hermanas —les dijo—. Es nuestra orden y nuestra obligación».
Nortor hizo la señal del aquila.
—En nombre del Emperador —susurró Mollitas.
Se adentraron en el interior de una caverna helada. Las botas crujieron al pisar las placas de escarcha j de nieve. El pasillo de acceso a las cubiertas de las mazmorras estaba cubierto con una capa de aguanieve gris aceitosa. Era una imagen peculiar en el interior de las salas metálicas de una nave estelar, más propia de un día de invierno en alguna colonia de algún mundo distante. El aliento de Kendel le salía de la boca en vaharadas blancas. Lanzó una mirada inquisitiva a la novicia. Ahora estaban en las entrañas de la Validus, en ningún lugar cercano al casco exterior donde el ávido y absorbente frío del espacio las alcanzase. La dama alzó una mano hada el cuello de su armadura para activar el control del comunicador con la intención de mandar señales a las vigilantes. ¿Veían lo mismo que ellas? ¿Era aquello otro de los extraños efectos puntuales que habían aberrado diseminados por la nave negra abandonada?
Pero un gesto de Nortor la hizo dudar. La otra hermana señaló con un gesto las altas columnas de hielo sucio agrupadas en una esquina. Había movimiento tras ellas, y respiración, un halo blanco en el aire.
—¿Quién anda ahí? —dijo la hermana novicia en voz alta—. Sal al descubierto.
Kendel sintió una débil y familiar presión en la parte trasera de su cráneo. Era semejante a la sensación de la pesadez del cielo tras una tormenta, o el más débil de los ecos. Estaba desenvainando ya su espada con pomo en forma de cabeza de águila cuando una figura salió repentinamente disparada de entre los pilares de hielo, medio corriendo y medio patinando en dirección a ellas. Se trataba de un hombre cubierto por completo de escarcha. Un grillete metálico y el extremo de una cadena rota tintineaban con estrépito alrededor de uno de sus tobillos. Kendel se encontró delante de una sonrisa maliciosa y unos ojos tan abiertos que dejaban ver demasiado blanco. Unos halos de vapor se le estaban formando alrededor de las manos, y ella sintió como la baja temperatura siguió cayendo aún más. El individuo estaba conjurando nieve a partir del propio aire, y la aferraba mientras la moldeaba para darle forma de cuchillas de hielo. Kendel conocía muy bien a esa especie: era un criogénico. Alzó una mano para impedir que Nortor le disparara con el bólter, y permitiendo así que el psíquico se acercase a ellas. Sus pies desnudos chapoteaban contra la chapa congelada de la cubierta.
Captó el momento en los ojos de hombre, como le había ocurrido en muchas ocasiones anteriores con otras presas, el momento en que lo comprendía de repente. A mitad de carrera, el psíquico atravesó el borde y entró en la periferia borrosa y fantasmal donde el gen paria de Kendel comenzaba a ejercer su influencia sobre él. Había entrado en la zona invisible en la que la naturaleza intocable de la hermana creaba una zona de anulación en el sombrío espacio de la disformidad. El don era más fuerte en algunas de las hermanas de Amendera que en otras. En algunas, el grandioso don del silencio se manifestaba de distintas formas. A la dama del olvido la rodeaba una esfera invisible que se extendía más allá de su carne y que sofocaba el poder de cualquier psíquico con una fuerza que crecía cuanto más próximos estaban.
El criogénico dio un traspié, y la tormenta de hielo que había creado a partir del propio aire se evaporó repentinamente en sus manos convertidas en zarpas. El hielo se resquebrajó por completo. Kendel lo miró fijamente, con hostilidad, y movió la cabeza en un gesto de advertencia.
El psíquico saltó. Incluso un animal hubiera tenido el instinto de reaccionar como si estuviese frente a una barrera, y se hubiera acobardado retrocediendo. Pero si el sentido común había existido alguna vez en aquel hombre, sin duda, en esos momentos, lo había abandonado. Sin dejarse desanimar, lanzó un grito y se arrojó contra ella en un intento de arañarle los ojos.
El efecto paria, a pesar de lo poderoso que era, sólo podía proteger contra la brujería del contacto telepático y otros ardides semejantes. Contra el ataque físico, contra los disparos, las espadas o las garras, no ofrecía ninguna clase de escudo. Por eso, las Hermanas de Silencio se sometían a años de entrenamiento en la Schola Bellus de Luna. Kendel golpeó el cráneo del criogénico con el pesado remate de bronce de la empuñadura de su arma con un gesto casi despreocupado. Impacto con un crujido seco y el psíquico cayó de rodillas sobre la cubierta, deslizándose sobre la fina capa de hielo.
—¿Es que no ves quiénes somos? —le gritó la hermana Leilani—. En nuestro silencio no puedes causarnos ningún daño.
—¡No puedes oír! —le gritó el psíquico. Su voz sonó como un ladrido repentino y átono—. ¡Si yo no puedo oír, tú no debes hacerlo! —Volvió a ponerse en pie y otra vez se abalanzó contra Kendel—. ¡No debes oír!
Estaba loco, sin duda alguna. Quizá la energía liberada que había destruido las mentes de los miembros de la tripulación y de sus siervos se había limitado a trastornarle la mente a ese psíquico, y en el desorden que se produjo después encontró el modo de escapar de las celdas de la nave negra. No era asunto suyo. No sacarían nada en claro de aquel brujo.
La dama del olvido se lanzó al ataque, con la espada larga empuñada para un golpe de reverso. Giró sobre sí misma colocando la hoja a la altura de la garganta del criogénico y le propinó un mandoble justamente allí. El propio impulso del psíquico lo decapitó. Un chorro de fluido carmesí cruzó el aire y luego se esparció a lo largo de la nieve sucia. Varias gotas de sangre le salpicaron la coraza dorada, pero el flujo procedente de las arterias fue esporádico y no tardó en cesar.
Pasó por encima del cadáver y caminó sobre el hielo y la nieve mientras los últimos borbotones rojos se encharcaban sobre la fría cubierta. Un delgado efluvio de vapor se desprendió a todo lo largo de la hoja de su espada.
«¿Qué quería decir?». —La hermana Thessaly se colocó a su lado e hizo los signos con mucho cuidado—. «Habló de oír algo. Quizá guarda relación con las últimas palabras de la comunicación desde esta nave».
Kendel se llevó dos dedos a la barbilla, y Nortor asintió en una pausada conformidad.
—Hablad —murmuró la hermana Leilani—. Pero ¿para qué?
Cuanto más avanzaban, más fuerte era la sensación de que algo nuevo se acercaba. Era una extraña densidad en la atmósfera, un espesamiento en el aire que acarreaba consigo un sabor metálico y oleoso que Leilani no pudo quitarse de la garganta a pesar de todos los sorbos de agua que bebió de la boquilla del dispensador instalado en la gorguera de su armadura. Sabía que la dama del olvido y la doncella del vacío también lo sentían. El estado de ánimo de la escuadra se fue haciendo más receloso y sombrío a medida que pasaban a través de las secciones exteriores de las áreas de contención, las celdas de las cubiertas de mazmorras donde los reclusos menos peligrosos eran encarcelados habitual mente. La novicia miró por casualidad al interior de una de las celdas cerradas que eligió al azar. Allí había una extraña pasta húmeda de una materia que parecía haber sido cuerpos, como si la carne hubiese sido batida y prensada. El aire era anormalmente estático, denso hasta el punto que adquiría las propiedades de una membrana. Leilani sintió su toque fantasmagórico en el rostro desnudo, como la vaporosa caricia de una tela de araña.
Thessaly Nortor, que marchaba delante, siempre a la cabeza, se detuvo en seco y sus botas rechinaron. La novicia se quedó helada a la espera de que el siguiente psíquico enloquecido o fenómeno extraño apareciese delante de ellas. En lugar de eso, la doncella del vacío se volvió hacia las otras dos mujeres e hizo la señal que significaba «hermana».
Las hermanas se encontraron con ella en mitad de la sala. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre las oscuras placas de hierro de la cubierta. Tenía la cabeza inclinada en un estado de concentración y la espada desenvainada, con las dos manos apretadas alrededor de la delgada empuñadura. Leilani se dio cuenta de la peculiar calma que parecía emanar del cuerpo de aquella mujer. Se trataba de una ausencia de emoción o de energía. Un silencio, a falta de una palabra más correcta.
Estaba moviendo la boca, pero no emitía ningún sonido. A pesar de ello, la novicia sólo tuvo que leer una palabra o dos en sus labios para saber qué letanía estaba recitando sin palabras. Sin darse cuenta, Leilani repitió las palabras en voz alta:
—«Somos buscadoras y encontraremos nuestra presa. Somos guerreras y llevaremos la desgracia a aquellos que se nos opongan…».
Se calló, y sus mejillas enrojecieron.
La hermana Amendera frunció el ceño y Leilani miró nuevamente a la hermana. La otra mujer tenía una cola de caballo de pelo de color rojo oxidado que le colgaba suelta, lacia y empapada en sudor desde la parte alta del cráneo, que llevaba rasurado. Una línea de color rosa pálido le marcaba el lado izquierdo de la cara y del cuello desde el pómulo. La cicatriz apuntaba como una flecha hacia el símbolo del relámpago grabado en ambas hombreras. Tenía el mismo rango que Kendel, y al darse cuenta de ello, Leilani la reconoció.
Con un jadeo seco, la hermana Emrilia Herkaaze, miembro de la escuadra de las Garras Blancas, abrió los ojos. Su meditación de combate se había roto y alzó la mirada hacia ella. El ojo izquierdo de la mujer, enmarcado por las cicatrices, era un intrincado implante de vidrio azul y engranajes dorados. Miró a Leilani de arriba abajo con una expresión fría e inquisitiva.
Herkaaze hizo caso omiso de la mano que le ofreció Nortor y se puso en pie mientras desentumecía el cuerpo. La dama del olvido tornó su mirada hostil hacia Kendel. La mitad inferior de la cara de la mujer estaba oculta tras una máscara que parecían barrotes, pero la novicia se dio cuenta de que su boca estaba torcida en una mueca de desprecio.
«Sabría que vendría alguien —comentó por señas la otra dama—, pero nunca pensé que fueses tú».
La expresión del rostro de Kendel se volvió helada.
«La misión ha recaído en nosotras. Las Dagas Tormentosas vamos allá donde se nos ordena».
La tensión entre las dos damas era tremenda, y Leilani no pudo evitar pensar de nuevo en los rumores que había oído acerca de la feroz rivalidad entre Kendel y Herkaaze. Una historia que le contaron otras novicias decía que las mujeres habían luchado contra un brujo de fuego en Sheol Trinus. Herkaaze, no dispuesta a retirarse ante un enemigo tan poderoso para reagruparse luego, fue golpeada por varios escombros ardientes, y más tarde culpó a Kendel por haberle negado su apoyo. Leilani no creyó esa historia en su momento, pero en ese instante, al ver la vieja herida de la hermana Emrilia, se preguntó si había habido algo de verdad en todo aquello.
Herkaaze se dio cuenta de que la estaba mirando fijamente y se acercó a la novicia.
«¿Ya has visto suficiente, parlanchina?», le preguntó por señas.
El ojo implantado centelleó y Leilani bajó la mirada a la cubierta, acobardada.
«Noto la presencia de brujería —indicó la hermana Thessaly—. Muy cerca».
La dama marcada por las cicatrices hizo un gesto de asentimiento, pero no dijo nada más. En vez de eso, se concentró de nuevo en su antigua camarada.
«¿Vosotras sois todo? ¿Vosotras tres?».
La hermana Amendera hizo un gesto negativo con la cabeza.
«Una lanza de hermanas vigilantes nos apoya. Las he enviado por una ruta secundaria, por las cubiertas de popa».
Herkaaze hizo un ruido burlón desde el fondo de su garganta.
«Entonces las has mandado a la muerte».
Al oír aquello, Nortor apretó el puño contra la palma de la mano para teclear un mensaje en tono interrogativo a través de las superficies táctiles generadoras de señales de los nudillos de sus guantes. Leilani oyó el eco de la señal de corto alcance a través del comunicador de su equipo de campaña. Esperó por un momento la respuesta de «sin novedad» del otro equipo, pero sólo percibió el siseo de la estática. Nortor palideció imperceptiblemente y negó con la cabeza.
«Múltiples horrores han quedado liberados a bordo de esta nave. He perdido a muchas de mis propias hermanas a manos de los brujos enloquecidos que recorren libres esta locura —Herkaaze asintió para sí misma—. Matamos a tantos como pudimos».
La ira ardió en el rostro de Kendel y agarró por el brazo a la otra dama. No hizo signo alguno, pero la pregunta estaba clara.
Con extrema cautela, la hermana Emrilia se soltó del agarrón de la otra mujer.
«No tuvimos tiempo de enviar una advertencia completa. Tuvimos que venir a construir un muro. De lo contrario, todo se habría perdido».
—¿Un muro? —Herkaaze se estremeció al oír el sonido de su voz, pero Leilani no le hizo caso—. No lo entiendo.
Nortor cruzó los brazos sobre sus blindados senos y apoyó los puños sobre los codos. La señal significaba «muro», pero también «bastión» o «cercado».
—¿Qué ocurrió aquí? —quiso saber la novicia.
«Respóndele», le exigió Kendel.
Herkaaze le lanzó a la joven una mirada furibunda, pero finalmente asintió. Comenzó a hacer señales con el lenguaje signomental, de forma rápida y brusca. Los movimientos fueron tan rápidos y ligeros, tan ágiles, que a un observador sin la preparación adecuada le habrían parecido el kata de entrenamiento de algún arte marcial semejante a una danza.
La hermana Emrilia conectó los hilos de los acontecimientos pasados entretejiéndolos con la curiosa advertencia detectada por la estación Evangelion y lo encontrado en los archivos del cuaderno de bitácora del capitán de la Validus.
Después de que la nave negra hubiese virado y se hubiera quedado a la deriva en aquel extraño vacío dentro del vacío, unos impulsos psíquicos exploratorios se abrieron paso hasta el interior de la nave. Al principio, algunos de los miembros de la tripulación declararon ver fantasmas acechando en los corredores; tales observaciones no son infrecuentes en las naves en las que la terrible agonía de los telépatas enjaulados dejaba manchas psíquicas en las mamparas, pero éstos no eran espectros ordinarios.
Esos fantasmas se movían de forma coordinada y se dedicaban a realizar tareas que parecían más militares que paranormales. Y muy poco tiempo después, los disturbios estallaron con violencia a través de las cubiertas de las mazmorras. Muchos de los psíquicos se mataron entre sí o murieron cuando las pulsaciones de fuerza psíquica azotaron sus celdas. Herkaaze admitió que ella y sus hermanas se dieron cuenta demasiado tarde de que los ataques no eran aleatorios, sino que iban dirigidos hacia los psíquicos más poderosos de la Validus. Cada impulso perdido abría celdas y levantaba barreras, pero cuando se les concedió esta repentina libertad, los brujos capturados no huyeron. Más extraño aún; se adentraron en las entrañas de los oscuros espacios de las prisiones, buscándose los unos a los otros. Una escuadra de hermanas fiscalizadoras se aventuró en el interior y fue testigo de la brujería que estaban creando aquellos mutantes. Aquella mujeres murieron, pero no sin antes mandar un informe de lo que habían visto.
En sus estudios, Leilani había leído la mayor parte de los textos de las enormes estanterías de la libraria en la Ciudadela Somnus, desde los primeros volúmenes de Psykana Occultis hasta el Juicio mudo de Melanea Verdthand. En esos tomos de investigaciones psíquicas y de saber popular, la joven hermana en espera de recibir los votos había aprendido mucho sobre los brujos. Ella creía que la fe en el combate con espadas, con bólter y con silencio era la mitad del arsenal de una hermana, y que el conocimiento sobre sus presas tenía la misma importancia. Por ello, había leído mucho de aquello de lo que eran capaces los psíquicos, y ése era el motivo por el que mientras Kendel y Nortor escuchaban con una creciente incredulidad el informe de Herkaaze, la novicia no hacía más que asentir, ya que sabía que unos hechos tan extraños eran perfectamente posibles.
La mujer de rostro ceñudo siguió hablando.
«Lo peor y lo más poderoso del tributo que transportaba la Validus se unió y se convirtió en una amalgama».
La hermana Emrilia tuvo mucho cuidado al utilizar la señal para esa palabra, ya que unió las manos y entrecruzó los dedos. Una amalgama en el sentido de fusión o de unión.
Leilani sintió que se le helaba la sangre.
—He leído sobre eso —la interrumpió de repente—. Una mente grupal, la formación espontánea de una conciencia telepática compartida. En la antigua Terra, en la Era de los Conflictos, el Estado nación llamado Jermani tenía un nombre para eso. Lo llamaban gestalt.
La hermana Amendera dio un paso hacia la otra dama.
«El devorador de vida. ¿Por qué no lo utilizasteis?», le preguntó moviendo las manos con energía.
Herkaaze la miró fijamente.
«Avería. Sabotaje/influencia exterior. Causa desconocida».
Las cuatro se quedaron un largo momento calladas e inmóviles. Cada una de ellas sopesó la importancia de lo que se había descrito. Fuera cual fuese la fuerza que había instigado aquello, el ímpetu que había creado aquella increíble confluencia de mentes, la cuestión en esos momentos era cómo enfrentarse a ello. Cómo acabar con eso, se corrigió Leilani, ya que no se podía permitir que una mutación tan radical como ésa siguiera existiendo en la galaxia ordenada y secular del Emperador.
La mujer de la cicatriz volvió a su explicación, aunque parecía estar menos enfurecida y más taciturna al recordar las órdenes que se había visto obligada a impartir. Sabía muy bien que las escuadras de cazadoras de brujos, de vigilantes y de fiscalizadoras que la Validus llevaba a bordo no serían suficientes en modo alguno para derrotar a una monstruosidad creada por el poder de semejantes brujos y elevada a una categoría tan enorme, por lo que la hermana Emrilia hizo lo único que se podía hacer.
La última orden que dio a sus hermanas fue que se desplegaran en las cubiertas inferiores. Cada una de las guerreras debía encontrar un lugar donde pudiera arrodillarse y recitar el credo, un sitio en el que pudieran concentrarse y sacar de ellas mismas y sin ayuda el don del silencio. Algunos ciudadanos llamaban a la Hermandad «las Hijas de las Puertas», en parte por la forma que tenían los cascos que formaban parte de su armadura, de media pieza, de tres cuartos o incluso de una sola pieza, y que estaban forjados de manera que recordaran a los pórticos fortificados de los castillos antiguos, pero también como muestra de respeto por la naturaleza de su misión: actuar como barrera entre la locura desatada de los brujos y la seguridad del Imperio. Por eso mismo, Herkaaze había dado la orden de rodear por completo al grupo mental que había a bordo de la Validus y mantenerlo allí. Cada hermana del silencio, con la señal del paria grabada con un fuego frío en las mentes de las monstruosidades psíquicas, era un bastión que los brujos no podían cruzar. Sin embargo, por esa misma razón, ninguna de las hermanas podía retirarse. Se trataba de una situación en punto muerto.
«Pero ahora que estás aquí —le indicó la hermana Emrilia por señas, volviendo a utilizar el lenguaje signomental—, podrás ocupar mi lugar mientras yo lo busco y lo mato».
Kendel apretó los labios. Su antigua camarada no había cambiado nada desde Sheol. La paliza que había recibido en aquel lugar desolado no la había hecho sentirse más humilde. En todo caso, la había convertido en una persona más intratable todavía. Allí estaban, hermana frente a hermana, con el mismo rango exactamente, pero Herkaaze le hablaba como si estuviera dirigiéndose a una subordinada.
«No somos vuestro refuerzo —le indicó por gestos—. Hemos venido a rescataros».
Su hermana la miró fijamente y la vieja cicatriz que tenía en la mejilla enrojeció. Al igual que ocurría con el ojo que había perdido, para los cirujanos de la Hermandad hubiera sido muy fácil curar y hacer crecer de nuevo el tejido que Emrilia había perdido en el rostro, de forma que su cara hubiera quedado como nueva. Sin embargo, ella había preferido mostrar aquella desfiguración como una especie de condecoración honorable. Amendera torció la boca en un gesto de desagrado. Algo así era de esperar en un astartes, pero no en una hermana.
«No podemos romper la línea. —El lenguaje corporal de Herkaaze era severo y acusador—. Bastará que se produzca un hueco para que este horror quede libre y pueda azotar a la galaxia. Es la única opción. Yo seré quien entre y lo mate».
««Nosotras —la corrigió Amendera al mismo tiempo que las señalaba a todas con un gesto de la mano—. Nosotras lo mataremos».
Nortor asintió.
«Mollitas puede ocupar ese puesto en la circunferencia. Nosotras tres nos adentraremos a mayor profundidad».
Kendel miró a la hermana novicia e hizo un gesto negativo con la cabeza. A pesar de todo el aprendizaje teórico y de su gran potencial, la hermana Leilani no estaba preparada para aquel tremendo desafío. Tenía demasiadas dudas, demasiados pensamientos que se arremolinaban en el interior de su cabeza, como para encontrar la serenidad necesaria para hacer salir de verdad el silencio. La dama del olvido le indicó con un gesto a la doncella del vacío que debía tomar el lugar de Herkaaze y arrodillarse en el suelo.
Por un momento, por un instante tan breve que alguien que no conociera a Thessaly Nortor no lo hubiera notado, la segunda al mando de Kendel titubeó. Luego hizo un gesto de asentimiento, desenvainó la espada y entró en un trance meditativo. Antes de inclinar la cabeza entregó su lanzallamas a Mollitas sin ceremonia o gesto alguno.
Leilani lo tomó en sus manos con otro gesto de asentimiento y se irguió procurando echar mano de todo su valor. La hermana Thessaly cerró los ojos y empezó a recitar las palabras del credo.
Un instante después. Herkaaze se puso en pie y se encaró a la otra dama.
«No hace falta refuerzo alguno. —Su lenguaje de batalla era furioso y cortante—. No intervengáis».
«En una ocasión me reprochaste que no acudiera en tu ayuda. ¿Harás lo mismo ahora, cuando os ofrezco mi asistencia sin que la pidas?».
Kendel trazó las palabras con gestos y vio cómo la cicatriz de la otra dama se ponía púrpura. La vieja herida indicaba la aparición de la furia de Herkaaze como si fuera una baliza señalizadora.
Por un momento, le pareció que la hermana Emrilia estaba a punto de expresar verbalmente su respuesta, pero luego se dio media vuelta.
«Vamos, pero ésta es mi nave, y yo tengo el mando».
Herkaaze no esperó a que Kendel le respondiera y echó a caminar en dirección a la escotilla.
«Confirmado».
La hermana Amendera hizo el gesto de cruzar los dedos sobre el pecho y se dio cuenta de que su ayudante la estaba mirando fijamente.
Al otro lado del muro levantado por Herkaaze se encontraba la locura, la locura; y los fantasmas.
Los espectros las atacaron en hordas atravesando el suelo y el techo, apareciendo de entre las sombras o desde detrás de las columnas de apoyo. Relucían y aullaban, y el ruido que producían se encontraba en el extremo mismo de la capacidad de audición de las hermanas.
Las descargas de proyectiles de bólter y de fuego disparadas por los lanzallamas los atravesaban, y las espadas de poco más servían. Los espectros se les echaron encima y desaparecieron entre chillidos al evaporarse como el rocío de la mañana cuando sus energías chocaron contra los límites del efecto paria. Sin embargo, algunos de ellos eran de carne y hueso, y estaban escondidos entre la multitud confusa como una daga entre la ropa. Eran los tripulantes de la Validus con la mente arrasada, como los de las cubiertas superiores, pero a diferencia de aquellos pobres miserables, éstos habían caído en un estado de psicosis rabiosa. Ocultos entre la masa de sus congéneres espectrales, se abalanzaron contra Kendel, Herkaaze y Mollitas con garrotes creados a partir de piezas rotas de metal o de extremidades amputadas.
Acorraladas al otro lado de la barrera invisible, las fuerzas que habían deformado las psiques de aquellos servidores se habían vuelto contra ellas mismas. Sus mentes se comportaron igual que animales atrapados en una trampa y mordían sin cesar su propia razón. Todo rastro de lo que les hacía ser personas había desaparecido. Dentro de sus cráneos vacíos de pensamiento sólo cabían el vacío y la oscuridad. Kendel cruzó la mirada por casualidad con un individuo que llevaba puesto el uniforme de mecánico, y, al igual que todos los demás, tenía el cerebro destrozado. Aquello la enfureció. Aquellas pobres personas ni siquiera eran el enemigo, tan sólo eran los restos de un acto de brujería que les había dejado pudrirse en las entrañas de la Validus.
A pesar de todo ello, su pena no le impidió acabar con todas aquellas criaturas sin mente. Movió la espada en arcos centelleantes y destripó torsos al mismo tiempo que lanzaba chorros de sangre pulverizada que manchaban las paredes.
Las dos damas del olvido lucharon como si una fuera el reflejo de la otra. El entrenamiento y la práctica de la schola de armas de la Hermandad actuaban de un modo inconsciente, sin que tuvieran necesidad de pensar en ello. A sus espaldas, la hermana Leilani disparaba unos gorgoteantes chorros de friego contra sus enemigos desde el extremo en forma de campana del cañón de su lanzallamas. Sus oponentes morían al ser atravesados y desventrados por las espadas o al quedar convertidos en antorchas aullantes. La esencia de los espíritus se convertía en motitas de luz en el aire estanco del pasillo mientras los cuerpos de los mortales se desplomaban contra el suelo.
Al cabo de unos instantes, se produjo un alto en el combate, y las tres se detuvieron jadeantes. Kendel contempló cómo Herkaaze limpiaba la espada en la chaqueta de un siervo muerto y se preguntó si la guerrera de la Garra Blanca habría pensado en aquellas pobres almas como ella lo había hecho. Amendera lo dudaba mucho. La hermana Emrilia siempre había sido conocida por ver el mundo únicamente en blanco y negro, con una visión muy extrema del bien y del mal. No consentía ningún tipo de duda al respecto, no admitía alguna zona gris en sus pensamientos. Kendel tuvo que admitir que ésa más que ninguna otra era la razón principal de sus disputas.
La hermana Leilani, que se mantuvo cerca, se echó al hombro el lanzallamas y soltó un resoplido estremecido.
—Por el Trono —musitó—. Se nos echaron encima como hormigas soldado que defendieran su nido. No me atrevo a pensar qué clase de fuerza los impulsó a comportarse así.
Herkaaze miró de nuevo a la novicia con un gesto de desaprobación, como si intentara hacer callar a la joven con la simple fuerza de su mirada. Sin embargo, Mollitas no pareció darse cuenta, como si estuviera demasiado sumida en sus propios pensamientos. Amendera vio que su rostro palidecía al ocurrírsele algo terrible.
—Mi señora… —empezó a decir con un tono de voz lleno de inquietud—. ¿Y si…? —Leila señaló con un gesto las paredes de la nave negra—. ¿Y si todo esto forma parte de un plan ideado por los astartes rebeldes? —De repente, empezó a hablar de forma apresurada, sin detenerse—. Se dice que algunas de sus legiones se han visto involucradas en prácticas de hechicería, y…
El fuerte golpe producido por el acero al chocar contra el bronce resonó en el pasillo e hizo callar a la novicia. Kendel se dio la vuelta y vio que Herkaaze había golpeado el suelo con el pomo de su espada.
«¿Tiene que hablar tanto?», exigió saber la otra dama.
«¿Es que acaso temes que tenga razón?», fue la respuesta por señas de Kendel.
Herkaaze ni siquiera se dignó en contestarle y siguió avanzando. Señaló con la punta de la espada mientras caminaba una gran compuerta ovalada que se encontraba un poco más adelante. El hedor metálico del rastro psíquico tenía más fuerza allí, el eco de aquella energía le palpitaba a Amendera en las sienes. Emrilia se dirigió hacia aquella compuerta sin mirar atrás en ningún momento.
Al otro lado había una estancia que estaba rematada en uno de sus extremos por un horno molecular humeante. Era lo último que veían los psíquicos más poderosos y rebeldes que iban a ser procesados en aquella nave. Los ejecutaban allí, en la cubierta de hierro, y luego los lanzaban a las fauces de aquel artefacto, donde sus cuerpos quedaban reducidos a cenizas. Se creía que ningún psíquico se podía reconstituir después de morir de ese modo.
Quizá no era descabellado entonces que encontraran la mente grupal allí. Los hombres y las mujeres que formaban parte de ella estaban apiñados allí. Algunos se encontraban de pie, mientras que otros estaban tendidos en el suelo o recostados contra las paredes, formando unas acumulaciones antinaturales. A diferencia de los muertos mentales de otras cubiertas, todos aquellos seres parecían estar vivos y conscientes a primera vista, lo que, en cierto modo, hacía que fuera mucho más horrible mirarlos.
—No tienen cara —murmuró Leilani.
De hecho, sólo tenía razón a medias.
Cada uno de los miembros de aquella amalgama psíquica poseía ojos, nariz y boca, pero se encontraban en un movimiento constante y nunca llegaban a detenerse para formar algo remotamente parecido a un rostro humano. En vez de eso, eran esbozos, bocetos medio terminados del aspecto que tendría una persona, y todos mostraban la misma semejanza facial. Por un momento adivinó una nariz alargada y unos ojos estrechos, y luego vio unas mejillas redondas, acompañadas de una boca pequeña. Los huesos bajo la piel emitieron una serie de chasquidos al cambiar de forma a medida que la estructura de los cráneos se transformaba y cambiaba segundo a segundo, una y otra vez.
Todos los seres de la estancia se dieron la vuelta para mirar a las hermanas e inclinaron la cabeza hacia un lado en un gesto inquisitivo. La novicia empuñó de nuevo el lanzallamas que llevaba al hombro y comprobó la carga disponible: tenía el depósito medio lleno. Colocó el índice en el gatillo y la campana expulsora del arma emitió un siseo para indicar que estaba preparada.
«Aquí está. Esta es la Voz», gesticuló Herkaaze.
Avanzaron por la cámara y los miembros del grupo más cercanos a ellas retrocedieron con rapidez, rechazados por la presencia de las intocables, tóxica para ellos. Las tres caminaron en formación de triángulo, y cada una vigiló su ángulo de ataque.
Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con el perro biónico y con el criogénico, aquellos rostros cambiantes no mostraban expresión alguna, ninguna clase de emoción que pudiera captar o predecir. Simplemente las observaban coa miradas vacías. El brillo propio del intelecto y de la voluntad estaban fragmentados en destellos apenas discernibles en un centenar de ojos.
Leilani se preguntó cómo podrían acabar con una criatura semejante. Las armas que tenían serían insuficientes para matar a tantos a la vez, y si empezaban a atacar a cada uno de sus miembros, ¿cómo reaccionaría el resto?
Las figuras oscilantes de mirada vacía inspiraron profundamente todas a la vez, y sus rostros cambiaron hasta adquirir unos rasgos con el ceño fruncido y la nariz pronunciada.
—Ya basta. Deteneos. —Las palabras las pronunciaron distintos grupos en un coro dislocado y de un modo que le puso la carne de gallina. Cada sílaba la musitó un puñado distinto de voces con una armonía antinatural—. Bajad las armas…
Leilani vio aparecer en el rostro de Herkaaze una expresión de tremenda furia, ofendida por la temeridad de la orden. La dama del olvido se lanzó a la carga con un gruñido de rabia, y el grupo de psíquicos más cercano a ella retrocedió cuando se dirigió contra ellos. La hermana Amendera alargó un brazo para agarrarla, pero no fue lo bastante veloz. Herkaaze, con la espada todavía tibia por las muertes anteriores, lanzó un mandoble contra una mujer que llevaba puesto el mono de prisionera y que llevaba la marca de la telequinesis grabada en la frente. El tajo que la mató le abrió en canal el torso, y sin detenerse, la dama prolongó el golpe y le cortó la mano a otro psíquico. El individuo se desplomó con un brazo rematado por un muñón del que salía un chorro de sangre.
Los demás psíquicos se movieron como una tremenda oleada repentina que a Leilani le recordó el movimiento de las bandadas de pájaros arbóreos de su planeta natal. Los distintos núcleos de la mente grupal se comportaban como el agua y se apartaban fluyendo del atacante, dejando atrás a sus muertos y heridos allí donde caían. Leilani se dio cuenta de que empezaba a verlos como una entidad única. Ya no consideraba a aquellos psíquicos como seres individuales integrados en un grupo.
Al quedar separado de la horda, el hombre al que le faltaba la mano se puso a gritar de repente. Se oyeron nuevos chasquidos cuando los huesos de su rostro comenzaron a recolocarse esforzándose por recuperar sus rasgos iniciales. Abandonado por los suyos, empezó a parecerse a los individuos enloquecidos con los que se habían encontrado en el exterior. Herkaaze lo silenció rebanándole la garganta con la punta de la espada.
—¡Bajad las armas!
Esta vez fue un grito, y cada miembro de la amalgama aulló con toda la fuerza de sus pulmones. El ruido resultó tan atronador en la estancia de techo bajo que las hermanas se detuvieron.
Leilani se sintió confundida momentáneamente. Cualquier puñado de psíquicos en aquella cámara habría sido un enemigo más que considerable para dos damas del olvido y una hermana novicia, y la unión de todos ellos en aquella especie de extraño metaconcierto sin duda poseía el poder más que suficiente como para matarlas a todas en un instante, simplemente derribando el techo de la estancia, quemando todo el oxígeno del interior con una gran llamarada piroquinética o mediante una docena de procesos similares.
Así pues, ¿por que seguían con vida las tres?
—¿Qué es lo que queréis? —les preguntó.
La respuesta que le llegó procedente de todas aquellas gargantas la dejó helada.
—Leilani Mollitas. Emrilia Herkaaze. Amendera Kendel. Os estaba esperando.
—Saber nuestros nombres…
Las palabras de la novicia resonaron débilmente comparadas con el rugido de la multitud.
«¡Es brujería! —respondió Herkaaze con una serie de gestos furiosos—. ¡Se han adentrado en nuestros pensamientos!».
«Imposible —le replicó Kendel en silencio—. Ningún telépata puede penetrar en el bastión que forman nuestras mentes. Somos intocables».
—Sé quiénes sois —siguió diciendo el eco del coro—. Debo hablar con vosotras.
Los rostros de la masa cambiaron y se alteraron de nuevo, derritiéndose y fluyendo al compás del ánimo que acompañaba a las palabras que pronunciaba.
Leilani sintió el tirón y el empuje de las fuerzas psíquicas a su alrededor como si fuera un océano de aceite transparente. La presencia de la mente grupal rebotaba alrededor de ellas en una sucesión de ecos atrapados. La novicia empuñó con un poco más de fuerza el lanzallamas y se esforzó por no echarse a temblar. Primero fue todo lo que había leído en la biblioteca; luego la locura viva y palpitante que había presenciado en Luna con el astartes transformado, y allí, en ese momento, en esa misma nave… Cada miro y leyenda que Leilani había oído contar sobre los poderes que acechaban en el empíreo se había hecho realidad.
«No importa de qué rincón de la disformidad has salido, criatura. No debiste manifestarte aquí».
Kendel envainó la espada y empuñó el bólter.
Una fuerte risa repiqueteó por toda la amalgama.
—Esto no es el rostro del Caos. Lo que veis no son más que un mensaje y el mensajero.
«¿Qué mensaje es ése?», exigió saber Kendel con una serie de movimientos muy bruscos hechos con la mano.
—Un mensaje —repitieron las voces—. Ya antes se había enviado el mensaje, pero fue demasiado tarde para cambiar lo que ocurrió. Tú estabas allí, Amendera Kendel. Tú lo viste.
Leilani vio que la dama asentía con un gesto lento y que hacía la señal que representaba a un astartes.
—Garro… —susurró la novicia.
—Un nuevo mensaje. Una advertencia. —El coro jadeante se detuvo un momento—. Para que se lo digáis al Emperador de la Humanidad. Llega la oscuridad, hermanas. El gran ojo se abre y Horus se alza. Conozco la historia de lo que ocurrirá en el futuro.
Kendel intercambió una mirada con su subordinada. La precognición era una capacidad psíquica comprobada y muy estudiada, aunque se trataba de un poder muy escaso y muy difícil de interpretar. Leilani se imaginó lo que estaría pensando su señora: si aquella confluencia de psíquicos poseía el poder suficiente para atravesar el velo de la realidad, entonces, quizá… Quizá podrían atisbar lo que les deparaba el futuro.
Herkaaze escupió ruidosamente al suelo y blandió la espada en alto.
«¡Destruid a esa monstruosidad! —ordenó por gestos—. ¡Es una estratagema, ya sea de los propios orígenes de los brujos o un plan de ese traidor del señor de la guerra! ¡No podemos llevar esta abominación ante la presencia divina del Emperador! ¡Debemos matarla!».
Avanzó con la espada en alto y movió la cabeza hacia delante y hacia atrás, como un ave rapaz que buscara a su siguiente presa.
Los diferentes miembros de la mente grupal se apartaron de la masa principal cuando se lanzó a por ellos y formaron grupos de menor tamaño que se deslizaron a lo largo de las paredes manchadas de ceniza.
—¡No soy vuestro enemigo! —les gritaron las múltiples gargantas—. ¡La tormenta está a punto de estallar, pero se puede cambiar el rumbo de la historia!
La única respuesta de Herkaaze fue cargar y matar a otro psíquico.
—¡Podemos impedir milenios de guerras interminables! —La voz del coro resonó con un tono de voz lleno de pánico y desesperación—. ¡Creedme!
Un puñado de psíquicos apareció de repente como salido de la nada y Leilani les apuntó con el lanzallamas, preparada para abrasarlos en un instante. Sin embargo, sus rostros cenicientos y fluidos se volvieron hacia ella y la miraron con expresión implorante, suplicándole que los escuchara.
—¿Qué es lo que queréis? —les preguntó de nuevo a gritos.
Los psíquicos también le respondieron a gritos.
—Yo sólo soy el portal, el mensajero y el mensaje. Desde el otro lado de la locura de la disformidad, donde se desenreda el tiempo y el espacio y el tapiz de los acontecimientos se deshace. Os he estado llamando desde entonces. —Unas manos le agarraron la túnica—. Os advierto desde vuestro mañana. Vuestro presente es mi pasado. Desde hace siglos vivo en un infierno que deseo que deshagáis, y que sigue ardiendo.
Amendera Kendel creía antaño que el universo no albergaba nada que pudiera asombrarla. Los horrores que había presenciado durante su servicio en la Hermandad del Silencio, los años que la habían encallecido desde que era una simple novicia hasta que se había convertido en una dama del olvido de rango y fama, todo aquello le había enseñado mucho, desde la gloria que anidaba en un corazón humano hasta las monstruosas aberraciones que podía llegar a crear la naturaleza. Sin embargo, esa arrogancia la había perdido, y por completo, cuando llegaron las primeras noticias de la Herejía, cuando miró a los ojos de una criatura sacada de la materia prima de la mismísima corrupción. Fue entonces cuando supo de verdad que el universo contenía mucho más de lo que se veía a simple vista en su superficie, más de lo que sería capaz de aceptar en su mente.
Y allí, en ese momento, vio que se enfrentaba a un nuevo desafío. Le hubiera resultado muy fácil seguir el camino que Emrilia había escogido, aullar y pedir a gritos la muerte del enemigo. Preguntarse por el motivo de que las cosas ocurrían estaba más allá de la capacidad de Herkaaze. Kendel había llegado a creer en algunos momentos que ella misma se había convertido en una reaccionaria y conservadora, y ésa era una de las razones por las que había escogido a la joven Leilani como su ayudante. A veces se veía reflejada en la hermana novicia, y quizá si la mantenía cerca, podría reforzar ese sentimiento dormido de la capacidad de maravillarse.
Pero comprender aquello… Una voz que no les hablaba en ese mismo instante, sino procedente de un momento que todavía no había ocurrido. ¿Desde el futuro? Por mucho que lo intentara, la hermana Amendera no era capaz de negarse a la posibilidad de que aquello estuviera ocurriendo, por muy increíble que pareciera. Después de todo, estaban en la disformidad. En la disformidad todo era maleable: las emociones, las distancias, el pensamiento, la realidad. Si dimensiones como ésas estaban distorsionadas en su interior, ¿por qué no el propio tiempo?
—Este lugar y este instante —gritaron los psíquicos—. Estoy aquí, lo mismo que vosotras, y miro desde mi no-futuro hacia las arenas movedizas del pasado. —Todos los seres que conformaban la amalgama se llevaron una mano a la cara y colocaron dos dedos en sus respectivas barbillas—. Para hablar.
Herkaaze se quedó inmóvil, sosteniendo con fuerza la espada por la empuñadura mientras giraba sobre sí misma en un claro gesto de desafío a cualquiera de los brujos para que se pusiera al alcance de su espada. No vio el grupo que se estaba congregando alrededor de la hermana Leilani y que se dirigía a la novicia con las manos abiertas y los rostros vueltos hacia arriba. Kendel se aproximó a ella, sin tener muy claro qué debía hacer.
—Me conoces —le dijeron a la novicia. La carne fluyó de nuevo y los huesos chasquearon—. Mira. Tienes que ver.
Había algo nuevo en aquellas palabras, una cadencia y un tono que le resultaban ominosamente familiares a Kendel al mismo tiempo que desconocidos. Sonaban más viejas, en cierto modo. Se quedó sin aliento cuando el aspecto de la mente grupal cambió una vez más y el esbozo de un rostro se hizo más firme y definitivo. Una sensación helada le recorrió la espina dorsal.
—Me conoces —dijeron, y cada uno de los rostros era un reflejo de la cara de Leilani Mollitas.
La novicia gritó aterrorizada al ver las caras que la rodeaban. Eran una imitación de la suya, pero arrugada y envejecida por los años y los sufrimientos. Miró a su alrededor y vio decenas de esbozos de su propio yo anciano, una muestra de cuál sería su aspecto si viviera cien años. El timbre de las voces resonó en su memoria, y de repente se acordó de su madre. La semejanza era inquietante, y la atemorizó. No podía negarlo. Las voces eran la suya. El lanzallamas se le cayó de las manos, que se le quedaron sin fuerzas, y retrocedió trastabillando unos cuantos pasos.
—¿Cómo… cómo es posible?
El coro inspiró profundamente al unísono antes de contestar.
—He realizado cosas terribles para poder llegar hasta aquí —le dijo la voz—. He cerrado pactos y acuerdos que me han abrasado el alma.
—Somos intocables. Se supone que no tenemos almas —le replicó Leilani.
—La tenemos. Si no fuera así, no habría tenido nada que entregar, nada con lo que pagar mi viaje hasta aquí. —Se dio cuenta de que las dos damas del olvido estaban a su lado, una a cada costado, y ambas la observaban con una expresión de horror y asombro. La voz resonó como el repique de una campana—. Ese precio que pagué… que pagaste, lo hicimos voluntariamente. Confía en mí. Llévame hasta el Emperador y podremos reorganizar una galaxia que todavía no ha sido mancillada por…
Se oyó un sonido. No era un aullido, ni un gemido, ni un grito, sino una extraña mezcla ahogada de los tres. Salió de la boca de Herkaaze acompañado de un chorro de saliva y espumarajos rabiosos. La repugnancia que sentía era tan intensa que no fue capaz de contener aquella exhalación. Se llevó la mano libre a la cara para realizar allí una danza salvaje de gestos.
«¡Perra traidora! —exclamó con unos gestos tan rápidos que apenas se pudieron seguir con la vista—. ¡Si hay que creerse toda esta locura, no hay duda de que te has aliado con los brujos mentales! ¡Has traicionado tu juramento de fidelidad el Trono de Terra y al Emperador!».
Leilani intentó encontrar las palabras adecuadas para explicarse, pero estaba demasiado confundida. No se trataba de ella, sino de la posible encarnación de la mujer, que era quien había provocado todo aquello. Sin embargo, la novicia no pudo evitar estremecerse cuando miró a su alrededor, a todos los psíquicos que mostraban su cara. Si de verdad lo había hecho, ¿cuál era la magnitud de aquellos siniestros pactos que su yo anciano había mencionado? Relacionarse con los brujos era lo menos importante. Para realizar aquel viaje a través de la disformidad hacía falta una hechicería de la peor clase. Su gen paria, sacado de su ADN. Su yo literal, subsumido en una masa mental con el único propósito de abrir un agujero hacia el pasado. ¿Qué clase de acontecimiento podría ser tan importante como para que realizar aquel acto pareciera ser algo razonable?
La novicia se sintió confundida. Se sintió tan repugnada por un sacrificio tan alejado de la cordura que tuvo que contenerse para no vomitar. Sin embargo, a pesar de ello, Leilani descubrió en su interior la comprensión necesaria.
—Sí —susurró—. Haría algo así. Si eso fuera lo que se esperara de mí, aunque el coste fuera tan elevado, sí, lo haría.
Concentró su mirada en su interior y percibió la tranquilidad que albergaba en su seno y que quedó revelada bajo la luz de un nuevo autoconocimiento. En el silencio de Leilani sólo permaneció la verdad de quién era.
Fue ese mismo pensamiento el que la siguió hacia la oscuridad cuando la punta de la espada de Herkaaze le atravesó la espina dorsal y le salió por el pectoral de su corpiño de combate.
Kendel apenas consiguió contener el grito. La boca se le quedó abierta pero el grito no llegó a salir, apagado por la fuerza de su juramento sagrado.
Los ojos de la hermana Leilani se pusieron en blanco y vomitó un gran chorro de sangre. Su cuerpo se desplomó cuando Herkaaze le arrancó la hoja de la espalda. La hermana novicia cayó con un tremendo repiqueteo de armadura contra el suelo oxidado. Un charco carmesí se fue extendiendo a su alrededor en un halo ondulante.
La dama alzó el bólter y lo apuntó hacia la otra mujer. El arma le temblaba en la mano y sintió correr la humedad por las mejillas.
«¿Por qué?». Kendel movió los labios mientras cerraba el puño cubierto por el guantelete de la armadura. Quiso gritar la pregunta, pero no logró hablar.
«¿Cómo puedes preguntarme algo así? —Herkaaze la miró fijamente, desafiándola a que disparase—. He detenido este horror antes de que empezara. He ahogado a la monstruosidad en su propia cuna».
Los psíquicos susurraban a su alrededor, y luego murmuraron antes de empezar a hablar para después ponerse a chillar. Chillaban y se desgarraban los rostros mutuamente. Sus gritos no eran más que una palabra que no cesaron de repetir hasta que toda la estancia resonó con aquel sonido.
—No, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no, no…
El aire retembló, y también el suelo. Kendel se agachó cuando uno de los psíquicos, un piroquinético, estalló de repente en llamas e incendió a un puñado de prisioneros que estaban a su lado. En otro punto de la estancia apareció un torbellino de energía cuando un telequinético perdió el control de su poder. Al igual que unos mastines salvajes que hubieran quedado sueltos de repente, los brujos se comportaron como fieras imparables. La muerte de Mollitas los había destrozado, y la dama del olvido vio que la mente grupal se fracturaba autodestruyéndose.
Varias piezas de metal del techo, arrancadas por los fuegos psíquicos, cayeron y se estrellaron contra el suelo. Aparecieron varias columnas de humo y el hedor a carne quemada le asaltó las fosas nasales. Kendel vio que Herkaaze desaparecía detrás de un puñado de tubos que caían y giró para esquivar un chorro de llamas. La Validus se estremeció y reclinó. Recordó el vacío encalmado en mitad del espacio disforme en el que se mantenía la nave. ¿Cuánto duraría aquello después de que los brujos quedaran desorganizados de ese modo?
Dio un par de pasos, pero dudó. Se volvió a medias al recordar el cadáver de Leilani, que yacía en el suelo, pero a su alrededor el acero y el hierro se estaban convirtiendo en un polvillo fino. A Kendel le pareció oír el eco del disparo de un bólter al otro lado de la estancia. La dama hizo caso omiso del ruido y huyó del lugar abatiendo a un par de psíquicos enloquecidos que se interpusieron en su camino. Cuando llegó al pasillo exterior, sintió que las botas primero le resbalaban y luego se le pegaban al suelo cuando éste se reblandeció a su paso. Unos tentáculos de descomposición salieron de las paredes y envejecieron todo lo que tocaron. El propio tiempo estaba clavando sus fauces en el casco de la Validus. Los efectos enloquecidos de la disformidad ya no quedaron confinados a unos cuantos lugares esparcidos por toda la nave.
Kendel pulsó la llamada de emergencia en el guantelete de la armadura mientras buscaba en la penumbra humeante alguna señal de si la hermana Thessaly o las Garras Blancas seguían a bordo de la nave. El comunicador emitió un chasquido, pero no le llegó ningún código de respuesta. Metió una mano debajo de la capa de combate y tocó con los dedos la baliza de teletransportación. La dama del olvido agarró la estrecha vara dorada con la mano y se quedó dudando por un momento con el pulgar sobre el botón de activación. ¿Por qué no le había contestado Nortor? ¿Dónde estaban las demás? ¿De qué infierno enloquecido había salido aquella nave mortífera?
Kendel escupió y le echó un vistazo al indicador parpadeante. De repente, el suelo de la cubierta se hundió, y ya no supo nada más.
La luz le dio en los ojos, y tosió.
Amendera Kendel parpadeó con fuerza y se dio cuenta de que le habían colocado un arnés de sujeción. También captó el leve siseo de los fluidos que la rodeaban. Intentó enfocar la vista mientras miraba fijamente a una silueta reluciente que estaba recortada contra una pared oscura. Tras unos instantes se convirtió en un reflejo. Intentó orientar los sentidos. Se encontraba flotando en un tanque de fluidos de un color rosa pálido. Estaba prácticamente desnuda, a excepción de los puntos de su cuerpo donde unos artefactos metálicos estaban conectados a la piel inflamada y arrugada. Era un tanque narthecium, y aquello era una combinación de fluidos medicinales que se encargarían de curar la carne quemada y la piel desgarrada. La dama había visto muchos en las cubiertas médicas de la Aeria Gloris, pero nunca, en todos sus años de servicio, habían tenido que meterla en uno. Los fluidos se resistían a sus intentos de moverse y la presionaban. Podía retorcerse un poco, y sólo la cabeza y el cuello, que sobresalían por encima de las paredes de acero esmaltado del tanque.
La cámara estaba en penumbra, iluminada tan sólo por el brillo de un lumen funcionando a baja intensidad y los implantes oculares de láser rojo de un servidor de espalda encorvada, que se movía lentamente a su derecha, yendo y viniendo entre dos consolas decoradas en las que sonaban el ritmo de sus latidos y de su respiración.
Kendel bajó la mirada hacia una de las manos y vio una quemadura alargada en la palma, allí donde había empuñado la baliza de teletransportación. Así pues, no había muerto. Ver aquello fue la última confirmación que necesitaba. Inspiró profundamente y descubrió que le costaba contener el aire. Le dolían mucho los pulmones.
—Despierta.
La voz le llegó desde las sombras que se extendían al otro lado del extremo del tanque. Kendel parpadeó y miró al servidor, pero el esclavo mecanizado no pareció darse cuenta. La dama forcejeó con las ataduras que la mantenía inmovilizada, pero no sirvió de nada. Eran de plastiforma densa, e inamovibles.
—No lo hagas. —La voz resonó áspera y desgarrada—. Te volverás a abrir esas heridas que ha costado tanto tiempo curar.
Algo se apartó de la oscuridad y se movió.
Kendel vio una figura. Era una mujer, una hermana. Vio las arrugas sin forma de una túnica, y la luz artificial se reflejó en un cráneo rapado y en el cabello recogido en una cola de caballo que salía del centro de la cabeza. Se sintió sorprendida. A pesar de la penumbra, se dio cuenta de que no se trataba de una novicia que todavía no hubiera realizado los votos, sino de una hermana del silencio. Para una hermana, hablar en voz alta era un anatema.
La mujer pareció darse cuenta del asombro que sentía. Cuando habló de nuevo, sus palabras estaban cargadas de crueldad.
—Estamos solas. Completamente a solas. El servidor no puede informar de nada. Nadie sabrá que he hablado. —La hermana se llevó dos dedos a la barbilla—. Estás a bordo de la Aeria Gloris. Esa arpía de Nortor acudió a rescatarte mientras yacías inconsciente. La teleportación te recuperó. —La figura hizo un gesto negativo con la cabeza—. La doncella del vacío no sobrevivió a la traslación.
Kendel sintió una fuerte opresión en el pecho. Conocía a Thessaly Nortor desde hacía muchos años, y su pérdida la apenó profundamente.
—Algunas de las Garras Blancas escaparon en las cápsulas de salvamento. —Kendel oyó una risa seca y maligna—. Nosotras fuimos las afortunadas. Nos recibieron como heroínas. —La hermana extendió las manos—. La Validus quedó consumida por una oleada de furia psíquica, devorada por el feroz paso del tiempo. La nave quedó reducida a pedazos y la disformidad se llevó los trozos en un torbellino. —Se estremeció—. Qué alivio es poder decir todo esto sin gestos.
Kendel movió la mano derecha en un gesto desafiante, lo suficiente como para que la otra fuera capaz de leer las señales.
«Has profanado tu juramento. Has roto el silencio».
—El me perdonará. —La mujer se acercó un poco más y el rostro de Emrilia Herkaaze quedó claramente visible—. Fue él quien me guió hacia las cápsulas de salvamento cuando tú me abandonaste. Fue él quien guió mi mano cuando ejecuté a tu novicia rebelde. Fue él quien me salvó cuando tú me abandonaste en Sheol Trinus.
Kendel gruñó de furia y forcejeó dentro del arnés. El fluido rosáceo se estremeció a su alrededor. Unos leves hilillos de sangre mancharon el líquido al salir de nuevo por las suturas otra vez abiertas. Se sintió asqueada ante tan tremenda injusticia, ante la idea de que aquella mujer de corazón mezquino y cruel hubiera sobrevivido y que la pobre Leilani hubiera muerto.
Herkaaze se pegó al tanque e inclinó la cabeza.
—Fuera lo que fuese lo que vimos allí dentro, lo maté, tal y como dije que haría. Tu novicia tenía alguna clase de relación con esa monstruosidad, de eso no hay duda alguna. —Dejó escapar un suspiro—. Quizá las palabras enloquecidas de esa voz tenían algo de verdad. Si fuera cierto que era un mensajero de nuestro futuro, la muerte de la novicia en este presente cortó ese hilo temporal. Ese suceso no llegará a producirse. —Herkaaze asintió—. En cieno modo, la salvé de ella misma. Murió sin mácula alguna, con la semilla de la corrupción todavía dormida en su interior. De ese modo, el orden del universo ha quedado preservado.
«El mensaje —dijo Kendel por señas y con un gesto de dolor—. Mataste al mensajero. ¡Si había algo de lo que hubiéramos podido aprender, está perdido! ¡Habló de guerras que se podrían impedir, de un conflicto gigantesco!».
La hermana Emrilia hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Nadie te creerá si hablas de eso. Dilo y tu reputación quedará destrozada, porque lo negaré todo. Como mínimo, estarás acabada, y si ocurre lo peor, crearás un cisma en la Hermandad. —Se quedó mirando a la hermana herida. Era evidente que disfrutaba del sonido de las palabras en la boca—. ¿Es eso lo que quieres, Amendera?
«Eres una estúpida y estás cegada. Eres arrogante y te crees superior. —Kendel apartó la mirada—. Tú y los que son como tú sois un cáncer para el Imperio».
—Veo la realidad mucho mejor que tú —le contestó Herkaaze mientras regresaba hacia las sombras—. Tengo los ojos abiertos a la verdad. Tan sólo alguien tan divino como el Dios Emperador tiene derecho a trastocar el tejido de la historia.
Al oírle pronunciar la palabra «dios», Kendel volvió a mirarla de nuevo con una expresión interrogante en el rostro, pero Herkaaze siguió caminando y hablando, casi como si lo hiciera para sí misma.
—Si se va a librar una guerra, es porque él lo desea. Yo sólo soy el conducto de su voz, hermana, y los que se queden mudos ante su gloria no se alzarán conmigo.
Herkaaze desapareció entre las sombras y Kendel cerró los ojos. Buscó el silencio en su interior, pero no logró encontrarlo.