Aislados por incontables milenios en la estigia oscuridad de la Vieja Noche, los habitantes del mundo designado como Cuarenta y Siete Dieciséis se habían regocijado al principio de haberse podido reunir con sus largo tiempo perdidos hermanos. Durante más de cuatro mil años habían pensado que estaban solos en el universo, y habían llegado a considerar la antigua Terra como poco más que un recuerdo ancestral vago y medio olvidado, un mito alegórico, un mundo de fantasía inventado por sus antepasados como explicación de su génesis. Habían dado la bienvenida a los enviados de los Portadores de la Palabra con los brazos abiertos, observando a los inmensos guerreros astartes de armadura gris con temor y reverencia.
—Irrevocables adoradores corruptos y paganos —indicó condenatoriamente el primer capitán Kor Phaeron a su regreso de la reunión.
—¿El objetivo de la cruzada no es reunir a todas las estirpes perdidas de la humanidad, incluso a sus hijos más descarriados? —inquirió Sor Talgron, capitán de la Trigésimo Cuarta compañía—. ¿No desea el Emperador que sus más devotas legiones conduzcan estos hijos ciegos hacia la iluminación?
Oficialmente, el Imperio de la Humanidad en expansión era una organización secular que alentaba y divulgaba las «verdades» de la ciencia y la razón por encima de las «falsedades» de la religión y el espiritualismo. La XVII Legión, sin embargo, comprendía la verdad, aunque ésta era a veces una carga pesada de soportar. Sor Talgron sabía que se estaba acercando el momento en que el reconocimiento de la divinidad del Emperador sería algo universalmente aceptado. La fe se convertiría en la mayor fuerza del Imperio, mucho mayor que los innumerables billones de soldados que formaban el Ejército Imperial; más grande incluso que el poder de las legiones astartes. La fe sería el mortero que mantendría unidos a los diversos elementos dispersos de la humanidad.
Incluso las más obstinadas de las legiones, aquellas que más se negaban a aceptar las sagradas escrituras de Lorgar, con el tiempo acabarían llegando a entender la verdad inherente a las palabras del primarca. Y se verían forzadas a suplicar su perdón por haber osado dudar de sus palabras. Que el Emperador negara su naturaleza divina de poco servía para apagar los fuegos de la devoción en el seno de la XVII Legión. El propio Lorgar había escrito: «Sólo los auténticamente divinos pueden negar su divinidad».
—¿Ahora resulta que conoces las intenciones del Emperador, Talgron? —gruñó Kor Phaeron—. Si tienes tales poderes, por favor, ilumínanos a los simples mortales.
—No pretendo tal cosa, primer capitán —le replicó Sor Talgron.
Sor Talgron y Kor Phaeron se observaron con una nada disimulada mirada envenenada a través del asfixiante humo que surgía de las docenas de incensarios colgantes. La sala circular distribuida en niveles en la que estaba teniendo lugar el concilio de guerra se encontraba situada en lo más profundo de la Fidelitas Lex, la nave insignia de Lorgar, y los capitanes de las demás grandes compañías permanecieron en silencio alrededor de la circunferencia, observando con interés entre las sombras cómo se desarrollaba esta confrontación. Sin embargo, Erebus, el primer capellán de la legión, se interpuso con su suave voz entre Kor Phaeron y Sor Talgron, haciendo de mediador. Se colocó en el centro del pulpito de mando, interrumpiendo de ese modo sus miradas envenenadas.
—El primer capitán y yo consultaremos con el Urizen —dijo suavemente Erebus para atajar la discusión—. Que la sabiduría de Lorgar nos guíe a todos.
Todavía furioso, Sor Talgron inclinó la cabeza ante el primer capellán antes de girar sobre sus talones y salir agrandes zancadas de la sala junto con el resto de capitanes. Apartó violentamente a unos sirvientes que se cruzaron en su camino, con la intención de regresar en una Stormbird a su propio crucero, el Dominatus Sanctum, y reunirse así con la Trigésimo Cuarta compañía.
Hacía más de un mes que Sor Talgron había visto al bendito primarca de la XVII Legión, y la ausencia del Urizen en el concilio de guerra había sido dolorosamente sentida. Los nervios estaban a flor de piel, y la disensión empezaba a propagarse entre las filas. La Legión necesitaba que Lorgar regresara junto a ellos.
El sagrado primarca se había encerrado en su capilla-cámara personal en un exilio autoimpuesto durante todo un mes terrestre, desde su audiencia con el Emperador. En todo ese tiempo no había aceptado en su presencia a nadie excepto a Kor Phaeron y a Erebus, sus consejeros y camaradas más allegados. La totalidad de la Cuadragésimo Séptima Flota Expedicionaria había permanecido adormecida a la espera de las órdenes de su primarca.
Sor Talgron había podido entrever un atisbo de su primarca cuando el Urizen había entrado en sus estancias privadas al regresar de la reunión con el Emperador, y había quedado conmocionado hasta lo más profundo de su ser por lo que había visto.
Lorgar siempre había irradiado una palpable aura de pasión y fe. Un inatacable escudo de fe que era a la vez asombroso y terrorífico. Allí donde se decía que la fuerza del Lobo era su irrefrenable ferocidad, la de Lion su inquebrantable tenacidad, y la de Guilliman su brillantez logística y estratégica, la fuerza de Lorgar radicaba en su inquebrantable fe, sus profundas creencias, su implacable y firme devoción.
Aunque Erebus había tratado de ocultar al Urizen de la mirada de la legión, los ojos de Sor Talgron se habían cruzado con los del primarca durante un muy breve instante antes de que la compuerta se cerrara bloqueando su visión. La profundidad de la desesperación que había visto en los ojos de Lorgar le había hecho caer de rodillas. Sus ojos se habían llenado de lágrimas y se le había formado un doloroso nudo en el estómago mientras se devanaba los sesos. ¿Qué podría haber sucedido en la barcaza de batalla del Emperador para sacudir lo inamovible?
Aún no había llegado al muelle de embarque de la Fidelitas Lex cuando recibió una llamada de Erebus, que le pidió que regresara a la sala de guerra: el Urizen había tomado su decisión.
Mientras volvía a recorrer los laberínticos corredores de la Fidelitas Lex, el capitán Sor Talgron oró para que el propio Lorgar estuviera presente, aunque esta esperanza iba a quedar frustrada.
Aun así, al menos se había tomado una decisión. Tras un mes de inactividad, la XVII Legión finalmente tenía un objetivo.
—En su gran misericordia —dijo Erebus, dirigiéndose a la otra vez reunida asamblea de capitanes de los Portadores de la Palabra—, el Urizen desea que esta largo tiempo perdida estirpe de la humanidad sea traída a la verdad, que sean acogidos en el abrazo de la Verdad Imperial.
Se oyeron murmullos entre los capitanes reunidos, y Sor Talgron asintió su aprobación. Esta era la forma en que la XVII Legión había actuado desde el inicio de la cruzada. Habían devuelto a la gloria de la Verdad Imperial todos los mundos que habían encontrado hasta ese momento, y aunque sus progresos tal vez no fueran tan rápidos como los de las demás legiones, los mundos que dejaba atrás la XVII Legión eran los más devotos y leales de todos. Aquellos que negaban la palabra y los que se consideraban no dignos de ella eran celosamente aplastados, convenidos en polvo bajo la acorazada pisada de los astartes de Lorgar, pero los que aceptaban sus enseñanzas eran aceptados en la Verdad Imperial y su lealtad asegurada.
Sor Talgron lanzó una triunfante mirada a Kor Phaeron, pero el primer capitán no parecía incómodo con la proclama, pese a todas sus vociferaciones anteriores a favor de la guerra.
—Sin embargo —prosiguió Erebus—, es con tristeza y remordimiento que el Urizen ha llegado a esta decisión. Hermanos, el Emperador está poco complacido con nosotros.
Un silencio absoluto descendió sobre la sala, y todos los ojos se centraron en el primer capellán. Sor Talgron sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—El Emperador, al parecer, no está satisfecho con el ritmo de nuestro avance. El Emperador no está contento con los mundos, obedientes y leales, que le hemos entregado. En su sabiduría —prosiguió Erebus con voz suave pero con un creciente tono de amargura—, el Emperador ha regañado a nuestro bendito primarca, el más devoto y leal de entre sus hijos, y le ha ordenado que aceleremos el avance de nuestra cruzada.
Unos siniestros murmullos circularon entre los capitanes, pero Sor Talgron hizo caso omiso de ellos, concentrado como estaba en las palabras del primer capellán.
—Nuestro bendito primarca siente que, con el tiempo, los habitantes de Cuarenta y Siete Dieciséis podrían descubrir el error de sus creencias ignorantes y paganas; que podrían convertirse en ciudadanos imperiales modelo una vez guiados hacia la verdad por nuestros capellanes y hermanos guerreros. Sin embargo, las órdenes del Emperador son claras, y el Urizen es un hijo obediente; no pueden rechazarse las órdenes de un padre, por mucho pesar que causen.
—¿Y cuáles son esas órdenes, primer capellán? —dijo el capitán Argel Tal, de la Séptima compañía.
—Que no tenemos el tiempo necesario para convertir a esos ignorantes paganos a la Verdad Imperial —declaró Erebus con cierta reticencia—. Sus profanas creencias se han considerado incompatibles con el Imperio. Como resultado de ello…, Cuarenta y Siete Dieciséis debe arder.
Sor Talgron quedó conmocionado ante la proclama, aturdido y horrorizado ante la idea de que un mundo entero que podía ser conducido hasta la Verdad Imperial se viera condenado a la muerte simplemente por… ¿qué? ¿Por la impaciencia del Emperador? Inmediatamente se sintió avergonzado, la culpabilidad creció en su interior sólo de pensar en tal blasfemia. Cuando hubiera acabado esta guerra, juró que trataría de purificarse de estos pensamientos mediante horas de penitencia y de autoflagelación.
Sin embargo, tras recuperarse del asombro inicial ante las órdenes de Lorgar, todos los capitanes de la XVII Legión, incluido Sor Talgron, se dedicaron con toda su alma a los preparativos para la inminente guerra con una concentración que rayaba el fanatismo. Era un guerrero de Lorgar, se recordó a sí mismo Sor Talgron, no era su misión interpretar las órdenes de sus superiores. En primer lugar, y ante todo, era un guerrero, y luchaba donde y contra quien le ordenaran.
Menos de veinticuatro horas después, más de ciento noventa millones de personas habían muerto, más del noventa y ocho por ciento de la población del mundo condenado.
Los cruceros y las demás naves de batalla asignadas a la Cuadragésimo Séptima Flota Expedicionaria se colocaron en órbita alta, y durante doce horas seguidas lanzaron su carga de muerte sobre el condenado planeta asolado por las tormentas. Los torpedos ciclónicos y andanadas infernales concentradas atravesaron las nubes de tormenta que envolvían aquel mundo. Continentes enteros desaparecieron entre las llamas.
Sólo una ciudad sobrevivió a la masacre. Era donde se encontraba el gobierno del planeta y el centro de sus creencias blasfemas. Protegido bajo una burbuja de energía abrasadora se encontraba el profano palacio templo del enemigo, una estructura tan grande como la propia ciudad. No deseando permitir que ni un solo blasfemo pagano permaneciera con vida, pues eso habría ido en contra de las órdenes de su señor, cinco compañías enteras de la XVII Legión se movilizaron y desembarcaron en la superficie del planeta para acabar el trabajo.
Sor Talgron encabezó la Trigésimo Cuarta compañía durante el desembarco en Cuarenta y Siete Dieciséis. Las Stormbird transportaron a sus leales hermanos de batalla astartes a través de la atmósfera tormentosa. A pesar de la potencia del ataque preliminar previo al desembarco terrestre, pronto se hizo evidente que las defensas del enemigo no habían sido totalmente neutralizadas. Unos cegadores arcos de energía surgieron de la superficie y barrieron del cielo a varias de las Stormbirds incluso antes de que hubieran entrado en la atmósfera del planeta, por lo que se perdió la vida de al menos un centenar de preciados hermanos de batalla en un instante.
Sor Talgron ordenó a las Stormbirds variar su trayectoria, y envió un rápido aviso a sus hermanos capitanes de la Cuarta, Séptima, Novena y Decimoséptima compañías que seguían detrás de la suya, aconsejándoles que realizaran el descenso utilizando un ángulo de entrada distinto. Mientras sus comunicaciones de voz estaban siendo enviadas, la Stormbird de Talgron fue alcanzada; perdió una de las alas y se le cortocircuitaron los controles, lo que provocó que iniciara una fatal caída en picado siguiendo una espiral hacia el suelo. Las compuertas de asalto fueron expulsadas y, a diecinueve mil quinientos metros de altura, Sor Talgron saltó de su Stormbird de color gris granito, encabezando a sus marines espaciales hacia las ruinas de la ciudad situada bajo ellos mientras sus retrorreactores cobraban vida.
La ciudad enemiga en ruinas se aproximaba bajo sus pies mientras las escuadras de asalto de Sor Talgron atravesaban las nubes de tormenta, descendiendo a gran velocidad gracias a los poderosos motores de sus retrorreactores. Desde la altura en que se encontraban, se distinguía perfectamente la curvatura del mundo, y los restos dispersos de una ciudad arrasada por el bombardeo se extendía en todas direcciones hasta donde podía verse. En el centro de la destruida ciudad se encontraba una cúpula resplandeciente, una rayo de energía en la carne ennegrecida por el fuego del suelo enemigo.
Esa cúpula tenía unos veinte kilómetros de diámetro, y se elevaba desde el suelo hasta una cuarta parte de esa distancia. A su alrededor brillaron arcos relampagueantes. Mientras descendían hacia la ciudad, que bajaban de los cielos y subían desde el suelo. El capitán de la Trigésimo Cuarta compañía identificó con calma la zona de aterrizaje y transmitió las coordenadas a sus hombres.
Aterrizaron a cinco kilómetros de la cúpula centelleante. La ciudad enemiga era una única gran superestructura de centenares de niveles de altura, con grandes avenidas que parecían valles entrecruzados por miles de pasos arqueados y alineados por balconadas y terrazas. La mayor parte de todo esto había sido destruido, pero había sobrevivido más de las que Sor Talgron esperaba. El material vidrioso con que se construía todo en este mundo era aparentemente más resistente de lo que se podía esperar. Antes de iniciarse el bombardeo, la ciudad debía tener un aspecto magnífico, aunque Sor Talgron consideraba tal opulencia tremendamente sospechosa. La belleza, consideraba, debe ser contemplada con desconfianza.
Nada vivo había sobrevivido al brutal bombardeo en el exterior del brillante domo. Los habitantes de Cuarenta y Siete Dieciséis que se habían visto expuestos a toda la potencia del bombardeo habían quedado destrozados, carne, músculos y huesos instantáneamente consumidos en las ardientes llamas, dejando únicamente círculos de cenizas allí donde se encontraban como muda evidencia de que siquiera hubieran existido. Los cuerpos carbonizados de millones, de aquellos que se encontraban en el interior de un edificio cuando se inició el bombardeo, se veían yaciendo a través de las cristaleras de los edificios de Cuarenta y Siete Dieciséis. Decenas de miles de ellos fueron descubiertos en los profanos templos-iglesia que abundaban en la ciudad, su carne fusionada en obscenas uniones de masas de carne casi totalmente irreconocibles como humanos.
La escala de la matanza era realmente impresionante.
Las cápsulas de desembarco caían como una letal lluvia de meteoros desde las barcazas de batalla en la atmósfera superior. Docenas fueron destruidas mientras atravesaban las tormentas, y sus ocupantes murieron al instante.
Al principio pareció que no iban a enfrentarse a ninguna resistencia terrestre, pero después aparecieron las primeras máquinas de guerra robóticas de tres patas, que pasaron indemnes a través del centelleante escudo del domo para enfrentarse a ellos lanzando relámpagos desde sus brazos artillados, y se inició la batalla.
El mundo envuelto en las tormentas se encontraba en sus últimos estertores de muerte. Los rayos rasgaban la irregular línea del cielo. Los destellos eléctricos eran constantes, un cegador resplandor estroboscópico que sumía las ruinas asoladas por la batalla de la superestructura alienígena en un extraño brillo. El corazón primario de Sor Talgron estaba latiendo con fuerza, bombeando sangre súper oxigenada por sus venas. Las glándulas adrenales híper estimuladas se pusieron en acción, incrementado su agresividad y lanzando nueva energía a toda velocidad través de su sistema nervioso. El olor a ozono y a descargas eléctricas le golpeaban con fuerza las fosas nasales.
Se apretó con fuerza contra una columna de cristal rota, poniéndose a cubierto mientras otra de las máquinas de guerra del enemigo disparaba un rayo domesticado hacia él. El crepitante rayo de energía golpeó la columna a medio metro de distancia, lanzando chispas de energía que recorrieron toda su superficie. Mascullando una maldición, Sor Talgron colocó un nuevo cargador en la pistola bólter. Un trueno rugió ensordecedor por encima de su cabeza, un incesante rugido que hacía reverberar las entrañas del capitán de los marines espaciales.
Otro rayo impactó, esta vez alcanzando a uno de sus guerreros, el hermano Khadmon, justo en el pecho, mientras trataba de ponerse a cubierto. El guerrero astartes fue lanzado hacia atrás por la fuerza del impacto y acabó chocando contra otra columna con una fuerza capaz de partirle todos los huesos. Resbaló hasta el suelo con la armadura ennegrecida y burbujeando, y Sor Talgron comprendió que estaba muerto. Khadmon siguió agitándose durante varios minutos mientras las descargas eléctricas danzaban por su cadáver. Su carne se había cocido dentro de la servoarmadura, y las entrañas y la sangre le hirvieron, pues el calor generado por las armas del enemigo era fácilmente equiparable al de los cañones láser que llevaban las escuadras de devastadores.
Sor Talgron lanzó un rugido. Demasiados de los hermanos de su compañía habían muerto ese día, y sintió como crecían su rabia y su resentimiento.
El apotecario Uhrlon ya se estaba dirigiendo hacia el guerrero caído, exponiéndose de forma arriesgada al fuego enemigo al saltar hacia el astartes muerto para arrastrar el cadáver y ponerlo a cubierto.
—Date prisa, apotecario —gritó Sor Talgron—. No podemos quedarnos aquí. ¡Tenemos que tomar esas columnas!
No era la primera vez que Sor Talgron rezaba para que el plan de Kol Badar funcionara. Si las columnas quedaban destruidas, ¿causaría eso un agujero en la aparentemente impenetrable cúpula escudo, tal y como el sargento había predicho? El creía que era posible, pero si Kol Badar estaba equivocado, antes de acabar el día muchos más de sus hermanos morirían.
Observó por un instante al apotecario realizando la desagradable labor de extraer el preciado material genético del hermano Khadmon. El reductor chirrió al penetrar el blindaje de ceramita y la carne de Khadmon, manchando su armadura de sangre.
Más relámpagos golpearon a su alrededor. Ningún otro de sus guerreros se vio atrapado en las letales explosiones, pero sólo era cuestión de tiempo que el enemigo los flanqueara, recolocándose de forma que tuviera una línea de visión clara de sus posiciones. Las máquinas de guerra robóticas eran unos enemigos formidables. En vez de ser autómatas sin inteligencia y, por tanto, predecibles, habían demostrado ser astutos y peligrosos enemigos, adaptándose constantemente y refinando sus tácticas y estrategias para derrotar con facilidad a los invasores.
Inteligencia artificial.
Una cosa así era una abominación.
El propio Emperador había decretado que ese tipo de investigación estaba prohibida, parte del gran pacto realizado entre Terra y Marte, y actuar en contra de la palabra del Emperador era una herejía de primer orden. Que los habitantes de Cuarenta y Siete Dieciséis no pudieran saberlo no tenía la menor relevancia.
—Escuadra Tertius, ¿me reciben? —dijo Sor Talgron a través de su comunicador.
—Sí, capitán —le llegó la pronta respuesta de una voz apagada y falta de cualquier emoción—. ¿Ordenes?
—Os necesito aquí. Estamos empantanados. El enemigo ha ocupado posiciones en una terraza fortificada. La distancia es… —se volvió hacia el hermano sargento más próximo, el hermano Arshaq.
—Ciento cuarenta y dos metros, elevación ochenta y dos grados —dijo el sargento Arshaq, arriesgándose a echar un vistazo desde el borde de la columna para observar al enemigo. Volvió a ponerse a cubierto cuando le dispararon varios rayos que alcanzaron la columna de cristal con fuerza demoledora.
—¿Lo ha oído, Tertius? —dijo Sor Talgron por el comunicador.
—Afirmativo —confirmó la escuadra Tertius—. Estamos en camino.
Estaban situados en una de las elevadas pasarelas volantes que cruzaban los inmensos valles construidos por el hombre para separar las diferentes secciones de la superestructura de la ciudad, atrapados en esa posición por la intensidad del fuego enemigo.
Al mirar hacia abajo. Sor Talgron distinguió a los miles de hermanos de batalla acorazados acompañados por docenas de tanques de la legión, que luchaban ferozmente por cada metro de terreno mientras se acercaban al centelleante escudo-domo desde todas direcciones.
Los destellos de los proyectiles procedentes de los miles de bólters se veían desde la distancia como si se encendieran una gran cantidad de velas, mientras que el rugir de las armas era ahogado por el constante retumbar de los truenos sobre sus cabezas. Los misiles dejaban rastros de humo a su paso mientras se dirigían hacia el enemigo, un letal ejército robótico que no conocía ni el miedo ni la piedad, y las sobrecalentadas armas de plasma al vomitar su carga dejaban marcas indelebles de calor en las retinas.
Las engañosamente delicadas máquinas de guerra del enemigo avanzaban en medio del caos sin sufrir apenas daños. Sus ágiles piernas insectoides las hacían avanzar inexorablemente, atravesando firmemente la lluvia de fuego bólter, todas ellas protegidas por una esfera de relámpagos que centelleaba y chisporroteaba al absorber el fuego enemigo. Su fuego de respuesta estaba causando un terrible número de bajas, sus armas de rayos estaban masacrando a los astartes y hacían volar por los aires a los Predators y los Land Raiders.
El fuego concentrado de cañones láser golpeaba una y otra vez los escudos de las máquinas, finalmente sobrecargando algunos de ellos y destruyendo totalmente las máquinas robóticas, pero la cantidad de fuego requerida para neutralizar una sola de las máquinas era exageradamente elevado.
Los aspectos prácticos de la guerra y las dificultades de la misión le ocupaban la mente, por lo que Sor Talgron había dejado a un lado sus reticencias morales respecto a la validez de esta guerra. Que los humanos de Cuarenta y Siete Dieciséis eran divergentes era algo innegable. Su falta de arrepentimiento y disposición a construir máquinas pensantes era suficiente para condenarlos a todos.
Pero a pesar de ello, el capitán de la Trigésimo Cuarta compañía no podía evitar sentir piedad por aquellos a los que a su legión se le había ordenado exterminar. Una punzada de remordimiento le atravesó, aturdiéndole por la fuerza de la emoción.
¿Por qué el Emperador no le había permitido a la XVII Legión al menos intentar conducir a Cuarenta y Siete Dieciséis hacia la Iluminación?
Desde el aterrizaje, Sor Talgron no había visto ni un solo ser humano, todo a lo que se habían enfrentado hasta ese momento eran sus máquinas de guerra, aunque los ensangrentados, desmembrados y destrozados restos de los habitantes estaban por doquier.
—Aquí llegan —dijo el sargento Arshaq, sacando a Sor Talgron de su ensoñación.
La escuadra Tertius llegó golpeando desde abajo, tres formas grisáceas parecidas a cajas moviéndose a gran velocidad. Eran las últimas innovaciones de las forjas de Marte, y los pilotos de los land speeders aceleraron sus motores gravíticos para hacer una pasada lateral, oscilando al avanzar para evitar el fuego dirigido contra ellos. Aullaron bajo la pasarela en la que Sor Talgron y su escuadra de veteranos se habían parapetado, con los motores rugiendo al acercarse a la posición que había proporcionado el sargento Arshaq, y al elevarse empezaron su pasada de ametrallamiento, vomitando fuego con todas sus armas.
Los bólters pesados dispararon cientos de proyectiles explosivos de alta velocidad sobre las máquinas, y los multicañones de fusión aullaron al disparar descargas sobrecalentadas sobre el enemigo, sobresaturando sus escudos y fundiendo las máquinas de guerra robóticas.
—Objetivos neutralizados —dijo la voz del líder del escuadrón de land speeders mientras pasaban por debajo del puente que atravesaba el valle artificial de edificios de cristal antes de dar una amplia vuelta para volver a pasar por encima de él.
—Buen trabajo, Tertius —dijo Sor Talgron, poniéndose una vez más en marcha.
Las brillantes matrices de objetivo de color verde centellearon ante sus ojos. La corriente de datos informativos recorrió su iris al centrarse en la localización del objetivo de su siguiente salto. A doscientos setenta y cuatro metros, le informó la pantalla de su casco.
Les proporcionó las coordenadas del salto a sus hermanos de batalla con voz precisa. Las confirmaciones a sus órdenes se sucedieron y, sin más dilación, Sor Talgron empezó a correr hacia la baja balaustrada de la pasarela. Poniendo un pie sobre la barandilla, se lanzó al vacío.
Antes que la fuerza de la gravedad empezara a arrastrarlo hacia el suelo, sus retrorreactores rugieron al cobrar vida. Sus poderosos motores vectoriales aullaron, y aceleró por el aire en una trayectoria directa, vomitando llamas y un denso humo negro que dejaban un rastro a su paso.
Los hermanos de batalla de la Trigésimo Cuarta compañía saltaron al vacío detrás de su capitán, dejando un rastro de llamas y humo a su paso. Sor Talgron no podía ver más de sus escuadras de asalto a lo lejos, dirigiéndose hacia sus objetivos como luciérnagas, dejando un rastro de fuego al ascender precipicios verticales y atravesar grandes abismos entre estructuras de cristal mediante asombrosos saltos, tratando de evitar el grueso del fuego enemigo.
Unos visores de objetivo aparecieron en los límites de su visión, atrayendo su atención. Giró la cabeza para ver otro grupo de máquinas de guerra enemigas avanzando rápidamente por una terraza construida en el lateral de una sección de acantilado en la superestructura de la ciudad. Elevaron los brazos en que llevaban el armamento y apuntaron en dirección a Sor Talgron y su escuadra de veteranos, y éste vio como las chispas comenzaban a acumularse en sus extremidades argénteas.
Sor Talgron gritó una advertencia y se lanzó en un picado descontrolado que lo llevó fuera de su trayectoria inicial. Una fracción de segundo después, tres cegadores rayos se dirigieron hacia su posición. Unos ensordecedores crujidos supersónicos acompañaron esa descarga, aunque los sistemas compensadores de su casco hicieron que el ruido fuera soportable.
Dos guerreros de la escuadra de asalto de veteranos de Talgron fueron alcanzados y derribados por los rayos de energía. La electricidad saltó de sus cuerpos a los de sus compañeros más próximos, cortocircuitando los sistemas de vida y destruyendo los sistemas de selección de objetivos.
—A por ellos —dijo Sor Talgron, girando en el aire hacia el enemigo cuando los hermanos de batalla alcanzados todavía no habían empezado a caer hacia el caos del combate a nivel de suelo, dejando atrás una estela de humo. Acelerando los motores de sus retrorreactores, lleno de rabia al pensar en los camaradas muertos, el capitán de la Trigésimo Cuarta compañía dirigió su vuelo para caer entre las máquinas enemigas.
Había tres máquinas, a las que apuntó con su pistola bólter, y empezó a disparar mientras descendía hacia ellas, enviando con cada presión del gatillo un proyectil de masa reactiva aullando hacia su objetivo. Los escudos de relámpagos centellearon al activarse alrededor de los robots enemigos, destruyendo sus proyectiles con destelleantes impactos sobre su superficie.
Varias descargas de rayos surgieron hacia los portadores de la palabra en descenso, haciendo que el aire crepitara y reverberara saturado de energía, y Sor Talgron recibió la información de que otro de sus guerreros había muerto.
Furioso, y ansioso por descargar toda su rabia sobre estos enemigos no vivos, Sor Talgron se apresuró a aterrizar, acercándose a la terraza de cristal a gran velocidad. Los motores vectoriales de su retrorreactor se giraron hacia el suelo al propulsar las piernas hacia delante, y una fuerte descarga frenó su descenso.
Las botas le resbalaron en la pulida superficie de la terraza en cuanto la tocó. Su poderosa maza de energía estuvo inmediatamente preparada, emitiendo una energía desgarradora al presionar el botón de activación. Aunque las pantallas de energía que habían protegido a las máquinas podían fácilmente evitar un impacto directo de bólter, Sor Talgron había descubierto que proporcionaban mucha menos protección ante los golpes asestados en combate cuerpo a cuerpo o los disparos realizados a bocajarro. Por tanto, era imperativo reducir las distancias.
La visión de las máquinas enemigas desde tan cerca le llenó de aversión. Eran abominaciones.
No eran más que burlas sintéticas de los humanos, siendo su mera existencia una ofensa. Tal vez había estado equivocado al pensar que esta guerra era injustificada, se planteó Sor Talgron al mirar una de estas formas blasfemas.
Eran casi tan altas como un dreadnought, aunque eran mucho menos corpulentas que las letales máquinas de guerra de las Legiones Astartes. Cada una de ellas tenía un torso parecido al de un humano hecho del mismo material cristalino semitransparente con que se había construido la ciudad, tal vez construido así por sus propiedades no conductivas, y tenían una cabeza sin rasgos faciales pero cubierta de circuitos que se comunicaban con sus hombros. En vez de piernas humanoides, cada máquina tenía tres delgadas piernas insectoides con múltiples articulaciones, de unos tres metros de longitud si se extendieran hasta ponerse totalmente rectas. Estas piernas daban a las máquinas un preocupante aspecto arácnido, como una deforme amalgama de hombre y araña, aunque no había nada orgánico en ellas.
Los brazos de las máquinas era como los de los hombres, excepto por el hecho de que los antebrazos estaban rematados por unas largas y puntiagudas protuberancias argénteas en vez de manos. La electricidad crepitaba entre estos brazos cuando se unían.
Unas venas de plata recorrían los cuerpos de las abominaciones hasta llegar a sus «corazones», los centros de energía que controlaban la potencia de las tormentas en el centro de sus torsos. Los impulsos eléctricos parpadeaban a través de los conductos metálicos, aparentemente proporcionando la energía para todas sus funciones: movimiento, pensamiento, armamento y los campos de energía que los hacían invulnerables al fuego de largo alcance.
Las máquinas se movían con la precisión de las aves cazadoras zancudas reaccionado al ataque de los portadores de la palabra. Surgieron oscuras llamaradas vomitadas por los retrorreactores de los astartes que iban llegando junto a Sor Talgron y desplegándose a su alrededor. Las pistolas bólter rugieron y los lanzallamas vomitaron su carga, bañando las máquinas robóticas en promethium sobrecalentado, aunque lo peor de los ataques fue naturalmente desviado por las protectivas pantallas de relámpagos que brillaban alrededor de las máquinas.
Sor Talgron saltó sobre la más próxima de las abominaciones con un rugido.
La máquina inteligente se apartó de su trayectoria y juntó los dos brazos con el rugido de un trueno. Una serrada lanza de luz brilló hacia el capitán de la Trigésimo Cuarta compañía, pero éste había previsto el ataque y se había apartado a un lado. El crepitante arco eléctrico se dirigió hacia él, haciendo que los pergaminos de juramento fijados a su hombrera ardieran.
Redujo rápidamente la distancia, dándose cuenta que la abominación necesitaba un tiempo para recargar su arma de rayos. Con un golpe de su crepitante maza alcanzó el escudo de la máquina, y se produjo un fuerte olor a ozono cuando las dos fuentes de energía chocaron con un ensordecedor crujido. La esfera de energía quedó destruida por el golpe, lanzando chispas de energía por toda el arma de Sor Talgron mientras el escudo se disipaba.
Acercándose más y gruñendo por el esfuerzo, Sor Talgron golpeó una vez más con su maza de energía, alcanzando una de las piernas insectoides de la máquina. Aunque tenían un aspecto frágil, eran tan duras como el plastiacero templado, y aunque aparecieron miles de microfracturas por toda la extremidad, no se partió.
Un doloroso sonido aullante, algo parecido al canto musical de un pájaro, surgió de la máquina de guerra. Trató de apartarse de él, pero la pierna dañada se dobló en cuanto tuvo que soportar su peso, y cayó al suelo.
Sor Talgron se acercó más a la caída máquina mientras ésta trataba frenéticamente de ponerse en pie. Sus dos piernas intactas resbalaban en el pulido suelo de la terraza cristalina, y volvió a emitir un doloroso canto de pájaro, parecido a un silbido. Golpeó con sus dos brazos, lanzando descargas aleatoriamente que fallaron por poco. Sor Talgron apoyó su pesada bota sobre el pecho de la máquina y golpeó con su pesada maza de energía en la cabeza, rompiéndola. Saltaron chispas de su cráneo roto, y el centro de energía colocado en el pecho se apagó, lo que causó que las venas argénteas que recorrían su cuerpo se oscurecieran y quedaran sin vida.
El escudo de otra de las máquinas había sido destruido, y los impactos de las armas de fusión hicieron que el fundido torso de la máquina se convirtiera en ríos de lava cristalina sobrecalentada que fluían por sus extremidades hasta llegar al suelo con un silbido. Volviéndose, Sor Talgron disparó su pistola bólter a la última de las máquinas, pero la pantalla de energía se activó al contacto con los proyectiles bólter, absorbiendo toda su potencia.
Sus brazos se unieron con un crujido ensordecedor, y otro de los veteranos de Sor Talgron murió, levantado del suelo y lanzado al vacío con el cuerpo envuelto en descargas eléctricas.
El hermano sargento Arshaq se lanzó contra la máquina desde un lateral. Golpeó con su inmenso puño de combate, desactivando con el golpe el escudo de la máquina en medio de una poderosa explosión de energía.
Con las pistolas bólter trepidando en sus manos, Sor Talgron y sus veteranos se dirigieron hacia la desprotegida máquina. Esta trastabilló bajo los impactos, emitiendo dolorosos gritos de pájaro. Aparecieron grietas como telarañas en su torso y cabeza. El sargento Arshaq le colocó otro proyectil en su cráneo artificial cuando se tambaleó. La munición explosiva encontró una grieta y detonó en el interior de la cabeza de la máquina, lanzando fragmentos de cristal en todas direcciones.
Sin embargo, incluso muertas eran un enemigo formidable. Siguió moviéndose, trastabillando como si estuviera borracha, lanzando chispas por el cuello. Sus brazos se agitaron y, al volverse hacia Sor Talgron se unieron, lanzando un letal relámpago hacia él, acompañado de un ensordecedor crujido.
Talgron lo vio venir y logró doblar su cuerpo de forma que no le alcanzara con toda la fuerza del impacto, pese a lo cual salió despedido por los aires. Su visión se ennegreció al fundirse las lentes fotocromáticas de su casco a causa del intenso calor. El acre olor de los cables y conductos licuados llenó su casco. Se estrelló contra una pared y agrietó su superficie cristalina por la fuerza del impacto. Girando por la angulosa superficie de la pared, Sor Talgron cayó por el borde de la terraza.
Estaba en caída libre con los brazos y las piernas agitándose salvajemente. Aunque seguía cegado, giró en el aire tratando de encontrar un asidero. Sus dedos cubiertos de ceramita simplemente arañaban el cristal, emitiendo un fuerte chirrido.
De repente, su caída se frenó de golpe al estrellarse en una terraza inferior con una fuerza demoledora que agrietó la superficie. La caída libre de treinta metros sin duda habría matado a un hombre normal, pero Sor Talgron se puso de rodillas tambaleándose, con todos los huesos magullados, pero ninguno roto. De su chamuscada servoarmadura salía humo y algunas chispas eléctricas recorrían su cuerpo. Sor Talgron se quitó el casco dañado. Viendo que había quedado inservible a causa de la descarga eléctrica, lo tiró lejos. La cara se le enrojeció de rabia.
El olor a carne quemada, su propia carne, era fuerte, y tuvo que parpadear al quedar momentáneamente cegado por un relámpago que rasgó los cielos.
Mientras que muchos de sus hermanos de batalla de la XVII Legión tenían el porte noble de su primarca, Sor Talgron tenía la cara de alguien nacido para luchar, con rasgos amplios y gruesos, y una nariz que había sido rota tantas veces que ya no era más que un pedazo de carne pegado a su cara. Frunció siniestramente el entrecejo y maldijo mientras se ponía trabajosamente en pie, con todos los músculos protestando.
El sargento Arshaq, vomitando llamas por su retrorreactor, aterrizó junto a él, seguido de cerca por el resto de miembros de la escuadra de veteranos Helikon.
—¿Está bien, capitán? —le preguntó el sargento.
Sor Talgron asintió con la cabeza.
—¿Y la máquina? —le preguntó.
—Destruida —confirmó Arshaq, tendiendo la mano a su capitán—. El camino hasta el escudo-domo está despejado.
Sor Talgron aceptó la mano tendida de Arshaq, permitiendo que el sargento veterano lo ayudara a ponerse en pie. Los últimos vestigios de la electricidad que lo había envuelto saltaron entre sus guanteletes y subieron por el brazo de Arshaq. Dándole las gracias con un movimiento de cabeza, Sor Talgron se volvió hacia el centelleante escudo-domo, protegiéndose la vista de su brillo.
Se encontraban tan sólo a unos quinientos metros del escudo de relámpagos, y el aire crepitaba con intensidad, haciendo que se le erizara su corto cabello negro.
La potencia de fuego dirigida contra el inmenso domo desde el suelo era tremenda. Cientos de tanques estaban bombardeando los lados curvos y parpadeantes del escudo a una escala que habría derruido bloques enteros de una ciudad. Media legión de titanes, unas máquinas de destrucción inmensas fabricadas por los adeptos de Marte y que eran tan altos como los edificios, liberaban todo su poder contra el escudo, pero ni siquiera ellos, que se encontraban entre las armas más potentes que el Imperio de la Humanidad era capaz de construir, parecían tener mucho efecto.
Desde el interior del escudo-domo, más blasfemas máquinas de guerra del enemigo atravesaban el escudo sin ningún problema, protegidas en sus burbujas de energía. Salían para enfrentarse a los portadores de la palabra en las calles inferiores, avanzando en líneas irregulares, lanzando relámpagos desde sus brazos argénteos al juntarlos. Sor Talgron se preguntó cuantas máquinas más como aquéllas tendría el enemigo.
El portador de la palabra quedó casi cegado cuando otro abrasador ataque orbital partió el cielo y atravesó la atmósfera superior para golpear la parte superior del escudo. Sin embargo, éste aguantó, como una barrera impenetrable que parecía imposible de romper por mucha potencia de fuego que se le lanzara.
—Realmente espero que este plan de Kol Badar funcione —dijo el sargento Arshaq.
—Yo también, amigo mío —respondió Sor Talgron.
Sus ojos se fijaron en las inmensas torres en forma de columna que formaban el perímetro del escudo-domo. Cada una de ellas era alcanzada una y otra vez por los rayos procedentes de las tumultuosas nubes de tormenta, y un intenso zumbido de energía reverberaba en estas gigantescas construcciones cuando la energía crecía en su interior. Varias veces por minuto, esta energía dominada era expulsada de una de las torres en forma de grandes arcos eléctricos que golpeaban las calles más abajo, donde alcanzaba a los tanques y a las escuadras de astartes con rayos ensordecedores que mataban a varias docenas con cada impacto.
Mientras Sor Talgron y la escuadra Helikon observaban aquella destrucción, la electricidad saltó de una de las torres de plata formando una línea serrada que alcanzó a uno de los gigantescos titanes clase Warlord que bombardeaba el escudo-domo desde lejos. El cataclísmico sonido de la descarga les alcanzó una fracción de segundo después, un sonido que a punto estuvo de perforar los desprotegidos oídos de Sor Talgron. Los escudos de vacío del titán quedaron sobrecargados por la fuerza del impacto y la máquina trastabilló hacia atrás como si le hubiera dolido. Otro inmenso rayo de energía procedente de las torres alcanzó al titán en la cabeza mientras aún trataba de alejarse del peligro, y el coloso de cuarenta metros de altura tropezó, cayendo encima de un par de carros de combate Leman Russ, a los que aplastó como si fueran de papel.
Intercaladas entre estas torres había otras más pequeñas que, aunque también eran frecuentemente alcanzadas por la furia de la tormenta, cuando descargaban su poder no lo hacían hacia los astartes, sino hacia el propio escudo-domo. Sor Talgron había estudiado estas torres desde lejos y creía que Kol Badar estaba en lo cierto al suponer que éstas eran las que mantenían el escudo intacto. Los rayos que absorbían se dirigían desde sus formas argénteas hacia el escudo, reforzándolo y manteniendo su solidez. Éstos eran los objetivos de Sor Talgron, pues creía que si eran destruidos, el escudo caería.
Localizadas en lo alto de la superestructura, eran un objetivo difícil de alcanzar por las fuerzas terrestres, y las torres defensivas que las rodeaban derribarían cualquier aeronave que se acercara para bombardear las torres-columna. Por eso sus escuadras de asalto eran las encargadas de realizar el ataque. Sin embargo, menos de una cuarta parte de sus guerreros equipados con retrorreactores habían logrado llegar hasta allí, pues La fuerza de la resistencia enemiga se había subestimado. Apenas disponía de suficientes escuadras de Asalto para destruir dos de las torres, y no tenía ni idea de cuántas serían suficientes para causar un efecto real en el escudo.
Aún así, no pensaba retroceder.
Veía a las figuras grises acorazadas a lo lejos, con fuego y humo dejando un rastro tras ellas, saltando hacia las torres que había designado como objetivos. Había llegado el momento de poner a prueba la teoría de Kol Badar, y una vez: más rezó para que ésta funcionara.
—Ha de funcionar —dijo torvamente Sor Talgron para sí mismo. Respiró profundamente y a continuación abrió el canal de comunicación con sus escuadras de asalto.
—Informen —dijo.
—Primera oleada, objetivo asegurado —gruñó la voz de Kol Badar, su sargento veterano más fiable, y quien había sugerido este curso de acción. Tácticamente astuto y valiente en combate, Sor Talgron sabía que lo lograría—. Esperamos su señal —dijo el sargento.
—Segundo objetivo asegurado, capitán —dijo el sargento Bachari al mando de la segunda oleada—. Cargas de fusión colocadas en posición.
Desde su posición, Sor Talgron veía a los guerreros de la segunda oleada de Bachari a lo lejos, rodeando la fina torre de plata que había sido designada como su objetivo, a menos de cincuenta metros del parpadeante velo. La primera oleada de Kol Badar estaría rodeando una torre parecida, cincuenta metros más arriba en la estructura.
—¿Sargento Paeblen? ¿La escuadra Lementas ha asegurado el tercer objetivo? —preguntó Sor Talgron.
—Estamos combatiendo al enemigo, capitán —dijo al voz de Paeblen. Como ruido de fondo podía oírse el sonido de rugientes espadas sierras, astartes gritando y armas disparando. Se produjo una fuerte explosión, y la comunicación se cortó abruptamente, siendo sustituida por la estática del ruido blanco. Un instante después, una nueva voz crepitó en el comunicador.
—Aquí el hermano Aecton, capitán —dijo la voz.
—Adelante, hermano —respondió Sor Talgron.
—El sargento Paeblen ha caído, capitán —dijo el hermano Aecton—. He tomado temporalmente el mando de la tercera oleada.
Aecton era un miembro experimentado de la escuadra Lementas, un veterano curtido por las batallas en quien Sor Talgron sabía que podía confiar para mantenerse firme incluso en las peores situaciones. Como miembro más veterano de la escuadra Lementas, le correspondía a él tomar el mando si algo le sucedía a su sargento. Un instante después el comunicador crepitó y pudo oírse una vez más la voz de Aecton.
—Objetivo asegurado. Cargas de fusión en posición.
—Buen trabajo, hermano Aecton —dijo Sor Talgron.
—A todas las escuadras, activen las cargas a mi señal —dijo Sor Talgron. Se volvió hacia el sargento Arshaq y asintió solemnemente con la cabeza.
—Ha llegado el momento de la verdad —remarcó el sargento.
Sor Talgron hizo una mueca.
—Háganlo —dijo.
Las bombas de fusión colocadas alrededor de la base de las tres torres argénteas detonaron simultáneamente. Por un instante, Sor Talgron no vio ningún efecto aparente, y estuvo convencido de que el plan había fallado. Entonces vio que una de las tres torres objetivo empezaba a temblar. Como las cargas de fusión habían convertido su base en una masa sobrecalentada de líquido hirviendo y gases, la torre empezó a combarse. Con un gruñido metálico, acompañado por una salvaje descarga de electricidad, la torre de un kilómetro de altura colapso y cayó hacia dentro, directamente hacia el escudo-domo.
Cuando la primera de las torres empezó a caer lentamente hacia el escudo-domo, las otras dos también empezaron a oscilar y colapsarse, cayendo, lentamente al principio, pero incrementando paulatinamente su velocidad.
Si la caída de las torres tenía algún efecto en el conjunto, creando una brecha en algún punto del escudo, Sor Talgron estaba convencido que no sería más que un agujero momentáneo.
—¡Ahora! —rugió Sor Talgron, saltando hacia el aire con su retrorreactor vomitando llamas para conducirle en dirección a la cúpula. Aceleró rápidamente, los motores de su retrorreactor trabajando duramente contra la fuerza de la gravedad.
Notó el poder del escudo-domo intensificándose a medida que se acercaba, haciendo que su piel se erizara y sus tímpanos reverberaran dolorosamente. No estaba a más de cincuenta metros del velo cuando cayó la primera torre, causando una explosión de luz y electricidad mucho más intensa de lo que había visto hasta ese momento.
Un instante después, las otras dos torres también cayeron, creando una cegadora descarga de electricidad. Los rayos de energía saltaron salvajemente entre las tres torres de plata, y un desgarro apareció momentáneamente entre ellos, un agujero en la estructura del domo.
Sin frenar, Sor Talgron modificó la trayectoria hacia aquel hueco temporal, forzando los motores de su retrorreactor al límite, consumiendo rápidamente sus últimas reservas de combustible.
Unos serrados arcos de relámpagos crepitaron a través del agujero en el escudo-domo mientras el velo empezaba a reformar su impenetrable malla. Con un grito, Sor Talgron avanzó a mayor velocidad, a sabiendas de que era el momento decisivo, de que no había posibilidad de vacilar.
Rugió al pasar por el agujero, que disminuía con rapidez de tamaño, y todo su cuerpo se vio sacudido por un relámpago que lo atravesó, utilizando su carne como material conductor.
Su retrorreactor se cortocircuito completamente, chisporroteando y vomitando humo, aunque el impulso que llevaba le hizo atravesar el rápidamente menguante desgarro en el velo. Perdió y recuperó la visión de forma intermitentemente, y cayó como una piedra, con el cuerpo chamuscado, aterrizando pesadamente en un balcón palaciego dentro del parpadeante domo.
Sor Talgron sufrió unos cuantos temblores involuntarios durante unos instantes mientras los últimos vestigios de la electricidad le abandonaban, disipándose a través del pulido suelo de cristal. Se incorporó sobre una rodilla, y saliéndole humo de la piel quemada y apestosa de la cara, liberó los anclajes que tenía sobre su placa pectoral, dejando caer su ahora inútil retrorreactor, que produjo un fuerte golpe al llegar al suelo.
—Esto fue… muy poco agradable —dijo Arshaq, poniéndose a su vez en pie cerca de él. El tabardo color crema del sargento veterano colgaba de él convertido en unos harapos ennegrecidos por el fuego. Algunas partes del mismo todavía estaban en llamas, y Arshaq arrancó indiferente los restos de la tela, arrojándola lejos de él.
Tan sólo los guerreros de la escuadra Helikon habían logrado atravesar la grieta. Las otras tres escuadras de asalto supervivientes estaban atrapadas en el exterior del escudo-domo. Sor Talgron soltó una maldición.
Habían sido necesarias las caigas de fusión de todas sus escuadras para abrir las defensas del enemigo, por lo que no era una táctica que sus escuadras de asalto pudieran repetir, y tampoco podía contactar con sus hermanos marines espaciales en el otro lado para aconsejarles un nuevo curso de acción. Evidentemente, el escudo-domo bloqueaba las transmisiones de voz tan fácilmente como los repetidos ataques de las lanzas. El escudo-domo que lo abarcaba todo y dentro del cual se encontraban oscurecía todo lo que existía al otro lado.
A Sor Talgron le dolía bastante la cara chamuscada, pero hizo caso omiso de ese dolor y fijó la vista en la distancia.
La ciudad dentro del domo no se había visto afectada por la guerra, y era una visión realmente terrorífica. Los prístinos domos cristalinos, las torres de cristal y las pasarelas que los interconectaban brillando como una telaraña bañada en plata se extendían ante ellos.
Pero Sor Talgron no prestó atención a estas estructuras; estaba completamente concentrado en la gigantesca estructura de cristal que se veía a lo lejos, y en la gigantesca estatua que se levantaba sobre ella.
Sus ojos se entrecerraron al mirar la titánica estatua. Tenía más de un kilómetro de altura, un titánico coloso de plata y cristal que tenía la forma de un hombre con los brazos levantados. Los relámpagos del escudo-domo golpeaban las manos extendidas de la estatua cada pocos segundos, bañándola en destellos de energía parpadeante que envolvían sus brazos y torso.
Sor Talgron sintió una gran revulsión creciendo en su interior.
Esa no era la estatua de un heroico fundador o de una figura legendaria local, era una efigie del dios de los habitantes de Cuarenta y Siete Dieciséis.
—Entonces es cierto —dijo Arshaq con una nota de disgusto en la voz—. Esta gente son paganos idólatras.
—Lorgar, dame fuerzas —murmuró Sor Talgron.
—Capitán —dijo el sargento Arshaq, consultando su auspex—. Tenemos múltiples contactos moviéndose hacia nuestra posición. ¿Cuáles son sus órdenes?
—Vamos a dirigirnos hacia allí —dijo Sor Talgron, señalando hacia la estatua—. Y mataremos a cualquiera que encontremos. Ésas son nuestras órdenes.
Extrañamente, habían encontrado poca resistencia desde que habían atravesado el domo.
Tras la brutal batalla cerca del centro de la superestructura enemiga, la total ausencia de enemigos era espeluznante.
Atravesaron vastas pasarelas arqueadas de delicado cristal, moviéndose cuidadosamente hacia la gigantesca torre central. Cubriendo todos los ángulos y escaneando en busca de movimiento.
La batalla en el exterior de la esfera de relámpagos había sido extraordinariamente sangrienta, las máquinas de guerra artificiales eran enemigos tremendamente letales, ya que utilizaban armas como ninguna con la que se hubiera encontrado anteriormente las flotas de la cruzada, por lo que él sabía. Sin embargo, allí, dentro del protegido e impenetrable domo de energía, reinaba la paz, casi podía decirse que la serenidad. Se movían a través de abovedadas salas e inmensos pasadizos de aspecto catedralicio, sus pisadas resonando con fuerza entre el pulido cristal.
—Es como una tumba —comentó Arshaq.
Sor Talgron se vio obligado a estar de acuerdo. Casi deseaba que apareciera el enemigo, simplemente para romper la tensión. Casi.
Los portadores de la palabra avanzaron con precaución a lo largo de un amplio puente que conectaba dos centelleantes torres de cristal y se acercaron rápidamente a la estructura del templo central que se levantaba ante ellos como una exótica flor de cristal, encima de la cual se erigía una colosal estatua del falso dios del enemigo. Sor Talgron no podía mirar a la maligna estatua del dios de las tormentas sin sentir que se le revolvían las tripas.
En más de una ocasión había visto máquinas del enemigo pasando por puentes y pasarelas muy por debajo de ellos, dirigiéndose hacia el escudo-domo y la batalla que se libraba en el exterior, pero aparentemente totalmente desconocedores, o despreocupados, de los astartes que se encontraban dentro del escudo.
Parecía como si toda la superestructura de la ciudad continente enemiga se centrara alrededor de ese edificio extrañamente alienígena, y que todas las pasarelas, rampas y caminos elevados en el interior del velo condujeran hacia él. Sin duda, era una estructura muy importante, y Sor Talgron sintió con fuerza que los últimos vestigios de humanidad en este mundo condenado estaban ocultos en su interior.
Cubrieron los diez kilómetros hasta el corazón de la ciudad muy rápidamente, moviéndose a un paso ligero que eran capaces de mantener durante días.
Finalmente, llegaron hasta el edificio-templo central. La estatua del dios de las tormentas se levantaba encima de ellos, con los brazos bañados por los relámpagos. Estaban justo pasando por debajo de una gigantesca arcada para dirigirse a la estructura central, cuando el sargento Arshaq habló.
—Señales de vida —advirtió, consultando el auspex de la escuadra. Eran los primeros signos de vida que el aparato había detectado desde su llegada a Cuarenta y Siete Dieciséis.
Sor Talgron gritó una orden y la escuadra Helikon formó un perímetro defensivo alrededor de su capitán. Siguieron avanzando, acercándose cada vez más al gigantesco templo cilíndrico que se levantaba ante ellos.
Unos portales triangulares enormes habían sido cortados en los laterales del templo. El interior estaba iluminado por una cegadora luz, sin que pudiera distinguirse nada a causa de su brillo.
Con precaución, los portadores de la palabra avanzaron hacia el portal más cercano. Sor Talgron se protegió los ojos de la brillante luz. Había un delicado sonido que emanaba del interior, y con un movimiento de cabeza ordenó a la escuadra Helikon que entrara.
Dar un paso al interior fue como ser transportados a un lugar totalmente distinto. Sor Talgron sintió el cambio en el aire que le rozaba la piel quemada. El aire allí era frío y ligeramente fragante, mientras que en el exterior era cálido y saturado del acre olor a electricidad. Su mirada se vio inmediatamente atraída hacia arriba. La inmensa estructura estaba formada alrededor de un vasto pozo cilíndrico que desaparecía en la distancia por encima de sus cabezas. Esa amplia sala estaba iluminada por una brillante claridad que descendía desde arriba como una etérea cascada cayendo a cámara lenta. Un extraño sonido tintineante acompañaba esta luz faérica, algo parecido al sonido de campanas de cristal, con un fondo de zumbido de energía. Cientos de balconadas arqueadas y pasarelas rodeaban el pozo central, y diversos puentes entrecruzaban todo el lugar. Sor Talgron estaba tan concentrado en estas perturbadoras maravillas que apenas se dio cuenta de los panales de cristal que sellaban silenciosamente el portal detrás de ellos.
De pie en lo alto de un delgado pilar de cristal había una réplica exacta del coloso que se erigía medio kilómetro más arriba, aunque esta estatua no tenía más de cincuenta metros de altura. Su cabeza estaba echada extáticamente hacia atrás, y sus brazos dirigidos hacia el cielo en lo que podía ser un gesto de súplica o glorificación. Una luz parpadeante bañaba esta estatua en una brillante radiación.
El suelo se hundía bajo ellos en una serie de grandes escalones, cientos de ellos. Y en cada escalón habían innumerables figuras arrodilladas de hombres, mujeres y niños. Ésos eran los primeros habitantes que los portadores de la palabra habían visto desde su llegada a Cuarenta y Siete Dieciséis, los últimos habitantes del planeta.
Todos tenían la cabeza inclinada hacia el suelo en un gesto de oración, dirigidos hacia el ídolo de cristal de su profano señor de las tormentas. Sor Talgron calculó que debían de haber unas cuarenta mil personas que atestaban ese templo con forma de estadio. Todos ellos murmuraban en voz baja y se mecían de un lado a otro, como si estuvieran sumidos en trance. Nadie parecía haberse dado cuenta de la aparición de Sor Talgron y de la escuadra Helikon.
Sobre un palco en la parte inferior de los escalones circulares, un diminuto hombre viejo permanecía en pie, apoyado sobre un bastón de cristal y plata. Este levantó la cabeza, mirando a Sor Talgron y sus hermanos. No pareció sorprendido ni conmocionado ante su aparición; en vez de ello tenía una expresión lúgubre en su agrietada cara apergaminada.
—Permaneced junto a mí —dijo Sor Talgron—. No disparéis y seguid mi ejemplo.
Sus ojos estaban centrados en la figura que no podía ser otro que el líder religioso de la civilización enemiga. Con uno de ellos Kor Phaeron se había reunido hacía menos de dos días. Flanqueado por sus hermanos de batalla de la escuadra Helikon, empezó a descender los elevados escalones en dirección al líder enemigo.
A una orden no pronunciada, toda la congregación de hombres, mujeres y niños se puso en pie, volviéndose para encararse con los intrusos de su reino. Los portadores de la palabra apuntaron tensamente sus armas hacia la multitud. Sor Talgron esperaba ver miradas de rabia y resentimiento en sus caras, pero miraban a los gigantescos astartes con tristeza y, tal vez, con un poco de decepción.
—Que nadie dispare —insistió Sor Talgron.
Por mucho que el enemigo pareciera representar un peligro mínimo, sabía por experiencia que sólo hacía falta un individuo para convertir una multitud en una turba asesina. De hecho, los capellanes de la legión eran muy hábiles en incitar este tipo de emociones. Si la multitud se volvía contra ellos, la masacre resultante sería terrible. El y sus hermanos se cobrarían un elevado precio en sangre, acabando con centenares, tal vez miles de ellos, pero no eran más que media docena enfrentándose a más de cuarenta mil. Incluso los astartes acabarían siendo superados por tal número.
Los guerreros de la XVII Legión descendieron los elevados escalones, vigilando a la multitud que se apartaba cautelosamente de ellos. La gente los miraba permaneciendo en pie y en absoluto silencio, lo que era, pensó Sor Talgron, tal vez más desconcertante que si les hubieran gritado exigiendo sangre. Al menos esa reacción sería comprensible.
El anciano observó solemnemente su aproximación.
—¿Qué estamos haciendo? —susurró el sargento Arshaq, utilizando un canal de voz cerrado para que nadie de su escuadra pudiera oírlos.
—Quiero ver lo realmente divergentes que son estas personas —dijo Sor Talgron, respondiendo por el mismo canal privado.
Conocía a Arshaq desde hacía décadas, ambos habían sido criados en el mismo templo en su severo mundo natal de Colchis, y el capitán no se molestaba por este tipo de faltas de protocolo del sargento y valoraba notablemente su opinión. El silencio del sargento a su respuesta fue suficiente para saber que Arshaq no lo aprobaba, pero lo conocía suficientemente bien para saber que el sargento lo apoyaría, pasara lo que pasase.
Descendieron hasta el fondo de las gradas y empezaron a subir los escalones del estrado hacia el viejo sacerdote. Sor Talgron apuntó con la pistola bólter a la cabeza del anciano.
—Escuadra Helikon —ordenó Sor Talgron en voz baja—. Establezcan un perímetro.
—Sí, capitán —respondió el sargento de la escuadra Helikon, asintiendo con la cabeza. Con unas cuantas órdenes precisas, Arshaq colocó a los miembros de su escuadra en posición. Se separaron mirando hacia el exterior, vigilando a la multitud en busca de amenazas potenciales.
Talgron subió al último nivel del estrado y se detuvo delante del viejo sacerdote. El anciano apenas le llegaba a la altura del pecho, y aunque era evidentemente un anciano, sus ojos brillaban con fuerza y mostraban una mirada alerta. Algo en su mirada hizo que Sor Talgron se sintiera vagamente incómodo. ¿Sería un hechicero? Inmediatamente rechazó esa posibilidad. El anciano era desconcertante, pero no notaba ninguna amenaza en él. Bajó la pistola.
—Soy Sor Talgron, capitán de la Trigésimo Cuarta compañía, XVII Legión —dijo con la voz resonando con fuerza y rompiendo el silencio.
—¿Por qué habéis traído la muerte a mi mundo? —preguntó el anciano, hablando una arcaica forma corrupta del gótico bajo.
—Vais a ordenar la completa rendición de vuestras fuerzas armadas, de forma inmediata, y a ceder el control del mundo designado como Cuarenta y Siete Dieciséis —dijo Sor Talgron sin hacer caso de las palabras del viejo sacerdote—. ¿Entendido?
—¿Por qué habéis traído la muerte a mi mundo? —dijo el sacerdote una vez más, pero nuevamente Sor Talgron se negó a responderla sus palabras.
—Desactivaréis el escudo-domo que protege esta estructura —dijo con firmeza—. Ordenaréis a vuestro pueblo y a vuestras infernales máquinas pensantes que cesen todas las hostilidades. ¿He sido suficientemente claro?
El viejo sacerdote suspiró, y asintió vagamente con la cabeza. Con un gesto atrajo la atención de Sor Talgron hacia un cubo de cristal oscuro que estaba levantándose suavemente del suelo. ¿Era algún tipo de arma? En un instante lo estaba apuntando con su pistola.
Había alguna cosa que se estaba formando dentro de la sólida masa del prisma y, al no sentir ningún peligro inmediato, Sor Talgron avanzó cautelosamente hacia él. El perfecto cubo de cristal se había elevado hasta la altura del pecho de un hombre normal, pero Sor Talgron se vio obligado a inclinarse para observar la imagen que estaba cobrando forma.
Al principio, el objeto que se estaba formando era brumoso y transparente, como la imagen de un fantasma, pero varios latidos de corazón después se solidificó. Era como las representaciones tridimensionales que había visto que creaban los pictógrafos más avanzados, pero esas imágenes siempre eran pobres representaciones de la realidad. Esta imagen parecía real, un artefacto sólido, colocado en el interior de un cubo de cristal.
Era un libro abierto, por lo que vio, laboriosamente ilustrado con tinta y pan de oro. Los bordes estaban repletos de intrincados diseños en espiral y motivos entrelazados. Sor Talgron vio que unas figuras y criaturas estilizadas estaban trabajando en esos bordes, ocultas entre los retorcidos motivos y las volutas de espiral. Cada una de las páginas estaba cubierta de densas líneas de escritura realizadas por una mano austera, firme y vagamente familiar.
Cada hermano de batalla de la XVII Legión pasaba varias horas al día trabajando en solitario realizando iluminaciones, pero jamás había visto un trabajo como ése. La caligrafía y el arte eran fenomenales, mucho mejores que nada de lo que Sor Talgron o cualquiera de sus hermanos de batalla podía llegar ni siquiera a aspirar conseguir. Era el trabajo innegable de un genio, algo que seguramente ninguna mano mortal podía esperar igualar. De hecho, los únicos trabajos de iluminaciones que hubiera visto que podían podérseles comparar vagamente, eran los realizados por el Urizen en persona, y sólo había podido ver fragmentos fugaces de esas grandes obras…
Se acercó más con los ojos desorbitados. El texto estaba escrito en la variación del gótico alto utilizado únicamente por la élite religiosa de su mundo natal, Colchis.
—¿Qué es esto? —preguntó Sor Talgron conmocionado. La mente le daba vueltas.
Miró en dirección al sacerdote, que estaba de pie cerca de él, pero era imposible leer la expresión de los ojos del anciano. Se volvió de nuevo hacia el libro aparentemente atrapado en el cubo negro.
—… y en la fe el universo será unido… —dijo, leyendo en voz alta una línea que destacaba entre la densa escritura. Su voz flaqueó. Conocía estas palabras. De hecho, había memorizado esta obra en su totalidad. Tragó ruidosamente saliva.
—… unido bajo el… el Dios Emperador de toda la humanidad —dijo en un ronco susurro, completando la bendita línea.
Volvió a mirar al viejo sacerdote confuso y conmocionado.
—No lo comprendo —dijo.
—Nosotros somos los Peones de la Tormenta —dijo el anciano, señalando con ambos brazos para abarcar a toda la gente que se hallaba alrededor del estrado.
—En nombre de Lorgar, ¿y eso qué se supone que quiere decir? —gruñó Sor Talgron.
El viejo sacerdote resopló y arrastró los pies hasta pasar por delante de Sor Talgron. Se inclinó y pasó las yemas de los dedos por la pulida superficie del cubo. Las páginas del libro en el interior del prisma de cristal se fueron pasando en respuesta, moviéndose rápidamente. Cada una de ellas estaba intrincadamente iluminada y cubierta de una densa escritura. Pasando las yemas más lentamente por la superficie del cubo, el viejo sacerdote hizo que las páginas se pasaran más lentamente, hasta llegar a la densamente iluminada página del frontispicio del texto sagrado.
Dedicó a Sor Talgron una triste sonrisa mientras señalaba la página.
El capitán de la Trigésimo Cuarta compañía miró con los ojos desencajados la iluminación a toda página. Mostraba una figura radiante equipada con una armadura maravillosamente detallada, cubierta de pan de oro. La cabeza de la figura divina estaba echada hacia atrás y rodeada de un halo dorado.
El Dios Emperador de la Humanidad.
La mirada de Sor Talgron se vio atrapada por la armadura dorada que llevaba el Dios Emperador, por Su decorada y antigua placa pectoral, la placa pectoral que se decía El había llevado cuando dirigía los antiguos ejércitos de unificación por la asolada superficie de la vieja Terra… la placa pectoral que portaba los antiguos símbolos de Su liderazgo, símbolos que eran reconocidos y verdaderamente temidos incluso antes del inicio de la Vieja Noche, los símbolos copiados en las armaduras doradas de la Legio Custodes, la guardia personal del Emperador.
Estos símbolos surgían como bajorrelieve de la armadura del Emperador, y representaban la furia del Emperador: relámpagos.
De pronto lo comprendió. Los habitantes de Cuarenta y Siete Dieciséis eran adoradores del Emperador.
Sor Talgron tragó con dificultad, mirando todavía la imagen del Emperador.
Peones de la Tormenta había denominado el anciano a su pueblo. Estaban adorando al Emperador como dios, la personificación de las tormentas que asolaban su mundo.
—Ahora lo comprendes —dijo el sacerdote. Golpeó con el dedo la pulida superficie del cubo y la imagen tridimensional del libro sagrado desapareció.
—Esta guerra jamás debería haber sido aprobada —dijo Sor Talgron—. Vuestro pueblo no es herético.
—No —dijo el viejo sacerdote—. Nosotros deseábamos unirnos al Imperio. Durante mucho tiempo habíamos pensado que estábamos solos en la oscuridad.
—Podemos detener esto —dijo Sor Talgron—. Debéis bajar el escudo. No puedo contactar con mi comandante mientras siga activo.
¿Cuánta gente había muerto allí? ¿Y para qué? Sor Talgron se sintió vacío en su interior. Habían cometido un genocidio a causa de un malentendido.
El peón sonrió tristemente y avanzó hacia Sor Talgron. Puso su arrugada mano sobre la placa pectoral, sobre su corazón.
—Dadme vuestra palabra de que los últimos que quedan de mi pueblo sobrevivirán, y el escudo bajará —dijo el anciano.
—Lo juro —dijo Sor Talgron.
El escudo-domo que rodeaba el templo palacio de los Peones parpadeó y desapareció, y Sor Talgron se comunicó rápidamente con el Fidelitas Lex para contar lo que había descubierto.
—Comprendido, Talgron —dijo la apagada replica de Kor Phaeron—. El Urizen ha sido informado. Mantenga su posición.
El canal de comunicaciones de largo alcance se cortó y, durante unos largos minutos, Sor Talgron y la escuadra Helikon aguardó impaciente, esperando nuevas órdenes. La escuadra todavía mantenía sus armas apuntando a la multitud, y Sor Talgron miraba a la estatua del Emperador en lo alto.
Pasaron varios minutos. Ahora que el escudo-domo estaba bajado, los informes de voz empezaron a llegar. Al parecer, todos los combates en Cuarenta y Siete Dieciséis habían cesado.
—Señal de teletransporte —informó finalmente Arshaq.
—Esto va a acabarse pronto, anciano —dijo Sor Talgron con un tono respetuoso—. El Urizen estará complacido de saber que sois creyentes.
Un instante después, docenas de figuras coalescentes empezaron a materializarse alrededor de la circunferencia del nivel superior de los círculos de oración, teleportándose desde el Fidelitas Lex en órbita sobre sus cabezas. Al principio parecieron poco más que vagos destellos de luz, que poco a poco fueron solidificándose.
Uno tras otro, se materializaron un centenar de Astartes con armadura de exterminador, sus armas apuntando a los adoradores humanos de Cuarenta y Siete Dieciséis. Sor Talgron enarcó una ceja.
—Un poco dramático, hermano —comentó por lo bajo. Levantó una mano para dar la bienvenida a su hermano capitán. La distante figura de Kor Phaeron asintió brevemente en respuesta, aunque no hizo ninguna señal de pretender bajar la escalera.
Dos formas más empezaron a coalescer, esta vez en el estrado junto a Sor Talgron. Sus ojos se abrieron de par en par al ver quién se estaba teleportando, e hincó inmediatamente una rodilla y agachó la cabeza con el corazón latiendo ferozmente en su pecho mientras se completaba la teleportación.
Una cálida mano se colocó sobre la coronilla de su cabeza con una presión firme pero amistosa.
—Levántate, hijo mío —dijo una voz que emanaba una tranquila pero firme autoridad que, pese a ello, hizo que un estremecimiento de indescriptible pánico recorriera a Sor Talgron. Aquélla no era una experiencia habitual para los astartes.
Poniéndose en pie, Sor Talgron levantó la mirada y vio la cara de un semidiós.
Lorgar era tan magnificente y terrible de contemplar como siempre. Tenía el cuero cabelludo rapado, y cada centímetro de carne expuesta estaba cubierta de pan de oro, de forma que brillaba como una estatua viviente de metal. Las cuencas de sus conmovedores e imposiblemente intensos ojos estaban ennegrecidas con kohl, y Sor Talgron fue, como siempre, incapaz de mantener la mirada del Urizen durante más de una fracción de segundo.
Había tanta vitalidad, un dolor tan profundo, tanta intensidad y sí, tanta violencia suprimida en los ojos de Lorgar, que sin duda sólo otro primarca podría esperar mirarle a los ojos sin romper a llorar ante este dios viviente.
Era una cabeza más alto que Sor Talgron, y su delgada figura estaba ceñida por una magnífica armadura. Cada placa superpuesta era del color del granito e inscrita con la intrincada escritura cuneiforme de Colchis. Por encima de ella llevaba unos opulentos ropajes del mismo color que la sangre coagulada, toda ella cubierta de gruesas puntadas de oro.
El Urizen, el Dorado, el Ungido; el primarca de la XVII Legión tenía muchos nombres. Para aquellos que le consideraban herético, era la encarnación de la muerte; para los fieles, lo era todo.
—Estamos satisfecho de vuestro éxito, hermano capitán —dijo una voz suave.
Casi agradecido, Sor Talgron desvió la mirada hacia la figura que acompañaba al primarca. Erebus. ¿Quién si no osaría hablar en nombre del primarca?
—Gracias, primer capellán —dijo Sor Talgron, inclinando la cabeza respetuosamente.
—¿Es éste el individuo? —dijo Lorgar con su intensa mirada fijada en la figura del viejo sacerdote, que permanecía en pie, hipnotizado, junto a Sor Talgron.
El capitán de la Trigésimo Cuarta compañía se había olvidado totalmente de él. El anciano hierarca se apoyaba pesadamente en su bastón, con los ojos desencajados por el horror. Estaba meneando su cabeza ligeramente de lado a lado, gimiendo quedamente.
—Es él, mi señor —respondió Sor Talgron—. Este es el que creo que es el líder del culto al Emperador de este mundo.
Erebus sonrió, aunque su sonrisa no llegó a sus ojos. Sor Talgron conocía bien esa mirada, y su sangre se volvió hielo.
—Le he dado mi palabra de que su pueblo no sufrirá más daños —insistió Sor Talgron—. No me convirtáis en un mentiroso, Erebus.
—Os estáis volviendo blando, hermano —dijo Erebus.
Sor Talgron miró a Lorgar.
—Estoy convencido de que una memoria racial del Dios Emperador subyace en el subconsciente de los habitantes de Cuarenta y Siete Dieciséis. Ellos son devotos, y le adoran a Él fielmente, aunque como una fuerza tosca y elemental. Sería muy fácil reconducirlos hacia la Verdad Imperial, mi señor. Creo que si tal conocimiento hubiera sido conocido de antemano, la guerra contra Cuarenta y Siete Dieciséis se habría considerado innecesaria e inapropiada.
Erebus giró el cuello para mirar a la estatua del dios de las tormentas que había por encima de ellos. Levantó una ceja e intercambió una divertida mirada con su primarca antes de mirar a Sor Talgron a los ojos una vez más.
—Habéis cumplido con vuestra misión, capitán —dijo Erebus, moviéndose alrededor del viejo sacerdote como un lobo rodeando a su presa—. Y habéis salvado las vidas de muchos de nuestros hermanos. Por eso, debéis ser elogiado.
—Aun hay más —insistió Sor Talgron—. Creo que ellos han estado… recibiendo nuestras señales, mi señor. He visto una copia de…
Su voz vaciló cuando el Urizen dirigió su mirada hacia él una vez más, y sintió un incómodo escalofrío ante el poder de la mirada del primarca.
—¿Una copia de qué, capitán?
—Del Lectio Divinatus, mi señor —dijo Sor Talgron.
—¿De verdad? —preguntó Lorgar claramente sorprendido.
—Sí, mi señor —dijo Sor Talgron.
—Venid conmigo —dijo Lorgar. Sor Talgron se encontró respondiendo inmediatamente.
Tal era el poder y control de la voz del primarca, que no habría sido capaz de resistirse, de haber querido hacerlo.
—Traedle —dijo el Urizen por encima del hombro, y Erebus guió al viejo sacerdote, amablemente pero con firmeza, detrás de ellos. La escuadra Helikon les siguió ante una seña del primer capellán, dejando vacío el estrado.
El primarca descendió del estrado y subió por los empinados escalones de la escalera de estrados que los condujo hacia el anillo de guerreros de la primera compañía de Kor Phaeron, que permanecían inmóviles alrededor de la circunferencia del ruedo. Sor Talgron tenía que correr para poder mantener el paso. Abruptamente, el primarca se detuvo en la parte superior de la escalera, volviéndose para mirar al capitán de la Trigésimo Cuarta compañía con una sonrisa extraña y sarcástica asomando en las comisuras de sus labios.
—Hace mucho tiempo que escribí el Lectio Divinatus —dijo Lorgar.
—Es la mayor obra literaria que jamás hayáis escrito —dijo Sor Talgron—. Es vuestra obra maestra.
Erebus se rió ligeramente ante ello, y Sor Talgron sintió como crecía la cólera que sentía. Lorgar se puso en movimiento de nuevo, subiendo los escalones de cuatro en cuatro, y Sor Talgron tuvo que esforzarse para mantener el paso. De los miles de personas que miraban con la boca abierta a su dorado dios viviente caminando entre ellos, Urizen no se fijó en ninguno.
—Han sucedido muchas cosas en estos últimos meses —dijo el primarca—. Mis ojos finalmente se han abierto del todo.
—¿Mi señor? —dijo Sor Talgron.
—El Lectio Divinatus no es nada —dijo el primarca. Había una tranquila pero fuerte vehemencia en su voz—. Nada.
Sor Talgron no podía comprender lo que estaba escuchando, y frunció el entrecejo. ¿Era ése algún tipo de prueba para su fe y devoción?
—Estoy escribiendo una nueva obra —declaró Lorgar, favoreciendo a Sor Talgron con una mirada conspiratoria. Ya estaban casi en la parte superior de la escalera—. Ya está casi acabada. Esta va a ser mi obra maestra, Talgron, algo con un auténtico significado. Esta obra va ha hacerte olvidar el Lectio Divinatus.
—¿Qué es, mi señor? —le preguntó Sor Talgron, aunque inmediatamente temió haber sobrepasado sus límites.
—Algo especial —dijo el Urizen tentadoramente.
Llegaron a la parte superior del anfiteatro escalonado donde los recibió Kor Phaeron, quien hincó una rodilla ante su primarca. Cuando se levantó, sus ojos estaban ardiendo con las llamas del fanatismo. Se lamió los labios y miró al anciano sacerdote que estaba siendo ayudado en los últimos escalones por un atento y gentil Erebus.
—Mi señor —dijo Sor Talgron con la boca seca. Sintió la mirada del sacerdote sobre él, pero la evitó—. ¿Vamos a condenar a esta gente por… meramente por haber quedado aislados de Terra?
Un silencio glacial respondió las palabras de Sor Talgron, silencio roto finalmente por Kor Phaeron.
—La ignorancia no es excusa para la blasfemia, hermano —dijo.
Lorgar miró al primer capitán, quien retrocedió, bajando la mirada y palideciendo visiblemente.
Entonces el primarca colocó su brazo alrededor de los hombros de Sor Talgron, y lo atrajo hacia él. A estar tan de cerca de él olió los ricos aceites y el incienso. El aroma era intoxicante.
—A veces —dijo Lorgar con un tono de arrepentimiento—, deben hacerse sacrificios.
Hizo girar a Sor Talgron. El sacerdote todavía le estaba mirando, con los ojos llenos de pavor. Por el rabillo del ojo, Sor Talgron vio el asentimiento casi imperceptible del primarca.
Un cuchillo con una hoja curvada como el cuerpo de una serpiente apareció de repente en la mano de Erebus.
Sor Talgron gritó, pero Lorgar lo sujetaba con fuerza demoledora por los hombros, y no pudo hacer nada mientras la hoja se hundía en el cuello del viejo sacerdote.
Manteniendo al anciano de pie con una mano, Erebus liberó su cuchillo y un chorro de sangre manó por la herida fatal. La caliente sangre arterial salpicó las placas de la armadura bendecida de Erebus, manchándola de rojo oscuro.
Hundió un dedo en el geiser de sangre, Erebus rápidamente dibujó una estrella de ocho puntas en la frente del moribundo, aunque el sentido del símbolo Sor Talgron no llegó a comprenderlo. Entonces, el primer capellán arrojó al anciano lejos de él, lanzándolo contra la escalera que él mismo le había ayudado a subir. El cuerpo del sacerdote fue rebotando y resbalando por la escalera. Se detuvo a mitad de la escalera como una marioneta rota y sin vida, formándose un charco de sangre debajo de él. Las piernas y los brazos le quedaron doblados en una posición antinatural.
Antes que los conmocionados adoradores de Cuarenta y Siete Dieciséis pudieran reaccionar, la primera compañía al completo empezó a disparar. El sonido fue ensordecedor y ahogó todos los gritos. Los bólters y los cañones automáticos se fueron moviendo sistemáticamente de izquierda a derecha, segando indiscriminadamente la vida de indefensos hombres, mujeres y niños. Los lanzallamas pesados vomitaron su líquido volátilmente inflamable hacia las aterrorizadas masas.
Se agotó la munición y los exterminadores de la Primera Compañía recargaron con calma, colocando nuevos cargadores, reemplazaron los tambores de la munición de grueso calibre, colocaron nuevas cintas de munición en las recámaras y conectaron nuevos depósitos de promethium. A continuación, simplemente siguieron disparando.
—¿Confías en mi, Sor Talgron? —dijo Lorgar con su aliento ardiendo junto a la cara del capitán. Conmocionado y horrorizado por la escala de la brutal masacre, Sor Talgron fue incapaz de contestar.
—¿Confías en mí? —le repitió el Urizen con más ferocidad, su voz temblando con tal intensidad de sentimiento que Sor Talgron sintió que sus piernas sin duda le habrían flaqueado si no lo estuvieran aguantando.
El capitán de la Trigésimo Cuarta compañía giró la cara hacia el rostro apasionado y dorado de su primarca, señor y mentor. Asintió ligeramente con la cabeza.
—Entonces créeme cuando digo que esto era necesario —dijo Lorgar con una voz llena de furia virtuosa—. El Emperador, en Su sabiduría, nos ha conducido a este punto —dijo Lorgar—. Esta es Su voluntad. Ésta es Su compasión. La sangre de estos inocentes manchará Sus manos.
El ensordecedor rugido de la matanza fue apagándose lentamente. Ante una orden ladrada por Kor Phaeron, los exterminadores de la Primera compañía empezaron a descender los escalones, inspeccionando los muertos y ejecutando a aquellos que, milagrosamente, habían sobrevivido a su fuego concentrado.
—Necesito saber que puedo confiar en ti —dijo Lorgar con la voz henchida de tal intensidad que Sor Talgron conoció el miedo, el verdadero miedo, el que un astartes jamás debería conocer—. Necesito saber que mis hijos me seguirán allá donde vaya. ¿Puedo confiar en ti, portador de la palabra?
—Sí —dijo Sor Talgron con la garganta seca y rígida.
—¿Irías al mismo infierno junto a mí si te lo pidiera? —le preguntó Lorgar.
Sor Talgron no respondió inmediatamente. Lentamente asintió con la cabeza.
Lorgar le miró con intensidad, y sintió como su alma temblaba bajo la penetrante mirada. En ese instante Sor Talgron estuvo seguro que Lorgar iba a matarlo en ese mismo momento.
—Por favor, mi señor —jadeó Sor Talgron—. Os seguiré a vos. Lo juro. No importa dónde.
La intensidad de repente desapareció de la cara de Lorgar, barrida de ella como si jamás hubiera existido. ¿Cómo podría haber llegado nunca a pensar que Urizen le deseaba algún mal? Casi se rió con fuerza de lo ridículo que era ese pensamiento.
—Anteriormente me preguntaste de qué trataba la gran obra que estoy escribiendo —dijo Lorgar con un tono despreocupado—. De momento lo he titulado El Libro de Lorgar.
El primarca de los Portadores de la Palabra soltó a Sor Talgron. Los dorados labios de Lorgar formaron una sonrisa y, pese a todo, Sor Talgron no pudo evitar sentir que su corazón se relajaba.
Lorgar rió suavemente para sí mismo.
—Lo sé, es una gran presunción —dijo—. Me gustará que lo leas. Lorgar le miró directamente con los ojos encendidos.
—¿Qué recuerdas de las antiguas creencias de Colchis, Sor Talgron?