Quis custodiet ipsos custodes?
Llevaba dando vueltas diez meses. Diez meses y dieciocho identidades, la mayoría tan reales que habían engañado a la verificación biométrica unificada. Había creado tres rastros falsos para hacerles perder la pista. Uno llevaba hasta los feudos eslovakos, otro llevaba a Kaspia y los Territorios Septentrionales, y el último era una ruta serpenteante que atravesaba el Tirol y bajaba hasta los Santuarios Dolomíticos que se alzaban cerca del Pozo de Venecia. Había pasado el invierno en la colmena Boocuresti y había cruzado la cuenca del mar Negro en un aerodeslizador de carga durante la primera semana del reflujo de hielo. En Bilhorod había dado media vuelta para despistar a un posible perseguidor y había pasado tres semanas escondido en una manufactoría abandonada de Mesopotamia mientras preparaba su siguiente movimiento.
Diez meses. Quizá demasiado tiempo para un juego de sangre, pero estaba jugando la partida con mucho cuidado. Se había esforzado por sincronizar sus movimientos con las corrientes globales del planeta. Había seguido las rutas comerciales, el tráfico interprovincial y las migraciones estacionales de trabajadores. Estaba seguro al ciento por ciento de que no lo tenían fijado con un seguimiento desde órbita, y estaba bastante seguro de que ni siquiera tenían una aproximación de su localización exacta. No lo había seguido nadie desde Bilhorod.
Recorrió la campiña de Baluchistán, casi siempre a pie, aunque a veces consiguió que lo llevaran un trecho en algún vehículo de transporte, y cruzó la frontera del Territorio Imperial trescientos tres días después de haber salido.
La cima del mundo había cambiado en esos diez meses. Todo un pico había desaparecido del horizonte cegador. Era un hueco que contrastaba con sus recuerdos, y que lo incomodó como si le faltara un diente. El aire enrarecido por la altitud olía a brea, a aleaciones metálicas y a piedra pulida. Los ingenieros guerreros del primarca Dorn llevaban a cabo sus hazañas poliercéticas y estaban blindando las montañas más altas y robustas de toda Terra.
Ese olor a brea, a aleaciones metálicas y a piedra pulida era el olor de la guerra que se avecinaba. Sus notas fragmentadas resonaban en el aire brillante del viejo Himalazia.
El escenario era tan blanco que le abrasaba los ojos. Se alegró de llevar puestas las gafas antibrillo. El aire era transparente como el cristal y la temperatura de unos cuantos grados bajo cero. El sol relucía como un soplete de fusión en mitad del cielo azul. Las perfectas capas de nieve cubrían los picos y las laderas, con un color blanco doloroso, con un vacío lacerante.
Había pensado que el sur era su mejor opción, Kath Mandau y el gigantesco Recinto central, pero al acercarse un poco más se dio cuenta de lo mucho que habían cambiado las cosas. La seguridad, que como mínimo siempre había sido rigurosa, se había vuelto tan estricta como el cilicio de un penitente. La guerra inminente había triplicado los guardias en las puertas, cuadruplicado los bastiones armados y las cúpulas de armas automatizadas y multiplicado por cien los sensores biométricos.
Unos destacamentos enormes de trabajadores inmigrantes, que servían a las órdenes de los Gremios Constructores, se habían reunido ante las puertas de palacio. Sus campamentos, sus talleres, sus propios cuerpos, manchaban la nieve de las zonas altas con salpicaduras verdes, negras y rojas, igual que si fueran brotes de algas que crecieran en su superficie.
«La seguridad es más estricta, pero tienen un millón más de rostros que vigilar».
Estudió con detenimiento las hordas de trabajadores durante seis días, y dejó a un lado sus planes de dirigirse hacia el sur. En vez de eso, se encaminó hacia el norte, a través de las praderas, y siguió las sendas sin perder de vista a las cuadrillas de operarios. De los valles y pasos nevados de Kunlun bajaba una serie de flujos constantes: columnas de trabajadores de reemplazo, caravanas cargadas de suministros y de materiales de construcción procedentes de las minas de Xizang. Las columnas se asemejaban a ríos de agua de deshielo oscura, o a glaciares negros y veloces. En los puntos donde esos flujos se topaban con los ejércitos de trabajadores surgían ciudades temporales bajo la sombra de las murallas gigantescas. Eran pueblos de habitiendas y metrópolis de lona donde se alojaban los trabajadores emigrantes y ponían a resguardo a sus manadas de animales y a sus servidores, donde además buscaban cubrir sus necesidades de alimento, agua y medicinas. Los materiales sin descargar: madera, arrabio, acero sin purificar, minerales y gravilla, se acumulaban alrededor de aquellos campamentos urbanos como pilas de escoria. Las torres y las grúas de carga alzaban los contenedores repletos de material por encima de las murallas. Las sirenas aullaban, y el eco de sus aullidos resonaba por todos los valles elevados de alrededor.
A veces se limitaba a quedarse sentado para contemplar el palacio, como si fuera la creación más maravillosa de todo el universo. Probablemente no lo era. Sin duda, existían logros arquitectónicos antiguos y alienígenas en planetas lejanos y olvidados que lo empequeñecían o que lo eclipsaban por su tamaño gigantesco o por el alcance de lo logrado. Pero lo importante no era la arquitectura, lo importante era la idea que había dado origen al palacio, lo que lo convertía en una creación maravillosa. Era ese concepto interior, la noción que lo hacía realidad.
El palacio era inmenso y hermoso. Era la cordillera de mayor tamaño de Terra convertida en una residencia y en una capital, y en esos momentos, finalmente, en una fortaleza.
La cima que faltaba en el Himalazia. Sonrió al darse cuenta de lo tremendo de la hazaña. Los proyectos de la humanidad no eran, en absoluto, modestos en aquellos tiempos.
Se vistió con unas grebas sucias cubriéndole las piernas y con unos harapos para el resto del cuerpo y pasó tres días trabajando con los ogros modificados genéticamente de Nei Monggol. Tenían el sobrenombre de «migou», y se dedicaban a cruzar los pasos arriba y abajo cargados con hojas de zurlita y alforjas llenas de nefrita y guijarros egipcios. También se dedicaban a construir terraplenes y trincheras enormes con unas palas de hojas imponentes fabricadas con los omóplatos de groxes gigantes y a clavar en grupo y de forma rítmica las estacas de hierro sobre la que luego se colocarían los rollos de alambre de espino.
Por la noche, en los campamentos de trabajo, los ogros cargaban sus cuerpos de músculos sobredesarrollados con qash, una resina subproducto del veneno de un nematodo del Yermo de Gobi. La sustancia provocaba que se les hinchasen las venas y los ojos se les pusieran en blanco. También les hacía hablar en lenguas extrañas.
Observó con detenimiento los efectos que producía y calculó las dosis y el tiempo que duraban aquellos efectos.
Los ogros estaban dispuestos a trabajar con él, pero se comportaban de un modo suspicaz. Se esforzó por no ser más que otro trabajador caucásico, ansioso por ganarse un sueldo e incluso un sobresueldo a expensas de los Gremios Constructores. Tenía todos los papeles en regla. Sin embargo, cuando intentó comprar qash, se volvieron hostiles, ya que temieron que fuese un latígeno al que hubieran enviado a los campamentos para hacer respetar las normas a los trabajadores.
Intentaron matarlo.
Tres migou fingieron estar dispuestos a venderle qash y se apartaron del campamento principal hasta llevarlo a una explanada rocosa donde los grupos de porteadores habían depositado pilas de ópalos de fuego y de menilita. Uno de ellos desenvolvió un trapo para mostrarle varias rodajas de resina. Otro intentó apuñalarle en el hígado con una daga.
Suspiró. Aquello era una complicación.
Agarró al migou por la muñeca, le dobló el brazo y se lo giró en dirección contraria a la altura del codo. La articulación se partió por la tensión y el brazo quedó completamente inerte, hasta el punto de que pudo quitarle la daga de los dedos lacios sin problema alguno. El migou no gritó de dolor. Simplemente parpadeó por la sorpresa.
Los tres eran criaturas colosales, con unos músculos enormes y antinaturales. A ninguno de ellos se le había ocurrido que aquel caucásico, aunque muy grande y bien proporcionado, pudiera representarles un problema.
Uno de ellos le lanzó un puñetazo con una fuerza enorme pero con desgana, como si se sintiera ofendido de que se vieran obligados a esforzarse por solucionar aquello. Con aquel golpe pretendía rematar el asunto derribando al caucásico con la mandíbula hecha pedazos y la cabeza colgando inerte de la columna vertebral.
Sin embargo, el golpe no impactó en ninguna parte del cuerpo del caucásico. En vez de eso, el puño dio de lleno contra la daga, que éste había girado de repente para hacer frente al ataque. El tajo le separó el músculo de los huesos. Aquello sí que produjo un grito de dolor. El ogro aulló e intentó pegar la carne de nuevo al hueso, pero el caucásico lo hizo callar al clavarle la hoja de la daga en la gruesa frente. El arma atravesó el hueso igual que lo hubiera hecho la piqueta de un minero.
El ogro se desplomó hacia atrás, y la empuñadura de la daga quedó sobresaliendo por encima de los ojos, como si fuera una diadema de extraño diseño.
El tercer migou lo agarró por detrás con un abrazo de oso. El ogro del brazo roto se dispuso a lanzarle un zarpazo a la cara. Todo aquello era muy tedioso. Se libró del agarrón con un movimiento de hombros, giró sobre sí mismo y le clavó la palma de la mano derecha en el pecho. El esternón se partió, y cuando el caucásico sacó la mano, dio la impresión de que llevaba puesto un guante rojo. La mayor parte del corazón del migou se encontraba en el interior de su puño.
El ogro del brazo roto, el único que quedaba del trío, murmuró algo atemorizado y echó a correr por la explanada de roca.
No sentía una inquina especial contra el ogro herido, pero no podía permitir que huyera. Se agachó, escogió un trozo pequeño de ópalo con los dedos ensangrentados y lo lanzó con un veloz giro de muñeca.
El impacto del trozo de mineral provocó un chasquido cuando éste perforó la parte posterior de la cabeza del ogro como una bala. Se desplomó con fuerza contra el suelo y su pesado cadáver se deslizó boca abajo sobre el costado de una pila de cascotes.
Lanzó los tres cuerpos por una sima sin fondo visible, se lavó las manos en la nieve y se llevó toda la resina de qash.
La aglomeración de trabajadores en las afueras del palacio había llevado consigo, como siempre hacía cualquier masa de humanos, toda una invasión de piojos, de alimañas y de carroñeros. Los lobos radiactivos seguían a los trabajadores por la planicie y se congregaban de noche, cuando sus ojos rojos brillaban en la oscuridad al reflejar la luz de las hogueras de los campamentos. Cientos de mastines de combate patrullaban el perímetro de los asentamientos durante la noche, o vigilaban desde los riscos que se alzaban delante de las murallas del palacio. La tranquilidad de la noche se veía interrumpida de forma habitual por las repentinas tormentas de ladridos y aullidos, por los gruñidos y los gañidos de los animales destrozándose mutuamente que se oían cada vez que los mastines ahuyentaban a los lobos que se habían acercado demasiado.
Era difícil determinar en aquella oscuridad qué sombras eran lobos y cuáles mastines.
Había pasado por pruebas físicas de un modo habitual a lo largo de su vida, y había memorizado todos los resultados hasta el detalle más minucioso para poder calcular sus propias limitaciones.
Cortó las rodajas de resina de qash en porciones pequeñas y las pesó con una balanza que le había pedido prestada a un cortador de gemas.
El refuerzo de la puerta Annapurna estaba a medio terminar. La boca de aquella puerta gigantesca se veía abarrotada todos los días con miles de trabajadores, y las enormes grúas de carga elevaban contenedores llenos de placas de ceramita, vigas y rococemento reforzado por encima del arco ciclópeo. Para los guardias hubiera sido una tarea imposible verificar la identidad de cada trabajador que entraba y salía, ya que eso hubiera provocado que los grupos de operarios se agolparan y el ritmo de trabajo se ralentizara. En vez de eso, toda la zona de la puerta quedaba cubierta por un campo lector biométrico proyectado por unos paneles que giraban lentamente en los aleros del arco primario.
Cuando llegó el amanecer, se metió bajo la lona que cubría una de las cargas que las grúas debían pasar al otro lado esa misma mañana. Se metió entre las placas de acero y las vigas de teca y esperó.
Había preparado una dosis de cuatro gramos de qash, una sobredosis para cualquier migou. Su eficacia era tal que estaría inconsciente menos de un minuto después de tomarla.
Esperó dos horas hasta que sintió los tirones de los operarios encargados de sujetar las cadenas de la grúa al contenedor. Luego oyó el chirrido de los cables de la grúa al tensarse y, un momento después, notó el bamboleo del contenedor al separarse del suelo.
Se tragó el qash.
Había observado que el mecanismo de la grúa tardaba cuarenta y tres segundos en alzar la carga hasta la altura necesaria para sobrepasar el arco de la puerta, y otros sesenta y seis en cruzarla hasta el otro lado. Veinticuatro segundos después del comienzo de ese periodo de cruce, la carga entraba en el campo del lector biométrico.
El qash actuó como debía. Estaba rígido y muerto doce segundos antes de entrar en el campo. El lector no captó más que una carga de materiales inertes.
Se despertó. El contenedor ya estaba en el suelo y habían retirado parte de las lonas que cubrían la carga para que los operarios y los trabajadores comenzasen a descargar las placas de acero.
Le dolía todo el cuerpo. Tenía agujetas en casi todos los músculos. Se concentró y realizó unos cuantos ejercicios depurativos para eliminar los últimos restos del estado de rigor somático en el que lo había inducido el qash. La dosis hubiera sido letal para cualquier humano normal, y casi mortífera para alguien como él. Le había provocado un breve estado semejante a la muerte que le había permitido pasar inadvertido a través de las alarmas biométricas del palacio.
Se bajó del contenedor sintiéndose atontado y dolorido. En la parte superior de las murallas estaban construyendo enormes casamatas artilleras y plataformas de combate blindadas, a la vez que fijaban unas gruesas placas de blindaje de adamantium a las propias paredes de las murallas. Los trabajadores se afanaban por doquier sobre los andamios o las pasarelas que los unían. Algunos colgaban sobre la superficie de la muralla como montañeros en mitad de una escalada. En el aire resonaba sin cesar el ruido de los martillos y de las cizallas. Las herramientas de energía zumbaban. Los sopletes de fusión siseaban y parpadeaban con una luz azul ártica.
Los ojos se le llenaron de destellos al mirar directamente a los cortadores de fusión. Sintió el sabor de la sangre en el fondo de la garganta. Cogió del suelo una caja de remaches y un martillo y se entremezcló con la masa de trabajadores.
Penetró en los niveles exteriores del palacio. Aquello le costó otros tres días. Dejó de ser un trabajador gremial para convertirse en una sombra. Después fue un lacayo dedicado a pulir las partes metálicas del lugar, luego un portero, vestido con una librea que había tomado prestada de una lavandería, aunque tuvo que activar un campo de desplazamiento que llevaba escondido para disimular su altura y su corpulencia.
Recorrió pasillos con las paredes cubiertas de adornos de ágata y de diásporo, y bajó por escaleras construidas con grandes placas de ónice. Contempló su reflejo en los suelos de mármol pulido y cómo lo perseguía su propia sombra a lo largo de paredes talladas en cuarzo y sardónice. Esperó en la penumbra de soportales gigantescos mientras por delante pasaban destacamentos de combate a paso de marcha. Se tuvo que mantener de pie junto a puertas mientras unas filas interminables de servidores llevaban bandejas de carne cruda y verduras hidropónicas recién cosechadas en dirección a las mesas de honor.
Paseó de nuevo a ser un lacayo, luego un limpiador de alfombras, un ordenanza, y después un mensajero con una valija llena de papeles en blanco. Siguió encorvándose para disimular su estatura y su corpulencia.
Cada cierto tiempo se detenía para orientarse de nuevo. El palacio tenía un tamaño superior a muchas ciudades. Se tardaba toda una vida en aprender sus diferentes niveles y sus caminos. Bajó la mirada desde el pasamanos de uno de los balcones más elevados y vio desfiladeros artificiales de quinientos pisos de altura, llenos de luz y repletos de gente. Algunas de las cúpulas del Precinto, sobre todo el Hegemón, eran tan amplias que poseían su propio sistema meteorológico. Las nubes microclimáticas flotaban bajo cúpulas pintadas. Se decía que ver llover en el Hegemón era una señal de buena fortuna.
Por lo que él sabía, no había llovido en el Hegemón desde hacía tres años.
Los custodios estaban por todos lados y vigilaban los niveles interiores del Precinto. Tenían un aspecto majestuoso con su adornada armadura de color dorado. Las plumas de las crestas de sus cascos eran carmesíes, igual que chorros de sangre arterial que hubieran quedado congelados en mitad del aire. El símbolo del relámpago previo a la Unificación aparecía grabado en las armaduras. Se mantenían acechantes en las salas envueltas en penumbra y en los claustros llenos de sombras del palacio, con las lanzas guardianas apuntando hacia arriba, terroríficamente vigilantes.
Mantenían una actitud impasible, silenciosa, y protegían sus secretos de un modo solemne, pero su sola presencia revelaba una verdad.
Estudió su despliegue. Dos de los custodios vigilaban el Circuito Meridional, que serpenteaba como una trenza plateada hacia el Hegemón. Otros dos se encontraban delante del Baluarte de Jade, y otros tres patrullaban debajo del entramado de hierro y malaquita de la Sala Conciliar. Un custodio aislado, casi invisible, se mantenía en posición bajo las hojas de color verde reluciente del oasis Qokang mientras contemplaba la caída rugiente del agua desde el lago de recreo hasta las turbinas en una sucesión de cascadas vaporosas. Otros cuatro recorrían las plataformas superiores de las Torres Taxonómicas.
Sin embargo, no se veía ningún custodio en el Circuito Septentrional, ni tampoco en la zona occidental del lago. Tampoco cerca de la Sala de Honores. Todo aquello era muy revelador. Actuaban igual que satélites visibles que indicaran la posición de un planeta invisible, como si fueran unos cuerpos astrales relucientes que orbitaran de un modo determinado debido a la fuerza gravitatoria de una estrella oculta. Al ver dónde se encontraban y dónde no, era capaz de calcular el lugar donde estaba su objetivo.
Le pareció que lo más probable era que estuviera en el Salón de Leng. Por las posiciones que ocupaban sus leales custodios, su presa debía hallarse en algún lugar del hemisferio occidental del Recinto, lo que significaba que en el Salón de Leng, en la Casa de Armas, en el Gran Observatorio o en los aposentos privados adyacentes a estas dos últimas estancias. Sin embargo, él sabía que el Salón de Leng era su lugar favorito. Cuando no se encontraba afanado en los trabajos secretos que desarrollaba en las criptas más profundas del palacio, su objetivo pasaba gran parte del tiempo en ese salón, donde medía los ángulos del espacio y del tiempo.
Se decía que el pasado y el futuro se entrecruzaban en aquel lugar, y que era así desde tiempos primordiales, antes de que el lugar se llamase Leng, antes de que naciera su presa, antes de que se alzara alguna clase de techo en el sitio o que lo vieran ojos humanos. El Salón de Leng, una estancia alargada y oscura, no era más que una de las anomalías del materium que había sido sometida, un hilo entresacado del tejido del tiempo, una costra en la piel del espacio.
Nunca se había sentido a gusto en aquel salón. Lo llenaba una oscuridad tangible, que parecía exhalar con suavidad, como la respiración de un dios durmiente, pero era un lugar adecuado, y le serviría.
Se dirigió hacia el Salón de Leng desde el suroeste siguiendo un camino de ouslita que conformaba una avenida de sicómoros y de abedules plateados. Ya no iba disfrazado. Había dejado de ser un limpiador de alfombras o un prendedor de lámparas. Se acabó el campo de desplazamiento para ocultar su estatura. Había desdoblado la envoltura de falsedad, leve como una tela de araña, y se había envuelto con ella. La sintió tan suave y tan fría como los copos de nieve sobre la cabeza, los hombros y la espalda. La luz ya no le hizo caso, como si ya no mereciera la pena prestarle atención. Los rayos de luz se doblaban a su alrededor, se apartaban retorciéndose, esquivaban su silueta y, al hacerlo, lo privaban de toda sombra y color.
Recorrió la avenida de árboles tan inadvertido como un suspiro y cruzó los jardines que llevaban a la parte posterior del salón. Captó el olor a incienso votivo, y le llegaron al oído los crujidos y los suaves gemidos antinaturales que emitía la estancia.
Tenía el arma preparada. Era una daga de puño de Nei Monggol, pulida hasta conseguir un filo que ninguna amoladora de los ogros podría lograr jamás. Además, la hoja estaba cubierta con el veneno letal de nematodo que había destilado y refinado a partir de la resina de qash.
¿Sería aquello suficiente para matar a un semidiós? Eso creía. Sin duda, sería más que suficiente para acabar un juego de sangre.
No había cerraduras. Había memorizado todos los rayos de las alarmas cuánticas, y los sensores luminosos se negaron a captar la envoltura de falsedad. Aferró con fuerza la daga que empuñaba en la mano izquierda.
La luz del pórtico exterior tenía un aspecto opaco, como si estuviera manchada de color marrón debido al humo. Avanzó caminando sobre las baldosas negras, que estaban desgastadas por el paso de visitantes a lo largo de los siglos. En una pileta situada al lado de las puertas interiores se acumulaba agua de deshielo pura. Sobre el dintel se veía un bajorrelieve, un friso que mostraba las penalidades que sufrieron los primeros peregrinos que llegaron a Leng.
Las puertas interiores eran pesadas, y mucho más antiguas que el propio palacio. Eran paneles de madera de roble alpino de medio metro de espesor, hechas a mano y ya gastadas, y ninguna de las esquinas encajaba de un modo correcto. Corrió el pasador de hierro negro y empujó una de las puertas para abrirla. Lo recibió una vaharada de aire que olía a piedra fría.
El inmenso salón estaba casi a oscuras, como una noche iluminada tan sólo por las estrellas, y tan en silencio como la misma medianoche. De vez en cuando se oía un sonido que recorría el espacio oscuro, un sonido que podía ser tanto un soplo de viento del Himalazia como el romper de las olas en una costa lejana, pero que en realidad no era ninguna de aquellas dos posibilidades. Bajo el alto techo flotaban unas chispas pequeñas y anaranjadas que parecían luciérnagas, o fuegos fatuos.
Las observó mientras adaptaba la vista a la penumbra. Comenzó a captar las siluetas plateadas de los objetos que había en el salón: columnas, estatuas antiguas y las herramientas y artefactos pertenecientes a unos anticuarios de épocas previas y que no se habían retirado del lugar. Esos objetos destacaban como insectos metálicos monstruosos, con los brazos exploradores alzados igual que las patas de una mantis religiosa. Los atriles semejantes a élitros metálicos estaban cubiertos de símbolos extraños y arcanos donde se indicaban grados y direcciones. Todo estaba cubierto de polvo.
Se deslizó entre todos aquellos objetos. En algún punto por delante de él, cerca, se notaba una presencia. Estaba distraída, con la mente concentrada en otros asuntos. No se había percatado de su presencia. Ni siquiera lo había sentido.
Rodeó una columna y se pegó a ella. Sintió la frialdad de la piedra mientras centraba la mirada en su presa.
Su objetivo estaba de rodillas en mitad del amplio suelo despejado del salón, totalmente concentrado en la tarea de pasar las páginas de un códice gigantesco de tapas de cuero. Había abierto el códice de par en par sobre el suelo, como un águila con las alas extendidas. El lomo medía más de un metro y medio. Las manos que pasaban las páginas eran extraordinariamente hermosas. Eran las manos de un escultor, las manos de un artista.
Su presa estaba de espaldas a él. Llevaba puesta una túnica blanca con capucha. Eso resaltaría la sangre.
Un asesino normal avanzaría paso a paso de un modo sigiloso para aproximarse de un modo furtivo a su presa. Sin embargo, su presa era demasiado peligrosa como para que pudiera utilizar una técnica tan precavida. Estaba a distancia de ataque, y no le quedaba más opción que lanzarse a por él. Después de diez meses, tan sólo iba a tener una oportunidad.
Saltó hacia delante con el brazo en alto.
A mitad de camino, con la punta de la daga a apenas un instante de clavarse en el centro de la ancha espalda de su objetivo, una sombra saltó desde el otro lado para enfrentarse a él.
Una oscuridad fluida interceptó la hoja de su arma. La daga de puño salió desviada hacia un lado y el ataque perdió impulso. Se dio la vuelta.
Apenas logró ver a su oponente, ya que también utilizaba una envoltura de falsedad para burlar la luz. El atacante se lanzó contra él, una sombra contra otra sombra. Captó la silueta borrosa de la hoja larga de una espada.
Desvió un mandoble por encima de la mano y otro por debajo girando la daga de puño arriba y abajo. Cada impacto provocó el típico chasquido del metal contra el metal. Saltaron chispas. Retrocedió con rapidez sobre las baldosas negras mientras el espadachín enemigo lo atacaba sin cesar.
Las hojas de las armas chocaron de nuevo. La daga de puño no le proporcionaba alcance para un ataque. Su oponente tenía toda la ventaja. El chasquido metálico resonaba de un modo tremendo en el silencio suspirante de la estancia.
A pesar de la fuerza y del modo en que tenía agarrada la daga, la espada se la arrancó de la mano. El arma salió despedida y se clavó temblorosa en una columna de piedra cercana. Atacó entonces con las manos desnudas. Desvió a un lado con el dorso de la mano derecha la hoja de la espada, que volvía a alzarse en ese momento, y agarró la muñeca del brazo con el que su oponente blandía el arma. De inmediato lanzó una patada de barrido por detrás de las piernas de su contrincante para hacerlo caer, pero éste saltó e intentó liberar su muñeca.
Lo atacó entonces con la mano izquierda y le propinó un golpe al espadachín con el canto de la mano en un lado de la cabeza. El golpe llevaba consigo la fuerza necesaria para hacer que su oponente se tambaleara. Retrocedió hasta estrellarse contra uno de los artefactos de investigación propios de un anticuario, desplazándolo de tal modo que sus patas metálicas chirriaron al deslizarse sobre el suelo. Una de ellas incluso se dobló.
El espadachín recuperó el equilibrio, pero al hacerlo descubrió que ya no lo era. Le habían arrebatado la espada de la mano.
El caucásico sopesó el arma que había capturado antes de girarla y golpear con la parte plana del arma el cráneo de su adversario, lo que lo derribó sobre el suelo.
Se dio media vuelta con la espada empuñada en una guardia baja y defensiva. Otros dos oponentes cubiertos con envolturas de falsedad surgieron como fantasmas de las sombras del salón para atacarlo.
Paró sus espadas al mismo tiempo y contraatacó con una serie de mandobles y estocadas relampagueantes. El chasquido seco del choque de las armas resonó con fuerza en la penumbra de la estancia. Saltaron chispas, breves y brillantes, como si las hojas de las tres espadas fuesen de pedernal.
Pilló a contrapié a uno de sus oponentes y lo derribó con un fuerte golpe propinado con el pomo de la espada. El otro espadachín le lanzó una estocada, pero logró desviarla con habilidad para que la hoja le pasara de un modo inofensivo por debajo del brazo izquierdo, y a su vez lo golpeó con el canto de la mano de ese costado en mitad de la cara, lo que le hizo caer de espaldas.
Echó a correr mientras los dos oponentes intentaban ponerse en pie de nuevo. El juego se había acabado. La huida era la única conclusión aceptable que le quedaba. Llegó hasta las puertas, las abrió de par en par y atravesó corriendo la espesa penumbra del pórtico hacia el jardín exterior.
Lo estaban esperando. Cinco custodios, con armadura completa y con los rostros atapados por sus visores con forma de halcón, formaban un semicírculo delante de la boca del pórtico. Le apuntaban directamente al pecho con las lanzas guardianas, aquellas armas doradas de gran tamaño mezcla de alabarda y arma de fuego.
—¡Ríndete! —le ordenó uno de ellos.
Alzó la espada robada una última vez.
No era el primer ocupante de la celda, ni sería el último. Las paredes, el suelo y el techo de piedra de la estancia estaban pintados de un color azul blanquecino, semejante a la superficie de un glaciar. A lo largo de los años, las uñas y otros instrumentos afilados de sus ocupantes habían arrancado la pintura y habían grabado hombres y águilas en la superficie, gigantes con armaduras y rayos relampagueantes, victorias antiguas y sombras alargadas. Eran dibujos simples y elementales, que le recordaron las pinturas de las cuevas donde se veían imágenes de cazadores y bisontes primigenios.
Añadió un dibujo.
Llevaba una noche y un día allí cuando se abrió la puerta de la celda con un estrépito retumbante y entró Constantin. El señor de los custodios llevaba puesta una sencilla túnica monástica de lana marrón sobre un traje monopieza negro. Apoyó su enorme espalda contra la pared de la celda, cruzó los brazos sobre el pecho y se quedó mirando al prisionero, que se encontraba en su camastro.
—Lo sabía, Amon —le dijo finalmente—. Sabía que te acercarías más que ningún otro.
«Amon» era el comienzo de su nombre, la primera parte. La segunda parte era «Tauromachian», y ambas palabras juntas solían servir en la mayoría de las circunstancias en las que se escribía o se pronunciaba su nombre. Era Amon Tauromachian, custodio del primer círculo.
Si no sufrían una muerte violenta, los custodios solían tener unas vidas bastante largas y eran mucho más longevos que los humanos normales. A lo largo de esas vidas prolongadas acumulaban nombres cada vez más largos. Tauromachian no era un nombre de familia, pero al menos describía la ocupación de la rama sanguínea que había proporcionado su origen genético. Luego llegó «Xigaze», el lugar de su nacimiento orgánico, seguido de «Lepron», el hogar de sus estudios formativos, y a continuación, «Cairn Hedrossa», el sitio donde había recibido su primer entrenamiento en el combate con armas. «Pyrope», que ocupaba el lugar decimoséptimo en aquella secuencia de nomenclaturas, recordaba su primera experiencia de combate real, cuando lo desplegaron en aquella estación orbital. Y así, una y otra vez, cada nombre honraba un momento importante de su vida. Cada nombre se lo otorgaban de un modo formal los señores del primer círculo. «Leng» formaría parte de su nombre a partir de ese momento, el añadido más reciente, como reconocimiento de su logro en el juego de sangre.
El nombre completo de cada custodio quedaba grabado en el interior de la placa pectoral de su armadura dorada. La lista de nombres comenzaba en el cuello, en el lado derecho, donde sólo se veía el primer elemento, y luego se adentraba en el interior, enroscándose como una serpiente oculta y delgada por el interior de la coraza. Algunos custodios como Constantin, los veteranos más antiguos, habían acumulado tantos nombres que habían cubierto el interior del torso de la armadura y las colas de sus serpientes de nombres recorrían la zona ventral y se enroscaban como cinturones grabados alrededor de las decoraciones abdominales. El nombre de Constantin Valdor tenía mil novecientos treinta y dos elementos de longitud.
La armadura y las armas de custodio habían quedado guardadas en la Casa de Armas durante su ausencia. Le preguntó a Constantin sobre el desarrollo de los demás juegos de sangre cuando éste lo acompañó por el Circuito Meridional en su camino a recuperarlas.
—¿Qué hay de Zerin?
—Lo capturaron antes de que ni siquiera lograra entrar en los Territorios Imperiales. Activó un captador genético de olores en Irkutsk.
—¿Y Haedo?
—Lo detectaron los sensores en los desiertos papuanos hace cuatro meses. Llegó hasta Ciudad Cebú en un yate de recreo, pero ya había un equipo de detención esperándolo.
Amon asintió.
—¿Brokur?
Constantin sonrió.
—Logró entrar en el Hegemón disfrazado de un delegado panpacífico antes de que lo detectáramos. Un logro impresionante, y que no creí que nadie pudiera superar.
Amon se encogió de hombros. Los juegos de sangre formaban una parte esencial de la seguridad del palacio y eran un deber para los custodios. Para ellos, llevar a cabo y participar en los juegos de sangre apurando al máximo sus habilidades era una cuestión de honor. Se ofrecían voluntarios y utilizaban todo su ingenio y todos sus conocimientos sobre el interior del palacio, e incluso sobre la propia Terra, para analizar la capacidad de respuesta de la seguridad imperial y encontrar cualquier debilidad o grieta en las defensas de la propia Terra. Hacían de lobos para poner a prueba a los mastines. Había en todo momento media docena de custodios fuera de servicio pero actuando de un modo secreto y autónomo, dedicados a planear y a ejecutar procedimientos de infiltración en el Gran Palacio Imperial.
Más tarde se celebrarían reuniones informativas exhaustivas y entrevistas extensas para examinar las diferentes estrategias que había seguido Amon y cómo sería posible anularlas. Del juego de sangre tenían que extraer cada brizna de información útil, cada pequeña ventaja adquirida por el custodio. Se había infiltrado en el palacio. Se había adentrado más que nadie. Había llegado a estar a distancia de ataque.
—Me pregunto si lo habré ofendido con el ataque —le comentó a Constantin—. Alcé la mano contra él.
Constantin hizo un movimiento negativo con la cabeza. Era un individuo gigantesco, de mayor tamaño incluso que Amon. Parecía que una de las estatuas sobredimensionadas de la Sala de Honores había cobrado vida.
—Te perdona. Además, no hubieras llegado a hacerle daño.
—Detuvieron el golpe.
—Aunque no lo hubieran detenido, él mismo te lo habría parado.
—Sabía que estaba allí…
Constantin se rascó la barbilla.
—No ha querido decirme desde cuándo lo sabía. Quería ver cuánto tardaríamos los demás en detectarte.
Amon se detuvo un momento antes de hablar.
—Antes no le veía mucho sentido a los juegos de sangre. Los consideraba algo inútil.
—Eso era antes —le respondió Constantin a su vez—. Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que estuviste entre nosotros.
Tanto él como Constantin se equiparon en la Casa de Armas. Amon sintió la vieja familiaridad de las secciones de armadura forjadas a mano, los cierres y los enganches magnéticos. El peso del conjunto le pareció una sensación reconfortante.
Los servidores y los esclavos de las salas inferiores de la Casa de las Armas estaban realizando el ritual de equipamiento de una escuadra de orgullosos astartes de los Puños Imperiales. Los ungían con óleos y susurraban mientras les colocaban las distintas piezas de la armadura. La escuadra se estaba preparando para un largo turno de patrulla en la zona sur de las murallas.
Todo aquel ritual, con el equipamiento y las bendiciones, era una costumbre astartes. Eran seres creados para la guerra, con unas mentes muy particulares. El ritual los ayudaba a concentrarse, aumentaba su motivación.
No eran en absoluto como los custodios. Se parecían como se parecen los primos, parientes lejanos de la misma familia, pero los astartes y los custodios eran muy diferentes. Estos eran el producto de un proceso formativo y mucho más antiguo. Algunos decían que el proceso se había refinado y simplificado para crear en masa a los astartes. En general, los custodios eran más grandes y fornidos que los astartes, aunque esa diferencia era visible de un modo significativo en unos pocos casos específicos. Nadie había sido jamás tan estúpido como para predecir con certeza el resultado de un enfrentamiento entre un astartes y un custodio.
La mayor diferencia era mental. Aunque los custodios compartían un sentimiento fraternal entre todos los círculos de su orden, no era nada comparable a la relación de hermandad que formaba los cimientos de las legiones de los Adeptus Astartes. Los custodios se comportaban de un modo más solitario. Eran los centinelas, los vigilantes, destinados a permanecer siempre de pie, solos.
Los custodios no se rodeaban de servidores o de esclavos, de ayudantes y siervos. Se armaban sin ayuda alguna, de un modo pragmático, sin ceremonia alguna.
—Dorn está blindando el palacio para una guerra —dijo Amon, y era más una observación que una pregunta. Tan sólo un custodio del primer círculo hablaría de un primarca apeándolo del tratamiento.
—Se espera una guerra.
—Se espera ahora. Antes nadie se la esperaba, nunca, jamás entre nosotros mismos.
Constantin no respondió.
—¿Cómo es posible que hayamos llegado a esto? —insistió Amon.
—No se puede decir con seguridad —contestó por fin el señor de los custodios—. Conozco muy bien al señor de la guerra, no creo que haya sido una ambición o un orgullo desmedidos lo que han provocado esta infamia. Tampoco el resentimiento. Creo más bien que…
—¿Qué? —quiso saber Amon mientras acababa de apretar los cierres de las placas abdominales.
—Creo que Horus Lupercal ha quedado incapacitado —afirmó Constantin para acabar la frase—. Mentalmente o de ánimo. Algo ha desplazado su capacidad de pensamiento racional y ha eliminado los buenos consejos de aquellos que lo rodean.
—¿Sugieres que Horus Lupercal ha enloquecido?
—Quizá. Es posible que haya enloquecido, o que haya enfermado, o las dos cosas a la vez. Le ha ocurrido algo, algo que no se puede explicar tal y como entendemos la galaxia ahora mismo. —Constantin miró a través de los grandes ventanales de la Casa de Armas y contempló con detenimiento la línea que formaban las murallas occidentales. Acababan de reforzarlas, y en esos momentos eran más gruesas debido a las placas de blindaje adicionales y estaban provistas de plataformas artilleras—. Debemos prepararnos para lo impensable. Pronto llegará la guerra desde el interior de nuestras propias filas. Se han establecido dos bandos, y todos han elegido uno.
—Haces que suene como algo inevitable.
—Es que lo es —le replicó Constantin—. El Emperador se ve amenazado, y nosotros somos sus protectores. Haremos frente a esa amenaza. No tenemos nada sobre lo que especular, ni siquiera sobre la locura que afecta a aquellas personas que antaño estimamos tanto.
Amon asintió.
—El palacio se está convirtiendo en una fortaleza. Estoy de acuerdo. Dorn está realizando un trabajo soberbio.
—Siempre ha tenido esa habilidad, lo mismo que sus astartes. Defensa y protección. Los Puños de Hierro sobresalen en esa tarea.
—Pero somos la última línea de defensa.
—Así es.
—Para esto hará falta algo más que murallas poderosas y armas potentes.
Recorrieron las estancias interiores del palacio con los cascos emplumados bajo el brazo. Salieron de la Casa de Armas y se dirigieron a una de las torres del Hegemón, donde los custodios tenían su sala de guardia. Los custodios se habían reunido para recibir a Amon a la entrada de la torre. Todos inclinaron la cabeza y golpearon las losas del suelo con el extremo inferior de las lanzas guardianas. El murmullo repiqueteante era tanto una bienvenida como una felicitación.
Haedo dio un paso adelante. Tenía el rostro cubierto por las sombras provocadas por su visor.
—Amon Tauromachian, me alegro de que hayas regresado —le dijo al mismo tiempo que le estrechaba la mano derecha.
—Has penetrado con mayor profundidad que cualquiera de nosotros —le dijo Emankon a modo de saludo.
Entraron en la torre por las estancias de techos altos y arqueados, donde las pinturas murales eran tan antiguas y estaban tan desgastadas que más parecían los bosquejos a lápiz realizados por el artista que los había pintado. Los flujos de información procedentes de los enormes almacenes de datos situados en los subniveles del palacio palpitaban a lo largo de los conductos que corrían bajo sus pies. Una multitud de módulos cibernéticos flotaban bajo los altos techos abovedados. Algunos se movían en grupos, igual que bancos de peces, como si los arrastraran y los empujaran unas corrientes oceánicas.
La sala de guardia estaba bañada por completo por la luz violeta de los enormes emisores hololíticos que flotaban sobre el lugar. Los datos parpadeaban y pululaban a lo largo y ancho de la cúpula de luz difusa. Los programas de comparación y contraste en funcionamiento en las consolas de los cogitadores centrales emitían rayos dorados y rojizos en aquella penumbra violácea mientras se dedicaban a la tarea de unir elementos de información divergente en lazos de luz. Desde allí se monitorizaba el mar global de datos y la verificación biométrica unificada. La tarea la realizaba el montaje codificador de la sala de guardia. Los elementos aparentemente dispares se agrupaban y se trazaban las diferentes conexiones para seguir posibles rastros. Una célula anti-unidad de Baktria había quedado al descubierto tras su intento de acceder a un tratado restringido que se encontraba en una biblioteca del Delta Nilo. Varios terroristas de un grupo a favor de Panpacífico habían sido eliminados en Archangelus gracias a la pista que había proporcionado su intento de compra de armas en un villorrio de Nordáfrika. Cada día llegaban cientos de millones de pistas y millones de secretos, que eran analizados y examinados por el turno de guardia de los custodios. Luego se filtraban los resultados obtenidos con una precisión escrupulosa y extrema a través de los niveles cambiantes y fluidos de la esfera de información de Terra.
—¿Cuál es el asunto principal de la hora? —preguntó Constantin.
Cada sesenta minutos la sala de guardia destacaba como prioritarios una docena de los descubrimientos más importantes para que se les dedicara una atención especial.
—Lord Sichar —contestó uno de los custodios de guardia.
No había empuñado una lanza guardiana desde hacía diez meses. Se dirigió a las cámaras de prácticas situadas en los niveles inferiores de los subterráneos de la torre, y allí activó una docena de servidores con extremidades armadas para que se enfrentaran a él. La lanza giró y osciló en sus manos. Los músculos recordaron sin dificultad el entrenamiento y las habilidades aprendidas. Cuando acabó el ejercicio y todos los servidores estaban ya en el suelo hechos pedazos a su alrededor, activó una segunda tanda para una nueva ronda de combate.
Pensó en la gran cantidad de tiempo que pasaban a lo largo de la vida con los ensayos. Los juegos de sangre, el entrenamiento… Todo aquello no era más que una pantomima que los formaba como preparación del conflicto real.
Amon se sintió disgustado consigo mismo al notar la leve sensación de euforia que lo inundaba. Se acercaba el comienzo de un conflicto real. No importaba lo infame o abyecto que resultara ser el origen del conflicto: los custodios pasarían por fin de un entrenamiento sin fin a cumplir de verdad la misión para la que habían sido creados. Disfrutar ante la perspectiva de una guerra inminente le parecía algo muy poco apropiado. Amon se sacó aquello de la cabeza y se concentró en la investigación sobre lord Sichar mientras se aprestaba a comenzar la segunda ronda de combates.
—Ya estamos investigando el asunto —le había dicho Constantin.
—He estado fuera diez meses —le contestó Amon—. Estoy oxidado y algo aburrido, además de impaciente por resolver un rompecabezas de verdad. Te lo pido por favor.
Constantin asintió. La investigación sobre lord Sichar pasó a manos de Amon Tauromachian.
Lord Pherom Sichar era una persona que siempre había interesado a los custodios. Era señor hereditario de Hy Brasil, el cantón más poderoso de Sud Merican, y uno de los más notorios críticos de la política imperial. Sus relaciones dinásticas con la Navis Nobilite, tanto por ascendencia directa como por matrimonio, le habían permitido mantener un considerable imperio comercial en Terra. Sichar era uno de los cincuenta señores feudales más poderosos de las colonias. Tan sólo las maniobras políticas más sutiles por parte de Maleador el Sigilita habían impedido que Sichar consiguiese un puesto en el Consejo de Terra. Lo más preocupante era que Sichar era descendiente directo de Dalmoth Kyn, uno de los últimos tiranos que se resistió a las fuerzas del Emperador en los últimos días de las Guerras de Unificación. La impresión general era que el Emperador permitía que Sichar gobernase Hy Brasil, y sus invectivas y críticas en el Hegemón, porque quería curar las heridas provocadas por las Guerras de Unificación y animar un asentamiento étnico general. Sichar era un individuo poderoso y un estadista coherente y sincero. Amon opinaba que a menudo expresaba ideas bastante sensatas, y su política era pragmática y fiable.
Su oposición a las directivas imperiales no era tan ardiente como para mantenerlo en arresto domiciliario, como había ocurrido con lady Kalhoon de Lanark, o como para que se lo destituyera de su cargo y se lo acusara de traición al estado imperial, como le había pasado a Hans Gargetton, canciller de las Plataformas Adámicas. Sin embargo, a Sichar siempre había que manejarlo con cuidado.
Amon se vistió con un mono de combate ceñido y una túnica sencilla después de su sesión de entrenamiento y se dirigió a una de las cámaras de consulta que se encontraban en el piso superior de la sala de guardia, donde una hermana de la Orden del Silencio, estratégicamente colocada allí, garantizaba un aura de confidencialidad absoluta. Desplegó toda la información clave en las pantallas de un procesador estocástico y comenzó a estudiarla mediante las técnicas noéticas y retrocognitivas que se les enseñaban a todos los custodios.
Sichar, que ya se encontraba bajo vigilancia permanente por parte de los custodios de la sala de guardia, se había convertido en una prioridad de seguridad debido a un escrutinio concienzudo de sus pautas de comunicación.
Sus negocios fuera de Terra eran considerables. Su mayor posesión era Cajetan, en 61 Isthmus, un mundo colonial donde abundaban los recursos naturales, que le proporcionaba una ruta de entrada a las lucrativas zonas minerales de Albedo Crucis. La importancia comercial de Sichar era tal que muchas casas menores y otros aristócratas de renombre se apresuraban a congraciarse con él, lo que reforzaba su base de apoyo. Si quedaba libre un asiento en el Consejo de Terra, resultaría casi imposible negárselo a lord Sichar.
Las líneas de conexión eran muy tenues, pero se podían rastrear. Sichar mantenía una comunicación directa y regular por medios astropáticos con el gobernador de Cajetan y con los virreyes de Albedo Crucis II y de Sempion Magnix. La correspondencia que mantenía con ellos y con todos los clientes con los que tenía contacto directo se realizaba mediante un cifrado que los custodios no habían conseguido todavía desentrañar. Al parecer, se trataba de una variante del Trimodelo Ansprak, uno de los pocos códigos de combate utilizados por los antiunionistas que todavía no había sido descifrado.
Se sabía que también estaba en contacto mediante canales diplomáticos secundarios con las 45.ª y 1102.ª, flotas expedicionarias, y a través de ellas, con posesiones coloniales menores, y con dos flotas de servicio y suministro que operaban en la Nebulosa Chirog. Los informes de inteligencia sugerían que las flotas de servicio, entre otras tareas, se dedicaban a proporcionar suministros a las unidades del Ejército Imperial del Grupo Bután.
Allí estaba el problema. Cinco meses antes se había rumoreado que numerosas unidades del Ejército Imperial se habían declarado leales al señor de la guerra. Era bastante posible que lord Sichar estuviera en contacto con los seguidores de Horus mediante una cadena de comunicación muy extensa y deliberadamente compleja.
Todo apuntaba a que lord Sichar de Hy Brasil estaba enviando a Horus Lupercal información importante sobre Terra.
Al virar, la nave reflejó la luz del sol a lo largo del fuselaje plateado y relució por un momento como una estrella en la atmósfera superior de color malva. Era un Hawkwing de modelo civil, registrado a nombre de la compañía Fancile et Cié, procedente de la estación orbital Zeon-Ind. No era más que otro transporte que seguía la señal de la baliza de tráfico del Planalto Central.
La aeronave, capaz de volar en órbita alta, tenía un fuselaje metálico bruñido y una forma amplia y elegante, parecida a la de una raya, con unas alas triangulares y una cola larga y estrecha. Se dirigió hacia las cuatro torres elevadas de la plataforma de aterrizaje de Planalto Central y los retrorreactores de frenado se activaron al acercarse. Las toberas se iluminaron con los chorros llameantes de color verde amarillento, y a lo largo de las alas aparecieron unos planos que semejaban plumas caídas. Las grandes torres, de un color marrón polvoriento que contrastaba con el tono índigo del cielo, emitían un parpadeo incesante de luces blancas desde los mástiles que las remataban. Dos kilómetros más abajo, la inmensa conurbación de Hy Brasil se extendía a lo largo de kilómetros, iluminada por miles de millones de luces en la oscuridad.
Los transpondedores de la Hawkwing emitieron las descargas de datos identificativos cuando el Administratum de Planalto los requirió mientras la aeronave ajustaba el acercamiento final.
Las descargas informaron al Administratum de Planalto de que en el interior de la nave viajaba Elod Galt, un negociador sénior de Fancile et Cié, que visitaba Hy Brasil para efectuar unas charlas preparatorias con los representantes de varias compañías mineras de Albedo.
Según la verificación biométrica unificada, la identidad de Elod Galt estaba certificada.
Ya no era un juego de sangre. Era una misión real.
Hubiera preferido actuar solo, al menos al comienzo de la operación, pero tenía que representar su papel. Para ello, necesitaba servidores, un astrópata y, sobre todo, un piloto y un guardaespaldas. Haedo, que iba vestido con un mono ceñido de color gris y llevaba puesta una máscara de esclavo, cumplía las dos últimas funciones. Su biométrica declaraba que era Zuhba, sin nombre de familia, un migou alterado genéticamente que había sido comprado en el mercado de cuerpos gangético.
Al ser Elod Galt, Amon se había visto obligado a vestirse con una túnica de seda brillante, lo que le daba un aspecto húmedo e iridiscente, como el del aceite sobre el agua. También llevaba puesta una capa de piel de lobo, un sombrero sin forma con un mínimo excesivo de bordes y alas y un sable ornamental de un tamaño enorme que no era más que una ostentación, un accesorio teatral que sería totalmente inútil en un combate real. Lo que más le molestaba era verse obligado a llevar activado otro campo de desplazamiento para disminuir su talla y disimular su complexión fornida.
Tenía seis servidores para atenderlo: uno para las comunicaciones, otro para tareas médicas y para probar la comida, otro para vigilancia del entorno, otro para traducir, otro para grabar y rubricar los posibles contratos, y un último para tareas generales. Todos eran unos artefactos de aspecto magnífico, de acero azulado y pulido; en apariencia, eran el tipo de séquito de servicio apropiado para acompañar a un negociador industrial de rango superior.
Una plataforma con forma de concha de molusco llevó a la Hawkwing hasta la columna de aterrizaje. Bajó por un conducto amplio iluminado por filas de luces de color rojo y azul que se encendían de forma alternativa. Había más plataformas que elevaban y bajaban otras naves hacia y desde los atracaderos de aterrizaje. Al llegar al nivel de su atracadero, la plataforma se estremeció, se detuvo, y comenzó a avanzar de lado para llevar a la Hawkwing, cuyos costados empezaban a soltar chasquidos a medida que se enfriaban, hasta el soporte de aterrizaje del atracadero. El soporte cerró todos los brazos de apoyo alrededor de la nave, igual que lo haría una planta carnívora para atrapar a un insecto, y se adentró en las profundidades llenas de vapor del atracadero, donde unos servidores mugrientos, acompañados de estibadores y de miembros de la tripulación de cubierta los esperaban con descargadores, grúas y tubos de combustible para repostarla.
Haedo miró a Amon cuando las luces internas de la nave pasaron de un color blanco intenso a un destello amarillo de espera.
—¿Empezamos? —le preguntó.
Amon asintió. Miró a su vez al servidor de comunicaciones.
—¿Ha llegado algo del control?
El servidor inclinó la cabeza y emitió un sonido de disculpa.
—Infórmame en cuanto se pongan en contacto —le ordenó Amon.
Se puso el sombrero mientras Haedo se colocaba la máscara de esclavo, que representaba a un gallo en pleno cacareo, lo que, al parecer, se trataba de una costumbre y de un protocolo. Después de colocarse la máscara enfundó la pistola, un momento antes de que chasquearan los cierres de la compuerta de la nave que estaba conectada a la esclusa del atracadero. La compuerta de desembarco se abrió.
Pensó en la podredumbre mientras hablaba con los agentes de las compañías mineras, en gusanos que recorrían un cadáver hinchado. Sus propios gusanos ya estaban en funcionamiento. Unas cubiertas falsas situadas en la parte posterior de las toberas de la Hawkwing se habían desplegado hacia atrás mientras la nave atracaba y los compartimentos esterilizados de su interior habían liberado los sacos llenos de sondas vermiculares. Eran dieciséis mil en total, y cada una era un filamento autónomo de cromo articulado no mayor que un palillo para comer. Con cada minuto que pasaba se adentraban más y más en el tejido interno de Hy Brasil y se extendían abriéndose paso con sus pequeñas fauces por conductos de información, bancos de memoria y torres de datos. A algunas las descubrirían, a otras las eliminarían los sistemas de seguridad automatizados, otras seguirían rastros falsos o se detendrían cuando sus células de energía fallasen, pero algunas se darían un festín de información y se la transmitirían.
Se sentó en una sala para invitados con las paredes cubiertas de pantallas onduladas kirguises y fingió sentirse interesado en los alardes que mostraban los agentes de las compañías mineras sobre la producción total en toneladas o sobre la pureza de sus silicatos. Pensó en los riesgos. Había recibido permiso de Constantin para desplegarse en secreto en Hy Brasil para realizar una inspección encubierta, pero seguían sin tener autorización para actuar de un modo abierto contra lord Sichar. Si los descubría podían argumentar que tenían un motivo razonable, pero los gusanos eran una violación de sus parámetros legales. Si los condestables de Hy Brasil descubrían que los custodios habían entrado en su cantón sin una autorización y habían inundado sus sistemas con un enjambre de gusanos de sondeo, se produciría un escándalo. Aquello era una violación flagrante de la soberanía de Hy Brasil. Incluso en aquellos tiempos, la unidad era todavía algo muy frágil, igual que una escultura de cristal o de hielo: algo hermoso, preciso, sólido, pero fácil de romper. Con la sombra de la enorme y creciente traición de Horus Lupercal, lo último que el palacio necesitaba era una rebelión a escala continental en la propia Terra.
—Es un riesgo muy grande —había argumentado Haedo mientras bajaban desde la órbita.
—Lo es —aceptó Amon—. Pero si Pherom Sichar es lo que creemos que es, esperar para actuar es un riesgo mucho mayor.
Varios servidores les trajeron comida y bebida. La moda en Hy Brasil parecía ser unos maniquíes con superficie de madera oscura barnizada y articulaciones de bronce. Se asemejaban a muñecas infantiles, pero desnudas. Esas muñecas con manos y rostros de porcelana eran de un realismo sorprendente, y sus cuerpos, sin embargo, no eran más que una armazón de madera bajo los vestidos, sin ninguna intención de que parecieran reales. Los servidores iban de un lado a otro de la sala entre zumbidos mientras servían infusiones de menta y de té verde.
La sala para invitados se encontraba en lo alto de una torre de la división Sao Paol de Planalto y desde ella se veía el paisaje amplio y luminoso que representaban los Campos de Invierno. Hy Brasil conseguía su energía de una serie de reactores enormes que estaban enterrados en el corazón de la conurbación principal. Los reactores exigían unos procesos monumentales de intercambio de calor que funcionaran dentro de los límites de seguridad, y en consecuencia, los niveles de la superficie en el distrito de los reactores estaban cubiertos por una capa gruesa de hielo a lo largo de todo el año, lo que a su vez formaba un gigantesco parque helado de treinta kilómetros cuadrados en el centro de Planalto que las poblaciones de las colmenas utilizaban para divertirse. Amon distinguió desde aquel punto de observación privilegiado las siluetas diminutas de los patinadores que se deslizaban cerca del borde helado, y a los niños en los bancos y senderos de hielo con cometas y juguetes mecánicos que se arrastraban por el suelo. Más allá, bajo el resplandor amarillento de la zona más abierta, los yates de hielo se deslizaban en silencio impulsados por velas de colores y los trineos motorizados se perseguían unos a otros alrededor de los mástiles iluminados del circuito de carreras levantando chorros de nieve en polvo a su paso.
Retomaron las negociaciones. Amon le echó un vistazo a su placa de datos, que estaba recibiendo de un modo discreto toda la información que llegaba a su comunicador. Todavía no había llegado ninguna autorización desde el palacio.
La siguiente reunión se celebró en una torre monolítica situada al otro lado de los Campos de Invierno. Por pura diversión, los agentes de las compañías mineras, que se sentían orgullosos de aquel paisaje helado, llevaron a Elod Galt a la reunión a bordo de un yate de hielo. Amon se esforzó por parecer impresionado.
Su anfitrión los estaba esperando en el muelle situado en la parte baja de la torre. Era un individuo de estatura elevada e iba vestido con pieles.
—Soy Sichar —lo saludó, haciéndole una reverencia a Galt.
Ptolem Sichar era el cuarto hermano de lord Sichar, pero utilizó el nombre aun sin título para impresionarlo. Lord Sichar había nombrado a Ptolem gerente ejecutivo de Importaciones Cajetan, que era el consorcio y la compañía de transporte estelar que había fundado para comerciar con sus inmensos recursos minerales.
Ptolem Sichar tenía unos ojos de color verde oscuro que a Amon le sugirieron un exceso en el consumo de hoja de saben. Aunque era un individuo de gran tamaño y en una de las mejillas mostraba con orgullo cicatrices de duelos, no suponía una amenaza. Su cuerpo era blando, y no hacía ejercicio de un modo regular desde hacía mucho tiempo. Su mente también era blanda. Después de unos pocos minutos hablando con él, Amon llegó a la conclusión de que Ptolem Sichar no era más que un mamarracho superficial.
Su escolta ya era otro asunto. Lo seguían los servidores habituales y un cuarteto de guardaespaldas equipados con armaduras de escamas de color verde. Eran guerreros de la casta militar de Hy Brasil, un cuerpo conocido como los Dracos. Se trataba de soldados competentes y eficientes. Amon no tuvo duda alguna de que los dracos asignados a la escolta del hermano del gobernante serían miembros de las escuadras de veteranos especialistas.
Había otro individuo que acompañaba al hermano. Iba vestido con un abrigo de terciopelo negro y una armadura corporal de placas de color azabache. Ptolem se lo presentó. Se llamaba Ibn Norn, y era uno de los famosos y casi extinguidos Luciferes Negros. El poder y la riqueza de lord Sichar eran tales que había proporcionado a todos los miembros de su familia directa un guardaespaldas procedente de la antigua brigada de élite de Ischia, los Luciferes.
Amon recorrió al lado de Ptolem Sichar el muelle hacia el interior de la torre, seguido de Haedo, con su máscara de gallo, y los servidores de metal azulado. Hablaron de deportes de hielo, de la guerra que se avecinaba y de su posible efecto en el comercio. Amon se dio cuenta de que el lucifer negro no dejaba de estudiarlo con detenimiento.
Para cuando se subieron a la plataforma gravitatoria que los llevaría hasta los niveles superiores de la torre, Amon se percató con una certeza absoluta de que Ibn Norn sabía que él llevaba activado un campo de desplazamiento. No se le ocurrió qué detalle sutil era el que se lo había revelado. Los Luciferes Negros eran famosos tanto por su capacidad de percepción y su agudeza mental como por su habilidad en combate. Ibn Norn sabía que Elod Galt, en el mejor de los casos, ocultaba algo, o que, puestos en lo peor, ocultaba una mentira realmente peligrosa.
Ya era demasiado tarde para echarse atrás. Siguió esperando impaciente una confirmación del control, pero empezó la reunión con Ptolem Sichar. Se sentaron a una mesa de caoba que se encontraba en una plataforma radial situada en lo alto de los niveles superiores de la torre. Sichar se distraía con facilidad, y Amon procuró que aquella farsa se prolongase todo el tiempo que fuera posible. Para ello, llevó a su contertulio hacia temas de discusión tan peregrinos como la viticultura orbital, los últimos descubrimientos gerontológicos, los distintos orígenes genéticos o lo útil que sería en realidad el estudio de religiones ya extinguidas para extraer sistemas viables de valores éticos.
Mientras tanto, Amon no dejó de pensar en las sondas que se arrastraban por los rincones oscuros y las cavidades cibernéticas de Planalto, igual que gusanos carroñeros. Pensó en todo lo que Haedo y él habían visto en su viaje hacia Hy Brasil: ciudades colmenas que cerraban sus escudos meteóricos, conurbaciones que volvían a activar los campos de protección y las defensas automáticas que habían sobrevivido a los últimos conflictos en Terra. También habían visto plataformas oceánicas que se aprestaban a funcionar en condiciones submarinas y que se hundían lentamente en el seno protector de las aguas. Su planeta natal se preparaba para el ataque de los traidores, algo que quizá sería el mayor holocausto al que la humanidad se tendría que enfrentar. Había demasiado en juego como para retirarse.
Amon comprobó los mensajes que había recibido en su servidor de comunicación durante un descanso de la reunión. Seguía sin haber recibido nada de control. Utilizó la placa de datos y descubrió que tampoco se había recibido nada de las zonas vermiculares. Lo principal era que no se había conseguido ningún avance en el descifrado de la versión del código tipo Trimodelo Ansprak que se utilizaba en las comunicaciones sospechosas.
Sonó un campanilleo, y Amon supuso que sería la señal que indicaba que debían volver a la mesa para iniciar la siguiente ronda de conversaciones. Sin embargo, algo en el ambiente había cambiado. Ptolem Sichar y su séquito se mantuvieron apartados mientras discutían en voz baja pero de un modo solemne. Habían tapado unas cuantas pantallas de datos situadas en la plataforma radial.
«Prepárate», le dijo Amon a Haedo mediante una señal.
—Mi señor Galt —lo saludó uno de los dracos tras acercarse hasta ellos—. Me temo que se ha producido un incidente. Debemos suspender todas las negociaciones durante el resto del día mientras lo resolvemos. Mi señor os pide perdón por todos los inconvenientes.
—¿De qué clase de incidente se trata? —inquirió Amon.
—Una brecha en los sistemas de almacenamiento de datos —le contestó el draco sin ser más explícito.
—¿De veras?
—Es un ultraje. Un acto que afecta a este cantón… —El draco se calló de repente—. Perdonadme, pero no es asunto mío hablar de ello. Se trata de un asunto de soberanía nacional.
—Entonces debe de ser realmente grave —manifestó Elod Galt con una preocupación que parecía sincera—. ¿Debo regresar a órbita?
—No, señor.
Ambos se dieron la vuelta. Ibn Norn, el lucifer negro, se había unido a ellos.
—Todos los asuntos relativos a la seguridad se están revisando en este momento por todo Planalto. El vuelo sería una molestia innecesaria, y os veríais muy afectado por los retrasos y las inspecciones. Os hemos preparado una suite en esta misma torre, donde podréis alojaros con tranquilidad y comodidad mientras se resuelve este problema.
«Y donde podrás mantenernos vigilados», pensó Amon.
Elod Galt asintió con un gesto elegante.
La suite se encontraba en el piso decimosexto. En cuanto la escolta se marchó, Haedo se dedicó a buscar aparatos de escucha y espionaje por todas las estancias mediante los escáneres que el servidor catador de comidas llevaba incorporados y ocultos en el torso.
—Les pido que respeten la integridad de nuestras medidas de seguridad y que no utilicen su servidor de comunicaciones —les había pedido Ibn Norn con un tono de voz cordial antes de marcharse.
De todas maneras, los indicadores de servicio del comunicador indicaban que todos los canales estaban interferidos.
Haedo abrió la parte posterior del servidor de rubricación y activó el cogito-analizador compacto que se encontraba oculto entre las costillas. Luego utilizó unos programas invasivos con unos códigos tan sutiles que ningún sistema de Hy Brasil podría rastrearlos y conectó la unidad a la esfera de datos de Planalto.
—Han descubierto las sondas en los núcleos de memoria del Administratum de Planalto —informó—. Hay… —Revisó los datos con rapidez—. Hay una sensación palpable de indignación. Toda la seguridad de Planalto se ha elevado al nivel ámbar seis. El parlamento del cantón ha convocado una sesión de urgencia para discutir el incidente. Se está produciendo un debate muy acalorado en las comunidades de inteligencia sobre si la invasión de los datos es obra de una potencia extranjera o de si se trata de un caso de espionaje industrial.
—Si Sichar es culpable de lo que sospechamos, probablemente se imaginará tanto la causa como el origen. ¿Cuánto tiempo tardarán en analizar y rastrear las sondas vermiculares? —quiso saber Amon.
—Estaban esterilizadas y libres de todo rastro cuando las soltamos —respondió Haedo—. Sin embargo, se les habrán pegado partículas muy específicas durante el recorrido hasta su objetivo. Cualquier investigador forense podría relacionarlas con nuestra nave en cuestión de horas.
—Ya sospechan de nosotros.
—¿Ya?
—Ese lucifer negro sabe que no somos lo que aparentamos ser. Creo que están buscando pruebas sólidas antes de enfrentarse a nosotros.
—Y seguimos sin tener autorización.
Amon asintió con lentitud.
—Pero eso ellos no lo saben.
Haedo no le respondió. Estaba leyendo atentamente los datos del cogito-analizador.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Amon.
—El parlamento ha comenzado una purga por todo el sistema para expulsar y destruir a las sondas —le informó Haedo—. La orden la ha firmado Pherom Sichar, que preside el parlamento. Pero no es eso… Estoy recibiendo datos de las sondas. Siete de ellas han penetrado en el archivo de comunicaciones de Planalto, y una ha conseguido conectarse al historial de comunicaciones de lord Sichar de los últimos siete meses.
—¿Tenemos traducciones?
Haedo hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No, el código sigue siendo impenetrable, pero los nombres del emisor y del receptor de los mensajes no están encriptados. Los han almacenado en código binario. Estoy cotejando toda la lista con datos comparativos. Espera… Espera…
En la pequeña pantalla del aparato compacto comenzaron a aparecer apretadas líneas de datos.
—Cuatro coincidencias confirmadas —susurró Haedo—. Cuatro. ¿Las ves? En cada una de ellas se ve con claridad el código operativo de recepción de la Espíritu Vengativo.
La nave insignia de Lupercal. Amon asintió.
—Tenemos un motivo más que suficiente para actuar. Eso es lo único que necesitamos. En marcha.
Los equipos de asalto del palacio podían llegar a Planalto en menos de veinticinco minutos, pero a Amon le pareció que una acción semejante sería contraproducente. Un enfrentamiento armado y abierto sólo serviría para empeorar la situación. Haedo y él debían apresar de inmediato a lord Sichar, y después, una investigación sistemática desvelaría la extensión del entramado de conspiradores del grupo de Sichar.
Sacó una unidad de activación del bolsillo de la túnica y apretó el botón.
—Prepárate para la onda expansiva.
Se produjo un fuerte estampido doble producido por la sobrecompresión del aire cuando el sistema de teletransportación envió dos cofres metálicos a la suite directamente desde la Hawkwing. Aparecieron humeantes en el centro de la alfombra. La sobrepresión provocó grietas en dos de las ventanas de la estancia. Empezaron a sonar las alarmas, activadas por el violento estallido y la descarga de energía.
Haedo y Amon abrieron los cofres. Dentro de cada uno, colocadas con cuidado, se encontraban las piezas desmontadas de sus armaduras de custodios y de sus lanzas guardianas.
Los equipos de asalto de la élite de los Dracos, encabezados por Ibn Norn, entraron en tromba en la suite cuatro minutos después. Todas las estancias estaban vacías. Una fuerte corriente de aire entraba por el hueco de una ventana reforzada que había sido arrancada por completo.
Ibn Norn miró los cofres vacíos y la ropa tirada por el suelo al lado de ambos contenedores. También vio la máscara de gallo, el sable decorativo y los cables del campo de desplazamiento, desgarrados al haber sido arrancados con rapidez.
Se acercó a la ventana y estudió con atención los alrededores. Las torres y las calles de Planalto se extendían a sus pies. A lo lejos, en la orilla que daba a la planicie reluciente de los Campos de Invierno, distinguió la silueta de la Casa del Parlamento.
Activó el anulador de gravedad y saltó por la ventana.
La Casa del Parlamento era una estructura espléndida construida con filamentos de acero plateado y pilones de una piedra de color pálido que se parecía al marfil pulido. Las campanas no dejaban de sonar para avisar con su repique urgente a los delegados, a los gobernadores y a los nobles para que buscaran refugio o la protección de sus guardaespaldas. Varios miles de dracos se reunían alrededor de las distintas entradas al edificio, sobre todo en la magnífica y ancha escalera principal que conducía a la entrada desde los muelles estatales de los Campos de Invierno.
Haedo y Amon aterrizaron en el techo del embarcadero de mayor tamaño y removieron la nieve en forma de polvo que había llegado hasta allí arrastrada por el viento. Apagaron los retrorreactores y observaron con detenimiento la escena que se estaba desarrollando ante ellos.
—Los haremos saltar como una colonia de hormigas furiosas —murmuró Haedo.
Amon le tocó el brazo y señaló a un punto con un gesto del mentón.
Una figura apareció volando en el cielo invernal. Tras rebotar con elegante agilidad en una de las torres de la entrada, aterrizó entre los dracos que se arremolinaban en la escalera principal.
—¡Los detectores! —le oyeron ordenar a gritos—. ¡Están aquí! ¡Asegurad el edificio y encontradlos!
Haedo y Amon bajaron de un salto del techo del embarcadero y se dirigieron hacia la escalera hombro con hombro.
Los dracos se afanaban a su alrededor mientras comprobaban los resultados de los detectores portátiles o sacaban los escáneres pesados de sus contenedores. Se oían voces nerviosas y apresuradas por doquier. Las dotaciones de las armas pesadas asentaban los trípodes de las mismas a lo largo de la orilla para cubrir los campos de hielo. Varias escuadrillas de cañoneras pasaron rugientes por encima de ellos.
Los dos custodios subieron con paso tranquilo los peldaños a través de los grupos de soldados frenéticos. Pasaron a tres metros del lucifer negro. Norn no dejaba de impartir órdenes a voz en grito mientras se esforzaba por establecer un perímetro.
Entraron en la Casa del Parlamento sin encontrar oposición alguna. La resonante cámara principal se estaba vaciando. Los máximos representantes de Hy Brasil estaban abandonando las bancadas de asientos y se dirigían a las salidas bajo la atenta mirada de los dracos armados hasta los dientes.
Lord Sichar todavía se encontraba en su asiento, un trono de madera oscura cubierto por un palio que presidía tanto los bancos de las casas mayores como los de las menores. Era un individuo de aspecto noble vestido con ropajes de color rojo y verde. Era un poco más joven de lo que Amon se había esperado. El lucifer negro personal de lord Sichar esperaba impaciente para llevarse a su señor a un lugar seguro, pero Sichar estaba ocupado firmando unos documentos que le habían llevado los delegados y los escribas mientras hablaba de forma rápida con el jefe del protocolo parlamentario.
—Intenta no hacerle daño —le advirtió Amon a Haedo—. Lo necesitamos con capacidad para responder en un interrogatorio.
—Probablemente tendremos que matar a su lucifer —respondió Haedo.
—De acuerdo, pero sólo si se resiste. Un disparo limpio. No quiero que se libre un combate en este lugar.
Se desprendieron de las envolturas de falsedad cuando estaban a unos treinta metros del trono con palio.
—Sichar de Hy Brasil —exclamó Amon en voz alta—. El Adeptus Custodes te ha declarado enemigo de Terra. No intentes resistirte.
Sichar, los delegados y el señor de protocolo se volvieron y se quedaron mirándolos llenos de asombro. Uno de los escribas se dio media vuelta y echó a correr aterrorizado hacia la salida. De los dos gigantes con armaduras doradas y cascos empenachados emanaba una tremenda sensación de amenaza.
El lucifer negro hizo ademán de intentar empuñar el arma.
—Dame una excusa —le gruñó Haedo, apuntándolo con la lanza guardiana.
Sichar se puso en pie y mantuvo una compostura mucho más digna que la de sus subordinados. Miró desde lo alto del podio a los dos custodios relucientes.
—Esto es inaceptable —empezó diciendo. A pesar de su postura desafiante, no pudo evitar que la voz le temblara un poco. Nadie se enfrentaba a los poderosos custodios sin flaquear un poco—. Esto es absolutamente inaceptable. Esto deshonra la independencia soberana de Hy Brasil. Exigiré a vuestro señor una disculpa cuando…
—También es vuestro señor —lo interrumpió Amon.
Sichar parpadeó.
—¿Qué?
—Se supone que también es vuestro señor —insistió Amon—. Nos acompañará de inmediato y responderá a una serie de pruebas que lo señalan como traidor. Bájese del podio.
En la estancia principal brilló un fogonazo de luz cegadora, al que le siguieron dos más en rápida sucesión. Amon pensó por un momento que habían lanzado algún tipo de granada, pero cambió de idea con rapidez. Los destellos de luz habían sido provocados por varias teletransportaciones.
De repente, había siete figuras entre los custodios y su objetivo. Seis de ellos eran adeptus astartes con armaduras de combate completas. Amon los identificó de inmediato como lugartenientes de los Puños Imperiales. En cuanto el brillo de los fogonazos de la teletransportación se disipó, los seis astartes dieron un paso adelante con una sincronización perfecta y apuntaron los bólters con un chasquido al unísono contra los custodios.
La séptima figura estaba en el centro del grupo. Era un individuo alto que llevaba colgando a la espalda un manto de terciopelo rojo bordado con hilo de oro. Tenía el cabello blanco y cortado a cepillo. Su rostro de facciones nobles parecía cansado.
—Mi señor —lo saludó Amon con una inclinación de cabeza.
—Esto debe acabar ahora mismo —dijo Rogal Dorn.
Dorn dio un paso adelante y atravesó la fila de astartes.
—Bajad las armas —dijo con voz tranquila.
Los Puños Imperiales se llevaron de inmediato los bólters al hombro.
—Lo decía para todos —añadió Dorn, mirando fijamente a los custodios.
Amon y Haedo siguieron apuntando con sus lanzas al trono.
—Mi señor, Pherom Sichar es un traidor y un espía —le respondió con mucho cuidado Amon—. Utiliza el entramado de comunicaciones de su extenso imperio mercantil para ponerse en contacto con el señor de la guerra y sus malditos rebeldes. Tenemos pruebas y motivos más que suficientes para detenerlo e interrogarlo. Se vendrá con nosotros.
—¿O si no? —le preguntó Dorn con una leve sonrisa, casi divertida.
—Se vendrá con nosotros, mi señor —insistió Amon.
Dorn asintió.
—Una lección práctica sobre determinación y lealtad, ¿no te parece, Archamus?
—Sin duda, mi señor —comentó el jefe del grupo.
—Están dispuestos a enfrentarse a seis astartes y a un primarca con tal de cumplir su deber.
—Mi señor, por favor, haceos a un lado —le pidió Amon.
—Me siento tentado de permitiros que intentéis echarme a un lado —apuntó Dorn—. Claro que, en ese caso, os haría daño.
—Podríais intentarlo —le espetó Haedo—. Mi señor —añadió enseguida.
—Ya basta. ¿Archamus?
El jefe del grupo dio un paso adelante.
—Lord Sichar de Hy Brasil es un espía —dijo con toda naturalidad—. Se ha puesto en contacto de forma habitual con Horus Lupercal, y ha intercambiado mucha información con el traidor.
—¿Lo admiten? —preguntó Amon.
—Es nuestro espía —le explicó Dorn.
El primarca se acercó a Amon hasta quedar cara a cara con él. Eran los dos individuos de mayor altura de toda la estancia.
—Estoy fortificando Terra lo mejor que puedo para prepararla para la guerra que se avecina —siguió diciendo Dorn—. Eso significa algo más que murallas, escudos y plataformas artilleras. Eso significa información. Datos viables, valiosos. Inteligencia en condiciones. Lord Sichar es tan leal como vosotros o como yo, pero su reputación como opositor a la política imperial lo convirtió en un desertor creíble para el campo enemigo. Horus cree que tiene amigos en Terra, amigos y aliados que se alzarán en armas y que lucharán a su lado cuando lleguen sus huestes.
—Entiendo —respondió Amon.
—Por desgracia, es posible que todo este escándalo lo haya dejado al descubierto. Quizá tendré que desarrollar otras redes de espías.
—Mi señor, somos custodios. Protegemos a Terra y al Emperador con tanto fervor como vos. ¿No habría tenido más sentido que nos informarais de la función que estaba desarrollando lord Sichar?
Dorn dejó escapar un suspiro y no respondió.
—Mi señor, ¿sabéis lo que es un juego de sangre? —le preguntó Haedo.
—Por supuesto —replicó Dorn—. Los mastines defensores os convertís en lobos y ponéis a prueba las defensas del Emperador en busca de la más mínima debilidad o vulnerabilidad. He revisado muchos de vuestros informes al respecto, y he incorporado muchas de las mejoras sugeridas a los refuerzos del palacio.
—Entonces, quizá deberíamos considerar esto un juego de sangre —sugirió Amon—. La debilidad que ha quedado al descubierto es que todos los que servimos y protegemos al Emperador debemos trabajar de un modo unificado y tenemos que compartir información.
El trineo salió a toda velocidad del embarcadero en mitad de un torbellino de cristales de hielo. Era un potente modelo deportivo de dos asientos, pintado de color azul cobalto, con un morro elevado y unos patines afilados. Los motores iónicos situados tras los estabilizadores traseros ardían a toda potencia con un resplandor verdoso. Cruzó rugiente los Campos de Invierno produciendo a su paso un ruido semejante al de un cuchillo al arañar un cristal.
Cheth, o fuera cual fuese su nombre verdadero, ni siquiera se había preocupado de soltar las cuerdas de amarre. Había acribillado a los dos operarios del embarcadero que se habían acercado a ver qué ocurría y luego se había metido de un salto en la cabina del trineo para cerrar de golpe la carlinga.
Amon aterrizó en el embarcadero al mismo tiempo que el trineo salía a toda velocidad. El impacto de su masa blindada agrietó varias de las grandes losas del suelo. Las cuerdas de amarre, completamente tensas, se iban partiendo con chasquidos parecidos a disparos de pistola. Amon consiguió agarrarse a una de las cuerdas antes de que se partiese y se mantuvo aferrado a ella después de que se rompiera. Salió disparado del embarcadero cuando la cuerda lo arrastró y cayó boca abajo sobre el hielo, por donde se deslizó chirriando como un jinete descabalgado y arrastrado por su montura. El chorro de cristales de hielo le azotó la cara y lo cegó. La vibración y la fricción eran casi insoportables. Amon sintió que la armadura comenzaba a abollarse y a ceder cuando el trineo aceleró. No dejó de rodar y bambolearse de un lado a otro al extremo de la cuerda. Se le estaba escapando de entre los dedos.
Amon la soltó y siguió resbalando sobre el hielo en un arco largo y amplio. Clavó los talones de las botas para intentar detenerse de una vez, y en cuanto disminuyó de velocidad hasta casi pararse, empezó a ponerse en pie.
El trineo siguió acelerando por los Campos de Invierno. Los patinadores y los yates de hielo viraban bruscamente llenos de pánico para apartarse de su trayectoria recta y enloquecida. Atravesó sin miramientos las líneas de balizas de una carrera de patines motorizados.
Amon oyó a su espalda otra explosión. Una nueva columna de fuego y de humo subió hacia el cielo procedente de la Casa del Parlamento.
—¡Amon! ¡Amon! —le gritó la voz de Haedo por el comunicador.
—Adelante.
—¿Dónde estás?
—Lo estoy persiguiendo. El asesino está cruzando el lago de hielo. ¿El primarca está a salvo?
—Me lo han confirmado los Puños Imperiales. El primarca Dorn ya había salido de la Casa del Parlamento antes de que estallara la primera bomba.
—¿Y lord Sichar?
—Ha muerto, junto a ocho miembros de la legislatura. Amon, espera donde estás. Voy a conseguir un ornitóptero. Iré a recogerte dentro de…
—No hay tiempo —lo interrumpió Amon.
Terminó de ponerse en pie y activó el retrorreactor. El chorro de despegue le hizo subir con rapidez. Vio mientras ascendía cómo el trineo giraba por delante de él. El nuevo rumbo del asesino era hacia el oeste, en dirección a una formación de yates.
A lord Sichar lo había matado su propio lucifer negro, su propio guardaespaldas, un individuo llamado Gen Cheth. Ibn Norn se lo había presentado a Amon. Quienquiera que fuera el que llevaba la armadura negra cuando Amon lo había saludado con un gesto de asentimiento, su nombre no era Gen Cheth. Existía otra posibilidad más siniestra incluso: que Gen Cheth no fuera jamás el individuo que sus camaradas pensaban que era.
Al parecer, Lupercal también disponía de sus propios espías. Los mastines eran lobos, y los lobos eran mastines. El primarca Dorn se había visto obligado a dejar al descubierto la función de lord Sichar como agente doble debido a la actuación de Amon. El lucifer negro estaba precisamente a su lado cuando eso ocurrió. El espía del propio Horus estaba precisamente allí. El secreto de lord Sichar había quedado al descubierto. De repente, lord Sichar se habían convertido en un punto débil que debía ser eliminado, y un enemigo al que había que castigar.
La carga de demolición se había encargado de ello. Había vaporizado el centro de la cámara del parlamento y había provocado el derrumbamiento del techo. Haedo y Amon habían salido despedidos hacia atrás y habían atravesado las paredes de madera hasta llegar a la sala de voto consular. Amon había sido el primero en recuperarse.
El asesino había huido. Había dejado atrás al menos una bomba más y se había dirigido hacia los Campos de Invierno. Amon se preguntó el motivo. Los asesinos eran individuos muy concentrados en su tarea. Lo habitual era que acabaran suicidándose, o ejecutados. ¿De verdad creía aquel hombre que podría escapar?
Seguro que no. Entonces, ¿qué estaba intentando conseguir?
Amon bajó en picado hacia el trineo rugiente. Colocó los brazos delante de la cara e impactó contra el vehículo como un relámpago. El golpe arrancó de cuajo la carlinga. Los trozos de cristal y los soportes salieron volando arrastrados por la fuerza del viento. Amon se esforzó por mantenerse agarrado mientras el individuo de armadura negra intentaba pilotar el trineo con una mano y desenfundar el arma con la otra. El trineo se bamboleó y Amon resbaló a lo largo del fuselaje hasta acabar agarrado al morro elevado del vehículo.
Clavó los dedos en la superficie metálica del fuselaje y creó sus propios puntos donde agarrarse para avanzar poco a poco de nuevo hacia la cabina. El asesino ya había conseguido desenfundar la pistola y disparó contra Amon por encima del tablero de mandos. Un proyectil pasó zumbando junto a la oreja del custodio. El trineo comenzó a llegar a su velocidad máxima. Amon siguió avanzando y el asesino disparó a quemarropa contra el custodio que se abalanzaba contra él. El proyectil atravesó la armadura de Amon a la altura del hombro izquierdo y la sangre salpicó el surco que el trineo iba dejando atrás.
Amon le propinó un puñetazo con la mano derecha. El golpe hundió el casco de metal negro y machacó la cabeza que había en su interior.
El trineo se movió de un lado a otro con bandazos bruscos cuando el cadáver del asesino se despegó de los controles con un movimiento flácido. Amon se metió un poco más en la cabina e intentó llegar a los controles y apagar los motores.
Fue entonces cuando vio lo que había en el asiento trasero del trineo.
Era otra bomba, la más grande y destructiva de todas las que había preparado. Amon lo comprendió todo en ese momento. El asesino planeaba suicidarse desde el principio. Había planeado acabar su misión llevando el trineo hasta el centro de los Campos de Invierno y haciendo estallar allí la bomba. La explosión afectaría a los enormes reactores de Hy Brasil que se encontraban bajo los campos. El efecto resultante de la explosión de los reactores aniquilaría todo Planalto. Terra comprendería con terror el alcance de la ira y de la influencia de Horus Lupercal.
Amon casi salió despedido por las sacudidas del trineo, que seguía fuera de control, pero vio la señal luminosa de una cuenta atrás. No tenía forma de saber cuánto tiempo quedaba en el contador.
Desesperado, se arrancó de un tirón la unidad activadora que llevaba acoplada. No tenía tiempo de efectuar reajustes o recalibraciones complicadas. No tenía tiempo de teclear unas coordenadas distintas y seguras. Simplemente cambió la altitud y añadió dos kilómetros. Luego activó el aparato y lo lanzó al interior de la cabina.
Se apartó de un salto. La teletransportación hizo que se desvaneciera la mayor parte del trineo antes incluso de que Amon se estrellara contra el hielo. Aterrizó con un tremendo golpe que le sacudió todos los huesos y rodó unos treinta o cuarenta metros envuelto en un torbellino de polvo de hielo. Un alerón estabilizador y parte de la cola del trineo, cortados por el estrecho rayo de teletransportación, pasaron repiqueteando y rodando por delante de él lanzando trozos con el borde al rojo vivo.
Amon siguió resbalando medio inconsciente y en círculos sobre la espalda hasta que por fin se detuvo lentamente. Fijó la mirada en el cielo malva de Sud Merica.
A unos dos kilómetros por encima de él se produjo un resplandor muy brillante, al que siguió una bola creciente de luz blanca. Luego, el sonido y la onda expansiva lo golpearon y lo aplastaron contra el hielo.
Cerca de las murallas del palacio, en la penumbra del Himalazia, el mastín leal se levantó del hielo y se sacudió. Estaba herido, pero la mayor parte de la sangre que le manchaba el morro y los costados eran del lobo que acababa de hacer salir huyendo entre gañidos hacia la oscuridad, con la garganta abierta.
Regresó con lentitud, cojeando, hacia las puertas, y dejó a su paso un rastro de gotas de sangre sobre la nieve. El aliento se le condensaba en el frío aire nocturno.
A su espalda, en la oscuridad, se estaban reuniendo más lobos, y cada vez se acercaban más.